Suscríbete al blog por correo electrónico

martes, 31 de marzo de 2015

MOONRISE


                 

Frank Borzage fue sin duda uno de los principales autores del cine estadounidense, abarcando un período creativo de esplendor que perduró durante más de 4 décadas de puro cine. Poseedor de una carrera ciertamente diversa y fascinante, su personal sello se encuentra estampado en alguna de las mejores cintas silentes estadounidenses en las que aún se detecta a pesar del paso de los años esa singular mirada de poeta divergente propia de Borzage que chocaba de bruces con ese estilo anquilosado y rígido que existía en buena parte de los melodramas mudos producidos en los años veinte por los grandes estudios de Hollywood. Y es que Borzage fue durante toda su trayectoria un ensayista del amor en todas sus caras y complejas vertientes, siendo ésta la temática predominante en la inmensa mayoría de sus obras mayores aunque éstas pertenecieran a géneros tan diversos como el cine negro, la comedia, el aventurero, el melodrama o el cine bélico. Desde el amor imposible, al amor incauto, al amor enfermizo, al amor cruel o porque no decirlo igualmente el amor romántico y verdadero. 

Así, a finales de los años cuarenta y convertido ya en un prestigioso y aclamado director tanto en los EEUU como en la Vieja Europa, Borzage realizó una de sus películas más personales (ello se denota en el hecho de que la cinta tiene estampada la etiqueta Frank Borzage´s en su título comercial) y estimulantes: Moonrise. Para ello el norteamericano dejó de lado la comodidad que podría suponerle trabajar bajo el paraguas de un gran estudio para recalar en la mítica productora Republic, especializada en obtener increíbles resultados artísticos con escasos medios económicos. La película compone un extraño cocktail aderezado con ingredientes derivados del melodrama romántico y con sobre todo ese tono enfermizo y malsano que la confiere su adscripción al cine negro de serie B. La libertad que disfrutó Borzage a la hora de desarrollar este proyecto se siente en esa narración claustrofóbica, asfixiante y atrevida dotada de una modernidad vanguardista envidiable para la época, en la que Borzage vierte su firma inyectando ese romanticismo innato de su temple esbozando una epopeya en la que conecta el amor limpio que siente el protagonista por su bella enamorada con un crimen cometido por él mismo derivado de un acto violento e inconsciente fruto de ese amor consustancial a su temperamento.

                 

Y es que Moonrise se destapa como una de las mejores películas de cine negro producidas en esos magníficos para el género años cuarenta gracias a la combinación de un espléndido guión que bien podría haber surgido del imaginario de William Faulkner repleto de frases memorables de un romanticismo exacerbado pronunciadas con elegancia y tino por un magnífico elenco de actores pertenecientes a la segunda línea de Hollywood, también dotada con una puesta en escena contundente donde Borzage da muestras de su cátedra técnica situando la cámara en ángulos imposibles y elegantes logrando con ello extraer todo el suculento jugo que la historia contiene.

La cinta arranca mostrando la atormentada existencia de Danny Hawkins, un joven que vive amargado desde que en su tierna infancia su padre fue condenado a morir en la horca por haber asesinado al médico del pueblo al acusarle de no haber actuado con la diligencia precisa para salvar la vida de su esposa. Por este motivo, Hawkins será objeto de bromas e ignominias por parte de sus compañeros de escuela, hecho que le ha ocasionado una herida que supura resentimiento y trauma sin vislumbres de poder cicatrizar.

      

Ya alcanzada la madurez, el mortificado Danny Hawkins matará accidentalmente al pedante hijo de un rico comerciante del pueblo (interpretado en un papel testimonial por un joven Lloyd Bridges), en una pelea motivada por el amor que ambos sienten hacia la bella profesora rural llamada Gilly. Confuso por las consecuencias imprevistas de su acto de violencia, Hawkins decidirá ocultar su crimen escondiendo el cadáver de su adversario en la profundidad del pantano donde tuvo lugar la lucha. 

A partir de este momento el joven outsider emprenderá una lucha contra sus demonios interiores, enfrentándose al sufrimiento que le procura ser conocedor que ha cometido un asesinato inconsciente cuya inocencia resultará compleja de defender debido a su cobardía desde el momento en que una partida de caza descubrirá la presencia del asesinado, con su anhelo de encontrar el amor verdadero en los sensibles e inteligentes brazos de la bella Gilly. Romance que será puesto en peligro por la ocultación de esa verdad que atormenta el alma de Hawkins.

En este sentido Moonrise se alza como una película extraña y compleja, donde la atmósfera psicológica terminará conquistando la escena en detrimento de la acción rutinaria. La cinta apoya su poder de hechizo en esa belleza visual obtenida por un Borzage transmutado en un pintor paisajista capaz de desplegar toda una gama de ricos colores a pesar de contar con escasos medios presupuestarios. Una de las innumerables virtudes con las que cuenta el film es sin duda la sabrosa galería de personajes secundarios que ayudan en todo momento a hacer fluir la trama sin trampa ni cartón, aportando su granito de arena para ennegrecer la sinopsis fundacional de la película, contribuyendo pues a confeccionar una intriga suculenta en la que nada tiene desperdicio. Resultará así memorable la interpretación del mítico y pionero actor negro Rex Ingram como ese solitario cazador de nutrias alejado de todo contacto con el resto de la humanidad por voluntad propia que únicamente mantiene unos últimos lazos humanos a través de su relación de amistad con el joven Hawkins, otro outsider sociópata y apartado de la sociedad (en este caso por ese trauma familiar que le persigue en lugar de por el color de su piel) en el que el viejo Mose (así se llama el personaje) observa el reflejo de sus pecados de juventud. O igualmente la magnética performance de Allyn Joslyn como ese sheriff sureño de perfil ocioso y ambiguo que recuerda enormemente al perfilado por Rod Steiger en la magnífica En el calor de la noche o por poner un par de ejemplos adicionales la siempre estimulante aparición en los compases finales del film de la siempre poderosa Ethel Barrymore en el papel de la eremita abuela de Hawkins o finalmente la presencia de un primerizo Harry Morgan interpretando a un discapacitado mental que jugará un papel esencial en el refuerzo de la trama de suspense e intriga que adorna el vestido dramático de la obra.

                 

Moonrise se encarama como una de las últimas cápsulas de genialidad visceral de Borzage, ya que la carrera del americano no volvería (para mi gusto) a alcanzar unos resultados tan memorables como los obtenidos con esta obra maestra, derrotando su trayectoria hacia productos más complacientes y por tanto menos aptos para sacar a la luz esa garra animal de un autor en toda su plenitud. Llama la atención que la película fue un auténtico fracaso de taquilla e igualmente fue desairada por el propio Borzage, el cual achacó la escasa aceptación popular del film a los excesos de autor vertidos a lo largo del metraje así como a un planteamiento quizás demasiado desafecto a los gustos más divulgados tendentes a otorgar mayor importancia al ritmo y al entretenimiento que a las impresiones introspectivas, psicológicas y en cierto sentido irreales irradiadas por un Borzage contaminado por el veneno del cine de autor más puro.

Por consiguiente Moonrise podría ser catalogada como uno de los frescos más complejos, heterodoxos, modernos y humanistas de un autor que logró plasmar su íntima filosofía y mirada interior lanzando un grito en favor de la compasión y el perdón de esos marginados atormentados por los errores y fobias nacidas en su pasado, siendo Borzage en la actualidad uno de esos directores clásicos que cuenta con el beneplácito de gran parte de la crítica así como de esos nuevos cinéfilos deseosos de sumergirse en el cine arcaico más bello y oculto. Y esto lo podemos afirmar sin duda ya que no son pocos los ejemplos que han tomado como claro influjo esta personal apuesta de Borzage titulada Moonrise (percibo excelsos paralelismos entre En el calor de la noche, Fuego en el cuerpo, House by the River o Llamad a cualquier puerta con ciertos planteamientos construidos por el maestro americano en su peculiar propuesta) como tótem referencial. 


Autor: Rubén Redondo.


lunes, 30 de marzo de 2015

EDUARDO MANOSTIJERAS


                                    

Eddie, tú que gracias a tu exacto, incisivo, fino arte
serás por siempre joven como un poeta devorado por la noche,
tú que cuando en la torre te asediaba el hambre de la soledad
como un artista maldito supiste que tu don sería tu condena,
Eddie, de manos brillantes en el silencio y tintineantes en la noche,
los mismos filos del talento con que podas la forma
te tajan la cara con besos de dolor y heridas de un labio,
los mismos cortes con que en los perfiles afilas el sentido
te rasgan el carácter y desgarran tus cicatrices,
Eddie, bello como la muerte, triste como el arte, tímido como un genio,
tú que en el hielo esculpes las siluetas de tus sueños,
y con esquirlas de fantasía y la magia de tu tacto
aún fabricas la ilusión de la nieve,
la danza de encendidos copos que me hacen bailar
hasta ahora girando, Eddie, nostalgia y alegría,
girando hasta el vértigo del recuerdo, ardiente y fría,
más rápido, ciega, para recordarte,
Eddie, pálido como un lirio, con ojeras de terciopelo,
raro como un eclipse, puro como la sangre, bueno como un muerto,
tú que eras amigo de los niños y de los perros,
y como cualquier hombre herías lo que más querías,
Eddie, libre como un huérfano, alegre como un náufrago,
incomprendido como un sabio,
tu excepcional arte es inmortal, pero también letal,
en una girándula de brillos que herían y curaban por igual,
tus dos abanicos de fulgores afilados creaban y destruían,
te dañaban y consolaban,
Eddie, diestro en el arte, siniestro en la vida,
digno de piedad y envidia,
desgraciado como un dios, ingenuo como un novio,
inadecuado al amor porque tus caricias dolían,
Eddie, tu talento es tu cadena y tus hierros tu oro, tu tesoro,
porque como un trauma te hacen infeliz pero también especial,
sin tu desgracia serías feliz pero también normal,
y orgulloso de poseerla como un filósofo del escepticismo
o un centinela del insomnio,
la acaricias como a una perra enferma,
la cultivas como una bella planta venenosa
y no te desprendes de lo que más te daña,
Eddie, autodestructivo como un eunuco o un enano,
mutilabas los flecos de la muselina de nuestra vulgaridad,
ondulabas las rectas de nuestro plano, obstuso, opaco suburbio,
y tuviste que volver a encastillarte en las alturas de la soledad,
tu verdadera novia,
tu talento fue tu crimen y tus obras tu castigo,
y mientras que en tu torre tallas de hielo las figuras del pasado
y trasvasas al arte tus recuerdos de nosotros,
con esquirlas de fantasía y la magia de tu tacto
aún fabricas la ilusión de la nieve,
la danza de encendidos copos que me hacen bailar,
la emoción desprendida de la nieve como del fuego la luz,
hasta ahora girando, Eddie, nostalgia y alegría,
girando hasta el vértigo del recuerdo, ardiente y fría,
más rápido, ciega, para recordarte,
Eddie, joven como un río, iluminado como un hijo,
por siempre girando en este silencio de espejo
hasta intuir en tus mejillas las sombras de mis labios
y los besos de tus tijeras.

                                                         

lunes, 23 de marzo de 2015

OCHO Y MEDIO



      


Ser un mago, un demiurgo, una mirada,
una antena que capta las ondas de otro tiempo,
ser un médium, un prestidigitador, un hipnotizador,
los pases mágicos conjurando a los espíritus,
ser un payaso, jefe de pista o domador,
con un haz de restallidos que invocan la ronda de portentos,
ser como yo Fellini ante este esqueleto de hierros,
confusa torre de Babel que escala hacia la nada,
costillar de un dinosaurio en la noche prehistórica,
plataforma de lanzamiento de la nave de mi fracaso,
ignorar cómo utilizarla tras haberme gastado cien millones en ella,
en el silencio del viento que trae las voces de los muertos,
sin la abigarrada algarabía de mis películas,
ser un imán que ya no magnetiza ninguna idea,
un pararrayos que en la noche no atrae los relámpagos de la lucidez,
una botella donde ya no se vierte el vino de la poesía,
un cantero de rosas olvidado por las mariposas de la fantasía,
las palomas de la magia exiliadas del nido de mis mangas,
querer filmar una película sin tener nada que decir
como desear una máscara que se teme descubrir
y hacer de la nada desenmascarada la película misma,
convertirme en Marcello,
o convertir a Marcello en Fellini,
ser Guido o Marcello o Federico,
ser Marcello Fellini o Federico Mastroianni,
un director de cine real o imaginario,
un artista agotado como un manantial
del que aún todos quieren beber,
ser un cuarentón ajado de canas y ojeras,
arrugado de frustraciones y decepciones
pero aún con visiones, apariciones,
invocaciones a un pasado tan lúcido como un sueño,
ser el tiempo de un cuento que acaba al principio y empieza al final,
un presente que contiene todos los años de mi edad,
imaginar un desfile de ancianos en el balneario,
una cabalgata de dioses caídos y un crepúsculo de walkirias,
imaginar el vacío adensándose en el vaho y el vapor de los baños,
mi esterilidad triunfante con el desdén de una condesa cadavérica,
la crisis creativa imperando como una belleza decadente,
el fracaso como el leit motiv de la ópera de mi vida,
pero lograr que esa crisis y ese fracaso interesen más que el éxito,
ser más que el genio o el mercader que la frota
la lámpara maravillosa que lo aloja,
el catalizador de un arte espontáneo, instantáneo, simultáneo, 
imaginar la aparición de Claudia bella y pura como una luna llena
como una paloma que trae un mensaje de esperanza
como una yegua blanca paciendo en la nieve de primavera,
imaginar el patético baile de Mezzabotta con su vampiresa,
fantasías de harenes y de entrevistas con cardenales,
ideas que chocan como aves en las paredes del dormitorio de un adulterio,
una amante, Carla, bogando como un cisne o una gansa con peluche,
una esposa, Luisa, parecida a una avestruz sabia y miope
a la que se quiere con la lenta pasión que se apagan los neones al alba,
un intelectual de pedantes gafas que como una nota a pie de plano
incorpora a la película la crítica de la película,
imaginar, imaginar
un ilusionista cuya varita mágica es la batuta de mis delirios,
una adivina que conjura la mítica memoria de la infancia
(un mundo de leche y sábanas, risas y mímicas, conjuros y sortilegios),
la Sarraghina, una bestia solar, sexual, cuya rumba es un maremoto,
unos padres que me compadecen desde el aburrimiento de la muerte,
un productor complaciente y amenazante de regalos y parabienes,
un equipo de producción que me inflige un interrogatorio policial,
ser un niño senil, un cuarentón infantil
que prefiere al mundo una idea del mundo,
al pelo la peluca, a la cara una careta, al mar un mar soñado,
ser Fellini ante esta plataforma inconcebible
que recuerda el templo de una religión olvidada, mi gracia,
y solo saber que del reflejo de su ausencia quiero tejer mi arte,
del humo de mi nada hacer una película sobre la nada.

                        

lunes, 16 de marzo de 2015

GERTRUD


                  

Gertrud, ¿por qué nos dejaste para quedarte sola?
Gertrud, eterna novia de espejos y reflejos,
la de pupilas de hielo y sangre de fuego,
nunca olvidaremos tu sonrisa triste como ventanas en invierno,
tu mirada incrédula de bujía al alba,
tu pena congénita como la nostalgia a la primavera,
creíste que nada eras para nosotros si no lo eras todo,
la nube y el cielo, el rocío y la luna, la boca y el beso,
Gertrud, como una diosa adorable e insaciable,
clara y turbia, ardiente y elegante,
nos miras desde la fría lejanía de tu orgullo,
¿por qué me dejaste a mí, el honorable Gustav Kanning,
el pragmático político que no dormía de amor por ti,
fanático del poder y de la fama, de la gloria y de mi nombre,
que hasta entonces devaluaba la moneda y los sentimientos,
y luego hubiera aceptado compartirte con tus favoritos,
por qué, Gertrud, si tus palabras me laten en la sangre
y en tu silencio oigo murmurar el tiempo?
Gertrud, ¿por qué nos dejaste a todos para quedarte sola?
Gertrud, adicta a la morfina del amor, al vino de las promesas,
la de voz de arroyo y dedos de ceniza,
nunca olvidaremos tus ojos empañados como la adolescencia,
tu piel fluida de orquídea contra el cristal del invernadero,
tu amor auténtico como un asesinato,
Gertrud, te entregaste a cada uno para tenernos y sacrificarnos
como a una diosa sedienta de la sangre del sexo,
para ti el amor no es nada si no lo es todo,
la copa y los labios, la flecha y la diana, la piel y la mano,
nos miras desde la indiferencia de tu blanca soledad,
¿por qué me dejaste a mí, Gabriel Lidman, poeta de poetas,
el forjador del amor en la fragua de nuestra férrea lengua,
sentimental y visceral, como tú carnal y espiritual,
siempre joven, disecado por el arte de la palabra
(los poetas nunca morimos porque ya estamos muertos),
por qué, Gertrud, si mi pulso murmura tu nombre
y desde el sur mi corazón te llama cada noche?
Gertrud, ¿por qué nos dejaste a todos para quedarte sola?
Gertrud, tú que pierdes las miradas de tus amantes
para no encontrarlas aunque brillen en la noche,
tu amor purifica los genitales en manantiales azules,
enemiga de la risa y como una amante celosa de nuestro talento,
nunca olvidaremos tu presencia de madre recién muerta,
tu mirada muda como una tormenta al otro lado de la infancia,
tu juventud pura como invierno, Gertrud,
prefieres la nada si no lo puedes tener todo,
la noche y el día, el sol y la flor, el viento y el junco,
nos miras desde el calvero del dolor del amor,
Gertrud, ¿por qué nos dejaste a todos para estar sola
si ardemos en la llama de tu altar,
si para nosotros tu amor lo es todo o no vale un beso,
si somos guardianes de tus alegrías, retadores de tu tristeza,
si eres nuestro ideal, nuestro sueño, Gertrud,
todo y nada? 
                    

                                                                                                                                              

lunes, 9 de marzo de 2015

ALEMANIA, AÑO CERO



Antes de curarme sufría una neurosis bicéfala, por un lado bélica y por otro artística, esto es, relacionada con mi faceta destructiva y con la creativa, ya que de una parte por una avería de la radio bombardeé Berlín cuando la guerra había recién terminado (tardé en superarlo), y de otra soy un escritor incomprendido, o más bien tan expoliado como los perdedores de cualquier guerra –salvo la Segunda Mundial-, porque Roberto Rossellini, el insaciable devorador de macarrones, valiéndose de alguno de los múltiples rateros que como ratas pululaban por las ruinas de la ciudad, de mi despacho en la comandancia me robó un material literario que como su plato favorito fagocitó para elaborar el guión de Alemania, Año Cero, y a ver si me deja de resonar en el oído este vocerío en alemán que me va a hacer estallar la cabeza.

                          

La culpa fue de los mandos, que debieron apartarme del escenario de mi drama, del museo de mi horror, la ciudad que bombardeé a deshora (¿sería certera la última bomba de la guerra –o primera de la paz-, que tuve el vergonzoso honor de dejar caer?). Me destinaron a labores administrativas de la ocupación y me fue minando pasearme por el decorado del desastre, la hecatombe que mis anacrónicas bombas contribuyeron a producir. Además, si me hubieran mandado de vuelta a Cleveland, Rossellini no me habría robado el guión como otros allí robaban patatas, la luz o carbón, y aunque no tengo ningún espejo a la vista creo que me galvanizan la cara espasmódicas muecas.

                  

Y eso que me alegré de quedarme en Berlín, porque confiaba en que permanecer en tal lugar me aportaría experiencias y me revelaría anécdotas que trasladándolas a mis escritos tal vez convirtieran en cronista de la posguerra a alguien que, como buen judío americano que soy, se creía destinado a la literatura, y ya me persigue por este pasillo el siniestro tipo de negro de costumbre. Además, quizás porque la escritura sea locura, mi labor literaria no se vio menoscabada por mi neurosis de guerra, y en efecto conocí de primera mano curiosos casos que trasvasé al papel. El cementerio sin fin que era Berlín, ciudad de muertos vivientes, era una mina de historias que yo estaba ansioso por escribir, y la tragedia de los Keller (R.R. ni siquiera se molestó en cambiarles el nombre) era una de ellas.
Ese caballerete –cavalliere-, capaz de aglutinar relatos de la más diversa procedencia y de articular un discurso que sintetizando el humanismo cristiano y marxista le aportó partidarios de la derecha y de la izquierda, al principio de su carrera se dedicó a denunciar los desastres de la guerra. Pero más que para dar testimonio de nada, lo hizo porque la actualidad del tema le aseguraba la taquilla. Había llegado a Berlín sin un guión preestablecido, pues presumía de filmar casi documental y espontáneamente de la realidad, y con actores eventuales que con naturalidad se interpretaban a sí mismos, aunque lo que realmente pretendía era bajar costes, y esta vez en lugar de improvisar prefirió filmar mis historias y también ahorrarse los derechos de autor. Su colega Visconti, otro aprovechado (¡un noble que se hacía pasar por marxista!), tampoco le pagó una lira a James Cain por su versión de El Cartero siempre llama dos veces. A R.R. le hubiese encantado que en Berlín hubiese mercado negro también de guiones, o tener a negros como guionistas.

                  

Y en parte gracias a mí entró R.R. en una dinámica triunfal que aún le otorga capítulos íntegros en las enciclopedias de Cine y en la vida personal lo emparejó con Ingrid Bergman (enamorada de su falaz arte), mientras yo sigo en el anonimato (y el celibato), a través de estos corredores intentando esquivar al hombre de luto y sin poder salir de este edificio pintado de blanco, con vigilantes que van de blanco y me adjudican medicaciones que me dejan la mente en blanco. Hace mucho que me he curado del complejo de persecución que me indujo el robo de mi obra, y sin embargo, veinte años después de la guerra, ninguno de estos facultativos lo admite; seguro que R.R. los ha sobornado para que me mantengan encerrado y no tener que afrontar mis acusaciones públicas.

                                        

Porque ya he dicho que fui yo quien conoció a los Keller. En virtud de mi labor burocrática los realojé en la cocina de la casa de Denecket, un cascarrabias que no dejaba de venir a la oficina a quejarse de los pobres Keller, y ahora que he esquivado a mi perseguidor ya vuelven a sonar esas fastidiosas voces interiores; es como tener vecinos molestos habitando en el cerebro. Aquella familia era una de tantas que con vida de esclavos sobrevivían con una desnutrición que, escuálidos y cadavéricos, los hacía parecer ingrávidos fantasmas o restos humanos hallados en una ciudad idéntica a cualquier necrópolis antigua recién excavada o a los restos arqueológicos de una civilización extinguida. Al final parecía que los nazis habían logrado su propósito, arrasarlo todo. Retrasándola mil años, los bombardeos habían convertido a la ciudad de Gropius, Marlene o Benjamin en un asentamiento bárbaro de la Selva Negra.

                     

En ese mundo apocalíptico se desenvolvía el pequeño Edmund Keller, un rapaz de doce años que sostenía a la familia entera gracias a sus andanzas en el mercado negro y a sus trabajos eventuales en el voraz cementerio. Y es que por miedo a nuestras represalias el hermano mayor Karl-Heinz, ex soldado nazi, aún no se había atrevido a presentarse en comisaría y viviendo encerrado como una comadreja acosada en su madriguera carecía de cartilla de racionamiento, con lo que los suyos tenían que repartir con él las suyas, de por sí magras, ya que, enloquecido antisemita, creía que los americanos habían enviado exclusivamente a soldados judíos para que vengasen a sus hermanos. Cuando le enteraron de mi caso, él aseguró que al bombardear a destiempo había yo ignorado a sabiendas las órdenes de mi superior para cebarme en los berlineses; se habría asombrado de saber que yo conocía su situación y, negándome a inferir más daño gratuito, no lo denuncié. Sin embargo, para no indisponerse con nadie R.R. prefirió ignorar este detalle de mi obra, ya que el pavor culpable de Karl Heinz cuestionaba el mito de que el pueblo llano alemán ignorara la persecución y exterminio que sufrieron los judíos. Así que, después de todo, su afán por reproducir la realidad no era tan intenso; siempre he sospechado de los que en el mundo del arte se proclaman realistas. Pero ahora que lo pienso debería dejar de decir tantas cosas ciertas, lúcidas y sensatas, o mi fama de loco quedará asentada (sabido es que solo los locos se atreven a decir la verdad), y ya estoy otra vez hablando solo en voz alta para que mis palabras acallen ese griterío interno que ahora parece de una muchedumbre.

                   

En cuanto a Eva, la hermana Keller, que en la película vemos escandalizarse ante la alimenticia prostitución de sus amigas y presumir de esperar a su prometido, en verdad cada noche se entregaba a todo soldado que accediera a pagarle el módico precio de cinco cigarrillos genuinamente americanos, aunque me consta que si uno negociaba podía reducirlo a cuatro. Y el padre no estaba tan enfermo como decía, sino que había adquirido la habilidad de ensayar colapsos, inducirse sofocos y desbocarse o refrenarse tanto el pulso como la tensión sanguínea, para lograr periódicos ingresos en el hospital que le valiesen tres comidas diarias.

                  

En torno a los Keller gravitaban otros personajes reales que, si no fueron incorporados al guión por R.R. fue por su temor de que resultaran inverosímiles. Estaba, por ejemplo, Blind, que hizo fortuna vendiendo presuntos discursos grabados de Goëbbels (él mismo los trucaba mezclando sus imitaciones con las ovaciones y tempestades de júbilo del Congreso de Nuremberg), y al reproducirlos para su exhibición bajo las bóvedas derruidas resultaba demoledor oír aquellas exhortaciones a la victoria resonando como buitres malheridos entre escaleras descubiertas que subían al vacío y chimeneas como vigías solitarios de cementerios profanados. Y estas voces que a diario oigo en mi interior se parecen mucho a aquéllas.
También recuerdo a Schwartz, siempre en vías de lograr la filmación de cierta borrachera conjunta de Churchill y Himmler en unas negociaciones secretas y de una película pornográfica de Eva Braum, o a Schultz, que tras quince años falsificando en las parroquias partidas de nacimiento de antepasados para camuflar apellidos judaicos, ahora cobraba por atribuírselos a arios puros que deseaban eludir procesos de desnazificación. Erre que erre, R.R. los desechó a todos y, por el contrario, lastró el guión con viscerales sentimentalismos y excesos dramáticos que desmentían sus propias tesis y solo son achacables a su afición a la ópera verista y a lo trágico de sus digestiones de macarrones.
De manera que igual que, según he sabido, Edmund Keller el niño protagonista, en vez del trágico final que sufre en la película, tras alcanzar después de su precocidad vital una madurez y responsabilidad admirables, ha terminado por ser un joven ingeniero y ejecutivo de la Mercedes Benz, gracias a la generosidad de sus vencedores, Alemania ha logrado su milagro económico, y el pesimismo de R.R. ha resultado errado. De hecho empecé a curarme con la idea de que aquellas extemporáneas bombas mías, al contribuir a la aniquilación, también ayudaron a fomentar las posteriores inversiones norteamericanas, y ya se me acerca un enfermero con la medicación de la tarde. Antes de tomármela, por enésima vez le insto a comprobar si en el intervalo no me habrán concedido el alta y por minutos ya no me corresponde tomarla. No sé por qué, tengo la premonición de que por error administrativo, justo después de que firmen mi liberación, alguien que lo ignore me dará una dosis que me será letal.                     

                                                                                                                                   

lunes, 2 de marzo de 2015

AMANECER


                  

Negra desde lo oscuro,
desde la noche me silbaba la morena como una serpiente,
tiró del hilo de mi voluntad hipnotizada,
en mi anular se fundió el oro de la alianza
y dejé a mi mujer con la mesa y la tristeza puestas,

mi hombre me dejó partiendo el pan de la pena,
sazonando con lágrimas las patatas,
y ayuna de amor me cegó el luminoso recuerdo
de jugar con él y nuestro hijo a la risa del sol,
cuando la tierra y yo nos abríamos a su vigor,
a las dos nos araba con amor
y los buitres de los prestamistas
aún no rondaban la carroña de nuestra felicidad,

guiado por su aliada la luna venenosa
que alimenta flores letales y atrae la marea de la muerte,
con los ojos de otro, de un muerto o un asesino
la vi en un claro, turbia y turbulenta, la morena
de luna nueva en el pelo, marchitando con su aliento una margarita,
bella y maldita, perversa cómplice de la pasión,

imaginé a mi hombre con ella, canibalizado por sus besos,
transformándose por sus caricias de araña en alguien más feo,
porque cuando ella lo mira se vuelve malvado,
lo pensé bebiendo de sus palabras como de una fuente ponzoñosa,

ella me tentó a vender la granja y fugarnos a la ciudad,
el paraíso raudo y sonoro con el que siempre he soñado,
me vi con ella en ese mundo de alegría y noche y luces y alcohol,
seguí sus pasos bellos y pérfidos por el barro de la ribera y de su mente
y me indujo a librarme como un fardo de mi mujer,

él volvió a casa como un zombie, embrujado por ella,
yerto de ausencia, denso el gesto, lento, alucinado de luna,
como si hubiera mandado un espantapájaros en su lugar
y siguiera con la otra, enredado en las telarañas de redes de la playa,

me traje el haz de juncos que ella me cortó
mientras me incitaba a dar con mi mujer un paseo en barca
del que me salvaría yo reflotando con los juncos,
me horrorizaba la idea pero escuché el canto de sirena,
aunque esos juncos me fustigaron la conciencia,

él se levantó con los ojos empañados de insomnio,
y mudo de culpa, encorvado de arrepentimiento,
en desagravio me invitó a un paseo en barca,
significando que no volvería con la otra zarpamos del muelle,

el perro ladró como si husmeara mi propósito,
en sueños durante la noche la había matado cientos de veces,
a nado el animal nos alcanzó y ella lo subió a bordo,

él remó de vuelta para soltar a Rex
y mientras se lo llevaba me picó el aguijón de una sospecha,
pero ignoré lo que mi sangre sabía y mi piel temía,
regresó y cuando volvimos a salir en el aire latió un presagio,

me notaba tenso de furor, rígido de odio,
una remota parte de mí vio que la luz se velaba de vergüenza,
se escondían los patos y hasta las gaviotas despegaban,
incluso el aire se avergonzaba de que yo lo respirara
pero como a un cachorro ahogué a los restos de mi conciencia,

remaba rígido como una víctima, como un cadáver riguroso,
agarrotado de cólera accionaba cada vez más despacio,
lo veía sonámbulo de odio,
como si en vez de yo fuera la otra quien lo estaba mirando,
allí en la barca los dos representábamos una fantasía criminal de ella,
éramos los dos protagonistas de su delirio asesino,
lo miré con simpatía para animarlo y confortarlo
pero me apuntaron los cañones de sus pupilas
y sobre mí se cernió la estatura de su odio,

me miré las manos y creí que eran de otro,
que me habían implantado las garras de un asesino
y me dio miedo de mí mismo,
me había poseído un ser creado por la otra,
cambió de dirección el viento que ya era de arrepentimiento
y para castigarme remé como en galeras
y para tocar tierra antes de que volvieran a poseerme,

él me había respetado la vida pero perdido mi amor,
bañada en atónitas lágrimas me había olvidado de respirar,
y consternada salté a tierra y huí y corrí
a través del bosque y del miedo y la desolación,

la perseguí para que me perdonara,
no la había matado a ella pero sí su confianza,
en vez de protegerla del mal se lo había acarreado,

para huir de él subí al tranvía
tras ella salté al vagón en marcha
como si de veras me hubiera ahogado seguía sin respirar,
no me temas, le dije, la vergüenza me apuñalaba,
adentro me sonó el primer latido del perdón,
seguía horrorizado de mí mismo,
entre lágrimas atisbé que estaba tan oscuro,
las tinieblas tan densas como en la hora fatal para enfermos y suicidas,
que a partir de entonces nuestro amor solo podía amanecer.