jueves, 6 de marzo de 2014

LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA



                  

Sin manos soy un prestidigitador que ha perdido sus dos palomas, Wilma,
y con dos manos de desventaja mis garras te desgarran la piel de la pena,
porque conmigo serás novia del luto, del hierro, del desconsuelo.
En sueños aún veo a mis dos manos como tarántulas de cinco patas
caminando sobre mi horror, mis manos negras, hediondas, carbonizadas
en el bombardeo de nuestro portaaviones a manos de los japoneses,
cuando trescientos camaradas le dieron en el agua la mano a la muerte,
las manos velludas vienen por el filo del sueño, del miedo, a estrangularme,
muerte por aire, agua o fuego, siempre estoy en manos de la muerte,
vienen las dos a vengarse por intentar amputármelas del recuerdo,
en la vigilia vienen por renegar de su memoria a ahogar mi amor por ti,
por burlarme de ellas diciendo que ya no tendré que hacerme la manicura
esas dos me derraman de los vasos el veneno de la compasión
y las copas tiemblan entre mis ganchos y me vierten el ácido de la piedad,
por decir que no volveré a ponerme guantes, que ahora sí que tengo gancho
he soñado que vivía en un mundo donde yo era el único que tenía manos
y todos me las miraban morbosos de curiosidad o enfermos de horror,
por decir que ya no tendré que lavarme las manos, que me tenían harto
nudillos y falanges, que no me las frotaré ni crujiré, sórdido o temible,
tenemos a mano yo la angustia y tú  los muñones del amor.
Ya que soy un hombre sin tacto, te diré: lo peor es no tocártelo, no tocártelo.

En la Marina me enseñaron a abrir con estos ganchos las botellas,
a encender cerillas, a comer (rumiar mi desesperación), a vestirme
(de conformismo), pero no a sostener la esperanza ni acariciar la ilusión
de tenerte, ¿cómo haré para palparte el coral de cada pómulo, seguir la curva
de la nuca y de la espalda, para tocarte lo que más quiero (no tengo tacto)?
En el vuelo que me trajo de vuelta no dejaba de imaginarte, veía tu cara
perfilarse en el cielo, tu pelo se expandía en cirros oscuros, la frente
velada por la bruma, las mejillas aéreas, irisadas de tenues reflejos,
tu cabeza nimbada de un halo difuso, con una aureola de niebla,
cuando por el aire vinieron mis dos manos a estrujar las nubes
y la lluvia bajó por tu cara y te oscurecieron relámpagos de sombras:
dudaba del presente y de mi realidad porque nos prometimos de niños
y pensé que igual que yo solo había concebido la vida a través de tu mirada
tú habrías moldeado tu mundo a la medida de mis manos, y ya nuestro futuro
colgaba de mis dos garfios como una res sacrificada, como un ahorcado,
y por el cielo pareció vibrar un caza japonés, y te imaginé junto a un hombre
con dos manos y las lágrimas corrieron en sentido inverso hacia tus ojos.

En sueños me veo unas manos negras que hieden a miedo, a muerto,
unas manos que en vez de palomas son cuervos pero no me sirven de nada,
ni siquiera para suicidarme, pues ya solo podría hacerlo tirándome al vacío
o al mar, como mis trecientos camaradas: con estos hierros no flotaría,
las manos del sueño tienen lepra y nada pueden darte ni recibir de las tuyas,
no puedo echarte una mano, y por no contagiarte ni siquiera me atrevo
a tocarte lo que más quiero: puedo decírtelo ya que soy un hombre sin tacto.
Es injusto, pero solo por intentar olvidarme de que una vez las tuve,
por jactarme de que ahora tendrán que invitar a ron al capitán Garfio,
por tratar de impedir que el recuerdo de mis manos te aparte de mí,
vienen las dos a estrangularme la confianza y a ahogarme de rabia,
a hacerme creer que solo por compasión me dices que está en mi mano
que te quedes, que es la pena la que te ata las manos a un inútil,
a un ser indefenso incapaz hasta de matarse por su propia mano.
Por burlarme de mis antiguas manos mano a mano con mis amigos,
me he quedado en manos de la angustia, por decir que no puedo aplaudir,
el desaliento me lleva de la mano y estoy a mano de la catástrofe,
por decir que ya no pondré la mano en el fuego ni me las lavaré imparcial,
que ya no se me quedarán frías ni tendré que preocuparme de los anillos
voy de la mano de mis dos viejas manos que solo me sueltan para pegarme,
por dejar que Wyler me exhiba sin manos junto a Dana Andrews en un film,
por gritar que en ninguna otra guerra podrán ya quemarme las manos,
que con ninguna mano podré taparme los ojos, aunque en el portaaviones
trabajaba en la bodega y nunca vi nada, ningún soldado ve nunca nada,
por mucho que intente olvidar mis manos para quererte ellas vuelven
y te empujan lejos y me recuerdan que ahora que soy un hombre sin tacto,
Wilma, por fin puedo decirte qué es lo que más quiero tocarte: el corazón. 
        

sábado, 1 de marzo de 2014

ANNIE HALL


                  Resultado de imagen de Annie Hall                                          

Escribir que según todos los pronósticos este Marzo será templado
sería para David un buena manera de emprender un poema
salvo que me objete que el recurso a la metereología está trillado,
pero para definir mi relación con Alvin, de quien hasta hace una hora
he estado rematadamente enamorada, el que me aconsejó matricularme
en este taller de poesía dirigido por David, ensayaré la metáfora
de compararla con uno de estos taxis amarillo mostaza de Nueva York,
que para ser rentables, para que vayan bien, igual que Alvin y yo,
tienen que estar siempre funcionando, de Manhattan a Broadway,
en marcha, de Park Avenue a la Séptima, o el asunto no carbura,
y aunque parece que esto de las metáforas no se me da nada bien,
con este poema voy a demostrarle a Alvin que no soy más pija que lista.
Ya no veré más los reflejos de su lacia cara multiplicarse
como un cuadro pop en cada ventana de algún rascacielos de cristal,
ya no oiré sus quejas existencialistas graznar con los gansos de Central Park,
ni sus chistes baratos desmentidos por los escaparates de Tiffay's,
ya no veré su admiración colgarse como una araña del Puente de Brooklyn.


Si ahora escribo que a veces Alvin es gracioso y depresivo, torpe y genial,
tímido e histérico, reproduciré otra figura retórica, la antítesis,
según David eficaz para conmover al lector, por lo que sigo:
ególatra y pesimista, pero no, esto más bien es una redundancia,
famoso e infame, irónico y paranoico, un gracioso que nunca ríe,
un cruce entre Groucho Marx y Billy Wilder, o más bien Woody Allen,
un triunfador de su fracaso, alguien que con la pose de su desgracia
y tendiendo el platillo miserable de la autocompasión y la inferioridad
recauda las risas y carcajadas del público a tres y cinco centavos la unidad.
David me reñiría de no haber aún dicho que él es humorista y yo cantante,
y reconozco que de no ser por el interés de Alvin por cultivarme,
seguiría sin captar la gracia de sus chistes ni la letra de mis canciones.
La verdad, me ha estirado el intelecto más que la voz de Billie Holyday.


Me ha contagiado su fe en psicoanalistas de cincuenta dólares la hora
y para hacerme adicta a los divanes y a las orgías del subconsciente,
lloriqueos sublimados con una jerga y simbologías tan alambicadas
como las metáforas del taller, y confesiones como las de los católicos,
me convenció de que yo era sosa y patosa, árida e insegura,
cuando lo que pretendía era que el terapeuta me prescribiera
intensificar mi gimnasia sexual con él, y que me sintiera culpable
de que él me sufragara la curación de mi complejo de culpa,
y con tal de animarme me decía que yo era una sultana en la cama,
que mi cuerpo era un abecedario donde solo existía la letra G,
sopa de letras que él sorbería, y que hasta mis uñas eran erógenas,
y para que me compadeciera de su ayuno sexual ese judío me llevaba
al cine a ver documentales de cinco horas y media sobre los nazis.
Pero ahora que recuerdo aquellos subidones y bajones en la montaña
rusa de mi ánimo, recapacito en que después de seis meses de terapia
un lúcido foco me ha alumbrado los sentimientos y en el escenario, la verdad,
me siento más segura: espero que David me siga pagando las sesiones.


Recordaré a Alvin como un ser de sexo obsesivo y autodestructivo,
de cabello hipocondríaco y celos masoquistas, un ocioso masturbatorio
que no dejaba de fantasear: hablaba con su doble, con el mío,
imaginaba hablar con los transeúntes, con los fantasmas de sus padres,
y hasta con los espectadores de sus actuaciones, y aunque fueran certeras
estas visiones o intuiciones, es imposible convivir con un novio de la ironía:
ésta es una lepra que reduce lo real a una calavera sobre tibias cruzadas.
Para ahora practicar la enumeración diría que mientras que su vida era
Mozart, Kafka, Bergman, Brooklyn, Julius Erwing y Patrick Ewing,
la mía es Wisconsin, Wolkswagen y Wagner, hípica, langosta y tenis
(nos conocimos jugando: el revés cruzado y la derecha paralela
que me lanzaba ya delataban su inconsciente hostilidad hacia mí).
Seguiré encontrándome con Alvin, esta ciudad no es una manzana
tan grande, ni horadada por tantos gusanos como él cree,
y la reconciliación parece el deporte favorito de los neoyorquinos,
pero tenía razón, la verdad, en una cosa: la educación para adultos
es maravillosa porque aunque las metáforas no sean lo mío
en el taller he conocido a David: él escribirá la letra de mis canciones.


sábado, 22 de febrero de 2014

REBECA



                   Resultado de imagen de rebeca hitchcock manderlay               

Después de un año a veces todavía olvido que me he muerto
y que Max se ha casado con esa lerda, y me cambio para la cena
porque me parece que de smoking él me espera a la mesa,
o me ajusto el broche de nácar de la capa carmesí como para fugarme
a una cita galante con mi primo. Pero aquí la vida es tenue y triste,
con un fondo opaco en esta tierra de nadie y de todos que es el mito,
en esta franja neutra, pétrea, oscura de la memoria colectiva, y estoy
ciega y lúcida como si continuara en el fondo del mar con los ojos abiertos.
Menos mi doncella, que mantiene encendido el fuego de mi culto
y cada mañana abre el museo de mi recuerdo que es mi dormitorio,
todos me creen en algún lecho de coral, o mejor dicho, en la cripta,
pero si los muertos gustan de visitar sus antiguas moradas,
a mí incluso se me ha permitido seguir habitando Manderley,
y ya que la otra vida ha resultado cumplir los vaticinios
de baratos guionistas, pitonisas de lance o espiritistas en trance,
y los espíritus nos condensamos en humos, sombras, auras,
me manifiesto en el aleteo de los visillos, en los reflejos de la lluvia
nadando en el estuco, en los rayos de luna que pintan las vidrieras.
Pese a que mi belleza no solo pertenecía a la carne, sino al espíritu,
y la gracia ornaba mi rostro tanto como la sabiduría mis palabras
e igual que no deberían segregarse la forma y el fondo de un poema
tampoco deberían separarse la belleza y la inteligencia de las mujeres,
la verdad es que lamento haber perdido mi cuerpo y sin los sentidos
se me hace muy cruda esta condena de los muertos a la soledad.


Aunque no me arrepiento de haberlo engañado con mozos y gañanes,
herreros y arrieros, letrados y secretarios, marinos y granjeros,
ahora quiero recobrar la estima de Maxim, mi apuesto esposo,
y expulsar de mis umbrales a esa tibia y tímida usurpadora,
esa inútil que tartamudea con los pies y se trastabilla con las palabras,
esa mustia dama de compañía cuya única virtud es la modestia
y que camina encorvada por la culpa y agarrotada de miedo.
Quiero desterrar de Manderley su sombra y el eco de sus tropiezos
para que cada noche Max vuelva a abrazar mi distinguida ausencia,
añore mi elegancia y sordo de dolor me conjure con su nostalgia
y desgarre sus sueños e insomnios con gritos que me invoquen,
y ya que por desgracia nunca volveré a delirar con el amor sensual,
el único verdadero, al menos me consolaré con el espiritual,
ya que no con el carnal, gozaré con el sucedáneo romántico,
ya que en ningún rojo canapé volveré a gemir transida de placer,
que sean al menos poéticas palabras las que solo me traspasen el alma.


Con mi carisma cerco a la pusilánime, la asusto con portazos y fogonazos,
la humillo con mi recuerdo, que aún fascina la fantasía de los lugareños,
la acoso con mi omnipresencia invisible salvo por la R de mi nombre
bordada en fundas y cojines, sábanas y pañuelos, forjada en la verja,
inscrita en el arco de entrada, grabada de oro en el álbum y la agenda,
y hasta rubricada en el título de propiedad, de modo que si Manderley
ardiera hasta el humo trazaría en el cielo la inicial de Rebeca.
Y para arrinconar la timidez de la intrusa cuento con mi doncella,
que le cuelga a la sombra el lastre de mi gloria y con el ceño
le adelgaza el ánimo y la hará arrastrar su inferioridad por los pasillos.
Si es preciso la hechizará en el tiempo disecado de mi dormitorio,
donde aún se percibe la estela de mi estupefaciente perfume de rosas,
y mi combinación calada de encaje y mis concupiscentes medias de seda
aún parecen aguardar con languidez mi improbable salida del baño.


No fui una esposa fiel, ni tierna, ni dulce, ni siquiera cariñosa,
pero si Max me perdona y me alivia la losa de esta soledad,
ya sin cuerpo no podré repartir de nuevo mis caricias por el puerto,
ni encerrarme con mi primo en la cabaña de la playa, seré pura,
no por nada ahora tiemblo entre los rayos filtrados de la casta luna,
y también yo lo perdonaré a él, ya que por accidente fue mi asesino,
me golpeó en toda la insolencia al decirle que iba a tener un hijo de otro,
y aunque era mentira y solo estaba embarazada de mi propia muerte,
una postiza y rígida sonrisa de escarnio se me fijó en el rictus
después de caer y golpearme el cráneo con un aparejo del barco.
Interpondré entre ellos mi sombra para que Max me añore
y con la desesperación de su dolor me convoque de nuevo a la vida,
y ordene a la doncella poner en la mesa otro cubierto de plata,
de modo que no sea yo la única que a veces olvide que me he muerto,
y tenga que cambiarme porque alguien me espera para la cena.

        

sábado, 15 de febrero de 2014

LA BORRACHERA DE FORD Y WAYNE


                  

Y ahora que esa cara de teta de vaca con gafas de sabihondo,
ahora que ese rojo que me pone al rojo cuando me llama nazi,
tras doce años de barrerle las hojas después de cada escena de viento,
por fin me ha embarcado con él en el Araner, su yate, y hasta parecía
que en el muro de mi futuro se abría una ventana luminosa
y ese irlandés me iba a brindar el mejor papel de La Diligencia,
el gran western sonoro con el que lleva una década soñando
y para el que le ha estrujado un cuarto de millón a Walter Wanger,
ese asesino de mis ilusiones solo me ha brindado una copa tras otra,
intentando en vano emborracharme, solo voy ebrio de odio por cubierta,
y si me pongo otro whisky es para asentar el estómago y no marearme,
después de doce años penando en el atrezzo, desde mis verdes veinte
guardándole los caballos, los secretos y los recados,
cuando creía que en un zoom inédito en su sobrio estilo
mi heroica estatura detendría los impetuosos caballos de la diligencia,
me lanza a la cara la tormenta de hojas del guión y me pregunta
qué joven actor podría incorporar la noble audacia de Ringo Kid.
La próxima vez que me llame patoso patán de buena planta
le daré en la jeta de teta una patada que lo arrojará por la borda.

Al preguntarme eso me sentí como cuando en pleno rodaje
se me escaparon las ocas y por su culpa fui el hazmerreír del equipo:
siendo así podría al menos haberme dado un papel en alguna comedia,
pero ni siquiera habrá dirigido ninguna este enemigo de la risa
y del azúcar que cuando entra en el plató siembra el silencio,
esa pestosa pipa con patas, ese gusano con gorra, ese boniato
masculino singular, pellejo de vinagre y nido de dioptrías
que no necesita beber para ponerse más ciego que un murciélago
y que cuando mira por la cámara verá un medallón oxidado o negro.
Doce años tirados por la borda, y ahora dos días dando tumbos
en este yate más anegado en alcohol que en agua, la madera podrida
de whisky, un barco ebrio que se escora hacia los tiburones del cine,
y aunque no voy a emborracharme me sirvo otra co-copa para tolerar
hacer de bufón de sus invitados y ser el único regocijo del ogro,
el payaso de su circo pero no el vaquero de sus westerns, lo que más quiero,
“me llamo John Ford y hago western”, dice en los momentos solemnes
o cuando está ensopado en bourbon, pero lleva mucho sin rodar ninguno,
aunque si alguien puede resucitar el género es él, un frustrado como Ford,
un tipo que ama la familia y es incapaz de crear ninguna,
un desgraciado que alimenta sombras hoscas, borrosas figuras
que lo devoran, los negativos y radiografías de su fracaso,
un romántico sin mujer, un poeta sin sentimientos, un cineasta
con los ojos puestos al revés hacia un mundo interior, aciago y portentoso,    
alguien tan infeliz cuyos únicos seres queridos son su compañía de actores
ha ser un artista: quiero ser su hermano pequeño, su hijo, y por eso le odio.
La próxima vez que se burle porque no sé quién es Maupassant
de una trompada lo mando a la sentina: nadie se ríe de El Duque.

Me sirvo otra pero ese borracho no va a convertirme en un alcohólico,
como por desgracia tampoco en el alter ego del que a veces me hablaba,
su extensión al otro lado de la cámara, cuando me prometía confianza
luego se burlaba de mis esperanzas y me escarnecía delante de todos,
para eso me ha traído a este yate donde la bodega lo es de licores,
y para torturarme consultándome quién podría hacer de Ringo Kid
en La Diligencia, si Gary Cooper o tal vez Lloyd Nolan,
después de doce años soportando su cháchara sobre la épica del western,
como si fuera el cegato Homero del cine y pensara en mí como su Aquiles,
después de tanto prometerme que me haría el rey de ese mundo
de naipes, pólvora y espuelas, de búfalos, flechas y desiertos inagotables,
que yo sería el amo de la frontera y la estrella de los pioneros,
el horror de los forajidos y la eterna visión de los muertos de la Unión,
el guía de las caravanas y el fantasma que espantaría a los apaches
como un rayo que desatara el toque de corneta del Séptimo de Caballería,   
que tallaría una efigie de héroe en la piedra de mi rostro,
y que enseñándome como un padre a caminar y a cabalgar,
a contenerme con un gesto duro y noble, sereno y valiente,
me convertiría en la metáfora del coraje y del individualismo,
y después de doce años arrastrándome en el polvo como especialista,
extra, figurante, comiéndome sus promesas y esperanzas de papel,
soldando unas ilusiones tan de hojalata como la estrella de un sheriff,
me arroja a la cara justo eso, papeles, un montón de hojas, me mira
como si yo no fuera capaz de leerlas o esperase que las barriera,
y me pregunta quién de entre los actores jóvenes podría hacer de Ringo.
Por su bien espero que no vuelva a llamarme Marion Morrison, mi nombre,
y ordene al diseñador gráfico que en los próximos títulos de crédito
taje a hachazos cada rasgo de John Wayne en la madera del fuerte.

Han sido doce años tolerando sus trampas al bridge, las burlas y borracheras
de ese benefactor de verdes terroristas irlandeses y rojos españoles,
para ahora, en plena resaca de la marea, de babor a estribor dar bandazos
con otro whisky que me haga olvidar a ese forjador de fantasías,
a ese mentiroso masturbatorio, el único capaz de crear y recrear un mundo
que nunca existió y donde a él le gusta refugiarse de sus desastres,
solo alguien tan sedentario podría conjurar tantas aventuras,
solo un tipo tan infeliz podría convocar la felicidad de aquel tiempo,
solo alguien tan nublado podría proyectar tantos paisajes soleados,
solo un impotente podría transmitir la arrasadora energía del Oeste,
solo un creador podría comprender la soledad del pistolero,
su inadaptación a la vida y su religión de la puntería y el nomadismo,
solo un sádico podría como él ahora subir por la escotilla sonriéndome,
y burlándose de mi estado, después de tenerme dos días en vilo, al filo
de la borrachera, cuando ya me remango los puños para recibirlo
me tiende el contrato de La Diligencia,
su cumplida promesa de papel.

        

sábado, 8 de febrero de 2014

ROCCO Y SUS HERMANOS


       

Cuando elijo una película para reseñar tengo por defecto rutinario, tal como si de un programa de ordenador fuera, revisar el film unos días antes de comenzar a escribir. Sin embargo, en esta ocasión he decidido saltarme este protocolo. ¿Por qué? Pues… no lo sé a ciencia cierta. Bueno… o quizás sí. Creo que se debe a la magia que aún siento cada vez que rememoro en mis pensamientos las sensaciones que me produjo Rocco y sus hermanos la primera y única vez que he visto esta obra magna del cine, hace nada más y nada menos que algo más de diez años. Confieso que existen películas que me da miedo volver a visitar una segunda vez y estas son precisamente las que más me suelen gustar, puede que porque éstas sean como esa primera vez de encuentro con los primeros sobresaltos y emoción. Todos nos acordamos de nuestro primer día de colegio, de nuestro primer día de universidad, de nuestro primer día de trabajo, de nuestro primer beso, de nuestra primera relación amorosa…

Todos esos acontecimientos descritos son como recuerdos indelebles en nuestro cerebro que se convierten en realidad deformada por la idealización del momento gracias al malvado efecto que el monótono y tiránico paso del tiempo provoca en nuestra mente.  Por ello me atrevo a hablar de este monumento del cine desde la óptica de mis memorias, contaminadas éstas por la absoluta devoción que siento tanto por el film como por el master Luchino Visconti.   

¿Qué significa para mí Rocco y sus hermanos? Decir que ésta es una de las mejores películas de la historia del cine creo que es una obviedad. Es la crónica de una demolición familiar anunciada, rodada con la elegancia y belleza con la que sólo Visconti sabía procurar a sus hijos. Luchino, como gran escenógrafo y director de ópera,  dotó a Rocco con su habitual puesta en escena colmada de belleza, no sólo a nivel de actores (todos guapísimos), sino más bien a nivel fotográfico y de producción. Milán aparece como un paraíso perdido, oscuro y demoledor que devora las esperanzas del iluso recién llegado inmigrante del Sur de Italia. La ambientación de Rocco se asemeja más al cine negro que al melodrama clásico italiano, y esto es algo convierte al film en una joya de hipnótico influjo. Es una obra fundamentalmente nocturna, de ambientes chuscos y arrabaleros, en los que la depravación más desgarradora vence al esperanzador progreso. Me fascina cómo Visconti juega con nosotros estructurando su obra en cinco episodios titulados cada uno de ellos con el nombre de los cinco hermanos que dan titulo a la película. Esta forma de narración aparentemente deslavazada terminará teniendo sentido, puesto que a pesar de su composición episódica el film se centrará en la relación establecida entre el bondadoso e inocente Rocco y su querido hermano Simone, un ser mezquino, cruel y malvado que es la antítesis de su pariente de sangre, o tal vez no, y solo sea el reverso tenebroso que el miedo por experimentar la vida impide que aparezca en el piadoso y caritativo Rocco. Se nota que Visconti no solo era un director de cine, sino también un lector incansable, puesto que Rocco y sus hermanos es un pequeño homenaje a una de las obras de cabecera del cineasta italiano que no es otra que El idiota de Fiodor Dostoyevski. Quizás por ello, Visconti no dudaba en afirmar que Rocco siempre fue su película favorita.

No obstante, para mí Rocco supone algo más. No es solo una película, es una obra que traspasa los límites puramente fílmicos, pues es un film que forma al espectador tanto intelectual como personalmente. Porque si  hay algo que caracteriza a Rocco y sus hermanos es el hecho de ser un retazo de pura vida, más real que la propia realidad. Y es que la vida no es un paraíso idílico y feliz tal como el cine trató de implantar en nuestra conciencia con las comedias alocadas y despreocupadas producidas en los años treinta o en los melodramas tontorrones de los cincuenta. La vida es todo lo contrario: es una carrera de obstáculos en la cual debemos sortear como buenamente podamos las barreras impuestas por la avaricia, la maldad, la sordidez, la corrupción, la envidia, la familia, los amores destructivos, la miseria económica, el fracaso, el éxito, una madre sacrificada y protectora, el  miedo a enfrentarnos a lo desconocido, la renuncia a la felicidad  en favor de la del prójimo, esto es el sacrificio. Todo esto y mucho más es Rocco y sus hermanos y por ello esta película me toca muy profundamente, como pocas veces lo ha hecho un objeto de arte en movimiento a veinticuatro fotogramas por segundo.

                  

Y es que en el perfil de cada uno de los hermanos está presente una de esas virtudes o maldades de las que estamos compuestos los seres humanos, nos guste o no admitirlo. Rocco es la bondad extrema, lo que actualmente se llama un tonto útil que no duda en sacrificar su felicidad por los demás, un pusilánime incapaz de hacer frente a los problemas de cara, huyendo ante las fatalidades que se cruzan en su destino, y por tanto alguien cuya vida no es más que un profundo vacío inerte de emociones que nunca se adaptará al nuevo ambiente pues añora la tranquilidad del viejo Sur ausente de problemas. Simone, como comentábamos anteriormente, es la maldad que se opone a la misericordia de Rocco, un hombre cuya inicial inocencia es destruida por su envidia y avaricia mal entendida, es decir, un egoísta al que le corroe por dentro que su hermano pueda ser más querido o feliz que él mismo, siendo pues pervertido por el veneno del nuevo ambiente depravado que encuentra en Milán. Simone no dudará en robar, delinquir, mancillar el honor de las personas a las que más quiere. Vicenzo es el primogénito, responsable, trabajador y sufridor incansable perteneciente a la clase media, forzado a integrarse en el nuevo ambiente muy a su pesar. Ciro es la juventud inocente estudiante e ilusionada, que representa la esperanza de un futuro mejor que el oscuro presente. Al igual que el pequeño Luca, que encarna nuestra más tierna infancia, aquella que aún no se ha topado con el desencanto que supone madurar y batallar por la propia supervivencia en un entorno hostil. Este retablo de personalidades y perfiles que se entremezclan, cruzan, chocan en el  ambiente familiar es algo que me cautiva, que me hace recordar vivencias de mi propio pasado, así como expectativas de mi propio futuro.

Además de un crudo melodrama familiar, Rocco y sus hermanos es también un intenso cuadro social en el que se describe el impacto que el proceso de emigración interior del Sur rural al Norte rico y urbano supone en la mentalidad del trabajador emigrado. Los primeros compases de la película me resultan increíblemente emocionantes por la verdad que encuentro en ellos: la llegada de la familia Parondi a la estación de Milán me resulta cercana. La fascinación que para el recién llegado del Sur implica simplemente montar en tranvía y vislumbrar a través de las ventanas del mismo las luces de neón que engalanan los edificios de la gran ciudad me recuerdan a esos viajes emprendidos por los emigrantes españoles en los años cincuenta y sesenta. Igual que el hechizo que para el extraño supone contemplar la primera nevada, hecho climatológico que para el hermano ya asentado en la urbe (el trabajador Vincenzo) solo supondrá la oportunidad de colocar laboralmente a sus hermanos aterrizados en la opresora prisión urbana. Me encanta como Visconti simboliza el desarraigo que el movimiento migratorio implanta en el temperamento de los protagonistas del mismo, motivo éste que supondrá la demolición de los cimientos que sustentan la estabilidad familiar que la pobre Mamá de los Parondi tratará en vano de defender. Y es que la ciudad terminará siendo un purgatorio que devasta la tradicional unidad fraternal de las familias emigradas, tal como hemos sido testigos tantas veces en nuestra vida real.

                  

Pero sobre todas las emociones que experimenté tras descubrir por primera vez esta obra maestra del cine, sin duda hay dos escenas que se quedaron grabadas en mi mente y corazón sin que el paso del tiempo haya erosionado el efecto demoledor que las mismas me provocaron en el pasado (a quien no haya visto la película le recomiendo que no siga leyendo este párrafo y vaya directamente a la última estrofa de esta reseña, ya que le puedo destrozar el final de la cinta). Las mismas se basan en la historia que confronta a Rocco y Simone por el amor de su vecina puta, la bellísima Nadia. Ésta se presentará inicialmente como una mujer de vida alegre capaz de vampirizar el alma de aquel que ose buscar su afecto. Su carácter despreocupado e irresponsable casa inicialmente con el vividor, alegre y maléfico Simone. Sin embargo, tras ser rechazada por un Simone hastiado del sexo dispensado por Nadia así como de su fracaso como boxeador, Nadia conocerá al bondadoso y maleable Rocco, del que se enamorará perdidamente, hecho éste que desatará la violencia más ruin de un Simone deshumanizado por la inhumanidad imperante en los bajos fondos de la ciudad. No cabe duda que la escena de la violación de Nadia ante los ojos de Rocco por parte de un Simone que busca con este acto aberrante humillar el éxito alcanzado por su hermano tanto en el terreno amoroso con su antigua amante como en el laboral como boxeador (éxito que Simone mira con ojos envidiosos al haber fracasado en ambos), es una de las escenas más escalofriantes y espeluznantes que jamás se han filmado en el cine. La sensación de vómito y vacío que esta secuencia me provoca aún me congela la sangre cada vez que aparece en mi conciencia. Las lágrimas desgarradoras de Rocco mientras observa la aberración, así como la vergüenza experimentada por Nadia una vez culminado el acto, no las puedo desprender de mi mente. Del mismo modo, los últimos veinte minutos del film son igualmente inolvidables. El montaje en paralelo llevado a cabo por Visconti para mostrar alegóricamente el triunfo de Rocco como boxeador enfrentado al fracaso del amor al que ha renunciado Rocco para expiar los pecados cometidos por su hermano en forma de la terrible  escena del asesinato a navajazos de Nadia cometido por Simone es sencillamente de una poesía sublime. Todo ello culminará con una de las secuencias más desgarradoras que recuerdo: tras una última reunión familiar que une de nuevo a toda la familiar Parondi, Simone llegará a casa para confesar que ha perpetrado el asesinato de Nadia a Rocco, de modo que la pequeña felicidad alcanzada tornará en destrucción existencial en un desgarrador abrazo de  hermanos a lágrima viva que expresará el fracaso vital absoluto que el enfrentamiento de las personalidades de Rocco y Simone ha impulsado en las vidas de ambos.

Sobran las palabras para enunciar los sentimientos que esta película me sigue provocando y que estoy seguro seguirá induciendo a todo aquel que la haya visto. Es por eso que tengo miedo a volver a enfrentarme con este coloso del cine, porque no quiero que la monotonía y el conocimiento de cada escena originen en mí una pérdida de esa emoción que aún siento. Y es que el primer beso no solo es el más rico, sino que es eterno.

Autor: Rubén Redondo