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domingo, 28 de julio de 2013

LA MEJOR ACTRIZ DRAMÁTICA


                 

Pese a las reservas del doctor Crawford sobre aquel vuelo transoceánico, la actriz del carácter de acero, ya a una edad que a cualquier otra le valdría el calificativo de anciana, hecha a solo obedecerse a sí misma, tras una breve escala en Nueva York y otra en París, a ambos lados del abismo de un vuelo que no obstante hizo sin problemas, llegó a San Sebastián el dieciséis de Septiembre. Los diques de los analgésicos y de su temple controlaron la marea del dolor y del agotamiento propios de la llamada por la prensa “larga y penosa enfermedad”.

Sin ser especialmente bella, había toda su vida sufrido demasiado hasta escalar a la cima de su profesión, arañando cada terrón de la subida, para que ahora ninguna dificultad hiciera lo que solo había logrado William Wyler, doblegarla –aunque fuera por su bien-, hacer maleable su carácter de acero. Había aceptado el modesto premio Donostia para despedirse como quería del cine y de la vida: siendo aclamada por su público.

Sin embargo, aparte de los aún atónitos organizadores, que hasta entonces solo la habían visto en dos dimensiones, nadie la había reconocido en el trayecto hasta el hotel. Apenas la había recibido un cielo que se burlaba de ella con sucesivos chaparrones (¡la llegada al verano de España se había convertido en un viaje de invierno!), y ahora que se asomó a la ventana apenas vio a varios fanáticos de alguna de aquellas fugaces estrellas de la actualidad.

Para defenderse del desánimo y de un acceso de las náuseas que aún le acosaban tras el último ciclo de quimioterapia, a la actriz del carácter de acero no se le ocurrió sino prenderse un cigarrillo. Desde la suite se oía el trajín de su secretaria deshaciendo las cuarenta y tres maletas. Por lo que fuera, no se había privado de traer todo lo que apreciaba, sendos Oscars incluidos. ¿Acaso creía como los faraones que podría llevarse aquello en el último trayecto, aquel verdadero viaje de invierno, que el doctor Crawford, con la vista abajo, le había previsto para dentro de pocas semanas? Pero también quería irse con los oídos resonantes de aplausos, y sin embargo, observando su propio reflejo en el cristal acribillado por las gotas, sucumbió al miedo de que para ella ya había empezado el olvido.

Los enormes ojos celestes eran lo único duro que ahora le quedaba a aquel rostro, por primera vez frágil, que dejó de mirarse a la primera dentellada del tiburón del dolor. Bajo la peluca castaña se arrancó un mechón del ralo pelo que le quedaba, y cuando estaba al borde del grito, a punto de resbalar la primera gota fundida del templado acero de su carácter, la salvó la indignación contra sí misma. El mismo arrebato que en los rodajes fundía los focos, averiaba los micrófonos y confundía a sus colegas, ahora se revolvió contra su propia debilidad. Pudo alcanzar el pastillero, tomó dos analgésicos y encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior.

Igual que a lo largo de toda su carrera, supo domar los caballos salvajes de su temperamento, canalizar a su favor toda la energía de su furia. Cuántos años no tuvo que vagar por la Universal sin que le ofrecieran un papel digno de ella. Más adelante, los indómitos personajes que la hicieron famosa también se habían impuesto a su mundo con su misma firmeza. De hecho, el carácter de todas aquellas damas parecía templado por un acero idéntico al suyo.

Por ejemplo, aquella impulsiva señorita sureña que insistía en engalanarse de rojo pasión para incendiar de celos a su prometido, y acababa por perderlo (¡la voluntad también puede ser autodestructiva!). Fue la primera de sus colaboraciones con Wyler, el director que la había convertido en la mejor actriz dramática de siempre, de nunca, imponiendo su imagen de mujer pérfida y fatal, que sacrificaba al orgullo hasta su propio amor y felicidad.

En la segunda película con Wyler incorporó a la esposa del propietario de una plantación en Malasia, que por celos asesinaba a su amante y obligaba a su abogado a mentir con tal de salvarse de la horca; y en la tercera a una perversa dama sureña que corrompida por la codica y la frustración amorosa, dejaba morir a su esposo de un ataque al corazón.

Olvidada de todo aquello, en vez de mirarse en el cristal contra el que se suicidaban las gotas de lluvia, ahora la actriz del carácter de acero lo hacía en el espejo del tocador, donde fiel a sí misma se probaba una peluca tras otra y ensayaba sombras de maquillaje sobre las cambiantes expresiones de su semblante, para preparar su próxima gran actuación, la última, en la entrega del premio Donostia.

Cuando su secretaria le dijo que había salido el sol volvió a asomarse al exterior, abrió la ventana y comprobó que aquel grupito de gente que ya era multitud no aclamaba a ninguna estrella fugaz, sino a la actriz del carácter de acero: Bette Davis.       

  

sábado, 20 de julio de 2013

EL BRUTO


                   
Andrés, un avaricioso propietario dueño de una carnicería, trata en vano de desahuciar de un edificio de su propiedad a un grupo de famélicos inquilinos con objeto de derruir la vivienda para vender el solar y así obtener el dinero suficiente con el que construir un nueva residencia de lujo para su familia, compuesta por su joven mujer y su senil padre. Sin embargo su estratagema choca con la actitud combativa de los cabecillas del vecindario que consideran ilegal el intento de desalojo que trata de efectuar el codicioso potentado.
Harto de argucias legales Andrés contratará los servicios como matón de Pedro, un operario de su fábrica cárnica conocido por sus compañeros como El Bruto debido a su descomunal poderío físico y a su escaso intelecto, para que amedrente con su fuerza a los rebeldes moradores de su posesión inmobiliaria. Andrés alojará a Pedro en el almacén de su casa (símbolo de la relación de dominio establecida entre el amo y su fiel perro), compartiendo así espacio con su hermosa mujer Paloma y su anciano padre, un viejo verde juguetón adicto a las golosinas y a los dedos mojados en tequila de su fogosa nuera.
Pronto se edificará una poderosa atracción sexual entre la visceral Bárbara, una mujer fatal que mantiene una relación distante con su marido al cual pone innumerables excusas para evitar tener que cumplir sus obligaciones maritales, y el tosco Pedro, un puro macho que colmará las necesidades sexuales de la joven Bárbara. Pero un desgraciado accidente causado por el escaso temple de Pedro para ejercer mecanismos de coacción originará la muerte de uno de los cabecillas de los vecinos a manos del matón. En la persecución que se establece por parte de los amigos del fallecido, Pedro va a parar a la chabola de la hija del asesinado, la cual esconde y protege a El Bruto creyendo que huye de una panda de malhechores. Este acto desinteresado provocará el enamoramiento sincero y fraternal de Pedro, que abandonará la casa de Don Andrés y a Doña Bárbara para iniciar una nueva vida amorosa con su nueva compañera.
Con todo, la felicidad de Pedro se verá truncada por los celos de Bárbara, que delatará ante su nueva amante la verdadera identidad de El Bruto, dando lugar de esta forma a el estallido de un torbellino de pasiones y violencia que culminarán en una estampida de hervor en  la que se saldarán viejas deudas del pasado de forma fatalista.
Un simple vistazo a la ficha técnica de El Bruto de Don Luís Buñuel podría hacernos pensar que nos encontramos ante la típica película del melodrama de oro mexicano por dos motivos: por un lado su trío protagonista constituido por los míticos Pedro Armendáriz, Katy Jurado y Andrés Soler y por otro su inconfundible argumento en el que los hombres que campan por la historia caen rendidos en las redes de una mujer temperamental que hace aflorar los más bajos instintos masculinos en su provecho.
Pero nada más lejos de la realidad. En mi opinión El bruto, al contrario de lo que he leído en algunas críticas publicadas, es una de las películas más oscuras y sátiras de la denominada etapa alimenticia del genio de Calanda. La cinta ostenta gran parte de los rasgos distintivos de la personalidad de Buñuel: su fetichismo por la anatomía femenina, su obsesión por el sexo, su inconfundible sentido del humor al más puro estilo de la picaresca del siglo de oro español,  una denuncia de los abusos de poder practicados por los poderosos y una fotografía rica en simbología en la que destaco las tres escenas de sexo que suponemos tienen lugar en la trama que son fotografiadas fuera de campo retratando en su lugar una hoguera como símbolo de la pasión que se está consumando  en otro lugar de la habitación.

                  

Y es que El Bruto es una cinta tremendamente turbia. No solamente por su virulenta trama protagonizada por un sujeto que emplea en beneficio de su patrón su tremenda fuerza física en sustitución de las pocas luces que adornan su cerebro, sino por su enrevesada historia en la que las inclinaciones sexuales pivotan en un cuadrilátero amoroso al más puro estilo de las novelas negras de James M Cain, dibujando una figura dotada de intrincadas y revueltas relaciones familiares ocultas a los ojos de los protagonistas – en el desarrollo de la epopeya se deja entrever que Pedro es en realidad el hermano bastardo de Don Andrés-.
Uno de los hechos más llamativos de la película es su mezcolanza de géneros. Si bien en un principio parece que la sinopsis va a optar por los derroteros del neorrealismo italiano – es clara la semejanza del comienzo de la película con Milagro en Milán o Noble Gesta – conforme avanza la narración el argumento va aproximándose hacia el universo del cine negro. De hecho la intriga es sospechosamente similar a la diseñada por James Cain en El cartero siempre llama dos veces – matrimonio disfuncional formado por un rico y viejo comerciante y una joven fogosa cuya rutina es interrumpida por la irrupción en el hogar de un joven visceral- Todos los personajes que aparecen en pantalla carecen de bondad, anteponiendo su interés propio a la solidaridad con el prójimo, reflejándose de este modo el odio profundo que sentía Buñuel hacia ciertos tics inherentes al ser humano. Únicamente, parece que el aragonés sienta cierta simpatía hacia el anciano padre de Don Andrés, un viejo travieso que aprovecha su estado demente para disfrutar de ciertas partes de la anatomía femenina de su nuera con total descaro y naturalidad. Suyas son las frases más jocosas y directas del guión, un script escrito por el propio Buñuel en colaboración con Luís Alcoriza, pleno de chascarrillos y de un humor muy negro que provoca la sonrisa del espectador ante las situaciones más grotescas e inimaginables.
Porque otro de los aspectos destacables de la película es su guión, de diálogos afilados y mordaces. A diferencia del cine pausado e introspectivo de otras cinematografías, en El Bruto los actores no paran de hablar, soltando perlas por su boca a cada segundo de metraje, no dando opción a que el silencio se apodere de la acción. El ritmo vertiginoso que disfruta la cinta es fomentado con una puesta en escena donde el plano medio y secuencia son los dueños del montaje.
Buñuel concede con este estilo un estilo muy teatral a la narración, apoyándose en planos rodados en decorados de interior y permitiendo que los actores se luzcan en largas secuencias sin cortes y muy dialogadas. Espectacular es la interpretación de Katy Jurado que consigue dibujar uno de los mejores papeles femeninos del cine mexicano. Es perturbadora la naturalidad que hace desprender a su personaje. Sus gestos, su entonación rememora las mejores actuaciones de la gran Anna Magnani. Igualmente Pedro Armendáriz está excepcional confiriendo a su papel del carácter bronco y rústico que precisa.
El director hispano mexicano renuncia al empleo de elementos neorrealistas para filmar una obra mayor,  intimista y de gran contenido ideológico, en la que el abuso de poder de los antiguos terratenientes apoyados en leyes promulgadas a su favor en aras de seguir ejerciendo relaciones de dominación en contra de los pobres, choca con el sentido de lo que consideramos justo. Y todo ello ornamentado con una puesta en escena directa, ágil, frenética, muy entretenida, con elementos muy buñuelescos como los anteriormente mencionados, por lo que los ochenta minutos de duración de la obra pasan en un abrir y cerrar de ojos.
Se dice que Don Luís  nunca tuvo mucho afecto a esta película. Seguramente el hecho de no incluir en su metraje elementos grotescos de puro surrealismo pudo ser el motivo de esta desafección. En mi opinión, El Bruto es una obra maestra, a la altura de los grandes melodramas de la historia del cine, de una modernidad y frescura que asusta a los ojos del espectador en pleno siglo XXI, y que goza de un elemento diferencial del resto de películas de este género: el toque picaresco, burlesco, obsesivo, innovador, cruel, morboso y singular de uno de los más grandes artistas que dio el pasado siglo XX: el gran Luís Buñuel.

 Autor: Rubén Redondo

  

miércoles, 17 de julio de 2013

EL DRAMATURGO MÁS AMADO POR EL CINE


                 

A la hora malva el adolescente aún la esperaba en la plaza, apartándose de la puerta del drugstore para dejar salir a los clientes que había visto entrar. Tímido incurable, el rubor le teñía la cara de pétalos de rosa cuando aquéllos se le quedaban mirando. Al menor descuido se le desmaquillaba la pose de sensual escepticismo, el precoz cinismo que adoptaba se desarmaba, y bajo el pelo de caracoles le quedaban indefensos los ojos vidriosos y rasgados, los pómulos sensibles, la sombra del bigote sobre los labios llenos.

Cuando comprendió que Haze no vendría intentó enfadarse. ¿Para eso había escapado de las voces pegajosas de su madre, de la vigilancia del padre, de los susurros esquizofrénicos de la hermana? Y por otro lado, ¿qué novio iba a buscarse Haze que se conformara con dos besos al año, el día de Navidad y en su cumpleaños?

Miró por última vez la plaza, el aire violeta grávido del perfume del jazmín y de las glicinas, de la tempestad de los magnolios sobre el muro del juzgado, del húmedo calor pautado por las notas de algún ave y los chasquidos de las mecedoras en los porches del ocaso. De repente se alegró de haber esperado un poco más: el paso como en sueños de un joven rubio de traje de alpaca idéntico al suyo fue dejando por la plaza una estela de felicidad. Muchos latidos de su pulso después, más allá de la estatua dedicada al Soldado Confederado, el desconocido se fundió con la sombra de terciopelo, a él le dolió el deseo imposible de abordarlo y advirtió que con aquel tictac tan frenético había vuelto a adelantársele el reloj del corazón. Y no solo por tenerlo averiado, sino por haber querido hacerse amigo del rubio sin conocerlo de nada.

Aunque el cardiólogo se lo hubiera prohibido, se dirigió a comprarle whisky al contrabandista que conocía en el barrio francés. Y eso que sabía que beber no le aliviaba aquel miedo cerval que tenía de conocerse a sí mismo, ni resolvería los contradictorios estímulos que le desenfocaban el que, según le habían enseñado, debía ser el objeto de su deseo. Sentía que la luz que le enfocaba éste era la del sol cuando le habían prescrito que debía ser la de la luna, que le atraían los paisajes llanos y áridos en vez de las húmedas colinas de suaves declives.

Por ahora la escritura era su único refugio, su defensa contra la lentitud de las sombras del verano, y sobre todo contra aquel desajuste o defecto de forma que dejándose llevar por los criterios aceptados él mismo se achacaba. En cada cuento o diálogo teatral podía proyectar sus malos presagios, la barrera de cristal que como en la sala de visitas de una cárcel le helaba los dedos cada vez que tocaba la piel de alguna mujer imaginaria, los caballos desbocados que lo estremecían de fantasías si le ponía a aquélla una cabeza de hombre.

Y a eso se dedicaba en la penumbra perfumada de la calleja, al pie de la ventana con celosía de hierro colado, a imaginar factibles argumentos con personajes lastrados por sus mismos complejos. La brisa trajo los ecos de una orquesta de jazz. A cada trago, su tristeza y su imaginación crecían con el vacío que el whisky iba dejando en la botella.

Y así pensó en la extraña pulsión que el hijo de un magnate sentía hacia un compañero del equipo de rugby que había acabado por suicidarse. Su joven esposa se había sentido celosa de él y revolviéndose como una gata salvaje intentaba salvar su matrimonio.

También se le ocurrió la historia de una aristócrata venida a menos, inquilina habitual del desastre y de las fantasías compensatorias desde que había descubierto la homosexualidad de su marido. Ella se instalaba en Nueva Orleans con su hermana, casada con un macho tosco y enérgico que al final averiguaría que su refinada cuñada era alcohólica y la habían expulsado de su puesto de profesora por haber seducido a un alumno.

Además, se le ocurrió otro argumento que desarrollaría con el tiempo: un ex sacerdote alucinado por el alcohol y la Biblia que como guía turístico llevaba a un grupo de mujeres a un hotel de la costa de México y se debatía entre el amor de una adolescente, el de la madura hotelera y el de una cliente sin fondos que le hacía de lazarillo a su moribundo abuelo.

Personajes todos al límite de sí mismos, agarrados a los barrotes de sus represiones, que se quemaban en el tejado de zinc de su sexualidad y sus ambiciones, que huían de sí mismos disfrazándose con las personalidades que les habría gustado tener, y a quienes como una iguana amarrada, por mucho que tirasen de la cuerda de sus posibilidades, ya no les daba más de sí.

Al apurar el último trago, la botella en alto sobre la cabeza hacia atrás, en un rapto de estupefacta alegría, sobre un escorzo de estrellas errantes el joven vio su nombre deletreado por los neones de Broadway: Tennessee Williams.         

                                                                                                            

domingo, 14 de julio de 2013

ÉL


                  

Él soy yo: Don Francisco Galván de Montemayor, un sensato y ecuánime caballero cristiano de ilimitado crédito –pecuniario y de confianza- y apostura y elegancia estatuarias, dignas de un galán del cine, cuya palabra es de oro entre gerifaltes y sacerdotes. Justo en la catedral estaba aquel Jueves Santo cuando noté en la nuca el escalofrío de un fantasma, me volví y lo primero que de ella me llamó la atención fueron unos incitantes zapatos de tacón y ante negro que dejaban ver un empeine tan bello y delicado bajo el calado de la media que tardé en deslizar la mirada pantorrilla arriba hasta el resto de su persona. Bella y sumisa, tierna y tenue, parecía una aparición, la encarnación de alguna de las Vírgenes de las capillas. Entonces supe que había nacido para amarla, que el fantasma que había percibido era el de mi deseo, que era su cara la de la silueta femenina que desde la infancia había levitado por mis sueños y mis insomnios, por mis plegarias y delirios.

Solo por pudor no aceptó de mi mano el agua bendita, y a la salida la perdí porque el cura me interceptó para presentarme a unos colegas. A partir de aquel día no dejé de acudir mañana y tarde a la catedral; sabía que ella volvería. ¿Cómo iba a resistirse al imán de mi deseo? Estoy acostumbrado a que se cumpla mi voluntad y por eso no tolero del destino fraudes del calibre de mis constantes fracasos en el pleito que he entablado para recuperar mis posesiones de Guanajauto. Solo una conjura de mis enemigos a nivel continental ha podido condicionar las sentencias de los tribunales o comprar a mis sucesivos letrados.

Pero en este caso mis anhelos se realizaron y cierto mediodía la vi esperándome –lo supiera o no- en un banco de la nave. Se ruborizó al verme y aunque me permitió expresarle mi devoción, unos escrúpulos que no hicieron sino exacerbar mi deseo la obligaron a huir en un taxi. Lo que no se esperaba fue que yo la siguiera en otro. Bajó en la puerta de un restaurante, y a través del ventanal observé que en una mesa la esperaba un conocido mío, Raúl Conde, el ingeniero hidráulico.

Para sonsacarle sobre ella, lo visité en su estudio al día siguiente, con la excusa de que me recomendara un perito para tasar mis propiedades. Cuando me confesó que estaba prometido, un puñal me ensartó el corazón, pero incluso herido de muerte improvisé el plan de invitarlo, junto con la novia, a una cena que entonces se me ocurrió ofrecer a los allegados.

Mientras los esperaba, las ondulaciones que desparejan los testeros de mi palacio reproducían mi delirante impaciencia. Llegaron los últimos. Cuando Raúl me presentó a ella -¡se llamaba Gloria!-, se quedó pálida de horror y fascinación, con la parálisis del gorrión ante la serpiente, como si se le hubiera aparecido el demonio. Y de hecho en un aparte la tenté y cortejé, y ya cierto de que se había contagiado del mismo virus de mi amor, le confesé que todo lo había dispuesto por ella y la besé en el jardín. Lo sabía: Gloria estaba condenada a amarme porque yo la amaba.

Como a la mañana siguiente Raúl partió hacia la presa que estaba construyendo, aproveché para visitar a Gloria, me declaré y a las dos semanas, antes del regreso de aquel pazguato, nos casamos. Nuestra unión estaba escrita en la órbita de las estrellas; en la expansión del caos primigenio ya se trasparecían las escenas de nuestro idilio.

Pasamos la noche de bodas en un vagón litera, camino de Guanajuato, mi bella cuna. Me sentía en el paraíso, con libre acceso a su belleza; pero mi inteligencia, rauda y sinuosa, en un perpetuo zigzag que me permite asociar los conceptos en apariencia más contradictorios, no dejó que su hermosura me cegara e indagué en los pecados que con frecuencia ésta conlleva. Sin embargo, Gloria se negó a hablar de los fantasmas de sus amores pasados, de las posibles huellas que en su piel hubieran dejado las caricias y los labios de aquellos degenerados. Y su reticencia me ofuscó, aquella actitud equívoca fomentó mis dudas sobre ella.

De madrugada nos reconciliamos. Y en efecto, por la mañana, mientras ella se acicalaba, por más que escudriñé no hallé en las sábanas ninguna prueba de su virginidad. En vez del lienzo la mancha roja le mancillaba la honra.

En nuestro primer paseo por el barrio alto se nos unió un zafio lechuguino que conocía a Gloria y solo mi glacial recepción logró que se despidiera. Ella me confesó que lo había visto un par de veces tras haberlo conocido en un vuelo. Supe lo que podía esperar de una mujer que trababa relaciones con tal facilidad y a cada saludo repartía esperanzas e invitaciones a que la abordaran… en un avión o en tierra firme. Ahora también me preocupaban los fantasmas de sus amores futuros.

Camino del hotel volví a detectar al pisaverde y para evitarlo arrastré a Gloria a un callejón. Y en el restaurante, cuando ya volvía a encandilarme la modestia y la humilde sumisión de una Gloria que ahora me parecía ávida de mi criterio y hasta de mi dominio, de repente noté el aire infectado de miasmas y vi al gomoso ingresar en el vestíbulo. Entonces, un brusco zigzag de mi ánimo… perdón, quiero decir, el vaivén de las circunstancias, volvió a mostrarme a Gloria como una traidora que con sonrisas y promesas alentaba las esperanzas de terceros.

Aunque el rayo de mis ojos impidió al donjuán sentarse a nuestra mesa, las miraditas y risas que emitió desde la suya me obligaron a salir con mi mujer del restaurante y a ordenar que nos subieran el almuerzo a la habitación. Y he aquí que al dirigirme a pedir el café descubrí que el susodicho ocupaba la habitación contigua; a través de la puerta abierta lo vi encenderse un cigarro, y que pare de una vez esta jaqueca que me está taladrando el cerebro... Por mucho que una décima parte de mí mismo adujera a las otras nueve que aquél era el único hotel decente del pueblo y que era normal que alguien almorzara en el mismo lugar donde se alojara, fui a insultarlo y hasta le propiné una bofetada. Tuvo la osadía de responderme con una brutalidad que me arrojó al suelo. Acudieron el gerente y el detective del hotel, y cuando oyeron de los mismos labios de él, que soy yo, Don Francisco Galván de Montemayor, que aquel rufián había estado espiando nuestra intimidad, lo expulsaron de allí.

Pero la verdadera culpable del episodio se quedó; estaba mucho más cerca de lo que creía, instalada en mi interior, enraizada en mi cerebro con la fuerza de una neurosis hereditaria. Salvo que no me refiero a ninguna locura, sino a Gloria.

 Pagará por esto: jamás la perdonaré.                             

                                                                                                                  

jueves, 11 de julio de 2013

PASIÓN DE LOS FUERTES


                  

Debí sospechar de la mirada oblicua de uno de los cuatro Clanton jr., de la sombra de maldad que pasó por los ojos del padre, de la facilidad con que movía los músculos del rostro y que instantáneamente le veló los rasgos de la traición. Junto con mis hermanos Virgil, Morg y James, llevaba las reses a California, y al verlas escuálidas en aquel erial el patriarca de los Clanton quiso aprovecharse comprándolas por el valor de los huesos. No accedí, y aunque domó la expresión de su cara como si fuera una fiera amaestrada, no pudo controlar –solo ahora lo veo- la sombra de cuervo que le cruzó las pupilas.

Dejamos a James al cuidado de las reses –ya no cumplirá más de dieciocho, ni nunca dejará de admirar al resplandor de la hoguera aquella baratija que insistía en que fuera de plata, templada al fuego de su amor por Corey-, y nos fuimos a visitar Tombstone, tras muchos cientos de millas la primera ciudad donde podrán afeitarnos y servirnos una copa. Queriendo preservarlo del vicio, alejamos demasiado a James de los cambios y accidentes de la vida, lo entregamos a la muerte.

Como una balsa ebria, la ciudad naufragaba por el unánime jolgorio del sábado noche, pero en vez de afeitarme la barba con una navaja estuvieron a punto de rasurarme a balazos. Se trataba de un indio borracho con el gatillo facilón, al que nadie se atrevía a reducir, de modo que tuve que hacerlo yo mismo aunque solo fuera para que el barbero terminara de afeitarme. Después de aquello las fuerzas vivas de Tombstone me ofrecieron el puesto de sheriff, y más cuando supieron que yo era Wyatt Earp, que venía de pacificar Dodge City, justo lo que ellos querían para sí, pero por más que subieron su oferta la decliné. No me imaginaba lo pronto que lo reconsideraría.

Exactamente a la media hora, en cuanto mis dos hermanos y yo nos encontramos que las reses habían desaparecido y al pobre James acribillado por la lluvia y tres tiros por la espalda. Acepté el cargo, con la condición de que Morg y Virgil fueran mis ayudantes. Todo el mundo dio por sentado que dimitiríamos en cuanto cazáramos al asesino de nuestro hermano. En el salón me informaron de que Doc Hollyday controlaba el juego y los Clanton el ganado, y justo entonces entraron a tomar una copa el padre y los cuatro hijos, la mirada huidiza, los chubasqueros impregnados del barro de una culpa que no podría borrar ni el Diluvio Universal.

Al día siguiente empezamos a indagar rastros y buscar pruebas que los condenaran. Morg siguió las huellas de nuestro ganado hasta una de las cercas de los Clanton. Esa noche entré en una partida de póker para ir tentando el ambiente. Fui víctima de las argucias de Chihuahua, una belleza morena que completaba sus ingresos de cantante indicando con señas a los tahúres las cartas de los jugadores. Aunque pasaba por novia de Doc Holliday –o al menos a eso aspiraba-, tuve que darle una lección.

Al fin irrumpió el mismísimo Doc Hollyday y por todo el salón sopló una gélida corriente de silencio. Expulsó por la puerta de servicio a un tahúr y sin saludar se acodó en la barra. Lo envolvía un aire de fatalidad, como si se hubiera contagiado de todas las muertes que había provocado y que con cruces negras señalaban el itinerario de su carrera de oeste a este. Agotado por la tuberculosis y de sí mismo, desarmado por un desengaño que parecía complacerle y por la tos, enfermo de autocompasión, tras haber malbaratado su título de cirujano y su vasta cultura en el dudoso honor de convertirse en el más temido matón del Oeste, a John Holliday solo le quedaba la intimidad con su mejor amiga, aquélla a la que su prolongado trato y cortejo lo había acostumbrado, y con quien pronto consumaría una sola vez y para siempre su amor: la muerte.

Me presenté a Doc en la barra, y como yo de él, ya todo lo sabía de mí. Por estas tierras los pájaros deben repartir los rumores. Aunque hubo un momento de tensión, lo solventé aceptando una copa de champán, y el pianista se puso a tocar de nuevo. Al final nos entendimos; me cayó bien y me convenía tenerlo de aliado contra los Clanton. Aunque para eso tenía que darme prisa, porque a cada trago, con la botella, se le vaciaba la vida. Le habían prohibido beber y eso le acentuaba el gusto por la bebida.

Una mañana llegó la diligencia de Deadwood con apenas cinco horas de retraso. Los mozos se afanaron con las maletas y los viajeros se precipitaron al bar. Bajó la última una belleza bruna y delicada, y mientras su botín charolado descendía del estribo a la tierra, la mañana entera pareció fracturarse en infinitos planos de emoción y todos los colores del pueblo se embebieron en el tono ocre de su vestido. Me miró, y en sus ojos se condensó la oscuridad de todas las noches que me había desvelado la soledad o que había soñado con mi mujer ideal.

Reaccioné para hacerle de botones: le llevé la maleta a la habitación. Se detuvo en recepción para preguntar por Doc Holliday, que se encontraba fuera. De algún modo intuyó la habitación de Doc, entró y con la yema de los dedos se puso a tocar sus cosas con una delicadeza que hablaba por sí sola, como si le estuviera acariciando la mejilla. Además, él tenía en la cómoda un retrato de la dama.

Envidié a Holliday al comprender que mi única baza era la paciencia, porque mientras él siguiera vivo y no lo ultimaran el whisky, la tos o una bala de ventaja, aunque limpiara yo la ciudad, implantara la ley o fundara una escuela y un hospital, nunca podría competir con aquél que contaba a su favor con el hechizo de la decadencia, con el encanto de portar una sombra que trascendía a ciprés y rosas, con la irresistible fascinación de la fatalidad y de la muerte.                 

                                                                                                                                                                                                

martes, 9 de julio de 2013

EL MEJOR ACTOR DE LA HISTORIA DEL CINE


                                

Entre el crujido de las sillas y los rumores de las conversaciones de los alumnos, Philip salió el primero de la clase y casi corrió hacia su despacho en el Departamento de Historia del Cine. Antes de la cena en que conocería a sus futuros suegros, necesitaba escribir otro capítulo de su monografía sobre la influencia del expresionismo en el cine negro americano.

Se encerró, abrió la ventana sobre un campus donde la animación de los viernes corría como un perro sobre la hierba, y encendió el ordenador y la pipa. Junto al teclado había una carta remitida por la revista Sight and Sound al profesor titular (¡aún no sabían que era catedrático!) Philip Jones, en la que le pedían los nombres de los que considerase cinco actores más representativos de la historia de Hollywood. Philip se mesó la barba lamentando haber recibido aquella enésima encuesta destinada a confeccionar una más de las típicas listas que él tanto deploraba; para colmo se la pedían por orden, del uno al cinco.

Para dejar a UCLA en buen lugar y librarse cuanto antes del compromiso, se apresuró a contestar. Dejando el evidente primer puesto para el final, meditó sobre los otros y apenas con unos segundos de intervalo fue escribiéndolos: Cary Grant, Henry Fonda, Marlon Brando y Jack Lemmon. Cuando se disponía a rellenar el hueco que había dejado en blanco con el consabido primer nombre, se quedó pensativo observando las aromáticas volutas y cornucopias de humo, donde se fue sustanciando el semblante de tal actor. Su enjuto rostro parecía desbordado por la nobleza y la plenitud de sus rasgos, y a su través se traslucían una variada gama de emociones, sentimientos que como las nubes y el sol sobre un paisaje cruzaban por una cara que los reflejaba con cabal autenticidad, sin por ello ceder ni un ápice de la reserva de confianza y valor capaces de controlar aquellas emociones como el capitán de un barco en apuros.

Philip lo recordó en una de sus primeras actuaciones, que ya lo convirtieron en el depositario de los ideales colectivos, en la viva imagen de una integridad que tenía la misma talla de sus ciento noventa y un centímetros. Incorporaba a un congresista novato que llegaba a Washington pletórico de fe en los principios democráticos de los Padres Fundadores y que tenía que afrontar una trama de corrupción política que pretendía enredarlo en su telaraña. Philip siempre votaba a los demócratas, pero reconoció que sus amigos republicanos también se identificaban con los valores que aquel joven defendía hasta el agotamiento de sus fuerzas. Incluso los colegas europeos con los que se emborrachaba en los cursos de verano españoles, ya fueran socialdemócratas o conservadores, coincidían en señalar la tolerancia y la honestidad que se desprendían del rictus de aquel actor como los principios que a todos les habían inculcado sus padres.

La timidez de aquel ingenuo político que le tartamudeaba a la hija del congresista corrupto, por contraste le recordó a Philip la desenvoltura de otro personaje, el periodista literato que junto con la compañera de redacción de una revista se hacían invitar a cierta boda de la nobleza para lograr la exclusiva. Se trataba de una de las mejores comedias de Hollywood, acaso solo comparable a La Fiera de mi Niña. Con toda su desconfianza hacia la alta sociedad, el protagonista se enamoraba de la contrayente, una joven heredera, y tras una serie de equívocos que como perlas se ensartaban en un brillante guión, se acababa casando con su colega.

La cámara en miniatura que ésta llevaba escondida le evocó a Philip aquella otra tan distinta, con flash y teleobjetivo, el instrumento de trabajo del reportero que, con la pierna escayolada, disipaba su aburrimiento ante una ventana orientada a un patio de vecinos, otro de los memorables papeles, muchos años después, de aquel mítico actor. Aunque en apariencia era una película de suspense, a otro nivel de significado la obra se articulaba como una reflexión sobre la mirada, una posible metáfora del propio cine.

A Philip le gustó recordar que en su tesis doctoral señaló que la sucesión plano-contraplano entre las imágenes subjetivas del vecindario y el rostro del protagonista, sin que éste tuviera que hacer ningún alarde expresivo, lograba transmitir al espectador el efecto que las primeras provocaban en el sujeto que las percibía: curiosidad, aburrimiento, deseo… Era una actualización del valor del montaje, que ya habían probado los cineastas soviéticos.

Precisamente la sobriedad y la contención, que le permitían conservar el margen suficiente para dramatizar con credibilidad en los momentos climáticos, eran las características esenciales del actor cuyo nombre aquel viernes Philip olvidó escribir en la carta, ya que saliéndose del documento de Word donde guardaba su monografía y bajando la persiana, se dispuso a ver por quincuagesimoquinta vez (él solo sabía que serían más de treinta) La Ventana Indiscreta. Que el estudio del cine fuera su profesión no le había hecho perder ni una chispa de su entusiasmo por las películas.

Aquello le costó llegar a los postres de la cena con aquel matrimonio de ancianos que ya no serían sus suegros, incumplir la fecha de entrega de una monografía que aún no se ha publicado, e ignorar para siempre que, aunque para indignación del redactor de Sight and Sound, a falta del primer nombre, su lista había llegado incompleta y no habían contado sus votos, de todos modos había ganado la encuesta el actor fetiche de Capra, Hitchcock, Ford o Mann, aquél que Philip hubiera querido tener como amigo o hermano mayor, y que pese a no haberlo conocido ya era como de la casa: James Stewart.              

                                                                                                                          

viernes, 5 de julio de 2013

JULES ET JIM





                   

Jim fue el mejor amigo que pude haber hecho recién llegado de Viena a París. Igual que yo, joven escritor y de carácter espontáneo, aunque en su caso más carismático, tuvo la generosidad de presentarme al círculo de artistas y bohemios de Montparnasse, gente interesante, aunque nadie como él. En un paradójico baile de disfraces –fue cuando lo conocí de verdad- empezó a fluir entre nosotros tal compañerismo y confianza que empezamos a quedar todos los días que las mujeres lo dejaban tranquilo. Intercambiábamos ideas, disfrutábamos hasta de nuestras discrepancias y mutuamente nos enseñamos las literaturas de Francia y Alemania.

Fuimos de excursión a un pueblecito a orillas del Adriático y de vuelta a París conocimos a una joven idéntica a la escultura antigua que habíamos ido a ver a aquella aldea, de carnosa sonrisa con un deje de desdén y ojos como sendos soles en eclipse. Cuando me la presentaron sucumbí a la sensación de que aquella estatua se había animado, quizá al soplo de mi amor por ella. Empecé a salir con la joven, Catherine. Visceral y transparente, era una fuerza de la naturaleza que pretendía arrasar con las costumbres y reinventar las relaciones humanas.

Como no quería descuidar a Jim, lo invité a cenar con nosotros. Tanto le había hablado a ella  de él que casi lo conocía, y para demostrarle lo libre y enemiga de las convenciones que era, se pintó un mostacho y salió disfrazada de hombre, y como tal la tomaron todos con quienes nos encontramos.

Los tres nos fuimos de vacaciones a una playa normanda donde alquilamos una casita recién encalada que de lejos parecía sonreírnos con las ventanas ojivales y el tejado en punta. Allí fuimos felices. Caminando por el bosque de nuestros ensueños y bajo la gloria del sol entre los álamos, con el viento a favor de las bicicletas o nadando en playas turquesa donde salpicaba la espuma de los días, Catherine me parecía lo que la primera vez, una figura mítica rescatada de alguna caverna, una diosa ancestral nacida del alba del mar. Me declaré y prácticamente aceptó. Nos complementábamos: a ella la habían amado tantos hombres como mujeres yo no había conocido.

Pero con la sorpresa de una bengala sin control, en el catorce estalló la guerra. Catherine y yo ya nos habíamos casado. Durante los tres años que me arrastré por las trincheras belgas mi más atroz miedo fue dispararle a una sombra que tuviese la cara de Jim, como es lógico reclutado por el ejército francés. Entre un ataque y otro le escribía a Catherine arrebatadas cartas de amor (nuestra relación ganaba con el alejamiento) y casi no le preguntaba por la marcha del embarazo; hasta tal punto la había aislado, inmóvil como la estatua que siempre me había parecido, contra un fondo de álamos que ni el tiempo ni el viento alteraban.

Perdimos la guerra y al menos me alegré por Jim. Desmovilizado, tuve la suerte de que me encomendaran una monografía sobre las libélulas. Así que Catherine, Sabine, que ya tenía dos años, y yo nos instalamos en el campo. Ella se ocupaba de las fotografías y las inscripciones; era lo único en que ahora nos conjuntábamos. A veces se acostaba con otros; no es que me engañara: no se escondía.

Mientras me temía que de un momento a otro se iría de casa, coincidió que por fin Jim pudo venir a visitarnos. Aunque no había cambiado mucho, se le notaba más robusto, la cara curtida de los sufrimientos recientes y los ojos nublados por todo lo que había visto. A la semana de estancia, Jim ha abandonado el hostal donde por decoro pernoctaba y se ha instalado en un cuarto que ahora comparte con Catherine. Entre ellos ha florecido uno de esos amores que tarda en madurar: han descubierto que han nacido el uno para el otro. Para mí se trata del arreglo ideal, porque así Catherine no se irá, podré seguir viéndola a diario y después de mucho tiempo convivo con mi mejor amigo. Además, Sabine tiene un segundo padre.

Ahora mi única preocupación estriba en que Catherine y Jim no se inflijan el mismo daño que a mí me ha deparado el amor.

                   

Conocí a Jules recién llegado de Viena; y como me cayó bien y parecía tímido, le presenté a mis amigos de los bares, pintores y poetas, y también a mujeres, de las que no parecía sobrado. Sin embargo, fue camino de cierto baile de disfraces cuando descubrí lo agradable que resultaba acompañarlo, el buen humor que tenía y lo tierno y simpático que era. Pero no consumó con la bella viuda, ni con la escritora, ni siquiera con la juerguista, así que recurrió a las profesionales, que no fueron de su gusto. Quizá el problema era que yo lo acompañaba con todas ellas y yo lo distraía de las chicas porque era entre nosotros dos como realmente nos divertíamos. Éramos tan parecidos, y al mismo tiempo tan distintos…

En casa de un amigo vimos diapositivas sobre hallazgos arqueológicos y a los dos nos fascinaron los ojos plenos y la hipnótica sonrisa de cierta estatua de piedra. Incluso visitamos el yacimiento y nos quedamos más de una hora admirando la talla en atónito silencio. Aquello fue la excusa de Jules para a a la vuelta enamorarse de una enigmática joven a la que atribuyó los mismos rasgos de la estatua.

Me contó que ella era de familia aristócrata que ya no frecuentaba, dominaba tres idiomas e incluso sabía nadar. Esta vez no me invitó a salir con ellos hasta su tercera semana de relación. Al conocerla me impresionaron, además de una sonrisa que parecía encantar al mundo entero con un hechizo de muerte, la decisión y la fuerza que se traslucían de su expresión. Como cuando conocí a Jules, acerté; soy buen fisinomista. Con el tiempo, he sabido que cada vez que ella quiere algo se apresura a tomarlo porque cree que con esa posesión alcanzará una especie de conocimiento vedado a los pusilánimes.

Sin embargo, debió desarmarla la vulnerable inocencia de Jules, ya que para cuando volvimos de la playa se acostaban. Publiqué mi primera novela y para celebrarlo fuimos a cenar y al teatro. A la salida, mientras Jules despotricaba contra la Hedda de Ibsen y las feministas en general, quizá como protesta Catherine se arrojó al Sena, un gesto que la define. Aunque es una gran nadadora, se expuso a contraer una neumonía.

Una tarde Catherine me citó en un café, y aunque sintiéndome culpable por Jules acudí con la esperanza de que quisiera seducirme. Sin embargo, me dio plantón. Esa misma noche me telefonearon con la noticia de que se irían a Austria a casarse.

Durante la guerra mi más grave inquietud fue que por una crueldad del destino disparase sin saberlo contra Jules. Ganamos; pírrica victoria: había perdido a decenas de familiares y amigos. Al menos conservé al más querido, Jules. Convencí al periódico de que me encargara unos artículos sobre el Tirol y fui a visitarlos.

En la estación me esperaban Sabine, ya de cuatro años, y Catherine; en sus ojos chispeaban una travesura y una fantasía que debieron advertirme. Solo puedo decir que enlazados por la cinta de estos días azules, los tres hemos sido tan felices como en aquella playa normanda, con la única diferencia de la presencia de la pequeña.

No obstante, al cabo de una semana supe que se había desgastado el amor entre ellos. Y solo entonces, como si se hubiera derrumbado el muro que me impedía verlo, he descubierto que en el mundo no hay para mí más mujer que Catherine. Si como nos llamaban en París Jules y yo somos Sancho y Quijote, ella es Dulcinea, solo que algo más promiscua que la original.

Llevo varios días instalado con ellos, y ya asimilada la revelación de mi verdadero amor, ahora que me he puesto a leer en esta mecedora, oigo que el entrañable Sancho está jugando con mi Dulcinea; no paran de reír y gorjear, los chirridos del colchón anuncian que por un rato vuelven a ser marido y mujer, y aunque me siento incómodo lo más preocupante es que ni siquiera pierdo el hilo de la lectura.       
                                                                                                                                                                                    

martes, 2 de julio de 2013

TRUMAN CAPOTE: DESAYUNO EN TIFFANY'S


                            

Érase una vez una chica que no sabía quién era porque tenía miedo de enterarse; nunca había tenido un hogar aunque todos los hombres querían adoptarla, y por eso no paraba de dar tumbos de aquí para allá, a la busca de algún lugar al que pertenecer, con la tristeza aguardándole en cada esquina como un pretendiente atractivo pero que hace sufrir, con un ramo de rosas mustias y el traje arrugado.

Tenía el pelo y los ojos de todos los colores imaginables, como lagos que al atardecer reflejaran arcoíris velados por la lluvia, las pupilas dilatadas por sus fantasías bajo los estambres de las pestañas, y cuando la sorpresa o la sonrisa se los abrían de par en par conquistaban buena parte de la carita, de nariz respingona y labios carnosos.

Vivía en Nueva York, por ahora en la Setenta Oeste, y sus ingresos procedían de los billetes de cincuenta que en las salas de fiesta cada noche sus acompañantes le tendían para que le diera una propina a la asistente del tocador, o para el taxi de vuelta –los caballeros nunca reclaman el cambio-. Tenía un gato al que intentaba no querer demasiado. Para engañar la nostalgia de nada que a veces la acosaba como esos donjuanes que nunca se dan por vencidos,  acompañaba con la guitarra canciones que hablaban de casas deshabitadas, de viajes a ciudades cuyos nombres se inscribían en las carcasas de las radios antiguas, de despedidas recordadas en lluviosas estaciones fuera de servicio.

Mientras que las vecinas la detestaban, a despecho de sus esquizofrénicos horarios los vecinos se hacían los encontradizos con ella. También fascinaba al de arriba, un diminuto escritor de pelo de paja y ojos saltones inscritos en una cara de adolescente que parecía retar al mundo con el filo de su pluma. Compensaba los sucesivos rechazos de sus cuentos, que siempre trataban de negros, perdedores, homosexuales o locos, con la magia y la ilusión de vida que, recién terminados, parecía trascender de ellos, hasta que al poco sobrevenía la necesidad de reescribirlos.

En una bata encarnada, a la luz lila del flexo y en el silencio redondo de la madrugada, el escritor se encorva sobre la máquina de escribir, bajo los contradictorios efectos de las cápsulas rojizas y del bourbon. Lo envejece el cansancio, el efecto de tantas aventuras imaginarias, todo el tiempo que lleva lejos de sí, pero también más hacia su interior que nunca, como si el viaje que le hace sentir añoranza de sí mismo fuera a algún lugar propio y sin embargo desconocido, al mismo centro de su ser.

Osciló una silueta en la ventana que daba al patio por donde algunas tardes oía cantar a la vecina, el susto lo devolvió a la realidad, y cuando comprobó que en vez de ladrones se trataba de ella misma, se apresuró a darle paso. Ella se presentó como Holly Golightly, y él, que hasta entonces solo la había visto en sus fantasías o de madrugada, al abrirle el portal cada vez que ella olvidaba la llave, dejó de creer que estaba soñando para saber que escapándose por la ventana de su lavabo ella había subido por la escalera de incendios para evitar a un enojoso invitado al que de un momento a otro demolería el whisky.

Se pusieron a conversar como si se conocieran de siempre. Él le habló de sus fracasos e incluso le leyó uno de sus cuentos, que ella escuchó mordisqueando una manzana. También se sirvió un whisky, quizá para pasar mejor aquella ensalada de palabras. En efecto, no pareció gustarle mucho, y para cambiar de tema le habló de su imprevisible vida. Aunque él advirtió que mucho de lo que contaba no era cierto, aprendió a conocerla cribando la verdad de sus mentiras. En sus cuentos pasaba algo parecido; los artificios y las ficciones hacían aflorar verdades que en la llamada realidad pasaban desapercibidas.

Sí era cierto aquello que dijo Holly sobre que aspiraba a encontrar un lugar tan cálido, seguro y resplandeciente como Tiffany’s, la fastuosa joyería, y que entretanto completaba sus ingresos de tocador visitando cada jueves al gángster Sally Tomatoe, que cumplía condena en Sing Sing, con lo que aunque ella no parecía tener conciencia de ello, parecía hacerle de enlace con sus subordinados del exterior mediante mensajes en clave que Holly luego repetía al abogado de la banda.

Antes del alba, desde el fondo del pecho el escritor gime de dolor y gozo al releer lo escrito, pero en la cabeza desproporcionadamente grande no se le mueve un músculo, nada que le borre el maquillaje de desdén o ausencia, como si fuera una máscara de sí mismo o un busto de arcilla lo que ocupase su puesto en la silla mientras que él se divierte en dudosos locales, la nada encalándole las mejillas de indiferencia, quizá solo notando el escalofrío de quien sabe que de cuanto escribe a él nunca le pasará nada que no sea la derrota y la resignación de sus personajes. Ahora casi sonríe al pensar que si algún día el cine llega a comprarle lo que está escribiendo, le impondría cualquier figurín como protagonista o un inconcebible final feliz. Como si la vida de nadie pudiera acabar bien.

Holly también le habló de la expectación de los familiares de los presos antes de entrar en Sing Sing, de la alegría que bailaba en la luz de la sala de visitas, y de la apatía y las miradas perdidas que partían de la cubierta del ferry de vuelta. Cuando él le advirtió contra los chanchullos de Sally Tomatoe, ella viró de tema, como siempre que algo le molestaba, y le habló de su familia. Entre muchos embustes sí parecía cierto que echaba de menos a su hermano Fred, que gracias a la mantequilla de cacahuete había crecido como un gigante, y al que justo entonces, en lo más duro de lo guerra, acababan de llamar a filas.

El autor bosteza, toma otra pastilla con un trago de bourbon y describe cómo hablando de Fred a Holly se le quebró la voz, simuló que las lágrimas que le empañaban los ojos eran de rabia por lo fisgón que era aquel otro personaje, el escritor bajito que la había acogido en su apartamento, y se fue por donde había venido. Reanimado, el autor original toma otro trago y apunta en un papel los rasgos del carácter de Holly, su más contradictorio –y vivo- personaje: ella tenía que resultar ingenua y perversa, indefensa y peligrosa, exquisita y vulgar, sincera y embustera. Como la literatura. Holly Golightly, un reto digno de él, Truman Capote, el escritor al que su mismo talento le obligaba a no dejar de infligirse el látigo del trabajo.