sábado, 30 de noviembre de 2013

VIDAS REBELDES (THE MISFITS)




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A mis ocres años me visitan como amigas noches en que no duermo,
viejas conocidas que traen a ese mastín que ladra sin ruido llamado insomnio,
un animal de ojos despiertos que me recuerda a Dooley, mi viejo perro,
como el eco de un ladrido que reverbera por las montañas de Nevada,
y en la almohada oigo el latido de mi emoción junto a tu sonrisa dormida,
y es entonces, al ritmo de tu respiración, cuando retrocede mi edad
y revivo los tiempos en que aún era cowboy, esa especie en extinción,
la época en que yo amaba los caminos y tú te creías la novia del fracaso,
la rubia de los desastres, cuando nos conocimos en Rheno, la ciudad
donde se venden menos camas de matrimonio y las alianzas se regalan,
y nos presentó Guido, aquel piloto experto en autocompasión de emergencia
desde que perdió a su esposa porque no llevaba una rueda de repuesto,
y aunque pareció contagiar tu belleza de su sorda tristeza,
ni siquiera él apagó la lámpara que como en una estatua de alabastro
te iluminaba por dentro la translúcida piel de espuma y nácar.
A mí me gustó que igual que yo solo hubieras leído el vuelo de las palomas
y a ti te encantó mi vida: tirar piedras a una lata, silbar, mirar las estrellas.
La verdad es que tu belleza aún era triste como un lirio bajo la lluvia, 
pero tu tristeza solo era relativa: en torno a ti los hombres se alegraban.


En la oscuridad de estas noches sin sueño, como en unos planos
alumbrados por un flexo y la lúcida borrachera de un arquitecto,
se diseñan la planta y media de la ruinosa casa de campo de Guido,
que pasó de museo de su desgracia a teatro de nuestra felicidad,
chirría la puerta de la nevera que gestaba los cubitos y me pregunta
si todavía bebemos tanto, si seguimos con aquellos amigos desastrosos
o si aún bailamos bajo la luna ebrios de tristeza y desesperación,
otras noches me hace toser en la cama aquella chimenea, celosa
de que después haya pintado alguna otra de un rojo tan vivo
o de que en otro jardín haya plantado heliotropos tan malvas
como los que ponía sobre su repisa en aquel jarrón de porcelana,
yo, que inútil como un poeta lo único que había hecho por ninguna mujer
antes que tú fue desabrocharle el vestido o bajarle la cremallera,
pero creé un hogar allí donde solo iban a dormir los pájaros.
Hay noches que en mis ojos cerrados cabrillean los lagos donde te bañabas,
y sus olas me preguntan si tu cuerpo aún es tan curvo y blando y pleno
como una estatua de la fertilidad, si ya no brillas con el fulgor
del último reflejo que de tu silueta aún guardan sus aguas,
y otras noches en que como en la panorámica de un western
se extienden las montañas donde creía conservar mi libertad
asesinando a una especie de caballos tan en extinción como los cowboys,
hasta que le arrojaste a mi pasado un balde de sangre
que me hizo apreciar todo su horror y me enseñaste el asco de mí mismo
y que estaba echándole el lazo a mi vida y no a sus crines,
amarrando mis sueños y vendiendo mis ilusiones como carne para perros,
y me convenciste de que si era contigo la vida sedentaria sería aventurera
y de la verdad de todas esas frases que de día son una cursilería
pero que estas noches me alegran el insomnio junto a tu sueño.
 
    

sábado, 23 de noviembre de 2013

SABRINA


                 


Querido papá, perdóname por lo que voy a hacer
y que ni siquiera los Larrabee –salvo David- podrán impedir,
pero me niego a que mi amor duerma como la lechuza del jardín
y no puedo seguir soportando el infierno de Long Beach:
yates con sentina, fiestas que decaen a través de la grieta de una copa,
cenas donde la vergüenza se hunde al fondo de la sopa de tortuga,
un sol que sale con puntual servilismo de mayordomo,
Rolls Royce con chóferes tan sordos como tú a los gemidos de atrás,
piscinas donde sin quitar el tapón del fondo se desagua la decencia,
amores que se consuman con la exacta frialdad de un put en el hoyo 18.
Un lugar donde el amor está peor visto que un adúltero 
o un hombre serio que compra las sonrisas por veinte dólares la hora.

Ante todo no quiero que David venga a mi funeral:
cambiaría el réquiem por música de baile
y ligaría con las asistentes regalándoles las rosas de mis coronas,
luciría su smoking blanco en señal de luto
y traería su ráfaga de risas, vapores alcohólicos y perfumes de mujer,
entreveraría con el incienso el humo de sus cigarrillos ingleses
y jugaría al billar sobre el forro de fieltro de la tapa del ataúd,
firmaría con una caricatura en el Libro de Honor
y entre los deudos repartiría chistes en lugar de pésames,
sacaría los naipes de entre las hojas de la Biblia
y junto a los cirios pondría una tarta de nata con diecisiete velas.
En lugar de David con su paraíso portátil de tragos y sonrisas 
prefiero que asista Linnus con su rictus de nubes y crespones negros.

Querido papá, pensándolo mejor
quiero que me entierren bajo el césped del campo de polo
después de haber instalado la capilla ardiente en la pista de tenis,
allí mismo donde David acaba de asestarle un revés a mi corazón
bailando a través del estribillo de mis celos con la nieta del National Bank,
-¿Por qué será él tan rubio y yo tan morena?-.
Quiero que un descapotable traiga derrapando mi ataúd
y que el Pastor oficie desde lo alto de la silla del árbitro,
que armen el catafalco en la misma red para que el público
se ahorre mirar de un lado a otro el peloteo de los ángeles por mi alma,
y que haya un discurso y banquete fúnebres con canciones y canapés.
¿Por qué será el tan bromista y yo tan seria?
¿Por qué será tan popular y yo estoy tan sola?

Aunque, pensándolo bien, papá,
si David viniera por una vez sería él quien me miraría
en vez de yo a él cuando se convierte en el foco de las fiestas,
en la lámpara en torno a la que como polillas mariposean todas,  
y desde la rama de un arbusto aburrido de mis sueños
yo lo observo como una paloma triste o un amargo fruto,
como la lechuza en la que no quiero que se convierta mi amor,
pidiendo a la luna que yo sea más rica o él más pobre.    

    

viernes, 15 de noviembre de 2013

HANNAH Y SUS HERMANAS




               
                 


Después de leer los poemas de E. E. Cummings se hace difícil escribir uno,
o tal vez lo difícil sea no escribirlo, ya que después de tanto leer a Cummings
uno se cree el autor de sus poemas, como después de tanto mirar a Lee
en vez de acariciar la posibilidad de palpar los pétalos de sus párpados,
uno cree haberlos acariciado ya, haberse inundado de la lluvia cobriza de su pelo,
derretido a la miel de su sol, vertiéndose en Lee hasta convertirse en ella,
como Cummings acaba convertido en el poema que ha escrito.
Con la penumbra cayó la tarde en que ella me pareció más soñadora que antes,
con los pómulos más llenos, la boca ahora triste y los ojos ya de luna nueva,
por primera vez tan bella como la estrella de una película de Woody Allen,
y a partir de entonces ella toda empezó a parecerse a un poema de Cummings,
empezó a caminar por el aire como el recitado de un poema de Cummings,
a brillar como el silencio que sigue al último verso de un poema de Cummigs,
empezó a sugerir tanto como la metáfora de un poema de Cummings,
empezó a imponérseme como la inminencia de un poema a Cummings,
como el poema que nunca escribiré porque quizá me baste con pensar en ella.

Cuando siento que ella está leyendo el poema de E. E. Cummings
que le señalé en la página ciento doce, dejo a un lado la declaración de impuestos
y la dicha me lame el corazón con la punta de su lengua de fuego,
cuando siento que está escuchando el concierto para clave de Bach en La Menor
una parte de mí deja de hablar con el cliente para oír un rumor de mariposas,
cuando siento que ella sonríe paso de ser contable a asesor financiero,
cuando siento que ella me piensa me creo Cummings al abismo de la inspiración.

Si yo fuera capaz de expresar en un poema mi amor por Lee,
olvidaría que estoy casado con su hermana Hanna y ella con Frederick,
y el escritorio se prendería y la oficina ardería y el edificio entero
estallaría en una bola de fuego que abrasaría todo Manhattan,
porque en sus simultáneos versos se superpondrían infinitas, ardientes Lees
capaces de incendiar el combustible de mi imaginación:
Lee aturdiendo el aire con la estela de jazmín de su nuca,
el roce felino de su jersey de nylon gris extrayendo chispas del mío,
Lee suavizando las rectas y acercando las líneas de fuga de la calle,
viniendo serena y plena, como partiendo el agua, vestida de otoño,
yo como el lobo apostado tras un quiosco para hacerme el encontradizo,
Lee empinada en una librería para alcanzar un libro de poemas de Cummings
como si con la yema de los dedos intentara tocar el infinito,
Lee contra el viento por el muelle de la tarde, impregnada de espuma y de culpa
-este invierno se prevén tormentas y huracanes sobre Manhattan-
con el libro de poemas de Cummings abrazado al pecho en mi lugar,
Lee inmóvil en el estudio de su marido, como un dibujo huido del caballete
donde su desnudo infunde tanta sensación de vida que parece el modelo,
Lee ronroneando como una gata entre las sábanas de satén
y las lisas paredes del cuarto interior del hotel donde la llevaré,
unas y otras tan blancas como las armas con que heriremos a Hannah,  
como el papel donde ya no necesitaré escribir ningún poema. 


sábado, 9 de noviembre de 2013

EL FANTASMA Y MRS. MUIR




                 
                  

Entre la serena desesperación del pasado y el vacío probable del futuro
como los muertos te vas quedándote y te quedas yéndote por el túnel de viento,
capitán de espuma, ladrón de mi luto, albatros nocturno,
estaría loca si de tanto inventarte para que me habites los sueños,
fantasma de mi deseo, inquilino de mi soledad, estaría loca
si como una santa o una artista por ti olvidara la vida,
delfín del más allá con barba de mirra.

Ni siquiera vivo mi marido tenía más carne que tú,
y cuando su recuerdo se hubo desteñido en mi memoria
con Martha y mi hija me vine a la costa a habitar una vida que fuese solo mía
y alquilé verdes ilusiones y esta casa que con las cofas de las terrazas,
los aleros vibrantes como velas y las gaviotas halagando las cornisas
parece una nave surcando las aguas estancadas del tiempo.
Sí, las ventanas me guiñaban, la puerta quería besarme y las cortinas abrazarme,
así que me quedé y cada noche me seducían las canciones del viento
y los poemas que como novias abandonadas decían las sirenas en la niebla:
encerrarme en tu casa me dio la libertad de los muertos.
Había corrientes de frío, risas en la oscuridad y los muebles danzaban de noche:
saturada de tu ausencia era una mansión encantada, encantadora.

Porque me habían hablado de ti empecé a soñarte,
me dijeron que cuatro años antes te habías suicidado y por eso rondabas,
y aunque por el óleo que titilaba en la penumbra sabía cómo eras,
cada vez que me adormilaba te inventaba en los claroscuros del duermevela,
me imaginaba que el perro te detectaba,
que el reloj se paraba en un infarto del tiempo,
que en el rincón se condensaba tu sombra y como una capa oscura
para abrigarme la esperanza te cernías sobre mí, dormida en el sillón,
hasta que me despertaba el tableteo de la puerta de la terraza
y abría los ojos al ocaso transido de nimbos y fantasías.
Pero creer en ti era tan difícil como en Dios, 
así que para no deshauciar mis ilusiones
una noche de tormenta (ya se sabe que son propicias a los fantasmas),
me decidí a hablarte y a que te me aparecieras despierta:
viendo que yo amaba estos umbrales tanto como tú
dejaste que me albergaran como guardiana de tu recuerdo.

Entre la frustración tranquila del pasado y el blanco olvido del futuro,
delfín del otro mundo con barba de mirra,
me has vuelto contraria a los hombres, ciega al día y lúcida las noches sin luna,
y con ojos de gata distingo la fosforescencia del mar en la niebla
como si estuviera en llamas, las tinieblas me son incandescentes,
¿acaso no soy en la vida la única que puede verte?
De tanto hablarte y hacerte hablarme vas a volverte real,
y en tu instantáneo vacío la hiedra de la niebla armará tus huesos
y las volutas de vaho se vertebrarán en el árbol sombrío de tu cuerpo,
¿acaso no es lo único real aquello que se imagina?
Bronceado fantasma, Daniel, príncipe transparente,
solo dejarás de existir cuando deje de pensarte,
no eres tú a mí sino yo quien te ampara,
al principio eras el marino de mis lecturas, aventurero y pecador,
fatuo y malhablado, pero con el tiempo te fui matizando con mis deseos,
como una estatua te vacié al molde de mis necesidades,
y acabaste siendo humorista y sabio, generoso y romántico.

Para inventarte una verosímil biografía avancé en mi locura
y segregándome de la vida me clausuré para escribir de ti.
Fantaseé sobre tu infancia, decidí que fueras huérfano, un niño travieso
y un joven inquieto, tuve imaginarios celos de tus amantes portuarias
y de la esposa que como yo ahora aguardaría tu regreso
mirando el mar por ventanas ciegas, te atribuí una risa torrencial
y unos ojos vidriados de amor donde se hundiría el mar,
y te convertí en un capitán que se orientaba con coordenadas de eternidad.
Y ahora que encerrada en este cuarto he concluido mi novela sobre ti
como si de veras me la hubiera susurrado la brisa de tu voz,
después de haber renunciado a pretendientes y hasta descuidado a mi hija,
cuando te he dotado de plena realidad, veo que tu vida es mi muerte,
y aunque sé que como antes huí del mausoleo de mi marido
ahora tengo que hacerlo de ti y relacionarme con los vivos,
no esperaba que fuera tan arduo olvidar a quien he inventado,
capitán de mi soledad, delfín del más allá con barba de mirra,
humo de mi ilusión que ya se disuelve, transparencia encarnada en el vacío,
aparecido desaparecido, puro aire, ausencia, nada.

viernes, 1 de noviembre de 2013

ODA A HOLLYWOOD DE DAVID O. SELZNICK


                                     

Igual que a Jennifer Jones, hay muchas maneras de amar a Hollywood:
recorriendo al amanecer sus playas –Malibú, Palos Verdes, Santa Mónica-,
que aun soñando con la luna te abren sus piernas de espuma,
ahogando la timidez en las piscinas, los cócteles, las lágrimas
de todos los espectadores de nuestros melodramas –Carrie, Jennie-,
paseando al atardecer por Boulevard Hollywood y Sunset Strip,
a través de las sombras que como mis besos en su piel morena
al pálpito del primer neón posan las palmeras en la arena.

Igual que cuando me presentaron a Jennifer y me estalló la sangre,
al llegar a Hollywood me fijé en sus curvas y sinuosas colinas –Beverly Hills-
y también pensé que mi soledad se tomaría unas vacaciones permanentes,
Hollywood, donde la luz para siempre se enamora del aire,
y como trajes las fantasías se tejen a la medida de los hombres,
donde una máquina puede hacer nevar de abajo arriba
y con un altavoz cualquiera cambia el signo de la Historia,
donde prenderse un cigarrillo puede convertirse en un rito
y una gabardina en un mito permeable al inconsciente colectivo,  
donde floreció mi juventud mientras tomaba el sol con una máscara,
y mis sueños acabaron por marchitarse en el teatro de un tornado.

Es verdad que inventé la O. de mi segundo nombre
y que a los tres años de estancia me casé con la hija del jefe, Irene Mayer,
es verdad que me desvelaban más los derechos de mi películas
que los de los profesionales que me ayudaron a hacerlas,
es verdad que postré el talento de los escritores
y que cercené el montaje y las esperanzas de muchos directores;
pero también logré que como una ballena Hitchcock cruzara el Atlántico,
que todo el mundo conociera a Tom Sawyer y David Copperfield,
que la RKO y la Metro fueran la Metro y la RKO,
y sobre todas las cosas amé a Hollywood, el decorado de los sueños del mundo,
donde como un toro el Pacífico hace mugiendo el amor
con las playas ambarinas de Zuma, Venice, La Laguna,
donde Long Beach palpita con mi corazón al latido del comercio,
y como escenarios titilan los escaparates de Glendale y Burbank,
donde con el cambio de una compra los ilusos y los menos ilusos
pueden adquirir noventa minutos de ilusiones, Hollywood, 
donde los espejismos son diseñados por mercaderes geniales como yo
y cumplí el milagro de Lo que el viento se llevó, ese ensueño
que contiene la pesadilla de la ausencia de Jennifer Jones
y de averiarme el futuro con la certeza de que nunca filmaré nada parecido,
la ciudad con un Paseo de la Fama donde como el fósil de un dinosaurio
ningún tornado podrá borrar la huella de mi paso
por Hollywood, Hollywood, Hollywood.


sábado, 26 de octubre de 2013

EL RELOJ


                                   

La filmografía de Vicente Minelli está repleta de grandes títulos marcados a fuego en los libros de la historia del cine, títulos englobados en géneros muy diversos. Fue uno de los pioneros en sentar las bases del gran cine musical de la Metro-Goldwyn-Mayer con títulos seminales como Cita en San Luis, Yolanda y el ladrón, El pirata o las posteriores Un americano en París y Melodías de Broadway. Del mismo modo en su magnífica carrera también cinceló espléndidas comedias como El padre de la novia o Mi desconfiada esposa. Pero si hay un género en el cual destacó el gran Minelli éste fue sin duda el melodrama clásico. Títulos como Cautivos del mal, Con él llegó el escándalo, Como un torrente, Té y simpatía o incluso un biopic con tintes de melodrama como El loco del pelo rojo son claras muestras de la maestría del cineasta ítaloamericano. 

Quizás la película que vamos a reseñar a continuación -El reloj-, no se encuentre entre las más conocidas del maestro Minelli. Este injusto olvido puede que se deba al hecho de ser una de sus primeras películas o igualmente por no tener una pareja protagonista de las que la cinefilia en general idolatra (cierto es que la presencia de Judy Garland es muy estimulante, pero no está asistida con el acompañamiento de un actor de relumbrón, sino que el partener de la esposa de Minelli no es otro que el eficiente Robert Walker, más conocido por ser el villano de Extraños en un tren). 

No obstante he de confesar que el descubrimiento de El reloj ha sido una de las más gratas sorpresas que me he llevado en cuanto a revisión de cine clásico menos conocido se refiere. Podríamos comparar El reloj con una especie de Antes del amanecer de Richard Linklater al estilo clásico. Ambas cintas ostentan el mismo espíritu en el cual los designios y casualidades del destino provocan el cruce de las vidas de dos jóvenes solitarios desconocidos que a base de conversar sobre las pequeñas cosas de la vida (las que realmente importan), de ejercer el noble arte de pasear sin más preocupación que dejar pasar el tiempo o resolver las pequeñas tareas que el día a día nos impone con objeto de romper la monotonía y el hastío vital, comienzan a establecer una relación que pasa de la simple cortesía al enamoramiento platónico e instantáneo en el corto plazo de unas pocas horas.

El reloj es una radiografía del enamoramiento, desde el primer contacto de los enamorados hasta su culminación, incluida la incertidumbre posterior que toda meta alcanzada provoca. La historia se centra en la ciudad de Nueva York y se ambienta a finales de la II Guerra Mundial. La película es esclava de la época en la que se filmó (el año 1945). La gran guerra estaba dando sus últimos coletazos y el cine servía como medio de distracción generador de moral tanto para los soldados como para sus familias, las cuales esperaban el ansiado regreso a casa del guerrero. Es por ello que el protagonista masculino de la epopeya es un joven soldado que se encuentra en la gran manzana disfrutando de un permiso de 48 horas antes de su partida de nuevo a las trincheras. El primer escenario que muestra el film es la estación central de ferrocarril de Nueva York, sin duda un lugar emblemático para el cine – recordemos las magníficas secuencias filmadas en este mítico espacio en cintas como Los intocables de Elliot Ness, Atrapado por su pasado, etc-. El tren, siempre un aliado de la melancolía en el cine que se presta a la metáfora poética gracias a la idea de viaje, las despedidas, los encuentros furtivos, la falsa sensación de comunidad impostada gracias a la cantidad de gente que camina por los diferentes andenes de la estación, sensación irreal que no sirve para ocultar la soledad que plaga la vida de los ciudadanos de las urbes mastodónticas e impersonales (grandes historias románticas se han apoyado en el tren como El reloj para reforzar el espíritu de la historia, como por ejemplo en títulos históricos como Breve Encuentro, Estación Termini, Sibila, etc).

                        

En la estación se halla un joven soldado despistado por la presencia de la muchedumbre y los ruidos urbanos que añora la tranquilidad que le aportan el campo y la vida rural de su ciudad natal. Un designio del destino ocasiona que el joven soldado se tope con una vivaz, solitaria y apresurada joven con la cual tropieza, choque éste que provoca la ruptura del tacón del zapato de la desconocida. Este simple hecho originará que la que iba a ser para el soldado una aburrida estancia de 48 horas en la ciudad de los rascacielos se convierta en una oportunidad para demoler su triste soledad. De este modo ambos personajes iniciarán con un simple paseo en autobús y unos posteriores paseos por las calles y museos de la ciudad estadounidense una relación de amistad que poco a poco se irá fortaleciendo a base de conversar sobre asuntos tan cotidianos como el trabajo, la familia, sus aficiones y divertidos acontecimientos acaecidos en el pasado. 

La cámara de Minelli persigue a ambos personajes en sus peripecias como si de un personaje invisible se tratara. Y así a través de los breves pasajes que discurren en la aventura iniciada en la estación de Metro y casi sin que nos demos cuenta el primerizo conocimiento mutuo se transforma en amor, un amor sincero, limpio y profundo, casi platónico, un amor cotidiano, respetuoso, que brota verdad, un amor sin adornos, sin sexo, sin fuegos artificiales, sin azúcar ni estridencias. Minelli incluye al final de la historia una pequeña subtrama de intriga en la que los protagonistas deben vencer al tiempo y al reloj que marca el paso del tiempo y la partida del soldado al frente, y con el cual deberán luchar ambos personajes para alcanzar su felicidad. Y al final el objetivo es cumplido, o quizás no, porque ¿quien asegura que una pequeña batalla ganada augura la victoria final? 

La escena con la que finaliza el film es pura poesía cinematográfica dibujada a través de un maravilloso travelling que induce a pensar que toda la vida no es más que un azar tortuoso en el cual todo comienza de nuevo cada día que pasa, pero a la vez está repleto de esperanza en un futuro sin guerras ni despedidas. Minelli demuestra un virtuosismo al alcance de muy pocos cineastas, dotando a la cinta de un montaje y fotografía modélicos. La palabra que mejor define a la película es sin duda la elegancia, tanto en cuanto a planos como en cuanto a narrativa.

Hay ciertas películas en las que las palabras sobran. Ésta es una de ellas. Podría seguir filosofando y comentando escenas de la misma, sin embargo mi recomendación es que lo mejor que pueden hacer es dejar de leer este humilde artículo y buscar entre las estanterías del recuerdo el DVD de esta película y acto seguido la contemplen con la mente en blanco con la única pretensión de pasar un rato entretenido. Seguro que al final de la cinta acabarán con la sensación de haber contemplado una obra íntimamente ligada con el cine, o lo que es lo mismo, un pedazo de vida condensado en 24 fotogramas por segundo.


Autor: Rubén Redondo.

sábado, 19 de octubre de 2013

DE SPENCER A KATHARINE


                  

¿Cómo voy a dejar de quererte si ni siquiera puedo dejar de beber?
Es un hecho: con tres tragos más me sentiré como si estuvieras conmigo
y mi esposa saliera del pantano de la enfermedad donde la empujé,
tres tragos más y podré oír tus pasos como los de la nieve en el sendero,
intuir que lo que transmute este cuarto sea tu presencia,
sentir el viento de tu pelo como una brisa que me seque la tristeza
de los pómulos. No quiero ponerme sentimental pero recuerdo
todas las noches que como una perra a mi puerta velaste mis borracheras,
que con la devoción de una sacerdotisa por un culto prohibido
por mí has renunciado a formar una familia,
las veces que ante los demás nos alegrábamos de volver a vernos
y no hacía una hora que despegándose nuestras bocas se habían despedido.
Parecemos dos jugadores de ajedrez que se dan patadas bajo la mesa.


¿Cómo voy a separarme de ti si nunca podremos casarnos?
Es un hecho: dos tragos más y me sentiré como si estuvieras conmigo,
aunque tan ausente como cuando estudias un papel o tan enfadada
como cuando nos conocimos y a la broma de que yo era demasiado bajo para ti
te respondí que con el tiempo ya te pondría a mi altura.
Sí, con un par de tragos sentiré tus pasos de cómplice en el pasillo,
el aura de alegría que te anuncia como el mensajero la buena noticia,
el rumor redondo de tu sangre, el helado calor de tu piel,
como un ciego que recobra la vista veré el destello de tu pelo
o el azul turquesa de tus ojos, pero no quiero ponerme sentimental.
Aunque enemigas, la botella y tú os parecéis en algo más que la silueta,
no os agotáis nunca, las dos sois sinceras y en apariencia frías,
me hacéis soñar y tenéis la piel igual de transparente.
Parecemos dos jugadores de golf que con los palos se traban las piernas.


¿Cómo voy a herirte si ya no disfruto ni haciéndome daño?
Algún mártir cristiano debería haber probado a ser un borracho.
Es un hecho: un trago más y me sentiré como si estuvierás aquí,
como si yo no fuese católico o Dios no existiese
ni aquel día de lluvia hubiera entregado mi palabra a mi esposa.
Recuerdo tu colérico pelo y pienso en un atardecer de otoño,
en la hoguera que tiembla en un claro del bosque, en el trigo maduro al sol.
Pero no quiero ponerme sentimental y recuerdo las mesas distantes,
los remotos asientos de avión, las habitaciones separadas como planetas,
los días en que te he dicho que amarte era como beber,
todo lo que de mí han tenido que soportar tus huesos de cristal.
Parecemos dos ciclistas de un tándem pedaleando en direcciones contrarias.

Es un hecho: por el pasillo vienes de puntillas como lluvia repiqueteando:
estás acostumbrada a venir a escondidas,
y como el ingrávido cadáver de mis esperanzas yaces en mi regazo.
Parecemos dos boxeadores que delante del público se besan en la boca.

                                                                                                                        

sábado, 12 de octubre de 2013

CARTA DE UNA DESCONOCIDA


               
                  

En Viena, el año de gracia –y desgracia- de 1900.

Querido Stephan: te odio
porque como un padre que niega a su hijo
no supiste reconocer lo que era tuyo,
maldito Stephan: te amo
porque como nadie debería repudiar su vida
ni siquiera tú puedes renunciar a lo que es tuyo.


Largo tiempo he imaginado cómo no me imaginabas,
y desde la niebla adonde me han traído los servidores del tifus
veo que con los tres golpes del destino llaman a tu puerta los dos padrinos.
Puedo imaginar el duelo: el alba ebria entre los cipreses, un río turbio,
el negro destello de una levita, un sordo estampido que no es de corcho,
el espanto de los pájaros de luto, tu sombrero de copa en la hierba.
En el instante de acoger la bala te sentirás tan joven como cuando te conocí,
yo tenía trece años y antes de verte me habló de ti la carreta de mudanzas,
me hablaron de ti los muebles estilo Imperio, tus pentagramas, el piano,
los programas de tus conciertos, las críticas entusiastas, me hablaron de ti
las notas de plata que como en una medalla esculpían tu perfil en el aire,
tus escalas por el perfume de galán ascendiendo entre las hojas a la luna,
tu silueta que cada noche grácil se insinuaba en los visillos iluminados,
hasta el día que te vi en la escalera y de tu cara y de tus ojos fluyó un ritmo
como la música que imaginaba tocabas para alguna desconocida,
tu mujer ideal, yo, que aún tendrías que esperar a que creciera,
o como el silencio que hechizaba tus aposentos cuando te ausentabas
y yo perseguía tu estela por los lechos, los divanes, los canapés
donde a tu vuelta tumbabas las risas de las mujeres con quienes regresabas
pero que no eran para quien tocabas Chopin, Mozart, Liszt
porque ellas no te entendían como aquélla que para ser tuya
solo tendría que cruzar ensimismada el cristal de la adolescencia.



Aunque en los poemas no deberían pasar el tiempo ni brillar más flores,
cuando has leído éste ya se ha marchitado la rosa blanca de mi vida.
En Linz dejé que mamá me enredara la juventud en la madeja del hogar
y aburrí lienzos y retazos bordando las figuras de mi nostalgia.  
A mi vuelta a Viena la recorrí en tranvía adivinándote en cada plaza,
tú no te habías mudado y volví a oír la música de tu ventana encendida.
Dejé que me conocieras, pero sin decirte quién era para que me reconocieras
como aquella desconocida para quien hasta entonces habías tocado el piano,
tu mujer ideal que ya había crecido lo bastante para ser tuya,
pero solo me cortejaste como a una más, te deslumbrarían las joyas,
el champán, el fulgor de las arañas, el esplendor del sol en el Prater,
era invierno y sin embargo en la nieve todo florecía,
las luces, las copas, las máscaras, las rosas blancas que me regalaste,
y hasta floreció mi vientre con el hijo que no llegaste a conocer.
No quise retenerte solo por su causa, mi sombra aún era plana,
y en la estación supe que en lugar de tres semanas te despedías para siempre
y que tus promesas se desharían en jirones con el humo de la locomotora.



Cuánto te he soñado, querido Stephan maldito,
incluso a través de las pieles, rasos y sedas que jalonaron mi matrimonio,
los bailes, recepciones y embajadas que me ennoblecieron.
Casada con el padre de tu hijo te reencontré en la ópera,
y por tus mejillas insomnes abandoné a mi hijo que dormía confiado,
por tus ojos borrachos abandoné la leal mirada de mi marido,
por tu palidez de cínico abandoné los brocados negros del lujo.
Y aunque intenté que me recordaras por las rosas blancas no me reconociste,
volviste a intentar seducirme con la irónica táctica de que no recordabas
dónde me habías conocido, seguiste sin reconocer a la desconocida
para quien habías tocado el piano que tus alcohólicas manos ya ignoraban.



Querido Stephan: te odio
porque como un padre niega a su hijo no supiste reconocer lo que era tuyo,
maldito Stephan, te amo
porque aunque nadie debería renunciar a la vida tú le abres
a unos padrinos que ya que no lo serán de nuestra boda
te guiarán a esta niebla donde me han traído los servidores del tifus:
amor o muerte, rosas blancas o negras,
ni siquiera tú puedes repudiar lo que te pertenece.