viernes, 8 de febrero de 2019

EL ASEDIO: Un espía.


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-¿Diga?... No le entiendo… ¿Puede repetir?
Parecía defectuoso mi tercer teléfono en nueve días.
-Le digo que soy Pérez, de Pérez y Pérez.
-¿Sí?... ¿Quién dice?
-¿No sabe quién soy? Hemos hablado hace un rato.
-No caigo.
-El abogado.
-Ah, sí. ¿Ya se ha puesto en contacto con la Sociedad de Autores?
-Esto,,, Verá…
-Precisamente acabo de ver en el suplemento que yo dirigía que después de una semana a la venta mi novela aparece en el ranking de las más vendidas. En parte me alegro, son muchos años trabajando en ella, pero…
-Señor Leal, lo siento pero me temo que no podemos hacernos cargo de su caso, acabo de hablar con mi socio y hemos acordado no representarlo.
Ahora me trompiqué con la pata metálica de un trípode publicitario imprudentemente expuesto al paso, y para no caer entre la lluvia de trípticos con paisajes marítimos y folletos turísticos, malherido el equilibrio, como si me hubieran acribillado fui trastabillado hasta abrazar un semáforo. Además de amnésico, el estrés me estaba convirtiendo en el peatón más peligroso y accidentado del mundo.
-¿Pero no eran especialistas en los delitos contra la propiedad intelectual?
-Es un problema de saturación. Preferimos no asumir un caso si no estamos seguros de dedicarle toda la atención que se merece. Le agradecemos la confianza depositada, en otra ocasión estaremos encantados de atenderle…
Era el tercer abogado que me rechazaba en circunstancias parecidas. El primero, un experto en la salvaguardia del derecho a la intimidad, había declinado mi defensa tras ausentarse unos minutos de la sala de juntas; la segunda, una joven penalista, ruborizada, me rechazó con amables palabras después de haber sido llamada a capítulo por el director del bufete. A través de alguno de sus múltiples ojos de Argos, gracias a algún dispositivo tecnológico, Ángela me veía ingresar al edificio del letrado de turno y de inmediato contactaba con ellos y los convencía de que no aceptaran mi caso. Lo más humillante era la constancia de que justo entonces ella estaría observándome, podría discernir incluso mis visajes de rabia e impotencia. Miles de Ángelas me escrutaban desde los retrovisores, los escaparates, las ventanas de los pisos. Podía oír el eco de sus gañidos de guasa, de sus maléficas carcajadas a verme tropezar con el expositor de la agencia de viajes. Dediqué al aire un corte de mangas. Un ejecutivo se me quedó mirando y a su vez se topó un par de colegiales.
-Por supuesto, tenemos a su disposición la provisión de fondos, puede pasar cuando quiera –técnicamente no había sido su cliente; así conjuraba Pérez, de Pérez y Pérez, la acusación de deslealtad o prevaricación.
Giré en redondo para recuperar los cien euros de anticipo y detecté a un larguirucho con gafas de sol y camisa hawaiana que de repente se detuvo a admirar la fachada de un edificio modernista y a enfocarlo desde varios ángulos con su teléfono. Al pasar a su altura me fijé en su facha; desmintiendo su atuendo lúdico, parecía un treintañero enfermo del hígado o de literatura. De serlo, sería un escritor existencialista, un híbrido entre Cioran y Beckett, aunque el absurdo de su disfraz más bien recordaba a un personaje del segundo. Su demacrada lividez, el desaliento de sus ademanes, el olor a cirio quemado que acorde con su cérea tez exhalaba, desmentían su actitud de turista. Tuve la sensación de que los cristales tintados de sus lentes ocultaban cuencas vacías. No era él ninguna de mis visiones –nunca son recurrentes-; ya me había fijado en él la víspera, a la salida de uno de los bufetes. Emboscado tras un callejero de tiempos analógicos, me aguardaba en un banco.
Ahora me siguió de lejos, tardé un par de calles en atisbarlo. Solo se dejaba ver cuando quería. A pesar de que su táctica era más discreta, no dudé de que se trataba del sustituto de la pareja estrafalaria, al parecer inseparable en dos turnos. Tal vez la cámara ubicua de Ángela tuviera puntos ciegos.
Los movimientos de éste eran instantáneos y sutiles como una lagartija o sabandija, ágiles, imperceptibles como los de una sombra al viento, un reflejo al sol o un holograma. Aparecía y desaparecía, espiritado, puro espíritu. En apariencia inconsistente y descarnado, irreal y volátil, tenue y leve, susceptible de ser arrastrado como una hoja al menor soplo de viento, presentía yo que por el contrario se regía por una voluntad de hierro, un propósito fijo y ominoso, misterioso pero concreto, una fanática convicción que gobernaba sus movimientos. El escritor existencialista no se suicidaba gracias a su obsesión por la literatura, esa misma literatura que hacía de él alguien irreal, callejeaba sin descanso en busca de un tema. Desde luego no tenía nada que ver con Camus, pero sí con el protagonista de El Extranjero, y no me gustaría representar el papel del árabe por él abatido sin motivo en la playa. Pero tal comparación tampoco era exacta, mi seguidor sí obedecía a la lógica, era un sicario y tenía una misión, algo me decía que absurda o abstrusa, pero misión y al cabo; no era como el otro un descendiente del Lafcadio Wluiki de Los Sótanos del Vaticano, el primer asesino gratuito de la literatura.
Lo temí más que a sus compinches, el dúo aparatoso. A él no se le veía venir y era imprevisible.

                       
                                                                     
                                                                                                                                                    

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL ASEDIO: El Jefe de Policía


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Perseguido y traicionado, vilipendiado, vapuleado –flagelado por las lenguas de la calumnia y las colas demoníacas del infundio-, coronado de oprobio y clavado en la injusticia, invitado a probar el vinagre de la más agria amargura, en mi viacrucis había sufrido la persecución de aquellos dos dignos sucesores de los centuriones. O más bien sicarios de Herodes, que en bandeja de plata sirvieran mi noble cabeza a la nueva Salomé. No en vano Ángela había bailado la danza de los siete velos en una adaptación televisiva de la Salomé de Wilde.
Aunque no soy un hombre de acción  y antes de que llovieran palos y pelotas o se adensaran los gases me escabullía, hasta hacía poco había engrosado manifestaciones anti sistema y protestas de okupas, y una vez hasta me encadené con otros siete a la puerta de una vivienda embargada por un banco, así que a la salida del supermercado solo tuve que renovar mi odio a tales perros amaestrados por los potentados, los policías, azuzados por los ricos contra quienes cuestionan sus privilegios.
La reconstrucción de tal relato me hinchió el pecho de orgullo, de algún modo justificó mi ruina personal y como el soldado condecorado por una herida encontré cierta nobleza compensatoria en tanta miseria y desgracia. Ebrio de ira no miré si me seguían la grotesca pareja de espías, el forzudo y el esmirriado de americanas circenses. Seguirme a todas partes no constituía un delito y no podía esperar protección de la policía. Al menos no habían vuelto a atacarme.
No podía desfogarme con nadie ni aliviar en los hombros de ningún compañero solidario el peso y la opresión de mi enfado. Nadie me prestaría el consuelo de un pañuelo ni me acogería en su pecho. Ni siquiera tenía un perro al que propinarle una patada. En una semana solo había obtenido de mis llamadas a mamá la seguridad, transmitida por su compañera de piso y trabajo, de que se encontraba bien y que me llamaría en algún hueco de su turno de guardia.
Atropellado por la policía y por los nervios, di un traspié y, ocupadas las manos por las bolsas de la compra, descargué todo el impulso de la caída en la rodilla derecha contra la acera. Un servicial albino o pelirrojo rapado se puso a recoger naranjas y manzanas rojas. Aún a gatas también yo me puse a acopiarlas, y con la rótula dolorida el chirrido de los frenos de un coche patrulla sonorizó mi queja. Por un momento creí que la pareja de hermanos o lo que fueran habían obtenido del juez una orden de captura exprés contra mí.
A la altura de un restaurante de lujo saltó el conductor a abrir al que resultó un conocido, hasta hacía bien poco de la familia, mi suegro León Mayo, el arrogante Jefe de Policía. Envarado en sus entorchados como si se hubiera tragado la escoba con la que había barrido la escoria de la provincia, transitó por la alfombra roja de entrada a un paso que recordaba el deslizamiento de un muñeco sobre sus ruedecillas o un patinador tras su ejercicio orgulloso de haber obtenido la más alta puntuación. Tal vez por la asociación con el dolor de otra extremidad, recordé el día que Ángela me presentó a aquel tipejo, su padre, también en un restaurante de tenedor de oro. Porque al estrecharme la mano con su maza el gerifalte de corpachón rutilante de hebillas y enseñas, de correajes y condecoraciones, con una sórdida y sádica sonrisa en la mandíbula de bulldog, sentí que no solo me crujían falanges y nudillos, sino que me oprimía la muñeca una presión fría y metálica parecida a la ejercida por unas esposas. No probé los entrantes intentando activar la circulación de la mano masajeándomela bajo la mesa.
El albino retomó su camino, sin haberse interesado por mi estado ni dirigido la palabra ni una mirada cuando le agradecí su ayuda, me había contagiado una gélida incomodidad, un extrañamiento raro. Resultaban inquietantes su falta de cejas, su frialdad de anfibio. Habría preferido que no me ayudara. Recordé que, más allá de sus habilidades de hacker, Ángela me espiaba con tecnología policial. Y a través de las esquirlas del sol filtrado por la copa de un castaño me hirió la vista el rayo de la certeza de que con la connivencia de su padre, igual que en comisaría se habían negado a tramitar mis denuncias contra ella, Ángela me había soltado a aquellos dos canes del supermercado.

                       
                              
                                         
                                                                                                                                   

lunes, 4 de febrero de 2019

EL ASEDIO: Investigado por la policía.



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Una coliflor y tres manzanas coronaban las dos bolsas de papel de estraza. Al mudar de barrio también había cambiado de supermercado. En mi nuevo status, privado de mis privilegios, si por casualidad o por mis frecuentes extravíos me equivocara de calle –como durante un año me había equivocado de vida- y pasara por el barrio de Ángela, me ignorarían los sensores de las puertas automáticas de los delicatesen y templos del gourmet, y aunque pasara a su vera los cristales permanecerían insensibles a mis ávidas miradas. Ya no era un gato doméstico; ahora tenía que alimentarme de mi orgullo.
Así que me hice habitual de un súper de precios populares sito en el bulevar, cerca de mi nueva sede. Pero aquella tarde tuve que acarrear una dificultad más seria que el peso de la compra siete pisos arriba, sin ascensor. Abonada la cuenta, antes de alcanzar la salida me salió al paso un tétrico y truculento moreno de tez aceitunada y parche en un ojo, que extendiendo la siniestra y sin mover los labios, por la comisura de ese lado musitó una letanía de corrido, y denegando con la cabeza para esquivar a aquel menesteroso, supuse que uno de los pedigüeños que cada vez mejor vestidos y acicalados, casi metrosexuales, ornan las esquinas, me hice a un lado.
-Por favor, venga por aquí –ahora me pareció un encuestador; de no ser por su tono funerario lo habría tomado por un vendedor deseoso de guiarme al stand. Al fijarme en él con más atención vi lo generoso de mis apreciaciones. La espalda cargada, el tupido vello de los brazos y del nacimiento del cuello, la separación excesiva entre la nariz y la boca, lo acercaban a la especie de los primates.
-Será mejor que no ponga dificultades. Acompáñeme.
El vistazo al carnet plastificado inserto en la cartera instantáneamente abierta me hizo consciente de la verdad. Volvió a extender la mano a la izquierda, mostrándome el camino. Obraba con discreción, consciente de su vil condición. Por la derecha surgió la inevitable pareja, otro moreno más joven, erguido pero igual de rígido, con idénticos rasgos parecidos a boyas vacilantes sobre una superficie traicionera, y con otro polo verduzco mosca, parecía el hermano menor, la versión mejorada del primero antes de ser corrompido por el ejemplo del mayor. Enmudeció el hilo musical; la promotora  de chocolatinas abrió de par en par los ojos y la boca; se volvió el cajero, en la detenida cola se plegaron ceños y crisparon mejillas. Me dejé conducir entre ambos hacia una puerta entreabierta a un modesto despacho, seguramente del gerente. El más joven entró el último. Hicieron a los lados las dos sillas de los visitantes y conmigo en medio nos quedamos ante la mesa, por lo que no nos mirábamos de frente. El mayor me escrutaba con la mirada sesgada de su ojo único. Allí adentro siguió hablando como un ventrílocuo, como si a través de la garganta y de la caja de resonancia del tórax sonara una grabadora:
-Está usted siendo investigado por un robo en este local. Vamos a proceder a registrarlo. Deje las bolsas sobre la mesa –al callar tenía la costumbre de cloquear con la epiglotis: la tecla de apagado de la grabadora.
-Debe de ser un error –la situación era tan irreal que no hallé otra defensa, y en vez de una rectificación aguardé el clic del encendido.
-En la grabación de la cámara aparece alguien clavado a usted guardándose en el bolsillo una lata de caviar. Le aconsejo que colabore –encontré una línea de defensa, esta vez no sonó la tecla:
-Oiga, aquí ni siquiera hay caviar auténtico… Aunque desde hace poco, los cajeros me conocen…
-Precisamente por eso.
El mudo se puso a descargar una bolsa y para mantener la dignidad yo mismo lo hice con la otra. La mesa, por lo demás vacía, pronto empezó a parecer un puesto ambulante.
-¿Tiene el ticket?
-¿También se supone que esto lo he robado?
-Vacíese los bolsillos y ponga todo aquí encima.
Él se ocupó del resto de la otra bolsa. Ocluí la compuerta de los labios para obstruir la corriente de protestas y acabar cuanto antes. Deposité en la mesa el contenido del bolsillo izquierdo: el cadáver de un pañuelo de papel usado, una pelusa larvada, un extinto bono de bus, un caramelo de eucalipto, el tintineante manojo de lleves, el ticket de compra y un papelito arrugado con las notas tomadas al vuelo para un relato nonato. Mientras que con la actitud de un comprador desconfiado el joven cotejaba el ticket con los artículos de la mesa, el otro intentaba descifrar mis apuntes.
-Es la lista de la compra –le dije, para un policía no hay nada tan sospechoso como la literatura. Creyó que entrecerrando el ojo descifraría mi letra.
-Aquí hay indicaciones muy sospechosas: “Quitar el dinero”… “Eliminar esto”… -renuncié:
-De acuerdo, es el plan de…
-¿Un robo?      
Estuve a punto de concederle que no escribí el cuento porque el argumento se parecía demasiado a uno de Chejov. Desviaron su atención unas hebras de tabaco adheridas al papel, que husmeó a conciencia. Impulsado por un movimiento en falso de su compañero, un tomate rodó por la mesa y con el sordo estampido de un fruto maduro caído del árbol reventó en el suelo.
-¿Y estas llaves de qué son?
-¿Usted qué cree? Pues de casa, del coche, el trastero…
-¿Y esta antigua y medio oxidada?
-De una casa vieja –entretanto el joven fiscalizaba mis compras: hizo sonar como un sonajero la caja de cereales, miraba al trasluz los botes, incluso peló un plátano. Y luego volvió a revisar el ticket.
-¿Qué dirección tiene?
-Es un pueblo perdido, no vamos nunca.
-¿Y por qué la lleva encima?
-Es una especie de talismán, una cuestión sentimental.
-Aquí esto no concuerda –la voz del hermano pequeño era, más que chillona, incisiva y aguda, fría y afilada como la hoja de un cuchillo. Le indicó al mayor que en el ticket no aparecía la lasagna que ya goteaba en una esquina de la mesa. Cuando éste le hizo saber que constaba como ultra congelado y dejó de haber un motivo real para la investigación, me sentí en el interior de El Proceso, de Kafka.
-El otro bolsillo.
Mi tenso puño dejó caer en la mesa el resto de una tableta de pastillas, un botón descosido y otro de repuesto envuelto en plástico, un envoltorio de chicle, un céntimo, un mechero de plástico rojo cereza y la tarjeta sanitaria. Del bolsillo interior de la americana extraje el carnet de conducir y el de identidad.
-¿Es que no lleva teléfono?
Iba a replicarle que lo tenía intervenido pero fue más rápido.
-¿Y tampoco cartera?
Escandalizados, aquellos sabuesos dedicados a proteger la cartera de los potentados no podían admitir que nadie en su sano juicio renunciase a llevarla.
-Ni siquiera me han pedido que me identifique. ¿Qué clase de policías son ustedes?
-Lo conocemos perfectamente, puede estar seguro. ¿Y estas pastillas para qué son, para una noche de juerga? –la temperatura corporal me subió, la rabia ya borboteaba de la caldera de mi ánimo.
-Todo lo contrario: son tranquilizantes. Las llevo por si me topo con algún policía impertinente. Voy a tomar una.
-Quítese la americana.
-Por si quiere saberlo, no llevo tabaco porque se me ha terminado.
-Los zapatos fuera.
Por suerte eran de lengüeta y no tuve que agacharme para quitármelos. El joven se lanzó a husmearlos como un perro.
-¿Quiere también los calcetines? Le advierto que son de ayer.
-Ahora los pantalones y la camisa.
-Esto no va a quedar así.
-Desde luego que no, ahora viene lo mejor. Desnúdese de una vez y ponga los brazos en cruz.



DIARIO DE UN PARANOICO, 4 de Febrero: Una aclaración.


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El Asedio sigue fluyendo de mi pluma. No hay mayor novedad en mi existencia, que se ha vuelto plácida y serena, que la desaparición en el ordenador de las señales de Ángela en el cursor de mi ordenador portátil. En los últimos días he gozado de la energía y el tiempo suficientes para en el blog alternar entradas al viejo estilo cinéfilo con los posts correspondientes a los capítulos de mi novela.
En el próximo, titulado “Investigado por la policía” me baso fidedignamente en los hechos reales que ya fueron descritos en este diario, de modo que al alimentarme de la realidad el capítulo de la novela me ha quedado casi idéntico al narrado en su día como acontecimiento real.
Sigo escribiendo El Asedio cuya lectura espero os esté resultando provechosa y amena.











domingo, 3 de febrero de 2019

EL GENERAL DE LA ROVERE



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Grimaldi Bordone Giovanoni Cattarelli de la Rovere,
tú, el infame que no tienes nombre porque tienes demasiados,
coronel, ingeniero, condotiero, doctor, director,
como un mentiroso cojeas en las muletas robadas de tus títulos,
impostor,
seductor de busconas, genio de la malversación,
héroe del fieltro verde que sufre la arbitrariedad del azar,
patriota de boca llena, bordador de embelecos,
mercader de ilusiones, tú, falsario, fingidor, falaz,
como un rufián explotas las bellas esperanzas jóvenes,
por cien mil el teniente no enviará a Luigi a Mathausen,
teniente, las veinte mil prometidas para que él se quede en Roma,
muñidor de embustes, inflador de promesas,
urdidor de telas en que los padres se enredan por amor,
amigo de umbrales y postales, novio de barras y esquinas,
tu palabra es una mariposa negra sobre los escombros de la guerra,
tú, vampiro de lágrimas, hiena humana,
en el mercado negro de los afectos especulas con falsa confianza,
como un novelista tramas tus ficciones,
productor de invenciones,
que sufren las familias de las víctimas,
desayunas el salami que te confían para los presos,
fumas su tabaco, los ciegas con el humo de tus juramentos,
a cambio del broche el general liberará a tu padre,
general, por piedad, dele a este padre de familia la libertad,
poeta de las denuncias y las delaciones,
tú, prolífico en deudas, polifacético en cuentas pendientes,
burlador del dolor, equilibrista de la desesperación,
ilusionista que de las mangas te sacas ilusiones ilusas,
turbio de alegría, tus sentimientos son de bisutería
y tus falacias brillan como joyas falsas,
perito en pirita, perista de favores imaginarios,
dices a los familiares las dulces palabras que quieren escuchar
y no la amarga verdad,        
tú, Gianni, Giovanni, Giovanonni, como te llames,
ahora que como un espíritu invistes el cuerpo de De la Rovere,
ahora que impostas su temeraria apostura y su fama de gallardía,
ahora que el general es un zombi que obedece al Reich,
ahora que su leyenda trasciende de tu colonia de dandy,
de tanto actuar como de la Rovere,
ten cuidado, no vayas a creerte tu papel,
de tanto interiorizar su orgullo y dignidad,
ten cuidado, no vayas a convertirte en un héroe de verdad,
de tanto vivir como de la Rovere,
ten cuidado, no vayas a morir como él.



sábado, 2 de febrero de 2019

EL ASEDIO: La cajera.


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-Hola; muy buenos días; qué tal.
Acostumbrado a que a través de los ángulos de los raídos visillos de las ventanas ciegas, con el distanciamiento del escepticismo o la decepción del desengaño, desde su helada soledad solo me observaran los fantasmas de mi calle, o a que como mucho sus sombras sin cuerpo como las de los pájaros o de las ramas de los castaños al viento se agitaran en las tapias descascaradas y fachadas en ruinas, me alarma el trémolo del triple saludo con tono de balido. Aún más fuerte es el contraste entre la inmaterialidad de los espíritus de la calle y la carnalidad cálida y tornasolada, fluida y tornasolada, fluvial, estival, de la rubia cajera del minimercado. Su blusa alba, por fuera de los tejanos rasgados, impone su textura de lirio y miel blanca, su frescor de haya palpitante de brisa y savia, su fulgor de madura espiga, su esplendor de uva clara y de oro al sol. El doloroso arrebato de su armonía y su carácter de fuente de vida, la cornucopia de su cuerpo de Venus coronada por la cabeza de oveja, la confirman como diosa mitológica.
-No te conocía fuera de la caja. Pareces otra.
-Abrimos en cinco minutos. Salus estará levantando la persiana.
-Hoy no me toca la compra, pero te acompaño.
Lejos de la mecánica y los cálculos de la caja, y sin el uniforme, sus movimientos resultan más lentos y densos, submarinos. Su sensualidad eleva la temperatura de ambiente. Como capullos estallan en la seda los rosetones de sus cónicos pechos. Flotando por el aire la blusa recién parece haber cubierto su torso, no por recato sino para sublimar su erotismo. Obscena, explota en la boca una pompa de chicle evocadora de otras gomas.
-No sabes cuánto te lo agradezco –bala de alegría-, este pueblo está muerto. Y yo que decía que lo daría todo por un trabajo fijo. Vengo de trabajar de gogó y relaciones públicas de una discoteca, así que imagínate cómo me está sentando esto –posa su mirada en el vértice de mis pantalones, un desgastado par de tergal del abuelo a juego con una de sus raídas camisas de franela-. Y para colmo tengo que comer y dormir en la casa de mi jefe. Podría aprovechar para estudiar, pero con tanto silencio no me concentro.
-¿Qué estudias?
-Empresariales. Ya voy por primero… Me aburro y me siento en una posición falsa. A veces me parece que Salus quiere que me insinúe a los clientes. No soy ninguna puritana, pero con quien yo quiero. En cuanto cobre el primer mes pillo el bus de vuelta… ¿Me dejas una chupada?
Tardo en comprender que se refiere a la pipa de mazorca de maíz que para confirmar mi aspecto faulkneriano he recuperado de la alacena, donde yacía bocabajo sobre una taza de loza, con los incisivos del abuelo marcados en la boquilla de ámbar. Prosigue:
-Salus en un indeseable y aquí solo hay viejos. Así que imagínate el plan –nuestras caderas chocan como una colisión de planetas al instante de nuevo atraídos por fuerzas gravitatorias.
-Tiene que ser un peligro vivir con él.
-Ah, no, en ese sentido puedo estar tranquila. ¿No lo has notado?
Sufre un acceso de tos. Un intenso olor a quemado neutraliza su afrodisíaco perfume de canela entreverado con coco. Una nube de humo opaca el azul eléctrico del cielo. Me devuelve la pipa.
-Muchas gracias. Está riquísima.
-¿Y ese humo?
-¿No lo sabes? Ayer de madrugada se declaró un incendio en el pinar y no hay forma de extinguirlo. Menos mal que el asfalto hace de cortafuegos y gracias a eso lo tienen medio controlado.
Demora el paso y vuelve a rozarme su ancha cadera, esta vez percibo el calor de un glúteo, y mientras me encarece lo arduo que a los jóvenes resulta encontrar un trabajo digno, las manos de sus grises ojos me masajean el cuerpo entero, los largos dedos de sus pestañas me acarician. Por desconocimiento del lugar o para alargar la compañía se desvía por una calle que nos obligará a un rodeo. Debería invitarla a cenar en el porche las porciones de jamón y queso de que ella misma me provee, pero me inhiben el fatídico recuerdo de Victoria, aquella rubia falaz, la dificultad de romper la inercia de tres semanas de soledad y mi resistencia a profanar la virginal memoria de la casa familiar. Ahora retoma el relato de sus áridos ocios en el pueblo, una incitación a que me ocupe de fertilizarlos. Se detiene y se vuelve a mí. Parece contagiada de la costumbre de su jefe de no respetar las distancias. Erectos por el fresco, nuestros pezones se tocan. Nuestras respiraciones se mezclan, una anhelante y la otra afanosa. Siento la calidez de sus palabras antes de procesar su significado:
-Estoy hablando demasiado. Lo mismo te has hecho amigo de Salus y le vas con el cuento. Tengo mala suerte con los hombres.
-Puedes estar tranquila: me cae gordo. No le diré que te he visto fuera de la tienda.
-Será nuestro secreto. Es un pesado, yo que tú no le haría tanto caso. Siempre que le das vidilla presume de haber hablado contigo y me da envidia… Es un bicho raro, un freakie total, y desde anteayer está atacado.
-¿Qué le pasó?... Vamos a llegar tarde y te va a echar una bronca –reemprendo el camino.
-Llegó histérico a la tienda. Blanco y sin peluquín. Parecía que había visto un fantasma o que él mismo fuera el fantasma. Nunca lo había visto así.
-¿A primera hora de la tarde?
-¿Cómo lo sabes?
Inhalo una bocanada de humo y ahora soy yo el afectado por la tos. A lo lejos el resplandor del fuego flamea en las primeras bardas del pueblo.
-Dichoso fuego –me quejo con lágrimas en los ojos.
-Los vecinos alucinan, nunca han visto nada igual… Bueno, ya estamos…  Me llamo Cándida, Candy para los íntimos, ya sé que tú eres Felipe… Si necesitas algo, cualquier cosa, ya sabes dónde estoy. Hasta luego; ciao; adiós.
Mientras cruza la plaza hacia el minimercado, recuerdo la última vez que fui a un supermercado en la ciudad.
                                                                                          
                              
                                         
                                                                                                                                                                           
                                  

viernes, 1 de febrero de 2019

RÍO GRANDE


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Vestido de muerte, negro jinete,
pertrechado de luto,
con las botas de un muerto duermo y con la guerrera de un fantasma,
alerta,
dictando órdenes en sueños, obedeciéndolas,
hostigando a una tribu que en la carrera crece
y contra nosotros se vuelven,
apaches inmortales
en la pesadilla sin fin de la muerte,
amortajado con mi uniforme,
el pañuelo como un sudario al viento de la muerte,
insomne de polvo el capote,
destinado a la frontera, al límite,
al Oeste donde el sol y mi vida se ponen,
yo, el coronel Kirby, miro el río del tiempo, Río Grande
y oigo el relincho de corneta
que como un caballo loco recorre mi vida,
la llamada del deber,
que en la guerra me obligó a quemar mi hogar, Bridesdale,
la finca de mi esposa,
oh, Kathleen, rosa de mi otoño,
tu rival es la caballería de los Estados Unidos,
veo cómo mis años se pierden en el horizonte
y solo un instante antes de que caiga la noche
como un espejismo brilla un efecto óptico,
lumínico,                   
el rayo rojo del honor
que brilla un instante en la apoteósica puesta de sol.
Pobre el rancho, frecuente el zafarrancho,
irreal el rancho de mis sueños donde madurar mis años,
ataviado para la muerte,
ardiente el sable al fuego del crepúsculo,
la disciplina es mi entorchado,
de rojo en la mirada del apache, con sangre en el ojo,
de negro a ojos de mi hijo Jeff
que como soldado honra su palabra en este regimiento
y odia el trato de favor, me trata como a un superior,
destinado a la frontera, al límite,
al Oeste donde el sol y mi vida se ponen,
miro el agua iridiscente,
el río del tiempo, Río Grande,
y veo que como a un artista la obsesión de su arte
el ejército ha ocupado mi vida
y la soledad ha sido una fiel yegua,
la muerte degradará mi uniforme
enfundado para la muerte,
los dedos de la edad me visten de ceniza,
y como una vena una onda me surca la frente
entre los arañazos de las arrugas,
el orgullo de que mi hijo honre a su nombre
y haya elegido como futuro la continuación de mi pasado,
la sed y el cumplimiento de las órdenes,
el hambre, el honor, el peligro, la muerte,
un día mirará estas aguas de Río Grande
y verá que en ellas ha escrito su vida,
que ha gastado sus años en marchas ciegas de polvo y sangre,
que el toque de corneta recorre su pasado como un caballo loco,
ojalá al menos solo tenga que luchar contra el enemigo
y no quemar el granero de su hermano,
oh, Kathleen, rosa de fuego, puedo oírte
protestando para que le ahorre a nuestro hijo
un futuro de sufrimiento y privaciones,
puedo oírte venir del otro lado de la soledad,
mi pálido hogar, el mismo que yo sembré de sal,
tú me tiendes la rama de la paz,
la caballería no te recibe como a una rival.