sábado, 21 de diciembre de 2013

EL MEJOR ACTOR DE COMEDIA DE LA HISTORIA


                                                                          
                   Resultado de imagen de cary grant and randolph scott                 

Randolph, “Tú y Yo” somos “El Águila y el Halcón”,
y aunque estamos “Encadenados” tu asiento en la pérgola está vacío,
así que apurando como una pena el Bloody Mary de mi soledad
por una vez no me importa que ni los alquileres ni mis valores
de Wall Street obedezcan a los termómetros de California,
y aunque aquí todo el mundo danza a través de las ondas del calor
en mi interior el frío contrae la piel de mi “Orgullo y Pasión”,
y como mi sonrisa en un cartel rasgado de “Gunga Din” la lluvia de adentro
me hace jirones la imagen de mí mismo, me encharca la conciencia,
desgarra mis venas y las vacía con la hemorragia interna del tiempo,
y esperándote entretengo el dolor jugando con los títulos de mi carrera.
Randolph, pese a que sea mi género favorito mi vida no es una comedia
ni una “Charada”, o quizá sí lo sea: está la comedia de mis matrimonios
con Virginia, Dyan, Barbara, está la comedia de mis amores
con Betty, Phillis, Betsy, el color de cuyos ojos olvidé
antes que el de sus bikinis, pues aún no ha nacido “Mi Mujer Favorita”,
la comedia de mi simpatía  y romanticismo de "Luna Nueva" o llena,
que me han convertido en fantasía de mujeres y envidia de hombres,
pero a veces convencía a Hawks de lucirme con una bata de chica,
la comedia de mi vida paralela que va a travestirme de esquizofrenia,
una comedia de errores y lágrimas, de terrores y sonrisas amputadas
para escarnio del dolor de cuantas mujeres me han amado,
la comedia de la hipocresía, la que me hace sonreír a la cámara
mientras lloro de deseo y me duele la quimera de tenerte,
la comedia que me obliga a abrazar ante los flashes a mi esposa
mientras me devora el recuerdo de tu cuerpo que imagino tendido
con otro como el cadáver de un hermano cuyo rostro he olvidado,
Randolph, mi incestuoso hermano, vaquero de serie B que para mí es A,
en todo caso una comedia de aventuras, de humor negro o de terror,
sí, más bien una comedia macabra, porno o de marcianos,
no solo una comedia disparatada, sino la comedia gore de mis sentimientos.
¿O en vez de una comedia será mi vida una cuesta hacia el cementerio?
¿El cerco de hierba quemada donde ha aterrizado y despegado
una nave extraterrestre que no quiere saber nada de los humanos?
¿El patio de una casa de amores donde se celebra el velatorio de la madame
y en el catafalco su cuerpo embebe para sí todo el marfil de la luna?



Me llaman tacaño pero estoy dilapidando mi vida en convenciones,
como ahora malgasto la espera aplicando a mi vida los títulos de mis obras:
“No soy ningún Ángel” y a veces hay “Murmullos en la Ciudad”
sobre mí, alguna “Sospecha” acerca de mi “Pasión de Libertad”
o sobre algún “Hot Saturday”, y cuando soy “El Asunto del Día”
los ejecutivos compran a periodistas salidos de “Historias de Filadelfia”.
¿Por qué tuvimos que conocernos en el rodaje de “Pecadores bajo el Sol”?
Hasta entonces todos los otros, el atleta de los corpiños de seda
o el australiano con cuerpo de delfín y el mar en los ojos,
solo habían sido ensayos, bocetos, preludios.
¿Por qué impacientas a la silla de mimbre de mi pérgola?
¿Para qué obligarme a cantarte sin música esta “Serenata Nostálgica”?
Mi mujer se ha ido y me quedan dos horas antes de volver al rodaje,
así que en todo el fin de semana no encontraremos otra impunidad,
ningún hueco como éste en el translúcido muro del tiempo
para salvarlo y disfrutar en mi jardín, pero ya estoy celoso del tiempo
porque creo que está contigo, tú que te vas con todos también te has fugado
con el tiempo que nunca te difuminará de mi deseo, tú y el tiempo huyendo
de mí, marginándome de la luz, inerte en la sombra de esta pérgola,
borracho de tu ausencia y de un Bloody Mary en el que quiero
“Arsénico por Compasión”, porque sin ti soy un serie B de la vida,
“Noche y Día” un “Corazón en Peligro”, contigo “Me Siento Rejuvenecer”
aunque tengo “La Muerte en los talones”, así que vuelve
a tu “Hogar Dulce Hogar” aunque sea en “Las Alas de la Noche”
porque quiero cogerte la mano por una vez sobre la mesa
y sobre todos los desastres que he contagiado a mis esposas,
y aquí te espera Archibald Leach, tu Archie, más conocido por Cary Grant,
así que “Cásate Conmigo” porque “La Novia Era Él”.  

     

sábado, 14 de diciembre de 2013

LOS CUATROCIENTOS GOLPES




                  

Hijo del olvido, de un padre que no era mi padre
y de una madre que no quería que conociera la luz,
como una mala película en blanco y negro proyectada
en las grises nubes de París, así recuerdo mi infancia.


Habitó mi niñez en una casa henchida de gritos y silencios grises
y pasé a la adolescencia como a través de un puente en llamas,
fueron grises tiempos de desastres fijos, de tristezas puntuales:
sórdidos profesores, manchas de tinta, verbos irregulares,
el frío gris de un hogar donde la estufa no rescataba ni un grado de amor,
el gris saludo de mi madre que me mandaba a comprar harina negra,
la llegada de mi padre, una gris rata de oficina que me roía la alegría,
el tintineo de los cubiertos resonando a instrumental quirúrgico,
la cena triste y antes de acostarme, a través de la Marsellesa de la radio
bajar la basura de nuestros sentimientos y apagar las luces de las ilusiones.
Y por la mañana de nuevo giraba la rueda de la tortura de la gris rutina
o me escupía como el caballito desbocado de un tiovivo enloquecido,
pero si no había escrito cien veces que mis faltas ofendían a los muros
del colegio, hacía novillos con René y las penas se revertían como medias:
nos acogían las sombras de terciopelo del cine, los parques luminosos,
la alegría de las plazas, la música de las flores, las parejas besándose,
hasta que una de ellas resultó mi madre con un extraño de abrigo gris.
Como un folletín escrito en los grises cielos de París por el humo
de reactores de bombarderos negros, así recuerdo mi gris infancia.


Y ahora, cuando veinte veranos después de mi última escapada
ya no me esperan en casa, me planteo por qué sublimar mi odio a mi madre
excusándome de mi falta a clase con la falsa noticia de su muerte,
para qué dormir en el frío gris de la imprenta del padre de René
y vagar huérfano de pan y leche entre las estatuas grises del alba,
para qué odiar el gris Sena porque me recordaba a mamá con el pelo suelto,
y obsesionarme con conocer el mar y tomarlo por símbolo de vida
y libertad, de éxtasis y plenitud, de madurez y de la primera mujer,
para qué intentar matar a mi padre robándole una máquina de escribir,
por qué traumatizarme de que él mismo me denunciara a la policía
por qué en la gris prefectura tomé a los agentes por profesores,
a un delincuente por mi padre y a alguna prostituta por mi madre,
para qué tanto sufrimiento en aquel itinerario de reformatorios,
si todo iba a acabar vertido en los grises versos autobiográficos
del poemario descatalogado de un autor oscuro, Antoine Doinel,
en el guión de una película en blanco y negro que nunca se repone.

   

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA MÁSCARA DE DIMITRIOS


                 

Para un fanático de la serie negra como yo el visionado de La máscara de Dimitrios ha supuesto un auténtico placer que me ha servido para experimentar un pequeño y breve viaje hacia el lugar de mi memoria donde guardo aquellas películas que dictaron los mandamientos que asentaron al cine negro como uno de los fundamentales de la historia del arte cinematográfico.

Sin embargo, La máscara de Dimitrios es una película de serie negra singular dotada de un misterioso ambiente novelesco pleno de ácido cinismo, adquirido gracias a la espléndida guionización llevada a cabo de la mítica novela de Eric Ambler en la que se basa el film,  que centra la atención más en el estudio de personajes que en la propia investigación detectivesca, aspecto éste último  habitual en las producciones típicamente norteamericanas. Y es que la película presenta una atmósfera más próxima al cine europeo de entre-guerras que a la perteneciente al cine norteamericano motivado ello por la presencia en el equipo de producción de buena parte de los técnicos y profesionales del Viejo Continente que emigraron a EEUU tras la explosión de la II Guerra Mundial. 

Negulesco, un rumano asentado en EEUU, aporta a la cinta un ambiente muy europeo recorriendo en el breve espacio de tiempo de la hora y media del metraje parte de las principales ciudades del centro y este de Europa, describiendo con todo lujo de detalles la etnografía, los ambientes taciturnos del vodevil y cabaret europeo así como el talante  caballeroso y decadente de los espías y criminales de la vieja Europa, los cuales empiezan a observar como su sitio es fagocitado por el sediento carácter pleno de codicia, frialdad y carente de escrúpulos de una nueva generación de maleantes (representada por Dimitrios), lo cual sirve para esgrimir una acertada metáfora acerca de los inquietantes e inmorales atributos presentes en los Gobernantes y grupos de poder europeos que desgraciadamente  provocaron el desencadenamiento de la Gran Guerra Mundial.

Podríamos calificar a La máscara de Dimitrios como el Ciudadano Kane del cine negro. Y es que la cinta de Negulesco toma como referencia a la obra maestra de Orson Welles para plantear un esquema narrativo en el que un escritor (en lugar del periodista de la obra de Welles) trata de poner en orden la vida pasada de un criminal hallado misteriosamente muerto (Dimitrios sería la representación de Kane) a través de pequeños flash – back relatados por una serie de personajes que cruzaron en el pasado sus destinos con el del fallecido, de modo que a través de estas pequeñas epopeyas que describen las sombras (no hay lugar para las luces en Dimitrios) del criminal, se dará forma a un complejo puzzle laberíntico iniciado por el curioso escritor protagonista en el que se demostrará que los acontecimientos no son tan claros como a simple vista parecen.

El recurso paradigmático planteado en La máscara de Dimitrios basado en reconstruir las vivencias de un personaje hallado muerto ha sido abrazado posteriormente en multitud de películas de serie negra, como por ejemplo el Forajidos de Robert Siodmark (basado a su vez en una novela corta de  Hemingway), El crepúsculo de los Dioses de Billy Wilder o sin ir más lejos la reciente Sospechosos habituales, película en la que hallo numerosos puntos de conexión con la referencial cinta de Negulesco tanto en el fondo como en la forma lo cual demuestra que la magnífica Dimitrios sigue manteniendo la frescura y modernidad necesaria para que las nuevas generaciones se sientan atraídas hacia su mensaje.

                   

Llama poderosamente la atención que el protagonista de La máscara de Dimitrios no es un detective o policía que trata de averiguar quien es el asesino de un acaudalado hombre de negocios, sino que las tornas se revierten de forma que el protagonista es un mediocre escritor de novelas de misterio que en busca de una trama que pueda servir para su próximo libro, decide iniciar una exótica e internacional investigación para conocer la personalidad y actividades llevadas a cabo por un conocido asesino y criminal que supuestamente ha sido asesinado en una playa turca.

Con una simple secuencia bucólica Negulesco marca las pautas y el tono que va a adoptar la cinta. Así la cinta comienza con un poderoso plano exterior en el que una risueña mujer localiza en la orilla del Bósforo el cadáver de un hombre. La identificación policial induce a pensar que el muerto ostenta la personalidad de Dimitrios Makropoulos, un pérfido espía que parece haber encontrado la horma de su zapato.

El coronel de la policía turca encargado de la investigación, una vez archivado el caso, acudirá a una fiesta en la que conoce a un escritor holandés de novelas pulp de escasa calidad llamado Cornelius Leyden (Peter Lorre). Fascinado por la presencia de Leyden, el coronel narrará al escritor la historia del hallazgo del cadáver de Dimitrios, rememorando a su vez la historia de cómo conoció a Dimitrios, en los años en que éste no era más que un vulgar comerciante de higos al que su codicia y maldad le llevaron a integrarse en una banda de contrabandistas, viéndose obligado a huir del país hacia un lugar desconocido de Europa tras asesinar al jefe de la cuadrilla.

Tras escuchar atentamente la narración del policía, Leyden decidirá reconstruir la vida de Dimitrios con el fin de obtener un buen material para plasmar en su próxima novela. Así Leyden viajará a Atenas siguiendo la pista de los actos delictivos cometidos por Dimitrios registrados en los archivos criminales. La información conseguida en Atenas trasladará a Leyden a Sofía. En el tren que le transporta a Sofía, Leyden conocerá al inquietante Peters, un siniestro personaje el cual parece interesarse por la investigación iniciada por el autor de novelas policíacas.

Leyden descubrirá que Peters es un antiguo colaborador de Dimitrios que fue traicionado por el maleante y que para más INRI está convencido de que el antiguo espía aún está vivo. De este modo Peters ofrecerá su ayuda a Leyden con objeto de que el escritor continúe con su recopilación de información, pero a la vez con el aprovechado interés de poder hallar el paradero del supuestamente muerto Dimitrios. ¿Tendrá razón Peters y Dimitrios seguirá vivo o simplemente sus creencias son los delirios de un hombre sediento por el odio y los deseos de venganza?

Sin duda, Negulesco elabora un cocktail entretenido revestido por un cierto halo de cine de autor en el que  resulta fácil identificar las características del cine esculpido a principios de los años cuarenta en los estudios Warner BROS. De hecho la película cuenta como co-protagonistas con una de las parejas de  secundarios de oro del cine negro de la Warner, compuesta por los inquietantes Peter Lorre y Sydney Greenstreet los cuales compartieron rodaje en unas cuantas cintas del estudio, siendo sin duda las más conocidas entre los aficionados al cine Casablanca y El halcón maltés.

La ausencia de actores de renombre es otro de los aspectos que convierten a la película en una especial rareza. El peso de la trama descansa en el triángulo equilátero dibujado por los personajes de Lorre y Greestreet (que bordan sus respectivos personajes) y el bosquejado por Zachary Scott que se muestra tenebrosamente inquietante como el maléfico Dimitrios. El vacío de estrellas de relumbrón en el casting así como la atmósfera crepuscular del relato  otorga de un hipnotizador realismo el dibujo de las distintas personalidades que habitan la trama.

Por último, no podemos dejar de reseñar la importancia que el texto de Eric Ambler aporta al  resultado final del film. La película es una novela filmada en imágenes siendo esto un auténtico deleite para los amantes de la literatura negra. Ambler fue igualmente adaptado en pantalla en las geniales Topkapi (adaptación de su novela La luz del día) y en ese experimento de Orson Welles que fue Estambul (adaptación de la novela Viaje al miedo llevado a cabo por la Mercury). Para mi gusto, La máscara de Dimitrios es la mejor adaptación efectuada en cine del universo de Ambler y por ello una pieza que no pueden perderse los incondicionales del novelista británico. Pocas películas clásicas ostentan una trama tan oscura, compleja y referencial como la que hace gala esta maravillosa muestra de cine negro europeo realizado en EEUU.


Autor: Rubén Redondo.



sábado, 30 de noviembre de 2013

VIDAS REBELDES (THE MISFITS)




                   Resultado de imagen de the misfits clark gable
                 

A mis ocres años me visitan como amigas noches en que no duermo,
viejas conocidas que traen a ese mastín que ladra sin ruido llamado insomnio,
un animal de ojos despiertos que me recuerda a Dooley, mi viejo perro,
como el eco de un ladrido que reverbera por las montañas de Nevada,
y en la almohada oigo el latido de mi emoción junto a tu sonrisa dormida,
y es entonces, al ritmo de tu respiración, cuando retrocede mi edad
y revivo los tiempos en que aún era cowboy, esa especie en extinción,
la época en que yo amaba los caminos y tú te creías la novia del fracaso,
la rubia de los desastres, cuando nos conocimos en Rheno, la ciudad
donde se venden menos camas de matrimonio y las alianzas se regalan,
y nos presentó Guido, aquel piloto experto en autocompasión de emergencia
desde que perdió a su esposa porque no llevaba una rueda de repuesto,
y aunque pareció contagiar tu belleza de su sorda tristeza,
ni siquiera él apagó la lámpara que como en una estatua de alabastro
te iluminaba por dentro la translúcida piel de espuma y nácar.
A mí me gustó que igual que yo solo hubieras leído el vuelo de las palomas
y a ti te encantó mi vida: tirar piedras a una lata, silbar, mirar las estrellas.
La verdad es que tu belleza aún era triste como un lirio bajo la lluvia, 
pero tu tristeza solo era relativa: en torno a ti los hombres se alegraban.


En la oscuridad de estas noches sin sueño, como en unos planos
alumbrados por un flexo y la lúcida borrachera de un arquitecto,
se diseñan la planta y media de la ruinosa casa de campo de Guido,
que pasó de museo de su desgracia a teatro de nuestra felicidad,
chirría la puerta de la nevera que gestaba los cubitos y me pregunta
si todavía bebemos tanto, si seguimos con aquellos amigos desastrosos
o si aún bailamos bajo la luna ebrios de tristeza y desesperación,
otras noches me hace toser en la cama aquella chimenea, celosa
de que después haya pintado alguna otra de un rojo tan vivo
o de que en otro jardín haya plantado heliotropos tan malvas
como los que ponía sobre su repisa en aquel jarrón de porcelana,
yo, que inútil como un poeta lo único que había hecho por ninguna mujer
antes que tú fue desabrocharle el vestido o bajarle la cremallera,
pero creé un hogar allí donde solo iban a dormir los pájaros.
Hay noches que en mis ojos cerrados cabrillean los lagos donde te bañabas,
y sus olas me preguntan si tu cuerpo aún es tan curvo y blando y pleno
como una estatua de la fertilidad, si ya no brillas con el fulgor
del último reflejo que de tu silueta aún guardan sus aguas,
y otras noches en que como en la panorámica de un western
se extienden las montañas donde creía conservar mi libertad
asesinando a una especie de caballos tan en extinción como los cowboys,
hasta que le arrojaste a mi pasado un balde de sangre
que me hizo apreciar todo su horror y me enseñaste el asco de mí mismo
y que estaba echándole el lazo a mi vida y no a sus crines,
amarrando mis sueños y vendiendo mis ilusiones como carne para perros,
y me convenciste de que si era contigo la vida sedentaria sería aventurera
y de la verdad de todas esas frases que de día son una cursilería
pero que estas noches me alegran el insomnio junto a tu sueño.
 
    

sábado, 23 de noviembre de 2013

SABRINA


                 


Querido papá, perdóname por lo que voy a hacer
y que ni siquiera los Larrabee –salvo David- podrán impedir,
pero me niego a que mi amor duerma como la lechuza del jardín
y no puedo seguir soportando el infierno de Long Beach:
yates con sentina, fiestas que decaen a través de la grieta de una copa,
cenas donde la vergüenza se hunde al fondo de la sopa de tortuga,
un sol que sale con puntual servilismo de mayordomo,
Rolls Royce con chóferes tan sordos como tú a los gemidos de atrás,
piscinas donde sin quitar el tapón del fondo se desagua la decencia,
amores que se consuman con la exacta frialdad de un put en el hoyo 18.
Un lugar donde el amor está peor visto que un adúltero 
o un hombre serio que compra las sonrisas por veinte dólares la hora.

Ante todo no quiero que David venga a mi funeral:
cambiaría el réquiem por música de baile
y ligaría con las asistentes regalándoles las rosas de mis coronas,
luciría su smoking blanco en señal de luto
y traería su ráfaga de risas, vapores alcohólicos y perfumes de mujer,
entreveraría con el incienso el humo de sus cigarrillos ingleses
y jugaría al billar sobre el forro de fieltro de la tapa del ataúd,
firmaría con una caricatura en el Libro de Honor
y entre los deudos repartiría chistes en lugar de pésames,
sacaría los naipes de entre las hojas de la Biblia
y junto a los cirios pondría una tarta de nata con diecisiete velas.
En lugar de David con su paraíso portátil de tragos y sonrisas 
prefiero que asista Linnus con su rictus de nubes y crespones negros.

Querido papá, pensándolo mejor
quiero que me entierren bajo el césped del campo de polo
después de haber instalado la capilla ardiente en la pista de tenis,
allí mismo donde David acaba de asestarle un revés a mi corazón
bailando a través del estribillo de mis celos con la nieta del National Bank,
-¿Por qué será él tan rubio y yo tan morena?-.
Quiero que un descapotable traiga derrapando mi ataúd
y que el Pastor oficie desde lo alto de la silla del árbitro,
que armen el catafalco en la misma red para que el público
se ahorre mirar de un lado a otro el peloteo de los ángeles por mi alma,
y que haya un discurso y banquete fúnebres con canciones y canapés.
¿Por qué será el tan bromista y yo tan seria?
¿Por qué será tan popular y yo estoy tan sola?

Aunque, pensándolo bien, papá,
si David viniera por una vez sería él quien me miraría
en vez de yo a él cuando se convierte en el foco de las fiestas,
en la lámpara en torno a la que como polillas mariposean todas,  
y desde la rama de un arbusto aburrido de mis sueños
yo lo observo como una paloma triste o un amargo fruto,
como la lechuza en la que no quiero que se convierta mi amor,
pidiendo a la luna que yo sea más rica o él más pobre.    

    

viernes, 15 de noviembre de 2013

HANNAH Y SUS HERMANAS




               
                 


Después de leer los poemas de E. E. Cummings se hace difícil escribir uno,
o tal vez lo difícil sea no escribirlo, ya que después de tanto leer a Cummings
uno se cree el autor de sus poemas, como después de tanto mirar a Lee
en vez de acariciar la posibilidad de palpar los pétalos de sus párpados,
uno cree haberlos acariciado ya, haberse inundado de la lluvia cobriza de su pelo,
derretido a la miel de su sol, vertiéndose en Lee hasta convertirse en ella,
como Cummings acaba convertido en el poema que ha escrito.
Con la penumbra cayó la tarde en que ella me pareció más soñadora que antes,
con los pómulos más llenos, la boca ahora triste y los ojos ya de luna nueva,
por primera vez tan bella como la estrella de una película de Woody Allen,
y a partir de entonces ella toda empezó a parecerse a un poema de Cummings,
empezó a caminar por el aire como el recitado de un poema de Cummings,
a brillar como el silencio que sigue al último verso de un poema de Cummigs,
empezó a sugerir tanto como la metáfora de un poema de Cummings,
empezó a imponérseme como la inminencia de un poema a Cummings,
como el poema que nunca escribiré porque quizá me baste con pensar en ella.

Cuando siento que ella está leyendo el poema de E. E. Cummings
que le señalé en la página ciento doce, dejo a un lado la declaración de impuestos
y la dicha me lame el corazón con la punta de su lengua de fuego,
cuando siento que está escuchando el concierto para clave de Bach en La Menor
una parte de mí deja de hablar con el cliente para oír un rumor de mariposas,
cuando siento que ella sonríe paso de ser contable a asesor financiero,
cuando siento que ella me piensa me creo Cummings al abismo de la inspiración.

Si yo fuera capaz de expresar en un poema mi amor por Lee,
olvidaría que estoy casado con su hermana Hanna y ella con Frederick,
y el escritorio se prendería y la oficina ardería y el edificio entero
estallaría en una bola de fuego que abrasaría todo Manhattan,
porque en sus simultáneos versos se superpondrían infinitas, ardientes Lees
capaces de incendiar el combustible de mi imaginación:
Lee aturdiendo el aire con la estela de jazmín de su nuca,
el roce felino de su jersey de nylon gris extrayendo chispas del mío,
Lee suavizando las rectas y acercando las líneas de fuga de la calle,
viniendo serena y plena, como partiendo el agua, vestida de otoño,
yo como el lobo apostado tras un quiosco para hacerme el encontradizo,
Lee empinada en una librería para alcanzar un libro de poemas de Cummings
como si con la yema de los dedos intentara tocar el infinito,
Lee contra el viento por el muelle de la tarde, impregnada de espuma y de culpa
-este invierno se prevén tormentas y huracanes sobre Manhattan-
con el libro de poemas de Cummings abrazado al pecho en mi lugar,
Lee inmóvil en el estudio de su marido, como un dibujo huido del caballete
donde su desnudo infunde tanta sensación de vida que parece el modelo,
Lee ronroneando como una gata entre las sábanas de satén
y las lisas paredes del cuarto interior del hotel donde la llevaré,
unas y otras tan blancas como las armas con que heriremos a Hannah,  
como el papel donde ya no necesitaré escribir ningún poema. 


sábado, 9 de noviembre de 2013

EL FANTASMA Y MRS. MUIR




                 
                  

Entre la serena desesperación del pasado y el vacío probable del futuro
como los muertos te vas quedándote y te quedas yéndote por el túnel de viento,
capitán de espuma, ladrón de mi luto, albatros nocturno,
estaría loca si de tanto inventarte para que me habites los sueños,
fantasma de mi deseo, inquilino de mi soledad, estaría loca
si como una santa o una artista por ti olvidara la vida,
delfín del más allá con barba de mirra.

Ni siquiera vivo mi marido tenía más carne que tú,
y cuando su recuerdo se hubo desteñido en mi memoria
con Martha y mi hija me vine a la costa a habitar una vida que fuese solo mía
y alquilé verdes ilusiones y esta casa que con las cofas de las terrazas,
los aleros vibrantes como velas y las gaviotas halagando las cornisas
parece una nave surcando las aguas estancadas del tiempo.
Sí, las ventanas me guiñaban, la puerta quería besarme y las cortinas abrazarme,
así que me quedé y cada noche me seducían las canciones del viento
y los poemas que como novias abandonadas decían las sirenas en la niebla:
encerrarme en tu casa me dio la libertad de los muertos.
Había corrientes de frío, risas en la oscuridad y los muebles danzaban de noche:
saturada de tu ausencia era una mansión encantada, encantadora.

Porque me habían hablado de ti empecé a soñarte,
me dijeron que cuatro años antes te habías suicidado y por eso rondabas,
y aunque por el óleo que titilaba en la penumbra sabía cómo eras,
cada vez que me adormilaba te inventaba en los claroscuros del duermevela,
me imaginaba que el perro te detectaba,
que el reloj se paraba en un infarto del tiempo,
que en el rincón se condensaba tu sombra y como una capa oscura
para abrigarme la esperanza te cernías sobre mí, dormida en el sillón,
hasta que me despertaba el tableteo de la puerta de la terraza
y abría los ojos al ocaso transido de nimbos y fantasías.
Pero creer en ti era tan difícil como en Dios, 
así que para no deshauciar mis ilusiones
una noche de tormenta (ya se sabe que son propicias a los fantasmas),
me decidí a hablarte y a que te me aparecieras despierta:
viendo que yo amaba estos umbrales tanto como tú
dejaste que me albergaran como guardiana de tu recuerdo.

Entre la frustración tranquila del pasado y el blanco olvido del futuro,
delfín del otro mundo con barba de mirra,
me has vuelto contraria a los hombres, ciega al día y lúcida las noches sin luna,
y con ojos de gata distingo la fosforescencia del mar en la niebla
como si estuviera en llamas, las tinieblas me son incandescentes,
¿acaso no soy en la vida la única que puede verte?
De tanto hablarte y hacerte hablarme vas a volverte real,
y en tu instantáneo vacío la hiedra de la niebla armará tus huesos
y las volutas de vaho se vertebrarán en el árbol sombrío de tu cuerpo,
¿acaso no es lo único real aquello que se imagina?
Bronceado fantasma, Daniel, príncipe transparente,
solo dejarás de existir cuando deje de pensarte,
no eres tú a mí sino yo quien te ampara,
al principio eras el marino de mis lecturas, aventurero y pecador,
fatuo y malhablado, pero con el tiempo te fui matizando con mis deseos,
como una estatua te vacié al molde de mis necesidades,
y acabaste siendo humorista y sabio, generoso y romántico.

Para inventarte una verosímil biografía avancé en mi locura
y segregándome de la vida me clausuré para escribir de ti.
Fantaseé sobre tu infancia, decidí que fueras huérfano, un niño travieso
y un joven inquieto, tuve imaginarios celos de tus amantes portuarias
y de la esposa que como yo ahora aguardaría tu regreso
mirando el mar por ventanas ciegas, te atribuí una risa torrencial
y unos ojos vidriados de amor donde se hundiría el mar,
y te convertí en un capitán que se orientaba con coordenadas de eternidad.
Y ahora que encerrada en este cuarto he concluido mi novela sobre ti
como si de veras me la hubiera susurrado la brisa de tu voz,
después de haber renunciado a pretendientes y hasta descuidado a mi hija,
cuando te he dotado de plena realidad, veo que tu vida es mi muerte,
y aunque sé que como antes huí del mausoleo de mi marido
ahora tengo que hacerlo de ti y relacionarme con los vivos,
no esperaba que fuera tan arduo olvidar a quien he inventado,
capitán de mi soledad, delfín del más allá con barba de mirra,
humo de mi ilusión que ya se disuelve, transparencia encarnada en el vacío,
aparecido desaparecido, puro aire, ausencia, nada.

viernes, 1 de noviembre de 2013

ODA A HOLLYWOOD DE DAVID O. SELZNICK


                                     

Igual que a Jennifer Jones, hay muchas maneras de amar a Hollywood:
recorriendo al amanecer sus playas –Malibú, Palos Verdes, Santa Mónica-,
que aun soñando con la luna te abren sus piernas de espuma,
ahogando la timidez en las piscinas, los cócteles, las lágrimas
de todos los espectadores de nuestros melodramas –Carrie, Jennie-,
paseando al atardecer por Boulevard Hollywood y Sunset Strip,
a través de las sombras que como mis besos en su piel morena
al pálpito del primer neón posan las palmeras en la arena.

Igual que cuando me presentaron a Jennifer y me estalló la sangre,
al llegar a Hollywood me fijé en sus curvas y sinuosas colinas –Beverly Hills-
y también pensé que mi soledad se tomaría unas vacaciones permanentes,
Hollywood, donde la luz para siempre se enamora del aire,
y como trajes las fantasías se tejen a la medida de los hombres,
donde una máquina puede hacer nevar de abajo arriba
y con un altavoz cualquiera cambia el signo de la Historia,
donde prenderse un cigarrillo puede convertirse en un rito
y una gabardina en un mito permeable al inconsciente colectivo,  
donde floreció mi juventud mientras tomaba el sol con una máscara,
y mis sueños acabaron por marchitarse en el teatro de un tornado.

Es verdad que inventé la O. de mi segundo nombre
y que a los tres años de estancia me casé con la hija del jefe, Irene Mayer,
es verdad que me desvelaban más los derechos de mi películas
que los de los profesionales que me ayudaron a hacerlas,
es verdad que postré el talento de los escritores
y que cercené el montaje y las esperanzas de muchos directores;
pero también logré que como una ballena Hitchcock cruzara el Atlántico,
que todo el mundo conociera a Tom Sawyer y David Copperfield,
que la RKO y la Metro fueran la Metro y la RKO,
y sobre todas las cosas amé a Hollywood, el decorado de los sueños del mundo,
donde como un toro el Pacífico hace mugiendo el amor
con las playas ambarinas de Zuma, Venice, La Laguna,
donde Long Beach palpita con mi corazón al latido del comercio,
y como escenarios titilan los escaparates de Glendale y Burbank,
donde con el cambio de una compra los ilusos y los menos ilusos
pueden adquirir noventa minutos de ilusiones, Hollywood, 
donde los espejismos son diseñados por mercaderes geniales como yo
y cumplí el milagro de Lo que el viento se llevó, ese ensueño
que contiene la pesadilla de la ausencia de Jennifer Jones
y de averiarme el futuro con la certeza de que nunca filmaré nada parecido,
la ciudad con un Paseo de la Fama donde como el fósil de un dinosaurio
ningún tornado podrá borrar la huella de mi paso
por Hollywood, Hollywood, Hollywood.