sábado, 24 de noviembre de 2018

EL ABRAZO DE LA MUERTE



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Dónde estás, preguntaba al hierro del lago,
dónde estás, gritaba al viento blanco de Chicago,
dónde, en el frío de huesos de Chicago,
a mil noches y dos mil millas de distancia,
pensando en Los Ángeles, tú eras Los Ángeles,
Los Ángeles era una joven tan bella como tú,
dónde entre las sonrisas del sol de Los Ángeles al aire
y la espuma y la música y el delirio de los neones a orillas del alba,
en qué grieta del frenesí te habrías filtrado,
tú tejida de sombra más clara que ninguna,
en la cripta de qué soledad te habrías refugiado,
tú llena de luz más oscura que ninguna.
Pero yo sabía que no había tiempo que no te perteneciera,
que en el mundo no había espacio que no fuera tuyo.
                                  
Dónde estás, preguntaba a las palmeras de Los Ángeles,
dónde estás, de vuelta de la guerra de Chicago,
dónde a los tranvías, a las calles y garitos reencontrados,
dónde al silencio de los teléfonos y al vuelo de las gaviotas,
dónde a los mismos mendigos y vendedores de toda la vida,
ni ante mí lo reconocía pero había vuelto por ti,
tallada por un olvido más memorable que ninguna,
desvanecida en un recuerdo más punzante e inagotable,
dónde estás, le pregunté al Rodeo, nuestro templo,
el museo de nuestro amor y de nuestro odio,
con los besos e insultos del pasado acumulados en los rincones,
y cuando te vi bailando supe que estaba escrito,
escrito en los dados de los garitos y en la dirección de los tranvías,
escrito en el vuelo de las gaviotas y en las luces de los neones,
escrito en las maldiciones de los mendigos,
danzando pura y súbita como una llama
tus pasos estaban creando un nuevo y viejo Rodeo.

Dónde estás, le pregunto a la carretera, al miedo,
al furgón blindado que voy a robarme a mí mismo,
dónde al alcance de los cuchillos de Slim Dundee,
de las bofetadas de sus corbatas crema sobre camisas negras,
dónde has huido del odio de mi familia
y de la rabia ciega del teniente Pete Ramírez,
mejor no buscarte, más remota que ninguna,
mejor no perseguirte, más fría y sola y muda que ninguna,
solo podré tenerte en las formas vacías y huecas
(la traición, la huida, el robo, el asesinato)
que la desesperación, el ansia por ti,
te atribuyen, amor, bella y joven muerte.










jueves, 22 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 23 de Noviembre: Una conversación esquizofrénica.



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Escribirme en el teléfono bxyczxtlmv fue el medio por el que Ángela reivindicó el asalto de la policía de la víspera. El puesto de su padre como Comisario Jefe le vale para disponer a su antojo de las fuerzas policiales. Al final los agentes me dejaron ir, no sin amenazarme con trasladar el caso al juzgado, aunque por supuesto no encontraron pruebas que me incriminaran. Furibundo de rabia, me puse a medir arriba y abajo el apartamento a largas zancadas, desde el escritorio al fregadero de la cocina, desde el fregadero al escritorio, con el tronco inclinado adelante y las manos estrujadas a la espalda, lamentando la injusticia de que era objeto.
Me cebé contra Ángela rearmándome de argumentos, la acusé de vengativa patológica y en voz alta le achaqué la persecución de que en los últimos dos años me ha hecho objeto por el solo hecho de haberme ido a la cama con una amiga cuando aún no sabía que me vigilaba por todos los medios posibles. Me imaginaba sus réplicas, y a este paso pronto impostaré su voz tenue y aflautada, imitaré su malignidad embotada por una calma engañosa, su serenidad afilada, acusándome de mi traición. Aunque llevábamos años sin vernos y vivíamos ella en Madrid y yo en Granada, cuando la engañé con Esther ya me constaba el interés de Ángela por mí, manifestado por unas palabras de mi hermana, colega suya en el oficio de periodista y buena amiga suya.
Y así me pasé la mañana de ayer, arriba y abajo por el apartamento, dándole réplica mental y escuchando sus motivos, trabando una disputa imaginaria dentro de mi cabeza. Solo mientras me puse a leer Sol de Mayo, el extraordinario thriller de Antonio Manzini, dejaron las voces de resonar en la bóveda craneal. Pero la discusión se reanudó durante el almuerzo. Engolfado en una retahíla de recriminaciones, se me achicharró la tortilla de patatas, y también de ello la culpé. En la figura de Ángela convergen tantas fuerzas invisibles que es capaz de dominarme o al menos condicionarme el pensamiento, como un demonio grande me hace rabiar como un demonio pequeño, me atormenta tirando de hilos inaprensibles, me tuerce y retuerce contorsionando la marioneta en que me he convertido. Y yo alimento su poder magnificándola, satanizándola como ahora, y me posee como un espíritu al médium que ha tenido la imprudencia de invocarlo. Es como si también me hubiera hackeado el cerebro o instalado en los sesos un chip determinante. La obsesión me domina. ¿Cuándo considerará que he pagado por mi falta, dejará de perseguirme desde el mundo virtual y se materializará en la vida real? Se supone que cuando nos veamos simularemos que nada de esto ha sucedido. Lo cierto es que Ángela se ha convertido en mi bestia negra. Es un enemigo omnisciente, omnipotente, de poder omnímodo. Si pudiera dejar de pensar en ella podría creer que estoy remontando la partida, y ya basta de todo esto porque describiendo su poder sobre mí no hago sino confirmarlo y volveré a enzarzarme en la discusión con un fantasma.
En nuestro cotidiano paseo por el centro, puse en antecedentes a mi madre sobre mis problemas con la policía. Indignado, le planteé la posibilidad de denunciar el atropello, pero encogiéndose de hombros me aconsejó dejarlo estar. Tuve que morderme la lengua para no acusarla de estar aliada con Ángela. En los tiempos que siguieron a mis devaneos con Esther mi madre se negó a pasear conmigo con la falsa excusa de una imaginaria artritis.
Hoy he pasado la mañana recostado en el lecho. Agotada la energía del odio, la exasperación ha dejado paso al agotamiento y la medicación me ha hecho efecto. Por la tarde he reunido fuerzas para escribir un post sobre El Abrazo de la Muerte, la película que vi ayer, con lo que el blog recupera un aspecto de normalidad. Por lo demás, en estos dos días no he encontrado rastro del barbas que me espiaba.
                     
                                        

miércoles, 21 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 21 de Noviembre: El asalto de la policía



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Camino de la biblioteca, esta mañana el barbudo ha vuelto a husmearme la sombra. Con su presencia Ángela intenta amedrentarme. No puedo recurrir a la policía para librarme de él. La policía está de parte de Ángela; de hecho está siguiéndome valiéndose de una tecnología policial, como si yo fuera un capo de la mafia o el cabecilla de algún cártel de la droga. Esta tarde ha sucedido algo que ha acabado de confirmármelo.
En el supermercado, una coliflor y dos manzanas coronaban mis dos  bolsas de papel de estraza. Abonada la cuenta, antes de alcanzar la salida me salió al paso un tétrico y truculento moreno de tez aceitunada y parche en un ojo, que extendiendo la siniestra sin mover los labios, por la comisura de ese lado musitó una letanía de corrido, y denegando con la cabeza para esquivar a aquel menesteroso, me hice a un lado.
-Por favor, venga por aquí –ahora me pareció un encuestador, de no ser por su tono funerario lo habría tomado por un vendedor deseoso de guiarme al stand. La espalda cargada, el tupido vello en los brazos y del nacimiento del cuello, la separación excesiva entre la nariz y la boca, lo acercaban a la especie de los primates.
-Será mejor que no ponga dificultades. Acompáñeme.
El vistazo al carnet plastificado en el interior de la cartera instantáneamente abierta me hizo consciente de la verdad. Volvió a extender el brazo a la izquierda, mostrándome el camino. Obraba con discreción, consciente de su vil condición. Por la derecha surgió la inevitable pareja, otro moreno que más joven, erguido pero igual de rígido, con idénticos rasgos parecidos a boyas vacilantes sobre una superficie traicionera, y con otro polo verduzco mosca, parecía el hermano menor, la versión mejorada de primero antes de ser corrompida por el ejemplo del mayor. Enmudeció el hilo musical; la promotora de chocolatinas abrió los ojos de par en par; se volvió el cajero, en la detenida cola se plegaron ceños y crisparon mejillas. Me dejé conducir entre ambos hacia la puerta entornada de un modesto despacho, seguramente del gerente. El más joven entró el último y la cerró. Hicieron a los lados las dos sillas de los visitantes y conmigo en medio nos quedamos ante la mesa. El mayor me escrutaba con la mirada sesgada de su ojo único. Siguió hablando con habilidades de ventrílocuo, como si a través de la garganta y la caja de resonancia del tórax sonara una grabadora:
-Está usted siendo investigado por un robo en este local. Vamos a proceder a registrarlo. Deje las cosas sobre la mesa –al callar tenía la costumbre de cloquear con la epiglotis: la tecla de apagado de la grabadora.
-Debe de ser un error. Yo no he robado nada.
-En una grabación de las cámaras aparece alguien clavado a usted guardándose en el bolsillo una alta de caviar. Le aconsejo que colabore.
-Oiga, aquí ni siquiera tienen caviar auténtico… Los cajeros me conocen.
-Precisamente por eso.
El mudo se puso a descargar una bolsa y para mantener la dignidad yo hice lo mismo con la otra. La mesa, por lo demás vacía, pronto empezó a parecer un puesto ambulante.
-¿Tiene el ticket?       
-¿También se supone que esto lo he robado?
Vacíese los bolsillos y ponga todo aquí encima.
Él se ocupó del resto de la otra bolsa. Ocluí la compuerta de los labios para obstruir la corriente de protestas y acabar cuanto antes. Deposité en la mesa el contenido del bolsillo izquierdo del pantalón: el cadáver de un pañuelo de papel usado, una pelusa larvada, un extinto bono de bus, un caramelo de eucalipto, el tintineante manojo de llaves, el ticket de compra y un papelito arrugado con las notas tomadas al vuelo para un relato nonato. Mientras con la actitud de un comprador desconfiado el joven cotejaba el ticket con los artículos de la mesa, el otro intentaba descifrar mis apuntes.
-Es la lista de la compra –le dije, para un policía nada hay tan sospechoso como la literatura.
-Aquí hay indicaciones muy sospechosas: “Quitar el dinero”… “Eliminar esto” –renuncié:
-De acuerdo, es el plan de…
-¿Un robo?
Impulsado por un movimiento en falso de su compañero, un tomate rodó por la mesa.
-Aquí esto no concuerda –la voz del hermano pequeño era, más que chillona, incisiva y aguda como la hoja de un cuchillo. Le indicó al mayor que en el ticket no aparecía una lasagna que ya goteaba en una esquina de la mesa. Éste le hizo saber que constaba como ultracongelado.
-El otro bolsillo, vamos.
Mi tenso puño dejó caer en la mesa el resto de una tableta de pastillas, un botón de repuesto envuelto en plástico, el envoltorio de un chicle, las monedas del cambio y la tarjeta sanitaria. Del bolsillo interior de la americana extraje el carnet de identidad.
-¿Es que no lleva teléfono?
Iba a replicarle que lo tenía intervenido, y que en nada parecían progresar las investigaciones de sus compañeros de la unidad telemática, pero fue más rápido:
-¿Y tampoco cartera?
Escandalizados, aquellos sabuesos dedicados a proteger la cartera de los potentados, no podían creer que nadie en su sano juicio renunciara a llevarla.
-Ni siquiera me han pedido que me identifique. ¿Qué clase de policías son ustedes?
-Lo conocemos perfectamente, puede estar seguro. ¿Y estas pastillas para qué son, para una noche de juerga? –me subió la temperatura corporal, la rabia ya borboteaba en la caldera de mi ánimo.
-Son tranquilizantes. Los llevo por si me topo con algún policía impertinente.
-Quítese la americana. Los zapatos fuera.
Por suerte eran de lengüeta y no tuve que agacharme para quitármelos. El joven se lanzó a husmearlos como un perro.
-¿Quieren también los calcetines? Les advierto que son de ayer.
-Ahora los pantalones y la camisa.
-Esto no va aquedar así.
-Desnúdese de una vez y ponga los brazos en cruz.

                                          

lunes, 19 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 19 de Noviembre: El seguimiento



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Los días pasan como las páginas de una novela de terror; y eso que la vida debería transcurrir fácil para mí, un pensionista de mediana edad que vive solo, sin responsabilidades, apenas ocupado por la naturaleza de sus lecturas y por la escritura. Sin embargo, la persecución de Ángela me ha trastornado. El consumo de veinticinco gramos diarios de Olanzapina no logra tranquilizarme. Me gana la obsesión. Porque aunque solo nos hayamos visto un par de días tengo que decir que Ángela es el amor de mi vida y ardo en deseos de que abandone el asedio virtual con que me hostiga y aparezca de una vez en la vida real. A duras penas puedo concentrarme en la lectura. Estos días he leído El Ruido del Tiempo, de Julian Barnes, un análisis de la relación de Shostakóvich con el poder soviético.
En mi caso Ángela detenta el poder, nada puedo hacer que ella no controle. Ignoro por qué medio incluso me sigue por la calle, su ojo insomne todo lo ve, tal y como atestiguan su toma de contacto con tres técnicos de informática y con cierto abogado, con quienes solo me hube relacionado entrando en sus respectivos locales. Y es que al rato de contratar sus servicios ya los tenía en contra. Ignoro con qué medios, además del dinero, se captaba sus voluntades, supongo que les decía que era una broma de enamorados.
Ayer por la tarde, camino de la farmacia, detecté a un barbudo patizambo que me seguía como a saltos de un caballo de ajedrez, y un punzón de hielo me horadó el corazón. En la farmacia, tras insertar en el ordenador mi tarjeta sanitaria, se negaron a facilitarme la medicación porque al parecer el médico me la había anulado. No es la primera vez que Ángela logra hackear el sistema informático del Servicio Andaluz de Salud. Esta mañana el asombrado médico de cabecera me ha reactivado la medicación. A la salida de la farmacia, acalorado, vi al barbudo que sonándose con un pañuelo de papel me aguardaba junto a un escaparate de la acera de enfrente. Me siguió hasta el supermercado abierto los domingos por la tarde, y de aquí hasta casa. Lo peor que puede pasarle a un paranoico es que lo sigan de verdad.
Más tarde, a través de un ángulo de la cortina de encaje del salón lo vi merodear por la calle y me sentí caer de vértigo desde la tercera planta a la acera. Sin duda, es un esbirro de Ángela, que ya no tiene bastante con su seguimiento a través del sistema de localización que le procura, como a través de las telepantallas de 1984, de Orwell, información acerca de mis movimientos. Por la noche, después de ver Trono de Sangre, la adaptación de Kurosawa de Macbeth al Japón antiguo, vi que el barbas aún hacía guardia apostado junto al kebab de enfrente. Hoy no ha hecho acto de presencia. En el paseo dado con mi madre por el centro no ha vuelto a aparecer. Por supuesto que mi madre no ha creído en su existencia. La presencia de Ángela solo se ha hecho notar en el ordenador portátil. Durante largo tiempo, el cursor, como atenazado, no me ha obedecido en mis intentos por salir de Twitter.
                                        




sábado, 17 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 17 de Noviembre: El asedio



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Me roen las ratas grises del frío. Aislado como un preso o un loco, asediado por el ansia de una mujer y por mi propia ansiedad, acechado por sus asechanzas, hoy sábado, con una manta sobre los hombros y de madrugada, vuelvo a escribir en el blog. Sin embargo, no será el típico post sobre alguna película recientemente vista, sino la primera entrada de un triste diario. Y es que por culpa de Ángela todo lo que me era favorable ahora me es adverso. Todo lo familiar, hostil. Lo tranquilizante, inquietante. Mi ideal se ha transformado en un peligro. El sabor de la vida se me ha desazonado. Ni siquiera aquellas Furias griegas podrán dañar tanto como una mujer celosa encelada en tender celadas. Tengo hackeada por ella mi cuenta de Twitter y de correo electrónico, me ha monitorizado el teléfono y lanzado un virus en mi ordenador para controlarlo. De nada me valen formatearlo o cambiar de teléfono; al instante ella se encarga de hacerme saber que el asedio persiste. La he denunciado a la policía pero su padre, teniente de la comisaría central, se habrá encargado de que la denuncia no prospere. Si salgo a la calle, mis pasos son vigilados. Ella ha vuelto contra mí a todos mis familiares y amigos, que me hacen el vacío.
Al menos he convocado todas mis fuerzas para emprender este diario rompiendo mi bloqueo mental, correlato del cerco de peligro, del círculo de fuego que me acorrala. Terribles sucesos me impedían emprender un nuevo escrito. Incluso casi he abandonado el blog cinéfilo que tantas alegrías me ha deparado. El agotamiento de mi inventiva es garantía de sinceridad. No me hallo en condiciones de inventar episodios ni de estructurarlos, de cambiarlos o combinarlos, me limitaré a narrar los hechos con verdad y naturalidad, tal y como vayan sucediéndose. Escribir me desentumece los dedos y el espíritu. La mesa deja de parecerme un catafalco, el sofá y las sillas han dejado de jugar a las estatuas. Ningún monstruo se agazapa detrás de la pantalla de plasma. Ya hace menos frío. Pero hay algo que nunca cambiará: esa mujer y yo nos hemos convertido en las dos caras de una moneda. Y por supuesto, ella es la cara.
Mientras escribo, el cursor emprende por su cuenta un bailoteo o guiño circular de burla o irrisión. Ella tampoco duerme. No sé si me permitirá publicar estas líneas.
                               

lunes, 5 de noviembre de 2018

WINCHESTER 73



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Soy exacto y seguro, raudo y letal,
bello y peligroso como una mujer fatal,
solo que yo no estoy en venta, no tengo precio, valgo la vida,
soy frío y tranquilo, pero presto a explotar como un loco,
con un único ojo y perfil afilado, todo yo un solo falo,
uno entre mil,
como a un fetiche me adoran Grant, Wyatt Earp, Bufalo Bill,
tengo la culata de cachalote, incrustaciones de marfil,
todos los pistoleros venderían su alma por mí,
hablo con balas como otros con palabras directo al corazón,
soy un rifle de repetición,
uno de los cuarenta y tres Winchester 73,
el Stradivarius del sicario, Guarnieri del pionero,
pertenezco a los hombres que tañen la música de la muerte,
unas percusiones que repercuten y puntúan el silencio fúnebre,
y aunque he tenido dueños buenos y malos
como Lin y Dutch, estos dos hermanos,
parezco condenado a caer en poder de los peores,
y como la belleza doy mala suerte a quien me posee
o quizá la muerte atrae a la muerte como la sangre a la sangre,
todos pelean por mí, se creen con derecho a poseerme,
tal vez como ciertas mujeres extraigo lo más cruel de los hombres
y atraigo a cuatreros y forajidos, a atracadores y asesinos,
ojalá alguna vez cayera en unas manos que me merezcan,
inocentes y blancas, de pan,
como las de Lin,
cuya puntería me ganó como premio en Dodge,
y de Lin por una emboscada negra pasé a Dutch
y de Dutch por arte del póquer al comerciante Lamont
y de Lamont por la fuerza a un sioux
y del sioux por la necesidad del azar al forajido Miller
y de Miller por la codicia verde a su colega Johnny Deen
y de Deen otra vez de vuelta a Dutch
y de Dutch, quién sabe, ojalá de vuelta a su perseguidor Lin,
todos pelean por mí,
ya estoy resignado a ir de mano en mano,
me pregunto por qué entre el bien y el mal,
esas dos caras de la moneda del azar,
siempre me ganan los asesinos, el hombre letal,
será porque albergo el relámpago de la muerte potencial.
      











domingo, 28 de octubre de 2018

ODA A SAMUEL FULLER



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Samuel Fuller, autor modelo de Cahiers,
naturalizado francés, genio eterno de la serie B,
escéptico y lúcido como una lámpara encendida al amanecer,
malinterpretado y apropiado como Wagner,
con tu cámara escribes en la página de la pantalla,
colono del cine, moderno pionero, último primitivo,
fieramente tierno, impenitente compasivo,
barroco trágico,
violentamente pacífico,
aguerrido guerrero antibélico,
idealista, soldado antimilitarista,
en tus películas de guerra que casi no tienen extras
la batalla es el cadáver de una niña en las ruinas,
la locura es una bailarina ebria que desquicia la trinchera,
y sale la muerte del cañón de tu cámara, que apunta y dispara
como cuando gritas acción con un revólver en mano
y en la otra el dedo acusador de un habano,
te revelas como un mago del espacio,
tu cine de guerra tiene unidad de lugar y una estructura circular
donde tus personajes gozan de una segunda oportunidad,
un mito recurrente, la vuelta al lugar del crimen
o del amor,
el teatro de la guerra de Corea es un templo de Buda o la selva
donde un enemigo invisible acosa a una patrulla perdida,
pero deconstruyes los tópicos que devienen ritos fantasmagóricos,
como buen autor superas los géneros,
pionero, parece que todo lo ruedas el primero,
en tus westerns los travellings construyen las cabalgadas,
los duelos son la intensidad de tu mirada,
y el espacio y el clima fluyen del ángulo de la cámara,
tu puesta en escena impacta como una bala exacta,
tu ojo es el pistolero más rápido,
y el frenesí de los asesinos reside en la locura de tus planos,
Samuel Fuller,
némesis de políticos e intelectuales,
tu libertinaje ideológico hace enemigos en todas partes,
vehemente y turbador, efusivo y firme,
te pareces a tu musa Constance Towers
y a tu meceneas Darryll Zanuck, de la Fox,
exhibes las insignias del horror para combatir el horror,
eres hermano de Nicholas Ray, hijo de Raoul Walsh,
un anarquista reaccionario como Ford,
tu verdadera musa es la pasión,
cirujano de guiones,
tus planos son musicales,
cineasta de rodaje raudo y nervio puro,
genio de la serie B, b de tu idolatrado Beethoven,
otro inadaptado, como tú rey del contraste
que habría sido tu mejor personaje;
de tu juventud como periodista
provienen tu cine naturalista, documentalista,
el latido de los marginados, el ladrido de los desfavorecidos,
y tus primeros planos parecidos a primeras planas,
las imágenes inaugurales de tus obras que atrapan como titulares,
Samuel Fuller, director maldito y mutilado,
reportero y fusilero
que rodaste la entrada de los aliados a Falkenau,
arrebatado antirracista, airado individualista,
novelista,      
tu cine es palabra en movimiento, imágenes escritas,
espasmódico rupturista,
paroxístico incorformista,
a contracorriente como un salmón que busca la muerte,
enemigo de Hollywood, cineasta independiente,
tu cámara ama y odia a tus personajes,
en travelling los abraza, con un zoom les dispara,
baila con ellos en un ballet de espectros,
los besa, los acaricia, los mata.









miércoles, 3 de octubre de 2018

DÍAS SIN HUELLA




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A la luz venenosa del alcohol
la camarera es Cleopatra que en el Nilo boga
entre las islas de las mesas,
y el tiempo es un tren del que a velocidad de vértigo
no me puedo bajar.
Bajo la luz estridente del whisky
la botella es una lámpara de Aladino
que con su genio me concede setenta deseos
y el amor de Helen es una araña
que con sus patas peludas me anda por la cara,
la soledad es una fiesta
en que sombras brindan con mis sombras por mis sombras,
y los amigos son los cómplices
del asesinato de mi perro, de mi gato.
A la luz de las copas obesas
mi máquina de escribir es un piano
que algún día tocaré como un ruso
y mi sonrisa es de calavera ebria
que de mí se burla en los espejos,
 la copa es un océano con una tormenta
adentro
y la luz es una puta con una cuchilla
en cada mano,
la calle es un teatro en que la vida representa
escenas fugaces, elegantes, tan felices,
y el cariño de mi hermano Wick es un murciélago
que se emborracha con mi propia sangre.
                  
A la sombría sobriedad
Brahms, Beethoven, Bach son tinieblas sordas
y la vergüenza la amante más complaciente.
A la luz negra de la sobriedad
el sexo es una zarza que arde ciega
y el miedo es mi padre, mi jefe, mi amo,
la hora un desierto de cien minutos de arena
y la humillación mi abnegada madre.
Al cristal del vaso enfermo, vacío,
el beso de Helen es baba de caracol
y el fracaso un amigo que invita a la próxima,
las tragedias de Shakespeare son rezos de viejas,
la sed la visita de una mendiga por hora.
A la sombra blanca de mi abstinencia
el dinero es agua, el agua veneno
y la casa de empeños una amiga judía
en Yom Kippur, el día del tormento, el sufrimiento,
el suicidio es un buen amigo que te presenta
a alguna de sus amigas, tan rápidas,
la navaja o la pistola,
pero sabes que con un trago
los cláxones sonarán a primeros violines
de la Orquesta Filarmónica de Nueva York.

Al claroscuro de mi prosa
la página en blanco será una botella llena,
y mi primera y única frase
la vida de un pobre hombre
colgado del cuello de una botella.