domingo, 24 de marzo de 2013

RASHOMON




 
          


Desde que me quedé viudo, cada año, cuando los cerezos se nievan de flores, un regimiento de hermanos, cuñados, hijos, sobrinos, nietos y sobrino-nietos, con la excusa de honrar al patriarca, me ocupan la casa y la saturan de chillidos y farfullidos, y mientras los pequeños me alborotan la paz con la batahola de sus correrías, los mayores me humillan el pensamiento con chismorreos y vulgaridades, de modo que en su semana de estancia (¡y a mis años ya no quiero dilapidar el tiempo!) no encuentro un silencio para leer a Li-Po o una soledad donde escribir un haiku.

Así que esta mañana, cuando arribó la caterva y ya los meros saludos empezaron a cargarme y a hacerme chirriar las bisagras del cuerpo a fuerza de reverencias (¡qué ceremoniosos somos los japoneses!), al dictado de mis órdenes se presentó mi segundo, Xiao Yang, que debía prestarme la coartada para desertar como un cobarde de mis propios umbrales y con la excusa de una falsa emergencia encerrarme en el cuartel la semana entera. Pero cuál no fue mi sorpresa al ver que en vez de cualquier robo de gallinas, Xiao nos refirió, con ademanes demasiado convincentes, que había tenido lugar un asesinato cerca del templo de Rashomon. Me puse el kimono oficial, encantado de poder entretener la semana en un caso real y no tener que entregarme en mi despacho a los melancólicos placeres del sake y de la nostalgia por mi esposa. En una provincia tan olvidada como la nuestra son infrecuentes hasta los asesinatos.

Lo primero que hice fue tomar declaración al agicultor que había encontrado a la víctima entre la hojarasca del bosque. Pusilánime y simplón, de esos que la experiencia me ha enseñado proclives al hurto, me explicó que había salido a buscar leña, y un sombrero blanco de alas anchas con el velo enredado en un arbusto y un amuleto rojo y amarillo –que poco había protegido a su dueño- lo habían conducido hasta el cadáver.

Luego vino a declarar un joven e ingenuo monje de Rashomon, el típico cuya sinceridad ofende o confunde, que hace tres días se cruzó con la víctima, poco antes de que lo fulminara el rayo de la muerte. Provisto de un carcaj de flechas, de un arco repujado de piel y una espada, guiaba a pie a un bayo montado por una mujer de blanco inmaculado que parecía mostrar el misterioso perfil de la belleza (¡vaya un monje rijoso!), ya que iba tocada por un sombrero a juego cuyo velo la difuminaba como la crisálida de una mariposa única. Al parecer la pareja intercambió una sonrisa de complicidad, ignorantes de lo pronto que se bifurcaría el laberinto de sus destinos.

Despedí al monje con un gesto –también soy parco de palabras: mis silencios exprimen las confesiones aunque solo sea para llenarlos- y accedieron al patio donde efectúo los interrogatorios Tajomaru, el célebre ladrón y asesino, y el cazarrecompensas que lo había sorprendido en poder del caballo y las armas del difunto. Tajomaru reconoció haber matado al hombre del bosque, por lo que, preocupado de que tal confesión abreviara el procedimiento y me devolviera a casa, lo insté a que hiciera una minuciosa narración de lo ocurrido.

Jactancioso, proclamó que solo se había dejado apresar por haber enfermado después de beber un agua corrompida. Amarrado como estaba ante mi presencia, se debatía, sibilante y mortal como una serpiente, y jalonaba su declaración de espumarajos, insultos y blasfemias, que no obstante me resultaban más gratos que la conversación de mis parientes. Declaró que tres días atrás dormitaba en el bosque cuando, después de una semana sin mujer, lo despertaron las auras del deseo. Abriendo los ojos comprobó que aquel vientecillo fluía de la mujer que justo entonces pasaba montada a un caballo, junto a un hombre armado que, sin soltar el ronzal, se detuvo unos instantes observándolo abrumado, como si reconociera en sus ojos la cercanía de su fin.

Siguieron su camino y poco después Tajomaru, picado por el alacrán de la lujuria, se levantó y, decidido a forzar a la mujer aun a costa de asesinar al hombre, les dio alcance. Con tal de apartarlo del camino principal, le ofreció al viajero la ganga de unas joyas y espadas tan esplendentes como la suya, que presuntamente había ocultado cerca de allí. Se adentraron ambos en el bosque y, aunque el forastero parecía desconfiado, el bandido lo redujo y maniató con facilidad.

Bajó Tajomaru la colina ávido de cobrar su pieza, pero antes de atacar, como un tigre que se complaciera en ver abrevarse al cervatillo, admiró la belleza esquiva de la mujer. Sin destocarse del sombrero con aquel velo que entre los matorrales la asemejaba a una mariposa blanca (¡un asesino poeta!) la indefensa peinaba con la yema de los dedos la cabellera de espuma del arroyo. Hombre de acción –por así llamarlo-, el forajido admitió que nunca había experimentado nada parecido, una mezcla de calma y desenfreno que lo desbocaba por dentro al tiempo que lo paralizaba. Ante aquella imagen de pureza, también yo me debatí entre pensamientos poéticos y sensuales, y deseé llamar cuanto antes a declarar a la mujer. Por suerte, pensé, ya no traería el velo.

Finalmente ella lo descubrió. Él reaccionó y le dijo que a su acompañante le había picado una serpiente, lo cual era casi cierto. Se espantó ella del daño sufrido por su hombre, y tanto le gustaba a Tajumaru que me reconoció envidiarlo por ello, así que la llevó a presencia del maniatado para apartarla del camino y, sobre todo, demostrarle la inferioridad de su compañero respecto a él. Al llegar ella comprendió la situación, un puñal engastado en diamantes apareció en su mano y con una valentía que acabó de enardecer a Tajumaru defendió su virtud hasta que desfalleció, soltó su arma y él con la suya consumó su deseo a la vista del marido o lo que fuese. Lo cual, al decir del bandido, no impidió que ella acabase por entregársele con placer.

Todo le había salido bien y sin necesidad de matar al hombre. Pero cuando se iba satisfecho, la mujer se le echó a los pies y dijo que solo la sangre de alguno de los dos podría lavar su vergüenza, por lo que le rogó que soltara a su marido y se trabaran en una lucha a muerte que demostrara que ella seguía siendo digna de algo tan noble, y se quedaría con el vencedor.

Cuando Tajumaru se puso a encomiar la técnica y el coraje de su oponente con la espada (¡después de haberlo reducido tan fácilmente!), bostecé como si estuviera oyendo una anécdota de alguna de mis nueras y lo mandé callar, pues se veía el resultado del combate. Lo que no supo decirme fue dónde estaba aquel puñal tan valioso, y lo creí puesto que no lo llevaba con el resto del botín. Supongo que lo habrá robado el labriego que encontró el cadáver.  En el transcurso de la lucha la mujer se había esfumado. En su huida se acogió a un templo durante dos días, al término de los cuales fue hallada por nuestro destacamento. Mandé llamarla, y un gallo me agudizó la voz.

No es que su belleza me decepcionara, pero comprendí que el encanto del velo, entregando su rostro a la imaginación masculina, le atribuía la parte principal de su encanto. Repitió la historia de Tajomaru salvo lo de entregarse con placer y a partir de ahí su versión divergió. Según ella, satisfecho su apetito, el violador se burló de ellos y se alejó. Durante el acto la mujer había visto puñales en los ojos de su marido, pero ahora, sin responder a sus palabras, ya no expresaba pena ni rabia, sino que, incluso desatado por ella, se quedó inmóvil y, como ausente, la mirada se le puso blanca, y tanto la cegó aquella claridad en sus ojos, una especie de cruel resplandor o fuego ciego, que le entregó el puñal y le pidió que la matara. Acabó por salir corriendo, histérica, y dijo que se habría suicidado de no resultar poco profundo el estanque al que se arrojó. Quien no falló fue él: a su vuelta se había suicidado con la famosa daga.

Dado que tampoco suelo prestar mucho crédito a las mujeres hermosas, por curiosidad y pasatiempo mandé a Xiao traer a una vidente para que hablando por su boca el difunto me sacara de dudas sobre lo ocurrido. Sospecho que tanto Tajomaru como la mujer hayan mentido respecto a lo que más precian, su hombría y su virtud, respectivamente. Dudo que, si es que hubo combate a espada, fuera tan encarnizado como dice Tajomaru. Ser un asesino como él o portar tantas armas como su víctima más bien los caracterizan como cobardes. Por otra parte, ¿no conocería demasiado bien el difunto a su mujer como para creerla digna de tal sacrificio? Y además, Tajomaru ha matado ya a tantos –y tiene tan segura la pena de decapitación- que tal vez se haya atribuido una muerte que lo repute de valiente y ese pobre hombre realmente se haya suicidado. Todo es posible, incluso que él lo matara sin desatarlo, a instancias de ella, incapaz de seguir conviviendo con el testigo de su vergüenza.

 El ser humano es un tonel rebosante de mentiras y vanidad. Incluso si creyera en este aparato de muecas, alaridos y aspavientos que la médium ya representa como si verdaderamente empezara a ser poseída por el espíritu de la víctima, estoy seguro de que desde su nebuloso mundo hasta los muertos mentirían.

Pero de lo que se trata es de no volver demasiado pronto a casa.

                                                                                                                             

jueves, 21 de marzo de 2013

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE!




                  


Mientras que al presuntuoso pastor protestante egresado de la Universidad de Cardiff que yo era no hace un año (deslumbrado por la ambición, aún no a la sombra de la experiencia y la madurez), le parecía que su estancia en este pueblo minero de Gales solo sería un párrafo en su gloriosa biografía, el pobre reverendo Gruffydd de ahora cree, creo, que al final este valle abarcará todos los fracasos de mi ministerio y será el escenario único de mi desaliento.

Recién llegado, sí acerté en algo. Lamenté que los residuos de carbón mancillaran el verde esplendor del paisaje, como una esmeralda con una impureza que fuera el germen de su destrucción; y cuando oí a los lugareños alabar la belleza de su país ignorando los efectos sobre el panorama de la escoria, intuí que esta negrura, tales copos de hollín que aquí todo lo barnizan, representaban los defectos de esta gente, tan vanidosa como por entonces yo. ¿Cómo podían creer que la tierra de ellos era mejor que la de nadie por el solo hecho de haber nacido en ella?

En efecto, no tardé en comprobar que el engreimiento y la gazmoñería de muchos mineros los llevaba a jactarse de que comían carne de ternera, cuando sobrevivían de mendrugos y tubérculos; tenían a gala que, en vez de perder el tiempo instruyéndose, sus hijos ingresaran en la mina a los diez años; y presumían de que sus supersticiones y habladurías eran más eficaces que la medicina y la prensa, y de que el país de sus ancestros era el mejor de los mundos imaginables.

Para concluir esto me bastó asistir a la celebración de la boda de Bronwyn e Ivor, uno de los cuatro hijos mayores de Morgan, el capataz y más respetado minero de la comarca. Pero en dicha ocasión hubo más que aquello. Durante la ceremonia tartamudeé al sentirme caer, desde el altar, por una tumba abierta. Interrumpiéndome alcé la vista: me estaban mirando unos ojos cuyas pupilas me succionaban, y por su abismo se despeñaban tras de mí los novios, los asistentes y el mundo entero. Era Angharad, la única chica de los Morgan.

Aún hay un sexto hijo en la familia, Huw Morgan, con mucho el menor, de solo diez años, por lo que tengo la esperanza de hacerlo estudiar y que cuando crezca y trabaje, a ser posible lejos de aquí, de la mina, pueda mitificar –lo importante es que haya escapado- los decorados de su infancia y falazmente la tome por una edad mágica que transcurriera en un mundo idílico, olvidando que aquí todo es miseria, penalidades y opresión. La nostalgia es un lujo que solo pueden permitirse quienes han logrado olvidar la realidad.

Ojalá pueda Huw olvidar cómo vuelven los mineros de sus turnos de once horas, el vacío exhausto en sus ojos y los pasos enfermos; los restos del carbón que como marcas de esclavitud no se borran de sus pieles aunque se gasten buena parte de la paga en jabón; el precio de los comestibles en contraste con el del whisky, que Mr. Evans, el dueño de la mina y de las tabernas, se ocupa que sea asequible, porque pretende tenerlos a todos bajo sus efectos estupefacientes.

Evans hundió los sueldos y cuando, con la humedad de las primeras lluvias, rumores de huelga se infiltraban por todas las casas, Mr. Morgan, el patriarca de la familia, justificó los recortes con la bajada de los precios del carbón y los instó a todos a seguir trabajando. ¿Cómo se pueden defender con tanto ahínco los intereses de un millonario? Ciego esclavo de las tradiciones, Morgan clausura el tiempo en los cíclicos ritos de la familia y se declara enemigo del progreso. No advertía que la bajada de salarios obedecía a un simple aumento de la mano de obra disponible en la región. Siguió empecinado incluso después de que sus superiores, como exhibición de fuerza, lo hicieran trabajar bajo la lluvia, y sin admitir que la única oportunidad de los mineros contra la clase dirigente estriba en la fuerza de su unión, no quería oír hablar de los sindicatos. Además, confundía los valores de convivencia familiar con los conflictos laborales, y con la excusa de los buenos modales a la mesa se negó a escuchar a sus hijos y provocó que los cuatro mayores abandonaran su casa para alojarse en el pueblo.

Y amaneció el día en que el tañido de campanas pareció disminuir el aire del valle como si tocaran a muerto, y un silencio acuoso respondió al silbato del capataz: se había declarado la huelga. Como cintas empezaron a anudarse sobre los hombres los días en blanco apresándolos con las ligaduras de la inacción; y, con el frío y el viento del invierno, el miedo y el hambre se insinuaban en los rostros de los mineros, que deambulaban arriba y abajo tiritando de incertidumbre. Ya ni los más ciegos o borrachos podían fantasear sobre mundos edénicos e imposibles. Ahora todos veían el valle amortajado de cenicienta pobreza.

Coléricos de desesperación, muchos se volvieron contra Morgan, y para defenderlo cierta noche su esposa asistió a una asamblea de los mineros. De vuelta a casa, una placa de hielo se rompió a sus pies y a los del pequeño Huw, que la acompañaba, y ambos fueron rescatados del agua con serios síntomas de congelación. El doctor se mostró pesimista respecto a la recuperación del niño, por lo que hice mía su causa y para animarlo me pasaba a diario por la casa de los Morgan. Los maledicentes de siempre achacaron mi asiduidad a otros motivos. La verdad era que cada vez que su hermana Angarad me abría la puerta o venía al dormitorio a servirnos el té, yo sentía que a mis pies se abría el entarimado o que la casa toda se volvía de cristal y el pueblo entero podía vernos a los dos, frente a frente, con los deseos desnudos y tintineando entre ambos la taza sobre el platillo de porcelana.

En vez de las piernas de Huw, era mi voluntad la que corría peligro de quedarse paralítica, ya que por más que al verme también ella ardiera por dentro, y hasta el rojo castaño del pelo se le trasvasaba a la tez cristalina, no me atrevía a decirle ni una palabra.

Y por fin relució la penumbra verde del valle, la savia y la clorofila irrigaron las venas de la tierra, y con el vigor y la exuberancia de la primavera Huw y su madre se recuperaron. Convencí a los cuatro hermanos Morgan de que volvieran a casa y después de veintidós semanas se desconvocó la huelga.

Tampoco en la subsiguiente celebración en casa de los Morgan, aunque me quedé el último, me atreví a decirle a Angharad la palabra que ella esperaba. Ni siquiera me volví a mirarla, clisado en la ventana y con la pipa rectilínea entre los dientes como lo único erecto en mi apocada fisonomía. Sin embargo, durante la fiesta, y a despecho de los elementos más hipócritas de la diócesis, que me acusaban de entrometerme en asuntos terrenales, sí fui capaz de aconsejarles a los hombres que constituyeran un sindicato local.

A la mañana siguiente, tan turbia como las de la huelga, en la mina solo dieron trabajo a la mitad de los mineros. No hacía falta que estallara la sirena de los accidentes para darse cuenta de que aquellos hombres estaban muriendo poco a poco, hundidos en un pozo más hondo que la propia mina.


lunes, 18 de marzo de 2013

LA DAMA DE SHANGHAI




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En la primera ficha policial que me hicieron esos perros guardianes de lo ajeno consta que, de profesión marinero y alias “el Irlandés Negro”, mido uno ochenta y dos y soy de complexión robusta, tengo el pelo rizado (de caracoles, decía mi madre antes de esfumarse), ojos castaños y nariz respingona. Me habían detenido por atizarle a aquel agente provocador que se infiltró en la manifestación para hacerla disolver, y el sindicato tuvo que pagarme la fianza. Me quedaban dos dólares en el bolsillo y para entonces ya había perdido a mi padre, estibador en los muelles de Nueva York desde que llegamos de Dublín.

Para evitar el juicio (mi víctima no se recuperaba de la conmoción cerebral) me alisté en las Brigadas Internacionales y llegué a España casi al final de la guerra. En Murcia sorprendí a otro espía que se disponía a sabotear uno de los pocos aviones que nos quedaban y en el tiroteo que sostuvimos en el hangar fue mío el único disparo certero. Igual que otros encuentran oro, agua o pelirrojas, mi especialidad es descubrir espías en todas partes. Con la mala suerte de que entonces Murcia cayó en manos del otro bando, me encarcelaron, y en las dos semanas que tardé en fugarme descubrí que yo no era tan duro como creía y que España tiene las peores cárceles del mundo.

Y lo curioso fue que justo en las antípodas de allí, en Australia, no tardé en conocer las cárceles más cómodas, como si en vez de descolgarme por aquel ventanuco que daba a una huerta, para fugarme hubiera cavado un imposible túnel que a través de la corteza terrestre me hubiera hecho asomar a la celda de una cárcel sita en el continente de los canguros. En este caso la culpable de mi encierro fue una rubia rusa que cantaba en una taberna. Casi todas las mujeres que traen problemas cantan en algún garito, suelen tener ojeras, son rubias y por lo general su belleza siembra el silencio allá por donde pasan.

Con Elsa empecé a hacer el tonto de vuelta a Nueva York, y cuando empiezo a portarme como un payaso ya no puedo parar hasta dar de bruces en alguna cárcel. En mi estadística privada me falta por saber cómo serán las cárceles norteamericanas. A este paso no tardaré en saberlo.

La conocí en Central Park, mientras daba un paseo a través de la soledad del atardecer y de los ensueños del peligroso romántico que soy. Iba como flotando entre los relámpagos de sombra que disolvían la última claridad, cuando pasó a mi lado uno de esos coches de un caballo con una rubia de ocupante, condensando en el platino el último hálito de la luz agonizante, como si se materializaran los sueños en los que yo iba volando. Dejé de pensar que parecía una sirena recién salida del lago del parque –solo veía su busto por la ventanilla lateral que la enmarcaba como a un óleo- y, gracias a que iba despacio, me abalancé a ofrecerle un cigarrillo. No fumaba, pero lo mejor fue que se me quedó clisada, la emoción fulgurando en sus pupilas (¡los tipos como yo no deberían ser tan soñadores!), y envolviéndolo en un pañuelo de seda se guardó el pitillo como si para siempre quisiera quedarse con algo mío. Se alejó y me quedé tan solitario y triste como una estatua después de que algún visitante la haya apreciado con admiración.

Poco más adelante oí golpes, un relincho y gritos. Corrí y no tardé en liberarla de los tres atacantes que la cercaban. Con lo versado en violencia que soy, no me gustó la facilidad con que aquellos chicos duros se dejaron demoler por mis puños y me erigí en el salvador de mi dama. Despedí al cochero y la conduje a casa como si fuera un caballero, sir Galahad, precisamente yo, un hijo de los barrios portuarios. Me contó que sus padres eran rusos blancos y que había triunfado en los escenarios de Macao y Shanghai. Irradiaba una magnética luz con reflejos como ecos del canto de una sirena, recordé que aunque no tuviera ojeras era rubia (¡y también rusa!) y había sido cantante, y una reserva de cordura me hizo dejarla en el garaje donde guardaba su Buick y declinar la oferta de trabajar en el yate de su marido, que al parecer no tardaría en salir de crucero por el mar Caribe.

El empleado del garaje me dijo que se trataba de la esposa del famoso abogado criminalista Arthur Bannister, el águila del foro de San Francisco, que, omnipresente en las más célebres causas, recorre con sus muletas de tullido las tribunas del interés y la admiración del público, y compensa su invalidez con una inteligencia más rauda y filosa que una dentadura de tiburón.

El cual, renqueando en sus muletas, a la mañana siguiente se prestó a intentar reclutarme, al presentarse en la casa de contrataciones del muelle con la actitud de un eunuco a la caza de favoritas para el harén. Ante mi negativa, pretendió emborracharme para disuadirme, y aunque fue él quien se empapó con más alcohol que un faraón embalsamado, le salió la jugada, porque trayéndolo semiinconsciente al yate, Elsa me recibió en cubierta con el ruego de que me quedara para protegerla. Conmovido por el miedo de sus ojos, dejé que el capitán, un tal Mr. Broome, me reclutara en calidad de contramaestre. Recordaba haberlo visto la víspera merodeando por el garaje de Elsa, por lo que me parece que he vuelto a chocarme con otro de esos espías a los que acarreo peor suerte que ellos a mí.

La primera noche ella se tendió casi desnuda a la luna y cuando se puso a cantar me pareció una verdadera sirena a la deriva entre la espuma fosforescente, una mujer cuya belleza me destruiría. Al día siguiente se nos unió Mr. Grisby, el socio de Bannister, un tipo grotesco y desconcertante, de grosera sonrisa y tics de maníaco, que parece muy interesado en mis proezas criminales. También pude comprobar que, sobrio, Bannister es solo un poco más cínico que sádico y con todos parece afilar la lengua y ensayar la esgrima de su ingenio acaso para no perder práctica de cara a los tribunales.  

Y así, pesados y bochornosos, han ido hundiéndose estos días de travesía por la costa de México. Me he sentido tan incómodo y violento entre esta gente que varias veces he estado a punto de renunciar a mi puesto. Porque aunque se haga la víctima y la ingenua, me consta que Elsa se ha contagiado de la moral –también tullida- de su marido y que son tan parecidos que cualquier día también ella aparecerá arrastrándose sobre dos muletas. Lo cual no quiere decir que sean aliados, sino todo lo contrario. A ella ha llegado a escapásele que Broome, el capitán, en verdad es un detective que su marido le ha puesto para vigilar sus infidelidades y poder divorciarse sin pagarle un centavo. Pero cuanto más perversa la veo, más me ciega su dorada y luminosa belleza; y cuanto más me consta que desprecia mi pobreza (¿por qué, si no, se casó con un millonario?) e intento deshacerme de su influencia, más se aprietan los nudos que me maniatan.

¿Qué cóctel de miedo, odio o deseo ha envenenado las relaciones entre el chiflado de Grisby, el maligno y retorcido Bannister, y su esposa, resplandeciente de belleza y falsedad? Ahora que veo al matrimonio insustarse con los ojos mientras beben, en un aparte Grisby viene a ofrecerme una copa y la posibilidad de ganar cinco mil dólares si le pego un tiro a él mismo. ¿Será demasiado cobarde para suicidarse? ¿La bastarán a Elsa cinco mil para abandonar a su marido?

Solo una cosa tengo clara. Si no me deshago de ellos, pronto necesitaré un abogado. Criminalista.     
                                                                                              

viernes, 15 de marzo de 2013

EL APARTAMENTO




                 


Desde niño me inculcaron que incluso a tipos tan normales como yo, en América se les abrían las rosas de las oportunidades, y siempre supe que de un medio u otro así sería, pero a costa de pincharme un poco con las espinas. No obstante, momentos ha habido en que al contemplar la cima del rascacielos de la Consolidated Life, la compañía de seguros donde soy contable, palpando los nubarrones del otoño neoyorquino, o al observar los cientos de mesas que idénticas a la mía se alinean en la sección W de la planta 19, me preguntaba cómo destacaría yo entre los treinta mil empleados de la casa para ascender.

Así que empeñé todas mis facultades, que también las tengo, en el trabajo: mi lealtad, iniciativa, dedicación y –por qué no decirlo- mi apartamento, un chollo de ochenta y cinco dólares al mes, acogedor, luminoso, con moqueta y aire acondicionado, y a media manzana de Central Park. Todo ventajas, salvo que desde que se lo dejaba de picadero a los directivos de la empresa no lo podía ocupar hasta las nueve o diez de la noche, pero incluso eso me venía bien, porque así podía hacer horas extra en la oficina. Tras ocho horas de alboroto, me gustaba pasar otras dos en la sala oyendo los rumores de la soledad, subrayados por el zumbido de las aspiradoras.

Después de las escenas que se habían desarrollado en el apartamento, también éste adquiría, en lo poco que tardaba en acostarme, un silencio más profundo, aún perfumado de la estela de las esencias femeninas, preñado de risas y músicas fantasmales, como si su ambiente aún sostuviera ecos de los gritos y gemidos que allí habían resonado. Sí, del tocadiscos, de la cama y sobre todo del sofá parecía desprenderse una sensación de euforia marchita o tristeza postcoital. De algún modo me acompañaban los espectros de los cuerpos que recién se habían acoplado en el asiento donde ahora yo cenaba. Y cambiando los canales de la tele me embargaba la clase de melancolía que a todos los solteros nos encanta. Tampoco era tan desagradable encontrar un pintalabios en el suelo, una horquilla bajo el cojín, o al pie de la mesa un preservativo usado.

Ayudaba a tolerarlo saber que así atraía la atención de los jefes sobre mis virtudes; y, además, gracias al escándalo de músicas y risas, aquello me labraba entre los vecinos el prestigio de donjuán , un adorno imprescindible para el éxito. Este otoño sí que hubo cierta velada algo incómoda. Después de irse Mr. Kirkeby con su querida y haber cenado yo, no había hecho sino acostarme cuando llamó desde un bar de al lado Mr. Dobisch, de Administración, solicitándome el apartamento porque acababa de ligar con alguna. Lo peor era que me había tomado el somnífero, de modo que como no todo iban a ser ventajas, me dispuse a pasar la noche en Central Park, arrebujado sobre un banco en mi gabardina, entre el vuelo de las hojas de noviembre, que me rozaban como una amante tímida y algo enojososa, la resignación.

Estaban buscando jóvenes ejecutivos con iniciativa, y dejar de ser un simple contable por una noche al raso valía la pena. Hoy en día la verdadera intemperie consiste en quedarte sin trabajo: cualquiera de aquellos jefes podría aventar mi contrato como una de aquellas hojas ocres. Lo peor fue que Mr. Dobisch me dejó bajo el felpudo la llave equivocada y a las cinco tuve que despertar a mi casera.

Fui a trabajar con casi 39 de fiebre. Con tal de poder ocupar a la salida mi apartamento para acostarme, gasté media mañana retrasando compromisos de mi agenda de arrendamiento; la verdad era que mi eficiencia en el trabajo se resentía, pero por las paradojas del sistema aquello no afectaría a mi promoción. Cuando fui llamado al despacho de Mr. Sheldrake, el mandamás de personal, se me abortó un estornudo. Mis jefes habían cumplido su palabra de recomendarme. Me subió a su despacho, y a mi destino superior, Mrs. Kubelik, la ascensorista de nuestra sección, mi amor platónico (aristotélicos no tengo, sin tiempo ni espacio para escarceo alguno, y los socráticos no me van). Consciente de mi poquedad y de que nadie de la casa le había estrujado ninguna cita, amilanado, yo nunca le había insinuado nada a Mrs. Kubelik.

Después de repasar los elogios que me dedicaban sus subordinados, cuando ya mi vanidad me había inflado como un globo, Mr. Sheldrake me lo pinchó haciéndome saber que mi principal mérito era la generosidad a la hora de prestar cierta llave, y cuando me disculpé y le prometí no volver a hacerlo, me la pidió para él esa misma noche. Y por obra del destino tenía el apartamento libre y se me habían pasado las ganas de acostarme. Mr. Sheldrake también está casado y necesitaba un sitio discreto. Le dije que el whisky estaba en el armario de la cocina. Incluso tuvo la deferencia de regalarme las dos entradas para un musical que ya no iba a necesitar. Con él de mi parte ahora sí que iba a ascender de verdad.

Afirmado en mi masculinidad, al bajar pude invitar a salir a Mrs. Kubelik. Al parecer, había quedado para tomar una copa con un novio con el que iba a cortar, pero acabaría con tiempo de ir al musical, después iríamos a bailar y quizá luego el apartamento acogería otra bacanal, por una vez de su dueño.

 Sin acordarme de C. C. Baxter, aquel ser apocado y escuchimizado que se perdía en la grandiosidad de la oficina, ahora mi autoestima henchía las calles de Broadway. Y sin embargo, ella me dio plantón. Ya me lo habían hecho otras veces, pero esperar media hora bajo la lluvia me hizo volver a resfriarme. Y de vuelta a casa, la soledad ya me gustaba menos que antes, como una amiga algo insípida de la que uno empieza a hartarse.

A las pocas semanas por fin se valoraron mis aptitudes, y en una de las plantas superiores un operario terminó de inscribir mi nombre y mi cargo en la puerta acristalada de mi despacho: C.C. Baxter, segundo ayudante de administración. Al contemplar por el vidrio de mi despacho la infinita perspectiva de mesas idénticas a la que yo había ocupado durante tres años, una aurora de felicidad me despuntó en el ánimo. Realmente, América era la Tierra Prometida.

Además, ahora solo tenía que renunciar a mi apartamento una tarde por semana, ya que me debía en exclusiva a Mr. Sheldrake. Vino a felicitarme por mi ascenso y aprovechó para pedirme una copia de la llave, de modo que no perdiéramos el tiempo transfiriéndonosla a la vista de su inquisitiva secretaria. También le di cierto estuche de palisandro con un espejito agrietado en la tapa, que su chica se había dejado en el suelo de la entrada.

Hoy, mañana de Navidad, es el único día del año en que los empleados toman el poder y, como en un carnaval de los locos que invirtiera el escalafón, secuestran el edificio en una barahúnda de música, besos y baile. Al entrar en nuestra sección he visto que una administrativa practicaba un streaptease en la mesa del supervisor, cundían las risas y se estiraban las serpentinas. Con el champán corre la euforia, y ya que me he bebido dos copas, tras varias semanas de distanciamiento, he ido a disculpar a Mrs. Kubelik por su plantón. Reconozco que he querido presumir de mi nuevo status, y para exhibirme ante ella me he permitido dejar fuera de servicio su ascensor para enseñarle mi impresionante despacho. La verdad es que la amo y quiero demostrarle que puedo cuidar de ella.

La he hecho reír y parecía contagiada por mi dudoso magnetismo. Pero ahora que vuelvo junto a ella con sendas copas de champán, me la encuentro abrumada de tristeza. Ha estado hablando con la secretaria de Mr. Sheldrake, ¿qué le habrá dicho? Tiene los ojos anegados de pena. Con tal de animarla, me pruebo el bombín que aún no me he atrevido a ponerme. Para que me mire, ella me deja un estuche de palisandro con un espejito en la tapa. Tiene una grieta. Me miro la cara cruzada como por una cicatriz y también a mí se me volatiliza la alegría. Estoy sin chispa, como el champán de una botella que se ha quedado abierta. Parece que en vez de ascenderme, me han degradado.

Y con los vapores del alcohol, se me diluye lo que me quedaba de dignidad.                                           

                                                                                                                                                                                           

martes, 12 de marzo de 2013

LA BESTIA HUMANA


                   


A veces el humo me nubla la cabeza, mi razón entra en un túnel, un pitido horrísono me zumba en los oídos y se me descarrila el sentido: por algo soy maquinista ferroviario. Mi destino es tan fijo como una locomotora sobre las vías de dirección única, pero directamente al desastre. Porque cuando sufro esos accesos de locura, el dolor me convierte en esclavo de un señor vestido a la antigua que me ordena matar a quien más quiero, al más cercano. Peor que el perro adiestrado para atacar al cuello, marcado por una tara hereditaria, desde que nací estoy abocado a la locura homicida. Por eso el amo que durante esos instantes me tiraniza y me obliga a apretar y apretar el cuello de la víctima tiene unos rasgos tan parecidos a los míos, el rostro y el aire de familia de todos los locos y alcohólicos que he tenido por antepasados y me han convertido en un monstruo condenado a estrangular a quienes amo.

Me ha pasado esta tarde con Flore, la hija de mi madrina, una joven que pese a la diferencia de edad y a la experiencia de mis ataques, quiere casarse conmigo, y a la que he tenido que renunciar. Tarde o temprano volverá a dominarme ese canalla tan parecido a mí –una especie de espectro que aglutina a mis antecesores-, y si ella conviviera conmigo sería víctima segura de su crueldad y de mi brazo ejecutor. Aún no he matado a nadie, pero me pasa como a esa gente que acumula varios intentos de suicidio, que alguna vez acabaré por tener éxito.

Quizá para compensar mi imposible relación con las mujeres, amo mi trabajo y mi locomotora, a la que llamo Lison. Me ocupo de la línea París-Le Havre, y nada hay tan emocionante como cuando (ayer mismo) enfilo la vía central, acelero, Lison rompe el viento en un estrépito de hierro y velocidad, aumento la presión de la caldera y a toda máquina trepidamos a través de la libertd y la metálica exaltación del frenesí y de un vértigo solo comparable al orgasmo. Cuando mi compañero Pecqueux atisba más allá de la alameda el techo de la estación de Le Havre, empiezo a frenar y él me enciende un cigarrillo que se podría llamar postcoital.

Puede que esta vez me excediera acelerando, porque la pobre Lison parecía recalentada y un somero examen en la estación nos bastó para saber que se había averiado la caja de eje. Allí Pecqueux me presentó a Roubaud, el subjefe de estación. Acababa de tener un incidente con un ricachón, que al no ser admitido su galgo a bordo, prometió exigir el despido de Roubaud en las altas esferas. Nos dijeron que tardarían treinta y seis horas en reparar la locomotora, de modo que pensé venirme a Bréuté para visitar a mi madrina y a Flore.

 Aún conmocionado por lo que he estado a punto de hacerle a Flore aquí al lado, en el trigal, ahora aguardo el tren que viene de París y me devuelva a Le Havre, para mañana volver a la capital con Lison ya reparada. Qué cerca he estado de estrangular a Flore; aún puedo sentir en mis dedos la inminencia de su muerte, su nuez palpitante como un polluelo recién salido del cascarón. Solo el paso de un tren, recordándome mi trabajo –mi gran consuelo y último recurso-, me ha librado de ese tirano que representa a todos los de mi raza y me ha devuelto las cualidades propias de mi carácter como individuo. Yo no soy un asesino salvo en la medida que mis genes, mis antepasados, lo son.

Llega puntual el tren y saludo a ese loco de Cabuche, que también se dirige a Le Havre. Subo y, como apenas hay viajeros, dejo atrás el compartimento de Roubaud y su joven esposa, y me acomodo en el siguiente, que viene vacío. Recuerdo que mi compañero Pecqueaux, que me espera en Le Havre, anoche me contó que Roubaud y su esposa se dirigían hoy a París para que ésta se entrevistara con Grandmorin, su influyente padrino, a fin de neutralizar las posibles maniobras que contra su esposo pueda maquinar el millonario del galgo. Pecqueux lo sabe porque en París los Roubaud suelen alojarse en su casa, ya que su esposa y la madre de la señora de Roubaud son íntimas desde que coincidieron al servicio de Grandmorin, al parecer, un tipo de moral dudosa. Por la cara que esos dos traen no parece que sus gestiones hayan tenido mucho éxito. Sería muy injusto que Roubaud perdiera su empleo por cumplir con su deber. ¿Qué recurso le queda al débil cuando sus derechos son pisoteados por el poderoso?

Igual que el implacable, obstinado, obsesivo ritmo de la marcha de Lison, me vienen una y otra vez a la mente los ojos de cervatillo de Flore mientras yo le apretaba el cuello… Aunque el trayecto es corto, salgo al pasillo a fumar y me entra una carbonilla en el ojo. Al menos las molestias físicas me hacen dejar de pensar que la única forma de debilitar a mi amo sería suprimir a su esclavo. Se me acerca con ganas de charla la esposa de Roubaud; intentando extraerme la carbonilla con la punta del pañuelo, apenas la miro con el otro ojo, pero me basta para quedar conmovido por su aire de gata de angora –con estilo-, por el lujoso frío que irradia su presencia sutil y fascinante, con una especie de noche aún palpitándole en las pupilas, como si viniera de hacer el amor o de asesinar a alguien. Se vuelve a su compartimento sin que haya estrujado ni una palabra de mi embobamiento.

Antes de bajar al andén, un grito horada el fantasmagórico humo, el revisor resuella por el pasillo y se acerca un gendarme inquisitivo. Voces que se atropellan anuncian que han apuñalado a Grandmorin en un compartimento. ¡El padrino de la Roubaud! ¿Quién iba a decir que venía en el tren?

Somos pocos viajeros, y en una encuesta preliminar el gendarme me pregunta si mientras fumaba he visto a alguien en el pasillo. Noto que en la cara me resbala una especie de lágrima, pero no se trata sino de la súplica nadando en los ojos de esa gata. El silencio se vuelve compacto, o más bien todo lo contrario, tan inestable que me parece despeñarme por él. Por fin respondo al policía que con la carbonilla en el ojo no he visto a nadie, y el tonto de Cabuche irrumpe borracho gritando que le están bien empleadas las puñaladas a Grandmorin, ese corruptor de menores. Los ojos de gata aún me miran, húmedos de gratitud.

Lo que ella no sabe es que amándola yo, corre más peligro que con la policía.                             

                                                                                                                                            

sábado, 9 de marzo de 2013

UN LUGAR EN EL SOL



                   


Los Eastman de Kansas somos mucho menos que parientes pobres porque la rama floreciente de la familia es la más rica del país y nosotros, además de paupérrimos, somos extravagantes. Mis padres eran predicadores ambulantes que después de rezar y cantar espirituales pasaban el sombrero, y ya que no podían mantenerme pronto dejé de ir al colegio y me puse a trabajar en los empleos que como manchas de tinta figuran en mi currículum: recadero, ascensorista o friegaplatos.

Oficiaba de botones en un hotel de lujo de Chicago cuando el recepcionista rugió mi apellido para increparme por mi tardanza y mi tío Charles Eastman, el rey de la confección, se detuvo al eco de su sagrado apellido reverberando desde la bóveda del vestíbulo y del pasado. Pidió verme y reconoció al hijo de su difunto hermano Asa. Dado que habíamos sido repudiados y olvidados por él, puesto que no podía prohibirnos utilizar su apellido, al menos quiso impedir que éste se asociara a un puesto tan subalterno, o quizá le recordé que también él había empezado de la nada, pero lo cierto es que me dio una tarjeta de su puño y letra para cuando quisiera ingresar en su fábrica textil.

Quizá no esperaba que lo hiciera al día siguiente, cuando dejé el gorrito en recepción y me trajo acá un granjero que no ignoraba a los autoestopistas. En la fábrica obró la tarjeta manuscrita como un salvoconducto, que me valió que me pasaran una llamada con mi tío: me invitó a pasar por su mansión esa misma noche.

Llegué diez minutos antes de la hora, embutido en un traje que aún guardaba las dobleces de su estancia en una repisa de la tienda. El viejo –un tipo con perfil de halcón- me presentó a su esposa y a sus dos hijos, Marcia y Earl, los típicos hijos de papá. Me senté y empezó a crecer un silencio como un tumor o la tumba cavada a paletadas donde me hubiera gustado esconderme. Me sentía culpable de un silencio que parecía denso de desprecio. ¿Qué podía un chico de la carretera como yo tener en común con ellos, enraizados en la más alta sociedad? Los viejos me miraban con una lacerante condescendencia; los jóvenes como si hubieran visto entrar a un gato callejero en un concurso felino. Al fin habló mi tío, y después de poner de manifiesto mi ignorancia respecto a contabilidad, mecanografía o administración, encomendó a su hijo que me buscase lo que fuera, y justo entonces irrumpió ella con unos amigos.

Más tarde supe, por la sección de sociedad de la prensa, que era Angela Wickers, porque desde luego que entonces nadie me presentó en el torbellino de risas, saludos y comentarios que su entrada había desatado. Ahora la sala resplandecía como un baile a la entrada de la reina. Me olvidaron en un rincón, y aunque no llegó ni a mirarme, durante un tiempo transparente me quedé fijo en ella sintiendo lo que el primer día que vi el mar o cuando fui capaz de escalar una montaña que ofrecía vistas de águila. Era una joven morena recién salida de la adolescencia, con la tersura del marfil a la luna y unos ojos violeta que traslucían todos los sueños de mi juventud. Reaccioné y, desapercibido, acabé por salir de vuelta a la calle y a la realidad.

Al día siguiente me emplearon en la cadena de empaquetado de los trajes de baño Eastman. Aunque está prohibido intimar con las compañeras, empecé a salir con una de ellas, Al, una chica tierna y tímida, sencilla y tan ingenua que dijo sentirse afortunada de cenar con el sobrino del jefe, ya que pensaba que muy pronto empezarían a ascenderme. Con tal de darles la excusa para que lo hicieran, tramé un irrealizable plan que en teoría aumentaba un 20% nuestro rendimiento en la planta. Al y yo parecíamos hechos el uno para el otro. Pero yo no podía ahogar mis sueños de grandeza, ya que la única rival de Al, Angela, solo me disputaba con ella en mis fantasías, parecía tan inalcanzable para mí como una estrella de la pantalla y en la realidad solo era una una fotografía frecuente en la prensa rosa, a través de la que seguía yo el rumbo de su itinerario social.

La verdad es que Al es sincera y leal, con la particularidad de que me ama; todo a lo que yo debía aspirar. ¿Qué más podía pedir? Quizá que los polis no me humillaran cada vez que nos sorprendían en el coche camuflado tras los matojos de cualquier descampado nocturno. Y eso porque su casera es muy estricta. Así que una noche la invité a mi habitación. Por la mañana, la sonrisa del vecino confirmó mis temores respecto a los chirridos del colchón.

Un día mi tío pasó casualmente por nuestra sección, y para evitar que pensara que se había olvidado de mí –la hipocresía le rebosaba de la voz- me prometió un ascenso y con tal de no admitir que no había leído mi informe de productividad, con objeto de hablar del tema, me invitó a una fiesta que coincidía con mi cumpleaños. Curiosamente, a Al no le gustó mi ascenso, que empezaba a alejarme de ella, y no solo porque ya dejaríamos de trabajar en la misma planta.

 Desde luego que a mi llegada a la mansión nadie me felicitó, pero para mí aquel día fue como si hubiera nacido de nuevo. No me miraron ni los mayordomos; los invitados se arremolinaban en el salón, los corros se deshacían y hacían con animación en torno a aquel joven mejor vestido y no tan apocado como la primera vez, pero igual de invisible. Cuando ingresaron al comedor me refugié en el salón de billar, y justo acababa de embocar la carambola de mi vida cuando entró Angela Vickers. Ella. Esta vez no solo me miró, sino que sonrió y de la punta de sus labios, de los hoyuelos de sus mejillas y de los estambres de las pestañas pareció despuntar una aurora, una promesa de felicidad. Tomó mi aislamiento por misantropía, mi insuficiencia por excepcionalidad, y pareció subyugarla el misterio de una soledad que por mi parte solo era impotencia. Tan romántica como yo, Angela siempre está dispuesta a encontrar magia donde la busca. De algún modo la emocionó mi debilidad. Me cogió de la mano y ya no dejamos de bailar el resto de la velada: a mí me parecía flotar a través de la luz radiente de la araña y de la melodía del éxito, de la juventud y de la esperanza.

Volví a casa de madrugada (había perdido la noción del tiempo) y solo al abrir la puerta recordé que Al llevaría horas esperándome para celebrar mi cumpleaños. La tarta se había derretido y una lágrima se disolvió en la nata. Estaba muy triste: intuía que había empezado a perderme. Y me dijo que íbamos a tener un hijo.

Desde entonces mi mundo se ha disociado: por un lado la sórdida realidad de Al y yo, que sin amor ni dinero hemos obtenido la negativa del único médico que hubiera podido ayudarla a abortar; y por otro lado el recuerdo del baile sin tiempo con Angela, que de algún modo me parece aún no haber terminado, un sueño que se ha repetido cada vez que salimos juntos. Somos muy felices cuando nos vemos. Es cierto que sus modales, su ropa y la joyas me hablan de clase, de buena familia, de mucho dinero. Pero no se trata solo de eso, sino que la quiero de verdad. Me inspira una ilusión y un amor tan avasalladores que me impiden casarme con Al. Incluso si ésta contara con todas las ventajas de Angela -¡hasta de su juventud, pero esto no es concebible!), preferiría casarme con la segunda. Y de todas formas, ya que todo lo tiene, ¿está prohibido que un hombre cumpla sus sueños? ¿Es un crimen la ambición?

Sin embargo, tuve que prometerle a Al que nos casaremos en Septiembre. Al día siguiente escuché en la radio la terrible estadística de los ahogados en los lagos, recordé que Al no sabe nadar y cierto pensamiento se me insinuó en la mente como una serpiente entre las flores. Los padres de Angela (que nada sabe de Al) me han invitado a su casa de campo para conocerme y ahora yazgo con mi amor justamente a orillas de un solitario lago. Me acaba de contar que en el último verano aquí se ahogó una pareja; a ella tardaron cinco días en hallarla, y él nunca apareció. Me pregunto si no la empujaría para librarse de ella y luego se esfumó. Con un susurro la serpiente vuelve a asomar entre los tallos. Intento pisotearle la cabeza pero se escabulle y sé que no tardará en aparecer. ¿Soy responsable de que lo haga? No puedo hacer nada para evitarlo.

Intentaré aniquilarla cada vez, pero sé que acabará picándome.                  

                                                                                                                                                                                         

miércoles, 6 de marzo de 2013

TESTIGO DE CARGO



                   


Muchos coinciden en que soy el mejor criminalista de mi tiempo, (¡Sir Wilfrid -proclaman-, el campeón de las causas perdidas!); pero solo los íntimos saben que la curiosidad es el auténtico motor de mi vida –y de bastante potencia para mover mis kilos, aunque haya perdido veinte-, por lo que el doctor Harrison, cardiólogo de Harley Street, me lo avería al prohibirme defender acusaciones de asesinato. Según él la excitación que conllevan las causas criminales podría congestionarme las arterias coronarias.

También me ha advertido el infausto doctor que si esta curiosidad mía alcanza el extremo de conocer qué hay en la otra orilla de la vida, que siga bebiendo coñac y fumando puros. ¿Será concebible la corte de Justicia sin el aroma de mis cigarros? ¿Qué clase de vida me espera rotando en la boca un caramelo de eucalipto mientras tramito procesos civiles tales como divorcios, desfalcos, o reclamaciones a agencias de seguros?

Esta mañana, al reingresar en mi despacho después de cuatro meses de convalecencia, he visto en escorzo, entre las apolilladas sombras del fondo, mis treinta y siete años de carrera, y retrotrayéndome en el tiempo a total super velocidad, como en aquella máquina de Mr. Wells, he salido propulsado hacia mi primer caso, el de aquel farmaceútico acusado de envenenar a su tío el pastor, y he recordado que yo estaba más nervioso que el mismo acusado. Aunque no soy ningún sentimental, cuando Carter, mi secretario, me ha mostrado la peluca que orna el ejercicio de mi profesión, me he emocionado, pero luego, al ver que le había puesto bolas de alcanfor, me he rebelado: ¿acaso ya estoy acabado?

¿Merece la pena seguir fisiológicamente vivo mientras renuncio al mayor placer que conozco, atisbar entre las volutas del tabaco o los vapores etílicos el único resquicio en la tesis del fiscal, la grieta de su argumentación por donde el acusado escapará de los muros de la cárcel o de la tarima del patíbulo? Me ha sofocado estos primeros conatos de insurrección Mrs. Plimsoll, la insufrible y parlanchina enfermera, aliada de jeringas, mantas eléctricas y bolsas de agua caliente, e inquisitorial rastreadora del coñac y los puros, de los que me acaba de descubrir unos cuantos insertos en la oquedad del bastón. No me había sino aposentado en el despacho cuando ya estaba ella exhortándome a echar una siestecita. Me sentí tan frustrado que ganas me dieron de retorcerle el gaznate de gansa graznadora. ¡Después de hacerlo, ni siquiera el doctor Harrison podría prohibirme participar en un proceso criminal! Ya que el doctor también me ha prevenido contra los placeres de la carne, creo que me habrá adjudicado esta fémina asexuada para que su presencia nunca me inspire un mal pensamiento.

Mientras, camino del dormitorio, probaba el ascensor que como el móvil trono de mi impotencia han instalado en el pasamanos para ahorrarme subir las escaleras (¡me toman por un inválido!) ha irrumpido Mayhew, el procurador. Sin saber el triste curso que ha adoptado mi carrera, venía a encomendarme la defensa del joven que lo acompañaba, un tal Leonard Vole. Le expliqué que con todo el dolor de mi corazón (¡ya salió la palabreja!) tenía que renunciar, pero cuando le vi las puntas de tres puros asomando por el bolsillo del chaleco, accedí, para horror de Mrs. Plimson, a que me expusiera el caso en vista a aconsejarle.

Resulta que ese tipo tan simpático y extrovertido es sospechoso de haber asesinado s Emily French, una adinerada cincuentona viuda que vivía en Hampstead con su ama de llaves. Sin antecedentes y con un excelente historial de guerra, Mr. Vole muestra toda la ingenuidad de la inocencia, la estupefacción de quien es víctima reciente de una trampa o una desgracia. Sin empleo fijo, él mismo se reconoce un bala perdida desde que volvió de la guerra, donde conoció y se casó con Christine no sé qué, y admite que frecuentaba a la viuda dejándose querer por ella para que invirtiera algún dinero en su modelo patentado de batidora, ya que es inventor amateur.

Si bien Mr. Vole admite que el día de autos la visitó y estuvieron jugando a las cartas y escuchando el gramófono, lo que niega con una convicción desarmante es haberle causado la muerte de un golpe en la nuca, tal y como reza la autopsia. Y hasta ha superado mi privado detector de mentiras: cuando lo he acusado de haberlo hecho, su interés en negarlo le ha impedido desviar la mirada deslumbrada por el fulmíneo reflejo del sol sobre mi monóculo, una prueba más eficaz que el típico flexo de las comisarias norteamericanas. Más allá del aspecto moral, solo empeño mi ciencia si estoy seguro de la inocencia del acusado porque de otro modo la emoción quedaría devaluada. ¿Qué interés puede tener el riesgo de que condenen a alguien que realmente sea culpable?

Lo apasionante es defender a un inocente a un paso de la horca. Como el pobre Mr. Vole, que se ve enredado en una maraña de indicios y pruebas circunstanciales, y sin más coartada que la de su esposa. Y para colmo el abogado que les he aconsejado, Brogan-Moore, acaba de llegar con la noticia de que Mrs. French le ha dejado ochenta mil libras a Mr. Vole, justo cuando iba yo a aconsejarle la ausencia de móvil como línea de defensa. Incluso la primera reacción del incauto Vole ha sido alegrarse por una herencia que puede salirle bien cara.

La situación se ha puesto tan peliaguda que la policía ha irrumpido en mi despacho para detenerlo. Y de la conversación que acabo de sostener con Christine, su esposa, he deducido que si la dejamos hablar en el juicio esa fría teutona clavará la última puntilla en el ataúd de su marido. ¡Un reto como éste es irresistible! Ahora mismo voy a telefonear al doctor Harrison (si no cambia de opinión, seré yo quien cambie de médico) y a pedirle fuego a esta impertinente enfermera. ¡Es posible que en este juicio no solo sea al acusado a quien roce la muerte, pero prefiero eso a estar muerto en vida!      
                                                         

domingo, 3 de marzo de 2013

HISTORIAS DE PHILADELPHIA



                  


Solo porque llevaba algunas semanas tambaléandome de vuelta a casa a las cinco de la mañana y aquel fotógrafo me congeló en un tórrido abrazo con cierta rubia, Tracy se divorció de mí y el último día me echó de casa con la excusa de que era un juerguista y hasta me rompió lo único que en casa apreciaba yo más que a ella: mis palos de golf.

Desamparado, me exilié a Buenos Aires, donde en compañía de Junius Lord, el hermano de Tracy asignado a la embajada, durante dos años he padecido una dura existencia entre partidos de polo y asados, morenas exigentes y cócteles en el club. Y ya que nadie me encomendaba el diseño de sus yates, me he tenido que dedicar al último recurso de todo marginado de la alta sociedad: trabajar como corresponsal de Spy, la revista que con tal de propagar un escándalo es capaz de prenderlo.

De vuelta a EEUU, ayer jueves el editor de Spy, Sidney Kidd (alias “la hiena”), me azuzó contra Tracy, mi ex, que mañana sábado se casa con ese advenedizo patán de George Kittredge, y me amenazó con airear la relación del padre de Tracy con una bailarina si yo no asistía a la boda para lograr la exclusiva, como si me importara el honor de los Lord o aún sintiera algo por esa irritante pelirroja que me obligó a abandonar el golf. Es cierto que hay noches que no duermo recordando la lluvia cobriza de su pelo, las chispas entre ágata y esmeralda de sus ojos, y la tensión de los pómulos; o que no puedo pasar de la tercera copa porque su recuerdo me nubla los ojos; pero si a algo he venido es a vengarme de ella.

Además, tenía que presentar como amigos de Junius a dos profesionales de la revista para que se alojaran en la mansión de los Lord hasta la celebración de la boda: Liz Imbrie, la misma fotógrafa que nos siguió a Tracy ya mí en nuestra luna de miel a bordo del “Amor verdadero” (no sé quién bautizó así al yate ni por qué me sigue conmoviendo el recuerdo de aquellos días) y Macauley Connor, un reportero que se cree otro Hemingway. Entre los tres hemos de dilucidar, por ejemplo, si Tracy y su madre –es decir, Tracy, que es la que cuenta- invitarían a Seth, el padre y esposo tan aficionado a las bailarinas. Sin embargo, como me ocurrió a mí, Seth ha sido otra víctima de Tracy. Nadie mejor que yo puede comprender a ese hombre, condenado al vicio por culpa de la intransigente rectitud de su hija y de su moral de hierro y cariño de cubitos de hielo. Tiene ella expectativas tan altas respecto a los hombres de su vida que ni un gigante las acanzaría, y menos que nadie ese gañán de George, el pretencioso pretendiente con quien solo se casa por despecho.

Esta mañana hemos llegado los tres –Liz, Connor y yo- y me han recibido con los brazos abiertos el vigilante, el mayordomo, los perros, Dinah –la hermana pequeña- y mamá Lord, es decir, todo el mundo menos esa testaruda de Tracy. En cuanto me vio, dio un respingo y las pecas le rebotaron como canicas en las mejillas: parecía haber visto al fantasma que siempre me acusaba de ser. Oficialmente me presenté como sustituto de Junius, el padrino, al que no han dado vacaciones, y cuando la sarcástica Dinah dijo que ojalá hubiera venido para sustituir al novio, estúpido de mí, estuve a punto de darle la razón.

En cuanto me referí a los dos presuntos amigos de Junius, que había dejado en el salón sur, Tracy supo que eran periodistas y me fulminó con el rayo de su mirada. Todo empecé a verlo rojo. Quizá por obra de su indignación (tono rojo-ira), del color de su pelo o porque pintamos así el casco del “Amor verdadero”, lo cierto es que intuí que mañana sábado ocurrirá algo desastroso. ¿Será su boda la catástrofe? De todos modos tuvo que admitir a esos dos chupatintas al enterarse de que el editor tiene en su despacho un dossier sobre las andanzas de su padre. Con la elegante hipocresía de nuestra clase convenció a su madre y a su hermana de que se comportaran de modo que la pareja de periodistas no supieran que ellas sabían que lo eran.

Salimos a la terraza a que los conocieran y allí empezaron los equívocos, y ojalá mañana Tracy se equivocara de novio y se casara con otro, me sorprendo deseando ahora. En efecto, las tres Lord se comportaron con perfecta artificiosidad. Se nos unió George, que ni siquiera sabía coger la copa de jerez. Liz se puso a hacer fotos como quien tira dardos. También asomó el tío Willie, al que para su estupor Tracy hizo pasar por su padre para ocultar a los chicos de la prensa que no pensaba invitarlo. Willie, el típico viejo verde de las comedias, se puso a pellizcar a la fotógrafa, por lo que debieron salirle desenfocadas las instantáneas que nos tomó a Tracy, George y a mí, las caras de los tres avinagradas por las indirectas que nos lanzábamos. El jerez parecía envenenado y de las rosas emanaban gases lacrimógenos. Menuda escena familiar representamos. El colmo fue cuando por sorpresa se presentó el auténtico Seth, el padre de Tracy, la cual ahora no pudo sino tratarlo como si fuera el tío Willie. Con decir que esta mañana he sido yo quien menos ha mentido… sin contar las mentiras a mí mismo, claro está.

Por la tarde me he encontrado a Tracy y a Connor en la piscina; parecían sonrojados y los ojos les fulguraban. Entre ellos fluían sospechosas ondas de armonía y comprensión, teniendo en cuanta que él parece embrollado con la fotógrafa y, sobre todo, que ella se casa mañana. Y ella y yo nos volvimos a enzarzar en más recriminaciones sobre quién había hundido nuestro matrimonio como si fuera el “Amor verdadero”, aquel yate. Insistí en que sus rígidas exigencias habían tenido la culpa. Incluso tuve que recordarle cierta borrachera, la única suya, en que se comportó como la borracha perfecta, es decir, ridículamente. Violento, Connor nos había dejado, y cuando llegó George también yo me fui con tal de no darle un puñetazo al muy cretino. Si lograse que esta noche Tracy se emborrachara, puede que la lucidez del alcohol le desvelara la zafiedad de ese tipo.

Hasta he olvidado darle mi regalo de boda, una reproducción de juguete del “Amor verdadero”, el más maravilloso balandro que jamás diseñé, manejable, airoso y grácil, lo que un barco debiera ser por siempre, si no lo oxidara la herrumbre del uso, de la costumbre. Pero todo lo sigo viendo rojo. Como si fuera posible limpiarle el óxido al casco y su color rojo pasión volviera a rebrillar entre la espuma bordeando la costa de Maine. Será porque va a ocurrir algún desastre: el pelo de esa pelirroja de nuevo lloviendo sobre mi almohada.