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sábado, 30 de marzo de 2013

LA PERLA


                   


Descubrí el cine clásico mexicano casi por casualidad. Tenía bastantes prejuicios sobre la cinematografía mexicana debido a que de niño acabé saturado de películas de Cantinflas que todos los fines de semana programaban en sobremesa. Un día por casualidad y estando aburrido en casa sin nada que llevarme a los ojos descubrí una película cuyo título me resultaba llamativo, Víctimas del pecado, de un director cuyo nombre no me era desconocido,  nada menos que uno de los actores de raza y fuerza que actuaba en una de mis películas favoritas de siempre,  Quiero la Cabeza de Alfredo García,  Emilio “El Indio” Fernández.

La curiosidad me llevó a dar al play en mi reproductor de DVD y para mi sorpresa la película me hipnotizó y cautivó. Se trataba de una obra peculiar, con un huracán de mujer cubana llamada Ninón Sevilla, una visión  romántica de los cabaret mexicanos y con  una fotografía y números musicales maestros e hipnóticos que regalaban a la historia  imágenes de   pura raza  y de un salvajismo intenso, para nada habitual en las películas de principios de los años cincuenta.

Este hallazgo me hizo indagar acerca del cine de Emilio Fernández en particular y del cine clásico mexicano en general. Es mi investigación descubrí un material con una alta potencia adictiva en la que tus ojos acaban pidiendo que le procures mercancía al menos una vez al mes para calmar su vicio y en la que la escasez de películas disponibles obligaba a buscar camellos alternativos a Emilio “El Indio” Fernández, surgiendo nombres como Roberto Gavaldón, Ismael Rodríguez, Fernando de Fuentes, Alejandro Galindo, Julio Bracho  y Alberto Gout.

Emilio Fernández es, en mi opinión, el gran director de la época de oro del cine mexicano. Su cine de corte nacionalista y fuerte apego a la tierra con un profundo amor a México su tierra y cielos y a las tradiciones del pueblo mexicano en parte debido a la influencia de su padre, un coronel de la Revolución Mexicana. Emilio participó igualmente en un levantamiento revolucionario que fracasó lo que le llevó a la cárcel. Huído de su reclusión emigró a EEUU donde empezó su carrera en el mundo del cine como extra llegando a conocer a Sergei Eisenstein, cineasta que le marcaría profundamente en su forma de hacer cine.

De regreso a México inició su carrera como director y con la colaboración del gran fotógrafo Gabriel Figueroa logró crear un universo propio,  de cine de autor,  caracterizado por una enorme fuerza paisajística en la que sus personajes se lanzan a la pasión sin ningún tipo de maquillaje ni barrera. Sus películas contarán con un característico tono de exaltación a lo mexicano que tanto hechiza al espectador europeo y con un universo femenino fascinante obsequiando sus mejores papeles a las divas del cine mexicano de la época María Félix y Dolores Del Río.

La Perla para mí es la obra cumbre de Emilio “El Indio” Fernández. De una belleza fotográfica incomparable, los fotogramas se convierten en obras de arte en movimiento que se desplazan a través de nuestra pantalla. Obra muy influenciada por el cine de Sergei Eisenstein, cuenta entre sus protagonistas a dos  de los actores clásicos de  la época de oro Pedro Armendáriz y a la bellísima María Elena Marqués adaptando a la pantalla la novela corta de John Steinbeck de mismo título.

                 

Le película comenzará mostrándonos una bella imagen de una playa mexicana con unas olas rompiendo salvajemente en la playa y una figuras de mujer envueltas en un manto, cual vírgenes rogando para que finalice el romper brutal del mar para que sus maridos puedan ir a trabajar y  ganarse el sustento que tanto necesitan.

Acto seguido se nos presenta a la pareja de pescadores indios protagonista, Quino y Juana,  que viven en condiciones míseras junto con su pequeño hijo. Quino vivirá obsesionado con la idea de encontrar una perla de gran calidad que ayude a sacar de la pobreza a su familia. Pero mientras habla con Juana de su sueño un alacrán picará a su hijo recién nacido. Asustados por el acontecimiento acudirán con urgencia a la consulta del médico del pueblo, un extranjero inhumano, codicioso, trastornado por la belleza  de las perlas  y borracho que trata a clientes más que a pacientes. Conocedor del estado de pobreza de la pareja se negará a asistir al pequeño a menos que le ofrezcan el dinero que necesita para saciar su alma perturbada.

Desesperado por la falta de asistencia a su hijo,  Quino saldrá a pescar en búsqueda de una captura que le proporcione el dinero necesario para que su bebé sea atendido por el médico. La escena de la pesca y buceo  está filmada con gran realismo y belleza y es muy similar a la escena de pesca de atún que rodase unos años después Roberto Rossellini en Stromboli con el añadido de unos preciosos planos de las misteriosas nubes mexicanas fotografiadas al estilo del cine soviético con la mano maestra de Gabriel Figueroa. Quino se sumergirá en la mar con desesperación y encontrará una preciosa perla de incalculable valor.

La posesión de tan preciada joya producirá un cambio radical en el trato de la gente del pueblo hacia la pareja y en  la forma de ser de Quino. La indiferencia y desprecio se convertirán en lisonjas y zalamerías y la humildad, solidaridad y dignidad de la pareja se transformará en egoísmo y desconfianza.

Emilio Fernández fotografiará  en la escena siguiente a la localización de la perla una espectacular secuencia  musical en la que se manifiesta la esencia de la festividad y alegría mexicana con unos mariachis que anuncian el futuro que espera a Quino y Juana cuando cantan : “Las perlas te dan riqueza, dicen que  también pesar, son lágrimas de tristeza  que vienen también del mar..”, secuencia muy del estilo a las escenas de bailes del cine de  John Ford.

La perla nos hará libres, afirmará  Quino,  pero nada más lejos de la realidad puesto que la captura de la perla solo traerá sospechas, engaños y malicia a la vida de la pareja. Acudirán a vender la perla a un usurero y estafador tasador, hermano del indecente  médico del pueblo, que  tratará de mentir a Quino acerca del valor real de la perla, haciéndole creer que en lugar de una perla de gran valor lo que tiene es oropel.  Quino no se dejará engañar y no le venderá la perla al usurero.

Harta de los problemas que les trajo la perla, Juana pedirá a Quino deshacerse de la perla para acabar con la muerte y soledad que parecen acompañar a la piedra preciosa pero Quino obsesionado con el deseo de riqueza no hará caso y matará en la playa a unos ladrones que intentan robarle la perla. La escena de la lucha a navaja en pleno mar es una de las cumbres de la fotografía del cine mundial y cuenta con la icónica imagen de María Elena Marques mirando al horizonte con cara descompuesta, fotograma símbolo del cine de oro mexicano.

Quino, convertido en asesino, huirá con su familia a través del desierto en una persecución en la que la familia  no solo luchará por su supervivencia, sino por la recuperación de su identidad y dignidad.

La Perla es un auténtico poema visual en el que Emilio Fernández consigue transformar en imágenes el cuento moral de John Steinbeck, haciendo un canto a la humildad frente a los falsos ídolos que son la riqueza, la envidia  y la avaricia desmedida, un testimonio de  la dignidad de los pobres frente a la inhumanidad de los ricos y usureros,  un himno  a la humanidad desde la más profunda de las miserias y una crítica a la injusticia y al carácter interesado y egoísta del ser humano. Un retrato que no ha perdido un ápice de verdad y que refleja a la perfección la condición de la que estamos hechos los seres humanos.

Obra de madurez de Emilio Fernández, sus inspirados planos rodados en exterior, sus interpretaciones contenidas con alto grado de reflexión y su puesta en escena contemplativa pero a la vez llena de dinamismo  hacen de La Perla una de las cimas no sólo del cine Mexicano, sino del cine mundial. Si no han visto la película ni leído el libro, están ante la oportunidad de descubrir un relato que está arraigado en lo más profundo del alma humana.


Autor: Rubén Redondo

jueves, 28 de marzo de 2013

EL ÚLTIMO RELATO DE RAY CARVER





Me llamo Ray Carver y escribo historias cortas; como ésta será la última, espero que se alargue más de lo habitual. Hace una semana me pronosticaron un cáncer irremisible y aquí estoy, tendido bocarriba y hablándole desnudo a la oscuridad y al techo de esta habitación de hospital, que no tardará en venírseme encima. He convencido a Tess de que se vaya a descansar a casa de una amiga. Tengo la lengua de papel de lija y me gustaría tomarme una copa; pero aunque conozco un montón de bares por aquí, la enfermera parece insobornable. La luz del pasillo recorta las rendijas de la puerta, y a través del corredor se precipitan unos pasos. Pitan a descompás los goteos de los vecinos. Estoy cansado pero no tengo sueño. Me revuelvo en la cama, recordando que anoche todavía dormí en la mía y sin dar tantos tumbos; ya no volveré a acostarme en ella, y ni siquiera me despertaré para ver en libertad la luz del día ni las calles de la ciudad, ni volveré a saltar al estrépito de los atascos a beber en ayunas aquellas bocanadas de monóxido y vida.
Al levantarme hoy todo estaba tranquilo, los sordos reflejos del amanecer flotaban en la pared: era muy temprano en una mañana de domingo. Después de la ducha, me asomé a la ventana del dormitorio: la humedad brillaba en las aceras y en los techos de los automóviles. Aspiré un rastro de tierra mojada procedente del parque; un límpido resplandor fulguraba en el aire. Ya no llovía, pero entre sueños había oído el tictac de las gotas en el cristal y el rodar de los neumáticos sobre el asfalto húmedo. Las copas de los plátanos cabrilleaban, y aún goteaba el metacrilato de la marquesina. Aterrizó un estornino en la cornisa y ahuecó las alas esparciendo una miríada de gotitas de agua. Parecía que mi desesperación se contuviese con aquellas nubes color uva morada que se acercaban por el oeste, dispuestas a descargar su ira en cualquier momento. Me pregunté hacia dónde estaría orientada mi habitación del hospital, pues no sospechaba que, ciega total, carecería de ventana. Ahora mismo tiendo la mano hacia el aire que sale por una rejilla y no logra borrar el rastro a desinfectante.
Envidiable, el estornino echó a volar silbando. Cogí la maleta de cuero negro, donde había reunido mis objetos personales, y sin mirar atrás bajé a la calle. Había acordado con mi médico que ingresaría aquí esta mañana. Han sido muchas las habitaciones que he abandonado en mi vida, innumerables los apartamentos que he habitado, puerta tras puerta, en el sombrío pasillo del pasado. Lúgubres y luminosos, áticos y sótanos, amueblados o vacíos. De algunos me iba por voluntad propia y de otros desahuciado, alucinante y alucinado, víctima de mi carácter variable o de la escasez de fondos. De unos me fui con pena y de otros horrorizado; sin esperanzas o con la euforia del fugitivo, dejando atrás un montón de botellas vacías y papeleras llenas de borradores. Pero nunca había sentido lo que esta mañana mientras cerraba tras de mí, como si fuese la tapa de un ataúd, la puerta de la última casa de mi vida.
No escuchaba mis propios pasos por los corredores y la escalera. En el primer rellano me crucé con un vecino que traía un periódico bajo el brazo y, desplegándolo, me negó el saludo, como si se le hubiera aparecido un fantasma cotidiano. Repiqueteé la contera del paraguas contra los barrotes de la barandilla y me golpeé la rodilla con la maleta, para asegurarme de mi corporeidad. 
Había un taxi estacionado al final de la calle y decidí tomarlo, porque aunque el hospital no estaba lejos, caminar a través de las calles que conozco tan bien me resultaría demasiado lento, y no me gustan las despedidas largas. Ya empecé a añorar hasta la inminencia de catástrofe que en las resacas solía acometerme a los primeros pasos y me hacía temer desplomarme de un momento a otro. Era curioso desayunarse con aquel cóctel de nostalgia y rabia a partes iguales. Si bien son los trayectos desconocidos los que parecen alargarse, aquel camino a pie se hubiera hecho interminable, atravesado de recuerdos, cruzado de arrepentimientos y de los desvíos de viejos errores. Era la cuarta o quinta vez que me había mudado a ese barrio.
Al pisar un charco, advertí que tenía puestas las zapatillas con suelas de goma: por eso no podía oír mis pasos. Me reí de mis aprensiones, recordando que llevaba meses sin hablar con el tipo del periódico; habíamos discutido por el ruido que yo hacía de noche. Le deseé más suerte con mi sucesor.
Un diminuto taxista calvo que apenas alcanzaría los frenos con los pies, yacía repantigado en su asiento, con la puerta abierta. Al darle la dirección, arrancó con tal brusquedad que me vencí sobre el respaldo de cuero y la maleta cayó al suelo.
Emprendimos una carrera por las calles casi desiertas de un domingo por la mañana. Arrollamos un contenedor que salpicó de inmundicias el parabrisas. Pese a que los portales y locales y escaparates se deslizaban raudos por la ventanilla, una inédita clarividencia me hacía consciente, palmo a palmo, de cada manzana y tramo de la calle. Cada cruce o esquina desvelaban mi pasado, cobrando una significación propia; incluso junto a una furgoneta brilló cierta cabina desde la que hablé con mi primer editor. Disfrutaba por última vez de la visión de la ciudad donde había escrito y amado, bebido y sufrido. Allí estaban, sobre todo, los bares y los pubs que han acabado por arrastrarme aquí.
Nos saltamos un semáforo en rojo, y a un lado atisbé el neón insomne del Ernie’s. A continuación venía el letrero apagado del Yellow Sky, de donde me sacaron con tres costillas rotas; apenas recuerdo haber sostenido una silla contra unos ojos desorbitados.
 Enfilamos la Avenida Central y nos disponíamos a atropellar a un anciano que cruzaba trémulo en su bastón, cuando el taxista dio un volantazo que me arrojó sobre la puerta derecha. Vi por la ventanilla trasera cómo se agitaba el bastón al aire; no hacía falta que nos maldijera, en lo que a mí respecta. 
Sucesivos árboles y buzones y quioscos corrían a los lados; se fugaban las siluetas de los transeúntes. Tomamos la curva de la esquina del Blue Camel y me pareció que varias sombras danzaban en su escaparate. Hacía un montón de años que al fin había conseguido declararme allí, después de muchas copas, al primer amor de mi vida, y hasta le recité un poema con la mano cogida, pero ella sonrió y me pidió que le repitiera todo porque la música estaba muy alta. Después seguí bebiendo hasta que me pareció oír a los pájaros, y me llevaron por primera vez a aquella clínica.
Me abofeteaba el viento que entraba por una ranura como para mantenerme alerta, haciéndome lagrimear. Aunque la distancia era corta y la velocidad hacía vibrar los asientos, creí que jamás llegaríamos al hospital. Me pregunté si el taxista habría entendido la dirección, se había equivocado de camino o simplemente daba un rodeo para aumentar el importe de la carrera. En todo caso, se estaba ganando una generosa propina, pues yo no quería llegar nunca aquí: quisiera que aún estuviéramos callejeando sin rumbo por la ciudad; ojalá siguiéramos circulando por ella hasta que la gasolina y mis fuerzas se agotaran. Como la cabeza no le asomaba por el respaldo, por un instante pensé que el taxi se conducía solo. 
Volvió a derrapar frente al zócalo de piedra del Flannagan. Ya no recuerdo si fue allí o en otro pub irlandés donde me gasté el dinero que había ganado con mi primer relato invitando a todo el mundo una y otra vez. Me desperté a la mañana siguiente debajo del mostrador y decidí irme al campo para trabajar de peón en cualquier granja y seguir escribiendo. Era una buena idea, pero antes de una semana estaba de vuelta. Es lo que suele pasarme, que las cosas prometan y luego no marchen. Espero que el asunto este de la muerte no resulte tan desastroso.
Los frenos chillaron y me abalancé contra el asiento delantero. Habíamos frenado justo detrás de un monovolumen negro, del que apenas nos separaba el grosor de un cabello: desde su interior nos enfocaron unos ojos en blanco. A su vez, había tenido que detenerse en la esquina de una plaza, ante la pancarta de Stop que mostraba un operario. Lo vi sostenerla con desgana, apoyado el mango en el hombro, la espalda sobre una tapia en ruinas y los pies cruzados. Era un cuarentón de bajos párpados y sonrisa estólida, con el mono plagado de lamparones, que ahora intentaba encenderse un pitillo con la otra mano, y cada vez que fallaba bajaba un poco más la cabeza. Detrás, un camión de la obra pugnaba por pasar entre dos furgonetas pitando con el claxon. El taxista escupió un juramento que no obstante me pareció poco convincente, como si más que la parada maldijera la inutilidad de aquel mechero o la impericia del conductor del camión. Bajé el cristal hasta que se atrancó la manivela y al otro lado de la valla vi una hormigonera que vomitaba grumo gris y las espaldas de varios obreros agitándose al fragor de las perforadoras. El operario sostuvo ahora con firmeza la pancarta de Stop y una nube de humo al fin le borró los rasgos; el camión carraspeó y pasó entre las furgonetas.
Me puse a contemplar la recoleta plaza de mi izquierda, rodeada de edificios bajos, desconchados y de balcones torcidos. Tenía un purpúreo jardín con arriates de flores en el centro, delimitado por una verja cuyos barrotes de hierro colado finalizaban en pomos, cierta zona acotada para perros y una fuente seca de formas cilíndricas e infestada de palomas.
Junto a la calzada, jadeaba un ciclista sentado en el césped, brillante la frente y los ojos cerrados; la bicicleta yacía a su lado y la rueda delantera aún vibraba al vacío. Se caló una gorra roja y, abrazándose las piernas, ocultó el rostro entre las rodillas.
Pitaron desde la fila de automóviles que se había formado detrás nuestro, y el taxista refunfuñó. Por algún motivo los cláxones me animaron a seguir allí, cuando bien podría haber caminado hasta el hospital, cuyas últimas plantas sobresalían de las antenas y pararrayos, pintadas de un blanco terrorífico y recorridas de hileras de pequeñas ventanas. Pero ahora quería aprovechar al máximo aquel retraso, observando con fruición lo que ocurría a mi alrededor, tan decisivo para mí como intrascendente en apariencia. Era la última oportunidad de ver trazada en las facciones de la gente y en las líneas y ángulos del mundo exterior la geometría definitiva –sin duda irregular- de mi vida.
En medio de la plaza se erguía una niña pelirroja, de falda a cuadros albinegros y jersey oscuro de cuello vuelto, sosteniendo inmóvil una comba, que había quedado ondulada en el suelo como una serpiente muerta. Apoyado en una cabina, la miraba con indiferencia un niño más bajo, de camiseta azul hasta las rodillas y gorra con la visera invertida, que cuando dejaba de bostezar comía a puñados de una bolsa de palomitas. Al pie del contenedor se había enroscado un gato atigrado. Cierto joven rapado y cetrino, provisto de una cazadora tachonada de clavos y blancas zapatillas, aguardaba con las manos en los bolsillos junto al portal de uno de los edificios más destartalados. Arrugando la boca, miraba con rabia hacia el punto de fuga de su dudoso futuro. Una diminuta anciana jorobada se empinaba en vano intentando arrojar una botella por la boca del contenedor de vidrio, sin dejar de apretarse el bolso contra el pecho como si fuera su pequeño nieto. Recliné la cabeza en el respaldo del asiento.
El cielo parecía de plomo; se agitaron las ramas de los plátanos, y en el horizonte se disgregó una bandada de pájaros. Denegó el limpiaparabrisas y creí que lloviznaba, pero en realidad eran mis ojos por donde bajaban aquellas gotas, pues notaba el paladar salado y el taxista sólo limpiaba el parabrisas de los restos de basura. Amaba a aquellos desconocidos y de un tirón hubiera podido componer las historias de sus vidas hasta que habían venido, esta mañana de domingo, a encontrarse en mi última visión de la ciudad, como también me hubiera encantado escribir sobre los destinos que les aguardaban, una vez que se fueran bostezando de aquella plaza tan aburrida.
Se abrieron las nubes y el jardín ardía a la luz del sol. Y ahora que recuerdo lo que entonces sucedió, me parece que las ciegas paredes de esta habitación rebrillan en un escorzo fosforescente. Desde sus parterres refulgieron los pétalos carmesíes y amarillos de las rosas y los claveles, y las hojas de los plátanos temblaron a la brisa del río. De la cima de aquella fuente que parecía seca borboteó un chorro, centelleó en el aire y por un instante reflejó el arcoíris. Las caléndulas y las amapolas inflamaron sus corolas a la luz llameante; el césped rezumaba gotas de rocío que relampaguearon como diamantes. Las palomas despegaron de la fuente, y hasta un globo aerostático a cuadros rojiblancos bogaba por el cielo azul berilo y su sombra ya resbalaba por la plaza.
Me incorporé, apretando el puño del paraguas hasta que los nudos de madera se me clavaron en la palma de la mano. Por la acera renqueaba una hoja de periódico, y al lado se abrió la ventana de un entresuelo, dando paso al torso desnudo de una joven. En su piel cobriza se licuaba la miel del sol, sus pezones se erigieron al frescor del aire y, al soltarse varias horquillas, una fulgente catarata de cabello cayó por sus pechos. El chico de la cazadora se acercó y la abrazó  hundiéndose como un suicida en aquella cascada del pelo. Calle abajo se alejaba la bicicleta de carreras del ciclista; su espalda adquirió una posición aerodinámica y el maillot oro brilló antes de desaparecer por una esquina. La niña rubia se había puesto a cantar y a saltar a la comba. Una bolsa de palomitas cayó al césped y el niño propinó una patada al gato, que huyó maullando, el lomo erizado y la cola de punta. Al tintineo de un cristal, la anciana jorobada sacó de su bolso otra botella que volvió a embocar en el contenedor.
Un golpe metálico me indicó que al operario se le había caído al suelo el cartel de Stop. Se había quedado traspuesto, entrecerrados los ojos y las mejillas flojas, recostado en la tapia donde había deslizado su espalda hasta sentarse en cuclillas. La colilla del cigarrillo temblaba en sus labios. Comprobé que habían desaparecido la valla y el camión, la hormigonera y los obreros. Delante, la calzada estaba despejada y la perforadora había enmudecido. Blasfemando, el taxista pulsó el claxon, y el monovolumen arrancó y me volví. Por la ventana trasera observé que la escena de la plaza se alejaba hacia el pasado, y si yo no lo evitaba, hacia el olvido. Muy pronto, conmigo, desaparecería para siempre todo aquello, que en su mera cotidianeidad me pareciera único –último-: la bolsa de palomitas y la niña, la anciana y el ciclista, el chico rapado y su novia. Esos desconocidos continuarían con sus existencias independientes; pero aquellos radiantes instantes de armonía que ellos mismos habían logrado en una coreografía inconsciente, no me sobrevivirían si no los ponía por escrito; probablemente sus mismos protagonistas los habrían olvidado antes del almuerzo.
 Justo entonces algo me rozó la pantorrilla y un sordo zumbido vibró en el suelo del coche; abrí los ojos, aunque me costó trabajo despegar los párpados –como cuando se los nota húmedos al despertar-, y advertí que el paraguas se me había deslizado de la mano. Volví a percibir el rugido de la perforadora: en realidad seguíamos parados. El taxista encendió la radio y, a los sones de una musiquilla burlesca, comprendí que había sido yo, y no el operario, que aún mantenía en alto la señal de Stop y pisaba la colilla del cigarrillo, quien me había dormido, repantigado en el asiento. Me dispuse a bajar el cristal de la ventanilla, y al notarla atascada, recordé que ya lo estaba antes de quedarme traspuesto. La luz del día había vuelto a agrisarse; los destellos del sol sólo habían reído en mi sueño. Limpié el vaho de la ventanilla con la mano y vi que el ciclista permanecía sentado bebiendo de una botella verde. La comba yacía enroscada a los pies de la niña, que se hurgaba la nariz. El niño arrugó la bolsa de palomitas en una pelota y la arrojó hacia la fuente, de nuevo seca. Junto a una bolsa de basura seguía agazapado el gato. El joven rapado se frotaba las manos y pateaba de frío; no tardó en darse la vuelta y alejarse cabizbajo, con las manos en los bolsillos. Seguía cerrada la ventana del entresuelo, con el viento tableteando en sus postigos azules. La anciana dejó caer la botella, que se hizo añicos en el suelo, y extrajo un pequeño paraguas del bolso. Las gotas de lluvia ya chasqueaban en las hojas de los árboles y se mataban contra las ventanillas del coche. El taxista hizo sonar el claxon y puso en marcha el limpiaparabrisas, que ya no confundí con mis párpados, al comprobar cómo restañaba la lluvia y no las otras gotas.
Ojalá siguiéramos allí. Quisiera aún estar en el interior de aquel taxi, oyendo cómo la lluvia redobla en el techo -sin pensar, como ahora, que así es como la oiré sobre mi lápida-, mientras que los números del taxímetro se acercan al infinito y me quedo dormido: esta habitación sólo sería el decorado de otra pesadilla y no la antesala de la muerte.
 Vuelvo a doblar la almohada; la rendija de la puerta traza una línea de luz y reconozco la cadencia de los latidos que acelerando los míos se acercan por el pasillo: sus pasos. Al crujido del picaporte, un rectángulo iluminado se abre lentamente.
-Oh, Tess, ¿eres tú? ¡Dios mío, menos mal que estás aquí!... No he pegado ojo, dándole vueltas y vueltas a lo mismo… Sí, el argumento de un relato. Traes las manos frías. ¿Se ha quitado el viento?... ¿Sí? Pero dime, ¿no sigue lloviendo? ¿Qué tal día hace? Cuéntame qué demonios está pasando por ahí afuera... ¿Hay mucha gente? ¿Y los atascos?... ¿Has pasado por una plaza con un parque y una fuente? ¿No habrás visto por casualidad a una niña saltando a la comba o a una vieja que no para de tirar botellas?... Cuéntame, cariño, cuéntamelo todo. ¿Cómo está la calle? ¿Hay tiendas abiertas?… ¡No es posible! ¿Tan pronto? Sí que estoy desorientado... Parece mentira que ya esté anocheciendo...
  

miércoles, 27 de marzo de 2013

AL BORDE DEL PELIGRO


                  


“No volverás a ver a Ken”, me repetía esta mañana entre un vestido y otro, en la boutique donde trabajo de modelo, intentando convencerme de que la próxima vez que me llamara no sentiría adentro ese deshielo de lago en primavera que rompiendo entre chasquidos mi última resistencia me hace compadecerme de él y aceptar sus planes. “No volverás a ver a Ken”: por algo nos divorciamos hace tres meses. Es cierto que desde que volvió de la guerra rutilante de medallas, su estrella se ha apagado y, con su exceso de orgullo y falta de empeño, ha sido víctima del whisky y de ese mafioso de Scalise, pero lo que hizo anoche fue demasiado.

Y no me refiero a que me abofeteara delante de los otros –cada vez necesita menos copas para hacerlo-, sino a que, aparentando invitarme a cenar me había utilizado como cebo para que ese millonario tejano mordiera el anzuelo. Sin que yo lo supiera, Mr. Morrison, uno de los monarcas del petróleo de Texas, nos esperaba en la mesa del restaurante, y gracias a mi presencia a Ken le fue fácil arrastrarlo a la timba que cada noche Scalise monta en la suite del hotel Street. Sin embargo, se atascó un pequeño engranaje en la trampa que esos granujas le habían tendido a Morrison porque, ya fuera debido a que éste utilizaba sus propios dados o a que realmente yo le daba suerte cada vez que se los soplaba antes de tirar, cuando dije de irme y él se prestó a acompañarme, iba ganando diecinueve de los grandes. Fue a por los abrigos, y entretanto Ken me ordenó que me quedara para que Morrison tampoco se fuera y pudiera cambiar el aire de la suerte, ya que se sentía culpable ante Scalise de haberle traído un halcón en vez de una paloma. Como me negué, me golpeó.

“No volverás a ver a Ken”, volví a pensar esta mañana, maquillándome la mejilla y el ánimo, para que no se me notaran el cardenal ni el desencanto, cuando vino la dueña a decirme que una pareja de agentes de policía querían hablar conmigo. Uno era corpulento, con capas de azúcar, levadura y bondad en una cara de pastel que no obstante intentaba endurecer (horneado días atrás); y el otro, serio y apuesto, negro de pelo y preocupaciones, el rostro tallado como de lava fría, y con llamas de fiebre e insomnio en los ojos. Fue éste quien me dio la noticia: habían apuñalado mortalmente a Morrison y Ken, el presunto asesino, había desaparecido de la circulación.

La policía solo tenía la versión que Scalise había tramado e impuesto a sus esbirros, esos que culebreaban junto a al mesa de juego con maldiciones en los ojos cada vez que Morrison sacaba el seis que necesitaba. Desengañé a los agentes respecto a que el tejano estuviera perdiendo  y a que Ken tuviera celos de él –según Scalise-, pero aunque estaba segura de que intentaban sacrificarlo como a un chivo, no pude desmentir que apuñalara a Morrison. La verdad es que en la confusión de la pelea en que ambos se trabaron cuando Morrison vio a Ken pegarme, me esfumé del piso, y el corazón no me bajó de la garganta hasta que dos manzanas más allá no alcancé la parada y me refugié en el taxi de papá.

También les conté a los agentes que antes de acostarme me telefoneó Ken, supongo que para disculparse, y le colgué. Añadí que no pudo llamarme desde su apartamento porque papá, que me había notado el cardenal en la cara, después de dejarme se había pasado por allí para devolverle con creces lo que me propinara y no lo encontró en casa. Me fijé entonces en que los ojos del policía apuesto –Dixon- ardieron como tizones y las mejillas se le demacraron sobre los huesos del cráneo como si éstos las hubieran absorbido. La tensión de su mandíbula y lo forzado de sus ademanes lo hacían parecer más involucrado en el caso que lo meramente profesional.

Lo cual se confirmó cuando a la salida del trabajo lo vi esperándome en la puerta de la boutique. Y no era porque sospechara que yo conocía el paradero de Ken ni pretendiera volver a interrogarme, sino para invitarme a cenar. Pasamos por casa, y mientas me cambiaba lo dejé charlando –más bien escuchando- a papá, que lo recordaba porque hace años le había servido de eventual chófer tras el rastro de unos maleantes. El episodio acabó en un tiroteo y en una felicitación del alcalde a papá. Lo dejamos encantado de que ahora saliera con alguien honrado, y durante la cena le conté a Dixon -Mark- que lo quiero como a un padre y una madre, ya que ésta murió al darme a luz. En la íntima mesa de ese restaurante con una camarera gruñona que se dedicaba a fomentar nuestra familiaridad, también le conté sobre mis problemas con Ken. Entre Mark y yo fluía una confianza propia de viejos amigos y sentía que entre nosotros se tendía un puente del que resbalaban los equívocos o las malas intenciones. Una vez más oía los crujidos de aquel hielo desmenuzándose al sol de la alegría y venciendo la última dureza de mi desconfianza.

Fue una pena que antes de terminar la sopa lo llamaran. Volvió a la mesa pálido y crispado, con una lacia máscara de fiebre y fuego en los ojos. Se disculpó por tener que irse de inmediato: gajes del oficio. Volví sola a casa.

Antes de acostarnos la policía ha llamado a casa y nos han pedido a papá y a mí que nos personemos aquí, en el apartamento de mi ex. Al llegar, nos informan de que han hallado en el río el cadáver de Ken. Ya no tendré que intentar convencerme de que no volveré a verlo. Parece que anoche alguien le dio aquí mismo un puñetazo y, por culpa de las placas de hierro que desde la guerra llevaba en el cráneo, lo mató accidentalmente. Yo sabía que de algún modo la guerra había acabado con él.

Mientras el teniente nos explica que la involuntariedad del crimen descarta como culpables a los matones de Scalise, veo que los ojos de Mark, que lo oye desde un rincón, arden como las llamas de un sacrificio. Al parecer el asesino arrastró el cuerpo a la calle, lo introdujo en su auto y lo dejó caer en el río. Pero lo más horrible es que consideran a papá el principal sospechoso. Las horas coinciden, tenía un móvil y la ocasión: él mismo ha admitido que se pasó por aquí ciego de rabia para vapulear a Ken. Miro los ojos de Mark Dixon y me quemo. Su fuego era el que había derretido aquel lago de mi interior. Aparentando intimar conmigo, solo quería sonsacarme información. Soy una ingenua y al deshelarse la superficie he perdido pie y he acabado arrastrando conmigo a la persona que es mi madre y mi padre.                   

                                                                                                                                                                                      

domingo, 24 de marzo de 2013

RASHOMON




 
          


Desde que me quedé viudo, cada año, cuando los cerezos se nievan de flores, un regimiento de hermanos, cuñados, hijos, sobrinos, nietos y sobrino-nietos, con la excusa de honrar al patriarca, me ocupan la casa y la saturan de chillidos y farfullidos, y mientras los pequeños me alborotan la paz con la batahola de sus correrías, los mayores me humillan el pensamiento con chismorreos y vulgaridades, de modo que en su semana de estancia (¡y a mis años ya no quiero dilapidar el tiempo!) no encuentro un silencio para leer a Li-Po o una soledad donde escribir un haiku.

Así que esta mañana, cuando arribó la caterva y ya los meros saludos empezaron a cargarme y a hacerme chirriar las bisagras del cuerpo a fuerza de reverencias (¡qué ceremoniosos somos los japoneses!), al dictado de mis órdenes se presentó mi segundo, Xiao Yang, que debía prestarme la coartada para desertar como un cobarde de mis propios umbrales y con la excusa de una falsa emergencia encerrarme en el cuartel la semana entera. Pero cuál no fue mi sorpresa al ver que en vez de cualquier robo de gallinas, Xiao nos refirió, con ademanes demasiado convincentes, que había tenido lugar un asesinato cerca del templo de Rashomon. Me puse el kimono oficial, encantado de poder entretener la semana en un caso real y no tener que entregarme en mi despacho a los melancólicos placeres del sake y de la nostalgia por mi esposa. En una provincia tan olvidada como la nuestra son infrecuentes hasta los asesinatos.

Lo primero que hice fue tomar declaración al agicultor que había encontrado a la víctima entre la hojarasca del bosque. Pusilánime y simplón, de esos que la experiencia me ha enseñado proclives al hurto, me explicó que había salido a buscar leña, y un sombrero blanco de alas anchas con el velo enredado en un arbusto y un amuleto rojo y amarillo –que poco había protegido a su dueño- lo habían conducido hasta el cadáver.

Luego vino a declarar un joven e ingenuo monje de Rashomon, el típico cuya sinceridad ofende o confunde, que hace tres días se cruzó con la víctima, poco antes de que lo fulminara el rayo de la muerte. Provisto de un carcaj de flechas, de un arco repujado de piel y una espada, guiaba a pie a un bayo montado por una mujer de blanco inmaculado que parecía mostrar el misterioso perfil de la belleza (¡vaya un monje rijoso!), ya que iba tocada por un sombrero a juego cuyo velo la difuminaba como la crisálida de una mariposa única. Al parecer la pareja intercambió una sonrisa de complicidad, ignorantes de lo pronto que se bifurcaría el laberinto de sus destinos.

Despedí al monje con un gesto –también soy parco de palabras: mis silencios exprimen las confesiones aunque solo sea para llenarlos- y accedieron al patio donde efectúo los interrogatorios Tajomaru, el célebre ladrón y asesino, y el cazarrecompensas que lo había sorprendido en poder del caballo y las armas del difunto. Tajomaru reconoció haber matado al hombre del bosque, por lo que, preocupado de que tal confesión abreviara el procedimiento y me devolviera a casa, lo insté a que hiciera una minuciosa narración de lo ocurrido.

Jactancioso, proclamó que solo se había dejado apresar por haber enfermado después de beber un agua corrompida. Amarrado como estaba ante mi presencia, se debatía, sibilante y mortal como una serpiente, y jalonaba su declaración de espumarajos, insultos y blasfemias, que no obstante me resultaban más gratos que la conversación de mis parientes. Declaró que tres días atrás dormitaba en el bosque cuando, después de una semana sin mujer, lo despertaron las auras del deseo. Abriendo los ojos comprobó que aquel vientecillo fluía de la mujer que justo entonces pasaba montada a un caballo, junto a un hombre armado que, sin soltar el ronzal, se detuvo unos instantes observándolo abrumado, como si reconociera en sus ojos la cercanía de su fin.

Siguieron su camino y poco después Tajomaru, picado por el alacrán de la lujuria, se levantó y, decidido a forzar a la mujer aun a costa de asesinar al hombre, les dio alcance. Con tal de apartarlo del camino principal, le ofreció al viajero la ganga de unas joyas y espadas tan esplendentes como la suya, que presuntamente había ocultado cerca de allí. Se adentraron ambos en el bosque y, aunque el forastero parecía desconfiado, el bandido lo redujo y maniató con facilidad.

Bajó Tajomaru la colina ávido de cobrar su pieza, pero antes de atacar, como un tigre que se complaciera en ver abrevarse al cervatillo, admiró la belleza esquiva de la mujer. Sin destocarse del sombrero con aquel velo que entre los matorrales la asemejaba a una mariposa blanca (¡un asesino poeta!) la indefensa peinaba con la yema de los dedos la cabellera de espuma del arroyo. Hombre de acción –por así llamarlo-, el forajido admitió que nunca había experimentado nada parecido, una mezcla de calma y desenfreno que lo desbocaba por dentro al tiempo que lo paralizaba. Ante aquella imagen de pureza, también yo me debatí entre pensamientos poéticos y sensuales, y deseé llamar cuanto antes a declarar a la mujer. Por suerte, pensé, ya no traería el velo.

Finalmente ella lo descubrió. Él reaccionó y le dijo que a su acompañante le había picado una serpiente, lo cual era casi cierto. Se espantó ella del daño sufrido por su hombre, y tanto le gustaba a Tajumaru que me reconoció envidiarlo por ello, así que la llevó a presencia del maniatado para apartarla del camino y, sobre todo, demostrarle la inferioridad de su compañero respecto a él. Al llegar ella comprendió la situación, un puñal engastado en diamantes apareció en su mano y con una valentía que acabó de enardecer a Tajumaru defendió su virtud hasta que desfalleció, soltó su arma y él con la suya consumó su deseo a la vista del marido o lo que fuese. Lo cual, al decir del bandido, no impidió que ella acabase por entregársele con placer.

Todo le había salido bien y sin necesidad de matar al hombre. Pero cuando se iba satisfecho, la mujer se le echó a los pies y dijo que solo la sangre de alguno de los dos podría lavar su vergüenza, por lo que le rogó que soltara a su marido y se trabaran en una lucha a muerte que demostrara que ella seguía siendo digna de algo tan noble, y se quedaría con el vencedor.

Cuando Tajumaru se puso a encomiar la técnica y el coraje de su oponente con la espada (¡después de haberlo reducido tan fácilmente!), bostecé como si estuviera oyendo una anécdota de alguna de mis nueras y lo mandé callar, pues se veía el resultado del combate. Lo que no supo decirme fue dónde estaba aquel puñal tan valioso, y lo creí puesto que no lo llevaba con el resto del botín. Supongo que lo habrá robado el labriego que encontró el cadáver.  En el transcurso de la lucha la mujer se había esfumado. En su huida se acogió a un templo durante dos días, al término de los cuales fue hallada por nuestro destacamento. Mandé llamarla, y un gallo me agudizó la voz.

No es que su belleza me decepcionara, pero comprendí que el encanto del velo, entregando su rostro a la imaginación masculina, le atribuía la parte principal de su encanto. Repitió la historia de Tajomaru salvo lo de entregarse con placer y a partir de ahí su versión divergió. Según ella, satisfecho su apetito, el violador se burló de ellos y se alejó. Durante el acto la mujer había visto puñales en los ojos de su marido, pero ahora, sin responder a sus palabras, ya no expresaba pena ni rabia, sino que, incluso desatado por ella, se quedó inmóvil y, como ausente, la mirada se le puso blanca, y tanto la cegó aquella claridad en sus ojos, una especie de cruel resplandor o fuego ciego, que le entregó el puñal y le pidió que la matara. Acabó por salir corriendo, histérica, y dijo que se habría suicidado de no resultar poco profundo el estanque al que se arrojó. Quien no falló fue él: a su vuelta se había suicidado con la famosa daga.

Dado que tampoco suelo prestar mucho crédito a las mujeres hermosas, por curiosidad y pasatiempo mandé a Xiao traer a una vidente para que hablando por su boca el difunto me sacara de dudas sobre lo ocurrido. Sospecho que tanto Tajomaru como la mujer hayan mentido respecto a lo que más precian, su hombría y su virtud, respectivamente. Dudo que, si es que hubo combate a espada, fuera tan encarnizado como dice Tajomaru. Ser un asesino como él o portar tantas armas como su víctima más bien los caracterizan como cobardes. Por otra parte, ¿no conocería demasiado bien el difunto a su mujer como para creerla digna de tal sacrificio? Y además, Tajomaru ha matado ya a tantos –y tiene tan segura la pena de decapitación- que tal vez se haya atribuido una muerte que lo repute de valiente y ese pobre hombre realmente se haya suicidado. Todo es posible, incluso que él lo matara sin desatarlo, a instancias de ella, incapaz de seguir conviviendo con el testigo de su vergüenza.

 El ser humano es un tonel rebosante de mentiras y vanidad. Incluso si creyera en este aparato de muecas, alaridos y aspavientos que la médium ya representa como si verdaderamente empezara a ser poseída por el espíritu de la víctima, estoy seguro de que desde su nebuloso mundo hasta los muertos mentirían.

Pero de lo que se trata es de no volver demasiado pronto a casa.

                                                                                                                             

jueves, 21 de marzo de 2013

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE!




                  


Mientras que al presuntuoso pastor protestante egresado de la Universidad de Cardiff que yo era no hace un año (deslumbrado por la ambición, aún no a la sombra de la experiencia y la madurez), le parecía que su estancia en este pueblo minero de Gales solo sería un párrafo en su gloriosa biografía, el pobre reverendo Gruffydd de ahora cree, creo, que al final este valle abarcará todos los fracasos de mi ministerio y será el escenario único de mi desaliento.

Recién llegado, sí acerté en algo. Lamenté que los residuos de carbón mancillaran el verde esplendor del paisaje, como una esmeralda con una impureza que fuera el germen de su destrucción; y cuando oí a los lugareños alabar la belleza de su país ignorando los efectos sobre el panorama de la escoria, intuí que esta negrura, tales copos de hollín que aquí todo lo barnizan, representaban los defectos de esta gente, tan vanidosa como por entonces yo. ¿Cómo podían creer que la tierra de ellos era mejor que la de nadie por el solo hecho de haber nacido en ella?

En efecto, no tardé en comprobar que el engreimiento y la gazmoñería de muchos mineros los llevaba a jactarse de que comían carne de ternera, cuando sobrevivían de mendrugos y tubérculos; tenían a gala que, en vez de perder el tiempo instruyéndose, sus hijos ingresaran en la mina a los diez años; y presumían de que sus supersticiones y habladurías eran más eficaces que la medicina y la prensa, y de que el país de sus ancestros era el mejor de los mundos imaginables.

Para concluir esto me bastó asistir a la celebración de la boda de Bronwyn e Ivor, uno de los cuatro hijos mayores de Morgan, el capataz y más respetado minero de la comarca. Pero en dicha ocasión hubo más que aquello. Durante la ceremonia tartamudeé al sentirme caer, desde el altar, por una tumba abierta. Interrumpiéndome alcé la vista: me estaban mirando unos ojos cuyas pupilas me succionaban, y por su abismo se despeñaban tras de mí los novios, los asistentes y el mundo entero. Era Angharad, la única chica de los Morgan.

Aún hay un sexto hijo en la familia, Huw Morgan, con mucho el menor, de solo diez años, por lo que tengo la esperanza de hacerlo estudiar y que cuando crezca y trabaje, a ser posible lejos de aquí, de la mina, pueda mitificar –lo importante es que haya escapado- los decorados de su infancia y falazmente la tome por una edad mágica que transcurriera en un mundo idílico, olvidando que aquí todo es miseria, penalidades y opresión. La nostalgia es un lujo que solo pueden permitirse quienes han logrado olvidar la realidad.

Ojalá pueda Huw olvidar cómo vuelven los mineros de sus turnos de once horas, el vacío exhausto en sus ojos y los pasos enfermos; los restos del carbón que como marcas de esclavitud no se borran de sus pieles aunque se gasten buena parte de la paga en jabón; el precio de los comestibles en contraste con el del whisky, que Mr. Evans, el dueño de la mina y de las tabernas, se ocupa que sea asequible, porque pretende tenerlos a todos bajo sus efectos estupefacientes.

Evans hundió los sueldos y cuando, con la humedad de las primeras lluvias, rumores de huelga se infiltraban por todas las casas, Mr. Morgan, el patriarca de la familia, justificó los recortes con la bajada de los precios del carbón y los instó a todos a seguir trabajando. ¿Cómo se pueden defender con tanto ahínco los intereses de un millonario? Ciego esclavo de las tradiciones, Morgan clausura el tiempo en los cíclicos ritos de la familia y se declara enemigo del progreso. No advertía que la bajada de salarios obedecía a un simple aumento de la mano de obra disponible en la región. Siguió empecinado incluso después de que sus superiores, como exhibición de fuerza, lo hicieran trabajar bajo la lluvia, y sin admitir que la única oportunidad de los mineros contra la clase dirigente estriba en la fuerza de su unión, no quería oír hablar de los sindicatos. Además, confundía los valores de convivencia familiar con los conflictos laborales, y con la excusa de los buenos modales a la mesa se negó a escuchar a sus hijos y provocó que los cuatro mayores abandonaran su casa para alojarse en el pueblo.

Y amaneció el día en que el tañido de campanas pareció disminuir el aire del valle como si tocaran a muerto, y un silencio acuoso respondió al silbato del capataz: se había declarado la huelga. Como cintas empezaron a anudarse sobre los hombres los días en blanco apresándolos con las ligaduras de la inacción; y, con el frío y el viento del invierno, el miedo y el hambre se insinuaban en los rostros de los mineros, que deambulaban arriba y abajo tiritando de incertidumbre. Ya ni los más ciegos o borrachos podían fantasear sobre mundos edénicos e imposibles. Ahora todos veían el valle amortajado de cenicienta pobreza.

Coléricos de desesperación, muchos se volvieron contra Morgan, y para defenderlo cierta noche su esposa asistió a una asamblea de los mineros. De vuelta a casa, una placa de hielo se rompió a sus pies y a los del pequeño Huw, que la acompañaba, y ambos fueron rescatados del agua con serios síntomas de congelación. El doctor se mostró pesimista respecto a la recuperación del niño, por lo que hice mía su causa y para animarlo me pasaba a diario por la casa de los Morgan. Los maledicentes de siempre achacaron mi asiduidad a otros motivos. La verdad era que cada vez que su hermana Angarad me abría la puerta o venía al dormitorio a servirnos el té, yo sentía que a mis pies se abría el entarimado o que la casa toda se volvía de cristal y el pueblo entero podía vernos a los dos, frente a frente, con los deseos desnudos y tintineando entre ambos la taza sobre el platillo de porcelana.

En vez de las piernas de Huw, era mi voluntad la que corría peligro de quedarse paralítica, ya que por más que al verme también ella ardiera por dentro, y hasta el rojo castaño del pelo se le trasvasaba a la tez cristalina, no me atrevía a decirle ni una palabra.

Y por fin relució la penumbra verde del valle, la savia y la clorofila irrigaron las venas de la tierra, y con el vigor y la exuberancia de la primavera Huw y su madre se recuperaron. Convencí a los cuatro hermanos Morgan de que volvieran a casa y después de veintidós semanas se desconvocó la huelga.

Tampoco en la subsiguiente celebración en casa de los Morgan, aunque me quedé el último, me atreví a decirle a Angharad la palabra que ella esperaba. Ni siquiera me volví a mirarla, clisado en la ventana y con la pipa rectilínea entre los dientes como lo único erecto en mi apocada fisonomía. Sin embargo, durante la fiesta, y a despecho de los elementos más hipócritas de la diócesis, que me acusaban de entrometerme en asuntos terrenales, sí fui capaz de aconsejarles a los hombres que constituyeran un sindicato local.

A la mañana siguiente, tan turbia como las de la huelga, en la mina solo dieron trabajo a la mitad de los mineros. No hacía falta que estallara la sirena de los accidentes para darse cuenta de que aquellos hombres estaban muriendo poco a poco, hundidos en un pozo más hondo que la propia mina.


lunes, 18 de marzo de 2013

LA DAMA DE SHANGHAI




                   


En la primera ficha policial que me hicieron esos perros guardianes de lo ajeno consta que, de profesión marinero y alias “el Irlandés Negro”, mido uno ochenta y dos y soy de complexión robusta, tengo el pelo rizado (de caracoles, decía mi madre antes de esfumarse), ojos castaños y nariz respingona. Me habían detenido por atizarle a aquel agente provocador que se infiltró en la manifestación para hacerla disolver, y el sindicato tuvo que pagarme la fianza. Me quedaban dos dólares en el bolsillo y para entonces ya había perdido a mi padre, estibador en los muelles de Nueva York desde que llegamos de Dublín.

Para evitar el juicio (mi víctima no se recuperaba de la conmoción cerebral) me alisté en las Brigadas Internacionales y llegué a España casi al final de la guerra. En Murcia sorprendí a otro espía que se disponía a sabotear uno de los pocos aviones que nos quedaban y en el tiroteo que sostuvimos en el hangar fue mío el único disparo certero. Igual que otros encuentran oro, agua o pelirrojas, mi especialidad es descubrir espías en todas partes. Con la mala suerte de que entonces Murcia cayó en manos del otro bando, me encarcelaron, y en las dos semanas que tardé en fugarme descubrí que yo no era tan duro como creía y que España tiene las peores cárceles del mundo.

Y lo curioso fue que justo en las antípodas de allí, en Australia, no tardé en conocer las cárceles más cómodas, como si en vez de descolgarme por aquel ventanuco que daba a una huerta, para fugarme hubiera cavado un imposible túnel que a través de la corteza terrestre me hubiera hecho asomar a la celda de una cárcel sita en el continente de los canguros. En este caso la culpable de mi encierro fue una rubia rusa que cantaba en una taberna. Casi todas las mujeres que traen problemas cantan en algún garito, suelen tener ojeras, son rubias y por lo general su belleza siembra el silencio allá por donde pasan.

Con Elsa empecé a hacer el tonto de vuelta a Nueva York, y cuando empiezo a portarme como un payaso ya no puedo parar hasta dar de bruces en alguna cárcel. En mi estadística privada me falta por saber cómo serán las cárceles norteamericanas. A este paso no tardaré en saberlo.

La conocí en Central Park, mientras daba un paseo a través de la soledad del atardecer y de los ensueños del peligroso romántico que soy. Iba como flotando entre los relámpagos de sombra que disolvían la última claridad, cuando pasó a mi lado uno de esos coches de un caballo con una rubia de ocupante, condensando en el platino el último hálito de la luz agonizante, como si se materializaran los sueños en los que yo iba volando. Dejé de pensar que parecía una sirena recién salida del lago del parque –solo veía su busto por la ventanilla lateral que la enmarcaba como a un óleo- y, gracias a que iba despacio, me abalancé a ofrecerle un cigarrillo. No fumaba, pero lo mejor fue que se me quedó clisada, la emoción fulgurando en sus pupilas (¡los tipos como yo no deberían ser tan soñadores!), y envolviéndolo en un pañuelo de seda se guardó el pitillo como si para siempre quisiera quedarse con algo mío. Se alejó y me quedé tan solitario y triste como una estatua después de que algún visitante la haya apreciado con admiración.

Poco más adelante oí golpes, un relincho y gritos. Corrí y no tardé en liberarla de los tres atacantes que la cercaban. Con lo versado en violencia que soy, no me gustó la facilidad con que aquellos chicos duros se dejaron demoler por mis puños y me erigí en el salvador de mi dama. Despedí al cochero y la conduje a casa como si fuera un caballero, sir Galahad, precisamente yo, un hijo de los barrios portuarios. Me contó que sus padres eran rusos blancos y que había triunfado en los escenarios de Macao y Shanghai. Irradiaba una magnética luz con reflejos como ecos del canto de una sirena, recordé que aunque no tuviera ojeras era rubia (¡y también rusa!) y había sido cantante, y una reserva de cordura me hizo dejarla en el garaje donde guardaba su Buick y declinar la oferta de trabajar en el yate de su marido, que al parecer no tardaría en salir de crucero por el mar Caribe.

El empleado del garaje me dijo que se trataba de la esposa del famoso abogado criminalista Arthur Bannister, el águila del foro de San Francisco, que, omnipresente en las más célebres causas, recorre con sus muletas de tullido las tribunas del interés y la admiración del público, y compensa su invalidez con una inteligencia más rauda y filosa que una dentadura de tiburón.

El cual, renqueando en sus muletas, a la mañana siguiente se prestó a intentar reclutarme, al presentarse en la casa de contrataciones del muelle con la actitud de un eunuco a la caza de favoritas para el harén. Ante mi negativa, pretendió emborracharme para disuadirme, y aunque fue él quien se empapó con más alcohol que un faraón embalsamado, le salió la jugada, porque trayéndolo semiinconsciente al yate, Elsa me recibió en cubierta con el ruego de que me quedara para protegerla. Conmovido por el miedo de sus ojos, dejé que el capitán, un tal Mr. Broome, me reclutara en calidad de contramaestre. Recordaba haberlo visto la víspera merodeando por el garaje de Elsa, por lo que me parece que he vuelto a chocarme con otro de esos espías a los que acarreo peor suerte que ellos a mí.

La primera noche ella se tendió casi desnuda a la luna y cuando se puso a cantar me pareció una verdadera sirena a la deriva entre la espuma fosforescente, una mujer cuya belleza me destruiría. Al día siguiente se nos unió Mr. Grisby, el socio de Bannister, un tipo grotesco y desconcertante, de grosera sonrisa y tics de maníaco, que parece muy interesado en mis proezas criminales. También pude comprobar que, sobrio, Bannister es solo un poco más cínico que sádico y con todos parece afilar la lengua y ensayar la esgrima de su ingenio acaso para no perder práctica de cara a los tribunales.  

Y así, pesados y bochornosos, han ido hundiéndose estos días de travesía por la costa de México. Me he sentido tan incómodo y violento entre esta gente que varias veces he estado a punto de renunciar a mi puesto. Porque aunque se haga la víctima y la ingenua, me consta que Elsa se ha contagiado de la moral –también tullida- de su marido y que son tan parecidos que cualquier día también ella aparecerá arrastrándose sobre dos muletas. Lo cual no quiere decir que sean aliados, sino todo lo contrario. A ella ha llegado a escapásele que Broome, el capitán, en verdad es un detective que su marido le ha puesto para vigilar sus infidelidades y poder divorciarse sin pagarle un centavo. Pero cuanto más perversa la veo, más me ciega su dorada y luminosa belleza; y cuanto más me consta que desprecia mi pobreza (¿por qué, si no, se casó con un millonario?) e intento deshacerme de su influencia, más se aprietan los nudos que me maniatan.

¿Qué cóctel de miedo, odio o deseo ha envenenado las relaciones entre el chiflado de Grisby, el maligno y retorcido Bannister, y su esposa, resplandeciente de belleza y falsedad? Ahora que veo al matrimonio insustarse con los ojos mientras beben, en un aparte Grisby viene a ofrecerme una copa y la posibilidad de ganar cinco mil dólares si le pego un tiro a él mismo. ¿Será demasiado cobarde para suicidarse? ¿La bastarán a Elsa cinco mil para abandonar a su marido?

Solo una cosa tengo clara. Si no me deshago de ellos, pronto necesitaré un abogado. Criminalista.     
                                                                                              

viernes, 15 de marzo de 2013

EL APARTAMENTO




                 


Desde niño me inculcaron que incluso a tipos tan normales como yo, en América se les abrían las rosas de las oportunidades, y siempre supe que de un medio u otro así sería, pero a costa de pincharme un poco con las espinas. No obstante, momentos ha habido en que al contemplar la cima del rascacielos de la Consolidated Life, la compañía de seguros donde soy contable, palpando los nubarrones del otoño neoyorquino, o al observar los cientos de mesas que idénticas a la mía se alinean en la sección W de la planta 19, me preguntaba cómo destacaría yo entre los treinta mil empleados de la casa para ascender.

Así que empeñé todas mis facultades, que también las tengo, en el trabajo: mi lealtad, iniciativa, dedicación y –por qué no decirlo- mi apartamento, un chollo de ochenta y cinco dólares al mes, acogedor, luminoso, con moqueta y aire acondicionado, y a media manzana de Central Park. Todo ventajas, salvo que desde que se lo dejaba de picadero a los directivos de la empresa no lo podía ocupar hasta las nueve o diez de la noche, pero incluso eso me venía bien, porque así podía hacer horas extra en la oficina. Tras ocho horas de alboroto, me gustaba pasar otras dos en la sala oyendo los rumores de la soledad, subrayados por el zumbido de las aspiradoras.

Después de las escenas que se habían desarrollado en el apartamento, también éste adquiría, en lo poco que tardaba en acostarme, un silencio más profundo, aún perfumado de la estela de las esencias femeninas, preñado de risas y músicas fantasmales, como si su ambiente aún sostuviera ecos de los gritos y gemidos que allí habían resonado. Sí, del tocadiscos, de la cama y sobre todo del sofá parecía desprenderse una sensación de euforia marchita o tristeza postcoital. De algún modo me acompañaban los espectros de los cuerpos que recién se habían acoplado en el asiento donde ahora yo cenaba. Y cambiando los canales de la tele me embargaba la clase de melancolía que a todos los solteros nos encanta. Tampoco era tan desagradable encontrar un pintalabios en el suelo, una horquilla bajo el cojín, o al pie de la mesa un preservativo usado.

Ayudaba a tolerarlo saber que así atraía la atención de los jefes sobre mis virtudes; y, además, gracias al escándalo de músicas y risas, aquello me labraba entre los vecinos el prestigio de donjuán , un adorno imprescindible para el éxito. Este otoño sí que hubo cierta velada algo incómoda. Después de irse Mr. Kirkeby con su querida y haber cenado yo, no había hecho sino acostarme cuando llamó desde un bar de al lado Mr. Dobisch, de Administración, solicitándome el apartamento porque acababa de ligar con alguna. Lo peor era que me había tomado el somnífero, de modo que como no todo iban a ser ventajas, me dispuse a pasar la noche en Central Park, arrebujado sobre un banco en mi gabardina, entre el vuelo de las hojas de noviembre, que me rozaban como una amante tímida y algo enojososa, la resignación.

Estaban buscando jóvenes ejecutivos con iniciativa, y dejar de ser un simple contable por una noche al raso valía la pena. Hoy en día la verdadera intemperie consiste en quedarte sin trabajo: cualquiera de aquellos jefes podría aventar mi contrato como una de aquellas hojas ocres. Lo peor fue que Mr. Dobisch me dejó bajo el felpudo la llave equivocada y a las cinco tuve que despertar a mi casera.

Fui a trabajar con casi 39 de fiebre. Con tal de poder ocupar a la salida mi apartamento para acostarme, gasté media mañana retrasando compromisos de mi agenda de arrendamiento; la verdad era que mi eficiencia en el trabajo se resentía, pero por las paradojas del sistema aquello no afectaría a mi promoción. Cuando fui llamado al despacho de Mr. Sheldrake, el mandamás de personal, se me abortó un estornudo. Mis jefes habían cumplido su palabra de recomendarme. Me subió a su despacho, y a mi destino superior, Mrs. Kubelik, la ascensorista de nuestra sección, mi amor platónico (aristotélicos no tengo, sin tiempo ni espacio para escarceo alguno, y los socráticos no me van). Consciente de mi poquedad y de que nadie de la casa le había estrujado ninguna cita, amilanado, yo nunca le había insinuado nada a Mrs. Kubelik.

Después de repasar los elogios que me dedicaban sus subordinados, cuando ya mi vanidad me había inflado como un globo, Mr. Sheldrake me lo pinchó haciéndome saber que mi principal mérito era la generosidad a la hora de prestar cierta llave, y cuando me disculpé y le prometí no volver a hacerlo, me la pidió para él esa misma noche. Y por obra del destino tenía el apartamento libre y se me habían pasado las ganas de acostarme. Mr. Sheldrake también está casado y necesitaba un sitio discreto. Le dije que el whisky estaba en el armario de la cocina. Incluso tuvo la deferencia de regalarme las dos entradas para un musical que ya no iba a necesitar. Con él de mi parte ahora sí que iba a ascender de verdad.

Afirmado en mi masculinidad, al bajar pude invitar a salir a Mrs. Kubelik. Al parecer, había quedado para tomar una copa con un novio con el que iba a cortar, pero acabaría con tiempo de ir al musical, después iríamos a bailar y quizá luego el apartamento acogería otra bacanal, por una vez de su dueño.

 Sin acordarme de C. C. Baxter, aquel ser apocado y escuchimizado que se perdía en la grandiosidad de la oficina, ahora mi autoestima henchía las calles de Broadway. Y sin embargo, ella me dio plantón. Ya me lo habían hecho otras veces, pero esperar media hora bajo la lluvia me hizo volver a resfriarme. Y de vuelta a casa, la soledad ya me gustaba menos que antes, como una amiga algo insípida de la que uno empieza a hartarse.

A las pocas semanas por fin se valoraron mis aptitudes, y en una de las plantas superiores un operario terminó de inscribir mi nombre y mi cargo en la puerta acristalada de mi despacho: C.C. Baxter, segundo ayudante de administración. Al contemplar por el vidrio de mi despacho la infinita perspectiva de mesas idénticas a la que yo había ocupado durante tres años, una aurora de felicidad me despuntó en el ánimo. Realmente, América era la Tierra Prometida.

Además, ahora solo tenía que renunciar a mi apartamento una tarde por semana, ya que me debía en exclusiva a Mr. Sheldrake. Vino a felicitarme por mi ascenso y aprovechó para pedirme una copia de la llave, de modo que no perdiéramos el tiempo transfiriéndonosla a la vista de su inquisitiva secretaria. También le di cierto estuche de palisandro con un espejito agrietado en la tapa, que su chica se había dejado en el suelo de la entrada.

Hoy, mañana de Navidad, es el único día del año en que los empleados toman el poder y, como en un carnaval de los locos que invirtiera el escalafón, secuestran el edificio en una barahúnda de música, besos y baile. Al entrar en nuestra sección he visto que una administrativa practicaba un streaptease en la mesa del supervisor, cundían las risas y se estiraban las serpentinas. Con el champán corre la euforia, y ya que me he bebido dos copas, tras varias semanas de distanciamiento, he ido a disculpar a Mrs. Kubelik por su plantón. Reconozco que he querido presumir de mi nuevo status, y para exhibirme ante ella me he permitido dejar fuera de servicio su ascensor para enseñarle mi impresionante despacho. La verdad es que la amo y quiero demostrarle que puedo cuidar de ella.

La he hecho reír y parecía contagiada por mi dudoso magnetismo. Pero ahora que vuelvo junto a ella con sendas copas de champán, me la encuentro abrumada de tristeza. Ha estado hablando con la secretaria de Mr. Sheldrake, ¿qué le habrá dicho? Tiene los ojos anegados de pena. Con tal de animarla, me pruebo el bombín que aún no me he atrevido a ponerme. Para que me mire, ella me deja un estuche de palisandro con un espejito en la tapa. Tiene una grieta. Me miro la cara cruzada como por una cicatriz y también a mí se me volatiliza la alegría. Estoy sin chispa, como el champán de una botella que se ha quedado abierta. Parece que en vez de ascenderme, me han degradado.

Y con los vapores del alcohol, se me diluye lo que me quedaba de dignidad.                                           

                                                                                                                                                                                           

martes, 12 de marzo de 2013

LA BESTIA HUMANA


                   


A veces el humo me nubla la cabeza, mi razón entra en un túnel, un pitido horrísono me zumba en los oídos y se me descarrila el sentido: por algo soy maquinista ferroviario. Mi destino es tan fijo como una locomotora sobre las vías de dirección única, pero directamente al desastre. Porque cuando sufro esos accesos de locura, el dolor me convierte en esclavo de un señor vestido a la antigua que me ordena matar a quien más quiero, al más cercano. Peor que el perro adiestrado para atacar al cuello, marcado por una tara hereditaria, desde que nací estoy abocado a la locura homicida. Por eso el amo que durante esos instantes me tiraniza y me obliga a apretar y apretar el cuello de la víctima tiene unos rasgos tan parecidos a los míos, el rostro y el aire de familia de todos los locos y alcohólicos que he tenido por antepasados y me han convertido en un monstruo condenado a estrangular a quienes amo.

Me ha pasado esta tarde con Flore, la hija de mi madrina, una joven que pese a la diferencia de edad y a la experiencia de mis ataques, quiere casarse conmigo, y a la que he tenido que renunciar. Tarde o temprano volverá a dominarme ese canalla tan parecido a mí –una especie de espectro que aglutina a mis antecesores-, y si ella conviviera conmigo sería víctima segura de su crueldad y de mi brazo ejecutor. Aún no he matado a nadie, pero me pasa como a esa gente que acumula varios intentos de suicidio, que alguna vez acabaré por tener éxito.

Quizá para compensar mi imposible relación con las mujeres, amo mi trabajo y mi locomotora, a la que llamo Lison. Me ocupo de la línea París-Le Havre, y nada hay tan emocionante como cuando (ayer mismo) enfilo la vía central, acelero, Lison rompe el viento en un estrépito de hierro y velocidad, aumento la presión de la caldera y a toda máquina trepidamos a través de la libertd y la metálica exaltación del frenesí y de un vértigo solo comparable al orgasmo. Cuando mi compañero Pecqueux atisba más allá de la alameda el techo de la estación de Le Havre, empiezo a frenar y él me enciende un cigarrillo que se podría llamar postcoital.

Puede que esta vez me excediera acelerando, porque la pobre Lison parecía recalentada y un somero examen en la estación nos bastó para saber que se había averiado la caja de eje. Allí Pecqueux me presentó a Roubaud, el subjefe de estación. Acababa de tener un incidente con un ricachón, que al no ser admitido su galgo a bordo, prometió exigir el despido de Roubaud en las altas esferas. Nos dijeron que tardarían treinta y seis horas en reparar la locomotora, de modo que pensé venirme a Bréuté para visitar a mi madrina y a Flore.

 Aún conmocionado por lo que he estado a punto de hacerle a Flore aquí al lado, en el trigal, ahora aguardo el tren que viene de París y me devuelva a Le Havre, para mañana volver a la capital con Lison ya reparada. Qué cerca he estado de estrangular a Flore; aún puedo sentir en mis dedos la inminencia de su muerte, su nuez palpitante como un polluelo recién salido del cascarón. Solo el paso de un tren, recordándome mi trabajo –mi gran consuelo y último recurso-, me ha librado de ese tirano que representa a todos los de mi raza y me ha devuelto las cualidades propias de mi carácter como individuo. Yo no soy un asesino salvo en la medida que mis genes, mis antepasados, lo son.

Llega puntual el tren y saludo a ese loco de Cabuche, que también se dirige a Le Havre. Subo y, como apenas hay viajeros, dejo atrás el compartimento de Roubaud y su joven esposa, y me acomodo en el siguiente, que viene vacío. Recuerdo que mi compañero Pecqueaux, que me espera en Le Havre, anoche me contó que Roubaud y su esposa se dirigían hoy a París para que ésta se entrevistara con Grandmorin, su influyente padrino, a fin de neutralizar las posibles maniobras que contra su esposo pueda maquinar el millonario del galgo. Pecqueux lo sabe porque en París los Roubaud suelen alojarse en su casa, ya que su esposa y la madre de la señora de Roubaud son íntimas desde que coincidieron al servicio de Grandmorin, al parecer, un tipo de moral dudosa. Por la cara que esos dos traen no parece que sus gestiones hayan tenido mucho éxito. Sería muy injusto que Roubaud perdiera su empleo por cumplir con su deber. ¿Qué recurso le queda al débil cuando sus derechos son pisoteados por el poderoso?

Igual que el implacable, obstinado, obsesivo ritmo de la marcha de Lison, me vienen una y otra vez a la mente los ojos de cervatillo de Flore mientras yo le apretaba el cuello… Aunque el trayecto es corto, salgo al pasillo a fumar y me entra una carbonilla en el ojo. Al menos las molestias físicas me hacen dejar de pensar que la única forma de debilitar a mi amo sería suprimir a su esclavo. Se me acerca con ganas de charla la esposa de Roubaud; intentando extraerme la carbonilla con la punta del pañuelo, apenas la miro con el otro ojo, pero me basta para quedar conmovido por su aire de gata de angora –con estilo-, por el lujoso frío que irradia su presencia sutil y fascinante, con una especie de noche aún palpitándole en las pupilas, como si viniera de hacer el amor o de asesinar a alguien. Se vuelve a su compartimento sin que haya estrujado ni una palabra de mi embobamiento.

Antes de bajar al andén, un grito horada el fantasmagórico humo, el revisor resuella por el pasillo y se acerca un gendarme inquisitivo. Voces que se atropellan anuncian que han apuñalado a Grandmorin en un compartimento. ¡El padrino de la Roubaud! ¿Quién iba a decir que venía en el tren?

Somos pocos viajeros, y en una encuesta preliminar el gendarme me pregunta si mientras fumaba he visto a alguien en el pasillo. Noto que en la cara me resbala una especie de lágrima, pero no se trata sino de la súplica nadando en los ojos de esa gata. El silencio se vuelve compacto, o más bien todo lo contrario, tan inestable que me parece despeñarme por él. Por fin respondo al policía que con la carbonilla en el ojo no he visto a nadie, y el tonto de Cabuche irrumpe borracho gritando que le están bien empleadas las puñaladas a Grandmorin, ese corruptor de menores. Los ojos de gata aún me miran, húmedos de gratitud.

Lo que ella no sabe es que amándola yo, corre más peligro que con la policía.