martes, 22 de enero de 2013

EL SÉPTIMO SELLO


                   


Después de acompañarlo diez años de fiebres y hambres, heridas y picaduras, penas y espantos, debo decir que me estoy hartando de sufrir a mi señor, Antonius Blok. Porque después de ese rosario de penalidades en Tierra Santa, mientras que otros regresan opulentos de saqueos y despojos, nosotros volvemos derrotados a casa, arrastrando el pellejo de lo que fue vejiga hinchada de ideales, a través este itinerario de cadáveres que la peste negra va dejando por una Europa que, como dicen de las brujas en la pira, supura horror y condenación.

Mi señor no asimila que la peste haya sido el premio que la Cristiandad haya obtenido de esta Cruzada de donde venimos, y mella las horas atormentándose por el telón de silencio y oscuridad que vela a Dios. ¿Acaso puede brillar o hablar lo que no existe?, me atreveré a preguntarle cualquier día, hastiado de su taciturna compañía, del espectáculo de su austera desolación, de su aspecto recomido y reconcomido, y del laconismo y la adustez demacrada de un rostro que parece de piedra tallada por un escultor cicatero, intentando no contagiarme del rictus mustio y de la escualidez de espíritu de este albino de mal agüero.

¿De qué le sirve ser caballero y haber cursado Teología si ignora lo que yo, un simple escudero, sabe, que no hay virtud tan noble como el vicio, que toda metafísica se reduce a la carne y lo único cierto de la liturgia es el vino? Que tenga que cargar con sus armas y escudos no implica tener que arrostrar sus silencios –más plúmbeos que aquéllas-, pucheros y perplejidades. Al fin y al cabo hemos participado en la misma bacanal de sangre, nos han contagiado idénticas infecciones, y, gemelos que hemos sido en la desgracia, no puede achacar sus tristezas a las atrocidades que hemos visto, pues yo sigo pletórico de vida y sediento de placeres.

Ayer nos detuvimos en una iglesia donde un pintor retocaba sus frescos, que representan la Danza de la Muerte. Nos dijo que ésta atrae a más público que los desnudos y las pinturas obscenas. Parece que a los peregrinos les gusta aterrorizarse y disfrutan con el miedo, y los curas negocian con eso y con el sentimiento de culpa de quienes toman la peste como castigo de sus pecados. A esos cuervos les conviene el aturdimiento con que, al modo del vino, el terror y la fascinación de la muerte paralizan a todo el mundo, y que se siga ignorando que la Providencia tiene la lógica de los dados. Entre los hombres la culpa y el miedo se contagian más fácilmente que la peste. En cada aldea asistimos a procesiones de penitentes que entonando el Dies irae se flagelan y laceran en un cuadro no menos lamentable que los enfermos arrancándose las pústulas, dislocando los miembros o mordiéndose las llagas entre chillidos de agonía. Europa toda se ha convertido en un ensayo general para el Infierno.

A la salida de la iglesia, algunos se disponían a quemar a una pobre adolescente con la excusa de que había tratado con el Maligno, como si ofreciéndole aquel sacrificio a la manera de los paganos antiguos pudieran aplacar la ira de Dios y la peste amenguase. Ante crueldad tan disparatada, cerca estuve de acompasarme al pesimismo de mi amo, que salió cataléptico de silencio y palidez, atónito de incredulidad e incomprensión ante la ignorancia y la maldad de aquella gente.

Tomamos el camino del norte, aunque los cuatro puntos cardinales llevan al mismo punto, gritaba el silencio de mi señor, como un eco de aquel otro silencio mayor. El ciego y blanco pájaro de la muerte sobrevuela el continente, ciertamente, pero ya que cuando nos atrapen sus garras nos trasplantará al imperio de las sombras, al país de la nada y la ausencia, ¿por qué no usufructar lo que de bueno nos queda? Bastan un giro del gozne de la voluntad, un esguince del ingenio, para desertar de la melancolía. Ya que ninguna rosa exhala el perfume de la eternidad, me conformo con que me deslumbre el fulgor del instante o el relámpago de una alegría, con atisbar el efímero perfil de la belleza. Cada mujer que nos cruzamos en el camino promete al menos media hora de felicidad sobre el heno y cada pellejo de vino contiene tres horas de olvido, y sin embargo mi señor se obstina en hundir esa cabeza de galápago suya y prolongar la marcha al ritmo de su bayo, tan descarnado y decrépito de mataduras como su misma alma. Lo veía más espiritado que nunca, con la convicción de que su vida entera había sido una búsqueda sin sentido, un tanteo en la oscuridad, ya parecía más allá de la desesperación, en el horroroso páramo de la indiferencia.

Sorprendí saqueando una vivienda abandonada al muy digno Raval, el seminarista culpable de mis desdichas en Tierra Santa, puesto que fue él quien abarrotó la imaginación de mi amo con fantasías y embelecos que lo decidieron a abandonar a su recién tomada esposa y a embarcarse en la Cruzada. ¡Horrísona palabra que equivale a hierro y muerte, estandartes y sangre! Y habituado a eso, a punto estuve de marcarle a Raval la cara a cuchillo, pero me conformé con arrebatarle de las manos la doncella que iba a violar, la muchacha blonda y rubia que se ha acogido a mi amparo. Aunque es bella y modesta, por desgracia no ayuda a llenar los incómodos silencios de mi amo, por lo que no puedo sino consolarme con mis tonadas obscenas y blasfemas.

Más adelante se nos unieron una simpática pareja de cómicos con su pequeño. Al marido lo había rescatado en la taberna otra vez del cuchillo de Raval, al que ahora sí le tajé la mejilla para que no volviera a entreverar sus pasos con los míos. La compañía parece haber animado algo al amo, aunque de vez en cuando se queda aparte, como alucinado o ebrio de melancolía, y hace un rato lo he sorprendido en el claro mascullando solo, entregado a un diálogo imaginario con un personaje cuya voz gutural él mismo imposta, y con quien aparenta jugar al ajedrez como si no lo hiciera contra sí mismo.

Aunque no sean doctos en escolástica ni peritos en San Agustín, estos titiriteros parecen expertos en alegría y no merecen compañía tan lúgubre. Ambos poetas y cantantes, malabaristas y juglares, sueñan despiertos, su arte los hace aptos para la maravilla y los une el amor por la vida al viento de su libertad y trashumancia. Y esta misma noche empezamos a cruzar el bosque que dicen plagado de lobos y ladrones, espectros y demonios, ya cerca del castillo, pero no por eso más seguros a través de este sendero traicionero en donde se adensan sombras y amenazas.

Pero aquí y allá también brillan luciérnagas, esas luces diminutas que parpadean y también pueden deslumbrar como chispazos de eternidad.         

                                                                                                                                                                   

sábado, 19 de enero de 2013

SOLO SE VIVE UNA VEZ


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Ya lo decía mi madre: la vida nunca abrocha el botón al ojal que le corresponde y, paticorta y despareja, siempre luce desaliñada, inexacta, insatisfactoria. O te deja la camisa abierta o incluso sin ella, para que te mueras de frío. Y así, el mismo desajuste que ha hecho que todo el mundo crea culpable a Eddie Taylor ha provocado que Joan ignore al hombre que mejor puede cuidarla, yo, Stephen Whitney, Defensor del Pueblo, y prefiera a Eddie, como sintiéndose solidaria con su desgracia, ya que los partidarios de la mala suerte nos enamoranos de aquello que más puede herirnos y perseguimos nuestro daño y destrucción como al más deseable de los amantes.

¿Quién no ama lo que más le perjudica? Sin ir más lejos, nada me duele tanto como esta misma reflexión. Nada salvo pensar en los ojos rasgados de Joan, que parecen irradiar toda la luz y tristeza de la noche, en su pálida delicadeza, que casi le deja las venas a la vista, en su vulnerable ternura y en ese aire absorto que le hace parecer tan lejos de mí. La expectación y la felicidad la alejaban en la oficina la tarde previa a que liberasen a Eddie. Había cumplido su tercera condena. Aunque Joan lo había conocido en un baile antes de que lo juzgaran y él le había mentido con sus protestas de inocencia, ella acabó por convencerme de que lo representara y para entonces, tres años después, le había conseguido la libertad bajo palabra. Estaba seguro de que era un buen chico que solo se había equivocado de barrio y compañías.

En todo caso es típico de mí utilizar en mi contra el escueto poder que tengo y estrangular mis últimas posibilidades con Joan liberando al hombre que ama. Aquella tarde a que me refiero, antes de ir a recogerlo a la puerta de la cárcel, mientras ella chispeaba de alegría y abrazaba en el aire el fantasma de un Eddie que no tardaría en materializarse, yo me ahogaba de tristeza y el cadáver de mis ilusiones ni siquieta era aún capaz de ascender a la superficie. Nunca habría creído que pudiera entristecerme así la alegría de Joan y con tal de penalizarme le concedí dos semanas de vacaciones para que celebrasen su simulacro de luna de miel. Justo el tiempo que él tardaría en incorporarse al puesto de transportista que le había encontrado; solo me faltaba comprarles la cama de matrimonio.

Estaba seguro de que estaban condenados a la felicidad: para Eddie no había mejor reinserción social que el amor de Joan. La única sombra que los perseguiría como una maldición sería la de los prejuicios contra los ex convictos. Y así, en aquellos primeros días, con Eddie recién salido de la prisión y yo ingresado en la soledad –cómo la odio desde que conocí a Joan-, principiaron los problemas. Los expulsaron sin motivo de una pensión. Ella me lo contó de vuelta, pero de lo que los dos tardamos más en enterarnos fue de que a Eddie su jefe lo insultaba, vejaba y hasta lo despidió por un retraso de media hora en una ruta de varios días con el camión.

Es imposible que un ex delincuente se reforme si quienes lo rodean siguen considerándolo un criminal; al final todos nos comportamos según lo que se espera de nosotros. Lo cierto es que Joan y Eddie ya habían abonado la entrada por una casita en el campo. Y a Eddie, sin dinero para afrontar el primer plazo y sin encontrar otro empleo, después de suplicarle en vano a aquel tipejo que lo readmitiera, debió acosarle la tentación de volver con sus antiguos correligionarios cuando por casualidad se cruzó con ellos.

Ahora él jura y perjura que no ha participado en el atraco al furgón que aquéllos perpetraron a las puertas del First National Bank, y que aunque le pertenece, el sombrero que con sus iniciales fue hallado en el lugar del crimen lo colocaron sus antiguos compañeros para achacarle el golpe. Y yo creo que dice la verdad: la vida es lo bastante chapucera para que sea así. Como decía mamá, la camisa siempre está coja, despareja o desabrochada. Y rehabilitado por el amor, es imposible que se haya arriesgado a una cuarta condena que en este estado lleva conlleva la silla eléctrica. Ojalá pudiera creerlo culpable.

Desde luego, para Joan también es inocente. De hecho, confiando en que le harían justicia, lo instó a entregarse. Por mi parte, le guardo a Eddie una especie de confianza de segundo grado. Confío en él porque la persona que amo así lo hace, y los ingenuos creemos en la clarividencia del amor. De todos modos, es imposible seguir siendo un criminal si Joan te ama. En ese caso hasta yo me rehabilitaría de mi resignación y me reformaría de mi tristeza.

Y sin embargo, acaban de declararlo culpable. Los miembros del jurado han mirado a Eddie con la misma actitud de los dueños de aquella pensión o el gerente de la empresa de transportes. En realidad esta situación se parece a una enfermedad contagiosa, a una cadena de sufrimientos o una cuerda de presos. La desgracia se ha enamorado de Eddie, para librarlo de ella Joan lo ama cuanto más lo acosa la otra –celosa-, y mi amor por Joan aumenta conforme mis posibilidades con ella tienden a cero.

Y los tres apreciamos demasiado a nuestra mala estrella como para que alguna noche deje de ensombrecernos el camino.   

                                                                                                                                                                 

miércoles, 16 de enero de 2013

DÍAS SIN HUELLA




                   


Conmigo, Wick Birnam, el hermano menor de ese borracho de Don, hasta ahora la vida se ha portado como una mujer fatal que se entrega a todos menos al que la ama de veras.  Justo al revés de Don, que todo lo desgrana sin haberlo cultivado. Predilecto de nuestra madre, aunque a los quince ya volvía a casa en zigzag, trazando arabescos con los pies y dejando una estela alcohólica, papá lo envió a la universidad porque, aunque sacaba peores notas que yo, decía que tenía más posibilidades, y nada menos que a Cornell, porque un tal Nabokov impartía allí clases de escritura creativa. Don quería dedicarse a la literatura y creía que bebiendo como Faulkner o Hemingway lograría un estilo parangonable al de ellos.

Antes de irse lo eximieron del servicio militar y yo ingresé en el mundillo de los seguros. En la facultad debió prolongar su idilio con la botella, pues apenas aprobó nada en dos años y volvió a casa con la excusa de que quería escribir a tiempo completo. Seguro que emborrachando al editor de turno logró publicar un cuento, “La Botella”, en no sé qué revista, y la familia toda lo coronó de laureles y pámpanos como a Baco mientras yo no paraba de rellenar pólizas en la oficina y recibía palmaditas de consuelo por no tener su talento. El cual se reducía a escandir y libar todo tipo de licores.

Sin embargo, después del accidente que mató a nuestros padres, aquel joven tan brillante vivía a mi costa y hasta le daba yo dinero suelto para cigarrillos, asistir a algún concierto (su aria favorita es el brindis de “La Traviata”) o, por supuesto, mantener a su querida –la botella-. Don no paraba de llenar papeleras y vaciar copas. La verdad es que si me ofrecí a mantenerlo hasta que publicara, fue para demostrale que nunca lo conseguiría y enseñarle al mundo cuál de los dos hermanos era el realmente inteligente. Hoy en día su imaginación se reduce a encontrar sitios donde esconder botellas.

Pero se me apretó la primera tuerca del tormento cuando me enamoré de Helen, la novia de Don, que por supuesto no la merece. Y mientras ella se afana en dilucidar el inconcebible movimiento que lo libre del jaque mate, ni siquiera se habrá fijado en el otro jugador. Dudo de que sepa el color de mis ojos. Y eso que desde el principio, aparentando encubrir sus borracheras y darle cobertura en las resacas, intenté presentarme ante ella como el hermano abnegado y generoso, lo cual también me valió para retrasar su conocimiento del problema (Helen debe tener embotado el olfato). Al seguir idealizando a Don durante más tiempo, yo esperaba que al final su imagen caería de un pedestal más alto y se rompería en un millón de añicos. La primera vez que ella vio rodar una botella debajo de la cama., aparenté que el borracho era yo para hacerme el noble a sus ojos, sabiendo que la verdad no tardaría en aflorar.

Eso fue hace bastante. Esta tarde, en teoría para coronar una cura de diez días de abstinencia, habíamos quedado él y yo en irnos a la granja familiar y pasar allí el fin de semana. Íbamos a coger el tren, pero Don aprovechó que a Helen le sobraba una entrada del concierto para animarme a acompañarla con la excusa de que no fuera sola y de que a mí me gusta Brahms más que a él (su músico favorito es aquel borrachuzo hermano de Haydn). Aunque ella no era partidaria, para darle ocasión de recaer aparenté admitir sus protestas de sobriedad y le hice jurar –yo sabía que en falso- que tomaríamos el tren de las ocho. Antes de salir le encontré una botella colgando del marco de la ventana como del último hilo de esperanza. Mientras me aseguraba que la había puesto allí antes del último período de abstinencia, disfruté observando los sedientos ojos con que me vio vaciarla en el lavabo. Si la pobre Helen se hubiera estado desangrando, no habría él puesto esa mirada de sorda desesperación.

En el ascensor tranquilicé a Helen diciéndole que no le quedaba dinero, que todos los camareros del barrio estaban advertidos y en el piso no quedaba ninguna botella más. Por supuesto, una sonrisa invisible se esbozaba tras mi clásico rictus de responsabilidad. Seguro que en aquellas tres horas Don apuraba litro y medio de cualquier parte, quizá hasta se pusiera a gritar viendo culebras y murciélagos, y a la vuelta el espectáculo que nos encontraríamos convencería a Helen de que la partida estaba perdida. Abandonaría y por fin yo me comería a mi reina. Despiés de haber tolerado a semejante cafre le resultará irresistible alguien como yo, que desayuna cereales, va al gimnasio y a la iglesia, trabaja en la misma oficina de seguros desde hace quince años y no bebe más que un vaso de leche antes de acostarse a las diez –los fines de semana a y media.

Lo mejor del caso es que le he dejado a Mrs. Foley, la limpiadora, los diez dólares de su paga en el azucarero sabiendo que él los encontrará y que el dueño de ningún colmado va a perder la ocasión de hacer una venta. O dos, porque como ya no le importa la calidad del whisky, tendrá para un par de botellas. Y si no encuentra el billete, ya se las arreglará. Ni un general ante el campo de batalla, ni un inversor en la Bolsa, ni siquiera el escritor que nunca será ante la hoja en blanco, despliegan la energía y la astucia de un alcohólico para procurarse el siguiente trago.

De vuelta del concierto no lo hemos encontrado en casa. ¡Estará acoplado a cualquier barra creyéndose un poeta o ahogando en whisky su frustración por no serlo! Así que ante Helen me he hecho el ofendido, he renunciado a la menor responsabilidad respecto a él y cogido un taxi hacia la estación. Oficialmente he desamparado a Don. Ella estará buscándolo por los bares del barrio; para el lunes, cuando yo esté de vuelta, ya se habrá desengañado del todo.

En estos días de borrachera espero que a Don se le prendan las sábanas con un cigarrillo o se ahogue en su vómito. Aunque estos años he disfrutado viéndolo humillarse y degradarse, y varias veces, con la excusa de que reaccionara, le he atizado cuando más indefenso estaba, la verdad es que ya estoy tan harto de la situación como si de veras hubiera intentado que se curase. El problema de los hipócritas es que nuestro trabajo a tiempo completo es agotador y hasta en sueños hemos de disimular lo que hablamos junto a invisibles compañeras de cama. Helen también está harta y no tardará en olvidarlo. Los seguros ya se me han quedado pequeños y sus padres son millonarios.

Teniendo en cuenta  el estado en que estaba Don el día que lo conocieron, seguro que ellos me prefieren a mí. Sería la primera vez que alguien lo hiciera.                      

                                                                                                                                                                                                                                                     

domingo, 13 de enero de 2013

TRES PADRINOS


                   


Es lo que les digo a los padres de los alumnos cuando me preguntan por el futuro de sus chicos, que creemos elegir el camino pero en realidad somos nosotros mismos el camino por donde ruedan los hechos, somos la piedra y a la vez el vehículo que elige el destino para cumplir su palabra. Tom y yo elegimos la ruta del desierto porque aunque es más larga parecía más limpia de peligros, y al final nuestra calesa ha encallado en este mar de arena que menos al niño nos servirá de sepultura.

Hace una semana que Tom y yo salimos de nuestra granja de Nueva Jerusalén para celebrar con mis tíos la Navidad en Welcome, Arizona, el pueblo del que mi familia es oriunda, y donde Pearley, el marido de mi tía, es sheriff. Yo no salía de cuentas hasta año nuevo y quería que el bebé naciera y fuera bautizado, con mis tíos de padrinos, en nuestro pueblo. Tom me lo había prometido. Seguro que el bueno de Pearly lleva ya varios días subiendo cada mañana a la loma intentando atisbar a lo lejos la nube de polvo de nuestro carro, pero solo podrá ver el de sus esperanzas de vernos disgregándose por el horizonte.

Aunque veníamos abastecidos de agua, le insistí a Tom que no se dejara atrás el desvío de Terrapin para reponer los barriles en el depósito; el pobre era muy despistado y, pese a que masculló protestando por mi insistencia, al despertar y salir al pescante, advertí que no habíamos dejado el sol al oeste: había olvidado tomar el cruce. Volvimos y perdimos casi medio día.

Tan soñador y delicado como es –era, no me acostumbro a…-, Tom no acababa de adaptarse a la vida de campo. El sol le pintaba ronchas en la cara, pálida de ensoñaciones, y a la segunda paletada en el huerto ya estaba resoplando. El único defecto de Pearley es el de impacientarse con él cuando nos vemos; si intentando partir leña lo ve a punto de amputarse un pie, o vuelca el cubo de la leche recién ordeñada, le da la espalda y se dirige a mí haciendo visajes de sulfuración y en los labios puedo leerle que me pregunta cómo he podido casarme con semejante mentecato. Perley es todo lo contrario que él, un hombretón recio y práctico, de puntería exacta y con el ímpetu de un toro, al que cada cuatro años los vecinos renuevan su confianza. Y justo por eso, como le digo a mi tía, es perfectamente impermeable a la poesía.

Si la gente critica a Tom por ser pusilánime y odiar a los caballos, si con más o menos razón lo llaman incapaz o debilucho, y lo acusan de ocultarse debajo de la cama en cuanto oye un disparo o hasta a un estornino que confunde con una señal de los sioux, es porque en el Oeste la gente es demasiado ruda para apreciar su imaginación, la sensibilidad de su carácter, su reconcentrada timidez, la delicadeza de sus modales, rasgos que aunque lo hagan poco apto para el trabajo lo convierten en el marido más dulce y distinguido al norte de Río Bravo… siempre y cuando no tenga una botella de whisky a su alcance… Es verdad que se distrae fácilmente y que como todos los poetas es algo torpe y lento, vago y amigo de parrandas y mujerzuelas, pero nadie ve la otra cara de la moneda… y sigo hablando de él como si aún viviera…

Finalmente, hace cuatro días, llegamos aquí, al depósito de Terrapin, donde el agua no parecía precisamente rebosar. Como empecé a sentirme débil y con náuseas, me vine a echarme bajo la capota, no sin advertirle que sacara la arena y esperase a que el sumidero se llenase, y cometí el error de dormirme. No sé cuánto después me despertó una explosión, me asomé alarmada y aturdida por igual, y tardé en comprender qué había pasado. Como Tom era enemigo jurado de la pala, no se le había ocurrido sino poner un cartucho de dinamita para hacer brotar el agua como si este pozo fuera un surtidor de Versalles. Lo encontré a cuatro patas, ileso. Todo lo contrario que el depósito, que había quedado inutilizado para siempre. El explosivo agrietó el fondo de granito y destrozó los lados, con lo que lo ha secado para siempre, y por culpa de Tom en los próximos años, junto a mi esqueleto, se descarnarán decenas de cadáveres de viajeros que habrán calculado sus reservas a la gota antes de llegar aquí.

Me indigné tanto con Tom que a punto estuve de llamarlo inútil como hacía mi tío y empezaron las contracciones. Para colmo había dejado sueltos los caballos, que fueron a lamer el fondo del pozo y locos de sed salieron desbocados. Él salió tras ellos y después de cuatro días he perdido las esperanzas de que vuelva. Se habrá perdido y perecido: el sentido de la orientación tampoco era su fuerte.

Ayer se me acabó el agua, y cuando empezaron los calambres mis plegarias fueron oídas y providencialmente llegaron estos tres viajeros a socorrerme. Son Bob, el que me encontró, un caballero alto y robusto, de mirada pura y expresión honrada; William, un ingenuo joven de pelo color zanahoria y pecas; y Pedro, el que esta noche me ha ayudado a alumbrar a mi hijo, un mexicano burlón y pendenciero, pero de buen fondo. Llegaron tan exhaustos, sedientos y harapientos que pensé que los forajidos les habrían robado los caballos; pero de lo huidizo de sus ojos, los gestos furtivos y la manera en que miran por encima del hombro, he concluido que los forrajidos son ellos.

Y sin embargo, en esta situación no elegiría a nadie mejor que los tres para salvar a mi hijo y llevarlo a través del desierto a casa de mis tíos. La nobleza de sus sentimientos y la emoción genuina de sus actitudes me han convencido de la sinceridad de sus juramentos de hacerlo, como si hubieran encontrado en mi hijo la ocasión de redimirse o el secreto motivo de que sus erráticos –y errados- pasos los hayan traído aquí. Puede que me haya equivocado en juzgar a alguna gente, quizá he idealizado demasiado a Tom, pero si de algo en mi vida he estado segura es de que puedo confiar más en estos tres que en la mayoría de quienes se proclaman del lado de la ley.

Para comprometerlos más como padrinos, y como en verdad si llega a ser hombre será gracias a ellos, le he dado al niño el nombre de los tres: Robert William Pedro. Si sobrevive, el pobrecito no tendrá quien lo arrope por las noches, ni quien le cure las heridas o le enseñe a rezar; y lo peor de todo es que nunca conocerá a su padre.

Qué extraño, pensé que había amanecido hace un rato y sin embargo está anocheciendo…     

                                                               
                                                                                                                                                                                              

jueves, 10 de enero de 2013

ESPARTACO


                   


Si bien es fácil saber que tarde o temprano todas las historias acabarán en un puñado de cenizas desmenuzadas en una urna funeraria, no lo es tanto conocer exactamente cómo o cuándo empezaron. Por ejemplo, mi relación con Espartaco se inició porque me quedé sin gladiadores en mi escuela de Capua y me dirigí a las minas de Libia, mi cantera de ellos. Pero necesitaba gladiadores porque uno de los cónsules es aficionado a los combates y me había dispensado licencia para abrir otros dos baños públicos; y si yo necesitaba invertir en dichos establecimientos era para evadir del erario las comisiones ganadas en el comercio de trigo de Hispania, esa corrupta provincia; y si el trigo… En fin, lo que digo, que no se puede desovillar el pasado hasta el principio.

Convengamos en que todo empezó aquella ardiente mañana en que por unos pocos denarios libré a cierto esclavo tracio llamado Espartaco de la condena a muerte por haber mordido a un soldado en la pantorrilla (como a los caballos, les mido a los esclavos el vigor por la dentadura) y me lo llevé a Capua, a ver si mi capataz, el liberto Marcelo, podía hacer un gladiador de él. Después de concluir negocios tan prósperos decidí quedarme una temporada allí. Era mi residencia favorita y tengo en Roma un apoderado que no me engaña más de lo justo. Aunque me horroriza la sangre, y por ello procuraba que la muerte nos visitara lo menos posible, adoraba aquel lugar por el espectáculo de musculosos torsos brillantes de aceite, de fibrosos miembros y bíceps a punto de estallar, por el florecimiento de tanta fuerza en plena tensión y de bellezas estatuarias que… , pero tengo que reportarme, aunque en Roma ya nadie se engaña respecto a mis gustos y por lo demás estos están tan extendidos en el Foro como el uso de la litera.

Pues bien, fue Espartaco aprendiendo su oficio, y por más que le había salvado la vida y rescatado del azote del sol y del látigo, y por lo demás en mi escuela se comía bien, los esclavos tenían cubículos propios, recibían todo tipo de cuidados y a algunos hasta yo mismo les daba masajes, él no deponía su actitud hosca y altanera, más digna de un patricio. ¡Ya podría haber empezado la revolución de los esclavos en cualquier casa de los patricios, que con tanto rigor los tratan, en vez de en la mía, donde incluso nos ocupábamos de su vida sexual!

Como iba diciendo, Espartaco tenía la mirada de hierro, el odio forjado en el ceño, y con el sudor en los hoyos de las mejillas y en la hendidura de la barbilla parecía destilársele el más acerbo furor, salvo cuando se cruzaba con la esclava Varinia, la única capaz de suavizarlo. Con la que, por otro lado, era sexualmente impotente. Son curiosas las formas que puede adoptar el amor, desde el paralizante magnetismo que los unía a esos dos, a la agitada carnalidad de mis múltiples y simultáneas uniones.

Todo fue bien hasta que amaneció el nefasto día en que Marco Licinio Craso, primer general de la república, y su favorito Publio Gabrio vinieron, con la hermana y la prometida de éste, a honrar mis umbrales, y me apresuré a cubrir la efigie de Graco –el tribuno- y a disponer los mejores vinos. Partidario de los poderosos, captador de prebendas y voluntades, pese a mi opulento vientre, en política soy una especie de equilibrista que sin mirar a izquierda ni a derecha se apresura a alcanzar sus estancias favoritas, el atrio o el gineceo, y como virtuoso de todo vicio y de ninguna virtud vicioso, alterno con todos los partidos. No tengo otro remedio: incluso en gastronomía mis gustos son muy caros.

Así que hice por agasajar a visitantes tan ilustres como Craso y Gabrio, que venían con las mujeres a presenciar un espectáculo de mis hombres. Craso se encaprichó de la esclava Varinia y aproveché su debilidad para vendérsela por dos mil sestercios; uno de sus muchos talentos es ser ambidextro, uno de esos afortunados que gustan tanto de almejas como de cigalas. A ellos dos me bastó con adularlos para que me ofrecieran veinticinco mil sestercios por el combate, pero aquel par de harpías insistieron en que los míos pelearan a última sangre y en seleccionar ellas mismas a los cuatro que lucharían, como en un harén masculino donde se eligiera para la muerte y no para el amor. Espartaco sería de la partida.

Siempre he detestado los combates a muerte porque luego una sensación de descontento tan duradera como una de mis resacas impregna la arena, se vicia nuestro ambiente de camaradería, y el siroco del desánimo sopla sobre los hombres, que se vuelven taciturnos. Pero lo que nadie esperaba fue lo que ocurrió esta vez. A Draba, el gigante etíope que tenía a su merced a Espartaco, cuando las damas hundieron los pulgares, en vez de ensartarlo con el tridente, no se le ocurrió sino lanzar éste sobre ellas y escalar el palco, donde el mismo Craso tuvo que degollarlo. Ahora comprendo el significado de aquel gesto. Gracias a aquel etíope los gladiadores comprendieron que sus verdaderos enemigos no estaban en la arena, sino mucho más arriba.

Y aquella noche el valor y el orgullo debió henchir como un sueño de portentos las conciencias de los esclavos, que al día siguiente se rebelaron en las cocinas y asesinaron al bueno de Marcelo. Como odio las peleas fuera de la arena, decidí ocuparme en persona del traslado de Varinia a casa de Craso y brindé a mis subordinados la oportunidad de sofocar el motín. A medio camino ella se me escapó y no había alcanzado la Via Apia cuando supe que los esclavos, capitaneados por Espartaco, campeaban por mis propiedades.

Ocupé mi casa, próxima al Senado, y para evadirme de mis problemas mandé a mis efebos griegos que trajeran vino de su país, clausuré mis puertas y durante largo tiempo nadie pudo ver por la calle a esos estilizados jóvenes ni la oronda figura de cierto negociante que acababa de perder sus propiedades de Capua, ni consolarlo por ello. Paulatinamente, a través del muelle acolchamiento que velaba mis sentidos, me fueron llegando noticias de cómo Espartaco y los suyos saqueaban y quemaban más de cien propiedades y a su paso iban levantando a los esclavos en una sublevación inusitada.

El día que mi resaca remitió del todo supe que aquel temible ejército irregular había vencido al mismo Glabrio que contra ellos comandaba la guarnición de Roma, el mismo que acompañó a Craso en aquel último combate en Capua. Ya he dicho que se sabe cuándo se gestan los acontecimientos tan poco como las tormentas; y si aquel infausto día no hubieran decidido visitar la escuela, la historia de Roma habría cambiado.

Primero los romanos cometieron el error de infravalorar a Espartaco; nadie mejor que yo sabe cuánto puede un ejército de gladiadores. Y ahora que han pasado al otro extremo y el pavor invade el Foro como una crisis financiera y muchos hacen el equipaje creyendo a Espartaco a las puertas de Roma, ha llegado la hora de resarcirme y comprar barato las residencias de esos cobardes.

Solo los borrachos y los poetas, los locos y los niños pueden creer que algún día Espartaco conquistará Roma y los esclavos olvidarán sus cadenas.                                                   

                                                                                                                                                                                             

lunes, 7 de enero de 2013

LA TABERNA DEL IRLANDÉS



                           


En ningún salón de París hubieran adivinado que yo, André de Lage, barón de Fienno, caballero de la Legión de Honor, coronel honorario, etc, etc, a quien se abrían de par en par las puertas de las más altas dignidades y embajadas, cuya galanura y encanto brillaban por anticipado a la luz de las más elegantes arañas, el eco de cuya portentosa voz parecía destinado a resonar a través de los mármoles del poder, acabaría marginado como gobernador de Hateakaloha, esta ignota isla de los Mares del Sur. ¿Cómo han podido encallar tantas esperanzas en estos arrecifes del aislamiento y orillas de penalidades?

Mártir de la bandera francesa, paso el día torturado en la hamaca tendida en la pérgola de mi mansión, acuciado por la duda sobre si mezclar el ron con piña o con cola, tolerando como puedo el rumor de las olas y la contumacia de un termómetro que no se mueve de los veintisiete grados, deslumbrado por la reverberación del sol sobre la escalerilla de la piscina y por el resplandor de los zafiros y turquesas del mar y el cielo mezclándose a lo lejos en una confusión insoportable. Segregado de la civilización, en vez de disfrutar de una instalación de agua caliente tengo que permitir que un desfile de tropicales bellezas primaverales me la traigan en cántaros que sobre su cabeza reproducen las curvas de sus siluetas; y mi dieta se reduce a marisco, pescado, coco y dátiles. Como la red del chinchorro, se pliega y despliega el  muelle de mi existencia. Las horas se deslizan hacia la noche con la monótona tersura de las pieles de las nativas; fluye la luz del día con la misma lentitud que sus cuerpos se mueven sobre el mío, y con esa dinámica tan perversa las noches se eternizan hasta que al fin un horizonte de plata se tiende como la siguiente joven en mi hamaca.

Y así hasta que un día llegó Gilhooley y de una vez se rompió inercia tan nociva. Desde mi periscopio, a la sombra del parasol de mi criado chino, vi cómo lo agasajaban las nativas con besos y collares de flores. En esta isla inmoral, salvo el doctor Dedham y yo mismo, nadie tiene ninguna ética de trabajo. Al momento todo el poblado se puso a bullir de expectación ante el ritual de la pelea a puñetazos entre Gilhooley y Guns Donovan. Los dos –y también el doctor- coincidieron aquí en la guerra, cuando los americanos expulsaron a los japoneses de la isla, y desde entonces el día de su cumpleaños, que como si el destino los hubiera vinculado coincide, dirimen a golpetazos sus íntimas rivalidades en la taberna de Donovan. El paso del tiempo no hace sino atizar esta entrañable discordia que pese a que nadie se toma en serio y se ha convertido en la celebración de una leyenda, no por eso resta crudeza al huracán del combate. A su paso, el bar queda arrasado por un pánico de botellas rotas, mesas cojas y taburetes al vuelo.

Y ayer mismo otra novedad vino a agitar como una coctelerta o unas maracas este tedio típico del trópico. Resulta que por primera vez en cinco años pasó un barco de pasajeros a sotavento de la isla, que ha recibido la visita, procedente de Boston, de la ilustrísima Amelia Dedham, hija del doctor. Desde que mi corredor de bolsa me hubo informado de que la joven tiene una fortuna estimada en dieciocho millones de dólares, no me hizo falta conocerla para que el eco de su nombre ya pulsara en mi interior los acordes del amor.

No habíamos conocido su visita con suficiente antelación para avisar al doctor, que se encuentra en una de sus giras de inspección sanitaria. Dado que Amelia es hija legítima del doctor, que al fin de la guerra prefirió quedarse aquí y formar una familia con la difunta Manutami, y como ella viene de la estricta Boston y aún no conoce a su padre, a mi criado se le ha ocurrido que hagamos pasar a los tres niños que Mr. Dedham  tuvo de la aborigen por hijos de Guns Donovan. Secundé la idea porque si a ese bruto se le ocurre disputarme a Amelia, se verá lastrado por inesperadas cargas familiares. Espero que a los pequeños, ignaros de la hipocresía de los mayores, no se les escape ninguna palabra que descubra a Amelia el engaño antes de que nos hayamos casado. Y ahora que lo pienso, no permitiré que sus abogados incluyan ninguna cláusula de separación de bienes.

En todo caso Donovan y ella no principiaron bien sus relaciones, porque el muy torpe, carente de mi refinada cortesía, la dejó caer al agua en el trasbordo a la barca. Cuando desembarcaron y se me reveló la belleza de Amelia, una aurora flamígera resplandeció en el aire: ya no tendría que casarme por dinero. Eso sería demasiado vil para alguien de mi distinción. Siempre he sido enemigo del matrimonio, pero por ella estoy dispuesto a renunciar a mis convicciones e incluso al aburrimiento que desde el principio me ha deparado este islote. Ya que mis superiores se niegan a trasladarme a Hollywood o a Miami Beach, renunciaré a mi empleo después de la boda. Gilhooley tampoco será rival; nada más conocerla no se le ocurrió sino preguntarle en qué tugurio portuario se habían conocido.

Esta mañana luzco mis mejores galas, me acabo de poner la más resplandeciente de mis sonrisas postizas y desplegaré ante ella la cola de pavorreal de mis galanterías. Pondré a su disposición mi auto, mi chófer y mi persona toda invitándola a un recorrido por la costa con un aperitivo helado incluido. ¡No podrá reistirse! ¡Nada menos que dieciocho millones de dólares!

Y no lo digo por el dinero, sino porque una pitonisa me dijo que el dieciocho es mi número de la suerte.                                  

                                                                      

viernes, 4 de enero de 2013

LAWRENCE DE ARABIA



                   


Todos conocemos hasta el empacho las hazañas de Lawrence de Arabia, su incorporación al Servicio de Inteligencia Militar de El Cairo al estallido de la Gran Guerra y su misión de sondear la disposición de las tribus de la península Arábiga a rebelarse contra los turcos, su encuentro con Faysal o con Auda, la toma de Aqaba, la guerra de guerrillas contra los otomanos y la voladura de ferrocarriles, la captura de Damasco… Y ahora, esta poética superproducción que David Lean estrenó el año pasado viene a amplificar la sombra de una leyenda que solo yo, Jackson Bentley, forjé hace treinta años con mis artículos de corresponsal desde el mismísimo teatro de operaciones, ya que me incorporé a las tropas irregulares de beduinos comandadas por el propio T. E. Lawrence.

En efecto, había llegado yo a la región en una coyuntura en la que todos necesitábamos un héroe: los partidarios de que EEUU entrara en la guerra, Faysal para su imposible causa de crear un estado árabe –idea que le inspiró Lawrence-, el ejército británico para mantener la moral y mi jefe para aumentar la tirada del Herald. Tan conocido como todo lo anterior es el desencanto con que Lawrence abandonó Arabia tras solicitar su relevo al general Allenby al descubrir la oquedad de las promesas que su propio país y Francia habían dado a los árabes, pues por mediación del tratado Sykes-Picot ambas potencias se repartieron la península en sendas zona de influencia.

En cambio, lo que casi todo el mundo ignora (menos los veteranos lectores del Herald) es qué fue de Lawrence a partir de que dejó atrás su querido desierto y desde la ventanilla del avión vio el último destello de aquel océano de arena que para él era el puro cielo, hasta que murió en 1935, hace ya casi treinta años. De modo que solo los suscriptores más antiguos del periódico recordarán, si es que sus neuronas no han sufrido cortocircuito, que igual que fui el cronista de su gloria, gracias a la entrevista que en 1934 milagrosamente me concedió en su casa de Clouds Hill, también me convertí en testigo de sus años de decadencia, paradójicamente más tortuosos que sus sedientas marchas a través del Sinaí.

A su regreso de la guerra se recuperó fácilmente de la desnutrición y demás secuelas físicas con que venía lastrada su constitución (medía veinticinco centímetros menos que Peter O’Toole y parecía macrocefálico), pero ni siquiera su voluntad de acero pudo contra los traumas psíquicos que le reportaron sus aventuras por Oriente Medio. Y con ello no me refiero a las heridas abiertas por sus frustraciones políticas, sino a la neurosis que le impuso su desastrosa incursión a Deraa. Lawrence se había infiltrado allí con su chilaba para valorar las posibilidades de un levantamiento de la población contra los turcos. En seguida fue detenido por la policía y en la comisaría parece que el gobernador, un curioso personaje, lo tomó por circasiano. Como Lawrence rechazó sus insinuaciones eróticas, lo mandó azotar y violar.

Si bien desde entonces algunos lo notaron menos humanitario, las subsiguientes campañas militares y el típico endurecimiento del soldado veterano camuflaron las consecuencias de un shock que más tarde, en la paz de la campiña inglesa, se desató con toda crudeza. Para colmo, en una de sus desafortunadas actuaciones diplomáticas, no logró de Francia que su querido Feysal (Alec Guiness tendrá por siempre su rostro) fuera recibido en la conferencia de Versalles. Para llenar el vacío del presente no se le ocurrió sino resucitar el pasado escribiendo su historia en las más de mil páginas de “Los Siete Pilares de la Filosofía”, pero en la entrevista él mismo, con esa voz tersa y sepulcral que seguía poniendo, me reconoció ser un prosista lamentable. Y aunque la leyenda dice que oscuros espías le hurtaron el manuscrito, me dijo que camino de su editor él mismo se lo dejó en una cabina de teléfonos y cuando volvió cinco minutos después ya no estaba en la repisa. También me confesó que había sido un olvido freudiano debido a que subconscientemente sabía que el mamotreto era más árido que los desiertos que describía y que debía reescribirlo. Lo cual hizo, pero no por eso los futuros lectores  -yo mismo- dejaron de agotarse como peregrinos con las penalidades de su estilo, desorientados entre unas páginas que como puñados de arena se les caían de las manos.

Lo más significativo de su caso era que ya no se interesaba por sus antiguas aficiones, la arqueología (se graduó como historiador), el estudio de los hititas y la arquitectura de los cruzados. Traspasado por la soledad de su casa en el campo –el silencio inglés le parecía preñado de amenazas, mientras que el del desierto, que podía preceder a una emboscada, le resultaba puro-, el hastío prosperaba con la humedad del clima, su espíritu se agrietaba con las mismas rajas de la sequía en los páramos egipcios, el horizonte de su aburrimiento lo cercaba y solo se consolaba rememorando sus hazañas y combinándolas en la segunda versión de su manuscrito original, que ahora estaría sirviendo a alguien de papel de fumar.

Quien había ascendido tan pronto por la resbaladiza duna del éxito, solo podía rodar. Aunque Lawrence odiaba su leyenda y el juego de distorsionadas sombras y destellos que todos proyectamos de su figura, estaba orgulloso de sus hazañas. Y sabía que éstas no habían servido de nada (los mismos árabes persistían en sus disputas tribales) y que el resto de su vida apenas sería, como esos raros ecos que a veces produce el desierto, una sombra del luminoso oasis de su juventud. Pero lo peor era que un día se sorprendió entreverando sus recuerdos con la leyenda, y llegó a preguntarse si su paso por “El yunque del sol” no sería un espejismo de la memoria.

Quizá con una compañera habría evitado el infierno de despersonalización y odio al presente en que incurrió. Varias veces se alistó con pseudónimos en el ejército, en el 21 y el 22, e incluso en el 25, tras recibir varias negativas, amenazó con suicidarse si no lo transferían a las fuerzas aéreas. Sirviéndome la enésima limonada (como periodista creo que el whisky le habría ayudado) me dijo que con la anonimia pretendía contrarrestar aquella exacerbación de la individualidad que le habían suscitado la fama y la gloria. Pero aquella no fue la solución. Porque siempre acababa por descubrirlo algún colega de la prensa y en el ejército le daban la baja temiendo una publicidad negativa. Le perseguía el mito como un perro bulímico del que es imposible librarse.

Quería desembarazarse de la leyenda pero seguía añorando su periplo arábigo. Así que volvió a escribir otra versión –por suerte abreviada- de sus aventuras. También me dijo que se había aficionado a las motos, él, que había recorrido miles de millas a pie o en camello. Ya que le gustaba tanto el psicoanálisis, yo mismo podría haberle explicado qué buscaba en la velocidad, pero empecé a sentirme incómodo en aquel salón semi vacío donde el silencio se puso a crecer como en el desierto y él se había quedado mirando al vacío como atisbando a lo lejos una caravana de beduinos.

Murió de un accidente que tuvo con la Brough, su moto preferida, por haber acelerado al máximo camino de la oficina de correos de Bovington. No pudo ver la película de David Lean. Estoy seguro de que hubiera sido el único espectador del mundo a quien no le habría gustado: odiaba su leyenda.                            

                                                                                                                                                                                              

martes, 1 de enero de 2013

HAMPA DORADA


                       
                                         

Me amarilleaba la envidia de ver en el periódico las bienaventuradas fotos de aquellos gángsteres agasajados en la apoteosis de su éxito. El capitoste de turno presidía una mesa oblonga de mantel de hilo, las dos hileras de cabezas vueltas con admiración hacia él, que elevaba una copa con la sonrisa del triunfo, brillantes el pelo, el alfiler de la corbata y el diamante en el anular, el chaleco jalonado por la cadena de dijes del reloj, y el traje de cien dólares invistiéndolo del prestigio y la autoridad de un comandante en jefe. Su éxito no se desmentía ni cuando la imagen se desintegraba entre la rabia de mis manos arrugando el periódico.

Y yo apenas era un simulacro de gángster, una caricatura de ellos, un ratero que con mi amigo Joey iba por los pueblos atracando gasolineras y drugstores. No fui lo que se dice un niño prodigio. Hasta los veintisiete no descubrí que por el camino de la Ley no se llega a ninguna parte, y que solo el atajo del crimen lleva a la gloria.

Hasta entonces había sido vendedor de periódicos, repartidor de leche con mi padre, que había tenido una vaquería en los Abruzzos, vendedor a domicilio y camarero. Me he fijado en lo tristes que tienen los ojos los camareros. Mi último trabajo fue el menos malo, en una empresa de envío de paquetes; pero cuando me descontaron del sueldo el valor de lo que un chaval me robó a punta de navaja, decidí que a partir de entonces yo sería el de la navaja.

Como todo lo grande hierve en las ciudades, convencí a Joey para que nos viniéramos a Chicago. Accedió atraído por el glamour y las mujeres; solo ambicionaba el botín de un par de golpes para emprender otra cosa. En cambio a mí, Rico Bandello, como a todos los autodidactas, me interesa el arte por el arte. Para mí el crimen no es un medio sino un fin en sí mismo; el tacto de una culata de nácar me transmite una seguridad y poder imparables; igual que a otros el perfume de las mujeres o el aroma de whisky, a mí es el olor a pólvora lo que me hace sentir un hombre de verdad; el tableteo de una ametralladora, lo único capaz de impulsarme todos los pulsos del cuerpo. Mientras que Joey es un apuesto bailarín que se vino a actuar en los mejores locales de Chicago, yo prefiero que los demás bailen para mí. Así que pisé mi último cigarrillo, fui a comprarme el primer puro que como un cañón intimidara a cuantos se me cruzaran en el camino, y tomamos el tren a Chicago.

Aquí me presenté en el club Palermo, que en los garitos me habían dicho era el nido de la banda de Sam Vettori; y éste, viéndome desbordante de decisión, de gatillo fácil y con las ansias de acción como un tic en las mejillas, me contrató. Me presentó a los colegas, Tony Passa, el chófer de nervios quebrados; Scabby, el típico listo; Otero, el segundón nato, y otros. Aunque desde la mesa de su despacho Sam se las daba de jefazo, solo era una marioneta en manos de Diamond Pete Montana, cuyos hilos a su vez eran movidos por Big Boy. Los resortes de poder de la banda reproducían los del Estado, salvo que entre nosotros imperaba una dictadura.

Asistí a una reunión de todos ellos en el casino de Little Arni, otro cabecilla al nivel de Vettori. Me expulsaron del cónclave porque aunque todavía era un simple matón debieron reconocer en la tensión de mi conciso cuerpo, en la concentración de mi odio o en el ardor de los ojos, las ganas de desbancarlos y adelantarlos en la organización. ¿No es esa la esencia del sueño americano? Aunque solo parecía preocuparles McClure, el nuevo comisionado contra el crimen, algo detectaron del aire de fatalidad y necesidad que me rodea.

Planifiqué el atraco a la multitudinaria sala de fiestas “Pavorreal de Bronce” para la velada de Nochebuena. Pero Vettori me desautorizó porque si dejaba de ser el cerebro de la banda y no se seguían sus directrices, perdería la autoridad. De todos modos yo me iba captando uno por uno las voluntades y la devoción de los chicos. Ya confiaban más en mí que en Vettori.

En Nochebuena efectuamos sin dificultades nuestro “atraco del Gallo”. Era mi primer gran golpe y mis reflejos, control y eficacia me sorpprendieron a mí mismo. Mientras que los chicos desvalijaban a los invitados, yo iba de un lado a otro pletórico de emoción, abarcando cada peligro a golpe de vista y sincronizando los movimientos de todos ellos en una exacta coreografía. Incluso eliminé al tal McClure, que por aquello que los ignorantes llaman casualidad se encontraba cenando allí: mi nombre estaba escrito en el libro de oro de la historia criminal.

De vuelta al Palermo me negué a darle a Vettori la mitad del botín por el único mérito de habernos esperado con impaciencia. Como la mayoría estaban conmigo, tuvo que admitirlo. Después de todo, hasta en las bandas de gángsters se está filtrando la democracia. El único imprevisto fue que Tony, el chófer, acabó de desquiciarse. Tuvo un pequeño accidente mientras aparcaba, no regresó al Palermo y al día siguiente, cuando Otero lo invitó a venir a cobrar su parte, se negó histérico y le dijo que iba a confesárselo todo al sacerdote. No tuve más remedio que matarlo en la escalinata de la iglesia.

Pero le he pagado un fastuoso entierro y mandado una corona exuberante. Y después de la ceremonia, para celebrar el golpe Sam Vettori ha dispuesto en mi honor un banquete en el Palermo, con lo que en público me reconoce su igual. Oigo mi apodo, “Pequeño César”, dicho con respeto. Los chicos me acaban de regalar un reloj con el que contaré las horas que me quedan para pasar por encima de Vettori, de Arni, de Montana y hasta Big Boy. Incluso han llegado varios periodistas. Los disparos de sus máquinas de fotos logran más que las metralletas: hacerme parpadear.

Mañana muchos envidiosos me verán en las fotos presidir esta oblonga mesa de mantel de hilo, las dos hileras de cabezas vueltas con admiración hacia mí, que elevo la copa con la sonrisa del triunfo, brillantes el pelo, el alfiler de la corbata y el diamante en el anular, el traje de cien dólares invistiéndome del prestigio y la autoridad de un comandante en jefe.