sábado, 16 de marzo de 2019

EL ASEDIO: A la fuga.


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Idéntico a una cancha de tenis sin recogepelotas, el suelo de linóleo estaba plagado de pelotas de papel. Un amigo de Kafka –por parafrasear el cuento del gran Isaac Bashevis Singer- debía saber que un sótano es más propicio a las musas que un ático. En el palomar el vuelo de mi imaginación era rasante. El miedo estaba lejos de ser el estímulo creativo esperado.
Y he aquí que materializando mis negros temores en el interfono estalló un pitido atizado por el insomnio y mis desvelos, amplificado por los nervios que me equivocaban la vida y trababan los pasos, un pitido que del negro viró al rojo, y que rasgando el silencio yermo con el apremio de una alarma antiaérea me hizo brincar como una cabra a un disparo de la mesa donde me encorvaba sobre un papel en blanco. Me acerqué al telefonillo con prudente sigilo, no fuera a despertar con otra estridencia. Sabía que eran ellos.
La víspera me había telefoneado el sargento, el hermano mayor, instándome con un látigo en la voz a presentarme en comisaría para ampliar mi declaración. Insistió, pese a que le expresé mi nula voluntad de declarar nada nuevo. Estaba seguro de que se disponían a detenerme por alguno de los cargos que pesaban sobre mi inocencia de cordero, y que para ahorrar tiempo en aquel caso falso, artificial, pretendían que yo mismo fuera al matadero a ofrecerles la cerviz. Podía escuchar los rugidos del padre de Ángela exhortando al sargento a no invertir con un pazguato más tiempo que el estrictamente necesario. Al fin y al cabo se suponía que tendrían delincuentes reales a quien perseguir. Sin embargo, de nada me valió anticipar sus propósitos. Sumido en el mismo trance estupefacto y estupefaciente que me impedía inventar ninguna trama o estructura novelística, transido de impotencia, en toda la noche no supe adoptar ninguna línea de acción. Me limité a apagar el cuarto teléfono comprado.
Y más tarde, con la mano extendida hacia el telefonillo, seguía paralizado como el pajarillo ante la serpiente, la voluntad en suspenso, desbordado por el suspense, con un remolino de ciegas ideas en la mente, sin que los renovados pitidos, cada vez más perentorios, me hicieran reaccionar. A los trinos de los mirlos del vecino logré activar los músculos. Di un paso atrás. Tenía que volar de allí. La huida era la única solución. Descolgué el telefonillo sin idea de responder, por si sorprendía algún intercambio entre los funerarios hermanos, y la respuesta que al requerir la identificación del llamante recibió alguno de los vecinos, haciendo retemblar la médula del edificio, me confirmó que se trataba de la policía.
Improvisé un plan de fuga. Mirando en torno constaté que nada tenía que llevarme. Me iría con lo puesto, unos tejanos negros con mis escasos recursos en los bolsillos, zapatillas de tenis azul oscuro con ribetes rojos, la camisa gris marengo. Solo requería acción, presente puro y rabioso como un mastín de raza. Así cortaría los hilos de contacto con el pasado, prefería no salvar ningún objeto del naufragio de mi vida. No iba a lastrar mi escapada con el ordenador portátil ni mucho menos con el teléfono, que en vez de prestarme ayuda me habían hecho tan vulnerable a los ataques de Ángela, y ahora podrían señalarle el trayecto de mi nuevo destino.
Volaría de allí ligero y expedito, libre como un pájaro, me repetía. Abandonaría el palomar por los aires. Y con tal propósito salí a la extensa terraza, esquivé el tendedero donde se agitaban al viento los espectros que una matrona con estudiantes en régimen de pensión subía a diario en una canasta de mimbre, y miré el horizonte, erizado de antenas de televisión y varias de telefonía, que parecían sostener el dosel añil del cielo estampado de nubes rampantes. Medí la distancia que separaba la terraza de los terrados vecinos. Giré al oeste y tras la garita de la maquinaria del ascensor constaté que el terrado más cercano, de pizarra, se extendía, más allá de la cornisa, al otro lado de un diminuto patio de luces humoso y grasiento, enrarecido de fritangas, comparable por el tamaño con un lucernario.
Si de una a otra terraza tendía alguno de los listones de madera apilados junto a la garita, procedentes de algún desguace, podría sin mucho peligro salvar el vacío hediondo, y, una vez trasplantado allí, no tendría más que acceder a la escalera del edificio y bajar a la calle. Tenía el Audi aparcado dos calles más arriba, no creía que se hubieran preocupado de localizarlo. Pero al asomarme al hueco, con una náusea el lejano cuadrado del suelo pareció subir desbordando el abismo, rebosando el precipicio como agua que borboteara de un pozo o como una fosa séptica colmada, y hasta sentí el impacto del cemento en la frente. Descarté tal plan de evasión. Si me equilibraba sobre la tabla, mi fin sería tan cierto como si lo hiciese sobre la plancha de un barco pirata. Me succionaría el beso del vértigo, el vacío imantaría la oxidada aleación de mi voluntad.
Desde algún lavadero una voz femenina tarareó una zarzuela que tomé por el canto de las sirenas. Me quedé perplejo al borde del abismo, abrazando un vacío oloroso de estofado y sardinas asadas. Me reventó en la nuca una inmunda sustancia tibia y mucilaginosa, una dulce nota pulsó el aire, y me volví a tiempo de ver cómo de repente viraba al este un destello oscuro, el vuelo rectilíneo de la golondrina culpable. Un zumbido seguido de un dúo de voces me hizo saber que la pareja de polizontes habían derribado la puerta e irrumpido en el palomar.
Al volverme allí vi cómo de la puerta de la escalera asomaba la oronda silueta de la matrona que acarreando la canasta, recortada contra el dilatado azul del horizonte, componía una mítica figura, una estampa ancestral. Pero lo que me importaba era que tras ella había dejado la puerta abierta. Aguardé a que avanzara un poco hacia las cuerdas de tendedero y me deslicé hacia la salida esperando que no hubieran dejado a ningún agente custodiando el portal. Por desgracia, la mujer me vio y en mala hora me saludó a voces. De mi ventana, abierta con violencia, surgió el índice del moreno más joven instándome a entregarme.
                 
                                                     

jueves, 14 de marzo de 2019

EL ASEDIO: Con Candy.


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En el cielo de hielo se despliegan los plumeros y penachos de un árbol grisáceo, polvoriento. La fronda de humo borra los reflejos cárdenos y encarnados, glaucos y esmeralda del crepúsculo. Las manos sucias de sus hojas, por cuyos nervios sube una savia oscura, aprietan la estrecha garganta de la tarde. Mis pasos resuenan a tambores de muerte. La guillotina aguarda.  En la plaza una dama de sonrisa sádica espera la llegada de la carreta mientras con sus agujas de punto culmina una labor donde ha tejido mi destino. Camino de casa una lápida me encorva la espalda.
En las tapias flamea un resplandor candente. El fuego del infierno parece dispuesto a recibirme. El miedo me avería el pulso, ya se desboca, ya se suspende, como mis pasos, que ahora se han vuelto mudos. La inquietud de los vecinos, con la vista en el selvático árbol de humo, es un pálido reflejo de la mía. Una y otra vez me trompico en la calzada pedregosa, trabado por el mismo fantasma que en la ciudad. Como una mortaja arrastro la agonía de una respiración desbaratada en retazos de resuello. Tengo que escapar del pueblo. Salus estará señalando al sicario la ubicación de mi casa. Echo de menos el Audi. Antes de llegar al pueblo tuve que deshacerme de él; la policía le seguía la pista.
Mañana a las nueve, como cada mañana, parte a la ciudad un autobús de la plaza. Pero, de cogerlo, el cazador me vería subir y no tardaría en seguirme. Necesito salir de incógnito, secretamente. Ningún vecino me va a prestar ni alquilar su automóvil. Me veo abocado a invertir mis últimos ahorros en un taxi. Buscaré para llamarlo una cabina que no sea la de la plaza. Ciño la última esquina y atisbo cómo en la fachada se desenrosca la sombra de una figura curvilínea. En el cabello del cuerpo que la proyecta palpita un destello de plata. La camisa vaquera y los tejanos con flecos, en lugar del uniforme con rayas blanquiverdes y el delantal blanco, me retardan el reconocimiento de Candy, que aguarda junto al portal de casa.
-Hola. Buenas tardes. Cómo estamos… Quería despedirme –en su balido vibra la sensualidad de la melancolía.
-Ese maricón te ha echado, ¿no?
-Volveré a la discoteca, qué remedio. Mi jefe es un pelmazo, pero comparado con éste es un ángel. Tengo mala suerte con los hombres.
-Yo no contaría a Salus entre ellos.
En su boca se hincha la goma del eterno chicle como un preservativo inflado.
-Además de indeseable es peligroso. En la tienda se ha comentado que él es el pirómano.
-Incendiario más que pirómano –acoge mi distinción paseándose las manos por los costados-. Si lo ha hecho él seguro que ha sido por interés o por venganza.
-Lo bueno es que ya lo he perdido de vista –sigo su mirada hacia una mochila de camuflaje, que espera junto al tranco de entrada.
-Ahora que me acuerdo tenemos tú y yo una cerveza pendiente. Te invito a cenar, así agotaremos las provisiones. ¿Sabes que también yo me voy? Y por culpa de Salus, como tú.
-Lo último que quería era que pasara la noche con un colega suyo, el proveedor de congelados, al que le debe dinero. Lo ha invitado luego a tomar un bocado –la cercanía de su cálido y sinuoso cuerpo me impide embocar la oxidada llave en la cerradura.
-¿Te vas en bus? Puedes pasar la noche aquí.
-Muchas gracias, pero no me hará falta. Acabo de quedar con Paco, el de los congelados. Después de pasar por aquí marcha directo a la ciudad.
-¿Crees que habrá sitio para mí?
-Si yo se lo pido, seguro.
Poco me dura el alivio. Aún hurgo en la cerradura cuando procedente del patio detonan unos ladridos secos. Reconozco en ellos un matiz de alarma y agresividad, de furia y fiereza, una hostilidad furibunda. Los distingo de aquellos otros con que suele recibirme, protestas por mi abandono o celebrantes del reencuentro, e incluso de los rutinarios con que detectando el paso de algún vecino justifica su vocación de vigía. Ahora estallan ante un peligro mortal, y más que amedrentar a su formidable rival procuran espantar a su propio pánico, poner en fuga a su miedo cerval, la duda en sus propias fuerzas para hacer frente al enemigo, y a un tiempo se espolea a sí mismo con tal arrebato. Su enemiga solo puede ser una. Me confirma mis temores el subsiguiente maullido, incisivo y perverso, tan filoso como sus garras, que como una guillotina parece descolgarse de la luna para caer sobre los indefensos ladridos, nobles y valerosos.
Es la gata negra, la alimaña que aloja el alma de mi archienemiga.
                 
                 
                                                        

martes, 12 de marzo de 2019

EL ASEDIO: El perseguidor.



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-Me apuesto un perrito caliente a que el amigo Franz es vegetariano.
-Estoy por decir que lo perderías. Pero es verdad que no prueba la carne y está muy delgado.
-Yo le enseñaría.
Desparramado sobre un taburete de la barra, cliente de sí mismo, Salus aplica un desmesurado mordisco a una salchicha insertada en un diminuto panecillo. La grasa le reluce en el belfo de los labios y en los cañones de la barbilla. No desvía los golosos ojos de mi regazo para significarme las fantasías que le inspira el perrito caliente. La distancia y el olor a quemado, que se filtra por las rendijas, neutralizan el hedor de ajos o ajetes. Después de una semana el fuego sigue activo. Caigo en que el característico olor de Salus, no solo a ajos, sino también a rastrojos, guarda cierto parecido con el del fuego.
-Te explico, Salus. Franz no tiene prejuicios contra la carne, todo lo contrario, le encanta. Solo que no le sienta bien, físicamente, por sus problemas de estómago, ni mentalmente. Para él comer carne es un síntoma de salud y una exaltación de la vida. Una felicidad que él no cree merecer. Por eso en las comidas familiares y en los restaurantes le encanta ver cómo a su alrededor la gente disfruta con sus platos de carne.
-Total, que es un voyeur de los carnívoros. Ese chico tiene serios problemas, yo podría ayudarle. Necesita salir del armario.
Al hablar con la boca llena parece degustar las palabras, gana en expresividad, el kétchup reblandece las consonantes y la mostaza exagera los acentos. Me consta que está ensayando una nueva táctica indagatoria. Viendo que no me sonsacaba rondándome de cerca, después de comprobar que echándome a los ojos su pútrido aliento no lograba desempañar en aquéllos imágenes de mi vida en el pueblo, ahora se mantiene a distancia, me admira de lejos, aparenta dejar de agobiarme, apenas me pregunta nada, para cuando baje la guardia lanzarse en picado como un obeso halcón, más bien un estornino cebado de fruta, sobre la erizada resistencia de mi cuerpo ovillado en torno a mis secretos y entresijos.
-Está de muerte –propina un bocado a la salchicha sin desviar las amarillentas, turbias pupilas de su foco de interés-. El amigo Franz no sabe lo que se pierde. No hay nada como una buena salchicha. Son mi único vicio, no me harto de ellas.
-Que aproveche. Creía que eras vegano.
-Soy nudista, naturista y naturalista. Amante de la vida sana. Y la carne lo es, con precauciones, claro.
Ante el espectáculo del hilo de saliva que emanado de sus jugos gástricos le pende del labio, me dedico a releer el mail. Lo releo a los hipotéticos ojos de Ángela, esos ojos de lava líquida, de un negro incandescente, fosforescente, relampagueante de maldad, sus ojos de perversa gata. Con una especie de esquizofrenia lectora imagino la resonancia de cada palabra en su retorcida mente, me complazco imaginando las heridas que ciertas frases le abrirán, la sal con que otras se las escarnecerán e infectarán en carne viva, pero el deleite no es tan satisfactorio como otras veces, siento en la entrepierna la mirada de Salus como una ventosa o una sanguijuela. Más allá de que utilice su interés sexual como pantalla que disimule el encargo que –lo doy por cierto- Ángela le haya encomendado de fisgonearme, su concupiscencia es genuina, lo marca al rojo identificándolo sin lugar a dudas. Aparentando navegar por Internet, lo miro de reojo. Inmóvil, ha dejado incluso de masticar, parece haberle traspasado el rayo de la lascivia, empiezo a creer que se ha convertido en piedra, como un paródico personaje bíblico que se hubiera vuelto para contemplar la destrucción de Sodoma, cuando empiezan a convulsionarlo pequeñas descargas, ya lo eriza una corriente continua, si muy pronto no toca otro cuerpo, preferentemente el mío, que conduciendo la electricidad comparta su infierno interno, y agitándose ambos en la misma descarga puedan uno al otro apaciguarse, de un momento a otro lo carbonizará la libido. Lo que él hubiera querido sería disfrutarme como amante y verter a Ángela mis confidencias de almohada. Reacciona, logra tragar el último bocado y con una servilleta se enjuga la grasa.
-Lo que te decía, no hay nada más natural que las salchichas. Y éstas son de fiar, las hace el carnicero del pueblo, uno de mis proveedores. Si se comercializaran en la ciudad triunfarían. ¿Te preparo una?
-Gracias, pero soy más de pescado. No como carne.
-Yo con el pescado no puedo. Solo como atún.
Se atraganta quizá ante la imagen de un besugo de ojos abotagados, y cuando logra expectorar las gotas de la tráquea, me cuenta el chisme de que el susodicho carnicero ha trabado estrechas  relaciones con Candy, la cajera. Al parecer la última vez que trajo una provisión de salchichas los sorprendió con ella tendida sobre el refrigerador. Se queja de la deficiente profesionalidad de la cajera, que en vez de propiciar la confianza de los clientes, se dedica a ligar por gusto.
-Supongo que también habremos intimado con ella –ha arrastrado la conversación a este extremo para sonsacarme-. Ella intima con todos menos con los que debe. Es una irresponsable. ¿Cuál nos ha dejado probar, su intimidad delantera o la posterior? ¿Por qué entrada nos ha dejado pasar?
-De momento ninguna. Ya me gustaría.
-O sea, que las hamburguesas sí que nos las comemos –acabada la colación, se ha puesto a limpiarse las manos con servilletas que descuartiza compulsivamente.
-La verdad es que sí. No saben a carne.
-Solo si están muy hechas, y no es el caso.
-Tú lo tienes peor, solo te gustará el atún en conserva.
-Yo que tú tendría mucho cuidado con las hamburguesas, la carne no es de fiar… Voy a tener que despedir a Candy, no ha aumentado la facturación y no le cuadran las cuentas de la caja. Te lo digo porque se me va a quedar un cuarto libre. No sé cuánto estarás pagando de alquiler. ¿Conocemos a los dueños? ¿Hemos firmado un contrato o solo es de palabra? ¿Hemos dejado fianza?
Sin poder concentrarme en la relectura del mail ante semejante fuego a discreción, lo remito a mi propio correo y me vuelvo a Salus, a la espera de algún resquicio que me permita salir sin parecer descortés.
-Pago un alquiler simbólico.
-Conmigo te saldría gratis. Si quieres echar un vistazo, ya sabes que vivo aquí atrás. A la vivienda se entra por la otra calle… Tengo un buen jamón –salta del taburete con inesperada agilidad, vuelve la palpitante papada y admiro sus bamboleantes carnes, de la paletilla al muslo-. Tampoco parece carne y es más seguro que las hamburguesas.
Me ahorro la negativa. Entra el joven Pitu. Más azogado que azorado nos da las últimas noticias; la excitación ha desbordado su timidez de adolescente. Con él ha entrado una ráfaga de humo y un revoloteo de pavesas parecidas a mariposas negras. Han sido desalojados los habitantes del barrio avanzadilla del pueblo. Viene de camino una dotación de bomberos procedente de la ciudad. Salus se sonroja, como al resplandor de las primeras llamas. Entra un nuevo cliente, un forastero. Es un cazador, con la escopeta en bandolera y el cinturón de cartuchos ceñido bajo la cazadora verde claro. En la puerta ladra el mastín. Me atornilla al asiento el relámpago del reconocimiento. Su perfil, bajo el sombrero de ala levantada, camino de la barra, me confirma que se trata de él. Confiando en que no me haya visto, me vuelvo a la pantalla y me pongo a navegar por la sorpresa y la incertidumbre. Una demudada incredulidad me sume en la irrealidad. Ha llegado el momento tan temido. De nada me sirve haberlo prefigurado de tantas maneras. Aunque con relativa frecuencia he pensado que él podría ser el elegido, su imprevisible disfraz ha acabado por descolocarme. Lo he reconocido por su tez linfática, los ojos turbios bajo el ceño marcado como el estigma de un destino ominoso, el rígido sigilo de su actitud, la presencia impertérrita pero sutil de quien parece que está y no está, incluso me parece detectar su característico olor a cera quemada. Me ha contagiado su irrealidad, acaso este sea el objetivo de sus cambiantes máscaras, paralizar al oponente con esta sensación de extrañeza.
Salus lo recibe con el ánimo festivo. Es más que probable que él mismo haya reclamado su presencia.
-Bienvenido, amigo. Espero que se cobre la pieza de sus sueños. Se nota que está bien informado; hoy mismo se ha abierto la veda.
Se trata de mi camaleónico perseguidor, el tercero en discordia. Disfrazado de cazador, me ha husmeado el rastro desde la ciudad.
                 
                 
                                                                            

domingo, 10 de marzo de 2019

EL ASEDIO: Tercer mail a Kafka.



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De: Felipe Leal.
A: Franz Kafka.
Asunto: El pueblo.
Estimado Franz: Yo no conocí a mi padre, murió a mis cuatro años y apenas conservo la idea de una sombra enorme y cálida con olor a pino, un pino poblado de los pájaros de sus silbidos y tarareos –era bohemio, en todo bohemio hay un músico nato-, y solo ahora caigo que era medio paisano tuyo, puede que ahí radiquen nuestras coincidencias, sin que con ello aspire a parangonar mis intentos con tus logros, mis tanteos con tu talento.
Como te decía guardo de mi padre una imagen que bien puede  ser un sueño o una ficción, una especie de árbol pletórico de savia y sol, un frondoso pino talado en la plenitud de su verdor. No tuve como tú la desgracia de sufrir a un padre que a fuerza de exigirte movimiento te dejaba sin espacio, que incitándote a la vida te quitaba las ganas de vivir, y que con la excusa de enseñarte a respirar inhalaba todo el aire disponible. Sospecho que también tú sufrías crisis respiratorias no solo achacables a patologías físicas. Pero ese odio también te propiciaba la fuerza y la energía necesarias para escribir, para defenderte te refugiaste en un reducto propio, te acogiste al santuario de la literatura.
Estas semanas he descubierto hasta qué punto se puede escribir contra alguien. También Ángela acaparaba todo mi mundo. Si pretendía ayudarme era para evidenciar su superioridad y mostrar cómo era ella el verdadero foco de todas las miradas y cámaras, el centro de la atención pública, y a mí apenas me iluminaba un reflejo de su esplendor. Ahora entiendo el fracaso comercial de mis novelas, incluso publicadas por Atlántida y auspiciadas por su aparato publicitario. ¿Quién va a comprar una novela del marido de ….?
Ella incluso ha usurpado mi papel creativo llegando al extremo de apropiarse de la autoría de El Centro del Vacío. Y desde que nos peleamos ha venido a desempeñar por completo el papel de tu padre. Es evidente que ambos representan el poder. Tú te sentías empequeñecido ante el corpachón de tu padre y yo ahora indefenso ante los medios que Ángela dispone contra mí. Indefenso, sí, e inerme, castrado. Lo único que me queda contra ella es el bolígrafo, el último símbolo fálico al que agarrarme. Porque igual que tu progenitor suscitó tu Carta al Padre, también Ángela sin quererlo ha desatado la escritura de esta novela, mi Carta a Ángela. Es posible que la titule así.
Franz, tú y yo con nuestras tenues pero tenaces fuerzas intentamos sustraernos a toda forma de poder. No escribimos contra el poder político, no somos activistas ni cebamos nuestras frases con cargas explosivas contra los gobernantes de turno, sino que nos volvemos contra las más sutiles insidias del poder carismático. ¿Se conocía en tu época a Max Weber? Los dos somos supervivientes, hemos sobrevivido gracias a la literatura. Nos hemos asido al salvavidas de la escritura. Gracias a ella es imposible derrotarnos. Somos inmunes a la muerte porque de nuestras debilidades extraemos la fuerza. O quizás nadie puede matarnos porque ya estamos muertos. A veces pienso que la literatura es una enfermedad que nos impide morir. Solo pueden perder los felices y los vivos, los que no escriben. ¿Significa algo que durante el año de relación con Ángela escribiera tan poco? ¿Fui sin saberlo feliz con ella? En todo caso queda confirmado que la infelicidad es la clave de bóveda de la creación. Los analistas de cabecera de Ángela quedan refutados. Según sus monsergas, si hubieras sido feliz con Felice te habrías convertido en un gran escritor.
Mi madre tiene razón, lo ignoro todo sobre el amor. Prefiero la libertad al amor. El amor es una agonía, una lucha que no me interesa ganar. Me niego a perder en esa batalla mi tiempo y mi energía. Prefiero consagrarle a la literatura todo el esfuerzo, el empeño y la dedicación que requiere el duelo amoroso. Tú y yo solo queremos ser prisioneros de la escritura. Hoy en día la defensa de mi independencia y mi libertad es lo único que puede activarme. Por lo demás, soy un tipo pasivo. Pasivo y negativo. Amo el silencio y el letargo, la soledad y la inmovilidad. No decidirse a hacer nada, la pura vacilación, esa pasividad que es expresión de mis dudas, son síntomas de que se está incubando una creación. El silencio también es creativo. Nada es más creativo que el silencio, y la sociedad en que vivimos, esta sociedad industrial cuyos males diagnosticaste, tiene pavor al silencio. El miedo al silencio es la nueva forma del horror vacui del Barroco.
En la última época junto a Ángela los silencios eran incómodos, había que llenarlos con palabrería. Nos convertimos en a típica pareja que precisa rodearse de gente. A partir de cierto momento empezó a violentarnos precisamente la soledad que necesitábamos. Se destejió la confianza de las primeras semanas, la urdimbre de la intimidad y la complicidad del principio se desgastaron muy rápido. A su lado mi característica indecisión era inviable. Su voluntad me arrastraba y aturullaba. Mientras que yo tiendo a la lentitud y a la contemplación, soy proclive a la vacilación y a la indeterminación, al pensamiento, ella desborda de acción y apresuramiento, la impulsan la voluntad y la decisión más voraces. Rebosa de una vitalidad que me rebasa.
Dado mi carácter, detesto viajar tanto como tú. Los viajes son frenesí, pura aceleración. Te obligan a salir de ti, te saturan de precipitadas imágenes extrañas y apenas puedes mirar a tu interior. Te enfrentan al infinito y al vacío del mundo. No entiendo cómo puede haber escritores viajeros, al estilo de Graham Greene o Somerset Maugham. Por eso me resultaban tan penosos los itinerarios de nuestros fines de semana, los viajes de unas vacaciones cuyos puntos de destino ella hacía coincidir con sus compromisos publicitarios, de modo que en el rincón del auditorio de cualquier ciudad siempre acababa asistiendo a alguna de sus apariciones públicas. Si al menos hubiera tenido que firmar alguna de mis novelas me habría aburrido menos.
Aquí, en el pueblo, he vuelto al mundo más tranquilizador, al mundo que incluso tras mi larga ausencia más conocido me resulta, un lugar donde el tiempo vuelve a transcurrir tan lentamente como las serenas aguas del río del valle. Aquí Ángela se aburriría como una piedra, su presencia en el campo es inconcebible. Disfruto de paseos que me habrías envidiado, del aire puro. Ya no tengo que respirar aquella atmósfera contaminada de envidias y monóxido de carbono, el ambiente viciado de enrarecidas emanaciones que tú considerabas un mal presagio, el pálpito de la desgracia, la premonición de la catástrofe. Y lo mejor es que después de veinte años nadie me ha reconocido, ni siquiera después de saber que habito la casa de mis mayores. A nadie he tenido que referir mis recientes desengaños y decepciones. Si nadie conoce el rechazo de mi último manuscrito, el tamaño de mi fracaso se reduce al mínimo.
Lejos de amigos y conocidos, no tengo que justificarme ni que exhibirme ante nadie, no he de competir ni compararme con otros escritores. Justo ahora que mi novela ha alcanzado el éxito, los laureles me son indiferentes. Me siento aliviado de no participar en la pantomima de las relaciones sociales, esa charada hipócrita en la que nadie improvisa nada, una comedia de costumbres que nunca deja de representarse, que se escenifica naturalmente. Después de haber hecho mutis por el foro comprendo tu tendencia a desaparecer, tu gusto morboso por el desvanecimiento propio. También me alivia haber descargado a los demás de mi presencia; solo tengo que pensar en el último encuentro con mi madre. Tan harto como yo de ellos estarían de mis manías y frases hechas, de mis ocurrencias y protestas, de mi vanidad herida y personalidad compulsiva, de mi impuntualidad e informalidades, de los desahogos y la desesperación de quien últimamente odia a los demás tanto como a sí mismo.
La relajación y comodidad, mi fácil aclimatación aquí han acabado por marginar a Ángela del centro de mi pensamiento, algo que a mi llegada parecía tan imposible como arrancarme el corazón. Me refiero a la Ángela real. Ya amainaron mis disputas imaginarias con ella, las crisis esquizofrénicas, las tormentas de ira. He dejado de desgranar el rosario de invectivas contra ella. Aunque mi escrito verse sobre Ángela, ella ya no interfiere en él, he proyectado su sombra en la ficción sin que me dañe la original, puedo mirar su reflejo sin que me perturbe su cuerpo, estoy logrando modelar un personaje en este infernal libro de arena sin que la modelo me trastorne. La literatura me ha inmunizado contra Ángela. Resulta como si la hubiera enredado en la trama de mi novela, la he atrapado en la telaraña de la ficción más que ella a mí en la suya, real. La he reducido gracias a mi novela. Inmovilizada, ya no me alcanza su veneno. Incluso aprovecho éste como tinta para mi pluma.
Y sin embargo, me pregunto si no se estará resintiendo mi novela de mi bienestar, si mi paz no la estará estancando, si no era más incisiva cuando me atormentaba a todas horas el fantasma de Ángela. Tú mismo para escribir necesitabas sentirte vulnerable. De un suceso que te traumatizó tanto como tu frustrado compromiso con Felice  te nutriste para escribir una obra maestra, El Proceso. Ojalá pudiera seguir tu ejemplo y metabolizar el sufrimiento, y como un alquimista transformar el dolor en puro arte.
                 
                 
                                                                                                      

viernes, 8 de marzo de 2019

EL ASEDIO: Con mamá.



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-¿Qué me dices? No has abierto la boca. ¿Te parece bien lo que me están haciendo?
Me respondió un tijeretazo seco. El rasgueo de una venda me había desgarrado en un gañido mi incrédulo silencio ante la indiferencia de mi madre, el mudo reproche con que culpabilizando a la víctima acogía el relato de mis vicisitudes y tribulaciones sin dedicarme una mirada o una palabra de ánimo, mientras en la enfermería se dedicaba a cortar vendas y disponer apósitos a la medida del próximo paciente, un maltrecho joven que aguardaba en la sala cariacontecido, atropellado por las circunstancias. Pero allí era yo el verdadero doliente y habría necesitado que ella me curara el alma. Nadie como una madre puede imponer a que Zweig llamara curación por el espíritu, en referencia a su admirado Freud, según Nabokov curandero, pero no seguiré perdiendo el tiempo con otra imaginaria discusión con Ángela sobre una ciencia tan atrasada que por mucho que ella diga nunca ha curado realmente a nadie, aunque cuenta en sus filas con estimables poetas inconscientes, oníricos y automáticos, ellos mismos geniales enfermos incurables, como Jung o el propio Freud, por no hablar que la curación equivaldría, en el caso de los artistas, a inhibirlos de su talento, esterilizarlos, de modo que si Freud se hubiera psicoanalizado no habría inventado el psicoanálisis, y ya basta de todo esto o extraviaré la narración del encuentro con mi madre por una bifurcación errática.
-Cualquier día me verás como ese chico de ahí afuera, tú misma tendrás que escayolarme. Sí, acabaré apaleado como un perro o fresquito en un cajón metálico. Y no me digas que los escritores somos unos exagerados.
Con un suspiro de impaciencia pareció rasgar, además del silencio, la siguiente venda. Contrapunteó severos tijeretazos a la gasa con tosecillas forzadas que al mismo tiempo que la garganta aclararon su postura. Después de toda una vida acosándome con sus desvelos por mis hipotéticos constipados, ahora se mostraba indiferente a los riesgos ciertos que amenazaban mi integridad física. En vez de quejarse por mis prolongadas ausencias, para verla había tenido que sorprenderla en su trabajo, tras perseguir su sombra esquiva a través de consultas y dispensarios, salas y enfermerías, y después de escabullirme en el crucero del médico de familia, interesado en saber si ya tenía cita con el psiquiatra, la había acorralado en el consultorio del ATS, donde me constaba atendía a partir de las once. Aunque el ambulatorio era nuestra segunda casa, me costó encontrarlo, estaban de reformas y con la confusión de tabiques derribados y el barullo de operarios, me perdí como un paciente nuevo.
Me indignaban el mutismo y la indiferencia de quien hasta entonces se había desvivido por mí y apoyado incluso cuando no me asistía la razón. Rejuvenecida por un gélido silencio que resultaba estruendoso en persona tan cálida y habladora, mis protestas le endurecían el perfil. Tácita y reticente, la envolvía un aire reluctante, era de rechazo toda la atmósfera que la rodeaba. En aquella pesadilla siniestra que había suplantado a la vigilia, caído en una pintura negra, del otro lado de un espejo mal bruñido que había invertido mi realidad, ni siquiera podía contar con ella.
Seguí contándole mi triste historia, mis quejas y lamentaciones resbalaban por su frente y pómulos como la lluvia por una insensible estatua. Temí que tomara mis avatares por el argumento de una nueva novela. Me senté frente a ella. Mitigué el rigor de la vigilancia de Ángela para resultar más creíble. La comisura derecha de sus labios se frunció en una expresión que traslucía su serena displicencia, la lejanía olímpica de un desdén que le impedía incluso lamentar mi torpeza e incomprensión de los misterios de la sensibilidad femenina. ¿Qué se podía esperar de mí? Era un hombre. Si acaso; como mucho. En otra reminiscencia kafkiana la identifiqué, por aquella manera de ningunearme, con el padre de Kafka. No en vano ella también había sido mi padre. Sus ojos verde oliva parecían congelados, de cristal, sin un líquido destello de comprensión, simpatía o compasión. Di por seguro que había hecho causa común con Ángela; la solidaridad femenina superaba el amor de madre. Aunque hasta entonces, que yo supiese, no habían coincidido más de dos o tres veces, con motivo de nuestra crisis seguro que Ángela había contactado con ella. Ni siquiera se inmutó cuando le expuse el caso del plagio, ella, guardiana tan feroz de mi propiedad intelectual que en su día se había apresurado a registrar mis primeros ensayos narrativos para evitar el plagio, cuando yo le rebatía que tal eventualidad era deseable, pues sancionaría su más que dudosa validez. Y al solicitarle algún bote de ansiolíticos me respondió que ella no era mi camello, aun después de manifestarle las insidias que me privaran de ellos.
-Necesitas dinero –después de pasarme la vida recurriendo a ella la tercera o cuarta semana de cada mes, no era tan raro que su pregunta sonara a afirmación. Pero además de la costumbre sus palabras tenían un deje de censura o reproche, sin que por ello dejara de parecer que lo decía por compromiso. Se comportaba como la madre de un forajido que le deseara suerte en su huida antes de cerrarle la puerta en las narices.
-¿Eso es todo lo que se te ocurre?
La rabia me impidió ver lo oportuno del ofrecimiento económico. La experiencia me ha enseñado lo necesario que es el dinero para enfrentarme a una enemiga tan poderosa como Ángela. Volvió a perjudicarme mi imprevisión de cigarra. En parte, con mi rechazo quería evidenciarle su falta de apoyo moral. En todo caso, calculé mal, pues esperaba que como otras veces insistiera y que incluso después de volver a negarme, introdujera un atado de billetes en mi bolsillo. Se conformó con regalarme un consejo práctico:
-Ponte a buscar trabajo.
Dando otro tijeretazo me miró por primera vez a los ojos, las manchas de aceite de oliva de sus pupilas se expandieron, y por primera vez dudé que toda la razón estuviera de mi lado. Intenté desabrocharme de su mirada, escapar a la hipnosis de aquellos ojos. Era consciente de que aquello era otra maniobra de Ángela, a este paso también se captaría mi propia voluntad y me haría participar en el complot contra mí mismo.
-Tengo que atender a los pacientes.
-Espero que con ellos seas más comprensiva. Hoy yo era tu primer paciente.
Su mirada me traspasaba como un rayo láser iluminando mis pensamientos más recónditos, oscuros e inciertos incluso para mí. Verlos reflejados en su mirada me los hacía patentes.
Eres como tu padre: no sabes lo que es el amor.
-Claro, los hombres no sabemos nada…  Aquí lo único que pasa es que os molesto, soy un bicho raro y queréis deshaceros de mí, barrerme, aplastarme como si fuera un insecto.
-Creo que has leído demasiado a Kafka.
-Estoy desesperado, todo el mundo se ha conjurado contra mí.
-Sí que eres un paciente, pero no mío. Ya que estás aquí te haría bien pasar por la consulta del psiquiatra.
                 
                                          
                                                               

miércoles, 6 de marzo de 2019

EL ASEDIO: Atraco.



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Como Henry Roth lo llamaré sueño, pero no fue sueño sino delirio, estaba borracho, y no solo de desesperación. Fue así de triste y simple, me emborraché. Ya que el sabotaje de mi receta electrónica seguía impidiéndome hacerme con los tranquilizantes, aquellas noches recurrí al whisky para conciliar el sueño. Era inútil volver al médico. Ángela volvería a activarme el tratamiento y él me cursaría un volante para el psiquiatra, si es que no estaba en connivencia con ella. También el juramento de Hipócrates tiene un precio.
Sin las pastillas, al menos tenía bula para beber sin miedo a la muerte súbita, según la advertencia de prospecto. Quizás aquel medio era el más adecuado para dejar los sedantes, acaso Ángela me estaba ayudando a hacerlo. Ya volvían la paradoja y la ironía a jugarse mi dominio a cara o cruz.
Abrí los ojos de par en par: como los reflejos de una puerta giratoria la calle fluctuó en un escorzo de ventanas ciegas y luces submarinas, un vértigo de ráfagas de sombra y relámpagos sin tormenta. Me detuve hasta que pasara el torbellino. Me hallaba en algún punto del bulevar nocturno. Aquellas noches di más tumbos en la calle que en la cama. La soledad relucía en una náusea violeta. El cielo volvió a alejarse, mis pies tocaron el suelo. Reemprendí el camino. La puerta giró de nuevo. Caleidoscopio de astillas y destellos y relampagueos. Me encontré cerca de mi portal, a la altura de la persiana de la floristería, junto a un atiborrado contenedor de basura. O no era tan tarde o aquel día no había recogida. De la tapa abierta sobresalía un túmulo de bolsas, algunas desventradas. Las fauces de aquel monstruo vomitaban deshechos mal digeridos.
Tomé aquella masa hedionda por los cadáveres de mis ilusiones cuando me fui a vivir con Ángela, los cúmulos de toda la porquería de mis desengaños, la bazofia de mi esperanza, los putrefactos restos de mis ambiciones literarias y la inmundicia de mi reputación. Esperé que ningún vecino me reconociera, allí arrumbado e inerte como otro costal de basura, una de aquellas bolsas negras henchidas de porquería. Recordé que allí nadie me conocía, apenas llevaba dos semanas en el palomar.
En el aire se embalsamó, procedente de la floristería, un aroma dulzón que se entreveró con el hedor, recordé cuánto le gustaban a Ángela las flores, y me contorsioné en una arcada de medio punto. Cuando me enderecé vislumbré una sombra apostada en la esquina. Los espías me seguían hasta el laberinto de mi delirio, vigilaban incluso mi desfallecimiento. Aún no tenían órdenes de ultimarme, se limitaban a amedrentarme, sus leves ataques eran meras simulaciones. Ahora, por ejemplo, me encontraba a su merced. Cuando de verdad quisieran madrugarme no vería venir a aquellos profesionales. Malamente podría defenderme.
Me convertían en un enemigo indigno de ellos mi general incapacidad para la acción, mi inadecuación a la realidad y dificultades  para adaptarme a sus novedades, mi ineptitud para el crimen, mi incompetencia e inexperiencia en el campo de la violencia física, dado que nunca he usado armas ni propinado ni recibido puñetazo alguno, y a despecho de mi proporcionado cuerpo poseo escasas fuerzas y menos aliento –y para colmo había retomado el tabaco-. Solo contaban a mi favor cierta valentía, hija bastarda del orgullo y de la ignorancia, que rayana en la temeridad podría volverse en mi contra, y mi conocimiento exhaustivo de la novela negra norteamericana, de Chandler a Jim Thompson.
Reducido a ms propios medios, no podía recurrir a la policía, mi otra enemiga. El padre de Ángela no cejaría hasta aherrojarme bajo siete cerrojos o descerrajarme siete tiros. Si aquel quebrantahuesos no encontraba un fiscal adepto que me acusara de robo precisamente a mí, damas y caballeros, que en su día había firmado un documento por el que renunciaba a toda compensación de Ángela en caso de separación, si, como iba diciendo, no bastaban sus pruebas ficticias y testigos comprados entre el personal del supermercado, incitaría a su hija a insultar a su sexo acusándome de violencia de género, de acoso. Otra venenosa ironía que añadir a la lista.
Miré sin miedo la esquina, no atisbé a nadie; exasperado, febril de rencor, la temperatura interna ya me acaloraba y dejé de temer ningún ataque desde fuera. Como de costumbre, saber que entregándome a las garras de la ira y la desesperación no hacía sino cumplir los designios de Ángela, no me ayudaba a escapar del remolino, de la espiral de indignación. Me dirigí al portal para probar con un cambio de escenario.
Ahora no me tambaleaba por el alcohol, oscilaba el cuerpo desde mi odio eterno a las fuerzas del orden, a un sentimiento de indefensión, pendularmente pasaba de la sensación de desamparo ahondada por la defección de mi madre a la ofuscación contra Ángela, la venenosa tejedora de sendas telarañas a uno y otro lado de la ley. Tuve que aflojar el puño para hurgarme el bolsillo en busca de las llaves. Ya estaba de nuevo crispado de rabia poseído por el odio. Toda la vida había desdeñado a la policía y ahora mi situación venía a armarme de razón.
Mientas intentaba embocar la llave del portal, me entregué a los anatemas e imprecaciones más virulentos contra la policía, aquellos verdugos contagiados de las lacras del hampa, contra aquella vil raza de perros amaestrados para perseguir a los desfavorecidos. ¿Quién podría ser tan miserable para preferir al sheriff de Nottingham antes que a Robin Hood? Y en términos literarios, ¿no había justificado Sartre al delincuente Genet? ¿Se conocía algún policía no ya literato sino personaje literario con algún signo de nobleza? Lo mejor que había hecho Víctor Hugo con Javert había sido condenarlo a arrojarse al Sena. Sin duda que prefería que me atacase un yonqui a someterme a otro interrogatorio de los dos probables hermanos. ¿Qué espartana madre habría podido amamantar a aquellas dos hienas? Al fin logré abrir.
Con el clic de una navaja automática parecieron abrirse las tinieblas del portal. En la penumbra me apuntaron de cerca las puntas de alfileres de unos ojos y más abajo otra punta, acerada, helada, fúlgida, que a través de la camisa en un escalofrío relampagueante llegó a tocarme el ombligo.
-Dame todo lo que tengas o te rajo.
                 
                 
                                                                               

lunes, 4 de marzo de 2019

EL ASEDIO: Delirio.



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Me miran los infinitos ojos de la noche, fríos, remotos, los insomnes ojos de la noche, las estrellas, los ojos de Ángela. En la relampagueante noche rojiza, pajiza de farolas, la ciudad trama con ellas un delirio de callejuelas, una red de emboscadas y asechanzas, una pesadilla de callejones que encalla en el sueño del bulevar, un sueño negro y ancho y fluido como un río.
El delirio de la ciudad es el delirio de Ángela. ¿Qué mejores cómplices podría ella encontrar que la ciudad y la noche? El delirio de la ciudad es mi delirio persecutorio pero sobre todo es el delirio de egoísmo de Ángela, su éxtasis de orgullo, su orgasmo de egoísmo y orgullo, su orgía de venganzas. El bulevar es la pista de un aeropuerto militar donde se aguarda el aterrizaje de un escuadrón de aviones nucleares. O más bien el bulevar es un río, un río enorme como un mar, el Amazonas o el Mississippi, un mar, y el jardín es un portaviones donde no se espera la vuelta de los kamikazes. Las sombras de los kamikazes son idénticas a las sombras sobre la hierba de las nubes impulsadas por el viento.
La soledad negra, asesina, del bulevar es mi soledad. Las flores de olmos y álamos son imaginarias, árboles mentales, recuerdos y fantasías de los paseantes, miedos y deseos y obsesiones sembrados en abstracto y germinados y crecidos en el inconsciente colectivo, de sus ramas cuelgan suicidas como frutos maduros, sus sombras pendulares, perpendiculares, pendientes, jalonan las lajas hexagonales. Los cuerpos de los suicidas son mi cuerpo. Las manos negras de la sombra son mis manos.
Mis pasos espectrales se deslizan mudos sobre las aguas del río, del sueño, de la noche descalza. Camino por el bulevar, por la soledad de un sueño que a la altura de un tramo terrorífico, como mi relación con Ángela, vira en pesadilla. En este tramo se suceden edificios obscenos, serán ministerios de un gobierno totalitario, cárceles de presos políticos, hospitales de sanos, y en cada esquina acecha una silueta, por allí mis pasos sí resuenan porque me he encarnado, me he incorporado en una carne que se puede desgarrar y en unos huesos que se pueden quebrar, y esos pasos míos me entristecen como zapatos viejos, los zapatos que en la gran literatura son metáfora de la muerte, metáfora de la muerte y metonimia de los muertos, metáfora si aún siguen vivos y metonimia si ya han muerto, mis pasos suenan y resuenan, arrancan un doble eco en la distancia negra.
Dos parejas de pasos responden a los míos. Aceleran cuando acelero. Se ralentizan si me ralentizo. Se traban conmigo en un demoníaco trío para percusión, sus pasos contrapuntean los míos con sincopados ritmos de parodia y amenaza, burla y terror. ¿No se ha convertido mi vida en una bufonada truculenta, en una mascarada letal? Luego también en mi novela documental alternará el tono ligero con el funerario, el humorístico con el lúgubre. Tampoco en sueños dejo de pensar en la novela; de hecho cuando realmente escribo es en sueños.
No necesito volverme para saber que me siguen el rollizo fortachón de pies de bailarina y el enclenque de ágiles muletas. Las punteras de éstas hacen de suelas, ahora distingo sus impactos pautando el silencio con notas de amenaza, repiqueteando como si clavaran un ataúd. A los dos pudo imaginarlos cómicos y mortales, patéticos y fatales, letales, emperifollados con el mal gusto de padrinos pueblerinos, una pareja de compadres borrachos que han olvidado que se dirigen a un bautizo o a un duelo, tal vez a un bautismo de sangre, luciendo rocambolescas galas, trapitos circenses, estrafalarios y destartalados en sus trajes chillones, el gordo con las costuras a punto de reventar y el flaco con las mangas ocultándole los puños, como si se hubieran entallado uno en el traje del otro. Todo sea por restar solemnidad a mi asesinato, ni muerto merezco el respeto de Ángela.
Sé que buceo en la sima de una pesadilla pero no logro emerger a la superficie de la realidad, a la realidad superficial de la vida consciente. Me siento transcurrir en el sueño de otro, tal vez de Ángela. El sueño de Ángela, la fantasía destructiva de Ángela, es mi pesadilla. Corro pero no avanzo, típico de los sueños. Me impulso con los remos de los brazos y pisando mis pasos no progresan. El bulevar es la cinta continua de un gimnasio que corre bajo mis pies. Tal impresión puede deberse a que mis perseguidores respetan la distancia, no se acercan. Me detengo y se detienen. Y es cuando intuyo que más allá viene el otro, el tercero, el que prefiere el incógnito y últimamente se enmascara en los múltiples disfraces del anonimato, el hombre de las mil caras que ya he visto caracterizado de turista, mendigo y de hombre corriente, y cuya identidad delataban como ahora la irrealidad de su presencia, la sensación de extrañeza e incomodidad que vehiculadas a través de una corriente de frío, de gélido silencio, contagia en su entorno, su carácter elusivo y escurridizo, espectral y esquivo, esquinado. ¿Será otra de mis visiones, una aparición invocada por mi portentosa imaginación, una fantasía autodestructiva, o estoy mitificando al enemigo, sobredimensionándolo por mi delirio persecutorio, por mi artística tendencia a la exageración?
Lo cierto es que el amor por el camuflaje de mi tercer seguidor lo delata como novelista y llego a tomarlo por mi doble. Su impostura y apostura son las mías. Me persigue mi reflejo del último espejo, mi imagen especular, virtual, ávida de fundirse conmigo. Las pocas veces que lo he reconocido, bajo las máscaras de sus versátiles transmigraciones, he detectado unos rasgos comunes, parecidos a los míos: la frente ilustre con el pelo en retroceso estilo Albert Camus; la nariz rapaz, aguda, judía, aunque solo sea de tanto husmear en las páginas de mis autores favoritos; los ojos oscuros, soñadores y sensuales de un decadente personaje de Thomas Mann; los cincelados labios de una boca sedienta, hambrienta entre los paréntesis de sendas arrugas.
Sigo a la misma altura, a la vera de los mamotretos de ministerios, manicomios, o lo que sean. Aunque infructuosa, estática, la ligereza de mis pasos es otro síntoma onírico. Abro los ojos hasta desorbitarlos y me palmeo las perneras, pero no logro despertar. Saberme en el interior de una pesadilla acrecienta la angustia en vez de limarla. Me trastabillo y aleteo para recobrar el equilibrio. Me rehago. La cinta mecánica de la acera se ha acelerado. Vuelvo a trompicarme. Caigo. A gatas tengo la humillante certeza de que Ángela me observa. Mediante algún logro tecnológico tiene acceso a la visión de mis sueños; también me ha hackeado el subconsciente.
Un soplo helado me anuncia el acercamiento de mi tercer perseguidor. Ha adelantado a los otros y trae intenciones homicidas, las acarrea la corriente fría. Salto de mi posición como un velocista de los tacos de salida. Sin embargo, me neutraliza el aire denso, avanzo como un astronauta o un buzo. Ya no caigo. El instinto de supervivencia desborda la torpeza de mis nervios. Los latidos de mi corazón acallan los pasos. Las luces de las farolas estallan en esquirlas de sombra. Ahora mis movimientos, aunque seguros, son más lentos, avanzo de veras, he dejado atrás los edificios terroríficos. La siguiente esquina se me acerca, deseosa de mi sombra. Pero me ahogo. Al buzo o astronauta se le acabó el oxígeno de la bombona. Nado a través de la corriente gélida. Miro atrás: se me acerca un tiburón con la boca abierta. El hombre de las mil caras esgrime una navaja parecida a una dentadura de tiburón. La hoja refulge como un espejo.
Abro de verdad los ojos.
                 

                                                                            

sábado, 2 de marzo de 2019

EL ASEDIO: En el ambulatorio.



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Como si se les fuera a abrir la oportunidad de sus vidas, pero también con la prevención de un torero aguardando la irrupción por la bocana de una muerte potencial, de hito en hito todos miraban la puerta lacada en blanco. Descrucé las piernas y varios se incorporaron prestos a interceptarme si me adelantaba a ellos. Así lo había hecho conmigo aquella astuta anciana con la excusa de que solo precisaba una firma del doctor. Si había dejado pasar mi turno tendría que pasar después del último; no debía esperar clemencia, sentenciaban aquellos ojos inexorables, fanáticos. Cada nuevo paciente que llegaba era interrogado sobre el horario de su cita. El malestar me desenfocaba la sala de espera con el desencuadre del insomnio. Como mucho, había dormido unos minutos de madrugada y soñado que no dormía. No en vano soy un tipo que ha logrado hacer realidad sus sueños.
Me encontraba en el ambulatorio donde trabaja mamá, y del que tras vivir toda mi vida en el barrio ni siquiera había dejado de ser paciente al mudarme con Ángela; acaso inconscientemente sabía que mi traslado al centro sería provisional y no me había molestado en cambiar oficialmente de domicilio. Ni en su lugar de trabajo había dado con mi madre. Después de casi dos semanas esquivándome ya no me cabía duda de que se había alineado con Ángela. Me hubiera gustado contarle el motivo de mi visita; puede que en tal caso cambiara de bando.
Para mi incrédula indignación la víspera ningún farmacéutico pudo renovar mi provisión de ansiolíticos porque sin previo aviso ni motivo aparente el médico había anulado mi medicación. La receta electrónica no se encontraba operativa, concluían los dependientes encogiéndose de hombros después de pasar por el ordenador mi tarjeta sanitaria. Y ya que no era creíble en el médico de cabecera una actitud obstruccionista, no tardé en achacar el desmán a Ángela, mi hacker de cabecera. Sin duda que había descifrado la clave de seguridad del sistema informático de la Seguridad Social y manipulado –anulado- las prescripciones del doctor Conde.
Corrí al locutorio y obtuve cita con el facultativo para el día siguiente. Pese a la inmediatez de la atención, sin pastillas, quedaba condenado a una noche en blanco, una velada de duermevela en el mejor de los casos. Se me hizo eterna, revolviendo mis problemas y las sábanas de un camastro desquiciado. Lo más agobiante era comprobar cómo husmeaban los lobos de la policía el rastro de mi sangre inocente de cordero. La tarde anterior el anguloso y esquinado agente me había dejado ir del sótano con la advertencia de que no saliera de la ciudad. Dando tumbos temía abrir los ojos y encontrarme a los dos hermanitos al pie de la cama, como le ocurría a Joseph K. El padre de Ángela era implacable. No dejaba de recordar cómo devoraba la parrillada de carne aquel día que nos conocimos en el restaurante, la avidez lacrimosa de sus ojillos de cerdo al despedazar la carne sanguinolenta, el mecanismo atroz de su mandíbula de bulldog mientras la trituraba con sus dientes de lobo, los chasquidos a los postres de las falanges de sus garras. Sus subordinados me habían advertido que mi declaración sería cursada al juzgado donde el titular decidiría si me procesaba.
Un vozarrón pronunció mi nombre con la autoridad de quien fuera a imponerme una condena e instintivamente me puse en pie a escucharla. A través de la puerta blanca había sido el doctor quien me invocara. Aliviado, envidiado, me dirigí a la consulta, notando por todo el cuerpo las picaduras de las miradas.
La espalda de la bata blanca con un lamparón en el cuello me confirmó que mi medicación estaba en orden. Después de asegurarme que él no la había suspendido, mientras lo comprobaba me advirtió que ningún hacker podría abordar el programa de la Seguridad Social. No había novedad, repitió, volviéndose a mí y entrecerrando los gruesos párpados. No sé si sospechaba de la competencia de los farmacéuticos o de mi cordura. Debí haberlo imaginado: al ver que concertaba una cita con el doctor y que probablemente no lo intentaría en ninguna otra farmacia, Ángela se había apresurado a reactivar la medicación para hacerme pasar ante el médico por un pánfilo. Después de renovármela hasta diciembre para aprovechar mi visita, me observó desde diferentes ángulos, más que con sus soñolientos ojos, con los orificios de sus fosas nasales, de donde a modo de pestañas le brotaban hirsutos vellos.
-¿Podría redactarme la receta por escrito? Me temo que cuando salga por la puerta la medicación volverá a quedar suspendida.
-No tema, ya le digo que es imposible –hundió la cabeza como un galápago y elevó las pupilas para escrutarme el rostro en contrapicado.
-Dígaselo a los farmacéuticos. No quiero pasar otra noche en blanco. Por algo he venido.
Seguro que él podría encontrar todos los motivos y justificaciones que quisiera para mi visita. Ahora estiraba el cuello para verme en primer plano.
-¿Sufre jaquecas? –con el nuevo cambio de posición su cabeza quedó jaspeada por las listas de sombra de la persiana laminada-. ¿Puede concentrarse en su trabajo?
-Creo que si pudiera trabajar no tendría problema.
-¿Se le olvidan las cosas con frecuencia?
-No… Pero ahora se me olvidaba preguntarle si puedo doblar la dosis del ansiolítico.
-¿Cambia de opinión a menudo?
-No… Sí… No.
-¿Cree que lo siguen por la calle?
-Me siguen a sol y a sombra, dos de cerca idénticos al Gordo y el Flaco, y otro de lejos, disfrazado de turista. Mientras no me ataquen, no les hago caso.
Palpitaron como negras pupilas sus cavernas nasales, quizá por la emoción lagrimearon un fluido verduzco, mucilaginoso.
-¿Y piensa que todos se han conjurado contra usted?
-Por descontado: la policía, mi madre, el editor...
-Voy a cursarle un volante para el psiquiatra.