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viernes, 28 de junio de 2013

UNA GRAN PELÍCULA SOBRE LAS PELÍCULAS


                   

Fred lo conoció hace veinte años, en el funeral de su padre, el célebre productor Hugo Shields, cuando él aún no era el hombre de hielo. Lo demostró al inventir sus últimos quinientos dólares en pagar a cincuenta plañideros que dignificasen la ceremonia, y después de haber oído a Fred criticar al difunto se negó a pagarle sus diez dólares. Por la tarde Fred fue a disculparse a la mansión que brillaba en la cima de la colina al ocaso de su gloria, ya que hasta el final había ignorado que él fuese el hijo del difunto. Ambos congeniaron; con el hombre de hielo nunca habría término medio.

Tenían en común el talento, las ganas de trabajar en el cine y la pobreza, puesto que Mr. Shields había muerto después de perder su fortuna y antes de recobrarla. Pero además de deudas el viejo le había legado el orgullo de estirpe y buenos contactos. Fue al intentar reconquistar el imperio de su padre como sus sentimientos se fueron cristalizando hasta hacerlo de hielo.

Fred y él filmaron siete westwern de cartón piedra, aprendieron el oficio y asistieron a ese tipo de fiestas donde con las copas se reparten los papeles de las películas y de la vida. En una de ellas él detectó a Harry Pebbel, el famoso productor ejecutivo a quien su padre había introducido en el negocio. Fred, su novia y Syd, un amigo, lo empeñaron todo para que él pudiera entrar en la partida de póker de Harry Pebbel. El hombre de hielo se dejó ganar seis mil dólares para que Harry tuviera que contratarlo si quería cobrar su deuda de juego.

Así que formando un tándem direstor-productor Fred y él rodaron once dignas series B hasta que con “La Condena de los Hombres Gato” se revelaron como artistas. Habían descubierto el valor de la oscuridad y las metáforas en el cine de terror. En vez de la típica secuela él convenció a Harry de que les aprobara una producción de millón de dólares, una adapatación de la novela “La Montaña Lejana” que Fred había madurado durante años. Incluso logró atraer como protagonista a Victor Ribera “Gaucho”, el galán de moda. El único problema fue que no se consideró a Fred lo bastante capacitado para dirigirla y dejándolo de lado contrataron a Van Ellstein, un experto en manejar grandes presupuestos. No se trató de egoísmo por parte del joven y prodigioso productor, sino de consumar el proyecto de la única manera posible; sin él las ideas –bien es verdad que eran de Fred- nunca se hubieran materializado. Desde luego que no volvieron a hablarse.

Para el hombre de hielo el cine estaba por encima de la amistad.

                    

A Giorgia el hombre de hielo la conoció en casa de su padre, otro mito del cine, el actor George Lorrison. Pero mientras que a él lo había espoleado la pérdida del suyo, a Giorgia la había sumido en un estupor de odio, admiración y complejo de inferioridad ante él. Apabullada por la figura paterna, apenas toleraba el peso de su leyenda entregándose a la ginebra o entre los brazos de hombres que cambiaba en su cama con la frecuencia de las sábanas.

Él ya había creado su propia productora y hasta Harry Pebbel trabajaba para él. Convocó a Giorgia para el casting de un papel secundario y la acompañó Gus, el representante que nunca pasaba de las antesalas. Fue contratada.

Una noche, al entrar ella tambaleándose a su apartamento y difundiendo una vaharada de whisky y colonia masculina, se lo encontró esperándola. La exhortó a dejar de actuar ante sí misma como hija aniquilida por la grandeza de su padre, un papel que la estaba alejando de representar otros mucho más interesantes en el cine.

Giorgia reaccionó, al día siguiente hizo una prueba y en contra de opinión general él le dio el papel protagonista de “Guerra y Paz”. Gus se ahogaba en el pañuelo de la emoción. Él creía en el imán con que en la pantalla ella atraía las fantasías de los espectadores. Antes de empezar a rodar le enseñó cómo debía interpretar, qué ademán y tono de voz determinados requería cada escena. Pero la víspera de que todo empezara a ella la poseyó el miedo de no cumplir las expectativas, recayó en la bebida y por la mañana no se presentó en el plató.

Sin embargo, él volvió a recuperarla. Tenía la certeza de que ella era la actriz ideal para esa película. Comprendió que Giorgia se había enamorado de él y para que se tranquilizara y diera lo mejor de sí misma empezó a salir con ella. Gracias a lo cual ahora podía seguir aleccionándola fuera de los estudios, y en los restaurantes le enseñó cómo bailar, fumar, caminar, y si ella lo miraba arrobada él le prescribía que al día siguiente mirase exactamente así a la cámara.

Tras catorce intensas semanas que ella solo pude soportar con las energías del amor, concluyó el rodaje de “Guerra y Paz”. El estreno fue tal éxito que en la fiesta el firmamento de Hollywood acogió a Giorgia como una nueva estrella. Para que ocupara su lugar, alguna otra habría caído dejando la estela de un recuerdo instantáneo. Ella fue a verlo a su casa porque sabía que al final de cada rodaje sufría la tristeza de la consumación y prefería estar solo. Pero esa noche estaba acompañado: lo consolaba una de las más atractivas extras. No se preocupó de esconderla. Culminado el trabajo, ahora podía decirle que en verdad no la quería, nunca querría a nadie porque todo lo había entregado a su trabajo y fuera de eso no le quedaba nada que ofrecer. No se trataba de egoísmo, sino de materializar el proyecto de ”Guerra y Paz” de la única manera posible; sin él las ideas nunca hubieran dejado de ser solo ideas, aquel guión apenas habría quedado para alimento de ratones e historiadores del cine.

Para el hombre de hielo el cine estaba por encima del amor.

            

Ahora el hombre de hielo se está derritiendo al sol de su ocaso, en la primavera de su fracaso. Ningún banco le da crédito y solo lo financiarían si su próxima película fuera dirigida por Fred, protagonizada por Giorgia y escrita por James Lee Barlow, el novelista al que después de haber perdido a su esposa le dijo que después de todo le vendría bien el accidente de aquel avión porque ella lo distraía de su trabajo.

Ninguno de los tres le dirigen la palabra, pero impulsados en sus carreras gracias al que tanto detestan, Fred ha pasado de ser un artesano a ganar dos Oscars, Giorgia dejó de ser una borracha ninfómana para ser una estrella, y James Lee ha ganado el Pulitzer. Y aunque convocados por el viejo Pebbel se han negado a participar en ningún proyecto de quien les traicionó, ya se disputan el teléfono para enterarse de los detalles. Volverán al despacho de Harry y sin leerlos firmarán sus contratos.

Los tres son esclavos del cine, adictos al innombrable y gélido demonio -¡Jonathan Shields!-, para siempre han quedado Cautivos del Mal.                           
                                      
  

martes, 25 de junio de 2013

DOCTOR STRANGELOVE


Están maquillando al actor de la cara triste, el hombre de las tres sombras; incluso cercado de brazos, el aire que lo rodea está enfriado de soledad, el vacío se le ahonda en las mejillas y tiene los labios fruncidos en un rígido rictus. Por ahora solo ofrece la irrealidad de su reflejo en el espejo: no se cree ni a sí mismo. Para detectarle el brillo de la expresividad y el ingenio de sus imposturas hay que mirarle al fondo de los ojos, donde una lucecita va subiendo del fondo del pozo conforme llega la hora en que Mr. Kubrick empiece a rodar.

                  

El hombre de la cara triste ha elegido la primera sombra: es el capitán Mandrake, un oficial británico que en un programa de intercambio se halla en la base de Burpetson a las órdenes del vehemente general Ripper. De su bigote victoriano y de la mirada melancólica –es decir, inteligente- se trasluce la típica flema, que se le descostra cuando advierte que Ripper pretende provocar una guerra nuclear. Se ha inventado un ataque soviético a Washington para precintar la base, incautar todas las radios y transmitir el plan de ataque Ala R a los treinta y cuatro bombarderos que veinticuatro horas al día patrullan con una carga de cincuenta megatones cada uno. Por casualidad Mandrake ha puesto una radio y ha comprobado que las emisoras transmiten la música ligera de costumbre, lo cual sería inviable de haberse desencadenado la agresión.

Cuando se dirige a Ripper para convencerlo de que comunique una contraorden a los aviones, comprueba que se encuentra ante un neurótico que bajo la máscara de la cordura ha desarrollado un miedo paranoico a los comunistas. Para asegurarse de que sus compatriotas no le frustren el plan y no puedan sino completar su acción si no quieren ser aniquilados por el contraataque, ha ordenado disparar contra todo el que se acerque a la base con la excusa de que serán rojos disfrazados con el uniforme del Ejército de los EEUU. Mandrake redobla sus protestas hasta que Ripper (¡vaya nombrecito!) lo amenaza con una automática. El hombre de la cara triste tiene la expresividad de representar la inexpresividad de Mandrake.

                  

Ahora el hombre de la cara triste ha adoptado la sombra del Presidente de los EEUU. Es un razonable sexagenario con su grave responsabilidad destellándole de la calva y de los cristales de las gafas de concha, que preside una reunión de emergencia en la Sala de Guerra del Pentágono. Está furioso contra el general Turgidson, un acérrimo católico y belicista que mascando el chicle del desprecio le explica la situación.

Poco puede hacer el Presidente, ya que sin saberlo él mismo firmó que comandantes como Ripper gozaran de atribuciones para ordenar un ataque atómico. Obsesionados por la seguridad –casi tan paranoicos como Ripper- los militares han tejido una trama de seguridad de la que ahora son víctima, imposibilitándoles dar la contraorden a los bombarderos, ya a media hora de ser detectados por los rádares rusos. Y es que para evitar tramposas instrucciones del enemigo, los aviones tienen bloqueadas todas las transmisiones no codificadas con cierta clave que solo conoce un Ripper que ha cortado las comunicaciones con su base.

El general Turgidson aconseja extender la acción de Ripper y promete ganar la guerra con poco más de veinte millones de víctimas. Escandalizado, el Presidente se niega: Turgidson manifiesta una apenas velada solidaridad con su camarada Ripper. El Presidente hace llamar al embajador soviético, y telefonea a su homólogo en la URSS y le informa de la posición de los aviones norteamericanos para que los rusos los abatan y no acometan sus represalias. Desesperado, el embajador advierte que de todas formas, si cualquiera de los aviones deja caer la bomba de la que van preñados, se alumbrará la última luz de la vida humana porque automáticamente se pondrá en marcha un arma diabólica que nadie podría detener y sumirá a la Tierra en la oscuridad definitiva.

                  

El hombre de la cara triste ya muestra su tercera sombra: ahora está sentado en una silla de ruedas, se agita con movimientos convulsos y la parálisis de su cuerpo solo se desmiente con espasmos y con la irreprimible tendencia del brazo derecho a estirarse rígido en alto saludando a la romana, por más que con la otra mano intenta evitarlo a toda costa. Es un acto reflejo, un movimiento natural tan arraigado en las profundidades de su ser que ya resulta ineludible. Se trata del Dr. Strangelove (otro bonito nombre), un alemán nacionalizado norteamericano que dirige la investigación y el desarrollo armamentístico.

Consultado por el Presidente, confirma que es factible, y hasta relativamente barata, ese Arma del Juicio Final a la que se ha referido el embajador soviético. Los rusos iban a anunciarla como arma disuasoria en el próximo congreso del Partido. Guturalmente germánico, fulgurantes las gafas tintadas y el pitillo en la mueca de los labios, el doctor Strangelove no puede esconder su complacencia ante el probable exterminio universal. Y además guarda el comodín de la salvación para una élite de dirigentes, quienes podrían prolongar bajo tierra una existencia de reptiles.

                                      

Ofreciéndonos el juego de la irrealidad y después de que hayamos aceptado sus reglas, el hombre de la cara triste nos ha hecho factible el esperpento del doctor Strangelove.

Mientras lo desmaquillan ante el mismo espejo de antes, el vacío vuelve a aflorar a las mejillas de quien ya ha dejado de ser Mandrake, el Presidente y Strangelove; se ha quedado sin sombras y hasta la próxima película no podrá ofrecernos ninguna irrealidad, y por el túnel de su mirada se aleja la luz de la genialidad para detrás de la sonrisa postiza volver a ser el hombre que parece haberse emborrachado de tristeza: Peter Sellers.                    
                                      
                                                                                                                                                                    

sábado, 22 de junio de 2013

SUSANA


                  

La vida cinematográfica del gran maestro del surrealismo cinematográfico deambulaba sin rumbo fijo a mediados de la década de los cuarenta entre rígidos cargos en el MOMA y estudios de doblaje en la Warner BROS cuando en un momento de lucidez resolvió abandonar  en 1946 el país de las barras y estrellas para establecerse en México. El país centroamericano vivía por aquel entonces su bien llamada época de cine de oro con maestros como Emilio El Indio Fernández, Roberto Gavaldón y Fernando de Fuentes en pleno esplendor creativo. Con esta decisión el  genio de Calanda encontró la libertad necesaria para dejar brotar su enorme talento e iniciar un camino plagado de obras maestras.

Si bien su primer film en México fue un producto de encargo con Jorge Negrete y Libertad Lamarque (Gran Casino), no tardó en dotar a sus criaturas mexicanas de un inconfundible sello personal caracterizado por su obsesión por el sexo, la religión y la muerte, su adoración al Marqués de Sade, su pesimismo cruel, su misoginia y tras una primera etapa más moderada dentro de los cánones del melodrama clásico mexicano logró explotar su vertiente más surrealista en películas como Nazarín, Simón del Desierto, Viridiana (a la que considero tan mexicana como española) y El ángel exterminador.

Susana forma parte de los llamados trabajos comerciales que Buñuel decidió filmar tras el enorme éxito mundial de Los olvidados. Gran parte de la culpa de la realización de la película la tuvo el mítico actor mexicano Fernando Soler, divo del cine de oro que ya había coincidido con el cineasta español en El Gran Calavera. Considerada una obra menor alejada del cine más personal del maestro aragonés, Buñuel supo plasmar todo su arte y dominio de la técnica para rodar una película notable poseedora de una fogosa intensidad en la que afloraban los instintos más bajos del ser humano.

Es fácil identificar en la película las principales características del gran melodrama mexicano distinguido por la presencia en el argumento de una temperamental y ambiciosa mujer fatal que perturba la tranquilidad de una familia acomodada a través de un juego de seducción en el que acabarán cayendo todos los miembros masculinos que forman el ambiente hogareño. Sin embargo Buñuel, optó por no seguir los patrones convencionales del género, concediendo a la historia un personalísimo sentido del humor, casi satírico, adornado por una marcada presencia del sexo como motor que mueve los hilos de las actuaciones humanas.

La sinopsis podemos resumirla de la siguiente manera: Tras una noche tormentosa, Susana una atractiva joven que se encuentra recluida en prisión, logra escapar de su cautiverio rompiendo las rejas que la privaban de libertad. En su huida carcelaria, acabará recalando en el rancho de la familia de Don Guadalupe, un acaudalado y honesto terrateniente que vive con su tradicional esposa Doña Carmen y su sobreprotegido hijo Alberto. La casa también cuenta con la presencia de la desconfiada criada Doña Felisa y del fogoso capataz Jesús, la mano derecha de la familia que se encarga de resolver todos los conflictos laborales con eficacia y fidelidad.

                 

Desconociendo la verdadera procedencia de la recién llegada, la familia acogerá a Susana a la que ven como una pobre muchacha que necesita desesperadamente ayuda. Susana utilizará la adulación para ganarse la confianza de Doña Carmen, traicionando la cordialidad de la matriarca para seducir lentamente a los hombres que habitan la finca.

 La joven empezará su juego de conquista con el bisoño Alberto al que apresa adulando su inteligencia, hará el amor con el puro macho Jesús y terminará asediando a la pieza mayor del coto de caza, es decir, Don Guadalupe. El patriarca no podrá contener su pulsión sexual tras observar las maravillosas y estilizadas piernas de Susana, que en un arranque de fingimiento no dudará en destaparlas ante la presencia del veterano cabeza de familia. De este modo el huésped se transformará en un parásito que fagocita la rutinaria vida familiar, exteriorizando la lujuria presente en los personajes varoniles.

En el recorrido de la trama presenciaremos la destrucción de la pacífica convivencia familiar, el despido de Jesús que será víctima de las artimañas de Susana para quitárselo de en medio tras descubrir que el capataz es conocedor de su origen delictivo y asistiremos a las perversas artimañas de Susana dirigidas a ocupar el lugar de Doña Carmen.

La película está plagada de escenas magistrales que se quedan grabadas en la memoria, siendo mis favoritas la de la estratagema de Susana simulando una torcedura de tobillo para provocar sexualmente a Don Guadalupe exhibiendo sus espectaculares piernas, la escena sádica en la que Doña Carmen castiga a latigazos a la descarriada, los enfrentamientos entre padre e hijo que pugnan por el amor pasional de Susana y las maravillosas escenas costumbristas protagonizadas por la criada de la Hacienda, Doña Felisa, que con toda la sapiencia del refranero castellano describe a la perfección los acontecimientos que están teniendo lugar en el nicho familiar.

Buñuel emplea la técnica del melodrama para recrear una historia misógina de pasiones excesivas, dibujando una de las más crueles y divertidas femme fatales del cine, huyendo de la sensiblería para construir una historia turbulenta, compleja y tremendamente entretenida en la que rediseña los esquemas del melodrama para llevar la trama a su sátiro terreno.

Destacable es la académica fotografía en blanco y negro de tenebrosos cielos y magníficos planos de exterior conjuntados con intimistas planos interiores que reflejan a la perfección las pasiones de los personajes. Igualmente es impresionante  para la vista la belleza salvaje de Rosita Quintana, que estimula la emanación de feromonas masculinas en cada primer plano de su agraciado cuerpo.

Si bien el final de la película opta por el convencionalismo y el triunfo de la virtud sobre las pasiones, Susana es un melodrama atípico, de un estilo burlesco que no ha pasado de moda y que hará deleitarse a aquellos espectadores que deseen disfrutar de una historia turbia dotada de un alto contenido erótico (para la época) que bebe de los libros de picaresca del siglo de oro de la literatura española. Una obra a descubrir para los que desconozcan el maravilloso cine comercial de la etapa mexicana de Don Luis Buñuel Portolés.

Autor: Rubén Redondo. 

miércoles, 19 de junio de 2013

LA FIERA DE MI NIÑA




                  

Del poco tiempo que lleva en EEUU lo que más le ha gustado ha sido el delicioso sabor de los patos, las gallinas y hasta el cisne que pudo devorar después de que Susan embistiera con su deportivo a la camioneta de la granja agrícola. A los humanos Nueva York les parece una ciudad frenética, pero mucho más lo era el lugar de donde él procedía, la selva del Amazonas, donde lo había cazado Mark, el hermano de Susan, que se lo había enviado a ella después de ser amestrado y convertido en un manso leopardo aficionado a la música ligera. Ya apenas echa de menos la jungla, aunque allí la vida fulguraba bella y rauda como un relámpago: un golpe de viento con el rastro de un ciervo, una jadeante carrera, el vértigo del ansia y la vorágine de sangre.

En Nueva York es Susan quien más se parece a una fiera. Voltea las más simples situaciones, revoluciona la vida y libera de la realidad una fuerza centrífuga que desata en torno a ella un remolino de equívocos y confusiones. Allá donde vaya parece precederla un torbellino de nervios que todo lo arrolla a su paso, es una joven rodeada de piernas y brazos. Por lo demás, se trata de una frívola y veleidosa heredera que ahora se ha encaprichado de David, ese contrito y despistado paleontólogo.

Lo conoció ayer y ya está haciendo todo lo posible para boicotear su boda con la secretaria del museo, prevista para hoy mismo. Baby, el leopardo, estaba hecho a la promiscuidad selvática y a los devaneos de las clientes con los guías de caza, pero nunca ha visto a ninguna fiera tan implacable como Susan, cercando a David con su palabrería, promoviendo en torno a él un remolino de accidentes que lo desvíen de su camino. ¡Parece azuzar contra su tranquilidad a todos los imprevistos del mundo!

Por cierta conversación telefónica con una amiga, Baby supo cómo la víspera se las había arreglado para sacarlo de quicio y colocarlo en una situación insostenible respecto a Mr. Peabody, el abogado de la benefactora que pensaba donar un millón de dólares al museo si su asesor aprobaba el carácter de David.  Susan arruinó la partida de golf de David con Peabody, lo obligó a una salida poco airosa del club –rasgados los faldones traseros de sus respectivos atuendos- y por la noche hasta lo hizo pasar por vándalo cuando fue ella quien hizo blanco en la cabeza del abogado mientras intentaba llamar su atención lanzando piedrecitas al cristal de su dormitorio.

No se necesita ser un astuto leopardo como Baby para saber que ella pretende embrollar a David en una madeja de equívocos, enredarlo en su trama de discusiones para evitar que acuda a su cita en el altar. Y alguien tan ensimismado y torpe como él resulta su víctima ideal; proclive a todo tipo de accidentes, amigo del yerro y del suelo, inadecuado a la vida, está más condenado –piensa Baby- que un mal tirador ante cualquiera de sus congéneres.

Para atrerlo a su apartamento, esta mañana Susan simuló ante David que le atacaba el leopardo, y él llegó apurado con su hueso de brontosaurio bajo el brazo. Aunque se casaba pocas horas después, ella se las arregló para arrastrarlo aquí, a la mansión campestre de su tía en Conneticut. En el trayecto Baby se ha deleitado con su banquete de volatería. Y ahora, en el establo, mientras devora su ración de solomillo, George, el perro del que se ha hecho íntimo, le cuenta cómo Susan ha enviado el traje de David a la tintorería mientras se duchaba y aprovechando que se ha enfundado en un salto de cama lo hace pasar por chiflado ante su tía, que ha resultado ser la mecenas del millón de dólares. Y para colmo el perro, aliado de Susan, le ha robado su preciado hueso de dinosaurio. Todo parece conjurarse contra el matrimonio de David.

En un rugido Baby da a entender que las irregularidades de los caracteres de ambos están predestinados a ajustarse, verlo todo al revés los hace complementarios y de todos modos Susan es una fiera que nunca dejará escapar a su presa.            
                                                                                           

domingo, 16 de junio de 2013

LA MEJOR PELÍCULA DE CIENCIA FICCIÓN


                   

Solo en la noche, el abandono desprendiéndose de sus pasos, el larguirucho de traje gris y ascético rostro arrastra por la calle su desamparo y la maleta, mirándolo todo con el extrañamiento de un forastero, como si estuviera en Washington por primera vez. Se le nota desajustado con el mundo; lleva una cara que en mucho tiempo no parece haber visto a un amigo. Del sarcástico asombro con que ahora mira en torno se evidencia que viene de muy lejos. En los visillos iluminados por cálidas luces se agitan siluetas en torno a las mesas puestas; después todo, quizá solo le sorprende lo temprano que se cena aquí.

Por las ventanas entornadas resuenan los noticieros: ha huido del hospital el alienígena que la víspera salió del platillo volante aterrizado en el parque, junto al Capitolio. Los rádares habían captado su frenético acercamiento a la Tierra a seis mil kilómetros por hora. La histérica multitud vio cómo se deslizaba de la nave una escala automática que daba paso a cierta figura humana enfundada en una especie de escafandra.

Al larguirucho de la maleta parecen hacerle gracia tales noticias enunciadas con voces tan tremendistas. Al fin localiza una pensión al parecer con habitaciones disponibles y se adentra en el vestíbulo sin encontrar a nadie. Todos se encuentran en la sala, viendo la televisión con el aliento en suspenso; hasta se han olvidado de encender la luz. El locutor refiere que uno de los soldados del cordón que rodeaba el platillo disparó sobre el extraterrestre sospechando de uno de sus movimientos. Dispuesto a defenderlo, salió de la nave un autómata gigante, blindado de un metal inexpugnable, que con otros tantos rayos que emitió desde la ranura de su casco desintegró una metralleta, un cañón y hasta un tanque. Lo inmovilizaron unas palabras del extraterrestre, antes de que se lo llevaran al hospital del que acabaría por fugarse.

En la sala de la pensión el forastero nota el ambiente ensanchado por las respiraciones contenidas de los inquilinos, que ahora se sobrecogen al ver su figura perfilada en la penumbra. Se serenan cuando él se presenta como Mr. Carpenter y le demanda un cuarto a Mrs. Crockett, la casera. Alguien enciende la luz. Carpenter conoce a los demás y se queda absorto en Mrs. Benson, una joven viuda que a su vez, desde su convulsa belleza, cava con los enormes ojos oscuros en la profundidad del misterio de Carpenter.

En el desayuno los inquilinos siguen espantados por la visita de los marcianos, a excepción de Mrs. Benson y Carpenter, que aventura que quizá vengan en son de paz. Entre ambos fluye tal confianza que ella le permite hacer de canguro de su hijo Bobby, un despierto niño de ocho años que mientras su madre sale con su prometido, le enseña a Carpenter la ciudad. También van al parque a ver la nave, y Carpenter le explica a Bobby detalles sobre su propulsión, velocidad y aterrizaje. Para pagar las entradas del cine el hombre le cambia al niño dos diamantes por un par de dólares. Además, visitan al eminente profesor Barnhardt y como está ausente, Carpenter resuelve una ecuación de mecánica celeste que el científico tiene planteada en la pizarra de su despacho. Con ello pretende llamar la atención del profesor y le deja sus señas a la asistenta.

De vuelta a casa un agente del gobierno se lleva a Carpenter. Todo esto desconcierta a Bobby, que no sabe si tomarlo por un ingeniero o un ladrón de joyas; a su madre, cada vez más fascinada por él, y a Tom, su prometido, celoso del desconocido.

En las noticias se refiere que aún no han capturado al hombre del espacio. Se rumorea que éste pretende comunicar algo a los dirigentes del planeta, pero que las discordias entre estos impiden siquiera concertar una reunión conjunta. En efecto, la Guerra Fría está tan caliente que en cualquier momento puede desatarse una conflagración nuclear. Los comentaristas más disolventes elucubran si el marciano no habrá venido a advertirnos de que esto puede destruirnos a todos.

Carpenter vuelve a la pensión (el agente del gobierno solo lo condujo al despacho de Barnhardt, donde se encerró con él más de dos horas) y todos siguen subyugados por su misterio, que lo sigue como un perro fiel y peligroso. Esa noche Bobby lo sorprende saliendo a hurtadillas de la casa y no puede resistir el impulso de ir tras él. Carpenter se dirige al parque. Tras un árbol espía el operativo de vigilancia de la nave. Bobby ve cómo el robot gigante se activa y pone fuera de combate a los policías. Carpenter le imparte unas órdenes en un idioma ignoto, que hacen descender la rampa automática, e ingresa a la nave.

Ha traído el “Ultimátum a la Tierra”.    
                                      
                                  

jueves, 13 de junio de 2013

EL BILLETE DE LOTERÍA DE STENDHAL



                  
                                 

Si mi clarividencia para anticipar el futuro y detectar hasta el último fantoche del mundo ultraterreno no hubieran hecho de mí, Madame Paravicini, la más renombrada médium y pitonisa de Roma, pensaría que yerro en mi convicción de que el tal Henri Beyle, ese oscuro vicecónsul de Francia en Civitavecchia, será inmortal.

Me lo cruzo cada tarde en el paseo del puerto, cuando salgo de mis aposentos camino de algún palacio donde se requieran mis contactos con el más allá y él se dirige a su despacho en la legación. Ya resulta penoso ver de lejos su oronda levita remolcarse contra las salpicaduras de las olas, la bufanda revoloteando a la brisa glacial. A cada paso parece envejecer, y su cuello acortarse entre los protuberantes hombros. A modo de saludo se sujeta un ala de cuervo del sombrero. Hunde los ojos, tan separados como los de un caballo y enmarcados por esas patillas de bonachón que desembocan en la zafia sotabarba, y no puede dejar de lucir la estolidez de su maxilar, el flácido aburrimiento de sus mofletes y la tristeza pudibunda de la boca. Si me vuelvo, veo su espalda encorvada alejarse con andares de palmípedo hacia el horizonte encrespado de Civitavecchia y hacia un futuro de expedientes sellados, partidas en el casino y arduas digestiones. En resumen, la insignificante estampa de un patán embotado por la inercia.

Y sin embargo, agraciada no solo con el don de invocar espíritus sino también con el de distinguir las fugaces figuras que se sustancian en torno a la testa de los hombres, atisbar en esa bruma donde se trasparecen sus recuerdos, deseos o fantasías, estoy segura, aunque ignore el motivo, de que ciertas estampas que se trasparentan en esa niebla harán de ese mustio quincuagenario el hombre más célebre de nuestro tiempo.

Ya me he informado en umbrales y estrados de las peculiaridades de su carácter. De espíritu frívolo y costumbres ateas, solo la impía Francia ha podido incluirlo en su embajada en los Estados Pontificios. De semejante descreído estrujaré burla en vez de dinero si le hago saber mi halagüeña predicción. Varios mayordomos me han hecho saber que en los salones intenta brillar con anécdotas de su pasado que acaban por iluminar su torpeza.

De su juventud como subteniente de dragones provienen los nevosos paisajes escarpados y campiñas meridionales que como lienzos a veces se despliegan sobre su pelo de caracoles. Serán los recuerdos de su paso por los Alpes y sus marchas por la Toscana. Otras veces son óleos y frescos renacentistas los que en el aire se difuminan a su paso, como testimonio de su afición a la pintura. La cual solo ha aprovechado para plagiar una monografía sobre pintores italianos. También suelen materializarse, para al poco desvanecerse en esa instantánea estela de niebla, los escenarios de los mejores teatros de Europa. Parece que sus autores de ópera y teatro favoritos son Mozart, Cimarosa y Shakespeare, unos desconocidos que en ninguna época serán apreciados. 

Las tardes soleadas se le pintan alrededor múltiples figuras femeninas que lo transfiguran de alegría y tristeza. Se corresponden a las diez o doce amantes que ha querido sin ser del todo correspondido y aún le hacen muy feliz, pero también infeliz. Contemplándolas, el desgraciado pone cara de poeta o borracho, y muy pronto también estas imágenes se diluyen como pinturas corroídas por la humedad.

Sin embargo, hay ciertos fantasmas que algunos días se le corporeizan en torno y se concretan con una nitidez y un esplendor de la que carecen no solo las efigies de sus odiados padre y tía, sino la de sus mejores amigos y hasta la de su adorado Napoleón aquella fría mañana que pasó revista a los dragones a orillas de un riachuelo helado. Estas imágenes se me revelan tras un imperceptible aleteo en el aire, una agitación que estremece toda la atmósfera del paseo y a él le colorea las mejillas y le anima los ojos con una inédita vivacidad. Me refiero, entre otras, al fantasma de un serio y agraciado joven que lee a hurtadillas en el rechinante aserradero de una pequeña ciudad montañosa, al mismo que en un banco ahora coge secretamente de la mano a una dama en un jardín nocturno, luego cabalga marcial una yegua árabe engalanado con un uniforme de gala de charreteras amarillas, y sucesivamente se desmaya en un seminario de austeras bóvedas, escala el balcón iluminado por una cálida luz de un palacio donde lo aguarda una joven, y acaba disparando en una iglesia a la dama cuya mano había asido. En todos estos cuadros vivos predominan dos colores: el rojo pasión y un negro fúnebre. Los colores de la ruleta y de la vida.

A diferencia de las otras, ninguna de estas escenas se difumina, y aunque ignoro a qué época de la vida del vicecónsul pertenecen (¡es imposible que él fuera ese joven tan apuesto!) ni qué clase de mérito suponen por su parte para alcanzar tamaño premio, me consta que, más allá de la ruleta, le harán ganar “la lotería de la inmortalidad”.
                                      
                                      

domingo, 9 de junio de 2013

LA PASIÓN CIEGA



                   
                 

Si EEUU es el país de las oportunidades, soy un patriota. Lo que quiero es tener una, aun a costa de conducir este camión dieciocho horas al día y estar las otras seis a un volante imaginario que ya nunca podré soltar, comido por el hambre y el sueño, mugriento y exhausto, por malas carreteras donde a veces se disuelve el polvo de mis sueños, transportando la carga de frutas y de mis ilusiones a través de los climas y paisajes de este país de ensueño que para la mayoría es una pesadilla.

Iniciativa y voluntad no me faltan. Tengo la cabeza más dura que la carrocería del camión, gasolina en las venas y los ojos como faros siempre puestos en la raya blanca del asfalto, la frontera de la supervivencia. Mi hermano Paul había empezado a acompañarme. Desde que se había casado con Pearl era más partidario de la seguridad del asalariado, mientras que yo, inconformista, aspiraba a contraer las preocupaciones del empresario y soñaba con terminar de pagar ese camión para comprar otros dos o tres y hacer fortuna. Aun ahora sigo creyendo que estoy condenado al éxito.

Por entonces aún trabajábamos para Williams, llevábamos un cargamento de manzanas a Los Ángeles y aunque estábamos cerca, en la 99, nos vimos en un apuro. El Ford de unos juerguistas me obligó a dar un volantazo y en la cuneta destrozamos una rueda delantera. Las manzanas tenían que estar para la noche en el mercado. Fui caminando hasta el bar de Barney para telefonear a Williams y exigirle que nos mandara algo de los trescientos dólares que nos debía, para comprar una rueda y cumplir nuestro horario de entrega.

Williams prometió hacerlo a regañadientes. Corrían rumores de que era un aprovechado y que especulaba con el trabajo de los más apurados. Al rato llegó Paul al bar de carretera con el problema resuelto: en un taller le habían fiado una rueda de segunda mano. Me fijé en lo atractiva que era la nueva camarera de Barney, una pelirroja bien despierta y de fiar. Lo demostró cuando unos colegas nos avisaron de que venía Farnsworth, el prestamista, y ella nos dejó escondernos de su lado de la barra y lo despistó. Debíamos tres plazos del camión y tenía derecho a embargárnoslo, pero antes tenía que encontrarlo (seguía en la cuneta) o sorprendernos a nosotros. Sin camión soy tan inconcebible como una tribu apache sin búfalos.

Aliviados, nos disponíamos a cambiar la rueda y concluir el trabajo cuando nos tropezamos con Dawson, otro empleado de Williams. Resultaba que el jefe le había encomendado recoger nuestra mercancía y así no tener que pagarnos. Ya que no queríamos que Dawson perdiera su trabajo, le dejamos hacerlo y nos dirigimos a la oficina de ese miserable que además le habría filtrado al prestamista que estábamos en lo de Barney para dejarnos fuera de circulación. Aunque encontramos a Williams contando un fajo de billetes, se quejó de falta de liquidez, nos prometió ilusorios transportes y por la fuerza tuvimos que exprimirle nuestros trescientos.

Nos dirigimos a casa. Llovía. Para pasar las millas, mientras que Paul seguía ansioso de ver a Pearl, yo jugaba a decidir a cuál de mis amiguitas llamaría al día siguiente. En el amor también era partidario de la aventura y la libre iniciativa. Siempre he tenido suerte con las chicas. Últimamente me perseguía Lana, la esposa de Ed, un viejo amigo que con el tiempo ha llegado a ser un próspero empresario de transportes. Pero hay bastantes mujeres en L.A. como para tener que traicionar a un amigo. Sin embargo, justo entonces ocurrió algo que me haría cambiar mi relación con las mujeres.

Recogimos a una chica que resultó ser aquella camarera pelirroja de Barney. Con lo desenvuelta que era, en la rigidez de la cara se veía que le iba mal; por azaroso que pareciera su pasado, había una luz en el fondo de sus ojos que te decía que no había en él ninguna zona oscura. La fui conociendo en el trayecto. Ahora sin trabajo –no le gustaba el largor de las manos de Barney-, ni ahorros o planes definidos, sin embargo Cassie (¡qué nombre tan bonito!) se armó de ánimo contra la incertidumbre e hizo un par de chistes. Igual que las luces del camión, su valor pareció alumbrarnos el camino.

Paramos a cenar y nos cruzamos con Harry MacNamara, un colega que acababa de pagar su camión con miles de horas de sueño; las ojeras le colgaban como vigas de los párpados y ya era inmune al café. Partió poco antes que nosotros y a las pocas millas vimos su camión zigzagueando como un borracho por el medio de la calle. Intentamos avisarle en la recta, pero a la primera curva se precipitó por una ladera y aunque corrimos a sacarlo de la cabina las llamas hicieron estallar el camión. Parecía que lo hubieran bombardeado. Fue cuando advertí que me había enamorado de Cassie. No ya porque lamentara que tuviera que presenciar aquello, sino por lo difícil que ahora me resultaría convencerla de que se casara con un camionero.

Dejé a Paul en su casa y la acompañé a una casa de huéspedes de confianza. Si logré que aceptara un pequeño préstamo fue porque ella sabía que no tardaría en encontrar trabajo y me lo devolvería. En todo caso pareció romperse alguna cuerda en su armonía interior, ya que su voz se astilló y los ojos se le nublaron. Aquella luz de su mirada pareció empañarse de humedad. Le había emocionado mi generosidad. Aunque tenía buen humor y mucho ánimo, bajo su desenvoltura es muy sensible.

Intentó echarme del cuarto; sin embargo, pasé la noche con ella. Y es que, agotado, me quedé dormido en su cama mientras ella se instalaba, y la pobre tuvo que pasar la noche en el sillón.

Por la mañana me crucé con el bueno de Ed, ese magnate de los transportes cuya esposa, Lana, la típica morena sombría, no deja de agobiarme. Ella me priva del sol cada vez que la encuentro. Todo lo contrario que Cissie, que irradia sobre mí una luz y un esplendor de mediodía de verano.

Después de volver a rechazarle una oferta de trabajo, le conté a Ed mi idea de comprar con Paul las próximas cargas por nuestra cuenta y quedarnos con los beneficios. Fue tan amable que me facilitó la dirección de un granjero que necesitaba vender sus limones. ¿Cómo voy a engañar a un tipo así? Que haga chistes malos no es motivo sufieciente.

Fui a recoger a Paul y efectuamos con ventaja el negocio de los limones. Pagamos al prestamista: nuestros asuntos arrancaban con el ímpetu de un camión con el motor nuevo. Pero cuando veníamos de vuelta, conmigo de copiloto, Paul debió dormirse poco después que yo, porque nos despeñamos por una hondonada. Mientras que yo tuve la suerte de salir diaparado por la puerta, Paul ha quedado gravemente herido y ahora mismo lo están operando. Pearl viene de camino: cuando me mire la cara se me va a despedazar por haber metido a Paul en el negocio… Ojalá me despertara en el asiento del camión, Paul ciñera el camión a la siguiente curva y todo hubiera sido una pesadilla.

A veces incluso el sueño americano deja cenizas de pesadilla.

  

jueves, 6 de junio de 2013

LA CIUDAD FAVORITA DE WOODY ALLEN




                 

A los cuarenta y dos años, yo, Isaac Davis, estoy seguro de tres cosas. Primera: que en el amor soy más inseguro que Hamlet o Kafka. Segunda: que ninguna mujer me va a aguantar ni la mitad de lo que Isolda tuvo que aguantarle a Tristán. Tercera: que mi musa es esta ciudad de mis sueños y mi realidad, sofisticada y romántica como mi mujer ideal, lejos de cuyas calles no podría escribir ni una palabra, sin cuya polución sería incapaz de respirar.

Poco más concluyo de este crepuscular paseo por el parque, salvo que después de haber desertado de mi trabajo en la tele, donde además de a mí mismo he alimentado las risas de los espectadores, pediría a Dios de rodillas que el libro que estoy escribiendo fuera un éxito, si es que creyera en Él o no hubiera en el suelo tantas hojas embadurnadas de excrementos de perro. Dependen de mi cuenta corriente el analista, mis dos ex, mi hijo Willie y hasta papá, que sin mi suplemento no podría permitirse la primera fila en la sinagoga y sería alejado de la gloria y la misericordia divinas… Por lo demás, a veces me siento como ahora, tan desnortado como si estuviera en una película de Woody Allen y aún no recordara en cuál.

La cuestión se planteó hace un par de meses, cuando quedé tan fascinado por “Lolita”, esa melancólica novela de Nabokov, que empecé a salir con Tracy, una chica de diecisiete. Me fue fácil hechizarla con mi toque sarcástico y misántropo, mi inmaduro pero intelectual encanto, el típico aire de paranoico experto. Por no hablar de mi irresistiblemente canija figura, coronada de una rala cabellera y, más abajo, de la mirada fulmínea que tras los cristales de mis gafas con montura de concha alumbra como un faro la más fotogénica ciudad de la historia. Y quizá el analista se está excediendo en potenciar mi narcisismo; querrá asegurarse de cobrar sus facturas. O solo intenta que yo supere que mi segunda ex se haya hecho lesbiana por no volver a tratar con ningún hombre después de mí.

Para apretarle los nudos que la sujetaban a mí, le repetía a Tracy justo lo contrario de lo que pretendía que pensara: que un viejo como yo solo era un episodio en su vida y que no debía tomarme en serio. Como hago con todas mis chicas, se la presenté a mis mejores amigos, Yale y Emily, y varias veces salimos los cuatro. Gracias a que Emily prefiere no enterarse de las infidelidades de él, pasan por ser la pareja más estable de mi círculo. El último ligue de Yale era Mary, una atractiva periodista divorciada. Coincidimos en una exposición y me cayó peor que Mozart a Salieri. En todo me llevaba la contraria y cuando defendió con sus tecnicismos la única pieza que a mí me había disgustado, me sentí tan frígido y derrotado como Hitler en el invierno soviético.

Sin embargo días después Mary y yo coincidimos en una fiesta y ya me pareció encantadora, una ecuación de belleza e inteligencia cuya incógnita yo despejaría mucho más rápido que Yale. Pudo hablar de Bergman durante casi media copa. Nuestras discrepancias nos hicieron congeniar, incluso la acompañé a pasear a su perro salchicha y a través de las avenidas de la noche le estuve hablando de mi novela hasta el amanecer. Inspirado por ella y por las calles en blanco y negro más amadas por el cine, me expresaba con una lucidez que me hizo lamentar no llevar una libreta para acabar de escribirla en cualquier banco.

Con lo que me gustan los melodramas –sobre todo si son de Douglas Sirk-, al día siguiente telefoneé a Yale por si había dejado de querer a Mary. En todo caso ella no quería prolongar una relación con un hombre casado; no le gustan los líos: es de Filadelfia. Mary yo salimos otro día. Sorprendidos por una tormenta, nos refugiamos en el Planetario y ataviada de lluvia la encontré tan atractiva que la hubiera tendido sobre cualquier cráter como un alienígena pervertido. Por supuesto no le hablé de Tracy. Para librarme de ésta la animé a irse a Londres a estudiar Arte Dramático; yo no podría acompañarla porque soy alérgico al té y me dan vértigo los autobuses de dos plantas.

Ahora hasta Yale, que no quiere hacer daño a su esposa, me anima a salir con Mary. Reconozco que ella tiene el equilibrio emocional de Silvia Plath, pero la quiero. Me pregunto qué pasará cuando les presente a Mary a Yale y Emily, para salir los cuatro igual que con mis anteriores parejas. Esto se parece cada vez más a una película de Woody Allen; este tipo de cosas solo pueden pasar en la la ciudad que soy y amo, Nueva York, y sobre todo en esta tramoya de mis tramas y traumas que es Manhattan, Manhattan, Manhattan.                          

                                    

martes, 4 de junio de 2013

EL ÚLTIMO ROMÁNTICO




El arabesco en el paso, una tirita en la mejilla y el fracaso como un glaciar que se le derrite desde las pupilas zafiro turbio para volver a solidificarse en las ojeras, el cuarentón se escora hacia el bar de Sunset Boulevard como un velero descuadernado hacia el puerto. El pelo rubio ceniza y el enfermo traje de alpaca conocieron mejores tiempos. Lo reciben las carcajadas de un corro de actores, y a sus espaldas un productor se escabulle para evitarlo. Él ya sabe que su trabajo de guionista barato promueve piedad e irrisión.

El quinto (¿o sexto?) Old Fashioned de la tarde –tampoco este barman sabe prepararlos como los de antes- le insinúa en el oído, bajo esta música de moda, una de las románticas canciones de Gerswin que en aquellos bailes de Princeton al aire libre se enamoraban de la brisa, cuando con el nivel de las botellas bajaban las luces de los farolillos y como estrellas fugaces los deseos relampagueaban en una penumbra propicia a los besos que naufragaban a orillas del alba. Fue una época que vivió y describió en su primera novela.

En una de aquellas fiestas conoció a la mujer de su vida, que un amanecer se adelantó desde el estrado como una diosa antigua recién salida del mar. Para él ella fue la gloria y después el tormento, la rosa y el invierno, la lluvia y la sequía. La llamó Nicole en otra novela que transcurría en la Riviera, en París, en Suiza. De las mansiones de Cannes a las clínicas mentales de Zurich. El protagonista, Dick, era un psicoanalista cuya propia psiqué terminaba rayada por la piedra de la locura de su esposa y paciente. Cuando se palpó el bolsillo para asegurarse de que podía pagarse otro Old Fashioned, le crujió la carta recién recibida del sanatorio de Berna.

Aquel Dick era tan romántico como este otro personaje que ahora se le transparenta en el ambiente del local, el millonario que misteriosamente se había labrado una fortuna de la nada para ponerla a los pies de Daisy, una mujer que no lo merecía, aunque ninguna hubiera estado a la altura de los sueños de él, cuya espuma se derramaba fúlgida como la del champán.

Ve en el espejo de la barra el revoloteo de una mariposa que ha entrado por el resquicio del ventanal; es blanca y con lunares azules y dorados, y vuela tan tenue y grácil y maravillosa que parece imaginaria. Mientras escribía aquellas novelas aún gozaba de la juventud y el éxito como para tolerar toda la ginebra y la felicidad posibles. Menos aquella vez que tuvo que pedirle al chófer que se detuviese y corrió a una esquina a llorar porque había comprendido que ya nunca, nunca, sería tan feliz como entonces.

En su particular crack ardió el decorado de su fantasía y las palabras se le hundían entre las teclas de la máquina de escribir. Quizá por el humo de los cigarrillos la mariposa se posa en el cuero rojo de un taburete, se aletarga y permanece inerte, acaso muerta. El aliento de la brisa le inspira por la cristalera la idea de escribir sobre Irving Thalberg, el último magnate de Hollywood. Un personaje que será otro romántico incurable, como él mismo, que ya anota ideas en una servilleta de papel. La mariposa agita las alas, asciende y sus alas vuelven a encender el ambiente de maravillas.

Él no sabe que aunque la novela se publicará –incompleta- nunca podrá ver su nombre inscrito en la portada: Francis Scott Fitzgerald.