
Ser un mago, un
demiurgo, una mirada,
una antena que capta las ondas de otro tiempo,
una antena que capta las ondas de otro tiempo,
ser un médium, un
prestidigitador, un hipnotizador,
los pases mágicos
conjurando a los espíritus,
ser un payaso, jefe de
pista o domador,
con un haz de
restallidos que invocan la ronda de portentos,
ser como yo Fellini
ante este esqueleto de hierros,
confusa torre de Babel
que escala hacia la nada,
costillar de un dinosaurio
en la noche prehistórica,
plataforma de lanzamiento
de la nave de mi fracaso,
ignorar cómo utilizarla
tras haberme gastado cien millones en ella,
en el silencio del
viento que trae las voces de los muertos,
sin la abigarrada
algarabía de mis películas,
ser un imán que ya no
magnetiza ninguna idea,
un pararrayos que en la noche no
atrae los relámpagos de la lucidez,
una botella
donde ya no se vierte el vino de la poesía,
un cantero de rosas
olvidado por las mariposas de la fantasía,
las palomas de la magia
exiliadas del nido de mis mangas,
querer filmar una película
sin tener nada que decir
como desear una máscara
que se teme descubrir
y hacer de la nada
desenmascarada la película misma,
convertirme en
Marcello,
o convertir a Marcello
en Fellini,
ser Guido o Marcello o
Federico,
ser Marcello Fellini o
Federico Mastroianni,
un director de cine
real o imaginario,
un artista agotado como
un manantial
del que aún todos
quieren beber,
ser un cuarentón ajado
de canas y ojeras,
arrugado de
frustraciones y decepciones
pero aún con visiones,
apariciones,
invocaciones a un
pasado tan lúcido como un sueño,
ser el tiempo de un
cuento que acaba al principio y empieza al final,
un presente que
contiene todos los años de mi edad,
imaginar un desfile de
ancianos en el balneario,
una cabalgata de dioses
caídos y un crepúsculo de walkirias,
imaginar el vacío
adensándose en el vaho y el vapor de los baños,
mi esterilidad
triunfante con el desdén de una condesa cadavérica,
la crisis creativa
imperando como una belleza decadente,
el fracaso como el leit
motiv de la ópera de mi vida,
pero lograr que esa
crisis y ese fracaso interesen más que el éxito,
ser más que el genio o
el mercader que la frota
la lámpara maravillosa
que lo aloja,
el catalizador de un
arte espontáneo, instantáneo, simultáneo,
imaginar la aparición
de Claudia bella y pura como una luna llena
como una paloma que
trae un mensaje de esperanza
como una yegua blanca
paciendo en la nieve de primavera,
imaginar el patético
baile de Mezzabotta con su vampiresa,
fantasías de harenes y
de entrevistas con cardenales,
ideas que chocan como
aves en las paredes del dormitorio de un adulterio,
una amante, Carla,
bogando como un cisne o una gansa con peluche,
una esposa, Luisa,
parecida a una avestruz sabia y miope
a la que se quiere con
la lenta pasión que se apagan los neones al alba,
un intelectual de
pedantes gafas que como una nota a pie de plano
incorpora a la película
la crítica de la película,
imaginar, imaginar
un ilusionista cuya
varita mágica es la batuta de mis delirios,
una adivina que conjura
la mítica memoria de la infancia
(un mundo de leche y
sábanas, risas y mímicas, conjuros y sortilegios),
la Sarraghina, una
bestia solar, sexual, cuya rumba es un maremoto,
unos padres que me
compadecen desde el aburrimiento de la muerte,
un productor
complaciente y amenazante de regalos y parabienes,
un equipo de producción
que me inflige un interrogatorio policial,
ser un niño senil, un
cuarentón infantil
que prefiere al mundo
una idea del mundo,
al pelo la peluca, a la
cara una careta, al mar un mar soñado,
ser Fellini ante esta
plataforma inconcebible
que recuerda el templo
de una religión olvidada, mi gracia,
y solo saber que del
reflejo de su ausencia quiero tejer mi arte,
del humo de mi nada
hacer una película sobre la nada.
¡Me encanta!
ResponderEliminarGracias, es una película que invita a crear y a especular sobre el proceso creativo.
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