jueves, 14 de febrero de 2019

EL ASEDIO: Comercio sexual.


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Ante mis fauces la litrona osciló arriba y abajo, en la parodia de la ceremonia de una liturgia beoda, recordé el inicio de Ulises, cuando Buck Mulligan consagraba con la bacinilla del afeitado, y mi reacción de arrebatar al barbudo su botella para brindar con la primera entrechocándola fue jaleada con oleadas de entusiasmo. No en vano también yo había bebido y mi juventud era diabólicamente eterna.
Brujuleé por aquella borrasca de jolgorio, una tormenta de risas que al delirio de relámpagos y tragos por zonas desencadenaba truenos de disputas. A través de aquel febril tremedal de euforia y confusión me abrí paso entre la maleza de las voces, y en los claros me trababan vidrios, botellas, vasos y bolsas de plástico parecidas a alimañas agonizantes.
 Aunque el trayecto era corto, ya que busqué entre los anuncios próximos al bulevar, con lentitud se acercaba en la orilla el faro del neón del pub donde había quedado en  volver a telefonear a mi interlocutora. Con la discreción del gremio solo entonces me facilitaría la cercana dirección exacta. Había encontrado su teléfono en uno de los cortos intervalos en que me funcionaba Internet. Sabiendo que Ángela me escuchaba, tanto me había deleitado en acordar con aquella voz carnosa –correosa- el concepto de los servicios en cuestión, que suscité las suspicacias de ésta sobre si no se limitarían las propias negociaciones a un mero medio de estimulación por mi parte. Dos veces se cortó la comunicación –obra segura de Ángela-, pero yo insistí en reanudarla volviendo a marcar el número de la elegida.
Ya me quedaba surcar el último oleaje antes de llegar a puerto. Aun con la impunidad del alcohol y la convicción de que con mi ocurrencia arrojaría a Ángela a la cara la demostración de que el pecado de su espionaje en sí mismo comportaba su penitencia, no dejaba de tener una oscura conciencia de mi vileza. Era como lucir un lamparón en la pechera de una camisa Massimo Dutti. Y el hecho de que en verdad no fuera a consumar el negocio y que para ahorrarme el pago de los servicios sin renunciar a infligir a Ángela el estoque, me limitaría a llamar por el telefonillo, acceder al portal y allí aguardar media hora agazapado y luego salir componiendo una mueca de satisfacción, de modo que desde su lejano puesto de observación mi ex creyera que el comercio había tenido lugar según lo estipulado, en vez de atenuar la vergüenza, añadía más oprobio al caso. Al intentar enjugar la mancha de la camisa solo conseguía esparcirla.
-Calle del Gato número trece, primero primera –la voz carnosa se reblandeció al comprobar que yo era serio y seguramente solvente y maduro, como el anuncio caracterizaba a su cliente ideal.
Al incitarme a subir –en apariencia innecesariamente pero a fin de cuentas en vano- a través de las crepitaciones del interfono la voz de carne pareció chamuscada, como si chisporroteara en una parrilla. Las maderas historiadas del portal me dieron paso a una penumbra perfumada de ambientador de rosas. El silencio se henchía de lujo y bienestar, lo refrescaba la calidad del mármol y la calidez de las maderas lo hacía acogedor. Procedentes de la escalera unos crecientes taconeos contrapuntearon los latidos de mi pulso. Quien bogaba a ciegas, procedente del primero, sería un exacto conocedor del tramo. Quizá mi predecesor en el gabinete, algún cliente habitual. Se me puso la piel de gallina ante la posibilidad de que se tratara del proxeneta que viniera a cobrarme por adelantado; si no huía sería castigado por mi falta de fondos y formalidad. Me deslumbró el estallido del coro de luces de la araña, y a la onda expansiva del más incrédulo asombro y del eco y las esquirlas de las voces de sus resplandecientes prismas, saltamos atrás, como dos animales mutuamente asustados, él y yo.
Al pie de las escaleras me apuntaron el cañón y los ojos y la boca de par en par del mastodonte de la pareja estrafalaria de americanas circenses.
Me abalancé sobre el portal: no se abría. Antes de que el otro reaccionara pulsé el interruptor y pude escapar.

                       
                              
                                                                                                                                                                                            
                                                               

martes, 12 de febrero de 2019

EL ASEDIO: La risa del conejo.


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A mí mismo me extrañaba tal resistencia a reanudar mi existencia previa al conocimiento de Ángela. Prolongaba mi confusión el aquelarre multitudinario de la calle con que los jóvenes conjuraban a espíritus que arrasaran la ciudad de sus mayores, si es que los presentes no eran ya los vengativos espectros invocados a punto de acometer el saqueo. Para aclarar ideas me serví otra copa. Con el nivel de whisky en la botella, cada vez menos malo y barato, iba descendiendo lo que de cordura quedaba a la velada.
Me había desterrado de mi propio pasado, o mucho peor, ahora que se me permitía volver, aunque a disgusto me encontraba en un país hostil, no me apetecía regresar a casa. Y entonces me pareció que por el bulevar descendía una riada que arrastraba aquellas voces como patéticos enseres, los gritos pertenecían a los engullidos por un remolino, las camas con los cuerpos de aquellos vociferantes adolescentes enzarzados en sus primeros amores surcaban a la deriva los ríos de las calles.
Derramé la mitad de la copa; un oleaje agitaba la superficie del whisky: mi desequilibrio. Beber no me estaba sirviendo de nada. Y quizá sería contraproducente mezclar la bebida con el ansiolítico. Cada vez tenía más claro que solo encontraría la paz en el cuerpo de alguna bella desconocida, pero ahora me faltaba la decisión de salir a buscarlo. Recetado para neutralizar los efectos de mi crónico fracaso literario, tras el éxito de El Centro del Vacío, en puridad ya podría dejar de tomar el tranquilizante diario.
El único problema radicaba en haber cosechado el éxito por persona interpuesta, mediante el plagio de Ángela. Ella se ceñiría los laureles de la crítica, los derechos de autor incrementarían su cuenta corriente, con las alas de la fama impulsadas por una corriente de admiración alcanzaría el Parnaso. Porque en cualquier momento, si no lo había hecho ya, ella misma dejaría correr la especie de que Louise Cristal era Ángela Mayo.
En busca de confianza o quizás para hacerme un poquito de daño, volví a echar un vistazo al semanario cultural de El Sol. Mi sucesor en el sillón del director, el chupatintas de mi segundo, no había prolongado mi veto a publicar el ranking de las novelas más vendidas, un escrúpulo que yo sostenía con la coartada de no fomentar el mercadeo literario, pero que encubría mi envidia a los triunfadores.
No dejaba de tener una amarga gracia que justo al dejar de dirigir la revista, en el primer listado de afortunados, una obra del enemigo de los best seller apareciera el tercero, aunque no a su nombre, como si quisiera ocultar el hecho de haber incurrido en la contradicción del éxito.
Aquello era tan dudosamente hilarante que el típico juerguista de mal gusto pareció hacerme cosquillas en el esternón y soplarme el matasuegras de la tráquea, y para aplacar el prurito me puse a reír sin ganas, tal un conejo cercado de perros negros, produje una risa ronca y pedregosa, seca y a la vez húmeda, como un desmoronamiento de guijarros succionados por la marea, un gañido afilado pero también bronco, cavernoso, gestado en el esófago y filtrado por el píloro, un sibilante estertor amplificado por la caja de resonancia del tórax, un patético cascabeleo de gelatinosa irrisión, en sí mismo risible, por momentos parecía que una arpista enloquecida, borracha, extraía paroxísticos acordes de mis cuerdas vocales, hasta que de mala gana prorrumpí en carcajadas como ladridos, negras risotadas que aletearon por el cuarto como urracas o cuervos graznando, con humedad de sollozos en aquellos estallidos se calaba una honda pena, un cascado regocijo autodestructivo, una complacencia en la aniquilación propia que contenía la inabarcable desesperación de una alegría malsana, la sarcástica ironía de una calavera chasqueando con la mandíbula articulada. Y aquella burla de la vida y de mí mismo fraguaría en un episodio acorde con su carácter.
A la página siguiente de la actualidad literaria me encontré con los anuncios de saunas y masajes. ¿Acaso no era la literatura comercial una dama que vendía sus gracias al mejor postor? Aunque nunca había tenido que recurrir a ello, lamenté que mis menguados recursos no me permitieran requerir tales servicios para consternación y escándalo del ojo divino, para escarnio y escarmiento de Ángela. La significada activista en pro de la desaparición del viejo oficio a través de su mirada omnisciente tendría que presenciar la celebración de una de aquellas transacciones.
Y como una planta venenosa en mi mente germinó la semilla de una idea diabólica.

                       
                              
                                                                                                                                                                                          

domingo, 10 de febrero de 2019

EL ASEDIO: Botellón.


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Los alaridos, de malheridos o apaches al ataque, horadaban la noche a puñaladas ciegas, y le abrían heridas como estrellas, orificios, agujeros negros que descabalaban el tiempo. El pandemónium recorría el bulevar a tumbos de borracho. Creo que escribí que el botellón parecía el carnaval de los locos, un motín de energúmenos. Más allá de mi escritura, feroz y furiosa la alegría se desbocaba como una yegua enloquecida en la batalla. Apreté el folio en el puño y lo arrojé al suelo de parquet falso del estudio. Aún ignoraba que no sería un conato del todo baldío la descripción a tiempo real de aquella noche; de hecho ahora, quince días más tarde –después de diez en el pueblo- me encuentro abordándola de nuevo.
Con festejo tan gárrulo los jóvenes renovaban sin saberlo un ancestral rito de primavera. Lo habían convocado por Internet en vez de dejarse guiar por la luna o el humo de las hogueras. Y hasta no hacía mucho, un año, yo mismo, sin duda el celebrante más veterano, me había sumido en el vórtice de aquel remolino, en el seno del maremágnum alcohólico.
Como pájaros negros los ecos de los gritos y las risotadas se desataban en la angosta atmósfera del cuarto; una bandada de cuervos irrumpía en el palomar. Con sus aleteos me dispersaba la concentración, los revuelos me fragmentaban la atención y el discurso mental de la escritura en ráfagas de imágenes discontinuas. Pero también yo bebía, allí solo, desesperado y terminal, tirado y gastado como una chaqueta vieja en el diván. De vez en cuando soltaba el bolígrafo y dejaba caer el folio apoyado en la carpeta, para acariciar a tientas la piel fría, la piel del cadáver de un borracho con hipotermia, de una botella de whisky barato, buscando inspiración.
Tendido de esa guisa en el diván figuraba la imagen del navegante que en un esquife a la deriva por el mar de la mente dejara caer lánguida la mano en el agua, fácil presa para el tiburón de la botella. Después de un año añorando mis viajes alrededor de la noche, aquellas expediciones de cazador a través de la selva de neones y percusiones, ahora que como un nadador orgulloso de sus facultades bien podría zambullirme de nuevo en sus aguas bravas, volver a abalanzarme a la calle resplandeciente de promesas y oportunidades, me retenía en casa una tristeza sin motivo, al anhelo de ciertos domingos, mi típica nostalgia de nada. O tal vez sí de algo.
Porque en vez de merodear por alguna de aquellas adosadas cuyos porches guardaban el orden de la vida del hombre medio –un columpio pendiente del castaño enfermo, el eco de la retransmisión de un partido de fútbol, el aroma del café-, hubiera querido rondar el cubo de cristal y cemento, granito y basalto, que había sido mi hogar el último año. Me sorprendí echando de menos a Ángela. Pensé en ella tal y como había pensado hasta hacía diez días, antes de nuestro nefasto aniversario.
Me sobrevino su imagen previa a nuestra guerra secreta, por una parte su imagen cotidiana y por otra sus sucesivas caracterizaciones en la escena y la pantalla, y resultó una Ángela ideal, idealizada y sublimada por un amante inmaduro, un adolescente, una Ángela destilada de su imagen pública y de todos aquellos personajes, quintaesenciada por la sucesión de sus apariciones y de heroínas incorporadas  por ella, o más bien todo lo contrario, aquella Ángela resultante de aquel proceso de maduración estaba integrada por lo que había sido común a todas sus representaciones y composiciones actorales, la personalidad inmanente a todas ellas, el carácter propio que ella había proyectado en sus personajes.
Tal construcción mental pudo ser obra del alcohol; procedí a servirme otra copa. Y justo entonces aquella Ángela se volatilizó. Pues la visión de todas las hojas y bolitas de papel que a falta de papelera inundaban el suelo como un parque en otoño o una pista de tenis, me evidenció que desde que me había instalado allí, por culpa de la confusión que me había infundido la persecución de Ángela, no había logrado escribir ni una frase. Ángela era mi némesis.
La debilidad recién sufrida se debía a que aún no me había readaptado a la soledad. Ésta era aún una amante reencontrada con quien no había restablecido la confianza, la camaradería de toda una vida. Me sentía incómodo con ella, violento, inquieto, incompleto, descentrado, me faltaba algo y se me ocurrían disparates como echar de menos a mi archienemiga.
Planeé arrojar un puñado de arena a su vigilante ojo, oscuro como el vino del mar de Homero, enrejado de soñadoras pestañas, pero que ahora yo veía inscrito en un triángulo divino. Me propuse hacer que se desorbitara al verme emparejado con alguna joven del botellón, como mínimo diez años más joven que ella. Si seguía escrutándome sería porque yo aún no le era indiferente o al menos porque apetecía mi sufrimiento, de suerte que mi placer regurgitaría un escupitajo en aquel ojo nocturno y sanguinolento como un amanecer carmesí despuntando en la tiniebla del odio.
Ya que la batahola de la farra callejera me impedía la escritura, me uniría a ella y me daría a conocer a todas las chicas cuya mirada al vuelo cazara en mí. En su día mi estadística de éxito había sido alta; a la segunda mirada abordaba a la joven de turno y lograba trabar una conversación de cada dos, y consumaba a la primera noche una de cada tres conversaciones. El problema residía en las noches que no pasaba de la primera mirada, pero en aquella multitud me sentía abocado al éxito.
Un triunfo me devolvería la estima y a la mañana siguiente recobraría mi cuota diaria de escritura, dos páginas al día, seguro que escribiría con la facilidad acostumbrada, solo tenía que ponerme a escribir lo que tuviera que escribir, aún no sabía sobre qué pero en verdad era indiferente, igual que no había podido olvidar cómo se ligaba, tampoco habría olvidado los secretos de la escritura creativa teniendo en cuenta que todo se reducía a ponerme a escribir, escribir pura y simplemente lo que tuviera que escribir.
Pero volví a fijarme en todos los papeles arrugados en el suelo y recordé un escrito de Hemingway en el que refería su asombro ante la cantidad de papelitos caídos de los bolsillos de los muertos en combate, cada una de mis bolitas representaba un intento de escritura y yo había tenido que morir otras tantas veces para originar cada uno de aquellos papeles, cada vez que mi escritura fracasara yo había muerto un poco con ella, y si algún expoliador hubiera registrado el cadáver de mi inspiración no habría encontrado nada valioso. Estaba desvariando: me lavé la cara en el lavabo carcelario.
Me planteé llamar a Pedro Hierro, mi viejo compinche ex compañero de pisos, para no tener que emprender en solitario mi aventura de una noche a la ventura. Me refrenaban el inevitable recuento, por su parte, de sus farras del último año, el infinito desfile de bellezas que en la penumbra de sus fantasías y de su dormitorio habrán pasado por su mente o por sus manos, el despilfarro de mis limitados recursos al invitar a semejante tacaño, y sobre todo la exhibición del fracaso de mi relación de pareja ante quien me la vaticinara con vehemencia. La última vez llegó a decirme que me engañaba a mí mismo y a Ángela porque mi soltería era inviolable y mi tendencia al caos incurable.

                       
                              
                                                                                                    
                                                                                                                           

viernes, 8 de febrero de 2019

EL ASEDIO: Un espía.


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-¿Diga?... No le entiendo… ¿Puede repetir?
Parecía defectuoso mi tercer teléfono en nueve días.
-Le digo que soy Pérez, de Pérez y Pérez.
-¿Sí?... ¿Quién dice?
-¿No sabe quién soy? Hemos hablado hace un rato.
-No caigo.
-El abogado.
-Ah, sí. ¿Ya se ha puesto en contacto con la Sociedad de Autores?
-Esto,,, Verá…
-Precisamente acabo de ver en el suplemento que yo dirigía que después de una semana a la venta mi novela aparece en el ranking de las más vendidas. En parte me alegro, son muchos años trabajando en ella, pero…
-Señor Leal, lo siento pero me temo que no podemos hacernos cargo de su caso, acabo de hablar con mi socio y hemos acordado no representarlo.
Ahora me trompiqué con la pata metálica de un trípode publicitario imprudentemente expuesto al paso, y para no caer entre la lluvia de trípticos con paisajes marítimos y folletos turísticos, malherido el equilibrio, como si me hubieran acribillado fui trastabillado hasta abrazar un semáforo. Además de amnésico, el estrés me estaba convirtiendo en el peatón más peligroso y accidentado del mundo.
-¿Pero no eran especialistas en los delitos contra la propiedad intelectual?
-Es un problema de saturación. Preferimos no asumir un caso si no estamos seguros de dedicarle toda la atención que se merece. Le agradecemos la confianza depositada, en otra ocasión estaremos encantados de atenderle…
Era el tercer abogado que me rechazaba en circunstancias parecidas. El primero, un experto en la salvaguardia del derecho a la intimidad, había declinado mi defensa tras ausentarse unos minutos de la sala de juntas; la segunda, una joven penalista, ruborizada, me rechazó con amables palabras después de haber sido llamada a capítulo por el director del bufete. A través de alguno de sus múltiples ojos de Argos, gracias a algún dispositivo tecnológico, Ángela me veía ingresar al edificio del letrado de turno y de inmediato contactaba con ellos y los convencía de que no aceptaran mi caso. Lo más humillante era la constancia de que justo entonces ella estaría observándome, podría discernir incluso mis visajes de rabia e impotencia. Miles de Ángelas me escrutaban desde los retrovisores, los escaparates, las ventanas de los pisos. Podía oír el eco de sus gañidos de guasa, de sus maléficas carcajadas a verme tropezar con el expositor de la agencia de viajes. Dediqué al aire un corte de mangas. Un ejecutivo se me quedó mirando y a su vez se topó un par de colegiales.
-Por supuesto, tenemos a su disposición la provisión de fondos, puede pasar cuando quiera –técnicamente no había sido su cliente; así conjuraba Pérez, de Pérez y Pérez, la acusación de deslealtad o prevaricación.
Giré en redondo para recuperar los cien euros de anticipo y detecté a un larguirucho con gafas de sol y camisa hawaiana que de repente se detuvo a admirar la fachada de un edificio modernista y a enfocarlo desde varios ángulos con su teléfono. Al pasar a su altura me fijé en su facha; desmintiendo su atuendo lúdico, parecía un treintañero enfermo del hígado o de literatura. De serlo, sería un escritor existencialista, un híbrido entre Cioran y Beckett, aunque el absurdo de su disfraz más bien recordaba a un personaje del segundo. Su demacrada lividez, el desaliento de sus ademanes, el olor a cirio quemado que acorde con su cérea tez exhalaba, desmentían su actitud de turista. Tuve la sensación de que los cristales tintados de sus lentes ocultaban cuencas vacías. No era él ninguna de mis visiones –nunca son recurrentes-; ya me había fijado en él la víspera, a la salida de uno de los bufetes. Emboscado tras un callejero de tiempos analógicos, me aguardaba en un banco.
Ahora me siguió de lejos, tardé un par de calles en atisbarlo. Solo se dejaba ver cuando quería. A pesar de que su táctica era más discreta, no dudé de que se trataba del sustituto de la pareja estrafalaria, al parecer inseparable en dos turnos. Tal vez la cámara ubicua de Ángela tuviera puntos ciegos.
Los movimientos de éste eran instantáneos y sutiles como una lagartija o sabandija, ágiles, imperceptibles como los de una sombra al viento, un reflejo al sol o un holograma. Aparecía y desaparecía, espiritado, puro espíritu. En apariencia inconsistente y descarnado, irreal y volátil, tenue y leve, susceptible de ser arrastrado como una hoja al menor soplo de viento, presentía yo que por el contrario se regía por una voluntad de hierro, un propósito fijo y ominoso, misterioso pero concreto, una fanática convicción que gobernaba sus movimientos. El escritor existencialista no se suicidaba gracias a su obsesión por la literatura, esa misma literatura que hacía de él alguien irreal, callejeaba sin descanso en busca de un tema. Desde luego no tenía nada que ver con Camus, pero sí con el protagonista de El Extranjero, y no me gustaría representar el papel del árabe por él abatido sin motivo en la playa. Pero tal comparación tampoco era exacta, mi seguidor sí obedecía a la lógica, era un sicario y tenía una misión, algo me decía que absurda o abstrusa, pero misión y al cabo; no era como el otro un descendiente del Lafcadio Wluiki de Los Sótanos del Vaticano, el primer asesino gratuito de la literatura.
Lo temí más que a sus compinches, el dúo aparatoso. A él no se le veía venir y era imprevisible.

                       
                                                                     
                                                                                                                                                    

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL ASEDIO: El Jefe de Policía


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Perseguido y traicionado, vilipendiado, vapuleado –flagelado por las lenguas de la calumnia y las colas demoníacas del infundio-, coronado de oprobio y clavado en la injusticia, invitado a probar el vinagre de la más agria amargura, en mi viacrucis había sufrido la persecución de aquellos dos dignos sucesores de los centuriones. O más bien sicarios de Herodes, que en bandeja de plata sirvieran mi noble cabeza a la nueva Salomé. No en vano Ángela había bailado la danza de los siete velos en una adaptación televisiva de la Salomé de Wilde.
Aunque no soy un hombre de acción  y antes de que llovieran palos y pelotas o se adensaran los gases me escabullía, hasta hacía poco había engrosado manifestaciones anti sistema y protestas de okupas, y una vez hasta me encadené con otros siete a la puerta de una vivienda embargada por un banco, así que a la salida del supermercado solo tuve que renovar mi odio a tales perros amaestrados por los potentados, los policías, azuzados por los ricos contra quienes cuestionan sus privilegios.
La reconstrucción de tal relato me hinchió el pecho de orgullo, de algún modo justificó mi ruina personal y como el soldado condecorado por una herida encontré cierta nobleza compensatoria en tanta miseria y desgracia. Ebrio de ira no miré si me seguían la grotesca pareja de espías, el forzudo y el esmirriado de americanas circenses. Seguirme a todas partes no constituía un delito y no podía esperar protección de la policía. Al menos no habían vuelto a atacarme.
No podía desfogarme con nadie ni aliviar en los hombros de ningún compañero solidario el peso y la opresión de mi enfado. Nadie me prestaría el consuelo de un pañuelo ni me acogería en su pecho. Ni siquiera tenía un perro al que propinarle una patada. En una semana solo había obtenido de mis llamadas a mamá la seguridad, transmitida por su compañera de piso y trabajo, de que se encontraba bien y que me llamaría en algún hueco de su turno de guardia.
Atropellado por la policía y por los nervios, di un traspié y, ocupadas las manos por las bolsas de la compra, descargué todo el impulso de la caída en la rodilla derecha contra la acera. Un servicial albino o pelirrojo rapado se puso a recoger naranjas y manzanas rojas. Aún a gatas también yo me puse a acopiarlas, y con la rótula dolorida el chirrido de los frenos de un coche patrulla sonorizó mi queja. Por un momento creí que la pareja de hermanos o lo que fueran habían obtenido del juez una orden de captura exprés contra mí.
A la altura de un restaurante de lujo saltó el conductor a abrir al que resultó un conocido, hasta hacía bien poco de la familia, mi suegro León Mayo, el arrogante Jefe de Policía. Envarado en sus entorchados como si se hubiera tragado la escoba con la que había barrido la escoria de la provincia, transitó por la alfombra roja de entrada a un paso que recordaba el deslizamiento de un muñeco sobre sus ruedecillas o un patinador tras su ejercicio orgulloso de haber obtenido la más alta puntuación. Tal vez por la asociación con el dolor de otra extremidad, recordé el día que Ángela me presentó a aquel tipejo, su padre, también en un restaurante de tenedor de oro. Porque al estrecharme la mano con su maza el gerifalte de corpachón rutilante de hebillas y enseñas, de correajes y condecoraciones, con una sórdida y sádica sonrisa en la mandíbula de bulldog, sentí que no solo me crujían falanges y nudillos, sino que me oprimía la muñeca una presión fría y metálica parecida a la ejercida por unas esposas. No probé los entrantes intentando activar la circulación de la mano masajeándomela bajo la mesa.
El albino retomó su camino, sin haberse interesado por mi estado ni dirigido la palabra ni una mirada cuando le agradecí su ayuda, me había contagiado una gélida incomodidad, un extrañamiento raro. Resultaban inquietantes su falta de cejas, su frialdad de anfibio. Habría preferido que no me ayudara. Recordé que, más allá de sus habilidades de hacker, Ángela me espiaba con tecnología policial. Y a través de las esquirlas del sol filtrado por la copa de un castaño me hirió la vista el rayo de la certeza de que con la connivencia de su padre, igual que en comisaría se habían negado a tramitar mis denuncias contra ella, Ángela me había soltado a aquellos dos canes del supermercado.

                       
                              
                                         
                                                                                                                                   

lunes, 4 de febrero de 2019

EL ASEDIO: Investigado por la policía.



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Una coliflor y tres manzanas coronaban las dos bolsas de papel de estraza. Al mudar de barrio también había cambiado de supermercado. En mi nuevo status, privado de mis privilegios, si por casualidad o por mis frecuentes extravíos me equivocara de calle –como durante un año me había equivocado de vida- y pasara por el barrio de Ángela, me ignorarían los sensores de las puertas automáticas de los delicatesen y templos del gourmet, y aunque pasara a su vera los cristales permanecerían insensibles a mis ávidas miradas. Ya no era un gato doméstico; ahora tenía que alimentarme de mi orgullo.
Así que me hice habitual de un súper de precios populares sito en el bulevar, cerca de mi nueva sede. Pero aquella tarde tuve que acarrear una dificultad más seria que el peso de la compra siete pisos arriba, sin ascensor. Abonada la cuenta, antes de alcanzar la salida me salió al paso un tétrico y truculento moreno de tez aceitunada y parche en un ojo, que extendiendo la siniestra y sin mover los labios, por la comisura de ese lado musitó una letanía de corrido, y denegando con la cabeza para esquivar a aquel menesteroso, supuse que uno de los pedigüeños que cada vez mejor vestidos y acicalados, casi metrosexuales, ornan las esquinas, me hice a un lado.
-Por favor, venga por aquí –ahora me pareció un encuestador; de no ser por su tono funerario lo habría tomado por un vendedor deseoso de guiarme al stand. Al fijarme en él con más atención vi lo generoso de mis apreciaciones. La espalda cargada, el tupido vello de los brazos y del nacimiento del cuello, la separación excesiva entre la nariz y la boca, lo acercaban a la especie de los primates.
-Será mejor que no ponga dificultades. Acompáñeme.
El vistazo al carnet plastificado inserto en la cartera instantáneamente abierta me hizo consciente de la verdad. Volvió a extender la mano a la izquierda, mostrándome el camino. Obraba con discreción, consciente de su vil condición. Por la derecha surgió la inevitable pareja, otro moreno más joven, erguido pero igual de rígido, con idénticos rasgos parecidos a boyas vacilantes sobre una superficie traicionera, y con otro polo verduzco mosca, parecía el hermano menor, la versión mejorada del primero antes de ser corrompido por el ejemplo del mayor. Enmudeció el hilo musical; la promotora  de chocolatinas abrió de par en par los ojos y la boca; se volvió el cajero, en la detenida cola se plegaron ceños y crisparon mejillas. Me dejé conducir entre ambos hacia una puerta entreabierta a un modesto despacho, seguramente del gerente. El más joven entró el último. Hicieron a los lados las dos sillas de los visitantes y conmigo en medio nos quedamos ante la mesa, por lo que no nos mirábamos de frente. El mayor me escrutaba con la mirada sesgada de su ojo único. Allí adentro siguió hablando como un ventrílocuo, como si a través de la garganta y de la caja de resonancia del tórax sonara una grabadora:
-Está usted siendo investigado por un robo en este local. Vamos a proceder a registrarlo. Deje las bolsas sobre la mesa –al callar tenía la costumbre de cloquear con la epiglotis: la tecla de apagado de la grabadora.
-Debe de ser un error –la situación era tan irreal que no hallé otra defensa, y en vez de una rectificación aguardé el clic del encendido.
-En la grabación de la cámara aparece alguien clavado a usted guardándose en el bolsillo una lata de caviar. Le aconsejo que colabore –encontré una línea de defensa, esta vez no sonó la tecla:
-Oiga, aquí ni siquiera hay caviar auténtico… Aunque desde hace poco, los cajeros me conocen…
-Precisamente por eso.
El mudo se puso a descargar una bolsa y para mantener la dignidad yo mismo lo hice con la otra. La mesa, por lo demás vacía, pronto empezó a parecer un puesto ambulante.
-¿Tiene el ticket?
-¿También se supone que esto lo he robado?
-Vacíese los bolsillos y ponga todo aquí encima.
Él se ocupó del resto de la otra bolsa. Ocluí la compuerta de los labios para obstruir la corriente de protestas y acabar cuanto antes. Deposité en la mesa el contenido del bolsillo izquierdo: el cadáver de un pañuelo de papel usado, una pelusa larvada, un extinto bono de bus, un caramelo de eucalipto, el tintineante manojo de lleves, el ticket de compra y un papelito arrugado con las notas tomadas al vuelo para un relato nonato. Mientras que con la actitud de un comprador desconfiado el joven cotejaba el ticket con los artículos de la mesa, el otro intentaba descifrar mis apuntes.
-Es la lista de la compra –le dije, para un policía no hay nada tan sospechoso como la literatura. Creyó que entrecerrando el ojo descifraría mi letra.
-Aquí hay indicaciones muy sospechosas: “Quitar el dinero”… “Eliminar esto”… -renuncié:
-De acuerdo, es el plan de…
-¿Un robo?      
Estuve a punto de concederle que no escribí el cuento porque el argumento se parecía demasiado a uno de Chejov. Desviaron su atención unas hebras de tabaco adheridas al papel, que husmeó a conciencia. Impulsado por un movimiento en falso de su compañero, un tomate rodó por la mesa y con el sordo estampido de un fruto maduro caído del árbol reventó en el suelo.
-¿Y estas llaves de qué son?
-¿Usted qué cree? Pues de casa, del coche, el trastero…
-¿Y esta antigua y medio oxidada?
-De una casa vieja –entretanto el joven fiscalizaba mis compras: hizo sonar como un sonajero la caja de cereales, miraba al trasluz los botes, incluso peló un plátano. Y luego volvió a revisar el ticket.
-¿Qué dirección tiene?
-Es un pueblo perdido, no vamos nunca.
-¿Y por qué la lleva encima?
-Es una especie de talismán, una cuestión sentimental.
-Aquí esto no concuerda –la voz del hermano pequeño era, más que chillona, incisiva y aguda, fría y afilada como la hoja de un cuchillo. Le indicó al mayor que en el ticket no aparecía la lasagna que ya goteaba en una esquina de la mesa. Cuando éste le hizo saber que constaba como ultra congelado y dejó de haber un motivo real para la investigación, me sentí en el interior de El Proceso, de Kafka.
-El otro bolsillo.
Mi tenso puño dejó caer en la mesa el resto de una tableta de pastillas, un botón descosido y otro de repuesto envuelto en plástico, un envoltorio de chicle, un céntimo, un mechero de plástico rojo cereza y la tarjeta sanitaria. Del bolsillo interior de la americana extraje el carnet de conducir y el de identidad.
-¿Es que no lleva teléfono?
Iba a replicarle que lo tenía intervenido pero fue más rápido.
-¿Y tampoco cartera?
Escandalizados, aquellos sabuesos dedicados a proteger la cartera de los potentados no podían admitir que nadie en su sano juicio renunciase a llevarla.
-Ni siquiera me han pedido que me identifique. ¿Qué clase de policías son ustedes?
-Lo conocemos perfectamente, puede estar seguro. ¿Y estas pastillas para qué son, para una noche de juerga? –la temperatura corporal me subió, la rabia ya borboteaba de la caldera de mi ánimo.
-Todo lo contrario: son tranquilizantes. Las llevo por si me topo con algún policía impertinente. Voy a tomar una.
-Quítese la americana.
-Por si quiere saberlo, no llevo tabaco porque se me ha terminado.
-Los zapatos fuera.
Por suerte eran de lengüeta y no tuve que agacharme para quitármelos. El joven se lanzó a husmearlos como un perro.
-¿Quiere también los calcetines? Le advierto que son de ayer.
-Ahora los pantalones y la camisa.
-Esto no va a quedar así.
-Desde luego que no, ahora viene lo mejor. Desnúdese de una vez y ponga los brazos en cruz.



DIARIO DE UN PARANOICO, 4 de Febrero: Una aclaración.


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El Asedio sigue fluyendo de mi pluma. No hay mayor novedad en mi existencia, que se ha vuelto plácida y serena, que la desaparición en el ordenador de las señales de Ángela en el cursor de mi ordenador portátil. En los últimos días he gozado de la energía y el tiempo suficientes para en el blog alternar entradas al viejo estilo cinéfilo con los posts correspondientes a los capítulos de mi novela.
En el próximo, titulado “Investigado por la policía” me baso fidedignamente en los hechos reales que ya fueron descritos en este diario, de modo que al alimentarme de la realidad el capítulo de la novela me ha quedado casi idéntico al narrado en su día como acontecimiento real.
Sigo escribiendo El Asedio cuya lectura espero os esté resultando provechosa y amena.











domingo, 3 de febrero de 2019

EL GENERAL DE LA ROVERE



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Grimaldi Bordone Giovanoni Cattarelli de la Rovere,
tú, el infame que no tienes nombre porque tienes demasiados,
coronel, ingeniero, condotiero, doctor, director,
como un mentiroso cojeas en las muletas robadas de tus títulos,
impostor,
seductor de busconas, genio de la malversación,
héroe del fieltro verde que sufre la arbitrariedad del azar,
patriota de boca llena, bordador de embelecos,
mercader de ilusiones, tú, falsario, fingidor, falaz,
como un rufián explotas las bellas esperanzas jóvenes,
por cien mil el teniente no enviará a Luigi a Mathausen,
teniente, las veinte mil prometidas para que él se quede en Roma,
muñidor de embustes, inflador de promesas,
urdidor de telas en que los padres se enredan por amor,
amigo de umbrales y postales, novio de barras y esquinas,
tu palabra es una mariposa negra sobre los escombros de la guerra,
tú, vampiro de lágrimas, hiena humana,
en el mercado negro de los afectos especulas con falsa confianza,
como un novelista tramas tus ficciones,
productor de invenciones,
que sufren las familias de las víctimas,
desayunas el salami que te confían para los presos,
fumas su tabaco, los ciegas con el humo de tus juramentos,
a cambio del broche el general liberará a tu padre,
general, por piedad, dele a este padre de familia la libertad,
poeta de las denuncias y las delaciones,
tú, prolífico en deudas, polifacético en cuentas pendientes,
burlador del dolor, equilibrista de la desesperación,
ilusionista que de las mangas te sacas ilusiones ilusas,
turbio de alegría, tus sentimientos son de bisutería
y tus falacias brillan como joyas falsas,
perito en pirita, perista de favores imaginarios,
dices a los familiares las dulces palabras que quieren escuchar
y no la amarga verdad,        
tú, Gianni, Giovanni, Giovanonni, como te llames,
ahora que como un espíritu invistes el cuerpo de De la Rovere,
ahora que impostas su temeraria apostura y su fama de gallardía,
ahora que el general es un zombi que obedece al Reich,
ahora que su leyenda trasciende de tu colonia de dandy,
de tanto actuar como de la Rovere,
ten cuidado, no vayas a creerte tu papel,
de tanto interiorizar su orgullo y dignidad,
ten cuidado, no vayas a convertirte en un héroe de verdad,
de tanto vivir como de la Rovere,
ten cuidado, no vayas a morir como él.