lunes, 15 de junio de 2015

DESEOS HUMANOS


                    Resultado de imagen de deseos humanos glenn ford                           

Quién iba a decirme que mi vida descarrilaría,
que de vuelta de Corea una trinchera de tinieblas me devoraría,
que de mi ideal de rutina me desviaría
(una vida tranquila, quizá cansina: cerveza antes de cada comida,
mi turno de maquinista, veinticinco cigarrillos, cine escapista,
baile el sábado, si no hay suerte un amor de pago),
quién podría adivinar que el tiempo me estallaría en el directo a Chicago,
en el número cuatro, y por suplir a un compañero ahora en paro
(como Carl, de no ser por el mutuo favor entre Vicki y Owen)
quién que en el 843 como un fantasma aparecería el cadáver del tal Owen
con un rastro de sus anhelos y ansias, fracasos y lascivias
volatilizándose en el departamento como un frasco de perfume abierto,
quién iba a decirme que mi vida penetraría en este túnel oscuro,
en el útero húmedo de un hormiguero, que me hundiría en el pozo de su cuerpo.

La noche en que su lomo de gata se insinuó en el pasillo resbaladizo,
cuando me atribuí el mérito de su miedo y de su deseo,
aquella noche en que una curva la arrojó a mis brazos,
y mientras del cadáver del 843 emanaba la estela de sus deseos e ilusiones
abracé sus músculos eléctricos, sus nervios en tensión, sus frustraciones,
la noche en que me bautizó su carmín como a un soldado el primer disparo
o a una adolescente su primera sangre,
la noche en que mezclamos nuestros alientos y el humo de los cigarrillos,
y aunque aumentaba el oxígeno el aire que Owen había dejado de respirar
y el deseo y la ansiedad que por ella el muerto había dejado de suspirar,
el amor me empezó a ahogar, ningún enamorado puede respirar,
aquella noche que conocí a Vicki, la esposa de mi compañero Carl,
mi tiempo se hundió en un túnel de hormiguero, el pozo de su cuerpo.

Quién iba a decirme que me convertiría en un perjuro,
cuando en comisaría sus ojos me suplicaron que callara
y de mi silencio a sus pupilas reptó la cadena de su voluntad,
quién iba a creer que alguien tan recto como Carl era un raíl atravesado,
un borracho que a Vicki le cruzaba la piel con los ramalazos de sus celos,
y que la obligó a lavar el filo de su orgullo con la sangre de Owen,
y ella tuvo que ayudarlo a vaciar el cerebro de Owen de recuerdos y de anhelos,
del deseo de su cuerpo que virgen él había bautizado con su primera sangre,
quién iba a decirme que tras el perjurio vendría el adulterio,
quién que por amor sería cómplice de la cómplice de un asesino
que como un soldado vertió su primera sangre del cuerpo de Owen,
quién iba a decirme que probablemente seré un asesino
cuando como un sicario aceche la borrachera de Carl con un palo,
quién iba a decirme que mataría por una mujer además de por la patria,
que caería en la trinchera de su cuerpo, que desborda de sangre y tiniebla.

La noche en que su cara de gata me indujo al crimen,
cuando caí por su túnel de sombra y resbalé por el limo de su trinchera,
la noche en que sentí que tenía las sábanas impregnadas de barro,
que ella estrujaba lo peor de mí, que me hundía en su raíz, la matriz,
la noche en que me ahogó la conciencia que agonizaba de orgasmos,
aquella noche que se encendieron las ascuas de dos ojos
y sentí que la husmeaba una gata negra,
y que me acostaba con dos mujeres, con ella y con la muerte,
cuando me encadenó a su miedo, lo que más ama,
la noche en que la gata saltó sobre la rata
(ella sobre Carl), y después azuzó a su perro (yo) contra ella
para que fuera presa de quien había sido presa,
la noche que sin cuidado entraré en el útero húmedo de mi tumba,
la noche en que lentamente caeré en el hoyo de mi muerte.

  

lunes, 8 de junio de 2015

LA NARANJA MECÁNICA


                  

A veces me pregunto qué quedará del Alex vicioso y viscoso,
del Alex vil y viril, joven y cruel que ya no volverá a serlo,
del que fue látigo de los débiles pero también horror de los horribles,
del error de los errados pero también temor de los temibles,
de aquel desalmado que vapuleaba a los desarmados,
del producto, en suma, de una sociedad permisiva, libre,
qué quedará del ladrón que raptaba la confianza virgen de los inocentes,
del violador que descargaba su adrenalina en orgasmos de violencia,
del canalla que elaboraba una coreografía de la delincuencia,
del cantante ebrio de aquel coro de sanguinarios caníbales
que entre chasquidos de huesos en éxtasis entonábamos la Oda a la Alegría,
a veces veo un cráneo hendido, dos dientes saltados, un puñado de cabellos,
un bate ensangrentado, una cadena enroscada, los nudillos de hierro,
y me pregunto, aparte de la náusea y la vergüenza, del viejo Alex joven
qué quedará en mí, jerarca de la pacífica sociedad postdemocrática.

A veces me pregunto qué queda de aquel infierno de caos y azar,
o si en los carriles, vías y marcas fijas de la actual necesidad,
en nuestro orden de paz y prosperidad mundial, total,
en un presente en que la lógica ha asesinado a la irracionalidad,
de nuestra juventud queda algún rastro de salvajismo y libertad,
algún disparatado resto del naufragio de aquellos tiempos a la deriva
en que el mal y la muerte eran el precio que se pagaba por el arte.

Ahora la paz única, el pensamiento esterilizado,
los buenos sentimientos como un reflejo condicionado
(antes las guerras y las elecciones libres, lo imprevisto o improvisado)
ahora la simetría de la aritmética, la exactitud de la matemática
(antes la entropía, la utopía, la distopía)
ahora las concentraciones de consenso, el unánime aplauso
(antes la protesta y la revuelta, la inestabilidad)
ahora los libros de autoayuda y el genial cine comercial
(antes la poesía autodestructiva y la pintura del malestar)
ahora el reino del bien absoluto, la paz social, la tranquilidad,
la vida entendida como un control de sanidad,
el triunfo de la moral, la inhibición del mal,
la derrota de los sentimientos, es decir, de los sufrimientos,
antes la crueldad y ahora la paz.

A veces me pregunto qué queda del rubio Alex sin rubor,
del que a golpes pautaba el ritmo de los gritos en el pentagrama,
del que los timbales y tambores percutía con fémures y femorales,
del que como flautas soplaba por los huesos de los esqueletos,
del que como cuerdas de violín tensaba los nervios de los torturados,
y me arrepiento de aquella jerga nuestra brutal y banal,
de aquella sexualidad mecánica, gimnástica, genital,
de aquella ultraviolencia que era la libertina hija de la libertad,
de aquella velocidad que atropellaba toda prudencia,
de Beethoven, que incitaba a la pasión, a la acción, a la violencia.

A veces me pregunto qué es lo queda de aquel Alex
y respondo que aparte del peso de la vergüenza (ya caducó la venganza)
también el orgullo de haber sido el primer criminal regenerado,
el prisionero pionero en ser curado e indultado,
pues la ciencia y la inteligencia me sanaron de la violencia,
y con el mero sacrificio del impulso sexual
(fui capado de todo pecado) y del gusto musical,
de la libertad y de mi voluntad,
gracias a un reflejo condicionado me apartaron del mal,
al bien fui abocado: no tengo opción moral
(me daña golpear, me mataría matar):
con esa quimioterapia mental ya soy normal
(al barato precio de escribir fatal),
y por ser cobaya del método que ha curado el virus de la violencia
fui nombrado funcionario honorario de la razón pura
(tenían razón los déspotas sanitarios:
todo por el bien de Alex pero sin consultar a Alex),
subvencionado símbolo del nuevo mundo
donde es tabú lo intuitivo, lo instintivo,
donde no existen la disensión ni la contradicción ni la destrucción,
donde las cárceles vaciadas significan la incompetencia del pasado,
donde con la delincuencia se ha volatilizado la discrepancia,
y con la obediencia que trajo la erradicación de la violencia
como una anciana degenerada y decadente agonizó la democracia,
que ignoraba que su enemiga no era su hija la violencia
sino la científica estirpe de nietos que reduciría a los violentos. 

                                    

lunes, 1 de junio de 2015

INTERIORES


                   Resultado de imagen de interiores woody allen                

Mamá, soy Joey, ojalá no puedas oírme allá donde estés
pero gracias al espejo de su talento solo te reconocías en Renny,

sí, soy Rennny, mamá, sabía que distinguirías la voz de mis poemas
escribo que el mar está en calma y el día muere en paz,

a Michael y a mí nos escogiste hasta la cama de matrimonio
con caracolas habrás decorado la orilla donde te haya escupido tu suicidio,

solo yo comprendía que en tu cerebro anidaba el pájaro de la locura
porque también había incubado sus huevos en mi mente, tan parecida a la tuya,

si papá no se hubiera ido no habría tenido yo que acarrear con tu neurosis
y heredarte como un legado lastrado con deudas,

Joey te cuidaba para solventar la culpa de pretender suplantarte junto a papá
mientras él la correspondía: más lo desvelaban sus fracasos que tus depresiones,

Renny y tú me rechazabais, te deslumbraba el oro de su arte
pero para ella eras una nota a pie de página de su Antología Poética,

como una ladrona Joey te robaba la ilusión de reconciliarte con papá
porque no quería verlo con otra que no fuera el fantasma de su deseo,

para que no la molestaras Renny te drogaba con la esperanza de reconquistarlo
que dentro de ti creció como un tumor o feto deforme que te mataría,

me acerco a la edad en que te quebraste como uno de tus jarrones chinos
y con su aleteo me espanta las palomas de la inspiración el halcón negro,

en la otra orilla te rodeará el orden y la armonía despojada de sentimientos
el puro rigor de ángulos y rectas del minimalismo clínico de tu estética,

en la página en blanco transcurre el desierto de mi desesperación
el silencio en que rechinan mis tibias a las móviles sombras de los buitres,

cuidé de tu enfermedad como del bebé que voy o no a tener
y despreciabas mi ayuda, ni salvarte de las fauces de la olas me dejaste,

ante el tribunal de la familia Joey se confesaba culpable de no quererte
y lo compensaba hiriéndome con las cadenas de su condena,

te odiaba: eras demasiado perfecta para amar la pirita de mis imperfecciones
y las frías líneas de tus diseños no se curvaban en ningún cariño,

a mi edad la locura quebró tus rectas, en casa entró el caos
como por la ventana un pájaro enloquecido que después escaparía al mar,

te quiero, me alegro de que ya estés tan lejos como querías
y tampoco ahora me oirás como no me escuchabas en vida,

adiós mamá, hablándote como si rezara gracias a ti he vuelto a escribir:
la espuma es tu sudario y tu nicho el mar.

                                                         

lunes, 25 de mayo de 2015

ENCUBRIDORA


                   

Ninguna belleza tan enferma como Altar, la reina de los salones de la nostalgia,
de cuando las ligas con volantes, las pianolas, los chalecos de fantasía,
Altar, la que espoleaba los deseos con fustas silbantes y espuelas de plata,
de cuando las sedas jadeantes, los sombreros de copa, los pistoleros de feria,
la que giraba la rueda de la fortuna y a cada azar repartía su destino,
ninguna tan fría como Altar, que se hizo anfitriona de forajidos
y dejaba que de pena los amores naufragaran en el hielo de su belleza,
ninguna tan ardiente porque en sus canciones todos reconocían su desgracia,
la fatalidad de su primera sangre, la fama que los perseguía como el frío
o el hambre, como un perro de dos cabezas, la maldición y la mala suerte
que abrazaban como a una prostituta flaca y triste,
ninguna como Altar cuyo perfume de jazmines evocaba la muerte,
el temblor de los pistoleros, la sangre en los corpiños, los ataúdes,
como Altar, la favorita de la fortuna que apostó contra sí misma,
Altar, de voz mate, cutis de urna de porcelana y pelo de cenizas funerarias,
ojos como remotas nubes que se difundían sobre pómulos como los riscos
del refugio donde las pistolas estaban permitidas y las preguntas prohibidas,
Altar, que cantaba a los tahúres de los vapores y a pianistas de oído,
a médicos borrachos y a vengadores tímidos,
a todos los marcados entre los ojos como una bala con la estrella del destino,
la que en el viento podía escuchar las réplicas y súplicas de los muertos,
ninguna como Altar porque era joven como la tierra y bella como una yegua
tierna y tirana como una niña pero también dura como el agua,
luminosa como la noche sin luna, animosa como un látigo,
segura como la arena, generosa como una tormenta,
paciente como un cadáver y dispuesta como un revólver cargado,
ninguna como Altar que cantaba a los cowboys errantes, a las despedidas,
a los desahuciados de toda esperanza, a los cómplices de la penumbra,
a los fantasmas que al amanecer cabalgaban enloquecidos bayos sin jinete,
y era intensa como la luna y como ella ardiente y fría y venenosa,
y era feliz como si agonizara
y real como una aparecida
y lucía una estrella entre los ojos, destino o blanco de una bala,
y besaba como una estatua y abrazaba como la hiedra,
y hacía el amor como una muerta,
y era eterna como el cristal y áspera como la hierba,
frágil como un espejo
hasta que el amor vino a romperlo y se hizo añicos el reflejo
de los sueños y anhelos de todos los que en ella se miraban,
ninguna como Altar que a cada jugador repartía el destino que merecía,
lo que cada uno más deseaba y temía.
                            

      

lunes, 18 de mayo de 2015

FRAUDE (F FOR FAKE)


                  

Ser húngaro, al tercer trago búlgaro, siempre zíngaro,
llamarme Elmyr de Hory, o de Clery, o de Frery,
no ser pintor y serlo todos,
un actor, un fingidor, un falsificador,
ser noble y pobre o millonario y miserable,
un marqués en zuecos o un plebeyo con monóculo,
pintar Picassos falsos y Modiglianis auténticos,
no vender ningún cuadro y exponer en todas las galerías,
ser olvidado por la historia pero inmortal en el museo de la memoria,
componer el engaño a través de mi desengaño,
carecer de estilo para no renunciar a ninguno,
tenebrista al alba, surrealista en la siesta y si borracho realista,
perpetrar ciertos bodegones, cometer retratos geniales,
ser un gran maestro de la mentira y aprendiz de la verdad,
un verdadero falsario, alguien sincero y mendaz,
olvidar que existieron Magritte, Chagall, Bonnard,
como de Cervantes se olvidó Pierre Menard,
ser italiano pobre, francés tullido, holandés de una oreja,
sufrir todos los alcoholes y disfrutar de todos los dolores
necesarios para emocionar con los colores,
pintar en el lienzo en blanco del olvido de mí mismo,
dibujar degeneradas colecciones hurtadas a los nazis,
trazar hallazgos descatalogados, legados secretos,
ser un auténtico artista, un falso falsificador,
un verdadero truquista, falaz como todo realista,
vivir en Ibiza, en un palacio tapiado o una cárcel con vistas al mar,
creerme mis mentiras, dudar de la verdad,
ser un vividor, un burlador, un bebedor,
defraudar a expertos fraudulentos, enriquecer a marchantes,
evidenciar a historiadores falaces, a expertos farsantes,
acariciar como a otras pieles distintas versiones, todas veraces,
hechizar al hechicero Welles,
convertirme en su metáfora del creador,
ser un artista, es decir, un embaucador, un prestidigitador
que verdaderamente engaña al espectador,
un impostor, un estafador,
convertir en ficción mi vida y mi vida en ficción,
ser un gitano genial
que ha sorprendido su trashumancia en esta isla solar
como en alguna cama inesperada una frígida su sensualidad,
ser un pintor, es decir, un falsificador,
un prestidigitador de la verdad,
un actor en realidad,
que en la última película de Welles
ha incorporado a un personaje que en otra toma –ojalá la última- repite:
ser húngaro, al tercer trago búlgaro, siempre zíngaro,
llamarme Elmyr de Hory, o de Crery, o de Frery,
no ser pintor y serlo todos,
un actor, un fingidor, un falsificador
                      


lunes, 11 de mayo de 2015

NINOTCHKA


                  

Mi corazón era rojo y tú un playboy de sangre azul,
ahora eres un conde comunista y yo una obrera gandul.
De una tierra donde la risa era un objeto perdido
y el individuo una especie en extinción,
en Abril llegué a París, capital del amor,
vine seria y sobria, heroica y solidaria, socialista,
enemiga del blanco y de la burguesía, materialista,
acérrima de la productividad y de la estadística,
impermeable a la belleza, calada de Lenin,
y ahora me encuentro alienada de amor por ti.
No sé si el sexo será el opio del pueblo,
o si el amante es la clase oprimida y el amado la dominante,
pero si yo soy la tesis y tú la antítesis
fundamos nuestras pieles en el éxtasis de la síntesis.
                                            
Cambié los disparos por los descorches,
Marx por Verlaine y Engels por Fouquet,
el gulag por el gulash y Moscú por Montmartre,
la doctrina por la morfina y las purgas por el caviar,
el sorgo por el Molino Rojo y el samovar por Pigalle,
por ti, camarada conde, cambié el vodka por el champán.

Yo era comisaria del erario y tú un capitalista sin dinero,
ahora eres un conde igualitario y yo una marxista con camarero.
De un país donde las palabras se pesan en balanzas rotas
y en los rincones la delación congela como el frío
llegué a París, capital de la primavera, del estío,
vine dialéctica, austera, de pana y lana,
alérgica al lujo, inmune a la corrupción occidental,
atenta a la producción de divisas y al déficit comercial,
y ahora para mi placer exploto la plusvalía de tu energía,
y ebria de tus caricias, ávida de tus labios, especulo con otro beso.
No sé si he perdido el tren de la historia en el andén del realismo,
o si esta resaca será otra contradicción del capitalismo,
pero si por una vez me gusta un blanco, el de tus ojos,
si por fin me atrae un rasgo burgués, tu francés,
y en mis venas este ardor inicia el deshielo
será señal de que te quiero.

Cambié el ateísmo científico por el amor fiel,
el Neva por el Sena, el Kremlin por la Torre Eiffel,
San Petersburgo por los jardines de Luxemburgo,
Siberia por el bosque de Bolonia, el Plan Quinquenal por lo provisional,
por ti, camarada conde, cambié el vodka por el champán.