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sábado, 22 de febrero de 2014

REBECA



                  

Después de un año a veces todavía olvido que me he muerto
y que Max se ha casado con esa lerda, y me cambio para la cena
porque me parece que de smoking él me espera a la mesa,
o me ajusto el broche de nácar de la capa carmesí como para fugarme
a una cita galante con mi primo. Pero aquí la vida es tenue y triste,
con un fondo opaco en esta tierra de nadie y de todos que es el mito,
en esta franja neutra, pétrea, oscura de la memoria colectiva, y estoy
ciega y lúcida como si continuara en el fondo del mar con los ojos abiertos.
Menos mi doncella, que mantiene encendido el fuego de mi culto
y cada mañana abre el museo de mi recuerdo que es mi dormitorio,
todos me creen en algún lecho de coral, o mejor dicho, en la cripta,
pero si los muertos gustan de visitar sus antiguas moradas,
a mí incluso se me ha permitido seguir habitando Manderley,
y ya que la otra vida ha resultado cumplir los vaticinios
de baratos guionistas, pitonisas de lance o espiritistas en trance,
y los espíritus nos condensamos en humos, sombras, auras,
me manifiesto en el aleteo de los visillos, en los reflejos de la lluvia
nadando en el estuco, en los rayos de luna que pintan las vidrieras.
Pese a que mi belleza no solo pertenecía a la carne, sino al espíritu,
y la gracia ornaba mi rostro tanto como la sabiduría mis palabras
e igual que no deberían segregarse la forma y el fondo de un poema
tampoco deberían separarse la belleza y la inteligencia de las mujeres,
la verdad es que lamento haber perdido mi cuerpo y sin los sentidos
se me hace muy cruda esta condena de los muertos a la soledad.


Aunque no me arrepiento de haberlo engañado con mozos y gañanes,
herreros y arrieros, letrados y secretarios, marinos y granjeros,
ahora quiero recobrar la estima de Maxim, mi apuesto esposo,
y expulsar de mis umbrales a esa tibia y tímida usurpadora,
esa inútil que tartamudea con los pies y se trastabilla con las palabras,
esa mustia dama de compañía cuya única virtud es la modestia
y que camina encorvada por la culpa y agarrotada de miedo.
Quiero desterrar de Manderley su sombra y el eco de sus tropiezos
para que cada noche Max vuelva a abrazar mi distinguida ausencia,
añore mi elegancia y sordo de dolor me conjure con su nostalgia
y desgarre sus sueños e insomnios con gritos que me invoquen,
y ya que por desgracia nunca volveré a delirar con el amor sensual,
el único verdadero, al menos me consolaré con el espiritual,
ya que no con el carnal, gozaré con el sucedáneo romántico,
ya que en ningún rojo canapé volveré a gemir transida de placer,
que sean al menos poéticas palabras las que solo me traspasen el alma.


Con mi carisma cerco a la pusilánime, la asusto con portazos y fogonazos,
la humillo con mi recuerdo, que aún fascina la fantasía de los lugareños,
la acoso con mi omnipresencia invisible salvo por la R de mi nombre
bordada en fundas y cojines, sábanas y pañuelos, forjada en la verja,
inscrita en el arco de entrada, grabada de oro en el álbum y la agenda,
y hasta rubricada en el título de propiedad, de modo que si Manderley
ardiera hasta el humo trazaría en el cielo la inicial de Rebeca.
Y para arrinconar la timidez de la intrusa cuento con mi doncella,
que le cuelga a la sombra el lastre de mi gloria y con el ceño
le adelgaza el ánimo y la hará arrastrar su inferioridad por los pasillos.
Si es preciso la hechizará en el tiempo disecado de mi dormitorio,
donde aún se percibe la estela de mi estupefaciente perfume de rosas,
y mi combinación calada de encaje y mis concupiscentes medias de seda
aún parecen aguardar con languidez mi improbable salida del baño.


No fui una esposa fiel, ni tierna, ni dulce, ni siquiera cariñosa,
pero si Max me perdona y me alivia la losa de esta soledad,
ya sin cuerpo no podré repartir de nuevo mis caricias por el puerto,
ni encerrarme con mi primo en la cabaña de la playa, seré pura,
no por nada ahora tiemblo entre los rayos filtrados de la casta luna,
y también yo lo perdonaré a él, ya que por accidente fue mi asesino,
me golpeó en toda la insolencia al decirle que iba a tener un hijo de otro,
y aunque era mentira y solo estaba embarazada de mi propia muerte,
una postiza y rígida sonrisa de escarnio se me fijó en el rictus
después de caer y golpearme el cráneo con un aparejo del barco.
Interpondré entre ellos mi sombra para que Max me añore
y con la desesperación de su dolor me convoque de nuevo a la vida,
y ordene a la doncella poner en la mesa otro cubierto de plata,
de modo que no sea yo la única que a veces olvide que me he muerto,
y tenga que cambiarme porque alguien me espera para la cena.

        

sábado, 15 de febrero de 2014

LA BORRACHERA DE FORD Y WAYNE


                  

Y ahora que esa cara de teta de vaca con gafas de sabihondo,
ahora que ese rojo que me pone al rojo cuando me llama nazi,
tras doce años de barrerle las hojas después de cada escena de viento,
por fin me ha embarcado con él en el Araner, su yate, y hasta parecía
que en el muro de mi futuro se abría una ventana luminosa
y ese irlandés me iba a brindar el mejor papel de La Diligencia,
el gran western sonoro con el que lleva una década soñando
y para el que le ha estrujado un cuarto de millón a Walter Wanger,
ese asesino de mis ilusiones solo me ha brindado una copa tras otra,
intentando en vano emborracharme, solo voy ebrio de odio por cubierta,
y si me pongo otro whisky es para asentar el estómago y no marearme,
después de doce años penando en el atrezzo, desde mis verdes veinte
guardándole los caballos, los secretos y los recados,
cuando creía que en un zoom inédito en su sobrio estilo
mi heroica estatura detendría los impetuosos caballos de la diligencia,
me lanza a la cara la tormenta de hojas del guión y me pregunta
qué joven actor podría incorporar la noble audacia de Ringo Kid.
La próxima vez que me llame patoso patán de buena planta
le daré en la jeta de teta una patada que lo arrojará por la borda.

Al preguntarme eso me sentí como cuando en pleno rodaje
se me escaparon las ocas y por su culpa fui el hazmerreír del equipo:
siendo así podría al menos haberme dado un papel en alguna comedia,
pero ni siquiera habrá dirigido ninguna este enemigo de la risa
y del azúcar que cuando entra en el plató siembra el silencio,
esa pestosa pipa con patas, ese gusano con gorra, ese boniato
masculino singular, pellejo de vinagre y nido de dioptrías
que no necesita beber para ponerse más ciego que un murciélago
y que cuando mira por la cámara verá un medallón oxidado o negro.
Doce años tirados por la borda, y ahora dos días dando tumbos
en este yate más anegado en alcohol que en agua, la madera podrida
de whisky, un barco ebrio que se escora hacia los tiburones del cine,
y aunque no voy a emborracharme me sirvo otra co-copa para tolerar
hacer de bufón de sus invitados y ser el único regocijo del ogro,
el payaso de su circo pero no el vaquero de sus westerns, lo que más quiero,
“me llamo John Ford y hago western”, dice en los momentos solemnes
o cuando está ensopado en bourbon, pero lleva mucho sin rodar ninguno,
aunque si alguien puede resucitar el género es él, un frustrado como Ford,
un tipo que ama la familia y es incapaz de crear ninguna,
un desgraciado que alimenta sombras hoscas, borrosas figuras
que lo devoran, los negativos y radiografías de su fracaso,
un romántico sin mujer, un poeta sin sentimientos, un cineasta
con los ojos puestos al revés hacia un mundo interior, aciago y portentoso,    
alguien tan infeliz cuyos únicos seres queridos son su compañía de actores
ha ser un artista: quiero ser su hermano pequeño, su hijo, y por eso le odio.
La próxima vez que se burle porque no sé quién es Maupassant
de una trompada lo mando a la sentina: nadie se ríe de El Duque.

Me sirvo otra pero ese borracho no va a convertirme en un alcohólico,
como por desgracia tampoco en el alter ego del que a veces me hablaba,
su extensión al otro lado de la cámara, cuando me prometía confianza
luego se burlaba de mis esperanzas y me escarnecía delante de todos,
para eso me ha traído a este yate donde la bodega lo es de licores,
y para torturarme consultándome quién podría hacer de Ringo Kid
en La Diligencia, si Gary Cooper o tal vez Lloyd Nolan,
después de doce años soportando su cháchara sobre la épica del western,
como si fuera el cegato Homero del cine y pensara en mí como su Aquiles,
después de tanto prometerme que me haría el rey de ese mundo
de naipes, pólvora y espuelas, de búfalos, flechas y desiertos inagotables,
que yo sería el amo de la frontera y la estrella de los pioneros,
el horror de los forajidos y la eterna visión de los muertos de la Unión,
el guía de las caravanas y el fantasma que espantaría a los apaches
como un rayo que desatara el toque de corneta del Séptimo de Caballería,   
que tallaría una efigie de héroe en la piedra de mi rostro,
y que enseñándome como un padre a caminar y a cabalgar,
a contenerme con un gesto duro y noble, sereno y valiente,
me convertiría en la metáfora del coraje y del individualismo,
y después de doce años arrastrándome en el polvo como especialista,
extra, figurante, comiéndome sus promesas y esperanzas de papel,
soldando unas ilusiones tan de hojalata como la estrella de un sheriff,
me arroja a la cara justo eso, papeles, un montón de hojas, me mira
como si yo no fuera capaz de leerlas o esperase que las barriera,
y me pregunta quién de entre los actores jóvenes podría hacer de Ringo.
Por su bien espero que no vuelva a llamarme Marion Morrison, mi nombre,
y ordene al diseñador gráfico que en los próximos títulos de crédito
taje a hachazos cada rasgo de John Wayne en la madera del fuerte.

Han sido doce años tolerando sus trampas al bridge, las burlas y borracheras
de ese benefactor de verdes terroristas irlandeses y rojos españoles,
para ahora, en plena resaca de la marea, de babor a estribor dar bandazos
con otro whisky que me haga olvidar a ese forjador de fantasías,
a ese mentiroso masturbatorio, el único capaz de crear y recrear un mundo
que nunca existió y donde a él le gusta refugiarse de sus desastres,
solo alguien tan sedentario podría conjurar tantas aventuras,
solo un tipo tan infeliz podría convocar la felicidad de aquel tiempo,
solo alguien tan nublado podría proyectar tantos paisajes soleados,
solo un impotente podría transmitir la arrasadora energía del Oeste,
solo un creador podría comprender la soledad del pistolero,
su inadaptación a la vida y su religión de la puntería y el nomadismo,
solo un sádico podría como él ahora subir por la escotilla sonriéndome,
y burlándose de mi estado, después de tenerme dos días en vilo, al filo
de la borrachera, cuando ya me remango los puños para recibirlo
me tiende el contrato de La Diligencia,
su cumplida promesa de papel.

        

sábado, 8 de febrero de 2014

ROCCO Y SUS HERMANOS


       

Cuando elijo una película para reseñar tengo por defecto rutinario, tal como si de un programa de ordenador fuera, revisar el film unos días antes de comenzar a escribir. Sin embargo, en esta ocasión he decidido saltarme este protocolo. ¿Por qué? Pues… no lo sé a ciencia cierta. Bueno… o quizás sí. Creo que se debe a la magia que aún siento cada vez que rememoro en mis pensamientos las sensaciones que me produjo Rocco y sus hermanos la primera y única vez que he visto esta obra magna del cine, hace nada más y nada menos que algo más de diez años. Confieso que existen películas que me da miedo volver a visitar una segunda vez y estas son precisamente las que más me suelen gustar, puede que porque éstas sean como esa primera vez de encuentro con los primeros sobresaltos y emoción. Todos nos acordamos de nuestro primer día de colegio, de nuestro primer día de universidad, de nuestro primer día de trabajo, de nuestro primer beso, de nuestra primera relación amorosa…

Todos esos acontecimientos descritos son como recuerdos indelebles en nuestro cerebro que se convierten en realidad deformada por la idealización del momento gracias al malvado efecto que el monótono y tiránico paso del tiempo provoca en nuestra mente.  Por ello me atrevo a hablar de este monumento del cine desde la óptica de mis memorias, contaminadas éstas por la absoluta devoción que siento tanto por el film como por el master Luchino Visconti.   

¿Qué significa para mí Rocco y sus hermanos? Decir que ésta es una de las mejores películas de la historia del cine creo que es una obviedad. Es la crónica de una demolición familiar anunciada, rodada con la elegancia y belleza con la que sólo Visconti sabía procurar a sus hijos. Luchino, como gran escenógrafo y director de ópera,  dotó a Rocco con su habitual puesta en escena colmada de belleza, no sólo a nivel de actores (todos guapísimos), sino más bien a nivel fotográfico y de producción. Milán aparece como un paraíso perdido, oscuro y demoledor que devora las esperanzas del iluso recién llegado inmigrante del Sur de Italia. La ambientación de Rocco se asemeja más al cine negro que al melodrama clásico italiano, y esto es algo convierte al film en una joya de hipnótico influjo. Es una obra fundamentalmente nocturna, de ambientes chuscos y arrabaleros, en los que la depravación más desgarradora vence al esperanzador progreso. Me fascina cómo Visconti juega con nosotros estructurando su obra en cinco episodios titulados cada uno de ellos con el nombre de los cinco hermanos que dan titulo a la película. Esta forma de narración aparentemente deslavazada terminará teniendo sentido, puesto que a pesar de su composición episódica el film se centrará en la relación establecida entre el bondadoso e inocente Rocco y su querido hermano Simone, un ser mezquino, cruel y malvado que es la antítesis de su pariente de sangre, o tal vez no, y solo sea el reverso tenebroso que el miedo por experimentar la vida impide que aparezca en el piadoso y caritativo Rocco. Se nota que Visconti no solo era un director de cine, sino también un lector incansable, puesto que Rocco y sus hermanos es un pequeño homenaje a una de las obras de cabecera del cineasta italiano que no es otra que El idiota de Fiodor Dostoyevski. Quizás por ello, Visconti no dudaba en afirmar que Rocco siempre fue su película favorita.

No obstante, para mí Rocco supone algo más. No es solo una película, es una obra que traspasa los límites puramente fílmicos, pues es un film que forma al espectador tanto intelectual como personalmente. Porque si  hay algo que caracteriza a Rocco y sus hermanos es el hecho de ser un retazo de pura vida, más real que la propia realidad. Y es que la vida no es un paraíso idílico y feliz tal como el cine trató de implantar en nuestra conciencia con las comedias alocadas y despreocupadas producidas en los años treinta o en los melodramas tontorrones de los cincuenta. La vida es todo lo contrario: es una carrera de obstáculos en la cual debemos sortear como buenamente podamos las barreras impuestas por la avaricia, la maldad, la sordidez, la corrupción, la envidia, la familia, los amores destructivos, la miseria económica, el fracaso, el éxito, una madre sacrificada y protectora, el  miedo a enfrentarnos a lo desconocido, la renuncia a la felicidad  en favor de la del prójimo, esto es el sacrificio. Todo esto y mucho más es Rocco y sus hermanos y por ello esta película me toca muy profundamente, como pocas veces lo ha hecho un objeto de arte en movimiento a veinticuatro fotogramas por segundo.

                  

Y es que en el perfil de cada uno de los hermanos está presente una de esas virtudes o maldades de las que estamos compuestos los seres humanos, nos guste o no admitirlo. Rocco es la bondad extrema, lo que actualmente se llama un tonto útil que no duda en sacrificar su felicidad por los demás, un pusilánime incapaz de hacer frente a los problemas de cara, huyendo ante las fatalidades que se cruzan en su destino, y por tanto alguien cuya vida no es más que un profundo vacío inerte de emociones que nunca se adaptará al nuevo ambiente pues añora la tranquilidad del viejo Sur ausente de problemas. Simone, como comentábamos anteriormente, es la maldad que se opone a la misericordia de Rocco, un hombre cuya inicial inocencia es destruida por su envidia y avaricia mal entendida, es decir, un egoísta al que le corroe por dentro que su hermano pueda ser más querido o feliz que él mismo, siendo pues pervertido por el veneno del nuevo ambiente depravado que encuentra en Milán. Simone no dudará en robar, delinquir, mancillar el honor de las personas a las que más quiere. Vicenzo es el primogénito, responsable, trabajador y sufridor incansable perteneciente a la clase media, forzado a integrarse en el nuevo ambiente muy a su pesar. Ciro es la juventud inocente estudiante e ilusionada, que representa la esperanza de un futuro mejor que el oscuro presente. Al igual que el pequeño Luca, que encarna nuestra más tierna infancia, aquella que aún no se ha topado con el desencanto que supone madurar y batallar por la propia supervivencia en un entorno hostil. Este retablo de personalidades y perfiles que se entremezclan, cruzan, chocan en el  ambiente familiar es algo que me cautiva, que me hace recordar vivencias de mi propio pasado, así como expectativas de mi propio futuro.

Además de un crudo melodrama familiar, Rocco y sus hermanos es también un intenso cuadro social en el que se describe el impacto que el proceso de emigración interior del Sur rural al Norte rico y urbano supone en la mentalidad del trabajador emigrado. Los primeros compases de la película me resultan increíblemente emocionantes por la verdad que encuentro en ellos: la llegada de la familia Parondi a la estación de Milán me resulta cercana. La fascinación que para el recién llegado del Sur implica simplemente montar en tranvía y vislumbrar a través de las ventanas del mismo las luces de neón que engalanan los edificios de la gran ciudad me recuerdan a esos viajes emprendidos por los emigrantes españoles en los años cincuenta y sesenta. Igual que el hechizo que para el extraño supone contemplar la primera nevada, hecho climatológico que para el hermano ya asentado en la urbe (el trabajador Vincenzo) solo supondrá la oportunidad de colocar laboralmente a sus hermanos aterrizados en la opresora prisión urbana. Me encanta como Visconti simboliza el desarraigo que el movimiento migratorio implanta en el temperamento de los protagonistas del mismo, motivo éste que supondrá la demolición de los cimientos que sustentan la estabilidad familiar que la pobre Mamá de los Parondi tratará en vano de defender. Y es que la ciudad terminará siendo un purgatorio que devasta la tradicional unidad fraternal de las familias emigradas, tal como hemos sido testigos tantas veces en nuestra vida real.

                  

Pero sobre todas las emociones que experimenté tras descubrir por primera vez esta obra maestra del cine, sin duda hay dos escenas que se quedaron grabadas en mi mente y corazón sin que el paso del tiempo haya erosionado el efecto demoledor que las mismas me provocaron en el pasado (a quien no haya visto la película le recomiendo que no siga leyendo este párrafo y vaya directamente a la última estrofa de esta reseña, ya que le puedo destrozar el final de la cinta). Las mismas se basan en la historia que confronta a Rocco y Simone por el amor de su vecina puta, la bellísima Nadia. Ésta se presentará inicialmente como una mujer de vida alegre capaz de vampirizar el alma de aquel que ose buscar su afecto. Su carácter despreocupado e irresponsable casa inicialmente con el vividor, alegre y maléfico Simone. Sin embargo, tras ser rechazada por un Simone hastiado del sexo dispensado por Nadia así como de su fracaso como boxeador, Nadia conocerá al bondadoso y maleable Rocco, del que se enamorará perdidamente, hecho éste que desatará la violencia más ruin de un Simone deshumanizado por la inhumanidad imperante en los bajos fondos de la ciudad. No cabe duda que la escena de la violación de Nadia ante los ojos de Rocco por parte de un Simone que busca con este acto aberrante humillar el éxito alcanzado por su hermano tanto en el terreno amoroso con su antigua amante como en el laboral como boxeador (éxito que Simone mira con ojos envidiosos al haber fracasado en ambos), es una de las escenas más escalofriantes y espeluznantes que jamás se han filmado en el cine. La sensación de vómito y vacío que esta secuencia me provoca aún me congela la sangre cada vez que aparece en mi conciencia. Las lágrimas desgarradoras de Rocco mientras observa la aberración, así como la vergüenza experimentada por Nadia una vez culminado el acto, no las puedo desprender de mi mente. Del mismo modo, los últimos veinte minutos del film son igualmente inolvidables. El montaje en paralelo llevado a cabo por Visconti para mostrar alegóricamente el triunfo de Rocco como boxeador enfrentado al fracaso del amor al que ha renunciado Rocco para expiar los pecados cometidos por su hermano en forma de la terrible  escena del asesinato a navajazos de Nadia cometido por Simone es sencillamente de una poesía sublime. Todo ello culminará con una de las secuencias más desgarradoras que recuerdo: tras una última reunión familiar que une de nuevo a toda la familiar Parondi, Simone llegará a casa para confesar que ha perpetrado el asesinato de Nadia a Rocco, de modo que la pequeña felicidad alcanzada tornará en destrucción existencial en un desgarrador abrazo de  hermanos a lágrima viva que expresará el fracaso vital absoluto que el enfrentamiento de las personalidades de Rocco y Simone ha impulsado en las vidas de ambos.

Sobran las palabras para enunciar los sentimientos que esta película me sigue provocando y que estoy seguro seguirá induciendo a todo aquel que la haya visto. Es por eso que tengo miedo a volver a enfrentarme con este coloso del cine, porque no quiero que la monotonía y el conocimiento de cada escena originen en mí una pérdida de esa emoción que aún siento. Y es que el primer beso no solo es el más rico, sino que es eterno.

Autor: Rubén Redondo


jueves, 6 de febrero de 2014

LA DOBLE VIDA DE VERÓNICA




                  

Gemelas remotas vimos la luz a las tres de la madrugada (yo a y cinco),
tú, Verónica, en París, la ciudad de la luz y de la verdadera revolución,
yo, Verónica, en Cracovia, una ciudad por entonces en blanco y negro,
pero pronto se apagaron las luces en las ventanas de nuestras madres
y nuestros padres se nos quedaron tristes y las almohadas huérfanas,
y a los tres años, mientras que me quemaba el dedo corazón en el horno,
tú te acercaste a tu cocina y aunque aún no sabías que podías quemarte,
en el último instante retiraste la mano como si te hubieran advertido,
y crecimos idénticas, el pelo oscuro con juegos y reflejos castaños,
y pardos los ojos con brillos de hierba entre el rocío de las estrellas,
bellas y tan felices que nuestras únicas lágrimas fueron gotas de lluvia,
hasta que cierta mañana coincidimos en una plaza de Cracovia,
en un delirio del tiempo, en plena borrachera del destino, se cruzaron
nuestros pasos paralelos, tú, siempre más afortunada, eras una turista
y yo, tu doble, una estudiante atropellada por una protesta de jóvenes,
me miraste sin verme, sin reconocerte, hasta me congelaste en una foto,
y partiste en el autobús dejándome perdida entre los puños y gritos,
mis partituras al vuelo entre la primera estatua derribada, el primer dios
expulsado de los tormentosos cielos de aquellos tiempos revueltos.


Cada vez que elegías una calle, una cafetería, un amigo,
creías que eran el azar o tu invisible madre la que te decidía,
igual que retiraste a tiempo tu mano del horno,
incluso abandonaste tus clases de canto sin saber el motivo,
ignorando que desde este mundo translúcido fui yo quien te salvó:
nuestro corazón no tolera el esfuerzo de los agudos ni los cambios de tono,
y así la arritmia había trazado el disonante pentagrama de mi muerte.
Nunca olvidaré mi último día: las tenazas del infarto ahogándome
en plena cantata, cómo achacaban todos la mímica del dolor
a mis dotes de actriz, cómo giró la sala devorando al público,
se abrieron pozos de vértigo, los cantantes se despeñaron por ellos
y caí en el útero de mi tumba, y al poco me levanté y con asombro
me separé de mi cadáver, lenta y tranquila, solo un poco más torpe
que de costumbre, ahora llegaba algo más tarde a todas partes,
invisible, como un buzo me movía en un tiempo distinto al resto,
percibía la realidad con retardo de vía satélite, como en una resaca
los objetos se me alejaban a tres segundos de distancia,
pero porque estaba acostumbrada a llegar tarde pude empezar a cuidarte,
aunque cinco minutos menor, te protegía como una hermana mayor,
ya no tu misteriosa hermana del Este, sino del otro lado del tiempo,
y te envolví en una translúcida crisálida de mariposa. Te he ayudado
desde este lugar de tristeza e indiferencia, conceptos que aquí no se oponen,
desde este mes decimotercero entre enero y febrero, desconocido
para los vivos, un mundo gris, nublado, parecido a una ciudad del Este,
donde se sigue ignorando si hay dioses y mi único pasatiempo
es ver la película de tu vida proyectándose en el espejo del lago,
en una pantalla líquida, tu cara que es la mía surcada por las ondas.


Desde mi muerte he sido los chasquidos de fuego al teléfono
las interferencias de la radio y del portero automático,
los pasos enfermos crepitando en las hojas de los parques,
la estela de perfume que no reconoces al salir de la ducha,
el silencio que sigue al último verso de un poema alucinante,
el reflejo primaveral que nada en el crepúsculo de tu ventana,
el parpadeo de la tele cuando te quedas dormida en el sofá,
la burbuja de jabón que exhala el niño de la ventana de al lado,
el rumor de alas de una mariposa, el destello del espejo en la noche,
el brillo convexo de una canica, la brisa de las rosas,
una ausencia, una idea fugaz, el primer copo del olvido,
la estrella que esperas con tu padre para celebrar la Navidad,
desde entonces te he velado, acompañado, auspiciado:
estoy al fondo de la calle del cuadro que te hechizó en el Louvre,
en la almena del castillo de tu fantasía, a un lado del paisaje soleado
que recuerdas de un lejano viaje, en la playa azul de tu último sueño,
en el invisible vidrio de tu soledad, en la bola de cristal de tu memoria,
en la página en blanco de tu ensimismamiento:
yo soy quien a tu paso abre las puertas automáticas.
Aunque te veo como a través de la lluvia, de un cristal esmerilado,
no he dejado de protegerte con mi ala transparente:
mi muerte ha sido tu suerte.


En la nebulosa de este silencio condensado en el que me licuo,
en este tiempo sin tiempo me recuerdo haciendo el amor
mientras te veo hacerlo a ti, enseñar música a los niños,
reír con tus amigos, visitar a tu padre, leer en la biblioteca,
enamorarte de alguien que aún no conoces.
Y hasta ahora que me has reconocido en aquella foto de la plaza,
como si en vez de hacerla te la hubieran hecho a ti,
no me he sumergido como aquel buzo al fin en tu conciencia,
ya te he dicho que siempre llegaba tarde a todas partes,
entraba tarde en el coro, estudié piano demasiado tarde,
perdí algo tarde la virginidad y llegaba tarde a clase,
y en esta eterna resaca todo lo percibo tres segundos tarde,
lo único que hice demasiado pronto fue morirme,
pero ahora vivo a través de ti, conmigo nunca estarás sola,
ni tampoco yo recorreré sola el desierto sin fin de esta soledad,
ya sabes por qué te sientes aquí y allá, en el presente y el pasado:
soy tu sombra blanca, la paloma que cruza tu mirada,
el temblor de las hojas, la emoción que sientes al leer la historia
de la bailarina que muere y revive en la que le sucede,
el susurro inexplicable, el viento en los flecos del alba,
el humo del ocaso, el reflejo del vaso triste,
el instante que pasa, el fulgor de tu mente,
el silencio de la lluvia o del fuego,
soy, no quería decirlo,
tu ángel de la guarda.

   

sábado, 1 de febrero de 2014

SIN PERDÓN: LA BALADA DE WILLIAM MUNNY




                   

¿Quién podría vengar a una puta mejor que un hijo de puta?,
se alienta Will Munny de vuelta a su oficio de sicario
a través de Wyoming y de los decapitados fantasmas del pasado:
su vidriado reflejo en el ojo negro de Bullard que cuelga del nervio óptico
como un botón descosido o un reloj parado pendiente de la cadena de oro,
la cabeza cortada de Charlie Pepper, que vacía de memoria, translúcida,
parece un acuario sin agua pero lleno de palpitantes peces rojos,
y recuerdos peores de los que a Will lo han absuelto el whisky o los años.
¿Quién se merece el oro de una puta más que el hijo de puta
que durante dos semanas volveré a ser?, se pregunta Will Munny,
que siempre supo que nunca olvidaría el hombre que había sido,
el miedo que con la corriente de frío producía al abrir cada puerta,
el odio que como carbones encendía en los ojos de sus víctimas,
la soledad de invierno a que condenaba a cada nuevo cadáver,
y a los diez años ya cabalga de nuevo con Logan, su gemelo en el crimen,
al encuentro de un pasado que desde su boda con Claudia
ha temido que como un lobo se le abalance por la espalda,
otra vez husmeando el rastro de la sangre y la sombra del miedo,
hacia Big Whiskey, donde Kitty y Silky y Susy ofrecen mil dólares
por la cabeza de los vaqueros que en vez de cabalgarla como a una yegua
han marcado su vileza a navajazos en la piel de Delilah, mujer de la vida.


¿Quién podría defender a una puta mejor que un hijo de puta?,
se repite pensando que si Claudia viviera no iría tras esa recompensa
que necesita para aliviar la infancia de terrones y estiércol de sus hijos,
Claudia aún le habla con el viento entre las ramas del arce de su tumba,
le aconseja virtud y moderación con la fría paciencia de su lápida,
y sigue siendo la enfermera que le extirpó la maldad de entre los ojos,
porque ella era un lirio y él un asesino más frío que la nieve,
ella era una espiga y él un hombre más afilado que una hoz,
pero ni siquiera Will pudo amputar las manos rojas de la viruela
que pintarrajearon su belleza y untaron de lágrimas el pan de sus hijos.
¿Quién podría enamorar a una puta mejor que un hijo de puta?,
intuye, mientras se vengan de él sus propias perversiones del pasado,
y tanto whisky como bebió ahora le tuerce la puntería
y tantas mujeres como abandonó ahora le anestesian la lujuria
y tantos caballos que azotó ahora le columpian la silla
y tantas blasfemias que gritó ahora lo insultan con un eco del monte
y tantas muertes que fabricó ahora lo lastran con ladrillos en los pies,
tantos muertos como aquel William Harvey al que le volaron los dientes
o Joe Pebble que dicen cabalgó sin cabeza hasta cerca de Abilene,
o el primero de todos, John Law, con un surtidor de sangre en la garganta,
el joven que a su revólver le hizo perder la virginidad no solo con su vida,
sino también con la vida de los hijos y los nietos que ya nunca tendría,
tantos muertos cuyas ánimas ahora brillan con los luceros y las luciérnagas,
que con el viento entre los juncos y las cañas le susurran con alegría
que quizá nadie puede morir por una puta mejor que un hijo de puta.