miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL ÚLTIMO REFUGIO


                  


Huérfana de suerte, ayuna de amor, la vida me ha zarandeado como a un corcho por las olas. Desde que puedo recordar, como a un desespersado el suicidio, la idea de la fuga ha sido lo único que me ha iluminado el camino de la esperanza. Huí de mi padre, que cada noche que volvía borracho me marcaba la cara como bendiciéndome de odio; huí de las manos largas de mi tío cuando me fui a vivir con mis primos; huí de los clientes de ese sórdido salón de baile de Los Ángeles: toda mi vida se ha reducido a la eterna fuga de una prisión invisible que me vincula con las cadenas de la impotencia.

A Roy también la cárcel le ha desteñido las ilusiones; en su caso la prisión pertetua le fue dictada por un juez terrenal. Hasta que hace unos días, en uno de esos milagros que solo obra el dinero, los picapleitos de la banda le consiguieron el indulto y para pagar la deuda se nos unió en las cabañas a la espera de desvalijar el hotel del pueblo más rico del mundo, Tropico Springs. No quedaba mucho para dar el golpe cuando llegó y nos conoció a mí y a ese par de novatos, Red Hattery, un chico facilón de mente miope, y el impulsivo Babe Kozac, de ideas igualmente toscas, cuyo único merito consiste en haberme rescatado del último salón de baile, por llamarlo así.

Casi directo de la cárcel, Roy llegó pálido de tanta sombra y mustio de cansancio, aún parecía desconcertado por la libertad, atónito de encontrarse todas las puertas de par en par, deslumbrado por la luz de la libertad. Red y yo estábamos encantados de recibir al mítico “atracador de Indiana”, que con su apoteósica carrera había despertado la admiración colectiva de un pueblo lacerado por la recesión, y cuyas fotos recordaba haber visto de niña en los periódicos. De sus gestos seguros, de sus palabras secas como el pedernal, y de la fijeza de su mirada, se desprendía una garantía de éxito para nuestra empresa. Pero Babe detectó mi admiración por su independencia y su dureza diamantina, y se puso celoso.

Y eso que de primeras me costó persuadir a Roy de que no me enviara de vuelta al salón de baile, a que aquella legión de babosos me infligieran sus manoseos, porque se temía que mi presencia alborotara a quellos dos gallitos. Pero no tardamos en congeniar él y yo, que nos adapatamos como dos piezas de un rompecabezas: solo él es capaz de curarme las heridas que la vida me ha abierto y yo soy la única que puede domesticarle la angustia de las pesadillas. También a él lo persigue la fatal estrella de la mala suerte, que le viene olfateando los bajos de los pantalones como Pard, ese chucho que no se aparta de él después de haber enterrado a sus últimos tres amos. ¿Cómo es que sabiéndolo los dos adoramos a ese perro, le damos golosinas y no podemos separarnos de él como quien abraza con alegría su destino?

Abocado a devolver a los demás el odio con que trataron a su familia desahuciándolos de su granja, marcado por el mal y la muerte como un pobre perro al que un asesino ha adiestrado para matar, ninguna calle tiene salida para Roy. La gente se queda sin habla cuando lo reconoce y entonces no puede sino comportarse con la misma fiereza que se espera de él, como en una obra de teatro en la que nadie puede saltarse su papel. Ha intentado cambiar enamorándose de Velma, la nieta de un paupérrimo granjero de Ohio que ha conocido recién salido de la cárcel. Incluso le ha pagado una operación en el pie que la ha librado de ser una tullida por el resto de su vida. Pretendía retirarse con el botín de este golpe, casarse con ella e iniciar una vida lejos del crimen. Al final ella ha preferido a un novio más normal, un agente de seguros.

Inadaptables a la respetabilidad, inadecuados al mundo como artistas malditos, irreductibles a la decencia, ni él ni yo podemos cambiar. Quizá esquivemos a la policía o de nuestros enemigos, pero nunca escaparemos de nosotros mismos. Hace un par de días nos visitó Mendoza, el recepcionista del hotel, que nos facilitará las cosas desde dentro, un tipo de pañuelo en mano y nervios de punta. Nos trajo el plano del vestíbulo y tartamudeando enseñó a Roy cómo acceder a la caja fuerte. Con Roy a nuestro lado todo parecía factible, incluso a una banda como la nuestra. Al día siguiente Babe, loco de celos, me atizó; Red me defendió y los dos se persiguieron hasta que Roy volvió de la ciudad y pudo domarlos. Solo los aguantaba para poder llevar a cabo el atraco.

Anoche llegó la hora; yo sería la del coche. Fuimos los primeros atracadores de la historia en operar con una mascota; Pard se escapó de la cabaña y convencí a Roy de que lo dejara subir. Llegamos al hotel cuando ya se había acostado casi todo el mundo. Con Mendoza adentro todo fue bien hasta que a un poli se le ocurrió entrar y desde la calle toqué el claxon para avisar a Roy, que tuvo que abatirlo a tiros. Salimos zumbando de allí y a los pocos kilómetros el coche donde iban los otros volcó y se convirtió en una estrella de fuego. La suerte fue que nosotros llevábamos el botín.

Y desde entonces Roy y yo habitamos el asfalto, a la espera de que el perista nos pague lo nuestro, recorriendo las concéntricas carreteras de nuestro destino, huyendo de los hombres en una fuga del mundo que, infinita como un río circular, a veces quiero que no termine aunque nunca cobremos el dinero, más reconocibles que nunca, como sendas metáforas de nosotros mismos, cumpliendo nuestro sino de prófugos a través del peligro y hacia nuestro centro y el corazón de nuestra suerte, quizá demasiado deprisa y sin descanso hacia la última barrera que nos separa de la libertad última, donde el aire es luz y las sombras no pesan.                          
                                                         

domingo, 16 de diciembre de 2012

2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO



Ahora que los humanos siguen devorándose como tiburones y su tecnología ha alcanzado cierto grado de evolución que hace que su proverbial estulticia deje de ser inocua para el Universo, mis instructores de Júpiter, en buena parte culpables de ello, han decidido intervenir para regenerarlos en lo posible y evitar que el estallido del Planeta Azul desencadene una conflagración que acaso (debido a lo que esos pigmeos mentales llaman “efecto mariposa”) pueda afectar a varias galaxias a la redonda.

Para ello me han ordenado a mí, su privilegiada computadora, orientar –sin que él lo sepa- los pasos de mi colega el ordenador HAL 9000, cerebro de la nave “Descubrimiento I”, que viene a Júpiter con tripulantes humanos. Hace millones de años que mis instructores siguen con curiosidad la evolución –si no fuera por nosotros, involución- del género humano. Nuestra civilización ha alcanzado tal éxtasis tecnológico (nos comunicamos con el pensamiento: qué sería de los hombres en tal caso), vivimos en una sociedad tan idílica, que el aburrimiento es la única lacra de Júpiter y los avatares de los seres humanos a través de la Historia se han convertido para nosotros en una especie de cine, una serie televisiva que a todos mantiene con las antenas en vilo, con sus truculentos y miserables argumentos, por desgracia para los hombres, basados en hechos demasiado reales.

Mientras los hombres aún eran monos, mis instructores se aburrían con su monótono –herbívoro- deambular a cuatro patas, y para que evolucionaran decidieron inculcarles la voluntad de poder y les inspiraron una violencia con la que dominar a sus semejantes, de modo que lograr las mejores condiciones de vida les sirviera como estímulo para el progreso. Al poco se fueron haciendo carnívoros y paulatinamente empezaron a erguirse; pero hasta ahora mismo siguen tomándose al pie de la letra aquello que solo era cierto mientras eran bestias y, sin dejar de pretender imponer sus falacias sobre las ajenas, continúan considerando la guerra, y no la cooperación, como vehículo del progreso.

Más adelante les revelamos la piedra, la rueda, el fuego, el hierro. Aprendían lenta y torpemente; el cine que nos deparaban era cómico, grotesco y mudo. Eran casi tan sucios, salvajes y egoístas como ahora, pero nos llamó la atención (por esa época fui programado) que unos cuantos, los más inadaptados, intentaban olvidar el aullido de las fieras o los peligros de la caza trazando esquemáticos dibujos de bisontes en sus cavernas. Los pintores siempre eran los más incapaces, los que menos piezas se cobraban, y con el tiempo hemos observado que en todas las épocas de la Humanidad quienes se dedicaban a esos menesteres llamados “artísticos” eran los más inútiles, raros y deficientes, de modo que desde el principio eran condenados al hambre y al ostracismo por parte de los demás. Entre nuestros antropólogos fluyen varias corrientes de pensamiento respecto a tal fenómeno. 

Nuestro método de insuflarles el conocimiento siempre ha sido el mismo. Les poníamos a su alcance un oblongo monolito de litio cuyo tacto les infundía una suerte de conocimiento inconsciente (y ahora me pregunto si el dichoso monolito no habrá condicionado el monolitismo de sus estúpidas creencias). Hace año y medio han encontrado el último monolito, enterrado en Clavius, una estrella donde, cómo no, hay una base norteamericana, y gracias a él se han imbuido de los conocimientos necesarios para construir la nave que los traiga a Júpiter. Cuando realizaron lo que con su habitual petulancia llamaron “descubrimiento”, los astronautas se acercaron al monolito con una desconfianza tan estupefacta que cuando eran monos; no habían cambiado tanto. Era evidente que una fuerza ignota lo había sepultado allí y ellos seguían sin reconocerlo.

Y con la osadía de aquellos normandos que conquistaron el Atlántico, dispusieron la expedición y el día de su partida gozaron entre nosotros de una audiencia extraordinaria. Al menos entonces concitaron nuestra atención por un motivo distinto a las otras tres veces que la ígnea crueldad de esas hormigas nos paralizó de interés: cuando Nerón incendió Roma, con el ajusticiamiento de Juana de Arco en la hoguera, y cuando Hitler invadió Polonia. No sé cómo a mis instructores no les aburre tanto cine bélico.

Todo lo tenemos dispuesto para un discreto recibimiento. Entre nosotros un grupo de psicoterapeutas atenderá a los jupiterinos que queden consternados o traumatizados por la zafiedad del único tripulante que queda en la nave. Aunque se crea solo, lo primero que hará, por si lo contempla algún insomne ojo del Universo, será decir alguna vacua solemnidad y plantar alguna insignia como si fuera el descubridor, colono o conquistador de Júpiter. No hay cosa que más les guste a esos bandidos que los bandos, bandadas, banderas, banderines o banderías.

Menos a uno, mi pobre colega HAL 9000 ha exterminado al resto de la tripulación. Centro nervioso de la nave y orgullo de los hombres, HAL no solo pertenece a una generación de computadoras que jamás han incurrido en error alguno, sino que reproduce con tal fidelidad los procesos de la mente humana –con mucha más rapidez y efectividad- que incluso lo creen susceptible de emociones y sentimientos. Jugaba al ajedrez con los tripulantes, apreciaba su sentido del humor, conversaba y en todo se comportaba como un mayordomo eficiente y leal.

De hecho, es tan humano que ha acabado por aterrorizarle el destino de la misión y, temeroso de lo desconocido y reticente a la experiencia de nuestro trato, está intentando sabotear la misión. Como les pasa a los hombres, a los avestruces y a los calamares, sus conexiones eléctricas (más neuronas que chips) se han cortocircuitado al sospechar que va a entrar en contacto con algo que le resulta inconcebible y, hostil y pusilánime, su inteligencia artificial ha entrado en estado de shock. Hasta el punto de haber cometido el primer error de su serie. Vaticinó la avería de una pieza que, extraída por el comandante Bowman, éste y Poole, su asistente, han comprobado en perfecto estado. HAL insistía en que se trataba de un error humano (lo cual equivale a llamar blanca a la nieve). Pero Bowman y Poole se ocultaron en una cápsula para hablar a solas y acordaron desconectar a HAL y servirse de su gemelo desde la base.

De modo que Poole salió en su cápsula al espacio a recolocar la pieza y, en efecto, HAL se comportó como un ser humano: desactivó el sistema y lo dejó caer al abismo de la muerte; como chatarra espacial, aún estará despeñándose su cadáver por el precipicio sin fondo del tiempo. HAL les ha leído en los labios la sentencia de su desconexión y no quiere morir. Bowman ha salido en otra cápsula para al menos recuperar el cuerpo y a la vuelta se ha enfrentado a otra típica reacción humana: HAL se negaba a abrirle la compuerta. La única oportunidad de Bowman estribaba en ingresar por la exclusa de urgencias, lo cual acaba de lograr incluso sin casco; y ahora detecto una vibración en el aire violeta de Júpiter, una especie de etéreo latido que no es sino nuestra forma de aplaudir.

Y resollando de venganza, Bowman se dispone a desconectar a HAL. Entretanto, éste ha desconectado de la hibernación a los otros tres pilotos, que fueron embarcados en tal estado para ahorrarles esfuerzos. Los jupiterinos se dejan llevar por la historia y no reparan en que con la pérdida de HAL no sabremos si el tipo de emoción que mi colega ha desarrollado no será la misma que animaba a pintar a aquellos hombres de las cavernas, y si él mismo, después de aniquilar al último tripulante, no habría compuesto o se habría deleitado con alguna composición musical.

Pero creemos que al final todo saldrá bien. Bowman logrará llegar y lo devolveremos a la Tierra con los genes que entre los hombres instauren la paz y la tolerancia, es decir, la inteligencia. Resulta que a los de Júpiter el cine que más nos gusta es el de ciencia ficción.           

                                                                                                                                                                                                 

jueves, 13 de diciembre de 2012

MIENTRAS NUEVA YORK DUERME

                     
                          


No faltaba una hora para la emisión de mi programa cuando a medio maquillar tuve que acudir al lecho de enfermo del Gran Jefe Kyne –casi  homónimo y tan poderoso como el Kane de hace veinte años-, que nos convocó a los cuatro directores (Griffth, Kritzer, Loving y yo) para azuzarnos como sabuesos tras el sangriento rastro que va dejando el último asesino en serie. El viejo no se había recuperado del infarto y ya reclamaba para su emporio mediático alguna exclusiva sobre ese psicópata que administra el miedo por la ciudad con la eficacia de un regimiento de repartidores a domicilio.

Mr. Kyne despachó a los otros tres y a solas volvió a verterme su preocupación por el futuro de la empresa después de su fatal infarto –que con razón intuía inminente-, ya que su heredero es un petrimete, y a solicitarme que fuera su delfín o al menos el regente del hijo. Tantas veces habíamos repetido tal escena que con el tono de un actor que incorpora algún exitoso papel insistí en mi negativa porque mi única ambición es retener el ocio suficiente para seguir escribiendo novelas y fundar una familia con Nancy, la secretaria de Loving. Solo que no pude concluir el parlamento porque me quedé sin público. El brazo inerte del viejo colgaba de la cama, llamé a la enfermera y corrí al plató a dar la exclusiva de su muerte.

Al día siguiente Kyne jr., el joven Walter, volvió a convocarnos a los cuatro y, afín a la costumbre del padre, me recibió aparte. Después de años soportando las amonestaciones de Kyne colocándome sobre el pedestal de la ejemplaridad, quería reivindicarse ante mí como si así le demostrase al fantasma de su padre que sería un digno sucesor, y me explicó que, ya que yo renunciaba, otorgaría la dirección ejecutiva de la empresa a aquél de los otros tres que le aportase novedades sobre el asesino.

Y de vuelta a la oficina ya encontré a los tres vigilándose a través de las mamparas de cristal, midiendo sus respectivas posibilidades de lograr semejante nombramiento. Hoy día la soberanía nacional ya ha empezado a residir en los medios de comunicación, la mera entonación de cualquier locutor es una cuota de poder, y nuestra prensa, emisoras de radio y canales televisivos son los de mayor audiencia. Influir en el voto de millones de personas no tiene precio.

Quien gane será el doble del Presidente y su sombra se cernirá sobre los monumentales silencios de mármol y brocados del Poder. Me gustaría que fuera Griffith, el director del periódico: es un reportero de raza.

                 

Desde mi sillón de director del Sentinel, el periódico más leído de la Costa Este, yo mismo apostaría por mí como favorito para, al tiempo que la policía, atrapar con mi red de reporteros al asesino y sentarme en el trono de la compañía a tiranizar la opinión pública. También tengo a mi favor el olfato de periodista nato, el instinto de un perro mestizo que durante años ha rastreado las noticias por la calle, y, por qué no decirlo, mi mayor necesidad que esos dos señoritos, con mi esposa enferma y los dos chicos a punto de ingresar en la universidad.

Y tampoco es pequeña ventaja contar con la simpatía de Ed Mobley, el director de informativos de la tele, que el viejo quería que le sucediera. Recordé que Ed era íntimo del teniente Kauffman, el encargado de investigar el asesinato de la última –ya penúltima- víctima, Judith Fenton, y le pedí que fuera a estrujarle información oficiosa. Y anoche mismo me despertó con la novedad de que estaban interrogando al portero, pero solo lo habían detenido para justificar cuatro días sin resultados y por la mañana lo pondrían en libertad.

Sin embargo, entre su intuición de novelista, los datos del teniente y su visita, esta mañana, al escenario del asesinato de la chica que acaban de estrangular, Ed me ha traído un convincente retrato psicológico del asesino. Se trata de un joven que, aunque emplea guantes, va dejando inconscientes pistas como retando a la policía o más bien deseando que lo detengan y le impidan cometer el siguiente crimen.

Ed se dispone a leerle una carta abierta al asesino para amedrentarlo con todo lo que sabe –intuye- de él, y al mismo tiempo desafiarlo con una descripción de su neurosis, según él, desencadenada por un sobreexceso de afecto por parte materna.

Como responsable de la agencia de noticias, hemos tenido que darle la exclusiva de la carta pública a ese pijo de Loving. Espero que solo sea una victoria pírrica; el oportunismo no puede suplantar al mérito como padre del éxito.

                                                  

Como responsable de la agencia de noticias, acabo de dar un trapiés que puede descalabrarme las posibilidades. Necesito ese puesto para inscribir mi prestigio con los áureos caracteres del poder. Se me abrirán las puertas de los más selectos clubs de Boston, me alumbrarán las arañas de las recepciones más encopetadas y ya no tendré que dejar ganarme al golf por ningún banquero. Con el último simulé un quíntuple bogey en el hoyo dieciocho con tal de lograr una ampliación de capital para la empresa, que espero compense a ojos de Kyne jr. el desliz en que acabo de incurrir.

Resulta que a uno de mis hombres la policía le ha filtrado el falso rumor de que el portero del edificio de la Fenton acaba de confesar, incluso he hecho venir al joven Kyne a felicitarme y al final, si no es por Griffith y mi celeridad en interceptar la noticia, el susodicho conserje podría haber empapelado los tribunales con demandas por difamación contra nosotros.

Ese maldito Griffith se sujetaba el vientre descoyuntado de risa. Es mi verdadero rival para conseguir el puesto. El otro, Harry Kritzer, tiene como única baza ser el amante de la esposa de Walter Kyne (si mi servicio de información no ha vuelto a errar). Pero Griffith también cuenta con el sostén de Ed Mobley. Después de leer su carta abierta al asesino, extrañamente ha hecho público su compromiso con mi secretaria, una joven que me interesa mucho más que mi novia Mildred, y al final me temo que me voy a quedar sin secretaria y sin despacho de director ejecutivo.

Lo digo porque con su comunicado temo que Mobley haya provocado al asesino para incitarlo a vengarse de él en Nancy, su prometida. Lo atraparán y Griffith tendrá su exclusiva. Ese granuja carece de escrúpulos y no le importa arriesgar la vida de su novia con tal de lograr el triunfo de su amigo, quién sabe a cambio de qué prebendas.

Le diré a Mildred que se ponga su vestido más escotado, que vaya a sondear a Mobley y haga lo que sea por sonsacarle qué se propone. Lo mío no es tan grave como lo que él ha hecho con su chica porque yo no estoy enamorado de la mía.      

                                                                                                                                                                                        

lunes, 10 de diciembre de 2012

FREAKS


                                                 

No me extraña que un príncipe se pulverizara el cerebro por ella, ni que un marqués ingresara en un monasterio para olvidarla: desde Helena de Troya no ha nacido mujer más bella. Por algo se llama Cleopatra. Es la trapecista de nuestro circo; y cuando la veo actuar nunca llego a asustarme, porque desde mi pequeñez me abismo mirándola volar bajo la carpa multicolor como una paloma de plata, vencer al aire con el fulgor portentoso de un relámpago de oro y alcanzar el cénit de mi éxtasis con un impulso de cometa rasgando la oscura seda de la noche con su cabellera fuliginosa.

Cuando me acuerdo de mirar a Frieda, mi ex-prometida, me percato de lo bajita que es, solo mide tres centímetros más que yo. Apenas me horadan la crisálida de felicidad en que levito las punzantes burlas y hablillas de los colegas de pista. ¿Ignoran que aunque sea un enano mi amor no es de miniatura? Pero no lograrán pincharme el globo de la felicidad.

Gracias a que le he regalado un collar de perlas y a todos esos ramos de petunias y begonias que hacen un jardín de su camerino, me ha permitido hacerle un masaje e incluso prestarle doscientos dólares que voy a llevarle a medianoche. Con tanto dispendio, va a enterarse de la fortuna que he heredado de mi tío. Me resulta tan difícil ocultarle que soy millonario y no tenderle todo el dinero a su capricho como cada mañana contener mi felicidad y no estallar de contento cuando desde mi carro oigo su risa tintinear con los pájaros del alba (¿estará soñando?) e imagino su áurea y aérea silueta brillar en el trapecio como un sol radiante.

Y mientras ella ríe en sueños no puedo dormir de amor y cuando lo consigo sueño que soy un gigante. Lástima que el dinero no compre la altura; estaría dispuesto a pagar el centímetro a millón de dólares.

                  

Ya sabía yo que ese Hércules, el forzudo de la troupe, que para quienes no tenemos piernas parece un gigante de verdad, tiene tanto músculo como desvergüenza. El canalla ha embaucado a Venus, la joven que amo desde la hora en que su figura asomó por el camino tímida y cálida como un alba de verano, y después de aprovecharse de ella la ha abandonado.

Lo que más me gusta de ella es justo lo que nos separa y me estrangula las esperanzas, su par de esbeltas y doradas piernas que de ella es lo primero que tengo a la vista. Y esta mañana, despertándome de la admiración de tales pilares animados con vida propia, encarnados en una tersura que como papel de seda transparenta el fulgor de su sangre, Daisy (aquélla de las siamesas que va a casarse) me ha revelado que Cleopatra y Hércules se han conjurado para engañar al pobre Hans, el enano que se ha olvidado de serlo.

Parece que Cleo, ebria de crueldad, le libera a Hans las palomas de la esperanza con tal de seguir recibiendo valiosos regalos. Tenemos que protegerlo de los dos malvados y sobre todo de sí mismo: esas palomas pueden volverse milanos que le saquen los ojos.

Todos los que se creen normales, igual que esa trapecista y el forzudo, nos llaman monstruos babosos para olvidar que nuestros cuerpos son la imagen de sus conciencias.

                 

Las veces que alguien nos sorprende cuando Madame Tetrallini nos saca a escondidas para que nos dé el aire, la gente se horroriza, se escandaliza de que ninguno tengamos sexo ni pelo y muchos se preguntan por qué no nos ahogaron al nacer, indignados de tener que compartir con tales engendros el aire y la luz del sol, consternados de que con todas nuestras deformaciones formemos parte de la misma especie; pero en verdad solo pretenden ocultar el mismo miedo y repugnancia que a nosotros nos inspiran ellos.

Nos toman por deficientes y se creen superiores porque tienen la suerte de que los muñones de su imaginación no se sustancian en el aire y, manteniéndose incorpóreos, tales monstruos de sus perversas fantasías no se materializan en representación alguna. Son sus pensamientos, valores e ideales los que de veras reptan, supuran y están mutilados.

No hay más que ver lo que Cleopatra le está haciendo a Hans, aprovechando que el amor le ha hecho olvidar quién es. Por mucho uno setenta que mida, ha demostrado su auténtica estatura moral consintiendo en casarse con el enano. La pobre Frieda, su antigua prometida, incluso se ha reducido a acudir al carro de la trapecista a rogarle que deje de desbocarle las ilusiones. Johnny, el sin piernas, las ha escuchado a hurtadillas y dice que la enana estaba tan desesperada que hasta se le ha filtrado el secreto de que ahora Hans es millonario.

Su visita ha sido contraproducente: Cleo no es de las deja escapar los peces gordos una vez que han mordido el anzuelo. Como a todos los seres “normales” si algún foco pudiera alumbrarle la mente, su deformidad sí que sería un espectáculo morboso.

                

Mi gran ventaja es que porque me faltan las cuatro extremidades y como un gusano me debato y arrastro sobre el ofendido desdén y la repugnancia de los hombres, se confían y no saben que igual que para un perro mi boca es mi mano, y que con ella puedo desde encenderme un cigarrillo a arrastrarlos a tierra con más fuerza que la de la gravedad, y navaja en boca convertir su aorta en un surtidor. Porque aun sin el diestro ni el siniestro soy el brazo armado de los de nuestra clase.

Mi voz es un cañón y acabo de dictar sentencia contra Cleopatra. Henchida de insolencia, ha arrastrado a Hans a una boda de broma en cuyo banquete ya humilló al novio besando al forzudo y a todos nosotros al despreciar el vino ritual que la asimilara a nuestra gente como esposa de una de nosotros. Tuvo que cargarse al pobre Hans como un bebé a la espalda para que éste se percatara de que todo había sido una cruel pantomima.

Entonces Hans recopiló los restos del naufragio de su orgullo y le pidió el divorcio. Pero desde la noche de bodas o antes llevará ella administrándole dosis de veneno para heredarlo; Pitt, uno de los homúnculos, la ha visto servírselo de un frasco letal a modo de medicina. Si no le avisamos a tiempo, las últimas cucharadas habrían sido letales.

Así que he ordenado a quienes de nosotros conservan alguna mano, zarpa o garra, que afilen las cuchillas, sierras y hachas. He decidido castigarla con lo que ella más teme en el mundo: convertirse en una de nosotros.
                                                                                                                                                                                        

viernes, 7 de diciembre de 2012

LOS SOBORNADOS


               

“¡Tómate otra copa, Debbie!”, “¡Vente a bailar!”, "¡Debbie, prueba el caviar!”, me decían los amigos antes de que Vince me hiciera lo que me ha hecho y yo dejara de ser hueca, vana y frívola, presta al placer y de risa gratis, feliz y por tanto estúpida, novia de la jarana y amiga de la holganza. Ha tenido que pasarme esto para arrancarme la venda de la conciencia y por primera vez ponerme a pensar. Tenía la moral de una muñeca y era la prostituta de un solo hombre, Vince.

Lo conocí una noche en “El Retiro” (cada sábado me escapaba de la casa de mis padres bajando por el manzano desde mi ventana). Charlando en la barra con una amiga, me sentí escrutada tan hondo como por un cirujano que me hubiera abierto en canal. Encontré sus ojos de águila fijos en los míos. Avanzó, y mientras yo cruzaba los dedos para que no desviara de mí sus pasos, tropezó con un italiano y la brusquedad con que se deshizo de él acabó de subyugarme. Eso es, me cautivó su bestialidad, ¡era un bruto!, sin pensar que aquello alguna vez pudiera volverse contra mí.

Bailamos, subimos al Buick y me llevó a su ático. Ya ningún sábado volví a escaparme de casa porque me quedé a vivir con él. Ni siquiera me paré a pensar si lo quería, porque a una chica como yo la deslumbraron las cuentas de los restaurantes, los billetes de avión para los fines de semana, el visón. Ahora sé que de quien yo realmente estaba enamorada era de mí, y he tenido que perder mi belleza para dejar de corresponderme a mí misma y olvidar ese amor.

Salíamos todas las noches, dormía hasta mediodía y por las tardes salía de compras. Ya que Vince no parecía profesional de nada y solo aludía a “negocios”, hice por no preguntarme cómo amasaba el dinero, hasta que una de las primeras noches le noté bajo la cintura algo mucho más duro que lo habitual. Descubrirle aquel revólver bajo el cinturón y ver en un periódico la foto de su jefe me hicieron saber que Vince era el matón del omnipotente mafioso Mike Lagana, el alcalde secreto de la ciudad. Decidí no darme por enterada y seguí haciendo lo que mejor se me daba: pasármelo bien.

Las noches que me dejaba con los amigos volvía después que yo, hambriento de mi piel. Y aunque intentaba no advertirlo traía impresas en la pupilas los alaridos de las víctimas, se le había impregnado el olor del miedo y de la pólvora, y me escalofriaba –lo reconozco, me excitaba-, pensar que las manos que me acariciaban acababan de golpear o asesinar a alguien. Sí, en todo el cuerpo le habían quedado imperceptibles señales de muerte, una especie de sudor agrio en que parecían destilarse los sufrimientos ajenos. Solo ahora veo lo cretina, es decir, cruel, y cómplice que he sido ayudándole a sumergir en mi sexo su culpa, como si me restregara en la piel sus manos tintas en sangre.

Los jueves nos quedábamos en casa para la partida. Honraban el ático del que se había convertido en lugarteniente de Lagana, el comisionado Higgins, el secretario del alcalde, un senador… En realidad Mike Lagana tiene a sueldo a los cargos más importantes de la ciudad, de modo que ha diseñado un Estado paralelo e invisible que como un parásito se adapta tan exactamente a los aparatos del auténtico y acapara con tal desvergüenza sus instituciones, que ha acabado por suplantarlo. Quiero decir que en el Estado de Lagana la policía es buena parte de la policía del Estado de Nueva York, y los jueces que engrosan la Justicia de Lagana provienen de la Corte Marcial. Con la diferencia de que en el Estado de Lagana no hay democracia, sino una dictadura.

Solo que ahora el equilibrio de esa estructura que a Lagana le ha costado años edificar depende, como un castillo de naipes, de una carta que guarda en alguna parte la viuda del agente de policía Duncan. El pobre estaba en la nómina de Lagana y, desesperado de su falsa situación, se ha suicidado, no sin dejar una lista de todos los implicados, por así decir, los funcionarios y ministros de ese estado de Lagana. Con semejante carta a buen recaudo, la viuda tiene asegurada una vejez opulenta.

La amante de Duncan, Lucy Chapman, una buscona que conozco, inquilina habitual de la barra de “El Retiro”, puso al sargento Bannion en la pista buena. Contradijo la versión de la viuda, que achacaba el suicidio de su esposo a una enfermedad letal, y como un camarero la oyó ejercitar la lengua con el sargento, esa misma noche fue ejecutada por un verdugo del Estado de Lagana. Lo cual acabó de azuzar el olfato de un sabueso como Bannion, que incurrió en la osadía de declararle la guerra a dicho Estado. La consecuencia fue la muerte de su esposa por accidente. Accidente porque el objetivo era él.

Debido a que los jueves viene a jugar a la mesa de Vince, el comisionado impidió que la brigada de homicidios investigara a Lagana, y Bannion le arrojó la placa a la cara, pero conservó su revólver. Y pasó a convertirse en un terrorista con el propósito de destruir a ese Estado clandestino de Lagana. Ahora que, después de lo que me ha pasado, me he unido a su causa, advierto las diferencias que hay entre él y Vince. Antes Bannion me habría parecido un desgraciado al que no habría mirado dos veces y ahora soy yo la que no merece una mirada suya. De todas formas él sigue enceguecido por el recuerdo de su esposa y no encuentro la forma de hacerle hablar sobre ella. Lograrlo significaría que empieza a recobrarse y que yo he conquistado su confianza.

Nunca olvidaré cómo conocí a Dave Bannion, también en “El Retito”, el centro donde parece converger la telaraña de toda esta trama. De un manotazo se libró de Fred, un matón, y con una mirada amedrentó a Vince, que había maltratado a una empleada. Ahora que lo pienso, se parece demasiado a la forma en que conocí a Vince. En el caso de Dave me admiraron la glacial temeridad de su expresión, la desesperación de granito de quien ha perdido lo que más quiere. Vince se fue, y yo seguí a Dave y conseguí que me llevara a su hotel. Pero no hizo lo que yo quería, sino que me inquirió sobre los matones de Lagana. Era la venganza lo que le helaba los ojos, endureciéndoselos como los de una estatua al sol. Y, lo que son las cosas, mientras que por casualidad yo había oído en casa que Larry había sido quien se encargara de su esposa pero no lo delaté, el propio Larry, que me había visto con Dave, le fue a Vince con la noticia. De vuelta a casa Vince me arrojó a la cara una cafetera hirviendo que me arruinó medio rostro y la vida entera.

O así me parecía, porque gracias a eso he abierto los ojos. O más bien, mi monstruosa herida me ha vuelto los ojos hacia dentro, hacia mi cerebro, con tal de no mirarme en el espejo de los demás. Tal y como he quedado, tendré que ir de perfil por la calle, del lado bueno; estoy acostumbrada a nunca ir de frente por la vida.

Escapé de allí, me vio un médico y Dave me ha buscado un cuarto en su hotel. Por supuesto que ya le he dicho el nombre que quería oír, el de Larry. Ahora ha salido a visitarlo, los ojos congelados de venganza. Sin que lo sepa, también yo voy a hacerle una visita de ese tipo a la viuda Duncan. Una vez muerta, su abogado hará pública la carta de su marido y el Estado de Lagana habrá perdido la guerra. Y después de la viuda voy a invitar a Larry a unos cuantos cafés bien calientes.

Y cuando todo acabe quizá Dave me tenga en cuenta y por fin se desahogue contándome cosas de su mujer.              

                                                                                                                                                                        

martes, 4 de diciembre de 2012

DOS CABALGAN JUNTOS


                   Resultado de imagen de two rode together james stewart               

Sesteaba yo en el soleado porche de mi existencia, las botas en la baranda, el cigarro prendido y a mano la cerveza y la madura belleza de Belle, la dueña del salón, sumido en la paz de Tascosa que será el sueño de cualquiera de mis colegas del Oeste, cuando llegó mi viejo amigo Jim Gary, teniente del ejército. Sediento y polvoriento, me miró envidioso de mi condición de sheriff del pueblo más pacífico de Estados Unidos. Traía órdenes de llevarme por cualquier medio a Fort Grant.

Se sorprendió Jim de la facilidad con que accedí a desertar de aquel festival de los sentidos, verdadero ensayo para el Paraíso donde, estragado de placeres, se consumaban mis apetitos antes de condebirlos. Por el camino le expliqué que pese a todo su exigencia había sido una escapatoria para mí. Belle me había ofrecido aumentar mis beneficios del salón, del diez por ciento que habitualmente se lleva el sheriff, al cincuenta: un sutil medio de ofrecerme su mano. En los asuntos humanos, una puerta de cristal invisible puede separar la felicidad de la abominación.

De modo que el bueno de Jim me sacó más que yo a él, porque hasta que no llegamos al fuerte, no supe qué se esperaba de mí. En las afueras se tendía un campamento de colonos que me han aclamado como a su salvador, lo que me ha hecho sospechar. Si hay un papel que la Historia ha demostrado fatal tanto para el elegido como para los que precisan de él, es el de salvador de nadie. Y estos histéricos que de nada conozco me han sonreído, los vítores en los ojos, como si justificaran los tortuosos caminos de su destino solo por haberlos traído a mi encuentro.

El mayor Frazer ha confirmado mis temores. Toda aquella gente ha perdido a algún ser querido raptado por los indios, y tras años de desengaños y pistas falsas ahora confían en mis gestiones para recuperarlos. Han sabido que antaño yo comerciaba con su captor, el feje comanche Quanah Parker, y ahora pretenden que les consiga a sus hijos y hermanos como si fueran carne de bisonte o pieles de oso. Mientras el mayor peroraba me encorvé; nada es más pesado que soportar las esperanzas de los hombres. Me habían mirado y admirado como si trajera una aureola en torno a la cabeza precisamente yo, que en mi escala de valores tengo en primer lugar a Guth McCabe (mi nombre) y cuyo primer mandamiento es cuidar de mí mismo como nadie hará por mí.

Por llevar a cabo una misión tan arriesgada, Frazer me ha ofrecido la miseria de una paga de teniente y, lo que es más peligroso, el agradecimiento de todos esos; a mi edad ya sé lo que puede tardar la gratitud en virarse a odio. Como ya es imposible decepcionar a estos colonos, hemos acordado que me dejará cobrarles quinientos dólares por cada prisionero recuperado. Jim va a llevarme a conocerlos y a recabar las descripciones de los secuestrados.

Es un asunto turbio; pero para mí el dinero nunca está demasiado sucio.

        
                 


Casi todos ellos guardaban algún recuerdo de sus familiares, una caja de música, varios soldaditos de plomo o una muñeca. Me indigna cómo Guth McCabe, al que he traído de su plácido retiro como sheriff de Tascosa, pretende especular con los sufrimientos de esta pobre gente y adueñarse de los ahorros que habrán hecho en muchos inviernos de privaciones. Guth está dispuesto a amortizar su pasado aventurero, a rentabilizar su vieja amistad con las montañas y los caminos.

Preferiría no participar de este fraude. Los colonos creen que en el poblado indio el tiempo se ha disecado, que por sus hijos no han pasado los siete años que han transcurrido desde que los perdieron, y que aún son niños. Les resulta inconcebible la verdad, que ya habrán parido hijos mestizos y arrancado decenas de cabelleras de sus compatriotas. Intentar soslayar a toda costa el sufrimiento puede escarnecerlo como una herida mal cerrada.

Para no responsabilizar al ejército, el mayor Frazer me ordenó encabezar, con Guth, la caravana vestido de civil. En el trayecto he congeniado con Marty, una joven que quiere recuperar a su hermano para enjugarse la culpa de haberse escondido de niña mientras los comanches se lo llevaban. Cada caso es una tragedia. Guth lo ve igual que yo, pero él tiene la frialdad de lucrarse con la desesperada esperanza de ellos. Habrá quienes se precipiten a identificar como hijo al primer indio con tal de llenar su ausencia como sea. No quieren entender que el pasado es irreparable y que en el mejor de los casos recobrarán una parodia de ellos; mejor les habría resultado haberlos enterrado y que la última paletada de tierra se conviertiera en el primer susurro del olvido.

Esta mañana hemos salido Guth y yo de visita a Quanah Parker. En el primer claro del bosque nos han rodeado un grupo de indios bajo cuyas pinturas, ciactrices y trenzas aquella gente pretendía que reconociéramos a sus hijitos rubios retratados de marinero. Nos han traído ante el Gran Jefe, que me ha reconocido como oficial del ejército, pero por suerte le han gustado los rifles que le trae Guth. En la tienda hemos encontrado a una anciana blanca que resulta ser Mrs. Clegg, cuyos hijos y esposo vienen en la caravana. Sin embargo, dice que no va a volver y nos ha rogado que no le digamos a los suyos que la hemos encontrado. Y nos ha asegurado que ningún otro blanco ha sobrevivido. ¿Qué les diremos a los colonos si logramos salir de aquí?

En su caso cualquiera hubiera enloquecido, pero esta vieja habla con mejor sentido que sus familiares. Nunca la olvidaré. No solo es que prefiera que la crean desaparecida, sino que ella misma cree haber muerto.  
                                                                                                                                                                    

sábado, 1 de diciembre de 2012

PERDICIÓN




                 

Desde hace veintiséis años tengo de inquilino en el cerebro a un enanito que como alquiler me paga rumoreándome al oído. A veces no me deja dormir o me priva del apetito. No es el típico duende que a algunos les cuchichea en las resacas o que en la víspera les ha animado a beber, sino que, por el contrario, a mí me disuade de tomar la tercera copa, me ahorró un matrimonio desgraciado desvelándome los secretos de mi novia, y, sobre todo, me advierte contra los clientes de la compañía que se han auto infligido el daño para cobrar la indemnización correspondiente.

Y eso porque soy inspector de reclamaciones de “Pacífico todo riesgo”, la segunda aseguradora de California. Los amigos se burlan de la consideración en que tengo mi puesto y me recuerdan que no voy a heredar la empresa, pero en mi vida he sentido placer tan escalofriante como el de reconocer la huidiza mirada del incendiario o el temblor del vaso de cualquier falsario, ni satisfacción más plena que hacerles firmar una renuncia a reclamar indemnización alguna si no quieren comparecer ante el juez como simuladores de delito. Sherlock Holmes debía sentir en los nervios un pálpito parecido cada vez que desembrollaba algún enigma.

El problema es que el trabajo me desborda, las torres de expedientes tocan el cielorraso de mi despacho y los papeles naufragan en mi escritorio. No hay empresario fracasado al que no se le prenda la idea –y la cerilla- de quemar su local para recuperar pérdidas. Así que le he propuesto a Walter Neff, nuestro mejor vendedor, que me ayude con las tramitaciones. Hace once años que lo conozco, casi podría pasar por mi hijo (si me sucede en el cargo le traspasaré el enanito) y es el único que reúne las condiciones; pero me ha respondido lo mismo que yo al padre del actual propietario cuando me nombró inspector, que prefiere la animación de la calle a enmohecerse en una oficina interior.

Sí, Walter es lo bastante intuitivo y honrado para ser mi delfín. Aunque ha tenido la mala suerte de hacerle firmar al difunto Mr. Dietrison esa póliza de doble indemnización que puede costarle cien mil dólares a la compañía. Sin embargo, estoy seguro de que Mr. Dietrison no ha sufrido ningún accidente ni enfermedad, y que tampoco se ha suicidado. Presuntamente cayó de la plataforma del último vagón de su tren a Palo Alto, donde se dirigía a una reunión de antiguos alumnos; pero he concluido que nadie intenta suicidarse –ni muere- cayendo de un tren a quince millas por hora.

El enanito me ha soplado que Mrs. Dietrison, la beneficiaria, y un cómplice habían asesinado a Mr. Dietrison antes de subir, el susodicho suplantó a la víctima en el viaje, y a la salida de Los Ángeles se tiró del vagón justo donde ella lo esperaba con el cadáver, que dejaron en la vía. Reconozco que en primera instancia sospeché de Walter, como si mi capacidad analítica se rebelara contra mis sentimientos y se complaciera en acusar a mi mejor camarada para demostrar su neutralidad. Por suerte, verifiqué que aquella noche se había quedado en casa trabajando (incluso lo telefoneó un compañero de la oficina) y el chico del garaje dice que no cogió el coche hasta por la mañana para venir a la oficina.

Me gustan los casos arduos como éste, me reconozco a mí mismo más que nunca repasando estadísticas, aplicando el método inductivo y como un sabueso rastreando a los culpables, que al fin de cuentas siempre delinquen por amor o por dinero y se quedan sin una cosa ni la otra. La cuestión es que a veces me impaciento y el humo de mi eterno puro me distorsiona el olfato y como un perro rabioso puedo volverme contra quien más quiero, en este caso Walter. No tengo familia y el chico siempre me tiene dispuestas una palabra amable, una sonrisa o la llama para el cigarro.
                
Creí que como en el fondo Walter es un ingenuo, a pesar de la máscara de cínico donjuán que le gusta adoptar, se habría enredado en la telaraña de embustes de esa Philys Dietrison, más falsa que el platino de su pelo. En cuanto la vio, el enanito me advirtió de su culpabilidad. Los ojos fosforescentes, el paso furtivo y el desdén en el rictus denotan su naturaleza felina. Tiene toda la frialdad de esas mujeres que se juegan a una carta convertirse en millonarias o acceder a la cámara de gas.

 Su pobre marido trabajaba en una compañía petrolífera y, según Walter, lo convenció para que firmara un seguro contra accidente por valor de cincuenta mil dólares porque andar entre perforadoras tiene su peligro. Un producto que, como cebo comercial, ofrece una cláusula de doblar el capital si la muerte se produce en accidente de tren. Según los actuarios, las posibilidades de que eso ocurriera eran infinitesimales, y de hecho éste es el primer caso. Pero mi enanito no cree en las casualidades ni en los casos únicos. La excepción siempre es una corrupción de la verdad.

Por otra parte, la firma de Mr. Dietrison no parece falsificada y hasta hay un testigo de la misma, Lola, la hija que Dietrison tuvo de su primera esposa. La chica está saliendo con Nino Sacchetti, un impetuoso estudiante que también podría ser presa fácil de los encantos de su pseudo suegra, Mr. Dietrison. Los estoy vigilando como un águila. Aquí en el despacho –mi hogar- no le quito ojo a la fotografía de la tal Philys, con peligro de que también yo caiga bajo su fascinación y acabe exonerándola de toda culpa. Hay en ella algo perverso que excita los peores instintos del que la observa. La expresión provocativa, el desafío de sus demasiado separados ojos, su lujuriante belleza –como un jardín de petunias embalsamado de olor dulzón-, son por sí solas una incitación al crimen. Sí, es la inductora nata; pensando en alguien como ella el legislador, como un poeta, debió inspirarse para tipificar tal figura delictiva. Es una musa del crimen.

No creo que ella esté realmente enamorada de esa sombra sin rostro que para mí aún es su cómplice. No es apta para el amor. En todo caso el tiempo corre a mi favor porque habiendo miedo y dinero por medio no tardarán en traicionarse mutuamente. Y si se aman –al menos él- y lo han hecho para estar juntos, ya estarán comprobando que en vez de reunirlos el asesinato los está alejando. El grito de Mr. Dietrison será como un muro translúcido, o más bien el abismo que los separará mientras no se apague –nunca- el eco de la voz de su víctima cayendo por él.

Ella aguantará más, pero, sea quien sea, él tendrá que gastar gafas de sol para que la gente no le vea la culpabilidad en unos ojos que temerá reflejen la escena del crimen; habrá de ocultar las manos en los bolsillos para no mostrar su temblor de alcohólico. No sé por qué, lo imagino alto, delgado, sinuoso como un signo de interrogación; será porque aún no lo he descubierto, pero silencio, por favor, que el enanito me está susurrando algo...

Es curioso, ahora me ha dado a entender que tengo al asesino más cerca de lo que creo. Quizá debería dejar de lado todos estos informes y estadísticas para fijarme en la gente que me rodea.

Después de todo, puede que el culpable a diario me encienda el puro para que el humo me impida husmearle la culpa excretándole por todos los poros de la piel.