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jueves, 28 de febrero de 2013

EL PUENTE SOBRE EL RÍO KWAI




                  


Si la realidad es la muerte, y la estancia en aquel campo de concentración japonés lo era, hay que evadirse de ella, ya sea tal y como hice, por piernas, o mediante sueños, espejismos y subterfugios, que al principio también practiqué al hacerme pasar por el comandante Shears cuando nuestro barco, el Houston de la Marina de los Estados Unidos, cayó en poder de los japoneses y el comandante fue muerto a mi lado, ya que pensé que a un oficial lo tratarían mejor que a un soldado de segunda. De nada me valió, pues el coronel Saito obliga a trabajar a los oficiales en la construcción de esa infinita línea férrea que ha de unir Bangkok con Rahgoon. Y esencial para el trazado es el puente que sobre el río Kwai Saito había recibido órdenes de construir, y para el que destinó al batallón inglés recién capturado dos días antes de mi fuga.

 En efecto, había sobrevivido yo al hambre, al agotamiento, a los accidentes de trabajo, a las serpientes, a la malaria, a la disentería –y al propio Saito-, inmune a la muerte y a la desesperación, hasta que hallé la ocasión y las condiciones propicias para la fuga. Saito y Nicholson, el coronel británico recién llegado, casi opuestos en todo, estaban de acuerdo en que huir a través de la selva birmana equivalía a un suicidio, y por eso no había alambradas, empalizadas, ni torres de vigía, pero a este último le repliqué que aunque hubiera pocas posibilidades de supervivencia, para quien se quedara bajo el régimen de Saito no quedaba ninguna. Bien lo sabía yo, que no tenía ninguna gana de que me clavara una cruz encima ni rezara una paródica oración por mí ningún cínico enterrador, tal y como había hecho yo con todos mis camaradas. Porque a aquellas alturas de la guerra –iba a decir de la película-, con la sabiduría del escarmentado, ya no creía ni en la patria ni en la gloria ni en la democracia, sino en sobornar con el reloj del penúltimo compañero enterrado a cualquier oficial japonés para que me procurase el solaz de un día en la enfermería o el nostálgico sabor de una colilla o de una lechuga no demasiado podrida.

 Por contra, habían llegado los hombres de Nicholson tan pletóricos de moral como decrépitos de equipo, exhaustos pero en orden exhaustivo, rendidos y no obstante marciales, con una precaria prestancia, sobrepuestos a lacras y privaciones y animando la llama del espíritu que, aun con sus harapos y botas averiadas, les hacía marchar con el ánimo intacto y hasta silbar en la apoteosis de su derrota, ni siquiera desafinando por la sed, aquella marcha militar del coronel Bogey, con la misma exaltación que si la interpretara la Sinfónica de la BBC dirigida por Sir Henry Wood.

En seguida me llamó la atención la personalidad del individuo capaz de espolear a través de las penalidades a aquellos hombres con un acicate tan eficaz. Saito también los observaba, el ceño furioso, prometiéndose castigar muy pronto aquella insolencia por parte de unos prisioneros que para él merecían el trato de esclavos.

Ya he dicho que esa primera noche discutimos sobre la conveniencia de fugarse. Nicholson admitió que no otra era la obligación de todo soldado prisionero, pero que él había recibido ciertas instrucciones del alto mando, y proclamó que por arduo que fuese en aquella selva cumplir las órdenes, y por ende la ley, él estaba decidido a implantarla. Aunque parecía un oficial competente e intentaba camuflarla bajo una integridad monolítica, había en él una imperceptible inestabilidad que me causaba malestar. Incluso su ahínco por derrocar el salvajismo parecía poco admirable, monomaníaco, egotista. De modo que instó a sus oficiales a que en la construcción del puente sus hombres creyeran trabajar a sus órdenes, y no de los japoneses, y a que se esmerasen tanto como si fuera una sección del ejército británico, y no japonés, la que hubiera de pasar por el puente. Lo cual me habría parecido inaceptable, casi alta traición, si no hubiera sido otro el objeto de mis desvelos: yo mismo.

Al día siguiente, como Nicholson se negó a que sus oficiales trabajaran, Saito le rompió el labio con su ejemplar del Tratado de Ginebra, que le autorizaba a negarse. Todos marcharon al trabajo menos Nicholson y sus ocho oficiales. Saito hizo llevar una ametralladora, lo amenazó con acribillarlos si seguía negándose y lo habría hecho si al final de la cuenta atrás no se hubiera interpuesto Clipton, el médico del batallón, algo así como mi doble al otro lado del cinismo. De nuevo, la obstinación de Nicholson, lejos de parecerme heroica, pecaba de insolidaria, arriesgando por su empecinamiento la vida de ocho hombres. Allí los dejó Saito el día entero, de pie bajo el yunque del sol, firmes contra la sed, hasta que al caer la noche los ocho fueron recluidos en la choza de castigo y Nicholson, tras ser vapuleado, fue llevado al “horno”, una especie de casa de perro con chapas que al sol se ponían candentes.

El otro día era el de mi fuga, junto con un inglés y un australiano. Tuvimos la desgracia de topar con una de las pocas patrullas que rondaban el campo: cayeron ellos dos y a mí me hirieron en el hombro, me precipité al río, y sin golpearme con nada me zambullí y la corriente me arrastró lejos de quienes me creyeron ahogado, y milagrosamente alcancé una lejana orilla. Se me infectó la herida y, sin agua y al límite de mi resistencia, vagué por la selva a través de los delirios de la fiebre y las alucinaciones del hambre, hasta que desfallecí y con el último hálito unos aldeanos birmanos me encontraron y a duras penas me alzaron del fondo del pozo de la muerte.

Tras una larga convalecencia me recuperé gracias a su hospitalidad. Me regalaron un bote con provisiones para que remontara el río hasta la base británica de Ceilán. Me extravié, y aún debilitado y ya sin agua enfermé por beber del río, e inconsciente durante días la barca derivó al único rumbo de mi muerte, hasta que me localizó un avión de rescate. Al llegar al hospital y ver la diferencia de alojamiento, me quedaba la lucidez necesaria para mantener que era comandante.

Dos meses he estado recobrándome. Y ahora que esperaba que me licenciaran y me dejaran volver a Estados Unidos, cuando todavía me asombro de disponer de agua y comida a discreción, me encuentro ante este desconcertante Warden, oficial de un grupo especial de comandos. No se le ocurre sino pedirme, con la excusa de mi conocimiento del terreno, que en compañía de unos cuantos locos –él mismo incluido- me tire en paracaídas sobre la misma selva que casi es mi cementerio, con la misión de cruzarla cargados de explosivos y dinamitar el puente que los japoneses –los ingleses, según el coronel Nicholson- estarán terminando sobre el río Kwai. ¿Cómo puede pretender que vuelva a aquel infierno? Cuando sonrío a modo de negativa, esgrime la orden cursada por mis superiores de que me una a su comando. Cercado, no puedo sino confesarle que he suplantado a Shears, para que sepa que estando dirigida a un muerto la orden no es válida, pero veo que en realidad la han cursado a mi verdadero nombre. Warden me dice que conoce toda mi historia desde hace dos semanas y que si acepto la misión eludiré toda acusación y se me respetará el grado.

No me queda sino ser comandante del comando, que es como decir amortajado por la  muerte, muerto en el infierno.   

                                                                                                                                                      

lunes, 25 de febrero de 2013

MUERTE EN VENECIA



                    


Desde hace algún tiempo me siento tan confuso como ante esas ecuaciones que me plantea el preceptor o como Dora, la institutriz, cuando cualquier sargento la piropea por guasa en el parque; es una especie de viento o silencio que no deja de zumbarme en el oído, y ahora que estamos de vacaciones en Venecia ese viento es el siroco y para colmo este señor no deja de mirarme con esa música triste que parece tener en los ojos. ¿Qué querrá de mí?

Sigo queriendo a todo el mundo pero no estoy a gusto con nadie. Mis tres hermanas me aburren, casi todos los amigos que he hecho por aquí son demasiado pequeños e incluso a mi madre no encuentro qué decirle. Antes ella era todo para mí y para ella yo sigo siendo el favorito, según mis hermanas, el mimado. Y luego me incomoda esta ciudad tan seria, vieja y pestilente, no entiendo de arte y por cada esquina prospera la humedad y la corrupción y la podredumbre; me recuerda a la abuela cuando se volvió demente y le daba por enfundarse las apolilladas galas y oropeles de su juventud. Pero lo que más me intriga es ese hombre: ¿Qué busca?

Al principió sospeché que quisiera cortejar a mamá; pero cuando comprendí que a ella solo la admiraba con una soñadora indiferencia, supe que solo yo era la diana de los dardos de sus miradas, el foco de su enigmática atención. Habría achacado a la paternidad su fijación, si no hubiera sabido, pese a los silencios que cunden en casa cuando lo roza alguna referencia, que mi padre es un príncipe de cierta corte europea –previo al conde polaco que dejó viuda a mamá después de engendrar a la última de mis hermanas-. Aunque más que obsesión, lo que este individuo sufre (¡y ejerce!) es una fascinación tan turbadora como contagiosa, ya que si su curiosidad no suscitara por mi parte un interés parejo al suyo, el caso no sería extraordinario, acostumbrado que estoy a despertar la admiración de la gente.

Llegó anteayer al hotel, o al menos lo vi por primera vez en el salón, antes de la cena. Calculaba yo los días que nos quedaban de estancia, con todo el tedio de las conversaciones ahogándose al fondo de las tazas y las monocordes notas del trío con piano tintineando en las copas, cuando sentí una especie de soplo o beso en la frente y al levantar la vista del velador mis ojos se encontraron con los suyos, que me acariciaban por encima del periódico y de las gafas de pinza… No, el primer día llevaba las lentes redondas sin montura. Me hice el distraído y me puse a hablar con mamá de mis progresos en el francés y hasta con mis hermanas, como si no advirtiera que aquel solitario seguía escrutándome. Más bien contemplándome. Ya he aprendido que igual que hay miradas que curiosean o golpean, otras besan.

Llamaron a la cena y la sala se fue vaciando hasta que nos quedamos a solas con el extraño, que aun tímido y nervioso no resbalaba de mí la mirada y llegó a apuntar una sonrisa de complacencia, como si estuviera encantado de la escena familiar que estábamos representando para su disfrute. Al fin nos dirigimos al comedor, me quedé el último y antes de salir me volví y por primera vez lo miré abiertamente. Aunque me mantuvo la vista noté que perdía la ventaja del espectador y ante mi interés como reflejado del suyo la sombra de un pájaro le pasó por los ojos.

Advertir el poder que tenía sobre él no hizo sino aumentar mi interés y confusión; si hubiera querido llamar mi atención sobre él, no habría encontrado mejor medio que aquél. En el comedor recuperó la iniciativa al punto de apartar el jarrón de rosas rojas para obtener sobre mí una mejor perspectiva. Por algo me repite el preceptor lo importante que es el punto de vista. Sin embargo, aunque cruzamos miradas brillantes y profundas como estocadas, le noté en la comisura de los labios un temblor que delataba una falla de la voluntad y del control de sí mismo; ahora me parece que con esta visita a Venecia se está permitiendo algo que llevara mucho reprimiendo, y que se siente liberado pero también asustado, como si hubiera perdido el control o el rumbo de su vida. Lo digo porque mamá, que al quedarnos a solas en el salón había reparado en él, nos dijo que aquel señor era el músico Gustav Eschenbach, el director de la Ópera de Viena y compositor incomprendido, que según la prensa había venido a recuperarse del fracaso de su último estreno. Mamá se buscó el pañuelo de batista al contarnos que no hacía mucho la tuberculosis se había llevado a su hijita. Hasta que nuestros ojos no volvieron a encontrarse intenté convencerme de que yo le recordaba a su hija; los que quieren ofenderme suelen llamarme afeminado. Pero en su tristeza había un ansia o avidez, una sed que desmentía aquello.

A la mañana siguiente empezó a aullar el siroco –que al pobre debió recordarle el abucheo del público-, lo cual no impidió a nadie bajar a la playa. Coincidimos en el desayuno. Y aunque pareció encantado de la impuntualidad que me permite mamá, tenía el bigote mustio y ojeras violeta; no habría dormido bien. Cuando se levantó me fijé en que el paso errático y su abstracción le hacían parecer desplazarse al borde de la realidad, al margen de la vida, como si ensimismado en una música interior –y en mí-, no advirtiera nada de lo que aconteciera alrededor.

En la playa despegó una mesita bajo el toldo albiazul de su caseta, y mientras simulaba yo interesarme por el castillo de arena de unos pequeñajos vi de reojo que se animaba. Con las voces del verano flotando en el resplandor del mar y los destellos del sol espejeándole en las lentes, un cigarrillo en una mano y una fresa en la otra, por una vez pareció abandonarse a la corriente de la vida, quizá a lo que el reverendo amigo de mamá llama la fruición de los sentidos. Estuve paseando con el único chico de mi edad, me bañé y le estuve tomando el pelo a Dora, la institutriz. Camino del hotel, al pasar a su lado vi de través que leía no sé qué librito de Thomas Mann y parecía tan feliz como si se le hubiera insinuado el tema de su próxima sinfonía o estuviera a punto de morir; nunca olvidaré aquella sonrisa con que falleció la abuela.

Me entretuve con los amigos en el quiosco como dándole tiempo a terminar el capítulo y, en efecto, coincidimos en el ascensor. Nos miramos: nunca habíamos estado tan cerca. Ni tan lejos, porque como venían los chicos tuve que acompañarlos con las típicas risas cómplices y contagiosas. El sudor le bañaba la cara. Me miraba como si yo fuese un símbolo o el mar o un cuadro, o más bien Venecia; sí, me he fijado que más que como un óleo de uno de esos maestros vencecianos, él mira la ciudad como si fuera una obra de teatro. En la cabina iba apocado y encogido en el rincón, acaso arrepentido de haber venido a Venecia. Me bajé yo solo y libre de la tontería de los otros quise compensarlo mirándolo con la pureza y la desnudez de un puñal, andando de espaldas para no perderlo de vista hasta que no se cerrara la compuerta del ascensor. Para entonces estaba halagado de que un personaje como él se hubiera fijado en mí, que solo cuento con el dudoso mérito de la adolescencia y, según se encarga de recordar mamá, de la belleza.

Hoy, al bajar otra vez el último a desayunar, he visto a dos botones afanándose con un baúl en el vestíbulo. Justo entonces él salía del comedor, hemos coincidido en el umbral y durante una eternidad de tres segundos he sonreído a la desesperación que le he visto en los ojos insomnes, una mirada que he comprendido era de despedida al comprobar que el baúl era suyo. Por el ventanal lo he visto avanzar hacia el vaporetto. Sin afeitar, desamparado y el paso vacilante, con esa desubicación que siempre lo hace parecer en el sitio equivocado, me ha parecido entrañable.

Y ahora caigo en que él hubiera podido enseñármelo todo. Cada vez que me miraba me sentía más seguro y maduro. Con él hubiera aclarado esta confusión que me trae el siroco y resuelto la ecuación de la adolescencia. ¿Nunca más voy a verlo?

El comedor me parece vacío y los músicos desafinan mientras me prometo que si pierde el tren o por lo que sea se arrepiente y vuelve antes de que nos vayamos, lo miraré de un modo que lo obligue a quedarse para siempre conmigo en esta ciudad que se irá vaciando en torno nuestro para dejar que nos miremos a solas y cara a cara, con un beso en los ojos, sin necesidad ni de una palabra, y sea tan feliz como si se le acabase de ocurrir el tema principal de una sinfonía o estuviera a punto de morir.              
                                                                                                                                                                                     

viernes, 22 de febrero de 2013

EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES




                   


Yo, Max von Mayerling, nombre que en las enciclopedias de la Historia del Cine rebrilla en negritas junto con los de Cecil B. DeMille y D. W. Griffith, descubrí a Norma Desmond cuando tenía dieciséis años, fui su Pigmalión, la convertí en una estrella cuya luz aún ilumina la memoria de los espectadores más veteranos, fui el primero de sus cuatro directores (todos recuerdan “La princesa Kelly”) y también el primero de de sus tres maridos. Mientras preparaba el guión de la cuarta, vi salir de su camerino a otro extra limpiándose el carmín de los labios y nos divorciamos; entonces aún me permitía el lujo del orgullo.

Mientras ella ascendía al trono de las fantasías del público y se casaba primero con un galán de la pantalla y luego con un productor, me dio tiempo de rodar algunos de mis más gloriosos fracasos. Y con la llegada del sonoro, igual que Norma, aunque de voz sugerente, fue desterrada del Olimpo del sueño colectivo, también yo fui marginado por la industria pese a que hubiera podido escribir satíricos diálogos. Así que, después de que se apagaran a un tiempo, las órbitas de nuestras estrellas volvieron a cruzarse, ahora en la parte más baja de sus trayectorias, y sin que se entrelazaran sus anillos, porque no volvimos a casarnos. Desenfocados de la atención pública, nos vinimos a vivir a esta casona del 10086 de Sunset Boulevard, solo que en vez de pareja vine en calidad de mayordomo.

Norma sigue siendo millonaria; le quedan innumerables propiedades en la ciudad y hasta un pozo de petróleo, por lo que puede permitirse encerrarse aquí, en la mansión, a profesar el culto de su glorioso pasado. Y aunque de índole circunspecta, disfruto tanto sirviéndola que me pregunto si no será por egoísmo que no permito que ninguna ráfaga de realidad irrumpa adentro, como una corriente de aire exterior que disolviera los frescos de una bóveda etrusca, no vaya a corroer los éxtasis de su egocentrismo y de mi servidumbre. ¿Debería ayudarla a salir de sí misma o hasta llevarla al psiquiatra?

Quizá deba a este enclaustramiento mediante el que pretende estancar el tiempo, las periódicas crisis de melancolía durante las que ya no puede seguir creyendo en la eternidad de su juventud –solo factible en las películas que, treinta años después de haberlas dirigido, ahora yo mismo le proyecto en el salón-, y acaban en más o menos verosímiles intentos de suicidio.

Joe Gillis llegó hace dos semanas, justo cuando se gestaba una de esas depresiones de Norma debido a la muerte de Napo, el chimpancé que le regaló un marajá en el estreno de su última película. Más que, como algunos creerían, grotesco, era lógico que, más allá del cariño, su pérdida la apenase porque –muerto- el mono pasaba, de ser uno de los últimos testigos de su esplendor, a serlo de su decadencia vital. Aún no sabía yo que Gillis fuera un guionista fracasado, lo tomé por un conductor en apuros y aparenté confundirlo con el agente funerario que se encargaría del ataúd del chimpancé para darle a Norma ocasión de conocerlo. Sabía que, atlético y atractivo, aquel joven le agradaría. No es que le gusten especialmente los veinteañeros, sino que mientras aún pueda atraerlos, le será factible alimentar la ilusión de que no ha envejecido.

Acerté: quedó tan encantada que lo contrató para pulir el mastodóntico y melodramático guión que lleva años perpetrando (si se rodara, la película duraría tanto como “Sordidez”, mi obra maestra), y hasta me ordenó disponer el cuarto sobre el garaje para que durante su trabajo se alojara en casa. La cual, fantástica en la gloria de su ruina, no dejaba de maravillar a Gillis casi tanto como su dueña. Tengo que decir que de algún modo sigo dirigiendo la vida de Norma como antes sus películas, pues soy el escenógrafo de este decorado de sus triunfos que es la mansión, el guardián del museo de sus éxitos que imperceptiblemente, como las estatuas al crepúsculo que somos sus habitantes, se va desgastando bajo la erosión del olvido. Igual que hacía en el cine, diseco el tiempo para Norma y lo reordeno en cíclicos ritos que ante sí misma celebren la apoteosis de su carrera, el mito de su leyenda. Me ocupo de que este reino de la polilla y la carcoma se sature de imágenes de la juventud de Norma (afiches, retratos, fotogramas, carteles, fotos). Y además redacto decenas de cartas que cada semana hago pasar como remitidas por sus admiradores. Lo que excede a mis posibilidades es el mantenimiento de la pista de tenis y la piscina, donde a pesar de los hierbajos y el musgo ciertas tardes aún parecen oírse los reveses de Valentino y las zambullidas de Louise Brooks.

Por si fuera poco, a veces le recluto jóvenes como éste, que penetren intrépidos por esta cámara funeraria de faraona, y aunque hago por retenerlos junto a ella y una parte de mí disfruta viéndola feliz, la otra daría cualquier cosa por que se fueran.

A la mañana siguiente fui al apartamento del último de ellos, Gillis, para traerle la ropa, los libros y la máquina de escribir, y de paso le pagué al casero los tres meses que le debía. Como aún no había admitido que se quedaría, aparentó indignarse, pero solo estaba actuando ante sí mismo para mantener una parodia de dignidad. Desde el principio debió intuir que se esperaba de él que demostrase las facultades de una pluma muy diferente a la de garrapatear guiones.

Reconozco que se puso a trabajar a marchas forzadas. Sin embargo, no parecía concentrarse por culpa de las fantasmagóricas notas de mi órgano y de los revoloteos de ella, que no dejaba de leerle por encima del hombro y cada vez que suprimía una escena lo obligaba a conservarla. Se supone que con el papel de la protagonista volverá a la pantalla.

Aparentemente, Norma no alteró sus costumbres. Siguió recibiendo a sus compañeros de bridge, antiguos colegas hoy día momificados y atrapados como figuras de cera en un pasado inverosímil. Durante una de esas partidas vinieron a embargarle el auto a Gillis, que el primer día lo había dejado en nuestra cochera. Ella se resistió a evitarlo con tal de que su querido se quedase aislado junto con ella, como un náufrago que pierde su balsa.

Algunas tardes los paseaba en nuestro artesanal Isotta Fraschini, y una vez aprovechó ella para encargarle un frac a medida y comprarle un abrigo de piel de camello; a Gillis se le veía incómodo: había dejado de ser un guionista para convertirse en un gigoló. Pero ella seguía eufórica porque cada vez que lo miraba, se veía en el espejo deformante de su imposible juventud.

Y así hasta que ha llegado esta infausta noche de fin de año. Norma se ha ocupado de todo: el más selecto champán, la cena del mejor restaurante de Hollywood, un quinteto que sigue interpretando tangos –veremos si no acaban siendo un réquiem-, las joyas y un regalo de ensueño para él: una pitillera de oro macizo. Porque hoy es cuando se había propuesto seducirlo. No obstante, al advertir que ella no había invitado a nadie más, él se fue, aparentando sentirse violento. ¡Será hipócrita! Supongo que haría autostop bajo la lluvia. Ella subió precipitadamente a su cuarto y gracias a un grito ahogado descubrí que se había cortado las venas de los dos brazos con una cuchilla de él. ¡La de veces que le habré advertido que las pusiera a buen recaudo!

Ahora el médico la está atendiendo y Gillis acaba de telefonear para que le envíe sus cosas por la mañana. Le he contado el caso y si gracias a un resto de decencia él no hubiera estado dispuesto a volver para quedarse (viene de camino), se lo habría suplicado yo en nombre de lo que más quisiese.                          
                                                                                                                                                             

martes, 19 de febrero de 2013

DÍAS DE VINO Y ROSAS



                 
                 

A-aunque algunos tartamudean por el alcohol, a mí me vuelve flu-fluida la palabra y lúcido el pensamiento. Por ejemplo, cualquier otro se dejaría aturullar por los amigos, compañeros y familiares que me insisten en que tengo un problema con la bebida, y sin embargo, por más vacíos mentales que a veces sufra de la noche anterior, veo con claridad que son todos unos exagerados. Resulta que soy ejecutivo de una empresa de relaciones públicas y, de natural tímido y apocado, el whisky me ayuda a socializar con los clientes, algunas de mis mejores campañas de promoción se me han ocurrido entre la quinta y la sexta copa –el momento de máxima clarividencia-, y para colmo mis clientes más recientes están decantándose por la celebración de animadas veladas en yates o áticos.

Si no bebiera ofrecería una patética figura en algún rincón de la fiesta, mis difusos rasgos diluyéndose entre los vapores del alcohol y el humo del tabaco, mientras todo el mundo conversa, baila y bebe… Estaba casi seguro de que había una botella en el aparador, ¿dónde la habré puesto?... Y hay algo más. Hasta hace bien poco me correspondía reclutar chicas alegres entre la caterva de actrices frustradas y aspirantes a modelo que con aspiraciones ya sonámbulas y las esperanzas marchitas deambulan por la ciudad con la grisura de los finales de fiesta o de resacosos despertares. Es decir, para estos eventos se requieren jóvenes ligeras que no sean exactamente “profesionales”, de modo que solo con varias copas encima –las mismas que a ellas las harían más accesibles-, adquiría yo la desenvoltura precisa para hacer ese tipo de ofertas que de relaciones públicas me degrada a la categoría de alcahuete o eunuco de harén.

Y justo en esas estaba cierta tarde, a la proa de un fuera borda que iba a llevar a un cargamento de actrices al yate de Mr. Trainer, mi último cliente, como el capitán del barco de la decencia a la deriva (la mía la primera), escorado de bisutería, boas de armiño de imitación y carnes opulentas, cuando vimos acercarse por el muelle a la última, una atractiva pelirroja, demasiado seria y rígida, a quien además tuve que abroncar porque en vez de las ostentosas galas de las demás traía un recatado traje sastre bajo el abrigo de colegiala, como si en vez de a una fiesta se dirigiera a una biblioteca. No por eso dejó de impactarme su aérea y dorada belleza moteada de pecas, sublimada por el efecto de la luz del atardecer lamiendo el mar amarillento, que le enmarañaba el pelo con un haz de rayos purpúreos.

Al abordar el yate me abochornó saber que en realidad era la secretaria de Mr. Trainer. Por mucho que en el curso de la velada intenté que me perdonara, se mostró gélida, y como ni siquiera bebía no hubo modo de ablandarla. Frustrado, me dediqué a beber duro y pronto empezaron a quebrárseme las copas y el equilibrio, solo me rodeaban otros que balbuceaban igual que yo, y por lo visto en el regreso cerca estuve de caerme por la borda.

Al día siquiente mi despacho se quedó vacío, pero de tarde me recuperé lo bastante para llevarle a la pelirroja unos bombones de desagravio que me permitieran invitarla a cenar. Por más hosca que hubiera estado conmigo, durante toda la mañana el recuerdo del violeta transparente de su mirada, del juego del pelo rojo castaño con la brisa, y el diseño de las pecas me evaporaban la resaca como si en vez de en mi apartamento hubiera estado en la playa de Malibú. Sin embargo, me recibió en su escritorio con una altiva indiferencia, que luego viró a insolencia, y tanto me enfureció la sensación de habérseme escapado el globo de la felicidad, que llegué a acusarla de agradar a su jefe con algo más que eficiencia. Solo fue un vil modo de rebajarla al nivel de la catadura moral de mi empleo. Y sin embargo, cuando más inverosímil parecía, acabó concediéndome la cita. Con la bofetada que me había propinado saldamos cuentas y liberamos tensiones.

En la cena me sentí como nunca y eso que, por mera costumbre, bebí como siempre. En teoría no me habría hecho falta porque tenía animación suficiente y con ella el tiempo fluía de una manera única, con la intensidad y plenitud de una corriente caudalosa. En realidad Kristen (es de ascendencia danesa) es una persona tan melancólica y solitaria como yo cuando estoy sobrio, así que mi mayor éxito de la noche, un avance más significativo que si se hubiera producido a través de las sábanas, fue persuadirla de que bebiera. Las personas religiosas deben sentir algo parecido al convencer a sus parejas de que se conviertan a su fe. Puesto que detesta el sabor del alcohol y adora el chocolate, con la inspiración de la tercera copa hallé la solución: el brandy Alexander, esto es, coñac y crema de chocolate. Al primer trago los ojos le chispearon, palpitó por dentro y exclamó que nunca se había sentido mejor que entonces… ¿Dónde habré puesto esa dichosa botella?

Mi gran baza era hacerla reír a todas horas. Kristen me insufló la confianza necesaria para negarme en el trabajo a seguir encargándome de ciertos asuntos. Prosperó nuestra relación a golpes de risa y sorbos de alcohol. Nos casamos en el juzgado. Esa misma noche fuimos a decíselo a su padre, no sin tomar unas copas para darme valor. Hice bien, porque además de viudo amargado Mr. Andersen es un viejo esquivo y puritano, el típico protestante europeo capaz de congelarte con un destello de su mirada. No le gusté, Kristen lo notó y para compensar en cuanto nos fuimos propuso tomar una copa. Ya se había acostumbrado al sabor del whisky.

Ahora incluso tenemos una niña de varios meses. Todo ha ido de maravilla justo hasta anoche. Tuve que asistir a una fiesta de compromiso y ella prefirió quedarse en casa. Fue un aburrimiento y, como también acudieron varios directivos, no faltaron las presiones del trabajo, por lo que me consolé con alguna copa de más. De vuelta no veía tan mal pero en el portal casi me parto la nariz con la compuerta de vidrio. Había arrancado para Kristen unas margaritas del cantero y venía con la risa floja, tambaleándome un poco, es verdad, pero de buen humor, y no obstante tuvimos nuestro primer enfado… ¡Ah, estaba en la despensa esa maldita –bendita- botella!

Puede que estos días sufra yo alteraciones de ánimo pero tampoco tenía ella derecho a insinuar que me había pasado con las copas cuando en cierto modo venía de trabajar. Lo que ocurre es que por culpa de la lactancia ha dejado de beber y hemos perdido el compás del baile ebrio que eran nuestras vidas. Un bebedor y una sobria se mueven a ritmos disímiles, evolucionan en tiempos tan opuestos como si estuvieran uno en las antípodas del otro. Es posible que yo gritara y despertara a la niña; estaba tan descentrado que luego me sentí culpable y llegué a preguntarme qué me estaba pasando, pero ahora que al fin paladeo la primera copa de la mañana, con la resaca, dejo atrás pensamientos tan lúgubres. ¡Y lo mejor es que ella se acerca y se sirve otra! ¡Todo vuelve a ser como antes, brindamos por la felicidad, la vida es maravillosa y nunca moriremos!

Lo único que desentona es el ramo de margaritas mustias que yace en el rincón.                 

                                                                                                                                                                    

viernes, 15 de febrero de 2013

OPERACIÓN CICERÓN



                 


Nunca agradeceré lo bastante a mi hermano mayor que me animase a afiliarme, con él, al partido nazi varios días antes de la noche en que empezaron a granizar los ventanales y escaparates de los negocios judíos, porque gracias a eso, cuando estalló la guerra, me admitieron como agregado de nuestra embajada en Ankara y pude eludir el frente. De siempre he experimentado un horror pánico a las detonaciones y lo único capaz de alterar mi feliz infancia de monaguillo y mi sana juventud de maestro de escuela, siempre sin salir de Schlink, mi aldea natal de Baviera, era el estruendo de alguna tormenta, que, al ver sobrevenir torva y rugiente como una división de blindados, me obligaba a encerrarme en un armario para amortiguar la batahola de los truenos.

Mi infierno particular consiste en ser destinado a artillería. Por eso odio las novedades, cualquier eventualidad que cuestione mi permanencia en una ciudad donde lo más estruendoso que se oye es la llamada a la oración, y preferiría que este enojoso espía que el mismísimo Von Ribbentrop ha bautizado como Cicerón -¡no se ha dignado ni ha identificarse!-, no hubiera surgido la otra noche de entre las sombras del jardín de la embajada para instarme a que nos encerráramos en mi despacho con la promesa de proponerme un negocio que me exaltaría en el escalafón del servicio secreto, sin saber que aquello me inhibía más que espoleaba, ya que quien más asciende, de más alto puede caer.

Porque mi única aspiración estriba en que la victoria final me permita cuanto antes volver a la campiña bávara a consagrar mi tiempo libre a la fotografía de paisajes y a la composición de poemas en prosa. Sin embargo, si me paso al campo de la narrativa, de este embrollo de Cicerón quizá pueda sacar en claro el argumento de algún best seller de espionaje que, puestos a soñar, acaso decida rodar alguno de esos cineastas europeos que, geniales traidores, se han trasplantado a Hollywood. Aunque con esto me he delatado a mí mismo dudando implícitamente del triunfo de Alemania.

La noche de la que hablo, la del 4 de Marzo del presente 44, regresábamos el embajador, Su Excelencia Von Pappen, y yo de una recepción ofrecida al cuerpo diplomático por cierto ministro turco, de la que en cumplimiento del pacto tácito nos marchamos cuando el representante británico llegaba al guardarropa. En un país neutral como Turquía bullen los espías como las hormigas a la miel, o más bien habría que compararlos con carroñeros ofreciendo despojos de informaciones ya digeridas por otros, y justo acababa yo de recomendarle en vano a Von Pappen el reclutamiento como tal de la condesa Stavitska, que con amigos por doquier podría ser una anfitriona perspicaz, cuando me abordó el desconocido llamándome por mi nombre, Moyzich, con esa vibración siniestra, empañada, sibilante, como de serpiente enroscándose en el cantero de rosas, que tiene por voz.

Me dio un bien susto, embargado que yo venía por la refinada elegancia de la condesa polaca –la habíamos visto en la recepción-, por su distinguida y sutil belleza, por sus lánguidos ojos, toda ella aérea y distante, o al menos lejos del alcande de un rústico subalterno como yo, aunque la incautación de sus propiedades la tienen abocada a la pobreza. Y de pronto irrumpe aquel extravagante sujeto a prometerme que si aprovechaba la ocasión mi carrera cobraría un impulso digno del Rhin, o de la sangre fluyendo caudalosa por mis venas al hallarme ante la condesa, lo cual me hizo por unos instantes deponer la prudencia y soñar con merecerla, hasta que reaccionando recordé lo raudos y peligrosos que son algunos tramos de nuestro río patrio.

Aunque el tipo me inspiraba un diáfano malestar, tuvo la convicción sufieciente para hacerme escucharlo. Afirmó poseer fotografías de las actas de varias reuniones en las que los turcos decidían dejar de ser neutrales y de un plan de bombardeo aliado sobre objetivos balcánicos, y estar dispuesto a venderlos por veinte mil libras. Intenté mostrarme escéptico pero, pese a que reconoció no ser un espía profesional, el sujeto no perdió la frialdad y nos dio tres días para pensarlo. Había algo en la seguridad de su compostura, un matiz tan persuasivo –sin dejar de ser desasosegante- en todo el aire que lo rodeaba, que después de que se fuera me quedé largo tiempo en mi despacho sin lograr convencerme de que solo se trataba de otro charlatán aspirante a espía.

De lo que estaba seguro era de que había venido a traerme complicaciones. ¿Por qué será tan inquieta la gente? Lo que más me desconcertaba era su aspecto contradictorio. Se le notaba a un tiempo gélido y apasionado, inteligente e impulsivo, sereno y a la vez con un volcán interior que uno temía entrase en erupción de un momento a otro, como si se estuviera gestando una de esas dichosas tormentas. Lo poco que dormí me sirvió para despejar la incógnita recién despegados los párpados: era un espía del enemigo, un agente especial muy bien adiestrado para engañarnos.

A Von Pappen le pareció lo mismo, seguramente el típico aristócrata británico decadente y tan presuntuoso que se creía capaz de engañar a nuestro servicio secreto. Y sin embargo, al salir por la puerta ya no estaba tan seguro. Solo sabía que él era mi contrario –y no solo en la guerra-, mi opuesto, el hombre más diferente a mí que nunca veré. No sé por qué se me ocurrió que, llegado el caso, fuera un noble o un mayordomo, él sí que se atrevería a insinuarse a la condesa Stavitska. Entonces lo odié. ¿Cómo pueden hablar de horror al doble? El enemigo está en lo diverso.

Lo cierto es que en Berlín aprobaron la operación y sobre mis hombros cayó la responsabilidad. Antes de pagarle me encargaron revelar las fotos y confirmar su interés. Menos mal que anoche Cicerón llegó puntual porque las hormigas de los nervios me pululaban por la espalda. Me dio el carrete, y cuando volví del cuarto oscuro asombrado del valor de aquellos documentos y me disponía a pagarle, encontré vacía la caja fuerte. ¡El individuo se había cobrado adivinando que yo utilizaba como combinación la fecha de nacimiento del Führer!

¡Cómo lo detesto! El asunto ha pasado a la competencia de la Gestapo y ahora es la tarántula del miedo la que me corre por la espina dorsal. Tengo la misma sensación de espanto de cuando en el campo veía arremolinarse en el horizonte vellones de nubes moradas y tenía que ahogar un grito para evitar el ridículo o cuando en Berlín aquella noche estallaron todos aquellos cristales y también había que simular regocijo para que nadie te delatara, ya que, igual que en el caso de Cicerón, aunque a la mañana siguiente mi hermano brindara con su jarra de cerveza, todavía no sabemos qué consecuencias acarreará aquello.       

                                                                                                                                                                               

miércoles, 13 de febrero de 2013

M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF



                 


Este invierno al lobo que llevo dentro le pasa como a los alcohólicos de aquel psiquiátrico, que su apremio es imperioso; y cuando lo acomete el hambre empiezo a oír sus pezuñas por la acera en vez de mis tacones, no vale la pena echar a correr porque no puedo escapar de mí mismo, me ordena verter sangre, sacrificarle alguna tierna niña (solo se alimenta de ellas) y aunque me niegue y me ponga a silbar esa grotesca tonadilla para dejar de oírlo, él aúlla hambriento y no puedo domarlo y para que no me ataque tengo que acercarme a alguna chiquita justo con la astucia de un lobo rondando a una oveja o a la misma Caperucita. Ya he tenido que hacerlo siete veces.

Devoró a Elsie, la última presa, hace un par de días. De unos siete años, cuando la vi quedarse rezagada a la salida del colegio, rubia rizada, la carterita a la espalda y botando la pelota, le reconocí la ingenuidad, la candidez desarmante (¡yo no quería hacerlo!) de todas las víctimas. Elogiándole su bonito nombre me granjeé su confianza y le compré un globo con forma de monigote, que agradeció a aquel desconocido tío de ojos saltones y pinta de niño crecido (solo que algo más cruel que ellos), que se le había presentado como familiar de su madre. Luego la invité a un bombón de frutas en una confitería y por fin la llevé al parque de las afueras, que a la puesta del sol se queda solitario, el último sol agonizando en el lago con destellos naranja y púrpura. Detrás de los espinos me miró a la cara y se le escapó el globo…

Su pelota rodando por el camino es la única imagen que guardo del apagón de memoria que sufrí hasta que horas después leí en el periódico lo que le había hecho a Elsie. O más bien lo que le hizo el lobo, que durante las carnicerías me posee por completo. Como en una especie de indigestión o resaca de sangre, el día siguiente siempre es atroz. Me acosan los espíritus de las niñas y hasta los de sus madres –aunque éstas no han muerto, una parte de ellas sí se ha ido con sus hijas-, y en el caso de Elsie por doquier veía volando su fantasmagórico globo, con la cabeza del monigote adoptando sus rasgos, al viento del miedo.

Me gustaría ser inofensivo, que un médico o un domador amaestrasen al lobo, mi furor homicida o lo que sea. Pero me temo que la única forma de dejar de entregarle niñas es muriendo, y muchas veces opto por el suicidio, pero al final hasta los seres más miserables estamos tan sedientos de vida como mi lobo de sangre. Mi única excusa es que no supieron curarme en el pabellón psiquiátrico donde me ingresaron gracias a la denuncia de aquel maestro que me sorprendió merodeando por un colegio. Mezclado con otros casos, los facultativos ni siquiera averiguaron que mi padre murió loco, alcoholizado en aquel tugurio donde se quedó cuando mi madre se negó a abrirle la puerta. No supieron cómo tratarme y me soltaron a los tres meses, y ahora que paseo por el mercado por un momento me ha parecido que la madre de Elsie me ofrecía una manzana desde su puesto y que en vez de vocear su mercadería llamaba desesperadamente a su hija.

La pobre Elsie fue una de las más ingenuas y podría haberme ahorrado el globo y el bombón; los vendedores siempre son un riesgo, aunque no creo que me recuerden y el del globo hasta era ciego. Reconozco que en la caza pongo mi inteligencia al servicio del lobo y luego la empleo para esquivar a los cazadores, a la policía. Se me da bien el disimulo y, por ejemplo, Frau Winckler, mi patrona, que lejos de responder al tópico de cotilla es sorda, me creerá un joven rentista, tranquilo y solitario, un solterón empedernido, tímido y contrito, de veinte cigarrillos y dos cervezas diarias, un partido de fútbol quincenal y una prostituta al mes.

Sin embargo, la prueba más patente de que no quiero seguir así es la carta que le escribí a la policía para que le sirviera de pista y en la que los invitaba a atraparme cuanto antes –y no era un desafío ni una ironía, sino mi más soterrado deseo- si no querían que se prolongara la serie de crímenes. Ya que no la publicitaron, ayer remití otra idéntica a un periódico: reconozco que el exhibicionismo es mi única compensación contra tanto sufrimiento como administro y me adjudico. Y hablando de compensación veo en la farola un cartel que promete una recompensa de cien mil marcos (no es tanto, con la inflación) a quien me atrape. Un barbudo de torvo aspecto lo lee por encima de mi hombro y advierto que entretanto una rubia lo está mirando de través como si sospechara de él. La psicosis que, con el viento del norte, estos días recorre la ciudad me favorece, puesto que me camufla entre cientos de miles de sospechosos como un cadáver en un campo de batalla.

Ahora me detengo a mirar el escaparate de un cuchillero y a través de las navajas y estiletes –las zarpas del lobo- veo reflejarse la carita de una morena. De repente el lobo se despereza, me pongo a silbar la funesta tonadilla y cuando voy a abordarla aparece su madre y prácticamente me la arrebata de las fauces. Sufro un vahído, una especie de vértigo, desesperado y a la vez aliviado por el vacío de mis garras, ansioso y a un tiempo horrorizado de lo que iba a hacer…

He intentado aplacar al lobo con dos copas de coñac, pero no puedo controlarlo, es imparable como el fuego o una hemorragia, y a estas alturas no soy responsable de él; nadie podría contra él. Y es que ya voy por las afueras de la mano de una inocente chiquilla, encantada de este inesperado tío que le cuenta cuentos, regala caramelos, la lleva a estas horas al parque y que le presta más atención que ninguna otra persona mayor, aunque al fin y al cabo tiene el aspecto de un niño crecido. El proceso siempre se repite. Solo que al entrar en una juguetería me avisa de que tengo el abrigo manchado de tiza y al mirarme en el escaparate veo que me han señalado con el estigma del asesino, y compruebo que varias sombras se ocultan a mi acecho.

            Por fin van a cazar al lobo.      

                                                                                                                                                                               

domingo, 10 de febrero de 2013

SOY UN FUGITIVO


      


Aquí jura que es inocente hasta quien masacró de una vez a su esposa, a la suegra y la cuñada, pero la verdad es que a mí me condenaron a diez años y un día por deleitarme con el humo de una hamburguesa en la plancha. Los pocos que reconocen sus crímenes encuentran los más peregrinos atenuantes; los míos son la guerra y la recesión: dejé que me invitaran a aquella hamburguesa porque llevaba dos días sin comer.

Recién desmovilizado, la medalla rutilante en la pechera y con la prestancia del uniforme, por donde pasaba iba dejando una estela de admiración. Me invitaban a todas las fiestas, las chicas rivalizaban por bailar conmigo, mamá me preparaba mis platos favoritos y mi hermano Robert, el reverendo, me instaba a que le contara las que llamaba peripecias de la guerra. Hasta mi antiguo jefe, Mr. Parker, me había reservado mi escritorio de administrativo en la fábrica. Sin embargo, pronto empecé a pagar el precio de la gloria.

Para escándalo de todos yo aborrecía volver a ocupar en la oficina aquella mesa desportillada. Los dos días que me esforcé por readaptarme al trabajo comprobé que el James Allen que había vuelto de Europa era muy distinto al que se fue, porque pese a mi juventud mi trato cotidiano con la muerte me había enseñado que a todos se nos ha concedido un limitado número de atardeceres que admirar y ya no estaba dispuesto a dilapidar ninguno en una tarea tan anodina como el papeleo, que cualquiera haría igual –o mejor, dado mi descontento- que yo.

Para colmo, los silbatos de la fábrica y las excavaciones vecinas me recordaban las trompetas y las granadas. La fábrica era como la guerra: mientras que en ésta te mataba la metralla en un instante de luz, en aquélla lo hacía el tedio, la erosión de la apatía, la falta de un medio de expresarme que con algún significado me detuviese toda aquella lenta e irreversible hemorragia de tiempo. Por la ventana del despacho veía cómo a lo lejos construían un puente. En el ejército había sido ingeniero y se me había inoculado la obsesión de construir aeródromos, carreteras o puentes; cualquier cosa que me ayudase a mí a escapar de la monotonía y a la gente a desplazarse. Qué curioso, ya por entonces quería huir de algo. Igual que ahora, pero en otro sentido, también ansiaba la libertad.

Mamá comprendió que necesitara encontrarme a mí mismo y que me fuera a Nueva Inglaterra, a Boston, la única ciudad donde se estaba construyendo de verdad. Empezaría desde abajo, pero iría ascendiendo –tenía una absurda confianza en este país- y tarde o temprano diseñaría algo propio que nadie en el mundo hubiera concebido de la manera que yo lo haría, una carretera o un puente en los que podría reconocerme. Entonces principió el alucinante derrotero de mis desengaños a través de una nación en quiebra plagada de obras paralizadas, proyectos tan frustrados como mi vida, y colas de indigentes.

Apenas me mantenía con lo que me había prestado la familia y un par de trabajos temporales, manejando una excavadora y como conductor. Empecé a viajar de polizonte en los mercancías. Dormía al raso, perdí la suela de un zapato y dejé de afeitarme; un día me asusté de aquel tipo desarrapado que vi reflejado en un escaparate y que se parecía a mi cadáver. Me lavaba en las fuentes: era un mendigo. Si llego a cruzarme con mi hermano, dudo que me hubiera reconocido. En San Luis intenté empeñar mi cruz de guerra y el judío me mostró el escaparate atestado de ellas. Por orgullo ni me planteaba volver claudicante a casa.

En un tugurio conocí a un tal Pete, que me llevó a un bar-caravana con la promesa de invitarme a una hamburguesa. Cuando nos quedamos a solas con el dueño, Pete esgrimió un revólver y me obligó a saquear la caja: tres dólares con cincuenta. Irrumpieron dos policías que lo acribillaron y, como instintivamente intenté huir, me detuvieron como compinche. No tardó en caer el mazo de la sentencia aplastando el mosquito que ya era mi esperanza: diez años y un día de trabajos forzados.

A la entrada de la cárcel me privaron de lo único que me quedaba: una soleada fotografía de mamá sonriendo en el porche de casa desde un pasado inconcebible, para embutirme en un uniforme a rayas horizontales y lastrarme de cadenas como un galeote. A los reclusos se nos adaptan unos grilletes a los tobillos por cuyas argollas nos pasan varias cadenas que vinculándonos unos a otros nos implican en una telaraña de hierro.

El primer día se me hizo eterno como el infierno; la muerte en vida es peor que la del cementerio, donde nada se siente ni padece. Aquí se trabaja de luna a luna. A las cinco me despierta el horrísono fragor de las cadenas que como fantasmas se arrastran con un chirrido terrorífico pasando a través de las anillas de los grilletes. Por delante se extiende el muro de catorce exhaustivas horas picando piedra, con inmutables raciones de grasa y sorgo que hasta los perros despreciarían y un café que recuerda al lodo. A la cuarta semana falleció Red, un interno enfermo al que acusaban de fingir desmayos. El precio de secarte el sudor es un fustazo, y cada noche sádicos carceleros azotan a los malos trabajadores con un látigo de mofeta que restalla en nuestras pesadillas.

Aunque mi único consuelo estriba en un sueño recurrente que a veces tengo la suerte de lograr: escalo solo las estribaciones vertiginosas de una montaña, siento en las mejillas el viento de la libertad, calculo como un ingeniero el trazado de algún puente colgante o una ruta que en el futuro facilite el ascenso a quienes vengan después de mí y veo cada vez más cerca la cima, un pico nevado que apunta a un cielo azul puro. Pero cuando estoy cerca de la cima me despiertan las cadenas o un látigo que a veces silba sobre mi piel. La última esperanza es que mi vigilia –la realidad- sea ese sueño y mi vida en prisión una pesadilla.

Sin embargo es más probable que todos formemos parte de la pesadilla de algún loco, esta cárcel solo puede ser el delirio de alguien muy cruel y nosotros no somos sino los fantoches de su alucinación, los monigotes de su perversa fantasía. A través de ese maléfico sueño de algún dios miserable, locos y cadavéricos, los presos nos arrastramos en fila como espectros por este inframundo, significando los estertores de nuestro dolor con el chirrido de las cadenas.

Aquí apenas se conoce el significado de la palabra “fuga”. Pero aprovechando el certero mazo de algún hermano de dolor que se preste a golpearme en los grilletes, algún día intentaré escaparme en la cantera. Aunque será casi imposible eludir los rifles de los vigilantes y las jaurías de sabuesos, tendré la ilusión de escalar hacia la cima del sueño mostrando a los demás el camino de la huida y si me aciertan será como caer al vacío mientras intentaba diseñar una nueva ruta y ascendía hacia la libertad. 
                                                                                                                                                              

jueves, 7 de febrero de 2013

DODGE, CIUDAD SIN LEY


                  



De Dublín a Kansas pasando por la India, Cuba y Canadá, a modo de hitos de la historia contemporánea o colección de titulares de prensa, mi vida ha sido un imprevisible itinerario a través de revueltas, combates y marchas que pautan mis treinta años a golpe de tambor y estallido de pólvora, todo lo cual pareció tener la rendición de Lee como capítulo final. En el ejército confederado conocí al cabezota de Tex, nostálgico del Viejo Sur, y al irresistible patán de Rusty, el hombre que inventó la risa y el mayor enemigo del agua (ya con el whisky, ya en la tina) que nunca he conocido.

Decidimos no separarnos y nos pusimos al servicio de nuestro antiguo superior, el coronel Dodge, para abastecer de carne de búfalo a los trabajadores del ferrocarril, cuya línea hace seis años (en 1866) había alcanzado en Dodge City la estación más al Oeste del país. Con el tren el general esperaba que acabara de florecer el poblado que él mismo había fundado en pleno Kansas, y que de momento solo ofrecía los fundamentos de toda civilización, esto es, whisky, ruleta y mujeres alegres.

Recién llegados a Dodge City tuvimos el primer encontronazo con Jeff Surret, ya que lo denuncié por cazar búfalos sin tener, como nosotros, licencia del gobierno. Con los búfalos se extinguirán los indios; y Surret cazaba indiscriminadamente, dejaba pudrirse la carne y hasta disparaba a sangre fría a los indios que se quejaban.

El coronel me ofreció quedarme en su lugar para propiciar el desarrollo de la ciudad, ya que él quería seguir colonizando más al Oeste; pero para Tex, Rusty y yo ningún día amanece de verdad si no nos muestra la perspectiva de un paisaje nuevo, ni dormimos bien si no hemos colgado el sombrero de un perchero distinto al de la víspera –o mejor a la intemperie-, así que nos fuimos a Texas a conducir ganado.

Estos seis años, como peticiones de auxilio, nos iban llegando noticias de cómo en Dodge City, en vez de fundarse escuelas y almacenes, solo fluía el dinero del ganado, que se volatilizaba de tapetes de fieltro y enaguas de seda, la ciudad se reducía a una sucursal del Infierno plagada de borrachos, pistoleros y ladrones, y la única ley que imperaba era la de quien menos la respetaba: nuestro viejo enemigo Surret. En la plaza no valía la pena descolgar del gancho del establo la soga donde se colgaba al que él señalase, los disparos sustituían al reloj del Ayuntamiento y solo prosperaban los salones y las funerarias. Lo que he llamado un infierno, para Surret era el paraíso. Solo pagaba el ganado que compraba cuando estaba de buen humor, y si el vendedor protestaba le mandaba a uno de sus secuaces –como Yancy, su siniestra mano derecha- para callarlo del todo. Así hizo con Chapin, Sproud y últimamente con Cole, un conocido mío que ha dejado viuda e hijo de seis años.

De regreso a Dodge, me contaba el barbero cómo a la salida del entierro de Cole la banda se había burlado del sheriff paseándolo en la carroza fúnebre, cuando la navaja se puso a temblequear sobre mi nuez: acababa de entrar Surret, que en vista de las cabezas de ganado que traíamos enmascaró la hostilidad tras su típica sonrisa torcida.

Habíamos tenido un viaje arduo no debido a indios o cuatreros, sino por culpa de los sobrinos del doctor Irving, Lee y Abie, que habían integrado la caravana por petición de su tío. De ambos el que resultó imposible fue el inmaduro chico, que no paraba de insultar, beber y disparar al aire, por lo que provocó la estampida quelo arrolló. Una pena, porque de pendenciero e insolente Lee se habría adaptado fácilmente a esta ciudad. Y en cuanto a su hermana Abie, aunque reconozco que es la chica más atractiva que nunca he visto, no por eso deja de ser una consentida y una altanera que contrariando a su tío, el doctor, vuelve la cabeza cada vez que coincidimos en alguna parte. Y lo peor es cómo enfurece que me haya retirado el saludo, como si una sonrisa suya valiese más que el resto de las mujeres de la ciudad, que con gusto me concederían mucho más que la palabra que ella me niega.

Anteayer me crucé con ella, camino de la subasta del ganado. Ya que soy el apoderado del dueño de las cabezas, preferí aceptar la oferta de Mr.Orth, más baja que la de Surret pero segura. Al llegar al hotel donde habíamos quedado para celebrar el contrato, sonó un disparo en la primera planta y un esbirro de Surret bajó, indiferente, y salió por el vestíbulo. Se acercó Surret a decirme que mantenía su oferta ahora que me había quedado sin comprador. Di por cierto que Orth había muerto a una señal suya y me busqué a otro cliente. No había precio con que Surret pudiera comprar aquel ganado.

Para que su imperio sea absoluto le falta amaestrar la opinión pública. Sus hombres amedrentan al dueño del periódico local, el Star, y dispersan a cuantos se reunen a murmuraar en la plaza.

Después de vender el ganado, yo tenía una preocupación más considerable que ese asesino: controlar el peligro público que constituye Rusty con dinero en los bolsillos. Cuanto más firmes son sus promesas de sobriedad, tanto más pavoroso es el incendio de alcohol y trifulcas que prende en el primer local. Y de hecho no sé cómo se las arregló, porque empezó la tarde asistiendo a una reunión de la Liga de la Templanza, pero acabó concertando  tal pánico de violencia en el salón que se reprodujo la Guerra Civil con una batalla campal entre los partidarios del Norte y el Sur. Fue un verdadero epílogo de la guerra. Por una vez ganó el Sur, salvo que el bueno de Rusty se despistó y si no es por mí habría acabado bailando de la soga de la plaza.

Esta mañana ha ocurrido algo que me ha hecho adoptar la decisión más crucial de mi vida: quedarme en Dodge City. Hablaba con mis dos amigos de cuándo saldríamos para Wichita cuando por culpa de un tiroteo presenciamos la muerte del pequeño Harry, el hijo de Cole, una de las víctimas de Surret. Y después de tantos desplantes y desvíos, los ojos de la mujer más atractiva que he conocido al fin dejaron de traslucir odio y atribuirme la culpa por la muerte de su hermano, para teñirse de admiración y agradecimiento por haberme prendido al pecho, muy cerca del corazón, una estrella de lata.