domingo, 2 de septiembre de 2012

"LA MUJER PANTERA"


                 
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Tantos años de estudio y ejercicio de la psiquiatría para incurrir en la vulgaridad de enamorarme de una paciente, esta Irena Dubrovna, y no a pesar sino precisamente porque está loca. Creyéndose heredera de una maldición de sus ancestros serbios, cree que, convertida en pantera, despedazará al primer hombre que la bese. Ya me gustaría que me arañara esa gatita salvaje, pequeña y elástica, con el pelo eléctrico, siempre erizada de puro nervio. Sus ojos fosforescentes me tienen hipnotizado.

Y eso que fui yo quien empleé la hipnosis en la consulta. “Me atormentan los gatos…”, maullaba más que decía, “… sueño con ellos, no conozco la paz, los tengo metidos adentro…”. Diagnóstico: joven aquejada de una fantasía recurrente, inducida por carencias afectivas –huérfana de padre-, y con delirios optativos que le hacen creer que todos los hombres quieren tocarla, que la aman como a la muerte propia. Y lo peor es que conmigo ha acertado.

Y para acabar de embrollarlo todo, está recién casada con Oliver Reed, un modesto delineante; ella también es dibujante: entre ambos parecen esbozar un apunte macabro digno de Goya. Aunque han pasado por vicaría, aún no han consumado el matrimonio –ya que los psiquiatras somos como confesores, debemos guardar el secreto-, por lo que me he permitido sugerir a Oliver que anule el matrimonio antes de ingresarla en un sanatorio, pero aunque está arrepentido de haberse casado, el muy tonto alega que si está enferma, él la cuidará.

A ellos dos los he conocido por mi amiga Alice, que a su vez está enamorada de Oliver. Con una pizca de sentido común, lo tendríamos muy fácil para reagruparnos. Si Oliver me hiciera caso en lo de anular su matrimonio, Alice podría casarse con él y yo me ocuparía de Irena. No hacen buena pareja alguien tan insondable como ella y el hombre transparente que es Oliver. El pobre no podrá tolerar por mucho más la abstinencia sexual, las continuas visitas de ella al zoológico, la certeza de su condición de pantera, el miedo a sí misma –que acaba por contagiar a animales domésticos y a otras personas-, la convicción de que el Mal anida en su seno como un hijo perverso… Oliver no soportará todo lo que a mí me apasiona, esa orgía de síntomas que para un terapeuta es su neurosis, ese festín de posibilidades teoréticas que es su psiqué, un filón del más alto interés médico. Y humano.

Sin saberlo llevo toda la vida buscando una mujer como ella. En mis tiempos de Yale salí con un par de condiscípulas demasiado parecidas a mí, y estos años todas las chicas de mi círculo con que me relacionado han acabado por parecerme grises, insípidas, demasiado equilibradas. Tan previsibles, de caracteres tan desteñidos, que no me tensaban el músculo de la pasión ni estimulaban mi interés más genuino. A ellas les sobraba la normalidad que Irene se queja de carecer, necesaria para hacer feliz a su marido. Pero todas las otras palidecen ante ella, por ejemplo, cuando tendida en el diván pone en el infinito sus ojos de ágata y dice que lo que tiene adentro solo es inofensivo mientras siga tranquila. ¡Ya me gustaría a mí despertar a la fiera que lleva dentro!

Solo ha venido una vez a la consulta y para volver a verla tuve que hacerme el encontradizo en el único sitio donde estaba cierto de encontrarla: el zoo, ante la jaula de la pantera negra. Antes de abordarla, vi cómo le entregaba al encargado la llave que se le había caído al suelo. Me di cuenta de que había superado la tentación de abrir la jaula de la pantera: si me dejara cuidar de ella, yo podría curarla. A veces me parece que delante de Irena me siento como ella ante la pantera, con atracción –propia del vértigo- y algo de miedo –indispensable en el amor-, a punto de abrir la caja de los truenos, con la necesidad física de liberar al demonio de la botella…

En fin, creo que estoy sublimando en la pantera que no es Irene mis deseos de muerte; debería ir al psiquiatra: es un peluquero el que tiene que pelar a otro. Después del zoológico he vuelto a verla solo otra vez, ayer, y parecía más segura que nunca de que bajo la forma de pantera devoraría al primer hombre que se acostara con ella; fue entonces que se me ocurrió que Oliver anulase su matrimonio. Solo yo puedo ayudarla a olvidar esa sarta de supersticiones. Me deseará y comprobará que no se convierte en ninguna pantera; como mucho, será una tigresa en la cama.

Luego acudí a la cita con Alice y supe que la manía de Irena también ha sugestionado a una mujer tan razonable como ella. Me contó que Irena había estado a punto de atacarla un par de veces ¡como pantera! Una noche en una calle solitaria y a la siguiente en una piscina climatizada donde no quedaba nadie; llegó a enseñarme un albornoz hecho jirones. Tanto es así que me desaconsejó quedar a solas con ese monstruo aciago. ¡Pero cómo voy a desaprovechar una cita con una chica tan indómita y peligrosa, esa fierecilla de mi niña, como se titulaba aquella película de Katharine Hepburn!

Y de hecho aquí estoy, esperando que llegue de un momento a otro; esta vez seré lo bastante convincente para que se quede conmigo. Estoy loco por esa loca. Y si se convierte en pantera, para eso tengo mi bastón de marfil, un magnífico símbolo fálico que no me importaría utilizar. A veces creo que con tantos símbolos con que jugamos los psiquiatras –sobre todo los psicoanalistas- no curaremos a nadie, pero acabamos siendo magníficos poetas… ¡Por fin ha llegado! Sigilosa, entra en la estancia en penumbra, avanzando como si partiera el agua de un lago nocturno, me inunda su perfume acre y silvestre, la abrazo –es tan pequeña, tan suave, tan cálida-, me ronronea al oído, sus uñas me arañan los nudillos y de repente me devora este rugido oscuro y sangriento que como una llamarada atroz inflama el cuarto, la calle, la noche y la vida toda…                                                                   


      

viernes, 31 de agosto de 2012

EL MALO DE "DOCTOR ZHIVAGO"


         

Puede que yo cambie con el viento y que el amor de mi vida sea yo mismo, Victor Ippolitovich Komarowsky, pero eso no es motivo para que se me insulte de esta forma. ¿Acaso no es humano, vital, adaptarse al medio? ¿Soy yo el único que quiere vivir bien? ¿A nadie más le gustan el champán, el caviar o las rubias? Lo que no admiten es que en todas las épocas y bajo cualquier amo yo haya gozado de todo eso; tengo amigos entre los zaristas, los liberales y los bolcheviques. Apostando por todos los caballos no se puede perder y, a sus legañosos ojos, la victoria me convierte en un malvado.

Ya me odiaban en los remotos tiempos en que se suicidó el padre de Jury Zhivago, y volver a pensar en éste, en el hijo, me hace rechinar las muelas; después de todo no es tan grave que la gente me odie, pero es que él me desprecia. Por entonces llegaron a decir que al padre, mi socio, lo maté yo, vamos, que se mató por mi culpa. Y su hijo ha salido a él, un ingenuo romántico –es decir, un perdedor-, que no soportó la ruina; al final decía que no podía permitirse haber traicionado la confianza de tantos pequeños inversores. Era un estúpido. Con él yo también quebré, y en vez de suicidarme emprendí un nuevo negocio bajo otra razón social. Él no entendía que lo humano consiste en eso, en crear y destruir, levantarse y caer, recrear y recaer. 

Al poco la madre de Yury murió. ¿También me culparán de eso? ¿Dirán que no pudo asimilar lo de su marido o la pobreza? Es verdad que como albacea de su esposo me ocupé de liquidar a mi favor los pocos activos que nos quedaban. Lógico: si me ponen la mesa, me siento; si me ofrecen una copa de vodka, me la bebo; si me mira una joven… Y además a Yury le vino de maravilla quedarse huérfano y pobre a los cinco años, porque fue acogido en casa de unos amigos de la madre, los Gromeko, una familia de postín, social y económicamente superior a la suya. Así que no me venga con lamentos, porque si me culpa de lo de sus padres, puedo rebatirle que indirectamente gracias a mí lo ha tenido todo en la vida.

Quienes lo han tenido tan fácil como Yury, no aprecian el valor de nada, todo a lo que hemos tenido que renunciar –la moral, por ejemplo- los que hemos luchado por la vida. Claro, él puede permitirse el lujo de ser generoso, humanitario, escrupuloso. Gracias a los Gromeko su juventud fue puro muelle, estudió Medicina y hasta le dieron a su hija Tonya en matrimonio. ¡Si llego a hacerlo yo, me habrían llamado incestuoso, porque hasta entonces habían sido como hermanos! ¡Con tantas ventajas hasta yo me hubiera hecho poeta! Así cualquiera se pone a cantar las bellezas de la vida. ¡Solo le faltaba plagiarle los versos a su suegro!

En fin, al menos estos arrebatos me sirven para entrar en calor, porque esta noche no deja de nevar en Yuryatin -¡suena a Yury!- y no subimos de -30ºC. Mientras a él lo mimaban los Gromeko, yo progresé y me convertí en un habitual entre la nobleza, sin dejar de cultivar –para cosechar hay que hacerlo así- a los liberales y, sobre todo, a los bolcheviques. A estos los respetaba más que a nadie: sabía que tarde o temprano ganarían. Mi vida florecía y en el amor también iba libando de flor en flor. 

Por entonces me crucé por primera vez con Zhivago junior, cuando él ya era un veinteañero apocado y mentecato, y pasando por su asesor yo estaba liado con una modistilla, o más bien con la estatua de candente hielo que era su hija. Sí, la chica era un témpano –de trasparente hielo por cutis- que ya clamaba por derretirse y yo tuve la suerte de prestarle a tiempo la llama necesaria. En apariencia era tan heladora que nada más verla te quemaba los ojos, pero luego esas son las peores. Las mejores, quiero decir.

Era Lara, sí la misma Lara que hoy he venido a salvar a esta maldita ciudad de Yuryatin; para que luego digan… La noche que conocí a Zhivago junior fue una encrucijada de destinos, porque también se encontraron Lara y él; aunque ella ni lo advirtió, ciega que estaba por el hechizo de cierto galán maduro y corpulento, elegante y con una irresistible perilla mefistofélica…, esto es, ese amor mío llamado Komarowsky del que ya empiezo a estar un poco hastiado… Yury vino a casa de la modista como asistente del doctor Kurt, ya que la madre de Lara algo había detectado entre su hija y yo y había intentado suicidarse con bastante convicción.

Se recuperó e hizo por disipar sus sospechas; todos preferimos la tranquilidad, y a ella le dolían los celos mucho más que yo hubiese perdido –ganado- a su hija. Pero también Lara ganó lo suyo conmigo. Sin mí nunca habría pisado aquellos palcos, bailes y restaurantes donde, de acuerdo, la aturdí para que cayera en mis brazos como una palomita herida. Aunque más bien fue una pieza de caza mayor. Pero aunque no lo admitía ni ante sí misma, a ella le encantaba beber de mi copa y no digamos fumarse mi gran cigarro…

Y eso que tenía novio, Pasha, otro puritano como Zhivago, pero éste de los revolucionarios. Si hubiera sabido que yo me emborrachaba con su jefes del Partido, no lo habría creído. Logró una plaza de maestrillo y un día me dijeron que iban a casarse. Claro, aunque carecía del encanto de mi corrupción, sobre mí Pasha tenía la ventaja de la juventud, la nobleza de las ideas y sobre todo lo culpable que Lara se sentía al recordar que mientras a él lo herían en una manifestación, fue la primera vez que a ella y yo… Bueno, en ambos casos hubo sangre; en la calle y en el lecho. 

Bien que le advertí a ella que él la haría infeliz; los que se creen justos hacen desgraciados a sus seres queridos, y a las pruebas me remito: a mi presencia en Yuryatin esta noche de lobos. Como Zhivago, Pasha era de los honrados, de esos que atraen como imanes el hierro de las masacres. En cambio yo soy de los que viven –por algo me llaman vividor- y hasta ahora, que no ha aceptado mi ayuda, yo pensaba que ella también. ¡Despreciarme a mí, que he venido a salvarle la vida! ¡A ella, a su hija y a Zhivago, su amante! En cambio de joven no era tan melindrosa; es verdad que yo le enseñé ciertas cosas, pero es que ella era una magnífica pupila… En fin, parece que no se me va a pasar esta borrachera de rabia, de rabia por una rubia.

Supongo que fue el rechazo de su lado más salvajemente sensual lo que la hizo dispararme en aquella multitudinaria fiesta de Navidad. Lo único que consiguió fue humillarse delante de todos y a cambio de un rasguño envanecerme en público de haberla conquistado; sí, con aquella bala reconocía que había sido mía. Por supuesto, Pasha la perdonó –como lo único que le importaba era ser la vanguardia del proletariado, le daba igual no ser el primero en otras lides-, se casaron, a él lo destinaron aquí, a Yuryatin y tuvieron una hija.

Respecto a Pasha, con lo opuestos que somos, Zhivago y yo tenemos algo en común: que somos apolíticos, aunque él tiene la temeraria osadía de reconocerlo. Yury es un esteta y yo quiero ganar. Por eso mi problema es que si algún día pierdo, no me quedará ningún refugio: no tengo excusas para la derrota. Ya he dicho que él se casó con Tonya, la hija de sus benefactores. Ah, y ahora que caigo ellos también estaban la noche en que las lentejuelas del árbol de Navidad se estremecieron con aquel estampido. Fue una fiesta que por un motivo u otro atrajo a todo tipo de gente; ya se estaban mezclando las clases sociales.

Bueno, pues los años fueron cayendo y desvaneciéndose como estos dichosos copos que miro caer por la ventana. Estallaron primero la Gran Guerra contra Alemania, en la que Pasha desapareció en combate y durante la cual, según mi servicio de información, Lara y Yury coincidieron –y se enamoraron- en el frente ucraniano, y luego la Revolución y la Guerra Civil. Aquellos años, como un equilibrista genial me moví a placer a través las fronteras y las líneas de unos y otros, aprovisionando a todos los bandos con armas y equipamiento, de modo que me aseguraba la benevolencia del vencedor de turno y hacía que todos aquellos conflictos fueran rentables.

Concluida la guerra con Alemania, Zhivago volvió a Moscú y ya no lo reconocía ni su hijo Sasha. Intuitivos que son los niños. Aquel invierno a todos los moscovitas que no eran tan listos como yo, les mordieron el frío y el hambre. A los Zhivago los salvó el hermanastro de Yury, Yevgraf, un capitoste del partido. Gracias a esa información de mis hombres, tengo cogido a Yevgraf. Sí, con una bonita falsificación me había convertido en uno de los miembros más antiguos del Partido.

Por culpa de sus dichosos poemas, demasiado subjetivos en unos tiempos en que todo lo privado era atropellado por la locomotora de la historia, el Partido aborrecía a Yury, así que Yevgraf les arregló los papeles para que se esfumaran de Moscú y huyeran a Varykino, la finca de los Urales. Sería un viaje duro, pero puedo imaginarme a ese recalcitrante de Zhivago asomado a la ventanilla acopiando imágenes para sus versitos.

Sobrevivieron en Varykino. Salvo que Yury se aburría, claro. Tal vez la poesía bucólica no es lo suyo. Recordó que Lara estaba en Yuryatin, relativamente cerca, y con la excusa de visitar la biblioteca –lo que él echaba de menos no eran los libros- aquí que se vino a buscarla. La encontró, precisamente en la biblioteca. A partir de entonces vino tres o cuatro veces a la semana; ¿desde cuando un poeta lírico necesita documentarse tanto? Por supuesto que Zhivago es contrario a estos tiempos; gran defensor, frente a la máquina estatal, de la vida privada, bien agitada que empezó a ser la suya. Después de todo puede que sí necesitara documentarse –inspirarse- para su poesía intimista y amorosa.

En uno de sus múltiples viajes –hasta el caballo iría desbocado- lo apresaron los partisanos. Necesitaban un médico y lo retuvieron dos años. Logró desertar y de vuelta a Yuryatin (¡no a Vaykino!) supo que los suyos habían vuelto a Moscú, y de allí habían emigrado a París. ¡Cómo se alegraría el muy pícaro de quedarse a solas con Lara! Hasta que hace unos días he sabido que el Partido ha liberado a sus lobos contra ellos. La culpa de él son sus poemas y la de ella su marido. Sí, Pasha reapareció con otro nombre para convertirse en un líder bolchevique que acaba de caer en desgracia; ese es el problema de apostarlo todo a un bando. Y en estos tiempos un error político contagia a tu esposa, aunque no te hayas reunido con ella desde la Gran Guerra.  

En cuanto lo supe me vine para advertirles del peligro y ofrecerles sendos pasajes al extranjero. Ha sido lo primero que he hecho, recién nombrado Ministro de Justicia –me esperaba cualquier otra cartera menos esa-. ¡Y ahora se hacen los ofendidos y me escupen a la cara que no aceptan nada de mí! ¡Como si esos dos fueran superiores a mí! Naturalmente, el crápula de Zhivago no quiere salir al extranjero para no tener que reunirse con su esposa. ¿Tengo o no motivos para estar furioso? 

Los conozco: esos irresponsables piensan fugarse a Varykino y por unos días ingresar en aquel paraíso helado donde el tiempo se congele en un hechizo sin duración y nadie pueda derretir el invierno de su pasión. No tienen futuro: en menos de una semana los encontrarán. Sí, los conozco. Y también yo me conozco. Y sé que me tragaré mi ira y en un par de días volveré a darles otra oportunidad de escapar. La verdad es que es lo menos que puedo hacer por ella después del daño que le hice.

Para que luego digan que soy el típico malo de las películas.                                                      

miércoles, 29 de agosto de 2012

EL HOMBRE TRANQUILO

           
                    


…pues de verdad que fue una historia épica, una epopeya con todas las pes, y por cierto que no hay mejor barra que ésta del Cohan para recordarla porque buena parte de aquello sucedió aquí mismo. ¿No es así, John? Ponme una copa, que estos jóvenes me invitan, ya que quieren conocer de primera mano lo que entonces sucedió. ¡Sin agua, por favor, que no quiero ahogarme!

Pues sí, más que ante un testigo de los hechos estáis con un protagonista de los mismos. La mañana que el tren de Dublín dejó en el apeadero de Castletown a aquel forastero tan alto, tuve que rescatarlo del corro de cotillas llevándole las maletas a mi calesa, el único taxi –de carne y hueso- de los alrededores. Tenía acento americano, pero no era ningún turista y ni siquiera traía caña de pescar. Por el camino parecía deslumbrado por el cabrilleo del río, las sombras relucientes o los prados verde esmeralda con la pedrería de escarcha. Tenía las pupilas dilatadas de quien sale del cine, se ha enamorado o mira las postales de la nostalgia.

Antes de llegar a “Blanca mañana”, aquella choza de Innesfree, me sorprendió interpelándome con mi nombre, Michael Oge Flynn, antes de decirme el suyo. ¡Era Sean Thorton! Cuando aquel gigante aún era un enano, él y yo éramos los mejores amigos del mundo. En América había ahorrado dinero y, después de perder a todos los suyos, ahora volvía al terruño a recobrar la sede de sus ancestros, que para él significaba el paraíso de la niñez. Entre los recuerdos de su madre y los suyos había mitificado “Blanca Mañana” y ahora quería comprársela a toda costa a la viuda Tillane, una orgullosa y sarcástica mujer.

 Además de casa, el primer día ya encontró mujer Sean Thorton, en aquel mismo trayecto; iba rápido aquel chico. Nos cruzamos con el padre Lonergan, que me quería preguntar en privado sobre las actividades del IRA en la comarca, y mientras le contaba algunas vaguedades no dejé de notar cómo observaba Sean a Mary Kate Danaher, que guiaba el rebaño de ovejas al valle. También ella, translúcida y quieta como una estatua de cera y el pelo rojo relumbrante al sol, se quedó clisada en él. Se miraron durante un tiempo inconmensurable, como si supieran que ya nunca iban a olvidarse el uno del otro o más bien como si se hubieran visto en algún sueño y estuvieran a punto de reconocerse; sí, eso es, se miraban igual que si se conocieran de siempre y estuvieran a punto de saberlo.

Me deshice con dificultad del Padre; mi pertenencia al IRA solo formaba parte de la campaña de la autopromoción de mis negocios en el lugar, y en ese sentido todo fue bien hasta que la organización envió a su verdadero representante, pero esa es otra historia y algún día me valdrá otra copa, ¿verdad, chicos? A la mañana siguiente acompañé a Sean a la iglesia, y a la salida tuvo la osadía de ofrecerle agua bendita a Mary Kate y ella tuvo el descaro de aceptarla. 

No, no perdía el tiempo Sean Thorton, pero tanto en el asunto de “Blanca Mañana” como en el de quien quería que fuera la señora de aquella casa, se enfrentó al mismo impedimento, un obstáculo a sus planes bajo la forma del mastodonte de Will Danaher, el hermano de Mary Kate, eterno aspirante a comprarle a la viuda aquella finca o más bien a que ésta formara parte de la dote matrimonial, ya que de siempre había aspirado a desposarla, aunque el muy tacaño no cedía a contratar mis servicios de casamentero, otra de mis lucrativas actividades. Y hablando de tacaños, estáis tardando en invitarme a la segunda.

Aunque soy de ilustre prosapia –y no me vengáis con que todos los celtas somos nobles-, para sobrevivir en tiempos tan arduos, no tenía más remedio que ejercer diversos oficios de intermediario. Pues bien, nada más que para contrariar a Danaher, la viuda le vendió a Sean “Blanca Mañana” y Will le prohibió a su hermana volver a dirigirse al forastero. Aquellos dos tuvieron el primer encontronazo ahí mismo, donde veis al borracho de O’Leary soplándose otra pinta. 

Ya que Sean no era tan bruto como Will, me compró una botella de malta y y me comisionó a hablarle a Mary Kate de sus pretensiones. Para inspirarme en vista de mi cometido, una tarde vacié media botella de aquel whisky y me fui a verla. Aunque no se me entendía mucho, ella se alegró tanto que se puso a cantar al piano. Parecía más borracha que yo, je,je. De hecho, me confesó que la tempestuosa noche de la llegada de Sean a su nueva casa le había encendido el fuego y barrido la sala, como si ya fuera la señora, él la sorprendió y se besaron como arrastrados por el mismo viento que tableteaba en las ventanas.

De modo que al día siguiente regresé a casa de los Danaher, esta vez con Sean, ambos de negro y con bombín, envarados y peripuestos, él con un ramo de begonias y yo sin mi pipa, en verdad enfermos de aprensión por culpa del cernícalo de Will. Y tal y como nos temíamos, éste echó de la casa a Sean y no tuve ni tiempo de acabarme la copa. Y hablando de eso… ¡Gracias! Sí, bien rápido que se ha vaciado la segunda. Me pasa como a los beduinos en el desierto, que cuando tengo sed veo espejismos, y a mí es doble como me gusta ver.

Bueno, pues ya sabéis que en aquellos tiempos ninguna chica podía aún casarse sin el consentimiento del padre de familia. Pero cuando hay obstáculos es cuando un casamentero competente los derriba a golpes de ingenio. En el picnic del domingo hice un aparte con el Padre Lonergan y con el Reverendo Playfair, de la otra fe, y los involucré en el plan que se me había ocurrido al salir de la taberna. Consistía en hacerle creer a Will que si hasta entonces la viuda Tillane había permanecido sorda a sus proposiciones matrimoniales era por no disputar la primacía de su futura casa con otra mujer de genio, su hermana, para colmo pelirroja, de modo que si Thorton lo deshacía de ella, la viuda estaría encantada de anexionar sus vastas posesiones a las de Danaher en una duradera alianza.

Así que Will consintió el cortejo y hasta prometió a su futuro cuñado una dote de 350 libras de oro, además del ajuar y los muebles. Por supuesto que también yo asumí la responsabilidad de vigilar a los novios y, espalda con espalda, subieron a mi calesa. Solo podían hablar y caminar en mi presencia. Menos una vez que los dejé perderse, no tuve problemas para controlarlos: en mi vida había visto una pareja más tranquila. 

Se celebró la boda y en la misma fiesta se coló una desagradable invitada: la ira de Will al advertir el engaño cuando la viuda no le permitió confianza alguna. Se negó a pagar la dote. Y ahí principiaron las discordias entre los cónyuges, porque aunque a Sean no le importaba el dinero, para Mary Kate era una cuestión de orgullo, y con las pelirrojas ya se sabe. La misma noche de bodas emborraché a Will y al menos le saqué los muebles de la novia. Sin acostarme se los llevé a la pareja. Recuerdo que al ver que habían dejado el tálamo como tras una pelea de tigres, exclamé “¡homérico!”, pero días después supe por una ruborizada Mary Kate que no habían consumado.

Y tardarían en hacerlo. Los muebles no bastaron; para ella era tal vergüenza que su marido no reclamara lo suyo a su hermano, que no sería de verdad su mujer hasta que no lo hiciera. Mary Kate no dejó de insistirle hasta que una tarde por fin asomó Sean por aquí mismo, en este rincón, a pedirle a Will el dinero de la dote. Éste se rio de él en sus mismas fauces y lo desafió a pelear, y Sean se fue con el rabo entre las piernas. Fue la decepción de mi vida. Mi mejor amigo acababa de traicionar la memoria de sus mayores; era como si hubiera envenenado ¡o aguado! todas las copas que hasta entonces él y yo habíamos compartido. Yo ignoraba que el pobre estaba traumatizado desde que en América, al final de su carrera de boxeador, mató de un derechazo a un oponente.

Bueno, chicos, y ahora, si queréis que os cuente un secreto… ya sabéis que el whisky propicia las confidencias… gracias. Que conste que esto no lo sabe nadie, y solo puedo contarlo ahora que ha pasado el tiempo. Se trata de que al otro domingo, antes de la misa, me llevé a Mary Kate a la capilla y le dije lo que tenía que hacer si quería solventar el asunto. Ni más ni menos que acostarse una noche con Sean, para que él supiera lo que se estaba perdiendo, y que al amanecer se escapara a tomar el tren de Dublín. Dicho y hecho, a la mañana siguiente la llevé al apeadero de Castletown. ¡Y naturalmente Sean mordió el anzuelo como una de las carpas del padre Lonergan!

Justo antes de que el tren partiera, sacó del vagón a Mary Kate, la llevó a rastras a casa y aceptó el reto de su hermano, que pesaba veinte kilos más que él. ¡Pareció que las urracas mismas repartieron la noticia por todo el país! ¡Aquello sí que fue homérico! Desde el Nobel que ganó Yeats, aquella pelea fue el mayor acontecimiento de Innesfree. Pero qué voy a contaros que ya no os hayan dicho vuestros padres. Fue un combate público: pasaron horas zurrándose a lo largo del pueblo. A mí me tocó reglamentar la pelea y llevar las apuestas. 

Y todo acabó tan bien que al día siguiente la viuda Tillane y Will Danaher se me encaramaron, espalda con espalda, en la calesa. Y aquellos dos sí que me dieron trabajo, no eran una pareja tan tranquila como los jóvenes, je, je.                                   



       
                                      

lunes, 27 de agosto de 2012

GRUPO SALVAJE

           
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Allá donde vamos llevamos la muerte como si portáramos el bacilo de la desgracia. Sí, es cierto que a nuestro paso cunden las matanzas con la alevosía de una epidemia, y que una sucesión de cruces significa nuestro itinerario en los mapas de estas tierras; pero por cercano que sea nuestro trato con ella, no nos hemos amistado con la muerte: siempre hemos matado a sangre caliente. Que conste que a nosotros lo único que nos atrae es el dinero, que odiamos la tortura y a diferencia de los militares aborrecemos la horca (¿por qué será?) y el olor de la sangre. Eso sí, matar en defensa propia nos resulta tan fácil como sacrificar cerdos. Porque, como decía mi abuelo, en realidad no hay muerto bueno. Todos queremos sobrevivir; al menos hasta ahora.

Maestros de la impostura, el último atraco lo perpetramos disfrazados de militares, y cuando creíamos que nadie que no fuera el dueño del oro sufriría nuestro roce, descubrimos en el tejado a esos sucios caza recompensas que nos obligaron a convertir la calle en una sucursal del infierno. Perdimos a un par de nuevos, pero escapamos los de siempre: Tector, Gorch, Ángel, Pike –nuestro jefe- y yo.

 Entre nosotros la palabra de Pike es ley. Con una mirada atajó las protestas de Gorch, que cuestionaba que Sykes, ese viejo chiflado, participara a partes iguales del botín por solo vigilar los caballos. Pike es un profesional y no tolera que nada personal contamine sus planes o tuerza la exactitud de nuestros golpes, y aunque a veces no lo parezca nos mantiene cohesionados con una solidaridad que ya quisiera para sí, en lugar de la disciplina, cualquier ejército del mundo. Siempre dice que lo que empezamos juntos, juntos lo acabaremos, y que bastantes enemigos tenemos ahí afuera como para disputar entre nosotros.

Ahí están, por ejemplo, los caza recompensas, esos buitres ávidos de nuestra carroña, con Thorton, nuestro ex colega, a la cabeza. La compañía del ferrocarril ofrece una fortuna por la cabeza de Pike; en cuarenta años nunca nadie ha podido atraparlo: las diligencias y el telégrafo han difundido su leyenda con las alas de la fama. Su éxito estriba en que no deja de aprender de los errores propios y ajenos y en la aplicación de una gélida racionalidad que, por ejemplo, le lleva a rematar a nuestros heridos, algo que siempre me costó entender.

Lo conocí en Abilene, en la timba de una serrería. Como estaba sin blanca,  yo había hecho trampas, y aunque él era quien más había perdido, fue su revólver el que me salvó de aquellos matones. Me llevó a su hotel, no pareció sorprenderse de que le devolviera su parte y desde entonces somos inseparables.

En cierto sentido nuestra vida es ardua y también sufrimos nuestros desengaños –además de la emboscada, como nos esperaban, el botín del último atraco consistió en hierro en lugar de oro-; además, ya miramos de lejos nuestra juventud y a menudo el peligro se cierne sobre nosotros como un pájaro negro con las alas extendidas. Pero al aburrimiento no le vemos ni la espalda, nunca nos faltan las mujeres alegres ni las botellas –cada vez más tristes, eso sí-; y a mí la cercanía de Pike me colma la vida de gloria, la convierte en una fiesta pletórica de sorpresas y emociones.

Él ya está viejo, para qué negarlo, a veces la ciática lo atenaza como un escorpión y no puede ni montar. Resbala del estribo, cae al suelo y los demás nos quedamos congelados de asombro, como creyentes al borde de la abjuración, estatuas del desengaño y el desaliento, y yo no puedo ni tragar. Pero él no tarda en incorporarse, respira hondo, con esfuerzo logra incorporarse en la silla y, desafiando a la naturaleza, yergue sobre el caballo toda su prestancia y grandeza contra el sol, invicto en su derrota, avanzando solitario en la apoteosis de la tarde agonizante, hasta que los demás reaccionamos y lo seguimos, y yo suspiro de gratitud por el aplazamiento de la condena.

Puede que los tiempos muten –ya hay ametralladoras y autos que pensábamos funcionar a vapor-, pero cada vez que tras un descanso Pike grita “¡Vamos!”, nos nacen alas en la espalda, espoleamos a los caballos para desprendernos al galope del fardo de los años y a mí me hierve la sangre de entusiasmo y convicción de que venceremos al tiempo y a la muerte. Aunque nunca le he dicho una palabra, lo amo como el caballo a la llanura, y para mí cada nueva cabalgada que emprendemos representa los vaivenes abruptos del amor.

Como Thorton y sus zopilotes venían tras nuestra sombra, nos inmiscuimos en la Guerra Civil de México como campo de batalla que enmascarase nuestros desmanes. El pueblo de Ángel, uno de los nuestros, había sido arrasado por el general Mapache, del bando de Huerta, el enemigo de Villa. Ebrio de ira, Ángel mató a su antigua novia, que había traicionado a los suyos para convertirse en concubina de Mapache, con lo que demostró cuánta razón tiene Pike en prohibirnos albergar sentimientos personales durante el trabajo, pues nos costó lo nuestro rescatarlo de la venganza de Mapache. Lo logramos porque acordamos con el general asaltar para él un tren norteamericano cargado de armas a cambio de diez mil dólares en oro. Aunque, fiel a sí mismo, a Pike no le importó que las víctimas fueran compatriotas, lo convencí de que apartara para el desgraciado pueblo de Ángel una de las cajas de armamento; siempre saco lo mejor de él.

El golpe nos salió bien, y eso que tuvimos que solventar la emboscada que Thorton nos había tendido, oculto con los suyos en un vagón. A mí aquel día Ángel me salvó la vida. Huimos gracias a la voladura de un puente, pero ni aun así nos libramos de Thorton. A mí me preocupaba; es casi tan bueno como Pike, y más que al dinero deberá tal perseverancia a que se estará jugando la cárcel si no nos atrapa. Yo odio a ese traidor, y aunque Pike me rebate con que ahora Thorton ha empeñado su palabra con los del ferrocarril y tiene que cumplirla, lo que yo digo es que no se tiene que guardar fidelidad a quien no es fidedigno.

Pasaba igual con Mapache, que no nos fiábamos de él. De modo que le fuimos entregando las armas por partes, conforme nos pagaba. Pero en la última entrega, que hicimos Ángel y yo, tuve que dejar a mi amigo en sus garras, porque el general supo que le había entregado a sus paisanos parte de las armas. Debiéndole la vida, abandonarlo entre aquellas serpientes me costó casi tanto como si les hubiera dejado mis ojos y ya nunca pudiera volver a ver a Pike.

Pero definitivamente Pike estará cambiando o tal vez será un signo de debilidad, porque en cuanto lo supo, fue a ofrecerle a Mapache una fortuna por la vida de Ángel. A nuestro pobre amigo, aguijoneado como un toro por aquellos canallas, apenas le quedaba un hilo de vida, pero ni aun así aceptó Mapache la oferta. Y poco antes habíamos visto de lejos cómo Thorton estaba a punto de enlazar a Sykes, nuestro viejo loco, sin que tampoco pudiéramos impedirlo. 

Así que estamos enfermos de impotencia, nos sentimos traumatizados por nuestra incapacidad. Quedamos cuatro. Somos cuatro contra mil quinientos. Y hemos decidido atacar al general Mapache. Pero antes hemos pernoctado en un lupanar, para olvidar la muerte de Ángel en los cuerpos de las mujeres y, ya que ella siempre se ha negado a presentarnos sus respetos, poder enfrentarnos a la propia. Igual que antes de morir otros se arrepienten de sus pecados, nosotros incurrimos en el nostálgico orgullo de reivindicar los nuestros.

Veo en sus ojos que también Pike está cansado y quiere acabar cuanto antes con nuestro ritual de sangre y muerte. La única verdad ha sido cabalgar tantas veces juntos hacia la puesta de sol. Salimos a la calle y a la luz exhausta del alba, como en un fin de fiesta, sube con apuros a su bayo y pronuncia el “vamos” más triste que nunca le hayamos oído.

 Si él quisiera continuar, a mí no me importaría seguir vivo, pero tampoco me afecta morir, siempre que él y yo ardamos en la misma llama de pasión y metralla, siempre que caigamos en un solo alarido, uno en la sangre del otro, siempre que la misma ráfaga de destrucción desvanezca nuestras diferencias en una muerte y nos arrebate la misma granizada de fuego y condenación.

Él y yo seremos una sombra que asuste a quienes no crean en nuestra muerte. Como dice Pike, el infierno está en el miedo.                   

sábado, 25 de agosto de 2012

EL ASESINO DE "VÉRTIGO"




                    

Aquí tendido, en la pérgola de mi chalet monegasco, la coctelera a mano y los rayos declinantes de sol cosquilleando el agua de la piscina, me complazco en recordar, las pocas veces que no tengo a ninguna joven en las rodillas, lo bien que me resultó el único crimen que he cometido en mi ya dilatada vida. Asfixiar a Madeleine, mi esposa, fue un asesinato limpio, impune y pero que muy rentable. ¿Todavía alguien cree en las falacias del remordimiento, de la culpabilidad y la justicia? 

Madeleine era millonaria y yo su heredero universal –no tenía familia-; pero no podía tocarle un dólar sin su consentimiento, y en vez de su dinero tenía yo que gastar mis días en el astillero, regentando la empresa naviera de su padre, un negocio pesado, en todos los sentidos. Y además me hacía ella la vida imposible, escenificándome un enfado tras otro, y el trabajo apenas me servía de pantalla que disimulara los encuentros con mis chicas, porque a todas horas estaba llamando ella a la oficina y los almuerzos de trabajo tienen un límite. Si a algo no he podido renunciar jamás ha sido a mi libertad, el valor más americano que imaginarse pueda.

El germen de la idea de cómo deshacerme de mi esposa me lo inoculó el parecido que con ella guardaba Judy, una de mis amiguitas. Reparé en ello, pese a la diferencia de edad, mientras la más joven se miraba en el espejo del armario de su cuarto. Me la había presentado Joe, un bribón que no le había dicho que estaba casado y ya se había hartado de ella. No me extrañó. Era la típica chica de pueblo, ingenua y vulgar; venía de Salina, Kansas, y llevaba un par de años en la ciudad haciendo de cajera o camarera; eso sí, dotada de una belleza y unas curvas dignas del circuito de Indianápolis. Pero todo cansa; sobre todo si uno tiene que correrse las Quinientas Millas a diario. Por así decir, ella era vasta y basta.

Y, como digo, tenía algo más extraordinario, su parecido con Madeleine. Aunque me gustaba, si no hubiera sido por eso, a las pocas semanas habría hecho lo de Joe, pasársela a algún conocido. Extrañamente, creo que tampoco ella se enamoró de mí; al parecer solo se sintió halagada de que alguien como yo se fijara en ella. De todas formas, Judy era de las que había que prometerle que muy pronto iba a separarme de mi mujer, y la verdad es que por una vez la cosa iba en serio; en efecto, iba a perder de vista a Madeleine –yo y el mundo entero-, pero no iba a hacerlo para casarme con Judy.

Poco después le dije que mi mujer no me concedía el divorcio y la engatusé para que me ayudara a eliminarla –pero de lejos, ella no tendría ni que conocer o ver a la víctima, ni en consecuencia correría ningún peligro de ser implicada-. La muy tonta creyó que luego me casaría con ella y así daría un salto en la escala social. No me conocía: confiaba en mí.

Aunque todavía no había encontrado yo al hombre de paja que cargara con la culpa, como un genial director de escena, la fui amaestrando para que desempeñara el papel que en todo caso a mí me convenía, completamente opuesto al de aquella simplona. Al punto de que fuimos acortando, hasta suprimir, nuestros escarceos de cama con tal de que ensayara lo bastante. Incluso la insté a comportarse como su modelo cuando estuviera sola; y estoy seguro de que cumplió, tales fueron sus progresos en alguien tan limitado.

De modo que le enseñé modales, cómo debía trinchar la carne y el marisco o sostener el cigarrillo; cambié su forma de caminar y de vestir –mi buen dinero me costó-; la hice teñirse de rubio ceniza y abandonó aquel maquillaje tan chillón; le mostré cómo tenía que mirar y sonreír, adelgazó y aprendió a hablar más bajo y lento, y –lo más difícil- a callar. En resumen, le infundí clase, que en esta vida todo se puede aprender con el maestro adecuado. O al menos el suficiente estilo para embaucar al incauto de turno.

Sí, la convertí en una mujer lánguida y misteriosa, turbia y etérea, sutil y delicada. Y, como digo, bien rápido que aprendió; en lo más profundo de sí, con lo insegura que era, debía ser consciente de lo vulgar que era y estaría descontenta consigo misma. Pero estoy seguro de que si no es por mí, para siempre se habría quedado en lo que era, en lo que volvería a ser después de separarnos. Y luego, además de director de actores, me convertí en autor, porque empecé a escribir su papel, a enseñarle lo que tenía que decir. Aunque solo por encima, ya que hasta que no encontrara al hombre adecuado no podía adaptar a su caso las ideas generales, ni pergeñar con exactitud la trama de la obra.

Porque entretanto yo iba pensando y descartando posibles víctimas de sus encantos, y un día leí en el periódico sobre Scottie Ferguson, mi antiguo compañero de colegio. Al parecer se había retirado de la policía, afectado de acrofobia, después de que en una escaramuza a través de los tejados un compañero se precipitara al vacío intentando socorrerlo. Recordé su carácter amable y generoso, lo romántico –es decir, cursi- que era, me dijeron que seguía soltero y aunque no lo veía desde antes de la guerra supe que era mi hombre.

Me apresuré a completar el adiestramiento de Judy, y mirando el cuadro que del viejo San Francisco tengo en el despacho -¡tiempos de pistoleros y libertad!- y a la vista de un reportaje del periódico sobre el museo de la Legión de Honor, se me ocurrió largarle a Scottie la historia de Carlota Valdés. Me dio su teléfono otro condiscípulo y lo cité para el día siguiente en el despacho. Se trataba de convencerlo de que siguiera a Madeleine haciéndole creer que llevaba tiempo comportándose de una manera tan rara que me había decidido a llevarla a un terapeuta, pero antes quería conocer minuciosamente su conducta para exponer el caso al detalle.

Me costó convencerlo; con la edad, todos, hasta el bueno de Scottie, nos endurecemos. Y aunque seguía tan cabezota como siempre, al fin logré tocarle la cuerda de la compasión. Para identificarla, accedió a acudir al restaurante Ernie´s esa misma noche; con que viera a la esplendorosa Judy que yo había creado, una rubia radiante en su vestido azul prusia jalonado de misterioso encanto, estaba seguro de que quedaría encandilado. Lo que pudimos reírnos ella y yo de vuelta a su apartamento recordando la cara de alelado que puso mi amigo cuando la vio en el reflejo del espejo de la barra.

Así que a la mañana siguiente empezó a seguir a Judy haciendo de Madeleine, que después de nuestra última pelotera se había ido al campo. Hasta le había comprado un Mercedes de segunda mano para la ronda que tendría que hacer por San Francisco y alrededores. Lo que yo pretendía era que el ingenuo Scottie llegara por sí mismo a la conclusión de que mi mujer había sido poseída por el espíritu de su presunta bisabuela, Carlota Valdés, una pobre desgraciada que al parecer se volvió loca cuando la abandonó su amante llevándose a su hija con él, y que su antepasada le imponía la idea de suicidarse tal y como ella hizo en 1857.

A tal efecto Judy visitó el museo de la Legión de Honor, donde se exhibe un retrato de la tal Carlota –de peinado y joyas parecidas a las que di a Judy- , peregrinó a su tumba en la Misión Dolores y acudió al hotel Mckittrick, ubicado en la vieja casona de Carlota. En la cama con Judy, se me ocurrió cómo debían conocerse. Y dicho y hecho, al día siguiente, en la parte de la bahía donde el Golden Gate pasa a la altura del presidio, ella se arrojó al mar para que Scottie, que yo sabía buen nadador, pudiera rescatarla. Haciéndose la desvanecida, se dejó llevar a casa de Scottie. ¡Lo que no esperábamos fue que él se atreviera a quitarle la ropa mojada mientras se suponía que ella seguía inconsciente! ¡Y parece que se tomó su tiempo, je, je! Cómo me reí cuando supe lo lanzado que se había vuelto el viejo Scottie.

Por supuesto, yo daba por supuesto que Scottie se enamoraría de Madeleine, es decir, del personaje que yo había inventado. Lo que no me esperaba es que ella le correspondiera. Empecé a notarlo los últimos días; casi tenía que obligarla a acostarse conmigo y a todo le ponía reparos; no quería implicar a Scottie en nuestro asunto. Estuvo a punto de arruinarlo todo y hasta tuve que amenazarle con contarle la verdad a Scottie, que ella era mi cómplice y aquella Madeleine no existía: por algo era la mujer de sus sueños.

He dicho que Judy se enamoró de Scottie y ahora, con el tiempo –tantas veces he saboreado el episodio-, más bien pienso que de quien realmente se enamoró Judy fue de Madeleine, esto es, de la imagen que de ella se había hecho Scottie, de aquella mujer sofisticada y fascinante, lo que nunca Judy había ni soñado ser. Sí, ahora estoy seguro de que Judy fue muy feliz interpretando a la poética Madeleine, creyéndose ella. Desde luego que por parte de ellos dos esta historia demuestra la fantasmagoría de eso que llaman amor. Semejante cosa no es más que una ilusión solipsista, un falaz reflejo que de sí mismo pretende proyectar el amante en la amada, pura vanidad de querer reconocerse en el espejo del otro. Por suerte yo no caigo en semejantes espejismos con las chicas que me visitan en el chalet, je, je…

También dejé que el tonto de Scottie descubriera por su cuenta cuál era el decorado de las supuestas pesadillas de Madeleine, que también fluyeron de mi imaginación; en realidad ha sido una pena apropiarme de la fortuna de mi mujer, porque de verme en apuros me habría convertido en un novelista o dramaturgo de éxito. Al referirme al escenario onírico de Madeleine, aludía a la Misión de San Juan Bautista, conservada tal cual era bajo dominación española. Obedeciendo inconscientemente a mis designios, Scottie concluyó que si la llevaba a la Misión, ella exorcizaría sus demonios. Judy, ¡no, quiero decir Madeleine!, concluiría que conocía el lugar porque había estado allí y no porque en sueños le hubiera conjurado su imagen un espíritu que la llamaba desde la orilla de la muerte.

En cuanto Judy me avisó que aquel mismo día irían a la Misión, salí disparado a visitar a la Madeleine real, a mi esposa, con la excusa de reconciliarme. Seguía ella en el campo, en la mansión de sus padres situada en Landon’s Creek, a cuarenta millas de la ciudad. Puesto que había vecinos cerca, no podía permitir que gritara, de modo que aproveché su siesta para aplicarle la almohada sobre la cabeza. Murió en paz: poco antes habíamos hecho las paces y ahora le perdoné todos los malos ratos que me había dado.

Le puse un vestido sastre gris marengo, idéntico al que Judy había de vestir, la llevé al garaje –uf, siempre engordaba en el campo-, y para cuando Scottie y Judy llegaron a la Misión yo ya esperaba en el campanario, adonde la había subido a cuestas. De forma que cuando Judy se libró de Scottie y subió la torre a arrojarse desde el campanario, consumando así sus presuntas tendencias suicidas, el cuerpo que desde las escaleras Scottie vio por la ventana caer al vacío fue el de mi mujer, vestida como Judy.

Todo salió bien; no cometí ningún error: la prueba es que estoy aquí, no tan incómodo como querrían algunos moralistas, de conocer mi historia. Me refiero a todos esos que creen que el criminal siempre paga, los que prohibirían cualquier película en que el asesino quede impune. ¡Cómo sufrirían al verme aquí tan feliz! Pensarían que el peso de la culpa me hundiría en una piscina en la que, sin embargo, me entrego a ciertos escarceos con mis esbeltas visitantes, je, je…

Corrí mis riesgos, por supuesto. Una autopsia me habría puesto en apuros, o que Scottie se hubiera quedado a identificar el cadáver. Pero yo sabía que después de lo de su compañero estaba completamente traumatizado y no podría enfrentarse ni asumir tan pronto lo que había sucedido. Nadie sospechó de mí. Lo más peligroso fue que al recibir el pésame de varios pazguatos estuve a punto de explotar en una carcajada de puro regocijo. Desde luego que me era indiferente la suerte de Scottie, pero el asunto rodó tan bien que hasta él salió bien librado. El juez se limitó a darle un pequeño rapapolvo y yo descarté pedirle ninguna indemnización.

Heredé sin problemas, vendí la empresa naviera y para acá que me vine. Un magnífico escenario para la madurez. En cuanto a Judy, tuvo que conformarse con quinientos dólares de propina. No podía acusarme de nada sin delatarse a sí misma. Ah, también le di un puñado de joyas de mi mujer que le había dejado para su caracterización.

Las joyas de Carlota Valdés.       

                                       

                                                                                   
                         

jueves, 23 de agosto de 2012

ATRACO PERFECTO

                 

Soy Marvin Unger, hasta ahora un oscuro contable. Y si no hubiera conocido a Johnny no me importaría seguir siéndolo, pero ahora me es inconcebible un futuro de vuelta al pasado, abocado a añorar su fulgurante paso por mi vida. Ya nunca volveré a ser el de antes. Y además ese chico acaba de cumplir una condena de cinco años y se merece una oportunidad. Por eso le he financiado el golpe con todos los ahorros de una vida, un atraco a la tesorería del hipódromo. Es una manera de darle un sentido a esos cinco años que ha pasado planificándolo todo.

Lo mejor es que Johnny vive conmigo mientras pule las últimas piezas del puzle para que el día del atraco todas encajen. Ojalá esa fecha no llegara nunca y por siempre los dos nos quedáramos encantados en el hechizo del presente, él tramando un atraco que nunca perpetrará y yo disfrutando de su compañía.

Nunca me han gustado los caballos ni el juego; quién me iba a decir que me jugaría la vida en una apuesta como ésta. Lo haremos con otros tres tipos sin antecedentes, que trabajan en el hipódromo y necesitan el dinero como a un padre, y con dos profesionales que no entrarán en el reparto del par de millones, sino que cobrarán un fijo que ya les he adelantado, un tirador que derribe a Red Lightning, el caballo favorito, y un luchador que embarulle el bar con un altercado. La confusión atraerá a la policía y entretanto Johnny arramblará con la recaudación. 

Para entonces ya habré cumplido con mi parte –solo logística- y oiré la noticia por la radio, temblando por Johnny, porque a mí el dinero no me importa mucho. Aunque no me haya atrevido a decirle nada, entonces ya habrá notado que lo que siento por él es algo más y algo menos que cariño paternal. Ojalá se diera cuenta de que esa chica no es la mujer adecuada; que ninguna chica en el mundo es la mujer adecuada para él.

                     

¿Por qué se casaría Sherry conmigo, un tipo cuya cara nadie recordará aunque hayan venido a cobrar un premio grande a la ventanilla del hipódromo donde trabajo? ¿Para repetirme que es demasiada mujer para mí? ¿Y por qué me casé yo con ella, si desde que empezamos a salir la gente se daba codazos y se volvía a nuestro paso? ¿Quiero o no quiero que ella se vea con otros hombres? ¿Será que ella disfruta humillándome tanto como yo dejándome pisotear? 

Ya veo que mi vida es un puro signo de interrogación, retorcido y contorsionado de dolor e ilusiones mutiladas; y hasta cuando firmo las facturas, tentado estoy de rubricar mi nombre, George Peatty (¿suena a pity, pena?), con una interrogación. Puede que ese juego que nos traemos ella y yo sea la única manera de roer el tiempo en este estudio interior con olor a perritos calientes y hamburguesas, lo único que comemos.

Pero la verdad es que antes de casarnos le prometí que viviríamos en Park Avenue y que cada semana cambiaría de auto y de abrigo. Y yo me lo creía: como ella dice, no tengo imaginación para mentir. Aunque tal vez le mintiera para engañarme mejor a mí mismo. Por eso he decidido participar en el golpe de Johnny, para demostrarle a Sherry que casi soy un hombre.

Hemos empezado con mal pie. Para presumir ante ella tuve que alardear del dinero que vamos a tener, me exprimió información y la otra noche la sorprendimos espiándonos en casa de Marvin, donde lo planificamos todo. Había infringido yo la consigna de silencio que Johnny nos había impuesto y me excusé con que ella me habría seguido sospechando que yo me veía con otra. Más bien lo dije para que se rieran de mí, un cornudo vocacional. Pero no pueden prescindir de mí; en el plan mi parte es muy pequeña, pero decisiva: abrirle a Johnny la puerta de la oficina mientras el luchador promueve el escándalo en el bar del hipódromo.

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Yo soy Mike O’Reilly, el barman del hipódromo. El luchador hará que no le he servido bien, armará un escándalo y recibiré el primer puñetazo del revuelo. Por lo visto, a ese tipo no lo reducirán antes de diez minutos ni con menos de ocho agentes. En combinación con la muerte del caballo favorito, eso dispersará a la policía y Johnny accederá a las oficinas, subirá al vestuario y en mi taquilla encontrará un paquete oblongo de la floristería que guardará una metralleta. Como la tesorería está frente al vestuario, lo tendrá bien fácil. 

Claro que antes habré recogido la metralleta de un trastero. Mañana tendremos nuestros movimientos medidos al segundo, se ajustarán al plan de Johnny como un retrato al modelo. Cada vez que lo repaso intento convencerme de que, como en una genial obra de teatro, cada una de nuestras acciones –estúpida por separado- conformarán en conjunto un argumento perfecto y cobrarán un sentido único y necesario, y que el éxito coronará nuestra actuación. Lo malo es que el telón que cae sobre nosotros parece fúnebre y no puedo imaginar a Johnny como un dramaturgo de éxito. Hay veces que me da por pensar que la culpa será mía por haber dejado en la taquilla flores de verdad, las de mi entierro.

Pero tengo que arriesgarme: la pobre Ruthie empeora y con mi sueldo no puedo pagarle el tratamiento que necesita. Cada día come peor y la pobre ya parece mi madre en lugar de mi esposa. Estos días, cuando le digo que vamos a tener mucho dinero, me sonríe triste creyendo que son los típicos ánimos con que se alienta a un enfermo, tibios y vanos como en la cama una bolsa de agua caliente después de una hora. Como un tratamiento que no surte efecto.

                     

Mis motivos no parecen tan nobles como los de Mike, y para colmo soy un agente de la ley, pero también para mí ese dinero es como aire que respirar. Siempre me han gustado los lujos, vivir bien, pero hasta hace un par de semanas no he comprendido que vivir por encima de tus posibilidades es lo contrario de vivir bien. Porque de acuerdo, tus hijos van a los mejores colegios, tienes el mejor coche del vecindario y las chicas de los clubs te regalan sonrisas de cincuenta dólares la hora; pero cuando le debes treinta de los grandes a un mafioso como Loui y tu cuerpo es el único aval del préstamo, en lugar de llevar el único traje a medida del barrio, te parece ir desnudo por la calle.

La única solución es convertirte en otro poli corrupto. Ahora mismo tengo que arrancar e ignorar a esa mujer que me pide ayuda, porque he de cumplir al segundo el plan de Johnny y dentro de quince minutos justos he de estar en el hipódromo, al pie de la ventana de la tesorería. Por allí nunca pasa nadie y él me arrojará el petate con los millones, su máscara y la metralleta; después del atraco, ese material solo podría salir del hipódromo en mi coche patrulla. Luego llevaré el saco a un trastero donde Johnny irá a recogerlo y nos lo repartiremos con la misma ecuanimidad que el tiempo en el plan.

Nada puede salir mal a quienes, sincronizados en una misma cronología, dividen el tiempo con tanta eficacia. Será porque a partir de esta tarde, incluso de vuelta al tiempo de los hombres, nosotros seguiremos partícipes del mismo: compartiremos condena, muerte o gloria.

O eternidad, como personajes de una película inolvidable.