El fin de este blog no es sino otorgar un modesto nivel de libertad que compense la átona existencia del autor, un empleado de banca condenado a pasar de la férula de su jefe a la de su esposa e hija, y a expansionar sus heterodoxas opiniones sobre literatura, cine y música, o más bien sus recuerdos sobre tales materias, ya que ahora solo sustrayéndose a sus obligaciones logra ejercitarlas.
De estas veinticuatro
horas lo que más me ha extrañado no ha sido la mansedumbre de mi marido ante
los desafueros de los invitados, ya que después de todo es un cornudo
complaciente, sino la falta de cortesía de ellos al quedarse a pernoctar en la
sala y hoy el día entero aún sin poder salir de aquí, y hasta achacándonos tal
maleficio a Edmundo y a mí, sus anfitriones, por haberlos invitado a una cena
recepción después de la ópera, como si nuestra casa estuviera maldita y los
hubiéramos atraído con añagazas y no hubieran venido halagados por la invitación.
El primer síntoma de
que se había atascado alguna ruedecilla del engranaje de nuestra rutina fue que
en plena cena se despidiera toda la servidumbre, cocineros y camareros
incluidos, a excepción del fiel Julio, y no aceptaran quedarse ni bajo amenaza
de despido si consumaban la defección. Como las ratas del barco que se hunde,
parecían haber captado en el ambiente el presagio de alguna desgracia.
Hasta entonces se habían
comportado con normalidad, y hasta brillantez por parte del mesero encargado de
representar cierta perfomance. La cual tuvo lugar al anunciar yo que se nos iba
a servir como primero un guiso maltés a base de hígado de ganso, almendras y
miel, que me había inventado la víspera, pese a lo cual Alberto Pérez, el
director de orquesta, se apresuró a decir que lo había probado en Capri, y cuya
originalidad consistía en que dicho camarero debía hacer que se tropezaba y
explotar la fuente contra el suelo inundando la sala de efluvios de especias y
salpicando a los comensales más próximos. También había salido bien el
adiestramiento del oso y el cuidado del rebaño de corderos, que no obstante
mandé llevar al jardín después de la fría acogida que por parte de los más
anticuados tuvo el estallido del primer plato.
Por desgracia tampoco
fue la primera vez que Edmundo olvidara que ya había hecho un brindis y al
repetir el que hiciera en honor de Silvia y de su actuación como novia virgen
(¡!) de Lammermour, todos lo ignoraron.
Después de la cena
Blanca se sentó al piano y sin que ninguno la escuchara los invitados rehilaron
sus coloquios en la sala agrupándose y reagrupándose según el humor, el tedio o
la digestión de cada uno. Las puyas no fueron más punzantes que de costumbre,
ni los desplantes más abruptos o las indirectas menos alambicadas. Incluso la
llamada Walkiria apenas granizó una sola ventana arrojándole un pisapapeles de
pirita. Nadie se insolentó más de lo usual, ni siquiera Leandro Gómez, célebre
fustigador del populacho en las tertulias, ni el coronel Álvaro, que se limitó
a burlarse de los incautos que mueren por la patria. La úlcera de Cristian no
le provocó más que unos cuantos exabruptos contra los Derechos Humanos, y esta vez la lúbrica pareja que
forman Beatriz y Eduardo lograron contenerse y no practicaron el amor tras las
cortinas de raso rojo. Ese ínclito humanista que es el doctor Roldán solo
difundió el secreto de un diagnóstico, eso sí, mortal de necesidad, el de
Leonora, que siendo la única en no saberse desahuciada le agradeció la curación
con un beso muy apasionado.
Pero sobre las cuatro
se me acercó Gustavo, mi amante de esta semana, extrañado de que aún nadie
diera señales de retirada, y le recomendé que cuando se fueran me esperase en
la recámara. El error fue permitir entonces que la esposa de Cristian y
Alberto, el provecto músico, se tendieran en los sofás para reposar un poco,
pues aquello les infundió a los demás la fatal idea de imitarlos.
Al fin algunos
preguntaron por sus abrigos y chales, pero a continuación nadie fue siquiera
capaz de intentar salir de la sala e incurriendo en la más elemental falta de
etiqueta se dispusieron a acampar aquí como una tribu de salvajes. Saltaron los
botones, se aflojaron corbatas y cordones, y las chaquetas de los fracs ya pendían como fantasmas de los respaldos de las sillas. Hasta Edmundo se
despojó de la suya con tal de que los invitados no se sintieran incómodos de
haberlo hecho. Aunque los más conscientes nos agradecieron nuestra hospitalidad pero
la declinaron porque en pocas horas los esperaban familiares y obligaciones, ni ellos, que estaban escandalizados por la descortesía del resto, se
atrevieron a dar un paso hacia la salida.
Rugían los bostezos, se
abatían los párpados y el sueño nublaba los rostros en los que se habían
desvanecido el rímel y el carmín. Acabaron todos de acomodarse en divanes y
canapés, Julio apagó la luz y sonó el primer ronquido. Curiosamente dormí mejor
que nunca, enroscada en el sofá y solo por unos instantes me despertó un fuelle
de jadeos que culminaron en un suspiro como de alivio y un silbido parecido al
de un neumático que se deshincha.
La luz de la mañana
pintó las ojeras violáceas, la demacrada tristeza de las mejillas y los
carrillos caídos de nuestros amigos. Julio me informó de que no se había
presentado ningún proveedor habitual, ni siquiera el lechero, así que le mandé
preparar un desayuno a base de sobras de la cena. Al parecer, durante la noche
Don Pedro, uno de los más ancianos, se había sentido indispuesto, y ahora yacía
inconsciente sin que el doctor supiera qué hacer por él sin una aspirina a su
alcance. Pese a la caballerosidad y urbanidad de los presentes, aunque el
enfermo necesitaba de urgente asistencia, nadie hizo por salir a reclamarla.
Me disponía a acompañar
a varias señoras al tocador para que se refrescaran un poco pero nos quedamos
paralizadas en el umbral maldito, privadas de voluntad, como si en vez de dar
un paso adelante hubiéramos de saltar de una trinchera y el comedor fuera
tierra de nadie. Incluso Julio por primera vez en su vida no pudo obedecer
una orden, al ser incapaz de cruzar esta barrera invisible y traer cucharillas
para el café. Ya se ha quedado también él cercado por el cuadrado mágico de
esta sala, el día entero sin poder salir de aquí, hechizados por un
encantamiento de impotencia, con el agua y los alimentos empezando a escasear,
los primeros síntomas de irritabilidad adensándose con el sudor de las ropas
ajadas, un agonizante en el sillón, e ignorando a qué se debe nuestro encierro,
si a indolencia, curiosidad, inmovilismo, espíritu gregario, locura,
escrupulosidad, desafío, irresponsabilidad, abulia, delicadeza, vicio,
impotencia, originalidad o quizá miedo al exterior, a la vida y a las gentes de
la calle, aunque tampoco es el motivo de esta situación lo que más me importa,
sino hasta cuándo habremos de soportarla sin ahogarnos en suciedad, violencia y
este hedor a muerto que ya empieza a insinuarse en el ambiente aunque el
enfermo aún respira.
Doce años sin
detenernos más de una semana en ninguna parte me han enseñado que todos los recintos
festivos –incluso éste del carnaval de New Orleans donde llegamos ayer- son
iguales: los hangares de chapa, los pilones de los circuitos que ciñen los
aviadores (Roger Shumann, mi marido, es el mejor), los graderíos portátiles,
los puestos de helados como ése donde nuestro mecánico Jiggs le está comprando
uno de chocolate a mi hijo Jack, las atracciones infantiles… y en eso se ha
convertido nuestra vida, en un carrusel de fiesta en fiesta donde nosotros
somos los únicos que no reímos, Roger y yo, amigos del aire, adictos al
peligro, arriesgando él su vida a cada giro sobre el pilón en una carrera
contra la muerte que tarde o temprano todos los pilotos pierden, cómplice y
esclavo de la velocidad; y yo, celosa del riesgo que él corre pero también novia
del vacío y del vértigo, dejándome caer en paracaídas desde el cénit de las
fantasías del público, a través de un tiempo tan extenso que me parecería subir
a las nubes y no descender a la tierra, si no oyera cada vez más nítidos los
aullidos de los espectadores adivinándome la ropa interior bajo el vuelo de la
falda.
Ayer, nada más llegar
en pleno Mardi Gras, el bueno de Jiggs se compró unas botas de cuero para
vestirse de gala y con una conmovedora vanidad pavonearse ante mí como si por
una vez el héroe fuera él, el mecánico, y parecerse al mismísimo Roger
Shumann, el mejor piloto de carreras y mítico ex combartiente de la guerra en
que se conocieron, y poder rivalizar con el hombre que más admira, su antiguo
superior y ahora jefe, el mismo que lo ha privado del amor de su vida, yo.
Porque a él Jiggs lo quiere solo un poco menos que a mí. El bueno de Jiggs se
ha convertido en el tercer ángulo de nuestro triángulo, obtuso pero siempre
abierto a ayudarnos a cualquiera de los dos. Tiene un corazón puro y blanco
como la nieve, que se derrite igual de fácil.
Mientras Roger se
quejaba de que por culpa de aquellas botas tan caras no podríamos pagarnos ni
una pensión y habría que dormir en el hangar, apareció un tal Burke Devlin, un
joven y apuesto periodista del Times Picayune que venía de la mano de Jack y
ofreció su apartamento para pasar la noche a unos nómadas desconocidos como
nosostros. Otro cándido de corazón blando. Aunque dijo hacerlo para escribir un
reportaje sobre nuestro oficio, no me engañó la expansión de sus pupilas, como
si en vez de mirarme a mí contemplase el mar o el fuego.
Si lo que Burke quería
era una historia para el periódico, anoche se la conté, y bien triste e inverosímil, en su casa. Cuando llegó de la calle, se encontró a Jiggs y a Roger en
su cama, a Jack durmiendo en la alfombra, y a mí leyendo en el sofá, así que se
la pude contar a solas. Todo empezó en 1918 y en el muro de un granero de mi
pueblo, en Iowa, donde vi un cartel anunciando bonos de guerra: un célebre
piloto se perfilaba en la cabina de su avión de combate, tenso y magnífico, erizado el pelo rubio sobre los ojos y la nariz de águila, invicto y glorioso, en
picado hacia la apoteosis de sus cinco condecoraciones y rumbo a un prometedor
futuro que acabaría incumpliendo su palabra. Era el mismísimo Roger Schumann,
que había derrribado a doce aviones enemigos.
Después de soñar con él
dos años y recrearlo en todas las actitudes del héroe, lo conocí a mis
dieciséis años, el diecisiete de Agosto de 1920 (nunca olvidaré esa fecha), en
una exhibición aérea. Me firmó el programa, y los de la fila empezaron a
protestar, ya que no podía decidirme a dejar atrás a quien desde el estrado,
ahora lo sé, solo me miraba como a otra de las mujeres que conocía en las casas
alegres de cada ciudad. Despegó hacia Omaha: siempre ha amado los aviones mucho
más que a mí. Para él pilotar un avión es el cielo.
Dejé a mis pobres
padres, seguí a Jiggs, logré subirme a su autobús y sin querer lo trastorné al punto de que la noche del trasbordo quiso alojarme en el hotel más caro de los
alrededores. Al vernos, Roger explotó contra Jiggs y contra mí. Siempre ha
tenido los nervios de un artista que no quiere que lo distraigan de su trabajo.
Sin embargo, acabó por aceptarme porque yo le gustaba. Como a muchos. Puse como
excusa de haber acompañado a Jiggs aspirar a convertirme en paracaidista de
exhibición, para que fuera él quien se declarase, pero hace años que soy
profesional y aún estoy esperando que lo haga.
Nos casamos el 17 de
Julio de 1923 (esta fecha preferiría olvidarla), en Portland. Como siempre,
estábamos en una exhibición. En la cafetería del aeropuerto le dije que iba a
tener un hijo y él apenas levantó la vista del periódico: después de tantas
noches lo raro era que no hubiera ocurrido antes. Jiggs le arrancó el periódico
de las manos y le dijo que si no lo hacía él, se casaría conmigo. Después de
todo, yendo juntos los tres a todas partes, a nadie le habría extrañado que el
padre fuera Jiggs. Entonces a Roger no se le ocurrió sino coger dos terrones de
azúcar, inscribir varios puntos en cada cara de los cubos y tirarlos como
dados: obtuvo un ocho. Se los alargó al mecánico. Al comprender éste que
pretendía jugarse al azar cuál de los dos se casaría conmigo, quiso atizarle,
pero desde la guerra es tal la autoridad que Roger ejerce sobre él y por una
vez vio Jiggs tan factible el sueño de casarse conmigo, que terminó por lanzar
los azucarillos: un siete.
Como perdedor, Jiggs
exclamó que se casaría conmigo, pero entonces, y de esto se alimenta la
esperanza de mi vida, Roger repuso que era el ganador quien debía casarse, y
volvió a ponerse a leer el periódico. Dos horas después fuimos al juez de paz y
todo siguió igual entre nosotros. Aunque desde entonces no hemos vuelto a
hablar del tema, al menos una vez al día recuerdo lo rápido que Roger replicó
que el ganador sería el novio, como si yo le fuera más preciada que uno de esos
premios que gana en el aire. Sí, pilotar un avión es su único cielo.
Mientras había oído la última parte de mi
historia, a Burke los ojos se le salían de las órbitas de incrédula
indignación. Esta mañana tampoco se ha separado de mí. Roger y yo hemos
efectuado nuestra primera actuación. Pese a los malos presagios que me inspiran
todos estos gigantes, cabezudos, máscaras o espejos de feria que entre
espectrales organillos parecen distorsionarme el alma y agigantar mi malestar,
de momento puede decirse que hemos tenido suerte. He llevado a cabo mi
espectáculo aéreo-mórbido-sexual sin incidentes; simulé perder el primer
paracaídas y abrí el de emergencias, y al verme la falda al aire los gritos de
los energúmenos de abajo superaron las exclamaciones del susto cuando me habían
creído en peligro. Burke estaba asombrado, sin saber que luego vendría lo
bueno, la carrera.
Mi hijo y yo ya estamos
acostumbrados, pero el público vibró ante el furibundo frenesí de aquellos siete
precarios aeroplanos que, vertiginosos rivales, parecían hambrientos y rapaces
pájaros que lucharan por su presa, la victoria. En efecto, Roger, que iba el
segundo, tuvo que arriesgar al máximo para adelantar al piloto del avión
propiedad de Matt Ord, el baboso promotor. Sin el premio en metálico no podríamos
ni pagarnos la gasolina. Al intentar devolverle el adelantamiento, el otro
piloto impactó con el avión de Roger, salió despedido y se estrelló en una bola de
fuego. También Roger perdió el control, pero pudo aterrizar de emergencia y
salió indemne. Tuvimos que sujetarlo para que no volviera al avión en llamas;
seguro que si yo hubiera peligrado en algún incendio no habría puesto tanto
ímpetu en salvarme.
Ya sin avión para la
carrera de mañana, nuestra última oportunidad es que Jiggs repare esta noche la
avería de un inseguro aeroplano de Matt Ord. Lo más difícil será que éste
acepte, pues en Dallas Roger me dio una de las pocas alegrías al sacudirle
cuando lo sorprendió arrinconándome en una esquina de la cantina. Pero Roger
precisa tanto del dinero o de la adrenalina del peligro, que ante el asombro
del mecánico y el periodista ahora se le ocurre mandarme al hotel de Ord para
que durante la noche, mientras que Jiggs intenta reparar el problemático avión,
yo misma arregle las diferencias que lo separan de Matt Ord y por todos los
medios lo convenza de que le deje pilotarlo, aunque, tan maltrecho como mis sentimientos, el mortal aparato solo le valga para subir muy alto, tocar por un
instante el cielo y, al menor fallo, de una vez por todas encontrar lo que
lleva buscando desde que de niño subió al primer columpio.
Me lo encontré por
primera vez al segundo día de instalarme en estos apartamentos, a medianoche y
en el patio colonial que con sus verjas de hierro colado, la fuente de mármol y
las petunias y el jazmín, se ha convertido en el escenario de nuestro idilio… y
de mi pesadilla. Venía acompañado de una joven a la que hacía reír, me dejó
paso y conforme subía las escaleras noté en la espina dorsal el escalofrío de
su deseo.
Al enseñarme la
urbanización, la administradora me había hablado de él como la atracción de la
casa: Dixon Steele, el guionista de Hollywood. Lo que no me dijo fue lo que se
rumoreaba de él en los locales de la ciudad, que llevaba años sin escribir, que
bebía demasiado y era muy propenso a las reyertas. Quizá aquel aura de gloria,
fracaso y desastre me había predispuesto a su favor y aquella primera noche no
pudo sino fascinarme la cara que al cruzarnos había palpitado en la penumbra
perfumada del patio, pero lo cierto es que no dejé de fantasear sobre él
mientras me preparaba para acostarme. Me había venido aquí prófuga del cariño
de Joe Baker, el especulador de fincas cuya mansión abandoné a escondidas para
recapacitar si de veras quería casarme con alguien que solo hablaba de precios
y fincas, aunque sus influencias parecían lo único que podía enderezar mi
errática trayectoria de actriz.
Me asomé al balcón para
mirar al blanco de mis pensamientos: la ventana del vecino, y me lo encontré
observando la mía. Se quedó tan paralizado como si hubiera visto al fantasma de
su deseo: yo estaba en salto de cama. Su visitante parloteaba por allí atrás;
parecía desear que ésta hubiera sido otra muy diferente. Al fin se volvió para
atenderla y yo tuve que beberme dos vasos de agua. Antes de acostarme volví a
asomarme y la vi alejarse por el patio mientras él cerraba la puerta: no
parecían haber disfrutado mucho o la diversión había sido extremadamente breve.
Me despertaron los
urgentes timbrazos de un agente, que me dijo lo peor que puede decirte un
policía, que era un asunto de rutina. Camino de la comisaría, a través de un
amanecer de pájaros espantados por la sirena, me comentó que solo se trataba de
verificar una coartada. Mildred Atchinson, la visitante del apartamento de
Steele, había sido estrangulada entre la una y las dos de la madrugada, según
un tal capitán Lochner, que me recibió en su despacho junto con el sargento
Nicolai y el principal sospechoso, Dixon Steele, que parecía enmarañado en uno
de sus argumentos policiales. Les dije lo que había visto, y para sostener mi
declaración de que la chica se había ido sola, tuve que reconocer delante de
todos cuánto me había fijado en Steele.
A la salida se ofreció
a acompañarme, y para retroceder todo lo que por culpa de la acusación había
tenido que avanzar antes de tiempo, le repliqué que yo siempre regresaba con
quien me hubiera traído. No fue fácil resistir la tentación. Pero a media
mañana ya no pude más y crucé este patio que no dejamos de recorrer arriba y
abajo, con la excusa ante mí misma de pedirle a Steele que empleara sus
contactos para que mi nombre no figurase en la prensa. Prometió hacerlo su
agente, que salía, y él efectuó otro acercamiento, que en el fondo era lo que
yo pretendía, pues mi oscuro nombre artístico no suena ni en mi calle natal.
Esta vez estuvo muy cerca de besarme, pero reaccioné y, como un hipnotizado que
se despierta antes de hora, no me dejé llevar por lo que yo más quería. Me
acompañó por el patio de vuelta a mi apartamento y al menos admití que había
roto mi compromiso con Baker, del que ya le habría hablado el agente. Casi se
me declaró, me invitó a cenar y una voz que no era la mía le respondió que
mejor cenaríamos por separado. Sonó el teléfono desde su apartamento, e intentando avisarlo me costó
mucho librarlo de la crisálida de ensimismamiento que lo entorpecía. Aunque
parecía tan embobado en mí como yo en él, logré disimularlo.
A la otra noche se
presentó a las once. Tenía la cara borrosa y olía a alcohol: un par de copas
debieron emvalentonarlo. Pero de repente se le vio confuso, inseguro; después
de los últimos frenazos ya no veía la recta diáfana de obstáculos. Verlo dudar
de sí me conmovió y acabé por decirle que me había decidido por él. Cuando dejó
de besarme pensé que sin saberlo nos habíamos buscado toda la vida y solo el
asesinato de una joven había podido reunirnos.
Los días siguientes,
después de una larga abstinencia de máquina de escribir, se los pasó
trabajando. He aprendido que es la tristeza, y no la felicidad, lo que puede
anquilosar una mente creativa, porque después de la primera noche ni siquiera
logré levantarlo del escritorio para que volviera a acostarse conmigo. Dormía
poco y a deshoras, y se pasaba el resto del tiempo en el interior de una
cápsula transparente que ninguna voz del exterior podía horadar. Parecía
apresado en la trama de un guión que él mismo tejía con los hilos de una
concentración que ni siquiera yo era capaz de cortar. Nunca hubiera creído que
me conmoviera tanto alguien que me mostrase tan poca atención. Gracias a
haberme conocido, Dix ha vuelto a escribir.
Una mañana, después de
veinticuatro horas de vigilia, al fin logré que se acostara. Vinieron Mel, su
representante, también encantado con semejante reacción, y el sargento Nicolai,
amigo de Dix desde que se conocieron en la guerra. El capitán quería volver a
verme. Me advirtió de un posible ataque criminal de Dix: seguía siendo el
principal sospechoso de haber estrangulado a aquella joven. Sin motivación
sexual, al parecer, este tipo de asesino tiene una mente retorcida y enferma,
pero también muy despierta, por lo que puede camuflar sus lacras con una
conducta aparentemente normal. Salí muy disgustada con la policía, decidida a
no contarle a Dix nada de aquello con tal de no preocuparlo.
Sin embargo, aún
ignoraba que el capitán había logrado sembrar la cizaña en mi confianza y amor
por Dix. Esa tarde me abrazó un poco fuerte y la araña del miedo me correteó
por el cuello. Martha, mi asistenta, que lo detesta porque prefiere a Baker,
también ha nutrido esa cizaña precaviéndome contra él. Y lo más grave ocurrió
anoche. En una barbacoa que celebrábamos en la playa con Nicolai y su esposa,
ésta cometió la indiscreción de referirse a mi última visita a la comisaría.
Indignado de que se la hubiera ocultado, Dix corrió al coche, a duras penas
pude subirme y emprendió una furibunda carrera contra su frustración, y cuando
embistió a otro automóvil y frenético de furia bajó, aporreó al otro conductor
y después de dejarlo inconsciente cogió una piedra dispuesto a aplastarle el
cráneo, supe que nunca, nunca se disolverá la sombra de sospecha que ha entenebrecido mi amor.
“Sí, me acuerdo”… “Le
recuerdo perfectamente”, les decía por cortesía a todos los invitados al baile
de Navidad que se ofreció en la mansión familiar para celebrar mi regreso del
internado, y en la que ni las notas falsas de la orquesta, ni el desaliño de
ciertos invitados, ni el sabor amargo del ponche lograron infundirme la
intuición de que no solo sería la última reunión de semejante fastuosidad, sino
el epílogo de todo un período de esplendor.
“Naturalmente que le
recuerdo”… “Sí, le recuerdo”…, hasta que degradando mi educación a hipocresía
dos personas por separado me significaron que aquello era imposible porque
nunca antes nos habíamos visto. Esa coincidencia debió hacerme sospechar que,
idénticos en descaro, aquellos dos eran padre e hija. Ella era Lucy Morgan,
recién salida de la adolescencia, y en cuanto la vi sentí cómo se rendía sin
condiciones el castillo de mi orgullo.
Bailamos y no la dejé
soltarme el brazo en toda la velada. Aunque no me gustó lo popular que era
entre los chicos, al menos no estaba prometida. Puede que me excediera llamando impertinente y
estrafalario al viudo de cepillo por bigote que acabó resultando su padre –el
inventor de esos artefactos sin futuro que llaman automóviles-, pero le hice
conocer la grandeza de mi nombre –George Amberson Minifer- y que mi dignidad me
aleja del estudio y práctica de cualquiera de esas profesiones “liberales” de
la burguesía. Por suerte, había logrado alzar de nuevo el puente de aquel
castillo.
Después, el tío Jack me
diría que ese Eugene Morgan, el padre de Lucy, hace veinte años se había
atrevido a cortejar a mi madre y que mi padre solo se le adelantó porque una
noche Eugene se emborrachó y vino al jardín de casa a tocar una serenata con un
contrabajo, por lo que cayó en desgracia de los Amberson. Pues bien, en el
baile de aquella noche el muy farsante no quiso tomar ponche para jactarse de
que desde el episodio de la serenata no había vuelto a tomar alcohol y así
significar su galantería. Bailó con mamá y tía Fanny; conversó con mi abuelo,
el mayor Amberson, y con el tío Jack, el congresista.
Al final logré
sonsacarle a Lucy una cita para salir en trineo por la mañana. No dejó de
asombrarme que con lo que se parecían el padre y la hija, uno fuera el objeto
de mi odio y la otra de mi amor. Mientras que el padre me crispaba el orgullo
de estirpe que los estúpidos llaman arrogancia, la hija me lo aplacaba. Cuando
todos se fueron, a la polvorienta luz del alba, los tapices me parecieron
apolillados y los óleos desvaídos: entre ambas sensaciones había predominado el
desagrado que él me suscitaba.
A partir de aquel día
papá empezó a perder peso y las mejillas y los ojos se le hundieron de preocupación
por la decadencia de nuestros intereses. O eso fue lo que creímos. A ratos mamá
lo miraba con pena; pero mientras yo no volviera al colegio, solo tendría ojos
para mí. Por lo mucho que me quiere, algunos malévolos creen que me ha
malcriado y pretenden hacer pasar por mimos lo que solo es amor de madre.
El resto de las
vacaciones seguí saliendo con Lucy. Y también el aprovechado del padre se fue
inmiscuyendo en el seno de la familia y, como el moho en la época de lluvia, se
infiltró en nuestros salones. Todos tuvimos que pasearnos en su chisporroteante
cacharro, que parecía una cafetera en ebullición, y tía Fanny se atrevió a
invitarlo a cenar. Tío Jack me explicó que desde joven ella lo había querido y
no pude sino reírme de las rancias ilusiones que ya la tía pudiera albergar respecto
al metomentodo. Salvo papá y yo todos cedían al hechizo del falsario, que
encantaba al mundo entero con sus sonrisas y embelecos de galán otoñal.
Papá acabó por enfermar
de gravedad. Una mañana el médico salió cabizbajo del dormitorio, la tía Fanny sofocó
un sollozo en el pañuelo y por la casa florecieron negros crespones.
Me gradué en primavera,
con Lucy y su padre presentes en la ceremonia, y a mi regreso se inició el
asedio de ese charlatán, su cerco del indefenso corazón de mamá. Todas las
tardes el tipo llegaba a casa –reconozco que cada vez en un más perfeccionado
modelo de auto- más atildado que nunca, con un ramo de rosas rojas y el húmedo
simulacro del amor en las pupilas dilatadas, y en presencia de mamá no dejaba
de emitir suspiros, la mano en el pecho. Fanny los miraba inquieta, con las
ojeras cárdenas y el imborrable maquillaje de la frustración, y si después de
que él se fuera alguien le gastaba alguna broma, estallaba en una explosión de
histeria… Ahora pienso que no debe ser fácil ser la tía de ninguna casa,
siempre aparte y al margen de la vida auténtica.
Al contrario que los
negocios de Morgan con los automóviles, nuestra fortuna menguaba. Desde que le
dejamos el seguro de papá a Fanny, la cortesía de los empleados del banco ya
era maquinal. Un día hube de acompañar a mamá y a la tía a la fábrica de Morgan,
y con la condescendencia de los nuevos ricos el muy tunante presumió de armar
un auto al día.
Cada tarde aún tenía
que tolerar su presencia en el jardín; anguileante y sutil en el sendero, del
brazo de mamá, al acecho del crepúsculo para aprovecharse de tan romántica
escenografía y situarse al borde de un beso o un arrumaco. Entonces me sentía
como si un intruso se hubiera adentrado en mi castillo interior y lo estuviera
despojando de lo más valioso.
Él progresaba más que
yo con su hija. Lucy y yo seguíamos saliendo, pero se le notaba impregnada del
utilitarismo de su padre; para comprometerse conmigo me exigía hacer algo
“provechoso”, como si el dinero contara más que la posición social. Seguro que
su progenitor le había inculcado ideas tan perniciosas.
En la cena de la otra
noche le mostré a Morgan mi animadversión condenando el automóvil como una máquina
infernal, y aunque el hipócrita esgrimió el cinismo de reconocer que quizá la
velocidad no supusiera ningún avance espiritual para el género humano, no pudo
dejar de oponer que en todo caso el triunfo de los autos era seguro y que
cambiaría la mentalidad de la gente. Logré que se fuera, haciéndose el mártir.
El tío Jack se asombró de que tratara a sí al padre de mi novia, pero la verdad
es que prefiero renunciar a Lucy con tal de perder de vista al tipo que
pretende enajenarme del cariño de mi madre. ¡No lo logrará! ¡No quiero
compartir a mamá con nadie!
El asunto incluso se ha
convertido en comidilla de comadres y rumor de barbería. Le frustraré a ese
truhán el plan aunque tenga que hacer como el abuelo, cuando hace veinte años
le prohibió cortejar a mamá después de aquella serenata, y mi ceño hará que sus
rosas se le marchiten entre las garras. ¡Por algo ahora soy el cabeza de
familia! Si me obliga a ello, pondré a mamá en la tesitura de elegir entre él y
yo.
Y ahora hasta la tía se
ha puesto de su parte y aceptando su destino reconoce que de todas formas
Eugene nunca se fijará en ella, y me dice que mamá padece del corazón y que si
la chantajeo sentimentalmente acabará por averiársele como una de esas máquinas
infernales de Morgan.
Tuve la suerte de que
me soltaran al atardecer de un día nublado, porque así, después de cuatro años
a la sombra, no me cegó el resplandor de la libertad, ni el sol me quemó la
piel pálida. En pleno secano me recogió un camionero que aunque parecía buen
tipo resultó un entrometido. Le respondí que me dirigía a las tierras que mis padres
llevaban medio siglo labrando, y como siguió cercándome con un interrogatorio
digno de un policía le descerrajé la verdad, que acababa de cumplir condena por
homicidio.
Con tal de librarme de
él, seguí a pie y en el río me encontré con Casey, aquel díscolo predicador que
una vez pronunció un sermón haciendo el pino. Me dijo que después de haber
perdido el espíritu (lo que demostraba que más bien lo había recobrado) había
renunciado a su ministerio. Ahora se había convertido en un nómada y puede que
hasta en un borracho. Parecía haber perdido todo contacto con la
realidad, pero descubrí que al fondo de su genial desconcierto fluía una serenidad que lo
ponía en relación directa con la esencia de la naturaleza. Latía en sus
extravagancias el pulso verdadero de la vida. Su figura espiritada, el rostro
enjuto y los ojos que nunca parpadeaban eran los de un santo ateo. En
confianza, camino de la finca, ya que no se había enterado de nada, le conté
cómo me detuvieron la noche que de un palazo le rompí el cráneo a un tipo que
estaba a punto de degollarme.
Al llegar a casa, tuve
la sensación, como un viajero con la fiebre muy alta, de haber peregrinado a mi
propia tumba: al abrir la puerta me abofeteó una corriente oscura de soledad.
No había nadie y la sala sin muebles estaba más desolada que la celda de donde
venía. El tableteo de un postigo al viento acentuaba el silencio de la noche.
¿Dónde estarían los míos? El loco de Casey no sabía nada. En un rincón se agitó
una sombra como una rata gigantesca. Era Muley Graves, un vecino de toda la
vida. Subrepticio y agazapado, me dijo que la familia se había ido a casa del
tío John, de donde pronto también los echarían porque el banco dueño de las
tierras había expulsado a todos los arrendatarios. Habían lanzado un destacamento
de tractores que como tanques arrasaron con todas las casuchas de los
aparceros, la de Muley incluida, y era tan abstracto y difuso el poder que
había decretado tal injusticia que Muley admitió no tener en quién vengarse.
Solo que, como un olmo más, después de haber pasado toda su vida arraigado en
esta tierra que había arrendado su abuelo, aferrado a ella, se quedó oculto sobreviviendo
con las alimañas que cazaba y solapándose entre las sombras como un fantasma
que se sustancia allí donde ultrajaron su vida.
Afirmó que en un
principio se creyó guardián oficioso de su casa a la espera de que los suyos
regresaran a recuperarla: estaba trastornado. Entonces, a lo lejos unas luces
horadaron la noche y la patrulla que venía en su busca nos obligó a ocultarnos
entre los matorrales porque después de todo estábamos allanando una propiedad
ajena. Lo que me faltaba era tener que esconderme como un ladrón en mi propia
casa.
Más tarde Casey, que no
tenía otra cosa que hacer, y yo emprendimos el camino a casa del tío John. Desde
luego que con él era imposible aburrirse. Llegando al caserío no me
reconocieron los perros. Al intentar orientarme, me acarició la nuca un soplo
cálido como un beso. Después de responderle cualquier cosa a Casey, sentí otra
caricia en el cuello: me había descubierto la dueña de la brújula que me
encontraría en cualquier sitio del mundo, y de un mapa capaz de revelar el tesoro
de mis alegrías perdidas: mi madre. La que en la cárcel y sin reloj me hacía consciente de
la hora hasta en la celda de castigo o sin necesidad de fijarme en el
ángulo de la sombra sobre la pared, porque a cada minuto quedaba menos tiempo
para reencontrarnos y ella estaría descontándolo. Abrazó al niño que nunca dejaré de ser para ella y le
tranquilizó saber que los barrotes no me habían devaluado la dignidad.
Salieron los demás.
Conociéndome, mis dos hermanos, papá y mi hermana pequeña creyeron que me había
escapado y tuve que repetir mil veces que me habían concedido la condicional.
Varios habían cambiado: a los abuelos se les notaba la inteligencia debilitada
y mi otra hermana se había casado con Connie Rives e iban a tener un hijo.
Llegaron los mismos agentes que acosaban a Muley para advertirnos que al día
siguiente la vivienda debía quedar vacía a las doce. Como si nuestra casa fuese
su casa de huéspedes.
California es el
destino de todos los Joad. Para nosotros el pagaré de la esperanza es un
papelote arrugado, un folleto amarillento en el que se demandan ochocientos
braceros para recoger fruta en California, la Tierra Prometida.
Partimos al amanecer,
doce personas a bordo de un camión recién comprado por setenta y cinco dólares,
escorado por unos enseres que lo asemejan a un rastro o tenderete rodante. Al
final fuimos trece, mal número: subió con nosotros el desnortado Casey. El
penúltimo fue el abuelo, a quien habíamos tenido que drogar a base de jarabe.
Si para todos nosotros, enajenados del pasado, era traumático exiliarnos de nuestra infancia y juventud, para el abuelo, que a sus ochenta años no había salido de
Oklahoma, resultaba inconcebible que a estas alturas lo despojaran de toda su
vida.
Nadie tuvo valor –o
cobardía- para echar una última mirada. Papá contó un chiste malo que apenas
logró contagiarnos de la falsa alegría del fugitivo. Una manada de nubarrones
proyectaban raudas sombras sobre la carretera. Saliendo de Oklahoma me pregunté
cómo estiraríamos durante el trayecto los ciento cincuenta dólares para el
combustible y comer todos a diario.
El abuelo no se
encontraba bien y tuvimos que parar. Lo tendimos sobre una manta en la hierba y
estuvo delirando tan agotado que solo pudo hundirse en el único sitio donde no
quedan privaciones ni penalidades ni siquiera para los pobres. En realidad
había iniciado su último viaje al salir de Oklahoma, cuando más allá de las
montañas dejó de reconocer el paisaje. Sin dinero para funerales, al menos
Casey, aunque detestaba su pasado de predicador, pudo decir una oración.
El viaje ya ha quedado
marcado. Y esta noche, en un campamento de acogida un tipo que dice
provenir de California nos ha dicho que allí no necesitan braceros. Según él, imprimen
folletos como el que tengo en el bolsillo para que se presenten cinco mil
hambrientos en busca de esos ochocientos puestos y poder pagarles una miseria.
Papá, que piensa comprar una parcela ahorrando una parte de cada sueldo, lo
observa con incrédulo temor, mientras que extrangulado de sollozos el pobre
diablo cuenta que en toda California no encontró ningún trabajo y que sus dos
pequeños y su esposa murieron de hambre. A pesar de sus vientres hinchados el
médico atribuyó sus muertes a ataques al corazón. El vigilante le manda callar
si no quiere ser acusado de agitador social.
La duda tiembla en los
ojos de mi gente. Extraigo el folleto del bolsillo para aferrarme al ya borroso
trazo de las letras de molde, cada vez más desvaídas, como si su credibilidad
se fuera corroyendo con la tinta en un papel tan arrugado que ahora casi se me
deshace entre los dedos como un puñado de polvo.
Pero a estas alturas no
podemos renunciar a la fe. Sería demasiado cruel que nos devolvieran sin pagar
el pagaré de la esperanza y que además, como a este hombre, nos acusaran de
haberlo falsificado.
Cine negro y cine clásico
mexicano son dos conceptos que no suelen confluir en los pensamientos de los
cinéfilos no conocedores de la maravillosa filmografía del cine de oro
mexicano. Sin embargo entre los años 40 y 50 se produjeron una serie de
películas claramente enmarcadas en el noir de altísima calidad, con personajes
ambiguos y marcados por la senda del crimen. Cintas de categoría suprema
como Distinto Amanecer de Julio Bracho,
Sensualidad de Alberto Gout o En la palma de tu mano de Roberto Gavaldón
adornan las vitrinas del noir clásico mexicano. De entre todas las películas de
esta temática la que más me cautiva es sin lugar a dudas La Otra del grandísimo
director mexicano Roberto Gavaldón.
Gavaldón, es junto con Emilio
Fernández, el gran director del cine de oro mexicano. Películas como La
Barraca, La Noche avanza, La Diosa arrodillada o la gran obra maestra del cine
mexicano Macario dan lustre a su extraordinaria filmografía. En plena época de
esplendor del cine de oro filmó La Otra contando como actriz protagonista con
la gran diva, con permiso de María Félix, del cine mexicano Dolores del Río en
un doble papel de hermanas gemelas de personalidades y vidas enfrentadas. La Otra cuenta con una
trama sorprendentemente parecida a la película del mismo año protagonizada por
Bette Davis Una vida robada y fue revisada por el cine americano, de nuevo con
Bette Davis como protagonista absoluta, en la película de 1964 Su propia
víctima dirigida por Paul Henreid (sí, el actor que interpretaba al marido de Ingrid
Bergman en la mítica Casablanca).
Sin ser
tan conocida como la cinta de Bettte Davis La Otra es muy superior a Su propia
Víctima. Mientras que la cinta americana pecaba de una puesta en escena teatral
y melodramática algo encorsetada la cinta de Roberto Gavaldón no adolece del
estilo escénico de la americana y cuenta con un ritmo frenético de alto
suspense emparentado con el cine de Alfred Hitchcock. Como tito Alfred, a
Gavaldón no le importa que conozcamos de antemano la identidad del asesino
concentrando el suspense en la en las sospechas , encuentros y chantajes que
sufre el personaje principal de la trama, elevando el nivel de misterio
conforme avanza el desarrollo de la narración hasta llegar al punto en que todo
estalla como una explosión de adrenalina.
La película comienza con la
escena del entierro del Señor Montesdeoca el marido millonario de Magdalena una
joven y prepotente mujer a la que el azar y relaciones le han otorgado riqueza
y bienestar. Tras la muerte de su rico
marido el horizonte para Magdalena se presenta libre y gozoso. Magdalena tiene
una hermana gemela, María, pobre y
desafortunada que lleva una existencia triste y amargada junto con su novio
Roberto, un modesto policía que desea casarse cuanto antes con ella, y que odia a su déspota y avariciosa hermana por su
afortunada vida que no ha querido compartir con su gemela. María harta de las
penalidades que la persiguen decide asesinar a Magdalena y suplantarla haciendo
creer a Roberto que se ha suicidado vencida por su pesimismo. La puesta en
escena del fratricidio cuenta con un poderoso juego de claroscuros y espejos
consiguiendo una atmósfera próxima al cine de terror.
Una vez reemplazada por su gemela
asesinada, María sufrirá un profundo cambio de carácter siendo su pesimismo y
carácter dócil fagocitado por el carácter codicioso y soberbio que poseía su hermana Magdalena.
El juego de espejos y doble personalidad tan mitificado por las leyendas
urbanas que se asocian con los gemelos es representada magistralmente por Dolores
del Río cuya interpretación rebosa divismo y comportamiento esquizofrénico.
En la mañana siguiente a la del
crimen María recibe la visita de dos policías para comunicarle el suicidio de
su hermana. Se encontrará en la comisaría
con Roberto al que escucha su confesión de culpabilidad por no haber detectado
la intención suicida de su novia. María adoptará una actitud compasiva y
humilde con Roberto, el amor de su vida, actuando como ella misma cuando está
con él y una actitud manipuladora y frívola en su ausencia interpretando de
este modo el papel de Magdalena. Llegará
incluso a fingir un accidente en su mano
para falsificar la firma de su hermana en el testamento.
Pero un golpe del destino se
volverá en contra de los planes de María: el descubrimiento del amante secreto de
su hermana con el que Magdalena planificó al asesinato de su marido. Esta
paradoja convertirá su gozo en una pesadilla alucinógena en la cual se encuentra
atrapada por un crimen que no ha cometido. Extraordinario giro argumental este
en la que la culpable del asesinato de su hermana debe demostrar su inocencia en
un crimen en el que el criminal es su propia víctima. ¿No son estos suficientes
argumentos como para no perderse este peliculón de plantea un juego de altísimo
suspense en el que los arquetipos del thriller alcanzan la cumbre del género?
Cumbre del cine de intriga, La
Otra es una obra que no puede caer en el estante del olvido. Hará disfrutar a
los amantes del cine con su perfección técnica aliñada con una estupenda historia
melodramática de odios y amores renunciados con toques de paranoia y
esquizofrenia, encontrándose a la altura de obras de la talla de Las
diabólicas, Crimen Perfecto o la también
cinta de crímenes con gemelas A través del espejo. La cinta encierra igualmente una crítica al
exceso de avaricia, la envidia y la obsesión por el dinero y su despilfarro infructuoso y trivial como fuente de falsa felicidad,
maravillosamente reflejado por el hecho de que la supuesta millonaria sufrirá de
falta de afecto y soledad en mayores proporciones que cuando carecía del
poderoso caballero.
La música y la iluminación son
otro punto fuerte de la película ayudando a que el relato se mueva de manera
ambivalente entre el terror y la intriga impregnando la narración de atributos
de thriller moderno e inquietante. Gavaldón mezcla a la perfección los
mecanismos de engaños y jugarretas del destino para legar a los amantes del
cine una obra maestra que quedará marcada en la memoria del curioso cinéfilo
que quiera dejarse perturbar por la belleza de La Otra.
La
tercera vez que la vio responder a su mirada con sus ojos
febriles, como llamas temblando a la noche de su pelo con el fulgor de un
sacrificio a los dioses, Lucas decidió dirigirse a ella, en la esquina de la
barra. Además, le sonaban su cara de niña con aquel cutis de marfil tallado en
rasgos suaves y mudables al fuego de las pupilas, su cuerpo frágil de sirena
que sin mover los pies balanceaba con gracia de un lado a otro en su precoz
vestido de noche.
Estaba
casi seguro de haberla conocido al cabo de alguna salida nocturna, sus dedos
creían recordar el tacto de aquella piel, el diseño de su esqueleto
sutil y delicado; y si no era así, serviría como táctica de acercamiento.
También se había vuelto a mirarlo de arriba abajo la amiga, una pelirroja
opulenta en su vestido rojo cereza, que hubiera necesitado de varias copas por
su parte para merecer algún interés. Le hizo un comentario a la morena, que se encogió de hombros y estiró escéptica la
punta de los labios. A Lucas le fascinaba el resplandor de la hoguera de sus ojos.
Así
que pidió el segundo whisky con agua de la tarde al camarero de orejas de
soplillo que ahora le pareció simpático, y felicitó a su reflejo en el espejo
que corría tras la barra de cómo evolucionaba el sábado mientras hacía tiempo
en aquel pub para ir a ver el fútbol con su amigo Pepe. Aquel encuentro
anticipaba su vuelo de depredador del sábado noche.
Porque
le constaba que por mucho que alguien tan experto como él intentara sorprender
la mirada de la más inocente joven, ellas siempre se las arreglan para escrutar
inadvertidamente, de modo que era significativo que permitieran que su atención
fuera detectada. Claro que también su cara debía sonarle a ella, y a veces lo
de las miraditas falla, bromeaba Pepe, porque puede que solo les recuerdes a su
padre, y él respondía que justo en ese caso era cuando todo estaba a favor, recordó
Lucas acercándose a ellas. Achacó su retraso en atacar a la tardanza del
camarero –quería que lo vieran llegar con su copa para que supieran que venía a
quedarse-, pero la verdad era que notaba lo de siempre que lo intentaba casi
sobrio, un ligero mareo que aunque lo cohibía algo, al poco acababa por
impulsarlo al abismo, el vértigo ciego del halcón aún encapuchado antes de
emprender el vuelo en vibrante ascensión hacia la plenitud y la gloria del sol.
En
el camino lo alentó desde el espejo la floja sonrisa de camaradería de uno de
los pocos clientes, un veterano de pelo de plata que a duras penas se mantenía
en el taburete y dejó de monologar cuando él pasó a su altura; el relámpago de
una cicatriz en la mejilla acentuaba el encanto de su decadencia. Sonó la risa
de cascabeles de la morena, y apartándose de la pelirroja pareció soltarle la
mano.
-Hola
–ya entre ellas sonrió primero a la que no era el objetivo; sabía cómo hacerlo,
pero respondiendo por lo bajo ésta bajó los ojos. Aquel pelo tan corto y la
voluntariosa mandíbula casi le daban un aire masculino-. Qué tal –la morena sí
que reflejó su sonrisa, sin que la acompañaran los ojos; un fuego interior
parecía atizarlos para una ceremonia religiosa; Lucas recordó del instituto a aquellas
sacerdotisas (¿se llamaban vestales?) que mantenían encendido el fuego sagrado
del templo sin perjuicio de entregarse a cualquier peregrino. ¿O eran eternas
vírgenes? Pero más que de los romanos, el furor de aquel fuego parecía propio
de algún rito tribal de los bárbaros. Sustituyó sus recuerdos del bachillerato
por la deducción de que ella habría bebido demasiado. ¿O aquellas pupilas
dilatadas eran un síntoma de cuánto la atraía él?
-Tú
y yo nos conocemos –dijo, por si ella le daba alguna pista.
-Qué
mas da; siempre podemos empezar desde el principio –no le temblaron ni la voz
metálica ni la mano que soltó la copa en la barra, pero semejante respuesta era
más halagüeña que la hipótesis de la borrachera. O tal vez aquella firmeza era
excesiva y estaba disimulando su estado; se sintió como ante un cliente difícil
y a la vez muy fácil, una vez que desentrañara su carácter. La otra chasqueó la
lengua contra el paladar; sería el típico “revienta ventas”, el familiar o
amigo que intentaba disuadir al cliente de la compra.
-Quizá
hayamos coincidido en la inmobiliaria.
-Nunca
he entrado en ninguna. Vivo en casa de mis padres. Pero sola –de nuevo vaciló a un lado sobre el eje de los pies.
-Entonces
nos habrá presentado alguien.
-Seguro
–aquello no sonó irónico.
-Puede
que tu nombre me dé una pista –mintió: nunca recordaba los nombres de ellas; a
veces ni llegaba a saberlos-. Yo soy Lucas –se volvió a la pelicorta; la estaba
descuidando, pero la delgada no le permitió distraerse:
-Del
mío tendrás que acordarte por tu cuenta. Mientras tanto puedes llamarme como
quieras. Ella es Rosario.
-Pero…
-Y
yo que pensaba que habías venido a ligar… , y no por la curiosidad de acordarte
de quién soy.
La
alegría no le hizo olvidar por más tiempo la vieja táctica:
-Pues
encantado, Rosario –le dijo antes de besarle las mejillas, que notó áridas. Sin embargo, al separarse de la morena respiró
mejor; lo aturdía el perfume dulzón que emanaba de la petunia que ostentaba
como broche en el vértice de su escote. Tenía el pecho plano como una tabla y
no obstante traslucía un atractivo inequívocamente femenino, al contrario que
Rosario, pese a la plenitud de sus curvas.
-No
le va nada mal a tu amiga –Rosario volvió a desviar los ojos de su sonrisa-. Yo
no logré independizarme hasta los treinta, no hace un año.
-No
es eso; sus padres murieron –la displicencia de ella cobró un tono admonitorio,
como si quisiera precaverlo; le brillaron los ojillos hundidos en la cara
llena.
-Vaya,
lo siento –tampoco aquel dato lo orientó. Sin embeberse del todo en la arena
blanca del rostro, la sonrisa de la morena se matizó de tristeza, y sin apenas
transición dijo:
-Fue
una noche cuando nos conocimos. A ver si así te acuerdas.
Era
ella quien iba marcando el ritmo del encuentro; la estratégica cortesía de
Lucas le había impedido aludir a aquello. Aunque ellas fueran casi tan jóvenes
como la morena, a él siempre le funcionaban los modales anticuados. Por eso les
preguntó qué estaban bebiendo: tenían las copas vacías.
-Yo
no quiero nada –se apresuró a decir Rosario.
Él
se sorprendió de haberse acabado el suyo –en esos casos se olvidaba de beber- y
pidió dos JB con agua. Le extrañó ver restos de lo que parecía coca cola en el
vaso de la morena. Mientras alcanzaba la botella de whisky, el camarero exhortó
al borracho a que mejor bebiera algo sin alcohol, porque ya sabía cómo había
acabado otras veces. A través del espejo Lucas devolvió la sonrisa paternal que
le dedicó el canoso. Se sentía tan eufórico que le pasó por la cabeza atraerlo
al grupo –sin embargo, algo le decía que tampoco él haría buenas migas con
Rosario-, o al menos invitarlo a través del pequeñajo de las orejas de soplillo,
que alejándose con el cambio volvió a parlamentar con él. Antes de hablar tosió
la morena como quejándose de su distracción:
-No
me extraña que no te acuerdes –la reconvención era más que amistosa-: tendrás
un montón de amigas.
Ahora
el halcón planeaba imperial, dispuesto a lanzarse en picado en cualquier
momento. Pero en su olvido había algo inquietante. Las noches menos exitosas
bebía demasiado y solo en horario discotequero conocía a la chica de turno, en
un delirio de luces estrepitosas, como un faro enloquecido, de modo que por la
mañana despertaba junto a una desconocida en un cuarto al que no sabía cómo
había llegado. Incongruentemente pensó que ahora le importaba mucho más acordarse
de la morena que el mero hecho de reverdecer su éxito con ella.
-Qué
más quisiera. Y de tantas ninguna como tú –se contradijo a
sabiendas. Vio de reojo que, sin dejar de rezongar, el canoso se dejaba servir
un botellín de agua y Lucas se alegró de que se quedara. Aun en su estado
emanaba de él un atractivo evidente; veinte años y un millón de copas antes
debió triunfar tanto o más que él mismo. ¿Quizá le recordaba a su padre, aun siendo
éste abstemio?
-…
y ahora no vas a excusarte con ningún piropo –estaba diciendo la morena;
incomprensiblemente él se había vuelto a despistar-. Es muy poco halagador que
no me recuerdes. Claro que si de verdad hubiéramos acabado entonces lo que dejamos
pendiente, olvidarme habría sido insultante. O imposible: nadie aún lo ha hecho
-¿Te
refieres a algún negocio en la agencia? –simuló no haber comprendido para
seguir pareciendo un caballero-. Perdona, ya me has dicho que no has estado en
la oficina –la pelirroja le miró a su amiga el reloj de pulsera, una miniatura
de platino.
-Fue
otro tipo de trato.
-¿Y
qué pasó?
-Qué
no pasó. Por tu culpa. En fin, hoy te daré otra oportunidad: te lo mereces
–Rosario dio un respingo. Él no tenía argumentos, recuerdos, para
contradecirla.
-Dime
tu nombre entonces.
-Ponme
el que más te guste. La verdad es que suelo inventármelo porque el verdadero le
corta el rollo a la gente –él supuso que sería el típico horrible, Eufrasia o
Rigoberta-, pero si quieres te lo diré al final, en el mejor momento, para compensar. Si es que no tienes otro plan mejor
por ahí claro…
-¿Tú
qué crees?... ¿Y tú cómo la llamas? –le preguntó a Rosario desconectando el
teléfono para no tener que dar explicaciones a Pepe; faltaban diez minutos para
su cita en otro pub. Mientras lo hacía pudo captar un visaje de la morena a la
otra, como para que no le dijera su nombre.
-Por
el suyo. A estas alturas tenemos mucha confianza –la miró con un brillo de
orgullo que por un momento desmintió su enfurruñamiento.
-Es
curioso, ahora estoy seguro de que cuando sepa tu nombre me acordaré de todo.
-Claro,
será un dejà vú: también estarás acostado –pocas bellezas resultaban tan
propicias-. Gracias, no fumo, pero me encanta que la gente lo haga.
-¿Vamos
tú y yo a fumarnos uno ahí fuera, Rosario?
-Lo
he de-dejado –y ahora Rosario miró a su amiga con rencor, como si no la dejara
fumar o se supiera objeto de la clásica táctica por parte de Lucas de congeniar
con la menos agraciada. Habló la morena:
-Por
mí podéis salir. Ahora ya da igual que fumes o no.
Tal
autorización pareció enfurecer más a Rosario, que perdió el control de la
barbilla. Y como si el enfado le disolviera el maquillaje, se desmejoró lo
suyo: las mejillas se le demacraron, pareció envejecer de repente y palideció
tanto como su amiga, que tenía el cutis de hielo. Aquella máscara de la
enfermedad de Rosario le trajo la certeza de que, en efecto, había conocido a
la morena en cierta noche frenética de alcohol, que ahora recordó por ser la
última que salió antes de sufrir aquella apendicitis complicadísima con una
peritonitis.
-Brindemos,
chicas. Por la vida.
-Mejor
por el amor –rectificó la morena levantando la copa-. Para mí es lo mejor que
hay, aun a costa de la vida –realmente la nueva generación era más que
romántica, casi cursi.
Lucas
abarcó en el brindis a Rosario, que de mala gana chocó su vaso vacío, el rictus
macilento ya asentado en su cara. Experto en congraciarse con “terceras” que dejaran
el campo libre, Rosario lo desconcertaba. No parecía afectarle la típica
rivalidad femenina; no mostraba ni un fleco de envidia por la amiga, sino algo
más oscuro. En cuanto a ésta, no fingía incomodidad por abandonarla, como
hacían algunas.
-¿Habíais
quedado con alguien más? –El halcón estudiaba el terreno. Rosario había vuelto
a mirarle a la otra el fulgente reloj que parecía auténtico.
-No
os preocupéis por mí –dijo Rosario-. Tenéis tiempo hasta medianoche.
-¿Hasta
medianoche? –repitió él desconcertado.
-Rosario
y yo teníamos algo previsto para entonces. Pero no te apures, querida, lo
dejaremos para mañana sin falta. Si no te importa.
Así
que era eso: Rosario tenía celos de ella, no de él. Ahora le cuadraban el pelo
corto y aquella mandíbula prominente. Oyó al canoso exigir su gin tonic con más
firmeza; el taburete chocó contra la barra. La morena le cogió la mano y le
sajaron la palma las cuchillas de sus uñas; la tenía helada. Le vio las pupilas
inequívocamente dilatadas; aquellas llamas sacrificiales parecían
descontroladas y propagándose se exaltaban al cielo desde el altar de piedra.
Aunque le encantaban los triunfos raudos, Lucas hizo por no echar de menos
ciertos retos más arduos que habían desembocado en victoria.
-Me
prometiste que sería esta noche –se quebró la voz de Rosario.
-A
partir de mañana tendremos todo el tiempo del mundo. A las doce. O antes si
quieres. Sabes que no hay nadie más puntual que yo.
Como
un perfume dejado abierto, la euforia se volatilizaba del ánimo de Lucas.
Hubiera preferido una situación más normal; tal vez aquello era el primer
síntoma de madurez, en el buen o mal sentido.
-Es
que no puedo más –Rosario estaba al abismo de las lágrimas.
-No
le hagas caso, Lucas, a veces lo ve todo negro y se pone así –vacilaron las
llamas de los ojos, como temiendo un cubo de agua. Ella lo soltó para
desprenderse de la petunia y ponérsela como prenda en el escote de la otra.
-Para
que veas que no voy a olvidarme de ti. Solo es un aplazamiento, tonta.
El
disgusto de Lucas aumentó con la ráfaga dulzona de la flor, pero cuando la
morena volvió a engarfiarle la mano lamiéndolo con la mirada de aquellas llamas
furiosas, lo electrificó una corriente de excitación. En la altura vibraron las
alas del halcón; había localizado a la presa asomando por unos matojos: una
serpiente.
-Nosotros
nos vamos –quizá por la emoción chirrió la voz de la morena.
A
Rosario hasta se le había descolocado el pelo, que se reveló como peluca, y en
su pecho la petunia parecía mustia. Adelantándose por poco a su dueña, cogió de
la barra el bolso negro y estrangulando un sollozo revolvió adentro. La morena
no soltaba el asa, como en la duda de arrebatárselo. A él volvió a desanimarlo
aquello y por un instante casi prefirió estar viendo el fútbol con Pepe; pero
la lógica de toda una vida le impedía hacerlo. Sin dejar de rebuscar, Rosario
se le acercó hincándole el codo en el costado y se las arregló para no extraer
el paquete de kleenex sin dejar de mostrarle en el interior el filo fulminante
de lo que parecía la punta de un punzón para el hielo fulgurando miríadas de
plata. Él sintió un escalofrío entre los omóplatos, como si se lo hubieran
clavado allí. Las pupilas incoloras de Rosario lo enfocaron significativamente.
De un tirón la morena recobró el bolso y se lo colgó del hombro; era de piel de
serpiente. Lucas pensó que llevaría el punzón por si alguna vez la atacaban de
vuelta a casa; los espráis no eran efectivos. Pero por atractiva que fuese y
valioso que pareciera el reloj, no veía
a nadie forzándola a hacer nada.
-Vámonos
de una vez –insistió ella-. Es la hora –hasta su piel de ópalo transmitía
impaciencia. Aunque los ojillos de Rosario medían la reacción de Lucas, se
dirigió a su amiga con la voz ahogada:
-No
son ni las siete. Para medianoche estarías lista.
-No
me metas prisa, ponte en su lugar –lo señaló con la cabeza-. Yo trato a todo el
mundo con el mismo cariño; mañana me darás la razón.
Lucas
miró por última vez al canoso, que parecía haberlos escuchado, pues le sonrió
con solidaridad. Al bajar los ojos, la sonrisa se hizo triunfal: el camarero le
estaba sirviendo un gin tonic. Lucas concluyó que más que a su padre se parecía
a él mismo dentro de treinta años, e incongruentemente lamentó haber perdido la
ocasión de conocerlo. Sería difícil que volvieran a coincidir. El canoso era un
habitual del local, pero por alguna razón él sabía que nunca volvería por allí.
Rosario se había enterrado la cara en las manos y agitaba los hombros. Una copa
explotó en el suelo: el canoso miraba atónito los añicos, desmentida su
recuperación.
-Pídete
un ron, querida –la invitó la morena-, recuerda que ya puedes hacer lo que
quieras: se acabó la responsabilidad. Y no te preocupes, que mañana sin falta
vendré a por ti; aguanta un poco, mujer.
-No…
no podré…
-Tranquila,
todo el mundo lo hace. Y piensa un poco en los demás. No hay nada tan egoísta
como la pena –semejante reflexión contradecía su juventud-… sobre todo si es por
uno mismo.
-No…
no me dejes, Neme…
Después
de asestarle a su amiga una mirada digna de aquel punzón de hielo, la morena lo
arrastró hacia la salida. ¿Así que ese era el nombre, Neme? ¿El diminutivo de
Nemesia? Todos esos nombres absurdos se abreviaban; con razón prefería
ocultarlo. Sin embargo, quizá no era eso; otro recuerdo del bachillerato se
agitaba al fondo de la memoria… Neme… Neme… era un apelativo griego, casi
seguro de la Mitología… ¿Némesis?…
En
la puerta ella lo desafió mirándolo con aquellas llamas bailando triunfales al
viento de la muerte, que ahora supuso animadas para celebrar un sacrificio
humano:
-Y
tú a ver si esta vez te portas como un hombre. Cuando llegaba el momento he
visto crecerse hasta a los tipos más ridículos, así que no vuelvas a fallarme.
La otra vez fue una pérdida de tiempo.
Lucas,
pese a que no acababa de alegrarse de la suerte que había tenido, intuyó que se
dirigía al éxtasis más puro de su vida, por lo que ni siquiera intentó
soltarse. Sin embargo, las alas rotas y fulminado en el aire por un relámpago
de oro, el halcón ya caía por un abismo sin fin.