sábado, 9 de junio de 2012

EL ÚLTIMO ABRAZO

Al final la bomba de hidrógeno que en el banco parecía de estallido tan inevitable como la del “Teléfono rojo” de Kubrick, se redujo a los fuegos de artificio que en su selecto almuerzo bebieron los directivos bajo la especie de copas de cava, mientras nosotros nos licuábamos a base de refrescos de cola. De momento, todo se ha limitado a una reducción de menos del treinta por ciento de nuestro sueldo; pero aunque el jefe incluso desalentara la venganza de los consejeros contra los cajeros después del bollo que Pepe les hizo en el Audi, me temo que no se han molestado en ejecutarla porque saben inminente el cierre de la sucursal.

Al menos desde ahora no tendré que trabajar por las tardes; ya que ningún moroso se deja intimidar por mis demasiado alambicadas amenazas, el director ha preferido ahorrar los gastos de teléfono. De modo que hoy he aprovechado para visitar de incógnito el estudio donde mamá y mi hermana emiten su programa de radio, para hacerme pasar ante los demás por un prosélito anónimo, porque parece que la popularidad de mamá se está mitigando y su estrella se apaga como la de Juan Nadie cuando se desgañita justificándose en vano ante una multitud que ruge su decepción bajo la lluvia mientras los agitadores lo calumnian y hasta los micrófonos se le averían.


La emisora retransmite desde la undécima planta de un tullido edificio de las afueras, apuntalado hasta el cuarto piso por unas vigas como muletas que le eviten la declaración de ruina. Me subió a las alturas un ascensor de jaula enrejada tan precario como el montacargas que al final de “El Manantial” sube en éxtasis a Patricia Neal en una ascensión hacia el orgasmo por el fálico rascacielos en cuya cima la espera en contrapicado Gary Cooper el arquitecto, salvo que a quien me encontré fue a una anciana en bata y con rulos, lo cual en todo caso preferí a que ningún arquitecto larguirucho me elevara a éxtasis alguno porque tengo gustos completamente opuestos a los de Patricia Neal.


Acaso la emisora se había ubicado en aquel palomar para difundir a los cuatro vientos sus precarias ondas que, impregnadas de publicidad como de grisáceas cagarrutas de paloma, mancillen las mentes de los radioescuchas. Sin placa o indicación alguna, hallé abierta la única puerta del sobreático, tan descuadernada como si la hubieran forzado, pero solo era que estaba decrépita, y me deslicé, por algún motivo de puntillas como James Mason haciendo de espía bajo el nombre en clave de Cicerón, a través de un corredor en penumbra olorosa a cocido de Lavapiés, temiendo que de un momento a otro desembocaría en un recoleto salón donde una familia salida del imaginario de Berlanga o Fellini me enfocaría con sus pupilas por encima de la cuchara humeante, las servilletas a cuadros anudadas al cuello y con el telediario a toda voz.

Pero he aquí que en la tiniebla se destilaron nueve notas de una música más terrorífica que el “Dies irae” de “El Séptimo Sello” y me dejaron aturdido: los primeros acordes de órgano de la “Tocata y Fuga” de Bach. Recordando que aquella era la sintonía del programa, perdí toda esperanza de que me mordiera la nuez ninguna mujer vampiro, y por fin desemboqué en el estudio.


Con su voz de moqueta recién pasada la aspiradora, saludaba mi hermana a la audiencia, y a su vez mi madre me saludó con la mano; le sonreían los ojos con la felicidad de quien logra –aunque tardíamente– consumar su talento, y me mordió el trasero el alacrán amarillento de la envidia. Mi hermano habría sentido lo mismo al escribir su primer relato o refundar la CNT, por no hablar del diseño de sus programas cibernéticos.

Salvo la clásica pecera coronada por un piloto verde, en cuyo interior subía y bajaba el volumen de la música un barbudo organista virtual, en aquel habitáculo nadie más que ellas dos se acodaba en aquella mesa que parecía de pingpong sin red, ante sendos micrófonos idénticos a berenjenas. Los auriculares y la expectación en la cara las asemejaban a pilotos de bombarderos aguardando la orden de lanzarse en picado.


Como nadie llamaba, mi hermana repetía los números de teléfono entre Johan y Sebastian, y ya se agitaba mi madre como un delantero centro impaciente; quizá los oyentes detectaran el repiqueteo en la mesa de sus uñas de águila. El barbudo hizo un aspaviento y, menos fúnebre, Bach pareció retirarse a engendrar en el lecho de Ana Magdalena un vigésimo cuarto músico: ¡había una llamada!, según anunció la voz, ahora de campanillas, de mi hermana, mientras se empurpuraban de emoción las mejillas que mamá conserva tersas a base de mantener dos minutos al día la cabeza incrustada en el congelador.

En efecto, una voz que no me pareció del todo desconocida, preguntó por la suerte que le esperaba en su nuevo trabajo. Impostándola como grave y nasal quizá gracias a un pañuelo, no podía ocultar al fondo un tonillo chillón, como una ristra de latas arrastradas por el tonto del pueblo. ¿Quién podía ser?

El guiño de mi hermana me delató que quien había llamado no era sino mi cuñado. A espaldas de nuestra madre se habría aliado con él para que haciéndose pasar por un oyente acallara las protestas del jefe de emisiones, que amenazaba con despedirlas por falta de llamadas. Tembló con verosimilitud la voz del farsante suplicando por una prosperidad que no tardaría en augurarle mi madre, barajando un tarot parecido a los bonos del ferrocarril que Bette Davis le roba a su marido en “La loba”, urgida que estaba por mi hermana a dar solo noticias optimistas que alentaran a llamar a más gente. Al fin se decidió a poner bocarriba la carta del destino: el ahorcado.

Ambas desorbitaron los ojos y el barbudo tuvo que traer de vuelta a Johan Sebastian a medio terminar su faena conyugal. Mi hermana le hizo a mamá un ademán disuasorio de la sinceridad, bien para no perder otro micrófono en su discontinuo currículum o bien para no empavorecer a su muy supersticioso esposo, que había llamado confiado en que allí solo se preveían bodas, cruceros o herencias inesperadas. Y he aquí que mamá se encogió de hombros e, incapaz de traicionar su conciencia profesional, como aquel Mr. Memory, el sabelotodo del music hall capaz de contestar a lo que le cuestionase el público, que al final de “Treinta y nueve escalones” respondía a lo que le preguntaba la policía aun a costa de su vida, le advirtió al llamante que un día de estos, al despertar, se encontraría en la cama con una cabeza decapitada de caballo, al modo de “El Padrino”. ¿Habría ella reconocido la voz del miserable –en el sentido de infeliz– y también conocía su flamante ingreso en la mafia?


La señal discontinua de la línea dando señal de comunicar sonorizó el pulso desbocado de los tres –los cuatro, si contamos a mi cuñado, que acaso había colgado tan horrorizado como Barbara Stanwyck al final de aquella obra maestra de Anatole Litvak, “Sorry, wrong number”, durante la que la inválida protagonista descuelga –para llamar o contestar- cuarenta y tres veces el teléfono en apenas ochenta y ocho minutos.


Mientras mamá aún disertaba, como delectándose, sobre el aciago destino que le esperaba a su yerno, mi hermana y yo nos miramos como los hermanos de “La Noche del Cazador” mientras se les acerca ese predicador psicópata que es Robert Mitchum, ella con el temor y yo con la esperanza de que su esposo y cuñado mío hubiera cortado la comunicación porque la desgracia ya se le hubiera desatado encima. Después de todo, no sé a qué venían tantas alharacas: todos los fracasados sabemos que el destino propio no solo hay que aceptarlo, sino abrazarlo como Burt Lancaster a Yvonne de Carlo antes de que Dan Duryea los acribille al final de “El abrazo de la muerte”.






UNA DE ROMANOS


Fasto día para ese doble del malicioso Peter Ustinov que es Lorenzo, el de la mesa de al lado en el banco, y nefasto para los demás, porque ayer, para que viniéramos adecentados, el director nos anunció –como César arengando a los centuriones–, la visita de dos consejeros llegados de la metrópoli para pasar revista a las legiones –sucursales– acantonadas en la provincia; y eso daba a Lorenzo pábulo para elaborar todo tipo de oráculos –infundios– que según las teorías de Galeno le bajaran la tensión.


Llegó a inventar que –como un general derrotado por los bárbaros ha de excusarse ante el senado– el jefe justificaría nuestra falta de liquidez con la coartada de sucesivos atracos que la mafia (piratas fenicios venidos de Sicilia) nos había obligado a silenciar, y evocaba yo la aséptica eficiencia con que E.G. Robinson o Sterling Hayden (no el músico) manipulan las ametralladoras según el plan concebido durante años a la sombra por un cerebro casi siempre germánico, minuciosamente repasado en humosos apartamentos al brillo de las botellas y de los revólveres, cuando un frenazo procedente de la calle me privó de mis delirios cinéfilos.


Observamos por el ventanal que como en un choque de cuadrigas el Renault de Pepe, el cajero, embestía el morro del fúnebre Audi que intentaba aparcar en frente. Las puertas se abrieron con violencia y, con la actitud de un tribuno de la plebe contradiciendo a los patricios, Pepe se puso a discutir con un par de maduros repeinados, ataviados como para una boda, hasta con sendos pañuelos asomando por el bolsillo de las túnicas, digo americanas. Gritaban los tres, sin seguir la retórica ciceroniana, y manoteaban de momento al aire, pero ya tan cerca entre sí que en cualquier momento podrían rozarse, ante la expectación de algunos viandantes ávidos de que se derramara la primera sangre en el circo.

María, el amor platónico de Pepe y compañera de la caja, salió blasfemando a los dioses, saltó a la calle como un gladiador a la arena y, ya antes de alcanzarlos, se puso a increpar a aquel par de pijos. Lorenzo empezó a contarme que no era cierto que Pepe viniera del dentista, sino que había estado de juerga –haciendo libaciones a los dioses, pensé–, por supuesto sin dejar de engañar a María con alguna hetaira, y con la resaca no podía ni conducir.

Al rato se aplacaron los ánimos, y mientras los implicados se daban los datos del seguro tan ceñudos como si se intercambiaran las tarjetas acordando un duelo para el amanecer, María volvía a su puesto, como buena egiptóloga que es, mascullando para tranquilizarse los nombres de los faraones de todas las dinastías. Al poco cruzó Pepe, espasmódica la cara, y tras dejar pasar a un camión los otros lo siguieron al paso de cristianos perseguidos por leones, lo alcanzaron, y él se detuvo con la boca abierta al verlos pulsar el botón de la puerta. Con una risa neroniana resoplándome por las narices, les abrí y los tres se quedaron tan inmóviles como en Shakespeare o en Mankiewicz, Casio vacilante ante las estatuas de Julio César y Pompeyo, hasta que el jefe se les acercó, bien aceitadas las bisagras de la cadera, como adorando a Júpiter: los dos trajeados eran los consejeros delegados. La otra ventanilla también estaba desierta: sin haber pasado de Amenofis, María parecía trastear en los cajones de abajo deseando que la succionaran las arenas movedizas del Sinaí. Entró un vejestorio reclamando a voces que la vajilla que le habíamos regalado a cambio de domiciliar la pensión estaba tan resquebrajada como la confianza en el sistema financiero. Y tenía razón: ¿qué clase de banco somos? Mereceríamos la intervención, la nacionalización, un atraco, que nos presida Rato o los tres hermanos Marx siguiendo la doctrina del cuarto: Karl.


Pasada la hora de comer, proseguía el cónclave (la fumata blanca parecía más difícil que en “Las Sandalias del Pescador”), y ninguno nos atrevíamos a cerrar por si a la vuelta nos encontrábamos la puerta precintada, según vaticinaba Lorenzo con la gravedad de un augur que del vientre de una oca desentraña una catástrofe inminente. La verdad es que entretanto yo estaba encantado de seguir avanzando a través de “Yo, Claudio” (¿se ha notado que la estoy leyendo?), de Robert Graves, el autor que escribía best sellers históricos para permitirse el lujo de ser un gran poeta. Como una sibila, ahora Lorenzo parecía poseído por el arrebato de la adivinación, y los cajeros se miraban como Romeo y Julieta antes de envenenarse al alimón en una versión ligeramente variada.


Por su parte, a causa de algún motivo misterioso, los tres directivos iban con tanta frecuencia al lavabo que varias veces tuvo alguno que esperar en la misma puerta a que otro saliera, y hubo una vez en que fueron los dos visitantes quienes hubieron de esperar, enjugándose la frente con los ya menos ornamentales pañuelos, y como no se atrevían a conspirar delante nuestra ni sabían quién de los dos iba primero, irrumpieron adentro, a un grito de sorpresa del jefe, a seguir deliberando a tres bandas.

De tanto en tanto salía éste, más blanco que nuestra hoja de beneficios, a consultarnos algún dato. Como portentos o presagios de los idus de marzo, relampagueaban las pantallas de los ordenadores; la impresora alumbraba informes delirantes con la tinta desvaída, y hasta Lorenzo calló para buscar las ofertas de empleo del periódico y descubrir que ya es una sección extinguida de la prensa.

De vez en cuando se oían voces y bufidos de adentro; nunca del director. Nos gorjeaban los estómagos, el mío de contento porque, trasegadas cien páginas, ya había llegado a la parte en que el pobre Cla-claudio era un joven que tartamudeaba menos y albergaba la ilusión de llegar a ser historiador, y Pepe salió a comprar hamburguesas para todos, con la esperanza inviable de congraciarse con los consejeros.

Si, refundada por él la CNT, hubiera pasado mi hermano y nos hubiera visto trabajando a aquellas horas, cual moderno Espartaco habría cumplido su sueño de quemar una sucursal bancaria con Craso –mejor Creso, tratándose de un banco– (Lawrence Olivier) adentro. No habría comprendido lo que aquella jornada parecía representar –sobre todo cuando compartiéramos las hamburguesas, la solidaridad entre el capital y el trabajo, todos conjurados como Catilina contra la tormenta de los tiempos, remando codo a codo en un trirreme a los golpes de tambor del liberto de turno.


Pulsó el botón un cliente extemporáneo vestido de smoking, que resultó un camarero empujando un carrito cubierto del mantel de hilo de un restaurante de lujo y con una campana de cristal a modo de cúpula de protección. Camino del despacho, pasó delante nuestra sin saludar, con aires de César ante la plebe, dejándonos una estela de apetitosos aromas e ilusiones de justicia social perdidas, nuestras narices virtualmente aplastadas como las de los niños pobres de Dickens contra aquel escaparate donde resplandecían los cubiletes de plata con botellas color oro y pirámides de caviar. Desde una bandeja se agitaron las pinzas del cangrejo de la envidia, también el bichito del hambre. ¿Cuándo llegarían las hamburguesas?

Cerrando una novela que –al estilo aquéllas con o sin ketchup– pertenecía a “las letras de lectura rápida”, me vi tan absorbido por ella que solo podía pensar en términos romanos: igual que pasa con la comida rápida o ciertas series de televisión o extraterrestres demasiado fisgones, aquella obra me había abducido. Antes de volver a abrir el libro, incluso pensé que, como tarde o temprano se refiere más o menos accidentalmente en todas las películas y novelas de romanos y dado que en el presente apocalipsis estamos en el año cero, cualquier día María y Pepe tendrían un hijo maravilloso y se irían a Egipto de luna de miel.

miércoles, 6 de junio de 2012

LA TRISTEZA TIENE FORMA DE SONATA

Prendo la radio para animarme con los vaticinios de “La pitonisa Casandra”, pseudónimo clásico que le inventé a mi madre y ella ha adoptado sin saber que se lo atribuí en previsión de que sus razonables consejos espirituales a los oyentes pronto degenerarán en profecías de destrucción que no dejarán de cumplirse: caeremos como Casandra vaticinó a Troya, solo que nuestra ruina carecerá del esplendor de aquélla, y también víctimas de un engaño tan vil como el del caballo de madera. Es lo que pasa con los rescates financieros, que pareciendo una ayuda, en sí mismos acarrean el desastre, como el vientre del caballo albergaba a los griegos.

Pero ya que el dial no está en su sitio, por desgracia se desatan, como la lluvia sobre olvidadas lápidas, los primeros acordes de mi, no obstante, predilecta sonata para piano, la opus no sé cuantos en si bemol mayor de Schubert –música diegética, “in”, en este post, una obra de tristeza tan aniquiladora que podría haber provocado la dimisión de un faraón o hasta de algún presidente de cualquier consejo del poder judicial.


Ya estaba yo lo bastante perplejo ante mi vida, como Nanouk el esquimal ante Las Hurdes de Buñuel, cuestionándome qué (no) hago en la vida, qué esquiva cola persigo con este blog y hasta planteándome abandonarlo, resignado a nunca lacear como en “Hatari” ese maravilloso animal imaginario o mitológico (¿quimera o unicornio?) que ni siquiera he visto nunca ni sé si existe, porque lo único que hago es malbaratar mi tiempo mientras que el día peor pensado mi hermano publicará su primer libro de relatos, Bonny and Clyde atracarán el banco y frustrados de no hallar ni un chavo me ametrallarán, o mi cuñado, enriquecido gracias al mafioso, comprará el rosáceo Tiepolo de sus sueños frunciendo la barba de plata sin lustrar en una carcajada de escarnio.



Pero buscando una respuesta –un rastro de ese animal extinguido cuyo colmillo (o cuerno) mágico pudiera salvarme–, ya tarareaba el Septeto de Mendhelsson el feliz (su padre era millonario, y él genial y se llamaba Félix), esperando que de un momento a otro, como sabe cualquier maníaco depresivo novato, su euforia me transmitiera el típico ramalazo de exaltación –tan intenso como volátil-, cuando he puesto la radio y de entre todas las músicas del mundo –que diría Rick en el bar de Rick– ha tenido que ser Schubert, y de entre los cientos de obras –inacabadas– de Schubert, ha tenido que ser esta sonata, y de entre todas las sonatas completas o incompletas de Schubert ha tenido que ser la en si bemol mayor, y no la voz de mi madre, la que me hablara con sus líquidas notas de lluvia triste, las últimas gotas de ginebra y lágrimas repiqueteando en el vaso de Rick, que acuesta la cabeza en el brazo porque Elsa ha vuelto comprometida con un aburrido activista y con la Resistencia. Pero tócala otra vez, YouTube:


Sí, tristemente llueve, y tengo una gotera en los frescos –de Tiepolo?– del cielorraso del fastuoso palacio de mi fantasía (esto es, el sótano de mi obnubilación), que acabará por obligarme a salir a la intemperie, a calarme de realidad bajo el diluvio de nuestro tiempo.

¿Acaso lo único que he perseguido con cada nuevo post no ha sido sino eso, apresar el tiempo, placarlo como un defensa irlandés hace con un medio volante inglés, interceptar su paso que entre pañales y créditos denegados se me escurre de entre los dedos, se me escapa como un cliente insolvente y sin avalista al que haga cinco años le hayamos concedido una hipoteca por el doble del valor real del piso gracias a un genial tasador con quien hubiéramos repartido la comisión?

Pero he aquí que, avanzado el primer movimiento, cuando con una emoción que ni Proust logra explicar respecto a la sonata de Vinteuil–Cesar Franck, se repite el tema inicial con el inesperado énfasis de la resignación, resulta que de tanto llorar en el hombro de Franz –ese gordito simpático, pero con gafitas empañadas de melancolía, del que todo dios se pitorreaba–, compruebo que la tristeza de esta música tiene la facultad de consolarme gracias al mal sentimiento de alegrarme de que incluso en la alegre Viena hubiera alguien más desolado (es decir, inteligente) que yo, justamente aquel pícnico Mr. Pickwick de la música que uno hubiera esperado un barriguita feliz, y sin embargo hubo de sufrir la sordidez de la incomprensión, los remordimientos de la sífilis, y conformarse con el privilegio de haber compuesto, entre otras muchas, la maravilla que sigo escuchando.



En todo caso sigue atormentándome mi enemigo invisible, ese espía doble del demonio imposible de desenmascarar que se me ha infiltrado en el pensamiento y cuyos mensajes solo puedo descifrar bajo el código de la tristeza. Desde luego, no se trata del temor a que mi suegro vaya a desvelar el tropiezo que el otro día tuvimos en el lupanar de lujo, pues una consigna de silencio enmudece a cuantos se reconocen en sitios así.

Cada vez estoy más convencido de que lo que me atenaza es la imposibilidad de detener el tiempo, ni siquiera hechizándolo en el sortilegio cíclico de mis rutinas, viendo una y otra vez las mismas películas –donde los personajes no envejecen– y leyendo los mismos libros –cuyos argumentos llegan a parecer inevitables–, escribiendo post como éste –en los que no pasa nada, con frases inacabables sin apenas verbos ni por ende acción–, desayunando un minuto antes y acostándome un minuto después que todos los días, sin usar reloj ni mirar los calendarios, eterno decepcionado de que se incumpla mi necesidad de que nada cambie nunca, y nadie nazca ni muera jamás –ni siquiera mi suegro–, simulando ante mí mismo no haberme pinchado con el muelle del tresillo para no tener que tirarlo y traer otro intruso, pero sin poder dejar de admitir que la sonata galopa hacia el final porque el tiempo es el lienzo de la música.

¿Se deberá a un efecto retardado de la revisión de Dublineses? Me asomo a la ventana y veo que, tal y como han dejado de anunciar los periódicos, no está nevando. Un joven tan pálido que podría pasar por Julián Sorel pasea de la mano de una chica mayor que él (la señora Renal?). Para colmo anoche, a la luz de los comentarios de Lampedusa sobre Stendhal, mis teorías sobre el último se me desmenuzaron entre los dedos como un pagaré fuera de plazo.

Pero recordando lo que me divirtió la feroz hipocresía de Julián –un ateo infiltrado en el seminario, un liberal (los rojeras decimonónicos) medrando entre círculos absolutistas (los peperos de la época)–, como nada hay que revitalice más que el odio, confío en exprimir de la hipocresía la energía necesaria para volver mañana al banco y denegar otro préstamo.

Y hasta para escribir otro post.          

martes, 5 de junio de 2012

LA MÁS CRUEL MUJER FATAL

Sugerente como una mujer fatal y sugestiva hasta el contagio, se va insinuando la desconfianza entre los clientes del banco, que cada vez en mayor número –sobre todo ancianos de luto– vienen a rescatar sus ahorros de nuestro tinglado –como esos grajos de Hitchcock que, de una pareja gorjeando en el tendido eléctrico, pasan a cuatro, de cuatro a siete, luego la chica enciende un cigarrillo y ya son once, después dieciséis, y la siguiente vez que mira Tippi Hedren se alinea un escuadrón de ellos dispuesto a lanzarse en picado y contrapicado contra lo menos atractivo que ella ostenta, su “permanente” años sesenta–, de modo que esa suspicacia de los depositarios pronto degenerará en miedo, y del miedo al pánico no de película gore, sino de Capra, apenas media otro Rato de eficacia y sabiduría hasta ahora probadas a base de proclamarlas una y otra vez en ciertos medios de comunicación.


Por lo que cabe dudar que sea Rajoy, parapléjica su ciencia económica, el nuevo F.D. Roosevelt que desde la silla de ruedas de la previsión y del buen sentido nos recomponga las piezas del crack del dos mil doce. ¿Concebirá De Guindos otro New Deal? ¿Será Emilio Botín otro James Stewart que en cualquier ventanilla del Santander pague de su bolsillo a esos monstruos del egoísmo que vienen a recobrar su dinero?



Demasiados candidatos hay en nuestro remake imaginario de “¡Qué bello es vivir!” para el papel de Lionel Barrymore –el especulador que se aprovecha de la coyuntura–, el campeón paralímpico de la mezquindad, ya que ésta se representa en el film condenándolo a la silla de ruedas –como Roosevelt o los conocimientos económicos de Rajoy–. Porque igual que esas doctrinas budistas de incomprensible predicamento en Occidente sostienen que los tullidos expían los pecados cometidos en reencarnaciones previas, intentando visualizar los caracteres de los personajes, el cine está plagado de malvados que son cojos, tuertos, jorobados, mancos, hemipléjicos, enanos, obesos, jorobados, y más tarde negros (¿os habéis fijado qué pocos salen?) y/u homosexuales (o presuntos, ya que hasta no hace mucho no existían oficialmente).

De modo que me avergüenzo de mi pasión y me prometo no ver más de diez películas esta semana. Once como mucho. Así avanzaré algo en la relectura de “Rojo y Negro”, que será como emborracharme a base de café y cacahuetes con ese hermano mayor espiritual mío que es Henri Beyle: los dos somos tímidos, nerviosos, nostálgicos, impíos, mitómanos, insomnes y, salvando las distancias y –dado el volumen de diarios que nos dejó– en cierto modo por su parte, blogueros. La única diferencia es que en mis raros cinco minutos libres no me voy a poner a leer, como él, el código civil para moderar los excesos de mi estilo, aunque observo que en este post y precisamente hasta ahora tenía bastante domesticadas mis salvajes oraciones subordinadas, acaso gracias a la mera lectura stendhaliana, que me haya reflejado en el espejo que paseaba por el camino de la vida justo eso, un reflejo de su código civil.

Y hablando de hermanos, esta mañana me he desayunado en el mail con el indigesto relato de mi hermano Ramón, de solo cinco páginas, pero tamaña osadía me ha derramado medio café en la entrepierna. Como con este correo no se puede romper el sobre haciendo que la carta se ha extraviado, leí al menos la primera frase para poder decirle algo cuando me acorrale, lo cual me obligó a trasegar un buen párrafo hasta encontrar el primer –puto– punto. ¿Habrá plagiado el felón mi prolijo estilo y, como Mahler a Hans Rott, pretende vampirizar mi arte y esperar que yo muera joven –ya es imposible–, maldito e ignoto, para que en el futuro nadie le discuta la originalidad? ¿Solo se trata de un homenaje o una parodia?





Lo cierto es que de la lánguida delicuescencia de su prosa se destila la vanidad de todo autor novel o Nobel, y al leer dicha frase uno parece oír el chirrido de un violín que aspirando al virtuosismo (“¡qué vicio tiene!”, quiere oír de sí) hace pasar sus desafinaciones por disonancias de vanguardia.

Y en efecto me pide que le dedique un día de esta semana para comentar el cuento –me invitará al plato de lentejas que le valga la primogenitura espiritual–, pero me haré el remolón con la excusa de la obesidad, más que mía, de mi agenda. Si con el rigor del detective de “Laura”, pretende verificar mi coartada, que le pregunte a la consorte cómo me sienta tener que romper a cada momento en un millón de añicos ese espejo que Stendhal se hace la ilusión de pasar por la vida –en el arte solo hay espejos infieles: el “realismo” es irreal–: interrumpido por cualquiera de las dos el único párrafo que hoy he logrado engarzar seguido ha sido el de mi hermano.


Pues eso, que si no hay que calentar una papilla tengo que cambiar un pañal, cuando no improvisar una nana de Brahms con letra de Pimpinela y Maradona, o hacerle gracias –el chimpancé es mi especialidad– para que los vecinos dejen de aporrear el tabique protestando por los llantos. E insomne vocacional que es, la peque sigue negándose a dormir en el dormitorio, de modo que como aún no sabe leer e injustamente la consorte me ha prohibido que le lea a Stendhal en voz alta (¿será por motivos morales?), he de refugiarme en el cine, lo único que la serena aunque el film no sea del género bucólico.

Anoche, después de descubrirle a Marlene en “La Venus rubia” –con Herbert Marshall en su eterno papel de cornudo–, recordando el número de películas que rodadas en los años treinta –o ambientados en ellos– reflejan de un modo u otro el desolado panorama del otro crack (tampoco el personal de Fitzgerald), pensé que no hay mujer fatal más cruel que la crisis económica, porque como tal nos priva del bienestar hogareño, nos aleja del trabajo y cortocircuita las neuronas, y nos infunde una ruina tan instantánea que se nos disipa el lujuriante placer de ser esquilmados paulatinamente.


Y luego, como no me daba tiempo de ver ni una serie B si quería dormir un par de horas, retomé la lista de las setenta y siete películas que más me gustan –es decir, las mejores de la Historia del Cine–, y añadí otras siete:
  • El Manantial” (no de la doncella, que es de Bergman, sino “The fountainhead”, de King Vidor).
  • Fresas salvajes” (mejor habría sido “silvestres”, ¿no? Ésta sí es de Bergman).
  • Los niños del Paraíso” (no es un film pedófilo, como algunos de Shirley Temple)
  • Rashomon” (nunca ha llovido con más desolación que en esta película)
  • Sólo los ángeles tienen alas” (no es de Capra, sino de Howard Hawks –a no confundir con su homófono Howard Hugues)
  • Dublineses” (pese al reciente post)

Iban seis. Me interrumpió una fisión de lamentos de Alma, reclamando una sesión doble, lo cual me impidió anotar la obvia séptima, también de Hawks: “La fiera de mi niña”. 

domingo, 3 de junio de 2012

ESPEJISMOS DEL ESPEJO DE STENDHAL


No puedo sino felicitarme por la luminosa idea que ayer tarde tuve de cruzar, en el que parecía imposible punto de intersección de mi inteligencia, las dos tramas paralelas que estos días tanto me venían dispersando una atención que quería concentrar en Stendhal. En cuanto se me ocurrió, tuve que ponerme a leer “Rojo y Negro” para no reventar de regocijo y risa en el banco, y nunca como entonces me divertí leyendo sobre las intrigas de la señora Renal enmascarándole los cuernos a su encopetado marido.

Por un lado no dejaba de acosarme el mafioso del Ferrari en la mesa de la oficina, pues desde que me había observado desplegar mis facultades de trilero con el dueño de una lavandería y un pueblerino empresario de pompas fúnebres, no dejaba de insistirme en que me convirtiera en factótum de sus tejemanejes, que no otra cosa había pretendido cuando me sondeara sobre aquellos préstamos suscritos por sus empresas espectrales, probablemente para que su devolución le sirviera de blanqueo.

Gangrenado por la más lacayuna de las avaricias, aquélla que mira por el dinero ajeno, el director estaba tan encantado con sus visitas, puesto que con cada ingreso del mafioso restañaba la hemorragia de capital, que había dejado de interceptarme el contrabando de libros en el maletín y ya no me abroncaba si me sorprendía leyendo. Pero yo no suponía tan beneficioso el trato con semejante personaje y menos que nada quería sobrecargarme con nuevas atribuciones que me distrajeran de mis auténticos intereses. Y como muy peligroso me parecía erigirme en contable de un delincuente –y más que a caer en prisión y pasar “Veinte mil años en Sing Sing”, donde tiempo me sobraría para leer y hasta eludiría mis onerosas obligaciones familiares, temía que entretanto los riesgos y emociones de la aventura me disiparan, dispersaran y despojaran de la concentración indispensable para el cultivo de la cultura–, ya que, como os digo, tal puesto me parecía muy comprometido, al borde mismo de la catástrofe, no pude sino pensar en mi cuñado como candidato ideal para el mismo.


Era mi oportunidad de librarme de él y cerrarle el grifo de su cháchara pictórica. Que no estamos sino ante un charlatán de los óleos y las tonalidades que con chillones trazos rellena los lienzos en blanco de su ignorancia, lo demuestra la falsificación de un Caravaggio –su presunta especialidad– que le ha hecho comprar al museo (y eso que le había recomendado ver “F for fake”, de Welles), lo que tras la visita de un comité de expertos internacionales le ha valido el finiquito. Lejos de volver a ser comisario de exposición alguna, suerte ha tenido de que no lo haya interrogado un ídem de la policía, porque en asunto tan tenebrista acaso hubiera por su parte algo más que incompetencia. Mil veces he transmitido a mi hermana que el gusto de su marido por tal pintor que solo putas y rufianes adoptaba por modelos trasunta su carácter vicioso y, en efecto, ha resultado reo de su pasión más baja, Caravaggio.



De modo que probablemente no mentí cuando a ojos del mafioso hice pasar por doloso el error del cuadrito. Y como de todas formas mi cuñado es más liante que Walter Matthau en “En Bandeja de Plata” , le gusta beber y comer más que a Enrique VIII según Charles Laughton, los emolumentos de mi hermana son precarios, y a primera vista el puesto es goloso, yo sabía que aquellos dos tunantes estaban condenados a entenderse.



Los cité anoche en el pub de la esquina, y como vi que se calaban al primer vistazo, me fui a casa a retomar el hilo de “Rojo y Negro”, sintiendo en el diafragma el cosquilleo de una Celestina triunfal o de un agente secreto del Destino.

Mínimos minimalistas habrá que, rastreando en el pasado imposibles justificaciones a su mezquino gusto, fundamenten el prodigio de tal novela en su naturalidad o aparente simplicidad, cuando ni siquiera “aparentemente” semejante obra de arte es natural ni mucho menos simple. Los amantes de la prosa estreñida se precipitarán a presentarnos al donjuán frustrado (y por ende escritor genial) de Henri Beyle como un milagro de concisión, naturalidad, exactitud y claridad, lo cual demuestra que, de modo opuesto a como se reconocieron el mafioso y mi cuñado, no han calado su escritura, artificial como todas las preclaras. Artificial en el buen sentido, porque de arte hablamos. Así que mejor haremos en dejar ese estilo que llaman “invisible” –eufemismo de “inexistente”– o “transparente” –de vacío– o “económicamente expresivo” –también nos quieren recortar la expresividad– para las listas de la compra, los índices bursátiles, mensajes de texto o las novelas del parco Azorín, cuyo pseudónimo ya define el carácter miniaturesco de su escritura.

Respecto a Stendhal, anoche que saltándome la cena y con Alma dormida pude leer casi una hora, confirmé cómo el que llamarán río cristalino de su prosa no sólo refleja –espejea, preferiría él– nubes tormentosas, sino que en su corriente se traslucen siluetas monstruosas; y su sintaxis se extiende con tal amplitud y culebrea en meandros tan retorcidos, que si era así como estaban redactados los famosos artículos del código civil con que decía (en broma) inspirarse, los truhanes como el mafioso –y ahora mi cuñado– bien disimularían sus desafueros tras las complicaciones y dobles sentidos de dicho código napoleónico.

Y cómo campean en sus páginas los tan denostados “artificios –otra vez la palabrita que odian esos enemigos del arte– literarios”. Así, Julián prevé su caída en cierto papelito que halla en la iglesia de Verrières, donde además un efecto lumínico le hace ver la pila de agua bendita llena de sangre –sólo un ejemplo de las múltiples “premoniciones” que acosan a los personajes–; el amor que le inspira a Matilde es preludiado por el ataque que sufre uno de los invitados al baile; y la mayoría de las emociones o pensamientos que embargan al protagonista le son ideados por “oportunos” encuentros o casualidades. Todas sus páginas están saturadas de lo que odian esos cicateros enemigos de lo inefable. Nada de lo cual está reñido con el modo indirecto, elusivo, espectral, con que en ciertas descripciones deja que el lector imagine algunos ámbitos, como esas músicas de Takemitsu que el oyente parece invitado a completar. Lo barroco no es contrario a la inteligencia o a la imaginación, sino todo lo contrario.


Con razón se atribuye falsamente a Stendhal la frasecita de que en sus novelas pasea el espejo por el camino de la vida –aunque sí la hizo suya: él sabía que, además de indeseable, el realismo es imposible y que sólo con sus tretas de genial embaucador (ficción viene de fingir) –que le llevaron a plagiar sus primeras obras– ganaría el “billete de lotería” que él llamaba a la inmortalidad artística, el cual salió premiado justo cuando había calculado, cuarenta años después de su muerte, mientras que en vida le bastó, y sólo al final, con llegar “to the happy few”, lo que alguien del veintisiete llamó “una inmensa minoría”, como decía la publicidad de la segunda cadena cuando programaban películas subtituladas.

Y ahora que me acuerdo el mismo Stendhal escribió sobre el tema que tratamos –que no es sino la última transmigración de la cíclica disputa entre clásicos y románticos–, personificando sendas tendencias en Racine y Shakespeare y haciéndolos batirse en un imaginario pugilato que por supuesto ganó por K.O. el segundo. Y como esta vez no me conviene dar a entender que lo hizo para burlarse de nosotros, doy por válido el combate.

Sobre las doce me interrumpió la lectura una salva de cohetazos de esas enojosas fiestas del barrio, que además despertaron a Alma, y furibundo y contradictorio –auto dialéctico– que soy, y aunque mi cuñado cuestionaría la manera de concluir este post, reconocí que después de todo incluso un malvado partidario de Carver como él también lleva su parte de razón en criticar tanta pirotecnia y fuego de artificio.

sábado, 2 de junio de 2012

LAS REALIDADES DE LA VIDA


Mis suegros habían quedado en visitarnos a las seis, y a las cinco y cincuenta y nueve –más prusianos que británicos– ya estaba la consorte abriendo la puerta al cojitranco remolino de dijes, crucifijos, escapularios y condecoraciones que arrastran ese par de miserables, la devota y el coronel retirado. Como ni siquiera ella puede soportar a su padre, me utiliza como defensa, al modo de los cadáveres tendidos entre las almenas de “Beau Geste”, o más bien fuerza de choque, y el viejo y yo nos llevamos como el militar y el objetor de conciencia que hemos sido. Ya que solo puedo hablar bien de los militares imaginarios, como el mayor que construyó el puente sobre el río Kwai, o aquellos cuya realidad haya sido usurpada por la ficción, como pasa con Rommel (James Mason o Von Stroheim), más de una vez he temido que me deslomara con su bastón de marfil.


Y muy en su papel ya estaba la consorte animándome a acompañar a su padre a cierta visita que más tarde le iba a cumplir a un ex camarada (frunció los bigotes de gato: no le gustó el apelativo) muy enfermo que vive –se muere– cerca de casa. “Hay que afrontar las verdades de la vida”, dijo el pomposo carcamal, pero al menos me exoneró de invadir la agonía del desconocido.

Y como la devota y él, que solo admiran a Pemán, desviaron la vista cuando empecé a hablar de los cuentos de Quiroga, aproveché el paso de aquella legión de ángeles para irme a leer al parque. Pero en la escalera me temí que la melancólica presencia de un cuarentón con alergia y pantalones cortos leyendo a Quiroga en un banco a la sombra de un sauce podría que resultar sospechosa –aunque no soy, como mi suegro, homófobo, prefiero evitar el mosconeo de los homofílicos– volví a por Alma, convencí a la consorte de que treinta y siete grados no eran tantos, y carrito en ristre llegué al parque y nos instalamos a orillas del ameno lago.

Y no había sino empezado a leer aquel relato protagonizado por un perro cuando un guijarro me granizó en el libro y reconocí la pícara sonrisa tipo Alberto Sordi de Norberto, uno de mis fastidiosos amigos a quienes llevo lustros esquivando para que no me esquilmen los momentos de ocio, y que no se dejó intimidar por la cara que le puse para darle a entender el recibimiento que le esperaba si en el último instante no desviaba de mí sus pasos.


Para mi sorpresa él no sabía de otro Quiroga que no fuese no sé qué autor de coplas, y me acusó de seguir en la inopia y de nunca dejarme ver con los colegas de siempre. Hablando de tiempos anti heroicos me chantajeó emocionalmente al punto de tener que acompañarlo a tomar una copa, según lo sanguinolento de ojos y tez, su pasatiempo favorito, pues supuse que no quería que lo vieran bebiendo solo y a eso se había debido su saludo. De modo que como ahora no se fuma en los bares y podía resultar una visita instructiva para Alma, me puse a su disposición.

Por el camino nada quiso saber de Benedetti ni de Monterroso, a quienes tomó por la delantera de la Juve, le asestaba al carrito miradas dignas de Herodes, y guiándome por una callejuela soleada y solitaria me confesó que, en efecto, le daba reparo entrar solo adonde bajamos, un sótano que por su penumbrosa animación contrastaba con el exterior.

Había unos cuantos clientes maduros de aire próspero y más radiantes que alegres, cada uno circundado por chicas jóvenes y –con este calor– ligeras de ropa. A duras penas me expliqué el precio de las copas por el lujo del local, una profusión de mármoles y maderas nobles, pero el camarero pareció más sorprendido que yo mirando a Alma con los ojos desorbitados. Tampoco él había oído hablar del Maupassant de la Plata (Horacio Quiroga). Pese a tanta categoría flotaba en el ambiente algo malsano, el matiz de irrealidad que tenía el falso garito de apuestas que Paul Newman montaba en “El Golpe”.


Como nosotros no íbamos a ser menos que los demás, Norberto ya estaba ligando con una rubia tipo Faye Dunnaway; parecía el típico sitio de moda para extranjeros, pues había allí jóvenes de todas las razas que aglutinaban todos los gustos posibles, y me propuse preguntar si también daban desayunos, ya que tampoco me cogía tan lejos del banco. Incluso a mí se me acercó una altísima chica de tez de ébano y falda anecdótica, que me respondió no haber leído a Toni Morrison, a James Baldwin ni a Robert Mosley, mientras que tampoco ella le quitaba el ojo a Alma. Alarmado de que concitara tanta atención, me acerqué a inspeccionarla: estaba bien, pero tan extrañada que no se atrevía ni a llorar. Me dejó la pseudo Naomi, acusándome de estar pirado.


Todo el mundo me endilgaba la misma letanía; tantas acusaciones de evadir la realidad parecían una venganza de la realidad misma contra mis afirmaciones de que en literatura el realismo es inviable. Llegué a pensar que si yo fuera un personaje de novela, el autor me habría caracterizado con miopía o gafas tintadas para significar mi ceguera mental.

Hacía tiempo que Norberto había desaparecido, y curiosamente tampoco localicé a su amiga la rubia, de modo que para pasar el rato mientras volvía él del aseo –lo supuse con los clásicos problemas gástricos de los bebedores–, recuperé el tomito de relatos y, encaramándome al taburete, pedí otra ginebra y me constituí en esa figura que cada vez se ve menos en la fauna de nuestras cafeterías, la del lector sedente y sediento. Pensar que Joseph Roth o Jardiel Poncela solo escribían en las terrazas de los bares.

Pero a la segunda página una bombillita polvorienta se me encendió al fondo del corredor oscuro de la mente. Levanté la cabeza y supe dónde me encontraba. Encogiendo los hombros miré a Alma. Me había pasado como en aquellas películas americanas (“De aquí a la eternidad”) que hacían pasar por clubs de baile lugares como aquél. No voy a nombrarlo para que se amalgamen la forma y el fondo de este post, de modo que el silencio clamoroso denote, más que la hipocresía con que siempre se han ocultado estos ámbitos, mi sordera vital, mi auto segregación del mundo. Los demás llevaban razón: yo había emigrado de la realidad.

Fue entonces que vi a un vejete bajando a saltos hacia la barra, las medallas bailoteándole en la solapa, y la falta de su bastón de marfil –olvido psicoanalítico– me retrasó reconocerlo: mi suegro. ¿Habría fallecido el enfermo que se disponía a visitar?

Solo se detuvo frente a un escote de cortometraje: él no podía dejar de afrontar las realidades de la vida.