miércoles, 15 de agosto de 2012

SOLO ANTE EL PELIGRO



                     


Lo he decidido: deserto de este pueblo de ratas con casas de fachadas como sepulcros blanqueados. Perderé de vista a este rebaño de cobardes, piara de hipócritas y corral de gallinas que me culpan de ser mexicana y achacan el éxito de mi bar a que las chicas ofrecen algo más que whisky. Se lo he tenido que vender a Weaver por la mitad de su precio; pero es que me he soltado del único peso que me tenía anclada en este puerto de piratas: respirar el mismo aire que él exhalaba, pisar por donde él lo hubiera hecho, ocupar en el espacio el mismo lugar que su cuerpo hubiera llenado.

Un año sin verlo y es como si su sombra, que otra cosa suya no he visto este tiempo, no hubiera dejado de crecerme en la esperanza tan adentro como el hijo que ya nunca tendremos. He dicho que se ha aligerado el peso, que él se ha ido, recién casado con esa rubia, pero la verdad es que al cuarto de hora ha vuelto, aunque ha dejado de ser el sheriff y Frank Miller llegará en media hora, en el tren de las doce, después de cinco años de condena, a cumplir su palabra de ultimar al hombre que lo encerró. Ese Frank es un loco homicida; creerá que el tiempo es reversible, que con este crimen recuperará esos cinco años perdidos.

Por eso me voy, para no tener que ver cómo le siegan la vida con la hoz de la venganza. A Frank ya lo están esperando sus tres matones en la estación, uno con cara de serpiente, otro de coyote y el tercero de hiena; y en esta ciudad de piojos, a Will -¡ya no puedo evitar que su nombre me llene la boca!- solo van a ofrecerle su ayuda los locos y los niños, que curiosamente por aquí son los únicos que tienen felicidad que perder. Los conozco como si fueran mis bastardos. A nadie reclutará de la taberna ni de la iglesia; se esconderán tras las faldas de sus mujeres o con la excusa de sus hijos; y a estas horas solo estará encontrando mentira, traición y miedo en los pocos ojos que le mantengan la mirada.

Aunque no sea ningún cobarde, ni siquiera lo apoyará su ayudante Harvey, el joven con quien estos meses he intentado consolarme. Pero no hay antídoto contra el despecho. Y más que joven, Harvey es un niño que nunca va a crecer. Hace un rato él mismo ha venido a contarme que Will acababa de negarse a aceptar como condición de su ayuda que lo recomendara para sucederlo en el cargo. Will cree que es demasiado joven y tiene razón: a Harvey le viene grande hasta la cama donde le he dejado quedarse las noches en que la nostalgia de Will me hacía la soledad impracticable. Incluso quiere creer que Will anda resentido con él por haberle sucedido en mi cuarto; ojalá fuera así.

También Will ha venido a verme. Después de un año. Cada una de esas cincuenta semanas me ha dolido tanto como a Frank los cinco años que ha estado encerrado. Antes Will venía a verme cada atardecer a esta misma habitación, en cuanto terminaba la ronda. Yo dejaba a Sam en el bar y me pasaba la tarde arreglándome y anticipando su llegada, recreándolo con el deseo y la expectación, a todas horas queriendo apuñalar al reloj con sus propias manecillas y ansiando que anocheciera de una vez por todas, que el cielo se desangrase y por la herida de poniente un mar de oscuridad se vaciara sobre el pueblo para que de vuelta por el camino él nos alumbrara como un fanal, deseando que la noche cerrara los ojos fisgones de la calle y al fin pudiera reconocer sus pasos que escalera arriba me desbocasen todos los pulsos de las venas.

Y hace diez minutos no lo he oído venir hasta que ha entrado por esa puerta como el fantasma que se dispone a ser en cuanto acaben con él. Ya ni los pasos le suenan. Y lo peor es que por un instante he creído que había vuelto por mí; esta maldita esperanza es tan difícil de erradicar como la cizaña. Después de un año preparando un posible reencuentro e intentando congelarme con el hielo de la indiferencia, una mirada suya me ha derretido. Para vengarme de todo lo que me ha hecho sufrir lo he insultado diciéndole que no rogaría a Miller por él. Pero ni siquiera logré que se enfadara conmigo, y hasta cruzamos un par de frases en castellano, nuestra lengua íntima. Desde que sé que van a venir a por él, no dejo de jurarme que me da igual si matan a ese larguirucho cabezota, pero ya he malgastado el poco crédito que ante mí misma me quedaba.

Sí, por eso me voy, porque no tiene ninguna oportunidad contra Frank Miller y esos tres, primero llegados como cuervos que traen en el cuello el pañuelo negro de la desgracia, y que luego harán de buitres festejantes de la muerte. Desde luego que tampoco yo he persuadido a Will de que se vaya. Justo a eso venía él, a aconsejarme que me fuera del pueblo porque a Frank ya le habrán contado lo de Will y yo. Y ahora Frank vendrá dispuesto a romper hasta los escaparates que alguna vez hayan reflejado a Will.

Es que hubo un tiempo en que también Frank frecuentó este cuarto. Siempre he dejado que me tocaran todas las manos por las que mi piel haya palpitado, pero cortaría la que lo intentara sin mi permiso. ¿Por eso van a salpicarme el nombre esos hipócritas? Sí, he tenido a los hombres que he querido, y aunque todos se exprimían el aliento para pulsarme la invisible cuerda del éxtasis, con ninguno he vibrado como con Will. Nadie me ha tocado así el violín del cuerpo. Ninguno camina ni lleva el revólver como él; ni siquiera necesitaba sacarlo para que a una le temblara el cuerpo.

Y me doy cuenta de que ya hablo de él en pasado. Sé que ninguna comadreja de este pueblo va a salir de su madriguera para ayudarlo. Puedo oír sus cacareos diciendo que esto es un conflicto personal entre Will y Frank, que no pagan a un sheriff para tener que defenderlo, que con Frank Miller en la ciudad volverá a fluir el dinero, la animación, la vida; pero no saben toda la muerte que acarrea ese tipo de vida. Eso me gusta, que este pueblo tan ruin vaya a sepultarse bajo las cenizas de sus propios sueños de grandeza.

Tampoco va a ayudar a Will su mujer. Sam me ha dicho que está abajo, en el vestíbulo del hotel, esperando el mismo tren del destino que a nosotras nos alejará de aquí, y que en su vientre de hierro trae la muerte de Will. Esa rubia canija va a abandonar a su marido cinco minutos después de casada. No comprende que Will tiene que quedarse para poder afeitarse cada mañana frente al espejo sin sentir ganas de degollarse con la navaja. Pero con todo lo insustancial que parece, pálida y pajiza, esa chica tan insignificante que como un fantasma parece a punto de disolverse en el aire, me ha robado toda mi realidad y mi fantasía; ha sido a mí a quien me ha convertido en un fantasma.

La primera vez que los vi salir juntos de la iglesia creí que una sierra me sajaba los muslos. Si yo tuviera su suerte ahora mismo amartillaría un revólver y nunca, nunca, permitiría, tal y como veo por la ventana, que mi marido caminase solo por el medio de la calle del pueblo, con las cortinas agitándose en las ventanas  y hasta los perros esquivándole el paso, como si el valor fuera una enfermedad contagiosa, pero cada vez más erguido sobre el polvo y con las manos separadas de los costados, apenas cimbreándose a la derecha como un junco al viento, el sol rebrillándole en la estrella del pecho pero la sombra tendida en el suelo esperando al cuerpo que la proyecta, destilando en torno un aura de soledad y silencio que ni siquiera puede llenar la acuosa emoción de mi mirada.             


                                                      

      

lunes, 13 de agosto de 2012

AL MODO DE GARCÍA MÁRQUEZ

                         


EL ARRENDADOR DE ILUSIONES.

Fue el viento de la catástrofe, aquél que alienta los años en que el cometa luce sus barbas de fuego en los alucinantes cielos de los malos augurios, el que trajo a Santa Inés al arrendador de ilusiones cuando ya casi todos habían extraviado las suyas y solo algún ingenuo conservaba alguna hilacha o fleco de la alfombra mágica de la fantasía.

Como la peste, irrumpió por sorpresa y en el barrio del vicio, imperioso, apuesto y envarado en un frac impoluto, el sombrero de copa tiznando las fachadas con una sombra móvil, según saludaba, a lomos de una mula de ojos tristes empenachada con plumas de pavorreal a la que seguían escuadrones de moscas verdosas que no se molestaba en espantar con el plumero del rabo, y con un mimo vestido de dominó junto al estribo, que le hacía propaganda con los ademanes desaforados de la esperanza. A su amo, con el sol, le ardía en el chaleco de fantasía la cadena con dijes de un reloj de plata; y por más que le caracolearan rizos en las sienes, tensara la mandíbula de la voluntad y se hubiera nevado las mejillas con fécula de patata, en aquella cara solitaria se le notaba el cansancio mineral de quienes han vivido en exceso. En los ojos del color de las riadas le fluían los cadáveres de los recuerdos.

Compró como sede la mansión de los contrabandistas, que despertó de su sueño polvoriento de ballena varada en la cima de la loma, junto al camposanto, y pagó en especies a los herederos, con la ilusión de la respetabilidad que venían buscando desde que a sus abuelos les infligieron el cepo en la plaza. Con la vana esperanza de matrimonios ventajosos, contrató a varias hijas del lugar que le adecentaran el vestíbulo, las escaleras y la sala de arriba, donde recibiría a los clientes; y durante una semana pareció regurgitar el vientre de la ballena de tanto lustrar platerías y restregar zócalos, de pulir parquets y frotar cajas de música y relojes de cucú, y de afinar la vieja pianola a cuyos sones los contrabandistas se jugaban el botín a las brisca.

Probablemente el comerciante había elegido el salón acristalado para que al negociar cegaran a los arrendatarios los fulgurantes escenarios del mediodía o los espejismos del crepúsculo. Además, lo había decorado con trampantojos que de lejos figuraban ninfas desnudas y de cerca faunos priápicos, con una lámpara tintineante de diamantes falsos, con zócalos de roble de imitación y  geranios artificiales de hojas ecuatoriales nunca vistas en aquellas tierras tan áridas que cuando llovía las numerosas lugareñas que seguían vírgenes corrían a las tabernas a aprovechar su última oportunidad de dejar de serlo, ya que los hombres solo descubrían la lujuria al fondo de la melancolía que les inspiraba la lluvia.

Ambrosio, el herrero, fue el primer cliente que acudió a las voces nostálgicas de la pianola, en la que el forastero había dispuesto los rollos de una grabación pirata del canto de las sirenas. Lo recibió el dueño en el escritorio de caoba, donde había dispuesto un cofre herrumbroso con guarniciones de plata que tenía abierto ante sí, de modo que el visitante no pudiese escrutar el interior. Saludó a Ambrosio con una ceremonia que bordeaba la sorna, levantándose y destocándose la cabeza boscosa en una reverencia digna de Versalles.

 Luego, ambos se aposentaron en aquellas vacilantes sillas de velatorio y el negociante le preguntó al herrero qué esperanza quería alquilarle. Como el herrero cuarentón vivía con su madre, era virgen y solo a golpes de martillo y con los ardores de la fragua había ahogado y desahogado su hambre de hembra, la tez se le tiñó de pétalos de rosa y con voz de castrato dijo que la esperanza que anhelaba era la del amor. Revolviendo en el cofre el dueño le dijo que aunque era de las más solicitadas, siempre tenía remanentes y que si la quería de las firmes, le costaría veinte cobres. Ambrosio asintió y a cambio de su dinero recibió de la mano sarmentosa tres pajaritas de papel arcoíris. Al deshacerlas con cuidado comprobó que estaban densas de versos de amor que corrían como filas de hormigas a través de los renglones multicolores, y el arrendador lo exhortó a fijarse cómo estaban hechas porque de allí en cinco años tendría que devolvérselas intactas. A modo de fianza hubo de dejarle las escrituras de la casa de su madre, que la víspera le había escamoteado del colchón de su lecho con dosel. Al salir, el comerciante le pidió que prendiera el ventilador, que sobre el velador de plata parecía una magnificente rosa de los vientos.

La segunda cliente, la partera Tomasa, le hizo el favor de apagarlo para que no le revolaran los papelitos al reabrir el cofre. Como a la pobre Tomasa la avaricia le había consumido hasta las mejillas y el desengaño le había estragado la mirada porque el negocio naufragaba en una comarca donde la sequedad del terreno contagiaba la esterilidad a los lechos yermos de los matrimonios y allí solo las culebras eran prolíficas y ni las perras parían salvo en lunas de cuarto creciente, solicitó alquilar sueños de opulencia, que también le fueron satisfechos con un fajo de billetes tan abiertamente falsos que la efigie de George Washington gastaba unas barbas que asemejaban al primer presidente de los Estados Unidos a un anarquista ruso.

Antes de transferirle el fajo, el arrendador le pidió cincuenta cobres por él y la Tomasa ofreció quince y luego quince y medio, pero como había llegado al extremo de racionarse las comidas para ahorrar, ocho horas más tarde, las recurrentes alucinaciones del hambre estaban a punto de conciliarla con la idea de irse de vacío, y para no dejar escapar a la cliente, el dueño aceptó su última oferta, de cuarenta y nueve y medio. La Tomasa intentó dejarle su dentadura postiza como fianza, pero como de recomidas que tenía las quijadas él intuyó que apenas comía, solo le aceptó, vacía, la alcancía con forma de botijo.

A la salida ella encendió el ventilador y lo apagó don Lautaro, que cuando dejó de toser resolló desde los pulmones pedregosos, arañó el aire chapaleando entre las miasmas del asma, y solicitó esperanzas de buena salud. De manos del ilusionista recibió un pergamino que resultó un diagnóstico apócrifo con la rúbrica de Hipócrates dando fe del excelente estado del paciente.

Y así, en lo que duró la estancia del comerciante, fueron pasando todos los habitantes de Santa Inés con conocimiento de causa, es decir, aptos para la ensoñación, jóvenes y ancianos, desde los mendigos, que solían pedir esperanzas de limosna, hasta el alcalde, ávido de la ilusión del poder.

 El forastero había acordado con la autoridad, el teniente del regimiento acantonado, el uso de las celdas del cuartel como almacén de las fianzas, ya que en un pueblo tan manso aquéllas aún estaban sin estrenar, lo cual sirvió al militar como pago de su esperanza de paz, que el otro le había alquilado bajo la forma de un discurso mecanografiado de Luther King.

De modo que mucho antes de que se insinuara el ocre en la acuarela del paisaje, el forastero se había esfumado como llegó, muy bello y erguido, casi flamígero en su mula con penachos de pavorreal, y con el mimo a un lado remedando con sus actitudes el desconsuelo de las despedidas. La mañana que se fue dejó a los optimistas otra esperanza gratuita: que en el curso del quinquenio él mismo se extraviara en el laberinto de sus negocios y olvidara al camino de regreso a Santa Inés, de modo que pudieran guardarse para siempre sus ilusiones. Al menos, el próximo invierno ya podían abrigarse con las que habían alquilado.

Gracias a sus renovadas ilusiones, los vecinos vadearon mejor los tremedales conocidos de la vida cotidiana, se resecó la tristeza oceánica que los domingos inundaba al pueblo, y fue derrocada la melancolía que cada noche imperaba en la plaza. Los viejos, que a pesar de haberla subarrendado, eran los más inmunes a la esperanza, cayeron en que entonces Santa Inés se parecía a los tiempos del sueño, cuando arribó al pueblo aquel flautista anacreóntico que a sus sones encalló a los lugareños en una suspendida ensoñación de pétalos flotantes. Como siempre había ocurrido, ahora, en los momentos más peliagudos, cuando arreciaba la tempestad sobre la travesía de cada vida, el afectado extraía del bolsillo o de la cartera el papelito que había alquilado, lo desplegaba y al cabo se aclaraba el cielo y volvía a henchir las velas el vendaval imparable de la esperanza. 

Y con las bandadas de ida y vuelta de las aves migratorias, revolaron las hojas de los candelarios y cambiaron los tonos de las postales del paisaje, hasta que una noche de luna de plata deslustrada los vecinos de las afueras, que se habían asomado a los umbrales a airear sus ilusiones polvorientas, vieron que de lejos iba creciendo la silueta de una montura cabalgada por una figura muy tiesa y con otra silueta al lado.

Los perros aullaron y hasta la letanía de los grillos se adelgazó cuando reconocieron al bello dueño de sus esperanzas, tan acicalado como la primera vez, con su sombrero de copa y chaleco de fantasía, y a su derecha el mimo arlequinado, que alternaba exultantes saludos con exhortaciones por señas a que los interesados en renovar sus esperanzas acudieran sin falta por la mañana, con sus papelitos, a la casona del cementerio. Si bien el mimo traía el pellejo tan cuarteado que algunos sostuvieron que era otro, las tarántulas de los años no parecían haber transitado por la apostura del amo, porque la riqueza bien llevada es el mejor antídoto contra el tiempo.

Desde la primera luz, la cola de vecinos culebreaba hasta la mansión de la loma como una boa abigarrada, pero a mediodía el portón seguía clausurado. Con tan estirada espera, ni siquiera a la Tomasa quedaban ánimos de regatear el precio; ya se sabía que a quien vive de las ilusiones ajenas le sobran el tiempo y las astucias para dejarse acorralar contra la ansiedad. Lautaro se ahogaba de tos a la espera de que Galeno le renovara el diagnóstico benigno, y como el herrero ya se había aprendido, olvidado y vuelto a aprender aquellos versos de amor, esperaba alimentar con otros sus ensoñaciones eróticas. Todos llevaban con cuidado los papeles que el dueño les había arrugado en bolitas o alisado en diplomas, edictos o pergaminos, o bajo la forma de avioncitos o recortes de figuritas de todo lo imaginable e inimaginable.

Al filo de las tres por fin se estremeció el portón, y cuando el mimo daba paso al alcalde, que venía a renovar sus anhelos de poder, se adelantó Esteban, uno de los contados adolescentes que aún eran niños por la época de la firma de los arrendamientos, cuyo pelo de miel y pupilas marítimas coronaban un cuerpo regio de la estatura y la energía de una escultura del Renacimiento. A sus pasos retemblaba la casa, se quejaron los peldaños y, arriba, el mercader lo miró desconfiado por encima de la tapa abierta del cofre.

-Yo no he venido a alquilarte nada, sino a comprar.

-Lo siento, joven, pero no tengo nada a la venta. ¿Es que tú no tienes fe?

-No me interesan la fe ni la esperanza ni la caridad. He venido a comprarte la realidad –un zopilote cruzó la mirada del arrendador.

-Con tu edad tú mismo eres una promesa y solo deberías preocuparte de soñar lo suficiente.

-La realidad es mi único sueño y pienso cumplirlo. Te pagaré lo que quieras –de la cortina de brocado salió el mimo y tras el respaldo de la silla de su amo representó la mímica de la esperanza, intentando conmover al cliente.

-De acuerdo: por ser tú te la alquilaré gratis, por un precio simbólico y durante un tiempo indefinido. Pero con la condición de que no se lo digas a los otros.

-La quiero en propiedad. Y nadie va a ignorarlo: lo que no se sabe es igual que si no existiera.

-Entonces vuelve cuando cambies de opinión. Seguro que dentro de cinco años te conformarás con lo que es posible. Ahora, si no te importa, tengo al pueblo esperando y a otros muchos en esta misma ruta.

Pero Esteban se adelantó hasta tocar el borde del escritorio. Entonces lo interceptaron los ojos hipnóticos del mimo, como impidiéndolo entre las telarañas del sueño, porque ahora hacía la estatua y concentraba todo su poder de convicción en la mirada, hasta que el joven se desencadenó del ensalmo de sus ojos fascinantes, derribó el cofre de la mesa y prendió el ventilador, de modo que los papelitos revolotearon y se aventaron al viento irrefrenable de la voluntad, y salieron por la ventana como pájaros asustados. Afuera todos se arrojaron hacia ellos sin reparar en los graznidos, como de cuervo herido, que desde el interior ensartaban el silencio.

Asombrado de que el mimo emitiera aquel chillido punzante, Esteban se ocultó en el bolsillo un rimero de papel de lija que subyacía en el doble fondo del cofre y para librarse de las garras del amo, de un par de manotazos lo desguarneció de lo que resultaron peluca y dentadura, que se partió en el suelo como un crustáceo triturado, le rasgó el frac revelando que el chaleco de fantasía y la camisa de encaje apenas eran acartonadas  pecheras de mentira, y el sombrero de copa rodó escaleras abajo.

Esteban salió a la calle y pasó el resto del día llamando ilusos a sus paisanos para convencerlos de que se deshicieran de los ilusorios papelitos e hicieran con ellos una pira en la plaza. A los reflejos del fuego vieron irse al desposeído mercader, al que la falta de las prótesis y el furor de las llamas o de la pérdida le agrietó el maquillaje descubriéndolo como anciano decrépito. No tardó en desaparecer, entre las luces engañosas del ocaso, la figura encorvada sobre la mula, con el mimo a un lado, que ni entonces detenía sus ademanes charlatanes.

 Y al poco se deshizo tras ellos la nube de polvo de las ilusiones perdidas, que su paso había dejado por el camino.   

                                                      

                                          

sábado, 11 de agosto de 2012

SOBRE "LA SOGA"

                            
                  

¡Qué tarde tan serena! Tan apacible como mi vida misma, desde la sobremesa se desliza exhausta hacia las manos de la noche. A esta hora, a finales de primavera, el sol madura entre los plátanos, la luz se aquieta en el aire y, después del frenesí de la mañana, aunque no son las cinco, la calle entera se resigna y hasta alegra de la visita de las sombras. Caminar justo ahora por este tramo de Park Avenue me recuerda que tengo veintitrés años, que he encontrado trabajo como subdirector comercial de una multinacional y que estoy prometido con Janet. Se me nublan los ojos de agradecimiento a Dios por la suerte que tengo. Me besa la frente una brisa balsámica: ¡la vida misma me bendice!

Los transeúntes me sonríen, los semáforos me hacen verdes guiños, y cuando le iba a comprar un ramo de rosas rubí al del quiosco, recuerdo que a quien voy a ver es a Brandon y no a Janet. ¿Qué tendrán que decirme a solas él y Philip? De todas formas luego nos íbamos a ver en su fiesta. Me detengo ante el escaparate de esta sastrería para admirar, más que esos trajes de mezclilla, al joven esbelto y rubio castaño que me mira satisfecho de ser yo.

Puede que nunca haya sido el más brillante de la clase, pero he tenido los mejores padres del mundo y la misma Janet me ha preferido a otros más listos pero también más raros, como Kenneth o el mismo Brandon. ¿Quién lo iba a decir, Brandon saliendo con una chica? En fin, no seré irónico, aunque solo sea para no desentonar con la tarde. De la mano de sus madres, todos los niños parecen educados, los perros no gruñen y hasta los borrachos ceden el paso a los sobrios. Lo único discordante es ese arcón negro que trasportan a la furgoneta los empleados de mudanzas; desde niño odio esas antiguallas: me recuerdan sangrientos cuentos de asesinatos y terror.

Puede que deba mi optimismo a que por una vez, en el club, me he tomado una copa a la luz del día; ahora Brandon me ofrecerá otra, y para captar sus insinuaciones hay que tener la cabeza clara. Y luego viene la fiesta. Si no tienen inconveniente, llamaré a papá para que recoja a Janet –así ensayará de padrino de bodas- y me quedaré en el apartamento; total, siempre soy el primero en llegar a las fiestas. Durante el almuerzo me ha llamado mamá para decirme que seguramente no asistirá por culpa de un catarro. Mejor. Por lo que sea, no me atrae la idea de que mi madre conozca a Brandon; con mi padre habrá suficiente. Me temo que no van a congeniar.

Lo digo porque mi antiguo compañero de instituto es todo lo irracional y apasionado que no es mi padre, todo lo visceralmente antisocial que no soy yo. Brandon, por ejemplo, nunca miraría, como yo ahora, el reloj para cerciorarse de que va a ser puntual, aunque se tratara de una cita con alguien tan puntilloso como él. Sí, con que vengan Janet y papá sobrará.

Lo de Janet y Brandon acabó hace tanto que ya se habrá aflojado la tirantez entre ellos; todo lo contrario que en el caso de Kenneth, cuya herida aún tardará en cerrarse; por supuesto, no lo habrán invitado. Parece que va diciendo por ahí que Janet lo ha dejado por el dinero de mi familia: cuando somos desgraciados, todos queremos herir. Era mi mejor amigo y en cuanto pase un plazo razonable pienso llamarlo. De todas formas, es curioso lo rara que se pone Janet cada vez que entre nosotros suena el nombre de Brandon. Por lo reciente, debería violentarse más con Kenneth, pero cuando me oye hablar del otro, se pone lívida y sus ojos empiezan a fulminar, como si recordara algo atroz. Yo lo que pienso es que para Brandon Janet fue la última oportunidad de ser normal.

La verdad es que en mi amigo hay algo siniestro y a la vez inefable que atrae y a la vez repele, lleva consigo un aura equívoca capaz de contaminar hasta una catequesis. Ejerce la fascinación de una serpiente. A mí mismo, por ejemplo, si hay algo que no me apetece en una tarde como ésta es ir a verlo; y sin embargo, cuando me ha llamado al club, no solo he aceptado, sino que hasta me ha complacido merecer hasta ese punto su interés. ¿Qué tendrá que decirme que no pueda esperar? Por un lado, ahora mismo me tienta coger ese taxi en dirección contraria, pasar con Janet el resto de la tarde y presentarme en la fiesta con cualquier excusa combinada con ella; pero en otro sentido, noto que me imanta a su apartamento una atracción irrevocable, algo impostergable que me está esperando allí y que solo él me propiciará.

Al pobre Philip lo tiene completamente subyugado. ¿Cómo lo habrá convencido de que se quede a vivir con él? Esto habrá confirmado todos los rumores sobre ellos y puede que le arruine su carrera de pianista. ¿O por contra algo así lo promocionará? Ahora que caigo, el propio Brandon le ha agenciado su primer recital. Parece que a aquel artista que no tenga una sexualidad ambigua, le falta un toque de distinción. Pero un buen americano no puede ser homosexual. Antes de tener mi primer hijo tengo que dejar de tratar a Brandon y a Philip. Como sea.

Pero bien pensado, más allá del escándalo, esos dos hacen una buena pareja. Son igual de inteligentes, pero en direcciones opuestas. Como el profeta y el sacerdote de una religión. Brandon es el visionario y Philip cumple los ritos; espero que no se les ocurra ofrecer ningún sacrificio. En este caso el profeta ha fanatizado al pontífice, le ha embridado la voluntad. Pero a los fieles nos ocurre lo mismo: yo mismo, ahora que paso junto a una cabina vacía, descarto llamarlo para disculparme y prolongo unos pasos que parecen guiados por control remoto.

Recuerdo las conversaciones que esos dos sostenían en clase de filosofía con el profesor, Rupert Cadell –ahora que lo pienso, el exégeta de esa religión-, mientras los demás dormitábamos. Hablaban no sé que zarandajas sobre el tal Nietzsche. Espero que a Mr. Cadell no lo hayan invitado: se pasarían la velada hablando del superhombre y de su presunta capacidad para invertir los valores e infringir las normas sociales. Lo repetían tanto que se me ha quedado estampado en la memoria. No creo que a papá le gustase oír hablar de nada parecido. Con lo bien que se expresa, supongo que les rebatiría, por ejemplo, preguntándoles sobre quiénes y bajo qué criterios se arrogarían el derecho a sentirse superiores. Tal vez ellos le contestarían aquello que decían sobre que el mero hecho de atreverse a hacerlo ya los haría superiores; no sé, todo esto parece un círculo vicioso. Y no entiendo cómo la gente puede perder el tiempo hablando de valores y especulaciones que no sean bursátiles.

Sin embargo, el humor negro de Mr, Cadell divertiría a mi tía, que seguramente vendrá en lugar de mamá. Pero como empiecen con lo otro… A mí todo eso de que los seres superiores tienen derecho a suprimir a los inferiores, me suena a Hitler, pero Hitler odiaba a los homosexuales, y Brandon y Philip… ¿Por qué a veces las cosas se complican y no se distinguen claramente unas de otras? Bueno, si el asunto consiste en saltarse las reglas sociales, viviendo juntos lo han cumplido con creces. Y bien que han “invertido” los valores… Uf, estos whiskies vespertinos van a hacer de mí un poeta.

Y para colmo se supone que esta noche lo que celebramos es que se van al campo a descansar; no se separan ni en vacaciones. Creo que Nietzsche también decía que liberar las pasiones y los instintos favorece la vida; también eso se lo han tomado al pie de la letra… En fin, no sé por qué se complican tanto la vida. La felicidad es mucho más simple que todo eso: un padre con buenos contactos que te encuentre un trabajo como ejecutivo, una madre que adora a su hijo único –por mucho que mi tía diga que me ha mimado en exceso-, una novia guapa y de buena familia como Janet, un ático como el que ayer vimos al lado del club, el Jaguar…

Esta semana pondremos fecha a la boda. Tendrá que ser pronto y con una corta luna de miel en el Niágara, porque Mr. Hill, mi nuevo jefe, me ha puesto Octubre como límite a mi incorporación y quiero empezar con una o dos semanas de anticipación. Ah, es aquí, iba a dejarme atrás el portal. Antes de entrar vacilo, una parte de mí me impele a alejarme del apartamento hasta la hora de la fiesta, pero es más potente el impulso que a toda costa me hace pulsar el portero automático. Lo llamaría curiosidad si no fuese algo mucho más intenso y apremiante, como si todos los caminos de mi vida me hubieran traído aquí y ahora, a recibir en esta encrucijada algo que me está destinado. Pero voy a contar hasta tres y si para entonces no contestan, me iré. Uno…dos…

Por el portero la voz de Philip suena distorsionada, como una psicofonía. ¿Beberá ahora? Últimamente esos dos están rarísimos. Brandon tartamudea más que nunca, y eso que solo lo hace cuando está nervioso. Hace un rato, cuando hemos hablado por teléfono, apenas se le entendía. Seguro que se trae algo entre manos. Ya no puede tratarse de Janet: para eso está Philip. Dijo que lo que tenía que decirme era muy importante, ahora que me acuerdo, “decisivo”, sí eso es lo que dijo, y por un momento he estado a punto de detener el ascensor y bajar al portal, pero algo tan ineludible como el amor me ha impedido hacerlo y ya me bajo en el ático y recorro el pasillo de mármol, tendido con una moqueta beis donde los reflejos del sol parecen dejar manchas de sangre.

Me guían los acordes fúnebres del piano de Philip; Brandon me espera en el umbral con esa sonrisa torcida y lo ojos fulgurantes. Nos saludamos sin darnos la mano: con la diestra está revolando una cuerda. La empleará para desahogar los nervios, como si fuera un yoyó. Cierra la puerta a mis espaldas, saludo a Philip, que me parece ha tocado una nota falsa, y les pido que abran la cortina porque ahí afuera hace una tarde resplandeciente  y la luz parece salida de la paleta de un impresionista y la vida es maravillosa mientras que aquí parezco haber ingresado en la mismísima noche…                                

jueves, 9 de agosto de 2012

ELEMENTAL, DR. WATSON

                
                                  

Con el té, Mrs. Hudson, nuestra patrona, me acaba de verter el último chisme que le ha filtrado el lechero. ¡Es indigno! Resulta que de la niebla de Baker Street rezuma un malsano rocío de habladurías sobre que Holmes y yo somos homosexuales. Y luego a cada revuelta de la calle nos importunan con halagos, parabienes y peticiones de autógrafos; no me extrañaría que en la posteridad nuestros coetáneos fueran recordados por su hipocresía.

Por ser famosos estamos expuestos al infundio y a la estupidez. Y así, se supone que nos pasamos el día yo diciendo obviedades y él concediéndome que elemental, doctor Watson, como quien le da la razón a un tonto de capirote, cuando en realidad jamás, repito,  jamás, ha utilizado tal expresión. Y ahora contaminan Londres y el Imperio con semejante calumnia por los peregrinos hechos de que vivimos bajo el mismo techo, compartimos mantel, vamos juntos a todas partes y, fuera de alguna cliente esporádica, nunca nadie nos ha visto en compañía de mujer alguna. Eso es utilizar el método inductivo y los demás son tonterías. Pero ahora que lo pienso, caigo en que, después de todo, si Sherlock leyera sobre Holmes y Watson, llegaría a la misma conclusión que la gente. Pero las apariencias engañan y las deducciones infalibles de mi amigo son pura literatura. Muchas de ellas las he ideado yo mismo en mis relatos de sus aventuras.

De todas formas, es cierto que admiro la inteligencia de ese poeta de la lógica que, aunque no siempre acierte, es Holmes, y me fascinan el porte aristocrático de su aventajada estatura, sus mejillas de marfil, esa nariz inquisitiva, aquilina, audaz, los ojos centelleantes de puro análisis, su pelo suave y fino como llovizna sobre la frente lúcida; y admito que lo conozco íntimamente, pero no en el sentido que esos ruines le dan. De todas formas, he de reportarme. En parte he sido yo mismo quien les he dado una idea equivocada de nuestra relación y deberíamos haber disimulado más.

Pero por mucho que me conmueva su persona, lo único que me mueve a acompañarlo es su necesidad de contar con un cronista que le otorgue un salvoconducto para la posteridad. No hay nada más –y nada menos- que eso. Cada vez que él ha tenido como cliente a alguna joven o lo han relacionado con ellas los albures de algún caso, no he dejado de abrigar la esperanza de que al fin hubiera encontrado a la compañera de su vida, y bien que se apreciaba que ninguna de ellas lo miraba con el ojo crítico. Pero reconozco que siempre que lo veo indiferente a sus gracias, por algún motivo me consuelo fácilmente y me inunda el diafragma una inexplicable oleada de regocijo, como si la mismísima reina Victoria me hubiera guiñado desde la carroza. 

También sospechan que la facilidad para el disfraz de mi amigo trasluce su tendencia al travestismo, pero si se hace pasar por mozo de cuerda o vagabundo es para enlazar los cabos de algún caso y no para atraer la admiración de ningún marinero.

En fin, ya veo que para desmentir a esos cínicos tendré que casarme con alguna inocente que ejerza de pantalla contra las miradas ajenas, y por las noches incluso habré de desertar de mi entrañable aposento en el  221 B de Baker Street, pero bien que lo siento por esa aún desconocida, porque después de atender a mis pocos pacientes consagraré todo mi ocio a Holmes, y hasta me buscaré a algún colega que me supla varios días por semana, de modo que desatenderé y probablemente haré infeliz a la elegida, pero nuestro honor está por encima de cualquier cosa.

Y habrá veces, si lo requiere la lejanía del lugar de los hechos, que compartamos tren, camarote o la intimidad de algún hotel, pues dado que la paloma de nuestra fama ha llegado al continente, tendré que ausentarme del domicilio conyugal cuando se requieran nuestros servicios en orden a algún complot internacional.

En fin, ya que estoy más sereno y como la modestia de mi querido compañero me ha prohibido asistir a su ponencia que en el Círculo de Química ahora estará revelando las conclusiones de sus recientes manejos con probetas y alambiques, he atizado el fuego de la chimenea y de mi devoción por él, para disponerme a relatar por escrito el último caso en que nos hemos visto concernidos.

Ocurrió la semana pasada. Entablaba mi querido amigo su clásico duelo con la monotonía, contra la que esta vez no le valió aliarse con el violín –por no hablar que tres o cuatro vecinos se vienen quejando-, ni con la cocaína, ni con su colección de colillas de cigarros. Yo me sentía algo ofendido de que mi compañía no le alumbrara el humor sombrío ni le poblara el páramo del espíritu, y me había entregado al crucigrama del aburrimiento. Cambió la pipa de arcilla por la de brezo y la de brezo por la cerezo, según lo sitiaba el tedio, de modo que allí no se habría podido respirar si no hubiera purificado el ambiente, incluso en aquellos momentos de ofuscación, la nítida diafanidad que irradia de su pensamiento. Se puso a recorrer arriba y abajo la sala, la barbilla hundida en el pecho y sordo a mis requerimientos acerca de las soluciones del crucigrama. No hace mucho que en el del Times preguntaban por el apellido de seis letras de nuestra patrona.

A Holmes la gente lo cree frío y distante, impermeable a las emociones o inaccesible a la poesía, a todas horas moldeando hipótesis y con la racionalidad del cálculo matemático en el ceño, pero la verdad es que se sume en hondas depresiones y luego se exalta en arrebatos que solo yo conozco… ejem. Lo cierto es que habría preferido decir que, igual que otras veces, él, con los ojos entornados y las yemas de los dedos unidas, estaba desmadejando las teorías de algún caso, mientras que yo leía tranquilamente el Telegraph, y que amoldados a la paz y serenidad de nuestro mundo sin mujeres podríamos haber seguido una eternidad en aquel silencio de terciopelo sin que entre nosotros dejaran de fluir una armonía y una comprensión inefables; sí, podría haber dicho todo eso, pero ya estoy harto de camuflar la realidad en mis narraciones.

Mareado me tenía de tanto desgastar el entarimado, por lo que dejé a un lado el periódico y me aposté en el mirador del salón. Por supuesto, el mundo exterior agonizaba entre sudarios y mortajas de niebla. Pero de entre aquellos harapos de bruma salió zigzagueando un hombre maduro y enclenque, embutido en un caftán verde aceituna. “Ese hombre no está borracho, doctor”, me dijo por encima del hombro una voz cavernosa que más me sorprendió por haber desmentido un silencio de horas que por haberme adivinado y rebatido el pensamiento. Y siguió diciendo: “Solo ocurre que está desquiciado. Viene a visitarnos para que le devolvamos la cordura. Y bien que me alegro, porque necesito más un caso que una hipótesis su verificación correspondiente”.

Y, en efecto, al instante resonó tal campanillazo en la casa que abocó a la blasfemia a la propia Mrs. Hudson. Desde luego que el caballero al que dio paso era el mismo de la calle, el cual, después de tambalearse y presentarse como Mr. Rosenthal, tomó asiento no sin esbozar con muecas y ademanes la mímica de la desesperación. Cuando Holmes lo invitó a que le contara los pormenores del robo que acababa de sufrir en su casa de empeños, el visitante completó su lividez lapidaria con tartamudeos de estupefacción. ¿Había recurrido a un detective o a un pitoniso?  

Holmes nos rescató de nuestra atónita suspensión volviéndose a revelar como el Príncipe de la inducción. Era la lógica y no la adivinación lo que lo había puesto al corriente de los hechos. Nos explicó que de la biliosa palidez del cliente, de la señal en la frente de una visera y del desgaste de los codos de su gabán, había inducido que trabajaba acodado en el mostrador de un sótano tan gélido que no permitía despojarse del abrigo; y dado que casi todas las casas de empeño de nuestro barrio se ubican en subsuelos, que el hombre había venido a pie y que la fácil prosperidad de esos negocios solo se puede ver alterada por un robo de cuantía, no era difícil que la realidad corroborase sus conjeturas.

En sus razonamientos pasó por alto –también yo lo haré en el relato cuyos datos ahora organizo antes de acometerlo- que el apellido, el caftán y la nariz del cliente eran inequívocamente hebreas, y que en Londres, con abrumadora mayoría, los judíos regentan casas de pignoración. Más que por alardear de inteligencia, sin duda lo hizo para no pasar por antisemita.

Mientras Mr. Rosenthal, más templado, nos hablaba de la dama morena y misteriosa que la víspera le dejó por cincuenta mil libras el collar de topacios que ahora había desaparecido de la caja, como a mí ya me aburren esos detalles y se supone que no seré yo quien resuelva el caso –y aun lográndolo, literariamente tal cosa sería verosímil-, pensaba en otras cuestiones. Exactamente, en esos envidiosos que me acusan de falsear en mis historias la verdad de los hechos y solo narrar aquellos enigmas que Holmes logra dilucidar con la minuciosidad de su método analítico, gracias a su memoria fotográfica o a su capacidad de observación. Mis críticos no tienen en cuenta que si también contara sus frecuentes fiascos, las historias quedarían inconclusas, ya que en los casos que fracasa su imaginación, ningún otro investigador ha tenido éxito. Y tampoco se hace ningún favor a la sociedad proclamando las muchas veces que los crímenes quedan impunes.

Con insoportable prolijidad desgranaba Mr. Rosenthal la lista de sospechosos, la antigüedad y confianza que le inspiraban sus empleados, y yo me dedicaba a refutar mentalmente a los maledicentes que me objetan afilar en exceso la agudeza de mi amigo. ¡Qué se habrán creído! Por supuesto que en la realidad no se confirman con tanta facilidad sus suposiciones, y que tampoco es cierto que nada más oír, como entonces del judío, sobre las circunstancias del delito él ya intuya al culpable, de modo que la subsiguiente visita, lupa en ristre, al lugar de los hechos solo sirva para encontrar indicios que corroboren sus conjeturas. Ya puestos, ¿por qué no se queja el viajero de regreso de la Mancha de no haberse tropezado con Don Quijote en alguna llanura erizada de aspas de molinos?

En la vida los sucesos no resbalan con la suavidad y la lubricación (ejem) que en los libros; y casos ha habido en que mi cooperación no ha sido solo testimonial sino que, con la excusa de encenderle la pipa, le he murmurado a Holmes cómo despejar la incógnita de la ecuación para que él se lleve la gloria de resolverla. Sí, casi la mitad de las veces le he dado a hurtadillas la clave del caso –no la llave de mi dormitorio, como algunos insinúan.

 Para toda esa gente el problema radica en no distinguir la realidad de la ficción. Días hay que la pobre Mrs. Hudson tiene que explicar a un montón de curiosos que aunque éste sea el 221B de Baker Street, aquí no vivimos ningún Sherlock Holmes ni Dr. Watson, y, agobiada, la casera insiste en que vayan a pedirle cuentas a cierto oculista licenciado del ejército y escritor, un tal sir Arthur, que sin embargo nos odia, porque igual que los visitantes no le dejan a ella hornear el pudding, nosotros dos le impedimos a él escribir ninguna otra cosa.

Cualquier día nos matará. Pero le sobreviviremos.                    

      

martes, 7 de agosto de 2012

PAUL NEWMAN Y ROBERT REDFORD:"DOS HOMBRES Y UN DESTINO"




Sobre "Dos hombres y un destino" (Butch Cassidy and the Sundance kid")


Sundance Kid no quería reconocerlo, pero habíamos esquilado demasiado tiempo a las ovejas –el becerro de oro- de la región del Desfiladero. Me refiero a que ya no quedaba tren, banco o diligencia que desconocieran el brillo de nuestros cañones, la dureza burlona y azulina de nuestros ojos. Éramos demasiado asiduos a sus cajas de caudales. 

Ocurre que Sundance es el hombre más testarudo que nunca he conocido. En las timbas solo veía las cartas y la pistolera de los jugadores, y no había quien lo levantara de la mesa. Aunque dijera que rezar le daba suerte, hacía trampas y lo libraba la fama de su nombre, que con las alas del miedo volaba por el país dejando una estela legendaria de manos rápidas y disparos entre los ojos.

Formábamos un tándem sin igual: él ponía las balas y yo las ideas. Pero llegamos a una encrucijada donde nuestra estrella parpadeaba. Estábamos cansados, tan desgastados como las efigies de las monedas que robábamos, y solo uno de nosotros lo sabía. Como les pasaba a los caballos, nuestra época había caducado: los autos empezaban a sustituirlos. Nos ganaba la nostalgia; en nuestras celebraciones ya no había copas quebradas, rasgueos de sedas o tiros al blanco sobre la porcelana, sino una retahíla de recuerdos desteñidos y sonrisas tristes.

Teníamos que dejar la región del Desfiladero si no queríamos despeñarnos por él, pero Sundance se agarraba a ella como una pulga a su perro. Y también estaba Etha, la bella maestra de escuela. Era la novia de Sundance, que podría haber sido mía si entre los tres no hubiéramos descubierto un territorio de paz en que no existían los celos, el mediodía no agostaba las risas, ni se ponía sobre nosotros el sol de la alegría y la felicidad. 

En aquel momento hasta la banda de Butch –yo- quería dejar de ser de Butch –mía-, y me costó volver a subyugarlos con mi sonrisa y mis trucos, y persuadirlos de que primero atracáramos de ida el tren Flyer, un trueno fulgurante de oro, ¡y luego también de vuelta!, lo cual sería lo último que esperarían las víctimas. Pero debimos conformarnos con los bancos: estos no se mueven ni, a diferencia de los vagones, sus cajas fuertes pueden ocultar a un montón de enemigos al acecho. Si Sundance me hubiera hecho caso, nos habríamos trasplantado a Bolivia. Aunque no conocía aquel país ni nadie me había hablado de él, su mero nombre me representaba un soleado paraíso de chicas alegres y bancos que atracar. Porque después de toda una vida robando, no habíamos ahorrado nada. Se suponía que yo era el cerebro, pero las monedas nunca se me oxidaban en la bolsa, sino que se me desprendían de entre los dedos como un puñado de polvo.

Bolivia o alistarnos en la guerra de España eran nuestras opciones razonables, y sin embargo nos obcecamos en el atraco de ese tren de vuelta. Lo detuvimos sin dificultades, pero me pasé con la dinamita que hiciera explotar la caja y como de costumbre el dinero me voló de las manos: los billetes despegaron al cielo como bandadas de pájaros inalcanzables. Ahí se inauguró nuestro infierno. Justo entonces sufrimos una emboscada y tuvimos que abandonar la cacería de billetes para huir al galope.

Parte de nuestra banda cayó y los que huyeron no merecieron la persecución. Aquellos cinco solo venían a por nosotros. Y no los dejábamos atrás. Pasaban las horas, los días, y no había forma de que los malditos dejaran de olernos el polvo que levantábamos. Por todo el estado nos seguían aquellos Cinco Jinetes del Apocalipsis, cuyos galopes oíamos a todas horas en el eco del miedo, porque no encontramos treta que los privara de nuestro rastro. Tenían los mejores rifles, una puntería infalible, caballos de concurso y un olfato de perdiguero. Ni comían ni dormían, y en las noches sin luna cabalgaban con teas encendidas como fuegos fatuos. No parecían humanos.

¿Quiénes eran aquellos tipos?, me preguntaba Sundance, el polvo en los ojos, ascendiendo por una escarpadura que ellos no tardarían en subir, casi adaptando sus huellas a las nuestras. Eran implacables, inasequibles al engaño. Antes de que aquello empezara, ya sospechaba yo que más temprano que tarde llegarían algunos más rápidos que él y más listos que yo. Pues bien, ahí los teníamos. Estábamos condenados: hasta los buitres que nos seguían les señalaban nuestro camino.

¿Quiénes eran aquellos tipos?, le preguntaba a Sundance con la boca seca, temiéndome que fueran nuestra sombra. Y acerté. Esos cinco eran nuestra muerte. Más y mejores que nosotros, eran los únicos que podían ganarnos. Eran nosotros mismos con quince años menos y el estímulo de hurtarnos la leyenda. Nuestros dobles que venían a sustituirnos en el miedo colectivo del país. 

No había forma de esquivarlos; apenas nos quedaba la elección del lugar donde caer. Con la lengua arábamos el camino. A la desesperada, el último día saltamos de los caballos y como serpientes nos deslizamos monte arriba, con la esperanza de que siguieran sus huellas. Pero no tardamos en oír tras nuestra el resonar de los cascos de sus caballos como tambores de ejecución. En efecto, nos arrinconaron al abismo de las cataratas. ¿Cómo pedir clemencia a quienes no parecían humanos? Estábamos al fin del mundo y decidimos arrojarnos por el borde. Saltamos. Nadie que no hubiera estado en nuestra situación lo habría hecho. Fue la única vez que demostraron ser hombres. Ahí les perjudicó su juventud: tenían más que perder que nosotros.

Escapamos nadando. Nos libramos por una cola de pez, por un pelo de purasangre. Llegamos desfondados a la casa de Etha, que después de haber oído que habíamos muerto, nos miró como a fantasmas. Para ella es un problema no haber dividido el riesgo; cuando caigamos, ambos lo haremos al mismo tiempo. Leímos en el periódico que nuestros perseguidores eran de carne y hueso: Mr. Herriman, el dueño del tren, había armado al ex sheriff Leford y a Lord Baltimore, dos viejos enemigos nuestros, y a otros tres pistoleros magistrales para que entre todos nos robaran el aliento. Al patrón, reclutarlos le habría costado el doble de lo que nunca le habíamos robado y hasta el triple de lo que le hubiera costado que Sundance y yo le custodiáramos el tren, pero es que ya nadie estaba dispuesto a olvidar tantos años de atracos y asesinatos.

Así que por fin Sundance se decidió a venirse conmigo a Bolivia. Con Etta. Desde el principio los tres estábamos condenados a entendernos. Un golpe mediano nos bastó para comprar los pasajes a América. Toda la vida soñando con Bolivia y nos recibieron unos andurriales roñosos y desolados donde hasta los perros se aburrían. Allí duraba siglos el eco de cada piedra arrojada al vacío del aburrimiento. Lo más duro fue aprender castellano para que en los atracos la gente supiera que tenía que levantar las manos, ponerse junto a la pared y todo eso. No sabíamos más que atracar bancos y éramos demasiado viejos para llevar un rancho o una granja.

Después de mucho trabajo lo conseguimos. Aprender los rudimentos del idioma y atracar. En Bolivia lo más efectivo es robar las nóminas de las compañías mineras. Y aquí seguimos los tres, ricos y contentos porque ya somos incapaces de gastar todo el dinero y la felicidad que hemos logrado, agradecidos a la suerte, ardiendo en la misma llama de alegría que siempre, porque aunque sabemos que cualquier día volverán los Cinco Jinetes del Apocalipsis, mientras tanto disfrutaremos de este mundo nuestro donde no arraigan los celos, la amistad no se apaga, ni la dicha atardece.        

      

  




domingo, 5 de agosto de 2012

JAMES DEAN SOMOS TODOS

                 
                  


Sobre “Rebelde sin causa”.

Los padres de Jim se habían mudado cinco veces en tres años intentando que por fin se integrara en algún grupo de amigos. No sabían que fueran donde fueran, como un desastre portátil, llevaban los problemas en el equipaje. La última pelea de Jim fue porque no toleró que lo llamaran gallina: lo que él sabía que era su padre, un payaso manejado por su madre y su abuela. ¿Cómo iba a respetarlo si al volver de la oficina se ponía el delantal encima del traje y recogía a cuatro patas las migajas del almuerzo? Pero a excepción de Platón y Judy, que de todos modos no se dejó acompañar al instituto, sus nuevos compañeros allí parecían mucho peores que los anteriores.

¿Para qué vamos al colegio? No le encontramos sentido a lo que nos cuentan en clase o en casa. Somos tan distintos a nuestros padres que no creemos en sus dioses. Al menos ellos habían sabido contra quién luchar: fueron a la guerra. En cambio nosotros estamos perdidos; solo podemos pelear contra nosotros mismos y ya estamos hartos hasta de hacernos daño. El que no es un juguete roto ya se ha quedado sin cuerda. Nuestros padres nos han estropeado y ahora no saben arreglarnos.

Como su padre era un gallina, Jim tenía que hacerse el duro. Por eso aceptó el desafío de Buzz. Todo ocurrió el primer día de Jim en el instituto, a la salida de la visita de la clase al Observatorio. Buzz le provocó y primero se enzarzaron a navajazos. Luego quedaron en el promontorio del acantilado, con toda la panda, y se retaron a ver cuál de los dos era el gallina que se arrojaba antes de un par de coches en marcha que acabarían por despeñarse al mar. Utilizaron dos autos robados del desguace. Judy dio la salida; en el fondo era tierna y tibia, pero delante de los demás parecía dura y fría como una piedra. Platón cruzó los dedos para no perder a su nuevo, único, amigo. Jim saltó a tierra casi en el borde, pero Buzz tuvo un problema con la puerta que le hizo precipitarse al abismo dentro del coche. Pareció tardar una eternidad en estrellarse contra las rocas.

¿Por qué nos peleamos y hacemos esas locuras? Nos lo preguntamos a nosotros mismos antes de que lo hagan nuestros padres, la policía, los terapeutas. Estamos desesperados y el alcohol, la velocidad y la violencia son vías de escape. Algo hay que hacer por las tardes, ¿no? Lo único que nos adapta a la vida es el riesgo de perderla, y apostar contra ella es nuestra manera de valorarla. Como el ludópata solo aprecia el dinero en función de que le posibilita el juego. Porque nuestras casas son manicomios y preferimos el reformatorio o la cárcel. Al menos allí no hay locos. Nuestras familias han dejado de ser hogares; de las repisas de las chimeneas y de las vitrinas han caído todos los dioses, y sus sacerdotes han enloquecido. Todos nosotros estamos solos y buscamos un padre de verdad, no cualquier fetiche o muñeco de mentira.

Ya en la cuna Platón oía discutir a sus padres. Su madre no paraba en casa desde que su padre desapareció como un fantasma, y Platón creyó encontrarlo en Jim. Y eso que solo tenía tres o cuatro años más que él y apenas lo conocía desde por la mañana. Por un momento creyó que había sido él quien cayó al acantilado. El padre de Judy tampoco la comprendía y ella no tenía a quién contarle cómo había crecido el mundo mientras ella seguía siendo una niña. Para él su hija solo era un problema transitorio que se solucionaría cuando pasara la llamada edad crítica.

Sí, estamos en la época que nuestros padres llaman difícil porque lo han oído de algún divulgador –esos psicólogos de la tele-, pero no comprenden que además de nosotros también ellos han cambiado, y se limitan a regalarnos cazadoras, motos, coches y hasta la razón. Nos la dan como a los locos o a los niños que no somos, para dejar de oírnos. Cualquier cosa menos escucharnos. Eso sí, no dejan de rezar por nosotros ni de creer que lo que nos pasa solo les pasa a otras familias. Aunque apenas nos prohíben nada, tampoco nos dan ninguna respuesta. ¿Con quién podemos identificarnos? Nuestra vida es una película en la que todos los personajes son malvados o cretinos. En casa todos son hipócritas; hablan mucho, pero se han cortado los hilos de comprensión. Y cualquier cortocircuito puede provocar un incendio.

Los padres de Jim no querían que fuera a comisaría a contar lo de Buzz para ahorrarse problemas. El escándalo es una serpiente que no debe colarse en casa. Para su madre la sinceridad era como un perro abandonado en una cuneta. Por eso ni a Jim, ni a Judy, ni a Platón nada les salía nada bien, siempre iban a contracorriente, con el viento en contra. Y así Crunch, Moose y Goon, los matones de la panda, creían que Jim los había delatado a la policía y toda la noche lo estuvieron persiguiendo. Como sus casas eran de locos, aquella madrugada Jim, Judy y Platón se habían refugiado en una mansión abandonada junto al Observatorio, la casa de sus sueños. Allí estuvieron parodiando a sus propias familias: fingieron que Judy y Jim eran un matrimonio medio y Platón el agente inmobiliario que les enseñaba la casa. Estuvieron jugando y fueron niños por última vez, hasta que Platón se quedó dormido. Fue la primera y última noche feliz de su adolescencia. Hasta entonces los tres habían estado buscando a alguien que los aceptase y por unas horas lo habían conseguido.

A veces, fuera de casa, logramos algún que otro buen momento, pero en seguida se nos escurre como la arena entre los dedos. Somos entrenamiento de psiquiatra; las crisis nerviosas nos desatan la tormenta de la violencia. Pero todas nuestras casas ya eran un polvorín y nosotros solo encendimos la mecha. ¿Qué querían que hiciéramos? ¿Que nos quedáramos a la mesa mientras ellos trinchaban el pavo aparentando que no olía a chamuscado? ¿Que siguiéramos cenando mientras ardía la casa entera?

Cuando los tres matones llegaron a la vieja mansión, sorprendieron a Platón dormido. Se les escapó y lo persiguieron a través de las habitaciones apolilladas. Pero él se volvió loco porque creyó que Jim lo había abandonado. Igual que había hecho su padre: por eso llegó a dispararle. Hirió a uno de los matones y llegó la policía. También disparó a varios agentes, cada vez estaba más intratable y se refugió en el Observatorio. Jim entró a intentar tranquilizarlo. Lo consiguió, pero a la salida Platón volvió a enloquecer por un error de la policía y lo acribillaron. Sin embargo, sus verdaderos asesinos estaban lejos de allí. Su padre nunca le enseñó a jugar al béisbol; su madre no llegó a abrocharle el último botón del abrigo de borlas. Por eso Platón siempre tenía frío. Necesitaba una cazadora que lo abrigara y Jim le había dado la suya.

Ahora que hemos muerto y el cadáver de cualquiera de nosotros yace con un calcetín de cada color a las puertas del Observatorio, nos queda el consuelo de que Jim se incline a subirnos la cremallera hasta el cuello.      

  

viernes, 3 de agosto de 2012

"EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES"


Mi madre nunca se equivocaba. Me advirtió que no me casara con Cora. Decía que era demasiado joven y guapa para mí, y que en los ojos se le notaban las sombras de todos los hombres que había conocido. La misma Cora me confesó que no me amaba y que, en efecto, cada vez que la acariciase yo estaría siguiendo las huellas de muchos aventureros con suerte. Su sinceridad acabó por desarmarme. Le dije que con el tiempo me querría y ella tuvo que conformarse conmigo; después de un pasado como el suyo, “Twin Oaks”, mi gasolinera-restaurante, era su última oportunidad de hacerse con una posición.


Y hasta hace bien poco nos fue tan bien como a un par de gatos en una pescadería. Cora atrajo a más clientes; y yo era feliz con ella, con mis tragos, las salchichas y la guitarra. Siempre estaba de mejor humor que un perro escondiendo sus huesos en el patio de atrás. Pero mamá también me decía que me guardara de los vagabundos, esos trotamundos de paso extraviado y hambre de carretera, hijos del camino y nietos de nadie, erráticos peregrinos que traen bajo los harapos o en el hatillo los bacilos de la catástrofe. Así llegó Frank, como las tormentas o las malas noticias, cuando menos se las espera.

Pero como él parecía un buen hombre le abrí las puertas de mi casa y de mi… en fin, cualquier cosa que digamos los cornudos se nos vuelve en contra como una serpiente cascabel al retirarle la piedra. Lo cierto es que justo cuando necesitaba un empleado me trajeron a Frank la carretera o el destino, o más bien el fiscal del distrito, lo que es la vida, el mismo que ahora tendrá que acusarlo y entonces lo recogió mientras hacía autostop.

También yo me metí en la ratonera al invitarlo a una hamburguesa para convencerlo de que se quedara. Necesitaba un mecánico que fuera joven –para pagarle poco- y ayudara en el restaurante, un hombre para todo… está claro que cualquier cosa que diga suena ridícula. Sobre todo si me refiero a que. con lo poco que cobraba, acabó por salirme más caro de lo que hubiera podido imaginar. Pero lo único que importa es que si aquella mañana turbia él hubiera pasado de largo, ahora yo no estaría rodando dentro de mi coche por este precipicio que nunca, nunca, va a terminar.

Ahora sé que si él se quedó fue por Cora. Y eso que al principio a ella le cayó fatal. La primera semana solo le dirigía la palabra para ordenarle pintar esto o limpiar aquello, las típicas tareas que siempre quedan pendientes. Yo aún no sabía que el amor y el odio son las dos caras de la misma moneda. Además, debí sospechar de lo nerviosa que estaba.

Por entonces él me convenció de algo que Cora llevaba años aconsejándome, que instalara un neón en el cruce para atraer a los conductores. Frank podía convencer a todo el mundo de cualquier cosa… ya estoy otra vez. Es curioso, por entonces esos dos parecían celosos de mí, como si se disputaran mi aprecio.

Con lo poco que comía y sin recibir correspondencia, él me parecía un bicho raro. Recuerdo que un día, a la mesa, bromeé con él preguntándole si estaba enamorado y ella se atragantó. ¿Puede ser que fuera precisamente yo quien los hiciese conscientes de lo que sentían el uno por el otro? ¿Y cómo a partir de entonces no advertí la electricidad que unía sus miradas ni la atracción que les imantaba los cuerpos cada vez que se cruzaban en la cocina o en la barra del restaurante?

Incluso la noche que los tres celebramos lo del neón los invité a bailar. Apagué la radio para que bailaran a los acordes ebrios de mi guitarra. ¿Será verdad que disfruté viendo lo bien que se amoldaban sus cuerpos, cómo se adaptaban los músculos de él a las curvas de ella? Sentí algo parecido a la satisfacción de encajar dos piezas de un puzle. Estaba borracho y los animé a seguir en cuanto se detuvieron. Cora dijo que estaba ardiendo, y eso que no pasábamos de veinte grados. Por lo visto tenía tanto calor que cuando íbamos a acostarnos dijo que iría a darse un baño a la playa. Dos terceras partes de mí supieron que no iría sola. Mientras una de esas dos partes intentaba enfadarse, a la otra le habría encantado atisbar desde una palmera sus jóvenes siluetas tendidas en la arena y jalonadas por la espuma de la luna. La tercera parte rezumaba alcohol y me convenció de irme a la cama.

Al día siguiente tuve que ir a Los Ángeles a tratar con la lavandería –más me hubiera valido lavar los trapos sucios en casa-, y de vuelta, justo delante de la gasolinera, me confié y estuvo a punto de arrollarme un camión. Frank y Cora lo vieron desde la terraza y me pregunto si fue entonces, observándome en la cuneta de la muerte, cuando se les ocurrió lo felices que serían sin mí en el mundo. Quiero decir en Twin Oaks. Porque como aquel negocio era la cima de las aspiraciones de Cora, ella no iba a abandonarme por un vagabundo para someterse a los penosos azares de la carretera. Ya conocía el lado incómodo del camino; para evitarlo se había casado conmigo.

Supongo que era eso lo único que los separaba; mientras que él es el mejor amigo de los caminos, ella los odia. Así que me pregunto de quién germinaría la idea. ¿Quién de los dos conjugó el verbo “matar” conmigo de complemento? ¿Cómo pudieron respirar mi mismo aire sin infectarlo con su malevolencia? ¿Cómo me hablaban y comían a mi mesa sin ahogarse? ¿Por qué no sonaba a su paso el timbre de la alarma ni se fundían las bombillas de mi casa cada vez que alguno de ellos las encendían?

Solo hubo un cortocircuito aquella noche que me estaba duchando y al resbalar en la oscuridad casi me rompo el cuello. Ahora sé que fue su primera tentativa: algo les saldría mal. Aquello me costó una semana de hospital. ¿Es que a ninguno de los dos se le ocurrió que los tres podíamos haber sido por siempre felices en aquel local de carretera que con sus palmeras parecía oasis de viajeros, aislados del mundo y a orillas de un océano donde cada noche ellos podrían enzarzarse bajo las estrellas mientras yo los atisbara desde la sombra? ¿Por qué no habrán comprendido que mi observación habría estimulado su deleite?

Después de mi accidente Frank se fue, ahora supongo que en un ataque de honradez, y al poco decidí vender el negocio. Mi hermana estaba parapléjica y necesitaba ayuda. ¿O aquello era una excusa ante mí mismo porque ahora que él no estaba la vida allí ya no seríaigual? No puedo creerlo. Lo cierto es que me habían hecho una oferta irrechazable y me atraía la idea de volver a casa, a Canadá. Cora se opuso. Reconozco que toda la vida la había tenido de camarera y ahora pretendía que en los posos de su juventud hiciera de enfermera de mi hermana. Y cambiar California por aquellos hielos habría sido enterrarla en vida, ahora lo veo. Por eso ella prefirió enterrarme a mí.

Hoy mismo me encontré a Frank en el mercado y, aliando la mala suerte con la estupidez, me lo traje de vuelta para celebrar la venta. Proclamando que iba a firmar esas escrituras lo que realmente había firmado era mi sentencia. Esta vez lo han planificado mejor. Esta misma noche él ha simulado estar tan borracho como yo y al final me han persuadido de hacer una excursión a Santa Bárbara. Cora hizo que me desviara para ver el lago Malibú y pasar por esta carretera vertiginosa. Frank y yo cantábamos desgañitándonos. Nos bajamos entre esos riscos que aún guardarán el eco de mis voces, lo último que me queda ahí arriba. Después de golpearme en la cabeza, me han subido al coche, lo han puesto en marcha, y he recobrado el sentido al empezar a caer por este precipicio que nunca termina. Al menos lo he comprendido todo en este último instante. Y ya que no me han dejado quedarme con ellos si quiera a disfrutar de los reflejos de su fulminante felicidad, como un perro satisfecho con las piltrafas del solomillo, que caiga mi maldición sobre ambos y que a partir de ahora no tengan ni un minuto de paz.

Me consuelo pensando que será así: los cómplices de un asesinato se quedan enlazados por unas cadenas más férreas que las del amor. 

                            

miércoles, 1 de agosto de 2012

EL HALCÓN MALTÉS


                


Muchas manos me han buscado; las pocas que me han encontrado, han terminado peor que amputadas. Como una mujer fatal, me gusta jugar con los hombres; tallado que estoy de sus ambiciones y fantasías, me muestro propicio y en el último instante los burlo. Cómo me divertí con las vicisitudes de ese gordo, aquella montaña de grasa insaciable, que llevaba diecisiete años persiguiéndome como a un ideal, un perdedor nato que confundía la perseverancia con la más zafia terquedad.

Pero los hombres también me temen tanto como a sí mismos. Tienen raptos de clarividencia en que atisban lo que serían capaces de hacer por mí. Al final todos mienten y matan por mi culpa, por nada. Qué espectáculo tan miserable y ridículo ofrecen, y al mismo tiempo tan divertido. Como los payasos del circo. 

Y luego me echan la culpa a mí, en vez de a la ceguera de su codicia; dicen que soy un pájaro negro que inoculo la desgracia en las manos que me tienen. Con todo lo que me deseaba, ella, la enemiga del gordo, la mujer de los mil nombres, a la que reclutó para conseguirme y luego lo traicionó, decía que solo me tocaría para darme a otra persona. Por el módico precio de un millón de dólares, claro. Hay pocos hombres que cada mañana, al levantarse, no estén dispuestos a creer que ese día ganarán su primer millón de dólares. Es lo que valgo; eso, y un montón de vidas humanas, pero para ellos éstas no parecen contar mucho.

A estas alturas ya sabréis quién soy, y hasta habréis empezado a preguntaros desde dónde hablo, de qué lugar proviene mi voz, para cazarme. Tranquilos, que no voy a echar a volar; mis plumas son de mentira, y peso más que la culpa de cualquier humano. De todos modos, me halaga que escuchéis con tanta atención la historia de mi vida.

Nací en Malta, el año de gracia –para muchos desgracia- de 1539, de noble familia. Mis padres fueron los Caballeros de Rodas, unos templarios a quienes Carlos V permitió la ocupación de Malta a cambio del tributo simbólico de un halcón, que demostrara que la isla seguía bajo jurisdicción española. Agradecidos y opulentos –tras el saqueo en las Cruzadas de los tesoros de Oriente-, mis padres me engendraron y, engastándome con lujuriantes joyas de las garras al pico, me donaron al emperador en lugar de un halcón de los que solo vuelan. Yo lo hago más rápido y más alto que ellos, en el deseo y la avidez de los hombres.

Pero unos bucaneros abordaron el galeón que me llevaba a España y, rara avis, empecé a volar de mano en mano, acarreando a cada uno de mis dueños una mala suerte que en verdad es inherente a la condición humana. ¿Qué hombre ha eludido por siempre la desgracia? ¿Hay alguna biografía que carezca de las emboscadas de los hados? ¿A quién no visita tarde o temprano la catástrofe, llamando a su puerta con los golpes perentorios del destino? Y la avaricia no hace sino matizar la sordidez de la suerte. Los hombres son más rapaces que cualquier ave rapaz como yo.

En 1650 perdí –dirán- a un cardenal romano que murió en el potro de la Inquisición; en 1713 acechaba desde la vitrina de un noble parisino hasta que por mi culpa un ladrón se convirtió en asesino; en 1890 caí en poder de un lord inglés que tuvo que empeñarme a un judío y poco después se ahorcó, y en 1923 pasé a manos de un astuto marchante griego, que me embadurnó de esmalte para disimular mi valor. Fue entonces que el gordo me reconoció y se enamoró de mí. 

Si no me hubiera regocijado tanto con sus tribulaciones, a veces pienso que debería haberme entregado a él: nunca nadie me ha merecido tanto. Porque, veamos, ¿a quién creéis que pertenezco de verdad? ¿A Carlos V? ¿Al marchante? ¿Cuál de mis decenas de dueños puede arrogarse mi posesión legal? Lo cierto es que yo no entiendo ni de amor ni de justicia: soy de quien me tenga.

Ese gordo me adoraba y a mí me encantaba jugar con él, burlarlo, hacerle sufrir, y en ello estuvimos casi veinte años. Como las mujeres muy bellas, solo me entrego a quien menos le importo. El marchante me guardaba en un local de Londres, en Hampstead, y en cuanto el gordo desembarcó a orillas del Támesis supo que mi dueño había sido asesinado y, lo que era peor, desvalijado.

Nadie llegó a saber que fue su propio sobrino quien, acuciado por las deudas, tramó el golpe para robarme. Huyó conmigo a Hong Kong, donde lo consumió la malaria en un hospital de caridad. Para cuando el gordo volvió a encontrarme –la avaricia lo llevaba en volandas incluso a él- yo estaba aquí, en Estambul, en poder de un general ruso que no me conocía por dentro. No se le había ocurrido desbrozarme el esmalte con que me había barnizado el griego.

 El gordo quiso comprarme, pero el ruso se negó, primero por espíritu de contradicción, y luego porque sospechó de que el comprador subiera y subiera su oferta. Sí, mi gran amante insistió demasiado. Es lo que pasa, que saco lo peor de la gente. Por mi culpa los astutos se vuelven ingenuos; los ingenuos, audaces; los audaces, asesinos. Enjoyado hasta los ojos, peso demasiado en la conducta de los hombres y acabo por hundirlos como un fardo ineludible.

El gordo envió a un puñado de agentes a que me robasen al ruso –ella, la de los mil nombres, entre ellos-, pero para entonces mi dueño había creado un gemelo mío falso y dejó que se lo llevaran. Además de ella, la banda la engrosaban un musculitos sin cerebro, un matón enclenque y nervioso, y un egipcio sutil, casi afeminado. 

El resultado fue que, después de traicionarse unos a otros, todos ellos acabaron muertos o en la cárcel, como el gordo. A excepción del que menos me deseaba, cierto detective de San Francisco, adonde había ido a parar mi doble de plomo. Antes de que lo detuvieran, parece que el incansable gordo estaba dispuesto a venir a Estambul a recuperarme; su codicia es como el Ave Fénix, renace de la ceniza de sus ilusiones.

Los codiciosos como él son unos románticos incurables, dispuestos a entregar su vida por un sueño. Estoy seguro de que en cuanto cumpla condena vendrá a por mí. Y para entonces probablemente ya no seguiré en Estambul. Sería imposible desengañarlo, que llegue a creer que él me ha inventado, que no existo.

El plomo y el oro somos humo.