miércoles, 29 de noviembre de 2017

ODA A LUIS BUÑUEL



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Luis Buñuel, alacre alacrán del desierto aragonés,
aragonés –y sordo- como Goya y Servet,
pero también como Sade y Voltaire francés,
orate, blasfemo orante con palabra de acíbar, de hiel,
padre de Nazarín de Nazaret,
no hay más que verte, enemigo de los clichés,
tus rasgos parecen tallados a troquel,
tienes una cara excavada en cristal de roca o piedra pómez,
como una cuchilla el filo de tus planos corta la pupila de la cámara,
tienes aspecto de sacristán
con el corazón embadurnado de chocolate o alquitrán
pero con tu lente enfocas la disección de una clase social,
tienes ojos de besugo putrefacto
pero en el abierto párpado blanco de la pantalla
enhebras tus tranquilas obsesiones, tus obvias contradicciones,
tus deslumbrantes revelaciones, tus sombrías iluminaciones,
apóstol apóstata, ateo maniqueo,
tu vida es un puente de lianas entre los jesuitas y los surrealistas,
Breton destazó el vientre de una nube preñada de halcones
para mostrarte las vísceras de la luna que San Ignacio te ocultaba,
Buñuel, hereje iluminado, mártir de productores,
truculento humanista, cineasta tremendista, fetichista,
español esencial, bestial, irracional, visceral,
pionero del documental,
excavaste un túnel secreto de Los Monegros a Las Hurdes,
agraciado con el don de la inoportunidad,
antisentimental, anticonvencional, para ti lo moral es inmoral,
explorador de la mente,
revelaste los atajos del inconsciente, lo desbrozaste
con el filo de tus imágenes, un machete
que corta las lianas y malezas de la culpa,
descubridor del caudal del deseo, un río con cabellos por algas,
del horizonte espejeante de espejismos de la psique,
de los monstruos y cambiantes paisajes del subconsciente,
de los montes de la rebelión y los valles de la depresión,
entomólogo de hombres avispa, de psicópatas inocentes,
cartógrafo exacto del vago país de los sueños,
cronista de las grandezas y miserias de los solitarios
Simón, Robinson,
pintor en tabla rasa de tonos pardos, grises, ocres,
realista y surrealista, Mirbeau y Dalí,
compusiste la descomposición de un burro,
un desgraciado que acarreaba el piano de sus culpas,
un obispo mitrado y defenestrado,
el guarda de un añoso bosque que mata a su retoño,
surrealista y realista, Aragon y Galdós,
a través de la ceguera de los hombres delatas la ilusión de Dios,
a través de la tristeza de los niños la crueldad de los adultos,
a través de un náufrago sabio las injusticias de la civilización,
Buñuel, antiburgués,
sacrílego celebrante de liturgias, esas muletas del poder,
profano artista que profana los cadáveres de los ritos y costumbres
pero amante de los misterios, incluso los de Dios,
de un manotazo descubres la estatua terrible del amor,
el ángel que con una espada alienta en nuestro interior,
desvelas el busto del deseo en movimiento y libertad,
maestro de la antítesis, de la perífrasis, de la antífrasis,
del sí pero no y quizás sí,
recreador de Tristana y de su hermano Nazarín,
autor de películas mexicanas que no parecían mexicanas
sino universales,
la última de ellas ni siquiera película sino pesadilla,
hipnotizador de los espectadores con el ballet de los actores,
con el dinamismo de las imágenes y de la cámara en movimiento,
Luis Buñuel, jefe de pista
que abre la jaula de las insaciables fieras de la imaginación.
      




















martes, 9 de febrero de 2016

ODA A ORSON WELLES


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George Orson Welles,
Shakespeare del cine,
también tú borde bardo bordador de metáforas,
ambos bordeáis lo divino, inventores de la poesía y el cine
que los hombres habrían creado en la torre de Babel,
como él eres universal y a veces invisible, según Borges todos y nadie,
actor, autor, director,
los dos de rostro etéreo, venéreos, venusianos, marcianos,
embozados tras una capa tejida de pétalos rojos y mariposas negras,
con el misterio pululante en el brocal de vuestros párpados,
como pasó a Charles Foster Kane, George Amberson Minifer o Hamlet
un extraño usurpó tu sitio en el lecho de tu madre,
la ausencia de ella te expulsó de niño del reino de los adioses
pero el dolor convocó en tu mirada los espíritus de la emoción y la belleza.
Como Kane, Amberson, Hamlet, empezaste en la cima de tu gloria,
y en el vértigo de tu apoteósico descenso brillaste como un ángel caído,
primero artista bendito y después maldito,
hijo prodigio y pródigo de Hollywood,
Welles, tu versión de Wells invadió el mundo con una pandemia de pánico,
y la meca del cine te regaló una lámpara maravillosa, la RKO,
para que dieras a la luz y a la sombra las mil y una historias que gestabas,
y para crearlas podías frotarla y pedirle al genio tres millones de deseos,
solo que el genio eras tú, Orson-Cagliostro-Ariosto,
que en los espejos paralelos de tus ojos armabas el decorado de los sueños,
que con la batuta de tu puro suspendías el silencio más allá del tiempo,
que con el ángulo de tus contrapicados conquistabas el cielo,
que con la profundidad de campo nos acercabas la línea del horizonte,
que en las frases de tus planos retrasabas el punto y seguido del fundido,
que con la sed de sombras de tu lente creabas el esplendor de un espejismo,
que con tu sentido espacial pintaste escenarios que se precipitaban al vacío,
que con la epilepsia de tu cámara escenificabas la muerte de tu padre,
hombre del Renacimiento si no fueras tan barroco,
un artista tenebrista que en el claroscuro componía imágenes ingrávidas,
vanidad de arabescos que titubean en un escorzo de instantáneas sombras,
monumentos de sonido que se desploman en el esplendor de su decadencia,
inventor del gran angular,
tú deberías haber sido el capitán Ahab
o la Ballena Blanca, Leviatán,
Calibán,                
o más bien el demiurgo Ariel,
Orson-oso, gigante, mastodonte, formidable, tótem de los hotentotes,
y también dinámico y formidable, errante, ligero y trepidante
como si tu querida catedral de Chartres fuera itinerante,
cuando para financiar tu versión de Cervantes, cineasta andante,
caballero de la genial figura, idealista en pugna con el tiroides,
alquilabas tus inmensurables libras de carne para incorporar personajes
y cámara en ristre salías por las carreteras de Europa o en yate
a liberar al cine del encantamiento del pop y del cine de autor,
Orson, sensual Falstaff, dionisíaco y afrodisíaco gourmet,
con la barba de perlas y mandrágoras, corales y caracoles,
tu tristeza tenía la sonrisa de un niño que juega a ser mago,
tu belleza tenía el descaro de un joven que juega a ser malo
(Harry Lime, bisnieto de Macbeth, que de haber vivido
se habría convertido en Mr. Arkadin),
tu mente tenía una lente que potenciaba cada imagen,
tu mirada tenía una cámara oscura que hechizaba la vida.
























lunes, 8 de febrero de 2016

ZELIG


                  

 Ya no esperaba que usted, Woody, un cineasta camaleónico, esta vez bajo la condición de documentalista paródico, recurriera a mí, Mr. Allen, una de las múltiples variaciones o escisiones esquizoides de su personalidad, el intelectual comprometido –conmigo mismo, se burlaría usted-, el cronista de su tiempo, el crítico que desde su eminente atalaya –sí, dígalo, a ser posible un ático de lujo en Mantattan-, analiza los acontecimientos del siglo XX, recabara mi opinión sobre Zelig; y ha constituido una sorpresa que me reclamara a dar mi testimonio en este plató decorado como si fuera mi despacho, porque paulatinamente he sido marginado de la icónica imagen que de sí mismo, Woody, le ha interesado cultivar, el arquetípico judío neoyorkino, cómico y patético, irónico e histérico, hipocondríaco y escéptico, que se burla del mundo empezando por usted mismo.
            Se lo diré de una vez, antes de que me prive de metraje: en cuanto conocí el caso Zelig supe que usted se basaría en la versátil personalidad de éste, en sus múltiples metamorfosis de personalidad, en este Proteo –no Prometeo- moderno para indirectamente referirse a sí mismo. Sí, ésta es la enésima prueba de su narcisismo solipsista, Woody, de su ensimismamiento en sí mismo –valga la redundancia-. Sostengo que Zelig es una metáfora del artista, y por ende de usted mismo. Por favor, no me replique, estos siete minutos me pertenecen, y espero que mi erudito, equidistante, ecuánime plano medio se sostenga en una secuencia continuada y no sufra ningún corte, doblaje o trucaje típicos de ustedes los cineastas.
            Mi declaración se articula sobre un estricto criterio histórico crítico, pues por razones cronológicas –como le consta a usted, exacto coetáneo mío- no viví la época de Zelig, la era del jazz, y la primera prueba que aduciré como demostración de mi tesis finca en la intimidad de Zelig con artistas como Fitzgerald o Gershwin. Desde el principio me fue transparente la que para tantos analistas resultó opaca cuestión de Leonard Zelig, aquel judío enclenque e insustancial, en apariencia tan feble y ligero como una hoja al vuelo de cualquier otoño de Central Park, con ojos de batracio tras el cristal de pecera de las gafas, y aire de Buster Keaton con voz propia, que involuntariamente adoptaba el físico y se adaptaba al intelecto de su acompañante de turno. Y así, si conversaba con un psicoanalista vienés, perdía el pelo y le crecían perilla y un puro en una boca que emitía consonantes forjadas metalúrgicamente al fundar su teoría de la masturbación como sublimación de la frustración de los instintos creativos; si compartía mesa con un boxeador, se le partía la nariz, varias tiritas le ribeteaban la mandíbula y se le fortalecían bíceps y deltoides, al tiempo que su capacidad expresiva se debilitaba; si jugaba al ping pong contra un chino, la tez se le volvía cetrina, con la pala por primera vez blandida desplegaba un juego demoledor, y los ojos se le rasgaban en rendijas. Y así sucesiva, infinitamente… Voy por la mitad de mi argumentación, ¿cómo vamos de tiempo?...
            Pues bien, según confesó él mismo en una sesión de hipnosis a su analista, Eudora Fletcher –en el film tan significativamente parecida a su musa de entonces, Woody, como Zelig parecía su gemelo-, aquel síndrome psicosomático respondía a su necesidad de empatizar con todo el mundo, a su inconsciente interés en caer bien a la gente para sentirse seguro. Lo cual no es sino una alegoría de la facilidad del creador para convertirse en todos sus personajes y fijar como propio, en un alarde de imaginación y perspectiva, cada uno de sus puntos de vista. Esto es, tu propio caso, permíteme que te tutee, ya que somos tan cercanos. Zelig eres tú. Y de ahí que hayas tratado con tan entrañable piedad y evidente complacencia –contigo mismo- a ese neurótico cuya enfermedad acaba salvándolo. Ya solo te faltaba mostrarte indulgente con tus propias taras. Porque el peregrino argumento del film debe su final feliz a una recaída en su manía de transformarse, de suerte que gracias a que ocupaba el puesto de copiloto de repente se convertía en un piloto genial que cruzaba el Atlántico en tiempo récord y con el aeroplano bocabajo… ¿Cómo dices? ¿He revelado el desenlace antes de tiempo? Pues aprovecha para incrustar mi testimonio en el momento cumbre, tanto mejor para la película. Lo cierto es que con aquella anécdota te estabas justificando a ti mismo, Woody, reivindicabas que de tus neurosis, de tu talento imitativo, extraes tu panacea. ¿Me equivoco? Bah, ya cortarás mi intervención según tu conveniencia. En el montaje todo se manipula, ya lo dice su nombre.
            Por lo demás, esa defensa de la enfermedad se contradice con la adoración que Zelig rinde a su analista-esposa por haberle curado. También a ti desde siempre te ha encantado ser un maníaco, has defendido el inalienable derecho de todo neurótico a no ser importunado por ningún metomentodo curandero, y aparentando ser un usuario compulsivo de los divanes, y pocos quedarán en Brooklyn en cuyo cuero no hayas imprimido el molde de tu canijo cuerpo, no has hecho sino caricaturizar a los terapeutas.
            Ya que al parecer aún no me has cortado, voy a seguir fundamentando mi teoría de que ese hombre mutante que es todos y nadie –pues bajo tantas personalidades no subyace un carácter propio, detrás de tantas máscaras carece de cara-, simboliza al creador. Y así, otros rasgos que acercan a Zelig al artista, a ti mismo, serían la concepción de su arte como medio de satisfacer su insaciable necesidad de ser querido; las dispares interpretaciones y hasta apropiaciones que sufre por parte de intelectuales, políticos o grupos religiosos; los destructivos traumas infantiles revertidos a favor de su capacidad creativa; sus recurrentes accesos de misantropía; la radicalidad con que pasó de darle la razón a todo el mundo a practicar la contradicción sistemática; su soledad existencial; su tendencia a la falacia y a la impostura, debida a las sucesivas transformaciones de personalidad, y que le llevó a ser reo de poligamia e intrusismo, un farsante involuntario; su falta de seriedad y formalidad, provenientes de su carácter imprevisible… En fin, una oda a tu polifacético talento, Woody. Zelig se reduce a una justificación de tu vida rodada a mayor gloria de tus instintos más nihilistas y anárquicos, irónicos y aniquiladores –demoledores y paradójicamente creadores- que han acabado por arrinconarme a mí, el intelectual, el pensador lógico y constructivo capaz de estructurar el mundo en categorías mentales. Y espero que ya no quede más cinta porque no tengo más que decir y me temo que en vez de lograr mi secreto objetivo de que te fueras asimilando a mi personalidad y procuraras imitar mi rigor, soy yo el que empiezo a perderlo, a dejar que me fascines y en cualquier momento me reiré de mi seriedad frígida e insoportable pedantería.
                                   

                          

lunes, 28 de diciembre de 2015

EL POLÍTICO


                  

Negro es como la sombra el poder,
de terciopelo el placer de acariciarlo, una adicción como beber,
lo tuyo es sed de gloria, Willie, una borrachera de éxito,
estás solo y ebrio, no sobrio y solitario como yo
antes de que tus ansias de gloria usurparan mi carácter:
soy Mr. Starks,
el granjero que se granjeaba el favor y la amistad,
y como a un cerdo solo te arrojaba la sobras, sombras, de mi personalidad,
cuando aún revolcabas tu orgullo en el lodazal,
apenas habías contraído el germen de la ambición,
y era solo una larva tu afán de dominación.
Un relámpago de tiniebla te congela en el palacio de gobernador,
el flash te deja lívido y funerario, ciego de magnesio,
huésped del mármol y los brocados, tú, mi parásito,
amaestrando tus serpientes para que repten por las fallas de otras vidas,
azuzando a tus sabuesos contra los miedos de los antiguos amos:
solo has venido a sustituirlos con la coartada de sus pecados.
Tras de ti van quedando tus víctimas en los caminos del tiempo,
tras de ti las alpargatas y el arado, el calor y las penalidades,
la noria de las estaciones, las nubes de polvo de las ilusiones,
el condado que recorriste con una Biblia, la bandera y la verdad,
tras de ti el humo de tus sueños, el rastro de la sangre de tu inocencia,
la escuela en cuyas ruinas quienes no te creyeron enterraron a sus hijos,
los primeros hitos de tu carrera, Willie, ya te alimentaba demasiado,
como un domador te arrojaba tajadas, fiera insaciable,
aún te dominaba yo, Mr. Starks, el humilde sin vanidad,
pero en mi interior crecías como un feto o un cáncer, una solitaria,
tú, mi ego de demagogo.
Hambriento es como el amor el poder,
omnímodo y omnívoro, como todo homínido.
De tu palabra surge la obra, del mal el bien,
de la corrupción los hospitales, del cohecho las universidades,
de la explotación del hombre los embalses,
desde tu trono observas el horizonte, al sur quedaron tus dones,
tras de ti tu valentía de toro, tu cruzada contra la prevaricación,
las cimas de la rabia, el valle mortal de la Gran Depresión,
los discursos de paja de un candidato de cartón piedra,
tras de ti tus mentiras verdaderas, tu demagogia sincera,
las noches en blanco fantaseando con que eras aclamado,
tras de ti el sabotaje y el chantaje, las calumnias que hiciste tuyas
cuando aprendiste las artes del verdugo en cabeza propia.
Al fin penetraste en la noche de los poderosos,
a precio de oro te compraron las semillas de tus palabras
para que germinaran como trigo incluso en el secano,
para que las cultivaras como una fruta que a todos les gusta,
para que tras la campaña las cosecharas en forma de votos,
con el fuego de tu ira forjaste el martillo de lo antiguo,
como a cortesanas cortejaste a descorteses apellidos ilustres,
contrataste como guardianes a quienes antes guardabas y aguardabas,
el mafioso Tiny Duffy, la sádica Sadie, el enano Sugar oloroso a pólvora,
y bajo tu mando todo el estado empezó a parecerse a ti,
la gente contaba tus chistes, se fabricaban tus productos favoritos,
te nombraban los estadios, las autopistas, incluso el aeropuerto,
hasta el mapa reproducía el perfil de tu cara terca y porcina,
y entonces, Willie, aparte de comer empecé a darte de beber,
eras adicto al amor, al poder, al alcohol,
ávido del aire a mí no me dejabas respirar, al antiguo Mr. Starks.
Y en las cloacas los mendigos lloraban por tus pérdidas en la ruleta,
las beatas pedían por ti, los brujos te invocaban,
si tú silbabas se apagaba para siempre la ventana de alguna anciana,
cada vez que te saltabas la cena un niño contraía la difteria,
cuando te enfadabas una tormenta purificaba los barrios bajos,
vulgar ídolo del vulgo tallado a su imagen y semejanza,
depositario de la ilusión colectiva, custodio de su confianza,
todos te bendecían y adoraban menos yo, el primitivo Mr. Starks,
por ti, Willie, incorporado, abducido, impostado,
ya no me reconocen los perros, ni mi esposa, mi hijo, ni mi viejo:
casi me ha devorado el monstruo ciego de tu orgullo.

                             
  

miércoles, 23 de diciembre de 2015

ÚLTIMA CARTA DE RICHARD BURTON A LIZ TAYLOR


                  

Richard Walter Jenkins.
Celigny, Suiza, 2 de Agosto de 1984.

Querida Liz, tu grosero, grueso, gran Dick
quiere saber cómo estás, odio mío,
mi cara y mi cruz, sombra y luz,
mi paloma y mi cuervo, por aquí nada nuevo:
el lago opaco, la tapia de lluvia, la ventana ciega,
solo centellea la ágata del recuerdo de tus ojos violeta.
Repta el domingo por la tarde, bebo,
las campanas del pueblo doblan a muerto,
y las hojas del patio corren como ratas de mi delirio,
déjame escribirte que estoy triste como un perro viejo
y que mi soledad es una casa enorme, vacía, inútil como ésta.
La gata amarilla maúlla, ojalá fuera a tu sombra,
a tu silueta de diosa antigua, ama de la primavera y de la lluvia,
sí, puedes enfadarte, te estoy llamando prehistórica,
también la gata te añora, araña el molde de tu ausencia,
parece que le has dejado tus ojos puestos para que no pueda olvidarte.
Como al viento estos olmos se agarran a sus hojas
también yo me agarro a la esperanza de verte.
Si pudieras contestarme que no es demasiado tarde
para el marinero borracho que desea volver a su muelle,
si solo pudieras oír mis gemidos buscando el rojo de tu boca.
Aprieto el corazón contra la ventana
y mi pulso y el reloj de la lluvia repiten tu nombre y el mío,
Liz, Dick, Liz, Dick, Liz
eres como la lluvia y su memoria,
clara y oscura, el arma y la herida,
falsa y hermosa, ardiente y fría.

Te veo a través de mis lágrimas suicidas que tanto te aman,
y erguido contra mi destino me da por pensar que te has quedado,
que el tiempo no ha pasado, que esto no es la carta de un borracho
sino un poema desbaratado,
que Berna es Roma, tú Cleopatra y yo Antonio,
siempre vuelve aquel tiempo que habitamos como huéspedes del éxito:
jets, yates, Monet, diamantes de sesenta y nueve quilates, Cartier,
nuestra cama a la deriva por los remolinos del Tíber,
las caricias de los celos y los mordiscos del deseo,
los seducciones del engaño y el beso de la culpa,
cuando nuestro amor era una playa desierta, idílica, hipnótica,
pero donde siempre se gestaba la tormenta de alguna pelea.
Y otras veces, Liz, me da por pensar que estás aquí,
y me parece que pronto en la almohada lloverá la nube de tu pelo,
que ya mismo la seda de tu piel revestirá las sábanas de satén,
que como la memoria en olvido deshojarás la rosa de tu placer,
eres como una rosa y la mirada que la ve,
abierta y cerrada, la mejor actriz, Liz,
la marea y mi resaca,
el camino y esta casa,
como esta ventana donde fluyen la lluvia y ahora la luna.
                 
Otras veces como ahora no puedo verte por la ventana,
y con la lluvia se desangra la soledad de los cristales,
pero miro con esperanza el correo, el teléfono enroscado,
olvido el rugido de aquel monstruoso Mercedes en la noche
y el maullido de la gata abandonada,
y entonces no creo como ahora
que me suicide mañana cuando llegue el alba,
cuando mi sed sea una niña perdida en un burdel
y me posean todos los demonios de mis personajes desesperados,
cuando mi borrachera sea una vieja que desfallece en el andén
y me alcance tu recuerdo antes de volver a la memoria,
no hay vida sin ti, Liz,
eres el hueso y la vena,
turbia y clara,
el muro y la hiedra,
la hierba que besará mi lápida:
la vida y la nada.

Cariño, te sueño, hasta la entraña te extraño,
el viento sopla en el vacío de tu ausencia,
estas tardes de domingo tienen el ceño de un asesino calvo.
Ya no volverá el instante de tiniebla donde galopabas
sobre la ola de mi orgasmo, de mi órgano, tu Dick,
conmigo en ti te sueño.
Blanca de silencio, negra de insultos
cuelga mi garganta de la luna de la culpa.
Sácame el corazón y latirá mi amor,
maldita, ni me dijiste adiós,
córtame la lengua y apágame los ojos pero podré hablarte y verte,
derrámame el cerebro y pensaré en ti, Liz.
Ya termino, como te digo, por aquí no hay nada nuevo,
el lago opaco, los ladridos del viento, los maullidos,
es domingo por la tarde, no, ya es de noche, y bebo,
repito, a veces olvido que te he perdido,
y esas campanas quizá doblan por mí, Liz,
no por mi éxito, o quizá sí,
éxito en el sentido de salida, fin,
sigue lloviendo sobre esta casa nueva, ruinosa,
que parece que no tiene techo, solo el suelo de tu ausencia,
llueve sobre mí y sobre estas palabras borrosas,
que te nombran, Liz, Liz, Liz,
saludos de tu Dick.

                    

jueves, 17 de diciembre de 2015

EL SIRVIENTE


                   

Elegante y formal, solemne, puntual como una muerte amable
llegaste mientras dormía, Barrett,
sutil, suave, desasosegante, dulce como una hemorragia en agua caliente,
ya antes de entrevistarte decidí contratarte como asistente,
tu halo de caballero, tu tacto suave, tu paradójica clase
te recomendaban como el mejor sirviente.
Y repartiste tus dones incluso en este piso uterino, asfixiante,
como un buen padre me prodigaste tus atenciones,
como un amante distribuiste tus favores por todos los rincones,
con elegancia de poeta secreto y eficacia de sicario
te adelantabas a mis deseos como una madre a los de su hijo:
una jofaina o una aspirina, un brandy de dandy o el vino adecuado,
encantabas este recinto, lo hacías mágico con tu discreción, tu silencio,
tus guantes blancos volaban como palomas amaestradas
o los objetos y enseres te obedecían por telequinesia,
sacabas brillo a las ocultas facetas de tus posibilidades,
te investías del smoking de tus responsabilidades,
y después de que te volvieras imprescindible para mis comodidades,
el leal custodio de mi lar, el grillo del hogar,
después de que en las reformas prescribieras la pintura y la arquitectura
de la casa de un arquitecto, un criterio clásico (Chipendale, Reynolds),
después de que te convirtieras en el escenógrafo de mi lujo claustrofóbico,
en el jefe de pista de mi circo privado, tramoyista de mi decorado,
después de que con un pitillo o una copa te hicieras perdonar
tu irrupción, interrupción de un coito que Susan y yo no reanudamos jamás,
contraje una parálisis mental,
una especie de metáfora que describiera los defectos de mi clase social,
durante un invierno eterno, un gélido averno,
por la ventana veía caer una nieve que me amortajaba el alma,
y tu limpieza dejaba en el ambiente una mota que me aturdía,
una especie de polvo blanco, un moho o gas que me adormecía,
y cuando despertaba en un relámpago de horror descubría
que como una lluvia turbia, nieve sucia, te habías filtrado en casa
gota a gota, copo a copo de aquel tedio que como una capa de polvo
barnizaba los muebles y corrompía la piel de las paredes,
minaba los huesos de los pilares y pudría el espinazo de los escalones.
Y luego en este laberinto de recovecos y corredores,
cuando la noche de mi deseo con manchas de niebla caía en los salones
y en el lirio moreno del cuerpo de Vera, la asistenta,
tu novia que al principio era tu hermana,
en este castillo encantado no detecté tu sombra que nos vigilaba,
el espía negro de tu astucia, el guardia de tu paciencia
que nos acechaba en los vericuetos del sexo:
me pusiste a la mentirosa Vera como cebo.
Y ya cautivo de mí mismo, trabado en vuestro descaro,
aherrojado por su piel de gacela, sitiado por la sonrisa de su lujuria,
preso de este círculo mágico, clausurado en el tiempo disecado,
esperando que ella me descerrajara un beso,
mientras que me servías sin servirme,
vertías una copa y tú mismo te la bebías,
profanabas los cadáveres de las rosas que Susan me enviaba,
descuartizabas sus tapetes y cojines en una hecatombe de plumas,
del hilo telefónico dejabas colgada su voz estrangulada,
regabas las plantas con clarete y servías el vino con la regadera,
dejabas caer la ceniza del cigarro en un pétalo de orquídea
y que un corazón de manzana germinara en la trama de la alfombra,
Vera y tú usurpasteis mi cama y apenas pude decirte nada:
yo estaba en la misma posición que tú respecto a ella,
hipócrita, horizontal, de falsa ventaja (hipotenusa tendida entre dos catetos)
y se acercaban estos tiempos de cambios en que vivimos como amigos:
tú me llamas Tony y yo a ti Hugo,
te emborrachas, trasnochas, juegas,
aunque sigo dependiendo de ti porque lo haces todo:
me planchas, cocinas, me limpias y degradas,
pero ahora vistes de blanco, con desaliño, te quedas dormido,
eres vulgar, impuntual, desvergonzado como el sexo:
eres un caballero y yo pronto el criado.