
Hace dos suspiros y un
bostezo que me he muerto
y ya apenas recuerdo
quién soy o dónde estoy,
en este ámbito amnésico,
amniótico como el líquido del útero,
pero más frío, y adonde
me llegan ecos opacos, sordos, neutros,
y no las voces soeces
de todos aquellos hombres que visitaban a mi madre,
como yo virtuosa de
todo vicio,
¿me habré ahogado en
esta agua oscura? ¿Suicidado?
Imposible: recuerdo
amar la vida como a una mujer ligera,
ser un vividor, un
bebedor, tenista y jugador de golf,
y a tientas mis
clarividentes dedos reconocen una bañera,
para un amante del
whisky el infierno no es de fuego sino agua,
y como a los ahogados
se me proyectan secuencias de mi vida:
unos marineros coreando
el nombre de mi madre ebria,
el primer placer en
vengarme vapuleando a una mujer,
mi boda con Cristina
por amor sincero al dinero,
el fracaso del
internado, el cordial odio que me inspiran los niños,
las violencias y
variaciones con que amenizo el tedio del tálamo
(secretos e intimidades
que ha de respetar todo matrimonio),
los desahogos con Cristina,
la mujer menos libertina
(una viciosa de
la virtud, lo contrario de mi madre),
mis juegos de manos con
su carne de nardo,
los sustos con que en
cada rincón sorprendo la enfermedad de su corazón,
mis diversiones con su
compañera Nicole, otra profesora,
el tacto de su piel
tibia y mansa como una lluvia muy fina,
un bocado para mi
hambre de lobo: ¿me van a pedir cuentas, un certificado?
¿Camino del más allá pagará
mi madre peaje por su libertinaje?
A no ser que el
infierno sea pasar un eterno invierno
en esta bañera cada vez
más fría
(estoy vivo: estornudo
y los fantasmas no pueden coger una pulmonía),
adonde no sé cómo he
llegado, si en una borrachera o empujado
(¿será un ataúd bajo la lluvia con la
tapa tan abierta como la de mis sesos?).
En este estupefacto
instante de tiempo suspendido
sigo sin distinguir si
me he ahogado o me hago el muerto,
si soy cómplice o
víctima, inductor o el personaje de un creador,
si me han matado esas
dos o yo lo he inventado,
si estoy borracho o
alguien me ha soñado,
si soy un espectro
(como todo ser vivo) o solo estoy un poco difuminado,
o más bien difuso,
confuso, mareado,
¿como un náufrago
navegaré en la balsa de esta bañera por la eternidad?
Solo sé que ansío la
vida como a una hembra que se hace la dura,
que necesito festejar
mis sentidos, comer, fumar, beber,
porque toda la ciencia
de la vida se aprende en el lección del placer,
por eso cultivo mi
gusto como un exuberante arbusto,
y ya recuerdo las
últimas fotos del álbum erótico de mi vida:
el párpado hinchado de
Nicole, un hematoma en el muslo de Cristina
(¡he gozado de tantos
malvados gustos y placeres depravados!),
la huida injustificada
a Niort de las dos doncellas,
mi sibarítico viaje en
tren tras ellas,
¡Ya sé dónde estoy,
quién soy!
Y empapado en la
penumbra atisbo la trama urdida por esa bella araña,
espero que no mantis,
la historia en cuya
telaraña me ha enredado (estoy en la elipsis),
inspirada en una de
esas ecuaciones que son sus especialidades
(bañeras que se van
vaciando con los grifos abiertos),
todo lo ha tramado con
un propósito, como una presunta Providencia,
como todo hombre seré
niebla y sombra, un fantasma,
en mi caso un hijo de
puta,
pero un plan me
informa:
como el personaje de
una película me voy concretando, tomando forma.
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