viernes, 9 de noviembre de 2012

AL ROJO VIVO


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Supongo que hasta las leonas lucharán por sus crías, pero ninguna madre le habrá tendido a su hijo una escala como la mía para que alcance la cima del mundo. Desde el principio he sido el pañuelo y el sostén de Cody, su aliento y descanso, su alegría y calor. Le enseñé que su padre se había equivocado de vida porque lo más alto que nunca llegó fue a aquel andamio, y cuando hubo que ingresarlo en el manicomio nos dejó una caja de galletas llena de facturas y papeletas de empeño.

En vez de propiedades, de su padre Cody solo heredó esas jaquecas que parecen trepanarle el cráneo y que cuando niño llegué a creer que dramatizaba para buscar mi regazo. Como las madres espartanas, yo le daba un caramelo cada vez que volvía con un ojo morado o un diente roto de sus correrías por el Upperside. Le enseñé que es preferible un fracaso estrepitoso, consumir la vida entera en una instantánea apoteosis de sangre y fuego, a la pírrica victoria de sobrevivir con un trabajo honrado, el aburrimiento pegándose a la piel de tu vida como una sanguijuela insaciable.

Gracias a eso, cuando a los diecisiete Cody ingresó en aquella banda de traficantes de alcohol, pude dejar de limpiar oficinas por las tardes; y después de que tiroteara al jefe para ocupar su puesto, me ausenté sin avisar de la lavandería. A partir de entonces me convertí en el cerebro de Cody y de los suyos, y pude poner en práctica todas las fantasías que me habían consolado durante tantos años de empleos serviles. Cody es obra mía gracias a lo moldeable que me resulta su carácter. Ninguna madre nunca ha tenido la suerte de tener un hijo que que le quiera tanto como Cody a mí. Me ama y me necesita como el aire que respira, como los campos a la lluvia y el dinero a las cajas fuertes. Sacia sus apetitos más gruesos con periódicas mujerzuelas y para lo demás me tiene a mí.

Y hablando de cajas fuertes, también yo planifiqué nuestro último golpe: un trabajito en aquel tren a su paso por el túnel de Alta Sierra. Entre varios de los nuestros que se habían infiltrado como viajeros y el grupo de Cody desde fuera, detuvieron el tren. Dinamitaron la cámara acorazada y se hicieron con trescientos mil dólares de dinero federal, que venderemos por casi la mitad en el mercado negro de Europa. Eso sí, hubo que liquidar a un revisor y a un maquinista, que al caer abrió la espita y le quemó toda la cara a Zuckie –un rookie en el oficio- con un chorro de vapor.

Huyeron con el botín a una cabaña de lo alto de la sierra, muy cerca de la cima del mundo, donde yo esperaba rezando por Cody en compañía de Verna, su última fulana, una perra que ha reclutado de las esquinas. Por suerte, la bofia nos creía en Arizona. Pero como a los pocos días en aquellas soledades, con la nieve, nos sepultaba el más sordo tedio, el mal encarado de Ed empezaba a tramar cómo derrocar a Cody, Verna gemía de frío como la mala perra que es, y a mi hijo empezaban a atenazarle las jaquecas, lo convencí para que bajáramos a Los Ángeles. El campo no se ha hecho para los gánsteres, que odian su onerosa lentitud y tienen a la ciudad en su mente porque su mente es la ciudad: los vericuetos de las callejuelas son los recovecos de sus instintos.

Tan necesario como haber subido a aquellas cumbres ahora era descenderlas. Todo lo que pienso es por el bien de Cody; cuando estoy a su lado respiro más despacio para dejarle oxígeno de sobra –que le nutra el cerebro- como de pequeño me quedaba sin cenar para que se alimentara bien. Así que desoímos las súplicas de Zuckie por un imposible, fútil, médico y lo abandonamos en la cabaña vendado como una momia; pero antes de subir al coche Cody le ordenó a Cotton que pusiera fin a la agonía de su mejor amigo. Oímos los disparos desde fuera. Ignoro qué pistas pudimos dejar atrás, pues yo misma me había ocupado de limpiar la casa y no nos preocupamos de enterrar a Zuckie porque no estaba fichado, pero lo cierto es que en seguida nos asociaron con el asalto al tren y lo peor es que aún no lo sabíamos. Cada vez la policía dispone de más adelantos técnicos y nosotros seguimos anclados en lo antiguo.

Por seguridad la banda se separó, y Cody, Verna y yo, con un tercio de millón en el bolsillo, nos alojamos en los humildes moteles Bilbanks. Al día siguiente madrugué, y como no sé me ocurrió nada mejor que hacer por Cody, cogí el coche y me fui al mercado a comprarle fresas, su postre favorito. En el camino de vuelta me siguieron. Alguien me había identificado y me echó encima a los perros de la policía. Yo misma hice de rastreadora para esas alimañas, porque aunque pensé haberlos despistado, mientras los tres hacíamos el equipaje, nos sorprendieron y Cody nos abrió paso a tiros.

Pisó fuerte el acelerador y logramos camuflarnos en un autocine, pero la situación era desesperada. Los aullidos de las sirenas no dejaban a nadie oír la película, y lo peor es que era una de cine negro; cuando ejecutaban al culpable en la silla eléctrica me dio un escalofrío de espanto. Cortarían todas las carreteras y no podríamos escapar. Pero Cody tenía una bala en la recámara: ese chico a salido a mí. Para caso de emergencia se había buscado quien lo delatase como miembro de la banda que robó –sin víctimas- en el hotel Palace, en Springfield, a la misma hora del asalto al tren. De modo que si se entregaba y se confesaba culpable de aquella minucia, evitaría la cámara de gas. En cuanto a Verna y yo, juraríamos no haberlo visto en largos meses.

Todo ha salido bien: apenas le han caído entre uno y tres años de condena. Lástima que el plan tuviera el defecto de dejar libre a esa perra rabiosa de Verna, que a cada momento quiere morderme, y al rufián de Ed. Ya se acuestan juntos; anoche me despertaron los gemidos de esa perra en celo. A mí eso no me importa; lo grave es que desde el primer día Ed se ha negado a obedecerme. Y aunque no me ha negado la parte de Cody en el último golpe, el sesgo con que me mira, la forma en que se muerde el labio inferior y cómo se le tensa la piel de los pómulos, denotan que trama algo. Y si se atreve a acostarse con Verna, es porque espera que Cody no salga vivo de la cárcel. Lo mejor que puedo hacer por mi hijo es cargarme a ese traidor; será peligroso, pero no se esperará que una anciana lleve una automática en el bolso. No temo por mí, sino por Cody: ¿quién cuidará de él si a mí me pasa algo?

Y además, ahora que está tan cerca de lograrlo, me gustaría vivir para ver el día que alcance la cima del mundo.                                      
                                                                                                                                                                     

martes, 6 de noviembre de 2012

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE


                  

En todos los tiempos mi látigo de plata marcará el paso, mi capricho será el orden y mis deseos el único decreto posible. Amigo del ruido y del escándalo, hermano de las armas, mi amor platónico es la violencia y el miedo mi aliado. Áridas y agrestes, estas tierras por siempre demostrarán ser holladas por mis botas, relucientes las espuelas entre los matojos. Al sur del Picketwine ya todo el mundo ha perdido la esperanza como la última oveja del rebaño: me pasa como al Mal, que nunca moriré.

Quienes me llaman ladrón y asesino no se equivocan; quizá sería más exacto llamarme Liberty Valance, el tipo más duro a ambos lados del río, aquél que, como dice el nombre, hace de su libertad ley, de su voluntad necesidad.

Y por siempre ostentaré el imperio de mi arbitrio atropellando a quienes me salgan al paso, desmenuzando las ideas como hojas secas (si yo no pienso, ¿por qué van a hacerlo los demás?), enterrando al pueblo bajo las cenizas de sus ilusiones y el polvo de sus aspiraciones. No tiranizo a los demás por dinero, solo por un placer que ya me es indispensable. No hay nada como salir a la calle y que los hombres palidezcan, los perros huyan con el rabo entre las piernas y hasta los cristales irradien raudos reflejos temiendo reventar en una pura granizada. No hay perfume tan embriagador como el miedo de la gente, música tan melodiosa como el chasquido de mi látigo y el primer grito –de incrédulo dolor- de cualquier víctima. En esos momentos me siento feliz como un niño que ha roto su primer juguete.

El último que osó desafiarme fue un leguleyo, un alfeñique pálido y enjuto que viajaba en la diligencia de Overland. Se le ocurrió resistirse cuando le atacamos. Ese pazguato traía un reloj que sería de su padre, catorce dólares con cincuenta y un baúl atiborrado de libros de leyes. ¡Y le di la mejor lección de Derecho de su vida! Verle los libros ya me enfureció. Odio cualquier clase de letra impresa, ya sea en periódicos, libros o papeletas de voto. Y no se le ocurrió sino defender a una vieja que se dijo viuda para conservar un broche de oro como presunto recuerdo de su marido. Me abandoné a los inefables placeres de la ira y le arranqué las páginas de los libros y la piel a tiras. Con mi látigo le grabé en el pellejo la ley del Oeste. En estas tierras las letras de esos Códigos están escritas en el barro de la ciénagas, en los charcos cuyo reflejo borra el viento. Pero no lo rematé por culpa de mis compinches.

Pasé la noche deleitándome con la epidemia de miedo que prosperaría por los salones y la plaza; el sheriff de Shinbone es ese cretino de Link, un tonel de grasa al que es bien fácil hacer rodar: se asusta con un portazo. Disfruto pensando que mientras bebo una taza de café los demás tragan de miedo, a cada calada de mi cigarro dejan de respirar, si estornudo se ocultan bajo la mesa. Y sin embargo al día siguiente supe que esos gallinas se atrevieron a cacarear. Tal vez alentados por Peabody, ese periodista que se cree la conciencia de la comunidad cuando solo es un cotilla borrachín, o por Tom Doniphon, el único hombre con un cascarón tan duro como el mío en todo Overland, se atrevieron a echar pestes de mi asalto a la diligencia.

Así que al sábado siguiente me dirigí al pueblo para cercenar aquellas críticas como los hierbajos de una tumba. No puedo permitir ni que protesten. A mí los que me convienen son los indiferentes, aquellos que no se preocupan de las desgracias ajenas mientras no les afecten a ellos, los estúpidos que prefieren la tranquilidad de creer que en sus casas todo seguirá igual, los que ignoran que el granero del vecino arderá antes que el suyo, que su sobrina será forzada antes que su hija.

Tal y como esperaba, en el pueblo nadie me afeó la conducta a la cara. Era la hora de la cena y parecía antecederme una invisible vanguardia de sicarios que me apartaran a la gente de en medio, tan instantáneamente desaparecía el mundo entero de mi vista. Entré en el restaurante y cundió el silencio del miedo. El sheriff se escabulló por la puerta de la cocina y un vaso explotó en el suelo. Inhalé con placer el aire ensanchado de tantas respiraciones contenidas. Desocupé a empellones mi mesa favorita, y cuando mis dos adláteres y yo nos disponíamos a engullir los platos que los otros nos habían dejado recién servidos, vimos que, delantal en ristre, se había empleado de camarero el picapleitos de la diligencia. Casi nos atragantamos de la risa. Al pasar a mi lado lo zancadilleé y, bandeja al vuelo, tan larguirucho como es se tendió en el suelo.

Lo malo es que el filete que llevaba era de Tom Doniphon, ese bravucón que me aguanta la mirada. Se levantó y desde la altura de su furor, el homicidio chispeándole en los ojos, me exigió que se lo recogiera. Uno de los míos se inclinó a hacerlo por mí y de una patada le pulverizó el mentón. Me tensé, la mano presta a desenfundar, crispado como ante la inminencia del orgasmo, cuando ese miedica de leguleyo demostró aborrecer el olor a pólvora al punto de arrastrarse como un perro a recoger el filete. Se humilló con la excusa de que no quería más violencia, lo que dicen todos los cobardes. Así quedó la cosa. Me fui, seguro de que había encontrado en Doniphon un muro tras el que todas aquellas ratas correrían a esconderse. Ya regresaría a darles su merecido. A la salida desenfundé y me desahogué desencadenando por las ventanas una tormenta de cristales rotos.

Eso fue hace varias semanas. Ahora la peste de la política también se está propagando por estas tierras. Prefiero las balas a los votos, y de buena gana llenaría esas malditas urnas con las cenizas de los politicastros y de los destripaterrones que les votan. Pero como un camaleón, si quiero seguir cazando moscas, tendré que mimetizar mi tiranía con los colores arcoíris de la libertad (de algo me servirá lo de “Liberty”) y hasta habré de admitir que en las papeletas figure mi nombre por escrito si quiero salir como delegado.

Y eso porque mis amigos los rancheros me han contratado para impedir que los granjeros cerquen las tierras y el ganado deje de pastar donde quiera. Con un puñado de pistoleros lograré que el campo siga siendo abierto. ¿Acaso no quieren libertad? Si no intimido a los agricultores, ganarán las elecciones: son mayoría. La democracia es injusta porque consagra el triunfo del número, y en ese caso la Tierra estaría en poder de las moscas o las hormigas. Ya hemos dado buena cuenta de ese entrometido de Hollyday y de su hijo, y a punto hemos estado de alcanzar al mismísimo Doniphon. El día de las elecciones irrumpiré en el pueblo y mi látigo los obligará a elegirme. Es lo justo, ya que hasta ahora me he destacado como el más prominente ciudadano de los contornos, por algún u otro motivo mi nombre nunca ha dejado de sonar en un eco infinito, y bajo el miedo de todos repta una secreta admiración hacia mí.
            Soy el delegado que merecen.                                  
                                                                                                                                                                     

sábado, 3 de noviembre de 2012

EL SUEÑO ETERNO


               
                                                 

Toda la vida bregando, desde la guerra contra España a la primera intervención en Europa, desde las polémicas con W. R. Hearst al crack del 29, tantos años escorándome en una travesía tan ardua para ahora naufragar en este ocaso polvoriento, una vida tan pletórica para acabar en el catafalco de toda esperanza, en el mausoleo de ilusiones de esta vejez mía, en esta antesala del infierno que me han dispuesto mis dos hijas. Ahora reparo en que solo he construido castillos de arena y naipes, trazado planos en el agua e imaginado humo en el viento.

Ya me advirtió Mildred, mi hermana menor, que era demasiado mayor para casarme; y estas dos hijas mías son el digno fruto de una vida disipada y el castigo de mi osadía de fundar una familia a los sesenta, de mi vana pretensión de cosechar los placeres del hogar después de enterrar mi juventud entre la cizaña del libertinaje. Esas dos son el espejo deformante de mi vitalidad, una ninfómana –Carmen- y una ludópata –Vivian-. La corrupción de mi crepuscular pasión por Mary –que en paz descanse- se merecía tales hijas y que fueran desoídas mis plegarias por engendrar un vástago, el genuino sucesor de la progenie a quien entregar el fuego sagrado de la nobleza de los Sternwood.

Mildred tenía razón: ojalá hubiera seguido soltero. Mis únicos desvelos serían que ningún judío fuera admitido al club o que no me engañaran en exceso los gerentes de mis empresas, y no tendría que desvelarme por tanto escándalo y chantaje como someten a las dos desvergonzadas. Carmen es la peor. De dieciocho tórridas primaveras, siempre vuelve de las fiestas con los vestidos arrugados –si no rasgados- de tanto quitárselos y ponérselos, y aparte de los hombres sus mejores amigos son el whisky y el láudano: infantil y perversa, lleva la degeneración tatuada en la cara, con esa maligna inocencia que se ve en los niños de los arrabales, hijos del vicio y la vergüenza. Varias veces la he sorprendido mirando a los hombres con la misma turbia intensidad con que su madre me miró el primer día, en aquel picnic, duplicando en sus ojos mi lujuria como sendos charcos fangosos.

El año pasado ya me exprimió por Carmen cinco mil dólares un tal Joe Grady; y ahora este Geiger, un librero, me presenta una baraja de pagarés firmados por ella. Por eso he recurrido a Philip Marlowe, ese detective privado, igual que la otra vez me valí de Shawn Reagan, mi antiguo factótum, aquel irlandés entrañable de pelo y carácter rebeldes pero ojos leales, el hijo que habría querido tener. Era el único que me hacía caso por algo más que mi dinero, y derretía su tiempo al calor de este invernadero comentando de sus tiempos en el IRA o en el contrabando de alcohol. Ojalá se hubiera fijado en alguna de esas dos; él habría domado sus índoles salvajes. Carmen me tenía tan desesperado que estuve a punto de aceptar que se casara con el chófer, ese Owen Taylor cuyo cadáver acaban de encontrar justo en el Packard de Shawn, al fondo del muelle.

Al menos tanta acción me tiene tan entretenido como la araña que ya parezco en su trama atroz y simétrica; aun a riesgo de mancillar el honor de la familia, la curiosidad –como el odio- me aporta la energía de seguir alentando y tensando el hilo de vida –y araña- que me queda. Apenas duermo; mis piernas no me obedecen; me alimento de comida triturada, y del tabaco, el café y el alcohol apenas me queda esa condensación del recuerdo que es el aroma. Sí, disfruté aspirando el humo del cigarrillo de Mr. Marlowe. Le conté mis problemas y me atendió con una luminosa intensidad que me recordó a Shawn Reagan: también él sabe escuchar y a veces ilustraba mis palabras con una sonrisa que le iluminaba la cara de comprensión. He acertado con él. Me atraen las personas de carácter independiente con un matiz de escepticismo; seguro que no creyó todo lo que le dije.

Me estoy planteando que cuando anude este caso me busque a Shawn; aquel bribón genial me dejó sin despedirse y me encantaría volver a verlo. Creo que Vivian lo miraba con agrado. Norris, el mayordomo, me dijo que ella estuvo intercambiando pareceres con Marlowe cuando me dejó. Es más madura que Carmen, pero también astuta, mimada e inescrupulosa, y ya acumula un divorcio, con Mr. Rutledge. Parece que malgasta su tiempo y mi dinero en el salón de juego de un mafioso, Eddie Mars, donde canta al piano, bebe, come y… lo demás. No quiero hacerme ilusiones, pero creo que Marlowe es lo bastante hombre para enderezarla, ya no me importa que sea un simple sabueso. Es curioso pero de modo opuesto, con luces distintas, esas dos brillan con esa clase de enferma belleza florecida de la corrupción y la decadencia, de Mary y yo mismo, como las flores nacidas del estiércol.

Según el primer informe de Marlowe, ese Geiger tiene una librería como tapadera de pura pornografía. Marlowe estuvo vigilando el local y luego siguió a un tal Lundgren, el segundo de Geiger, hasta la casa adosada de éste, que no había aparecido por el negocio. Al poco frenó allí mismo el Buick de Carmen. El detective aguardó afuera hasta que, a un grito de ella y dos detonaciones, irrumpió por la puerta de la cocina al tiempo que alguien huía por la delantera. El cadáver de Geiger yacía a los pies de Carmen, drogada y, aunque por respeto Marlowe no se refirió a ello, seguro que desnuda. Encontró una máquina de fotos sin carrete que implicaba que la habían fotografiado de aquella guisa y junto al cadáver; y, en efecto, aunque han intentado ocultármelo por mi salud, sé que esta mañana han mandado unas copias pidiendo cinco mil dólares por los negativos. Hoy día parece la cantidad favorita de los chantajistas.

Esto se está embrollando demasiado. Y curiosamente advierto que el temor a infamar el nombre de la familia, a arrastrar nuestro apellido a un oprobio que dentro de poco me impida ser acogido como un igual por nuestros ancestros, es desbordado por una emoción que me nutre de vitalidad. Ya que no puedo empuñar el revólver en el lugar de Marlowe, al menos seguiré la historia por delegación suya, me limitaré a leer sus informes en vez de debatirme en plena acción, y ya aguardo el próximo con la expectación que en mi infancia esperábamos la siguiente entrega del novelón de moda, tendré que contentarme con eso como me conformé con aspirar el humo de su cigarrillo.

Si tarde o temprano a todo el mundo le llega el día en que prefiere imaginar las cosas a realizarlas, tengo que decir que, al abismo de la tumba, ese día aún no ha llegado para mí.                         

                                                                                                                                                                        

lunes, 29 de octubre de 2012

EL CABO DEL MIEDO



                  

Fue en Baltimore. Hace más de ocho años. La edad de un niño, la duración media de un matrimonio o de una guerra encarnizada. Ocho años, cuatro meses y tres días. Tengo el tiempo clavado como una astilla de hielo en el corazón y no me la sacaré sino para clavársela al abogado. Por de pronto, se le ha muerto el perro –envenenado-, cualquier día su mujer tendrá un accidente, y en media hora su hija se convertirá en mujercita de un modo abrupto, harto traumático.

Lo que le pase al abogado será poco en comparación con ocho años de cárcel: el tedio de las tardes midiendo en el techo el ángulo del sol, los chasquidos metálicos de las verjas, la sustitución de las dóciles blanduras femeninas por otras carnes prietas, fibrosas, correosas: igual que comer carne de caballo en vez de faisán. Y aunque reconozco que no soy hombre hogareño, la reclusión también me ha privado de conservar una familia como la del abogado. Después de todo las cosas estaban mejorando en casa; desde que el chico entrenaba en el equipo de boxeo había dejado de atizarle, y a última hora siempre convencía a mi esposa de que no me denunciara.

Deslumbrado por la libertad, después de despedirme del alcaide, lo primero que hice fue venirme a ver al abogado. Sin embargo, en el camino añoré la posibilidad que en la cárcel tenía de dominar a los demás reclusos. Pero recordé que el alcaide esperaba volver a verme pronto y no podía dejarme detener sin llevar a cabo mi propósito. Incluso antes de buscar alojamiento me dirigí al Palacio de Justicia –de injusticia- y sin apagar el puro ni descubrirme el panamá entré en la sala. Allí estaba el abogado, en plena acción, embelecando al juez con sus argucias y esquivando la verdad con sus fintas legales, ocultando la realidad entre sus intrincados recovecos y sepultándola bajo un cenotafio de pompa y vacuos tecnicismos.

Por suerte él no había cambiado nada. Seguía tal y como en mis insomnios lo había enfocado la blanca luz de mi odio, envarado de hipocresía, engolado de falsa virtud, tan henchido de orgullo que en cualquier momento podía elevarse hacia el cielorraso de la sala. Exactamente como yo lo recordaba de mi juicio. Cuando mi abogado sonreía y desde el banquillo observaba yo por la ventana del juzgado cómo sobrevolaban las palomas el bosque de mi libertad, tuvo que venir el abogado a testificar contra mí como ciudadano particular. Alguien con su reputación convenció al jurado de que los gritos de la chica que había oído en el garaje y yacía conmigo en la oscuridad, no eran de placer.

Así que después de ocho años de espera lo seguí por los pasillos del Palacio de Justicia y lo abordé cuando ya estaba al volante. Simuló no reconocerme, lo que me enfureció más, aunque después de todo yo apenas seré otra de sus numerosas víctimas. Arrancó el auto y me dejó en la boca los saludos a la familia. A partir de entonces empecé a acosarlo de modo que, como en una jaula de cristal o en una celda translúcida, se sintiera como en una cárcel en el seno mismo de su cotidianeidad, maniatado por cadenas invisibles. Es curioso, pero bastan una mera sombra, el chasquido de un paso, una presencia sigilosa, para convertir en un infierno el apacible paraíso de cualquiera.

Como un mal recuerdo, lo perseguía a todas partes. Deslizándome como una serpiente por los resquicios de la legalidad, reptando entre los vacíos de la ley, estoy haciendo de su vida una pesadilla. Como me sobraba el tiempo, he aprovechado la clausura para leer libros de Derecho, lo cual, aparte de enseñarme bastante, me dio ocasión de reírme lo mío. Por tanto, me consta que no hay ley que me prohíba equivocarme de teléfono a medianoche, visitar la bolera favorita del abogado, pasear por su calle, alquilar en el muelle una lancha al lado de la suya o fumar, como ahora, a la puerta del colegio de su hija.

Cada vez que me descubre en uno de estos lugares, adopta esa expresión tan suya de puritana indignación, se estira en un ademán de ecuanimidad sorprendida, de inocencia ultrajada. Pronto lo desequilibré al punto de que ese campeón de la libertad y defensor de los derechos civiles pretendió encerrarme o como mínimo privarme de mi libertad de movimiento. Movió sus hilos en la policía y logró que me registraran la habitación y me detuvieran cuatro veces como sospechoso de robo o, en última instancia, de vagancia, para poder alejarme cien kilómetros de la ciudad. Pero me sabía de memoria el artículo correspondiente y había vendido la granja de mis padres precisamente para que mi honrada cuenta corriente les frustrara la acusación. No pudieron echarme, ni siquiera estaba borracho y, como buen ex convicto, cumplía con mi obligación de presentarme cada semana en comisaría.

Cierta mañana el perro del abogado, que no dejaba de ladrar en el chalet manteniéndolos a todos en vilo, de pronto enmudeció para siempre. Compungidos lo llevaron al veterinario; así son los hipócritas, capaces de llorar por un perro y de encerrar a un inocente con una sonrisa de satisfacción. Pero estos días su esposa y su hija lucen ojeras y las caras mustias, y el abogado está perdiendo casos inverosímiles.

He eludido la persecución policial gracias a la intervención de un abogado, Dave Grafton, que en la prensa es el látigo de la represión policial, este sí, un honorable partidario de la presunción de inocencia. Empecé a ganar la guerra psicológica. El siguiente paso del abogado fue contratar a un detective privado, un sabueso que me husmeara los pasos como yo husmeaba los suyos. Probé mi propia medicina: me molestó en mis escarceos amorosos.

Resulta que tampoco yo he cambiado estos años y ciertas mujeres aún se me quedan clisadas en los bares, hipnotizadas o fascinadas como quien mira a una serpiente, gracias a lo cual apenas tengo que recurrir a las profesionales. Son aquéllas de gustos, por así decir, complementarios a los míos, algunas que disfrutan justo con lo que a mí me gusta. Lo que pasó fue que ese sabueso estuvo a punto de atraparme mientras le cargaba yo la mano a una de mis conquistas. Reconozco que por una vez me excedí; al menos, después de lo que le hice a ésta, podía estar seguro de que no se atrevería a denunciarme. Fue una excepción: lo normal es que disfruten más que yo, como aquélla del garaje.

Muestra de que le estoy quebrando los nervios al abogado es que, como él diría, se está degradando por mi culpa, lo están perdiendo los instintos más primitivos y cerca está de sucumbir a los impulsos homicidas sobre los que tan aficionado era a elucubrar en las revistas especializadas. Para querer matarme no necesita tener la mandíbula prognática ni los ojos demasiado juntos. Ayer mismo me insultó y hasta atizó en el muelle, al verme apreciando los encantos de su hijita en shorts.

Para demostrarle mi superioridad psicológica, no me molesté en devolverle la afrenta. Pero sí me he hecho con una navaja, porque estoy seguro de que cuando sepa lo que le va pasar a su hija recurrirá a los sicarios. Ya son las cinco; la chica estará a punto de salir de la escuela y su madre sigue sin llegar. Puede que la consuele de lo del perro con algo nuevo que la distraiga; quizá le presente a otro amiguito cálido y peludo con quien también pueda jugar.

Tiene edad para que alguien le desvele con delicadeza ciertos secretos de la vida.          
                                                                                              

viernes, 26 de octubre de 2012

CON LA MUERTE EN LOS TALONES


             
                              

Ahora que he asesinado por control remoto a ese fastidioso histrión de George Kaplan, que a estas horas yacerá acribillado por la avioneta fumigadora –por fin privado de recuerdos, de su omnisciencia sobre mí-, surgen dificultades con Eve. Lleva esquiva toda la mañana, responde con monosílabos y mantiene la mirada en un punto indeterminado del pasado. Por una vez no ha reaccionado a mis caricias y la he dejado sola en la habitación para pasear por el centro de Chicago.

Serán los nervios. Ha sido ella quien ha cazado a Mr. Kaplan con el señuelo del sexo; a mí no me importa que utilice su cuerpo como cebo, pero ella siempre ha sido muy sensible a la cuestión. Más que de su carne, soy prisionero de su espíritu, y me encadena la apacible dulzura de su carácter. Como a otras muchas, la conocí en una de aquellas fiestas de la alta sociedad; el éxito es el imán de la belleza: las mujeres lo detectan tan fácilmente como a un homosexual. Cuando me presentaron a aquella joven diseñadora industrial, todo el mundo pareció enmudecer y me hirió la mano el vidrio de la copa quebrada. Tal vez solo debí contratarla para la empresa sin introducirla en la KGB. También se dice que no hay que mezclar la devoción con el trabajo, pero los genios no sabemos segregar la vida de la obra.

Al principio yo solo tenía una fábrica de piensos en Netwark. Y pese a mis modales refinados, a mi encanto natural y al acento británico –papá insistió en enviarme a Eton-, todo el mundo me daba de lado; resultaría demasiado intelectual y retorcido para la burguesía americana. Así que, como me sobraba tiempo, pasaba los fines de semana en Nueva York; por curiosidad asistí a un par de mítines, y antes de darme cuenta me estaban entregando mi carnet del Partido en aquella polvorienta oficina de seguros que empleaban de tapadera. Y al poco ya estaba aquel agregado de la embajada soviética ofreciéndome el negocio de mi vida, alimentar a todos los pollos de Kazajistán a cambio de ciertos informes de la Cámara de Comercio que tenía a mi entera disposición.

A partir de entonces me cambió la vida. Como no soy muy valiente, me puse a reclutar subagentes que me procurasen el material. Pero el método más fácil consistía en contratar por un fijo a un fotógrafo y a una joven que en Washington se dejase querer por cualquier senador de otro estado. Al poco canjeábamos los negativos de varias entrañables fotografías por un maletín obeso de información confidencial. A los dos años yo alimentaba a todos los pollos de Ucrania.

Las medidas de las chicas eran cada vez más vertiginosas, los senadores más viejos, y los informes de más alto secreto. Hasta que la semana pasada me hice con el protocolo del Pentágono en caso de guerra nuclear y lo he trasvasado al microfilm que llevo en el bolsillo de arriba de la camisa, muy cerca del corazón. Solo en la primera página consta lo que está dispuesta a tolerar la Casa Blanca antes de desatar la tormenta de neutrones. ¡Un éxito personal de Vandamm –yo-, el número uno de la KGB en América, justo cuando la Guerra Fría está más caliente! Y eso que he tenido que sufrir la persecución, como un remordimiento, de ese Kaplan.

El malestar de Eve es un precio barato por haberme librado de él. Espero que sea pasajero; ella se ha convertido en mi mano izquierda, mientras que Leonard es la derecha: soy zurdo. A Leonard lo conocí en Nueva York, en una conferencia que ofrecí sobre la coexistencia pacífica; me fijé en aquel tipo que en una hora entera no separó de mí sus ojos fanáticos, y que mientras los asistentes abandonaban la sala se quedó en su silla como la viva estatua del asombro.

Si desde el principio hubiera encomendado a Leonard suprimir Kaplan, las cosas no se habrían enrevesado, pero confié en Joe y Vince, el lanza cuchillos que vi en el circo. George Kaplan, el más versátil agente de la CIA, tan escurridizo y sutil que aún lo he habíamos visto la cara, inaprensible como un fantasma, ineludible como la muerte, venía siguiéndome a través de Filadelfia, Boston, Detroit y Nueva York. Había logrado que mi propia sombra llegase a pesarme. De no ser por Eve, lo tendría aquí, en Chicago, y de hecho, ahora que recorro la Avenida Michigan, no paro de volver la cabeza creyéndolo mezclado entre la multitud.

Anteayer Joe y Vince lo interceptaron en el vestíbulo del Hotel Plaza de Nueva York, donde se alojaba, y me lo llevaron a Glenclove, a la residencia de Mr. Townsend, que cuando tiene sesiones en la ONU pernocta en Nueva York y no sospecha que su ama de llaves lleva afiliada al Partido desde 1919. Ante nosotros Kaplan optó por interpretar el papel de Roger Thornhill, un inocente ejecutico neoyorquino. El FBI le habrá cambiado la documentación; a los espías nos sobran los nombres. Dentro de su teatralidad su representación fue convincente, pese a que le constaba que yo era el único crítico cinematográfico que podía desenmascarar su arte. Al estilo de ese Cary Grant de las películas, saturaba de ficción al espectador, lo hacía creer en la imposible verosimilitud de su actuación con el artificio de no pretenderlo. Con una falsa confesión de irrealidad, lograba que su papel fuera real.  

A un hombre se le mide por sus enemigos, y Kaplan es –era- un rival digno de mí. Encargué a Joe y Vince que tras haberlo emborrachado de muerte lo introdujeran en un Mercedes y lo precipitaran por el acantilado. Pero el tipo se rehízo, enderezó la dirección y acelerando huyó hasta lograr atraer la atención de la policía. Mis hombres tuvieron que volverse y a él, como agente del gobierno, los polis lo escoltarían al hotel para que durmiera a gusto la borrachera.

Ayer seguía en su habitación del Plaza, y como se confió, mis hombres lo sorprendieron allí, pero los muy inútiles lo dejaron escapar hasta el edificio de la ONU. Debió creer que allí lo protegería el habitual dispositivo policial. Olvidó que el Presidente visitaba Coney Island. En el interior se cruzó con Mr. Townsend, y mientras lo avisaba de que estábamos ocupando su casa lo utilizó como escudo humano contra el certero cuchillo de Vince. Volvió a escaparse y no a cualquier sitio, sino a la estación de trenes, donde subió al Expreso Siglo XX pocos minutos después que yo. ¡Sabía que me venía a Chicago y en medio de tantos apuros allí estaba, inevitable como un recaudador de impuestos!

Los de la CIA intentaron engañarme haciendo ver que perseguían a Kaplan-Thornhill por el asesinato de Townsend (como si el primero se hubiera vengado del segundo creyéndolo implicado en su secuestro de la víspera), y siguiéndoles el juego yo le envié a Eve para que se hiciera la encontradiza y, presuntamente atraída por él, lo escondiera de la policía. ¡Al fin encontré el punto débil de ese impecable agente: las rubias! Él simuló no tener billete con tal de pasar la noche en el departamento de ella. Leonard y yo viajábamos en el mismo vagón. Aunque no soy celoso, no plegué ojo; como siempre que se queda a solas conmigo, Leonard me miraba con los ojos empañados de un perro fiel.

A la llegada, mi enemigo le dio a Eve el número de su contacto en la CIA para que ella telefoneara por él y le facilitaran el lugar y la hora del encuentro con su enlace en Chicago; temería que los nuestros lo atraparan. Para escabullirse de nosotros, incluso prolongó la farsa carnavalesca de su huida de la policía disfrazándose de mozo. Pero a quien Eve llamó fue a Leonard, que le ordenó darle la dirección de ese descampado donde la avioneta ya lo habrá fumigado a conciencia.

Voy a llamar a Eve desde esa cabina; ya se habrá recuperado y no querrá perderse la subasta. Pujaré por alguna pieza donde esconder el microfilm para pasarlo por la aduana. Espero que ella nunca me deje de lado. He decidido que ésta sea mi última misión.  Hasta Eve y Leonard lo ignoran. Tengo dispuesta una ruta de huida al Caribe; también habrá que ocultarse de los rusos: los espías no se jubilan. Se acabarán los mensajes en clave, los maletines, los silenciadores. Eve me hace muy feliz y solo los desdichados pueden seguir asesinando durante mucho tiempo.

Pero si algún día me traicionara e hiciera lo que aquellas familias de Netwark que no querían presentarme a sus hijas casaderas, tendré que regresar a este maldito país y volver a amaestrar las serpientes del odio y tramar la destrucción de toda esta gente que desde el principio se ha conjurado para no aceptarme.                       
                                                                                                                                                                                                                                                                     

martes, 23 de octubre de 2012

LA REINA DE ÁFRICA


                 
                  

Mi vida es un río, el río es mi tiempo, y mi hogar esta barcaza. El río se llama Ulanga, luego Bora, y la barca es “La Reina de África”. Samuel se ha quedado en tierra, ya forma parte de ella, y ahora mi compañero es Mr. Allnutt, el único tripulante de “La Reina de África”.

Mi pobre hermano Samuel y yo llegamos a Centroáfrica con el nuevo siglo. Había solicitado ser destinado a misiones y el obispo lo envió aquí a fundar la primera iglesia metodista del país. Como no estaba casado y a mí me parecía que cuando paseábamos por el parque Brian miraba demasiado a las doncellas y hasta hedía a brandy, lo dejé y me vine con Samuel a Centroáfrica.

Llegamos con los baúles repletos de ilusiones, y con esfuerzo y una voluntad de piedra y ladrillos implantamos una parroquia en plena selva, trasplantamos al continente negro cualquier capilla de los Midlands. Muchos indígenas nos ayudaban con la casa y el huerto, por las tardes aprendían a leer y escribir, y algunos incluso olvidaban sus ritos paganos durante semanas enteras. Gracias a su ayuda manual pronto encontré tiempo para musicalizar  los Salmos de las ceremonias. Samuel y yo instauramos aquí nuestros pacíficos ritos del pasado, el té con bizcochos, el bridge de los sábados, las charlas de sobremesa, la paz soleada de los domingos por la tarde.

Hasta que hace unos meses empezaron a llegarnos, en los periódicos retrasados, noticias de ciertas hostilidades en Europa, que no obstante tenían la irrealidad de cualquier argumento de H.G. Wells. Pero anteayer la guerra irrumpió con toda su crudeza en nuestras vidas. En media hora los alemanes nos destruyeron quince años de trabajo. Dado que este país es colonia alemana y nosotros somos ingleses, incendiarnos la Misión fue una mera operación militar.

Agredido por un soldado y enajenado de sus últimos quince años de vida, a Samuel se le enturbiaron los ojos de horror, hipnotizado por las llamas como por la serpiente del Mal. De mañana se puso a plantar semillas, como si estuviéramos en cualquier agosto de Inglaterra. Soltó la azada y cayó víctima de un ataque de fiebre cerebral. Se puso a delirar. Dijo que la vocación le había venido cuando suspendió los exámenes de ingeniería, y que a mí Brian nunca iba a pedirme en matrimonio porque solo estaba jugando conmigo. Con su último hálito se apagó la bujía y me quedé a oscuras en el dormitorio. Estaba absorta en aquel pasado que paradójicamente los desvaríos de mi hermano habían dilucidado con nitidez, con sinceridad. Catatónica de frustración, por primera vez reconocí lo baldío de mi vida en perenne barbecho, como un arbusto reseco en un secano.

Con el calor que hacía, al amanecer un círculo de buitres ya sobrevolaba la chimenea. Por suerte entonces llegó Mr. Allnutt, el patrón de “La Reina de África”, que cada par de meses se pasa por la Misión. Estaba fugitivo de los alemanes porque es canadiense y tiene la barca cargada de valioso material de guerra. Me sirvió de gran ayuda: enterró a Samuel en el huerto y me sacó de allí; los alemanes podían volver en cualquier momento. Sí, me embarqué con él aunque al principio me parecía un sujeto brusco y tosco, tan mugriento y poco fiable como su embarcación, del basto estilo de los jornaleros que teníamos en la granja de papá. Desde los tiempos de Brian no había estado tan cerca de un hombre, y también éste bebía y blasfemaba lo suyo. Por culpa del tabaco parecía tan asmático como el motor de “La Reina de África”.

Dejé Kungbu con tristeza. Pero fue coger el timón a órdenes de Mr. Allnutt y respirar las auras del río, sentir la brisa en la cara y descubrir a pleno sol el vigor y el brío y el impulso de la libertad. Emprendía la segunda aventura de mi vida, también con un hombre, Mr. Allnutt, en lugar de mi hermano. Como llevábamos a bordo goma explosiva y tubos de oxígeno, y en la mina él es medio ingeniero –lo que no pudo ser Samuel-, le propuse que fabricara un torpedo para bombardear el “Louisa”, el acorazado teutón que, clave del control alemán del país, patrulla en el lago. Para desembocar en éste, antes habrá que salvar los rápidos y pasar ante una fortaleza pertrechada de artillería. Y convivir con Mr. Allnutt, cuya compañía es ardua conforme se empapa de ginebra y ahúma con tabaco.

Como canadiense, éramos aliados y no pudo negarse a ejecutar mis planes. Me he convertido en el látigo de su pereza alcohólica. La verdad es que sabe leer en el río como en un libro de oraciones, distingue bajíos y turbulencias, y adapta la barca a la corriente como quien encamina a un hijo. Ama entrañablemente a “La Reina de África” y parece tratarla como a un amigo cascarrabias; aviva la caldera con la actitud de quien da fuego a un íntimo que es fumador empedernido. Con las horas tuve que reconocer que, aunque agreste, no le falta el valor ni la inteligencia; solo precisa de la orientación necesaria; yo seré su timonel, y no solo de navegación.

Con todo, al fondear la primera noche, yo ignoraba a qué extremos lo llevaría aquel licor del infierno, la ginebra, tan traicionera que es del puro color del agua. Nos bañamos, él a la proa y yo a popa, y mirando para otro lado tuvo que ayudarme a subir a cubierta. Fue violento pernoctar tan cerca de él. Las estrellas me parecían múltiples ojos escrutándome los recovecos del cuerpo. Para colmo se puso a diluviar, vino a refugiarse bajo el toldo y, aunque lo eché afuera creyendo que venía en busca de otros calores, al verlo ensopado me apiadé y lo admití a mi lado.

Somos muy diferentes y tenemos de adaptarnos el uno al otro. Ahora somos un equipo, un dúo o tándem con un objetivo, y a los dos nos convendrá adoptar la perspectiva del otro. Tendré que escarbar lo mío, pero intuyo que al fondo de su personalidad tiene un poso de bondad y delicadeza de sentimientos.

Esta mañana zarpamos con la primera luz. En la Misión llevaba una vida sedentaria y ahora el río me está redescubriendo este país que ya es el mío, me revela la vegetación y las aves, los cielos y los paisajes. Siento como si una lengua o un brazo del río hubieran anegado aquel secano de mi vida pasada. Y, en efecto, hay otro panorama que me va desvelando el río, el verdadero carácter de Mr. Allnutt.

Acabamos de solventar los rápidos gracias a su intrépida habilidad. Viéndolo guiar con ese temple la barca en los remolinos vertiginosos, hendir con la quilla la vorágine espumeante como un caballo al galope, he comprobado lo segura que estoy en sus manos, hasta qué punto puedo abandonarme a ellas que, alargadas, fuertes, exactas, todo parecen hacerlo a la perfección. Yo estaba mareada, nerviosa y enferma de miedo, y en el ombligo del peligro, de repente me sentí serena, emocionada, feliz de confiarme a sus manos, como si ya fuera mi trémulo cuerpo, y no la caldera, lo que manipularan, con mi piel en tanta ebullición como aquélla. ¡Sí, lo peor es que estaba disfrutando, el peligro me estremecía y con Mr. Allnutt me vi capaz de afrontar todos los riesgos que nos aguardan! ¡Hundiremos ese acorazado, daremos la vuelta al mundo, desembarcaremos en Kiel e invadiremos Alemania si hace falta!

Y lo consigamos o no, será divertido intentarlo. Sé que será difícil y habrá veces que me hará estallar de furia como esa caldera del diablo, ¡pero haré que Charlie cumpla su palabra, deje la ginebra por el té, y aunque por mí acabe cantando los Salmos y leyendo la Biblia, me convierta en su única religión verdadera!            

                                                                                                                                                                           

sábado, 20 de octubre de 2012

RETORNO AL PASADO


                 


Tengo un gusano enroscado adentro que me va royendo el corazón: soy como una manzana apetitosa, radiante por fuera y podrida por dentro. Desde la pubertad el gusano me envenena la saliva que trago y la de todos los hombres que he besado. Tanto ha prosperado con mi sangre que ya me domina la voluntad, me dicta cada palabra y no sé ni lo que quiero. He vuelto con Whit, pero él tiene otro gusano igual de voraz y nos parecemos tanto que, gemelos en la maldad y el egoísmo, estar con él resulta incestuoso.

A los pocos días de convivencia ya nos exasperamos y Whit no quiere reconocerlo. Nos pasó lo mismo hace un tiempo. Él es un mafioso con una máscara de respetabilidad, un barniz de honradez que se le descascara al retumbar de disparos en cualquier callejón. Reparte tarjetas con ribetes de luto y tiene a un montón de carteros intentando adivinarle el nombre de los destinatarios. Por eso no entiende que yo no me deje sujetar por las ligaduras de su voluntad y de su obsesión. Aquella noche de mi cumpleaños, a un chasquido de sus dedos, los que chasquearon en la calle de atrás fueron los huesos de aquel latino que no paraba de sacarme a bailar. De vuelta a casa le dije que lo dejaba y como quiso impedirlo, en vez de los insultos de costumbre, le descerrajé tres disparos y me llevé los cuarenta mil dólares que estaba guardando en la caja.

Apenas le había magullado un hombro y ni siquiera mellado su obsesión. Obviando a la policía, a los dos días me puso detrás a un sabueso que me devolviera intacta a su dominio. Lo contrató por diez mil; a Whit lo que menos le importaban eran los cuarenta de los grandes. Como a mí, el dinero es lo segundo que más le importa en el mundo. Ambos coincidimos en la preferencia principal: yo.

Era un perdiguero de pedigrí que no se dejó despistar por mis fintas, amagos ni pistas falsas, sino que me siguió por todo México, a través de La Reforma, el D. F., Taxco y Acapulco, como si fuera el mejor amigo de mi sombra. Parecía inevitable y puntual como la muerte o un amante que viniera aspirándome la estela del perfume. 

Exhausta de huir por un laberinto que yo misma debía diseñar, me presenté a él en “El Mar Azul”, una umbría taberna de Acapulco, con el propósito de sobornarlo con sexo y algún dinero. El tal Jeff era un moreno grandullón de ojos nocturnos y rasgos tallados a hachazos, al que reconocí entre las cejas la marca de los inocentes, de modo que me senté con él y con insinuaciones y sonrisas me dediqué a encandilarle el aire de misterio. Creí oír cómo se le quebraba la voluntad en un millón de añicos. Incluso cometió el error de no preguntarme el nombre: me reconoció de las fotografías que le dio Whit. Le dije que las siguientes noches me buscara en la cantina de Pablo y lo dejé abismado de deseo.

En los dos días que tardamos en cruzarnos en lo de Pedro, no había avisado a su patrón: había mordido el anzuelo. Sabía yo que era de los que había que pescar con paciencia y caña larga; nada le habría sacado si me lo subo la primera tarde a los sórdidos altos de la taberna. Se trataba de hechizarlo con un buen encantamiento y dejarlo preñado de promesas y esperanzas. Los primeros días solo le dejaba besarme en la playa, entre las redes tendidas a la luz de la luna. Cuando lo dejaba, él mismo se encargaría de saturar de magia mi imagen y a la mañana siguiente yo intentaba reajustarme a los contornos de su fantasía.

Incluso lo convencí de que yo no tenía los cuarenta mil. No dejaba de flotar en una crisálida de éxtasis y ensueños donde el verano no declinaba. Quizá me contagié de esa inercia y tardé demasiado en llevármelo a la cama. Tal y como esperaba, justo entonces pinchó la burbuja de los sueños y reaccionó proponiéndome escaparnos a Texas. Pero la mañana que salíamos Whit se presentó en su hotel. En el bar Jeff le embotó las suspicacias explicándole que había vuelto a perderme y presentándole la dimisión. Mientras inadvertidamente yo pasaba camino de su habitación, Jeff le dejó caer su copa al regazo para distraerlo. Al final Whit renovó su confianza en él antes de tomar el avión de vuelta. Nos libramos por poco.

Nos fugamos a San Francisco. Como los tentáculos de Whit son extensos, vivimos como topos una temporada. Solo salíamos de noche; Jeff se emboscó detrás de una barba, y yo tras unas gafas. Me conmovió que nunca volviera a preguntarme por el dinero: solo me quería a mí. Aunque vivíamos precariamente, yo tenía el consuelo de palparme la cartilla del banco con el dinero, que llevaba oculta en el forro del abrigo. Y cuando salíamos a airearnos por las plazas de la noche, me cogía del brazo y me sentía tan ligera y libre y feliz como un gorrión que ha aprendido a volar. El cual parecía haberse comido el gusano del corazón.

Pero nos confiamos. Empezamos a ir al béisbol y a las carreras, y una mala tarde nos vio Fisher, el socio de Jeff en la agencia de detectives. Whit lo había enviado a rastrearnos, ya que a éste no hacía falta azuzarlo: al fugarse con el estipendio de Whit, Jeff también lo había traicionado a él. Procuramos esquivarlo, pero nos siguió y nos sorprendió en aquella cabaña de Pyramid Creek. A cambio de no delatarnos, me pidió los famosos cuarenta mil. Por supuesto, a éste no pude persuadirlo de que no los tenía, y lo peor es que aquello reveló a Jeff mi engaño. Tuve que liquidar a Fisher de un disparo al estómago y me escapé sola en el coche de Jeff. Le había visto en los reflejos de los ojos que ya no creía en mí. Le quería, pero amaba más al dinero. Cuarenta mil dólares solo ceden a cuarenta y un mil.

Aprendí el valor del dinero en el tugurio del suburbio donde me crié. Con trece años, mi madre me alquiló por una noche al prestamista por los treinta y cinco dólares que le debía, intereses incluidos. Loca de miedo, muchas noches aún siento las ratas de las manos del viejo corriéndome por la piel. Él me sembró la larva del gusano. 

Al dejar a Jeff, volví a Nueva York y, como estaba sola y temía a Whit, me presenté a él diciéndole que estaba arrepentida y que había comprendido que no podía vivir sin él. Nunca me ha importado cambiar de bando: el auténtico amor de mi vida soy yo misma. Así conservé cierta ventaja que hubiera perdido si me hubieran enlazado alguno de sus sicarios. Además, él deseaba creerme con todas sus fuerzas. De hecho se tragó que había sido Jeff quien liquidara a Fisher. No fue mala idea volver con él. Soy el punto flaco de Whit, la única que puede apaciguarle su gusano; en cambio él, tarde o temprano, acaba por enardecer al mío.

Y así hasta que por casualidad un hombre de Whit ha encontrado a Jeff trabajando en la gasolinera de un poblacho. Whit va a hacerlo venir y con su amenazante benevolencia aparentará cobrarle la deuda pendiente encomendándole un asuntillo. Como un novelista genial que entrecruza dos tramas paralelas, pretende eliminar a su asesor fiscal, que lo está chantajeando, y hacer pasar a Jeff por el homicida. Y me necesita a mí para hacerle caer en la trampa.

Lo haré. Aunque ahora que estoy cerca de volver a verlo, me noto en la espalda el crecimiento de las alas que me llevaban flotando por las calles nocturnas de San Francisco, las alas de aquel gorrión que en verdad no se comió al gusano.   

                                                                               

miércoles, 17 de octubre de 2012

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD



                  


Ahora los relojes se me paran, en los clubs las chicas han dejado de sonreírme si no les enseño un billete de cincuenta, y a mi paso se funden las bombillas y las flores se marchitan incluso en la exuberante Hawái. Hasta los subordinados me saludan con desgana a mí, su capitán, a quien hace bien poco, del miedo que me tenían, llamaban “dinamita” Holmes. Y tampoco bastaba con que mis superiores siguieran ignorando mis advertencias de que cualquier día los japoneses atacarán una base tan desguarnecida como Pearl Harbor, ni con que el general Slater cambiara de conversación cada vez que me refería a mi ascenso, ni con que mi aburrida y cursi esposa me engañara –encontré un hirsuto y retorcido pelo rubio en el lavabo-, sino que además he tenido que dimitir del Ejército.

Toda la vida soñando con ser oficial y casarme con una mujer como ella, para acabar destinado a un agujero como éste de Schofield, Hawái, y hace años desterrado de la cama de Karen. Ella me acusa de que por mi culpa perdió a nuestro hijo. Al parecer volví borracho y me quedé inconsciente la noche que iba a dar a luz y necesitaba a un médico, de modo que lo perdió y quedó incapacitada para concebir otro. Pero nada de esto habría pasado si, expulsado de su dormitorio, no hubiera tenido que buscar consuelo en la calle. Cómo me conmueve recordar la fila de chicas entre las que habría podido elegir en Wisconsin, la mayoría más atractivas que Karen –debí sospechar de la aureola frígida y puritana que la rodea-, pero ninguna con su familia ni tanto dinero.

Para tolerar esta existencia atroz, vacua, inerte –y a la vez plúmbea-, no tenía más remedio que evadirme por las noches (de retreta a diana), al Kalahua Inn, al Mambo Club o al Long John Silver’s Parrot, y dejar que las pupilas me sirvieran un ron tras otro y me coronaran de pámpanos y me colgaran collares de flores en un carnaval de risas y músicas y luces que no por falaz –mi buen dinero me costaba- me divertía menos. Y ahora que tendré que volver a los Estados Unidos, me pregunto si el modesto empleo que encuentre en la vida civil me permitirá siquiera parodiar semejantes fiestas en algún motel de carretera con el neón opaco de polvo.

Para mis escapadas contaba con la ayuda de mi mano derecha, el único soldado competente de por aquí, el sargento Warden, un hombretón honesto y atractivo, en quien puede derrocharse la confianza. Ducho en el papeleo, perito en la instrucción y con carisma entre los hombres, podía delegar en él sabiendo que todo lo dispondría casi tan bien como yo, de haber tenido la voluntad o energía suficientes. Es un tipo válido para cualquier cosa menos para presentárselo a tu novia.

Fue él quien me trajo, aquella infausta mañana, al soldado Prewitt, aquel joven que parecía tan tímido e indefenso, procedente del cuerpo de cornetas. Yo lo había admitido porque era el instructor del equipo de boxeo, lo había visto combatir en una velada memorable y necesitábamos un peso medio para el campeonato. Y me encontré con que el muy testarudo se negaba a boxear desde que un golpe suyo había dejado ciego a no sé qué compañero de entrenamiento. Por un simple accidente estaba dispuesto a perder todas las ventajas inherentes a formar parte del equipo; tenía que ayudarlo a recapacitar.

En el ejército, el boxeo no es ninguna tontería; mantiene alta la moral de los hombres, y a mí me servía de entretenimiento en este pozo de tedio. Además, preveía que si ganábamos el campeonato, me rehabilitaría en la estima de mis superiores; últimamente en el club me evitaba hasta el limpiabotas. De modo que, como Prewitt insistía en despreciar su talento, prescribí a los hombres que por su bien le aplicaran el “tratamiento”. A ellos también les afectaba su negativa, ya que el equipo vencedor se gana diez días de permiso. Por el calado de su mirada nocturna debí advertir que el propósito de Prewitt no sería maleable, pero confié en su aire apocado, inerme.

El “tratamiento” consistía en hacerle cavar zanjas, barrer el patio, fregar los platos, dar vueltas al campo de entrenamiento o realizar marchas de diez kilómetros bajo el sol, todo lo cual yo esperaba que le sirviera de entrenamiento; pero a ese potro indómito no había forma de embridarle la voluntad. Parecía disfrutar derribando al polvo mis ilusiones.

El equipo de boxeo era mi único aliciente en el cuartel y ahora Prewitt me derrumbaba el castillo de naipes de mis ilusiones. Nadie sabe lo duro que puede resultar servir en una ratonera como ésta, tener que ir de resaca a la comandancia a firmar los papeles que Warden me tenga dispuestos y luego volver a casa a afrontar la cara mustia de Karen, que se sumía en un silencio tan glacial que me obligaba a volver a la ciudad a sumergirme en las luces y las risas y las copas de los barrios alegres. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme toda la noche discutiendo con ella? ¿Recordarle que en Fuerte Bliss se acostó hasta con el ordenanza? No me habría importado siempre que lo hubiera hecho con discreción; mi reputación andaba en juego.

Prolongando el “tratamiento”, el sargento Galovitch le arrojó a Prewitt un cubo de agua sucia desde el cuadrilátero y le ordenó fregarla. Se negó a hacerlo y, de no mediar el sargento Warden, le habría preparado un consejo de guerra por insubordinación. Y ahora se me ocurre que, sabiendo lo mucho que dependía de él, el sargento abusaba de su influencia conmigo y me convencía de cualquier cosa… Sí, bien mirado, es un hipócrita que todo el tiempo habrá conspirado contra mí para ocupar mi puesto. Y también caigo en que reconoció que se iba a presentar al examen de oficiales justo el día que Karen me pidió el divorcio. ¡Es de su cabellera de donde procedía el pelo del lavabo! ¡No contento con hacerme la cama, se acuesta en la mía con mi mujer! ¡Resulta que no puedo tocarla salvo con “mi mano derecha”!

Tanto confiaba en él que todo lo firmaba sin leer y seguramente le habré firmado una autorización para investigar en el regimiento. Y hablando de eso, al fin logré que Prewitt peleara, pero en una reyerta privada contra Galovitch. Boxeaba tan bien como yo recordaba. El problema fue que los de la investigación me vieron presenciar la pelea sin detenerlos, lo cual, con el resto del informe, me obliga a dimitir si quiero eludir un consejo de guerra.

Ahora me esperan la vergüenza y el oprobio. Al oír mi nombre todos denegarán con la cabeza renegando de mí, o más bien afirmarán con ella, dando a entender que ellos bien sabían cómo acabaría yo. ¿Quién me iba a decir que ese Prewitt sería mi enterrador, con ese aspecto desvalido e inocente, el típico del que se puede abusar sin riesgo? ¡Que lo atraviese el rayo de mi maldición y caiga fulminado en la primera zanja!

Y en cuanto al resto del ejército, ¡ojalá los japos arrasen Pearl Harbor y todo nuestro acantonamiento en Hawái y los jefes para siempre se arrepientan de haber ignorado al capitán Dana “dinamita” Holmes!