domingo, 5 de mayo de 2013

EL ÁNGEL EXTERMINADOR




              


De estas veinticuatro horas lo que más me ha extrañado no ha sido la mansedumbre de mi marido ante los desafueros de los invitados, ya que después de todo es un cornudo complaciente, sino la falta de cortesía de ellos al quedarse a pernoctar en la sala y hoy el día entero aún sin poder salir de aquí, y hasta achacándonos tal maleficio a Edmundo y a mí, sus anfitriones, por haberlos invitado a una cena recepción después de la ópera, como si nuestra casa estuviera maldita y los hubiéramos atraído con añagazas y no hubieran venido halagados por la invitación.

El primer síntoma de que se había atascado alguna ruedecilla del engranaje de nuestra rutina fue que en plena cena se despidiera toda la servidumbre, cocineros y camareros incluidos, a excepción del fiel Julio, y no aceptaran quedarse ni bajo amenaza de despido si consumaban la defección. Como las ratas del barco que se hunde, parecían haber captado en el ambiente el presagio de alguna desgracia.

Hasta entonces se habían comportado con normalidad, y hasta brillantez por parte del mesero encargado de representar cierta perfomance. La cual tuvo lugar al anunciar yo que se nos iba a servir como primero un guiso maltés a base de hígado de ganso, almendras y miel, que me había inventado la víspera, pese a lo cual Alberto Pérez, el director de orquesta, se apresuró a decir que lo había probado en Capri, y cuya originalidad consistía en que dicho camarero debía hacer que se tropezaba y explotar la fuente contra el suelo inundando la sala de efluvios de especias y salpicando a los comensales más próximos. También había salido bien el adiestramiento del oso y el cuidado del rebaño de corderos, que no obstante mandé llevar al jardín después de la fría acogida que por parte de los más anticuados tuvo el estallido del primer plato.

Por desgracia tampoco fue la primera vez que Edmundo olvidara que ya había hecho un brindis y al repetir el que hiciera en honor de Silvia y de su actuación como novia virgen (¡!) de Lammermour, todos lo ignoraron.

Después de la cena Blanca se sentó al piano y sin que ninguno la escuchara los invitados rehilaron sus coloquios en la sala agrupándose y reagrupándose según el humor, el tedio o la digestión de cada uno. Las puyas no fueron más punzantes que de costumbre, ni los desplantes más abruptos o las indirectas menos alambicadas. Incluso la llamada Walkiria apenas granizó una sola ventana arrojándole un pisapapeles de pirita. Nadie se insolentó más de lo usual, ni siquiera Leandro Gómez, célebre fustigador del populacho en las tertulias, ni el coronel Álvaro, que se limitó a burlarse de los incautos que mueren por la patria. La úlcera de Cristian no le provocó más que unos cuantos exabruptos contra los Derechos Humanos, y esta vez la lúbrica pareja que forman Beatriz y Eduardo lograron contenerse y no practicaron el amor tras las cortinas de raso rojo. Ese ínclito humanista que es el doctor Roldán solo difundió el secreto de un diagnóstico, eso sí, mortal de necesidad, el de Leonora, que siendo la única en no saberse desahuciada le agradeció la curación con un beso muy apasionado.

Pero sobre las cuatro se me acercó Gustavo, mi amante de esta semana, extrañado de que aún nadie diera señales de retirada, y le recomendé que cuando se fueran me esperase en la recámara. El error fue permitir entonces que la esposa de Cristian y Alberto, el provecto músico, se tendieran en los sofás para reposar un poco, pues aquello les infundió a los demás la fatal idea de imitarlos.

Al fin algunos preguntaron por sus abrigos y chales, pero a continuación nadie fue siquiera capaz de intentar salir de la sala e incurriendo en la más elemental falta de etiqueta se dispusieron a acampar aquí como una tribu de salvajes. Saltaron los botones, se aflojaron corbatas y cordones, y las chaquetas de los fracs ya pendían como fantasmas de los respaldos de las sillas. Hasta Edmundo se despojó de la suya con tal de que los invitados no se sintieran incómodos de haberlo hecho. Aunque los más conscientes nos agradecieron nuestra hospitalidad pero la declinaron porque en pocas horas los esperaban familiares y obligaciones, ni ellos, que estaban escandalizados por la descortesía del resto, se atrevieron a dar un paso hacia la salida.

Rugían los bostezos, se abatían los párpados y el sueño nublaba los rostros en los que se habían desvanecido el rímel y el carmín. Acabaron todos de acomodarse en divanes y canapés, Julio apagó la luz y sonó el primer ronquido. Curiosamente dormí mejor que nunca, enroscada en el sofá y solo por unos instantes me despertó un fuelle de jadeos que culminaron en un suspiro como de alivio y un silbido parecido al de un neumático que se deshincha.

La luz de la mañana pintó las ojeras violáceas, la demacrada tristeza de las mejillas y los carrillos caídos de nuestros amigos. Julio me informó de que no se había presentado ningún proveedor habitual, ni siquiera el lechero, así que le mandé preparar un desayuno a base de sobras de la cena. Al parecer, durante la noche Don Pedro, uno de los más ancianos, se había sentido indispuesto, y ahora yacía inconsciente sin que el doctor supiera qué hacer por él sin una aspirina a su alcance. Pese a la caballerosidad y urbanidad de los presentes, aunque el enfermo necesitaba de urgente asistencia, nadie hizo por salir a reclamarla.

Me disponía a acompañar a varias señoras al tocador para que se refrescaran un poco pero nos quedamos paralizadas en el umbral maldito, privadas de voluntad, como si en vez de dar un paso adelante hubiéramos de saltar de una trinchera y el comedor fuera tierra de nadie. Incluso Julio por primera vez en su vida no pudo obedecer una orden, al ser incapaz de cruzar esta barrera invisible y traer cucharillas para el café. Ya se ha quedado también él cercado por el cuadrado mágico de esta sala, el día entero sin poder salir de aquí, hechizados por un encantamiento de impotencia, con el agua y los alimentos empezando a escasear, los primeros síntomas de irritabilidad adensándose con el sudor de las ropas ajadas, un agonizante en el sillón, e ignorando a qué se debe nuestro encierro, si a indolencia, curiosidad, inmovilismo, espíritu gregario, locura, escrupulosidad, desafío, irresponsabilidad, abulia, delicadeza, vicio, impotencia, originalidad o quizá miedo al exterior, a la vida y a las gentes de la calle, aunque tampoco es el motivo de esta situación lo que más me importa, sino hasta cuándo habremos de soportarla sin ahogarnos en suciedad, violencia y este hedor a muerto que ya empieza a insinuarse en el ambiente aunque el enfermo aún respira.                           

                                                         

jueves, 2 de mayo de 2013

ÁNGELES SIN BRILLO


                                  


Doce años sin detenernos más de una semana en ninguna parte me han enseñado que todos los recintos festivos –incluso éste del carnaval de New Orleans donde llegamos ayer- son iguales: los hangares de chapa, los pilones de los circuitos que ciñen los aviadores (Roger Shumann, mi marido, es el mejor), los graderíos portátiles, los puestos de helados como ése donde nuestro mecánico Jiggs le está comprando uno de chocolate a mi hijo Jack, las atracciones infantiles… y en eso se ha convertido nuestra vida, en un carrusel de fiesta en fiesta donde nosotros somos los únicos que no reímos, Roger y yo, amigos del aire, adictos al peligro, arriesgando él su vida a cada giro sobre el pilón en una carrera contra la muerte que tarde o temprano todos los pilotos pierden, cómplice y esclavo de la velocidad; y yo, celosa del riesgo que él corre pero también novia del vacío y del vértigo, dejándome caer en paracaídas desde el cénit de las fantasías del público, a través de un tiempo tan extenso que me parecería subir a las nubes y no descender a la tierra, si no oyera cada vez más nítidos los aullidos de los espectadores adivinándome la ropa interior bajo el vuelo de la falda.

Ayer, nada más llegar en pleno Mardi Gras, el bueno de Jiggs se compró unas botas de cuero para vestirse de gala y con una conmovedora vanidad pavonearse ante mí como si por una vez el héroe fuera él, el mecánico, y parecerse al mismísimo Roger Shumann, el mejor piloto de carreras y mítico ex combartiente de la guerra en que se conocieron, y poder rivalizar con el hombre que más admira, su antiguo superior y ahora jefe, el mismo que lo ha privado del amor de su vida, yo. Porque a él Jiggs lo quiere solo un poco menos que a mí. El bueno de Jiggs se ha convertido en el tercer ángulo de nuestro triángulo, obtuso pero siempre abierto a ayudarnos a cualquiera de los dos. Tiene un corazón puro y blanco como la nieve, que se derrite igual de fácil.

Mientras Roger se quejaba de que por culpa de aquellas botas tan caras no podríamos pagarnos ni una pensión y habría que dormir en el hangar, apareció un tal Burke Devlin, un joven y apuesto periodista del Times Picayune que venía de la mano de Jack y ofreció su apartamento para pasar la noche a unos nómadas desconocidos como nosostros. Otro cándido de corazón blando. Aunque dijo hacerlo para escribir un reportaje sobre nuestro oficio, no me engañó la expansión de sus pupilas, como si en vez de mirarme a mí contemplase el mar o el fuego.

Si lo que Burke quería era una historia para el periódico, anoche se la conté, y bien triste e inverosímil, en su casa. Cuando llegó de la calle, se encontró a Jiggs y a Roger en su cama, a Jack durmiendo en la alfombra, y a mí leyendo en el sofá, así que se la pude contar a solas. Todo empezó en 1918 y en el muro de un granero de mi pueblo, en Iowa, donde vi un cartel anunciando bonos de guerra: un célebre piloto se perfilaba en la cabina de su avión de combate, tenso y magnífico, erizado el pelo rubio sobre los ojos y la nariz de águila, invicto y glorioso, en picado hacia la apoteosis de sus cinco condecoraciones y rumbo a un prometedor futuro que acabaría incumpliendo su palabra. Era el mismísimo Roger Schumann, que había derrribado a doce aviones enemigos.

Después de soñar con él dos años y recrearlo en todas las actitudes del héroe, lo conocí a mis dieciséis años, el diecisiete de Agosto de 1920 (nunca olvidaré esa fecha), en una exhibición aérea. Me firmó el programa, y los de la fila empezaron a protestar, ya que no podía decidirme a dejar atrás a quien desde el estrado, ahora lo sé, solo me miraba como a otra de las mujeres que conocía en las casas alegres de cada ciudad. Despegó hacia Omaha: siempre ha amado los aviones mucho más que a mí. Para él pilotar un avión es el cielo.

Dejé a mis pobres padres, seguí a Jiggs, logré subirme a su autobús y sin querer lo trastorné al punto de que la noche del trasbordo quiso alojarme en el hotel más caro de los alrededores. Al vernos, Roger explotó contra Jiggs y contra mí. Siempre ha tenido los nervios de un artista que no quiere que lo distraigan de su trabajo. Sin embargo, acabó por aceptarme porque yo le gustaba. Como a muchos. Puse como excusa de haber acompañado a Jiggs aspirar a convertirme en paracaidista de exhibición, para que fuera él quien se declarase, pero hace años que soy profesional y aún estoy esperando que lo haga.

Nos casamos el 17 de Julio de 1923 (esta fecha preferiría olvidarla), en Portland. Como siempre, estábamos en una exhibición. En la cafetería del aeropuerto le dije que iba a tener un hijo y él apenas levantó la vista del periódico: después de tantas noches lo raro era que no hubiera ocurrido antes. Jiggs le arrancó el periódico de las manos y le dijo que si no lo hacía él, se casaría conmigo. Después de todo, yendo juntos los tres a todas partes, a nadie le habría extrañado que el padre fuera Jiggs. Entonces a Roger no se le ocurrió sino coger dos terrones de azúcar, inscribir varios puntos en cada cara de los cubos y tirarlos como dados: obtuvo un ocho. Se los alargó al mecánico. Al comprender éste que pretendía jugarse al azar cuál de los dos se casaría conmigo, quiso atizarle, pero desde la guerra es tal la autoridad que Roger ejerce sobre él y por una vez vio Jiggs tan factible el sueño de casarse conmigo, que terminó por lanzar los azucarillos: un siete.

Como perdedor, Jiggs exclamó que se casaría conmigo, pero entonces, y de esto se alimenta la esperanza de mi vida, Roger repuso que era el ganador quien debía casarse, y volvió a ponerse a leer el periódico. Dos horas después fuimos al juez de paz y todo siguió igual entre nosotros. Aunque desde entonces no hemos vuelto a hablar del tema, al menos una vez al día recuerdo lo rápido que Roger replicó que el ganador sería el novio, como si yo le fuera más preciada que uno de esos premios que gana en el aire. Sí, pilotar un avión es su único cielo.

 Mientras había oído la última parte de mi historia, a Burke los ojos se le salían de las órbitas de incrédula indignación. Esta mañana tampoco se ha separado de mí. Roger y yo hemos efectuado nuestra primera actuación. Pese a los malos presagios que me inspiran todos estos gigantes, cabezudos, máscaras o espejos de feria que entre espectrales organillos parecen distorsionarme el alma y agigantar mi malestar, de momento puede decirse que hemos tenido suerte. He llevado a cabo mi espectáculo aéreo-mórbido-sexual sin incidentes; simulé perder el primer paracaídas y abrí el de emergencias, y al verme la falda al aire los gritos de los energúmenos de abajo superaron las exclamaciones del susto cuando me habían creído en peligro. Burke estaba asombrado, sin saber que luego vendría lo bueno, la carrera.

Mi hijo y yo ya estamos acostumbrados, pero el público vibró ante el furibundo frenesí de aquellos siete precarios aeroplanos que, vertiginosos rivales, parecían hambrientos y rapaces pájaros que lucharan por su presa, la victoria. En efecto, Roger, que iba el segundo, tuvo que arriesgar al máximo para adelantar al piloto del avión propiedad de Matt Ord, el baboso promotor. Sin el premio en metálico no podríamos ni pagarnos la gasolina. Al intentar devolverle el adelantamiento, el otro piloto impactó con el avión de Roger, salió despedido y se estrelló en una bola de fuego. También Roger perdió el control, pero pudo aterrizar de emergencia y salió indemne. Tuvimos que sujetarlo para que no volviera al avión en llamas; seguro que si yo hubiera peligrado en algún incendio no habría puesto tanto ímpetu en salvarme.

Ya sin avión para la carrera de mañana, nuestra última oportunidad es que Jiggs repare esta noche la avería de un inseguro aeroplano de Matt Ord. Lo más difícil será que éste acepte, pues en Dallas Roger me dio una de las pocas alegrías al sacudirle cuando lo sorprendió arrinconándome en una esquina de la cantina. Pero Roger precisa tanto del dinero o de la adrenalina del peligro, que ante el asombro del mecánico y el periodista ahora se le ocurre mandarme al hotel de Ord para que durante la noche, mientras que Jiggs intenta reparar el problemático avión, yo misma arregle las diferencias que lo separan de Matt Ord y por todos los medios lo convenza de que le deje pilotarlo, aunque, tan maltrecho como mis sentimientos, el mortal aparato solo le valga para subir muy alto, tocar por un instante el cielo y, al menor fallo, de una vez por todas encontrar lo que lleva buscando desde que de niño subió al primer columpio.                                               

                                                          

lunes, 29 de abril de 2013

EN UN LUGAR SOLITARIO




                 


Me lo encontré por primera vez al segundo día de instalarme en estos apartamentos, a medianoche y en el patio colonial que con sus verjas de hierro colado, la fuente de mármol y las petunias y el jazmín, se ha convertido en el escenario de nuestro idilio… y de mi pesadilla. Venía acompañado de una joven a la que hacía reír, me dejó paso y conforme subía las escaleras noté en la espina dorsal el escalofrío de su deseo.

Al enseñarme la urbanización, la administradora me había hablado de él como la atracción de la casa: Dixon Steele, el guionista de Hollywood. Lo que no me dijo fue lo que se rumoreaba de él en los locales de la ciudad, que llevaba años sin escribir, que bebía demasiado y era muy propenso a las reyertas. Quizá aquel aura de gloria, fracaso y desastre me había predispuesto a su favor y aquella primera noche no pudo sino fascinarme la cara que al cruzarnos había palpitado en la penumbra perfumada del patio, pero lo cierto es que no dejé de fantasear sobre él mientras me preparaba para acostarme. Me había venido aquí prófuga del cariño de Joe Baker, el especulador de fincas cuya mansión abandoné a escondidas para recapacitar si de veras quería casarme con alguien que solo hablaba de precios y fincas, aunque sus influencias parecían lo único que podía enderezar mi errática trayectoria de actriz.

Me asomé al balcón para mirar al blanco de mis pensamientos: la ventana del vecino, y me lo encontré observando la mía. Se quedó tan paralizado como si hubiera visto al fantasma de su deseo: yo estaba en salto de cama. Su visitante parloteaba por allí atrás; parecía desear que ésta hubiera sido otra muy diferente. Al fin se volvió para atenderla y yo tuve que beberme dos vasos de agua. Antes de acostarme volví a asomarme y la vi alejarse por el patio mientras él cerraba la puerta: no parecían haber disfrutado mucho o la diversión había sido extremadamente breve.

Me despertaron los urgentes timbrazos de un agente, que me dijo lo peor que puede decirte un policía, que era un asunto de rutina. Camino de la comisaría, a través de un amanecer de pájaros espantados por la sirena, me comentó que solo se trataba de verificar una coartada. Mildred Atchinson, la visitante del apartamento de Steele, había sido estrangulada entre la una y las dos de la madrugada, según un tal capitán Lochner, que me recibió en su despacho junto con el sargento Nicolai y el principal sospechoso, Dixon Steele, que parecía enmarañado en uno de sus argumentos policiales. Les dije lo que había visto, y para sostener mi declaración de que la chica se había ido sola, tuve que reconocer delante de todos cuánto me había fijado en Steele.

A la salida se ofreció a acompañarme, y para retroceder todo lo que por culpa de la acusación había tenido que avanzar antes de tiempo, le repliqué que yo siempre regresaba con quien me hubiera traído. No fue fácil resistir la tentación. Pero a media mañana ya no pude más y crucé este patio que no dejamos de recorrer arriba y abajo, con la excusa ante mí misma de pedirle a Steele que empleara sus contactos para que mi nombre no figurase en la prensa. Prometió hacerlo su agente, que salía, y él efectuó otro acercamiento, que en el fondo era lo que yo pretendía, pues mi oscuro nombre artístico no suena ni en mi calle natal. Esta vez estuvo muy cerca de besarme, pero reaccioné y, como un hipnotizado que se despierta antes de hora, no me dejé llevar por lo que yo más quería. Me acompañó por el patio de vuelta a mi apartamento y al menos admití que había roto mi compromiso con Baker, del que ya le habría hablado el agente. Casi se me declaró, me invitó a cenar y una voz que no era la mía le respondió que mejor cenaríamos por separado. Sonó el teléfono desde su apartamento, e intentando avisarlo me costó mucho librarlo de la crisálida de ensimismamiento que lo entorpecía. Aunque parecía tan embobado en mí como yo en él, logré disimularlo.

A la otra noche se presentó a las once. Tenía la cara borrosa y olía a alcohol: un par de copas debieron emvalentonarlo. Pero de repente se le vio confuso, inseguro; después de los últimos frenazos ya no veía la recta diáfana de obstáculos. Verlo dudar de sí me conmovió y acabé por decirle que me había decidido por él. Cuando dejó de besarme pensé que sin saberlo nos habíamos buscado toda la vida y solo el asesinato de una joven había podido reunirnos.

Los días siguientes, después de una larga abstinencia de máquina de escribir, se los pasó trabajando. He aprendido que es la tristeza, y no la felicidad, lo que puede anquilosar una mente creativa, porque después de la primera noche ni siquiera logré levantarlo del escritorio para que volviera a acostarse conmigo. Dormía poco y a deshoras, y se pasaba el resto del tiempo en el interior de una cápsula transparente que ninguna voz del exterior podía horadar. Parecía apresado en la trama de un guión que él mismo tejía con los hilos de una concentración que ni siquiera yo era capaz de cortar. Nunca hubiera creído que me conmoviera tanto alguien que me mostrase tan poca atención. Gracias a haberme conocido, Dix ha vuelto a escribir.

Una mañana, después de veinticuatro horas de vigilia, al fin logré que se acostara. Vinieron Mel, su representante, también encantado con semejante reacción, y el sargento Nicolai, amigo de Dix desde que se conocieron en la guerra. El capitán quería volver a verme. Me advirtió de un posible ataque criminal de Dix: seguía siendo el principal sospechoso de haber estrangulado a aquella joven. Sin motivación sexual, al parecer, este tipo de asesino tiene una mente retorcida y enferma, pero también muy despierta, por lo que puede camuflar sus lacras con una conducta aparentemente normal. Salí muy disgustada con la policía, decidida a no contarle a Dix nada de aquello con tal de no preocuparlo.

Sin embargo, aún ignoraba que el capitán había logrado sembrar la cizaña en mi confianza y amor por Dix. Esa tarde me abrazó un poco fuerte y la araña del miedo me correteó por el cuello. Martha, mi asistenta, que lo detesta porque prefiere a Baker, también ha nutrido esa cizaña precaviéndome contra él. Y lo más grave ocurrió anoche. En una barbacoa que celebrábamos en la playa con Nicolai y su esposa, ésta cometió la indiscreción de referirse a mi última visita a la comisaría. Indignado de que se la hubiera ocultado, Dix corrió al coche, a duras penas pude subirme y emprendió una furibunda carrera contra su frustración, y cuando embistió a otro automóvil y frenético de furia bajó, aporreó al otro conductor y después de dejarlo inconsciente cogió una piedra dispuesto a aplastarle el cráneo, supe que nunca, nunca se disolverá la sombra de sospecha que ha entenebrecido mi amor.                  

                                                        

viernes, 26 de abril de 2013

EL CUARTO MANDAMIENTO




                  


“Sí, me acuerdo”… “Le recuerdo perfectamente”, les decía por cortesía a todos los invitados al baile de Navidad que se ofreció en la mansión familiar para celebrar mi regreso del internado, y en la que ni las notas falsas de la orquesta, ni el desaliño de ciertos invitados, ni el sabor amargo del ponche lograron infundirme la intuición de que no solo sería la última reunión de semejante fastuosidad, sino el epílogo de todo un período de esplendor.

“Naturalmente que le recuerdo”… “Sí, le recuerdo”…, hasta que degradando mi educación a hipocresía dos personas por separado me significaron que aquello era imposible porque nunca antes nos habíamos visto. Esa coincidencia debió hacerme sospechar que, idénticos en descaro, aquellos dos eran padre e hija. Ella era Lucy Morgan, recién salida de la adolescencia, y en cuanto la vi sentí cómo se rendía sin condiciones el castillo de mi orgullo.

Bailamos y no la dejé soltarme el brazo en toda la velada. Aunque no me gustó lo popular que era entre los chicos, al menos no estaba prometida. Puede que me excediera llamando impertinente y estrafalario al viudo de cepillo por bigote que acabó resultando su padre –el inventor de esos artefactos sin futuro que llaman automóviles-, pero le hice conocer la grandeza de mi nombre –George Amberson Minifer- y que mi dignidad me aleja del estudio y práctica de cualquiera de esas profesiones “liberales” de la burguesía. Por suerte, había logrado alzar de nuevo el puente de aquel castillo.

Después, el tío Jack me diría que ese Eugene Morgan, el padre de Lucy, hace veinte años se había atrevido a cortejar a mi madre y que mi padre solo se le adelantó porque una noche Eugene se emborrachó y vino al jardín de casa a tocar una serenata con un contrabajo, por lo que cayó en desgracia de los Amberson. Pues bien, en el baile de aquella noche el muy farsante no quiso tomar ponche para jactarse de que desde el episodio de la serenata no había vuelto a tomar alcohol y así significar su galantería. Bailó con mamá y tía Fanny; conversó con mi abuelo, el mayor Amberson, y con el tío Jack, el congresista.

Al final logré sonsacarle a Lucy una cita para salir en trineo por la mañana. No dejó de asombrarme que con lo que se parecían el padre y la hija, uno fuera el objeto de mi odio y la otra de mi amor. Mientras que el padre me crispaba el orgullo de estirpe que los estúpidos llaman arrogancia, la hija me lo aplacaba. Cuando todos se fueron, a la polvorienta luz del alba, los tapices me parecieron apolillados y los óleos desvaídos: entre ambas sensaciones había predominado el desagrado que él me suscitaba.

A partir de aquel día papá empezó a perder peso y las mejillas y los ojos se le hundieron de preocupación por la decadencia de nuestros intereses. O eso fue lo que creímos. A ratos mamá lo miraba con pena; pero mientras yo no volviera al colegio, solo tendría ojos para mí. Por lo mucho que me quiere, algunos malévolos creen que me ha malcriado y pretenden hacer pasar por mimos lo que solo es amor de madre.

El resto de las vacaciones seguí saliendo con Lucy. Y también el aprovechado del padre se fue inmiscuyendo en el seno de la familia y, como el moho en la época de lluvia, se infiltró en nuestros salones. Todos tuvimos que pasearnos en su chisporroteante cacharro, que parecía una cafetera en ebullición, y tía Fanny se atrevió a invitarlo a cenar. Tío Jack me explicó que desde joven ella lo había querido y no pude sino reírme de las rancias ilusiones que ya la tía pudiera albergar respecto al metomentodo. Salvo papá y yo todos cedían al hechizo del falsario, que encantaba al mundo entero con sus sonrisas y embelecos de galán otoñal.

Papá acabó por enfermar de gravedad. Una mañana el médico salió cabizbajo del dormitorio, la tía Fanny sofocó un sollozo en el pañuelo y por la casa florecieron negros crespones.

Me gradué en primavera, con Lucy y su padre presentes en la ceremonia, y a mi regreso se inició el asedio de ese charlatán, su cerco del indefenso corazón de mamá. Todas las tardes el tipo llegaba a casa –reconozco que cada vez en un más perfeccionado modelo de auto- más atildado que nunca, con un ramo de rosas rojas y el húmedo simulacro del amor en las pupilas dilatadas, y en presencia de mamá no dejaba de emitir suspiros, la mano en el pecho. Fanny los miraba inquieta, con las ojeras cárdenas y el imborrable maquillaje de la frustración, y si después de que él se fuera alguien le gastaba alguna broma, estallaba en una explosión de histeria… Ahora pienso que no debe ser fácil ser la tía de ninguna casa, siempre aparte y al margen de la vida auténtica.

Al contrario que los negocios de Morgan con los automóviles, nuestra fortuna menguaba. Desde que le dejamos el seguro de papá a Fanny, la cortesía de los empleados del banco ya era maquinal. Un día hube de acompañar a mamá y a la tía a la fábrica de Morgan, y con la condescendencia de los nuevos ricos el muy tunante presumió de armar un auto al día.

Cada tarde aún tenía que tolerar su presencia en el jardín; anguileante y sutil en el sendero, del brazo de mamá, al acecho del crepúsculo para aprovecharse de tan romántica escenografía y situarse al borde de un beso o un arrumaco. Entonces me sentía como si un intruso se hubiera adentrado en mi castillo interior y lo estuviera despojando de lo más valioso.

Él progresaba más que yo con su hija. Lucy y yo seguíamos saliendo, pero se le notaba impregnada del utilitarismo de su padre; para comprometerse conmigo me exigía hacer algo “provechoso”, como si el dinero contara más que la posición social. Seguro que su progenitor le había inculcado ideas tan perniciosas.

En la cena de la otra noche le mostré a Morgan mi animadversión condenando el automóvil como una máquina infernal, y aunque el hipócrita esgrimió el cinismo de reconocer que quizá la velocidad no supusiera ningún avance espiritual para el género humano, no pudo dejar de oponer que en todo caso el triunfo de los autos era seguro y que cambiaría la mentalidad de la gente. Logré que se fuera, haciéndose el mártir. El tío Jack se asombró de que tratara a sí al padre de mi novia, pero la verdad es que prefiero renunciar a Lucy con tal de perder de vista al tipo que pretende enajenarme del cariño de mi madre. ¡No lo logrará! ¡No quiero compartir a mamá con nadie!

El asunto incluso se ha convertido en comidilla de comadres y rumor de barbería. Le frustraré a ese truhán el plan aunque tenga que hacer como el abuelo, cuando hace veinte años le prohibió cortejar a mamá después de aquella serenata, y mi ceño hará que sus rosas se le marchiten entre las garras. ¡Por algo ahora soy el cabeza de familia! Si me obliga a ello, pondré a mamá en la tesitura de elegir entre él y yo.

Y ahora hasta la tía se ha puesto de su parte y aceptando su destino reconoce que de todas formas Eugene nunca se fijará en ella, y me dice que mamá padece del corazón y que si la chantajeo sentimentalmente acabará por averiársele como una de esas máquinas infernales de Morgan.      

                                                         

martes, 23 de abril de 2013

LAS UVAS DE LA IRA



                    Resultado de imagen de the grapes of wrath henry fonda
               
                 

Tuve la suerte de que me soltaran al atardecer de un día nublado, porque así, después de cuatro años a la sombra, no me cegó el resplandor de la libertad, ni el sol me quemó la piel pálida. En pleno secano me recogió un camionero que aunque parecía buen tipo resultó un entrometido. Le respondí que me dirigía a las tierras que mis padres llevaban medio siglo labrando, y como siguió cercándome con un interrogatorio digno de un policía le descerrajé la verdad, que acababa de cumplir condena por homicidio.

Con tal de librarme de él, seguí a pie y en el río me encontré con Casey, aquel díscolo predicador que una vez pronunció un sermón haciendo el pino. Me dijo que después de haber perdido el espíritu (lo que demostraba que más bien lo había recobrado) había renunciado a su ministerio. Ahora se había convertido en un nómada y puede que hasta en un borracho. Parecía haber perdido todo contacto con la realidad, pero descubrí que al fondo de su genial desconcierto fluía una serenidad que lo ponía en relación directa con la esencia de la naturaleza. Latía en sus extravagancias el pulso verdadero de la vida. Su figura espiritada, el rostro enjuto y los ojos que nunca parpadeaban eran los de un santo ateo. En confianza, camino de la finca, ya que no se había enterado de nada, le conté cómo me detuvieron la noche que de un palazo le rompí el cráneo a un tipo que estaba a punto de degollarme.

Al llegar a casa, tuve la sensación, como un viajero con la fiebre muy alta, de haber peregrinado a mi propia tumba: al abrir la puerta me abofeteó una corriente oscura de soledad. No había nadie y la sala sin muebles estaba más desolada que la celda de donde venía. El tableteo de un postigo al viento acentuaba el silencio de la noche. ¿Dónde estarían los míos? El loco de Casey no sabía nada. En un rincón se agitó una sombra como una rata gigantesca. Era Muley Graves, un vecino de toda la vida. Subrepticio y agazapado, me dijo que la familia se había ido a casa del tío John, de donde pronto también los echarían porque el banco dueño de las tierras había expulsado a todos los arrendatarios. Habían lanzado un destacamento de tractores que como tanques arrasaron con todas las casuchas de los aparceros, la de Muley incluida, y era tan abstracto y difuso el poder que había decretado tal injusticia que Muley admitió no tener en quién vengarse. Solo que, como un olmo más, después de haber pasado toda su vida arraigado en esta tierra que había arrendado su abuelo, aferrado a ella, se quedó oculto sobreviviendo con las alimañas que cazaba y solapándose entre las sombras como un fantasma que se sustancia allí donde ultrajaron su vida.

Afirmó que en un principio se creyó guardián oficioso de su casa a la espera de que los suyos regresaran a recuperarla: estaba trastornado. Entonces, a lo lejos unas luces horadaron la noche y la patrulla que venía en su busca nos obligó a ocultarnos entre los matorrales porque después de todo estábamos allanando una propiedad ajena. Lo que me faltaba era tener que esconderme como un ladrón en mi propia casa.

Más tarde Casey, que no tenía otra cosa que hacer, y yo emprendimos el camino a casa del tío John. Desde luego que con él era imposible aburrirse. Llegando al caserío no me reconocieron los perros. Al intentar orientarme, me acarició la nuca un soplo cálido como un beso. Después de responderle cualquier cosa a Casey, sentí otra caricia en el cuello: me había descubierto la dueña de la brújula que me encontraría en cualquier sitio del mundo, y de un mapa capaz de revelar el tesoro de mis alegrías perdidas: mi madre. La que en la cárcel y sin reloj me hacía consciente de la hora hasta en la celda de castigo o sin necesidad de fijarme en el ángulo de la sombra sobre la pared, porque a cada minuto quedaba menos tiempo para reencontrarnos y ella estaría descontándolo. Abrazó al niño que nunca dejaré de ser para ella y le tranquilizó saber que los barrotes no me habían devaluado la dignidad.

Salieron los demás. Conociéndome, mis dos hermanos, papá y mi hermana pequeña creyeron que me había escapado y tuve que repetir mil veces que me habían concedido la condicional. Varios habían cambiado: a los abuelos se les notaba la inteligencia debilitada y mi otra hermana se había casado con Connie Rives e iban a tener un hijo. Llegaron los mismos agentes que acosaban a Muley para advertirnos que al día siguiente la vivienda debía quedar vacía a las doce. Como si nuestra casa fuese su casa de huéspedes.

California es el destino de todos los Joad. Para nosotros el pagaré de la esperanza es un papelote arrugado, un folleto amarillento en el que se demandan ochocientos braceros para recoger fruta en California, la Tierra Prometida.

Partimos al amanecer, doce personas a bordo de un camión recién comprado por setenta y cinco dólares, escorado por unos enseres que lo asemejan a un rastro o tenderete rodante. Al final fuimos trece, mal número: subió con nosotros el desnortado Casey. El penúltimo fue el abuelo, a quien habíamos tenido que drogar a base de jarabe. Si para todos nosotros, enajenados del pasado, era traumático exiliarnos de nuestra infancia y juventud, para el abuelo, que a sus ochenta años no había salido de Oklahoma, resultaba inconcebible que a estas alturas lo despojaran de toda su vida.

Nadie tuvo valor –o cobardía- para echar una última mirada. Papá contó un chiste malo que apenas logró contagiarnos de la falsa alegría del fugitivo. Una manada de nubarrones proyectaban raudas sombras sobre la carretera. Saliendo de Oklahoma me pregunté cómo estiraríamos durante el trayecto los ciento cincuenta dólares para el combustible y comer todos a diario.

El abuelo no se encontraba bien y tuvimos que parar. Lo tendimos sobre una manta en la hierba y estuvo delirando tan agotado que solo pudo hundirse en el único sitio donde no quedan privaciones ni penalidades ni siquiera para los pobres. En realidad había iniciado su último viaje al salir de Oklahoma, cuando más allá de las montañas dejó de reconocer el paisaje. Sin dinero para funerales, al menos Casey, aunque detestaba su pasado de predicador, pudo decir una oración.

El viaje ya ha quedado marcado. Y esta noche, en un campamento de acogida un tipo que dice provenir de California nos ha dicho que allí no necesitan braceros. Según él, imprimen folletos como el que tengo en el bolsillo para que se presenten cinco mil hambrientos en busca de esos ochocientos puestos y poder pagarles una miseria. Papá, que piensa comprar una parcela ahorrando una parte de cada sueldo, lo observa con incrédulo temor, mientras que extrangulado de sollozos el pobre diablo cuenta que en toda California no encontró ningún trabajo y que sus dos pequeños y su esposa murieron de hambre. A pesar de sus vientres hinchados el médico atribuyó sus muertes a ataques al corazón. El vigilante le manda callar si no quiere ser acusado de agitador social.

La duda tiembla en los ojos de mi gente. Extraigo el folleto del bolsillo para aferrarme al ya borroso trazo de las letras de molde, cada vez más desvaídas, como si su credibilidad se fuera corroyendo con la tinta en un papel tan arrugado que ahora casi se me deshace entre los dedos como un puñado de polvo.

Pero a estas alturas no podemos renunciar a la fe. Sería demasiado cruel que nos devolvieran sin pagar el pagaré de la esperanza y que además, como a este hombre, nos acusaran de haberlo falsificado.                

                                                         

sábado, 20 de abril de 2013

LA OTRA


                   

Cine negro y cine clásico mexicano son dos conceptos que no suelen confluir en los pensamientos de los cinéfilos no conocedores de la maravillosa filmografía del cine de oro mexicano. Sin embargo entre los años 40 y 50 se produjeron una serie de películas claramente enmarcadas en el noir de altísima calidad, con personajes ambiguos y marcados por la senda del crimen. Cintas de categoría suprema como  Distinto Amanecer de Julio Bracho, Sensualidad de Alberto Gout o En la palma de tu mano de Roberto Gavaldón adornan las vitrinas del noir clásico mexicano. De entre todas las películas de esta temática la que más me cautiva es sin lugar a dudas La Otra del grandísimo director mexicano Roberto Gavaldón.

Gavaldón, es junto con Emilio Fernández, el gran director del cine de oro mexicano. Películas como La Barraca, La Noche avanza, La Diosa arrodillada o la gran obra maestra del cine mexicano Macario dan lustre a su extraordinaria filmografía. En plena época de esplendor del cine de oro filmó La Otra contando como actriz protagonista con la gran diva, con permiso de María Félix, del cine mexicano Dolores del Río en un doble papel de hermanas gemelas de personalidades  y vidas enfrentadas. La Otra cuenta con una trama sorprendentemente parecida a la película del mismo año protagonizada por Bette Davis Una vida robada y fue revisada por el cine americano, de nuevo con Bette Davis como protagonista absoluta, en la película de 1964 Su propia víctima dirigida por Paul Henreid (sí, el actor que interpretaba al marido de Ingrid Bergman en la mítica Casablanca).

Sin ser tan conocida como la cinta de Bettte Davis La Otra es muy superior a Su propia Víctima. Mientras que la cinta americana pecaba de una puesta en escena teatral y melodramática algo encorsetada la cinta de Roberto Gavaldón no adolece del estilo escénico de la americana y cuenta con un ritmo frenético de alto suspense emparentado con el cine de Alfred Hitchcock. Como tito Alfred, a Gavaldón no le importa que conozcamos de antemano la identidad del asesino concentrando el suspense en la en las sospechas , encuentros y chantajes que sufre el personaje principal de la trama, elevando el nivel de misterio conforme avanza el desarrollo de la narración hasta llegar al punto en que todo estalla como una explosión de adrenalina.

La película comienza con la escena del entierro del Señor Montesdeoca el marido millonario de Magdalena una joven y prepotente mujer a la que el azar y relaciones le han otorgado riqueza y bienestar.  Tras la muerte de su rico marido el horizonte para Magdalena se presenta libre y gozoso. Magdalena tiene una hermana gemela, María,  pobre y desafortunada que lleva una existencia triste y amargada junto con su novio Roberto, un modesto policía que desea casarse cuanto antes con ella, y que  odia a su déspota y avariciosa hermana por su afortunada vida que no ha querido compartir con su gemela. María harta de las penalidades que la persiguen decide asesinar a Magdalena y suplantarla haciendo creer a Roberto que se ha suicidado vencida por su pesimismo. La puesta en escena del fratricidio cuenta con un poderoso juego de claroscuros y espejos consiguiendo una atmósfera próxima al cine de terror.



                   

                 

Una vez reemplazada por su gemela asesinada, María sufrirá un profundo cambio de carácter siendo su pesimismo y carácter dócil fagocitado por el carácter codicioso  y soberbio que poseía su hermana Magdalena. El juego de espejos y doble personalidad tan mitificado por las leyendas urbanas que se asocian con los gemelos es representada magistralmente por Dolores del Río cuya interpretación rebosa divismo y comportamiento esquizofrénico.

En la mañana siguiente a la del crimen María recibe la visita de dos policías para comunicarle el suicidio de su hermana. Se encontrará en  la comisaría con Roberto al que escucha su confesión de culpabilidad por no haber detectado la intención suicida de su novia. María adoptará una actitud compasiva y humilde con Roberto, el amor de su vida, actuando como ella misma cuando está con él y una actitud manipuladora y frívola en su ausencia interpretando de este modo el papel de Magdalena.  Llegará incluso a fingir  un accidente en su mano para falsificar la firma de su hermana en el testamento.

Pero un golpe del destino se volverá en contra de los planes de María: el descubrimiento del amante secreto de su hermana con el que Magdalena planificó al asesinato de su marido. Esta paradoja convertirá su gozo en una pesadilla alucinógena en la cual se encuentra atrapada por un crimen que no ha cometido. Extraordinario giro argumental este en la que la culpable del asesinato de su hermana debe demostrar su inocencia en un crimen en el que el criminal es su propia víctima. ¿No son estos suficientes argumentos como para no perderse este peliculón de plantea un juego de altísimo suspense en el que los arquetipos del thriller alcanzan la cumbre del género?

Cumbre del cine de intriga, La Otra es una obra que no puede caer en el estante del olvido. Hará disfrutar a los amantes del cine con su perfección técnica aliñada con una estupenda historia melodramática de odios y amores renunciados con toques de paranoia y esquizofrenia, encontrándose a la altura de obras de la talla de Las diabólicas,  Crimen Perfecto o la también cinta de crímenes con gemelas A través del espejo.  La cinta encierra igualmente una crítica al exceso de avaricia, la envidia y la obsesión por el dinero  y su despilfarro infructuoso y trivial  como fuente de falsa felicidad, maravillosamente reflejado por el hecho de que la supuesta millonaria sufrirá de falta de afecto y soledad en mayores proporciones que cuando carecía del poderoso caballero.

La música y la iluminación son otro punto fuerte de la película ayudando a que el relato se mueva de manera ambivalente entre el terror y la intriga impregnando la narración de atributos de thriller moderno e inquietante. Gavaldón mezcla a la perfección los mecanismos de engaños y jugarretas del destino para legar a los amantes del cine una obra maestra que quedará marcada en la memoria del curioso cinéfilo que quiera dejarse perturbar por la belleza de La Otra.




jueves, 18 de abril de 2013

NÉMESIS





La tercera vez que la vio responder a su mirada con sus ojos febriles, como llamas temblando a la noche de su pelo con el fulgor de un sacrificio a los dioses, Lucas decidió dirigirse a ella, en la esquina de la barra. Además, le sonaban su cara de niña con aquel cutis de marfil tallado en rasgos suaves y mudables al fuego de las pupilas, su cuerpo frágil de sirena que sin mover los pies balanceaba con gracia de un lado a otro en su precoz vestido de noche.
Estaba casi seguro de haberla conocido al cabo de alguna salida nocturna, sus dedos creían recordar el tacto de aquella piel, el diseño de su esqueleto sutil y delicado; y si no era así, serviría como táctica de acercamiento. También se había vuelto a mirarlo de arriba abajo la amiga, una pelirroja opulenta en su vestido rojo cereza, que hubiera necesitado de varias copas por su parte para merecer algún interés. Le hizo un comentario a la morena, que se encogió de hombros y estiró escéptica la punta de los labios. A Lucas le fascinaba el resplandor de la hoguera de sus ojos.  
Así que pidió el segundo whisky con agua de la tarde al camarero de orejas de soplillo que ahora le pareció simpático, y felicitó a su reflejo en el espejo que corría tras la barra de cómo evolucionaba el sábado mientras hacía tiempo en aquel pub para ir a ver el fútbol con su amigo Pepe. Aquel encuentro anticipaba su vuelo de depredador del sábado noche.
Porque le constaba que por mucho que alguien tan experto como él intentara sorprender la mirada de la más inocente joven, ellas siempre se las arreglan para escrutar inadvertidamente, de modo que era significativo que permitieran que su atención fuera detectada. Claro que también su cara debía sonarle a ella, y a veces lo de las miraditas falla, bromeaba Pepe, porque puede que solo les recuerdes a su padre, y él respondía que justo en ese caso era cuando todo estaba a favor, recordó Lucas acercándose a ellas. Achacó su retraso en atacar a la tardanza del camarero –quería que lo vieran llegar con su copa para que supieran que venía a quedarse-, pero la verdad era que notaba lo de siempre que lo intentaba casi sobrio, un ligero mareo que aunque lo cohibía algo, al poco acababa por impulsarlo al abismo, el vértigo ciego del halcón aún encapuchado antes de emprender el vuelo en vibrante ascensión hacia la plenitud y la gloria del sol.
En el camino lo alentó desde el espejo la floja sonrisa de camaradería de uno de los pocos clientes, un veterano de pelo de plata que a duras penas se mantenía en el taburete y dejó de monologar cuando él pasó a su altura; el relámpago de una cicatriz en la mejilla acentuaba el encanto de su decadencia. Sonó la risa de cascabeles de la morena, y apartándose de la pelirroja pareció soltarle la mano.
-Hola –ya entre ellas sonrió primero a la que no era el objetivo; sabía cómo hacerlo, pero respondiendo por lo bajo ésta bajó los ojos. Aquel pelo tan corto y la voluntariosa mandíbula casi le daban un aire masculino-. Qué tal –la morena sí que reflejó su sonrisa, sin que la acompañaran los ojos; un fuego interior parecía atizarlos para una ceremonia religiosa; Lucas recordó del instituto a aquellas sacerdotisas (¿se llamaban vestales?) que mantenían encendido el fuego sagrado del templo sin perjuicio de entregarse a cualquier peregrino. ¿O eran eternas vírgenes? Pero más que de los romanos, el furor de aquel fuego parecía propio de algún rito tribal de los bárbaros. Sustituyó sus recuerdos del bachillerato por la deducción de que ella habría bebido demasiado. ¿O aquellas pupilas dilatadas eran un síntoma de cuánto la atraía él?
-Tú y yo nos conocemos –dijo, por si ella le daba alguna pista.
-Qué mas da; siempre podemos empezar desde el principio –no le temblaron ni la voz metálica ni la mano que soltó la copa en la barra, pero semejante respuesta era más halagüeña que la hipótesis de la borrachera. O tal vez aquella firmeza era excesiva y estaba disimulando su estado; se sintió como ante un cliente difícil y a la vez muy fácil, una vez que desentrañara su carácter. La otra chasqueó la lengua contra el paladar; sería el típico “revienta ventas”, el familiar o amigo que intentaba disuadir al cliente de la compra.
-Quizá hayamos coincidido en la inmobiliaria.
-Nunca he entrado en ninguna. Vivo en casa de mis padres. Pero sola –de nuevo vaciló a un lado sobre el eje de los pies.
-Entonces nos habrá presentado alguien.
-Seguro –aquello no sonó irónico.
-Puede que tu nombre me dé una pista –mintió: nunca recordaba los nombres de ellas; a veces ni llegaba a saberlos-. Yo soy Lucas –se volvió a la pelicorta; la estaba descuidando, pero la delgada no le permitió distraerse:
-Del mío tendrás que acordarte por tu cuenta. Mientras tanto puedes llamarme como quieras. Ella es Rosario.
-Pero…
-Y yo que pensaba que habías venido a ligar… , y no por la curiosidad de acordarte de quién soy.
La alegría no le hizo olvidar por más tiempo la vieja táctica:
-Pues encantado, Rosario –le dijo antes de besarle las mejillas, que notó áridas. Sin embargo, al separarse de la morena respiró mejor; lo aturdía el perfume dulzón que emanaba de la petunia que ostentaba como broche en el vértice de su escote. Tenía el pecho plano como una tabla y no obstante traslucía un atractivo inequívocamente femenino, al contrario que Rosario, pese a la plenitud de sus curvas.
-No le va nada mal a tu amiga –Rosario volvió a desviar los ojos de su sonrisa-. Yo no logré independizarme hasta los treinta, no hace un año.
-No es eso; sus padres murieron –la displicencia de ella cobró un tono admonitorio, como si quisiera precaverlo; le brillaron los ojillos hundidos en la cara llena.
-Vaya, lo siento –tampoco aquel dato lo orientó. Sin embeberse del todo en la arena blanca del rostro, la sonrisa de la morena se matizó de tristeza, y sin apenas transición dijo:
-Fue una noche cuando nos conocimos. A ver si así te acuerdas.
Era ella quien iba marcando el ritmo del encuentro; la estratégica cortesía de Lucas le había impedido aludir a aquello. Aunque ellas fueran casi tan jóvenes como la morena, a él siempre le funcionaban los modales anticuados. Por eso les preguntó qué estaban bebiendo: tenían las copas vacías.
-Yo no quiero nada –se apresuró a decir Rosario.
Él se sorprendió de haberse acabado el suyo –en esos casos se olvidaba de beber- y pidió dos JB con agua. Le extrañó ver restos de lo que parecía coca cola en el vaso de la morena. Mientras alcanzaba la botella de whisky, el camarero exhortó al borracho a que mejor bebiera algo sin alcohol, porque ya sabía cómo había acabado otras veces. A través del espejo Lucas devolvió la sonrisa paternal que le dedicó el canoso. Se sentía tan eufórico que le pasó por la cabeza atraerlo al grupo –sin embargo, algo le decía que tampoco él haría buenas migas con Rosario-, o al menos invitarlo a través del pequeñajo de las orejas de soplillo, que alejándose con el cambio volvió a parlamentar con él. Antes de hablar tosió la morena como quejándose de su distracción:
-No me extraña que no te acuerdes –la reconvención era más que amistosa-: tendrás un montón de amigas.
Ahora el halcón planeaba imperial, dispuesto a lanzarse en picado en cualquier momento. Pero en su olvido había algo inquietante. Las noches menos exitosas bebía demasiado y solo en horario discotequero conocía a la chica de turno, en un delirio de luces estrepitosas, como un faro enloquecido, de modo que por la mañana despertaba junto a una desconocida en un cuarto al que no sabía cómo había llegado. Incongruentemente pensó que ahora le importaba mucho más acordarse de la morena que el mero hecho de reverdecer su éxito con ella.
-Qué más quisiera. Y de tantas ninguna como tú –se contradijo a sabiendas. Vio de reojo que, sin dejar de rezongar, el canoso se dejaba servir un botellín de agua y Lucas se alegró de que se quedara. Aun en su estado emanaba de él un atractivo evidente; veinte años y un millón de copas antes debió triunfar tanto o más que él mismo. ¿Quizá le recordaba a su padre, aun siendo éste abstemio?
-… y ahora no vas a excusarte con ningún piropo –estaba diciendo la morena; incomprensiblemente él se había vuelto a despistar-. Es muy poco halagador que no me recuerdes. Claro que si de verdad hubiéramos acabado entonces lo que dejamos pendiente, olvidarme habría sido insultante. O imposible: nadie aún lo ha hecho
-¿Te refieres a algún negocio en la agencia? –simuló no haber comprendido para seguir pareciendo un caballero-. Perdona, ya me has dicho que no has estado en la oficina –la pelirroja le miró a su amiga el reloj de pulsera, una miniatura de platino.
-Fue otro tipo de trato.
-¿Y qué pasó?
-Qué no pasó. Por tu culpa. En fin, hoy te daré otra oportunidad: te lo mereces –Rosario dio un respingo. Él no tenía argumentos, recuerdos, para contradecirla.
-Dime tu nombre entonces.
-Ponme el que más te guste. La verdad es que suelo inventármelo porque el verdadero le corta el rollo a la gente –él supuso que sería el típico horrible, Eufrasia o Rigoberta-, pero si quieres te lo diré al final, en el mejor momento, para compensar. Si es que no tienes otro plan mejor por ahí claro…
-¿Tú qué crees?... ¿Y tú cómo la llamas? –le preguntó a Rosario desconectando el teléfono para no tener que dar explicaciones a Pepe; faltaban diez minutos para su cita en otro pub. Mientras lo hacía pudo captar un visaje de la morena a la otra, como para que no le dijera su nombre.
-Por el suyo. A estas alturas tenemos mucha confianza –la miró con un brillo de orgullo que por un momento desmintió su enfurruñamiento.
-Es curioso, ahora estoy seguro de que cuando sepa tu nombre me acordaré de todo.
-Claro, será un dejà vú: también estarás acostado –pocas bellezas resultaban tan propicias-. Gracias, no fumo, pero me encanta que la gente lo haga.
-¿Vamos tú y yo a fumarnos uno ahí fuera, Rosario?
-Lo he de-dejado –y ahora Rosario miró a su amiga con rencor, como si no la dejara fumar o se supiera objeto de la clásica táctica por parte de Lucas de congeniar con la menos agraciada. Habló la morena:
-Por mí podéis salir. Ahora ya da igual que fumes o no.
Tal autorización pareció enfurecer más a Rosario, que perdió el control de la barbilla. Y como si el enfado le disolviera el maquillaje, se desmejoró lo suyo: las mejillas se le demacraron, pareció envejecer de repente y palideció tanto como su amiga, que tenía el cutis de hielo. Aquella máscara de la enfermedad de Rosario le trajo la certeza de que, en efecto, había conocido a la morena en cierta noche frenética de alcohol, que ahora recordó por ser la última que salió antes de sufrir aquella apendicitis complicadísima con una peritonitis.
-Brindemos, chicas. Por la vida.
-Mejor por el amor –rectificó la morena levantando la copa-. Para mí es lo mejor que hay, aun a costa de la vida –realmente la nueva generación era más que romántica, casi cursi.
Lucas abarcó en el brindis a Rosario, que de mala gana chocó su vaso vacío, el rictus macilento ya asentado en su cara. Experto en congraciarse con “terceras” que dejaran el campo libre, Rosario lo desconcertaba. No parecía afectarle la típica rivalidad femenina; no mostraba ni un fleco de envidia por la amiga, sino algo más oscuro. En cuanto a ésta, no fingía incomodidad por abandonarla, como hacían algunas.
-¿Habíais quedado con alguien más? –El halcón estudiaba el terreno. Rosario había vuelto a mirarle a la otra el fulgente reloj que parecía auténtico.
-No os preocupéis por mí –dijo Rosario-. Tenéis tiempo hasta medianoche.
-¿Hasta medianoche? –repitió él desconcertado.
-Rosario y yo teníamos algo previsto para entonces. Pero no te apures, querida, lo dejaremos para mañana sin falta. Si no te importa.
Así que era eso: Rosario tenía celos de ella, no de él. Ahora le cuadraban el pelo corto y aquella mandíbula prominente. Oyó al canoso exigir su gin tonic con más firmeza; el taburete chocó contra la barra. La morena le cogió la mano y le sajaron la palma las cuchillas de sus uñas; la tenía helada. Le vio las pupilas inequívocamente dilatadas; aquellas llamas sacrificiales parecían descontroladas y propagándose se exaltaban al cielo desde el altar de piedra. Aunque le encantaban los triunfos raudos, Lucas hizo por no echar de menos ciertos retos más arduos que habían desembocado en victoria.
-Me prometiste que sería esta noche –se quebró la voz de Rosario.
-A partir de mañana tendremos todo el tiempo del mundo. A las doce. O antes si quieres. Sabes que no hay nadie más puntual que yo.
Como un perfume dejado abierto, la euforia se volatilizaba del ánimo de Lucas. Hubiera preferido una situación más normal; tal vez aquello era el primer síntoma de madurez, en el buen o mal sentido.
-Es que no puedo más –Rosario estaba al abismo de las lágrimas.
-No le hagas caso, Lucas, a veces lo ve todo negro y se pone así –vacilaron las llamas de los ojos, como temiendo un cubo de agua. Ella lo soltó para desprenderse de la petunia y ponérsela como prenda en el escote de la otra.
-Para que veas que no voy a olvidarme de ti. Solo es un aplazamiento, tonta.
El disgusto de Lucas aumentó con la ráfaga dulzona de la flor, pero cuando la morena volvió a engarfiarle la mano lamiéndolo con la mirada de aquellas llamas furiosas, lo electrificó una corriente de excitación. En la altura vibraron las alas del halcón; había localizado a la presa asomando por unos matojos: una serpiente.
-Nosotros nos vamos –quizá por la emoción chirrió la voz de la morena.
A Rosario hasta se le había descolocado el pelo, que se reveló como peluca, y en su pecho la petunia parecía mustia. Adelantándose por poco a su dueña, cogió de la barra el bolso negro y estrangulando un sollozo revolvió adentro. La morena no soltaba el asa, como en la duda de arrebatárselo. A él volvió a desanimarlo aquello y por un instante casi prefirió estar viendo el fútbol con Pepe; pero la lógica de toda una vida le impedía hacerlo. Sin dejar de rebuscar, Rosario se le acercó hincándole el codo en el costado y se las arregló para no extraer el paquete de kleenex sin dejar de mostrarle en el interior el filo fulminante de lo que parecía la punta de un punzón para el hielo fulgurando miríadas de plata. Él sintió un escalofrío entre los omóplatos, como si se lo hubieran clavado allí. Las pupilas incoloras de Rosario lo enfocaron significativamente. De un tirón la morena recobró el bolso y se lo colgó del hombro; era de piel de serpiente. Lucas pensó que llevaría el punzón por si alguna vez la atacaban de vuelta a casa; los espráis no eran efectivos. Pero por atractiva que fuese y valioso que pareciera el reloj, no veía a nadie forzándola a hacer nada.
-Vámonos de una vez –insistió ella-. Es la hora –hasta su piel de ópalo transmitía impaciencia. Aunque los ojillos de Rosario medían la reacción de Lucas, se dirigió a su amiga con la voz ahogada:
-No son ni las siete. Para medianoche estarías lista.
-No me metas prisa, ponte en su lugar –lo señaló con la cabeza-. Yo trato a todo el mundo con el mismo cariño; mañana me darás la razón.
Lucas miró por última vez al canoso, que parecía haberlos escuchado, pues le sonrió con solidaridad. Al bajar los ojos, la sonrisa se hizo triunfal: el camarero le estaba sirviendo un gin tonic. Lucas concluyó que más que a su padre se parecía a él mismo dentro de treinta años, e incongruentemente lamentó haber perdido la ocasión de conocerlo. Sería difícil que volvieran a coincidir. El canoso era un habitual del local, pero por alguna razón él sabía que nunca volvería por allí. Rosario se había enterrado la cara en las manos y agitaba los hombros. Una copa explotó en el suelo: el canoso miraba atónito los añicos, desmentida su recuperación.
-Pídete un ron, querida –la invitó la morena-, recuerda que ya puedes hacer lo que quieras: se acabó la responsabilidad. Y no te preocupes, que mañana sin falta vendré a por ti; aguanta un poco, mujer.
-No… no podré…
-Tranquila, todo el mundo lo hace. Y piensa un poco en los demás. No hay nada tan egoísta como la pena –semejante reflexión contradecía su juventud-… sobre todo si es por uno mismo.
-No… no me dejes, Neme…
Después de asestarle a su amiga una mirada digna de aquel punzón de hielo, la morena lo arrastró hacia la salida. ¿Así que ese era el nombre, Neme? ¿El diminutivo de Nemesia? Todos esos nombres absurdos se abreviaban; con razón prefería ocultarlo. Sin embargo, quizá no era eso; otro recuerdo del bachillerato se agitaba al fondo de la memoria… Neme… Neme… era un apelativo griego, casi seguro de la Mitología… ¿Némesis?…
En la puerta ella lo desafió mirándolo con aquellas llamas bailando triunfales al viento de la muerte, que ahora supuso animadas para celebrar un sacrificio humano:
-Y tú a ver si esta vez te portas como un hombre. Cuando llegaba el momento he visto crecerse hasta a los tipos más ridículos, así que no vuelvas a fallarme. La otra vez fue una pérdida de tiempo.
Lucas, pese a que no acababa de alegrarse de la suerte que había tenido, intuyó que se dirigía al éxtasis más puro de su vida, por lo que ni siquiera intentó soltarse. Sin embargo, las alas rotas y fulminado en el aire por un relámpago de oro, el halcón ya caía por un abismo sin fin.