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lunes, 30 de junio de 2014

ROMA, CIUDAD ABIERTA


                  

Padre nuestro, que estás en los cielos,
menos en los de Roma, donde rugen los pájaros preñados de bombas,
estos nueve meses de ocupación nazi, de gestación del Apocalipsis,
cuando Roma se ha quedado embarazada de su propia muerte,
grávida de una bestia que hará una tumba de su útero de mármol,
nueve meses como nueve milenios concentrados en una quinta estación,
hambrienta como el invierno, ardiente como el verano,
triste como el otoño, cínica como la primavera,
mientras la Loba de Roma amamanta a un Atila con bigote de mosca,
desde la jaula de este camión que me lleva al arrabal de mi vida,
veo una ciudad donde los cazadores azuzan a los perros negros del miedo,
y el hambre es una epidemia cuyos bacilos se propagan a besos,
donde la injusticia convierte a niños como Marcello en hijos de la venganza,
a tipógrafos como Francesco en revolucionarios, a los actores en activistas,
al párroco de San Clemente –yo- en miembro de la Resistencia,
a comunistas como Manfredi, el hombre de larga sombra y sangre serena
en santos mártires que serán ensalzados con el triunfo de la Libertad.

Santificado sea Tu Nombre, o maldito,
si permites que los bárbaros sigan repartiendo la muerte como carteros,
maldito, si permites que los fabricantes del horror sigan prosperando,
maldito, si permites a los maestros del odio impartirnos su crueldad,
pero tengo que tranquilizarme o escandalizaré al colega que me asiste
en el camión con que cruzamos el toque de queda por el túnel del alba.
Venga a nosotros Tu Reino, donde un pobre cura como yo
no tenga que fatigar las calles desnudas buscando el camino de la libertad.
Avisado por Marcello, el hijo de la venganza, y luego por Manfredi,
el hombre de larga sombra y sangre serena,
retrasé la confesión de Pina, la madre viuda de Marcello,
la mujer de manca suerte, a la que ya embarazada de un hermanito
iba a casar con Francesco, el tipógrafo que imprime con tinta roja,
y me encaminé a entregar a un camarada que silbaba en el puente
un millón de liras traspapeladas en las comedias de Séneca.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy
sin que haya que suplicarlo a los hornos como si fueran altares,
sin que haya que conquistarlo en las panaderías,
sin que haya que repartirlo como bendiciones,
sin que Pina tenga que distribuirlo en el mercado negro,
sin que los especuladores amasen su falta con manos que se excusan,
sin que sea el lujo del obrero ni el sueño del pordiosero,
solo dánoslo como las migas a los pájaros o mejor por nuestro trabajo,
y no este pan de piedra que hay que ablandar con lágrimas y sangre.

El miedo me ha desordenado hasta el Padrenuestro:
Hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo,
mientras no sea el crimen que los carniceros cometieron en el barrio
arrastrando como animales a ancianos y enfermos al matadero del patio,
en tanto Marcello y yo subíamos a la terraza a esconder las bombas,
hágase Tu voluntad mientras no sea que encierren a Francesco
y acribillen a Pina, haciéndolo viudo antes que marido,
mientras no sea que acribillen a Pina, la mujer de manca suerte,
que corría tras un camión como éste, donde llevaban a Francesco,
mientras no sea que acribillen a Pina, y a ojos de su hijo,
convirtiéndolo en hijo de la venganza,
a Pina, cuyo entierro tuve que oficiar en vez de su boda,
a Pina, cuyos gritos por siempre se oirán en esa calle
en vez de los vagidos de su bebé,
porque como Roma también ella estaba embarazada de su muerte,
de su manca suerte.

Hágase Tu voluntad mientras que no sea que detengan a Manfredi,
el hombre de larga sombra y sangre secreta, a Francesco, el tipógrafo
que escribe con tinta roja, y a mí, pobre párroco de San Clemente,
y nos aherrojen en la Casa del Pueblo, el cuartel de los bárbaros
en cuyas sombras se destilan las voces de los torturados.

Y perdona nuestras ofensas así como nosotros a quienes nos ofenden,
pero no a quienes con el suplicio hacen cobardes a los valientes,
no a quienes seducen nuestro silencio con el soborno del dolor,
no a quienes apestan el cuartel con la carne quemada de Manfredi,
pero solo le han alargado la sombra de la leyenda
y le han erguido la sangre en una oleada que acabará por ahogarlos,
la sangre serena que por el Hombre ha dado como un Cristo comunista,
no a quienes me han traído a este erial, aparta de mí este cáliz,
y no nos dejes caer en la tentación de hablar ahora ante el pelotón,
de delatar en el último instante a Manfredi, a Roma, al Hombre,
para que me desaten y la orden no restalle en el alba,
perdónales porque no saben lo que hacen,
más líbranos del mal amén fuego.   

  

lunes, 23 de junio de 2014

LA NOCHE AMERICANA



                  

El electricista no tiene chispa, mañana lloverá hasta en Niza,
la script se ha vuelto amnésica y el especialista un cobarde,
los relojes de los operarios se atrasan y los de los productores se adelantan,
tantos problemas que me trae el cine y es la solución de mi vida,
tantas sombras y es mi única luz: el fotógrafo tiene cataratas,
el figurinista se ha vuelto nudista y tengo cuarenta días de rodaje,
solo cinco más que Ferrand, el director de “Pamela”,
el personaje que, además de dirigir, interpreto en La Noche Americana
(esta vez no se reirán de mi papel, actúo de mí mismo, de Truffaut),
mi decimoctava película, y el cine sigue siendo mi sueño
aunque esta noche me lo robe, dando tumbos en mi habitación del Atlantic.
Cuando almuerzo hago cine, hago cine cuando leo una novela,
cuando converso hago cine y solo cuando hago cine vivo de verdad,
porque tengo un amigo interior que siempre lleva la cámara al hombro,
o más bien un enemigo que nunca deja de hacer tomas:
mi inconsciente que jamás corta la secuencia infinita de mi vida,
hago cine cuando hago el amor y el amor cuando hago cine
porque con cada película quiero que me quieran más,
hago cine mientras duermo e incluso cuando como ahora, no duermo.
Prefiero el argumento más convencional a un día divertido,
un escenario de cartón piedra a una calle de París,
una filmoteca a mi casa, John Ford a mi padre.


Igual que en un rodaje, el insomnio invierte el orden del guión,
y en esta oscuridad de terciopelo se desbarajustan las escenas
como si un viento de locura agitara las hojas del guión,
pero los planos se desenfocan en la atroz pantalla de mi vigilia
mientras que en el cine cada encuadre compone un cuadro vivo,
los fotogramas de mi mente se estrechan al delirio de mis obsesiones
mientras que en el cine la profundidad de campo dilata las distancias,
en este cuarto oscuro no se revelan los negativos de mis fantasmas
mientras que a la luz de la fotografía afloran todos los sentimientos,      
el destino humano es un montador que corta demasiado pronto
mientras que en la moviola reordenamos el tiempo a un ritmo mágico,
los hombres aman y odian vulgarmente, admiran y envidian con pequeñez
mientras que en la pantalla nuestra fantasía proyecta pasiones míticas,
las rutinas aturden la vida con el zumbido del aburrimiento
mientras que en el rodaje cada toma mejora a la previa.
Prefiero el celuloide a la seda, el atrezzo a mis muebles,
Marlene en dos dimensiones a una amante de tres,
Jean Renoir y Jean Gabin a los amigos de la niñez.


El decorador ha perdido el gusto y el estilista el estilo,
un cortocircuito nos hará repetir la gran escena final, inicial del rodaje,
cuando filmamos a un equipo que filma en una plaza un plano secuencia,
un travelling donde fluye más vida que en la más intensa vida:
como un espía que es puro ojo la cámara sigue a Léaud que sale del metro,
avanza entre los transeúntes, una señora de rojo tira de su perrito,
pasa un descapotable, él cruza junto a una terraza, parte un autobús,
y Jean Pierre abofetea a Jean Pierre (Léaud a Aumont),
y cuando tras dos días íbamos a ver la secuencia revelada
llamaron del laboratorio diciendo que un corte de luz la había abortado,
por lo que tuve que achacar la avería al equipo de la ficción
para justificar al productor que tuviéramos que volver a rodar la escena.
A veces me inspiro en la realidad o la realidad se inspira en mí:
estaba escrito (en el guión) que Jean Pierre y Jacqueline compartirían sábanas.
En este caso me gustaría que de verdad fuera él mi alter ego,
pero de todas formas prefiero el plano de un beso a un beso,
una panorámica a un paisaje, el vestuario a la ropa de calle,
una transparecia a una ventana con vistas, un foco al sol,
la lluvia artificial a la natural, la vida de mentira a la de verdad,
rodar de día una escena de noche a hacerlo simplemente de noche,
porque el arte, la mentira, la noche americana son humanas,
pero sin el hombre la lluvia, la vida, la noche, no serían nada.


El iluminador se apaga, la maquilladora me deja pálido,
y otra vuelta y revuelta asemejan mi cama a la de una orgía,
las sábanas de mi soledad a las sábanas de Jacqueline y Jean Pierre,
el guionista pierde los papeles y los extras se creen insustituibles,
Aumont teme que su personaje gay desdibuje su imagen de donjuán otoñal
e incendie el museo de cera de todos los galanes que ha interpretado,
Léaud lo tiene tan fácil como yo interpretándose a sí mismo,
el actor débil e inmaduro al que he transferido mi infancia de hierro,
Alexandra me ha ocultado que estaba embarazada, así que Steacy,
su personaje, hará lo mismo conmigo, Ferrand, el director,
Severine está bebiendo casi tanto como Valentine, la actriz que interpreta,
no, quería decir que Valentine está bebiendo casi tanto como Severine,
confundo verdad y ficción al rodar una película concéntrica a otra
y porque mi realidad es el cine y el cine mi única realidad,
y naufrago en la balsa de esta cama por la tormenta de mi insomnio,
en el cine ya me habría dormido, estaría soñando mi película,
la vida pasa pero el cine diseca cada instante en una eternidad cíclica,
nunca dejaría una película con la Bisset ni siquiera por Jacqueline,
pero dejaría hasta a Jacqueline por rodar una película con la Bisset,
y ya de sus ojos fluye un silencio verde, una niebla confunde a Aumont,
Léaud se desvanece en una sombra, me pesan los párpados de plomo,
y no sé en qué película me despertaré, si en Pamela o en La Noche Americana,
o en un biopic sobre mi vida en que tras un prematuro fundido en negro
seré ese silencio, esa niebla, esa sombra que sobreviva en la pantalla.      

  

lunes, 16 de junio de 2014

LIMPIABOTAS


                  


Me llamo Giuseppe y mi mejor amigo es Pasquale,
somos limpiabotas: hermanos de bayeta y betún,
en la calle cada zapato nos deja una huella de esperanza,
cada paso de una bota americana nos trae el sabor del chocolate o un pitillo.
La ficha de Pasquale dice que tiene catorce, uno más que mis fatales trece,
y que vive en el 13 de Via Lombardía, de padres fallecidos,
y la verdad es que dormía en el ascensor, yo sí tengo padres y cena,
mi madre deja su blanca estela en las sábanas, los spaguetti, la leche,
Giuseppe es alto y yo bajo, moreno carbón y yo rubio ceniza,
a él lo condenaron a dos años y a mí a la eternidad de uno
porque mi abogado enamoraba a las palabras y el suyo las odiaba,
él está vivo y yo acabo de morir, sin querer me ha matado
por un caballo blanco que significaba la libertad y la inocencia,
un fuego de espuma que flameaba con llamas de nervios y fuerza,
y que acabará guiando la carroza fúnebre que me lleve a mi nueva casa.
Giuseppe y yo quemamos nuestra amistad al fuego fatuo del orgullo,
y se nos coaguló adentro una costra de hielo que no llegó a derretirse.
Nos hubiera traído más suerte un caballo del color del charol.


Mi verdadero asesino ha sido mi hermano mayor, Attilio,
que en vez del mercado negro nos hizo cómplices del robo a una pitonisa,
a veces creo que somos marionetas de las pasiones de los mayores,
títeres de sus traiciones, los muñecos rotos de su crueldad.
Tras comprar con los beneficios a Bersagliere, el caballo blanco,
y pasearnos en él por Via Veneto como los jinetes de la victoria,
cabalgando aquel relámpago de músculos de esmalte,
el caballo blanco de nuestra esperanza y nuestra ilusión,
entre la admiración y los pitidos, la envidia y los aplausos,
un policía nos descabalgó del sueño y nos encerraron en el correccional.
Aquella pitonisa nos repartió las cartas marcadas de zurdos azares.
Mejor suerte nos habría dado un caballo del color del betún.


Mi pelea con Pasquale se trabó por exceso de cariño
y cuando nos separaron de celda y dejamos de oír juntos
cómo el último tranvía se llevaba el recuerdo de nuestro caballo,
se multiplicaron las pulgas, los piojos afilaron sus aguijones,
el hambre dejó de mejorar el sabor de la sopa viuda,
y un frío de serpiente empezó a insinuarse de los barrotes y los cerrojos,
de la palidez del cura y del rigor de hierro del director.
Encastillados en el desdén, amurallados tras la desconfianza,
Pasquale y yo dejamos de compartirlo todo menos la visión del fantasma
de un frenético caballo arrancando chispas de los adoquines del patio,
el caballo blanco de nuestra amistad y nuestra pureza.
Ojalá fuera el caballo del color de los más ingenuos soldados americanos.


Roídos por el rencor, los dos dejamos de compartir la comida y la palabra,
porque por la astucia de la policía él rompió el pacto de silencio
y Giuseppe, mi verdadero hermano, delató al falso de mi hermano,
pero ahora sé que fue chivato por cariño, para que no siguieran azotándome,
y aunque me cegó contra él el tizón del odio,
se me desencadenó una furia que tenía la fuerza de Bersagliere
y hasta le escondí una lima en la cama para que se la descubrieran,
el caballo blanco de la amistad siguió trotando en nuestros sueños
y nos unía la visión del animal de nieve, podía a ver a Giuseppe mirando
tras las rejas a un imaginario Bersagliere encabritado en el patio,
pero no nos reconciliamos, mirábamos al caballo desde ventanas opuestas,
así que al escaparme de la cárcel ambos pensamos en el caballo blanco
de la esperanza, yo de huir y él de vengarse y de que le rebajaran la pena,
y me ha delatado de veras, en el puente se han topado su furor y mi vergüenza,
y cuando solo quería azotarme me he caído y desbaratado contra las rocas.
Mejor suerte nos habría traído un caballo del color de mi culpa.

  

jueves, 12 de junio de 2014

SCARFACE


                  

Cuánto ama mi pistola los rojos alaridos de mis víctimas,
cómo atrae la luna nueva de la boca del cañón sus mareas de sangre,
cuánto afecto fluye entre mis balas y sus corazones de cordero,
todos ellos se sentían tan solos, tan huérfanos, tan vacíos,
hasta que yo, Scarface, llegué a la ciudad a colmarlos del cariño del plomo,
a sembrar como una plaga las calles del gusano blanco del miedo,
a esconder en el bolsillo de cada transeúnte un huevo de serpiente,
a corromper con mi respiración el aire y la dignidad de policías y políticos,
a embarazar como un semental a todo el mundo de su propia muerte.
Cada vez que parpadeo, fulgura una metralleta en ojos que ya no ven.

Primero cayó Costillo, que me pagaba para que le guardara la vida,
pero más pagó Johny Lobo a mi sombra para que se desenroscara en la pared
y mientras colgaba su última palabra del teléfono le regalé la muerte,
y a una harapienta alba, con las colillas y el confeti barrieron su cadáver.
Luego cayeron Meehan y Berdini, ilegítimos reyes de la cerveza,
cuyos barriles y cadáveres rodaron hasta la escoria del estuario,
y sus secuaces bailaron el último vals con viudas invisibles y una orquesta
con percusiones y metales que reventaron los vidrios en un trillón de añicos,
y al único superviviente le llevamos al hospital un ramo de flores
y le abrimos en el pecho otra rosa con pétalos de sangre.
Cada vez que bostezo, gracias a mí alguien pierde el aliento.

Coroné a Johnny Lobo como emperador de los muelles de Nueva York,
porque a quien estorbaba yo le escribía las esquela en el periódico,
pero la fuerza no era de Johnny, ni de mi pistola, sino de mi sombra,
que se desprendía de mí como el carisma de un santo, de un donjuán,
y desataba sobre las funerarias una tormenta de coronas y crespones.
Cuánto desea mi punto de mira el ceño de quienes me odian,
cuánta confianza se tiende entre mi gatillo y sus súplicas viscosas,
cuánto afecto entre mi metralleta y sus cuerpos que se obstinan en vivir,
cuánto cariño acerca la boca de mi cañón a sus ojos desorbitados.
Aunque todos los poros de mi rostro excretan odio y se cierran como puños
por la ranura de mi cicatriz se escurre la morena voz de mi hermana
y como una hemorragia al revés su voz se infiltra y circula con mi sangre,
una voz de seda que reviste las piernas y los pechos que ningún hombre tocará,
una voz que peina los cabellos de un río donde ningún hombre se bañará,
una voz acariciándome con manos que el árbol de ningún hombre plantarán.
Cada vez que me aprieta un zapato, me maldice el hijo de algún enemigo.

Mi pistola convencía a todos los taberneros: soy el mejor proveedor,
y con Rinaldo, que con una moneda echa al aire la suerte de los débiles,
multipliqué el erario del rey Johnny y me convertí en su delfín.
Compré trajes y ataúdes a medida, autos, un apartamento acorazado de acero,
y gracias a las portadas, a los escritores, a los cobardes,
mi figura era adorada como la estatua dorada de un dios
que contra el crepúsculo sangriento reclama sacrificios humanos.
Luego cayeron O’Hara, que mezcló su sangre con las amapolas de su floristería
y Gaffney, que en la bolera se desplomó como el último bolo,
mis balas granizaron los vidrios de sus locales y de sus ojos,
y mi sombra serpenteaba por las rendijas de la ley y de las celdas,
de donde me rescataba un ejército de abogados esgrimiendo el habeas corpus.
Cada vez que me bebo un whisky, alguien se desangra en los muelles.

A veces dejo a mi sombra en casa y luzco el brillo de la respetabilidad
soy un habitual de palcos, estrados, mesas, primeras filas,
esta noche en el Paradise hemos vertido champán en vez de sangre,
y aunque le he robado a Johnny el trofeo de su rubia platino
en verdad con quien bailaba era con el fantasma de mi deseo, mi hermana,
solo un hombre tiene derecho a acariciar la seda de su voz,
aquél que se reconoce mirándose en el espejo de su cara,
pero Su Majestad Johnny me veía abrazar a su consorte en la pista de baile
y ha mandado a sus cortesanos que me donen un regalo que no he aceptado:
tanto es el amor que fluye entre mi pistola y el corazón empurpurado de Johnny
que el cañón arderá y en su honor explotará en una apoteosis de pólvora.
Mientras enciendo un pitillo, Rinaldo le dispara con mi arma.
Coronado rey de Nueva York, mi manto púrpura amortajará la ciudad,
pero la fuerza no es mía, ni siquiera de mi arma, sino de la sombra
que circula por mi sangre y por el aceite de mi pistola,
la sombra que repta por la cicatriz de seda entre las piernas de mi hermana.

  

lunes, 9 de junio de 2014

MI TÍO JACINTO


           

Existen ciertos prejuicios en buena parte de los espectadores españoles hacia el cine patrio anterior a la explosión acontecida a mediados de los cincuenta tras la irrupción en nuestra cinematografía de dos de los nombres claves del cine español que revolucionaron lo que hasta entonces se conocía como cine del Régimen, estos son, Juan Antonio Bardem y Luís García Berlanga. Parece que el cine español que se hizo desde los años de la post-guerra hasta mediados de los cincuenta sencillamente o se le considera malo o franquista. Nada más lejos de la realidad. Nombres como los de Edgar Neville, Rafael Gil, José Luís Sáenz de Heredia, Florian Rey, Manuel Mur Oti, José Antonio Nieves Conde o Juan de Orduña no solo son imprescindibles para cualquier cinéfilo que desee profundizar en el arte de hacer películas hecho en España sino que los mismos sentaron las bases para el despegue de ese cine más crítico e incisivo que comenzó a aparecer a mediados de los cincuenta para inundar las pantallas de cine en los Festivales Internacionales en los sesenta con eso que se llamó el Nuevo Cine Español.

Dentro de los nombres que mencioné en el párrafo anterior, dejé oculto a posta el de un húngaro que arribó a nuestro país para quedarse y desarrollar una de las carreras más fascinantes y magistrales de nuestro cine: Ladislao Vajda. Resulta ciertamente increíble que la filmografía de este maestro europeo no sea más reivindicada por la crítica y la cinefilia española, puesto que suyas son algunas de las mejores películas surgidas en la península Ibérica. Obras como El cebo (esa co-producción hispano suiza que quizás sea la cinta más valorada actualmente de Vajda), Marcelino Pan y Vino, Carne de Horca, Tarde de toros, Barrio, Séptima página o Un ángel pasó por Brooklyn son sin duda algunas de las mejores obras surgidas en nuestro país. Pero, la cinta de Vajda a la que guardo un mayor cariño y respecto es Mi tío Jacinto. ¿El motivo? En mi opinión, Mi tío Jacinto, es junto a el Surcos de José Antonio Nieves Conde, el mejor botón de muestra del incipiente y escaso neorrealismo español cincelado a principios de los cincuenta como homenaje referencial al neorrealismo italiano. 

La película es una auténtica maravilla de principio a fin. Fue rodada en principio para lucimiento de la estrella infantil española de moda en aquella época (antes de que la copla y el fandango se apoderaran del estrellato infantil cinematográfico con Marisol y Joselito), el gran y tristemente desaparecido Pablito Calvo, magnético y cautivador niño prodigio del cine español poseedor de una mirada que aunaba con maestría ternura y melancolía, que se había convertido en una estrella internacional gracias a otra película de Vajda, la no siempre valorada Marcelino Pan y Vino, el cual cerraría trilogía con el director húngaro con otra película entrañable como es Un ángel pasó por Brooklyn. Siendo una vehículo articulado para el lucimiento de Calvo, Mi tío Jacinto huye extremadamente de la complacencia y el beneplácito de ese público medio que buscaba una obra meramente condescendiente y entretenida, puesto que la cinta de Vajda es sobre todo un demoledor documento acerca de la miseria y la pobreza que rodeaba los arrabales del Madrid arcaico y devorado por las bombas de la cruel Guerra Civil, un Madrid poblado por pícaros, rateros y quincalleros de talante muy castizo (para un madrileño como es mi caso es un auténtico gusto contemplar la concepción antropológica, urbanística y dialéctica con la que dotó Vajda a su película) que rondaban tanto los barrios de chabolas de la periferia sita por entonces más allá de la Arganzuela y la Latina como los mercadillos de poca monta del Rastro que albergaban a ilusionados maletillas cuya principal meta era saltar a la arena del circo de Las Ventas para entretener a la burguesía y escasa clase media adinerada de la época. 

Uno de los puntos más hipnóticos del film es sin duda el hecho de esbozar la epopeya a través de los ojos inocentes e intrigantes de Pablito Calvo, el cual recorrerá un tímido viaje desde la niñez a la madurez con el único vehículo del mísero ambiente que rodea su existencia junto a su tío Jacinto (interpretado por un Antonio Vico que se desprendió de su habitual vena cómica para cincelar uno de esos personajes dramáticos que dejan huella en el aficionado al cine). 

La cinta arranca con un maravilloso plano de atmósfera arrabalera y eminentemente perteneciente al cine social de trincheras de aquellos tiempos, de modo que contemplaremos a un cartero que trata de entregar una carta enviada por un empresario taurino a un veterano e ilocalizable maletilla llamado Jacinto, una eterna y decadente promesa de la fiesta taurina a la que su mala cabeza y su querencia al alcohol han convertido en un títere sin cabeza que vaga sin pena ni gloria por bares arrabaleros en busca de ahogar sus penas en las fauces del vil liquido demoledor de conciencias. Finalmente el cartero localizará a Jacinto en uno de esos barrios de chabolas surgidos en las afueras de la ciudad, barrio en el que el decadente aspirante a torero vive junto a su sobrino Pepote en condiciones infrahumanas. A pesar de lo lamentable del ecosistema, Jacinto y Pepote llevan una vida más o menos feliz, libre de las preocupaciones impostadas que la vida moderna y el dinero imponen a los esclavos que anhelan su quimérica posesión. 

                   

La carta anuncia la intención del empresario remitente de contratar a Jacinto para una corrida a celebrar en Las Ventas. Sin embargo, para poder cumplir su último sueño de triunfo taurino, Jacinto deberá reunir las trescientas pesetas que cuesta alquilar el traje de torero que por circunstancias no posee. A partir de este momento, la cinta adoptará la forma de una epopeya homérica y a contra-reloj, filmada prácticamente a tiempo real, que narrará la ilusoria búsqueda de Jacinto y Pepote del dinero necesario para poder alquilar ese traje de luces que representa la última oportunidad de triunfo y salida de la miseria de tío y sobrino. Vajda narrará dicho viaje plasmando con una maestría supina el ambiente cotidiano del Madrid de los cincuenta, el cual devorará poco a poco las esperanzas de Jacinto y Pepote en sus ansias de salir de los márgenes de la sociedad, retratando así con una destreza y maña a la altura de los grandes autores neorrealistas, el ecosistema urbano y chusquero de una ciudad habitada por una serie de fauna envenenada por el olor de la carencia y la desgracia que tratarán de sacar provecho en su propio beneficio de las penurias sufridas por Jacinto y Pepote. 

El hecho de concentrar buena parte del nudo estructural de la historia en la epopeya vivida por Jacinto y Pepote en su lucha por reunir el dinero suficiente para poder alquilar ese vellocino de oro representado por el traje de faena, reviste el hilo argumental de Mi tío Jacinto con la esencia de la gran obra maestra del neorrealismo italiano que es Ladrón de bicicletas. Al igual que en la cinta de Vittorio de Sica, Vajda agrupa los cimientos de su obra alrededor de la infructuosa lucha por salir de la pobreza de un padre y un hijo (en la película española a pesar de ser un tío y su sobrino huérfano, son claras las reminiscencias paterno-filiales que empapan la relación establecida entre Jacinto y su sobrino Pepote). El traje de luces hará las veces de esa bicicleta hurtada al Antonio de de Sica, y la mirada de veneración y amor de Pepote hacia su tío Jacinto se confundirá con la emanada por Bruno hacia su infortunado padre. Ambas cintas reflejan una visión desgarradora y destructiva de una sociedad articulada en base a la pobreza moral y económica en la que apenas existen huecos para florecer el oxígeno y la esperanza. Del mismo modo Vajda elude todo juicio moral hacia la galería de innobles personajes que surgen a lo largo del metraje, siendo los mismos un reflejo especular de ese ladrón de De Sica al que la indigencia obligó, posiblemente contra su voluntad, a perpetrar el hurto de la herramienta de trabajo de Antonio.

                

Ciertamente fascinante es sin duda el hecho de que una cinta con una potente carga explosiva de crítica social que reflejaba de modo cristalino la indecencia, el hambre y la privación de todos los medios necesarios para llevar una vida digna en la España de los cincuenta, solventase los obstáculos de la censura, dando testimonio fidedigno tanto para los españoles de la época como para los espectadores del resto del mundo, del ambiente mezquino, cochambroso, cruel y famélico existente en la España franquista de aquella época gracias a los fotogramas impactantes e irrefutables irradiados por Vajda y su equipo técnico. Y es que Mi tío Jacinto es una cinta de brutal realismo, a veces aderezado con inspiradoras gotas de humor gracias a la presencia de unos estupendos actores más habituados al vodevil y la revista que al intenso dramatismo tales como un joven Miguel Gila o un siempre magistral Pepe Isbert, que nos evoca directamente a esos viejos, no tan alejados, tiempos en los que las familias españolas vivían en pocilgas erigidas bajo techos de cartón y aluminio robados en desguaces y almacenes de quincalla en las que no había rastro alguno de las modernas e innecesarias comodidades que poseen las actuales urbanizaciones. Y es que la felicidad de Pepote no dependerá de la posibilidad de jugar al padel o chapotear en faraónicas piscinas, al contrario, la felicidad de Pepote consistirá únicamente en visualizar la sonrisa paternal de su tío Jacinto a pesar de que el infortunio le persiga.


Autor: Rubén Redondo. 

lunes, 2 de junio de 2014

THE ARTIST


           

Posas el vaso en el tocador del camerino y su tintineo estalla
en el atónito silencio del espejo y de tu espanto,
el chirrido de un timbre te trepana los tímpanos,
repica el lápiz en la mesa con el augurio de campanadas de difuntos,
y al cerrar la navaja el chasquido suena a un disparo a bocajarro:
has sido expulsado del paraíso de silencio donde tú, George Valentin,
el nuevo Valentino, el novio de oro del cine mudo
cuyo rostro fulguraba sobre el fondo oscuro del inconsciente colectivo,
solo oías una tempestad de aplausos y vítores.
Porque el silencio era tu imperio, un espacio en blanco donde el metraje
se escandía y cada espectador escuchaba el canto imaginario de su sirena.


Pero ahora te ladra tu perro, el teléfono aúlla, crepita la seda de tu camisa,
y los obstinados tacones de tus zapatos pautan la arritmia de tu pavor,
rechina la puerta, detona el portazo, el sol martillea, trepida el estudio,
tres actrices desintegran la mañana en esquirlas de risas,
y cuando ves que un papel se balancea por el aire como un pájaro herido
o una hoja de otoño y explota en el suelo con un fragor de metralla
comprendes que el horror del sonido se ha instalado en tu dicha sin palabras
y que estos ruidos son el rumor de tu ruina, el primer eco de tu ingreso
en el vestíbulo de una pesadilla donde resuena un cóncavo pandemónium.
Aquí todo es tan falso como en el cine pero no logras despertar,
crispas el rostro con la muecas y visajes de tus exageradas actuaciones.
Un zumbido descompone la realidad en figuras centrífugas que se dispersan
como piezas de un rompecabezas que se desajustara a cámara lenta:
solo es el decorado de una superproducción desarmado por los operarios
y un empleado te grita que la Kinograph no rodará más películas mudas.
Sabes que tu anémica, cadavérica voz no merece ningún oído,
que con ese estrépito se ha derrumbado tu carrera, que tu pasado será un sueño
un fragmento de cinta cercenado en la sala de montaje,
una toma descartada de una escena repetida cien veces,
una secuencia entera arrancada del libreto del guión en la papelera.


Humo son tus fugas, intrigas y salvamentos en el último minuto de celuloide,
humo tus veladas de champán, rubias platino y sombreros de copa,
humo las portadas, los premios, las pasarelas, los aplausos,
humo tu silueta tramada en el tapiz chillón de los mitos populares,
humo los autógrafos, las entrevistas, las cartas, las sonrisas,
humo tu matrimonio, monótono, rutinario como una película alimenticia,
humo tu amor, Peppy Miller, la chica que abrazaba a tus fantasmas,
humo su amor, cómplice del baile y de la alegría, demasiado joven para ti,
humo vuestro amor, una ilusión parecida a la pantalla de transparencias,
humo aquel silencio de la pantalla, humo los eufóricos años veinte,
todo humo de un fuego infernal que ahora chasquea hasta ensordecerte.


Sí, tu pasado ya es el argumento de una película perdida y olvidada,
o un actor envejecido que suscita compasión con sus gestos exagerados,
te sientes encerrado en un argumento lacrimógeno o una pesadilla,
pero el verdadero sueño es tu éxito y la vigilia tu fracaso.
El productor grita que no tienes nada que decirle al público
y solo ves alambres con lenguas ensartadas que agitándose te insultan,
sordo a todos planificas la producción de otra película muda
porque tú no necesitas hablar: tus ojos hablan, tu cara habla, tus manos hablan.
En Hollywood cada gota de lluvia es un perdigonazo a tus esperanzas,
toda tu vida se ha convertido en un estrépito de catarata que te arrastra,
y mientras que Europa se hunde bajo las voces de los dictadores
los vendedores de periódicos vocean otra bomba: el crack de la bolsa,
estás arruinado, te das al whisky, los cubitos cascabelean como una serpiente,  
la copa se astilla y por la grieta se hunde tu vida en un alud de lágrimas
Los oídos te zumban, los truenos retumban, ruge el mundo
en una batahola de micrófonos, altavoces, megáfonos,
y solo te queda el silencio de la soledad, de la lluvia y de la muerte,
el del cauce seco de salas vacías donde se proyectará tu película.
Al fin despiertas: ves una telaraña en el cielorraso y a tu lado la botella
que al tocarla te recuerda la fría piel de un cadáver y tintinea
con un gemido de prostituta aterida de miedo.