jueves, 12 de junio de 2014

SCARFACE


                  

Cuánto ama mi pistola los rojos alaridos de mis víctimas,
cómo atrae la luna nueva de la boca del cañón sus mareas de sangre,
cuánto afecto fluye entre mis balas y sus corazones de cordero,
todos ellos se sentían tan solos, tan huérfanos, tan vacíos,
hasta que yo, Scarface, llegué a la ciudad a colmarlos del cariño del plomo,
a sembrar como una plaga las calles del gusano blanco del miedo,
a esconder en el bolsillo de cada transeúnte un huevo de serpiente,
a corromper con mi respiración el aire y la dignidad de policías y políticos,
a embarazar como un semental a todo el mundo de su propia muerte.
Cada vez que parpadeo, fulgura una metralleta en ojos que ya no ven.

Primero cayó Costillo, que me pagaba para que le guardara la vida,
pero más pagó Johny Lobo a mi sombra para que se desenroscara en la pared
y mientras colgaba su última palabra del teléfono le regalé la muerte,
y a una harapienta alba, con las colillas y el confeti barrieron su cadáver.
Luego cayeron Meehan y Berdini, ilegítimos reyes de la cerveza,
cuyos barriles y cadáveres rodaron hasta la escoria del estuario,
y sus secuaces bailaron el último vals con viudas invisibles y una orquesta
con percusiones y metales que reventaron los vidrios en un trillón de añicos,
y al único superviviente le llevamos al hospital un ramo de flores
y le abrimos en el pecho otra rosa con pétalos de sangre.
Cada vez que bostezo, gracias a mí alguien pierde el aliento.

Coroné a Johnny Lobo como emperador de los muelles de Nueva York,
porque a quien estorbaba yo le escribía las esquela en el periódico,
pero la fuerza no era de Johnny, ni de mi pistola, sino de mi sombra,
que se desprendía de mí como el carisma de un santo, de un donjuán,
y desataba sobre las funerarias una tormenta de coronas y crespones.
Cuánto desea mi punto de mira el ceño de quienes me odian,
cuánta confianza se tiende entre mi gatillo y sus súplicas viscosas,
cuánto afecto entre mi metralleta y sus cuerpos que se obstinan en vivir,
cuánto cariño acerca la boca de mi cañón a sus ojos desorbitados.
Aunque todos los poros de mi rostro excretan odio y se cierran como puños
por la ranura de mi cicatriz se escurre la morena voz de mi hermana
y como una hemorragia al revés su voz se infiltra y circula con mi sangre,
una voz de seda que reviste las piernas y los pechos que ningún hombre tocará,
una voz que peina los cabellos de un río donde ningún hombre se bañará,
una voz acariciándome con manos que el árbol de ningún hombre plantarán.
Cada vez que me aprieta un zapato, me maldice el hijo de algún enemigo.

Mi pistola convencía a todos los taberneros: soy el mejor proveedor,
y con Rinaldo, que con una moneda echa al aire la suerte de los débiles,
multipliqué el erario del rey Johnny y me convertí en su delfín.
Compré trajes y ataúdes a medida, autos, un apartamento acorazado de acero,
y gracias a las portadas, a los escritores, a los cobardes,
mi figura era adorada como la estatua dorada de un dios
que contra el crepúsculo sangriento reclama sacrificios humanos.
Luego cayeron O’Hara, que mezcló su sangre con las amapolas de su floristería
y Gaffney, que en la bolera se desplomó como el último bolo,
mis balas granizaron los vidrios de sus locales y de sus ojos,
y mi sombra serpenteaba por las rendijas de la ley y de las celdas,
de donde me rescataba un ejército de abogados esgrimiendo el habeas corpus.
Cada vez que me bebo un whisky, alguien se desangra en los muelles.

A veces dejo a mi sombra en casa y luzco el brillo de la respetabilidad
soy un habitual de palcos, estrados, mesas, primeras filas,
esta noche en el Paradise hemos vertido champán en vez de sangre,
y aunque le he robado a Johnny el trofeo de su rubia platino
en verdad con quien bailaba era con el fantasma de mi deseo, mi hermana,
solo un hombre tiene derecho a acariciar la seda de su voz,
aquél que se reconoce mirándose en el espejo de su cara,
pero Su Majestad Johnny me veía abrazar a su consorte en la pista de baile
y ha mandado a sus cortesanos que me donen un regalo que no he aceptado:
tanto es el amor que fluye entre mi pistola y el corazón empurpurado de Johnny
que el cañón arderá y en su honor explotará en una apoteosis de pólvora.
Mientras enciendo un pitillo, Rinaldo le dispara con mi arma.
Coronado rey de Nueva York, mi manto púrpura amortajará la ciudad,
pero la fuerza no es mía, ni siquiera de mi arma, sino de la sombra
que circula por mi sangre y por el aceite de mi pistola,
la sombra que repta por la cicatriz de seda entre las piernas de mi hermana.

  

lunes, 9 de junio de 2014

MI TÍO JACINTO


           

Existen ciertos prejuicios en buena parte de los espectadores españoles hacia el cine patrio anterior a la explosión acontecida a mediados de los cincuenta tras la irrupción en nuestra cinematografía de dos de los nombres claves del cine español que revolucionaron lo que hasta entonces se conocía como cine del Régimen, estos son, Juan Antonio Bardem y Luís García Berlanga. Parece que el cine español que se hizo desde los años de la post-guerra hasta mediados de los cincuenta sencillamente o se le considera malo o franquista. Nada más lejos de la realidad. Nombres como los de Edgar Neville, Rafael Gil, José Luís Sáenz de Heredia, Florian Rey, Manuel Mur Oti, José Antonio Nieves Conde o Juan de Orduña no solo son imprescindibles para cualquier cinéfilo que desee profundizar en el arte de hacer películas hecho en España sino que los mismos sentaron las bases para el despegue de ese cine más crítico e incisivo que comenzó a aparecer a mediados de los cincuenta para inundar las pantallas de cine en los Festivales Internacionales en los sesenta con eso que se llamó el Nuevo Cine Español.

Dentro de los nombres que mencioné en el párrafo anterior, dejé oculto a posta el de un húngaro que arribó a nuestro país para quedarse y desarrollar una de las carreras más fascinantes y magistrales de nuestro cine: Ladislao Vajda. Resulta ciertamente increíble que la filmografía de este maestro europeo no sea más reivindicada por la crítica y la cinefilia española, puesto que suyas son algunas de las mejores películas surgidas en la península Ibérica. Obras como El cebo (esa co-producción hispano suiza que quizás sea la cinta más valorada actualmente de Vajda), Marcelino Pan y Vino, Carne de Horca, Tarde de toros, Barrio, Séptima página o Un ángel pasó por Brooklyn son sin duda algunas de las mejores obras surgidas en nuestro país. Pero, la cinta de Vajda a la que guardo un mayor cariño y respecto es Mi tío Jacinto. ¿El motivo? En mi opinión, Mi tío Jacinto, es junto a el Surcos de José Antonio Nieves Conde, el mejor botón de muestra del incipiente y escaso neorrealismo español cincelado a principios de los cincuenta como homenaje referencial al neorrealismo italiano. 

La película es una auténtica maravilla de principio a fin. Fue rodada en principio para lucimiento de la estrella infantil española de moda en aquella época (antes de que la copla y el fandango se apoderaran del estrellato infantil cinematográfico con Marisol y Joselito), el gran y tristemente desaparecido Pablito Calvo, magnético y cautivador niño prodigio del cine español poseedor de una mirada que aunaba con maestría ternura y melancolía, que se había convertido en una estrella internacional gracias a otra película de Vajda, la no siempre valorada Marcelino Pan y Vino, el cual cerraría trilogía con el director húngaro con otra película entrañable como es Un ángel pasó por Brooklyn. Siendo una vehículo articulado para el lucimiento de Calvo, Mi tío Jacinto huye extremadamente de la complacencia y el beneplácito de ese público medio que buscaba una obra meramente condescendiente y entretenida, puesto que la cinta de Vajda es sobre todo un demoledor documento acerca de la miseria y la pobreza que rodeaba los arrabales del Madrid arcaico y devorado por las bombas de la cruel Guerra Civil, un Madrid poblado por pícaros, rateros y quincalleros de talante muy castizo (para un madrileño como es mi caso es un auténtico gusto contemplar la concepción antropológica, urbanística y dialéctica con la que dotó Vajda a su película) que rondaban tanto los barrios de chabolas de la periferia sita por entonces más allá de la Arganzuela y la Latina como los mercadillos de poca monta del Rastro que albergaban a ilusionados maletillas cuya principal meta era saltar a la arena del circo de Las Ventas para entretener a la burguesía y escasa clase media adinerada de la época. 

Uno de los puntos más hipnóticos del film es sin duda el hecho de esbozar la epopeya a través de los ojos inocentes e intrigantes de Pablito Calvo, el cual recorrerá un tímido viaje desde la niñez a la madurez con el único vehículo del mísero ambiente que rodea su existencia junto a su tío Jacinto (interpretado por un Antonio Vico que se desprendió de su habitual vena cómica para cincelar uno de esos personajes dramáticos que dejan huella en el aficionado al cine). 

La cinta arranca con un maravilloso plano de atmósfera arrabalera y eminentemente perteneciente al cine social de trincheras de aquellos tiempos, de modo que contemplaremos a un cartero que trata de entregar una carta enviada por un empresario taurino a un veterano e ilocalizable maletilla llamado Jacinto, una eterna y decadente promesa de la fiesta taurina a la que su mala cabeza y su querencia al alcohol han convertido en un títere sin cabeza que vaga sin pena ni gloria por bares arrabaleros en busca de ahogar sus penas en las fauces del vil liquido demoledor de conciencias. Finalmente el cartero localizará a Jacinto en uno de esos barrios de chabolas surgidos en las afueras de la ciudad, barrio en el que el decadente aspirante a torero vive junto a su sobrino Pepote en condiciones infrahumanas. A pesar de lo lamentable del ecosistema, Jacinto y Pepote llevan una vida más o menos feliz, libre de las preocupaciones impostadas que la vida moderna y el dinero imponen a los esclavos que anhelan su quimérica posesión. 

                   

La carta anuncia la intención del empresario remitente de contratar a Jacinto para una corrida a celebrar en Las Ventas. Sin embargo, para poder cumplir su último sueño de triunfo taurino, Jacinto deberá reunir las trescientas pesetas que cuesta alquilar el traje de torero que por circunstancias no posee. A partir de este momento, la cinta adoptará la forma de una epopeya homérica y a contra-reloj, filmada prácticamente a tiempo real, que narrará la ilusoria búsqueda de Jacinto y Pepote del dinero necesario para poder alquilar ese traje de luces que representa la última oportunidad de triunfo y salida de la miseria de tío y sobrino. Vajda narrará dicho viaje plasmando con una maestría supina el ambiente cotidiano del Madrid de los cincuenta, el cual devorará poco a poco las esperanzas de Jacinto y Pepote en sus ansias de salir de los márgenes de la sociedad, retratando así con una destreza y maña a la altura de los grandes autores neorrealistas, el ecosistema urbano y chusquero de una ciudad habitada por una serie de fauna envenenada por el olor de la carencia y la desgracia que tratarán de sacar provecho en su propio beneficio de las penurias sufridas por Jacinto y Pepote. 

El hecho de concentrar buena parte del nudo estructural de la historia en la epopeya vivida por Jacinto y Pepote en su lucha por reunir el dinero suficiente para poder alquilar ese vellocino de oro representado por el traje de faena, reviste el hilo argumental de Mi tío Jacinto con la esencia de la gran obra maestra del neorrealismo italiano que es Ladrón de bicicletas. Al igual que en la cinta de Vittorio de Sica, Vajda agrupa los cimientos de su obra alrededor de la infructuosa lucha por salir de la pobreza de un padre y un hijo (en la película española a pesar de ser un tío y su sobrino huérfano, son claras las reminiscencias paterno-filiales que empapan la relación establecida entre Jacinto y su sobrino Pepote). El traje de luces hará las veces de esa bicicleta hurtada al Antonio de de Sica, y la mirada de veneración y amor de Pepote hacia su tío Jacinto se confundirá con la emanada por Bruno hacia su infortunado padre. Ambas cintas reflejan una visión desgarradora y destructiva de una sociedad articulada en base a la pobreza moral y económica en la que apenas existen huecos para florecer el oxígeno y la esperanza. Del mismo modo Vajda elude todo juicio moral hacia la galería de innobles personajes que surgen a lo largo del metraje, siendo los mismos un reflejo especular de ese ladrón de De Sica al que la indigencia obligó, posiblemente contra su voluntad, a perpetrar el hurto de la herramienta de trabajo de Antonio.

                

Ciertamente fascinante es sin duda el hecho de que una cinta con una potente carga explosiva de crítica social que reflejaba de modo cristalino la indecencia, el hambre y la privación de todos los medios necesarios para llevar una vida digna en la España de los cincuenta, solventase los obstáculos de la censura, dando testimonio fidedigno tanto para los españoles de la época como para los espectadores del resto del mundo, del ambiente mezquino, cochambroso, cruel y famélico existente en la España franquista de aquella época gracias a los fotogramas impactantes e irrefutables irradiados por Vajda y su equipo técnico. Y es que Mi tío Jacinto es una cinta de brutal realismo, a veces aderezado con inspiradoras gotas de humor gracias a la presencia de unos estupendos actores más habituados al vodevil y la revista que al intenso dramatismo tales como un joven Miguel Gila o un siempre magistral Pepe Isbert, que nos evoca directamente a esos viejos, no tan alejados, tiempos en los que las familias españolas vivían en pocilgas erigidas bajo techos de cartón y aluminio robados en desguaces y almacenes de quincalla en las que no había rastro alguno de las modernas e innecesarias comodidades que poseen las actuales urbanizaciones. Y es que la felicidad de Pepote no dependerá de la posibilidad de jugar al padel o chapotear en faraónicas piscinas, al contrario, la felicidad de Pepote consistirá únicamente en visualizar la sonrisa paternal de su tío Jacinto a pesar de que el infortunio le persiga.


Autor: Rubén Redondo. 

lunes, 2 de junio de 2014

THE ARTIST


                  Resultado de imagen de the artist 2011         

Posas el vaso en el tocador del camerino y su tintineo estalla
en el atónito silencio del espejo y de tu espanto,
el chirrido de un timbre te trepana los tímpanos,
repica el lápiz en la mesa con el augurio de campanadas de difuntos,
y al cerrar la navaja el chasquido suena a un disparo a bocajarro:
has sido expulsado del paraíso de silencio donde tú, George Valentin,
el nuevo Valentino, el novio de oro del cine mudo
cuyo rostro fulguraba sobre el fondo oscuro del inconsciente colectivo,
solo oías una tempestad de aplausos y vítores.
Porque el silencio era tu imperio, un espacio en blanco donde el metraje
se escandía y cada espectador escuchaba el canto imaginario de su sirena.


Pero ahora te ladra tu perro, el teléfono aúlla, crepita la seda de tu camisa,
y los obstinados tacones de tus zapatos pautan la arritmia de tu pavor,
rechina la puerta, detona el portazo, el sol martillea, trepida el estudio,
tres actrices desintegran la mañana en esquirlas de risas,
y cuando ves que un papel se balancea por el aire como un pájaro herido
o una hoja de otoño y explota en el suelo con un fragor de metralla
comprendes que el horror del sonido se ha instalado en tu dicha sin palabras
y que estos ruidos son el rumor de tu ruina, el primer eco de tu ingreso
en el vestíbulo de una pesadilla donde resuena un cóncavo pandemónium.
Aquí todo es tan falso como en el cine pero no logras despertar,
crispas el rostro con la muecas y visajes de tus exageradas actuaciones.
Un zumbido descompone la realidad en figuras centrífugas que se dispersan
como piezas de un rompecabezas que se desajustara a cámara lenta:
solo es el decorado de una superproducción desarmado por los operarios
y un empleado te grita que la Kinograph no rodará más películas mudas.
Sabes que tu anémica, cadavérica voz no merece ningún oído,
que con ese estrépito se ha derrumbado tu carrera, que tu pasado será un sueño
un fragmento de cinta cercenado en la sala de montaje,
una toma descartada de una escena repetida cien veces,
una secuencia entera arrancada del libreto del guión en la papelera.


Humo son tus fugas, intrigas y salvamentos en el último minuto de celuloide,
humo tus veladas de champán, rubias platino y sombreros de copa,
humo las portadas, los premios, las pasarelas, los aplausos,
humo tu silueta tramada en el tapiz chillón de los mitos populares,
humo los autógrafos, las entrevistas, las cartas, las sonrisas,
humo tu matrimonio, monótono, rutinario como una película alimenticia,
humo tu amor, Peppy Miller, la chica que abrazaba a tus fantasmas,
humo su amor, cómplice del baile y de la alegría, demasiado joven para ti,
humo vuestro amor, una ilusión parecida a la pantalla de transparencias,
humo aquel silencio de la pantalla, humo los eufóricos años veinte,
todo humo de un fuego infernal que ahora chasquea hasta ensordecerte.


Sí, tu pasado ya es el argumento de una película perdida y olvidada,
o un actor envejecido que suscita compasión con sus gestos exagerados,
te sientes encerrado en un argumento lacrimógeno o una pesadilla,
pero el verdadero sueño es tu éxito y la vigilia tu fracaso.
El productor grita que no tienes nada que decirle al público
y solo ves alambres con lenguas ensartadas que agitándose te insultan,
sordo a todos planificas la producción de otra película muda
porque tú no necesitas hablar: tus ojos hablan, tu cara habla, tus manos hablan.
En Hollywood cada gota de lluvia es un perdigonazo a tus esperanzas,
toda tu vida se ha convertido en un estrépito de catarata que te arrastra,
y mientras que Europa se hunde bajo las voces de los dictadores
los vendedores de periódicos vocean otra bomba: el crack de la bolsa,
estás arruinado, te das al whisky, los cubitos cascabelean como una serpiente,  
la copa se astilla y por la grieta se hunde tu vida en un alud de lágrimas
Los oídos te zumban, los truenos retumban, ruge el mundo
en una batahola de micrófonos, altavoces, megáfonos,
y solo te queda el silencio de la soledad, de la lluvia y de la muerte,
el del cauce seco de salas vacías donde se proyectará tu película.
Al fin despiertas: ves una telaraña en el cielorraso y a tu lado la botella
que al tocarla te recuerda la fría piel de un cadáver y tintinea
con un gemido de prostituta aterida de miedo.  

    

lunes, 26 de mayo de 2014

ENCADENADOS (NOTORIOUS)


                                    

Una cosa os digo, camino, lo sé, del siniestro horizonte
que aguarda a los antagonistas: hay nazis buenos y nazis malos,
y agentes de la CIA buenos y malos, y si no miradnos a los tres
bajando por la eterna escalinata de mármol de mi mansión,
entre mi zapato y cada escalón dilatándose mi negro odio a Devlin,
mi amor truncado por Alicia, la sucesora de Mata-Hari,
y mi blanco miedo por mis colegas, que nos observan desde el vestíbulo,
sí, miradnos a los tres: a mí, Alex Sebastian, el réprobo más romántico,
en cuyos sentimientos han cifrado ellos dos su código secreto,
mirad al noble Devlin, que se la lleva al hospital para purgarla del veneno
y de las huellas que en su piel hayan dejado mis manos apasionadas,
pero que ha permitido que su amada haya sido la inquilina de mi cama
con tal de decorarme la casa con ojos y orejas que espiaran mi vida,
y miradla a ella, Alicia, de la que hace años me enamoré en Washington,
y con cuya cabeza hasta reencontrarla he soñado aureolada de llamas:
su rostro no ha dejado de subir y bajar por el profundo pozo de mi deseo,
ni su busto de relucir contra el sol que no se ponía de mis esperanzas,
cuatro delirantes años viviendo de visiones, muriendo de ilusiones,
proyectando su silueta a través de la lente opaca de mis ensoñaciones,
pero también en la desenfocada pantalla de mis obsesiones sensuales
y combinándola en las infinitas variaciones de mis fantasías,
cuando hace dos meses, tras tanto soñarla en una cabalgada tras otra,
me la crucé en la hípica sobre un bayo, y vi su cabeza oscilando
contra el juego de las palmeras y las olas, la gloria del sol y el mediodía,
su cabeza coronada por aquel fulgor de fuego con el que la había soñado,
y mi deseo se desbocó en la pista como un semental sin freno.


Reanudamos relaciones y creí encantarla con mi apostura,
encandilarla con mi galanura, arrebatarla de pura locura,
porque a su lado yo me veía más alto, más guapo, menos nazi,
casi tan atractivo como ese maldito Devlin, que en las fiestas
surgía como una nota falsa de la orquesta, un vino picado,
un elemento discordante, un mueble que no casaba con el ambiente.
Alicia y yo nos casamos, fue como si la propia vida al fin me aceptara,
y como alianzas los días nos enlazaron en aros de dicha,
menos mi madre todos admiraron su belleza de Walkiria,
tan ingenuos como yo, que en vez de escrutarla a la luz de la razón,
a contraluz la veía recortada en la falaz transparencia de mi alegría,
erguida contra el sol deslumbrante de la felicidad cumplida,
o tendida en la penumbra vertiginosa de los amores consumados.


Ciego de placer no la veía tergiversar razones y amputar cajones,
ebrio de dicha no la veía profanar armarios y manipular llaves,
descifrar claves, enmadejar excusas, urdir tramas de araña,
mi dicha volaba como un globo que se me escapara de la mano
o henchido de orgullo más bien era yo mismo ese globo que subía
hasta que de un tirón mi madre me bajó del arcoíris al polvo:
me había casado con una espía de la CIA,
(la miré mientras dormía: sentí en las venas una oleada
idéntica a la de la noche de bodas, pero para matarla)
y este Devlin es su amante y su enlace, un agente pero no de viajes,
cada vez que los veía de lejos, en la embajada o en el hipódromo,
a través de los perspicaces prismáticos de mis celos,
los unía un vínculo invisible, como si estuvieran encadenados por el deseo,
y sabía que pronto, -hace un instante-, los descubriría en la cama,
y ahora baja abrazado a ella como una hiedra o la Hidra,
amenazándome con delatar mi incompetencia a mis cómplices
si no los dejo salir a la luz del día, al resplandor de la vida.
No le temo a la sombra de la muerte, y si no fuera por mi madre,
que sale de su dormitorio y me anima a dejarlos partir,
ya que de todos modos mi amor me ha matado en vida,
me gustaría que a los tres nos habitase la misma noche,
porque una cosa os digo a vosotros, que nos veis aún en esta escalinata:
en la vida no hay buenos ni malos como en las películas
y los nazis podemos amar a alguien incluso más que a la muerte.

             

lunes, 19 de mayo de 2014

MYSTIC RIVER


                  

Hijo mío, había una vez un niño al que dos lobos convirtieron en lobo,
sí, este cuento como todos los de niños también es de miedo,
y al morderle la vena de la pureza le transfundieron la sangre de lobo
y el niño quedó abominado bajo la maldición de ser otro lobo,
y hay un hombre que las noches de luna se convierte en aquel niño lobo,
que en el bosque de la noche, en un silencio de lobos, se vuelve astuto,
con dos luciérnagas por ojos y una navaja en cada pezuña,
y luego el hombre se despierta con las manos bañadas en sangre de lobo,
con puñados de pelos de lobos que en sus correrías sin hambre ha devorado.
Es un hombre que ciertas noches se convierte en un lobo para los lobos,
cuando recuerda que nunca fue un niño o un cachorro como los demás,
que allá donde estuviera se sentía como un huérfano sin nombre.


Al principio el hombre que se convirtió en niño lobo fue un niño como tú
que justo habitaba esta calle, donde ahora vivimos con tu madre,
y la misma alcantarilla aún engulle como un lobo las bolas de hockey,
y evolucionados autos se llevan los mismos sueños de renovados vagos,
y en las cabinas y las máquinas habrá millones de dólares en monedas
y en todas las ilusiones perdidas de generaciones de jóvenes frustrados
que como desdentados lobos a Caperucitas ven pasar las oportunidades.
Allí fue donde ese borracho de lengua incomprensible llamado destino
me eligió a mí en lugar de a Jimmy o Sean, el empresario y el policía,
como el niño al que los hombres lobo secuestrarían y encerrarían
para desollarme la piel de la inocencia y trizarme la entraña,
clavarme los gritos en el suelo y aherrojarme en las tinieblas del miedo,
cada vez que entraban en el sótano portaban como un arma la noche consigo,
el dolor era tan rojo y tan negra la esperanza de que nadie me rescatara,
que tuve que imaginar que era otro el niño al que habían secuestrado,
acaso Jimmy, el valiente que grababa su nombre en todas partes,
o tal vez Sean, que se preocupaba de que se cumplieran las reglas de juego,
y las fauces de aquellos dos lobos me inocularon esta maldición de lobo,
porque hijo, si no te hubieras dormido sabrías que yo soy el hombre
que se convierte en niño lobo y se despierta con sabor a carne de lobo.
Al escapar me prometí ser un niño lobo que se vengara de los hombres lobo.


Hijo, por suerte no me escuchas, también yo tengo que dormir
y olvidando mi papel de solitario niño lobo volver a ser tu padre,
dejar de correr a paso de lobo y de aullar a culpables lunas,
y amnésico de este espanto volver a ser el marido de tu madre,
porque ahora cada vez que me acerco a ella husmeo el olor del miedo,
no lo recuerdo bien pero como niño lobo hace poco devoré a mi último lobo,
desperté con un corte en la mano y bautizado en lágrimas y sangre de lobo,
justo la noche en que otro hombre lobo devoró a Katie, la hija de Jimmy.
Cuando padre e hija se miraban en una fiesta era una fiesta de dos invitados,
parecían los dos últimos creyentes en un dios olvidado,
los únicos presos de una cárcel, dos astronautas en el espacio,
y ahora que han rastreado las huellas falsas del lobo que la desgarró
confunden al hombre lobo con el niño lobo y creen que la devoré yo,
todos me creen culpable, Sean, Jimmy, los amigos, hasta tu madre,
y eso es porque aquellos dos primeros lobos me corrompieron la sangre
y ahora en mi rastro todos reconocen el hedor y el hambre de lobo,
pero no saben que aunque me contagiaron la sed de sangre, solo derramo
la sangre de los lobos que beben la blanca sangre de los corderos,
no saben que soy un lobo que solo es lobo para los lobos
que convierten a los niños en niños lobo
que ya no volverán a tener bolas, monedas o ilusiones que perder.         

  

lunes, 5 de mayo de 2014

ORDET (LA PALABRA)


                  

La piel de Inger se deshiela, rebrota el río de su sangre,
se va fundiendo la mujer de hierro que en el féretro la suplantaba,
el mármol de su carne se anima, le tiembla un párpado.
He dicho: Jesucristo, dame como a un poeta o un profeta la Palabra,
el único Verbo que antecede a la realidad, y que vuelva a darle la vida, 
porque después de cinco años me he vuelto cuerdo y el mundo loco,
ya no me creo Cristo, no me veo en las manos los estigmas de los clavos
y ellos al fin no se aferran al clavo de la lógica con la absurda desesperación
de quienes creyéndose a los labios del abismo cuelgan a un palmo del suelo.
Solo quienes tienen fe serán admitidos en el Reino de los Cielos.


Había yo perdido la razón para repartir la fe con los panes y los peces,
perdido mis ojos para alumbrar las tinieblas con el candelabro del alma,
perdido la voz para encontrar la Palabra que es una metáfora de mi Padre,
perdido mi libertad en la granja para que no volvieran a crucificarme,
perdido mi nombre de mensajero, Johannes, para ser Hijo del Hombre,
había perdido mi sombra para convertirme en la luz del mundo.
Creían que las dudas razonables de Kierkëgaard me trastornaron la razón,
todos igual, mis dos hermanos, mi cuñada Inger y mi padre carnal,
que en mi cabecera tanto rezara para que la Teología me convirtiera
en el pastor que guiara a su rebaño a pastos más frescos del Espíritu.
Pero si mandaba a mis inauditas parábolas a caminar sobre las aguas,
si con descalzos sermones como un Pescador echaba la red a los incrédulos,
si con mis prédicas exorcizaba a los negros cerdos de la razón,
si con un cetro de mimbre regía a las invisible multitud de mi Reino,
si el viento de mis palabras solo combaba la voluntad de espigas y arbustos
y apenas hacía cimbrear a juncos y cañas tan huecas como los hombres,
era porque mi Padre del Cielo había vuelto a enviarme para darle testimonio
y desmentir a la Iglesia que me había traicionado en mi propio nombre.
Entre los suyos no hizo milagros porque allí no le creían.


Iba como un sonámbulo por las cornisas de los sueños y las oraciones
de los míos, pero en vez de extendidos adelante llevaba los brazos en cruz,
como un espantapájaros o un fetiche muy visto y ya olvidado por todos,
tanteaba yo en busca de un milagro en el que alguien pudiera creer,
acaso un espantapájaros que andara, un fetiche que bendijera con la mano,
en busca del milagro de alguien que aún creyera en los milagros,
vagaba como un fantasma suscitando la piedad de quienes merecían piedad,
ignorado por quienes se ignoraban a sí mismos y sin saberlo se desvanecían
y empequeñecían alejándose aspirados por horizontales pozos de viento,
cuando al mirar a Inger bordando vi cómo su calavera le absorvía la cara,
aquella mañana los huesos de su cráneo le chupaban con gula las mejillas
y en su lugar vi a su esqueleto trazando en el bastidor su destino,
volvió a encarnarse en su belleza, pero su hija pronto sería huérfana,
y consolé a la niña diciéndole que desde las estrellas y la luna su madre
le mandaría ropas más blancas, una leche más fresca, cielos siempre claros,
y con las gemas de sus lágrimas logré engastar el único diamante de la fe.
Y cogió a los niños, los puso en su regazo y los bendijo con la mano.


Y vi que cruzaba la pared el Padre Cruel trayendo el reloj con la arena abajo
y la guadaña que primero descuartizó al niño en las entrañas de Inger,
el Padre que viene a recolectar las vidas que él mismo ha sembrado,
el Padre que lega la muerte a los hijos que solo creyeron en la muerte,
y no pude impedirlo porque en casa nadie creyó que yo pudiera hacerlo,
y no pude convencer al Padre porque yo no había convencido a ninguno.
Buscaban uvas en las zarzas y no veían las vides, la vida.
Y luego volví a oír el rumor de la guadaña cortando la hierba a contrapelo
aunque me dijeron que solo era el auto del médico marcha atrás,
y volví a ver al Padre Cruel cruzando la pared como un ladrón fantasmal
aunque me dijeron que solo era el destello de los faros en el estuco,
y que no me preocupara porque según la ciencia Inger viviría.
Cuando la hallaron muerta les dije que solo estaba dormida,
y que como a Lázaro yo podría despertarla pero siguieron sin creerme.
Me fui: Me voy y me buscaréis. Pero donde voy, no podréis venir.


He vuelto para el entierro. Y gracias a la fe de la hija de Inger,
que prefiere la cálida ternura de su madre a la fría leche de las estrellas,
el alborear de su sonrisa a tenerla en el cielo como remota protectora,
poder tocarla a probarse los vestidos que le tejiera con la tela de las nubes,
el mundo se ha vuelto lo bastante loco y yo cuerdo para decir:
Jesucristo, si es posible, devuélvela a la vida,
dame como a un poeta o un profeta la Palabra que da la vida,
Inger, en el nombre de Cristo te ordeno que te levantes,
y como nadie tiene más ansias de amor que los muertos
la piel de Inger se deshiela en súbita primavera, rebrota el río de su sangre,
el mármol de su carne se anima, le tiembla un párpado, abre líquidos ojos
y ahora que he dejado de creerme Jesús de Nazareth logro que crean en Él,
o quizá ahora es cuando me he vuelto de veras loco y el mundo cuerdo,
porque veo que he recuperado mis ojos para caer en la tiniebla,
he recuperado mi nombre para de pronto olvidar la Palabra,
he recuperado la razón para caer en la desesperación,
he recuperado mi voz para repartir el silencio,
he vuelto en definitiva a ser hombre.