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sábado, 29 de septiembre de 2012

LA DILIGENCIA


            

Esta mañana tuve que ofrecerle el brazo a la pobre Dallas y, consortes en la desgracia y en el desprecio de los hipócritas, avanzamos muy dignos por el medio de la plaza dejando atrás una estela de muecas y vilipendios, con la cabeza bien alta y henchidos de orgullo, como si abandonáramos aquel poblacho por voluntad propia y no expulsados por sus fuerzas vivas –muertas-.

Porque mientras que a ella la echaban las resecas y momificadas damas de la Liga de la Ley y el Orden, que no le perdonaban que las hubiese privado de las últimas gotas de concupiscencia de sus maridos y de un rollo de dólares, a mí fue la patrona quien me lanzó de sus umbrales, de donde rescaté mi rótulo de médico. Llevo meses sin pagarle porque desde que no me separo de mi mejor amiga, la botella, ningún paciente se fía de mi pulso, por lo que me ha retenido el baúl hasta que no solvente mi deuda.

Pero antes de tomar la diligencia conocí en la cantina a Mr. Teacott… perdón, Peacock, tal y como acaba de recordarme, un viajante de whisky al que las muestras le abomban la maleta. Es el tipo de hombre que, aunque beato, pusilánime y de palabra tediosa, me cae instintivamente bien. Ya sabía yo que sería un buen amigo; no escatima muestras y a cada botella que le arrebato se limita a farfullar y a limpiarse el sudor de la frente. 

Antes de partir me desayuné con varios tragos; había rumores de que Jerónimo se había levantado en armas y por mi parte tenía que armarme de valor para el camino. De todos modos, yéndonos del pueblo, alejándonos de sus casas parecidas a sepulcros blanqueados, Dallas y yo nos libramos de una tribu mucho peor que la de los apaches.

        

Me llamo Mr. Hatfield, mi ilustre apellido les sonará. En cuanto la vi bajar de la diligencia y avanzar hacia el hotel con una distinción con la que no podía el cansancio, supe que era toda una dama. Me levanté para hacerme el encontradizo. En la puerta se detuvo a hablar con unos conocidos, oí su apellido y me alegré de no haberme equivocado: durante la guerra yo había combatido en el regimiento de su padre. Di una vuelta por el pueblo como si caminara en sueños, en una nube de recuerdos de la elegancia y la cortesía de aquel caducado mundo de bailes, galanterías y tímpanos de mármol. Y luego esos rufianes dicen que no soy un caballero por el solo motivo de dedicarme a los juegos de azar.

Me reincorporé a la partida de póquer del hotel. Ella había reingresado en la diligencia. Dejándome ganar, la admiré a través del ventanal. La encuadraba la ventanilla de la diligencia como si fuera un detalle de la Virgen de las Rocas de Leonardo. O más bien un ángel del Renacimiento. Levanté la vista, nuestras miradas se cruzaron y, arrojando los naipes sobre la mesa, atraído por su fulgurante pureza como un agonizante por la muerte, resolví acompañarla en el trayecto. La diligencia tenía como destino Lordsburg, y aunque había oído que ella bajaría en Dry Fort, donde su marido estaba acantonado, supimos por el telégrafo que numerosas partidas de salvajes están asolando la región, y aquel tramo no dejaba de ser peligroso.

La vocación de los caballeros del Sur es servir de escuderos a las damas. Aunque intuyamos que por cumplir tal deber perderemos la partida.

                 

Fui el último en subir a la diligencia porque mi banco está a la salida del pueblo. Acababan de traerme a la oficina los cincuenta mil dólares de las nóminas, que me embolsé en este maletín. Lo llevo en el regazo como a un bebé. Me he decidido a abandonar el banco y a mi fastidiosa esposa para empezar de cero –bueno, de cincuenta mil- en Boston. Invertiré el dinero en varios negocios: eso es lo que este país necesita, que el dinero circule.

El banco es inviable por culpa de este maldito gobierno, que no deja de acosar con impuestos a los hombres de iniciativa y ahora incluso iba a enviarme a un funcionario para que me revisase las cuentas. ¡Así va el país! Todo se vuelve gasto público para atender a esos negros o a los inmigrantes europeos, y la deuda nacional está por las nubes. ¡América para los americanos!

Nada más subir los otros viajeros me informaron de lo de los indios. Tuve que simular que lo sabía porque he justificado mi viaje con un imaginario mensaje del telégrafo. No es justo afrontar semejante peligro después de toda una vida trabajando por mi país. Al menos nos escolta un regimiento de caballería; por un momento pensé que venían a detenerme.

A quien sí han apresado es al tal Ringo Kid, que hace poco ha detenido la diligencia sin saber que el sheriff iba en el pescante, junto al mayoral. Es un prófugo de la cárcel que se dirigía a Lordsburg a vengar el asesinato de su hermano. Parece que ha hecho buenas migas con Dallas, esa fulana, a la que ha ofrecido la cantimplora viendo que Mr. Hatfield ha cedido solo a Mrs. Mallory ese vaso de plata que dice haber ganado en una apuesta… Bueno, ya hemos llegado a Dry Fort.

Quiero salir cuanto antes del estado, y no solo por los indios.

                  

Débil como estaba por el embarazo y bajo la amenaza de Jerónimo, me encarecieron que no prolongara mi viaje, pero vengo desde Virginia para que mi hijo nazca junto a su padre y no me iba a detener estando tan cerca. Al llegar a Dry Fort creí que lo había conseguido, y la alegría me desbordaba sobre el cansancio, pero me dijeron que habían trasladado a Richard a Apache Wells, la siguiente parada de la diligencia.

Al menos contaba con las atenciones de Mr. Hatfield, que nunca se sienta hasta que yo no lo he hecho y para mí siempre tiene una flor en los labios o en la mano. Me consoló del retraso en reencontrar a mi marido y en la mesa me libró de la compañía de esa desvergonzada que viaja con nosotros. No sé cómo le han permitido venir con nosotros; en este país ya no hay clases. Y para colmo vienen un ex convicto y un borracho que se dice médico.

Reemprendimos la marcha sin la escolta del ejército. Con razón, Mr. Gatewood, el honrado banquero, se quejó de que no era para aquello por lo que había pagado tantos impuestos y se puso tan furioso que amenazó al teniente con denunciarlo a Washington. Mi pobre hijito –espero que sea varón- va a encontrarse con un mundo dominado por los negros y los politicastros. Eso si es que logra nacer.

Lo digo porque al llegar a Apache Wells, tras un penoso trayecto ciego de viento y arena, me dijeron que, gravemente herido por los apaches, han tenido que evacuar a Richard a Lordsburg. Desfallecieron mis fuerzas y mi resolución, la sala de la posada viró en una nebulosa, y me desvanecí. Y ahora voy a tener a mi hijo; hace rato que han empezado las contracciones. Espero que el café le afirme el pulso a este borracho del doctor Boone, cuya floja sonrisa, con una vaharada rancia de whisky, ya se inclina sobre mi dolor.             
                                                                       

miércoles, 26 de septiembre de 2012

LA LOBA


                                    


Quién me iba a decir el día de mi boda que veinte años después iba a estar como ahora, escupiéndole arsénico a Horace, mi marido, a ver si le provoco un infarto masivo diciéndole la maldad –la verdad- de que me casé con él por dinero, porque me aburría en casa de mis padres y no tenía donde ir, y me alegro de que, con los ojos de pescado podrido, ya se le amoraten las mejillas, se ahogue y se lleve la mano al corazón como si estuviera jurando por su honor que, en efecto, no va a tardar en dejarme en paz. 

Morirse es lo mejor que puede hacer. Y permitirme participar del acuerdo que los tres hermanos Hubdard alcanzamos con Mr. Marshall, el famoso financiero. Ben, Oscar y yo lo recibimos en mi mansión y se comprometió a invertir los cuatrocientos mil dólares que, dotando de molinos a nuestras explotaciones de algodón, despertarán a nuestro negocio del sopor de torpeza y estancamiento que nos tiene embarrancados desde la Guerra Civil. Para recibirlo, hice cortar el seto, mandé afinar el piano de mi hija Alexandra, aleccioné a los esclavos –perdón, a los criados-, lustramos la vajilla de plata y hasta di cuerda al reloj de péndulo como significando que por fin estábamos dispuestos a sincronizarnos con la Historia y a no perder el tren del progreso.

Gracias a mi discreción, a la elegancia y cortesía de mi índole, al nimbo de delicadeza y y augusta serenidad que me aureolaba (y por qué no decirlo, a la baratura de nuestra mano de obra), a Mr. Marshall no lo espantaron las argucias de ese tramoyista del ingenio que es mi hermano Ben, ni la boca de manteca enflorecida de mi otro hermano Oscar, ni el histerismo de su esposa Birdie, siempre ebria de licores y nostalgias, ni ese patán de su hijo Leo. 

Por nuestra parte, los tres Hubdard participaríamos en la nueva razón social con un capital de doscientos veinticinco mil dólares, esto es, setenta y cinco mil cada uno. Con la cantidad y calidad de nuestro algodón y la moderna tecnología, nos haríamos incluso más ricos que antes de la Guerra y aboliríamos el pasado reciente de mediocridad y humillaciones que habíamos soportado desde la rendición de Lee. Y yo podría irme a vivir a Chicago y a viajar por Europa y abandonarme a los exquisitos placeres del lujo y del trato cotidiano con la alta sociedad, el ambiente que me corresponde.

Para coronar velada tan provechosa, una vez que se fue Mr. Marshall, decidí coger el látigo y hacer saltar un poco a mis hermanos a los restallidos de mi capricho. Como conozco la rapacidad de ambos, y ya que tenían los ojos nublados de codicia y se mordían los labios de la avidez, y dado que ninguno contaba con un dólar más de sus setenta y cinco mil respectivos, si querían que yo contribuyera con lo mío, tendrían que darme la mitad de lo nuestro en vez del tercio que me correspondía. Crisparon el gesto y taconearon de furia, pero al menos les saqué el cuarenta por ciento. La demasía saldría de la parte de Oscar, que ni aun así me extrajo la promesa de darle al cretino de su hijo Leo la mano de mi hija Alexandra, aunque ingenua, mi igual en belleza, genio y estilo.

Ya que es la única a quien él escucha, envié a Alexandra a Baltimore, para que trajera de vuelta a Horace, mi marido, y, a costa de soportar su enojosa compañía, poder concluir negocio tan pingüe. Horace acababa de recuperarse de su último infarto, por lo que el trayecto se prometía proceloso, y mientras llegaban fui muy feliz creyendo que escaparía de aquí, despidiéndome con delectación de todo esto. Necesito desenmarañarme de esta telaraña de intereses que yo misma, lo reconozco, he contribuido a tejer. Y dejar de envenenarme los pulmones con este aire tupido de codicia, este ambiente sórdido, rígido y denso de opresión y represiones, apestoso de virtud y obligaciones con uno mismo, preñado de culpas hasta la insania, este pozo donde chapotean los últimos coletazos de las ilusiones y esperanzas de mi juventud. 

Y en esto por fin llegó Horace, cuando a mis queridos hermanos ya los reconcomía la impaciencia y tenían rotas las uñas de rapaces gavilanes, porque Mr. Marshall nos había dado un ultimátum para aportar lo nuestro. Aunque hubiera sufrido un largo y penoso viaje, en cuanto vi a Horace supe que le esperaba uno muchísimo peor: traía la muerte pintada en los ojos. Llegó abotagado y pálido como la cera, parco de vida, ayuno de aire y deambulando con unos movimientos morosos, como si temiera despertar a la bestia que no tardaría en arrebatarlo. Por eso, lo único que se me puede achacar ahora, mientras le repito que nunca le he amado, es acelerar el proceso.

Sin dejarle respirar, mis hermanos y yo cometimos el error de acosar al recién llegado con el tema de los negocios. Y aunque solo fuera por contrariarme nos negó su conformidad –y el dinero- y con la excusa de la enfermedad, aunque es verdad que sufrió un vahído, se negó a seguir escuchándonos. Una losa cayó sobre mis anhelos de madurez. Y cuál no fue mi sorpresa cuando esos truhanes de hermanos míos se retorcieron como sanguijuelas en un charco de sangre y me espetaron que si yo no podía buscármelos, ellos se agenciarían por su cuenta otros setenta y cinco mil que me dejaran fuera del negocio. Ben especialmente se dio un festín con el cadáver de mis ilusiones.

Mi última esperanza era convencer a Horace de que rectificara. Pero la cercanía –inminencia- de la muerte lo había vuelto un descarado y un irresponsable, perfectamente indiferente al patrimonio familiar. Hasta me dio a entender que disfrutaba viendo a mis hermanos volviéndose contra mí como tiburones que atacan a tiburones al olor de su misma sangre. Horace me envidia la salud y la vida, le humilla su familiaridad con la muerte –él sabe que yo sé que él sabe que va a morir- y le consta que estoy aguardando a que se le acabe de parar el reloj averiado del corazón. 

Han pasado los días y no le he acallado el estribillo de que lo que queremos los Hubdard es enriquecernos a costa de los negros. Mi única salida era que sufriera un colapso; cada día estaba peor, era un esclavo de las medicinas y un enemigo declarado de las escaleras y las sorpresas, por lo que yo intentaba incendiar nuestra convivencia con discusiones y desplantes. Mi baza era lo mucho que me quiso y en el fondo sigue haciéndolo; el amor y el odio son las dos caras de la misma moneda. 

Hasta que hace un rato me ha dicho que acaba de descubrir cómo lograron Ben y Oscar los setenta y cinco mil dólares que les faltaban. Le dijeron a Leo que le sustrajera sus bonos del Ferrocarril, aprovechando que Horace no revisa casi nunca su caja de seguridad, con la idea de reponerlos con los primeros beneficios de la empresa. Y he aquí que este desgraciado me odia tanto que me ha dicho que en vez de denunciarlos piensa declarar que esos bonos solo fueron un préstamo que ni siquiera nos dará derecho a participar en los beneficios. ¡No va a permitirme ser feliz después de su muerte y si pudiera me arrastraría con él a la otra orilla de la vida!

Por eso he empezado a decirle que nunca le he querido y que me casé con él por dinero y aburrimiento, con lo que he logrado que se le congestione la cara y ahora, al referirme a lo desagradable que me parecía ya de joven, ha empezado a ahogarse y, la mano trémula, recurre a su medicina, de modo que quizá no haga falta decirle que lo he engañado con un montón de hombres -¡ojalá fuera cierto!-; se le rompe el bote en el suelo, la boca se le desgarra y tiene los ojos anegados de miedo; rígido y cataléptico, con un hilo de voz me pide que le traiga otro bote de arriba, de su dormitorio, sonrío y cruzo los brazos, sin inmutarme, apreciando cómo, horrorizado por mi inmovilidad, logra levantarse de la silla de ruedas, tambaleándose alcanza el pie de las escaleras, sube convulso varios peldaños y, cuando ya empezaba a temer que lo consiguiera, ¡al fin se desploma exánime escaleras abajo y puedo empezar a llamar y a gritar pidiendo auxilio! ¡Lo he logrado! ¡Con esas dos hienas a mi merced, todo será mío!  

                                  
                                                                                                                                            

domingo, 23 de septiembre de 2012

PSICOSIS


                  
                                

En estos diez años me he hecho a la idea de que ese hijo mío tan díscolo, Norman, vertiera estricnina en los macarrones con tomate del pobre Ben y en los míos; me quería tanto que no pudo soportar que volviera a casarme. Por el aura romántica del caso, tampoco me importó que Norman me hiciera pasar por envenenadora y suicida, presuntamente despechada por algún amorío de Ben. Incluso comprendo que el pobre Norman no pudiera afrontar lo que me había hecho, y para velárselo a sí mismo, pretendiera que yo no había muerto y se hiciera la ilusión de que seguía viva llenando mi ataúd de piedras y dejando que mi cuerpo se descarnase en mi propia cama con dosel, mi perfume de rosas mustias al fondo de la fetidez de la descomposición.

También me resultaba comprensible que a diario sostuviera conversaciones imaginarias conmigo y que como un ventrílocuo genial imitara mi voz aguda y cascada en la obra del teatro del absurdo en que se ha convertido su psiqué, atribuyéndome el papel de la madre posesiva y castradora que intenta apartar a su hijo de la lascivia de las mujeres, aunque la verdad es que yo no dejaba de animarlo a que saliese con chicas y no se pasara el día en la cocina tras mi delantal o luego, cuando vino Ben, encerrado con esos pájaros disecados de mal agüero. Incluso puedo perdonar que llegara al extremo de travestirse con mis viejos vestidos de percal, olorosos a nostalgia y a naftalina, y con una peluca canosa, y de esa guisa apuñalara a las dos primeras chicas en sus habitaciones del motel, ya que aquella madre enloquecida tenía que vengarse de las desvergonzadas que esperaban una incursión nocturna de Norman y no de ella, porque al menos entonces no cometió ningún error y sin dejar rastro las dos se sumergieron con sus autos bajo los borboteos de la ciénaga.

Todo eso puedo admitirlo desde esta ondulante bruma del más allá que no obstante todo me lo muestra más nítido que antes, como una película en tecnicolor proyectada en un autocine a través de un velo de lluvia; pero lo que no puedo consentirle a Norman es que ahora, después de dejarse atrapar por la policía, por su culpa el apellido Bates sea públicamente arrastrado a través del polvo y del oprobio, y la reputación de la familia quede enfangada en las primeras planas de los periódicos y los titulares de los telediarios. Todo por su torpeza.

Y me temo que no será un fugaz relámpago el que ilumine la vergüenza de los Bates, sino que nuestro nombre brille para siempre en los anales de la infamia con el mismo fulgor con que el neón de nuestro motel alumbraba la oscuridad las pocas veces que Norman se acordaba de encenderlo. Ojalá se hubiera olvidado de hacerlo la noche de lluvia que Marion Crane, aquella ladrona, se desvió de su camino para seguir las luces húmedas de nuestro luminoso.

Ante ella, Norman desplegó su típica actuación de apocado y tímido hijo tiranizado por una madre neurótica. Le gustaba hacerse pasar por la víctima de mi demencia, y delante de aquella rubia por un momento hasta se rebeló contra mí –el fantasma que él mismo había invocado-, pero cuando ella le aconsejó que me ingresara en algún sanatorio mental se sintió ofendido y le replicó que la mejor amiga de cualquier chico es su madre.

La verdad es que si este hijo mío no fuera tan peculiar podría haber seducido a aquella rubia de busto opulento que no parecía llevar sujetador bajo el jersey y ya estaba fascinada por sus rarezas, en vez de reincidir en lo que le había hecho a las otras dos, la morena y la pelirroja. A éstas las sorprendió soñolientas en la cama, y el problema con la rubia fue que lo hizo en la ducha y por eso se confió; pensó que el agua lo borraría todo –la culpa lo primero-, no limpió bien y hasta se olvidó de eliminar la hoja del registro donde ella había firmado. Y es que después de cada asesinato Norman volvía a ser él mismo; se desprendía de mi vestido, se escandalizaba del crimen que yo había perpetrado y como un hijo leal se aplicaba a borrar las pruebas que yo hubiera dejado de mi culpabilidad, los vestigios de mi locura.

Para colmo, el muy tonto no se molestó ni en abrirle el bolso a la tal Marion y los cuarenta mil dólares que aquella pájara le había birlado a su jefe fueron engullidos por la ciénaga. Con parte de ese dinero podría haber sobornado a Arbogast, el detective que lo descubrió por el registro del motel. En cambio, precipitándose en la típica espiral de sangre, tuvo que matarlo para ocultar el primer crimen, pero para entonces ya le seguían el rastro la hermana y el novio de Marion, Lila y Sam, que, a todo esto, van a casarse muy pronto porque dicen que ella está embarazada; yo no soy la única que olvido pronto el pasado.

A esos dos no les ha ido tan mal cruzarse con Norman; en cambio, el apellido Bates se extinguirá con él y solo sobreviviremos en los siniestros anales del crimen y la locura. No es ningún consuelo que por fin mis huesos descansen en este cementerio de Greenlawn; echo de menos las cortinas de muselina de mi dormitorio, los pierrots y bibelots de porcelana, la caja de música con los sones de plata del Cascanueces, mis bordados y los retratos de familia. Al menos vuelvo a estar junto a Ben. Fue suya la idea de construir el motel al lado del caserón neogótico de la familia. Hasta que trazaron la autovía por Long Valley fue un negocio próspero.

Por desgracia ahora la única rentabilidad de la casa y del motel radicaría en abrirlas como museos del terror, la mampara y el plato de ducha ensangrentados, o mi esqueleto coronado por la peluca meciéndose a la luz de la bombilla oscilante. En fin, lo más parecido al horror antes de que nadie se atreviera a definirlo.

Pero todo podría haber sido diferente. Si Norman hubiera sido un chico más normal, habría explotado mucho mejor el negocio imprimiendo folletos publicitarios, prometiendo comisiones a las agencias de viajes y adecentando un poco el motel. Después de todo es un joven que cuando quiere cae bien, aunque algo anguloso no carece de atractivo, tiene brillantes ojos negros, un rostro interesante de sonrisa luminosa, mido más de uno ochenta y aún puedo resultar simpático las pocas veces que hoy en día dejo de creerme mi madre.                           
                                       

                                                                                                        

jueves, 20 de septiembre de 2012

EL BUSCAVIDAS


                   


En cuanto me presentaron a aquel chico tan descarado, Eddie, el sobrino de mi amigo Joe, y lo vi sonreír antes de hacer una carambola sin dejar de detectar a la rubia que ingresaba en el garito, supe que llegaría lejos si encontraba a quien le enseñase el camino. Era otro golfillo de la calle, había dejado libre su pupitre en la escuela, hacía tiempo que habían muerto sus padres –él en un accidente del taller, ella de un infarto- y nadie se ocupaba de él; pero además de jugar como nadie al billar, mostraba en el turquesa diáfano de sus ojos una indefensión, lo rodeaba tal aire de desvalimiento, que todas las chicas querrían amamantarlo y a los hombres nos suscitaba confianza y el deseo de abrigarlo contra la crudeza del mundo.

Quizá por eso no tardé en convertirme en su mentor, agente, administrador, socio, apoderado y amigo. Si necesitaba un padre, y todo artista –él lo es del billar- necesita uno que lo patrocine y lo conforte, ya lo había encontrado. Y además de todo eso también me convertí en su gancho. Porque llevamos años exprimiéndole el dinero a los incautos a través de los tugurios y garitos del condado. 

Nuestro sistema consiste en hacernos pasar por viajantes de comercio poco avisados –rebosando desamparo, él hace del típico bala perdida y yo soy el maduro que no puede refrenarlo-, que borrachos de bourbon, nostalgia y desesperación despilfarran su dinero fácil en inverosímiles apuestas al billar. Al principio Eddie se deja ganar por mí y otros cuantos, y con su simpática apostura, que excita la solidaridad masculina –si no remueve afinidades más turbias-, concita la precaria piedad del personal, que, viéndole dilapidar el dinero como si fuese papel de fumar, deponen su compasión y se apresuran a esquilmarlo antes que otro se les adelante. Y cuando Eddie, en la aparente cima del despropósito, como un desesperado kamikaze, se juega el todo por el todo, y hasta el limpiabotas pugna por apostar contra él, efectúa un golpe genial –para él rutinario- que detiene el tiempo y a todos deja atónitos de incredulidad, arrambla con los billetes y nos escabullimos entre aquellas estatuas de la frustración. Y yo piso el acelerador antes que las esculturas se articulen y, dejando de recriminarse a sí mismos, ya no se crean víctimas de la mala suerte o del castigo que merecen su codicia y rapacidad. Al asomarse a la carretera, con los puños en alto, apenas distinguirán la nube de polvo de nuestro cacharro.

Y así durante años, a través de paisajes cambiantes y estaciones cíclicas, sembrando el asombro y la desesperación entre los parroquianos de presta avaricia, cuando ya se frotan las manos ante ganancia tan fácil, pueblo tras pueblo señalando el mapa del tesoro del estado con las cruces de nuestras víctimas para no volver a los mismos sitios y devorando asfalto en el errante derrotero de nuestras vidas, nosotros mismos paradójicas presas del bourbon y del juego, como si un cínico destino nos hiciera incurrir en los mismos vicios que Eddie imposta en los garitos.

En ninguna parte nos reconocen porque nuestras víctimas nunca publicitan su oprobio. La vergüenza es el alimento de la infamia. De modo que con imaginativas variaciones efectuamos nuestra actuación con la misma suavidad, limpieza y exactitud con que Eddie logra sus carambolas, suerte de poesía instantánea, sublime arte aún más efímero que el del director de orquesta, que al menos cuenta con la memoria de más espectadores y críticos o la posibilidad de una eventual grabación. Aunque la ausencia de rivales dignos quizá lo anquilose, a veces Eddie cree que nunca le ganará nadie. Cuando juega, toda la tensión y electricidad del instante se aglutinan en sus manos que, sin inmutarse, firmes y enérgicas, con un toque mágico, transmiten al taco un impulso que, acrecentando el aire de la sala con todo el aire de los alientos contenidos, materializa en el tapete los diseños delirantes de su imaginación. Eso es, cada jugada suya es como el cumplimiento de un sueño que hasta entonces nadie se ha atrevido ni a imaginar.

Hasta que no hace una semana la brújula del destino tuvo que traernos aquí, a Ames, ciudad gris donde solo brilla la corona del Gordo de Minnesota, el campeón del mundo del billar, de cuyo trono Eddie sueña derrocarlo. Y desafiarlo a través de los cotillas fue lo primero que hizo Eddie en el umbral de su feudo. 

A las ocho se presentó en el local el conspicuo, circunspecto Gordo, engreído en su traje de trescientos dólares y con el pañuelo de batista oloroso a lavanda, el clavel rojo peripuesto en la solapa y solo un poco más seguro que socarrón, el topacio luminoso en el anillo y la despreciativa colilla en los labios. Casi sin saludar emprendió su magisterio en la mesa. Moviéndose por los rincones como un imposible bailarín, con voz engolada dictaba cada jugada antes de ejecutarla, como si fuese juez y verdugo, para excluir la posibilidad de un azar afortunado, advirtiéndonos de que en vez de casualidad era prodigio lo que deparaban sus manos, milagro cuanto trazaban en la mesa las morcillas de sus dedos, reinventando cada vez la geometría con fugaces teoremas dignos de un Euclides moderno.

Aunque ya lo conocían, con la unción de un rito, cada carambola repiqueteaba en un silencio de admiración. Al fin se conformó con un golpe defensivo que con su cálculo diabólico apenas permitió a Eddie un intento, y el Gordo reanudó su exhibición acaparando el juego ante la estupefacción de un aspirante que era otro espectador. Jamás fallaba, su perfección era ineludible; aquello parecía la dictadura de un tirano que nunca moriría ante un pueblo enajenado de devoción, absorto en sus estrategias irremisibles.

Y por fin los relojes reanudaron su marcha y algunos se atrevieron a hablar: el Gordo había fallado. Y Eddie cogió el relevo, el cetro del taco, la varita mágica que transmutaba la matemática en música muda. Porque aunque su rival no le había dejado más que un resquicio, una imperceptible grieta en el estuco de la perfección, logró deslizarse por allí y poco a poco, como en un palimpsesto inverosímil, empezó a disolver los artísticos frescos que el otro había pintado en nuestra memoria. Aunque nadie lo conocía como yo y sabía que él llevaba años soñando con aquella noche, era el primer sorprendido. 

Ahora no tenía que disimular como en los garitos, sino que podía desplegar el esplendor único de su juego como quien extiende un precioso tapiz robado que hasta entonces no se ha atrevido a mostrar. Podría haber jugado a ciegas; lo había tocado algún dios; yo le veía las chispas en la punta de los dedos, podía sentir el tacto y el ritmo de la sangre en sus manos que blandían el taco como una batuta o un látigo que, flexible e imperioso, dominase los azares de la física: las bolas rodaban con la exactitud y la necesidad de las estrellas cumpliendo sus órbitas en el verde y oblongo universo de fieltro.

Se encadenaron las carambolas y las horas, y cuando el alba se pintó en los vidrios le íbamos ganando once mil quinientos dólares al Gordo. Demudado, el público se había olvidado de dormir. Bert Gordon, un apostador profesional, financió al Gordo para seguir jugando. A las veinticinco horas de partida les ganábamos dieciocho mil. Mermado por el bourbon y el cansancio, Eddie debió retirarse entonces, pero no quiso ni oírme hablar de eso. Tenía la excusa de que había venido a liquidar al Gordo y solo pararía cuando éste se diese por vencido; sí, aquello era una coartada inconsciente para perder porque, aunque todavía no lo sabe, Eddie odia la victoria. Está enamorado de la derrota, no era que no supiese ganar, sino que en lo más profundo de sí quería que el Gordo le ganase.

Y así, mientras él seguía bebiendo, el Gordo fue a refrescarse y al poco volvió en forma, radiante de vigor y entusiasmo. Y por supuesto que empezó a remontarle, y no había forma de convencer a Eddie que lo dejase. Él era mucho peor enemigo de sí mismo que el Gordo. El pulso errático, apenas se mantenía en pie, borracho primero de gloria y ahora de autodestrucción, y antes de que cayera redondo al suelo acabó por perderlo casi todo, hasta mi respeto. Había dilapidado su victoria. Lo llevé al hotel, recriminándome a mí mismo no haberle enseñado a gestionar su talento.

Se despertó primero e, incapaz de afrontarme a la luz de la cordura, se fue dejándome el coche y la mitad de los doscientos dólares que le quedaban. Después de buscarlo por todas partes, esta mañana un tendero me ha puesto en la pista y lo he encontrado en casa de esa chica. Los dos apestaban a alcohol. Intenté persuadirlo de que volviéramos a la carretera y hasta le concedí que se trajera a la chica. Le recordé que no había tenido más padre que yo. Pero no hubo forma: está obsesionado con pedirle la revancha al Gordo. Me ha echado de allí gritándome que lo único que quiero es seguir explotándolo.

Y la verdad es que gracias a él todos estos años he estado ahorrando un buen dinero y como ya tengo una edad pretendía asegurarme la vejez con un par de años más de timos. Hay que reconocer que el chico tiene razón; a mí me espera la vejez de un tramposo y no tengo derecho a arrastrarlo conmigo. Tengo que enfrentarme a ello solo. Ya me buscaré algún chanchullo. Ahora soy yo el desvalido, el huérfano de oportunidades. Pero no soy tan joven ni atractivo como él.

Ni siquiera se me da bien el billar.                     
                                       

                                                                                                       

lunes, 17 de septiembre de 2012

SHANE (RAÍCES PROFUNDAS)



                 

Aún no he logrado olvidar a aquel forastero que vino a hurtarme el amor de mi esposa y de mi hijo. Menos mal que tuve la astucia de no darme por enterado; hay peligros que pierden consistencia mientras no se enuncian: la única forma de conjurarlos es dejar de reconocerlos. Claro, que tampoco hacía falta hablar. Creo que Marian –mi mujer- y Shane tampoco llegaron a hacerlo: las miradas que se dedicaban eran lo bastante elocuentes.

Shane parecía un buen hombre, tan pacífico y razonable como yo mismo. Y además tenía yo otras cosas en que pensar: igual que a los demás campesinos, los hermanos Ryker querían arrebatarme mis tierras para emplearlas como pasto de sus reses. Justo la tarde que se presentó Shane, los Ryker vinieron a intimidarme, y como el forastero se puso de mi parte lo invitamos a cenar y a pasar la noche. Solo me di cuenta de cuánto lo adoraba mi hijo Joey, y en el desayuno le ofrecí que se quedara como jornalero, o más bien de hermano, tal fue la confianza que le prodigué.

Aún no sabía que hay que desconfiar de los solitarios, esa ralea de inadaptados a la vida y exiliados voluntarios de la normalidad, bichos raros que no abren la boca o hablan demasiado, imprevisibles, capaces de lo mejor y lo peor. Además, aunque parecía sereno, la manera que tenía de tensarse y crispar los músculos al menor ruido, lo delataba como pistolero. Igual que los artistas, los pistoleros son poco fiables; se venden a cualquier mecenas y nunca les remite el virus de la violencia. Aunque intenten comportarse, en el fondo lo único que les importa es apuntar y acertar: a los hombres nos gusta hacer lo que mejor se nos da, y él era de instantáneos reflejos, gatillo fugaz y puntería exacta.

El primer día lo mandé a comprar al almacén de los Grafton y se dejó el revólver en casa como un alcohólico renuncia al último trago. Lo haría por curiosidad, para ver qué se sentía. También en plan experimental, permitió que lo humillaran los Rycker y Chris Calloway, uno de sus secuaces. Esa noche me reuní en casa con los otros granjeros –Torrey, Shipstead, Potts…- para adoptar una estrategia contra Rycker, y estúpidos de nosotros tomamos a Shane por cobarde. Se salió afuera y al verlo por la ventana, solo bajo la lluvia, ensopado por nuestro desprecio, incurrí en el error de compadecerlo. No se me ocurrió que ningún diluvio podría restañarle la sangre de las manos. No se le puede tomar cariño a la gente así; y eso fue lo que hicimos los tres, Joey y Marian los que más.

El domingo fuimos en grupo al almacén y Calloway volvió a provocar a Shane, que ahora le dio una paliza. Se contentó con los puños; de momento, el alcohólico se conformaba con sidra. Luego lo cercaron unos diez matones de los Rycker y corrí a ayudarlo: espalda contra espalda, los mantuvimos a raya. 

Creía yo que aquellos ganaderos eran perversos y tenía a mi peor enemigo bajo el mismo techo. Joey no paraba de pedirle que le enseñara a disparar y cualquier día él le transmitiría su mal. Rycker podía dejarme sin tierras, pero Shane estuvo a punto de privarme de mi hogar, de mi mujer y de mi hijo. ¡Estoy seguro de que aunque no llegaron ni a reconocerlo ante sí mismos los dos lo hubieran preferido a él! Había veces que hasta a mí me habría gustado ser como Shane. Marian no decía nada, pero hablaba menos, a veces sus movimientos se ralentizaban, se le empañaban los ojos, se quedaba ensimismada en medio de la sala o miraba mucho rato por la ventana.

A todo esto, los Rycker soltaban sus reses en estampida sobre nuestras cosechas y para amedrentarnos contrataron a Wilson, un pistolero mítico. Ernie Wright, uno de los nuestros, pensaba marcharse. Llegó la fiesta del Cuatro de Julio, y aunque no había mucho que celebrar los granjeros nos reunimos en una barbacoa con baile y fuegos artificiales, pese a que con Wilson de estos nos sobraba. Coincidía con la fecha de nuestro aniversario: diez años de felicidad con Marian a punto de malograrse y, viéndolos bailar, ciego de mí, no pude sino reconocer que ellos dos hacían mejor pareja que Marian y yo.

Aquella noche Rycker me esperaba en casa. Mientras rechazaba su enésima oferta por mis tierras, me fijé en cómo se medían Wilson y Shane, que pareció reconocer la cara de serpiente de su colega. Al día siguiente Wilson asesinó a Torrey, el más entrañable de los granjeros. Pero el error de su jefe fue quemar la casa de Lewis cuando aún no habíamos concluido las exequias de Torrey; humillar al derrotado puede cuestionar la victoria del más fuerte. Y así, convencí a Lewis de que se quedara: entre todos le reconstruiríamos la granja. Todo mi afán era que pudiéramos permanecer en estas fértiles tierras para fundar un verdadero pueblo, con su iglesia, escuela y autoridad legal. Y sus buenas cercas que separasen los cultivos de los pastos.

Pero para convencer a los demás de que se quedaran tenía que ir a pedirles cuentas de la muerte de Torrey a Rycker y a Wilson. Marian me rogó que me quedara: Wilson era imbatible. Al principio, Shane me apoyó. Quizá pensó que me matarían y así podría ocupar mi lugar en la casa. Estaría harto de tanto vagabundeo y ésta sería su última oportunidad de quedarse estable en un sitio donde lo querían. No obstante, acabó por cumplir su designio de nómada. Aunque durante un tiempo uno pueda rebelarse contra su destino, al final acaba por cumplirlo y hasta quererlo, como a un mal padre. Tuvo que dejarme fuera de combate para ir en mi lugar a enfrentarse a nuestros enemigos. Para mí era cuestión de orgullo hacerlo por mis medios; no solo necesitaba convencer a mi mujer y a mi hijo de que yo era el marido y padre idóneos, sino a mí mismo.

En todo caso, él era el único capaz de ganarle a Wilson. Además de éste, también se cargó a los Rycker y se fue para no volver, dejando a sus espaldas el esplendoroso futuro que a mi me esperaba sin esos malditos ganaderos. Aunque pudo salirme bien caro, no sabía yo que los pistoleros fueran tan baratos y eficientes. Solo que éste se entregó demasiado a la causa. Para Joey era un héroe. Para mi mujer, un príncipe rubio.

Y para mí fue un demonio que acabó por cederme el paraíso a cambio de la nariz rota y un par de muelas.       
                                       

                                                                                                        

viernes, 14 de septiembre de 2012

MOGAMBO


        


Me gusta recordar los tiempos en que aún era víctima de mi educación protestante y, rígida y frígida, seguía casada con Donald, el chico que me estaba destinado desde la infancia. Éramos tan tímidos en público –y en privado- que apenas nos rozábamos y todo el mundo nos tomaba por hermanos, y cuando nos veían salir del mismo cuarto se escandalizaban; es lo que pasa con los hipócritas, que a fuerza de reprimirse todo lo retuercen y acaban siendo más viciosos que nadie. Lo sé por experiencia.

Aquel viaje que hicimos a África por mor de su trabajo –es antropólogo- me volteó la escala de valores, me dio la vuelta como los pantis o las medias con ligas de encaje que por entonces nunca utilizaba. Los paisajes exóticos suelen alterar a muchos puritanos, pero a diferencia de ellos de vuelta a casa no me recogí la melena ni volví a abrocharme los botones de la castidad. A mí no fueron los indígenas quienes me despojaron –desnudaron- de los remilgos, sino un americano, Vic Marswell, el guía que había de dirigir nuestra expedición.

Y eso que al llegar a su campamento no me cayó bien. Parecía rudo, estaba tenso y tenía la cara crispada, los ojos saltones y unas orejas de elefante. Además, encomendó nuestro viaje a sus subordinados Brownie y Boltchak. Debería sus nervios a la pantera negra que estaba intentando cazar, casi tan peligrosa como la tal Eloise Kelly, aquella morena de la que se había librado embarcándola en la barcaza que nos trajo. La vi alejarse en cubierta tan furibunda e impotente como la tigresa enjaulada que tenía al lado.

También yo me puse histérica cuando, recién llegados, Donald reaccionó fatal a las vacunas y lo atenazó la fiebre; nunca, en ningún sentido, lo había visto tan calenturiento. Me sentí desamparada y todo me parecía hostil: las fieras y nuestro anfitrión, los indígenas y la casa prefabricada, la selva y la misma noche. Al ver la sonrisa socarrona con que Vic se tomaba lo de Donald, me enfurecí y llegué a a bofetearlo, y a partir de entonces se desinfló la tensión y me quedé tan serena como si la abofeteada hubiera sido yo, que era quien realmente lo necesitaba.

Inesperadamente, Mrs. Kelly hubo de volver después de que la barcaza se averiase para largo; las mujeres como ella son ineludibles. Hablamos por la mañana: éramos el día y la noche. Ella la noche, por supuesto. Me explicó que la primera vez había llegado por equivocación al campamento –todo en ella era equívoco-; no sé qué marajá la erró en su itinerario, lo cual delataba su libertad de costumbres. Por entonces ella era todo lo contrario que yo: cercana, sincera, cálida, emocionante y pasional. Por supuesto que me escandalizaron su desenvoltura y la ligereza con que se refirió a sus affaires con varios hombres. Sí, me pareció vulgar; aún ignoraba todo lo que me iba a enseñar.

Me fui a dar un paseo por los aledaños; no sabía que fuera peligroso y en seguida me alarmé de todas las alimañas que pululaban por allí. Asustada, iba a volverme cuando caí en el hoyo de una trampa y desde el fondo oí rugir a la pantera en cuyo lugar había caído. Menos mal que Vic la abatió a tiempo. Me ayudó a salir y me desahogué del susto hablando con él. El ruido de la muerte aún en el oído, tratamos temas muy íntimos. Nunca había hablado así con Donald. Estaba muy confusa respecto a Vic –me fascinaba su salvaje soledad- y respecto a mí. De regreso estalló una tormenta que acabó por desatarme una electricidad interior que hasta entonces yo desconocía. Como un rayo, él cayó sobre mí, me besó y, de vuelta a casa, ya que mi marido seguía durmiendo, hicimos el amor. ¡Cómo iba a suponer media hora antes que haría algo así! Realmente, en la selva había algo más peligroso que las fieras.

Pero me había parecido que Mrs. Kelly nos atisbó desde el porche; y, en efecto, en la cena, con Donald ya a la mesa gracias a la quinina, empezó a mostrarse sarcástica. El vino le afiló la lengua; estaba celosa: el sufrimiento nos vuelve crueles. Al menos, gracias a mí, Vic se decidió a encabezar en persona la expedición hacia el territorio de los gorilas. Sin su participación, ésta habría fracasado; aunque el pobre Donald no iba a África en busca del trofeo de ninguna cornamenta, al menos en algo se benefició de mi aventura.

Mi marido pretendía estudiar a los simios para matizar la Teoría de la Evolución; ahora me parece que para estudiar a los primates le habría bastado con quedarse en Nueva York y salir a la calle en horario punta. Partimos al día siguiente. Mrs. Kelly nos acompañaría hasta desviarse a Nairobi, donde tomaría un avión de vuelta a casa, suponiendo que la tuviera. Redobló las puyas de la víspera, como si estuviera tirando dardos en algún pub. Con muy buena puntería.

Recuerdo que ella me parecía incomprensible; una mujer tan bella y desenvuelta podría tener los hombres que quisiera: ¿por qué cebarse en Vic? En cambio, para una puritana inglesa, para colmo casada, como yo, él era la oportunidad de mi vida. Naturalmente, mi conciencia –esto es, mis prejuicios- intentaba alejarme de Vic; por eso no dejaba de proclamar cuánto amaba a mi marido. Lo peor fue cuando éste me dijo a solas que se notaba a la legua que los otros dos habían estado liados antes de nuestra llegada. Entonces fui yo la que se puso celosa; no hay nada tan contagioso como los celos. Delante de Donald tenía que camuflar mis sentimientos; en la intimidad de la tienda, las mosquiteras fueron mis aliadas para la opacidad. Cuando su respiración se dormía, me escapaba de la tienda y me iba a la de Vic o nos paseábamos bajo la noche rumorosa que ya no me resultaba enemiga.

A todo esto, progresábamos en nuestro azaroso itinerario a través de tribus hostiles, tumultuosos ríos y selvas de fábula, sin que los encantamientos del amor me dejaran apreciar el paisaje si no era para imaginarnos en una intermitente luna de miel mientras él y yo paseábamos solos. Solo me sentía un poco más culpable que feliz. Una vez tuvimos que huir de cierto puesto militar que había sido atacado por una tribu en rebelión. En otro lugar había una Misión católica y vi a Mrs. Kelly confesarse con el párroco como una devota; estábamos intercambiando nuestros papeles. Luego vino a disculparse por sus impertinencias y a advertirme contra Vic. Acusarlo de ser un donjuán cualquiera implicaba que ella había sido una de sus víctimas, lo cual espesó mis celos. ¿O me decía todo aquello para quedarse con él?

 Al fin llegamos a la región de los gorilas y Donald, paradójicamente eufórico, pudo grabar varios rollos de película y cintas de audio para su estudio de campo. En vista de lo que ocurrió poco después, me pregunto si confirmó que los machos peleaban por las hembras. Puesto que yo me veía incapaz, Vic se ofreció a explicarle a Donald que yo quería divorciarme. Pero según deduje después por lo que me contó Donald, a Vic debió derrotarle el clásico patetismo de mi marido confesándole cuánto me quería y quejoso, como una esposa despechada, de que yo hubiera olvidado nuestro aniversario. Y para colmo Vic tuvo que salvarle la vida abatiendo al gorila que nos habría librado de él.

Furioso por su impotencia, Vic volvió solo a las tiendas y lo encontré borracho en brazos de Mrs. Kelly. No pude soportarlo y le disparé: apenas un rasguño en el hombro. Aquello tenía visos de folletín, porque justo entonces irrumpió Donald, que al fin parecía haberlo comprendido todo, según la cara que traía. Y Mrs. Kelly pretendió salvar mi matrimonio –y quedarse con Vic- contándole la historia de que yo solo había disparado a  aquel rufián de las orejas de soplillo en defensa de mi honor. Por fortuna, ya no se llevaban los duelos, y Donald y yo nos volvimos a Nueva York sin despedirnos de nadie. Él optó por creerse la versión de Mrs. Kelly y se comportaba como si nada hubiese ocurrido; todos preferimos creer lo que nos conviene. 

Y un par de semanas más tarde, ya que él no había sido capaz, tuve que ser yo quien le desengañara de las certezas de su mundo: le dije que me separaba. Para no ofenderlo más de la cuenta, me inventé un amante, el precursor de otros muchos reales que le siguieron.

Había perdido a Vic, pero me había encontrado a mí misma.                                  

                                                                                                        

martes, 11 de septiembre de 2012

MURIERON CON LAS BOTAS PUESTAS




                  

Esta es la fétida historia, que ya no puedo sino airear porque me excreta por todos los poros del piel, de la vida afortunada de un ilustre inútil, el general George Armstrong Custer, mi marido, y de la abnegada existencia de una desconocida, su esposa, yo. Si convenimos en que la historia del Oeste Americano está enmascarada de mitos y leyendas –esto es, falacias-, la vida de mi difunto marido es un paradigma de semejante conclusión.

Nos conocimos en West Point, donde él era el peor cadete de la academia y solo destacaba por su fanfarronería e indisciplina. Llegaba yo a visitar a mi padre, amigo del general Sheridan, y sí, reconozco que, incauta e inexperta que era, cedí a sus zalameras galanuras. Tan valiente como se tenía, George me pidió temblando una cita, se la concedí y me dio plantón –el primer desplante a la caballerosidad de un miembro de la Caballería-, lo cual acabó de enamorarme de él. Faltó debido a que, en plena Guerra Civil, el orden alfabético y la debilidad del general Sheridan por los caraduras le valieron ser enviado a Washington como teniente de caballería.

Eran tiempos apurados en que el Sur nos ganaba terreno mientras George languidecía en la capital debido a que ningún mando iba a encomendarle misión alguna al oficial más incompetente del ejército. Hasta que en un restaurante conoció al general Scott y a cambio de cederle el último plato de cebollas logró el mando del Segundo de Caballería. Toda su carrera estuvo jalonada por estos golpes del mar de la Fortuna, a lomos de cuyas olas cabalgaba mejor que sobre sus caballos. Bueno, además de suerte, le concedo el mérito de caerles bien a los hombres que quería, es decir, a los influyentes.

En la primera escaramuza desobedeció y hasta noqueó a su superior, Sharp, y contraviniendo su orden de retirarse logró tomarle un puente al enemigo. Como en el ejército solo rige el código moral de la victoria, entre condecorarlo y fusilarlo optaron por lo primero. 

De permiso, vino a Monroe a cortejarme. Pero antes de llegar a verme, entró en el verdadero templo de sus devociones, la taberna, y borracho que estaría se enfrentó al propietario del local, que solo iba a cobrarle su alquiler al tabernero. Lo llamó petimetre y gordo pajarraco. Por fin se dignó a venir a casa y emprendió las zafias galanterías del caso; vaya una manera de cortejar que tienen los hombres. Además, apestaba a cebolla; intentaría disimular las copas con que se habría dado valor. Pero lo más increíble es que entonces volvió mi padre y resultó ser nada menos que el “gordo pajarraco” de la taberna. Papá lo echó y eso me decidió a prometerme con él. Si le caía mal a alguien tan obtuso como mi padre, aquel chico tenía futuro. Además, estaba harta de quedarme encerrada en casa, me gustaba contrariar a papá y me aburría principiar con otro el enojoso proceso del cortejo. Para escapar de la familia, George me parecía tan bueno o malo como cualquiera: me equivoqué. 

De nuevo, George debió a la casualidad su ascenso a general de brigada. Disperso en otros asuntos, el general Taipe, que llevaba años sufriendo su inutilidad, dio curso a la orden de sustituir automáticamente una vacante con el siguiente del escalafón, sin advertir que le tocaba a George Custer. Nunca hubo carrera tan meteórica y a la vez inadvertida que la suya.

En Hanover volvió a contravenir las órdenes y de nuevo la marea de la Fortuna lo exaltó en la ola del éxito: gracias a su desobediencia, esto es, por pura suerte, su regimiento fue el único en no quedar embolsado por las tropas de Stuart y Lee, y la Unión se salvó. ¿Con qué diablejo habría pactado George? Tratándose de él, con alguno salido de cualquier botella de whisky. ¿Se habían enamorado las estrellas de su bigote de rufián?

Cubierto el expediente de varias batallas y miles de muertos después, se rindió el Sur. Por supuesto que ante la fama de George mi padre depuso su animadversión y nos casamos en seguida. Entonces se inició mi via crucis privado. Licenciado del ejército y en tiempos de paz, era un suplicio sufrir a George todo el día en casa, hasta que dio en dilapidar los días en la taberna. Se abandonó a la bebida. Sin preparación ni interés genuino por trabajar, fue incapaz de emplearse en la vida civil. No salía de los discursitos sobre “la gloria” o “el honor”, conceptos que solo eran excusas para su holgazanería. 

De madrugada subía tambaleándose al dormitorio y caía inconsciente en la cama sin prestarme ni un minuto de atención. Solo un imbécil como él pudo rechazar la única oferta que le hicieron, representar los intereses del Ferrocarril para lograr concesiones y vender acciones gracias a su renombre entre el populacho. Una vez más se amparó en que no podía arrastrar su nombradía en un proyecto meramente comercial. Desde luego que prefería seguir emborrachándose con mi dinero.

Desesperada, tuve que recurrir a uno de sus muchos protectores, el general Scott, el de las cebollas, que atendiendo a mis súplicas por un alcohólico, le buscó un destino militar: Fort Lincoln. George no pudo negarse a aceptarlo: aquél era el único camino hacia la gloria. Ahora serían los indios quienes tendrían que soportar su buena estrella, pensé. Ellos eran los verdaderos americanos de Estados Unidos y los estábamos expulsando de sus ancestrales tierras y exterminando sin piedad. 

Tuve que ir con él; como siempre, una mujer es la sombra de su marido. Al menos dejó de beber, pero en la cama seguía siendo un incapaz. No pude sino sospechar de las miraditas que lanzaba a los pantalones ajustados de los soldados y de la melenita que se dejó; también recordé lo simpático que lograba resultar a todos los hombres cuyos favores necesitaba. Lo peor de todo era tener que sonreír y responderle que sí cada vez que abrazándome me preguntaba si era feliz. Muy tontas tenemos que ser las mujeres para tolerar algo así.

Pero al menos ahora estaba entretenido limpiando la frontera de indios; parece que los hombres solo se divierten y arreglan sus diferencias vertiendo la sangre ajena con la coartada de banderines o crucifijos. Gracias a sus oficiales y a utilizar a cientos de sus hombres como blanco de flecha, forjó el mito del Séptimo de Caballería; el salvífico toque de trompeta, el estandarte sobre el polvo, el fragor de las armas al galope…

Se firmó un tratado de paz con Caballo Loco, el Gran Jefe de los sioux, según el que nos cedían su territorio a excepción de las Colinas Negras, su tierra sagrada. Pero un contrato firmado con los blancos es hoja de otoño, y como al Ferrocarril le interesaba aquella región, distribuyeron el falso rumor de que allí había yacimientos de oro, con lo que millares de blancos sucumbieron a la fiebre y profanaron las Colinas Negras. Así que Caballo Loco relinchó de furia y encabezó la rebelión de una alianza de tribus.

Entonces George tuvo su último golpe de suerte, solo que esta vez le impactó demasiado fuerte. Con su clásica desfachatez se coló en el mismísimo despacho del presidente Grant y lo cameló para que lo librara del Consejo de Guerra que tenía pendiente por agredir a Taipe y Sharp –a quienes odiaba desde West Point y a la sazón eran representantes del gobierno- y le encomendara el mando supremo contra los indios. En toda crisis es típico entregar la suerte de un país entero a la de cualquier imbécil.

Por desgracia, el resto de la historia pertenece a la mayor infamia infligida al Ejército de los Estados Unidos: Little Bighorn, la última chapuza de mi marido. Se mostró tan inepto como de costumbre, solo que esta vez no se elevaron las alas ni las olas de la Fortuna a socorrerlo y depositarlo en la orilla. El problema es que con él cayeron miles que sufrieron las consecuencias de su temeridad, el disfraz de su osadía y su desfachatez. 

Como no me dejaron contar nada, en las conmemoraciones póstumas me estallaron las glándulas de la furia, empecé a sudar por cada poro de mi piel y hasta ahora que he dicho la verdad no he parado de sudar caudalosos ríos de incomprensión e ira.

 Recuerdo que las autoridades tuvieron que taparse la nariz con pañuelos tan grandes como aquellas malditas banderas y algunos se desmayaron por el olor, que parecía emanar del cuerpo de mi marido anticipando su descomposición a marchas forzadas, como si quisiera encabezar al Séptimo de Caballería entrando en el Infierno y la condenación eterna.                   

sábado, 8 de septiembre de 2012

LOS PÁJAROS


                   


En la época en que los pájaros nos rebelamos contra el ser humano –el menos humano de los seres- y por el bien de la vida en la Tierra lo desvanecimos de su faz, yo aún no había abdicado como Rey de los Grajos, la especie que promovimos la revuelta en Bodega Bay, nuestra Bastilla particular. Era éste un enclave estratégico, ya que sin llamar la atención nos propiciaba el apoyo de las gaviotas y, como se trataba de un pueblo costero bastante aislado, nos posibilitaba obtener un triunfo que pasaría relativamente desapercibido apenas a cincuenta millas de San Francisco, una de las capitales del mundo.

Nuestro objetivo era apoderarnos del Golden Gate en dos días, y en efecto se me nublan los ojos saltones al recordar la columna de grajos que marcialmente se alineó desde la cabeza del puente mientras los zapadores picoteaban los cables de sujeción hasta que lo derribaron sobre la bahía.

Motivos nos sobraban para la rebelión contra los hombres: toda la vida nos habían encerrado en jaulas sometiéndonos a la humillación de cantar para ellos con el único pago del alpiste; nos disparaban en cacerías y adiestraban en la humillante cetrería; a los loros les hacían blasfemar; nos utilizaban en deplorables dichos –“me lo ha dicho un pajarito”, “más vale pájaro en mano”- o en mitos infames como el de la cigüeña, y empleaban a las palomas como mensajeros gratuitos; por no hablar del sentido peyorativo de “pájaro” aplicado a los semejantes que pretendían denigrar, o de los insultos “buitre”, “de mal agüero”, “cuervo” o “carroñero”, cuando eran ellos el único animal que por placer u orgullo mataba a sus semejantes. 

Y me olvidaba que incluso empleaban a las golondrinas o al ruiseñor en aquella bazofia lacrimógena y plagada de tópicos cursis que llamaban “poesía”. Al final fuimos su albatros particular, el pájaro de un blanco terrorífico que les trajo la ruina. Para conocer su destino ya no tendrán que desentrañarnos como los augures romanos, ni averiguar hacia qué lado volamos.

Basamos la victoria en la optimización de nuestras ventajas respecto a los humanos. La principal era algo que por sí mismos solo hacían en sueños: volar. Otra baza era nuestro número y la posibilidad de sorprenderlos con ataques en masa. Les atacaríamos en picado, en todos los sentidos de la palabra. Desde el principio del otoño nos fuimos agrupando en Bodega Bay con la excusa de las migraciones. También contábamos con la estupidez inherente al género humano, su tendencia a la autodestrucción y su desconocimiento de nosotros, a excepción de algún ornitólogo o músico que entre ellos son tomados por “rara avis”, bichos raros. 

Otra ventaja era nuestra ignorancia de la vanidad –a excepción de los pavorreales, pero estos apenas son pájaros: no saben volar-, que nos permite considerar a la especie muy por encima del individuo. Lo cual no nos impidió respetar a las minorías (algo inédito entre nuestras víctimas) y dejar tranquilos a aquellos de nosotros que, como los periquitos, prefirieron guardar fidelidad a los hombres, seguir encerrados en sus jaulas de oro.

Conforme a lo dispuesto, el día D a la hora H, emití el graznido que abrió las hostilidades. El primer paso fue picotearle la permanente a Melanie Daniels, una insolente rubia, díscola y descocada donde las hubiera, que para su desgracia había venido al pueblo para ligar con el abogado Mitch Brenner, el personaje más notable de por allí. Ése era nuestro plan, desestabilizar a los poderes fácticos de Bodega Bay. Nunca olvidaremos a la gaviota que despeinó a Mrs. Daniels, ni a aquella otra que mandé inmolarse estampándose en la puerta de la maestra, otra fuerza viva que logramos amilanar (pobres milanos: los humanos infectaron el lenguaje).

Sabíamos de la idiotez de los hombres, pero la realidad superó a nuestras expectativas. Por ejemplo, Melanie y Mitch, con su mundo al borde de la extinción, se pasaban el tiempo jugueteando con sus fintas y requiebros venéreos, hasta convertir la casa de la madre de Mitch en un nidito –con perdón- de amor. Entretanto, como un fiel espejo, la realidad duplicaba –calcaba- los planos de mi estrategia. La primera noche ordené que los nuestros se alinearan en los cables eléctricos, hecho de marcado cariz simbólico, ya que después de los millones de los nuestros inveteradamente electrocutados allí, ese maldito tendido simboliza la perfidia humana.

Lo siguiente fue un golpe psicológico a mayor escala. Nada menos que un ataque en picado sobre los infantes invitados a la fiesta de cumpleaños de Cathy, la hermana de Mitch, una niña de once años. Los niños eran otro punto flaco de los hombres. Afirmaban amar a aquellos seres egoístas que no se valían por sí solos hasta los nueve o diez años, cuando a veces se convertían en pequeños criminales, y sin embargo los explotaban en labores pesadas o hasta los enviaban a la guerra. Los más jóvenes de entre nosotros se niegan a creer esto último; lo achacan a propaganda de guerra que atribuyéndoles semejante vileza afilara los picos de nuestros soldados, a la falsificación de la historia por parte del vencedor.

Luego nos cobramos nuestra primera víctima mortal: Dan Fawcett, el vendedor de piensos. Toda la vida los había adulterado para desgracia de nuestras hermanas las gallinas. Tenía un par de ojos garzos tan ricos como huevos fritos: mis subordinados me honraron permitiéndome zampármelos como trofeo honorífico e impacto psicológico sobre el enemigo. Aquello me puso de buen humor e improvisé otro ataque a los niños, esta vez más dañino, a la salida del colegio.

Los vecinos estaban desconcertados. No podían llamar a la policía, ni siquiera al ejército, uno de sus recursos favoritos en caso de apuro. A todo esto, y aunque envié a varios escuadrones de gorriones que les entraran por la chimenea, a Melanie y Hitch, perdón, Mitch, nuestros ataques parecían servirles de afrodisíaco, y avanzaban mucho para la hipocresía –es decir, moral- de la época; tan entreverados estaban para los humanos, según nuestros antropólogos, el amor y la muerte.

“Atacar, desaparecer y reagruparse”, éste era el lema con que abrochaba mis arengas a los combatientes. Hicimos explotar la gasolinera del pueblo en una conflagración de sangre y fuego, y cortamos la luz y el teléfono. En cambio, nuestras comunicaciones seguían tan fluidas como siempre. Ellos reincidían en su insolidaridad. Acusándose de demencia, no se daban crédito entre sí, todos preferían la tranquilidad de creer que no pasaba nada grave, y los forasteros pensaban que se salvarían alejándose de Bodega Bay, como si adonde fueran no hubiera pájaros. 

Por mucho que se encerraran en sus casas y condenaran puertas y ventanas, los empavorecíamos con nuestros silbidos, aleteos y chillidos –era la guerra psicológica-, y luego picoteábamos las barreras con nuestros filosos arietes. ¿Qué batallón antiaéreo podía neutralizar los cien billones que éramos según el último censo? Ellos nos habían enseñado a bombardear a inocentes desde los vientres de acero de sus malignas máquinas. Hechos a suponerse el centro del universo, no nos creían con la capacidad de atacar en masa a un ritmo preconcebido. Todo lo consideraban en función del tamaño, incluido nuestro cerebro.

Invictos, de Bodega Bay pasamos a Santa Rosa y a San Francisco, luego a Nueva York, y de allí a Londres, París, Moscú, Pekín…

Ya no tuvimos que ver siempre el mundo a vista de pájaro. 

                                                                                                        

miércoles, 5 de septiembre de 2012

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ


                  

A todas horas “sí, señorita Escarlata”, “en seguida, señorita Escarlata”, “lo que usted diga, señorita Escarlata”, harta estaba de los caprichos de esa señoritinga que el día entero me tenía arriba y abajo, sin quitarse el Mammy de la boca, pidiéndome que la peinara, cortara las uñas o le apretara el corsé. Porque además de sus tonterías era Mammy –yo- quien debía ocuparse de la comida, de la limpieza y de la colada, por no hablar de vigilar a esa panda de negros que al menor descuido se ponen a fumar en el granero o a tirar dados en lugar de ordeñar las vacas.

Cada noche caía derrengada en el catre, que al menos podía quejarse bajo mi peso, y no había entornado los párpados cuando su voz chillona me reclamaba un camisón limpio o un vaso de leche. Tener que soportarla desde que nació –fui su nodriza, ama (esclava) de cría; ojalá se me hubiera agriado la leche-, tolerarla desde que estaba en pañales hasta que hace unos años perdió su primera sangre, me decidió a afiliarme a esa organización clandestina, “Los Negros Libres”, que antes y durante la guerra allanan el camino a los yanquis para cuando entren a liberarnos. ¡Y estos señoritos creyendo que tememos a los abolicionistas, que desamparados no sabremos ganarnos la vida cuando seamos manumitidos. ¿Hay muchos presos que no quieran salir de la cárcel por miedo a morir de hambre?

Con Atlanta desde ayer en manos del Norte, los dados de la Fortuna parecen cargados a favor de ellos; estos fantasmas de la Confederación van a tragarse aquellas baladronadas que ladraban en “Twelve Oaks”, la finca de los Sykes, en la fiesta durante la que supimos del estallido de la guerra. Apenas se celebró hace unos meses y ya parece de otra vida, de un mundo distinto a éste.

 Aquellos días la orgullosa Escarlata también perdió su guerra particular al anunciarse el compromiso entre su querido Ashley y Melanie Sykes. ¡Cómo disfruté viéndola carcomida por la envidia y los celos! Porque desde luego que aquel fin de semana hube de acompañarla para vestirla, maquillarla y hasta abanicarla en la siesta. Una chica tan malcriada, frívola y altiva no podía admitir que por una vez la vida no se plegara a sus deseos, que la realidad desmintiera las esperanzas románticas que, deslumbrada por sus rubios rizos, había proyectado en Ashley. Por puro instinto de supervivencia, él había preferido a su prima, una joven serena, abnegada y bondadosa, es decir, lo contrario de la otra personita.

También fue allí, en Twelve Oaks, que Escarlata conoció a Rhett Butler, ese patán aventurero, un rufián tan engreído y egoísta como ella; a mí me parece que aunque aún no lo saben están hechos el uno para el otro: ni ella es una dama ni él un caballero. Lo digo porque Escarlata se quedó viuda casi antes de casarse con el imberbe Mr. Hamilton. Caído a la semana de partir a filas, el pobre se ahorró un futuro de amarguras y desengaños, ya que ella se casó con él por despecho. Si hubiera tenido que convivir con ella, sí que habría sido un héroe de verdad.

Y aunque técnicamente yo soy una espía de la Unión, no puedo dejar de conmoverme al pensar en el destino de tantos jóvenes del Sur, que tras brillar en una fulgurante apoteosis de gloria en defensa de una caballerosidad que solo nutrieron sus fantasías, están cayendo como estrellas fugaces dejando una estela de polvo y lágrimas; más afortunados, sin embargo, que estos otros –estrellas errantes- que ya vuelven descalzos y hambrientos, el ánimo desmantelado por el miedo y la derrota. Se han trocado en lamentos aquellos gritos de júbilo que en celebración de la guerra saturaban de entusiasmo el perfume de las glicinas y acallaban a los chotacabras. 

Ni siquiera entonces creían en la guerra; la tomaban por una escaramuza de honor, un duelo sin sangre u otro juego de sociedad –la gallinita ciega- que amenizara los bailes y las barbacoas. Al menos en éstas aprendieron el olor de la carne abrasada. Pero también estaban satisfechos de su mundo y tenían que defenderlo. ¿Cómo iban a querer cambiar una vida marcada por las horas del ponche o del minué, por los ritos de las cortesías y de los carnets de baile, por los ritmos de las cabalgadas, de las cosechas o las comidas?

En cambio, nuestras eran el hambre y la campana llamando al trabajo, los cerrojos cayendo con la noche y los chasquidos de los látigos, el chirriar de cadenas y los ladridos de sus mastines persiguiéndonos hasta en las pesadillas. Nosotros no tenemos nada que perder y ellos van a perderlo todo. Se acerca el día en que la señorita Escarlata me sirva el té o me apriete el corsé. 

Solo hay que esperar. Obtener la libertad será tan fácil como zambullirnos en la alberca y salir limpios de humillaciones. Como mucho, a los supervivientes de entre ellos les quedarán los posos de la culpa.                                                                 Con buen sentido, la organización prefiere que no empuñemos hoces ni cuchillos; espigaremos el fruto maduro. El tifus está de gira y ayer mismo se llevó a la señora Ellen, la madre de Escarlata, que aún no lo sabrá. Unos negros de los vecinos –tengo que acostumbrarme a no hablar así- la vieron de vuelta desde Atlanta, en un coche con Rhett Butler, Melanie Sykes, su bebé –el hijo de Ashley- y la negra Prissy. Supongo que el doctor Gerald se ocuparía del parto, aunque bajo las bombas de Sherman estaría pluriempleado. Pero es que a las otras dos, tan cobardes como inútiles, no las veo cortando un cordón umbilical cuando ni siquiera son capaces de retorcerle el gaznate a una gallina.

Las cuales, tras el paso de hordas de ladrones y desertores, por aquí se han convertido en una especie en extinción. Expoliados los corrales y el granero, nos sustentamos de tubérculos y esperanzas. Ah, y del papel de los bonos confederados. Preferible es comer hierba en libertad a apurar las pechugas o lechugas despreciadas por los amos.

De los señores de los alrededores solo queda Mr. O’Hara, el padre de Escarlata. Pero tras los desastres de la guerra y la muerte de su esposa, los ojos vacíos y los andares de fantasma lo delatan al abismo de la locura. Nada mejor que el olvido merece el muy puerco. Me compró a los quince años, en una subasta de Baltimore; nunca olvidaré cómo me miraron, al pujar, esos ojos que ahora están nublados para siempre. Con razón el viejo está siempre con la cantinela de que Tara es lo que importa, que esta tierra será lo que perdure, que es lo que más ama y toda la fuerza le viene de ella: lo único que subyace bajo toda esa palabrería es que su poder se cifra en estos cien mil acres de un algodón teñido de nuestro sudor, embebido de lágrimas y sangre.

Todos ellos son tan hipócritas, díscolos y viciosos como la misma Escarlata. Y en el fondo también son infantiles, sí, crueles y egoístas como niños. A veces la muy estúpida me amenaza con no comer si no le hago el gusto, ¡y lo peor es que tengo que hacer que me importa si no quiero incurrir en sus iras! Porque cuando se enfada, hasta los perros se esconden y los gallos enmudecen; incluso los relojes se paran si corren demasiado para sus intereses. Por ejemplo, cuando le dije lo que pensaba de que se saltara el luto y organizara una expedición a Atlanta porque supo que Ashley volvería allí de permiso. Yo sé lo que ella pretende: tener a Ashley durante el día y a Rhett por las noches. Pero no creo que se salga con la suya; además, la niña es gafe: como a su marido, ha llevado la ruina a Atlanta.

Recuerdo que cuando los pretendientes hacían cola en el porche, ella torcía su sonrisa, los ojos le chispeaban y gritaba que amaba la vida. Sí, de niña sus padres decían que era muy vivaz, que estaba pletórica de vida, lo cual es como llamar apasionada a una prostituta. Naturalmente, también mi vida se animará cuando cuando me convierta en la señora de Tara y esa listilla tenga que trabajar para mí de sol a sol.

Quizá entonces se ponga tan morena como yo. ¡Aleluya!