domingo, 20 de mayo de 2012

EL CRIMEN NO PAGA


Aunque soleados, días me trae Mayo asolados y desolados tal hoy, en que me siento tan ayuno de comprensión como Stravinsky en el estreno de “La Consagración de la Primavera” o Schubert con sífilis, desarraigado y desarrapado y desarropado el espíritu, como un extracomunitario del pensamiento, o más bien comunitario, según va la Unión Europea. ¿Tendré derecho a asistencia médica, a que me reconduzca un conductista de la Seguridad Social que para reportarme simulará rememorar conmigo el sanguinolento crepúsculo que en “Centauros del Desierto” vaticina el ataque apache al hogar de los Edwards –él sólo sabrá de Monty Clift practicando lobotomías en “De repente, el último verano” o incorporando a Freud (cuando más loco estaba Monty) según Huston– o hará que recuerda con sus falaces tarareos los primeros compases de la Sinfonía Patética?


Con nadie salvo vosotros puedo hablar de lo que más me interesa, y cuando lo intento, todo el mundo me mira de través o con los ojos achinados por la sospecha. Tomándolo quizá por advocación poética, el cartero no me devolvió el saludo que intercalé entre mis recitados de las imitaciones provenzales y chinas –estilo “Canción de la Tierra”– de Pound, y me vi con ganas de beber como “el borracho en primavera” de Mahler o Li-Po a la caza de la luna en el reflejo de las aguas que lo ahogaron.

A la entrada el jefe me registró el maletín y requisó lo único que llevaba, “Sabotaje olímpico”, una farsa de Carvalho sobre Barcelona 92. ¿Lo tomaría por un manual anti sistema al modo de los del Ché? Le noté la opaca mirada de los cornudos, Leopold Bloom para abajo; su mujer seguiría haciendo de las suyas con esa jeta Priscilla Lane por Francis Bacon, y él la tomaba conmigo. Para congraciarme con el maledicente compi de al lado le dije que era más mordaz que Thelma Ritter cuando hace de asistenta en “La ventana indiscreta” o en “Carta a tres esposas”, pero él lo único que intentaba era que le bajara la presión arterial propalando el infundio de que los cajeros planifican pagarse la boda desfalcando el banco. Y en cuanto le he perjurado a un cliente que invirtiendo en las tabacaleras americanas le iría mejor que a Gary Cooper en “Bright Leaf”, de un bufido se me ha levantado de la mesa.

Debido a quien ya supondréis, no he plegado párpado en toda la noche, y lo peor es que con la esperanza de lograrlo no he saturado mi insomnio con el sueño filmado de ninguna onírica película tipo “Jenny”, y en el futuro el recuerdo de esta noche en banco (no blanca como la de Dostoievski) no quedará retrospectivamente impregnado, no, mejor ungido, por la habitual exaltación del cinéfilo. Y para colmo sigo arrastrando el “complejo de Faulkner” y hasta hace un poco que sí que he cogido carrerilla ante la virtual hoja en blanco, me he sentido como el nobelizado novelista sureño, ilustre caballista y delirium tremens de traductores, de lectores pasivos y asistentes de Alcohólicos Anónimos, cuando lo único que en su primera semana de guionista de “Tierra de Faraones” se le ocurrió escribir fue aquello que Jack Hawkins alias Ramsés les gritaba a los esclavos al llegar a su pirámide en construcción: “Chicos, ¿qué tal van las obras?”


Y aún hay más, amigos. Y no me refiero a que ningún banco le embargara a Ramsés la pirámide, sino a que han desenmascarado al “anarquista paciente”. En efecto, a un capitoste de la empresa donde trabajaba mi hermano como programador le han mostrado un mail en el que éste intentaba refundar la TNT, digo la CNN, no, tampoco, la CNT quería decir, y lo ha despedido según ley, esto es decretazo, con cinco segundos de preaviso y una indemnización de cinco céntimos. La peor consecuencia será la conflagración de sangre y fuego en que estallará el barrio, y no por la venganza de sus inexistentes correligionarios –Sacco y Vazzetti virtuales y culpables–, sino por las profecías de plagas, infierno y condenación que en esos casos, y desde la viudez, reparte nuestra madre por las calles al estilo de aquel predicador de “Sangre sabia” (débil versión de Huston). Menos mal que a mi cuñada le va bien con su paradójico salón de belleza. Por fortuna con ella no arrastro las disensiones que con mi cuñado, ya que no nos hablamos desde que en la boda le cambié a mi hermano la corbata Pierre Cardin por un pañuelo rojinegro que insistí era milanista y no anarquista. De todos modos me temó que será del Inter, del Inter de Mourinho.

A mamá la conformaremos con el nuevo trabajo de mi hermana, como sabéis, otra enferma terminal del celuloide. Y es que desde anteayer ha cumplido su viejo sueño de acceder al mundo del cine: provisionalmente, ha obtenido un puesto de dependienta en la sección de DVD unos grandes almacenes. Sí, me da Corte nombrarlos, son aquellos que según ella misma ningún medio de comunicación se atreve a cuestionar porque sus anuncios representan el no sé cuantos por ciento de su facturación publicitaria. Y ya es Primavera en mi vida porque infiltrada en el enemigo como Carol Lombard en “Ser o no ser”, cuando sólo esperaba hacer tiempo y algo de dinero mientras recibe la improbable llamada de otra emisora, ha descubierto un medio de sabotear al enemigo –esa metáfora hispana del capitalismo– y distraer varios DVD sin pasar por caja. Por supuesto, yo he sido el cómplice de la operación. Y ahora que caigo: ¿Qué fatales cromosomas de la rebeldía y la destrucción estamparon su impronta en los genes de los tres hermanos como las marcas de la ganadería de John Wayne en “Río Rojo”, que iba de una estampida en otra? Como hubieran dicho Oscar Wilde o Thomas de Quincey (otra vez citando las citas de Borges), ¿qué clase de asesinatos en serie habremos perpetrado como delincuentes juveniles si en la mediana edad llegamos al extremo de robar ya sabéis dónde invendibles películas de los años cuarenta con subtítulos ilegibles?


Ayer ejecutamos la primera entrega. Me acerqué cual vergonzante arrendador de cine porno a la soledad de su caja, donde sonriéndome como Audrey Hepburn en “Róbame un milloncito”, trémula y más frágil que nunca en un uniforme que la devolvía a la época de las monjas (aléjate, espíritu de Henry Roth), me pasó por el dispositivo eléctrico ocho películas que ella había elegido y simuló facturarme tecleando con el descuido aparente de un intérprete de Stockhausen. Así la bolsa y mientras salía, el vértigo en el esófago, me apresuré a ver los títulos: la decepción me atenazó el espinazo. Con los nervios de Marnie la ladrona, mi hermana había arrebatado horripilantes obras, por añejas que fueran. Léase (pero no se vean): “99 River Street”, “Las Campanas de Santa María”, “Mar de hierba”, “Pasaje a Marsella”, “The Painted Veil” “All through the night”.

Y las dos que desconocía también resultaron fiascos: “Romance”, anodino film lastrado por su pasado teatral en el que, eso sí, una portentosamente remasterizada Greta Garbo, transfigurada por una exaltante luz estilo Cartier–Bresson en vena, tal y como hubieran querido Zelnik o Dios Padre para las apariciones de Lourdes (Jennifer Jones es la aparición de “La Canción de Bernadette”), como una vidriera en blanco y negro –y no polícroma– figurando a una Santa Juana que no sea de Premminger al crepúsculo del rosetón de esas iglesias que estudiaba Proust a través del Gótico francés… película en que, os decía –mil perdones, pero como todo neurótico sabe una cosa lleva a la otra–, Greta Garbo vuelve a deplorar que ella no disfrutó, como Marlene, de la apoteósica servidumbre de quien la soñó: Von Sternberg, sino del trato simplemente correcto, educado –edulcorado–, de Clarence Brown. Y además de lacrimógeno el guión demuestra que, recién iniciado el sonoro, los autores apenas balbuceaban.


En cuanto a la otra, era casi peor: “Mi hijo Edward”, de un George Cukor falsificado o recién abandonado por algún joven al borde de cualquier piscina hollywoodiense. Lo único bueno es que el tal Edward nunca llega a vérsele la jeta, pero no porque sea objeto de una caracterización en ausencia como la de Harry Lime, sino porque en todo caso no hubiéramos estado encantados de conocerlo.


Incluso actores como Deborah Kerr (ridícula y alcohólica por culpa de su hijo Edward: debería haber sido al revés o mutuo) y Spencer Tracy (que en la vida real no necesitaba excusas para amistarse con cualquier botella) reniegan de sí mismos. Por una vez olvidaron que la mejor manera de no desmentir su fama de buenos actores consistía en permanecer inexpresivos y no arquear ni la fatídica ceja de Victor Mature –quien al negársele la entrada a un club en que no se admitía a los actores, esgrimió el fajo de periódicos en el que se negaba que fuera tal cosa.

Total, un desastre lo de mi hermana. Como dicen los detectives al final de las películas de gánsteres, ante los inertes mocasines de James Cagney asomando de alguna manta, “el crimen no paga”.

sábado, 19 de mayo de 2012

ALEXANDER MACKENDRICK Y ROBERT ALDRICH


Aberraciones de medianoche o una noche en vela con “Viento en las velas”.


Como aquel zombi con quien nos hizo caminar Jacques Tourneur y con tres horas de sueño –de doce a tres–, hace un rato he llegado a la oficina, pero también con las imágenes de las dos películas que he visto hasta las siete alucinándome aún la vigilia. Porque mi hija Alma parece decantar su destino de cinéfila y sólo deja de llorar en mis brazos al resplandor del todavía impagado plasma en la oscuridad de terciopelo del salón, sin que ello quiera decir que se duerma cual espectador aburrido, sobre todo si el programa es tan estimulante como el de anoche que ya era hoy.

Y eso que no vimos obras de los autores más afines a sus simpatías –Godard, Pudovkin, Einsenstein–, sino que fueron Mackendrick y Aldrich quienes sustituyeron con la intensidad de sus sueños filmados los pálidos fantoches de los míos. De todos modos ninguna de las películas defraudó sus instintos subversivos.

Aunque obra de un director pudibundo (formado en la puritana Ealing, que hizo por embotar sus filos de sátira) y en apariencia nada revolucionaria, “High wind in Jamaica” (“Viento en las velas”, por una vez eufónico título castellano), según la novela de Richard Hughes, el proyecto más ansiado de Mackendrick, tantas veces diferido y luego incomprendido, como el resto de una obra escuálida por mor de la indiferencia de una industria hollywoodiense que tras cuatro oportunidades –ésta fue la tercera- acabaría por condenarlo a la pedagogía, y que… dormido que estoy ya me he perdido en las cajas chinas (ojalá fueran muñecas rusas, y no de Bioy) de mis apostillas, apólogos y aposiciones…


Sí, estábamos en que “Viento en las velas” es una, más que crepuscular, noctívaga película de piratas que lejos de celebrar los brincos entre jarcias de Burt Lancaster o Errol Flynn (aunque a cualquiera de sus turbias personalidades le hubiera convenido el papel de Anthony Quinn en nuestra obra), además de medir el océano de incomprensión que separa a los adultos de los niños (¡que me lo digan a mí!), hunde hasta el fondo a la institución familiar. No sé cómo pudo filtrarse tal propósito entre los guardaespaldas de la moral.

Lo cierto es que en ella un grupo de niños de buenas (es decir, malas) familias anglo jamaicanas son enviados a la metrópoli a que las escuelas británicas embriden sus salvajes infancias de trópico. Ya no oirán más consejas de negros, ni presenciarán ritos vudú, ni correrán a través de los peligros de la selva. Pero ocurre que su barco es abordado por unos chapuceros piratas que accidentalmente se llevan a los niños. Y en tal travesía, lejos de asustarse, los chicos se lo pasan en grande en compañía de los bucaneros, y son estos quienes los temen –y se demostrará que con razón–, pues los peques no cesan de espantar a los curtidos pero muy supersticiosos marineros con las historias de espíritus aprendidas de los negros. Especialmente pavorosa es la actitud de la niña que cubriéndose la cabeza con el cabello –nuca al frente- simula haberse invertido la faz como en aquel relato de Stevenson (sólo me falta citar a Chesterton para hacer como Borges) sobre la bruja del cuello torcido. ¿Sería posible que Alma tuviera la suerte de ellos y fuera raptada y alejada de mí largo, muy largo tiempo, hacia remotos mares? Estoy seguro que de todos modos la brisa me traería sus lamentos desde otro hemisferio, pensé al cambiar el DVD, lo que ella aprovechó para prorrumpir en una dilatada serie de aquellos, sin duda creyendo que la sesión había concluido.


Mientras arrancaba la siguiente, pensé en que lo más osado de la que acababa de ver era la evidente historia de amor –y no paternal– entre el cincuentón jefe de los piratas (Anthony Quinn) y una de las niñas, Emily, de unos once, sin que la bruta torpeza de uno ni la edad de la otra les impidan ir tomando conciencia de sus sentimientos. Desde luego, no llegan a exteriorizarlos en palabras, pero nos revelan su atracción tanto el número de planos–contraplanos que los vinculan, contrastando su mutua fascinación, como otras tomas en las que el director los empareja. Historia, pues, tan elegíaca como “Lolita”, pues el pirata acaba sacrificándose por la niña y… bueno, no voy a reventaros el final, por si alguno de vosotros no es partidario del distanciamiento propugnado por Brecht y tiene la suerte, como yo gracias a mi hermano, de encontrar esta perla en algún buceo cibernético más o menos ilegal. Otra forma no hay de verla: la censura económica es peor que la de toda la vida –inquisitorial o auto impuesta, que como en el caso de Mackendrick, sutilizando la inteligencia del creador, acaba por afinar su obra.



Y hablando de piratas, parece que mientras penaba yo en Viena, por aquí la Rat(i)o de Bankia ha desfallecido un tanto y, lejos de traernos ningún regalo, ese ratoncito Pérez de ministro -¡cómo le gustan los recortes, aunque sean de queso!- no deja de tapar con lo público los agujeros de sus cómplices, pero dejémoslo para otro día que me encuentre más despejado.

Como aún lo estaba al inicio de la segunda obra del programa, cuyos títulos de crédito sofocaron los ronquidos de la consorte desde el dormitorio, “The last sunset” (“El último atardecer”), western también crepuscular y pecaminoso –Dalton Trumbo (“Johnny cogió su fusil”) no podía escribir nada rutinario–, de Robert Aldrich. Film de aliento trágico sin halitosis cursi, con el mito de un Edipo al revés que encuentra a su más que propicia Electra. A ver si me explico. 


Pero antes destacaré lo desigual del duelo interpretativo, que se decía antes, entre Kirk Douglas y Rock Hudson. Al primero, un trotamundos tempestuoso, donjuán y con halo romántico–maldito (le pagaban un trago por cada poema), no paran de husmearle las espuelas los perros negros del mal y de la muerte (esto suena a García Márquez tras haber obtenido audiencia con Fidel). Perseguido por Rock Hudson (¡qué miedo!), intenta en vano recobrar a su amor de juventud, Dorothy Malone, a la que lleva sin ver el mismo lapso de tiempo que ella tenía cuando se conocieron (en cambio esto se parece a uno de los primeros párrafos de “Lolita”, ¡dios mío!, el insomnio me hace extenuar bibliotecas imaginarias y esto mismo suena a Borges conferenciando sobre el tiempo –no atmosférico– mientras que en aquella nieve de confeti Kempes marcaba el primero porque Cruyff no estaba)…


Ya me he reportado. Íbamos por que el ciego romántico de Kirk sigue creyendo que ama a la actual Dorothy, casada con Joseph Cotten y con una hija adolescente, Melisa, cuando lo que en verdad ama es el pasado, el recuerdo mitificado de la joven de dieciséis años que entonces era Dorothy, surgiendo poco a poco de la oscuridad hasta resplandecer ante el fuego con su traje amarillo limón como otra llama, imagen en que –cual cinéfilo– se le detuvo el tiempo para siempre.

En cambio, Rock Hudson es un sheriff que viene a prender al otro para que lo juzguen en ya no recuerdo qué estado, digamos Florida, ya que Kirk el seductor provocó el suicidio de su hermana y dio muerte al cuñado (¡bravo por él!). Toda la familia, encabezada por los dos enemigos empleados por Cotten como vaqueros, efectúa el típico traslado de ganado precisamente a Florida.

Con un curioso afán didáctico, el también panteísta Kirk le va revelando a la joven Melisa los secretos de la Naturaleza, en principio detalles inocentes, como el nacimiento de un ternero y cositas así, y le recita algún que otro poema pero ya no a cambio de ningún trago.

Muere el marido de Dorothy en una reyerta que no viene al caso, y Hudson y Douglas también se disputan a la viuda sin luto. En el resto del trayecto se suceden los habituales ataques de indios y cuatreros –sólo falta la estampida–, y Dorothy se decanta por el más anodino pero estable y seguro como una roca Rock, aunque todos sabemos –Alma incluida– que al que de veras quiere es a Kirk el interesante, pero, claro, en lo que no cree es en su infantilizado amor por ella.

Entonces Kirk el maldito sublima su desengaño en su principal admiradora, Melisa (¿o era Melinda?, en cualquier caso la hija de Dorothy), de dieciséis años, que precisamente una noche se pone el vestido amarillo limón que ha encontrado en el baúl de los recuerdos de su madre y surge poco a poco de la oscuridad al resplandor de una hoguera como una llama temblando al recuerdo de Kirk el cinéfilo, digo el romántico. Ignorando la diferencia de edad, Kirk y Melinda (o Melisa o Miranda) se comprometen.


Y lo peor –es decir, lo mejor– es cuando más tarde Kirk el enamorado tranquiliza a la celosa madre insistiéndole en que quiere a su hija de verdad, la ama más que a su vida y como nunca ha querido a ninguna mujer, y algo escocida ella le replica que eso no le extraña nada porque es su hija (¡la de él, pobre castellano que no distingue el género en los pronombres posesivos!), y justo entonces la mía y yo dimos un respingo porque la consorte dio un portazo y con un poquito de razón me preguntó qué porquerías le estaba haciendo ver a su (la de ella) pobre hija.

Pero la película me encantó, de verdad, lo que pasa es que hay algo dentro de mí que, al intentar explicar por qué me gusta algo, acaba por denigrarlo. Lo sabe la consorte.

jueves, 17 de mayo de 2012

PEQUEÑAS GRANDES DIFERENCIAS

Sobre "El Tercer Hombre", la novela y la película (y! II)


Ya visteis que en la última "entrada" vienesa me identifiqué con Joseph Cotten en su gusto por Alida Valli y me dormí al tacto del candente escalofrío de su piel, pero tengo algo más en común con Holly Martins. O más bien con Rollo, su doble en la novela. Me refiero a las contradicciones de su psiqué, que no se manifiestan en la película. Rollo es tan sentimental como donjuán, y al lado lúdico o impulsivo que sugiere tal nombrecito se opone el aspecto severo, racional, práctico, inspirado por el apellido puritano-holandés Martins. Con tal dualismo Greene parece reproducir la fórmula Jekyll-Hyde de su dilecto Stevenson, solo menos influyente que Dickens en su narrativa. 

En cuanto a Harry Lime, su antagonista final, aparte de un asesino y un traficante de penicilina que la adultera criminalmente, se trata de un manipulador psicológico nato que desde la infancia (en la película hay menos alusiones a su pasado) ha fascinado al ingenuo Martins cuando en realidad no ha dejado de aprovecharse de él valiéndose de su encanto de niño travieso, algo de ese carisma hipnótico de los dictadores que Mann fabuló en "Mario y el mago". La propia Anna lo justifica diciendo que no es que él no haya crecido, sino que el mundo ha envejecido demasiado pronto a su alrededor. Y sin embargo, lejos de intentar atraérsela a la zona rusa, lo que Harry hace es entregarle a los soviéticos –es húngara con pasaporte falso– para devolverles el favor de su protección.

Resulta impagable el retrato en ausencia que en las dos obras se nos va haciendo de un Lime no revivivdo hasta el último cuarto de la acción: nos sentimos tan hechizados por él como Martins o Anna. Una vez que se ha perfilado su personalidad mientras se le creía muerto, incluyendo el lado más oscuro, su irrefutable criminalidad, es cuando sabemos que sigue vivo. En este punto favorecen mucho más a la trama, al desarrollo dramático de la historia, las dudas que en el film sigue manteniendo Martins sobre si entregarlo a la policía. Gracias a lo cual, el mayor Calloway puede ofrecerle a cambio de su colaboración la libertad de Anna, ésta puede rechazar ser el precio de la cabeza del hombre que sigue amando –y en la estación tira al suelo el abrigo de su desprecio, que Martins le había echado por los hombros–, y hasta avisar a Harry, en el café de la celada, de que su amigo lo ha traicionado. Nada de lo cual aparece en la novela, que queda ayuna del dramatismo que implican tales escenas.

Y justamente fue a la casa de Harry Lime, el palacio neoclásico de Pallavicini, adonde nos llevó un autobús el segundo día, después de un largo trayecto durante el que Alma había dejado de llorar mientras recorríamos Segundo Bezirk, la antigua zona soviética. Conforme trasponíamos Josefplatz me iba agarrotando la duda. La consorte me miraba maliciándose algo. Muy bien parecía conocer yo Viena para no haberla visitado furtivamente con antelación, en un viaje relámpago, con una azafata o alguna ejecutiva sustituyendo a Alma en mi regazo. Debió sospechar alguna agria reminiscencia erótica por mi parte, al verme girar  en redondo.

Me había acometido el pánico a que la realidad de la casa de Harry defraudara aquella otra –la misma– que tanto había soñado restaurándola –recreándola– en mis infinitas variaciones, la única casa concebible de Harry, la ideal, la de la cinta. En la caverna de Platón yo siempre hubiera preferido las sombras. ¿Cómo iba a profanar las imágenes de Reed y a traicionar mi fantasía con la vil verdad? Imposible: debía permanecer incólume a lo cotidiano. Y pensar que estrenaba cámara digital...

Sigamos adelante, pero no con la escuálida realidad de una Viena a la que ya no me explicaba para qué había visitado. Habíamos hablado de "pequeñas grandes diferencias" entre la novela y el film, gracias a las cuales éste llevaba a sus últimas consecuencias, como en Viena las avenidas del centro irradian en el Ring, ciertos planteamientos del relato, y consumaba todas las posibilidades de éste.

Por ejemplo, la escena protagonizada por "el niño de la pelota" al descubrirse el asesino del conserje, goza en el film de mayor eficacia dramática. El asesinato de éste es igualmente elíptico, pero en la película se nos deja ante la mirada de la víctima, pétrea de un horror resignado. Pero lo más relevante es que la acusación del recalcitrante niño a Martins es más explícita e incluso genera, a golpe de cítara, una emocionante persecución de los vecinos que no existe en la novela.

Otra huida de Martins que solo se produce en el film es la que sucede a su castrófica conferencia en el British Council. Escena esta, por otra parte hitchcockiana (como extraida de "Treinta y nueve talones" o "Con la muerte en los escalones", perdón, al revés). Curioso que Greene y Hitchcock, ingleses, coetáneos, católicos y de ciertas afinidades artísticas, siempre se mantuviesen a distancia.

En el film, la compañía de Anna en la visita de Holly al piso de Harry filtra la escena bajo un velo melancólico de viuda, un toque triste que en la prosa solo es pesquisa policial; tal vez la actuación de la Valli –o el propio guión así lo propicia– adolece en ésta y otras escenas de una languidez algo estilizada.

Mejor desarrollados en la película se encuentran tanto la persecución de Lime (¿limo?) a través de las cloacas, como el enfrentamiento final entre los dos amigos, matizado de genuinas emociones, con el superviviente emergiendo –por una vez a ojos de Calloway– del humo de la duda.

Todo el final de Greene sí que es más esquemático y escueto, más esqueleto o cactus que cantero de ideas para un guión que ya parece tener prisa por emprender, dejando de lado la nouvelle. La muerte del hasta entonces ignoto agente Bates (y no el ya conocido Payne, el admirador de la obra de Martins) padece de la caracterización apresurada y sentimental de un personaje que no tardará en morir.

Pero donde más se aprecia la diferencia entre la novela y la película a favor de la segunda es en el final. Genial plano–secuencia (Welles? Reed?) en que al vuelo de las hojas y desde el fondo de la mañana y de la tristeza, Anna avanza entre las tumbas y los árboles del invierno y se va acercando y parece que nunca va a llegar con su paso firme e indiferente a un Holly que cuando ella pasa de largo se enciende el cigarrillo de la resignación, y ahora las hojas caen más lentamente, y habrá que volver a América a escribir novelas baratas con finales más felices que éste.

En la novela, Anna y Rollo salen de la mano: por una vez el cine es menos complaciente que la literatura.

Como siempre que no se sabe engarzar una cosa con otra, en todo aquello pensaba yo el tercer día merodeando en torno al café Mozart, que no me inspiraba ningún miedo.


Por lo que fuera, no me asustaban los lugares transitados por quienes habían realizado la película, sino aquellos por donde evolucionaban –evolucionan– los personajes, como el contiguo Hotel Sacher, donde se aloja(ba) Martins.



Y así, cada vez que paseábamos por un jardín, temía cruzarme con algún descendiente de aquel gato que también adoraba a Harry y le reconoció los zapatones en Mölker Steig. Desde varias perspectivas atisbé la noria gigante del Prater y me apresuraba a agachar la cabeza. ¿Qué clase de peregrino era yo? Y si impostaba alguno de mis creíbles malestares para quedarme en la pensión, la consorte me dejaba a Alma, y ligera de pies y conciencia se iba por su cuenta de turismo.

En el mencionado café Mozart descubrió Greene a Anton Karas y a aquel encuentro se debe, junto al tema melancólico de "Ammacord", la Banda Sonora del cine (valga la tautología).



También en la novela se identifica a Harry Lime con esa melodía –en el film se hace al modo de Wagner, con un leit-motiv para cada personaje de la Tetralogía–, que varias veces silba "in" y hasta se jacta engañosamente de haber compuesto él mismo: por ella lo reconoce Martins mientras lo aguarda en la noria, en vez del moroso acercamiento que Harry efectúa en la película, como viniendo del pasado más remoto, de su compartida infancia.

Los días siguientes no dejaron de consolidar el fracaso de mi incursión–excursión- a Viena. A mí la consorte no me dejaba ir solo a ninguna parte, y aunque al final no me habría atrevido, seguía negándose a visitar los tres sitios que yo anhelaba, el cementerio (no me valió la excusa de las tumbas de Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms –sería un deleite visitarlo un día de viento–), las cloacas o el Steinhof, el sanatorio mental que yo quería visitar en honor al gran Bernhard, un escritor musical de temas tan repetitivos y opulentos como Bruckner según Celibidache. 

Otra diferencia, curiosa –y vil– entre sendas obras cuya revisitación me ha compensado del desengaño: seguro que por razones comerciales, el film sustituyó a uno de los cómplices de Lime, el norteamericano Cooler (cuya culpa ya se atenuaba al final de la novela) por Popescu, un personaje igualmente hipócrita, pero rumano.

Sí que parece más adecuada la versión de la novela según la que es el inocuo Crabin, y no el astuto Kurtz, quien pone a Martins en la pista de Anna Schmidt. Respecto a la cual, el cine no podía permitirse que fuese según la describe Greene, poco agraciada y baja, como mucho una gordita con ángel (ebrio de tristeza), solo en melancolía igual a Alida Valli.

Sentimiento más atemperado que el malestar vital –como si su primera lectura hubiera sido "La Náusea" de Sartre– que Alma traslucía en la antigua zona norteamericana, sonorizando aquél con tsunamis de lamentos y denegando inexorable con la cabeza.

A ver si bajo tanto lamento me oís un par de afortunadas concomitancias entre las dos obras. Primero, la abundancia de diálogos con doble sentido basados en la condición de novelista de Martins (el mejor de la película es aquel en que éste amenaza a Popescu con escribir "El Tercer Hombre").

La segunda es el enigma sostenido sobre la identidad del "tercer hombre", que en el relato aparece sin rostro a través de los sueños o fantasías de Martins, y que en la película vemos conspirar de espaldas con los otros tres ya conocidos (Kurtz, Popescu, Winkler), y luego en un lejano picado sobre los mismos cuatro, confirmando mi teoría de que el título correcto debería haber sido "El cuarto hombre". Si a la consorte le interesara el tema me rebatiría con que el misterio se refiere al tercero que ayudó a trasladar el cadáver que al final no era de Lime (el tercero en cuestión), sino de Harbin, en el plan que los cuatro habían concebido para eliminar a este incómodo correligionario y hacer pasar por muerto al perseguido Lime. ¿Quién dijo que las bandas criminales funcionan como las dictaduras?

Lo de la caricaturesca "puesta en abismo" al eludir a que Martins ha empezado a escribir "El Tercer Hombre" me ha recordado que Graham no tenía con la realidad una relación tan problemática como la mía. Lo primero que hizo al llegar a Viena fue charlar con la gente de la calle, cuyas historias le sugirieron el argumento. De hecho, en caso todas sus obras hay descripciones casi textualmente extraídas de sus diarios, lo cual desmonta mi teoría de la segregación del arte respecto a la realidad.

Claro que para que tu vida sea digna de reflejarse en tu obra, habría que pasarlo tan bien como el gran viajero que fue Graham (cada estancia que prolongaba en algún país –Cuba, Haití, Indochina– le valía una obra maestra; y no permanecer aquí atornillado a esta mesa desportillada del banco, esperando que se me siente en frente alguien un poco menos despreciable que yo pero igual de desgraciado, y que lo será algo más cuando se levante y me deje con el único consuelo de hacerme daño escribiendo este post, y describiéndome desorientado en una ciudad infinita, uniforme y enemiga de mis falsos recuerdos, sin encontrar por ninguna parte el mercado negro, ni aquellas sombras pseudo expresionistas esquinándose en adoquines encharcados, ni aquellas estatuas ecuestres cabalgando sobre el silencio de la noche, ni el misterio desenfocado de tantas calles superpobladas de espectros y ruinas, ni más excusa que ofrecerme la pesadilla de visitar el poco recomendable "Museo del Tercer Hombre" (Pressgrasse, 25. Visitas de 11 a 15, 10 euros la entrada, menores de cinco años gratis), una parodia del expoliado templo de mi imaginación.

martes, 15 de mayo de 2012

SOBRE "EL TERCER HOMBRE", LA NOVELA Y LA PELÍCULA (I)

O cómo toda buena historia empieza con una llegada o una partida


Aunque mi visita no haya causado más muerte que la de mis ilusiones, y no la de dos hombres, como la de Holly–Rollo Martins, ¡ojalá tampoco yo hubiera ido a Viena a buscar al fantasma –en todos los sentidos– de Harry Lime! Me fue tan pésimo que esta mañana casi me he alegrado de volver al banco; mejor me hubiera quedado en casa releyendo la novela y revisando la película, que fue lo primero que intenté al llegar a casa.


Ya fue nuestra llegada a Viena tan catastrófica como la del sub-novelista inglés (americano en la película) Rollo (Holly en el film, esto es, Joseph Cotten) Martins, cuando apenas llega a tiempo de enterrar a su mejor amigo, Harry Lime, que le había mandado llamar a la vieja capital medio borrada del arrugado mapa de una Europa tan devastada como la de hoy bajo los ataques de unos "mercados" con depósitos de valores tan peligrosos como los de armas.

En nuestro caso el desengaño estribó en la supersticiosa negativa de la consorte a ocupar el cuarto que en una pensión había yo reservado sabiendo que tenía vistas al Zentralfriendhof, el Cementerio central de Simmering, donde mismo se inicia y concluye la acción de la historia: inolvidable principio que –como en el verso de Eliot que no es de Eliot sino de la Bilbia– empieza por un final (el entierro) e igualmente memorable final que empieza por el principio, y en el caso de la novela con un principio: el amor entre Anna Schmidt y Rollo Martins, imposible entre Anna Schmidt y Holly Martins. 

El mayor Calloway, el narrador de la novela, nos advierte que incluso la tierra –helada– del cementerio se negaba a aceptar al miserable de Lime (significativo apellido), y en la última escena vemos que ha empezado el deshielo: magistral tratamiento del paso del tiempo y quizás metáfora del enternecimiento de Anna.

A la novela y a la película les pasa como a la consorte y a mí, que tenemos distintos puntos de vista. Porque haciendo abstracción de la voz en off que nos sirve de maestro de ceremonias tan raudo que casi no tenemos tiempo de leer los subtítulos, y no vuelve a hablar, la película nos ofrece el punto de vista de Martins. En el relato, Calloway es un narrador tan forzado que al principio nos explica que parte –en verdad casi todo– de lo que nos va a contar lo supo por Martins; y para patentizarlo varias veces nos muestra Greene a ambos departiendo sobre la cuestion.

No obstante, narrados los hechos por un testigo y a un año de distancia, la historia adopta el tono reflexivo e irónico tan caro a Green; y, conociendo el final, Calloway va bifurcando el camino de nuestra lectura con las encrucijadas de la intriga, sembrándolo de las semillas del misterio, de modo que, como hacía yo antes de casarme, nos obliga a leer de una sentada las ciento treinta páginas. 



Pero no he sabido arrancar tan bien como Graham (ya es de la casa): a excepción de mi matrimonio siempre es más difícil empezar una historia que acabarla. Ya debería haber dicho que en nuestro recorrido comparativo entre cine y literatura estamos ante un caso único. No es solo que el autor de la novela y el guionista sean el mismo, sino que antes el guionista decidió escribir una novela para disponer de abundante materia prima, de suficiente información donde seleccionar más tarde, a la hora de elaborar el guión. Supongo que, como novelista que era, no estaría habituado a crear una historia directamente en imágenes y prefirió trabajar como de costumbre.

Surgió así una excelente novela –no un mero borrador del guión–, no obstante superada o consumada por éste, gracias a las aportaciones de Orson Welles (Harry Lime), Alexander Korda y sobre todo Carol Reed, el director y corrector del guión. De modo que veremos cómo hay entre ambas versiones pequeñas o grandes diferencias en el tratamiento de la historia, casi siempre a favor del film.

Sobre la insoluble polémica respecto a la intervención de Welles en el guión y la dirección, en estos años he virado de parecer –incinerado mi fuego juvenil– y ahora me inclino por su parquedad. Parece que sus aportaciones se limitaron a las frasecitas que dice al bajar de la noria y quizás, por estilo, a los barrocos planos de la conversación a través de la escalera entre Martins y el conserje (en la novela es un vecino), y a un mayor desarrollo de la secuencia de las metafóricas cloacas (lo vemos tan agobiado por los encuadres como bajo los oprimentes techos del burdel de "Campanadas a Medianoche"); pero emito mi opinión con la misma mesura que uso en las conversaciones con la consorte.

Y así, hube de renunciar a las vistas al cementario y el pobre taxista volvió a acogernos, mirando a Alma como si fuera a secuestrarle el taxi –he aquí una idea para terroristas con miedo a volar–. Por contra, nos confiamos a su criterio; y a través de las calles de una noche de primavera ancha y limpia y clara como el cristal, que nada tenía que ver con los harapientos callejones ni con las plazas densas de ruina y miseria y de mendigos entre casas tullidas o mutiladas, ni con los laberintos expresionistas de la Viena de posguerra, nos llevó a un hotelito recoleto y moderno que por desgracia no mostraba desperfectos y hasta estaría bien provisto de vinos y viandas, porque tenía el defecto de no haber sido bombardeado en una Segunda Guerra Mundial que en cualquier caso ya en los años cincuenta todos habían olvidado al punto de que los vencidos prosperaban más que los vencedores. Porque llegué a la vileza de anhelar que Viena fuera la ciudad arrasada que había sido mientras se rodaba "El Tercer Hombre", tal es mi impulso hacia la irrealidad, mi tendencia a cartografiar mi imaginación a la escala de la eternidad, a aislar lo fabulado en el paisaje de ensueño de un óleo donde reina el puro espacio, en el tiempo disecado e incorrupto de un fotograma.



Pero al bajar del taxi no solo me despabilaron las exhorataciones de la consorte a que me ocupara de las maletas, sino la visión de un anciano bien vestido desentrañando un contenedor de basura, escena que no podría defraudarme porque parecía recién salida de la película de Reed, lo cual me avergonzó de mi deseo previo. ¿Cuándo me liberaré del complejo de culpa que me imbuyeron los curas, y que ya me había torturado en el vuelo, pensado que el cegato oficinista cuyo plan de pensiones, entre otros, me había permitido pagar los billetes, por mi causa ya nunca conocería Viena? Lo cual sería una suerte, después de todo, si también a él le gusta "El Tercer Hombre". En parte me había pasado igual que a Reed, cuando llegado a rodar se sorprendió desagradablemente de lo despejada y medio reconstruida que ya estaba la ciudad, mientras Graham le perjuraba que solo tres meses atrás todo estaba tal y como él lo había descrito.

Mientras nos instalábamos seguí yo ensimismado en otro esfuerzo mental, olvidarme de "El Mundo de Ayer", y no me refería a mis vicisitudes en el banco, sino a la obra en la que Stefan Zweig se lamenta de cómo la intolerancia cercenó el florecimiento cultural de la gran Viena. A partir de la mañana siguiente, la Viena de "El Tercer Hombre" no solo debería, a mis ojos, superponerse a la actual, sino también enterrar bajo sus cascotes a la Kakania de Musil, la capital de la Cultura de todos los tiempos, aquélla en que el coche de Schöenberg podía atropellar a Johann Strauss junior, que albergó a Witgenstein y a Kraus, a Joseph Roth y a Mahler, con Freud y Schitzler a punto de toparse en cualquier esquina.



Mentalizándome que seguía, no entendí lo que me estuviera diciendo la consorte, que como  de costumbre estaría quejándose de que no le respondiera o no le hiciera caso, o no me enteré muy bien qué otra injusta acusación. Ojalá fuera ella tan comprensiva como Anna con Harry, al que ama pese o precisamente porque es un delincuente y un canalla para quien ella apenas es una buena chica con la que divertirse.

La luz apagada, mis dos damas seguían enfurruñadas –la consorte como una niña pequeña y la niña pequeña como una consorte–. Así que, como hago con ciertos argumentos para intentar conciliar el sueño me proyecté mentalmente "El Tercer Hombre" sobre la pantalla en blanco de mi vigilia. Lo mejor es cuando no hay película de la novela y yo mismo tengo que diseñar cada plano. ¿Os parece una buena excusa para contar ahora mismo el argumento a quienes no conozcan la novela ni la película?

No temáis, me dormí mucho antes de terminarla. Como quien redobla las letanías de sus rezos esperando el sueño, estuve pensando en cómo se indignaba Martins contra el mayor Calloway porque éste hubiera acusado al por entonces aún difunto Harry. Luego se entrevista con los conocidos de su viejo amigo, el disminuido roble Kurtz, el pulcro doctor Winkle (¡Winkler!), el norteamericano Coooler (rebulléndome en la cama advertí que me había pasado a la novela), y la abatida Anna, la chica de Harry. Un vecino, testigo presencial del acidente en que su propio chófer atropelló a Lime, que había cruzado repentinamente, contradice a los anteriores también presentes en el suceso, sosteniendo que Harry murió en el acto y añade que fueron tres y no dos los hombres que transportaron el cadáver.



Con el apoyo económico de Mr. Crabin, el representante de British Council que lo toma por un autor de prestigio y no el autor barato de novelas del Oeste que es, Martins desoye el consejo general de abandonar Viena, se queda a descubrir al asesino de su amigo, que acaba de eliminar al conserje (ya he vuelto a la película) para acallar su versión de los hechos, y aún tiene tiempo para enamorarse de Anna la triste mientras rememora con ella el carácter de Harry y se acerca a consolarla, le mira la pena en los ojos y ella inclina la frente en el hueco de mi hombro mientras le hablo muy bajito y su cabeza se estremece y siento en el cuello la lluvia de su pelo... ZZZ

lunes, 7 de mayo de 2012

EN EL AEROPUERTO


Henos aquí, entre la caravana de viajeros dispersa en el oasis de esta cafetería del aeropuerto, o más bien espejismo tipo “Lawrence de Arabia”, dado lo inmaterial de estas plastificadas viandas de astronauta de “Dos Mil Uno”, que sin embargo contrastan con lo nutrido de la factura presentada por un camarero exacto a aquel bandido de Omar Shariff.

Entre las dos horas de antelación con que nos hemos presentado aquí y el retraso de media en media hora promovido por una huelga encubierta de pilotos cruzada, en la intersección de nuestra desgracia, con un paro oficial de tripulantes de vuelo, hemos extenuado ya más de cinco horas. Alma no deja de sonorizar las reivindicaciones laborales de unos y otros. En cambio, influida por el milico –que dirían mis lectores sudamericanos– de mi suegro, la consorte clama por una intervención militar (tal vez sólo aeroportuaria) que nos provea de genuinos comandantes y degrade a los pilotos a azafatos y a los azafatos a… –justo entonces he desconectado el oído para conectar el portátil.

También yo rumio una grave preocupación, derivada de la advertencia que me ha hecho mi hermano de que después de una semana ágrafa, siete largos días sin escribiros, todos me abandonaréis como Clark Gable a Scarlett O’Hara al final de “Lo que el viento se llevó”, y que a la vuelta sólo con denuedo os reconquistaré, santuario que sois de mi desesperado ateísmo, coartada de mi existencia, última excusa para seguir pensando.



El cortocircuito de nuestro contacto se debe a la mezquindad criminal, propia de Shariff negando sus pozos a otras tribus, con que, según mi hermano –alias “el anti sistema prudente”–, nos van dosificando el acceso a Internet después de habernos habituado a su libre uso. Por otra parte, tampoco le gustaría a la consorte que en nuestro sucedáneo de luna de miel, delante de sus fauces, me entregase al vicio de la escritura.

Lo peor de todo es que en el ambiente precario y transitorio de la terminal, con el aire angosto, grávido y como desalentado, pesa un hastío que me impediría leer hasta a Dumas (padre o hijo, en realidad era una alusión a cierto autor actual de ligera prosa de espadachín). Por lo que me he hartado de barajar folletos y guías de Viena que no dejan de ensalzar a Salzburgo, la tarta Sacher, el Prater o la Musikverein, y de proclamar “El Tercer Hombre” como la mejor película de la Historia del Cine, lo que me ha sugerido escribiros esta última misiva de despedida.

Me pregunto con qué rigor puede sostenerse que ninguna película sea la mejor de la Historia. Ni siquiera creo en los criterios presuntamente objetivos que, según consenso de la mayoría de las listas que tanto proliferaron en el centenario del cine, enaltecen a “Ciudadano Kane” en semejante trono. En este caso se habla de diversas aportaciones técnicas que, lejos de ser las intuiciones geniales que muchos creen, procedían del cine mudo, del que Welles se hizo proyectar cientos de cintas antes de acometer su proyecto. Su mérito consistió en codificar esos lenguajes anteriores (de Ford, King Vidor, Griffith) en la koiné cinematográfica que sería del futuro.

Por eso convengo en que “Ciudadano Kane” es una de las “Películas más Importantes de la Historia” –aquéllas que en su día fueron decisivas–, lo que no tiene por qué coincidir con las “Mejores Películas de la Historia”, es decir, las que a mí más me gustan. “El Cantor de Jazz”, como primer film sonoro, aspiraría a figurar entre una de las más importantes, pero no entraría en mi lista, ni en casi ninguna, de preferidas. Y a todo esto, ¿por qué no se hacen clasificaciones de la mejor novela o cuadro de todos los tiempos? Teniendo en cuenta las variables económicas, ni siquiera son objetivas las clasificaciones de cuadros más caros o discos más vendidos.



Resumiendo, porque entre los viajeros más ingenuos corre, sustituyendo al contagio de bostezos, la especie de que vamos a salir: Yo no me atrevería a decir que ni “Ciudadano Kane” ni “El Tercer Hombre” sean las mejores películas de la Historia del Cine; y aunque sí podría jurar que no hay ninguna mejor que ellas, también podría nombrar, de entre las miles que habré visto, otras cuarenta y ocho (para que salgan cincuenta) o sesenta y nueve (por decir algo) que me gustan tanto como esas dos.

Al final me decido por setenta y siete. Os diré cuáles. El único criterio que sigo es el más sincero posible –en esto sí hay objetividad–: cuáles he preferido ver con más frecuencia en mis cinco lustros de espectador de vídeo o DVD –las vistas como mínimo una vez al año–, las únicas carteleras que he podido programar, aunque haciendo piruetas he logrado ver alguna vez casi todas mis favoritas en pantalla grande. También es cierto que los gustos cambian, pero para estas películas hay en mí una inagotable reserva de fidelidad casi tan rigurosa como la que guardo a la consorte, una suerte de ineludible lealtad a la que –para desgracia de mi capacidad crítica– renunciar significaría renegar de mí mismo o negarle la bendición a mi querida hija. En torno a ella los viajeros han trazado un diámetro de vacío, un círculo de seguridad para sus tímpanos.

Ya que setenta y siete son muchas y quiero creer en la sonrisa de asentimiento que nos va dedicando una empleada de la compañía, me limitaré a daros diez de ellas; no, ocho, pues ya os he dicho dos. Más adelante os desgranaré el resto. Me temo que, como todo en mi vida, la lista es poco original; será más inexacta o injusta que cualquiera de los balances del banco, y ya os he advertido que sería incapaz de elegir entre ellas. Renuncio a ordenarlas cronológica o alfabéticamente: allá van al azar del recuerdo; los freudianos podrán achacarme un orden inconsciente:
  • “Vértigo”
  • “Centauros del Desierto”
  • “Río Rojo”
  • “Campanadas a Medianoche”
  • “Con la muerte en los talones”
  • “El Puente sobre el río Kwai”
  • “Breve Encuentro”

Van siete: la octava que falta por hoy es “El Gatopardo”. Empieza el embarque. ¡Hasta la semana que viene! ¡Nos leemos el lunes trece! No, de momento no aparece “Aterriza como puedas”, más digna de una lista negra; espero que, contando con vuestros buenos deseos, la que llevo hecha no aparezca en la caja negra del avión.