sábado, 20 de octubre de 2012

RETORNO AL PASADO


                 


Tengo un gusano enroscado adentro que me va royendo el corazón: soy como una manzana apetitosa, radiante por fuera y podrida por dentro. Desde la pubertad el gusano me envenena la saliva que trago y la de todos los hombres que he besado. Tanto ha prosperado con mi sangre que ya me domina la voluntad, me dicta cada palabra y no sé ni lo que quiero. He vuelto con Whit, pero él tiene otro gusano igual de voraz y nos parecemos tanto que, gemelos en la maldad y el egoísmo, estar con él resulta incestuoso.

A los pocos días de convivencia ya nos exasperamos y Whit no quiere reconocerlo. Nos pasó lo mismo hace un tiempo. Él es un mafioso con una máscara de respetabilidad, un barniz de honradez que se le descascara al retumbar de disparos en cualquier callejón. Reparte tarjetas con ribetes de luto y tiene a un montón de carteros intentando adivinarle el nombre de los destinatarios. Por eso no entiende que yo no me deje sujetar por las ligaduras de su voluntad y de su obsesión. Aquella noche de mi cumpleaños, a un chasquido de sus dedos, los que chasquearon en la calle de atrás fueron los huesos de aquel latino que no paraba de sacarme a bailar. De vuelta a casa le dije que lo dejaba y como quiso impedirlo, en vez de los insultos de costumbre, le descerrajé tres disparos y me llevé los cuarenta mil dólares que estaba guardando en la caja.

Apenas le había magullado un hombro y ni siquiera mellado su obsesión. Obviando a la policía, a los dos días me puso detrás a un sabueso que me devolviera intacta a su dominio. Lo contrató por diez mil; a Whit lo que menos le importaban eran los cuarenta de los grandes. Como a mí, el dinero es lo segundo que más le importa en el mundo. Ambos coincidimos en la preferencia principal: yo.

Era un perdiguero de pedigrí que no se dejó despistar por mis fintas, amagos ni pistas falsas, sino que me siguió por todo México, a través de La Reforma, el D. F., Taxco y Acapulco, como si fuera el mejor amigo de mi sombra. Parecía inevitable y puntual como la muerte o un amante que viniera aspirándome la estela del perfume. 

Exhausta de huir por un laberinto que yo misma debía diseñar, me presenté a él en “El Mar Azul”, una umbría taberna de Acapulco, con el propósito de sobornarlo con sexo y algún dinero. El tal Jeff era un moreno grandullón de ojos nocturnos y rasgos tallados a hachazos, al que reconocí entre las cejas la marca de los inocentes, de modo que me senté con él y con insinuaciones y sonrisas me dediqué a encandilarle el aire de misterio. Creí oír cómo se le quebraba la voluntad en un millón de añicos. Incluso cometió el error de no preguntarme el nombre: me reconoció de las fotografías que le dio Whit. Le dije que las siguientes noches me buscara en la cantina de Pablo y lo dejé abismado de deseo.

En los dos días que tardamos en cruzarnos en lo de Pedro, no había avisado a su patrón: había mordido el anzuelo. Sabía yo que era de los que había que pescar con paciencia y caña larga; nada le habría sacado si me lo subo la primera tarde a los sórdidos altos de la taberna. Se trataba de hechizarlo con un buen encantamiento y dejarlo preñado de promesas y esperanzas. Los primeros días solo le dejaba besarme en la playa, entre las redes tendidas a la luz de la luna. Cuando lo dejaba, él mismo se encargaría de saturar de magia mi imagen y a la mañana siguiente yo intentaba reajustarme a los contornos de su fantasía.

Incluso lo convencí de que yo no tenía los cuarenta mil. No dejaba de flotar en una crisálida de éxtasis y ensueños donde el verano no declinaba. Quizá me contagié de esa inercia y tardé demasiado en llevármelo a la cama. Tal y como esperaba, justo entonces pinchó la burbuja de los sueños y reaccionó proponiéndome escaparnos a Texas. Pero la mañana que salíamos Whit se presentó en su hotel. En el bar Jeff le embotó las suspicacias explicándole que había vuelto a perderme y presentándole la dimisión. Mientras inadvertidamente yo pasaba camino de su habitación, Jeff le dejó caer su copa al regazo para distraerlo. Al final Whit renovó su confianza en él antes de tomar el avión de vuelta. Nos libramos por poco.

Nos fugamos a San Francisco. Como los tentáculos de Whit son extensos, vivimos como topos una temporada. Solo salíamos de noche; Jeff se emboscó detrás de una barba, y yo tras unas gafas. Me conmovió que nunca volviera a preguntarme por el dinero: solo me quería a mí. Aunque vivíamos precariamente, yo tenía el consuelo de palparme la cartilla del banco con el dinero, que llevaba oculta en el forro del abrigo. Y cuando salíamos a airearnos por las plazas de la noche, me cogía del brazo y me sentía tan ligera y libre y feliz como un gorrión que ha aprendido a volar. El cual parecía haberse comido el gusano del corazón.

Pero nos confiamos. Empezamos a ir al béisbol y a las carreras, y una mala tarde nos vio Fisher, el socio de Jeff en la agencia de detectives. Whit lo había enviado a rastrearnos, ya que a éste no hacía falta azuzarlo: al fugarse con el estipendio de Whit, Jeff también lo había traicionado a él. Procuramos esquivarlo, pero nos siguió y nos sorprendió en aquella cabaña de Pyramid Creek. A cambio de no delatarnos, me pidió los famosos cuarenta mil. Por supuesto, a éste no pude persuadirlo de que no los tenía, y lo peor es que aquello reveló a Jeff mi engaño. Tuve que liquidar a Fisher de un disparo al estómago y me escapé sola en el coche de Jeff. Le había visto en los reflejos de los ojos que ya no creía en mí. Le quería, pero amaba más al dinero. Cuarenta mil dólares solo ceden a cuarenta y un mil.

Aprendí el valor del dinero en el tugurio del suburbio donde me crié. Con trece años, mi madre me alquiló por una noche al prestamista por los treinta y cinco dólares que le debía, intereses incluidos. Loca de miedo, muchas noches aún siento las ratas de las manos del viejo corriéndome por la piel. Él me sembró la larva del gusano. 

Al dejar a Jeff, volví a Nueva York y, como estaba sola y temía a Whit, me presenté a él diciéndole que estaba arrepentida y que había comprendido que no podía vivir sin él. Nunca me ha importado cambiar de bando: el auténtico amor de mi vida soy yo misma. Así conservé cierta ventaja que hubiera perdido si me hubieran enlazado alguno de sus sicarios. Además, él deseaba creerme con todas sus fuerzas. De hecho se tragó que había sido Jeff quien liquidara a Fisher. No fue mala idea volver con él. Soy el punto flaco de Whit, la única que puede apaciguarle su gusano; en cambio él, tarde o temprano, acaba por enardecer al mío.

Y así hasta que por casualidad un hombre de Whit ha encontrado a Jeff trabajando en la gasolinera de un poblacho. Whit va a hacerlo venir y con su amenazante benevolencia aparentará cobrarle la deuda pendiente encomendándole un asuntillo. Como un novelista genial que entrecruza dos tramas paralelas, pretende eliminar a su asesor fiscal, que lo está chantajeando, y hacer pasar a Jeff por el homicida. Y me necesita a mí para hacerle caer en la trampa.

Lo haré. Aunque ahora que estoy cerca de volver a verlo, me noto en la espalda el crecimiento de las alas que me llevaban flotando por las calles nocturnas de San Francisco, las alas de aquel gorrión que en verdad no se comió al gusano.   

                                                                               

miércoles, 17 de octubre de 2012

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD



                  


Ahora los relojes se me paran, en los clubs las chicas han dejado de sonreírme si no les enseño un billete de cincuenta, y a mi paso se funden las bombillas y las flores se marchitan incluso en la exuberante Hawái. Hasta los subordinados me saludan con desgana a mí, su capitán, a quien hace bien poco, del miedo que me tenían, llamaban “dinamita” Holmes. Y tampoco bastaba con que mis superiores siguieran ignorando mis advertencias de que cualquier día los japoneses atacarán una base tan desguarnecida como Pearl Harbor, ni con que el general Slater cambiara de conversación cada vez que me refería a mi ascenso, ni con que mi aburrida y cursi esposa me engañara –encontré un hirsuto y retorcido pelo rubio en el lavabo-, sino que además he tenido que dimitir del Ejército.

Toda la vida soñando con ser oficial y casarme con una mujer como ella, para acabar destinado a un agujero como éste de Schofield, Hawái, y hace años desterrado de la cama de Karen. Ella me acusa de que por mi culpa perdió a nuestro hijo. Al parecer volví borracho y me quedé inconsciente la noche que iba a dar a luz y necesitaba a un médico, de modo que lo perdió y quedó incapacitada para concebir otro. Pero nada de esto habría pasado si, expulsado de su dormitorio, no hubiera tenido que buscar consuelo en la calle. Cómo me conmueve recordar la fila de chicas entre las que habría podido elegir en Wisconsin, la mayoría más atractivas que Karen –debí sospechar de la aureola frígida y puritana que la rodea-, pero ninguna con su familia ni tanto dinero.

Para tolerar esta existencia atroz, vacua, inerte –y a la vez plúmbea-, no tenía más remedio que evadirme por las noches (de retreta a diana), al Kalahua Inn, al Mambo Club o al Long John Silver’s Parrot, y dejar que las pupilas me sirvieran un ron tras otro y me coronaran de pámpanos y me colgaran collares de flores en un carnaval de risas y músicas y luces que no por falaz –mi buen dinero me costaba- me divertía menos. Y ahora que tendré que volver a los Estados Unidos, me pregunto si el modesto empleo que encuentre en la vida civil me permitirá siquiera parodiar semejantes fiestas en algún motel de carretera con el neón opaco de polvo.

Para mis escapadas contaba con la ayuda de mi mano derecha, el único soldado competente de por aquí, el sargento Warden, un hombretón honesto y atractivo, en quien puede derrocharse la confianza. Ducho en el papeleo, perito en la instrucción y con carisma entre los hombres, podía delegar en él sabiendo que todo lo dispondría casi tan bien como yo, de haber tenido la voluntad o energía suficientes. Es un tipo válido para cualquier cosa menos para presentárselo a tu novia.

Fue él quien me trajo, aquella infausta mañana, al soldado Prewitt, aquel joven que parecía tan tímido e indefenso, procedente del cuerpo de cornetas. Yo lo había admitido porque era el instructor del equipo de boxeo, lo había visto combatir en una velada memorable y necesitábamos un peso medio para el campeonato. Y me encontré con que el muy testarudo se negaba a boxear desde que un golpe suyo había dejado ciego a no sé qué compañero de entrenamiento. Por un simple accidente estaba dispuesto a perder todas las ventajas inherentes a formar parte del equipo; tenía que ayudarlo a recapacitar.

En el ejército, el boxeo no es ninguna tontería; mantiene alta la moral de los hombres, y a mí me servía de entretenimiento en este pozo de tedio. Además, preveía que si ganábamos el campeonato, me rehabilitaría en la estima de mis superiores; últimamente en el club me evitaba hasta el limpiabotas. De modo que, como Prewitt insistía en despreciar su talento, prescribí a los hombres que por su bien le aplicaran el “tratamiento”. A ellos también les afectaba su negativa, ya que el equipo vencedor se gana diez días de permiso. Por el calado de su mirada nocturna debí advertir que el propósito de Prewitt no sería maleable, pero confié en su aire apocado, inerme.

El “tratamiento” consistía en hacerle cavar zanjas, barrer el patio, fregar los platos, dar vueltas al campo de entrenamiento o realizar marchas de diez kilómetros bajo el sol, todo lo cual yo esperaba que le sirviera de entrenamiento; pero a ese potro indómito no había forma de embridarle la voluntad. Parecía disfrutar derribando al polvo mis ilusiones.

El equipo de boxeo era mi único aliciente en el cuartel y ahora Prewitt me derrumbaba el castillo de naipes de mis ilusiones. Nadie sabe lo duro que puede resultar servir en una ratonera como ésta, tener que ir de resaca a la comandancia a firmar los papeles que Warden me tenga dispuestos y luego volver a casa a afrontar la cara mustia de Karen, que se sumía en un silencio tan glacial que me obligaba a volver a la ciudad a sumergirme en las luces y las risas y las copas de los barrios alegres. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme toda la noche discutiendo con ella? ¿Recordarle que en Fuerte Bliss se acostó hasta con el ordenanza? No me habría importado siempre que lo hubiera hecho con discreción; mi reputación andaba en juego.

Prolongando el “tratamiento”, el sargento Galovitch le arrojó a Prewitt un cubo de agua sucia desde el cuadrilátero y le ordenó fregarla. Se negó a hacerlo y, de no mediar el sargento Warden, le habría preparado un consejo de guerra por insubordinación. Y ahora se me ocurre que, sabiendo lo mucho que dependía de él, el sargento abusaba de su influencia conmigo y me convencía de cualquier cosa… Sí, bien mirado, es un hipócrita que todo el tiempo habrá conspirado contra mí para ocupar mi puesto. Y también caigo en que reconoció que se iba a presentar al examen de oficiales justo el día que Karen me pidió el divorcio. ¡Es de su cabellera de donde procedía el pelo del lavabo! ¡No contento con hacerme la cama, se acuesta en la mía con mi mujer! ¡Resulta que no puedo tocarla salvo con “mi mano derecha”!

Tanto confiaba en él que todo lo firmaba sin leer y seguramente le habré firmado una autorización para investigar en el regimiento. Y hablando de eso, al fin logré que Prewitt peleara, pero en una reyerta privada contra Galovitch. Boxeaba tan bien como yo recordaba. El problema fue que los de la investigación me vieron presenciar la pelea sin detenerlos, lo cual, con el resto del informe, me obliga a dimitir si quiero eludir un consejo de guerra.

Ahora me esperan la vergüenza y el oprobio. Al oír mi nombre todos denegarán con la cabeza renegando de mí, o más bien afirmarán con ella, dando a entender que ellos bien sabían cómo acabaría yo. ¿Quién me iba a decir que ese Prewitt sería mi enterrador, con ese aspecto desvalido e inocente, el típico del que se puede abusar sin riesgo? ¡Que lo atraviese el rayo de mi maldición y caiga fulminado en la primera zanja!

Y en cuanto al resto del ejército, ¡ojalá los japos arrasen Pearl Harbor y todo nuestro acantonamiento en Hawái y los jefes para siempre se arrepientan de haber ignorado al capitán Dana “dinamita” Holmes!    
                                                                                                                                                                                                                                                                 

domingo, 14 de octubre de 2012

LAURA



                 

Despego los párpados y, sumido en el sofá de terciopelo ante el retrato de Laura, su imagen se me ondula en una niebla de lágrimas al recordar que ella sigue muerta, que solo acabo de soñar que la asesinada haya sido Diana Redforn, esa modelo, y que no es verdad que de entre los muertos ella haya entrado por esa puerta, ni que hayamos intimado mientras yo descubría al asesino de Diana, ni que vayamos a casarnos. Habríamos formado una curiosa pareja, una sofisticada publicista de éxito y un teniente de policía.

La tal Diana, con la que en el sueño todos –incluido el asesino- confundíamos a una Laura que había pasado el fin de semana aislada en el campo, solo es otro fantoche de mi fantasía onírica o alcohólica. En verdad es la pobre Laura quien yace en la morgue, el rostro tan devastado por la tormenta de balas como mis ilusiones ahora al despertar. Tendré que conformarme con este retrato pintado por Jacobi en estado de gracia –también él la amaba-, con la visión de estas pupilas llameantes a la noche de su pelo, de los pómulos de nácar, de los labios jugosos. Ya nunca llegaré a conocerla. Y no podré tocar su piel trémula y pálida, ni sentir el río de su sangre bajo la carne lunar, si de algún modo no logro disecar este sueño que ya se me desmenuza entre los dedos como la nieve del olvido. Tendré que conformarme con palpar la superficie neutra del lienzo, con resbalar por su inocuidad bidimensional.

Al menos, a esta belleza del cuadro nadie le hará daño: pienso llevármelo en cuanto se dé por cerrado el caso. Lo colgaré en el salón y cada noche lo trasladaré al dormitorio para hacerme la ilusión de vivir con ella. Pero para siempre seguirá lejos de mí, aislada de lo real por ese marco de caoba, encuadrada en esa ventana que se orienta a un mundo fantasmal, cercada por el círculo mágico del arte, congelada en esa actitud de serena complacencia y leve provocación, las llamas en las pupilas, inconsciente de la destrucción que éstas pueden promover y que han acabado por consumirla en el ardor de su fiebre. Los rumores de la lluvia resuenan en esta penumbra y los líquidos reflejos palpitan en sus mejillas creando el efecto de lágrimas.

Después de pasarme el día entero escuchando los ebrios recuerdos de sus amantes, la autocompasión de todos esos despechados que parecen celosos de la misma muerte que se la ha llevado, las nostalgias punzantes de los sospechosos de haberla asesinado, he acabado intoxicado por sus evocaciones. Sí, me han deslumbrado los reflejos que de Laura todos ellos proyectan en los espejos distorsionados de sus memorias, y al acabar la jornada no he podido resistirme a venir al apartamento de Laura, atraído como un suicida por la muerte.

Sin reconocer que me había enamorado de una muerta, venía con la excusa de volver a inspeccionar el lugar de los hechos, de revisar sus cartas y el diario para leer entre líneas el nombre del asesino. Pero en verdad he venido como a una cita de enamorados, ambientada con la soñadora melodía de su disco favorito, aspirando la estela que del perfume de jazmín aún guarda –con sus suspiros- el aire, bebiéndome su whisky y sin dejar de mirarla como en una velada íntima en la que hubiéramos optado por un silencio de mutua admiración que hubiera culminado durmiéndome en este sofá, abrazado, no obstante, al fantasma de su ausencia.

Con la coartada de encontrar alguna pista, antes de sentarme inspeccioné su cómoda, el armario y la mesita, para encontrar en la suavidad de la seda y en la caricia del satén un recuerdo imposible del tacto de su piel. Ha habido muchos que la han tocado de verdad y cualquiera puede ser el asesino. En el sueño el culpable era Waldo Lydecker, ese viejo zorro que la encumbró en el mundo de la publicidad y modelándola a la medida de su estética –y de su lujuria-, infundiéndole los valores de una religión en la que él era Dios y a un tiempo su sumo sacerdote, sobre todas las cosas la enseñó a amarlo y a considerarlo el más admirable de los hombres.

Polígrafo y crítico de todas las artes, la pluma de Lydecker es la más valorada de Nueva York y su opinión deviene sentencia. Se trata de un cínico manipulador capaz de remover los criterios y conmover los sentimientos de las masas; un prestidigitador de la verdad, de verbo tan sutil y estilizado como su figura; un malabarista de la realidad para quien no fue difícil subyugar a Laura. Y además de no resistirse a su decadente encanto, ella le estaba agradecida por la manera en que impulsó su carrera.

Hasta que Laura, treinta y cinco años menor que él, despertó de su hechizo y empezó a sentirse atraída por jóvenes sanos y atléticos –como yo-, mucho más atractivos que ese cadavérico viejo complicado y retorcido. Las pasiones crepusculares de esos estetas que se presumen inasequibles al convencionalismo de las “emociones corrientes”, si son frustradas, pueden desencadenar reacciones más peligrosas que las de los matones de los barrios bajos. Pero no he de dejarme arrastrar por mis prejuicios contra él, por el horror a lo opuesto, porque yo soy lo contrario que Waldo, un hombre de acción, y, aunque nunca la haya visto sonreír al sol radiante ni apresurarse bajo la lluvia -¿se puede estar más viva y bella que en el retrato?-, también estoy celoso de Laura.

Lydecker sostiene que anteanoche –la noche de autos- había quedado con Laura para cenar y a última hora ella canceló la cita porque había pensado pasar el fin de semana en el campo –de ahí mi sueño- para meditar sobre su futuro inmediato. Pero no llegó a salir de aquí.

Todos esos galanes que la trataron son tan sospechosos como Waldo. Jacobi, el pintor (por así decir, el que me la ha presentado), fue el primero a quien se entregó Laura, recién huida de Waldo. Luego siguieron Davies, el novelista; Lawrence, el arquitecto, o el célebre empresario Anderson.

De todos ellos la rescató para sí Lydecker utilizando su más eficaz arma, el veneno de su estilográfica. Como todos eran más o menos famosos, bastaban un par de artículos para desactivar en público los engranajes de sus talentos, desenmascarar su inoperancia, desvelar los trucos de que se valían sus artes, desvelar a una luz desfavorable los rudimentos de sus obras. Desengañada la auténtica destinataria de aquellos artículos, Laura volvía a los descarnados brazos de Waldo como quien recae en una enfermedad.

Pero ella conoció a Shelby Carpenter en una fiesta, le buscó un puesto en su empresa de publicidad y, paradójicamente, los ataques de Waldo se estrellaron contra el bastión de estupidez del alto, fornido y apuesto Shelby. No pudo desacreditarlo sencillamente porque era un donnadie canallesco que no tenía reputación ni obra que defender. Se trata de un joven vividor, cretino y crápula, que desde la adolescencia se deja mantener por mujeres maduras. Saltan a la vista su falsedad, superficialidad y cobardía; y cuando una mujer se enamora de semejantes cualidades, resulta arduo hacerle cambiar de opinión.

Shelby no tiene una coartada válida para el viernes noche; ni siquiera se la ha prestado su última conquista, Mrs. Treadwell, precisamente la tía de Laura, otras quincuagenaria desesperada y susceptible, como Waldo, de locura homicida contra el único obstáculo a su pasión otoñal: su sobrina. Tampoco puedo olvidarme de todas las esposas y amantes de los hombres que amaron a Laura; ellas también tenían un móvil. Y sin embargo, amo demasiado al sueño que acabo de disfrutar como para no creer que haya sido premonitorio: Lydecker es mi sospechoso número uno.

Sea quien sea el culpable, voy a llevarlo a la cámara de gas. Siento que se lo debo a Laura por haberme inspirado el más feliz sueño de mi vida.

Aunque bien pensado, si no hubiera sido por el asesino, nunca habría llegado a conocerla.                         
                                                                                                                                                                                                                                                

jueves, 11 de octubre de 2012

TENER Y NO TENER




                

Ya que tanto presumo de que mi música se mantiene al margen de la política, es decir, de la guerra –con nuestra Martinica en poder de Vichy-, tampoco debería insinuarse en mis canciones la influencia de ninguna mujer, ni su presencia traslucirse en las melodías que toco aquí, al piano del bar del hotel Marquis, desde el primer trago de café a la última calada de la noche. Frenchy, el dueño, dice que nunca me ha visto sino sentado al piano, y es verdad que, atornillado a él como a la tortura de mi talento, bebo, como, fumo, amo, y solo me falta bajar la tapa y acurrucarme en él para dormir.

Harry Morgan, uno de los clientes más frecuentes, es como yo. Desde que vino desengañado de la guerra de España, donde condujo una ambulancia, dice que ninguna guerra es la suya, aunque los fascistas sean uno de los bandos. Hoy en día lo tenemos difícil los neutrales; cualquier noche tomarán las románticas letras de mis canciones por mensajes en clave.

Harry conoció en esa barra al viejo Eddie. Fue mientras aún desinfectaba con whisky sus traumas de guerra. Y cuando ese charlatán ineludible logró convencerlo de que dejara de beber, nos dimos cuenta de que ahora el alcohólico era él, de tanto acompañarlo en sus acampadas en la barra, así que entonces fue Harry quien empezó a ocuparse de él, que sin embargo aún cree cuidar de Harry. El caso me inspiró una canción que, como de costumbre, tuvo un discreto éxito; aunque no están los tiempos para eso, aún espero que alguna de mis noches en vena coincida con la presencia de algún agente o magnate fonográfico. Pero me temo que la buena suerte ignora las coordenadas de mi destino.

Harry y Eddie tienen una barca, la “Queen Conch”, que alquilan a aficionados a la pesca, aunque no han tenido suerte con el último cliente, un tipo adusto y con la pendencia en la punta de la lengua. Con la lucidez del alcohólico, Eddie lo tenía catalogado de gafe. Nunca pescaba nada, y la última vez lo oí desde aquí comprometiéndose con Harry a pagarle por la mañana los ochocientos cincuenta dólares que le debía. Como contaba con ese dinero, Harry pudo rechazar la oferta de Beaucleare, un amigo de Frenchy, el patrón, que necesitaba la barca para efectuar alguna misión para la Resistencia. Es curioso, este bar es un semillero de rumores, y aunque intente amortiguarlos con mis notas, las voces y los susurros acaban por convertirse en las letras de las canciones y sin quererlo me entero de casi todo.

Esa misma noche, de repente, como ocurren los milagros, entró en el bar la mujer de mis sueños. Ya sé que todos los amantes del mundo dicen lo mismo, que hasta hallarla nunca han amado a nadie como ella, pero en mi caso no hay elementos de comparación porque a mis años lo único que he tocado con cariño ha sido el piano. Parecía avanzar sobre las aguas, balanceándose de un lado a otro como una rama de cerezo al viento de marzo; y a su paso florecían las luces de los focos y las rosas de las mesas, y se encendió en la sala un silencio tan instantáneo y misterioso como un atardecer del trópico.

Angulosa y sutil, tardó una eternidad en alcanzar el piano, como si se me acercara desde un sueño de la adolescencia, me enamoré de su sonrisa, que por el ventanal pareció hendir la noche con el filo de la luna, y me puse a tocar, que es mi manera de celebrar la vida. Y ella me acompañó con una voz vibrante y rasgada, crepitante de seda y chasquidos de fuego. La verdad es que hacíamos buena pareja, no tardé en comprobar que solo artística (¿no es bastante?): también mi piano se enamoró de su voz.

No tardé en conocer su historia; el whisky y mi hombro son propicios a las confidencias. Hace veinte años Marie nació en San Francisco. Huérfana a los trece, tuvo que esquivar el interés excesivo que mostraron por ella su tío, el director del establecimiento de acogida y los dueños y clientes de los sucesivos garitos donde actuó. Desde entonces había peregrinado por el Caribe en un derrotero de desventuras y llegado a Río, de donde ahora había naufragado en la Martinica porque era adonde le había llegado el dinero para el billete.

Marie me dejó para sentarse a la mesa de Mr. Johnson, el cliente de Harry, que embobado en esa metáfora de la belleza y la felicidad que es ella, no advirtió cómo le sustraía la cartera. Harry la vio hacerlo desde la barra. La verdad es que Marie y Harry llevaban un rato mirándose de una manera que me privó de cualquier esperanza. Los conectaba una electricidad que chispeaba en el ambiente como las ruedas de todos los trenes del destino. 

Después, supe que Harry la siguió y le exigió la cartera para que su cliente no tuviera problemas en hacerle la transferencia. Por el tempranero billete de avión que le encontró, supo que Mr. Johnson no tenía pensado pagarle. A éste nada le salía bien –el bueno de Eddie tenía razón-, sobretodo cuando sufrimos un atentado de la Gestapo, que, sabedora de que aquí se reúnen elementos disidentes, granizó el ventanal con sus balas. Vergüenza me dio protegerme tras mi querido piano, que por suerte salió indemne. No así Mr. Johnson, en honor de quien toqué una marcha fúnebre.

Llegó la policía, con ese colaboracionista del inspector Renard a la cabeza; grasiento de maldad y apestando al más agrio cinismo, ya que aparentaba investigar una matanza que él mismo habría instigado, se llevó a Frenchy, Marie y Harry. Estos dos ya iban juntos a todas partes. Los soltaron después de interrogarlos, y no sé en qué ocuparon la noche, pero lo cierto es que regresaron tan enfadados que apagué la última llamita de ilusión. Cuanto peor se llevan, más unidos están; cuanto menos se comprenden, más se entienden. El hielo que a veces los separa siempre acaba por quemar. 

Cualquiera que los mire puede advertirlo. Marie y Harry parecen moverse en un ámbito único, en un mundo transparente que solo a ellos pertenece; y uno ocupa el lugar que el otro acaba de abandonar y que de algún modo le está reservado, destinado, para colmar consigo el molde que el otro ha vaciado, encarnar la sombra con su cuerpo. Es un hecho, ambos se mueven en un tiempo que solo para ellos corre, o más bien que se les ha detenido a los dos mientras que para el resto sigue pasando. Sí, hasta los botones de las camisas de Harry anhelan abrocharse a los ojales de ella.

Ya sabía que tendría que conformarme con acompañarla al piano. Cuanto más enfadados parecen, están más de acuerdo. Lo único que al principio los separaba era que mientras ella quería ayudarle, él no habría aceptado ni la ayuda de su propia madre. Marie me ha confesado que al final Harry asumió el trabajo de la Resistencia para poder comprarle a ella un billete a San Francisco; él creía preferir la paz al paraíso infernal de Marie. Para asegurarse, Harry incluso me encomendó que la llevara al aeropuerto mientras él llevaba a cabo la misión.

Consistía en pasar a la isla a los Bursac, un matrimonio de agentes de la Resistencia. En contra de su voluntad tuvo que llevarse a Eddie, que pretendiendo ayudar solo fue un problema añadido. Todo fue bien hasta que a la vuelta se toparon con una lancha de la Vigilancia Marina. Se escabulleron en la niebla, pero Bursac sufrió una herida de bala en el hombro. 

De vuelta, aunque Harry simuló enfadarse de que Marie hubiese tirado el billete a la basura –y yo no tuviera que abandonar el piano por una hora entera-, estaba encantado de encontrarla. Yo mismo había hallado la solución: convencí a Frenchy de que la contratara. 

Hoy, todo se ha precipitado y no me dejan concentrarme en lo que estoy componiendo. Parece que a Bursac la herida se le ha infectado y han tenido que traerlo al sótano para que Harry le extraiga la bala, ya que todos los médicos están vigilados y él tuvo alguna experiencia en España. Ha venido el inspector Renard a intentar sonsacarle a Eddie sobre los Bursac y, por mucho que lo ha emborrachado en la mesa de al lado, ha sido él mismo quien ha terminado con jaqueca de tanto oír la cháchara de Eddie sobre las picaduras de abejas. Y luego todo se ha embrollado tanto como ésta dichosa melodía que no acabo de resolver.

Ya que no lo ha logrado con el ron, Renard se ha llevado a Eddie para encerrarlo sin darle su medicina hasta que hable, Bursac se muere en el sótano y su esposa está histérica. De un momento a otro Frenchy va a tener que cerrar el local, a mí me embargarán el piano, y ella y Harry tomarán el avión que los eleve hacia un sol cenital que que a mí siempre me ha cegado… y al menos ya se me insinúa, desde el fondo de la tarde, la canción que Marie me ha inspirado, la melodía del fracaso y la resignación.

Es lo único que he conseguido de ella y no me queda mucho para convencerme de que no es lo peor que ha podido darme.       
       

lunes, 8 de octubre de 2012

CENTAUROS DEL DESIERTO (THE SEARCHERS)





                 

La mañana que como capitán de los Rangers de Texas –también soy predicador-, recorrí los ranchos repartiendo la mala nueva de la presencia de comanches por la región, en casa de los Edwards se me atragantó uno de los bizcochos de Martha al encontrar a su cuñado Ethan de vuelta. Nos constaba que, sin aceptar la rendición de Lee, llevaba más de tres años inasequible a la paz, vagando por sierras y desiertos, sin abrigarse más que con el capote de su soledad, lejos del cariño y de la amistad, sobreviviendo de rapiñas y atentados a las propiedades de quienes seguía considerando enemigos, y sin renunciar a unas precarias insignias que solo podía lucir en aquellos andurriales.

Sí, él seguía en guerra, sobre todo consigo mismo, mientras que los Estados Unidos estaban en paz. De hecho, me mostró con orgullo su sable: no había claudicado. Al menos, se ofreció como voluntario a los Rangers en lugar de su hermano Aaron, el marido de Martha, ya que éste tenía tres hijos que mantener, Dan, Lucy y Deborah, y hasta otro adoptivo, Martin Pawley, el mayor, con una octava parte de sangre india, que también se nos unió. Fue un buen gesto de Ethan. Aunque desde luego se negó a someterse a juramento: seguía sin reconocer ninguna autoridad que no dimanara de la Confederación.

Pese a que venía tan tozudo como siempre, la soledad le había secado los ojos y embotado la expresión; ensimismado en sus conflictos, no podía conjurar el hechizo de su aislamiento. Es verdad que lo recibí refunfuñando, pero no lo es menos que me encantó volver a verlo. Ethan es un ejemplo de cómo se puede querer y al mismo tiempo detestar a alguien. Terminamos de desayunar y los quince nos dispusimos a partir. Con el último trago de café logré tragarme la bola que se me había hecho en la garganta viendo de reojo cómo Martha acariciaba el capote de Ethan. El capote de su soledad. Yo sabía que llevaban quince años pensando el uno en el otro. Pero Aaron la había conocido antes; Ethan no se atrevió a decirle nada, y cuando ella le condesó que le correspondía, ya había nacido Lucy. Y mientras decidían si se fugaban o no, estalló la guerra y Ethan fue de los primeros en alistarse. En lo más profundo de sí, sin saberlo él mismo, me parece que se alegró de que, como suele pasar en estas historias, sobreviniera una guerra que resolviera sus problemas particulares; siempre le ha gustado quedarse solo, aparte de todos, en el umbral del amor, al margen de la vida.

Partimos y, espoleados por el peligro, pronto nos alejamos. Lo peor fue que hasta no dejar atrás la meseta del Tambor y hallar en el valle una res lanceada, no advertimos que habíamos sido víctimas de una treta de los comanches para alejarnos de nuestros ranchos. Dos eran los principales candidatos al infierno, a ser pasto del fuego y las flechas, el de Jorgensen y el de los Edwards. Galopamos al primero porque era el más cercano y, como era lógico, Ethan y su sobrino adoptivo Martin se dirigieron al de los suyos. Es fácil inventarse esa clase recuerdos, pero antes de alejarme, mientras él disponía su montura, le reconocí en el ceño la fatal nube de un presentimiento. Acertó.

Hallaron los cadáveres de todos a excepción de Lucy y Debbie, raptadas por los comanches. Ebrio de odio tras haber perdido a casi toda su familia –y a la secreta mujer de su vida-, Ethan nos conjuró para rescatarlas. En el entierro, ni siquiera  aguardó a que yo acabara las plegarias ni escuchó las recomendaciones de prudencia de las mujeres. Impío y furibundo, estuvo a punto de reventarnos los caballos en una inverosímil persecución. Éramos un puñado de hombres tragándonos el polvo que levantaban cientos de comanches. Bajo una losa hallamos el cadáver de uno de ellos y, enfermo de rencor, Ethan le vació los ojos de sendos disparos: según las creencias de su pueblo, ya no ingresaría en la Tierra de los Espíritus, sino que vagaría por la perenne oscuridad de ultratumba.

Tal y como me temía, lejos de rescatar a las niñas, fueron sus raptores quienes nos atacaron. Nos libramos de milagro, gracias a que no portaban armas de fuego y a que logramos cruzar el río y desde la otra orilla los mantuvimos a raya. Se empurpuraron las aguas. Cuando se limitaban a recoger a sus muertos, le desvié a Ethan el rifle asesino y, delirante de ira, estuvo a punto de atizarme. Estaba loco, transido por el furor. No nos entendíamos y, ya que éramos demasiados para rastrear a los indios y además teníamos que llevar a los heridos a casa, le dejé que hiciera solo el trabajo. De modo que ya estaba otra vez al margen de todos, haciendo la guerra por su cuenta y contra sí mismo el primero.

Permitió que le acompañaran Martin y Brad Jorgensen, el novio de Lucy; no envidié a ninguno de ambos. Tardaron año y medio en volver, cuando la nevada del setenta y seis les hizo perder el rastro. Y fueron solo dos los que volvieron. Ethan y Martin contaron en casa de los Jorgensen, donde les ofrecieron alojo, que Brad, el hijo de la casa, se había dejado matar por los comanches en cuanto encontraron el cadáver de Lucy. 

El odio de Ethan no había remitido: es una enfermedad incurable. Seguía empecinado en recobrar a Debbie. Esa era su única baza sobre los indios, la perseverancia de su rencor, que para ellos es inconcebible. Conozco a Ethan; lo que no toleraba era la idea de que Debbie creciera y, tras cierto rito de pubertad, cualquier noche de luna se convirtiera en otra comanche. Además, los Jorgensen le enseñaron la carta de un tal Futterman, que contenía el retal de un vestido de Debbie presuntamente comprado a la tribu del gran jefe Scar, y ofrecía por un precio información valiosa.

Así que después de una sola noche de estancia, los Jorgensen no pudieron retenerlos –ni siquiera Laurie, la hija de la casa, que tenía predilección por Martin-, y salieron en busca de Futterman. Y desde entonces apenas hemos tenido noticias suyas, por anémicos rumores o las contadas cartas que nos hacen llegar. Y en ellas nada han comunicado de lo que más me interesa como autoridad legal de la región, de la muerte de Futterman a las pocas horas que fueran a verlo.

 Sí hemos sabido sobre la grotesca boda de Martin según el rito indio con una comerciante comanche, sobre la penosa marcha de ambos tras las huellas de Scar, y también sabemos que Ethan dispara a los bisontes solo para que en invierno no sirvan de alimento y abrigo a los indios. Y poco más de momento, solo que los ríos se deshielan, los almendros florecen, pasan las lluvias, giran las estaciones y las cosechas, y han pasado cinco años y Debbie ya habrá cumplido los catorce. Dentro de muy poco, si no lo ha hecho ya, definitivamente se habrá convertido en una comanche. Y Ethan odia a los comanches. Y su odio no se deshiela. 

Luego sería preferible que nunca la encontraran.                                

viernes, 5 de octubre de 2012

EL GOLPE (THE STING)



                
                   


 Me temía que el mejor momento de mi vida caducara en cuanto Henry emergiera del peor de la suya, con los federales en los talones y oculto en mi casa de amores. Amores de los clientes y mío por él. ¿Me pasaría como con los otros hombres, que me abandonaron en cuanto se les aclaró el nublado de su futuro y les renacía el sol de la buena suerte?

Timador genial, Henry se había excedido con aquel senador al que le vendió el paquete entero de las acciones de una irreal mina de diamantes en Sudáfrica, y ahora yo disfrutaba cuidándolo como a un niño en cuarentena que mientras tanto al menos no se expone a los peligros de la calle. Era la primera vez que dormía con el mismo hombre tres meses seguidos. Eso sí, tenía que simular que no me daba cuenta que a veces se encerraba en la habitación de alguna pupila –todas lo adoran- y que bebía más de la cuenta. Pero nunca me había sentido así, sabiéndolo todo el tiempo bajo mi techo, como si me hubieran liberado la paloma roja del corazón y la sangre me fluyera como un torrente.

Lo más bonito era al amanecer, cuando se había ido el último cliente, y en un carnaval de risas, luces y músicas, él les ponía a las chicas el tiovivo en marcha y a cada vuelta, como si funcionara al revés, a ellas les florecían unas mejillas que al subir estaban ajadas de insomnio y parecían retroceder a la infancia, otra vez inocentes, haciéndose la ilusión de que todavía no habían conocido a ningún hombre y montando a chillidos aquellos caballitos como si media hora antes no hubieran cabalgado con gemidos fingidos sobre cualquiera que hubiera pagado los treinta dólares de rigor.

Hasta que con aquella tormenta nos llegó la mala nueva del asesinato del viejo Luther Coleman, entrañable amigo mío y antiguo socio de Henry mientras aún se dedicaba a los timos de pequeña monta. Lo había hecho un sicario de Doyle Lonnegan, a uno de cuyos emisarios, inadvertidamente, el viejo había camelado. A Luther Henry lo apreciaba y admiraba más que a nadie y aquella noche se rindió al ron añejo, siempre propicio a la nostalgia de las amistades.

A la mañana siguiente se nos presentó en casa Johnny Hooker, el heredero, por así decir, de Luther, con quien había efectuado el timo fatal, un chico rubio atractivo y en apariencia manejable y frágil como un pierrot de porcelana, cuya cara dulce y radiante de ingenuidad enmascara un ingenio de viborilla y una insaciable sed de vengar la muerte de Luther, su padre espiritual. La verdad es que, aun con los problemas que todavía nos acarrea –lo persigue la bofia y la gente de Lonnegan-, la visita de aquel chico tan escurridizo le vino bien a Henry; lo activó y despertó del estupefacto estado en que lo sumían la inacción, el alcohol y el sexo gratis. Y por otra parte Jonnhy encontró en él al padre o hermano mayor que acababa de perder con la muerte de Luther. El padre adoptivo que todo artista busca.

Henry acogió a su modo las ansias de venganza de Johnny. La única forma de timar a un timador de pajarita e ínfulas de respetabilidad como Doyle Lonnegan, príncipe invisible de gánsteres y rey clandestino del juego, de alma tan negra que es capaz de desatar una matanza por un puñado de níqueles, sería planificar una estrategia genial que nos permitiera darle una dentellada a su fortuna sin que se supiera víctima de un engaño, sino de la mala suerte.

Celebramos un cónclave en casa, ya que todo el gremio apreciaba a Luther y quería colaborar. Entre los más grandes, J.J. Singleton, Kidd Twist, Eddy Niles y el propio Henry, decidieron aplicarle a Lonnegan el “truco de los caballos”, timo grande donde los haya y en desuso desde hace diez años. Esa misma noche asomó por aquí el agente Snyder, grasiento de malignidad y sudando desconfianza, al que a duras penas disuadí de que registrara el local con la advertencia de que podría sorprender a cierto superior en plena acción. También a Snyder le hemos reservado un interesante papel al final de nuestro show.

Porque en realidad de eso se trata, de elaborar toda una película que le resulte verosímil a un único espectador –pero tan avisado como un crítico-, Doyle Lonnegan, con Henry como director y actor principal. Al día siguiente nos pusimos en acción y empezamos a rodar. J.J. se ocupó del escenario, es decir, alquiló el local que transformaremos en presunto garito de apuestas donde intentaremos que Lonnegan pierda un millón de dólares; Eddy detectó una línea que da los resultados de las carreras, y Twist efectuó entre los chicos el casting que seleccionara a los cuarenta extras que necesitamos para crear ambiente en el local.

Aunque todo el mundo colaboraba, no era fácil financiar el proyecto, y con la crisis el negocio está en mal momento, ya que aunque no faltan los primos, en la calle escasea el dinero. Así que para conseguir fondos y trabar conocimiento con Lonnegan, como supimos que su única debilidad es jugar en una selecta partida que se celebra en el expreso Chicago-Nueva York, nuestros dos actores principales sacaron billetes de primera clase y con cincuenta dólares Henry convenció al revisor de que lo dejaran participar en el juego. Incluso yo tenía un pequeño papel: le robé a Lonnegan la cartera haciendo que tropezaba con él en el pasillo del vagón; aprendí a hacerlo de niña y es mi especialidad. Tenía quince mil dólares, lo justo para poder jugar.

Se trataba de que Henry interpretara el papel del dueño del garito que estábamos montando, un tal Mr. Shaw, un irritante borracho que le ganaría un dineral al mafioso, el peor perdedor del mundo. Es decir, haría mejores trampas que él, excitándole el apetito de la revancha. Y todo salió según el guión: Henry es más rápido de manos que un prestidigitador, lo sabré yo. Y por suerte ha dejado de beber desde que emprendimos esto.

Y luego entró en juego Johnny, que hacía de secretario del enojoso Mr. Shaw. Se “sinceró” con Lonnegan confesándole que su jefe había ordenado robarle la cartera y solicitándole ayuda para desmontarle a Shaw el salón de apuestas clandestinas. Si Lonnegan aportaba el capital, él obtendría con margen suficiente la información del caballo ganador. Parece que ese cojo del demonio ha mordido el anzuelo, aunque en el guión se nos ha olvidado inventarle al secretario un motivo para que odie a su jefe, una mujer habría bastado. De todas formas, con los mordiscos que da ese tiburón, hasta el final no podremos respirar.

Anoche Henry volvió a casa con la sonrisa pintada en la cara; hacía tiempo que no lo veía tan contento y, como al besarme temblé y me detectó el miedo de que me deje cuando hayamos terminado con Lonnegan, me susurró al oído que se quedaría conmigo hasta que yo me hartara de él. Como si eso fuera posible. Entre sus brazos me echó a volar la paloma roja del corazón y la sangre se me impulsó como los rápidos de un río.

Hasta ahora no he encontrado a nadie como él. Siempre me ha fallado la suerte, la bolita se me paraba en el negro y ahora sé que todo me lo juego en esta apuesta de caballos. Mi vida no ha sido precisamente alegre, pese a pertenecer a lo que por ahí llaman “vida alegre”. A los nueve años perdí a mis padres en un accidente de tren. De mi casa solo me llevé a Tiny, un foxterrier que hasta Henry ha sido el único que no me ha fallado. Me recogió mi tía, que estaba loca, y cuando me envenenó al perro me escapé de su casa. Tenía catorce años y no quiero recordar lo que pasé en la calle hasta que encontré a mi primer protector. Al menos a partir de entonces empecé a cobrar. En aquella época la paloma debía haber volado más alto que nunca, pero estaba enjaulada.

Por eso ahora tendrá esta ansia de cielo.        

martes, 2 de octubre de 2012

SENDEROS DE GLORIA


       
                   

Por culpa de esos cobardes 1916 pasará a la Historia de la Guerra como un año de estancamiento en el frente y yo, el general Mireau, tendré que esperar otra campaña para grabar mi nombre a sangre y fuego en un mapa bélico que por ahora, después del avance relámpago de los alemanes, se reduce a un par de inmensas trincheras, sendas grietas de casi mil kilómetros de donde nadie se atreve a asomar. 

Y en este punto muerto –¡una oportunidad de oro para pasar a los libros de Historia para los audaces como yo!- resulta que nuestros peores enemigos no son los boches sino esos periodistas y politicastros que no parecen franceses de verdad y, envidiándonos a los militares el poder que detentamos, se dedican a desprestigiar a su propio bando, por lo que he de guardarme de que nada se filtre sobre el ataque al Hormiguero. Ignoran que en la batalla todo está permitido con tal de vencer; nos mandan al frente para que defendamos sus privilegios y prebendas, y luego se permiten cuestionar nuestros métodos. En esta guerra no habrá criminales, sino vencidos.

Esos metomentodo civiles tienen fino el paladar, y son tan pusilánimes y defienden conceptos tan pálidos, difusos y borrosos –democracia, igualdad, libertad- que, aunque sin dejar de roer las cortezas y migajas de su palabrería, como ratas permanecerán a reguardo hasta que se declare la paz. Pero esto es el ejército, aquí hay que obedecer y la muerte es el precio tanto de la gloria como de la indisciplina.

Lo digo por esos civiles que vienen aquí creyendo que van a ejercer sus profesiones, como ese cursi del coronel Dax, el abogado. El muy cretino creerá que los boches van a interrumpir el bombardeo para escuchar su alegato. Y lo peor es que su incompetencia ha estancado mi carrera y mancillado el honor de Francia, la devoción de mi vida. Amo el himno –aunque sea revolucionario- y la bandera al punto de que para defenderla no me importa convertirla en mortaja, pañuelo de lágrimas o venda de sangre. En cambio, el otro día ese traidor de Dax la comparó con el capote rimbombante de un torero y se refirió a nosotros, los patriotas, como canallas. ¡Ese hombre es capaz de anteponer a la bandera la vida del atajo de miserables que tiene por regimiento!

Todo empezó hace tres días, cuando los rumores de una ofensiva por parte del Estado Mayor se concretaron en las órdenes de mi amigo el general Broulard. Durante la cena, me habló sobre la posibilidad de tomar la colina del Hormiguero, la posición clave de esta zona y, llevado por la inercia de la inactividad, cometí el desliz de replicarle que, mientras que a duras penas podíamos defender nuestras líneas, pensar en un ataque sería quimérico. Pero entonces George, el general Broulard, me dio una lección. Cuando se refirió al honor de nuestro ejército y me encareció la necesidad de contrarrestar el avance inicial de los alemanes con un contraataque, y tangencialmente me hizo saber que el éxito de la operación me valdría una condecoración y el mando del XII Ejército, la misión ya me pareció menos inviable. A los postres la consideré factible, y con el coñac cosa hecha. Lo cual no quiere decir que no piense en mis hombres, sino que si se trata de Francia, uno ha de ser frío y pensar en ellos como simples peones dispuestos a sacrificarse por la victoria.

De modo que esa misma tarde, ya que no soy un militar de mapas y planos –lo demuestra la cicatriz que me cruza la mejilla-, me presenté en la trinchera para arengar a los hombres. Los encontré distantes, casi devastados por el hambre y la falta de sueño, algunos medio catatónicos de miedo y con lo que los periódicos llaman neurosis de guerra, decrépitos y harapientos, acaso a punto de derrumbarse como escombros humanos. En definitiva, faltos de espíritu, lo cual se debía al tal Dax. Pero a una palabra mía los electrizó una corriente de ánimo, y el entusiasmo y la fe en la victoria les brilló en los ojos como una de esas bengalas que en la noche iluminan la tierra de nadie sembrada de cadáveres. Todos menos el coronel Dax. Le pasa lo que a los intelectuales, que los atenaza la duda, piensan demasiado y confunden la inteligencia con el derrotismo.

Como se atrevió a dudar de la empresa, le prescribí un permiso indefinido y logré que cambiara de actitud: picó el anzuelo. Sabía que reaccionaría así; es un miserable, pero también un sentimental que no iba a abandonar a la morralla que sus hombres han demostrado ser. ¿Qué son unos cuantos individuos en comparación con una posición tan estratégica como el Hormiguero y la gloria de conquistarlo?

Reconozco que aquella trinchera del Regimiento 701, el que llevaría a cabo el ataque, no era precisamente cómoda, sino más bien un simulacro del Infierno, los obuses caían aquí y allá repartiendo la lotería de la muerte, pero aquello era otra razón para dejar de estar allí apiñados por el miedo, salvar las alambradas propias, saltar a campo abierto, y tras poco más de un kilómetro bajo el fuego, escalar la colina, eludir las alambradas, atacar con fiereza, poner en fuga al enemigo y, aun sin refuerzos, defender la fortaleza; todo ello apenas con un setenta por ciento de bajas. ¿No habían oído hablar de la Carga de la Brigada Ligera?

Dado que iba a ser un día duro, ayer por la mañana preparé el coñac y los prismáticos para presenciar el ataque desde la colina del oeste; de lejos se tiene una visión más clara del movimiento de las tropas, aunque esta vez no había lugar para piruetas estratégicas, solo se trataba de agachar la cabeza y embestir, y ya he caído en otro símil taurino; la estupidez es contagiosa. Pero tampoco hubo mucho que ver. Nada que no fuera la cobardía de esas ratas, porque para vergüenza de Francia los pocos que avanzaron cayeron, otros retrocedieron a los pocos pasos y la mayoría ni siquiera alcanzó nuestras propias alambradas.

Enfurecido, ordené por teléfono a nuestra batería que hicieran fuego contra esos cobardes: era la única forma de hacerles salir. ¿Acaso no hay que disparar contra los desertores? Sin embargo, ese traidor del capitán de artilleros Rousseau –así tenía que llamarse- se negó a hacerlo sin orden escrita. Es lógico que me pusiera así; desde aquella cima tuve que asistir al desplome de mis aspiraciones.

Y ahora voy a depurar responsabilidades. Por culpa de esa gentuza tendré que esperar otro año para convertirme en un héroe. Mi reputación ha quedado en entredicho y mi ascenso se volatiliza; aunque me equivoco, lo que de verdad me ofuscó fue que Francia dejara de ganar el Hormiguero por culpa de aquellas hormigas. Ayer dictaminé que diez hombres de cada batallón fueran fusilados, bueno, siempre que el Consejo de Guerra que ahora se va a iniciar los encuentre culpables de cobardía frente al enemigo; ya me encargaré de que la sentencia sea justa.

Por supuesto, Dax oficiará como abogado defensor e intentará defender lo indefendible. Sostendrá que mi orden era un imposible; como si él tuviera competencias para discutir mis órdenes. La única prueba de que se trataba de algo imposible serían los cadáveres de esos tipejos retorcidos en la tierra de nadie. Y que conste que, como concesión al general Broulard, que ya le está temiendo a la opinión pública, he rebajado mis pretensiones de cien a doce hombres, y de doce a solo tres. Para que luego digan que soy inflexible. ¿Acaso mi honor no vale más que la vida de tres de esos sujetos? En el fondo soy un romántico que concede demasiado valor a los principios.

Pero se hará justicia y al menos esos tres caerán, lo juro por mi honor. Lo hago por amor a Francia y por la moral del ejército. Es la hora de la disciplina. Mis hombres la necesitan y por su bien yo se la administro porque para ellos soy un padre acaso duro pero justo.