lunes, 23 de febrero de 2015

LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO


                        

Jesús, te quiero más que a mi muerte,
más que a Francia, más que a mi madre,
que me abrace la hoguera si para librarme he de negarte,
porque con tu palabra me nombraste,
y por la suerte de que me toque tu voz de noche
y de que me alumbren tus ojos de fiebre,
que en la paja me devore esta jauría de llamas,
mis lágrimas no van a apagarlas
y como fuelles las atizan las alas de los buitres.
De los sillones inquisitoriales ya se borran
los labios con larvas, los rayos en los ceños,
las barbillas hendidas, las encías estentóreas,
las barbas hipócritas, las burlas diabólicas.
Diré: me nevaron, me atardecieron.

Jesús, te quiero más que a la noche,
más que al hombre, más que a mi sangre,
prefiero morir por bruja si por santa he de negarte
y ser tu huérfana en el mundo,
la hija que vela el cadáver de su dulce padre,
que mis huesos se evaporen en el humo y el olvido
y que mi tumba sea el aire
y mi lápida el mármol de las nubes.
De los sillones inquisitoriales ya se borran
las venas del odio, las lenguas de escarnio,
las cuevas de las bocas, las verrugas corruptas,
los ojillos de cerdo, los mechones como cuernos.
Diré: me llovieron, me atardecieron.

Jesús, te quiero más que a mi nombre,
más que al aire y que a mi suerte,
más que a mi fe y la fuente de donde fluye,
te quiero más que a mi muerte,
y por ceñirme con tu corona la frente,
antes que negarte
prefiero que arda mi sangre en el rastrojo del valle,
que mi epitafio sea el viento
y el humo el rostro de mi recuerdo.
De los sillones inquisitoriales ya se borran
las canas malvadas, las arrugas depravadas,
las cejas escépticas, las lenguas sarcásticas,
todos los jueces pasto de la gula de los gusanos,
de la lujuria de la muerte,
de la pereza de los huesos y la ira de las calaveras.
Diré: me anochecieron, me madrugaron.  
     
             
                                                                                                                             

lunes, 16 de febrero de 2015

BULLITT


Dichoso Bullitt de helada sangre, voz de cubitos y ojos invernales. Es capaz de sudar carámbanos. Tiene la piel anfibiana, nervios de pedernal y un aspecto linfático y apático que disimula su deslizamiento de anguila y esa sutileza de lagartija que se escurre por el resquicio de la menor ocasión. Con razón me decía Sally que desconfiara de los tipos resecos y recomidos, parecen pulidos por el odio, hambrientos de muerte, limados de pura maldad, concentrados de rencor y resquemor. Pero pese a su distante frialdad y aunque la opinión pública lo halague, a causa de su constante roce con el hampa, a Bullitt acaba por salpicarle la sangre de la violencia; empantanados en el mismo cieno, el policía y el delincuente chapalean en la misma charca, se abrazan en la muerte unánime. No hay diferencia entre ellos y nosotros. Aunque parecemos distintos, bailamos la misma danza.

                                
  
Por su culpa aquí me veo, entusiasta y pesimista, padeciendo en manga corta hawaiana el relente nocturno de Frisco y esta humedad más fría que la caricia de una puta, debido a mi hipotensión y al nivel del mar al abismo de un mareo, y trasegando un perrito caliente después de que él haya alternado en un restaurante de postín, con la vista fija en la ardiente ventana de su dormitorio, aún lamentando que me haya abandonado la golfa de Sally y temiendo que en esta ciudad tan liberal me aborde algún joven sensible en busca de comprensión, mientras que tras los visillos ese maldito Bullitt se refocila con su morena castaña de bandera izada. Aún no he superado que me deje una mujer que no tiene más opción que hacer la calle. Ahora que están regando el asfalto me la imagino a estas horas desprendiéndose con la ducha de las huellas del último cliente. Me consuela que de un momento a otro una llamada interrumpirá la faena de Bullitt. Espero que Dick cumpla con la suya y en estos momentos esté liquidando a ese traidor de Johnny Ross en el hotel Daniels.

                   

Gracias a mi seguimiento de Bullitt he avisado a Dick de que esta noche no le toca turno de vigilancia en el hotel, es la mejor coyuntura para hacerlo. Cuando haya perdido al testigo protegido, Bullitt, hasta ahora favorito de la fortuna, caerá del pedestal en que lo tienen la prensa y el público. Y me he librado de presenciar el asesinato de Ross, me repugna asistir a la efusión de sangre, y que pare este maldito viento de una vez. Ya que no hay aparcamiento, debería haberme quedado en doble fila, en el interior del convertible, pero quizá hubiera llamado la atención.
Y a un salto de mi corazón la luz del dormitorio de Bullitt se transmite a la ventana de abajo, han debido avisarle de que acaban de ejecutar a Ross. Y no bien lo veo precipitarse escaleras abajo –ya impecable en su jersey negro de cuello vuelto, americana de mezclilla y tejanos de rodeo-, me desparramo hacia mi convertible de tercera mano, doy un traspiés y a contrapié mi pie derecho zancadillea al izquierdo, desmadejado me abrazo a un semáforo, se me parte el puente de las gafas, y con la miopía desnuda, ciego de furor, tras intentar forzar la puerta de otro auto, doy con el mío, arranco y logro seguir la estela de gases del Mustang de Bullitt porque sé la dirección del hotel Daniels. Es un hostal de tercera donde esperaban que Ross pasara desapercibido, ya que les consta que en los lujosos tenemos oídos en la moqueta y ojos en los espejos.

                  

Chalmes, el político que según nuestro confidente le ha encomendado la misión a Bullitt, no podrá presentar a la comisión del Senado a su testigo estrella y con su cólera derretirá los ojos de hielo azulino sin cejas ni pestañas de mi bestia blanca. Degradado, Bullitt acabará por hacer la patrulla y detener a prostitutas como Sally. Los dos harían buena pareja, a mí que me deje a su castaña.
En el trayecto, y a pesar de que hasta este semáforo no me he puesto las lentillas de emergencia, apenas he atropellado a un motorista y embestido a una furgoneta mal aparcada. A la puerta del hotel ya se ha concentrado un parque de ambulancias y coches de policía, los agudos de las sirenas rasgan el silencio de la noche y los pilotos deslumbran la curiosidad de los vecinos. Salgo a por noticias. Del vestíbulo asoma Delgetti, el colega de Bullitt, junto con la camilla donde yace su compañero, el que estaba de guardia con Ross. Espero que esté fiambre; cierro los ojos para evitar el horror de la visión de las heridas. Un poeta como yo no debe mancharse ni la mirada de sangre.

                                

Al poco ha aparecido la camilla de Ross, y entre los periodistas se rumorea que solo está malherido. Ese Dick está perdiendo facultades, ya le advertí al Jefe que pese a su aspecto glacial y mirada letal ahora falla incluso con su rifle de cazador de elefantes. Ni la vileza ni la ruindad garantizan exacta puntería. He visto que Bullitt subía a la ambulancia con su colega herido, más que para confortarlo, a fin de sonsacarle la descripción de Dick; con su inhumano temple, no le repugnará la sangre. El conserje se guardará de identificar a nadie de los nuestros. Desde una cabina llamo al Jefe y me ordena dirigirme al hospital para ayudar a Dick a rematar su trabajo.

                                    

En la puerta automática de urgencias atisbo un reflejo astillado de mi oronda silueta, blanda de ondulante grasa, y me pregunto por qué mi corpulenta prestancia va a ser menos cool que esa sabandija de Bullitt. Resollando de ansiedad remoloneo a la escucha de noticias. Oigo rumores de que el policía se va a recuperar y de que el estado de Ross no pasa de ser muy grave. No encuentro un asiento libre, sin café ni comida –la cantina está cerrada- voy a desmayarme, y solo me recobro con la indignación de ver que una enfermera le trae un refrigerio a Bullitt. Pero pronto le va a mudar la suerte: a través del pasillo se acerca Chalmes, encorvado de ira, la furia le encrespa el pelo de camello del abrigo. Se detiene frente a Bullitt, que ha dejado de comer. Hablan sin gestos, parecen serenos, pero están hipnotizados de mutuo odio, filamentos eléctricos se tienden entre sus miradas. Los ojos de Bullitt parecen de serpiente, ¡ese tipo me da grima!
Veo que el amigo Dick ha llegado, al menos su atuendo respetable y edad provecta le valdrán la confianza de las enfermeras y con la excusa de ser un familiar podrá acceder a la habitación de Ross y rematarlo con la lezna que porta en la pantorrilla. Salgo a estacionar el coche en la salida de atrás, donde tengo orden de esperarlo. Soy el rey del volante, ¡si Bullitt nos persigue lo perderé arriba y abajo por las rampas y toboganes de las calles de Frisco, al ritmo del toma y daca que a Sally tanto le gustaba en el sofá!       
             
                                    
             
                                                                                                                                 

lunes, 9 de febrero de 2015

HORIZONTES DE GRANDEZA (THE BIG COUNTRY)


Ves que junto a una rubia etérea (Carroll Baker) a través de esa llanura propicia al cinemascope Gregory Peck, de bombín, guía un coche de dos alazanes, y que cuatro rufianes, mugrientos de incurables resacas, se interponen en su camino, y cuando él frena ella le arrebata las riendas y cerca de atropellar a los truhanes los deja atrás y acelera por la planicie oceánica, trepidante, pero los cuatro los persiguen en sus monturas, los alcanzan y, adelantándolos, en plena carrera se entregan a burlonas cabriolas y acrobacias de irrisión que Peck, forastero, toma por homenajes de bienvenida, hasta que, para escarnecimiento de la rubia, quienes resultan los hermanos Hannassey detienen el coche y se mofan de la etiqueta del foráneo, que en pacífico afán priva del rifle a su compañera, entre carcajadas lo despojan del bombín, le hacen bajar del pescante y desde los caballos lo enlazan y lacean, y de él tiran y tironean en direcciones contrarias ante la impotente y ruborizada ira de su prometida. Y en tu butaca piensas que así es como te sientes cada día que amanece encendiéndose con la colilla del anterior –alba que se prende con triste estrella-, te ves igual que Gregory Peck en esa escena, atado y maniatado en tu desvencijada mesa de gacetillero del único periódico de una ciudad mesetaria, burlado por un destino que en las ruinas de tu vida caligrafía las grietas del fracaso.

                                   

No te concentras en la película porque has llegado tarde con tal de evitar el NODO y la ciega sala vira como una noria. Cierras los ojos hasta que se te pase un mareo parecido al que soportaste casi las cinco horas de autobús a Madrid. Después de enseñar en la taquilla del Palacio de la Música la trémula invitación al estreno de Horizontes de Grandeza que por error, burla o piedad llegó a la redacción, un acomodador te ha alumbrado el rumbo errático, y en la fila has hecho levantarse a dos fantasmas y pisado a tu vecino, un bigotes relumbrante de hebillas y entorchados, que ha mascullado: “Maricón”.
Por un momento temes que el olor a coñac inunde la platea y que todas las luces se hayan prendido para ubicarte y expulsarte del local. Abres los ojos y en la oscuridad deslumbrante ves la belleza grácil y pueril de una delicada morena cuyos convulsos rasgos parecen obra de un escultor genial, y te parece estar soñando con Marta, el perdido amor de tu vida, la única con la que has sido infiel a tu esposa, y que por culpa de tu cobardía y de que en tu país (Big Country) es ilegal el divorcio, partió de tu ciudad llevándose consigo toda esperanza, como si fuera a casarse con un afortunado doble tuyo que se quedara con toda tu felicidad porque la mereciera más que tú. Naturalmente, no es ella la que ves en la pantalla, sino Jean Simmons, con la que guarda parecido, igual que el voraz orgullo y la intransigencia de la rubia –la prometida de Peck- la asocia con tu esposa, por no hablar de la fascinación de ambas por sus padres, víctimas del complejo de Electra.

                  

No logras olvidar olvidar la noche de la partida de Marta: un cielo como el lomo de un toro con las banderillas arrancadas, las camisas azules de los falangistas de farra, la luz cadavérica del andén, su figura de lirio que se disolvía en la bruma del humo, el intercambio a escondidas de los regalos de despedida, la rosa roja con un soneto escrito en un papel plegado al tallo a cambio del pintalabios cromado que en su cumpleaños le habías regalado del estraperlo y que a falta de otra cosa te dejó como recuerdo. Siempre lo llevas contigo. Como un talismán o un órgano más de tu cuerpo palpas el frio de la barra de labios en el bolsillo del pantalón; sueles guardarlo en el del pecho izquierdo. Aunque quieres que termine cuanto antes o más bien que no se acabe nunca y pasar el resto de tu vida admirándola en el cine con la petaca de coñac a mano, se prolonga la escena de Jean Simmons. La corteja con brutal torpeza el primogénito de los cuatro patanes que han maltratado a Peck. Al parecer ella es maestra y propietaria de unos terrenos que por el agua para el ganado resultan estratégicos y son anhelados por los dos terratenientes del país, el mayor Terrill, padre de la susodicha rubia, y Rufus Hannassey, progenitor de los cuatro hermanos.

                   

Aunque ya ha concluido la secuencia de Jean Simmons, el recuerdo de Marta te ha ensartado el corazón con un punzón de hielo que en el orificio de la herida se te derrite, y para anestesiarte das otro trago a la petaca. Recordando cómo empezaste a beber después de que ella se fuera, apenas te fijas en la escena siguiente, situada en el rancho de los Terrill, donde Peck ha venido a instalarse antes de su boda, y te avergüenzas reconociendo que te has mantenido en una ligera borrachera sostenida durante este año y medio, la cual, sin contar hoy, solo se te escapó de las manos el día que por un conocido común supiste que Marta se había casado en París con un exiliado que escribía para el cine.
Para dejar de beber esperabas que la suerte te compensara con la aceptación de alguno de los guiones que como mensajes embotellados desde la isla de los muertos remitías a las productoras, pero tus aspiraciones de dejar de ser un modesto crítico de cine se han estrellado contra el invisible muro del silencio. Ojalá en vez de abismarte en la nostalgia del amor perdido, el alcohol te infundiera valor para desertar de tu matrimonio en bancarrota y huir a París; algo se está urdiendo en el cine francés y te encantaría participar de ello. Con tu esquizofrénica economía, mientras que tu suegro le abre a tu mujer cuentas sin tasa en los comercios más lujosos de la ciudad, tendrías que invertir en los pasajes el total de tu magro sueldo. Mientras asistes a la conversación que Peck mantiene con su adusto y glacial suegro (Charles Bickford), encuentras similitudes con el tuyo. De hecho el mayor Terrill parece un cacique de tu tiempo y también cataliza en su favor los sentimientos de sus subordinados, cree que su tierra es la mejor del mundo por ser suya y odia tan visceralmente a su competidor, Rufus Hannassey, que ansía su exterminio. La expedición de castigo que emprende Terrill contra los Hannassey te recuerda la partida que a la caza de los últimos maquis en la sierra organizara tu suegro. En su compañía te sientes tan incómodo como Peck con el suyo; cuando habla de política callas, pero hasta tus silencios provocan suspicacias.

                  

A Peck el ambiente del rancho le resulta igual de hostil que a ti, que en una ciudad de mentalidad tan estrecha como sus calles (Horizontes de Grandeza), a veces te parece que a los lados los muros se acercan hasta comprimirte, o que te oprime un cielo de zinc que de un momento a otro se te caerá encima; incluso te falta el aire, inhalado por voraces curas y disminuido por las campanadas que aletean como cuervos. Hasta tus huesos se desesperan anticipando el incómodo reencuentro con los tapizados de felpa y cretona de tus muebles, con el cojo sillón club del casino, con la mesa desportillada de la redacción. Lo cual te recuerda que tendrás que pergeñar una crítica de la película con la habitual retórica hueca, huera, campanuda, que te exige el redactor jefe. Te fijas en cómo ignora Peck los retos y trampas que le tiende el capataz del rancho, interpretado por Charlton Heston, que desdeñándolo por haberse dejado avasallar por los Hannassey lo ha invitado a montar al indómito Viejo Trueno.

                 

Al siguiente trago tu indeseable vecino se agacha y, frunciendo el bigote con una sonrisa sardónica, en la palma de la mano te ofrece algo que se te ha debido caer al extraer la petaca: un cromado lápiz de labios. Lo coges, tartamudo de gratitud, y él se vuelve a su acompañante: “Maricón, te lo dije”. Estás acostumbrado tanto al desprecio de la chabacana élite como a la desconfianza resentida de los obreros o los jornaleros, los camaradas de tu padre. Ojalá nunca le hubieras hecho caso cuando en la verbena te mandó corresponder a las miradas de la hija del cacique sacándola a bailar un pasodoble. Tu padre podría haber incorporado a cualquiera de los subalternos del rancho de los Terrill, como ese mexicano, Bedoya, que recuerdas de El Tesoro de Sierra Madre. Igual que a los personajes de ésta, a ti y a los tuyos os deslumbró el oro de tu familia política. Llegaste a delirar con la utopía de que tu suegro te financiara una película.

                           

Ahora el maestro Wyler realiza un montaje alterno entre la doma en solitario –con el único testimonio del mexicano- a que como improvisado cowboy Peck somete a Viejo Trueno, y la expedición punitiva de los hombres de Terrill, encabezados por el capataz Heston y el propio mayor, contra el poblado de los Hannassey. Así, con expresivo contraste opone Wyler la valentía alérgica al lucimiento del ex marinero, a la cobardía de quienes entre veinte apalean a tres; el esfuerzo de la voluntad individual que por espíritu de superación se impone al caballo, a la exhibición en público de un terror que en una escalada de violencia solo generará más terror.
Pero por mucho que compares tu soledad e incomprensión con la de Peck, tan despreciado por su prometida como tú por tu consorte, sabes que careces de su temple, seguridad y confianza en sí mismo, y que sin su talla moral y monolítica perseverancia, ni tú ni tu hígado podréis resistir mucho tiempo. ¿Qué chupatintas vendrá en tu lugar al Palacio de la Música cuando llegue traspapelada a la redacción la siguiente invitación a algún estreno? Quizá tú mismo, puede que gracias a tu afición al cine te recuperes; no deberías quejarte, ya que te dedicas a lo que más te gusta. Solo que por culpa de Jean Simmons, que ahora reaparece en la secuencia de la fiesta de compromiso y vuelve a recordarte a Marta, el cine no te va a servir, como al público, de evasión. Vuelve a clavársete el punzón y recurres al coñac para cauterizar la herida.

                  

Has dado un trago más largo que la bocanada de un ahogado. A través de una niebla móvil ves que, reajustándose, en el baile de la fiesta al menos momentáneamente se han reunido las parejas adecuadas: la rubia con el capataz, Jean Simmons con Gregory Peck. La música se descompone en un pasodoble. Gira la sala como la noria de cierta verbena. Oscilan las figuras de la pantalla, como desenfocadas. Con un extraño ademán el bigotes levita en la penumbra y te tiende un sobre que rasgas con nerviosa expectación: del interior algo cae al suelo, de otro sobre interior extraes una cuartilla donde lees en francés una oferta de trabajo de Cahiers du Cinema, la noria se ha detenido contigo en lo más alto y de luces arde el Sena, pero una parte de ti que va creciendo no se alegra sino que obtiene la triste convicción de que incluso en sueños no dejo de hablarte yo, la voz de la culpa, la manía de acusarte a ti mismo que te implantaron los curas, y que como una tara hereditaria te acompañará toda la vida.
Abres los ojos: el bigotes ahora te recoge del suelo una rosa disecada, con un papelito atado al tallo en el que reconoces tu letra y debajo otra nueva, de Marta, Marta, Marta. “Maricón de mierda”.       
                   
             
                                                                                                                                

lunes, 2 de febrero de 2015

BEAU GESTE


                  

No encuentro ese zafiro por ninguna parte. Su legendario brillo deslumbra los primeros recuerdos de mi niñez y quizá por eso siempre he comparado con su belleza, fulgor y pureza el amor que nos tenemos los tres hermanos Geste; parece que Beau y Digby aciertan cuando se burlan de mis inquietudes poéticas. Se diría que en la crisis familiares el benjamín es el menos llamado a resolverlas, pero como si se tratase de mis derechos sucesorios me niego a renunciar a mi cuota de participación en esto; no les voy a dejar a esos dos todo el mérito. Aunque igual que sus nocturnos al piano el amor a mi prima Isabel me encanta en un hechizo paralizante, no me resigno a ser el pasivo protagonista de una novela romántica: prefiero las de aventuras coloniales. ¿Acaso no somos los Geste como los Tres Mosqueteros, uno para todos y todos para uno? La responsabilidad ha de compartirse y… maldita sea, tampoco está en el secreter.
Desde que nos acogió la tía Patricia, hermana de nuestro disoluto padre adoptivo, gracias a su amor de madre nuestra infancia y juventud han transcurrido aquí en Brandon Abbas con la dorada pereza, el sereno esplendor de una mañana de primavera, hasta que anoche estalló en nuestras vidas una tormenta de Gólgota. Mientras en el Refugio del Cura la tía a instancias de Beau nos enseñaba el zafiro Agua Azul, valorado en 30.000 libras –según el supersticioso Digby una fortuna desafortunada, ya que ha acarreado la desgracia de sus sucesivos dueños-, tras un relámpago de oscuridad apareció vacío el forro de terciopelo carmesí que en el estuche de tafilete alojaba la piedra. Descartando a Isabel, a la tía, al ruin primo Augustus (una especie de D’Artagnan al revés), al que Digby no tardó en cachear, y desde luego que a mí, resultaba evidente que los culpables serían Beau o Digby. Pero incluso cuando sabíamos que uno de los tres Geste seríamos un ladrón, no se diluyó nuestro afecto; quien lo hubiera hecho, habría tenido un motivo noble.
De todos modos los filósofos dicen que de lo malo no puede salir lo bueno, así que revolcándome en los bandazos y sacudidas del insomnio esta noche me ha parecido que en vez de una tormenta sobre Brandon Abbas se cernía el ala de la muerte, y he saltado de la cama con la esperanza de que en el apagón Augustus ocultara el zafiro en algún escondite para recuperarlo más tarde… ¡Tampoco está en el arcón! Mi pulso aumenta al ritmo de unos pasos que se acercan por el corredor, y temo que el insomne me crea culpable: la tía nos ha dado hasta mañana de plazo para reponer el zafiro antes de recurrir a la policía. Pero quizá quien viene sea el ladrón.
Entra Digby, y en la serena desesperación de sus ojos no encuentro culpa ni sospecha. Me enseña una carta con la letra de Beau en la que se confiesa culpable. Sin poder resistir el parecido del color del Agua Azul con sus ojos, afirma habérselo llevado para no tenerlo que compartir con nosotros dos y se despide burlón. Aunque en parte la codicia sea cuestión de magnetismo, me niego a creerlo.

                  
                            
En cuanto leyó la carta de Beau, John coincidió conmigo en que nuestro hermano mayor se autoinculpaba para protegernos a los dos; era impensable que alguien tan generoso nos privara del último resto de la fortuna que la salud de nuestro benefactor aún no le ha permitido dilapidar. La paradoja era que sosteniendo tal cosa, sin saberlo John se echaba la culpa: si Beau y yo éramos inocentes, solo él podía ser el ladrón. Así que para solidarizarme con Beau, acompañarlo en la aventura y descargar de apuros a John, que tiene más futuro y amor que perder, no tardé en imitar a Beau y seguir sus pasos. Era evidente que había ido a alistarse en La Legión Extranjera, el mito de nuestra infancia y escenario donde contra un fondo de dunas, murallas y caravanas se proyectaban nuestros sueños y se desenvolvía la ficción de nuestros juegos.
Así que en la mesa del desayuno el bueno de John encontraría una carta hermana de la que Beau me había dejado en la almohada: me atribuí el robo del Agua Azul. Solidarios en la infamia, aquel delito parecía un raro privilegio o galardón que todos quisiéramos ostentar, los Geste somos así. Alcancé a Beau en Marsella, donde nos alistamos con nombres falsos y fuimos embarcados a Marruecos. Hasta entonces todo aún parecía otro de nuestros juegos, el más perfeccionado de todos.
Nos destinaron a Saida, un emplazamiento del Sahara donde los reclutas hacen la instrucción. Y a las dos semanas no nos sorprendimos de encontrar en la fila de novatos a un lindo joven barbilampiño de ojos vivos y sonrisa socarrona: nuestro entrañable John. A través de medio mundo, desde las brumas del norte al sol del sur, su instinto fraterno había seguido nuestras huellas. Ya se habían reunido los Tres Mosqueteros. Y sin embargo, al verlo en fila a órdenes del vil sargento Markov, tuve unos de mis pálpitos. Había algo inadecuado en la proximidad entre la gentil delicadeza de John y la crueldad cruda y grosera del sargento, el oído musical de nuestro benjamín no debía exponerse a los impactos de los insultos del sargento, el vuelo de la imaginación de mi hermano parecía incompatible con el pedestre rigor ordenancista de Markov, que sospecho sea una coartada para su sadismo.
En la cantina celebramos el encuentro con varias rondas. Por supuesto John también reivindicó la autoría del robo. A lo largo de las siguientes semanas cumplimos nuestra instrucción, con la única novedad de que cierta noche Beau sorprendió a Razimov, un enano con risa de hiena, intentando robarle mientras dormía. Su contenida reacción me confirmó que no llevaba encima el Agua Azul. Lo más preocupante es que sospecho que Razimov sea un soplón de Markov y puede que nos haya oído hablar del zafiro. Hemos pasado unos días felices; hasta ahora todo este caso ha parecido una excusa para realizar nuestras fantasías de formar filas en La Legión Extranjera.
Esta mañana entramos en acción y han empezado los problemas: el dichoso Markov nos ha separado. Mientras que Beau y John han sido destinados al fuerte de Zinderneuf, yo parto ahora en otro contingente para relevar a la guarnición de Tocotu. Cerca de la puerta me vuelvo y al ver la sonrisa de despedida que Beau me dedica para infundirme valor y confianza, con el brillo de zafiro de sus ojos me acomete la fatal intuición de que pronto cumpliré con su deseo de ser enterrado según el rito vikingo, a bordo de un barco en llamas a la deriva y con un perro muerto a los pies. Pero me engaño, por suerte solo será un presagio inducido por ese zafiro gafe: en medio del Sahara no parece fácil flotar en ninguna parte.
Pero dado el caso Markov sí haría el papel de perro.

                   

No puedo permitir que por mi culpa John encuentre su tumba en estas arenas del Sahara; me temo que en vez de su héroe acabaré siendo su verdugo, para protegerlo ojalá pudiera guardarlo aunque fuera en el estuche del zafiro. Tres semanas de aislamiento y de exposición al sol de la locura han convertido los barracones en un manicomio y el fuerte en una caldera del infierno; incluso tenemos nuestro demonio: el sargento Markov. Por las almenas se pasea la muerte como un ratero por la casbah, sustrayendo lo más valioso de los hombres.
Primero los alaridos del mortífero delirio de Nixon afilaron los nervios de todos. Luego fue el regreso de los desertores, Renoir y Swartz, que traídos por los beduinos parecían alucinados por el hambre y la sed, ya que habían despreciado el fuerte fueron condenados por Markov a volver sin agua ni víveres al horno del desierto, y al salir me dieron la impresión de arrastrar los cadáveres que pronto serían. Me pesaba la responsabilidad de que John tuviera que asistir a tales infamias. Y el mazazo fatal fue la muerte por malaria del teniente Martin, que dejaba el mando en las impías garras de Markov, ya dueño de nuestra vida y nuestra muerte.
En los barracones se declaró la fiebre del motín. De los cincuenta solo dejamos de contagiarnos un tal Maris, John y yo; los Geste tenemos una sola palabra y se la prestamos a Francia, por indigno que fuera su representante. Con nuestro apoyo y el de Razimov, una sanguijuela que se filtra por todas las oportunidades, el sargento ha sofocado la rebelión. Lo que no me esperaba es que Markov me exigiera la entrega del zafiro. ¿Cómo le habrá llegado el eco de su robo?
También se le ha ocurrido que John y yo fusiláramos a los cabecillas de la revuelta, pero a eso sí nos hemos negado: nuestro deber no consiste en impartir su injusticia. Como en las novelas de aventuras que tanto le gustan a John, ha resuelto la situación un oportuno ataque masivo de los tuaregs. Nunca hubiera imaginado cuánto tendría que agradecerle al enemigo, porque al necesitar a todos los hombres Markov ha tenido que aplazar el castigo y ordenar repartir rifles y municiones.
Y apostados entre las almenas del fuerte, encorvados contra nuestro destino, acabamos de rechazar el primer ataque de las tribus; he visto que John, como la mayoría, está ileso, su trémula sonrisa ha intentado tranquilizarme. Nuestra esperanza finca en que lleguen a tiempo refuerzos de Tocotu, Digby entre ellos. Si no, abrazaremos la muerte en estas almenas y saciaremos el hambre de los buitres, John incluido…
Al menos, experto en crueldades y catador de sangre, Markov es un militar competente. Enajenado por la lucha pero inspirado por el peligro como un poeta por el vino, acierta en las órdenes y en todas las decisiones, espolea a cada hombre y es tan eficiente que una multitud de Markovs parece evolucionar por el fuerte. Aun así encomienda las posiciones más peligrosas a sus enemigos personales. Si no quisiera sonsacarme sobre el Agua Azul, le encantaría que alguna bala tuareg me encontrara un corazón que solo teme por John.
Puede que después de todo el zafiro sea falso, pero mi cariño por John, por Digby, es auténtico.      
             
            
                   
                                                                                            

miércoles, 28 de enero de 2015

LAS DOS SEÑORAS CARROLL



Si bien la eclosión de la carrera de Bogart en el Hollywood de los años treinta y cuarenta se debe en buena medida a sus aportaciones en el rol de villano en algunos de los mejores films de gangsters rodados por la Warner BROS –me refiero a cintas de la talla de Balas o Votos, Los violentos años 20, Invisible Stripes, Ángeles con caras sucias, La mujer marcada o por poner un último ejemplo la obra que rescató del anonimato el griego rostro del mito como fue la teatral El bosque petrificado-, el estrellato absoluto fue alcanzado por el neoyorquino tras filmar la obra maestra de Raoul Walsh El último refugio que alzó al nuevo astro del firmamento del Hollywood al Olimpo de los Dioses para no abandonarlo nunca más hasta la triste y temprana muerte del mito acontecida en la mitad de los años cincuenta. 

En buena medida, la consagración que el éxito de crítica y público conlleva suele derivar en una cierta sensación de encasillamiento por parte de los actores en un cierto tipo de papeles que el público asocia sin reflexión a un determinado perfil de interpretación. Ello pudo ser el motivo que incitó al bueno de Bogart a aceptar el papel de cónyuge con tendencia a practicar perversos juegos de amor y muerte con sus parejas en esta magnífica película de suspense de reminiscencias góticas que responde al título de Las dos señoras Carroll. La cinta fue producida por la Warner a finales de los años cuarenta, otorgando la responsabilidad del proyecto a un semidesconocido director de la casa de virtudes artesanales como Peter Godfrey, pero contando con el aliciente de emparejar a dos auténticas leyendas vivas aún en época de reluciente esplendor – si bien la Stanwyck comenzaba a afrontar los seminales caminos del crepúsculo de los dioses- por primera vez en pantalla: Bogart por un lado y la siempre atractiva y ya mencionada Barbara Stanwyck por el otro.

                  

No cabe duda que no es el argumento el principal punto fuerte que ostenta la cinta, puesto que el mismo puede ser etiquetado sin oscilaciones como sumamente convencional. Así, la película narra la historia de Geoffrey Carroll (Humphrey Bogart), un pintor de escaso éxito obsesionado con el poder y el dinero que en un viaje en busca de la inspiración ausente conocerá a una bella e ingenua joven llamada Sally (Barbara Stanwyck) que permitirá aflorar en el áspero artista no solo la iluminación perseguida sino igualmente el descubrimiento de un nuevo amor. Sin embargo, un obstáculo aleja a la pareja: la entrega de una carta a Geoffrey remitida por su esposa que obligará al retratista a declarar su estado civil así como la existencia de una pequeña hija fruto de su matrimonio a su inexperta enamorada. No obstante, Geoffrey revelará a Sally el estado enfermizo de su cónyuge, hecho que ha atormentado su existencia desde la manifestación de los padecimientos que sufre su doliente esposa.

Pero de repente, la esposa de Geoffrey fallecerá de forma súbita, justo en el momento en el que el artista culminó el retrato que estaba pintando para inmortalizar el rostro de su consorte. Este hecho allanará el camino para la celebración del matrimonio entre Geoffrey y Sally. Así, junto a la pequeña infante del pintor llamada Beatrice, la nueva feliz pareja iniciará una próspera vida en una mansión campestre alejada del mundanal ruido. 

Sin embargo la rutina, el carácter indómito y atormentado de Geoffrey, así como la aparición de la bella y caprichosa heredera Cecily -una dama artificial perteneciente a la alta sociedad que desea a toda costa ser retratada por el aclamado creador-, provocará que los instintos primarios y sexuales del aparentemente apaciguado pintor asomen de nuevo a la luz, exponiendo de este modo el perfil de un psicópata asesino que empleará el arsénico dispensado por su socio de fechorías como instrumento otorgador de divorcios. Sin duda un cambio de actitud extravagante que estimulará las sospechas de Sally acerca de la verdadera personalidad que se esconde tras la tranquila apariencia que exterioriza su esposo.

                   

De este pequeño resumen de la trama que moldea la espina dorsal del film, se deduce que la cinta presenta radicales nexos de conexión con algunas de las mejores cintas de suspense gótico propagadas en el Hollywood dorado. En este sentido, resulta fácil recordar argumentos en los que un oscuro marido trataba de enloquecer a su confiada esposa para obtener fines lucrativos, tal como sucedía en Luz de agoniza o en Sospecha. Pero igualmente Las dos señoras Carroll comparte línea de abstracción en el sentido de perfilar a un marido obsesionado con el arte poseedor de brotes psicóticos que martiriza a su noble esposa en el ambiente opresor de una casa aislada de todo símbolo de compañía, como por ejemplo se desencadenaba en la magnífica Secreto tras la puerta del genial cineasta alemán Fritz Lang. 

¿Cuáles son por tanto las bondades de una película que explota un recurso empleado hasta la saciedad en algunas de las mejores y más recordadas películas de la época clásica? Creo que el punto más elogiable que posee el film es sin duda su carácter de film maldito y oculto. Y es que es desde el desconocimiento conceptual y casi por ende argumental, el mejor modo de disfrutar en toda su plenitud de esta pequeña gran película. En mi caso personal he de resaltar que acudí a mi cita con la película con las expectativas bastante bajas, puesto que había escuchado bastantes apostillas negativas acerca de las cualidades innatas de las que gozaba el film. Como por ejemplo que era una mala copia de Luz de gas. U otros comentarios que despuntaban la carencia de química que se advierte en la pareja protagonista o por culminar con un último apunte, la falta de personalidad que ostenta el film por el hecho de haber sido dirigido por un artesano sin fuego en sus manos y con pretensiones de mimetizar su producto con las más inimitables joyas forjadas por Sir Alfred Hitchcock. 

Quizás también sea un paraje para la afloración de ondas de negatividad el giro absoluto que personifica el papel de Bogart como deplorable enajenado homicida. No me cabe duda que esta vuelta de tuerca resultará chocante para los fans del genio neoyorquino, muy acostumbrados a contemplar a su ídolo en papeles de anti-héroe en los que a pesar de perfilar algún que otro retrato maléfico, siempre existía al final un hueco para le redención. Esta redención no existe en absoluto en el Geoffrey de Las dos señoras Carroll y puede ser por tanto un aspecto que genere espanto en aquellos aficionados que sólo deseen visualizar a su héroe en medio de intrépidas aventuras en plena lucha contra lo inmoralmente establecido.

                   

Como ya he comentado anteriormente, la mejor forma de disfrutar de este clásico es desde la total ausencia de prejuicios y aseveraciones tanto positivas como destructoras de expectativas. Y es que Las dos señoras Carroll no deja de ser uno de esos productos realizados en los años cuarenta por los grandes estudios de Hollywood que tenían como objetivo principal buscar el entretenimiento del público que acudía en masa a las salas (no fue el caso particular que nos ocupa, ya que este fue uno de los mayores batacazos en taquilla del bueno de Bogie), fabricando para ello una película sumamente elegante desde el punto de vista formal que hace gala de un ritmo trepidante que prefiere dar relevancia a la emanación de suspense en lugar de hacer descansar su propuesta en la minuciosa descripción psicológica de los personajes, combinando pues a la perfección pequeñas gotas de melodrama clásico tintados con esa negrura marca de la casa de estilo noir. 

Desde el punto de vista interpretativo resaltar la esquizofrénica representación de un Bogart que da síntomas de no hallarse cómodo dentro del traje que está obligado a vestir en la película. Incomodidad que beneficiará finalmente al personaje en esos últimos diez minutos en los que el pintor esbozado por la estrella desatará sus instintos psicópatas, quitándose pues el traje de bondadoso marido que triunfa en la primera parte eminentemente melodramática que define al film. Y es que sin duda la aparición vampírica al más puro estilo Bela Lugosi de la que hace gala Bogart en la escena final resultará impagable por su extravagancia y rareza. Por otro lado la Stanwyck cumple el expediente sin problemas en un papel de mujer torturada por sus circunstancias amorosas que se asemeja someramente a los encargos más afinados perfilados por la legendaria actriz en sus personajes más recordados.

Nos hallamos pues ante una película que sin ser merecedora de pasar a la historia del cine como uno de los mejores thrillers producidos en los años cuarenta, si que desprende ese halo de misterio, pulcritud y buen hacer técnico que denotan las magníficas producciones puestas en relieve por los grandes estudios estadounidenses a lo largo de las décadas de los treinta y cuarenta. Ese cine en lo que lo difícil se convertía en algo sencillo gracias a la pericia de los profesionales que se dejaron la piel en estos primerizos años para convertir al cine en el arte más grande jamás creado.


Autor: Rubén Redondo.

lunes, 26 de enero de 2015

LA HEREDERA



Venida de una tierra tan remota, de una brumosa costa que ya me parece otro mundo, otro tiempo, esta ciudad intensa, infinita, me recibe como a una hija pródiga. Pero siento que otra versión de mí misma nunca ha salido de aquí, de Nueva York, como si cada noche de exilio hubiera soñado con sus calles o consumido mis vigilias en hojear grabados de sus avenidas o leer relatos que en ella transcurrieran, de Melville, Poe, Hawthorne o Henry James. Mis pasos de sonámbula me han traído a esta opulenta plaza, Washington Square, que esta mañana se despereza como una ennoblecida cortesana que engalanada con las flores del parque y frecuentada por prósperos vecinos se sabe favorita de la fortuna.
Pese a que mis ropas parecerán exóticas a jubilados y doncellas, paso desapercibida. Me llama la atención la casa número 16; aunque parece convencional, me imanta con una atracción irresistible, como si en ella hubiera vivido una amiga medio olvidada de la infancia o yo misma hubiera residido allí en otra vida. Quizá solo sea que la recuerdo de alguno de aquellos grabados o relatos. Me dirijo hacia ella, voy tan ligera que a mi paso las hojas no crujen ni despegan las palomas.

                                    

Se trata de una pulida mansión de tres plantas hermanada con el resto. En la fachada de ladrillo enlucida de estuco, entre tres ventanas ojivales –en la de la derecha un cartel anuncia con letras góticas: Se Vende- se abre una barnizada puerta con ábaco, a la que se accede a través de una verja de hierro colado, una breve escalera con la balaustrada de piedra –también a su derecha los parterres de raquíticas rosas rojas y un magnolio-, y un diminuto pórtico de frontón sostenido por sendas columnas laminadas. Algo me impele a esa puerta con el interés de una factible compradora, me guía un instinto de propietaria.
Siento que del otro lado de la puerta la realidad aún se intensifica por la trascendencia de algo que allí ocurriera, tan crucial que incluso habrá repercutido en mi destino; que en esos umbrales las grávidas sombras y el silencio insomne se estratifican con el espesor de haber albergado actos irreparables; y que tras esas ventanas fluctúa el aire clausurado, denso, proclive a sustentar fantasmas, de las casas encantadas. Aunque gracias a la calidad de sus materiales y a un cuidado mantenimiento la casa se mantiene en buen estado, sin duda se halla deshabitada. Todas sus ventanas están ciegas y su soledad exhibe el precario orgullo, el histerismo apenas contenido de los amantes abandonados. Aunque debería recurrir a la inmobiliaria responsable, dado que la verja está entornada, cedo al impulso de subir y admiro el aldabón de bronce y los apliques de hierro de la puerta de roble. Para mi sorpresa, al empujarla se abre silenciosamente; han debido descuidarse en su última visita. Antes de acceder al interior me vuelvo a mirar el parque y la acera, temerosa de haber llamado la atención de alguien.

                   

Nadie repara en mí; ni siquiera un transeúnte de luto que no resbala la mirada del magnolio. Entro y cierro por dentro. Tenía razón: en el olor a cerrado pesa un misterio, con el polvo parece adensarse una sensación de pesadumbre. Apenas iluminan el vestíbulo una penumbra de cortinas de raso y la media luz de los visillos orientados al patio interior. No me muevo para captar alguna reverberación o repercusión de lo que aquí ocurrió. Por un instante me ha parecido que un sombrero de copa o un bastón aguardaban en el laqueado perchero, incluso que un par de guantes de gamuza dormían en la mesita de nogal, pero solo se trataba del juego de las sombras con mi imaginación.

                    

No me explico que mis tacones no hayan percutido sobre las losas de mármol con figuras hexagonales, ahora que piso la alfombra persa de laberíntica trama. Al fin ocurre: de la sala abierta a un lado de la escalera me llega el perdido eco de las notas de un clavicordio acompañando a una dulce y bien modulada voz masculina que canta sobre la fugacidad del amor. Esos sones me dejan fría, como una estatua de hielo me quedo en el vestíbulo, de algún modo noto que también mi presencia enfría la penumbra apolillada; aunque está oscuro, debería perfilarme en el mal bruñido espejo. Cuando ya achacaba la canción a una alucinación sonora, del comedor fluye una ráfaga de espectrales repiqueteos de cubiertos y tazas sobre la que distingo la misma voz que cantaba y empiezo a licuarme en la media luz. Es una voz cálida y luminosa, que puede reptar como la seda y prestar abrigo de terciopelo, fresca y ardiente, intensa y apasionada como una sonata que su dueño tocara en el clavicordio que no he visto pero que me consta añora a tal intérprete en la sala, una voz diáfana, prometedora como una flor que se abre, persuasiva, rica en registros, que como el hilo de un carrete se extiende y recoge, se ovilla y desovilla devanando una explicación sobre sus dudosos medios de vida y una justificación de sus limitadas expectativas profesionales.

                    

Y luego la voz suena más cercana y vibrante, como si la trajera el viento, casi percibo que sus auras me cosquillean en el oído o que una miríada de gotitas de saliva me escarchan el cuello, resuena tan bella como si reverberara de una caja de música, fina, atractiva, firme, fresca, emocionante, entrañable; al lograr fijarme en lo que dice advierto que está intentando convencer a alguien, será una doncella, de que se rebele contra su padre –que no debió confiar en sus perspectivas vitales-, pero sin romper con él para que no la desherede, la anima a ser valiente, le declara su amor incondicional, luego sigue un silencio de nieve o más bien de sol que solo puede responder a un beso y yo sigo derritiéndome, y por último una solicitud de matrimonio en toda regla.
A flor del agua del espejo ha subido un agraciado rostro de simétricas patillas que enmarcan unos ojos plenos, voraces, magnéticos, que todo lo miran como si su dueño fuera a morirse o más bien como si viniera de la muerte, como si se estuviera despidiendo de todo pero nunca se fuera a olvidar de nada, como si esperase a alguien que supiera que no va a venir o tal vez fuera él quien no piensa volver nunca, una mirada que quizá es la que me ha arrastrado hasta aquí, y antes de apreciar sus pómulos apasionados o los labios diseñados para un beso eterno, vuelve a hundirse como un ahogado en las aguas oscuras del azogue. La voz y el rostro me inspiran sentimientos opuestos: algo maravilloso y mezquino, misterioso y subterráneo, profundo y angosto, como el túnel de un pozo o una tumba.
Del comedor –que sin saber cómo identifico pese a la puerta entrecerrada- llega un aliento de coñac y un rastro de habano entreverado con un nostálgico perfume masculino que evoca pinos y eucaliptos, un bosque donde refugiarse de la lluvia o revolcarse en la hierba, hasta que el pinar se inflama en llamas, huele a quemado y el primer trueno retiembla en la médula de la casa. Me siento confusa; humilde y a la vez furiosa, transparente de ausencia, desgraciada y feliz, o más bien apaciguada, repudiada por la esperanza, desesperadamente tranquila, desengañada y regocijada, encorvada contra el pasado pero vindicada por mí misma. Se opaca la macilenta luz y las primeras gotas detonan en las ventanas del patio, se matan contra ellas. Procedente de allí, de las caballerizas, vuelve a resonar la voz insinuante e insidiosa proponiendo –supongo que a la doncella de antes- una fuga romántica. Ofrece venir a recogerla en coche, pernoctar en una posada -y las ráfagas acribillan el patio-, y una luna de miel en Albany.

                   

De las sombras de la sala viene una corriente húmeda, un soplo gélido, como si en algún rincón alguien agonizase, una nebulosa que me hace desviar la vista al niño con el dogo retratado al óleo, pero no tengo más remedio que escuchar unos cuchicheos de mujeres y el subsiguiente silencio, un silencio primero de esperanza, luego de espera, de ansia, de impaciencia, la falsa ilusión de un coche que pasa de largo, y después otro silencio que ya es de sospecha, de viento, de miedo, de desolación, de muerte, el reloj dando la hora como el último clavo de un ataúd, y por fin el primer gemido que por algún motivo repito, solidaria con el dolor del amor traicionado.

                                     

Me adelanto hasta la sala y me adapto al asiento de caoba donde hilando la trama de su soledad la joven abandonada habrá bordado escenas de su desengaño en el bastidor de la soltería resignada. Puede que haya recién fallecido, anciana, tras haber disipado el resto de sus años en esta casa, ahora puesta a la venta por codiciosos sobrinos. Y ya vuelve la voz masculina, ahora más madura pero también trémula, empañada, con nudos de duda en el hilo de seda, su terciopelo ya está gastado y tiene quemaduras de cigarrillo, suena rasgada, más fría, apagada y oscura, como cenicienta, atiplada y suplicante. Intuyo que tras un paréntesis vuelve a dirigirse a la aún joven sentada donde yo ahora, se disculpa con la excusa de que aquella noche no vino por su bien, para que su ya difunto padre no la desheredara y no perdiera lo que le pertenecía, y argumenta que ahora que son libres pueden consumar su destino, y conforme ella se va ablandando y da señales de perdonarlo, la voz se va limpiando, caldeando y abriendo, y en una segunda primavera vuelve a florecer de promesas, hasta que ella acaba por aceptar, y de nuevo acuerdan que él la recogerá en otro coche que a través de la fuga que años atrás no efectuaron los lleve a la felicidad eterna.

                  

Y tras un corto intervalo ahora el coche sí se detiene puntual, oigo el taconeo de unas botas en los peldaños de la entrada y el primer campanilleo en la puerta, siguen dos más impacientes, perentorios, luego tres aldabonazos, y al final desesperadas llamadas como si quisiera que le abrieran las puertas del paraíso, mientras yo prolongo mi labor de bordado, salvo que la puerta acaba por dar paso a un coro de voces, se encienden las bujías de la lámpara, y asoma un espigado canoso que identifico como el empleado de la inmobiliaria, precediendo al atildado matrimonio de posibles compradores, y  los tres miran el bastidor y cuando el primero se refiere a la chimenea de pórfido que bosteza a mis espaldas, con tranquilo horror comprendo que sus miradas me traspasan y que no han visto a ninguna intemporal dama que borde humilde y a la vez furiosa, transparente de ausencia, desgraciada y feliz, o más bien apaciguada, repudiada por toda esperanza, desesperadamente tranquila, desengañada y regocijada, encorvada contra el pasado pero vindicada por sí misma.       
                   
     
                                             
                                             

lunes, 19 de enero de 2015

LA HIJA DE RYAN



Como besos se imprimen las huellas en la arena, la piel de la playa. Del interior el viento blanco acarrea el aroma de los pinos, de los pastos y la turba; desde el mar una brisa de raudas sombras de nubes a la deriva trae el del yodo y otro dulzón y a la vez salino, carnoso, sexual, de anémonas y algas putrefactas. No sabía que los espíritus tuvieran olfato. Lo digo porque a través de estas diáfanas panorámicas en escope sobre una playa irlandesa donde la trémula luz virginal, de nácar, de la mañana se deja penetrar por un frío punzante que la vuelve neta, nítida, concreta, con una confianza y esplendor radiantes, me parece sobrevolar sobre estos riscos y acantilados hirvientes de espuma. Sospecho que soy un espectro, tal vez el fantasma de Robert Mitchum que en algún mundo paralelo haya vuelto al rodaje de La Hija de Ryan. Quizá haya venido a tomarme venganza por haber tenido que incorporar a un personaje tan inocente y pusilánime, vacilante, casi impotente, después de haber dado vida al predicador de La Noche del Cazador o al psicópata de Cape Fear.
Lo cierto es que estas tomas en lontananza del mar turquesa jalonado de espuma, estos planos a vista de gaviota de la playa amarilla transmiten cierto pálpito de inmensidad, una intuición de eternidad, una especie de cósmico sentimiento de plenitud y libertad, un estado de contemplación e íntima comprensión del mundo, una esférica sabiduría o sentimiento de conformidad con la vida, una adecuación a la naturaleza, que por un instante me hacen creer que Dios existe y tiene un gusto exquisito, o más bien que si Dios existiera y se dedicase al cine sería el omnipotente David Lean. Un creador con todos los medios a su alcance y el talento para merecerlo. Una mirada milagrosa, alguien capaz de convertirse en un invisible ojo que todo lo ve.

                 

Pero ésa no es la cuestión, sino la metamorfosis que he sufrido para integrarme en su película y, succionado por ella como un espectador que hubiera sido abducido por la pantalla, irrumpir en el que parecía clausurado mundo de la ficción. Ya dudo de ser el fantasma de Robert Mitchum. En todo caso esta sensación de estar en La Hija de Ryan no es producto de un sueño, ni siquiera del exceso del whisky que evocan los efluvios de turba. Tampoco me ha acaparado los sentidos la realidad virtual de ningún sofisticado vídeo juego, ni me he ido de vacaciones a Irlanda. Pero aquí estoy, transparentado en los tornasoles del aire y en las irisaciones del mar, sustanciado en las ondas lumínicas, en los nimbos y en los estratos que se ondulan a través del rumor de guijarros y de las dunas que naufragan en la laguna. Descartando ya estar relacionado con un triunfador como Mitchum, encuentro una hipótesis más factible: identificado con las vicisitudes conyugales de Charles Saughnessy, su personaje, soy el fantasma de éste, dada además la inexplicable complacencia que me inunda al ver de lejos la grácil e infantil figura de mi esposa y ex alumna, Rose, en compañía del Padre Collins, el airado y generoso cura del pueblo.

                                        

Me acerco a ellos por los aires y distingo que con un guante calado la pizpireta sostiene una presumida sombrilla blanca con flecos de encaje negro sobre su sombrero ornado con flores, sobre el juego de sus guedejas rojo castaño con el viento, y la enfurruñada cara moteada de pecas y con facciones delicadas. Como una niña traviesa, ignora los consejos del sacerdote. Cuando llego a su altura ganas me dan de darle al Padre la razón en lo peligroso que es soñar y en que la desocupación es la madre de todos los vicios, ya que las románticas ensoñaciones de Rose, que pronto se casará conmigo, la llevarán a engañarme con un mayor del ejército inglés. Pero he perdido la facultad del habla y ellos me ignoran, quizás porque no debería estar aquí: aún no ha llegado el autobús que me traerá de mis vacaciones en Dublín.
Por supuesto soy transparente, invisible para Rose y el cura, que en la arena van dejando sus huellas mientras que yo levito, como si fuese un fantoche de la fantasía, tejido con la misma niebla que los fantasmas de mis celos, las figuras imaginarias que de la propia Rose y del mayor en vibrante espejismo por la playa hacia la mitad de la cinta veré levitar guapos y galantes, fluyendo en otra dimensión, las gasas de ella flotantes a los sones de la Quinta de Beethoven, como si danzaran –entonces sería la Séptima- a cámara lenta, hasta que me alcancen a orillas de la charca pero sin verme como ahora no me ven ella ni el sacerdote, y como regalo de enamorados él extraerá de la arena una caracola coralina muy parecida a la que poco después, ajustando a la realidad aquel desvarío de mis celos y confirmando mi fatal intuición, entre la ropa interior de ella hallaré oculta en el cajón intermedio de la cómoda del dormitorio.

                 

El Padre Collins y ella siguen discutiendo. Y lo más curioso es que contrapunteando las palabras del Padre y de Rose, los jadeos de las olas y el aliento del viento, percibo la música de Maurice Jarre, como mariposas de colores revuelan sus notas sobre los cabrilleos del mar. Me sorprenden la levedad con que resbala el tiempo sobre mi ausencia presente y la facilidad con que me desplazo. Sin embargo, no quiero moverme de esta idílica playa, no me apetece volver al ceñudo y arisco pueblo sin nombre –apenas dos hileras de tétricas casas jorobadas o hemipléjicas-, habitado por broncos celtas capaces de lo mejor y lo peor –pero sobre todo de lo peor-, de lo sublime y lo miserable –pero sobre todo de lo miserable-, y cuya zafia e infantil idiosincrasia y retraso ancestral son representados por Michael, el idiota del pueblo, aunque su cojera también lo identifica con los traumas bélicos del mayor británico, el que le pone los cuernos a mi versión carnal, prefiero quedarme porque además el personaje –yo mismo mientras vivía- ya llega en el autobús y como fantasma suyo, de modo opuesto al espectro de Mitchum que creía ser, me reconozco emocionado en este quincuagenario profesor recio y vulnerable, viril y sensible, especie de soltero noble e inviolable que con su maleta de cartón y desgarbado traje arrastra el abandono y la resignación de los solitarios, en calidad de fantasma suyo está mal que yo lo diga pero me admiran su cabal serenidad y la honradez sin atenuantes que se traslucen de sus rasgos como tallados en roble.

                   

A su lado Rose es la típica alumna permeable y curiosa, pero también ya prematura mujer porque lo quiere, más allá del carisma de todo maestro, lo ama, sus ojos color mar de amanecer de verano relucen con la esperanza del amor y la cristalización de su deseo como en un brillo de lágrimas. Será por eso que Lean ha arrancado la escena con otro remoto plano general de la playa que en su cósmica plenitud signifique el alcance del amor, una panorámica que en su inmensidad traduzca el ansia de libertad de Rose, lo infinito de sus ciegas esperanzas y sueños sin nombre, sus difusas aspiraciones y anhelos que ahora concentra en el amor a su maestro, un paisaje que represente tanto la perspectiva de sus ilusiones como las promesas del futuro, cuyo cumplimiento ella exigirá a la vida con el egoísmo del que se cree distinto. A ella le rueda por la arena el pretencioso sombrero y él le cuenta sobre su visita de carácter cultural a la capital. Caminan en sentido contrario a las huellas de ella -que ha ido a recibirlo a la carretera-, y en ellas se adivinan su ligereza y expectación de gacela. En la playa estallan las olas de la pasión. Después de alabarse mutuamente, Rose ha de disimular su emoción con la excusa de que la ha cegado una partícula que procede del pasado, de la estación de tren donde un jueves de treinta años atrás al comienzo de Breve Encuentro bajo la forma del carbonilla aterrizaba en el ojo de Celia Johnson. Ella llega a insinuarle sus sentimientos, pero Charles, incrédulo de su fortuna, aparenta ignorarlo y se encamina a la taberna del padre de Rose, Mr. Ryan.

                

Me niego a acompañarlo a tan umbríos umbrales, que en el futuro solo se iluminarán al relámpago de la pasión que electrizará al mayor y a Rose (en el fondo por eso detesto el local), ni deseo el trato con Ryan, porque más allá del natural aborrecimiento al suegro se trata de un personaje poco recomendable, un delator y aspirante a padre incestuoso, un tipejo de lengua solo menos larga que la mano, y vuelvo a quedarme con Rose, que ahora adapta sus delicados pies a las huellas del número 44 que su amado ha dejado en la arena. Yo sé que la marea del tiempo borrará las huellas paralelas de ambos.
En otra vertiginosa, totalizadora toma general, ahora sobre la loma de la escuela, al ocaso sangra el sol de su virginidad y vemos a Rose entrar al aula a esperar a Charles (acabo de caer en que es tocayo de otro cornudo célebre, el marido de Madame Bovary), que no tardará en llegar de la taberna de su padre, trayendo un eco de los apasionados debates sobre la guerra entre Alemania y el invasor inglés. Modesto, él cree que ha venido a ayudarlo a deshacer el equipaje, y no a declarase entre las súplicas del viento y de las gaviotas, y antes de aceptar su amor le advierte de las limitaciones de la vida que puede ofrecerle, de las cíclicas rutinas y de la ronda de tareas y el peso de tantas horas disecadas que como esposa de un maestro rural tendrá que arrostrar. Viéndola tan atractiva, reniego del pudibundo Charles y físicamente reacciono de tal modo que llego a cuestionar mi condición espectral.
Y una vez más se abre otro gran plano de pájaro sobre la playa en relación con los sueños de Rose, ya traicionados tras su matrimonio, lo cual nos retrotrae al último, desenfocado, plano general sobre el río Kwai –igualmente  a vista de pájaro-, que a otra escala también nos muestra lo precario de cualquier proyecto, el fin de pesadilla de todas las quiméricas esperanzas de los hombres, la destrucción a que están abocadas todas sus ambiciones, en este caso la ilusión del coronel Nicholson de perpetuarse en el puente. Ahora Rose se precipita por la playa encorvada contra su existencia de casada, se aleja de su hogar frustrada de aburrimiento, furiosa por la traición que han sufrido sus esperanzas de algo que ni siquiera ella sabe. Lo único que  tiene claro es que esperaba otra cosa. El Padre Collins le amonesta por haber alimentado a la insaciable bestia de los deseos. Y el cura vuelve a llevar razón, es mejor no tener la cabeza a pájaros, de modo que de la pantalla salto, en vez de a la fama como Robert Mitchum –allá se las componga Charles con sus cuernos-, al sillón donde recapacito en que atribuyo excesiva relevancia a la ficción y a la hora de escribir un post me concentro demasiado en la película y me identifico en exceso con los personajes y las situaciones. Al punto de llegar a creerme en el interior del film.
La verdad es que desde Agosto no visito la playa. Aunque entonces aún estaba casado y quizás compartiera los problemas que pesan en el pensamiento de Charles o algunas de las preocupaciones erizadas sobre su cabeza.