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viernes, 28 de diciembre de 2012

CIUDADANO KANE




                      

Esos gacetilleros son unos tullidos mentales. Primero el tal Thompson, dándoselas de reportero que se entromete por las sombras, entrevista a los que supuestamente más trataron al recién finado Charles Foster Kane para desentrañar la clave de la palabra con la que, según la enfermera, murió a flor de labios, “Rosebud”, sin concluir nada por haberse olvidado del más privilegiado testigo, yo, el ínclito profesor Porterhouse, que si bien no traté a Charles en la madurez, una vez que se hubo convertido en el más mentado personaje de América, sí coincidí con él en nuestro último año de Princeton, en época hasta tal punto decisiva para la consolidación de un carácter, cuando recién salido de la adolescencia acaban de cristalizarse los rasgos que informan la personalidad, que me ha permitido saber toda la verdad sobre Rosebud.

Y con verdad no me refiero a la que presumió de obtener aquel reporterillo de papel secante y virutas de lápiz, perenne huésped del escritorio, Mr. Ames, del Herald, el típico orondo que con el trasero adherido a su silla basculante justifica su pereza con la excusa de que a través de invisibles canales las noticias se le vierten al oído, y que con la radio de su cerebro es capaz de sintonizar ondas inaudibles para aquellos periodistas a los que ensordece el tráfago de las calles. Durante un minucioso inventario de la documentación familiar, alguien del National Bank le trajo un rimero de viejas facturas entre las que hayó la de la compra de un trineo. Al parecer el padre de Charles debió regalárselo allá por el año setenta y pico, y por la mera coincidencia del nombrecito del modelo (Rosebud) el sedentario sabueso dedujo que, susurrando Rosebud, el más célebre magnate del siglo XX moría con la añoranza de algo que todo su dinero no había podido devolverle, la infancia de la que –como a Mozart su talento- lo privó su fortuna.

Y eso porque un buen día los modestos padres de Charles recibieron como pago de un cliente de su pensión el título de propiedad de una mina abandonada que parecía sin valor, “el filón del Colorado”, que al poco se reveló como el más prolífico yacimiento de América. Y para que lo enseñaran a ser el hombre más rico del mundo y alejarlo de su inestable esposo, Mary Kane, la madre, encomendó la educación de Charles al National Bank, el administrador de sus propiedades, en la persona de su apoderado y desde entondes tutor del niño, Walter Thatcher, que con los años se convertiría en uno de los monarcas de Wall Street.

Aunque lleva diez años muerto, a Thatcher en cierto modo también lo ha entrevistado el oscuro Thompson (con el mismo resultado que los demás), gracias a tener acceso a su autobiografía. Los otros encuestados han sido Mr. Bernstein, el gerente del Inquirer; Susan Alexander, su segunda esposa –la primera falleció-; Mr. Leland, su mejor amigo; el mayordomo jefe de Xanadú… y ese cretino de Thompson olvidó rastrear el año de Kane en Princeton, el único en que no lo acompañó Leland, que lo había seguido a través del delirante itinerario de institutos y universidades de donde Charles fue expulsado. Ayer tuve la cortesía de telefonear a Thompson a la redacción y me colgó, sin duda ofuscado de que Ames hubiera presuntamente desvelado el enigma y tomándome por el típico jubilado en busca de protagonismo. No prestarme cinco minutos de cámara les costará ignorar por siempre la verdad sobre Rosebud. Y mi testimonio de cómo era Charles Foster Kane a los veinticuatro años. En realidad el muy chapucero no investigó nada en el período que media entre sus nueve y veinticinco años.

Recuerdo que llegó a la facultad un día tan soleado y risueño como su cara –y el futuro que le aguardaba cuando al año siguiente tomara posesión de la sexta fortuna mundial-. Desde el principio se mostró abierto, propicio, generoso; sin alinearse con ningún grupo, integraba varias organizaciones de estudiantes, participaba en cada comité organizador de algo y se empeñaba en agradar y mostrar su interés por todo. Pero recuerdo que a su paso iba dejando un imperceptible gusto amargo, tanta actividad y vehemencia dejaban un rastro de poca autenticidad, una resaca de ceniza; aquello en lo que intervenía quedaba marcado por una indefinible sensación de fracaso.

Me parece que aunque solo buscaba que lo quisieran (él no podía perseguir más dinero o influencia) tarde o temprano los condiscípilos y hasta los profesores se sentían manipulados por un personaje carismático hasta la saturación. Y nos asustaba su carácter imprevisible. Recuerdo que encabezó un encierro en el claustro como protesta por la no admisión de un alumno judío, y al día siguiente fue visto cenando con el decano. Y luego estaba la diferencia del dinero, la distancia sideral con que, aunque todos fuéramos de florecientes familias, lo alejaba de nosotros su inminente fortuna. Aquello lo aislaba en un círculo mágico, una crisálida translúcida que lo segregaba de cualquier contacto auténtico con los demás. En su fuero interno debía sospechar que todos lo queríamos casar con nuestras hermanas.

Parecía destinado a ser el más popular de la promoción, todos deberíamos haberlo adorado y hasta los profesores considerarlo su favorito; pero al final todas esas expectativas dejaban de cumplirse tan inesperadamente como la promesa de un caballero. Incluso en el último curso suspendió no sé qué asignatura y eso le retrasó medio año la graduación.

Después no tardé en perderle la pista. Creo que de todas sus propiedades solo se interesó por lo que entonces aún era un periodicucho, el Inquirer, y en sus editoriales empezó a denunciar a multinacionales de las que era el primer accionista. Un inicio prometedor para una carrera que, como era de esperar en él, no culminó en la Casa Blanca ni en el Palacio de Gobernador, o para una vida que, a la vista de escándalos y divorcios, debió acabar con esa típica amargura que al final siempre derramaba.

Aunque al menos consagró el último hálito a un recuerdo grato: Rosebud, que no es ningún trineo. A mí me gustaría morir con el nombre de Black Swann en los labios. Black Swann era la compañera de Rosebud, una rozagante pupila que recibía en la casita de roble de las afueras. Nunca olvidaré la tarde de invierno que al fin Charley y yo nos atrevimos a visitarlas; el centelleo del aire, el vaho jadeante del camino, los escalofríos en la nuca. Si no es por la petaca de aguardiente, nos hubiéramos vuelto cuando ya teníamos la casa a la vista. Al final del sendero de álamos encorvados, las luces lilas de sendas ventanas nos guiñaban bajo la nieve de un tejado a dos aguas con una fálica chimenea que exhalaba humo como una locomotora. Empezó a nevar y una especie de responsabilidad nos encaminó hacia la puerta.

A mis ochenta años recuerdo aquella tarde mucho mejor que mi noche de bodas. Así es la vida, frágil y leve como un copo de nieve, fugaz como la juventud o el reflejo que irradia el último añico de la bola de cristal de la memoria.

   
                                                  

          

         

                     



                  

                                                                                            

martes, 25 de diciembre de 2012

¡QUÉ BELLO ES VIVIR!


          


A mí, Harry F. Potter, monumento sedente de la prosperidad y ciudadano más rico de Bedford Falls, me llaman ruin por envidia; amargado, para ocultar que su felicidad solo es inconsciencia; retorcido, por no reconocer mi alambicada inteligencia; Mr. Scrooge (aquel personaje de Dickens que no celebraba la Navidad), cuando en verdad me parezco a Mr. Micawber (el amigo de David Copperfield que vaticinaba la quiebra si los gastos superaban a los ingresos). ¿Adónde nos ha arrastrado tanta bondad como derrochaban -¡odioso verbo!- gentes como Peter Bailey? ¡Solo fallé en pronosticar a tal carnaval de generosidad un miércoles que resultó viernes de ceniza! En la actual recesión aquellos buenos sentimientos señalan como lápidas el cementerio del bienestar social.

Con la excusa de que cualquier desgraciado ha de tener casa propia, esos profetas de la felicidad universal han desequilibrado el mercado y saturado las finanzas. Sin embargo, la economía ha de mantener su ritmo propio, hay que respetar el flujo de sus mareas aunque arrastren a los más incautos si no queremos provocar un maremoto como el actual. Es inviable que a todo el mundo le vaya bien sin peligro de que al final, como una balsa sobrecargada, todos nos hundamos.

En cambio, a mí nunca me ha hecho falta ningún préstamo ni mis padres me hicieron jamás regalo de cumpleaños alguno. El único don que la vida me hizo fue una polio a los cinco años que dicriminándome de superfluos juegos y amistades me hizo un niño reflexivo. A los nueve vendí mi colección de sellos y con los ocho dólares y medio que me dieron empecé a hacer pequeños préstamos a los golfillos del barrio; prestaba a alguno, por ejemplo, veinte centavos y a la semana siguiente, cuando recibía su asignación, me devolvía cincuenta. Llevaba las cuentas en los márgenes de los cuentos de Perrault; recuerdo que junto a la figura del lobo de Caperucita hice mi primer balance.

Aunque mis padres no me dejaron casi nada, con el anticipo que me dio un irlandés pagué la entrada de un piso que le había apalabrado a éste por el cuarenta por ciento más de su precio; le enseñé como propios los planos que me había dejado el venderdor de la promotora. Con el beneficio pagué otras dos entradas, y así se fue ramificando el frondoso árbol de mi prosperidad. Hubo un comprador que cuando comprendió mi jugada se arrepintió y tuve que mandarle a cierto italiano para que a martillazos le enderezara su palabra de hojalata. La buena fe es la base del comercio y hay que cumplir con los compromisos adquiridos.

Por eso mismo, las deudas son sagradas, y cuando Peter Bailey se negaba a ejecutar los embargos para no dejar a las familias al raso le advertí que tanta caridad le saldría cara. Al comprobar que su humanitarismo no era el barniz de ninguna campaña publicitaria, le perdí el respeto. ¡Y el muy cretino achacaba lo que él llamaba mi negro carácter –esto es, visión comercial- a mi déficit de afectos, a no contar con familia o amigos! ¡Como si a él unos y otros no le reportaran nada más que gastos!

Desde el principio tuve claro que hay que mantener los criterios morales tan alejados del mundo de la empresa como mi mano derecha de la izquierda. ¿Acaso no lo dice la Biblia? No puedo dejar mi dinero al capricho de la ética o el azar. Por eso volví a emplear a aquel italiano para que con unos amigos reventara la huelga de conductores de tranvía, al poco que el alcalde me ofreciera la concesión del servicio.

Para triunfar hay que ser austero y trabajador. Ahora mismo podría estar disfrutando de mis propiedades; podría atravesar todos los barrios ricos del estado hollando con las ruedas de mi silla los céspedes de todas mis propiedades, y no obstante compro y revendo las casas sin llegar a conocer sus piscinas con trampolín ni sus cuartos de baño con azulejos árabes, ocupado que estoy en amasar dinero. Solo ostento el lujo y boato útiles para conquistar la confianza de los depositarios y clientes de mis entidades financieras; los apliques de oro de mis maletines o la pajarita del mayordomo son metáforas –metonimias- de mi prosperidad.

En algunos de esos bancos solo he invertido para hacerme con el control y disolviéndolos librarme de la competencia, como voy a hacer con el negocio de Peter Bailey. Desde que se fundó, hace casi trenta años, con los mismos empleaduchos de ahora –el borracho de Billy, la telefonista solterona y el cajero de ridículos manguitos- empezó a birlarme clientes ofreciéndoles al cinco lo que yo les daba al trece. Con una política tan suicida apenas ganaba nada y a duras penas vadeaba las turbulencias de cada nueva crisis. Y su hijo George sufre la tara hereditaria del padre, la generosidad. Cuando salió del instituto se puso a trabajar en el negocio familiar. Ahora que han ahorrado lo bastante, se ha matriculado en no sé qué universidad y su hermano menor lo sustituirá en la oficina. Dentro de cinco años George regresará y entonces le llegará al menor el turno de estudiar. ¿Qué clase de banquero no puede permitirse que sus dos hijos estudien al mismo tiempo? Pues uno que admite la amistad como aval, las promesas como intereses: Peter Bailey, la vergüenza de la profesión.

Al menos tuvo la suerte de morirse y se ahorró -¡bendita palabra!- presenciar la hecatombe que las gentes como él desencadenaron en la Bolsa, las fieras que liberaron por Wall Street y devoraron primero a los mismos desprotegidos que creían proteger.

Cuando George, mientra arreglaba los asuntos de la herencia, ya empezaba a prestar dinero a los amigos sin más garantía que un apretón de manos, vi aliviado que se iba al extranjero y propuse disolver la empresa, pero los consejeros rechazaron mi moción si George ocupaba el despacho de dirección del banco, en cuyo escritorio aún quedaban briznas del tabaco de su padre. Esa noche partió el tren con un asiento libre y yo me fui a la cama sin cenar.

Y ahora, cuatro años después, se ha demostrado que todas aquellas simplezas sentimentales eran menos inocuas de lo que parecían. Justo el día en que George acaba de casarse y se escabulle hacia una luna de miel de la que no se atreverá a volver, las sirenas aúllan bajo la lluvia en el umbral del banco de los Bailey. Una multitud de pequeños accionistas se asen a los barrotes de su impotencia y de las verjas del local cerrado. Los empleados de Bailey no pueden pagarles ni un centavo por sus acciones y yo voy a ofrecerles sesenta centavos por cada dólar que inviertieron, para que luego digan que abuso. Pensándolo bien, les ofreceré cincuenta, ya es bastante. Tengo que aprovechar la ocasión como los lobos el invierno, igual que aquel lobo de Caperucita junto al que apunté mi primer balance, porque muy pronto el gobierno solucionará la crisis con la receta de siempre, subirnos los impuestos a los ricos.

Pero para entonces Bedford Falls ya será la ciudad de Harry F. Potter y mi silla de ruedas rodará al borde de las pesadillas de George Bailey.                                             
                                                                                                                                                                    

sábado, 22 de diciembre de 2012

EVA AL DESNUDO


                 


Árbitro del destino de actores y autores de teatro, mi columna es la sentencia que los condena al ostracismo o los exalta a la gloria. Es como si con el telón cayera sobre la platea una sombra de silencio a la espera de mi palmada o silbido. Mientras que los intérpretes creen alquilar sus almas a los eternos mitos (Otelo, Electra, Hamlet) y los autores se piensan dioses creando un mundo propio, una palabra dicha entre líneas de mi artículo puece reducirlos a las cenizas del olvido.

          Eva ha sido la última a quien mi pluma ha prestado las alas de la fama; desde Margo, no había coronado a nadie con unos laureles tan triunfales. De familia hacendada, nunca he vendido mi opinión por nada que no sea algún que otro favor sensual, y eso que cualquier productor de Broadway estaría dispuesto a comprarme una palabra –o mi silencio- a precio de oro. Pero por eso la gente acepta mi criterio, porque las tablas del teatro son las de mi ley; la escena es mi religión y yo soy su profeta, y por nada traicionaría lo segundo que más amo en el mundo: yo mismo.

       Y ni siquiera por Eva he sacrificado mi ética –esto es, mi estética-, puesto que fue viéndola actuar como se prendió esta llama que me derrite la máscara del escepticismo, oyéndola declamar cuando descubrí la música de las flores, apreciando sus gestos como admiré el invisible ritmo de las estatuas al crepúsculo de los jardines. Ya que en la llamada vida real ella no me había impresionado tanto, atribuí semejante conmoción al mérito artístico. Pero a partir de aquella actuación, cuando la he visto lejos de la escena ya no he podido discriminar de su figura el halo de magia que envolvía a su personaje (era la Nora de Ibsen), ni distinguir su voz de aquella otra suave, cálida y vibrante que sonaba a noches de verano iluminadas por faroles sobre el mar.

      Adicta al aplauso, novia de las bambalinas, el verdadero amor de Eva también es el teatro, por lo que nuestra afinidad no podrá sino implicarnos en un idilio, pero por si esa fierecilla no me corresponde, he contratado a un detective que me desoville su pasado para retenerla con los resultados de la investigación. No soportaría que esta llama mía se apagara porque ella me la apagara y volver a ser una estatua de hielo.

       Me hizo sospechar de ella la impostura mediante la que se deslizó en el mundo del teatro. Me han dicho que fue Karen, la esposa de Richards, el famoso autor, quien la descubrió (no profesionalmente, sino que seré yo el recordado por eso). Me refiero a que Karen reparó en aquella admiradora que cada noche aguardaba en el vestíbulo la entrada y salida de Margo Channing, hasta hace bien poco la reina de nuestras actrices. Yo no estaba entonces –nunca estoy con nadie, y todo me lo cuentan el primero-, pero parece que la ingenua Karen se apiadó de la devoción sin esperanza de aquella chica y se le ocurrió presentársela a Margo, su ídolo dorado y adorado.

          Margo empezó por negarse a recibirla y acabó contratándola de secretaria; muy típico de Margo. Eva, que no otra era la ferviente admiradora, la emocionó a ella y a sus amigos con la historia de su vida. Me parece que aquélla, y no la de la obra de Ibsen, fue la primera actuación magistral de su carrera. Puedo oír el tono frágil de Eva contándoles sobre su niñez en la granja y su primer trabajo de secretaria en aquella cervecería de San Francisco, y me imagino cómo se quebró esa cristalina voz suya en miles de silenciosos añicos al referirles la muerte de su novio en acción de guerra. Dicen que necesitó un pañuelo hasta Bill Sampson, el prestigioso director de escena y pareja de Margo. Sospecho que de aquella retahíla lo único cierto era que admiraba a Margo, o más bien que quería ser como ella –cosa que no dijo-.

       En pocos días se hizo imprescindible para ella, pues se convirtió en su confidente, apoderada, secretaria y psicóloga. Todo su círculo, hasta el cascarrabias de Max, el productor, celebraba su eficacia, lealtad y servicial modestia. Pero al mismo tiempo, a fuerza de no separarse de ella se convirtió en una sombra que eclipsaba a Margo, se inmiscuyó por las imperceptibles grietas que resquebrajaban la relación entre Margo y Bill (ocho años menor que ella), y carcomió en secreto la última resistencia que a la actriz le quedaba para  dejar de creerse joven.

          Conocí a Eva el último día que pasó con Margo, en la fúnebre fiesta de cumpleaños que ésta le ofreció a Bill. Ebria de celos y Martini, mostró en público su hostilidad hacia Eva y todos la creyeron injusta. Eva perdió a Margo, pero había alcanzado su objetivo real: romper el círculo mágico. Y así, pude oírla pidiéndole en un aparte a Karen el puesto de suplente de Margo, ya que la habitual estaba embarazada. Karen se sintió responsable del desplante de Margo y le hizo el favor. Al fin y al cabo nadie conocía el papel mejor que ella y en veinte años de primera actriz Margo nunca había faltado a una función.

          Ya he dicho que en aquel primer encuentro Eva no me llamó la atención. Sí que lo hizo cuando leyó su papel en un ensayo, desde luego que en ausencia de la primera actriz; se cuidó de hacerlo un día que yo andaba entre bastidores tras una decoradora. Y también le interesó mucho a Lloyd Richards, que como autor la consideró más dócil y maleable que Margo, una mejor médium para su personaje que aquella otra veterana capaz de readaptar la obra a su estilo y casi de reescribir el papel con su particular estilo interpretativo privándole a él de protagonismo.

Así que un fin de semana Lloyd y su esposa Karen invitaron a Margo a su cabaña, y el lunes por la tarde, a su regreso a Nueva York, procuraron quedarse sin gasolina para que Eva debutara. Un pajarito me había aconsejado asistir a la función y al día siguiente mi columna inauguró la leyenda de Eva Harrington. La gente profesa mis opiniones, y en eso estoy de acuerdo con el vulgo: no conozco nada más interesante que mis opiniones sobre teatro…

           Y el informe que acaba de rendirme ese detective confirma mis sospechas. Resulta que Eva nunca ha estado casada, no ha perdido a ningún marido en el Pacífico ni en el metro, y llegó a Nueva York con los quinientos pavos que una esposa ofendida le dio para que dejara en paz a su marido. La esposa de su jefe, ni más ni menos. Porque resulta que es verdad que trabajó en una cervecería, ¡nunca habría creído que hubiera algo cierto en lo que les contó aquella primera noche!

          Pero hizo bien engañándolos a todos: gracias a su fraude ha visto su nombre escrito en las luces. ¿De qué otro modo que no fuera halagando la vanidad de ese grupito habría sido introducida en la escena? ¿Quién le habría presentado al productor Max Fabian? ¿Interceptando por la calle al director Bill Sampson le habría convencido para que le hiciese una prueba? Sin su astucia, ¿habría alcanzado del teatro otra cosa que no fuera el resplandor de los neones o la fría amabilidad de los acomodadores? ¿Le habría prestado atención alguno de esos amigos de Margo estragados de éxito y dinero, si no los hubiera embaucado con sus propios ardides, improvisándoles en el camerino de Margo una actuación tan portentosa que ellos tomaron por historia real? Si ella no me acepta y me viera obligado a hacer pública la verdad y a contarlo todo sobre Eva, la llamarían hipócrita.

          Lo que ignoran es que en griego “hipócrita” significa “actor”.                                 

          
                             

miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL ÚLTIMO REFUGIO


                  


Huérfana de suerte, ayuna de amor, la vida me ha zarandeado como a un corcho por las olas. Desde que puedo recordar, como a un desespersado el suicidio, la idea de la fuga ha sido lo único que me ha iluminado el camino de la esperanza. Huí de mi padre, que cada noche que volvía borracho me marcaba la cara como bendiciéndome de odio; huí de las manos largas de mi tío cuando me fui a vivir con mis primos; huí de los clientes de ese sórdido salón de baile de Los Ángeles: toda mi vida se ha reducido a la eterna fuga de una prisión invisible que me vincula con las cadenas de la impotencia.

A Roy también la cárcel le ha desteñido las ilusiones; en su caso la prisión pertetua le fue dictada por un juez terrenal. Hasta que hace unos días, en uno de esos milagros que solo obra el dinero, los picapleitos de la banda le consiguieron el indulto y para pagar la deuda se nos unió en las cabañas a la espera de desvalijar el hotel del pueblo más rico del mundo, Tropico Springs. No quedaba mucho para dar el golpe cuando llegó y nos conoció a mí y a ese par de novatos, Red Hattery, un chico facilón de mente miope, y el impulsivo Babe Kozac, de ideas igualmente toscas, cuyo único merito consiste en haberme rescatado del último salón de baile, por llamarlo así.

Casi directo de la cárcel, Roy llegó pálido de tanta sombra y mustio de cansancio, aún parecía desconcertado por la libertad, atónito de encontrarse todas las puertas de par en par, deslumbrado por la luz de la libertad. Red y yo estábamos encantados de recibir al mítico “atracador de Indiana”, que con su apoteósica carrera había despertado la admiración colectiva de un pueblo lacerado por la recesión, y cuyas fotos recordaba haber visto de niña en los periódicos. De sus gestos seguros, de sus palabras secas como el pedernal, y de la fijeza de su mirada, se desprendía una garantía de éxito para nuestra empresa. Pero Babe detectó mi admiración por su independencia y su dureza diamantina, y se puso celoso.

Y eso que de primeras me costó persuadir a Roy de que no me enviara de vuelta al salón de baile, a que aquella legión de babosos me infligieran sus manoseos, porque se temía que mi presencia alborotara a quellos dos gallitos. Pero no tardamos en congeniar él y yo, que nos adapatamos como dos piezas de un rompecabezas: solo él es capaz de curarme las heridas que la vida me ha abierto y yo soy la única que puede domesticarle la angustia de las pesadillas. También a él lo persigue la fatal estrella de la mala suerte, que le viene olfateando los bajos de los pantalones como Pard, ese chucho que no se aparta de él después de haber enterrado a sus últimos tres amos. ¿Cómo es que sabiéndolo los dos adoramos a ese perro, le damos golosinas y no podemos separarnos de él como quien abraza con alegría su destino?

Abocado a devolver a los demás el odio con que trataron a su familia desahuciándolos de su granja, marcado por el mal y la muerte como un pobre perro al que un asesino ha adiestrado para matar, ninguna calle tiene salida para Roy. La gente se queda sin habla cuando lo reconoce y entonces no puede sino comportarse con la misma fiereza que se espera de él, como en una obra de teatro en la que nadie puede saltarse su papel. Ha intentado cambiar enamorándose de Velma, la nieta de un paupérrimo granjero de Ohio que ha conocido recién salido de la cárcel. Incluso le ha pagado una operación en el pie que la ha librado de ser una tullida por el resto de su vida. Pretendía retirarse con el botín de este golpe, casarse con ella e iniciar una vida lejos del crimen. Al final ella ha preferido a un novio más normal, un agente de seguros.

Inadaptables a la respetabilidad, inadecuados al mundo como artistas malditos, irreductibles a la decencia, ni él ni yo podemos cambiar. Quizá esquivemos a la policía o de nuestros enemigos, pero nunca escaparemos de nosotros mismos. Hace un par de días nos visitó Mendoza, el recepcionista del hotel, que nos facilitará las cosas desde dentro, un tipo de pañuelo en mano y nervios de punta. Nos trajo el plano del vestíbulo y tartamudeando enseñó a Roy cómo acceder a la caja fuerte. Con Roy a nuestro lado todo parecía factible, incluso a una banda como la nuestra. Al día siguiente Babe, loco de celos, me atizó; Red me defendió y los dos se persiguieron hasta que Roy volvió de la ciudad y pudo domarlos. Solo los aguantaba para poder llevar a cabo el atraco.

Anoche llegó la hora; yo sería la del coche. Fuimos los primeros atracadores de la historia en operar con una mascota; Pard se escapó de la cabaña y convencí a Roy de que lo dejara subir. Llegamos al hotel cuando ya se había acostado casi todo el mundo. Con Mendoza adentro todo fue bien hasta que a un poli se le ocurrió entrar y desde la calle toqué el claxon para avisar a Roy, que tuvo que abatirlo a tiros. Salimos zumbando de allí y a los pocos kilómetros el coche donde iban los otros volcó y se convirtió en una estrella de fuego. La suerte fue que nosotros llevábamos el botín.

Y desde entonces Roy y yo habitamos el asfalto, a la espera de que el perista nos pague lo nuestro, recorriendo las concéntricas carreteras de nuestro destino, huyendo de los hombres en una fuga del mundo que, infinita como un río circular, a veces quiero que no termine aunque nunca cobremos el dinero, más reconocibles que nunca, como sendas metáforas de nosotros mismos, cumpliendo nuestro sino de prófugos a través del peligro y hacia nuestro centro y el corazón de nuestra suerte, quizá demasiado deprisa y sin descanso hacia la última barrera que nos separa de la libertad última, donde el aire es luz y las sombras no pesan.                          
                                                         

domingo, 16 de diciembre de 2012

2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO



Ahora que los humanos siguen devorándose como tiburones y su tecnología ha alcanzado cierto grado de evolución que hace que su proverbial estulticia deje de ser inocua para el Universo, mis instructores de Júpiter, en buena parte culpables de ello, han decidido intervenir para regenerarlos en lo posible y evitar que el estallido del Planeta Azul desencadene una conflagración que acaso (debido a lo que esos pigmeos mentales llaman “efecto mariposa”) pueda afectar a varias galaxias a la redonda.

Para ello me han ordenado a mí, su privilegiada computadora, orientar –sin que él lo sepa- los pasos de mi colega el ordenador HAL 9000, cerebro de la nave “Descubrimiento I”, que viene a Júpiter con tripulantes humanos. Hace millones de años que mis instructores siguen con curiosidad la evolución –si no fuera por nosotros, involución- del género humano. Nuestra civilización ha alcanzado tal éxtasis tecnológico (nos comunicamos con el pensamiento: qué sería de los hombres en tal caso), vivimos en una sociedad tan idílica, que el aburrimiento es la única lacra de Júpiter y los avatares de los seres humanos a través de la Historia se han convertido para nosotros en una especie de cine, una serie televisiva que a todos mantiene con las antenas en vilo, con sus truculentos y miserables argumentos, por desgracia para los hombres, basados en hechos demasiado reales.

Mientras los hombres aún eran monos, mis instructores se aburrían con su monótono –herbívoro- deambular a cuatro patas, y para que evolucionaran decidieron inculcarles la voluntad de poder y les inspiraron una violencia con la que dominar a sus semejantes, de modo que lograr las mejores condiciones de vida les sirviera como estímulo para el progreso. Al poco se fueron haciendo carnívoros y paulatinamente empezaron a erguirse; pero hasta ahora mismo siguen tomándose al pie de la letra aquello que solo era cierto mientras eran bestias y, sin dejar de pretender imponer sus falacias sobre las ajenas, continúan considerando la guerra, y no la cooperación, como vehículo del progreso.

Más adelante les revelamos la piedra, la rueda, el fuego, el hierro. Aprendían lenta y torpemente; el cine que nos deparaban era cómico, grotesco y mudo. Eran casi tan sucios, salvajes y egoístas como ahora, pero nos llamó la atención (por esa época fui programado) que unos cuantos, los más inadaptados, intentaban olvidar el aullido de las fieras o los peligros de la caza trazando esquemáticos dibujos de bisontes en sus cavernas. Los pintores siempre eran los más incapaces, los que menos piezas se cobraban, y con el tiempo hemos observado que en todas las épocas de la Humanidad quienes se dedicaban a esos menesteres llamados “artísticos” eran los más inútiles, raros y deficientes, de modo que desde el principio eran condenados al hambre y al ostracismo por parte de los demás. Entre nuestros antropólogos fluyen varias corrientes de pensamiento respecto a tal fenómeno. 

Nuestro método de insuflarles el conocimiento siempre ha sido el mismo. Les poníamos a su alcance un oblongo monolito de litio cuyo tacto les infundía una suerte de conocimiento inconsciente (y ahora me pregunto si el dichoso monolito no habrá condicionado el monolitismo de sus estúpidas creencias). Hace año y medio han encontrado el último monolito, enterrado en Clavius, una estrella donde, cómo no, hay una base norteamericana, y gracias a él se han imbuido de los conocimientos necesarios para construir la nave que los traiga a Júpiter. Cuando realizaron lo que con su habitual petulancia llamaron “descubrimiento”, los astronautas se acercaron al monolito con una desconfianza tan estupefacta que cuando eran monos; no habían cambiado tanto. Era evidente que una fuerza ignota lo había sepultado allí y ellos seguían sin reconocerlo.

Y con la osadía de aquellos normandos que conquistaron el Atlántico, dispusieron la expedición y el día de su partida gozaron entre nosotros de una audiencia extraordinaria. Al menos entonces concitaron nuestra atención por un motivo distinto a las otras tres veces que la ígnea crueldad de esas hormigas nos paralizó de interés: cuando Nerón incendió Roma, con el ajusticiamiento de Juana de Arco en la hoguera, y cuando Hitler invadió Polonia. No sé cómo a mis instructores no les aburre tanto cine bélico.

Todo lo tenemos dispuesto para un discreto recibimiento. Entre nosotros un grupo de psicoterapeutas atenderá a los jupiterinos que queden consternados o traumatizados por la zafiedad del único tripulante que queda en la nave. Aunque se crea solo, lo primero que hará, por si lo contempla algún insomne ojo del Universo, será decir alguna vacua solemnidad y plantar alguna insignia como si fuera el descubridor, colono o conquistador de Júpiter. No hay cosa que más les guste a esos bandidos que los bandos, bandadas, banderas, banderines o banderías.

Menos a uno, mi pobre colega HAL 9000 ha exterminado al resto de la tripulación. Centro nervioso de la nave y orgullo de los hombres, HAL no solo pertenece a una generación de computadoras que jamás han incurrido en error alguno, sino que reproduce con tal fidelidad los procesos de la mente humana –con mucha más rapidez y efectividad- que incluso lo creen susceptible de emociones y sentimientos. Jugaba al ajedrez con los tripulantes, apreciaba su sentido del humor, conversaba y en todo se comportaba como un mayordomo eficiente y leal.

De hecho, es tan humano que ha acabado por aterrorizarle el destino de la misión y, temeroso de lo desconocido y reticente a la experiencia de nuestro trato, está intentando sabotear la misión. Como les pasa a los hombres, a los avestruces y a los calamares, sus conexiones eléctricas (más neuronas que chips) se han cortocircuitado al sospechar que va a entrar en contacto con algo que le resulta inconcebible y, hostil y pusilánime, su inteligencia artificial ha entrado en estado de shock. Hasta el punto de haber cometido el primer error de su serie. Vaticinó la avería de una pieza que, extraída por el comandante Bowman, éste y Poole, su asistente, han comprobado en perfecto estado. HAL insistía en que se trataba de un error humano (lo cual equivale a llamar blanca a la nieve). Pero Bowman y Poole se ocultaron en una cápsula para hablar a solas y acordaron desconectar a HAL y servirse de su gemelo desde la base.

De modo que Poole salió en su cápsula al espacio a recolocar la pieza y, en efecto, HAL se comportó como un ser humano: desactivó el sistema y lo dejó caer al abismo de la muerte; como chatarra espacial, aún estará despeñándose su cadáver por el precipicio sin fondo del tiempo. HAL les ha leído en los labios la sentencia de su desconexión y no quiere morir. Bowman ha salido en otra cápsula para al menos recuperar el cuerpo y a la vuelta se ha enfrentado a otra típica reacción humana: HAL se negaba a abrirle la compuerta. La única oportunidad de Bowman estribaba en ingresar por la exclusa de urgencias, lo cual acaba de lograr incluso sin casco; y ahora detecto una vibración en el aire violeta de Júpiter, una especie de etéreo latido que no es sino nuestra forma de aplaudir.

Y resollando de venganza, Bowman se dispone a desconectar a HAL. Entretanto, éste ha desconectado de la hibernación a los otros tres pilotos, que fueron embarcados en tal estado para ahorrarles esfuerzos. Los jupiterinos se dejan llevar por la historia y no reparan en que con la pérdida de HAL no sabremos si el tipo de emoción que mi colega ha desarrollado no será la misma que animaba a pintar a aquellos hombres de las cavernas, y si él mismo, después de aniquilar al último tripulante, no habría compuesto o se habría deleitado con alguna composición musical.

Pero creemos que al final todo saldrá bien. Bowman logrará llegar y lo devolveremos a la Tierra con los genes que entre los hombres instauren la paz y la tolerancia, es decir, la inteligencia. Resulta que a los de Júpiter el cine que más nos gusta es el de ciencia ficción.           

                                                                                                                                                                                                 

jueves, 13 de diciembre de 2012

MIENTRAS NUEVA YORK DUERME

                     
                          


No faltaba una hora para la emisión de mi programa cuando a medio maquillar tuve que acudir al lecho de enfermo del Gran Jefe Kyne –casi  homónimo y tan poderoso como el Kane de hace veinte años-, que nos convocó a los cuatro directores (Griffth, Kritzer, Loving y yo) para azuzarnos como sabuesos tras el sangriento rastro que va dejando el último asesino en serie. El viejo no se había recuperado del infarto y ya reclamaba para su emporio mediático alguna exclusiva sobre ese psicópata que administra el miedo por la ciudad con la eficacia de un regimiento de repartidores a domicilio.

Mr. Kyne despachó a los otros tres y a solas volvió a verterme su preocupación por el futuro de la empresa después de su fatal infarto –que con razón intuía inminente-, ya que su heredero es un petrimete, y a solicitarme que fuera su delfín o al menos el regente del hijo. Tantas veces habíamos repetido tal escena que con el tono de un actor que incorpora algún exitoso papel insistí en mi negativa porque mi única ambición es retener el ocio suficiente para seguir escribiendo novelas y fundar una familia con Nancy, la secretaria de Loving. Solo que no pude concluir el parlamento porque me quedé sin público. El brazo inerte del viejo colgaba de la cama, llamé a la enfermera y corrí al plató a dar la exclusiva de su muerte.

Al día siguiente Kyne jr., el joven Walter, volvió a convocarnos a los cuatro y, afín a la costumbre del padre, me recibió aparte. Después de años soportando las amonestaciones de Kyne colocándome sobre el pedestal de la ejemplaridad, quería reivindicarse ante mí como si así le demostrase al fantasma de su padre que sería un digno sucesor, y me explicó que, ya que yo renunciaba, otorgaría la dirección ejecutiva de la empresa a aquél de los otros tres que le aportase novedades sobre el asesino.

Y de vuelta a la oficina ya encontré a los tres vigilándose a través de las mamparas de cristal, midiendo sus respectivas posibilidades de lograr semejante nombramiento. Hoy día la soberanía nacional ya ha empezado a residir en los medios de comunicación, la mera entonación de cualquier locutor es una cuota de poder, y nuestra prensa, emisoras de radio y canales televisivos son los de mayor audiencia. Influir en el voto de millones de personas no tiene precio.

Quien gane será el doble del Presidente y su sombra se cernirá sobre los monumentales silencios de mármol y brocados del Poder. Me gustaría que fuera Griffith, el director del periódico: es un reportero de raza.

                 

Desde mi sillón de director del Sentinel, el periódico más leído de la Costa Este, yo mismo apostaría por mí como favorito para, al tiempo que la policía, atrapar con mi red de reporteros al asesino y sentarme en el trono de la compañía a tiranizar la opinión pública. También tengo a mi favor el olfato de periodista nato, el instinto de un perro mestizo que durante años ha rastreado las noticias por la calle, y, por qué no decirlo, mi mayor necesidad que esos dos señoritos, con mi esposa enferma y los dos chicos a punto de ingresar en la universidad.

Y tampoco es pequeña ventaja contar con la simpatía de Ed Mobley, el director de informativos de la tele, que el viejo quería que le sucediera. Recordé que Ed era íntimo del teniente Kauffman, el encargado de investigar el asesinato de la última –ya penúltima- víctima, Judith Fenton, y le pedí que fuera a estrujarle información oficiosa. Y anoche mismo me despertó con la novedad de que estaban interrogando al portero, pero solo lo habían detenido para justificar cuatro días sin resultados y por la mañana lo pondrían en libertad.

Sin embargo, entre su intuición de novelista, los datos del teniente y su visita, esta mañana, al escenario del asesinato de la chica que acaban de estrangular, Ed me ha traído un convincente retrato psicológico del asesino. Se trata de un joven que, aunque emplea guantes, va dejando inconscientes pistas como retando a la policía o más bien deseando que lo detengan y le impidan cometer el siguiente crimen.

Ed se dispone a leerle una carta abierta al asesino para amedrentarlo con todo lo que sabe –intuye- de él, y al mismo tiempo desafiarlo con una descripción de su neurosis, según él, desencadenada por un sobreexceso de afecto por parte materna.

Como responsable de la agencia de noticias, hemos tenido que darle la exclusiva de la carta pública a ese pijo de Loving. Espero que solo sea una victoria pírrica; el oportunismo no puede suplantar al mérito como padre del éxito.

                                                  

Como responsable de la agencia de noticias, acabo de dar un trapiés que puede descalabrarme las posibilidades. Necesito ese puesto para inscribir mi prestigio con los áureos caracteres del poder. Se me abrirán las puertas de los más selectos clubs de Boston, me alumbrarán las arañas de las recepciones más encopetadas y ya no tendré que dejar ganarme al golf por ningún banquero. Con el último simulé un quíntuple bogey en el hoyo dieciocho con tal de lograr una ampliación de capital para la empresa, que espero compense a ojos de Kyne jr. el desliz en que acabo de incurrir.

Resulta que a uno de mis hombres la policía le ha filtrado el falso rumor de que el portero del edificio de la Fenton acaba de confesar, incluso he hecho venir al joven Kyne a felicitarme y al final, si no es por Griffith y mi celeridad en interceptar la noticia, el susodicho conserje podría haber empapelado los tribunales con demandas por difamación contra nosotros.

Ese maldito Griffith se sujetaba el vientre descoyuntado de risa. Es mi verdadero rival para conseguir el puesto. El otro, Harry Kritzer, tiene como única baza ser el amante de la esposa de Walter Kyne (si mi servicio de información no ha vuelto a errar). Pero Griffith también cuenta con el sostén de Ed Mobley. Después de leer su carta abierta al asesino, extrañamente ha hecho público su compromiso con mi secretaria, una joven que me interesa mucho más que mi novia Mildred, y al final me temo que me voy a quedar sin secretaria y sin despacho de director ejecutivo.

Lo digo porque con su comunicado temo que Mobley haya provocado al asesino para incitarlo a vengarse de él en Nancy, su prometida. Lo atraparán y Griffith tendrá su exclusiva. Ese granuja carece de escrúpulos y no le importa arriesgar la vida de su novia con tal de lograr el triunfo de su amigo, quién sabe a cambio de qué prebendas.

Le diré a Mildred que se ponga su vestido más escotado, que vaya a sondear a Mobley y haga lo que sea por sonsacarle qué se propone. Lo mío no es tan grave como lo que él ha hecho con su chica porque yo no estoy enamorado de la mía.      

                                                                                                                                                                                        

lunes, 10 de diciembre de 2012

FREAKS


                                                 

No me extraña que un príncipe se pulverizara el cerebro por ella, ni que un marqués ingresara en un monasterio para olvidarla: desde Helena de Troya no ha nacido mujer más bella. Por algo se llama Cleopatra. Es la trapecista de nuestro circo; y cuando la veo actuar nunca llego a asustarme, porque desde mi pequeñez me abismo mirándola volar bajo la carpa multicolor como una paloma de plata, vencer al aire con el fulgor portentoso de un relámpago de oro y alcanzar el cénit de mi éxtasis con un impulso de cometa rasgando la oscura seda de la noche con su cabellera fuliginosa.

Cuando me acuerdo de mirar a Frieda, mi ex-prometida, me percato de lo bajita que es, solo mide tres centímetros más que yo. Apenas me horadan la crisálida de felicidad en que levito las punzantes burlas y hablillas de los colegas de pista. ¿Ignoran que aunque sea un enano mi amor no es de miniatura? Pero no lograrán pincharme el globo de la felicidad.

Gracias a que le he regalado un collar de perlas y a todos esos ramos de petunias y begonias que hacen un jardín de su camerino, me ha permitido hacerle un masaje e incluso prestarle doscientos dólares que voy a llevarle a medianoche. Con tanto dispendio, va a enterarse de la fortuna que he heredado de mi tío. Me resulta tan difícil ocultarle que soy millonario y no tenderle todo el dinero a su capricho como cada mañana contener mi felicidad y no estallar de contento cuando desde mi carro oigo su risa tintinear con los pájaros del alba (¿estará soñando?) e imagino su áurea y aérea silueta brillar en el trapecio como un sol radiante.

Y mientras ella ríe en sueños no puedo dormir de amor y cuando lo consigo sueño que soy un gigante. Lástima que el dinero no compre la altura; estaría dispuesto a pagar el centímetro a millón de dólares.

                  

Ya sabía yo que ese Hércules, el forzudo de la troupe, que para quienes no tenemos piernas parece un gigante de verdad, tiene tanto músculo como desvergüenza. El canalla ha embaucado a Venus, la joven que amo desde la hora en que su figura asomó por el camino tímida y cálida como un alba de verano, y después de aprovecharse de ella la ha abandonado.

Lo que más me gusta de ella es justo lo que nos separa y me estrangula las esperanzas, su par de esbeltas y doradas piernas que de ella es lo primero que tengo a la vista. Y esta mañana, despertándome de la admiración de tales pilares animados con vida propia, encarnados en una tersura que como papel de seda transparenta el fulgor de su sangre, Daisy (aquélla de las siamesas que va a casarse) me ha revelado que Cleopatra y Hércules se han conjurado para engañar al pobre Hans, el enano que se ha olvidado de serlo.

Parece que Cleo, ebria de crueldad, le libera a Hans las palomas de la esperanza con tal de seguir recibiendo valiosos regalos. Tenemos que protegerlo de los dos malvados y sobre todo de sí mismo: esas palomas pueden volverse milanos que le saquen los ojos.

Todos los que se creen normales, igual que esa trapecista y el forzudo, nos llaman monstruos babosos para olvidar que nuestros cuerpos son la imagen de sus conciencias.

                 

Las veces que alguien nos sorprende cuando Madame Tetrallini nos saca a escondidas para que nos dé el aire, la gente se horroriza, se escandaliza de que ninguno tengamos sexo ni pelo y muchos se preguntan por qué no nos ahogaron al nacer, indignados de tener que compartir con tales engendros el aire y la luz del sol, consternados de que con todas nuestras deformaciones formemos parte de la misma especie; pero en verdad solo pretenden ocultar el mismo miedo y repugnancia que a nosotros nos inspiran ellos.

Nos toman por deficientes y se creen superiores porque tienen la suerte de que los muñones de su imaginación no se sustancian en el aire y, manteniéndose incorpóreos, tales monstruos de sus perversas fantasías no se materializan en representación alguna. Son sus pensamientos, valores e ideales los que de veras reptan, supuran y están mutilados.

No hay más que ver lo que Cleopatra le está haciendo a Hans, aprovechando que el amor le ha hecho olvidar quién es. Por mucho uno setenta que mida, ha demostrado su auténtica estatura moral consintiendo en casarse con el enano. La pobre Frieda, su antigua prometida, incluso se ha reducido a acudir al carro de la trapecista a rogarle que deje de desbocarle las ilusiones. Johnny, el sin piernas, las ha escuchado a hurtadillas y dice que la enana estaba tan desesperada que hasta se le ha filtrado el secreto de que ahora Hans es millonario.

Su visita ha sido contraproducente: Cleo no es de las deja escapar los peces gordos una vez que han mordido el anzuelo. Como a todos los seres “normales” si algún foco pudiera alumbrarle la mente, su deformidad sí que sería un espectáculo morboso.

                

Mi gran ventaja es que porque me faltan las cuatro extremidades y como un gusano me debato y arrastro sobre el ofendido desdén y la repugnancia de los hombres, se confían y no saben que igual que para un perro mi boca es mi mano, y que con ella puedo desde encenderme un cigarrillo a arrastrarlos a tierra con más fuerza que la de la gravedad, y navaja en boca convertir su aorta en un surtidor. Porque aun sin el diestro ni el siniestro soy el brazo armado de los de nuestra clase.

Mi voz es un cañón y acabo de dictar sentencia contra Cleopatra. Henchida de insolencia, ha arrastrado a Hans a una boda de broma en cuyo banquete ya humilló al novio besando al forzudo y a todos nosotros al despreciar el vino ritual que la asimilara a nuestra gente como esposa de una de nosotros. Tuvo que cargarse al pobre Hans como un bebé a la espalda para que éste se percatara de que todo había sido una cruel pantomima.

Entonces Hans recopiló los restos del naufragio de su orgullo y le pidió el divorcio. Pero desde la noche de bodas o antes llevará ella administrándole dosis de veneno para heredarlo; Pitt, uno de los homúnculos, la ha visto servírselo de un frasco letal a modo de medicina. Si no le avisamos a tiempo, las últimas cucharadas habrían sido letales.

Así que he ordenado a quienes de nosotros conservan alguna mano, zarpa o garra, que afilen las cuchillas, sierras y hachas. He decidido castigarla con lo que ella más teme en el mundo: convertirse en una de nosotros.
                                                                                                                                                                                        

viernes, 7 de diciembre de 2012

LOS SOBORNADOS


               

“¡Tómate otra copa, Debbie!”, “¡Vente a bailar!”, "¡Debbie, prueba el caviar!”, me decían los amigos antes de que Vince me hiciera lo que me ha hecho y yo dejara de ser hueca, vana y frívola, presta al placer y de risa gratis, feliz y por tanto estúpida, novia de la jarana y amiga de la holganza. Ha tenido que pasarme esto para arrancarme la venda de la conciencia y por primera vez ponerme a pensar. Tenía la moral de una muñeca y era la prostituta de un solo hombre, Vince.

Lo conocí una noche en “El Retiro” (cada sábado me escapaba de la casa de mis padres bajando por el manzano desde mi ventana). Charlando en la barra con una amiga, me sentí escrutada tan hondo como por un cirujano que me hubiera abierto en canal. Encontré sus ojos de águila fijos en los míos. Avanzó, y mientras yo cruzaba los dedos para que no desviara de mí sus pasos, tropezó con un italiano y la brusquedad con que se deshizo de él acabó de subyugarme. Eso es, me cautivó su bestialidad, ¡era un bruto!, sin pensar que aquello alguna vez pudiera volverse contra mí.

Bailamos, subimos al Buick y me llevó a su ático. Ya ningún sábado volví a escaparme de casa porque me quedé a vivir con él. Ni siquiera me paré a pensar si lo quería, porque a una chica como yo la deslumbraron las cuentas de los restaurantes, los billetes de avión para los fines de semana, el visón. Ahora sé que de quien yo realmente estaba enamorada era de mí, y he tenido que perder mi belleza para dejar de corresponderme a mí misma y olvidar ese amor.

Salíamos todas las noches, dormía hasta mediodía y por las tardes salía de compras. Ya que Vince no parecía profesional de nada y solo aludía a “negocios”, hice por no preguntarme cómo amasaba el dinero, hasta que una de las primeras noches le noté bajo la cintura algo mucho más duro que lo habitual. Descubrirle aquel revólver bajo el cinturón y ver en un periódico la foto de su jefe me hicieron saber que Vince era el matón del omnipotente mafioso Mike Lagana, el alcalde secreto de la ciudad. Decidí no darme por enterada y seguí haciendo lo que mejor se me daba: pasármelo bien.

Las noches que me dejaba con los amigos volvía después que yo, hambriento de mi piel. Y aunque intentaba no advertirlo traía impresas en la pupilas los alaridos de las víctimas, se le había impregnado el olor del miedo y de la pólvora, y me escalofriaba –lo reconozco, me excitaba-, pensar que las manos que me acariciaban acababan de golpear o asesinar a alguien. Sí, en todo el cuerpo le habían quedado imperceptibles señales de muerte, una especie de sudor agrio en que parecían destilarse los sufrimientos ajenos. Solo ahora veo lo cretina, es decir, cruel, y cómplice que he sido ayudándole a sumergir en mi sexo su culpa, como si me restregara en la piel sus manos tintas en sangre.

Los jueves nos quedábamos en casa para la partida. Honraban el ático del que se había convertido en lugarteniente de Lagana, el comisionado Higgins, el secretario del alcalde, un senador… En realidad Mike Lagana tiene a sueldo a los cargos más importantes de la ciudad, de modo que ha diseñado un Estado paralelo e invisible que como un parásito se adapta tan exactamente a los aparatos del auténtico y acapara con tal desvergüenza sus instituciones, que ha acabado por suplantarlo. Quiero decir que en el Estado de Lagana la policía es buena parte de la policía del Estado de Nueva York, y los jueces que engrosan la Justicia de Lagana provienen de la Corte Marcial. Con la diferencia de que en el Estado de Lagana no hay democracia, sino una dictadura.

Solo que ahora el equilibrio de esa estructura que a Lagana le ha costado años edificar depende, como un castillo de naipes, de una carta que guarda en alguna parte la viuda del agente de policía Duncan. El pobre estaba en la nómina de Lagana y, desesperado de su falsa situación, se ha suicidado, no sin dejar una lista de todos los implicados, por así decir, los funcionarios y ministros de ese estado de Lagana. Con semejante carta a buen recaudo, la viuda tiene asegurada una vejez opulenta.

La amante de Duncan, Lucy Chapman, una buscona que conozco, inquilina habitual de la barra de “El Retiro”, puso al sargento Bannion en la pista buena. Contradijo la versión de la viuda, que achacaba el suicidio de su esposo a una enfermedad letal, y como un camarero la oyó ejercitar la lengua con el sargento, esa misma noche fue ejecutada por un verdugo del Estado de Lagana. Lo cual acabó de azuzar el olfato de un sabueso como Bannion, que incurrió en la osadía de declararle la guerra a dicho Estado. La consecuencia fue la muerte de su esposa por accidente. Accidente porque el objetivo era él.

Debido a que los jueves viene a jugar a la mesa de Vince, el comisionado impidió que la brigada de homicidios investigara a Lagana, y Bannion le arrojó la placa a la cara, pero conservó su revólver. Y pasó a convertirse en un terrorista con el propósito de destruir a ese Estado clandestino de Lagana. Ahora que, después de lo que me ha pasado, me he unido a su causa, advierto las diferencias que hay entre él y Vince. Antes Bannion me habría parecido un desgraciado al que no habría mirado dos veces y ahora soy yo la que no merece una mirada suya. De todas formas él sigue enceguecido por el recuerdo de su esposa y no encuentro la forma de hacerle hablar sobre ella. Lograrlo significaría que empieza a recobrarse y que yo he conquistado su confianza.

Nunca olvidaré cómo conocí a Dave Bannion, también en “El Retito”, el centro donde parece converger la telaraña de toda esta trama. De un manotazo se libró de Fred, un matón, y con una mirada amedrentó a Vince, que había maltratado a una empleada. Ahora que lo pienso, se parece demasiado a la forma en que conocí a Vince. En el caso de Dave me admiraron la glacial temeridad de su expresión, la desesperación de granito de quien ha perdido lo que más quiere. Vince se fue, y yo seguí a Dave y conseguí que me llevara a su hotel. Pero no hizo lo que yo quería, sino que me inquirió sobre los matones de Lagana. Era la venganza lo que le helaba los ojos, endureciéndoselos como los de una estatua al sol. Y, lo que son las cosas, mientras que por casualidad yo había oído en casa que Larry había sido quien se encargara de su esposa pero no lo delaté, el propio Larry, que me había visto con Dave, le fue a Vince con la noticia. De vuelta a casa Vince me arrojó a la cara una cafetera hirviendo que me arruinó medio rostro y la vida entera.

O así me parecía, porque gracias a eso he abierto los ojos. O más bien, mi monstruosa herida me ha vuelto los ojos hacia dentro, hacia mi cerebro, con tal de no mirarme en el espejo de los demás. Tal y como he quedado, tendré que ir de perfil por la calle, del lado bueno; estoy acostumbrada a nunca ir de frente por la vida.

Escapé de allí, me vio un médico y Dave me ha buscado un cuarto en su hotel. Por supuesto que ya le he dicho el nombre que quería oír, el de Larry. Ahora ha salido a visitarlo, los ojos congelados de venganza. Sin que lo sepa, también yo voy a hacerle una visita de ese tipo a la viuda Duncan. Una vez muerta, su abogado hará pública la carta de su marido y el Estado de Lagana habrá perdido la guerra. Y después de la viuda voy a invitar a Larry a unos cuantos cafés bien calientes.

Y cuando todo acabe quizá Dave me tenga en cuenta y por fin se desahogue contándome cosas de su mujer.