martes, 16 de abril de 2013

ME SIENTO REJUVENECER (MONKEY BUSINESS)




                 


El único problema de haberme casado con un genio tan presuntamente grande como Barnaby es que el aburrimiento de convivir con él también es genial, el más grande y arrasador aburrimiento que puede soportar una rubia exigente como yo, que vertiginosamente se acerca a la mediana edad sin que nadie me detenga con un frenazo de eternidad (sí, me refiero a aquella clase de gozo, éxtasis, clímax, que ya casi he olvidado).

Tonta de mí, al casarme con un químico tan prometedor creía haber resuelto la fórmula de la felicidad. Sin embargo, mientras Barnaby se halla urdiendo algún experimento, es decir, siempre, abstraído en la composición y dosificación de cualquier fórmula –en su caso nunca la del éxito-, a su paso de zombi se caen mustios los pétalos de las flores de la vida, y de su compañía se desprende un tedio de novela sin diálogos o tablas de ajedrez, todo él parece glacial, abstruso, indiferente a mi madura belleza, ausente, solo de cuerpo presente, idéntico a un logaritmo incalculable, un número –un 7- si se queda en pie, rígido, cabizbajo y con el índice en la barbilla, o un signo de interrogación cuando se lleva la mano a la frente, el puro álgebra de la incomprensión. Y sin embargo…

¿Cómo no voy a estar harta de él? Inepto en la cama, incapaz de ganar más que un ínfimo funcionario, solo sabe abismarse en un silencio de cálculos y proporciones. Si fuera tan genial como sus despistes hacen presumir, se lo disputarían las multinacionales y sus patentes nos habrían hecho millonarios. Ojalá pudiera abandonarlo por Hank, el próspero abogado que desde la adolescencia besa por donde piso hasta en los días de lluvia.

Anoche Hank había reservado mesa para el Yacht Club, ya que el único modo que el pobre tiene de cenar conmigo es invitando también a Barnaby, pero no pudimos ir por culpa de éste. Al salir de casa le dije que encendiera la luz del porche y que apagara la del vestíbulo, que cerrara la puerta y echara la llave mientras yo arrancaba el coche. Por una vez cumplió al pie de la letra los cuatro preceptos, salvo que en lugar de salir cerró la puerta desde dentro. Estaba absorto –embobado- en una fórmula. Y no en cualquiera, sino en la del rejuvenecimiento, la eterna juventud, una utopía que aunque parece inalcanzable para el género humano, y más para Barnaby, cierta intuición –tan inexplicable como mi amor por él- me hace abrigar la ilusión de que lo consiga. Si por un azar inconcebible un mono sentado ante una máquina de escribir podría escribir el Quijote, ¿por qué no va Barnaby a descubrir un elixir que haga rejuvenecer a esos monos que tiene en el laboratorio?

Quizá debido a eso fui indulgente y le di otra oportunidad respecto a las luces del porche y a la llave. De nuevo lo hizo todo bien salvo que volvió a encerrarse por dentro y esta vez tardó más en abrirme, pensativo en la oscuridad del vestíbulo. Decidí renunciar a aquella farsa y quedarnos en casa. Prefería tener que preparar la cena a hacer el ridículo en el Yacht Club.

Al parecer al genio se le había posado en el hombro el aguilucho de su inspiración, pero antes de que pudiera apresar la idea el pajarraco salió volando y se la llevó a otra latitud. Vino Hank a quejarse con razón de nuestro desplante. ¿Qué me impedirá fugarme con él? Entretanto Barnaby se escaldó la lengua con la sopa, gracias a lo cual mi corazonada y la fórmula parecieron factibles. El aguilucho había vuelto a aterrizarle en el hombro: quemarse le había dado la idea de que era el calor lo que había que aplicarle al brebaje para que sus componentes fueran absorbidos por el organismo humano. Gracias a mi sopa de letras la humanidad iba a dejar de envejecer. Hank tuvo que irse de aquella casa de locos.

Esta mañana Barnaby ha salido media hora antes para entrevistarse con su jefe, Mr. Oxley, un anciano al abismo de la congestión cardiovascular, más personal que profesionalmente interesado en obtener la fuente de la eterna juventud. He pasado el día intrigada por el resultado del experimento. Para enterarme de algo, al anochecer me he presentado aquí, en el laboratorio, con la excusa de traerle la cena. Para mi estupor lo he encontrado dormido en el diván, con el pelo cortado a cepillo, una americana a cuadros chillones y una huella de pintalabios en la comisura de los labios. Ahora se despierta y mientras me asegura que él mismo ha probado la fórmula y ha tenido éxito, empiezo a sentir la picadura de los celos. ¿Quién habrá tenido la desfachatez de besar a mi marido?

Barnaby dice que no bien la hubo tomado, dejó de necesitar gafas y ya no le molestaba la bursitis. Corrió a comprarse un deportivo digno de un veinteañero y lo estrenó (¿en qué sentido?) con Mrs. Laurel, la secretaria de Mr. Oxley, que tenía órdenes de traerlo de vuelta a la oficina. Barnaby dice que todo el tiempo sentía el vigor y la ilusión y las musculosas esperanzas de la juventud. Habían ido a nadar, a patinar y quién sabe qué más, a juzgar por la mancha de carmín. Ahora está mareado, con resaca de tanta euforia y agujetas de todo ese frenesí. Se nota que ha hecho ejercicio y lamento que haya sido otra quien haya disfrutado de su pasajera reanimación. Porque ahora tiene el espíritu tan desteñido como siempre.

Para salir de dudas, desconfiando de él y de mi propia corazonada, aprovecho que se descuida y me arriesgo a también yo probar la fórmula. Tampoco a mí me vendría mal revitalizarme un poco. Ante la consternación de Barnaby, le replico que se limite a estudiar mi reacción, para algo él es el científico. Me quejo del amargor y me trae un vaso de agua, que también me sabe a rayos. Entra Mr. Oxley, palpitantes la papada y la barriga, conmocionado por el hallazgo de Barnaby, y me agradece mi sacrificio en aras de la ciencia. Ambos me observan: no siento nada raro. Pero ahora que noto una ligereza y una elasticidad como no recordaba, mi cuerpo es un puro muelle, me pongo a dar palmadas y a cantar, y concentro todo el deseo de hacer alguna travesura en esa fulana de secretaria que me mira con los ojos como platos y quería quitarme a mi marido, este niño prodigio con quien cruzaré de la mano el jardín de los años, los dos por siempre bellos, jóvenes y ricos.                                       


sábado, 13 de abril de 2013

PASAJE A LA INDIA




                 


Todo empezó como de costumbre, con los ingleses atropellándonos en nuestro propio país; desde que vinieron a la India no han dejado de hacerlo. Pedaleaba con un amigo por la ciudad vieja cuando el auto de los Turton nos embistió de refilón, caímos y me empurpuré de fango el traje de pasar consulta. Luego pasaron los coches de otros mandamases británicos, McBryde, el Jefe de Policía, y el del joven juez Heaslop, con dos damas de su familia recién llegadas de nuestra benefactora metrópoli.

El siguiente atropello, de orden moral, tuvo lugar esa misma noche. Un mensaje del comandante Callendar, el jefe de nosotros, los médicos nativos, me hizo abandonar la mesa de unos amigos para dirigirme a su mansión, donde me ordenaba presentarme. Al llegar no solo me encontré con que se había ido al club, sino que entretanto unas damas que salían de la casa me privaron de la tonga y hube de subir a pie hasta el club.

Dado que a los indios se nos veta el acceso a tan selecta institución, me recluí en la cercana mezquita, donde la contemplación del Ganges fluyendo al brillo de la luna me aplacó el ánimo. La noche estaba en calma y las aguas serenas. En el río palpitaba una estela de plata líquida. Pero de repente los grillos callaron, un aura me heló la nuca y supe que alguien me estaba observando. Me volví y vi un fantasma. Osciló su terrible blancura, salió de la sombra y a un rayo de la luna su blanco vestido acabó siendo incorporado por una anciana menuda. Una inglesa. Vaciló, también espantada: nos habíamos asustado mutuamente.

Para desahogarme del susto la acusé de falta de respeto, pero descubrí que se había descalzado. Era la primera vez que veía hacerlo a un occidental sin necesidad de advertencia y para colmo creyéndose sola; más que fantasma era un ángel. Emocionado, me disculpé. La brisa pareció traernos una atmósfera de confianza que nos hizo contarnos nuestras vidas, al menos someramente. Ella, Mrs. Moore, había venido a ver a su hijo, el estirado juez (¿cómo pueden ser tan distintos?), acompañada de la prometida oficiosa de éste, Miss Quested. Me contó lo interesadas que ambas estaban en conocer la India más allá de las guías de turismo. Ante su delicada cortesía, la gratitud me espoleaba el corazón y, aunque estuviera recién llegada, descarté que con el tiempo levantara ante los nativos la típica barrera de arrogancia e incomprensión.

En cuanto a mí, le hablé de mis dos hijos, que viven con sus abuelos, y de cómo perdí a mi esposa al dar a luz al segundo. A punto estuve de contarle lo que siento a diario, cuando abro el primer cajón de la cómoda y miro su fotografía, o si llega a la consulta cualquier joven embarazada: me parece ser un peregrino que camino de La Meca encuentra seco el manantial que esperaba cristalino, y cuando se resigna a proseguir sediento el camino observa que dos brazos de agua rebrotan de la fuente y manan puros y límpidos: Akbar y Jamila, mis hijos.

Desde luego que tampoco entré en detalles sobre mi sórdido alojamiento, descuidado por mi criado Hassan, de mis estrecheces pecuniarias o mis viajes trimestrales al prostíbulo de Calcuta. Antes de separanos, Mrs. Moore se quedó mirando al río lunar como hipnotizada por una serpiente, se le notaba atraída y espantada por el vertiginoso misterio de las aguas, igual que si le hubieran dicho que iba a ser abuela o que iba a morir al día siguiente.

No tardé en volver a saber de ella. Dos días después acepté la invitación a un té formal en la casa de Mr. Fielding, el director de la escuela, a quien solo conocía de vista y cuya amabilidad con los indios lo convierte en alma gemela de Mrs. Moore. Me presenté nervioso e inseguro, incómodo en un traje demasiado estrecho y con media hora de adelanto. Pero Mr. Fielding no defraudó mis expectativas y me recibió con una cordialidad de viejos amigos. En efecto, me había invitado a instancias de Mr. Moore –sus generosas índoles habían congeniado-, que no tardó en llegar, acompañada de Miss Quested, su futura nuera. También vino Godbole, el ínclito filósofo fatalista y brahmán, personaje célebre por lo escueto y ambiguo de sus dichos. Nos acomodamos en el jardín de nuestro anfitrión, radiante de rosas y nenúfares entre los reflejos de un estanque.

Las damas refirieron que a última hora no fueron recibidas por cierta familia que había aceptado el cumplido de su visita y creo que fue Mr. Fielding quien les explicó que aquello se debería a que se avergonzaron de la humildad de su alojamiento. Para neutralizar la decepción cometí la imprudencia de ofrecerles la ocasión de visitarme, y como para mi sorpresa aceptaron y recordé los excrementos de moscas en el espejo y las excoriaciones de yeso, me apresuré a proponerles en su lugar una expedición a las cuevas de Marabar. Quedamos en ir los cinco, pese a que Godbole, el único que las conocía, mostró respecto a ellas su enigmático escepticismo. Ojalá hubiera atendido a sus reticencias y no hubiéramos venido. Sin decoración ni valor simbólico, consisten en un angosto acceso, una pequeña cámara circular, y sobre todo vacío y oscuridad. Eso y un extraño eco que amplifica las voces en una extraña dimensión, reverberando como a través del tiempo, hacia un pasado primigenio.

Para ser tres las culturas representadas en la reunión, con el perfume de las rosas se sustanciaba entre nosotros una cortesía y hasta una naturalidad que en esos casos nunca había visto, hasta que irrumpió el atrabiliario prometido de Mrs. Quested e hijo de Mrs. Moore, el juez Heaslop, y se las llevó con unos modales dignos de un negrero mogol.

Y justo en la presencia de las tres religiones en nuestra visita a las dichosas cuevas ha residido la dificultad de su planificación, ya que cada una de ellas implica el tabú de determinados alimentos y diversidad de costumbres. De no ser por la ayuda de mis amigos musulmanes, nunca habría podido organizar la expedición de una comitiva tan abigarrada. Anoche pernocté en la estación, junto con los criados y todo lo necesario, con tal de no dejar nada al azar. Las señoras llegaron puntuales, pero no así Fielding y Godbole, por culpa, según me dijo el inglés desde el otro lado de la barrera, de una oración ritual del hindú. Después de todo, parece que no lo abandona todo al destino; desde el principio no quiso venir.

La ausencia de Fielding me tenía histérico. Para atender a las damas y respetar el purdah, aunque solo logré asustarlas, no dejé de recorrer el tren arriba y abajo por el estribo de los vagones, incluso al paso de los puentes; en efecto, no sabía yo hasta que punto me encontraba al borde del abismo.

Lo único que ha salido bien fue alquilar ese elefante que nos trajera de la estación a estas colinas donde están las cuevas. De la primera la pobre Mrs. Moore ha salido trastornada. Lívida y resollando, ha preferido no subir a ésta. Aunque más intenso, parecía afectada por el mismo pánico que la invadió la primera noche contemplando el río desde la mezquita; es como si enfrentándose a su destino el eco de la cueva hubiera rugido con la certeza de su muerte.

Pero algo desastroso le ha pasado a Miss Quested en la segunda cueva; capto en el aire el aleteo del pájaro de las desgracias. De vuelta de fumarme un cigarrillo, he visto que ha desaparecido de los alrededores. El guía no sabe nada y hemos subido solos. El ruido de un motor me indica que ha optado por abandonarnos en el coche de alguien. Me pregunto si también la habrá perturbado el vacío oscuro de la cueva. ¿Estará histérica y me acusará de cualquier atrocidad? Entre los ingleses, comparada con la mía, su palabra es sagrada. ¿Qué sería de mi carrera? ¿Y de mis hijos? Mientras subíamos Miss Quested, que ya estaba algo rara, me ha preguntado por mi esposa y he vuelto a sentirme como un peregrino que al llegar sediento a una fuente la encuentra seca.

Y cuando sendos brazos de agua ya manaban límpidos empiezan a filtrarse y perderse por las grietas de la piedra.                                                     


miércoles, 10 de abril de 2013

LA DOLCE VITA




                  


Si bien me he casado con el periodismo, la literatura es el amor de mi vida. Mientras que el primero es mi trabajo alimenticio, después de varios años recopilando materiales estoy a punto de consumar mi amor y escribir mi primera obra maestra. Solo me falta eso, escribir algo, para convertirme en un autor reconocido. Pero mi labor cotidiana también es una rica cantera de donde extraer temas para mi novela.

Así aprovecho todas las noches de ingrata espera en que tengo que hacer estiramientos de paciencia, sentado en alguna terraza de Via Veneto, con la aburrida compañía de paparazzo y consolándome con algún que otro whisky, al acecho de la belleza de moda, de algún mal actor recuperado de su último intento de suicidio, o de cualquier noble recién divorciado, entre la animación de una ciudad que se está volviendo tan frívola, melancólica y extravagante como en la decadencia del Imperio.

A veces, de cazador de noticias paso a ser presa del interés de mis colegas, como cuando fui el elegido para pasar la noche por Maddalena, primogénita de la más antigua familia de Roma. De hirsuta belleza y estragada de placeres, ya solo los encuentra sorprendiendo a su lujuria en las más inesperadas situaciones: para acostarme con ella tuve que acompañarla a la cochambrosa habitación de una mujer de la calle, donde la excitarían los pretéritos fantasmas de tantos amores provisionales expandiéndose con las manchas de humedad de las paredes.

Como escritor, también a mí me interesan ese tipo de rarezas o experimentos; son gajes del oficio, por el bien de mi obra he de renunciar a la moral convencional. Sin embargo, tengo que soportar los celos de mi novia Emma, la mujer con la que a mi madre le encantaría que me casara. Igual que ella, también es posesiva, devota (me ha hecho hasta acudir a una presunta aparición de la Virgen), histérica y, todo hay que decirlo, casi tan atractiva como buena cocinera, por lo que la he dejado que se instale en mi apartamento. Igual que el periodismo, ella es mi pareja alimenticia. Cuando volví, al amanecer, de mi excursión por los barrios bajos con Maddalena, tuve que llevar a Emma al hospital porque en una de sus crisis de ansiedad por mi ausencia se había dado un banquete de somníferos.

A Emma tampoco le gustó que el periódico me encomendara el seguimiento de la llegada a Roma de Sylvia Rank, la estrella americana, que viene a rodar una superproducción en Cinecittà (el cine y las Olimpiadas evidencian la nueva Roma). Carlo Ponti había dispuesto una recepción multitudinaria, y desde su aterrizaje en Fiumucino aquella mujer total fue desatando a su paso una tempestad de flashes. Si hoy día nada es real hasta que no lo congela una fotografía de la prensa, Sylvia parecía dotada –y no solo por sus medidas- de una exuberancia de realidad, toda ella estaba intensificada por un exceso de vida y una feminidad que como a una diosa la exaltó ante un altar de cirios en el templo de mi devoción. Me invadió por ella un amor tan genuino como el que prodigo a la literatura.

Después de la rueda de prensa, el comité de bienvenida la llevó a San Pedro y, coronando mis expectativas, logré presentarme a ella cerca del cielo de Roma, pues en la palpitante subida los de la comitiva se fueron quedando exhaustos y solo mi aliento y mis energías estuvieron a la altura de semejante mujer.

En la velada, programada en unas termas de cartón piedra con camareros de túnica, logré bailar con ella y hasta le confesé que era la mujer de mis sueños (veo que el amor hace incurrir en tópicos hasta a alguien como yo). Dado que su novio Robert parecía más enamorado de la ginebra, cruzaron ciertas palabras y Sylvia salió ofuscada de allí, lo cual aproveché para, con la excusa de traerla de vuelta, huir con ella hacia el corazón de la noche romana. La subí al descapotable y, de nuevo cazador cazado, me libré como pude de esos fastidiosos –me sorprendí pensando- paparazzi.

Esperaba inclinar a mi favor el enojo que ella sentía hacia su novio, pero al final, como el poeta que soy, no supe muy bien qué hacer con el amor y acabamos perdidos en el laberinto del aburrimiento y de las calles de la madrugada. Sylvia encontró un gatito y me hizo buscar una lechería. Hasta que por casualidad desembocamos en cierta plaza donde un líquido estruendo nos anunció la fontana de Trevi, y cuando se le ocurrió meterse en la fuente logró impacientarme. ¿Estaría borracha? El fragor del agua me confundía como una catarata. Me invitó a imitarla y como no les niego nada a las mujeres tuve que hacerlo. Por suerte la noche estaba templada y no me había puesto mi mejor traje. Me cogió la mano y de repente creí que una de las náyades se había encarnado en Sylvia, pura y lunar, y a solas con ella en la noche cóncava me sentí palpitar en su latido al acorde de algo más oscuro y profundo que el amor; se apagó el estruendo del agua y más allá del ruido del mundo avanzamos por la fuente, eternizados por ella, partiendo el agua y el silencio y el tiempo hacia una especie de inmortalidad, como en la escena de una película magistral… En fin, ya he dicho que soy un escritor.

De regreso al hotel nos esperaba Robert, su pareja. Por desgracia los paparazzi captaron el puñetazo que me propinó: de no ser así, quizá se me habría hinchado menos el ojo. Es lo que digo, que en Roma nada que no aparezca en la prensa parece haber sucedido de veras.

Un par de días después aún tuve que calarme las gafas negras para ir a rodar aquel anuncio con guión mío (mis futuros exégetas lo analizarán). En un descanso vi por casualidad a mi amigo Steiner entrando en una iglesia. Me reuní con él. Venía a recoger una gramática de sánscrito y se puso a tocar en el órgano una fuga de Bach. Steiner es un personaje fascinante; culto, espiritual y misterioso, con un brillo oscuro en el pozo de su mirada. Solo él puede extraer lo mejor de mí mismo. Siempre me da a entender que me conviene cambiar de ambiente; quizá debería volver de vez en cuando al pueblo. En la disputa ente el periodismo y la literatura, él me inclina hacia ésta. Con su influencia puedo abstraerme de la abyecta orgía de risas, tragos y banalidades en la que reconozco a veces llego a envilecerme.

Por eso, igual que siempre que me encuentro con Steiner, me he decidido a escribir de verdad y esta mañana me encuentro ante mi Olivetti, con la inminencia de la inspiración en la yema de los dedos, en la soleada soledad de la terraza de un chiringuito a orillas del mar, a punto de iniciar la mejor novela italiana del siglo. Y cuando todo mi talento está a punto de cristalizar en la primera frase, me fijo en la adolescente rubia que, como salida de un cuadro del Perugino, vuela de una mesa a otra. Le digo que puede subir la música (Patricia, de Pérez Prado), le sonrío y dejo de concentrarme en esa decisiva primera frase para pensar qué puedo decirle para romper el hielo.                           


sábado, 6 de abril de 2013

HORIZONTES PERDIDOS




                            Resultado de imagen de the lost horizon ronald colman               


Al final van a llevar razón mis críticos, esos que me acusan de demagogia y de labrarme un futuro político con tantos artículos, conferencias y monografías en que me he posicionado a favor de la paz, la tolerancia y la coexistencia de todos los credos y razas, y de pretender significarme con el ejercicio de mi labor diplomática y de mediador internacional. Hasta el más chapucero chupatintas de Fleet Steet ya sabe que en Downing Street se acaba de firmar mi nombramiento como Ministro de Exteriores (dadas las circunstancias espero que hayan dejado un espacio en blanco para la fecha) y que en Shanghai me espera todo un acorazado para llevarme de vuelta a Inglaterra.

Me temo que mis detractores también hayan acertado en llamarme charlatán o en titular “Robert Conway, ese hombre de paja”, porque si acarreando la cartera de ministro aplicara mis doctrinas tendría, por ejemplo, que licenciar a los ejércitos que ocupan las colonias y dejarles cada país a los nativos. Pero me temo que mis sueños serán humo y la burocracia engullirá mis aspiraciones, según otros tan ingenuas como las películas de Frank Capra.

De momento estoy en un escenario muy distinto a ese que me espera de escritorios ordenados con la impersonalidad del poder y mullidas alfombras que amortigüen los pasos de los conspiradores. Me hallo en el proceloso regreso de Baskul, en China, donde he sido comisionado por la Sociedad de Naciones para evacuar a noventa occidentales. Y así lo hemos hecho mi hermano George y yo, conforme nos enviaban transportes aéreos desde Shanghai, abriéndonos paso cada vez en la pista del aeródromo a través del pánico de una multitud de chinos. Declarada la guerra civil, el ejército rebelde se hallaba a las puertas de la ciudad, y ya irrumpía un destacamento enemigo en el aeropuerto cuando mi hermano y yo despegamos en el último avión, pilotado por el bueno de Tenner, junto con los últimos tres anglosajones.

Aunque después de muchos apuros habíamos cumplido la misión y ningún hombre blanco había quedado en tierra, tuve que beberme casi toda la botella de whisky que mi hermano había encontrado, para dejar de pensar en que los diez mil habitantes de la ciudad, por su fidelidad al gobierno, ya habrían empezado a ser pasados por las armas. En su condición de chinos carecían del derecho a nuestra ayuda. Ahí tenía un ejemplo de cómo se contradicen mi labor oficial y mis convicciones, la política real y mi vocación. De ministro ocurrirá lo mismo: mi idealismo se integrará en el sistema, no me atreveré a cambiar nada y el ideario de mi vida se hará jirones como un cartel electoral bajo la lluvia, con las promesas desprendiéndose de la cara del político.

Con la borrachera, apenas reparé en los compañeros de viaje: Lovett, un timorato y pesimista paleontólogo; un enojoso rollizo que me suena de algo, y una rubia americana de pasado ambiguo y futuro aún más dudoso por culpa de la tos que la desgarra. En seguida me dormí, seguro de aterrizar en Shanghai al día siguiente, ayer.

 Pero al despertar, además de la resaca, hube de afrontar la noticia de que misteriosamente nos dirigíamos en dirección contraria, hacia el oeste. Se subió la persiana de la cabina del piloto y por un instante, antes de que volviera a caer, nos sonrió perverso un rostro mongol que reflejó toda la inescrutabilidad que algunos achacan a los orientales. El pobre Fenner habría sucumbido a sus artimañas. Dado que ninguno sabíamos pilotar, era inviable atacarlo y solo cabía resignarse. Parecía evidente que nos habían secuestrado. Como un cigarro en un corro de adolescentes, entre los pasajeros cundió el nerviosismo.

A las pocas horas aterrizamos en una altiplanicie, junto a una primitiva aldea mongol donde, aun desconociendo el motor a explosión, nos aguardaban con gasolina suficiente para repostar, lo cual hicieron en cadena. Sin habernos permitido bajar, el piloto no tardó en despegar. Puso rumbo a una imponente cadena montañosa que no supimos identificar: estábamos desnortados.

 Volamos muy alto para eludir una tormenta, arreció el frío y con el dolor de oídos y la angustia de la incertidumbre los demás empezaron a mirarme de través, resentidos. Como líder público sin duda era yo el objetivo –y a sus ojos el responsable- del secuestro y sin palabras me exigían que hiciera algo. Intenté aflojar la tensión con una broma que tuvo el efecto de una tarta en el cumpleaños de un enfermo terminal.

Para colmo, la chica sufrió un ataque de histeria del que pareció contagiarse el avión, que se puso a cabecear como un albatros herido. Por suerte habíamos perdido altura y el piloto pudo improvisar un aterrizaje de emergencia en plena sierra. Gracias a habernos refugiado en la cola y a la amortiguación de las mantas, ninguno sufrimos daño. George y yo nos abalanzamos hacia la cabina, donde encontramos muerto al piloto. Según sus mapas nos hallábamos en el Tíbet, en una zona ignota para el hombre blanco, a casi dos mil kilómetros de la civilización, en la estribación de un sistema montañoso de nieves perpetuas y con la amenaza –casi certeza- de morir de hambre o frío.

Aunque intenté suavizar la situación a los otros tres, George estalló y expuso a gritos la situación. Cubrimos las ventanillas con mantas e intentamos dormir; tardé en lograrlo sorprendido por la fragilidad de mi hermano. Esta mañana seguía nevando, pero al menos George se había serenado. Acordamos que yo partiría en busca de alguna tribu que los rescatara; era nuestra única oportunidad entre mil. Entonces los vimos: como una comitiva de recepción a la vida, silenciosos entre la nieve y sus pieles de abrigo, un grupo de tibetanos se acercaba al avión. El vigoroso anciano que los encabezaba nos saludó en amable inglés. Con una expresión que transmitía serenidad aun en medio de la tormenta, el tal Chang nos dijo que procedían de un monasterio de lamas. Nos equiparon para la marcha y partimos hacia allá.

No ha sido una marcha larga pero sí muy ardua, escarpada de vértigos y cortada de riesgos; hemos avanzado a través de cornisas de nieve y equilibrados sobre nuestra propia muerte, bordeando abismos por donde nadie acabaría nunca de caer, hasta que alcanzamos un angosto paso y de repente se han perdido el viento y la nieve, nos ha acogido un cálido abrazo de bienestar y a nuestros ojos, bajo un cielo como de invernadero que parece estrecharlo en sus brazos azules, se ha dilatado un radiante valle protegido de la tempestad por altas montañas. La Tierra Prometida.

Y camino del monasterio que comparo a una utopía, experimento una paz digna de la felicidad o de la muerte –las de un montañero recién coronada la cumbre-, y en esta primavera que transcurre en medio del invierno, como si hubiéramos accedido a una dimensión desconocida, a un tiempo especial que fluyera en el interior del tiempo, a un espacio inmóvil en medio de la desgastadora rotación de la Tierra, un punto fijo a lo largo de la edad, ya me parece haber estado aquí antes o que éste sea el verdadero destino de mi vida, como si de siempre hubiera pertenecido a este valle, que en vez de Londres fuera mi lugar de nacimiento, o aquél en el que moriré, y ésta fuera mi verdadera patria –matria-, e intuyo que alguien muy querido y hasta ahora desconocido ha conspirado para traerme aquí (quien ha contratado al piloto, dispuesto el combustible en el poblado y enviado a los tibetanos a rescatarnos de la nieve), el lugar que todo hombre tiene derecho a encontrar, allí donde hallarán respuesta mis preguntas y todo será posible.

Sangri-La. Donde me espera Ella, sea quien sea, mujer o muerte.              

  

jueves, 4 de abril de 2013

EL ÚLTIMO VENDEDOR DE ENCICLOPEDIAS





Cuando despegó los párpados se vio girar la careta cóncava de la muerte por el sumidero de un matadero y luego subir a través de la espiral de una pupila hasta enfrentarse a su propia cara en una canica de ágata; creyó que solo había despertado para verse morir y le lamió la mejilla un hedor húmedo y viscoso, una lengua.
-¡Toby! –gritó alguien de lejos.
Levantó la cabeza del escalón, extrajo los brazos de entre los barrotes del pasamanos, donde estaba crucificado, y logró ponerse a gatas y hasta levantarse mientras desaparecía por la puerta la cola del foxterrier del vecino, en cuyo ojo se había visto despertar. Abrió su estudio sin lograr convencerse de que cada mañana el perro bajaba solo y que si alguien lo hubiera visto dormir –morir- la borrachera, habría llamado al servicio de urgencias, porque aunque apenas llevaba dos meses allí los vecinos ya debían conocerlo.
Ahora no necesitaba mirarse en la pupila del perro para sentirse girar como una piltrafa sanguinolenta por aquel sumidero. Eran más de las once: no valía la pena presentarse en la oficina. Y a aquellas horas seguro que lo habían visto en la escalera. Mientras hacía por ducharse, embadurnado que se sentía de la sangre y el cieno de una batalla, descubrió que había perdido su americana más presentable y que en la cartera, que junto al teléfono portátil recuperó de los pantalones mugrientos, quedaban cinco de los doscientos euros que le había adelantado el jefe para ponerse al día en el restaurante.
Pero lo peor era que no recordaba nada de lo que le había ocurrido desde que ingresara en el último bar de la tarde y de la consciencia; apenas conservaba la imagen de un cuadrado de sol flotando en el mármol rosado de la barra con el aspecto de una mancha de sangre; a partir de entonces podría haber matado a alguien y no lo sabría, aunque en su estado él mismo hubiera sido la víctima más probable de cualquier accidente. Al salir del baño lo recibió el estudio con el malhumor de una amante abandonada, histérica y desaliñada –todo era polvo y desorden-, el malestar estriándose en las sombras listadas de la persiana de lamas que agonizaban en el suelo, y aunque el día parecía más bien turbio se guardó de abrir. Cada esquirla de luz se le clavaba como una aguja en los ojos: la claridad era la esencia de su dolor. Encendió el teléfono: ni siquiera había una llamada perdida del jefe, que ya lo había advertido un par de veces: podía darse por despedido. Lo que le hizo sentir peor fue recordar aquel adelanto; era como haber engañado o hecho llorar a un niño. Por ejemplo, a su hija.
Se abatió en el sofá de tela estampada. Reptaba el olor rancio del tedio donde se iba insinuando la podredumbre de la desesperación. Aun tendido se sentía precipitar por la espiral de la pupila del perro, hundir con el lastre de los desastres que había promovido sobre sí y los demás colgando del cuello como una rueda de molino. Aquella cita bíblica se refería a los niños: otra vez su hija. Muy adentro le sonaba el disco rayado de la culpa y de la vergüenza; era un viejo maxi single de su juventud –años ochenta-, pero cada vez que terminaba automáticamente volvía a empezar como un CD noventero, y eso que después de veinte años –bebiendo- pensaba que el tocadiscos estaría roto. Logró alcanzar el grifo del baño para abrevarse como un animal agónico.
Largo tiempo observó a través de la mampara traslúcida cómo colgaba el cable de la ducha desde el cabezal del grifo: parecía un ahorcado sólo algo más delgado de lo que él estaba. Como alguien hipnotizado o un zombi obedeciendo una orden insospechada, se dirigió a la cocina americana. Llamaron al timbre del vecino. Desde el fondo de la mañana se acercaba la sirena de una ambulancia. Cuando tocaron a su puerta dejó de tensar y enlazar el cable con un nudo corredizo y dejándolo caer en el cajón corrió a abrir: sería bienvenido hasta un testigo de Jehová a la pesca de prosélitos o un colega de la competencia vendiendo seguros.
Temiendo que se fuera el visitante, gritó justo antes de descubrir que era el cerrojo echado lo que le impedía abrir. En efecto, lo saludó la sonrisa profesional de un hombrecito pelirrojo y de mediana edad pero con cara de niño, provisto de maletín, que con voz cantarina intentó introducirse en el interior con la clásica excusa de efectuar una encuesta para cierto departamento de sanidad. Pese a las veces que habría repetido aquello, de su expresividad no se denotaba que siguiera ningún plan establecido, como un actor que por enésima vez repite su papel más exitoso. Le dio paso aliviado, porque, aunque le esperaba una letanía de frases hechas, al menos aquello sería una voz humana, que además parecía bien modulada, y disculpándose por la escasa luz encendió la lámpara de cuentas de vidrio.
Al hombrecillo no parecieron afectarle que no lo hubiera recibido ninguna madura ama de casa, la clásica víctima de sus argucias, ni la visión de la torre de platos sucios en el fregadero, de los cadáveres de ropa sucia tendidos al pie del biombo que ocultaba la cama, o las pelusas arremolinadas como algas y medusas bajo la mesita de mármol donde abrió el maletín para extraer un portafolios negro. Tampoco ayudaba la decrépita luz de la única bombilla que funcionaba en la lámpara, pero a él le bastó para cuestionar la elegancia del visitante. De muchas rebajas atrás databa el traje azul marino, los pantalones le hacían bolsas en las rodillas y la corbata ámbar con volantes verduzcos provendría de la manta de algún africano. Se sentaron en el sofá y el presunto encuestador empezó preguntándole su nombre.
-Félix Puertas.
-¿Edad?
-Treinta y nueve.
-¿Profesión?
-Estoy de vacaciones –ganó tiempo; para retenerlo no quería decirle que también era del gremio comercial-: soy tramitador de siniestros de una agencia de seguros.
-Ah, pues recuérdeme que le haga una pregunta cuando terminemos… Sigamos. ¿Estado civil?
-Casado.
-¿Profesión de su esposa?
-Peluquera –eso era cierto, pero con escaso éxito.
-¿Hijos?
-Una niña, de cinco años. Está en el colegio –añadió innecesariamente. Desde que había despertado intentaba en vano dejar de pensar en ella.
-Ah, entonces como la mía –sus ojos aguamarina empañada parecieron demasiado soñadores para que aquello fuera cierto. El problema de su sonrisa era la falta de un incisivo, porque los hoyuelos de las mejillas eran lo bastante simpáticos y la naricita respingona entre los altos pómulos, entrañable-. Esos diablillos son irresistibles. La mía no para en todo el día y luego no hay forma de acostarla. Ha salido a su padre, en lo activa.
Era capaz de improvisar sobre el guión establecido: todo un profesional. Aunque Félix se hubiera conformado con el automatismo de las frases hechas –al menos sería una compañía-, aquellas variaciones eran mucho más agradables. Era el momento de enseñarle una foto de Irene; al parecer ya no le dolía recordarla. Se alegró más que antes de no haber extraviado la cartera; se le cayó el viudo billete de cinco.
-Vaya, parece una hermana morena de la mía –se echó mano al bolsillo interior; ¿llevaría una baraja de fotos para seleccionar la más adecuada? No obstante, pareció cambiar de idea-. Su madre siempre le dice que se parece a Pipi Calzaslargas. Usted también debe recordarla –dejó de pensar que aquel hombre era un genio de la empatía para herirse con el recuerdo de algo esencial que vergonzosamente había dejado de hacer el último fin de semana.
-¿Se encuentra bien, caballero?
-Uf, con esto de las vacaciones, y como mi mujer se ha ido a ver a sus padres al campo, anoche vinieron unos amigos a tomar unas copas, y ya sabe.
-¿Y echaron una partidita de póker? Sin hacer ruido para no despertar a la niña, ¿no?
-Claro. Pero me desplumaron: perdí cerca de doscientos.
-Si no se encuentra bien, me temo que no he sido muy oportuno.
-Qué va, todo lo contrario –en efecto, el mal recuerdo del reciente fin de semana había servido no solo para jurarse mentalmente que nunca volvería a olvidar algo así, sino, por una vez, para creer que lo cumpliría.
-A veces conviene desmarcarse de la rutina –se frotó los ojos; ¿llegaría al extremo de confesar que también él estaba de resaca?-... Vamos a lo nuestro, si es tan amable –no le gustó que retomara el cuestionario: tenía la certeza de que en cuanto volviera a quedarse solo ocurriría algo irreparable-. Ahora me gustaría saber si alguna vez su hija ha estado enferma.
-Nada importante. Hoy día, con las vacunas, no hay ni sarampión. No es como en la época de nuestros padres –ahora era él quien buscaba la complicidad del otro.
-Calcule cuánta vitamina B2 y D puede tomar al día.
-… No podría decirle, come en el colegio y… -el otro arrugó la frente y tachó algo en sus anotaciones.
-Dígame todo lo que sepa sobre la prevención de la meningitis.
-…
-¿Nada? ¿Y sobre los factores de riesgo de la leucemia?
-Tampoco –los labios del interrogador trazaron hacia abajo la curva de la decepción.
-¿Algún accidente doméstico?
-Nada especial… Bueno, aprendiendo a andar se hizo un esguince en el tobillo. Estaba jugando en el jardín –recién casado, tenía su propia sucursal franquiciada y vivían en un chalet.
-Ahora vamos a ponernos en una situación límite. ¿Qué haría si a su hija se le atraganta un caramelo tráquea abajo y no alcanza a sacárselo?
El hombrecillo se había envarado al borde del asiento, como un saltador de pértiga antes de acometer la carrera: había llegado el clímax de su actuación. Félix temió que lo hubiese adelantado; tal vez veía pocas esperanzas de venta y, como un farol con poco en juego, quería jugarse cuanto antes sus pocas posibilidades. Pero debía retenerlo por cualquier medio: intuía que la soledad le acarrearía una catástrofe instantánea, algo en lo que no se atrevía ni a pensar.
-Me temo, caballero, que mientras usted se lo piensa, su hija estaría pasándolo fatal –sin molestarse en darle la respuesta adecuada, el pelirrojo extrajo un folleto del maletín-. Voy a mostrarle algo que no debería faltar de la casa de ningún buen padre: la Enciclopedia de la Salud, con un manual de primeros auxilios incorporada, y por el mismo precio una Enciclopedia Universal Ilustrada y Abreviada.
-Ajá –simuló interés- ¿Y por cuánto me saldría?
-Voy a decírselo: cuarenta y nueve euros al mes. Por todo.
Félix se tocó la meditativa sien mientras el otro se removía, quizá sorprendido de que llegara a planteárselo. Menudo truco barato; no sólo eludía decir el precio total, sino la duración o las condiciones del préstamo.
-Ese dinero apenas supone un café y unos cuantos cigarrillos al día. ¿No vale eso la salud de su hija? –ahora su voz sonó sorda. Mordiéndose el labio inferior en una mueca rapaz, extrajo un encargo de compra. Justo después, al moderarse, pareció un niño ante el escaparate, a la espera de que sus padres asintieran a su petición-. Cero euros de entrada y tendrá a su disposición la respuesta a cualquier imprevisto. Y no olvide que muy pronto su hija va a necesitar ayuda para los trabajos del colegio.
-¿Ha oído hablar de Google?
Félix se arrepintió antes de haberlo dicho; habría preferido pasar por tonto. Incluso físicamente, al distraerse, se encontraba mucho mejor desde que había llegado el visitante. El vendedor sonrió irónico a sus mocasines polvorientos; estaría acostumbrado a rebatir esa objeción.
-¿Google? ¡Ja! Imagínese que en el caso del caramelo el ordenador se bloquea o que tiene la mala suerte de dar con la página de un bromista o un desaprensivo que aconseja hacerle el boca a boca.
-En eso lleva razón.
-Naturalmente. No crea que me avergüenzo de ser el último vendedor de enciclopedias del mundo –se miró las uñas de la diestra, con el contrato en la otra mano, dispuesto a rellenarlo a la menor señal de compra.
-Pero en cuanto a información no se puede competir con Internet.
-La información no tiene nada que ver con el conocimiento –respondió con excesiva rapidez. ¿Habría encontrado la frase en Google o en una enciclopedia?
-Hoy día en Internet la gente encuentra hasta el amor.
-¿Y cómo resultan esas parejas? A los pocos meses ya no se aguantan. ¿Y qué me dice del amor a uno mismo? –la cara de niño pareció desafiarlo a otro pilla-pilla- ¿También se encuentra en la Red la voluntad de seguir viviendo? ¿Espera encontrarla en algún blog de autoayuda?
Para dejar de sostenerle la mirada, se levantó y entre tintineos de cristal trasteó en la vitrina del mueble bar lacado de castaño oscuro, mientras el otro desgranaba argumentos de venta. Le encantaba oír la música de su voz aun sin fijarse mucho en el significado de cuanto dijera. Enjuagó dos vasos cortos en el fregadero, llenó la quinta parte de cada uno del whisky que había encontrado y sin mediar palabra le plantó el suyo en la mesita al visitante, que lo miró con los ojos entornados; seguro que no lo despreciaría; la vida de la calle hace de los vendedores bebedores ciertos. Dejó la botella al alcance de la mano. Pero volver a verse ante otra copa, aunque sabía que lo ayudaría a que la resaca refluyera del todo, lo redujo a un desánimo automático. Miró en dirección al cajón de la cocina. Lo mejor sería que aquel extraño se fuera cuanto antes y todo acabara de una vez. Habló tras vaciar el vaso:
-Me está pidiendo un imposible hoy en día: que tenga fe en una enciclopedia.
-Pues yo tengo la suficiente fe para venderla, amigo.
-Lo siento, pero prefiero dejarlo. Ni siquiera me ha dicho el precio total –la cara de niño lo miró como si hubiera perdido su primera bicicleta.
-¿Y eso qué más da? Sea cual sea vale la pena pagarlo, créame. Hágase a la idea de que el precio total son cuarenta y nueve euros al mes, menos de dos cafés diarios. Piense en el día a día y valore el presente, lo que vale cada momento de su vida. Y no le estoy pidiendo ni un euro por adelantado. Hasta a un mendigo le salen las cuentas, créame.
-¿Y las condiciones de ese préstamo? No lo veo nada claro, la verdad, y preferiría no hacerle perder más tiempo.
-¿Qué préstamo? No piense tanto y limítese a aprovechar las ventajas. Piense en lo útil que le va a ser el producto, lo que su hija aprenderá y los ratos de entretenimiento que usted mismo va a pasar. Recuerdo que cuando era niño gastaba las horas con la enciclopedia que teníamos en casa. La abría y podía encontrarme con cualquier cosa; sin salir de mi cuarto tenía a mi disposición toda la variedad imprevisible de la vida… Son catorce tomos de elegante encuadernación que hasta le servirán para decorar esto –miró en torno frunciendo la naricita.
-¿Usted no bebe? –volvió a servirse; por suerte la botella estaba casi entera.
-De verdad se lo digo, es una edición única. No va a encontrar otra igual, en este folleto puede verla. Por culpa de los ordenadores, poca gente tiene la suerte de tenerla y pronto dejará de venderse. Me temo que cuando se agote ya no va a reeditarse. Así que está ante su última oportunidad –se expresaba con una vehemencia que sugería que se estaba refiriendo a algo mucho más importante que una enciclopedia.
El whisky lo estaba reanimando; aquel hombrecillo volvía a hacerle gracia.
-¿Quiere que le prepare un café mientras lo pienso? Es que se me hace raro comprar una enciclopedia a estas alturas. La gente se reiría de mí.
-¿Qué gente? –le clavó una mirada incisiva, como si pusiera en duda la catadura de sus amigos o supiera que no le quedaba ninguno-. Y además, ¿no ha pensado que gracias a la enciclopedia su hija vendría a estudiar aquí y podría verla con más frecuencia que ahora?
Aunque aún le quedaba más de la mitad, rellenó el vaso para hacerse el despistado. Seguramente el aspecto del estudio no había engañado a la mirada experta del vendedor.
-Es un maravilloso e irrepetible compendio donde puede encontrarse todo lo imaginable e inimaginable. Sabiendo mirar, claro está. Pero es facilísimo: basta con querer. ¿O acaso no domina el orden alfabético? La voluntad, amigo, con eso es más que suficiente. Basta un pequeño giro y todo puede cambiar. Y recuerde que la han elaborado hombres muy sabios, no como esos blogueros indocumentados –había algo más que convincente en su expresión, que hacía de llevarle la contraria algo tan cruel como negarle a un niño el regalo de cumpleaños.
-En esa letra pequeña vendrán las condiciones –poco acostumbrado a que las amas de casa fuesen tan puntillosas, a su interlocutor lo traicionó un movimiento de inquietud.
-Qué importarán las condiciones –le alejó el documento a través de la mesa-. Cómprela por cuarenta y nueve al mes y disfrútela sin darle tantas vueltas a la cabeza. Vamos, amigo, dígame que sí, por su bien, y nunca se arrepentirá. Me lo agradecerá de por vida. Es un producto digno de usted –lo conmovió aquella característica apelación a su orgullo-. Bastaría con que dijera “sí”. Ni eso, me vale con un gesto de la cabeza o hasta con que quiera de verdad –blandió el bolígrafo y lo miró con los ojos entrecerrados, como dispuesto a rellenar el contrato al primer signo de conformidad. Félix pensó que si firmaba, el pelirrojo no tardaría en irse, pero por algún motivo, si se iba contento, se veía capaz de afrontar la soledad.
-Confíe en mí, caballero, aunque de momento no esté del todo seguro, hágame caso y antes de lo que piensa me dará la razón –ya estaba completando los datos del impreso-. Es una cosa para toda la vida. Y además puede salvársela. Dentro de poco se acordará de lo que le estoy diciendo. Y su hija se lo agradecerá.
-¿Y cuándo me llegaría? –al otro se le iluminó la expresión; ¿habría coronado algún objetivo de venta o se había deshecho de la última enciclopedia?
-Mucho antes de lo que cree. Esto ya está, solo queda el número de cuenta.
Fue a por la cartilla y se lo dictó con cuidado de no dejarle ver el saldo negativo. El vendedor apuntaba engarabitando el pulgar y con la lengua sobre el labio superior, como un alumno aplicado al dictado.
-Ya puede firmar.
Mientras lo hacía, ridículamente sintió la solemnidad del momento, como si estuviera firmando una boda civil o la compra de una casa.
-¿No me deja copia?
-Le llegará con los libros; es que no tengo sello… Enhorabuena, señor –ya en pie sintió su mano floja, inerte-: acaba de hacer la mejor compra de su vida.
Félix se inclinaba a darle la razón: el hombrecillo era un maestro del negocio. Con su vaso vacío, no recordó que al vendedor no le apetecía beber.  
-¿Lo celebramos con un trago? –el otro miró de través la botella y cuando parecía que iba a servir él mismo, dejó al lado una tarjeta.
-Aquí tiene mis números por si hay algún problema. Que no lo habrá –echó a andar hacia la puerta-… Ah, lo que tenía que consultarle, usted que trabaja en los seguros. Resulta que me han ofrecido un seguro de vida, llevo tiempo planteándomelo desde que nació la niña –se detuvo en el umbral-. Es que me paso la vida en la carretera. Normalmente trabajo los pueblos; en la ciudad la gente es más incrédula, ya me entiende, pero hoy tengo el coche averiado.  ¿Puede decirme si la compañía paga en caso de suicidio?
-Nunca. En ningún caso.
-Me lo figuraba. Bueno, gracias por todo. Que tenga un buen día y mucha suerte –y despreciando el ascensor desapareció sin hacer ruido por la penumbra del pasillo. Félix pulsó el interruptor pero no funcionaba la luz.
Al instante sucumbió a la sospecha de que lo habían timado; aquella enciclopedia nunca llegaría –en vez de única sería inédita-, lo cual inexplicablemente le infundió una sensación de regocijo, como si el pícaro hubiera sido él. Luego volvió a imponerse la sensación de irrealidad; quizá solo había soñado –delirado- la visita del hombrecillo, y para convencerse de lo contrario fue a mirar la tarjeta que le había dejado en la mesa. No estaba. Tampoco la encontró en el suelo.
Corrió a la ventana por si aún lo veía en la calle. Subió la persiana y aunque lo deslumbró la luz del día, que a través del plátano explotó en esquirlas, ahora agradeció el resplandor de un sol que había acabado por salir. No vio al pequeñajo por ninguna parte; ¿habría bajado a otros pisos para embaucar a otro incauto? Sorprendido de su propia sonrisa fue a servirse una copa. ¡Había desaparecido la botella! Miró en la cocina y en la vitrina, por si la había guardado inadvertidamente: no estaba.
Sospechó del pelirrojo; no había podido ser sino él, cuando se volvió a dejar la tarjeta. Aunque pensaba no haberlo perdido de vista, se la habría ocultado en el bolsillo con un movimiento de prestidigitador. Era cierto que no había probado el whisky, pero recordó las miradas que había lanzado a la botella. Sería uno de esos alcohólicos vergonzantes, o estaría intentando dejarlo y al final no pudo resistirse. ¿Y aquella pregunta tan extraña que le había hecho al salir? ¿Estaría el pobre tan desquiciado, y más viendo que había vuelto a recaer, como para plantearse aquello?
Aunque la botella era de malta y la última, volvió a sonreír deseándole que le sentaran bien aquellos tragos. Ojalá lo animaran a seguir adelante, se lo merecía. Seguramente él jamás habría pasado por alto, borracho, el derecho –y obligación- de visitar a su hija los fines de semana. Pero tampoco a él volvería a pasarle aquello. Cogió el vaso que el otro había dejado intacto y cuando se disponía a beber, observó que el sol extraía del vidrio un reflejo distorsionado e invertido de la sala y fue a vaciar el vaso al fregadero.
Volvió a asomarse a la ventana. En la luz soleada ondulaba la calma de media mañana. Varias amas de casa arrastraban el carrito de la compra como si llevaran palos de golf. A lo largo del escaparate de la lavandería avanzaba con brío una pareja de ancianos contra la tempestad de la vejez. En la esquina el peluquero conspiraba con un conserje. Un día cualquiera de una ciudad mediana.
En el cantero de flores de abajo brincaba el foxterrier del vecino, Toby; quizá tras algún ratón, ahora hozaba entre los geranios, y las motas canela de su lomo blanco brillaban entre las matas verdes; asomó jubiloso con una mancha de barro en el hocico y, tras agitar las orejas y la cola, trotó y giró en una finta y, trémulo de excitación, se quedó saltando sobre las patas traseras por encima de los pétalos rojos del ramo, que se desmenuzaban, intentando atrapar entre sus fauces una mariposa blanca, sin dejar de ladrar feliz y rampante, como un emblema animado de la vida.
  

miércoles, 3 de abril de 2013

CARTA A TRES ESPOSAS


                 
                  


Mi nombre, Addie, Addie Ross, está en boca de todos, porque aunque a muchas les pese soy el único tema de conversación interesante en el condado. Ellas solo me creen vanidosa, pero también soy lo bastante inteligente para reconocer que el ciudadano medio de esa mediana ciudad es tan mediocre que desea lo mismo que el vecino. Y así, como si sublimaran en mí todas sus frustraciones –ser tan inútiles que se pasan el día entero haciendo cosas-, me he convertido en la mujer ideal de todos los vecinos, en su fantasía favorita y el fantasma de su deseo (puedo ver cualquiera de mis fotografías en el periódico local rondando por dormitorios y cuartos de baño), y encarno los anhelos y el sueño colectivo de todos ellos, desde los que mudan los primeros dientes a quienes empiezan a perderlos. Sí, soy la única de la ciudad que, además de a Freud, conoce a Jung.

Pero además de objeto de amor de los hombres, lo soy del odio de sus mujeres, me cubre la sombra radiante de la envidia y el rencor de todas ellas, que saben que les podría privar de sus maridos con un chasquido de mis dedos, y pretendiendo reivindicarse en elegancia y distinción me imitan, con lo que no hacen sino rendirme un homenaje involuntario y perpetuar el mito de Addie, Addie Ross. Si un día me da por aparecer con un velo de gasa, la boutique de turno se quedará sin existencias y al día siguiente una multitud de velos se agitarán a las corrientes de la avenida como irredentos ectoplasmas. Por eso allí me sentía una especie de artista plagiado por quienes creen que el talento puede robarse.

Así que hace una semana alquilé mi dúplex, ayer mismo vendí el Buick y esta mañana he desamparado la ciudad asfaltada de tedio, mausoleo de toda inteligencia erigido en medio de ninguna parte, donde las ventanas parecen lápidas, el mejor sitio es la estación de trenes donde evadirse de ella, y nadie sabe aún que el amor es una vulgaridad, un deporte barato.

Allí siguen casándose. Incluso yo lo hice, igual que un científico que hiciera de conejillo de indias para su fórmula, por el gusto de probar en mí misma mi teoría de que el matrimonio es el divorcio de la felicidad. A la vuelta de la luna de miel, Joe salió a comprar una botella de whisky y al parecer aún no la ha encontrado. Quizá no pudiera pagarla, porque no tenía ni un dólar propio. Desde que nos conocimos en profundidad, se quejaba de que yo era egoísta y presuntuosa, una cínica que solo se preocupaba de impresionar a todo el mundo, y cuando me convencí de que Joe no volvería me sequé por última vez las mejillas y me alegré de que así las cosas no me sacaría ni un centavo.

Aunque en nuesto fugaz matrimonio hubo algunos ratos que no despreciaba a Joe, nunca lo estimé tanto como a los tres amores de mi vida, más allá de mis infinitos devaneos, los hombres con quienes me habría casado –de uno en uno- si de veras hubiera creído en el matrimonio. Me refiero a Brad, George y Porter. Por lo que también me he convertido en la bestia negra de sus tres esposas, Deborah, Rita y Lora Mae.

A esas tres harpías les he hecho un curioso regalo de despedida, una carta conjunta que les hará pasar el día acongojadas de señales e intuiciones y las descarnará con los garfios de la duda y la desconfianza. Les he escrito que me he fugado con uno de sus maridos, sin especificar cuál; y como en calidad de damas del club pasarán la jornada con los niños del orfanato de excursión en la isla, adonde no llega el teléfono, hasta la noche no sabrán cuál de las tres es la abandonada. Las tres se creen felizmente casadas y durante muchas horas se sabrán con un tercio de posibilidades de haber arruinado su vida. Por supuesto, con una buena propina me he ocupado de que les entreguen la misiva a última hora, cuando el trasbordador esté a punto de zarpar. Ya que no podía fugarme con los tres a la vez, esto era lo que más se acercaba.

Y también he esperado el día adecuado en que las tres tengan por igual motivos para creer que sus maridos se han venido conmigo. Brad terminará tarde su reunión de negocios en la capital y pernoctará allí; en vez de irse de pesca, George se ha trajeado para dirigir –gracias a mí- “Noche de Reyes”, lo cual ignora una Rita con la que estos días apenas se habla; y esta mañana Porter se ha dirigido por sorpresa a la estación. He estudiado tan minuciosamente la situación como si hubiera apresado el fluir de la vida con los mecanismos del arte, ellos seis fueran mis peones o actores contratados para representar una obra de mi autoría, y los hechos cotidianos se vieran reordenados y sincronizados por las escenas que sobre ellos, como una trama transparente, mi sabiduría hubiera superpuesto.

Así que no creo que ninguna de ellas derrame ninguna lagrimita por mi ausencia. En todo caso ninguna se merecía matrimonios tan ventajosos. Deborah venía de una granja y como enfermera debió aprovecharse de alguna neurosis de guerra de Brad para cazarlo en Europa. Rita es una parlanchina y poco agraciada escritora de culebrones radiofónicos que con la excusa de los gemelos ni siquiera deja leer a George, aunque sea profesor, el hombre más culto de la ciudad. Y Lora Mae, oriunda del barrio más ínfimo, se valió de sus tórridos encantos para derretir la voluntad de Porter, el rey de los frigoríficos.

Brad, el primero de los tres, y yo parecíamos condenados a amarnos; procedentes del mismo medio social, era el único con casi tanto dinero y clase como yo. Pero cuando ya habíamos encontrado casa y decidido celebrar la luna de miel en París, lo llamaron a filas y, en efecto, pasó a Francia, por un motivo muy distinto. En una disputa de última hora causada porque miraba demasiado a no sé qué pelandusca, le dije que no lo esperaría, y cuando empecé a responder a sus cartas por suerte él dejó de escribir. Gracias a lo cual pude confirmar los rumores de que yo había roto con él, y cuando aterrizó de la mano de la enfermera pude salvaguardar mi orgullo.

A George lo conocí poco después, cuando me matriculé en su curso de escritura creativa de la facultad. Fue un amor que cristalizó pronto. Lo convencí de que me prestara clases de apoyo en casa y, el poco tiempo que dedicaba a redactar mis ejercicios, varias veces lo sorprendí escribiendo poemas que se inspiraban en mí. Con la excusa de componerlos pasaba las tardes conmigo, sus malos alumnos estaban encantados de que ahora nunca corrigiera los exámenes, y era muy apasionado salvo si nos dejáramos la radio puesta y empezaba el serial de su esposa. Sin embargo, al año de nuestra relación, Rita se quedó embarazada (¿con quién lo engañaría?), y con las complicaciones del caso él dejó de responder al teléfono y caducaron los billetes que como sorpresa yo había comprado para París. Al publicar el poemario, bastó que en la dedicatoria cambiara mis iniciales por las de Rita para que nadie sospechara nada.

Respecto al mastodóntico Porter, el príncipe de las lavadoras, la historia ha sido diferente. Nos conocimos hace tiempo, éramos accionistas de la misma empresa y me ayudó a invertir la herencia de la tía Mildred. Admiraba su férrea voluntad y la iniciativa de emprendedor que elevaba hasta el techo sus gráficos de beneficios. Debido a que en el terreno amoroso no tenía mucha confianza, lo atribulaba una chica tan chic como yo, y en un momento de debilidad lo enlazó Lora Mae. Decidida a desertar de la ciudad, me he decidido a hacerlo con él. Era el más fácil de embaucar de los tres y el mejor partido. Sin embargo, esta mañana, parece que mientras el mozo ya le subía las maletas al tren que debía reunirlo conmigo en el aeropuerto (sí, teníamos billetes para París), de repente viró de propósito y volvió a su penoso hogar. He logrado sonreír delante de la cotilla que sí tomó el tren y me lo acaba de contar. Y ahora siento alivio de haber eludido a ese bruto sin cerebro que se obliga a calcular el precio de todo lo que ve por la calle. Me imagino que la primera vez que se acostó con Lora Mae le hurgaría en la ropa interior a la busca de la etiqueta de venta.

En resumen: seguiré mi camino sin incurrir en el peor de los convencionalismos, una boda. El matrimonio me odia… me he confundido, quería decir que odio el matrimonio.