
Tienes manos de
hermano, ojos de hijo,
la altura de un roble,
de un padre,
la voz noble de los
ríos, el aliento del viento,
en la frente la señal
oscura, la nube de locura
de quienes guían a un
pueblo por la soledad de los siglos,
tienes el corazón de un
muñeco de nieve al sol,
la paciencia de un
espantapájaros bajo la lluvia,
pero de arcilla la voluntad
modelada por tu creadora,
torpe el gesto que
estira tus hilos de marioneta,
porque eres un mito y
un montaje,
una persona y un
personaje,
extraordinario y
corriente,
eres todos y nadie,
Juan Nadie, Juan Nadie.
Atrás quedaron el
Coronel y tus guantes de pitcher,
los túneles que como
heridas abrían el monte
como la cremallera de
los raíles el paisaje,
cuando eras polizonte
de trenes e inquilino de puentes,
y los atardeceres se
desangraban al oeste
y las páginas del
paisaje se pasaban en el álbum del horizonte,
transeúnte de la
Depresión, del presente,
eras un personaje a la
busca de su autora
hasta que ella te
descubrió en el casting de pordioseros,
y ahora vuelas en las
ondas y te ondulas en las pantallas,
habitas las voces de
los estadios y las creaciones del inconsciente,
los fantasmas de las
ilusiones y los espejismos de los sueños,
los ideales del
americano medio que se mira en tu espejo,
las visiones de los
jóvenes y las leyendas de los viejos,
la compasión de un
pueblo por quien al fondo de la desesperación
va a arrojarse de un
tejado para vencer a la Depresión.
Pero eres un hombre
corriente y un farsante,
porque cuando parecías
airado estabas enamorado,
eres todos y nadie,
un personaje que tú el
primero te has creído,
una bella máscara que
te ha halagado,
un ideal y un fraude,
Juan Nadie, Juan Nadie.
Tienes el carisma de un
profeta
aunque dices viejas
palabras que todos quieres escuchar de nuevo,
la cara y la máscara de
un poeta
porque dices palabras
nuevas que nadie quiere olvidar de nuevo,
y arrancas una buena
palabra del silencio que muelen los dientes,
y arrebatas una buena
obra de la entraña de maldad de los hombres,
y exprimes una gota de
agua del cactus de cartílagos y tendones,
lo demás no importa, los
cuentos de hadas del populismo,
los juegos a las
mentiras del periodismo,
la gallina ciega del
idealismo,
no importa que una
columnista escribiera tu carta de suicidio
no importa que seas
obra de ella,
que se haya enamorado
de su personaje
tanto como tú de tu
creadora,
ni que mientras liberas
la paloma de tu palabra
ella esté entre tus
brazos aunque no lo sepa
porque intentas
fundirte con tu personaje,
todos y nadie,
Juan Nadie, Juan Nadie.
Cuando pase esta época
de clamores y aclamaciones
y dejes de ser el héroe
de los estadios
(y no como en tus
sueños de jugador de béisbol),
cuando se acalle tanto
ruido de tinta, tantas voces de papel,
y en vez de confundirte
con tu personaje
acabes por fundirte con
tu sombra, con él,
y John el Largo sea
para siempre Juan Nadie,
el honrado y el
impostor,
pero dejes de ser dos,
aunque tú no lo sepas y
no pueda halagarte,
en alguna parte,
siempre habrá un hombre
que venciendo a la noche,
hendiendo la niebla y
el miedo
por ti con una sonrisa
o una lágrima entregue lo mejor del Hombre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario