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miércoles, 28 de enero de 2015

LAS DOS SEÑORAS CARROLL



Si bien la eclosión de la carrera de Bogart en el Hollywood de los años treinta y cuarenta se debe en buena medida a sus aportaciones en el rol de villano en algunos de los mejores films de gangsters rodados por la Warner BROS –me refiero a cintas de la talla de Balas o Votos, Los violentos años 20, Invisible Stripes, Ángeles con caras sucias, La mujer marcada o por poner un último ejemplo la obra que rescató del anonimato el griego rostro del mito como fue la teatral El bosque petrificado-, el estrellato absoluto fue alcanzado por el neoyorquino tras filmar la obra maestra de Raoul Walsh El último refugio que alzó al nuevo astro del firmamento del Hollywood al Olimpo de los Dioses para no abandonarlo nunca más hasta la triste y temprana muerte del mito acontecida en la mitad de los años cincuenta. 

En buena medida, la consagración que el éxito de crítica y público conlleva suele derivar en una cierta sensación de encasillamiento por parte de los actores en un cierto tipo de papeles que el público asocia sin reflexión a un determinado perfil de interpretación. Ello pudo ser el motivo que incitó al bueno de Bogart a aceptar el papel de cónyuge con tendencia a practicar perversos juegos de amor y muerte con sus parejas en esta magnífica película de suspense de reminiscencias góticas que responde al título de Las dos señoras Carroll. La cinta fue producida por la Warner a finales de los años cuarenta, otorgando la responsabilidad del proyecto a un semidesconocido director de la casa de virtudes artesanales como Peter Godfrey, pero contando con el aliciente de emparejar a dos auténticas leyendas vivas aún en época de reluciente esplendor – si bien la Stanwyck comenzaba a afrontar los seminales caminos del crepúsculo de los dioses- por primera vez en pantalla: Bogart por un lado y la siempre atractiva y ya mencionada Barbara Stanwyck por el otro.

                  

No cabe duda que no es el argumento el principal punto fuerte que ostenta la cinta, puesto que el mismo puede ser etiquetado sin oscilaciones como sumamente convencional. Así, la película narra la historia de Geoffrey Carroll (Humphrey Bogart), un pintor de escaso éxito obsesionado con el poder y el dinero que en un viaje en busca de la inspiración ausente conocerá a una bella e ingenua joven llamada Sally (Barbara Stanwyck) que permitirá aflorar en el áspero artista no solo la iluminación perseguida sino igualmente el descubrimiento de un nuevo amor. Sin embargo, un obstáculo aleja a la pareja: la entrega de una carta a Geoffrey remitida por su esposa que obligará al retratista a declarar su estado civil así como la existencia de una pequeña hija fruto de su matrimonio a su inexperta enamorada. No obstante, Geoffrey revelará a Sally el estado enfermizo de su cónyuge, hecho que ha atormentado su existencia desde la manifestación de los padecimientos que sufre su doliente esposa.

Pero de repente, la esposa de Geoffrey fallecerá de forma súbita, justo en el momento en el que el artista culminó el retrato que estaba pintando para inmortalizar el rostro de su consorte. Este hecho allanará el camino para la celebración del matrimonio entre Geoffrey y Sally. Así, junto a la pequeña infante del pintor llamada Beatrice, la nueva feliz pareja iniciará una próspera vida en una mansión campestre alejada del mundanal ruido. 

Sin embargo la rutina, el carácter indómito y atormentado de Geoffrey, así como la aparición de la bella y caprichosa heredera Cecily -una dama artificial perteneciente a la alta sociedad que desea a toda costa ser retratada por el aclamado creador-, provocará que los instintos primarios y sexuales del aparentemente apaciguado pintor asomen de nuevo a la luz, exponiendo de este modo el perfil de un psicópata asesino que empleará el arsénico dispensado por su socio de fechorías como instrumento otorgador de divorcios. Sin duda un cambio de actitud extravagante que estimulará las sospechas de Sally acerca de la verdadera personalidad que se esconde tras la tranquila apariencia que exterioriza su esposo.

                   

De este pequeño resumen de la trama que moldea la espina dorsal del film, se deduce que la cinta presenta radicales nexos de conexión con algunas de las mejores cintas de suspense gótico propagadas en el Hollywood dorado. En este sentido, resulta fácil recordar argumentos en los que un oscuro marido trataba de enloquecer a su confiada esposa para obtener fines lucrativos, tal como sucedía en Luz de agoniza o en Sospecha. Pero igualmente Las dos señoras Carroll comparte línea de abstracción en el sentido de perfilar a un marido obsesionado con el arte poseedor de brotes psicóticos que martiriza a su noble esposa en el ambiente opresor de una casa aislada de todo símbolo de compañía, como por ejemplo se desencadenaba en la magnífica Secreto tras la puerta del genial cineasta alemán Fritz Lang. 

¿Cuáles son por tanto las bondades de una película que explota un recurso empleado hasta la saciedad en algunas de las mejores y más recordadas películas de la época clásica? Creo que el punto más elogiable que posee el film es sin duda su carácter de film maldito y oculto. Y es que es desde el desconocimiento conceptual y casi por ende argumental, el mejor modo de disfrutar en toda su plenitud de esta pequeña gran película. En mi caso personal he de resaltar que acudí a mi cita con la película con las expectativas bastante bajas, puesto que había escuchado bastantes apostillas negativas acerca de las cualidades innatas de las que gozaba el film. Como por ejemplo que era una mala copia de Luz de gas. U otros comentarios que despuntaban la carencia de química que se advierte en la pareja protagonista o por culminar con un último apunte, la falta de personalidad que ostenta el film por el hecho de haber sido dirigido por un artesano sin fuego en sus manos y con pretensiones de mimetizar su producto con las más inimitables joyas forjadas por Sir Alfred Hitchcock. 

Quizás también sea un paraje para la afloración de ondas de negatividad el giro absoluto que personifica el papel de Bogart como deplorable enajenado homicida. No me cabe duda que esta vuelta de tuerca resultará chocante para los fans del genio neoyorquino, muy acostumbrados a contemplar a su ídolo en papeles de anti-héroe en los que a pesar de perfilar algún que otro retrato maléfico, siempre existía al final un hueco para le redención. Esta redención no existe en absoluto en el Geoffrey de Las dos señoras Carroll y puede ser por tanto un aspecto que genere espanto en aquellos aficionados que sólo deseen visualizar a su héroe en medio de intrépidas aventuras en plena lucha contra lo inmoralmente establecido.

                   

Como ya he comentado anteriormente, la mejor forma de disfrutar de este clásico es desde la total ausencia de prejuicios y aseveraciones tanto positivas como destructoras de expectativas. Y es que Las dos señoras Carroll no deja de ser uno de esos productos realizados en los años cuarenta por los grandes estudios de Hollywood que tenían como objetivo principal buscar el entretenimiento del público que acudía en masa a las salas (no fue el caso particular que nos ocupa, ya que este fue uno de los mayores batacazos en taquilla del bueno de Bogie), fabricando para ello una película sumamente elegante desde el punto de vista formal que hace gala de un ritmo trepidante que prefiere dar relevancia a la emanación de suspense en lugar de hacer descansar su propuesta en la minuciosa descripción psicológica de los personajes, combinando pues a la perfección pequeñas gotas de melodrama clásico tintados con esa negrura marca de la casa de estilo noir. 

Desde el punto de vista interpretativo resaltar la esquizofrénica representación de un Bogart que da síntomas de no hallarse cómodo dentro del traje que está obligado a vestir en la película. Incomodidad que beneficiará finalmente al personaje en esos últimos diez minutos en los que el pintor esbozado por la estrella desatará sus instintos psicópatas, quitándose pues el traje de bondadoso marido que triunfa en la primera parte eminentemente melodramática que define al film. Y es que sin duda la aparición vampírica al más puro estilo Bela Lugosi de la que hace gala Bogart en la escena final resultará impagable por su extravagancia y rareza. Por otro lado la Stanwyck cumple el expediente sin problemas en un papel de mujer torturada por sus circunstancias amorosas que se asemeja someramente a los encargos más afinados perfilados por la legendaria actriz en sus personajes más recordados.

Nos hallamos pues ante una película que sin ser merecedora de pasar a la historia del cine como uno de los mejores thrillers producidos en los años cuarenta, si que desprende ese halo de misterio, pulcritud y buen hacer técnico que denotan las magníficas producciones puestas en relieve por los grandes estudios estadounidenses a lo largo de las décadas de los treinta y cuarenta. Ese cine en lo que lo difícil se convertía en algo sencillo gracias a la pericia de los profesionales que se dejaron la piel en estos primerizos años para convertir al cine en el arte más grande jamás creado.


Autor: Rubén Redondo.

lunes, 26 de enero de 2015

LA HEREDERA



Venida de una tierra tan remota, de una brumosa costa que ya me parece otro mundo, otro tiempo, esta ciudad intensa, infinita, me recibe como a una hija pródiga. Pero siento que otra versión de mí misma nunca ha salido de aquí, de Nueva York, como si cada noche de exilio hubiera soñado con sus calles o consumido mis vigilias en hojear grabados de sus avenidas o leer relatos que en ella transcurrieran, de Melville, Poe, Hawthorne o Henry James. Mis pasos de sonámbula me han traído a esta opulenta plaza, Washington Square, que esta mañana se despereza como una ennoblecida cortesana que engalanada con las flores del parque y frecuentada por prósperos vecinos se sabe favorita de la fortuna.
Pese a que mis ropas parecerán exóticas a jubilados y doncellas, paso desapercibida. Me llama la atención la casa número 16; aunque parece convencional, me imanta con una atracción irresistible, como si en ella hubiera vivido una amiga medio olvidada de la infancia o yo misma hubiera residido allí en otra vida. Quizá solo sea que la recuerdo de alguno de aquellos grabados o relatos. Me dirijo hacia ella, voy tan ligera que a mi paso las hojas no crujen ni despegan las palomas.

                                    

Se trata de una pulida mansión de tres plantas hermanada con el resto. En la fachada de ladrillo enlucida de estuco, entre tres ventanas ojivales –en la de la derecha un cartel anuncia con letras góticas: Se Vende- se abre una barnizada puerta con ábaco, a la que se accede a través de una verja de hierro colado, una breve escalera con la balaustrada de piedra –también a su derecha los parterres de raquíticas rosas rojas y un magnolio-, y un diminuto pórtico de frontón sostenido por sendas columnas laminadas. Algo me impele a esa puerta con el interés de una factible compradora, me guía un instinto de propietaria.
Siento que del otro lado de la puerta la realidad aún se intensifica por la trascendencia de algo que allí ocurriera, tan crucial que incluso habrá repercutido en mi destino; que en esos umbrales las grávidas sombras y el silencio insomne se estratifican con el espesor de haber albergado actos irreparables; y que tras esas ventanas fluctúa el aire clausurado, denso, proclive a sustentar fantasmas, de las casas encantadas. Aunque gracias a la calidad de sus materiales y a un cuidado mantenimiento la casa se mantiene en buen estado, sin duda se halla deshabitada. Todas sus ventanas están ciegas y su soledad exhibe el precario orgullo, el histerismo apenas contenido de los amantes abandonados. Aunque debería recurrir a la inmobiliaria responsable, dado que la verja está entornada, cedo al impulso de subir y admiro el aldabón de bronce y los apliques de hierro de la puerta de roble. Para mi sorpresa, al empujarla se abre silenciosamente; han debido descuidarse en su última visita. Antes de acceder al interior me vuelvo a mirar el parque y la acera, temerosa de haber llamado la atención de alguien.

                   

Nadie repara en mí; ni siquiera un transeúnte de luto que no resbala la mirada del magnolio. Entro y cierro por dentro. Tenía razón: en el olor a cerrado pesa un misterio, con el polvo parece adensarse una sensación de pesadumbre. Apenas iluminan el vestíbulo una penumbra de cortinas de raso y la media luz de los visillos orientados al patio interior. No me muevo para captar alguna reverberación o repercusión de lo que aquí ocurrió. Por un instante me ha parecido que un sombrero de copa o un bastón aguardaban en el laqueado perchero, incluso que un par de guantes de gamuza dormían en la mesita de nogal, pero solo se trataba del juego de las sombras con mi imaginación.

                    

No me explico que mis tacones no hayan percutido sobre las losas de mármol con figuras hexagonales, ahora que piso la alfombra persa de laberíntica trama. Al fin ocurre: de la sala abierta a un lado de la escalera me llega el perdido eco de las notas de un clavicordio acompañando a una dulce y bien modulada voz masculina que canta sobre la fugacidad del amor. Esos sones me dejan fría, como una estatua de hielo me quedo en el vestíbulo, de algún modo noto que también mi presencia enfría la penumbra apolillada; aunque está oscuro, debería perfilarme en el mal bruñido espejo. Cuando ya achacaba la canción a una alucinación sonora, del comedor fluye una ráfaga de espectrales repiqueteos de cubiertos y tazas sobre la que distingo la misma voz que cantaba y empiezo a licuarme en la media luz. Es una voz cálida y luminosa, que puede reptar como la seda y prestar abrigo de terciopelo, fresca y ardiente, intensa y apasionada como una sonata que su dueño tocara en el clavicordio que no he visto pero que me consta añora a tal intérprete en la sala, una voz diáfana, prometedora como una flor que se abre, persuasiva, rica en registros, que como el hilo de un carrete se extiende y recoge, se ovilla y desovilla devanando una explicación sobre sus dudosos medios de vida y una justificación de sus limitadas expectativas profesionales.

                    

Y luego la voz suena más cercana y vibrante, como si la trajera el viento, casi percibo que sus auras me cosquillean en el oído o que una miríada de gotitas de saliva me escarchan el cuello, resuena tan bella como si reverberara de una caja de música, fina, atractiva, firme, fresca, emocionante, entrañable; al lograr fijarme en lo que dice advierto que está intentando convencer a alguien, será una doncella, de que se rebele contra su padre –que no debió confiar en sus perspectivas vitales-, pero sin romper con él para que no la desherede, la anima a ser valiente, le declara su amor incondicional, luego sigue un silencio de nieve o más bien de sol que solo puede responder a un beso y yo sigo derritiéndome, y por último una solicitud de matrimonio en toda regla.
A flor del agua del espejo ha subido un agraciado rostro de simétricas patillas que enmarcan unos ojos plenos, voraces, magnéticos, que todo lo miran como si su dueño fuera a morirse o más bien como si viniera de la muerte, como si se estuviera despidiendo de todo pero nunca se fuera a olvidar de nada, como si esperase a alguien que supiera que no va a venir o tal vez fuera él quien no piensa volver nunca, una mirada que quizá es la que me ha arrastrado hasta aquí, y antes de apreciar sus pómulos apasionados o los labios diseñados para un beso eterno, vuelve a hundirse como un ahogado en las aguas oscuras del azogue. La voz y el rostro me inspiran sentimientos opuestos: algo maravilloso y mezquino, misterioso y subterráneo, profundo y angosto, como el túnel de un pozo o una tumba.
Del comedor –que sin saber cómo identifico pese a la puerta entrecerrada- llega un aliento de coñac y un rastro de habano entreverado con un nostálgico perfume masculino que evoca pinos y eucaliptos, un bosque donde refugiarse de la lluvia o revolcarse en la hierba, hasta que el pinar se inflama en llamas, huele a quemado y el primer trueno retiembla en la médula de la casa. Me siento confusa; humilde y a la vez furiosa, transparente de ausencia, desgraciada y feliz, o más bien apaciguada, repudiada por la esperanza, desesperadamente tranquila, desengañada y regocijada, encorvada contra el pasado pero vindicada por mí misma. Se opaca la macilenta luz y las primeras gotas detonan en las ventanas del patio, se matan contra ellas. Procedente de allí, de las caballerizas, vuelve a resonar la voz insinuante e insidiosa proponiendo –supongo que a la doncella de antes- una fuga romántica. Ofrece venir a recogerla en coche, pernoctar en una posada -y las ráfagas acribillan el patio-, y una luna de miel en Albany.

                   

De las sombras de la sala viene una corriente húmeda, un soplo gélido, como si en algún rincón alguien agonizase, una nebulosa que me hace desviar la vista al niño con el dogo retratado al óleo, pero no tengo más remedio que escuchar unos cuchicheos de mujeres y el subsiguiente silencio, un silencio primero de esperanza, luego de espera, de ansia, de impaciencia, la falsa ilusión de un coche que pasa de largo, y después otro silencio que ya es de sospecha, de viento, de miedo, de desolación, de muerte, el reloj dando la hora como el último clavo de un ataúd, y por fin el primer gemido que por algún motivo repito, solidaria con el dolor del amor traicionado.

                                     

Me adelanto hasta la sala y me adapto al asiento de caoba donde hilando la trama de su soledad la joven abandonada habrá bordado escenas de su desengaño en el bastidor de la soltería resignada. Puede que haya recién fallecido, anciana, tras haber disipado el resto de sus años en esta casa, ahora puesta a la venta por codiciosos sobrinos. Y ya vuelve la voz masculina, ahora más madura pero también trémula, empañada, con nudos de duda en el hilo de seda, su terciopelo ya está gastado y tiene quemaduras de cigarrillo, suena rasgada, más fría, apagada y oscura, como cenicienta, atiplada y suplicante. Intuyo que tras un paréntesis vuelve a dirigirse a la aún joven sentada donde yo ahora, se disculpa con la excusa de que aquella noche no vino por su bien, para que su ya difunto padre no la desheredara y no perdiera lo que le pertenecía, y argumenta que ahora que son libres pueden consumar su destino, y conforme ella se va ablandando y da señales de perdonarlo, la voz se va limpiando, caldeando y abriendo, y en una segunda primavera vuelve a florecer de promesas, hasta que ella acaba por aceptar, y de nuevo acuerdan que él la recogerá en otro coche que a través de la fuga que años atrás no efectuaron los lleve a la felicidad eterna.

                  

Y tras un corto intervalo ahora el coche sí se detiene puntual, oigo el taconeo de unas botas en los peldaños de la entrada y el primer campanilleo en la puerta, siguen dos más impacientes, perentorios, luego tres aldabonazos, y al final desesperadas llamadas como si quisiera que le abrieran las puertas del paraíso, mientras yo prolongo mi labor de bordado, salvo que la puerta acaba por dar paso a un coro de voces, se encienden las bujías de la lámpara, y asoma un espigado canoso que identifico como el empleado de la inmobiliaria, precediendo al atildado matrimonio de posibles compradores, y  los tres miran el bastidor y cuando el primero se refiere a la chimenea de pórfido que bosteza a mis espaldas, con tranquilo horror comprendo que sus miradas me traspasan y que no han visto a ninguna intemporal dama que borde humilde y a la vez furiosa, transparente de ausencia, desgraciada y feliz, o más bien apaciguada, repudiada por toda esperanza, desesperadamente tranquila, desengañada y regocijada, encorvada contra el pasado pero vindicada por sí misma.       
                   
     
                                             
                                             

lunes, 19 de enero de 2015

LA HIJA DE RYAN



Como besos se imprimen las huellas en la arena, la piel de la playa. Del interior el viento blanco acarrea el aroma de los pinos, de los pastos y la turba; desde el mar una brisa de raudas sombras de nubes a la deriva trae el del yodo y otro dulzón y a la vez salino, carnoso, sexual, de anémonas y algas putrefactas. No sabía que los espíritus tuvieran olfato. Lo digo porque a través de estas diáfanas panorámicas en escope sobre una playa irlandesa donde la trémula luz virginal, de nácar, de la mañana se deja penetrar por un frío punzante que la vuelve neta, nítida, concreta, con una confianza y esplendor radiantes, me parece sobrevolar sobre estos riscos y acantilados hirvientes de espuma. Sospecho que soy un espectro, tal vez el fantasma de Robert Mitchum que en algún mundo paralelo haya vuelto al rodaje de La Hija de Ryan. Quizá haya venido a tomarme venganza por haber tenido que incorporar a un personaje tan inocente y pusilánime, vacilante, casi impotente, después de haber dado vida al predicador de La Noche del Cazador o al psicópata de Cape Fear.
Lo cierto es que estas tomas en lontananza del mar turquesa jalonado de espuma, estos planos a vista de gaviota de la playa amarilla transmiten cierto pálpito de inmensidad, una intuición de eternidad, una especie de cósmico sentimiento de plenitud y libertad, un estado de contemplación e íntima comprensión del mundo, una esférica sabiduría o sentimiento de conformidad con la vida, una adecuación a la naturaleza, que por un instante me hacen creer que Dios existe y tiene un gusto exquisito, o más bien que si Dios existiera y se dedicase al cine sería el omnipotente David Lean. Un creador con todos los medios a su alcance y el talento para merecerlo. Una mirada milagrosa, alguien capaz de convertirse en un invisible ojo que todo lo ve.

                 

Pero ésa no es la cuestión, sino la metamorfosis que he sufrido para integrarme en su película y, succionado por ella como un espectador que hubiera sido abducido por la pantalla, irrumpir en el que parecía clausurado mundo de la ficción. Ya dudo de ser el fantasma de Robert Mitchum. En todo caso esta sensación de estar en La Hija de Ryan no es producto de un sueño, ni siquiera del exceso del whisky que evocan los efluvios de turba. Tampoco me ha acaparado los sentidos la realidad virtual de ningún sofisticado vídeo juego, ni me he ido de vacaciones a Irlanda. Pero aquí estoy, transparentado en los tornasoles del aire y en las irisaciones del mar, sustanciado en las ondas lumínicas, en los nimbos y en los estratos que se ondulan a través del rumor de guijarros y de las dunas que naufragan en la laguna. Descartando ya estar relacionado con un triunfador como Mitchum, encuentro una hipótesis más factible: identificado con las vicisitudes conyugales de Charles Saughnessy, su personaje, soy el fantasma de éste, dada además la inexplicable complacencia que me inunda al ver de lejos la grácil e infantil figura de mi esposa y ex alumna, Rose, en compañía del Padre Collins, el airado y generoso cura del pueblo.

                                        

Me acerco a ellos por los aires y distingo que con un guante calado la pizpireta sostiene una presumida sombrilla blanca con flecos de encaje negro sobre su sombrero ornado con flores, sobre el juego de sus guedejas rojo castaño con el viento, y la enfurruñada cara moteada de pecas y con facciones delicadas. Como una niña traviesa, ignora los consejos del sacerdote. Cuando llego a su altura ganas me dan de darle al Padre la razón en lo peligroso que es soñar y en que la desocupación es la madre de todos los vicios, ya que las románticas ensoñaciones de Rose, que pronto se casará conmigo, la llevarán a engañarme con un mayor del ejército inglés. Pero he perdido la facultad del habla y ellos me ignoran, quizás porque no debería estar aquí: aún no ha llegado el autobús que me traerá de mis vacaciones en Dublín.
Por supuesto soy transparente, invisible para Rose y el cura, que en la arena van dejando sus huellas mientras que yo levito, como si fuese un fantoche de la fantasía, tejido con la misma niebla que los fantasmas de mis celos, las figuras imaginarias que de la propia Rose y del mayor en vibrante espejismo por la playa hacia la mitad de la cinta veré levitar guapos y galantes, fluyendo en otra dimensión, las gasas de ella flotantes a los sones de la Quinta de Beethoven, como si danzaran –entonces sería la Séptima- a cámara lenta, hasta que me alcancen a orillas de la charca pero sin verme como ahora no me ven ella ni el sacerdote, y como regalo de enamorados él extraerá de la arena una caracola coralina muy parecida a la que poco después, ajustando a la realidad aquel desvarío de mis celos y confirmando mi fatal intuición, entre la ropa interior de ella hallaré oculta en el cajón intermedio de la cómoda del dormitorio.

                 

El Padre Collins y ella siguen discutiendo. Y lo más curioso es que contrapunteando las palabras del Padre y de Rose, los jadeos de las olas y el aliento del viento, percibo la música de Maurice Jarre, como mariposas de colores revuelan sus notas sobre los cabrilleos del mar. Me sorprenden la levedad con que resbala el tiempo sobre mi ausencia presente y la facilidad con que me desplazo. Sin embargo, no quiero moverme de esta idílica playa, no me apetece volver al ceñudo y arisco pueblo sin nombre –apenas dos hileras de tétricas casas jorobadas o hemipléjicas-, habitado por broncos celtas capaces de lo mejor y lo peor –pero sobre todo de lo peor-, de lo sublime y lo miserable –pero sobre todo de lo miserable-, y cuya zafia e infantil idiosincrasia y retraso ancestral son representados por Michael, el idiota del pueblo, aunque su cojera también lo identifica con los traumas bélicos del mayor británico, el que le pone los cuernos a mi versión carnal, prefiero quedarme porque además el personaje –yo mismo mientras vivía- ya llega en el autobús y como fantasma suyo, de modo opuesto al espectro de Mitchum que creía ser, me reconozco emocionado en este quincuagenario profesor recio y vulnerable, viril y sensible, especie de soltero noble e inviolable que con su maleta de cartón y desgarbado traje arrastra el abandono y la resignación de los solitarios, en calidad de fantasma suyo está mal que yo lo diga pero me admiran su cabal serenidad y la honradez sin atenuantes que se traslucen de sus rasgos como tallados en roble.

                   

A su lado Rose es la típica alumna permeable y curiosa, pero también ya prematura mujer porque lo quiere, más allá del carisma de todo maestro, lo ama, sus ojos color mar de amanecer de verano relucen con la esperanza del amor y la cristalización de su deseo como en un brillo de lágrimas. Será por eso que Lean ha arrancado la escena con otro remoto plano general de la playa que en su cósmica plenitud signifique el alcance del amor, una panorámica que en su inmensidad traduzca el ansia de libertad de Rose, lo infinito de sus ciegas esperanzas y sueños sin nombre, sus difusas aspiraciones y anhelos que ahora concentra en el amor a su maestro, un paisaje que represente tanto la perspectiva de sus ilusiones como las promesas del futuro, cuyo cumplimiento ella exigirá a la vida con el egoísmo del que se cree distinto. A ella le rueda por la arena el pretencioso sombrero y él le cuenta sobre su visita de carácter cultural a la capital. Caminan en sentido contrario a las huellas de ella -que ha ido a recibirlo a la carretera-, y en ellas se adivinan su ligereza y expectación de gacela. En la playa estallan las olas de la pasión. Después de alabarse mutuamente, Rose ha de disimular su emoción con la excusa de que la ha cegado una partícula que procede del pasado, de la estación de tren donde un jueves de treinta años atrás al comienzo de Breve Encuentro bajo la forma del carbonilla aterrizaba en el ojo de Celia Johnson. Ella llega a insinuarle sus sentimientos, pero Charles, incrédulo de su fortuna, aparenta ignorarlo y se encamina a la taberna del padre de Rose, Mr. Ryan.

                

Me niego a acompañarlo a tan umbríos umbrales, que en el futuro solo se iluminarán al relámpago de la pasión que electrizará al mayor y a Rose (en el fondo por eso detesto el local), ni deseo el trato con Ryan, porque más allá del natural aborrecimiento al suegro se trata de un personaje poco recomendable, un delator y aspirante a padre incestuoso, un tipejo de lengua solo menos larga que la mano, y vuelvo a quedarme con Rose, que ahora adapta sus delicados pies a las huellas del número 44 que su amado ha dejado en la arena. Yo sé que la marea del tiempo borrará las huellas paralelas de ambos.
En otra vertiginosa, totalizadora toma general, ahora sobre la loma de la escuela, al ocaso sangra el sol de su virginidad y vemos a Rose entrar al aula a esperar a Charles (acabo de caer en que es tocayo de otro cornudo célebre, el marido de Madame Bovary), que no tardará en llegar de la taberna de su padre, trayendo un eco de los apasionados debates sobre la guerra entre Alemania y el invasor inglés. Modesto, él cree que ha venido a ayudarlo a deshacer el equipaje, y no a declarase entre las súplicas del viento y de las gaviotas, y antes de aceptar su amor le advierte de las limitaciones de la vida que puede ofrecerle, de las cíclicas rutinas y de la ronda de tareas y el peso de tantas horas disecadas que como esposa de un maestro rural tendrá que arrostrar. Viéndola tan atractiva, reniego del pudibundo Charles y físicamente reacciono de tal modo que llego a cuestionar mi condición espectral.
Y una vez más se abre otro gran plano de pájaro sobre la playa en relación con los sueños de Rose, ya traicionados tras su matrimonio, lo cual nos retrotrae al último, desenfocado, plano general sobre el río Kwai –igualmente  a vista de pájaro-, que a otra escala también nos muestra lo precario de cualquier proyecto, el fin de pesadilla de todas las quiméricas esperanzas de los hombres, la destrucción a que están abocadas todas sus ambiciones, en este caso la ilusión del coronel Nicholson de perpetuarse en el puente. Ahora Rose se precipita por la playa encorvada contra su existencia de casada, se aleja de su hogar frustrada de aburrimiento, furiosa por la traición que han sufrido sus esperanzas de algo que ni siquiera ella sabe. Lo único que  tiene claro es que esperaba otra cosa. El Padre Collins le amonesta por haber alimentado a la insaciable bestia de los deseos. Y el cura vuelve a llevar razón, es mejor no tener la cabeza a pájaros, de modo que de la pantalla salto, en vez de a la fama como Robert Mitchum –allá se las componga Charles con sus cuernos-, al sillón donde recapacito en que atribuyo excesiva relevancia a la ficción y a la hora de escribir un post me concentro demasiado en la película y me identifico en exceso con los personajes y las situaciones. Al punto de llegar a creerme en el interior del film.
La verdad es que desde Agosto no visito la playa. Aunque entonces aún estaba casado y quizás compartiera los problemas que pesan en el pensamiento de Charles o algunas de las preocupaciones erizadas sobre su cabeza.                
                                                  
                                                

lunes, 12 de enero de 2015

RICHARD WIDMARK: LA SONRISA MÁS ESCALOFRIANTE


Las sonrisas se contagian como los bostezos. A la salida del banco comprobé en el escaparate de una heladería que se me había congelado en la cara la gélida sonrisa de la cajera, mi ex colega; esperé no haberme contaminado también de la hipocresía de aquella sonrisa ladina, aviesa, resbalosa, de gelatina, escurridiza, postiza, que no se había quitado mientras me tramitaba el rescate o más bien salvamento (por desempleo de larga duración) de los restos de naufragio de mi plan de pensiones, sonrisa con la que al parecer había perpetrado tras mi despido cuantiosas ventas de acciones preferentes. Por algún motivo me recordó la sonrisa siniestra, asesina, aciaga, canallesca, con la que el debutante Richard Widmark componía el personaje de Tommy Udo, el gángster psicótico.

                 
                 
Y al cruzar la calle visualicé la terrorífica escena en que Udo sale de un taxi como un lagarto de su madriguera, mira como yo a ambos lados de la calzada más para reconocer el terreno que como precaución, todo de negro salvo por el abrigo pardo y la corbata crema anguilea por la acera, deliberado y atroz como un repartidor de muerte ingresa en un modesto portal, aunque es por la tarde con él parece entrar al edificio un alba ancestral, inmemorial, primigenia, la primera luz que trajera a su ángel maldito; identifica en un buzón el nombre del chivato –Rizzo-, en la sombra polvorienta se destila de su tez un brillo pálido y húmedo y frío, su presencia transmite a la acumulación de abulia y aburrimiento que en estratos parece condensarse en el vestíbulo una especie de horror albino, cierta cualidad viscosa de gusano, una transparencia de locura, una evidencia de crueldad, parece que en un rincón alguien está afilando un cuchillo de plata, y dejando un reguero de sangre fría se abalanza hacia el primero, donde una voz desvalida de mujer le da paso. 

                 

Con una mirada periférica comprueba que la madura inválida que le ha recibido en chal se encuentra sola. El gesto agrio, con voz nasal, un poco en falsete, sarcástica, como si parodiándose a sí mismo se burlara de su interlocutora, él le pregunta adónde se encuentra su hijo Pietro, pisa con saña la colilla y no da crédito a la ignorancia de la mujer. Ella repite que no sabe ubicarlo y entonces él le asesta su primera sonrisa. Para cerciorarse de que están solos y en busca de algún indicio, Udo se permite registrar el apartamento; ante su descaro la silla de ruedas chirría de expectación y preocupación. Regresa enmascarado con una sonrisa floja y barata. Insiste: con un punto de orgullo, como jactándose de la indómita movilidad de Pietro en contraste con su silla de ruedas, ella responde que su hijo puede hallarse en cualquier parte de la ciudad. La incrédula sonrisa de Udo ya es de manicomio, la mueca de un maniquí o un maníaco. Tampoco sabe ella cuándo volverá; su hijo es libre, imprevisible, da a entender que nadie puede controlarlo. Él repregunta y ella vuelve a negar. En la cara de Udo alborea una sonrisa como una luna venenosa y con un movimiento encogido, tan instintivo como inútil, ella hace retroceder la silla de ruedas. Esa sonrisa es un cuchillo y al mismo tiempo la herida que abre su filo.

                   

Y luego él libera los pequeños murciélagos de sus risas, que paradójicamente hacen más seria su advertencia de cuánto le enfada que le mientan, y aun confundida por los aleteos ella persevera en su silencio, él la llama mentirosa y ella aprieta los labios, se trata de la vida su hijo, pero en torno a la silla revolotean las risas negras de Udo, son afiladas y agudas, de verdad que parecen alas con membranas cartilaginosas y chillan como murciélagos, tienen la misma sed de sangre, ella niega y deniega, pero ya el cuarto vibra de los aleteos de las crueles risas de Udo, al que se le desorbitan los ojos al fulgor de una idea maligna: como el cordón umbilical de la muerte arranca el cable del teléfono y aprisiona a la inválida en su silla, las negras alas parecen aplaudirlo y ya rozan a la víctima, los chillidos lo celebran y acallan los gritos pidiendo auxilio, contra su voluntad la conduce al rellano como un sobrino travieso y en un clímax de maldad criminal la precipita escaleras abajo, y justo entonces se apartó de mi camino una pareja de jóvenes, salió corriendo un chaval que dejó en el suelo el paquete chicles y a la morena que se quedaba mirándome con los ojos de par en par se le cayó el cigarrillo de las manos. Se me habría instalado en la cara la sonrisa de Udo, la de mi antigua compañera del banco.

                    

A los pocos pasos de recordar aquella escena de El Beso de la Muerte, de Hathaway, me crucé con mi oculista, al que con frecuencia asedio en su consulta debido a que mis sesiones quíntuples ante la pantalla me dejan los globos oculares como sendas rodajas de tomate con sal y pimienta. Tuvo la paciente bondad de dedicarme una sonrisa que como a un espíritu me conjuró a un personaje muy distinto de Widmark, el honesto médico militar Clint Reed, otra versión de su versatilidad actoral. Porque ahora no se trata de la sonrisa de Udo, que como una serpiente se ondulaba y estiraba de oreja a oreja, sino de una sonrisa sincera, cabal, segura, confiada, concienzuda, que escarba sendos hoyos de simpatía en un rostro franco. Una sonrisa casi seria.

                   

Está cumpliendo el protocolo de inyectarle una dolorosa vacuna al mastodóntico capitán Warren (Paul Douglas), que tras criticar la pusilanimidad de sus hombres ante la perspectiva del pinchazo, se deja hacer a regañadientes. Dada la situación, cabría definir la sonrisa del doctor Reed como inocua, aséptica, esterilizada. Ya no lo veremos sonreír más a lo largo de la frenética película; solo lo ha hecho en su hogar, de donde lo ha arrancado la alarma de haberse descubierto en la autopsia de un cadáver tiroteado los gérmenes de la peste neumónica. De modo que atrapar a un asesino que probablemente esté incubando la enfermedad se ha convertido en una emergencia sanitaria, y mientras que el doctor Reed intenta convencer al capitán Warren de la urgencia del caso y con la vacuna le gustaría inocularle los anticuerpos de la responsabilidad y la conciencia del peligro real de epidemia, el escéptico policía ha ordenado por pura fórmula interrogar a los sospechosos habituales del puerto, y al otro lado del tabique de su despacho un cómplice del asesino repite a su interrogador que nada sabe del asunto y por negligencia volverá sin cargos a la calle.

                             

Y ya cerca de casa por el ventanal de su establecimiento atisbé precisamente a mi cómplice en el barrio, el dueño y camarero del bar de la esquina, que en situaciones de ventaja y desventaja me ha servido de discreta ayuda. Volvió la cabeza mientras activaba la cafetera y la esmaltada sonrisa de connivencia que siempre me dedica me recordó, tras Pánico en las Calles, de Kazan, otro papel de Richard Widmark, mi predilecto, el del granuja Harry Fabian, personaje hermanado con Skip McCoy, el genial ratero de Manos Peligrosas, de Fuller, que al final también se redime deshaciendo con sus habilidades de prestidigitador en bolsillos ajenos toda una red de espías soviéticos.

                  

La gama de sonrisas que como Harry Fabian esgrime Widmark es amplia, desde el halago a la burla, pero casi siempre es torcida, sinuosa, oblicua, espasmódica, con las cínicas puntas de los labios elásticas como goma; por contraste con todas ellas, ninguna tan conmovedora como su rasgada, exhausta, rígida, cadavérica sonrisa del final.

El miserable Harry Fabian es un vividor indigno de confianza, damnificado de los tapetes de fieltro verde y del césped de la recta final de los hipódromos, náufrago de las mareas de la suerte, un perdedor sin remedio, un noctívago aliado de las sombras y de las esquinas, una sanguijuela que en permanente huida dilapida su vida y succiona la de su novia Mary, cuyo monedero es una y otra vez saqueado por él, alucinado por la quimera del éxito que realice sus sueños de grandeza. Su último, imprudente intento finca en discutirle al espeluznante gángster Kristo su monopolio en Londres de la lucha libre, nada menos que captándose la voluntad de su padre, un mito de la lucha grecorromana que su hijo degrada a espectáculo circense. Muerto el padre en un combate oficioso, Kristo pone precio a la cabeza de Harry: mil libras.

                   

Para Harry Fabian, antes tan popular, cada amigo es un traidor cierto, cada esquina una probable tumba. No tiene salvación. Tras una noche eludiendo a su propia sombra, lo vemos correr sin aliento y a bandazos por el Puente de Londres tendido en el alba gris gaviota de la capital de todos los océanos. Se derrumba, pese al inerte peso de sus sueños, en el umbral de la tienda de la anciana Anna, otra conocida que no dudaría en venderlo como otro artículo de su comercio. Él lo sabe, pero tiene el corazón en la boca y solo quiere un rincón donde respirar y arrumbado aguardar su destino. Ahogado de desesperación, exhausto de sus propias mentiras, recapacita en que lleva toda la vida huyendo: de su padre, de la policía, de los acreedores. Se avergüenza de la capa de mugre que ha ensuciado cada uno de sus actos y de todo el daño endosado a Mary, cuyo único defecto estriba en querer a alguien como él.

                    

Enciende un cigarrillo y por un momento vuelve el tramposo de antaño y reincidiendo en sus engaños –a sí mismo el primero- lamenta lo cerca que ha estado de vencer a Kristo y darle a Mary el bienestar que le había prometido. Pero él sabe que en el muro de su fracaso no ha llegado a abrírsele ni la grieta de una oportunidad. Lo vemos magullado, jadeante como un perro, bañado en sudor y arrepentimiento, las sucias gotas de humedad del Támesis escarchándole la piel, licuándose en un sudor agónico. Se acercan unos pasos que le aceleran el pulso: pero el matón al que podría poner cientos de rostros de aspirantes a cobrar la recompensa, resulta ser Mary. Le trae el dinero que ha salvado de sus expolios para ayudarlo a escapar de Londres. Y ahora la culpa ya es una lápida que cuelga del cuello de Harry hasta el fondo del río, como su corazón el puente de Londres se parte de desolación.

                   

Mary intenta aliviar las dentelladas de sus remordimientos, aligerarlo de esa culpa que lo lastra y le impide escapar. Llega a responsabilizarse de su fracaso. Y entonces todas las mezquinas sonrisas que como buitres hemos visto pasar por la cara de Harry se subliman en una desgarrada, desesperada, extenuada, en la que se insinúa una generosidad inusitada: la insta a cobrar la recompensa.

Con esas mil libras habrá cumplido su promesa de darle a una vida regalada y no le habrá defraudado todas las esperanzas. Por supuesto, ella se niega, horrorizada, pero él insiste. Ya que de todos modos lo van a matar, que ella saque provecho. Sin esperanza, liberado del miedo que lo convertía en un miserable, ha encontrado la posibilidad de resarcirse de sí mismo. Una muerte como ésta puede modificar retrospectivamente su vida entera.

                  

El verdadero Harry no es el de los veintisiete años previos, sino el que se dispone a morir en este instante de gloria, cuando ella huye espantada por su oferta y bajo la mirada de halcón de Kristo él sale tras ella a través del puente desierto insultándola a voces y acusándola de haberlo traicionado para que el gángster le pague las mil libras, y corre hacia la muerte reconociéndose al fin a sí mismo, al Harry que quería, el que abraza su destino porque en vez de ciego como el azar es lúcido, será lo que le dé sentido a su paso por el mundo, y ya que ha matado su vida y la de Mary, al menos ahora sabe vivir su muerte y a ella le servirá de algo, aunque en cierto modo sigue explotando a su novia, porque igual que antes le robaba ahora le impone la recompensa, y al entrar en el ascensor el matrimonio de ancianos me miró con los ojos entrecerrados por la sospecha y desconfiadamente se llevaron las manos al bolso y al interior del abrigo quizá porque creían que había estado recordando a Widmark en su papel de carterista en Manos Peligrosas, y no en Noche en la Ciudad, de Jules Dassin.
El espejo me devolvió una sonrisa feliz: iba a ver Dos Cabalgan Juntos, con Richard Widmark. Pero ése, quizás, será otro post.  

    
                                         

lunes, 5 de enero de 2015

KIM, MARLENE, INGRID


Rebobinaba en la memoria y en su moderno sustituto, la cámara digital, en busca de la grabación de los primeros tanteos, gateos y balbuceos de mi hija, cuando con nubarrones me atormentó la vista el hallazgo de las imágenes que de la fiesta de inauguración de la clínica odontológica de mi ex tomara yo en su día. Riendo en la cabecera de la mesa de la terraza bajo un magnolio, un agorero arabesco de sombras le peinaba a la madre de mi hija el rubio oxigenado y como el encaje de un velo de viuda le enmascaraba el lado siniestro de la cara. Aquella premonitoria oscuridad se cernía sobre nuestra relación, no sobre su próspero negocio. Alterado, había parado el rebobinado de la cámara, pero no así el de los recuerdos, que retrocedieron hasta el día que nos conocimos, tendido yo en el sillón de su anterior consulta, cuando ya empezó a torturarme y a parlotear sin derecho a réplica por mi parte, la boca abierta a sus metálicas manipulaciones. Reaccioné. Advertí que incluso después de aclararse las nubes de encono, la imagen de la silueta de mi ex parecía borrosa (no solo porque fuera una fantasma), oscilaba y permanecía desenfocada, lo cual me extrañó, dado mi incomprendido talento visual, y eso que en las fotos y vídeos filmados por otros luce atractiva. Por contraste recordé otra secuencia soleada. Pertenecía a una película vista hace poco.

En la idílica avenida de una mañana radiante arranca un autobús escolar, y un padre y una madre que se conocen de vista, sincronizados en la coreografía del deseo dejan atrás la marquesina y las voces de despedida, y con pasos serenos y fluidos, armónicos, casi levitando, entre mansiones de ensueño, de jardines tapizados de césped y fachadas color crema, caminan juntos por la pasarela de la acera. Son Kim y Kirk.

                                                                

Cuando parecían abocados a despedirse, apoyado en la carrocería de su deportivo él la invita a acompañarlo al solar donde va a edificar el chalet de un cliente. Confiado en su atractivo, espera anhelante la respuesta, todos la esperamos como si la propuesta hubiera sido nuestra, y en el contraplano asistimos al nacimiento de una felicidad concéntrica, una felicidad en el interior de otra felicidad, la felicidad de ver a Kim Novak dentro la felicidad que fluye en el esplendor de esa calle del benévolo invierno de Los Ángeles. Vemos que la suave luz parece enamorarse de su silencio, que en torno a ella palpita un halo de dicha y vibra un resplandor de espejismo y deseo, que la miel del sol y el dorado del aire y el ámbar de la brisa se trasfunden a su pelo y a sus mejillas, y bajo el papel de seda de su cutis se trasluce la corriente de su sangre reflejando ondulantes iridiscencias. Es tan bella que en cualquier momento puede desplomarse y morir. Es la fantasía de una mirada. Sin embargo ella sigue en pie, estirando nuestra expectativa, aún pensándose qué responder a Kirk. Fragmentado en infinitos instantes de eternidad, el plano parece durar toda una vida, y cuando concluya tendremos la sensación de que como una burbuja de jabón o una mariposa blanca nos ha rozado la felicidad.

                   

Después de un tiempo inconmensurable ella responde que no acostumbra a salir con extraños. Pero ya que la película se titula Un Extraño en mi Vida –la mejor de Richard Quine-, al final cambia de opinión y sube al auto rojo pasión de Kirk. Y sin embargo el que arranca es El Expreso de Shanghai, una película que por algún motivo que en vano intenté dilucidar acababa de asociar a la previa. Había soltado la cámara. Era raro que se me resistiera algo visual, aunque lamenté que pese a mis múltiples intentos nadie hubiera contemplado la posibilidad de contratarme para el mundo de la imagen. Al menos mis divagaciones cinematográficas me estaban haciendo olvidar a mi ex, y me puse a traducirlas al blog por si a mis lectores les servían para también olvidar a los suyos. En la escena que recordé, desde la plataforma del vagón un hierático médico militar observa con rictus amargo el paisaje, pero cuando se le une Marlene sabemos que lo que miraba era el pasado que el tren deja atrás, los cinco años que por un malentendido ambos llevan separados, y que ella comprueba ha medido el reloj con su retrato en la esfera que le hubo regalado en los buenos tiempos.

                  

Él le cuenta dónde ha estado en el intervalo: India, Inglaterra, Manchuria, una vida jalonada de aventuras. Marlene ironiza sobre si también las habrá tenido amorosas, y cuando él le confiesa que ella es insustituible, aunque sabemos que ella sí se ha consolado con incontables y hasta se ha convertido en cortesana, la cámara toma partido por Marlene, en plena noche la enciende como al amanecer, y Sternberg nos hace saber que el suyo, y no el de él, ha sido el verdadero dolor, en efecto un sufrimiento tan desgarrador, tan aniquilador, que ha hecho de ella una mujer fatal. Su rostro desborda la pantalla: orlada por el forro de piel de foca cuyo pelo acarician el viento y la velocidad, de sus líquidos ojos sesgados y muy separados como de una caja de música reverbera un ritmo hipnótico que contrapuntea el traqueteo del tren, los altos pómulos ensanchan la emoción de los hoyos de las mejillas, la sensualidad de su boca denota su astucia erótica, y de su cara transida de amor emana un encantamiento invencible. Todos nos entregamos al sortilegio de su silencio. El hechizo de su pasión es irresistible.

                  

Otra pasión muy distinta es la que transfigura el rostro de Ingrid Bergman en Europa 51, alumbrado desde adentro como por una vela que brillara en el interior de una máscara de nácar o alabastro. Pero no era ése el vínculo que me hizo asociar El Expreso de Shanghai con Europa 51, tan enigmático mientras escribía como el motivo que me había hecho saltar de Un Extraño en mi Vida al Expreso de Shanghai. Si seguía escribiendo tal vez resolvería la clave, el nexo que unía a las tres obras. Y eso que escribir no se me da tan bien como el vídeo y la fotografía, reconocí, ignorando las bromas y dudas que todo el mundo siempre se había permitido respecto a mis dotes visuales. La cara de la Bergman en Europa 51 es la de una madre dolorosa de postguerra que intenta transmitir a los desfavorecidos el amor que mientras era una mujer egoísta no fue capaz de dar a su suicidado hijo, y como una santa o una revolucionaria ahora se entrega a la utopía de revertir las condiciones sociales que han provocado su fracaso como madre.

Rossellini nos ha narrado el viaje espiritual de su conciencia despertada, cómo ha superado su dolor –al fin y al cabo también egoísta, nada hay tan egoísta como el dolor, pensé, melodramático, recordando a mi ex y sobre todo el flemón que el primer día me llevó a su consulta- ayudando al hijo enfermo de un pobre hombre, a una obrera cargada de retoños, a una prostituta agonizante y a un atracador adolescente.

                 

Tras el luminoso rostro de la Bergman se perfila la sombra enrejada de una ventana; se encuentra en comisaría, acusada de haber ayudado a escapar al joven atracador, y en torno a ella revolotea el cuervo del comisario intentando, más que sonsacarle, asimilar él mismo cómo ha podido la rebelde amotinarse y desertar de su acomodada familia para recalar en los bajos fondos. Nadie la comprende salvo la luz, que clara y diáfana está de su parte, y la exalta con la gloria de una mártir, le arde en la carne, la quema de amor, pero también juega con ella, le ondea en la piel y disfruta delineándola, alumbrándole la pura belleza. Mientras que a Kim la luz radiante de la mañana se le trasvasaba a la cara, es Ingrid quien desde su seno la irradia e ilumina el sórdido despacho policial.

                   

El comisario recibe una llamada en la que se le dice que sin causar más daño se ha entregado el atracador, ella comprende que su acción ha servido de algo, se le escarchan los ojos, y de emoción la luz le difracta los rasgos como a través del agua.
Pensé que aunque a través de tres lentes distintas, había sido la misma cámara la que como una mirada enamorada enfocara a Kim Novak, a Marlene Dietrich y a Ingrid Bergman, el mismo éxtasis de luz el que las exaltara, las mismas intuición o ceguera las que las hicieran relumbrar en un fulgor deslumbrante; y también a mí se me encendió una luz interior y pude concluir el post deshaciendo el extraño nudo que une Un Extraño en mi Vida, El Expreso de Shanghai y Europa 51: las tres protagonistas fueron amadas por sus tres geniales directores: Richard Quine, Josef von Sternberg y Roberto Rossellini. Cuánto debieron quererlas para obtener tales tomas, para sublimar el lenguaje de sus imágenes en semejantes versos visuales. Una vez más recordé la silueta desenfocada de mi ex y después de dudar si aquel día ya había dejado de quererla o si después de todo no tendré tanto talento visual, contraje una conclusión definitiva.
Ella es muy poco fotogénica.