lunes, 26 de mayo de 2014

ENCADENADOS (NOTORIOUS)


                                    

Una cosa os digo, camino, lo sé, del siniestro horizonte
que aguarda a los antagonistas: hay nazis buenos y nazis malos,
y agentes de la CIA buenos y malos, y si no miradnos a los tres
bajando por la eterna escalinata de mármol de mi mansión,
entre mi zapato y cada escalón dilatándose mi negro odio a Devlin,
mi amor truncado por Alicia, la sucesora de Mata-Hari,
y mi blanco miedo por mis colegas, que nos observan desde el vestíbulo,
sí, miradnos a los tres: a mí, Alex Sebastian, el réprobo más romántico,
en cuyos sentimientos han cifrado ellos dos su código secreto,
mirad al noble Devlin, que se la lleva al hospital para purgarla del veneno
y de las huellas que en su piel hayan dejado mis manos apasionadas,
pero que ha permitido que su amada haya sido la inquilina de mi cama
con tal de decorarme la casa con ojos y orejas que espiaran mi vida,
y miradla a ella, Alicia, de la que hace años me enamoré en Washington,
y con cuya cabeza hasta reencontrarla he soñado aureolada de llamas:
su rostro no ha dejado de subir y bajar por el profundo pozo de mi deseo,
ni su busto de relucir contra el sol que no se ponía de mis esperanzas,
cuatro delirantes años viviendo de visiones, muriendo de ilusiones,
proyectando su silueta a través de la lente opaca de mis ensoñaciones,
pero también en la desenfocada pantalla de mis obsesiones sensuales
y combinándola en las infinitas variaciones de mis fantasías,
cuando hace dos meses, tras tanto soñarla en una cabalgada tras otra,
me la crucé en la hípica sobre un bayo, y vi su cabeza oscilando
contra el juego de las palmeras y las olas, la gloria del sol y el mediodía,
su cabeza coronada por aquel fulgor de fuego con el que la había soñado,
y mi deseo se desbocó en la pista como un semental sin freno.


Reanudamos relaciones y creí encantarla con mi apostura,
encandilarla con mi galanura, arrebatarla de pura locura,
porque a su lado yo me veía más alto, más guapo, menos nazi,
casi tan atractivo como ese maldito Devlin, que en las fiestas
surgía como una nota falsa de la orquesta, un vino picado,
un elemento discordante, un mueble que no casaba con el ambiente.
Alicia y yo nos casamos, fue como si la propia vida al fin me aceptara,
y como alianzas los días nos enlazaron en aros de dicha,
menos mi madre todos admiraron su belleza de Walkiria,
tan ingenuos como yo, que en vez de escrutarla a la luz de la razón,
a contraluz la veía recortada en la falaz transparencia de mi alegría,
erguida contra el sol deslumbrante de la felicidad cumplida,
o tendida en la penumbra vertiginosa de los amores consumados.


Ciego de placer no la veía tergiversar razones y amputar cajones,
ebrio de dicha no la veía profanar armarios y manipular llaves,
descifrar claves, enmadejar excusas, urdir tramas de araña,
mi dicha volaba como un globo que se me escapara de la mano
o henchido de orgullo más bien era yo mismo ese globo que subía
hasta que de un tirón mi madre me bajó del arcoíris al polvo:
me había casado con una espía de la CIA,
(la miré mientras dormía: sentí en las venas una oleada
idéntica a la de la noche de bodas, pero para matarla)
y este Devlin es su amante y su enlace, un agente pero no de viajes,
cada vez que los veía de lejos, en la embajada o en el hipódromo,
a través de los perspicaces prismáticos de mis celos,
los unía un vínculo invisible, como si estuvieran encadenados por el deseo,
y sabía que pronto, -hace un instante-, los descubriría en la cama,
y ahora baja abrazado a ella como una hiedra o la Hidra,
amenazándome con delatar mi incompetencia a mis cómplices
si no los dejo salir a la luz del día, al resplandor de la vida.
No le temo a la sombra de la muerte, y si no fuera por mi madre,
que sale de su dormitorio y me anima a dejarlos partir,
ya que de todos modos mi amor me ha matado en vida,
me gustaría que a los tres nos habitase la misma noche,
porque una cosa os digo a vosotros, que nos veis aún en esta escalinata:
en la vida no hay buenos ni malos como en las películas
y los nazis podemos amar a alguien incluso más que a la muerte.

             

lunes, 19 de mayo de 2014

MYSTIC RIVER


                  

Hijo mío, había una vez un niño al que dos lobos convirtieron en lobo,
sí, este cuento como todos los de niños también es de miedo,
y al morderle la vena de la pureza le transfundieron la sangre de lobo
y el niño quedó abominado bajo la maldición de ser otro lobo,
y hay un hombre que las noches de luna se convierte en aquel niño lobo,
que en el bosque de la noche, en un silencio de lobos, se vuelve astuto,
con dos luciérnagas por ojos y una navaja en cada pezuña,
y luego el hombre se despierta con las manos bañadas en sangre de lobo,
con puñados de pelos de lobos que en sus correrías sin hambre ha devorado.
Es un hombre que ciertas noches se convierte en un lobo para los lobos,
cuando recuerda que nunca fue un niño o un cachorro como los demás,
que allá donde estuviera se sentía como un huérfano sin nombre.


Al principio el hombre que se convirtió en niño lobo fue un niño como tú
que justo habitaba esta calle, donde ahora vivimos con tu madre,
y la misma alcantarilla aún engulle como un lobo las bolas de hockey,
y evolucionados autos se llevan los mismos sueños de renovados vagos,
y en las cabinas y las máquinas habrá millones de dólares en monedas
y en todas las ilusiones perdidas de generaciones de jóvenes frustrados
que como desdentados lobos a Caperucitas ven pasar las oportunidades.
Allí fue donde ese borracho de lengua incomprensible llamado destino
me eligió a mí en lugar de a Jimmy o Sean, el empresario y el policía,
como el niño al que los hombres lobo secuestrarían y encerrarían
para desollarme la piel de la inocencia y trizarme la entraña,
clavarme los gritos en el suelo y aherrojarme en las tinieblas del miedo,
cada vez que entraban en el sótano portaban como un arma la noche consigo,
el dolor era tan rojo y tan negra la esperanza de que nadie me rescatara,
que tuve que imaginar que era otro el niño al que habían secuestrado,
acaso Jimmy, el valiente que grababa su nombre en todas partes,
o tal vez Sean, que se preocupaba de que se cumplieran las reglas de juego,
y las fauces de aquellos dos lobos me inocularon esta maldición de lobo,
porque hijo, si no te hubieras dormido sabrías que yo soy el hombre
que se convierte en niño lobo y se despierta con sabor a carne de lobo.
Al escapar me prometí ser un niño lobo que se vengara de los hombres lobo.


Hijo, por suerte no me escuchas, también yo tengo que dormir
y olvidando mi papel de solitario niño lobo volver a ser tu padre,
dejar de correr a paso de lobo y de aullar a culpables lunas,
y amnésico de este espanto volver a ser el marido de tu madre,
porque ahora cada vez que me acerco a ella husmeo el olor del miedo,
no lo recuerdo bien pero como niño lobo hace poco devoré a mi último lobo,
desperté con un corte en la mano y bautizado en lágrimas y sangre de lobo,
justo la noche en que otro hombre lobo devoró a Katie, la hija de Jimmy.
Cuando padre e hija se miraban en una fiesta era una fiesta de dos invitados,
parecían los dos últimos creyentes en un dios olvidado,
los únicos presos de una cárcel, dos astronautas en el espacio,
y ahora que han rastreado las huellas falsas del lobo que la desgarró
confunden al hombre lobo con el niño lobo y creen que la devoré yo,
todos me creen culpable, Sean, Jimmy, los amigos, hasta tu madre,
y eso es porque aquellos dos primeros lobos me corrompieron la sangre
y ahora en mi rastro todos reconocen el hedor y el hambre de lobo,
pero no saben que aunque me contagiaron la sed de sangre, solo derramo
la sangre de los lobos que beben la blanca sangre de los corderos,
no saben que soy un lobo que solo es lobo para los lobos
que convierten a los niños en niños lobo
que ya no volverán a tener bolas, monedas o ilusiones que perder.         

  

lunes, 5 de mayo de 2014

ORDET (LA PALABRA)


                  

La piel de Inger se deshiela, rebrota el río de su sangre,
se va fundiendo la mujer de hierro que en el féretro la suplantaba,
el mármol de su carne se anima, le tiembla un párpado.
He dicho: Jesucristo, dame como a un poeta o un profeta la Palabra,
el único Verbo que antecede a la realidad, y que vuelva a darle la vida, 
porque después de cinco años me he vuelto cuerdo y el mundo loco,
ya no me creo Cristo, no me veo en las manos los estigmas de los clavos
y ellos al fin no se aferran al clavo de la lógica con la absurda desesperación
de quienes creyéndose a los labios del abismo cuelgan a un palmo del suelo.
Solo quienes tienen fe serán admitidos en el Reino de los Cielos.


Había yo perdido la razón para repartir la fe con los panes y los peces,
perdido mis ojos para alumbrar las tinieblas con el candelabro del alma,
perdido la voz para encontrar la Palabra que es una metáfora de mi Padre,
perdido mi libertad en la granja para que no volvieran a crucificarme,
perdido mi nombre de mensajero, Johannes, para ser Hijo del Hombre,
había perdido mi sombra para convertirme en la luz del mundo.
Creían que las dudas razonables de Kierkëgaard me trastornaron la razón,
todos igual, mis dos hermanos, mi cuñada Inger y mi padre carnal,
que en mi cabecera tanto rezara para que la Teología me convirtiera
en el pastor que guiara a su rebaño a pastos más frescos del Espíritu.
Pero si mandaba a mis inauditas parábolas a caminar sobre las aguas,
si con descalzos sermones como un Pescador echaba la red a los incrédulos,
si con mis prédicas exorcizaba a los negros cerdos de la razón,
si con un cetro de mimbre regía a las invisible multitud de mi Reino,
si el viento de mis palabras solo combaba la voluntad de espigas y arbustos
y apenas hacía cimbrear a juncos y cañas tan huecas como los hombres,
era porque mi Padre del Cielo había vuelto a enviarme para darle testimonio
y desmentir a la Iglesia que me había traicionado en mi propio nombre.
Entre los suyos no hizo milagros porque allí no le creían.


Iba como un sonámbulo por las cornisas de los sueños y las oraciones
de los míos, pero en vez de extendidos adelante llevaba los brazos en cruz,
como un espantapájaros o un fetiche muy visto y ya olvidado por todos,
tanteaba yo en busca de un milagro en el que alguien pudiera creer,
acaso un espantapájaros que andara, un fetiche que bendijera con la mano,
en busca del milagro de alguien que aún creyera en los milagros,
vagaba como un fantasma suscitando la piedad de quienes merecían piedad,
ignorado por quienes se ignoraban a sí mismos y sin saberlo se desvanecían
y empequeñecían alejándose aspirados por horizontales pozos de viento,
cuando al mirar a Inger bordando vi cómo su calavera le absorvía la cara,
aquella mañana los huesos de su cráneo le chupaban con gula las mejillas
y en su lugar vi a su esqueleto trazando en el bastidor su destino,
volvió a encarnarse en su belleza, pero su hija pronto sería huérfana,
y consolé a la niña diciéndole que desde las estrellas y la luna su madre
le mandaría ropas más blancas, una leche más fresca, cielos siempre claros,
y con las gemas de sus lágrimas logré engastar el único diamante de la fe.
Y cogió a los niños, los puso en su regazo y los bendijo con la mano.


Y vi que cruzaba la pared el Padre Cruel trayendo el reloj con la arena abajo
y la guadaña que primero descuartizó al niño en las entrañas de Inger,
el Padre que viene a recolectar las vidas que él mismo ha sembrado,
el Padre que lega la muerte a los hijos que solo creyeron en la muerte,
y no pude impedirlo porque en casa nadie creyó que yo pudiera hacerlo,
y no pude convencer al Padre porque yo no había convencido a ninguno.
Buscaban uvas en las zarzas y no veían las vides, la vida.
Y luego volví a oír el rumor de la guadaña cortando la hierba a contrapelo
aunque me dijeron que solo era el auto del médico marcha atrás,
y volví a ver al Padre Cruel cruzando la pared como un ladrón fantasmal
aunque me dijeron que solo era el destello de los faros en el estuco,
y que no me preocupara porque según la ciencia Inger viviría.
Cuando la hallaron muerta les dije que solo estaba dormida,
y que como a Lázaro yo podría despertarla pero siguieron sin creerme.
Me fui: Me voy y me buscaréis. Pero donde voy, no podréis venir.


He vuelto para el entierro. Y gracias a la fe de la hija de Inger,
que prefiere la cálida ternura de su madre a la fría leche de las estrellas,
el alborear de su sonrisa a tenerla en el cielo como remota protectora,
poder tocarla a probarse los vestidos que le tejiera con la tela de las nubes,
el mundo se ha vuelto lo bastante loco y yo cuerdo para decir:
Jesucristo, si es posible, devuélvela a la vida,
dame como a un poeta o un profeta la Palabra que da la vida,
Inger, en el nombre de Cristo te ordeno que te levantes,
y como nadie tiene más ansias de amor que los muertos
la piel de Inger se deshiela en súbita primavera, rebrota el río de su sangre,
el mármol de su carne se anima, le tiembla un párpado, abre líquidos ojos
y ahora que he dejado de creerme Jesús de Nazareth logro que crean en Él,
o quizá ahora es cuando me he vuelto de veras loco y el mundo cuerdo,
porque veo que he recuperado mis ojos para caer en la tiniebla,
he recuperado mi nombre para de pronto olvidar la Palabra,
he recuperado la razón para caer en la desesperación,
he recuperado mi voz para repartir el silencio,
he vuelto en definitiva a ser hombre.

  

martes, 29 de abril de 2014

RESCATE EN NUEVA YORK


                    

Soy un gran amante y por tanto un ferviente defensor del cine de género. Defenestrado por muchos, más de una generación comenzamos a amar el cine como arte gracias a las películas de terror y ciencia ficción, algunas ciertamente cutres… otras verdaderamente magistrales. En los tiempos de la EGB en los que crecí y me formé allá por mediados de los años noventa, el cine fantástico fue para muchos el primer contacto de atracción y seducción plena ejercida por el más bello de los artes creados por el ser humano. 

Nombres como los de Wes Craven, Mario Bava, Dario Argento, Tobe Hooper, Joe Dante, John Landis cimentaron la fascinación de los imberbes adolescentes de los años noventa que descubríamos con ojos extrañados el veneno del arte cinematográfico. Y sobre todos ellos una nomenclatura destinada a escribirse con letras de oro indeleble en la memoria de los cinéfilos del futuro (si es que la envidia y avaricia de nuestros nietos no acaba con este planeta como aventuraban las películas de ambiente apocalíptico con acertada clarividencia…): el de John Carpenter, sin duda el director más influyente, talentoso y magistral de aquella magnífica generación que empezó a dar sus primeros pasos en el mundo del cine en el mundo de la Grindhouse de los setenta. 

Carpenter es un artista total: guionista, compositor de virtuosismo descomunal y director, sin duda que ésta es su principal definición: director de cine fantástico con clara delimitación de autor. El cine de este maestro no solo se fundamenta en el mero y simple entretenimiento, sino que ostenta algo más, que no es otra cosa que aquello que transforma una simple obra de temporalidad efímera en una película inmortal, es decir, aquellas que poseen la esencia crítica precisa para dibujar un pérfido y ácido retrato de la sociedad de su tiempo para dar fiel testimonio a las generaciones futuras de lo estúpido del comportamiento humano, algo por desgracia inherente a nuestros hijos puesto que la estupidez forma parte al igual que la piel y del esqueleto de la esencia de la que se compone el alma humana. 

Son muchas las películas de este viejo hacedor de películas que me siguen cautivando, pero a pesar del paso inmutable del tiempo, siento una especial predilección por 1997: Rescate en Nueva York. Quizás este amor se base en que esta es la primera película que recuerdo haber vislumbrado del genio y por tanto fue la que me descubrió a un director que tantas alegrías me regaló con el discurrir de los años. Pero, no solo de nostalgia vive el cinéfilo e indagando y reflexionando acerca del motivo de este favoritismo he de decir que 1997: Rescate en Nueva York me sigue pareciendo la gran obra maestra del cine fantástico de los años ochenta y en mi opinión el último gran western legado al cine con permiso de Clint Eastwood. Un western con sabor a cine añejo y clásico protagonizado por outsiders atrapados por su pasado enviados a aquellas misiones temerarias en virtud de una recompensa prometida por unos despiadados facinerosos que creen poseer la verdad con la que ordenar la vida del poblado en beneficio de la colectividad si bien es su propio provecho el que esperan salvaguardar.

                   

Esto es así porque 1997 es un western clásico de atmósfera apocalíptica y futurista que bebe de las cintas de Howard Hawks (Carpenter es un confeso admirador del cine del viejo Howard al cual no dudó en homenajear en su debút en el largo, esta es, aquella impresionante e inclasificable obra titulada Asalto a la comisaría del distrito 13), Anthony Mann, Bud Boetticher y Delmer Daves y también del posterior spaghetti-western que prolongó en el tiempo la longevidad del género estadounidense por antonomasia (agasajo que reviste la forma del rostro de un viejo actor de cintas de género italianas que ostenta en 1997 el papel de anti-héroe que tantas veces representó en las llanuras de la añeja Almería, que no es otro que el legendario Lee Van Cleef que en 1997 se despidió prácticamente del cine comercial de calidad por la puerta grande). 

Y es que desde la propia sinopsis brota ese impulso que acerca la trama al western clásico para goce y disfrute de los que amamos las vetustas cintas del oeste. La acción se sitúa en un distópico y cercano universo sito en la ciudad de los rascacielos en el año 1997 (la película se estrenó en el año 1981). Las naciones del mundo se hallan enfrentadas en inútiles guerras que han devastado cualquier indicador de progreso y modernidad en nuestras sociedades. Una inminente guerra mundial se avecina, y en un último intento de paralizar la aberración el presidente de los EEUU decide viajar en avión para asistir a una conferencia en la cual se tratará de negociar una resolución pacífica que evite el holocausto y el Apocalipsis del planeta Tierra. Sin embargo, el avión sufre un accidente en su travesía por New York estrellándose en una zona sin ley habitada por maleantes, bandidos y bandas de delincuentes y zombies que malviven encerrados en la prisión en la que se ha convertido la isla de Manhattan, encontrándose pues aislados del resto de la sociedad, la cual ha sido incapaz de ofrecer esperanzas de un futuro mejor a buena parte de sus habitantes. El presidente es secuestrado por un gangster que se hace llamar el Rey, el cual amenazará con ejecutar al mandatario a no ser que sean atendidas sus reivindicaciones. 

Sin capacidad de respuesta, las fuerzas de seguridad decidirán enviar al rescate del presidente empleando coacciones y amenazas a un outsider llamado Snake Plissken (interpretado por Kurt Russel en su papel más aclamado y recordado), un ex-convicto y extinto pistolero del gobierno asqueado por la hipocresía de una sociedad en la cual es incapaz de hallar un sitio en el que establecerse. Plissken será la última esperanza de una humanidad deshumanizada, en una misión suicida en la que seremos testigos de la fauna y flora existente en un mundo oscuro y primitivo en el que únicamente hay cabida para la violencia, la brutalidad y la traición como medios de supervivencia al ambiente hostil y horripilante que se avecina para la humanidad.

                   

Son claros los paralelismos existentes entre este anti-héroe con el de los viejos pistoleros del oeste a los que su pasado les persigue hasta la tumba y cuya gallardía y caballerosidad se ha extinguido entre las aves de rapiña presentes en el gobierno (los grandes terratenientes y propietarios del far west), obligados asimismo a pelear por un objetivo corrupto cuya resolución no permitirá acabar con los sufrimientos de la humanidad, sino al contrario, puede que acelere la epidemia inhumana que impera en nuestros días. 

La cinta es una auténtica maravilla de principio a fin. Sin duda hipnótico es el diseño de producción de la misma en el que se vislumbra un paisaje rocambolesco y realista del New York de final de siglo. También son múltiples las metáforas existentes en el alma de la cinta: la brutalidad y la violencia como ejes del mal que vertebran las sociedades occidentales o bien las mentiras de unos gobernantes que ansían su propio beneficio amparándose en una sociedad conformista que devora cualquier viso de revolución y protesta. No obstante, la película no deja títere con cabeza, puesto que igualmente del perfil insurrecto del héroe Snake Plissken, se desprende una incisiva crítica contra la anarquía representada por el mundo gobernado por el hampa, la muerte y el miedo. Parece que Carpenter desea decirnos, como buen pesimista, que da igual que exista un orden dictatorial y genocida o uno aparentemente libre basado en la anarquía. El ser humano seguirá destruyéndose y guerreando por el poder, o simplemente por una lata de comida. No existe religión, sistema político o ético capaz de enjaular las ansias de destrucción de los hombres, y nosotros, los idealistas sufridores que aún profesamos algo de fe en el futuro acabaremos siendo usados como muñecos de trapo como Snake Plissken en aras de la salvación de la sociedad… Eso nos venderán, porque para lo que seremos y somos empleados es para la salvaguarda de los intereses de las oscuras fuerzas ocultas que diseñan los tejemanejes e hilos que mueven y moverán el mundo. Y cuando despertemos solo nos quedará el suave sabor de la derrota convertida en victoria… como esa cinta magnetofónica destrozada por Plissken en la escena final que simboliza el final de la esperanza humana. Pelos de punta… cada vez que rememoro ese extraordinario final de una obra maestra imperecedera del séptimo arte. ¡Viva Snake Plissken!

Autor: Rubén Redondo.



lunes, 21 de abril de 2014

CAPITANES INTRÉPIDOS


                   

Manuel no solo me dio la vida como un segundo padre
cuando me salvó de las aguas voraces, de sus fauces de espuma,
y enseñó el oficio de hombre al niño consentido que yo era,
sino que ahora que lleva veinte años bajo su líquida lápida,
su vida me inspira mi primera novela y hasta con tinta de lágrimas
intentaré grabar su historia en la arena, ya que quizá no para siempre,
al menos mientras que con su rumor triste de guijarros la marea se retira.
Porque ahora que he firmado la sucesión de la herencia de mi padre,
mi mano sabe que fue Manuel quien me rescató del naufragio de una niñez
sin la perdida brújula de mi madre, sin el mapa de ningún hermano,
y con un padre cuyo timón no supo guiarme a través de la tempestad
y no veía que se me encrespaba la cresta de una insolencia de pirata:
con su dinero tiranizaba a mis compañeros y sobornaba a profesores.


Ahora que desde la terraza veo la agonía del sol en Central Park
mis ojos recuerdan que fue Manuel quien me enseñó el mar,
pero también moldeó en el vil barro de mi carácter la humildad
de adaptarme a la goleta viniendo del transatlántico de mi padre,
de soportar el hedor de la sentina después de aspirar perfumes franceses,
de convivir con marineros en vez de alternar con vástagos nobiliarios,
mi mano sabe que fue aquel pescador portugués que me llamaba pescadito
quien me enseñó el valor del esfuerzo, porque para ganarme la cena
me obligaba a barrer la cubierta de colas y cabezas de bacalao,
pero también me mostró la generosidad al dejarme bajar a la mesa
solo con tirar una, y toda la delicadeza de su cariño cuando me arropó
con su gabán, aunque ante sus camaradas demostraba rudos alardes.
Ahora que me siento a escribir el primer capítulo de mi novela,
mi corazón recuerda que fue un pobre pescador quien me enseñó la poesía
mientras me explicaba que los delfines le susurraban sus canciones
y cómo podían los versos velar por los marineros como un ángel
o una oración, ya que mantenían despiertos a los que estaban de guardia,
mi corazón sabe que fue un pescador portugués quien me enseñó la amistad
porque me dejó acompañarlo en el bote aunque yo lo entorpeciera,
y la confianza cuando me contó cómo el mar devoró a su padre,
y la honradez al indignarse de que yo saboteara los aparejos de su rival Jack
y la sinceridad cuando me perdonó después de admitir mi culpa ante todos
y la valentía y la lealtad al defenderme del filo de la roja ira de Jack.
Ahora que cada noche sonrío a las damas en los bailes de alta sociedad,
mi sonrisa sabe que fue un pobre pescador quien me enseñó la alegría
de robar el viento con las velas y atiborrar la bodega de bacalao,
la felicidad de paladear el yodo, broncearse a la luna y cantar a las estrellas,
la sabiduría de entender a los peces, leer en las nubes y escribir en el agua.

Y después de haber enterrado a mi padre en el mausoleo de sus esperanzas
mi sangre sabe que fue un pescador portugués quien incluso ocultándomelo
enseñó a su pescadito a aceptar el anzuelo que algún día lo pescará,
a mirar a las cuencas vacías de la muerte y no temer su rechinar de huesos,
al caer abrazado al palo mayor y, aprisionado por las serpientes de los cabos
y con las piernas rotas, seguir alegre hasta que lo tragó la garganta del mar,
y ahora que se cumplen veinte años de la despedida de Manuel
cojo la pluma y me consuelo de no haber sido el pescador que quería
con haber al menos evitado suceder a mi padre en el trono de la banca,
y mi corazón sabe que si escribo es gracias a un pobre pescador portugués
que me enseñó a ser yo para ahora rescatarlo a él de las aguas del olvido.

      

lunes, 14 de abril de 2014

SOSPECHA


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Sí, quiero, le digo al reverendo, y en la transparencia de la alegría
de haber al fin dicho en la vida lo que quiero con palabras de hierro
la locura de los recientes sucesos se arremolina al viento del condado,
que hace delirar a los lugareños y como a una yegua me desboca la sangre,
sí quiero, dice Johnnie sonriéndome contra el fondo turbio de la ventana,
donde puedo ver evolucionando en el viento y el tiempo esas escenas
que han originado mi fuga, digna de mis predilectas novelas por entregas,
mi rapto por Johnnie en un automóvil, que ha sido un rapto de inspiración.
Yo creía que el amor era como el bridge o una partida de caza del zorro,
táctico pero más bien arriesgado, emocionante, descarado, en campo abierto,
y que no eran propicias a la pasión mi timidez, mi frígida sonrisa,
el recato gris de la rebeca, los escrúpulos de mis guantes de cabritilla,
el pudor del pelo recogido, las gafas redondas, mi sequedad de yesca o leña,
pero el amor también puede ser retorcido, obsesivo, subterráneo, oscuro,
y de hecho conocí a Johnny en la oscuridad de un íntimo túnel,
y a tientas ya rozó con un chispazo su pantorrilla de tweed con la mía.


Desde que salimos del túnel no ha dejado de torcer mi voluntad de alambre:
tuve que abrirle la intimidad del forro de terciopelo rosado de mi bolso
para pagar por él al revisor una libra como recargo de primera clase,
en la partida de caza desenfrenó la yegua de mi instinto reprimido,
me hizo acompañarlo a la iglesia para luego subirme a aquella loma
donde al besarme un viento de delirio me despeinó el dominio de mí misma,
como puntas de lanza me erizó las pelusas de melocotón de la piel 
y casi arrastró el último jirón de mi impoluto, virginal pañuelo blanco.
Si yo escribiera en serio, la imagen de una yegua desbocada al viento
sería la metáfora que mejor expresaría el frenesí de mi pasión.
Al oír a papá murmurar que nunca dejaría yo de bordar el lienzo blanco
de mi soltería ni de escribir como una cursi heroína el diario de mi soledad,  
la sangre se me paró como un río estancado o el propio flujo del tiempo,
y mi cuarto me reveló el tedio que como humo impregnaba las paredes
y el polvo del fracaso que barnizaba mis muñecas, pierrots y bibelots,
así que decidí amar a Johnnie para desertar del bridge y del porridge,
del té a las cinco y de las sonatas con notas falsas, de las visitas, de la iglesia
y de mi padre, que tiene a Johnnie por un vago que divaga con vaguedades,
y después de que su telegrama me evaporase la jaqueca y pudiese ir al baile,
vi que en verdad el amor no se parece al bridge ni a la caza, sino a un vals
en el que se flota a través de una radiante luz donde se condensan los sueños
y como dicen las novelas románticas consiste en una maleta mal cerrada,
una despedida mental que empaña la vista, unos pasos que solo oye el perro,
un trayecto en coche con el corazón al compás del tictac de la lluvia,
dos testigos desconocidos y el sí quiero a un no menos desconocido
que me mira contra el fondo tormentoso de mis miedos e inseguridades,
pero los carbones encendidos de cuyos ojos derriten la desconfianza
y prenden la ilusión, porque al final arde hasta la madera más seca.  
  

sábado, 5 de abril de 2014

FUEGO EN EL CUERPO




                                     


Lo vamos a hacer. Como si fuera el amor. Hasta sé cómo y cuándo.
Desde que nos miramos saltó la primera chispa de este fuego ciego,
entre su mirada y mi mano ejecutora ya latió la voz de un muerto
y desde el futuro la brisa trajo el primer grito de la muerte de su marido.
Esta decisión ha cristalizado como el hielo de morgue de nuestro amor.
Por amor lo haremos. También por el dinero. No habrá más coartada.
Ni su diáfana vileza ni su negra mezquindad ni sus celos serán excusa.
Solo el hambre que la gasolina de su sangre me incendia en los dedos,
la sed que como a un bosque mi savia le quema a ella en toda la garganta.
Sí, lo haremos por el único fuego que no miente con ningún humo.


Como todo asesinato, éste se insinuó con el susurro de una serpiente,
la tentación que repta por las alcantarillas de Miami preguntándome
qué puede hacer un joven abogado cuando cierra la puerta de su oficina, 
qué puede hacer un adepto al placer como yo cuando muere el día,
qué puede hacer después de despedir a la última prostituta del verano,
qué puede hacer si ninguna mujer le dura más que una ola de calor,
qué puede hacer si del sexo le gusta hasta la tristeza postcoital,
qué puede hacer un vicioso de la melancolía, extranjero a toda promesa,
qué puede hacer el novio de la soledad, qué puedo hacer me susurran
a coro por la boca de las alcantarillas todas las serpientes de Miami,
y yo las oigo vibrante y sereno, las escucho con los poros, mi piel oye,
destila el sudor del miedo y del deseo, y les respondo que solo puedo cruzar
el río en llamas de la noche por el puente de locales con aire acondicionado.


En uno de ellos la conocí. Como a la luna la vi arder de blanco,
un lívido blanco de fiebre, de nieve, de hospital, y al levantarse
osciló con la belleza de una cobra erguida, de la llama de un sacrificio,
pero también pura como recién salida del alba, una estatua de hielo,
o de esmalte y marfil, tenía clase, y sus manos me ofrecieron la noche.
Mientras hablamos mi deseo se tiñó del color de su pintalabios
y mi memoria del zafiro triste de sus ojos, el jazmín de su perfume
me recordaba la desesperación de la primera noche de la adolescencia.
Al final ella se desvaneció en magia blanca, pronto la encontré y fue negra
porque desde la bañera con hielo picado y al viento de nuestra pasión  
oímos las campanillas del porche de su palacio doblando a muerto.
Está decidido. Es como si él ya estuviera carbonizado. Pero saldrá mal.
Me cogerán: está escrito en un guión que ya no admite correcciones.
El azar barajará las cartas para que yo saque la carta de mi destino.
Sufriré cárcel o muerte. Pero lo haré. Perderé el dinero. Y a la mujer.
Eso decía el protagonista de Perdición y nos parecemos demasiado
a sus personajes: coinciden nuestra atracción, el marido, la herencia,
cómo su mejor amigo es su peor enemigo; él se llama Neff y yo Ned.
Las únicas diferencias son el jazmín en lugar de la madreselva
y este rumor de fuego y serpientes que me susurran qué puede hacer
un abogado solitario que naufraga en la noche sin esperar nada.


Ella y yo somos iguales, rubios sin rubor, hermanos de leche agria,
de gemelo escepticismo, suavemente cínicos, duros, diamantinos,
hastiados de la abyecta cotidianidad, vividores malditos,
solo aptos para la pasión del otro, antes de encontrarnos en el mismo ámbito
notamos un ardor, una corriente abrasadora, un calor concéntrico al calor.
Como en un orgasmo conjunto decidimos al mismo tiempo matarlo:
fue el día que por casualidad me los tropecé en un restaurante,
antes de verla me succionó ese túnel de aire candente,
y él me invitó a su mesa para darme a conocer su opulenta miseria,
su rapacidad de tiburón que olfatea como sangre la debilidad ajena.
Pero el odio no será una excusa. Solo el amor. Y el dinero. Me cogerán.
Y saberlo no me detendrá: cavaré el pozo, la tumba de nuestro amor,
una galería subterránea que una todas las alcantarillas de Miami,
y en nuestros labios unidos sonreirá la muerte, puedo oír su rechinar
de tibias cruzadas delante del susurro de seda de las serpientes danzando,
y por siempre arderemos  en la misma llama sin ceniza de este fuego ciego.