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martes, 29 de julio de 2014

UN TRANVÍA LLAMADO DESEO



                 

Sería mejor si no me oyeras a mí,
a Blanche, mucho mejor para ti, Miss Dubois,
así que ahógame en tu seno como al hijo que nunca has querido,
sofoca mi voz bajo tus plumas y pieles
y sigue creyéndote una dama de ponche en el porche
y no la vieja conocida de todas las llaves del Hotel Flamingo,
sigue creyéndote una refinada profesora de vacaciones
y no la corruptora de menores que ninguna madre olvidará,
sigue creyéndote la viuda de un poeta angelical
y no del suicida que le hizo la última felación a un revólver.

Toda la vida, miss Dubois, llevas escapando
primero de la marchita música que emanaba de las coronas fúnebres,
del mausoleo que fueron habitando las sombras de los nuestros,
luego de Belle Reve, que la degeneración de cada generación
fue hipotecando con la garantía de nuestra sangre corrupta,
de tus caricaturas obscenas en las pizarras del colegio,
de los sepulcros blanqueados de la ciudad de Auriol
donde profanaste el cadáver de nuestro nombre,
de las moquetas esqueléticas del Flamingo,
siempre escapando, Miss Dubois,
de mí, de Blanche, sobre todo
de mí.

No enciendas la lámpara, Miss Dubois,
o ponle una pantalla de seda ornada con dragones ciegos,
escóndete en el humo de la locomotora que te trajo a Nueva Orleans
o en el de tus sueños, maquíllate bien,
íntima que eres de los vapores del baño y del vino,
del vaho de niebla y de los nimbos de calor,
tejedora de la bruma de tus fantasías,
de cualquier velo que te filtre el mundo
y que a ti te pueda filtrar al mundo,
que te vele la verdad y pueda velarte a la verdad,
Miss Dubois, que solo te vele una vela encendida,
y no vayas a encender la lámpara de cuentas de vidrio
que revele tu cutis de cadáver velado,
las grietas de la edad,
los resquicios donde se ocultan las lagartijas de tu ruina,
no enciendas la luz
no sea que como un estrépito de hierro
vengan a atropellarte los pilotos del tranvía,
como hicieron los violines con la cordura de tu marido
al descompuesto compás de aquella polca en el baile
del que escapó para hacerle una felación al cañón.

Sería mejor, Miss Dubois, si no me oyeras a mí,
a Blanche, mucho mejor para ti,
así que ahógame en tu interior
como a la generosidad que nunca has sentido,
acalla mi voz con los sollozos de los violines de tus valses preferidos,
atúrdeme bajo los pétalos de glicina y las telas de muselina,
y sigue creyendo que tu hermana no debería haberse casado con Stanley
ni para renovar la sangre de nuestra estirpe,
y sigue creyendo que su hogar cavernícola
no es la última parada en tu descenso a las cloacas,
y sigue creyendo que Mitch, el marido nato,
no es el último al que gratis le tumbarás tu madurez.

Toda la vida, Miss Dubois, llevas escapando,
de las hablillas que sobre ti insinuaban los guiños de los camareros
o los codazos de los camioneros que paraban en el Flamingo,
toda la vida escapando,
de las flemas de tabaco que aciertan en la escupidera,
del humo lacrimógeno del póquer,
de los bolos rodando como cabezas decapitadas,
toda la vida escapando de la vulgaridad,
de la realidad y de la cordura,
y ahora del odio en bruto de tu cuñado
que se ha aprovechado de tu locura,
pero sobre todo de mí, de Blanche,
de mí.

No enciendas la luz, Miss Dubois,
embóscate tras tus cortesías y reverencias,
disfraza la verdad con tus galas,
apaga la luz y mi voz,
sería mejor que no me oyeras
mejor para ti pero peor para mí,
y que siguieras creyendo que Mitch es sordo a las habladurías
y que has sido tú quien ha espantado su cortejo,
toda la vida huyendo de la vulgaridad,
evadiéndote de la verdad por el túnel ciego,
apágame, no enciendas mi voz,
porque nadie creerá que Stanley te ha violado
y ha barrido las últimas cuentas de la lámpara de tu razón,
y la estruendosa mímica de la locura se te acercará
como la melodía de una polca dodecafónica
o las luces estrepitosas de un tranvía que viene a atropellarte,
no oigas la lámpara ni me enciendas como a una radio,
será mejor para ti pero mi muerte,
el entierro de aquellas cuentas de vidrio
que dejarían de emitir los últimos reflejos de la razón
ya que entonces tú, Miss Dubois, me habrás devorado a mí, a Blanche,
y seremos Blanche Dubois, la mujer rematadamente enamorada de sí misma
que ya conversa con la puerta, sirve un cóctel al armario,
valsea con una silla, sonríe a la vajilla,
y sigue creyendo que en la entrada le espera un millonario
para invitarla a un crucero por el Caribe
y no un viejo de negro que se parece a su destino
y calcula las duchas y electroshocks que merece,
el director de todos los manicomios de la noche.
    

lunes, 21 de julio de 2014

EL COLECCIONISTA


                        

¿Por qué será ella tan bella y yo estoy tan solo?
He atrapado a la Miranda Roja de pintas rosadas,
pero ni ella es una mariposa ni yo un cazador,
sino una pelirroja con pecas y yo un soñador.
Revoloteaba por la escuela de arte y por los pubs,
grácil y sutil, su rojo ardiente al sol,
y en el aire latían sus recientes aleteos,
la sucesión de Mirandas que acababa de ser,
pero ni ella es una mariposa ni yo otro admirador.
En un callejón aceché su sonrisa triste,
aturdí su confianza con el cloroformo a modo de cazamariposas,
la encerré en el estuche del sótano de mi casa Tudor,
el palacio de mis princesas encantadas,
pero no le he ensartado el corazón
con la aguja de mi pasión
porque ni ella es una mariposa ni yo un seductor.

¿Por qué será ella tan madura y yo tan verde?
Acosté su cuerpo dormido, le arropé los sueños,
miré a la bella durmiente
hasta que me aparecí en el castillo de su pesadilla,
y como un rapaz que logra el sello que le faltaba,
igual que cuando acerté la quiniela,
salté a la noche a gritarle a la lluvia
mi alegría por tenerla en mi colección.
Mi táctica para atraer a las chicas es traerlas al sótano
y mirarlas y admirarlas, mimarlas y adormecerlas,
hechizarlas con la soledad de mi ceño,
congelarlas con el hielo de la mirada,
apresarles las alas en la telaraña de mis cálculos,
aislarlas del mundo en la crisálida de mi vista,
pero ni ella es una mariposa ni yo un abusador,
y ahora sé que ya no tendré que invitar a ninguna más
porque Miranda será la última: es la mujer de mis ojos.

¿Por qué será ella tan silvestre y yo tan delicado?
Después de abrirle los tres cerrojos llamé a su puerta,
traía el desayuno a la prisionera de mi deseo,
que estaría asombrada de hallar en la celda sus vestidos y sus libros,
sus pinceles y pintalabios, sus pinturas y esculturas,
solo me olvidé de sus sonrisas y de su alegría,
de su serenidad y de su optimismo.
Planteó las mismas preguntas que todas,
me consagró parecidos asombros e idénticos insultos
y ensayó el típico primer intento de fuga,
así que para ganarme su afecto
y domesticarle la furia y el enojo
la encerré, me fui a Londres,
y aherrojándole toda perspectiva
la sitié de soledad y desesperación
que adoptaron la forma de la nostalgia: me añoró.

¿Por qué será ella tan egoísta y yo tan generoso?
A la vuelta ya estaba más suave la huésped de mis ojos,
intacta novia de la mirada mía,
que menos un paisaje o un panorama
todo lo tiene a su alcance,
desde el cepillo de dientes a mis ensoñaciones,
desde su perfume de rosas a mi candidez.
Porque ella me fascina como ninguna,
me quedo absorto en su gracia y transparencia,
en su silueta recortada en el álbum de mi fantasía,
en su cutis que se desvanece en la blancura de mi inocencia,
y malinterpretando mi ensimismamiento
una vez me tomó por un degenerado
y volvió a intentar huir revoloteando
pero ni ella es una mariposa ni yo un violador.
Lo que quiero es que se enamore de mí, no para amarla,
sino para que me deje abismarme en su belleza,
helarme en el éxtasis de la contemplación
como un cinéfilo que nunca se cansa de su actriz favorita,
y por siempre brillar los dos cristalizados en el mismo carámbano
o en una estalactita y una estalagmita que solo se toquen por la punta.

¿Por qué será ella tan tramposa y yo tan ingenuo?
Un día dramatizó una verosímil apendicitis
y cuando me abofeteó en toda la insolencia de haberla descubierto,
pensé que ya era un éxito trabar una pelea de enamorados.
Negociamos una estancia de cuatro semanas,
tiempo de sobra para que ella se enamorase y yo la mirase,
a cambio de salidas al campo y al lavabo de la casa.
Al aspirar el azul de la tarde se sintió ebria y libre
como un poeta al borde del poema
o una polilla en torno una bombilla,
pero ni ella es una mariposa ni yo un secuestrador.

¿Por qué será ella tan atrevida y yo tan tímido?
Cada vez que me quedo clisado en la roja hermosura
del foco de mi ilusión,
prendido de su fuego y prendado de su rubor,
como cuando casi me descubrió un vecino
que se conformó al hacerle creer que era mi novia normal y formal
(la gente siempre está dispuesta a creer lo peor),
y de vuelta al sótano parecíamos una pareja ofuscada por el primer enfado,
cada vez que sus pupilas me han convertido en piedra
y no en la llama que ella temía que le quemara,
no he pasado de palparle la seda de la piel,
parecido al translúcido tacto de ciertas alas,
pero ni ella es una mariposa ni yo un cazador.

¿Por qué será ella tan falsa y yo tan puro?
Sabe que no soy sociable, empático ni simpático,
y para alentar mi compasión
me prometió ser mi amiga en la calle, en la vida real,
con el impudor del personaje de una heroína
que para liberarse de la trama ofrece sus favores a su autor,
y como no pude imaginarnos juntos lejos del sótano
decidí despreciar su amistad, no dejarla escapar,
disecar su volátil belleza en la penumbra del presente,
extenderle las alas en un simulacro de vuelo
y ensartarle el corazón con la aguja de la soledad:
al final ella será una mariposa y yo un soñador.
    

jueves, 17 de julio de 2014

LA BARRACA


                  

Una de las asignaturas pendientes del cine español reside en el hecho del escaso aprovechamiento que el séptimo arte patrio ha consumado de la espléndida literatura hispana. A diferencia de cinematografías europeas tan potentes como la británica o la francesa, las cuales han plasmado en pantalla las obras inmortales de sus letras de oro, la española apenas ha recreado ínfimamente las novelas legendarias de nuestra época literaria de oro y no con excesivamente óptimos resultados. A nuestros cineastas no se les ha dado bien históricamente adaptar al lenguaje cinematográfico nuestros grandes escritos siendo esto un aspecto que para mi gusto ha empobrecido desde tiempos ancestrales nuestro cine.

Resulta sorprendente que fuera el cine de oro mexicano de los cuarenta el celuloide que llevara a cabo las mejores y más emblemáticas adaptaciones al séptimo arte de las letras españolas, lo cual demuestra la profundidad y calidad de una época que sigue marcada con letras de oro en la historia del cine. En este sentido, claros son los ejemplos de La malquerida, fantástica cinta dirigida por Emilio Fernández sobre la novela de Jacinto Benavente y sobre todo para el que escribe, La barraca, extraordinaria y portentosa adaptación realizada por el mítico Roberto Gavaldón tomando como base la novela corta valenciana escrita por Vicente Blasco Ibáñez. 

Lo primero que llama la atención de la adaptación mexicana de La barraca es su espléndida recreación y ambientación para pintar la atmósfera esencial de la huerta valenciana de finales de siglo XIX (época en la que situó el novelista valenciano la trama descrita). Así, si no supiéramos el origen de la cinta, podríamos pensar sin ninguna duda que el film es de producción española. Fascinante es el esfuerzo dramático desempeñado por todos y cada uno de los actores, los cuales esconden su originario acento mexicano para hablar con el deje y léxico característico del levante ibérico (incluyendo chascarrillos y frases en valenciano), aspecto este que Gavaldón hilará mediante la participación de algunos actores de origen español, pero también gracias al esfuerzo de actores de oro mexicanos como el fundamental Domingo Soler, intérprete que como no podía ser de otra forma dado su país de nacimiento, poseía un profundo e intenso acento mexicano que en La Barraca no hará en ningún momento acto de presencia. Este cosmos realista se potencia además con un portentoso diseño de producción que reproducirá milagrosamente la arquitectura valenciana de final de siglo así como edificios emblemáticos de la capital como por ejemplo el pórtico del a catedral de la ciudad del Turia.

             

La cinta es ante todo una admirable adaptación de las letras emanadas de la privilegiada mente de Vicente Blasco Ibáñez, y es que a pesar de contar con una duración ajustada al lenguaje cinematográfico (a diferencia de la miniserie producida por la Televisión Española a finales de la década de los setenta dirigida por el argentino León Klimovsky y admirablemente protagonizada por un fantástico Álvaro de Luna que se basada en el mismo escrito), el director de Macario hizo gala de una sugestiva capacidad de condensación logrando pues captar el espíritu seminal que desprendía el libro sin necesidad que requerir un metraje excesivo.

No me extraña para nada que la novela de Blasco Ibáñez atrajera profundamente a un director de la garra y el talento de Gavaldón, puesto que la misma ostentaba buena parte de las obsesiones y mitología necesarias para conquistar el interés de uno de los grandes cineastas de la época de oro del país azteca, siendo especialmente reseñables el hecho de ser una historia intensa que segregaba los temas fundamentales del melodrama mexicano como eran esencialmente la tierra, la familia, los odios ancestrales de raíces tan profundas como las del más vetusto árbol, la injusticia social, la xenofobia y principalmente, los choques de clases reflejando así los padecimientos sufridos por los campesinos en su trabajo dirigido a enriquecer de forma injusta a los caciques del lugar. 

Como los buenos aficionados a la literatura hispana conocerán, la película narra la tragedia padecida por la familia de Batiste Borrull (hipnóticamente interpretado por un Domingo Soler que da el do de pecho en su recreación de un pagés valenciano), un honesto, bondadoso y trabajador campesino que se trasladará junto con su estirpe a las míticas tierras anteriormente cultivadas por el tío Barret, un campesino que osó enfrentarse al terrateniente para el cual laboraba su parcela, cayendo de este modo en desgracia siendo expulsado de su hogar por representar una amenaza de sublevación campesina. El misticismo adquirido por el tío Barret provocó que los vecinos del lugar juraran que protegerían las tierras del paisano Barret ante cualquier extranjero que se aventurara a ocupar la hacienda arrebatada injustamente a su inicial dueño. De este modo, la llegada de Borrull y su familia desatará el odio, la brutalidad y el acoso de los campesinos colindantes al campo cosechado por Borrull y los suyos, de tal manera que el piadoso Borrull deberá hacer frente a los más bajos instintos de sus vecinos que tratarán mediante la coacción y la presión expulsar de su latifundio al extranjero arribado al lugar. 

Gavaldón no dudará en exponer la brutalidad, las mentiras, los resentimientos, el salvajismo y la crueldad imperante en los paisajes rurales de la Valencia de finales de siglo XIX, y asimismo exhibirá su talento en la composición de paisajes edificando un hábitat en el que se reconocen fácilmente las costumbres y ritos de la Valencia más profunda adaptadas al lenguaje del cine mexicano de oro (ciertamente seductora resulta la típica escena musical tan característica del cine americano de los años cuarenta en la que contemplaremos una increíble coreografía de una jota valenciana), siendo un punto particularmente positivo para el disfrute de todos los aficionados la fantástica fluidez narrativa aportada por el cineasta azteca que sirve para entrelazar las diferentes elipsis temporales que tejen la trama sin que de este modo el espectador perciba ningún punto de ruptura argumental en el devenir del argumento. 

Nos hallamos pues ante una de las grandes cintas del cine de oro mexicano, elaborada con la técnica de los viejos artesanos del cine clásico originarios del país norteamericano que posee un especial encanto para los espectadores españoles gracias al hecho de ser una de las mejores adaptaciones al cine de una de las novelas emblemáticas de las letras españolas del siglo XIX. Una cinta que seguro disfrutarán los buenos aficionados al cine y a la literatura.


Autor: Rubén Redondo. 


lunes, 14 de julio de 2014

CHARADA




                 


Si no tuvieras mil máscaras sobre la cara
y ahora que te pellizco la mejilla no temiera arrancarte otra,
si no te hubieras probado todos los disfraces de la impostura
y ahora que te desnudo no temiera encontrar el vacío,
si no te hubieras puesto cuatro nombres en cinco días,
Joshua, Carson, Alexander, Brian, todos divorciados,
no habría vivido contigo tantas vidas como un novelista.

Aún no sé si eres el galán otoñal de pelo ala de cisne
que en Saintz Moritz hacía resbalar la inocencia de las esquiadoras
y como a una gatita acogió mis maullidos de esposa abandonada;
o quizás el amigo en cuyo hombro pude reclinar el asombro
de encontrarme el piso histérico de polvo tras la muerte de su dueño,
mi marido, y me ayudó a soportar las sospechas de la policía
y de los cuatro canallas que tenía por camaradas
y me creían en poder de su cuarto de millón;
o tal vez mi acompañante, caballero andante,
ya que para entretenerme los nervios me invitaste a un cabaret
y me conseguiste en tu hotel una habitación contigua a tu cariño;
sí, fuiste mi peligroso protector cuando me libraste del acoso
del hombre del gancho por mano que me engarfiaba la paz,
y del que dejaba caer cerillas prendidas en mi vestido acrílico;
o mi entrañable enemigo, porque el del gancho me advirtió
que también tú me husmeabas en las medias el rastro del dinero.

Pero seas quien seas te has alojado en la suite de mi afecto,
paseas los dedos por mi piel, habitas mis ojos y miras sus vistas,
navegas por mi sangre y planeas por mis pechos,
te estiras con mi sonrisa y te encoges con mis pucheros,
te refrescas en el viento de mi pelo.
Seas quien seas, estás divorciado de la tristeza,
eres el hombre de nadie,
mío.

Si por los ojos no te pasaran nubes y claros
y ahora no temiera que fueran gafas que te ocultaran los verdaderos,
si no hubieras impostado tu persona bajo tantos personajes
y ahora no fuera tu personalidad difusa como la niebla,
si con tantas mentiras no te hubieras desmentido a ti mismo
y hasta tus sombras no fueran de humo,
no habría podido inventarte, fantasma de mi fantasía.

Aún no sé si eres mi cordial enemigo o el espía íntimo
al que mis pasos burlaron camino del mercado,
donde me había citado Mr. Bartholomew, el circunspecto embajador;
si eres mi alegre víctima o mi cazador cazado,
porque Bartholomew me recomendó que te vigilara;
si el fabricante de mis risas o el aliado de mis miedos;
quizás mi cómplice, ya que dejaste al del gancho colgando del vacío;
el inventor de mi cariño y hasta mi proveedor de aliento,
cuando lograste que los cuatro canallas sospecharan entre sí;
mi guardaespaldas o mi asesino,
compañero o fisgón,
no sé si persigues mi dinero mientras yo tus pantalones
o mi amor mientras yo tu timidez;
tal vez solo fuiste el payaso del circo de mi locura,
mientras te duchabas con el traje y el reloj sumergible;
puede que mi pretendiente,
aunque acaso cortejaste a mi muerte en el restaurante flotante;
no sé si un ladrón de guante blanco o un sicario con otro negro,
si un amante con ojos de cielo o un agente del Tesoro,
si un inspector de Hacienda o un defraudador de mis ilusiones,
pero lo cierto es que al final fuiste mi salvador
cuando en las columnas del Palais Royal cazaste al lobo de Bartholomew
que había devorado a los cuatro corderitos de mi marido,
y ahora solo eres el aliado de mis sábanas,
cómplice de mi almohada, espía de mi piel,
asesino de mi aburrimiento.

Pero seas quien seas,
te escondes en el hueco de mi clavícula, te insinúas en mi oído,
visitas mis músculos llamando con espasmos a la puerta,
nadas en mi río de lágrimas de risa,
y gracias a ti, eterno divorciado de la soledad,
solo he enviudado de la tristeza
y soy la mujer de todos los que eres,
la mujer de nadie,
tuya.
             

lunes, 7 de julio de 2014

TIERRA DE FARAONES


           

De todas las formas que el hombre adopta para perpetuarse
(un papiro, una palmera, un hijo, una momia),
la única perenne es la piedra, que antes tallaba mi voluntad,
pero ahora que no creo en Isis, ni Osiris, ni Anubis, ni en el oro,
ni siquiera en mí mismo, el Faraón, el hijo legítimo de los dioses,
ahora que del costado me fluye la sangre como el Nilo al oro del ocaso
y ni mi falso padre el Sol podría caldearme la carne,
ahora que se me vela la vista y la áurea belleza de Nélifer es un espejismo,
ahora que temo que su amor sea el de una cobra por el oro que guarda,
y que dos erróneas fechas entre paréntesis abarcarán mi dinastía,
que será numerada y apenas conocida por los escribas del futuro,
y que su memoria brillará como una estrella fugaz en la noche de la Historia,
como una partícula de oro en la arena succionada por la marea,
sé que mi nombre solo será recordado gracias a la Pirámide.

Proyecté su erección a mi regreso triunfal del desierto,
cuando vencedor de sus arenas vine seis lunas y dos victorias más viejo,
dueño de más oro con que saturar la cripta de mi tesoro,
cuyo dorado tacto me deleitaba más que la piel de mi consorte,
por lo que en vez de un hijo mi amor por el oro engendraba más oro.
Ciego de sus reflejos aspiraba a conservarlo por siempre,
y que mi espíritu gozara de su incorruptible belleza en el tiempo embalsamado,
y que ningún saqueador expoliara el tesoro de mi sarcófago,
por lo que adopté el laberinto de un arquitecto extranjero,
que removiendo piedra con arena lo sellara en el corazón de la Pirámide.
Supuse que igual que en la vida me había conferido la gloria
también a su fin la arena del desierto me otorgaría la eternidad,
y que sería la piedra viva la que derrotaría a mi muerte.
Lo que no pude suponer fue que Nélifer me expoliaría el corazón,
lo único que en toda mi vida no quería de oro,
que sería ella la única saqueadora que amenazaría mi vida futura.
Debí saber que el verdadero oro de los hombres es el tiempo.

Todos los egipcios acudieron como un solo egipcio a mi llamada
para la construcción de mi esperanza, la Pirámide de mi inmortalidad,
ya que faraónica es la ambición de todo hombre:
quedar, sobrevivirse, dejar una huella en la arena del Tiempo,
un signo en el jeroglífico de la Historia, semilla en el vientre de la memoria,
y si a tantos pasos se oía el estrépito de la cantera,
de cien mil mazas luchando contra la piedra y contra mi muerte,
era porque todos querían grabar su marca en la roca de la eternidad.

Cada año subían las hileras de la Pirámide, nació y creció mi hijo,
conocí a Nélifer, ladrona de mi corazón, cobra de mi tesoro,
que, embajadora de Chipre, vino a ofrecerme su belleza sinuosa
como tributo y se rebeló cuando también le exigí el oro,
y despojándola de su túnica carmesí la mandé azotar,
pero en mi cámara agoté la noche acariciando su túnica
y me parecía sentir cada uno de sus latigazos en la sangre,
así que la hice traer y le ofrecí la copa de vino rojo de la pasión.
Al rechazarlo vertió mi furia y la abofeteé,
y ella me mordió el corazón como si fuera una moneda de oro:
me hizo suyo y como una cobra se irguió sobre mí en el lecho
y la llama de su piel fulgía casi tanto como el oro de las alhajas.

Cometí el error de enseñarle mi tesoro:
las antorchas extrajeron de las joyas destellos tan brillantes
como las chispas de codicia de sus pupilas voraces,
y hubiera ella querido que ornara su ondulante cuerpo de serpiente
todo aquel oro que tantas lágrimas y sangre había costado
y que tendría que comprarme la felicidad de ultratumba,
pero ahora temo que será metal muerto junto a mi muerta carne,
hierro oxidado junto a la herrumbre de mis sueños.
Ya que somos iguales debí prever que para heredarme
amaestraría a la muerte contra mi primera esposa y mi pobre hijo,
y que enviaría a su esclavo para que me apuñalara el corazón,
lo único que nunca he querido de oro,
pero una sombra de amenaza me lamió la nuca y pude defenderme.

Y ahora que me han herido las espadas del capitán y de su traición,
pues ya he dejado de querer creer en sus palabras serpenteantes,
ahora que la arena del tiempo se me escurre entre los dedos
y me deja morir la que después del oro más he amado en mi vida,
ahora que la ladrona de lo único que no he querido de oro
se convertirá en la cobra guardiana de mi tesoro,
sé que mi sarcófago albergará las emanaciones de un sueño
y que solo la Pirámide guardará un eco de mi nombre.