
En
la salita Carmen ensayaba la pieza de violín que debía aprender su hija. Se
trataba de unas variaciones sobre Rule Britania. Después de varios intentos la
melodía fluía clara y nítida de su arco. A las once se vistió para salir a
comprar al mercado. Salió a la mañana serena y soleada y por el lado de la
sombra se dirigió al centro de la ciudad. Por la acera los peatones
evolucionaban alegres y elásticos. Le devolvió la sonrisa una niñera filipina,
de la mano de una niña rozagante y sonrosada. El sol se ocultó tras la nave
pirata de una nube. Tronó como un cañón, una marea de papelitos reptó por la
calzada a silbidos del viento y olió a chamuscado. Le llamó la atención una
melodía de violín procedente de un rincón. La música evocadora y nostálgica le
transportó a un mundo puro y transparente. En la esquina una música callejera
tañía su violín. Una boina vacía de monedas yacía en la acera. La gente pasaba
de largo sin fijarse en las frases musicales tocadas por la artista. Era el tema
principal del concierto de Max Bruck. Cuando Carmen le atisbó la cara, una
astilla de hielo se le clavó en el corazón. Le resultaron conocidos los ojos
verdes que le comían la cara, la nariz respingona, la boca jugosa y llena que
temblaba con vida propia. Se reconoció a sí misma en tales rasgos, una doble
perfecta tocaba el violín en la esquina, y salió despavorida de allí. Levantó
la mirada y no identificó la calle tumultuosa y en cuesta donde se hallaba,
había equivocado su camino al mercado. Al cruzarla provocó el pitido de un
claxon. Dejó atrás a una pareja de turistas con los pantalones cortos, volvió
la cabeza, y al reconocer a la artista callejera siguiéndole casi atropelló al
adolescente en camiseta que le precedía. Herida de pánico echó a correr. Los
latidos del corazón le ensordecían sus pasos. Estaba segura de que si la
violinista, su doble, la alcanzaba, caería víctima de un infarto masivo. Sí, si
su doble la atrapaba y se fundía con ella como un reflejo en el espejo,
moriría. Se ahogaba. Adelantó a una pareja de ancianos y vio a su doble
precipitarse tras ella calle arriba. La melodía que le había oído tocar le
repercutía en el oído, en su cerebro, pertinazmente. Reconoció el portal del
mercado y entró entre el gentío, esperando darle esquinazo. Por fin respiró.
Hizo dos colas, en la verdura y
en la fruta, y otra en el pescado. Cuando salió vio a la violinista
aguardándola en la otra acera y una garra de hielo le apretó el corazón. Echó a
correr, con la bolsa golpeándole en las pantorrillas. Jadeante, dejaba atrás a
los peatones. Un rayo iluminó las sombras de la mañana. Contra el viento, se
dirigió a una cafetería que tenía salida trasera. El trueno hizo retemblar los
adoquines de la calle, pero no llovía. Seca y estruendosa, la mañana ladraba como
un perro sediento. Carmen llegó a la cafetería, entró, dejó atrás la concurrida
barra y salió por la puerta de atrás. Sin aliento, sintiendo el corazón como un
reloj dislocado, galopó por la calle. Reconoció las casitas con flores en los
balcones de su barrio. Volvió la cabeza y vio a una pareja abrazada junto a una
farola, la sonrisa bobalicona de un joven rollizo y el tic en la mejilla de un
canoso con gafas, sin rastro de la música ambulante. Se dirigió a casa,
tranquilizada y segura de haberla despistado. Alcanzó el portal sin novedad y
subió a su piso. Después de embocar la cerradura con problemas, apoyó la
espalda en la puerta cerrada. Respiró hondo. Se sintió a salvo.
Recobrada, se puso a limpiar
los boquerones, los enharinó y encendió el fogón para freírlos. Sobre el
chisporroteo de la sartén un timbrazo rasgó el silencio. Era la hora de la
llegada de su hija. Fue abrir y en el vano de la puerta se recortó la figura no
muy alta pero aguda de la violinista. El horror la dejó como una estatua, sin reaccionar.
La música se llevó la mano al corazón y cayó exánime en sus brazos. Su violín
cayó al suelo y el arco le acarició los pies. Ella abrazó el cuerpo y lo llevó
al sofá. Estaba pálida y rígida. La tendió y no le encontró el aleteo de ningún
latido en el corazón.
Le quitó la boina y se la caló en la
cabeza. Como un autómata Carmen se dirigió a la puerta y cogió el violín y el
arco. Cerró y se encaminó a la calle. A paso ligero y ciego fue a la esquina de
la artista callejera. Depositó la boina en el suelo y se puso a tañer el tema
principal del concierto de Max Bruck. Las primeras gotas pusieron en fuga a los
peatones. De su arco fluía la melodía pura e hiriente, nostálgica y
maravillosa, que tanto le martilleara en la cabeza. Un hombre de mediana edad
dejó una moneda en la boina. La lluvia redobló pero la música triunfaba sobre
los chapoteos. Un nutrido grupo se empapaba oyendo la música viva y prodigiosa.
Las monedas llenaron la boina.
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