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sábado, 13 de abril de 2019

EL ASEDIO: Atardecer.


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Los comercios tenían cerrados los párpados metálicos y bajas las rejas de las pestañas. Abúlicos vagaban los transeúntes. En el privilegiado barrio la tarde era otra madura dama oronda y opulenta, cínica o al menos escéptica, que morosa y majestuosa en sus galas discretas y elegantes, decadentes, luciendo un espectro de ocres, malvas y lilas, del negro al violeta, avanzaba hacia la noche. En la luz naranja que con una dudosa textura moral, una pesantez ecuánime, indiferente, serena, se aquietaba entre los plátanos, se concentraba todo el hastío y el lujoso anquilosamiento del ambiente. El aire denso, lento, era en cada calle un estanque, una piscina oblonga. Quizá a causa de un reflejo condicionado por aquel hálito de tarde de domingo –era un día festivo- me aleteaba adentro un tordo triste, un tordo que había anidado en la estela de mi sueño. Había bajado de mi nuevo estudio en la atardecida.
Se lo había subalquilado a un vejete acezante en un edificio de apartamentos cercano del centro neurálgico, próximo a la calle Duende, asequible gracias a su estado ruinoso y a lo irregular de la operación, celebrada de palabra. Tuve que aceptarlo pese a que me consta la facilidad con que un pacto entre caballeros acaba revelando la hipocresía de tal categoría moral. El desvencijado bloque, fantasma a excepción de dicho inquilino, que habitaba al lado, me recordó el descrito por Bernard Malamud, otro de mis judíos favoritos, en Los Inquilinos (mi futuro de crítico literario no me exime de las referencias literarias, así que no me mantendré en mi idea de erradicarlas). Me había dado el soplo la víspera uno de aquellos conserjes, tan desprendido que casi me hizo virar de opinión sobre el gremio.
Inane e inerte, ahora plácidamente triste, inconsciente, como un zombi sentimental mis pasos me devolvieron a la calle Duende. Solo un tropiezo con Juan Eduardo Galán, el autor más pobre pero también el más rico, me hubiera despertado del encantamiento inspirándome un ataque de furia. Aproveché la ausencia de conserjes y comerciantes para recorrerla varias veces, arriba y abajo, cada vez que me acercaba a las vidrieras y maderas del portal, a las siete ventanas de arriba, el corazón se me fundía como la nieve. Ignoraba si los turbios reflejos de sus ventanas correspondían a la ausencia, al sueño, a la visión de un DVD, a la audición de alguno de sus papeles –así los memorizaba-. Descartaba la celebración de algún rito sexual.
Aterrizaba sobre la ciudad un crepúsculo rosado y amatista, el estanque o la piscina, en cada plaza un lago, se cubrieron de plumas y pétalos de rosa. Los peatones partían el agua lentamente, ensimismados, en trance. Ellos parecían príncipes enamorados, ellas princesas encantadas. También yo seguía hipnotizado. Enfilé la avenida y sin pensarlo me encontré ante la cristalera de la cafetería del Excelsior, allí donde me había reencontrado con Ángela después del rodaje de Rojo y Negro, y sellamos nuestro compromiso. Desperté. Desperté a un sueño, otro sueño.
Cuando en el interior, a través de la cristalera, vi a Ángela arrellanada en un velador, tan cercana e inalcanzable, y extendí la mano hasta palpar el vidrio ardiente, al rojo, como si en él fueran a tallar una figura simbólica, y allí posé los dedos, con la actitud de un espectador que en la pantalla tocara la imagen de su ídolo, supe que como el peregrino sentimental de Henry James había acudido al templo de mi nostalgia con la esperanza latente de encontrar a la otra celebrante.

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