
Querido Oscar, mi hijo preferido
y perdido: del teatro ya no serás heredero,
desde que moriste
siempre vienes a visitarme con ese traje dominguero,
aquél con que pasaste
tu primera noche bajo tierra en el ataúd de roble,
como todos los muertos
de blanco funerario, color sudario,
mejor peinado que en
vida, maquillado, con un lazo negro,
¿has venido a que te dé
de pecho ahora que te has muerto?
¿Sigues como buen
intérprete actuando en el otro lado?,
¿o sois los muertos
espectadores de nuestro precario teatro?
Desde el más allá podrás
incorporar al fantasma del padre de Hamlet
y aparecerte a un
precoz Hamlet, tu hijo Alexander,
porque hijo y nieto de
actores, y ya un visionario,
otro incestuoso amante
del escenario,
seguro que también él
te ve, es como nosotros,
y quizá cuando crezca
combine la escena con la linterna mágica
en algún misterioso
arte de imágenes y pasiones en movimiento
que lo convierta en el
más célebre sueco de su tiempo,
los demás, cuando en
esta pensativa mecedora me ven hablando contigo,
creen que me consuelo
con algún soliloquio o antiguo monólogo,
hijo, ¿has venido para
que te cuente un cuento ahora que te has muerto?
Creía que para vosotros
los muertos todo era demasiado fácil,
y que por vuestra
ventana empañada solo teníais que mirar,
hasta que la última vez
me dijiste que tampoco vosotros conocíais el final,
que temías por la
suerte de tus hijos, Fanny y Alexander,
y de tu esposa Emilie,
una actriz que no sabe simular,
si en el carnaval
triste del más allá
reconoces la muda
máscara de algún dios,
pregúntale por qué ha
permitido que ella se haya casado con ese malvado,
su ministro, el obispo
de relámpagos en las manos y una olla de
corazón,
¿o es dios un cruel
espectador que disfruta de Macbeth o Hamlet?
Alexander sería Hamlet
y tú el fantasma de su padre,
el obispo sería el rey
y su palacio Elsinore,
Suecia sería Dinamarca
y Emilie la reina Gertrud,
pero, Oscar, tenemos
que cambiar el final,
despertar a tu esposa
del hechizo del obispo, de su encantadora perversidad,
y liberar a tus hijos
de su bárbara opresión
que satanizando las mentiras
les asfixia la imaginación,
pero veo que,
estancados, los muertos sois torpes como niños,
enredados en nieblas,
abrumados, espesos en pantanos,
vuestros movimientos
son lentos, opacos, difusos, esmerilados,
así que para actuar me
valdré de mi querido Isaac,
¿te acuerdas del judío
joven como el sol y con barba de oro y azafrán?
¿del único hombre más
feliz que los niños y los borrachos?
Más alquimista que
prestamista, puede tratar con huéspedes del más allá,
mago capaz equivocar a
la maldad,
inventor de muñecas
mecánicas y forjador de ilusiones,
tejedor de alfombras
mágicas y urdidor de ficciones,
mi amigo Isaac es la
última esperanza para combatir al obispo, al mal,
y rectificar la suerte,
porque mejor que tú, Oscar,
conoce los atajos
secretos entre la vida y la muerte,
pobre Oscar, incluso
vivo eras lento, a veces parecías muerto,
solo sabías actuar y
tampoco eras demasiado bueno,
tu especialidad era el
fantasma del padre de Hamlet
que ahora podrás perfeccionar,
hijo mío, ¿has venido a
que te cante una nana ahora que te has muerto?
Al menos en ese terreno
farragoso, ominoso, tenebroso
aprenderás que no hay
dios porque todas las cosas lo son,
que el silencio es su
pensamiento,
que el mundo es
imaginación, nuestra invención,
y que el tiempo y el
espacio son ficción.
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