domingo, 13 de enero de 2013

TRES PADRINOS


                   


Es lo que les digo a los padres de los alumnos cuando me preguntan por el futuro de sus chicos, que creemos elegir el camino pero en realidad somos nosotros mismos el camino por donde ruedan los hechos, somos la piedra y a la vez el vehículo que elige el destino para cumplir su palabra. Tom y yo elegimos la ruta del desierto porque aunque es más larga parecía más limpia de peligros, y al final nuestra calesa ha encallado en este mar de arena que menos al niño nos servirá de sepultura.

Hace una semana que Tom y yo salimos de nuestra granja de Nueva Jerusalén para celebrar con mis tíos la Navidad en Welcome, Arizona, el pueblo del que mi familia es oriunda, y donde Pearley, el marido de mi tía, es sheriff. Yo no salía de cuentas hasta año nuevo y quería que el bebé naciera y fuera bautizado, con mis tíos de padrinos, en nuestro pueblo. Tom me lo había prometido. Seguro que el bueno de Pearly lleva ya varios días subiendo cada mañana a la loma intentando atisbar a lo lejos la nube de polvo de nuestro carro, pero solo podrá ver el de sus esperanzas de vernos disgregándose por el horizonte.

Aunque veníamos abastecidos de agua, le insistí a Tom que no se dejara atrás el desvío de Terrapin para reponer los barriles en el depósito; el pobre era muy despistado y, pese a que masculló protestando por mi insistencia, al despertar y salir al pescante, advertí que no habíamos dejado el sol al oeste: había olvidado tomar el cruce. Volvimos y perdimos casi medio día.

Tan soñador y delicado como es –era, no me acostumbro a…-, Tom no acababa de adaptarse a la vida de campo. El sol le pintaba ronchas en la cara, pálida de ensoñaciones, y a la segunda paletada en el huerto ya estaba resoplando. El único defecto de Pearley es el de impacientarse con él cuando nos vemos; si intentando partir leña lo ve a punto de amputarse un pie, o vuelca el cubo de la leche recién ordeñada, le da la espalda y se dirige a mí haciendo visajes de sulfuración y en los labios puedo leerle que me pregunta cómo he podido casarme con semejante mentecato. Perley es todo lo contrario que él, un hombretón recio y práctico, de puntería exacta y con el ímpetu de un toro, al que cada cuatro años los vecinos renuevan su confianza. Y justo por eso, como le digo a mi tía, es perfectamente impermeable a la poesía.

Si la gente critica a Tom por ser pusilánime y odiar a los caballos, si con más o menos razón lo llaman incapaz o debilucho, y lo acusan de ocultarse debajo de la cama en cuanto oye un disparo o hasta a un estornino que confunde con una señal de los sioux, es porque en el Oeste la gente es demasiado ruda para apreciar su imaginación, la sensibilidad de su carácter, su reconcentrada timidez, la delicadeza de sus modales, rasgos que aunque lo hagan poco apto para el trabajo lo convierten en el marido más dulce y distinguido al norte de Río Bravo… siempre y cuando no tenga una botella de whisky a su alcance… Es verdad que se distrae fácilmente y que como todos los poetas es algo torpe y lento, vago y amigo de parrandas y mujerzuelas, pero nadie ve la otra cara de la moneda… y sigo hablando de él como si aún viviera…

Finalmente, hace cuatro días, llegamos aquí, al depósito de Terrapin, donde el agua no parecía precisamente rebosar. Como empecé a sentirme débil y con náuseas, me vine a echarme bajo la capota, no sin advertirle que sacara la arena y esperase a que el sumidero se llenase, y cometí el error de dormirme. No sé cuánto después me despertó una explosión, me asomé alarmada y aturdida por igual, y tardé en comprender qué había pasado. Como Tom era enemigo jurado de la pala, no se le había ocurrido sino poner un cartucho de dinamita para hacer brotar el agua como si este pozo fuera un surtidor de Versalles. Lo encontré a cuatro patas, ileso. Todo lo contrario que el depósito, que había quedado inutilizado para siempre. El explosivo agrietó el fondo de granito y destrozó los lados, con lo que lo ha secado para siempre, y por culpa de Tom en los próximos años, junto a mi esqueleto, se descarnarán decenas de cadáveres de viajeros que habrán calculado sus reservas a la gota antes de llegar aquí.

Me indigné tanto con Tom que a punto estuve de llamarlo inútil como hacía mi tío y empezaron las contracciones. Para colmo había dejado sueltos los caballos, que fueron a lamer el fondo del pozo y locos de sed salieron desbocados. Él salió tras ellos y después de cuatro días he perdido las esperanzas de que vuelva. Se habrá perdido y perecido: el sentido de la orientación tampoco era su fuerte.

Ayer se me acabó el agua, y cuando empezaron los calambres mis plegarias fueron oídas y providencialmente llegaron estos tres viajeros a socorrerme. Son Bob, el que me encontró, un caballero alto y robusto, de mirada pura y expresión honrada; William, un ingenuo joven de pelo color zanahoria y pecas; y Pedro, el que esta noche me ha ayudado a alumbrar a mi hijo, un mexicano burlón y pendenciero, pero de buen fondo. Llegaron tan exhaustos, sedientos y harapientos que pensé que los forajidos les habrían robado los caballos; pero de lo huidizo de sus ojos, los gestos furtivos y la manera en que miran por encima del hombro, he concluido que los forrajidos son ellos.

Y sin embargo, en esta situación no elegiría a nadie mejor que los tres para salvar a mi hijo y llevarlo a través del desierto a casa de mis tíos. La nobleza de sus sentimientos y la emoción genuina de sus actitudes me han convencido de la sinceridad de sus juramentos de hacerlo, como si hubieran encontrado en mi hijo la ocasión de redimirse o el secreto motivo de que sus erráticos –y errados- pasos los hayan traído aquí. Puede que me haya equivocado en juzgar a alguna gente, quizá he idealizado demasiado a Tom, pero si de algo en mi vida he estado segura es de que puedo confiar más en estos tres que en la mayoría de quienes se proclaman del lado de la ley.

Para comprometerlos más como padrinos, y como en verdad si llega a ser hombre será gracias a ellos, le he dado al niño el nombre de los tres: Robert William Pedro. Si sobrevive, el pobrecito no tendrá quien lo arrope por las noches, ni quien le cure las heridas o le enseñe a rezar; y lo peor de todo es que nunca conocerá a su padre.

Qué extraño, pensé que había amanecido hace un rato y sin embargo está anocheciendo…     

                                                               
                                                                                                                                                                                              

jueves, 10 de enero de 2013

ESPARTACO


                   


Si bien es fácil saber que tarde o temprano todas las historias acabarán en un puñado de cenizas desmenuzadas en una urna funeraria, no lo es tanto conocer exactamente cómo o cuándo empezaron. Por ejemplo, mi relación con Espartaco se inició porque me quedé sin gladiadores en mi escuela de Capua y me dirigí a las minas de Libia, mi cantera de ellos. Pero necesitaba gladiadores porque uno de los cónsules es aficionado a los combates y me había dispensado licencia para abrir otros dos baños públicos; y si yo necesitaba invertir en dichos establecimientos era para evadir del erario las comisiones ganadas en el comercio de trigo de Hispania, esa corrupta provincia; y si el trigo… En fin, lo que digo, que no se puede desovillar el pasado hasta el principio.

Convengamos en que todo empezó aquella ardiente mañana en que por unos pocos denarios libré a cierto esclavo tracio llamado Espartaco de la condena a muerte por haber mordido a un soldado en la pantorrilla (como a los caballos, les mido a los esclavos el vigor por la dentadura) y me lo llevé a Capua, a ver si mi capataz, el liberto Marcelo, podía hacer un gladiador de él. Después de concluir negocios tan prósperos decidí quedarme una temporada allí. Era mi residencia favorita y tengo en Roma un apoderado que no me engaña más de lo justo. Aunque me horroriza la sangre, y por ello procuraba que la muerte nos visitara lo menos posible, adoraba aquel lugar por el espectáculo de musculosos torsos brillantes de aceite, de fibrosos miembros y bíceps a punto de estallar, por el florecimiento de tanta fuerza en plena tensión y de bellezas estatuarias que… , pero tengo que reportarme, aunque en Roma ya nadie se engaña respecto a mis gustos y por lo demás estos están tan extendidos en el Foro como el uso de la litera.

Pues bien, fue Espartaco aprendiendo su oficio, y por más que le había salvado la vida y rescatado del azote del sol y del látigo, y por lo demás en mi escuela se comía bien, los esclavos tenían cubículos propios, recibían todo tipo de cuidados y a algunos hasta yo mismo les daba masajes, él no deponía su actitud hosca y altanera, más digna de un patricio. ¡Ya podría haber empezado la revolución de los esclavos en cualquier casa de los patricios, que con tanto rigor los tratan, en vez de en la mía, donde incluso nos ocupábamos de su vida sexual!

Como iba diciendo, Espartaco tenía la mirada de hierro, el odio forjado en el ceño, y con el sudor en los hoyos de las mejillas y en la hendidura de la barbilla parecía destilársele el más acerbo furor, salvo cuando se cruzaba con la esclava Varinia, la única capaz de suavizarlo. Con la que, por otro lado, era sexualmente impotente. Son curiosas las formas que puede adoptar el amor, desde el paralizante magnetismo que los unía a esos dos, a la agitada carnalidad de mis múltiples y simultáneas uniones.

Todo fue bien hasta que amaneció el nefasto día en que Marco Licinio Craso, primer general de la república, y su favorito Publio Gabrio vinieron, con la hermana y la prometida de éste, a honrar mis umbrales, y me apresuré a cubrir la efigie de Graco –el tribuno- y a disponer los mejores vinos. Partidario de los poderosos, captador de prebendas y voluntades, pese a mi opulento vientre, en política soy una especie de equilibrista que sin mirar a izquierda ni a derecha se apresura a alcanzar sus estancias favoritas, el atrio o el gineceo, y como virtuoso de todo vicio y de ninguna virtud vicioso, alterno con todos los partidos. No tengo otro remedio: incluso en gastronomía mis gustos son muy caros.

Así que hice por agasajar a visitantes tan ilustres como Craso y Gabrio, que venían con las mujeres a presenciar un espectáculo de mis hombres. Craso se encaprichó de la esclava Varinia y aproveché su debilidad para vendérsela por dos mil sestercios; uno de sus muchos talentos es ser ambidextro, uno de esos afortunados que gustan tanto de almejas como de cigalas. A ellos dos me bastó con adularlos para que me ofrecieran veinticinco mil sestercios por el combate, pero aquel par de harpías insistieron en que los míos pelearan a última sangre y en seleccionar ellas mismas a los cuatro que lucharían, como en un harén masculino donde se eligiera para la muerte y no para el amor. Espartaco sería de la partida.

Siempre he detestado los combates a muerte porque luego una sensación de descontento tan duradera como una de mis resacas impregna la arena, se vicia nuestro ambiente de camaradería, y el siroco del desánimo sopla sobre los hombres, que se vuelven taciturnos. Pero lo que nadie esperaba fue lo que ocurrió esta vez. A Draba, el gigante etíope que tenía a su merced a Espartaco, cuando las damas hundieron los pulgares, en vez de ensartarlo con el tridente, no se le ocurrió sino lanzar éste sobre ellas y escalar el palco, donde el mismo Craso tuvo que degollarlo. Ahora comprendo el significado de aquel gesto. Gracias a aquel etíope los gladiadores comprendieron que sus verdaderos enemigos no estaban en la arena, sino mucho más arriba.

Y aquella noche el valor y el orgullo debió henchir como un sueño de portentos las conciencias de los esclavos, que al día siguiente se rebelaron en las cocinas y asesinaron al bueno de Marcelo. Como odio las peleas fuera de la arena, decidí ocuparme en persona del traslado de Varinia a casa de Craso y brindé a mis subordinados la oportunidad de sofocar el motín. A medio camino ella se me escapó y no había alcanzado la Via Apia cuando supe que los esclavos, capitaneados por Espartaco, campeaban por mis propiedades.

Ocupé mi casa, próxima al Senado, y para evadirme de mis problemas mandé a mis efebos griegos que trajeran vino de su país, clausuré mis puertas y durante largo tiempo nadie pudo ver por la calle a esos estilizados jóvenes ni la oronda figura de cierto negociante que acababa de perder sus propiedades de Capua, ni consolarlo por ello. Paulatinamente, a través del muelle acolchamiento que velaba mis sentidos, me fueron llegando noticias de cómo Espartaco y los suyos saqueaban y quemaban más de cien propiedades y a su paso iban levantando a los esclavos en una sublevación inusitada.

El día que mi resaca remitió del todo supe que aquel temible ejército irregular había vencido al mismo Glabrio que contra ellos comandaba la guarnición de Roma, el mismo que acompañó a Craso en aquel último combate en Capua. Ya he dicho que se sabe cuándo se gestan los acontecimientos tan poco como las tormentas; y si aquel infausto día no hubieran decidido visitar la escuela, la historia de Roma habría cambiado.

Primero los romanos cometieron el error de infravalorar a Espartaco; nadie mejor que yo sabe cuánto puede un ejército de gladiadores. Y ahora que han pasado al otro extremo y el pavor invade el Foro como una crisis financiera y muchos hacen el equipaje creyendo a Espartaco a las puertas de Roma, ha llegado la hora de resarcirme y comprar barato las residencias de esos cobardes.

Solo los borrachos y los poetas, los locos y los niños pueden creer que algún día Espartaco conquistará Roma y los esclavos olvidarán sus cadenas.                                                   

                                                                                                                                                                                             

lunes, 7 de enero de 2013

LA TABERNA DEL IRLANDÉS



                           


En ningún salón de París hubieran adivinado que yo, André de Lage, barón de Fienno, caballero de la Legión de Honor, coronel honorario, etc, etc, a quien se abrían de par en par las puertas de las más altas dignidades y embajadas, cuya galanura y encanto brillaban por anticipado a la luz de las más elegantes arañas, el eco de cuya portentosa voz parecía destinado a resonar a través de los mármoles del poder, acabaría marginado como gobernador de Hateakaloha, esta ignota isla de los Mares del Sur. ¿Cómo han podido encallar tantas esperanzas en estos arrecifes del aislamiento y orillas de penalidades?

Mártir de la bandera francesa, paso el día torturado en la hamaca tendida en la pérgola de mi mansión, acuciado por la duda sobre si mezclar el ron con piña o con cola, tolerando como puedo el rumor de las olas y la contumacia de un termómetro que no se mueve de los veintisiete grados, deslumbrado por la reverberación del sol sobre la escalerilla de la piscina y por el resplandor de los zafiros y turquesas del mar y el cielo mezclándose a lo lejos en una confusión insoportable. Segregado de la civilización, en vez de disfrutar de una instalación de agua caliente tengo que permitir que un desfile de tropicales bellezas primaverales me la traigan en cántaros que sobre su cabeza reproducen las curvas de sus siluetas; y mi dieta se reduce a marisco, pescado, coco y dátiles. Como la red del chinchorro, se pliega y despliega el  muelle de mi existencia. Las horas se deslizan hacia la noche con la monótona tersura de las pieles de las nativas; fluye la luz del día con la misma lentitud que sus cuerpos se mueven sobre el mío, y con esa dinámica tan perversa las noches se eternizan hasta que al fin un horizonte de plata se tiende como la siguiente joven en mi hamaca.

Y así hasta que un día llegó Gilhooley y de una vez se rompió inercia tan nociva. Desde mi periscopio, a la sombra del parasol de mi criado chino, vi cómo lo agasajaban las nativas con besos y collares de flores. En esta isla inmoral, salvo el doctor Dedham y yo mismo, nadie tiene ninguna ética de trabajo. Al momento todo el poblado se puso a bullir de expectación ante el ritual de la pelea a puñetazos entre Gilhooley y Guns Donovan. Los dos –y también el doctor- coincidieron aquí en la guerra, cuando los americanos expulsaron a los japoneses de la isla, y desde entonces el día de su cumpleaños, que como si el destino los hubiera vinculado coincide, dirimen a golpetazos sus íntimas rivalidades en la taberna de Donovan. El paso del tiempo no hace sino atizar esta entrañable discordia que pese a que nadie se toma en serio y se ha convertido en la celebración de una leyenda, no por eso resta crudeza al huracán del combate. A su paso, el bar queda arrasado por un pánico de botellas rotas, mesas cojas y taburetes al vuelo.

Y ayer mismo otra novedad vino a agitar como una coctelerta o unas maracas este tedio típico del trópico. Resulta que por primera vez en cinco años pasó un barco de pasajeros a sotavento de la isla, que ha recibido la visita, procedente de Boston, de la ilustrísima Amelia Dedham, hija del doctor. Desde que mi corredor de bolsa me hubo informado de que la joven tiene una fortuna estimada en dieciocho millones de dólares, no me hizo falta conocerla para que el eco de su nombre ya pulsara en mi interior los acordes del amor.

No habíamos conocido su visita con suficiente antelación para avisar al doctor, que se encuentra en una de sus giras de inspección sanitaria. Dado que Amelia es hija legítima del doctor, que al fin de la guerra prefirió quedarse aquí y formar una familia con la difunta Manutami, y como ella viene de la estricta Boston y aún no conoce a su padre, a mi criado se le ha ocurrido que hagamos pasar a los tres niños que Mr. Dedham  tuvo de la aborigen por hijos de Guns Donovan. Secundé la idea porque si a ese bruto se le ocurre disputarme a Amelia, se verá lastrado por inesperadas cargas familiares. Espero que a los pequeños, ignaros de la hipocresía de los mayores, no se les escape ninguna palabra que descubra a Amelia el engaño antes de que nos hayamos casado. Y ahora que lo pienso, no permitiré que sus abogados incluyan ninguna cláusula de separación de bienes.

En todo caso Donovan y ella no principiaron bien sus relaciones, porque el muy torpe, carente de mi refinada cortesía, la dejó caer al agua en el trasbordo a la barca. Cuando desembarcaron y se me reveló la belleza de Amelia, una aurora flamígera resplandeció en el aire: ya no tendría que casarme por dinero. Eso sería demasiado vil para alguien de mi distinción. Siempre he sido enemigo del matrimonio, pero por ella estoy dispuesto a renunciar a mis convicciones e incluso al aburrimiento que desde el principio me ha deparado este islote. Ya que mis superiores se niegan a trasladarme a Hollywood o a Miami Beach, renunciaré a mi empleo después de la boda. Gilhooley tampoco será rival; nada más conocerla no se le ocurrió sino preguntarle en qué tugurio portuario se habían conocido.

Esta mañana luzco mis mejores galas, me acabo de poner la más resplandeciente de mis sonrisas postizas y desplegaré ante ella la cola de pavorreal de mis galanterías. Pondré a su disposición mi auto, mi chófer y mi persona toda invitándola a un recorrido por la costa con un aperitivo helado incluido. ¡No podrá reistirse! ¡Nada menos que dieciocho millones de dólares!

Y no lo digo por el dinero, sino porque una pitonisa me dijo que el dieciocho es mi número de la suerte.                                  

                                                                      

viernes, 4 de enero de 2013

LAWRENCE DE ARABIA



                   


Todos conocemos hasta el empacho las hazañas de Lawrence de Arabia, su incorporación al Servicio de Inteligencia Militar de El Cairo al estallido de la Gran Guerra y su misión de sondear la disposición de las tribus de la península Arábiga a rebelarse contra los turcos, su encuentro con Faysal o con Auda, la toma de Aqaba, la guerra de guerrillas contra los otomanos y la voladura de ferrocarriles, la captura de Damasco… Y ahora, esta poética superproducción que David Lean estrenó el año pasado viene a amplificar la sombra de una leyenda que solo yo, Jackson Bentley, forjé hace treinta años con mis artículos de corresponsal desde el mismísimo teatro de operaciones, ya que me incorporé a las tropas irregulares de beduinos comandadas por el propio T. E. Lawrence.

En efecto, había llegado yo a la región en una coyuntura en la que todos necesitábamos un héroe: los partidarios de que EEUU entrara en la guerra, Faysal para su imposible causa de crear un estado árabe –idea que le inspiró Lawrence-, el ejército británico para mantener la moral y mi jefe para aumentar la tirada del Herald. Tan conocido como todo lo anterior es el desencanto con que Lawrence abandonó Arabia tras solicitar su relevo al general Allenby al descubrir la oquedad de las promesas que su propio país y Francia habían dado a los árabes, pues por mediación del tratado Sykes-Picot ambas potencias se repartieron la península en sendas zona de influencia.

En cambio, lo que casi todo el mundo ignora (menos los veteranos lectores del Herald) es qué fue de Lawrence a partir de que dejó atrás su querido desierto y desde la ventanilla del avión vio el último destello de aquel océano de arena que para él era el puro cielo, hasta que murió en 1935, hace ya casi treinta años. De modo que solo los suscriptores más antiguos del periódico recordarán, si es que sus neuronas no han sufrido cortocircuito, que igual que fui el cronista de su gloria, gracias a la entrevista que en 1934 milagrosamente me concedió en su casa de Clouds Hill, también me convertí en testigo de sus años de decadencia, paradójicamente más tortuosos que sus sedientas marchas a través del Sinaí.

A su regreso de la guerra se recuperó fácilmente de la desnutrición y demás secuelas físicas con que venía lastrada su constitución (medía veinticinco centímetros menos que Peter O’Toole y parecía macrocefálico), pero ni siquiera su voluntad de acero pudo contra los traumas psíquicos que le reportaron sus aventuras por Oriente Medio. Y con ello no me refiero a las heridas abiertas por sus frustraciones políticas, sino a la neurosis que le impuso su desastrosa incursión a Deraa. Lawrence se había infiltrado allí con su chilaba para valorar las posibilidades de un levantamiento de la población contra los turcos. En seguida fue detenido por la policía y en la comisaría parece que el gobernador, un curioso personaje, lo tomó por circasiano. Como Lawrence rechazó sus insinuaciones eróticas, lo mandó azotar y violar.

Si bien desde entonces algunos lo notaron menos humanitario, las subsiguientes campañas militares y el típico endurecimiento del soldado veterano camuflaron las consecuencias de un shock que más tarde, en la paz de la campiña inglesa, se desató con toda crudeza. Para colmo, en una de sus desafortunadas actuaciones diplomáticas, no logró de Francia que su querido Feysal (Alec Guiness tendrá por siempre su rostro) fuera recibido en la conferencia de Versalles. Para llenar el vacío del presente no se le ocurrió sino resucitar el pasado escribiendo su historia en las más de mil páginas de “Los Siete Pilares de la Filosofía”, pero en la entrevista él mismo, con esa voz tersa y sepulcral que seguía poniendo, me reconoció ser un prosista lamentable. Y aunque la leyenda dice que oscuros espías le hurtaron el manuscrito, me dijo que camino de su editor él mismo se lo dejó en una cabina de teléfonos y cuando volvió cinco minutos después ya no estaba en la repisa. También me confesó que había sido un olvido freudiano debido a que subconscientemente sabía que el mamotreto era más árido que los desiertos que describía y que debía reescribirlo. Lo cual hizo, pero no por eso los futuros lectores  -yo mismo- dejaron de agotarse como peregrinos con las penalidades de su estilo, desorientados entre unas páginas que como puñados de arena se les caían de las manos.

Lo más significativo de su caso era que ya no se interesaba por sus antiguas aficiones, la arqueología (se graduó como historiador), el estudio de los hititas y la arquitectura de los cruzados. Traspasado por la soledad de su casa en el campo –el silencio inglés le parecía preñado de amenazas, mientras que el del desierto, que podía preceder a una emboscada, le resultaba puro-, el hastío prosperaba con la humedad del clima, su espíritu se agrietaba con las mismas rajas de la sequía en los páramos egipcios, el horizonte de su aburrimiento lo cercaba y solo se consolaba rememorando sus hazañas y combinándolas en la segunda versión de su manuscrito original, que ahora estaría sirviendo a alguien de papel de fumar.

Quien había ascendido tan pronto por la resbaladiza duna del éxito, solo podía rodar. Aunque Lawrence odiaba su leyenda y el juego de distorsionadas sombras y destellos que todos proyectamos de su figura, estaba orgulloso de sus hazañas. Y sabía que éstas no habían servido de nada (los mismos árabes persistían en sus disputas tribales) y que el resto de su vida apenas sería, como esos raros ecos que a veces produce el desierto, una sombra del luminoso oasis de su juventud. Pero lo peor era que un día se sorprendió entreverando sus recuerdos con la leyenda, y llegó a preguntarse si su paso por “El yunque del sol” no sería un espejismo de la memoria.

Quizá con una compañera habría evitado el infierno de despersonalización y odio al presente en que incurrió. Varias veces se alistó con pseudónimos en el ejército, en el 21 y el 22, e incluso en el 25, tras recibir varias negativas, amenazó con suicidarse si no lo transferían a las fuerzas aéreas. Sirviéndome la enésima limonada (como periodista creo que el whisky le habría ayudado) me dijo que con la anonimia pretendía contrarrestar aquella exacerbación de la individualidad que le habían suscitado la fama y la gloria. Pero aquella no fue la solución. Porque siempre acababa por descubrirlo algún colega de la prensa y en el ejército le daban la baja temiendo una publicidad negativa. Le perseguía el mito como un perro bulímico del que es imposible librarse.

Quería desembarazarse de la leyenda pero seguía añorando su periplo arábigo. Así que volvió a escribir otra versión –por suerte abreviada- de sus aventuras. También me dijo que se había aficionado a las motos, él, que había recorrido miles de millas a pie o en camello. Ya que le gustaba tanto el psicoanálisis, yo mismo podría haberle explicado qué buscaba en la velocidad, pero empecé a sentirme incómodo en aquel salón semi vacío donde el silencio se puso a crecer como en el desierto y él se había quedado mirando al vacío como atisbando a lo lejos una caravana de beduinos.

Murió de un accidente que tuvo con la Brough, su moto preferida, por haber acelerado al máximo camino de la oficina de correos de Bovington. No pudo ver la película de David Lean. Estoy seguro de que hubiera sido el único espectador del mundo a quien no le habría gustado: odiaba su leyenda.                            

                                                                                                                                                                                              

martes, 1 de enero de 2013

HAMPA DORADA


                       
                                         

Me amarilleaba la envidia de ver en el periódico las bienaventuradas fotos de aquellos gángsteres agasajados en la apoteosis de su éxito. El capitoste de turno presidía una mesa oblonga de mantel de hilo, las dos hileras de cabezas vueltas con admiración hacia él, que elevaba una copa con la sonrisa del triunfo, brillantes el pelo, el alfiler de la corbata y el diamante en el anular, el chaleco jalonado por la cadena de dijes del reloj, y el traje de cien dólares invistiéndolo del prestigio y la autoridad de un comandante en jefe. Su éxito no se desmentía ni cuando la imagen se desintegraba entre la rabia de mis manos arrugando el periódico.

Y yo apenas era un simulacro de gángster, una caricatura de ellos, un ratero que con mi amigo Joey iba por los pueblos atracando gasolineras y drugstores. No fui lo que se dice un niño prodigio. Hasta los veintisiete no descubrí que por el camino de la Ley no se llega a ninguna parte, y que solo el atajo del crimen lleva a la gloria.

Hasta entonces había sido vendedor de periódicos, repartidor de leche con mi padre, que había tenido una vaquería en los Abruzzos, vendedor a domicilio y camarero. Me he fijado en lo tristes que tienen los ojos los camareros. Mi último trabajo fue el menos malo, en una empresa de envío de paquetes; pero cuando me descontaron del sueldo el valor de lo que un chaval me robó a punta de navaja, decidí que a partir de entonces yo sería el de la navaja.

Como todo lo grande hierve en las ciudades, convencí a Joey para que nos viniéramos a Chicago. Accedió atraído por el glamour y las mujeres; solo ambicionaba el botín de un par de golpes para emprender otra cosa. En cambio a mí, Rico Bandello, como a todos los autodidactas, me interesa el arte por el arte. Para mí el crimen no es un medio sino un fin en sí mismo; el tacto de una culata de nácar me transmite una seguridad y poder imparables; igual que a otros el perfume de las mujeres o el aroma de whisky, a mí es el olor a pólvora lo que me hace sentir un hombre de verdad; el tableteo de una ametralladora, lo único capaz de impulsarme todos los pulsos del cuerpo. Mientras que Joey es un apuesto bailarín que se vino a actuar en los mejores locales de Chicago, yo prefiero que los demás bailen para mí. Así que pisé mi último cigarrillo, fui a comprarme el primer puro que como un cañón intimidara a cuantos se me cruzaran en el camino, y tomamos el tren a Chicago.

Aquí me presenté en el club Palermo, que en los garitos me habían dicho era el nido de la banda de Sam Vettori; y éste, viéndome desbordante de decisión, de gatillo fácil y con las ansias de acción como un tic en las mejillas, me contrató. Me presentó a los colegas, Tony Passa, el chófer de nervios quebrados; Scabby, el típico listo; Otero, el segundón nato, y otros. Aunque desde la mesa de su despacho Sam se las daba de jefazo, solo era una marioneta en manos de Diamond Pete Montana, cuyos hilos a su vez eran movidos por Big Boy. Los resortes de poder de la banda reproducían los del Estado, salvo que entre nosotros imperaba una dictadura.

Asistí a una reunión de todos ellos en el casino de Little Arni, otro cabecilla al nivel de Vettori. Me expulsaron del cónclave porque aunque todavía era un simple matón debieron reconocer en la tensión de mi conciso cuerpo, en la concentración de mi odio o en el ardor de los ojos, las ganas de desbancarlos y adelantarlos en la organización. ¿No es esa la esencia del sueño americano? Aunque solo parecía preocuparles McClure, el nuevo comisionado contra el crimen, algo detectaron del aire de fatalidad y necesidad que me rodea.

Planifiqué el atraco a la multitudinaria sala de fiestas “Pavorreal de Bronce” para la velada de Nochebuena. Pero Vettori me desautorizó porque si dejaba de ser el cerebro de la banda y no se seguían sus directrices, perdería la autoridad. De todos modos yo me iba captando uno por uno las voluntades y la devoción de los chicos. Ya confiaban más en mí que en Vettori.

En Nochebuena efectuamos sin dificultades nuestro “atraco del Gallo”. Era mi primer gran golpe y mis reflejos, control y eficacia me sorpprendieron a mí mismo. Mientras que los chicos desvalijaban a los invitados, yo iba de un lado a otro pletórico de emoción, abarcando cada peligro a golpe de vista y sincronizando los movimientos de todos ellos en una exacta coreografía. Incluso eliminé al tal McClure, que por aquello que los ignorantes llaman casualidad se encontraba cenando allí: mi nombre estaba escrito en el libro de oro de la historia criminal.

De vuelta al Palermo me negué a darle a Vettori la mitad del botín por el único mérito de habernos esperado con impaciencia. Como la mayoría estaban conmigo, tuvo que admitirlo. Después de todo, hasta en las bandas de gángsters se está filtrando la democracia. El único imprevisto fue que Tony, el chófer, acabó de desquiciarse. Tuvo un pequeño accidente mientras aparcaba, no regresó al Palermo y al día siguiente, cuando Otero lo invitó a venir a cobrar su parte, se negó histérico y le dijo que iba a confesárselo todo al sacerdote. No tuve más remedio que matarlo en la escalinata de la iglesia.

Pero le he pagado un fastuoso entierro y mandado una corona exuberante. Y después de la ceremonia, para celebrar el golpe Sam Vettori ha dispuesto en mi honor un banquete en el Palermo, con lo que en público me reconoce su igual. Oigo mi apodo, “Pequeño César”, dicho con respeto. Los chicos me acaban de regalar un reloj con el que contaré las horas que me quedan para pasar por encima de Vettori, de Arni, de Montana y hasta Big Boy. Incluso han llegado varios periodistas. Los disparos de sus máquinas de fotos logran más que las metralletas: hacerme parpadear.

Mañana muchos envidiosos me verán en las fotos presidir esta oblonga mesa de mantel de hilo, las dos hileras de cabezas vueltas con admiración hacia mí, que elevo la copa con la sonrisa del triunfo, brillantes el pelo, el alfiler de la corbata y el diamante en el anular, el traje de cien dólares invistiéndome del prestigio y la autoridad de un comandante en jefe.                

                                                                                                                                                                                                   

viernes, 28 de diciembre de 2012

CIUDADANO KANE




                      

Esos gacetilleros son unos tullidos mentales. Primero el tal Thompson, dándoselas de reportero que se entromete por las sombras, entrevista a los que supuestamente más trataron al recién finado Charles Foster Kane para desentrañar la clave de la palabra con la que, según la enfermera, murió a flor de labios, “Rosebud”, sin concluir nada por haberse olvidado del más privilegiado testigo, yo, el ínclito profesor Porterhouse, que si bien no traté a Charles en la madurez, una vez que se hubo convertido en el más mentado personaje de América, sí coincidí con él en nuestro último año de Princeton, en época hasta tal punto decisiva para la consolidación de un carácter, cuando recién salido de la adolescencia acaban de cristalizarse los rasgos que informan la personalidad, que me ha permitido saber toda la verdad sobre Rosebud.

Y con verdad no me refiero a la que presumió de obtener aquel reporterillo de papel secante y virutas de lápiz, perenne huésped del escritorio, Mr. Ames, del Herald, el típico orondo que con el trasero adherido a su silla basculante justifica su pereza con la excusa de que a través de invisibles canales las noticias se le vierten al oído, y que con la radio de su cerebro es capaz de sintonizar ondas inaudibles para aquellos periodistas a los que ensordece el tráfago de las calles. Durante un minucioso inventario de la documentación familiar, alguien del National Bank le trajo un rimero de viejas facturas entre las que hayó la de la compra de un trineo. Al parecer el padre de Charles debió regalárselo allá por el año setenta y pico, y por la mera coincidencia del nombrecito del modelo (Rosebud) el sedentario sabueso dedujo que, susurrando Rosebud, el más célebre magnate del siglo XX moría con la añoranza de algo que todo su dinero no había podido devolverle, la infancia de la que –como a Mozart su talento- lo privó su fortuna.

Y eso porque un buen día los modestos padres de Charles recibieron como pago de un cliente de su pensión el título de propiedad de una mina abandonada que parecía sin valor, “el filón del Colorado”, que al poco se reveló como el más prolífico yacimiento de América. Y para que lo enseñaran a ser el hombre más rico del mundo y alejarlo de su inestable esposo, Mary Kane, la madre, encomendó la educación de Charles al National Bank, el administrador de sus propiedades, en la persona de su apoderado y desde entondes tutor del niño, Walter Thatcher, que con los años se convertiría en uno de los monarcas de Wall Street.

Aunque lleva diez años muerto, a Thatcher en cierto modo también lo ha entrevistado el oscuro Thompson (con el mismo resultado que los demás), gracias a tener acceso a su autobiografía. Los otros encuestados han sido Mr. Bernstein, el gerente del Inquirer; Susan Alexander, su segunda esposa –la primera falleció-; Mr. Leland, su mejor amigo; el mayordomo jefe de Xanadú… y ese cretino de Thompson olvidó rastrear el año de Kane en Princeton, el único en que no lo acompañó Leland, que lo había seguido a través del delirante itinerario de institutos y universidades de donde Charles fue expulsado. Ayer tuve la cortesía de telefonear a Thompson a la redacción y me colgó, sin duda ofuscado de que Ames hubiera presuntamente desvelado el enigma y tomándome por el típico jubilado en busca de protagonismo. No prestarme cinco minutos de cámara les costará ignorar por siempre la verdad sobre Rosebud. Y mi testimonio de cómo era Charles Foster Kane a los veinticuatro años. En realidad el muy chapucero no investigó nada en el período que media entre sus nueve y veinticinco años.

Recuerdo que llegó a la facultad un día tan soleado y risueño como su cara –y el futuro que le aguardaba cuando al año siguiente tomara posesión de la sexta fortuna mundial-. Desde el principio se mostró abierto, propicio, generoso; sin alinearse con ningún grupo, integraba varias organizaciones de estudiantes, participaba en cada comité organizador de algo y se empeñaba en agradar y mostrar su interés por todo. Pero recuerdo que a su paso iba dejando un imperceptible gusto amargo, tanta actividad y vehemencia dejaban un rastro de poca autenticidad, una resaca de ceniza; aquello en lo que intervenía quedaba marcado por una indefinible sensación de fracaso.

Me parece que aunque solo buscaba que lo quisieran (él no podía perseguir más dinero o influencia) tarde o temprano los condiscípilos y hasta los profesores se sentían manipulados por un personaje carismático hasta la saturación. Y nos asustaba su carácter imprevisible. Recuerdo que encabezó un encierro en el claustro como protesta por la no admisión de un alumno judío, y al día siguiente fue visto cenando con el decano. Y luego estaba la diferencia del dinero, la distancia sideral con que, aunque todos fuéramos de florecientes familias, lo alejaba de nosotros su inminente fortuna. Aquello lo aislaba en un círculo mágico, una crisálida translúcida que lo segregaba de cualquier contacto auténtico con los demás. En su fuero interno debía sospechar que todos lo queríamos casar con nuestras hermanas.

Parecía destinado a ser el más popular de la promoción, todos deberíamos haberlo adorado y hasta los profesores considerarlo su favorito; pero al final todas esas expectativas dejaban de cumplirse tan inesperadamente como la promesa de un caballero. Incluso en el último curso suspendió no sé qué asignatura y eso le retrasó medio año la graduación.

Después no tardé en perderle la pista. Creo que de todas sus propiedades solo se interesó por lo que entonces aún era un periodicucho, el Inquirer, y en sus editoriales empezó a denunciar a multinacionales de las que era el primer accionista. Un inicio prometedor para una carrera que, como era de esperar en él, no culminó en la Casa Blanca ni en el Palacio de Gobernador, o para una vida que, a la vista de escándalos y divorcios, debió acabar con esa típica amargura que al final siempre derramaba.

Aunque al menos consagró el último hálito a un recuerdo grato: Rosebud, que no es ningún trineo. A mí me gustaría morir con el nombre de Black Swann en los labios. Black Swann era la compañera de Rosebud, una rozagante pupila que recibía en la casita de roble de las afueras. Nunca olvidaré la tarde de invierno que al fin Charley y yo nos atrevimos a visitarlas; el centelleo del aire, el vaho jadeante del camino, los escalofríos en la nuca. Si no es por la petaca de aguardiente, nos hubiéramos vuelto cuando ya teníamos la casa a la vista. Al final del sendero de álamos encorvados, las luces lilas de sendas ventanas nos guiñaban bajo la nieve de un tejado a dos aguas con una fálica chimenea que exhalaba humo como una locomotora. Empezó a nevar y una especie de responsabilidad nos encaminó hacia la puerta.

A mis ochenta años recuerdo aquella tarde mucho mejor que mi noche de bodas. Así es la vida, frágil y leve como un copo de nieve, fugaz como la juventud o el reflejo que irradia el último añico de la bola de cristal de la memoria.

   
                                                  

          

         

                     



                  

                                                                                            

martes, 25 de diciembre de 2012

¡QUÉ BELLO ES VIVIR!


          


A mí, Harry F. Potter, monumento sedente de la prosperidad y ciudadano más rico de Bedford Falls, me llaman ruin por envidia; amargado, para ocultar que su felicidad solo es inconsciencia; retorcido, por no reconocer mi alambicada inteligencia; Mr. Scrooge (aquel personaje de Dickens que no celebraba la Navidad), cuando en verdad me parezco a Mr. Micawber (el amigo de David Copperfield que vaticinaba la quiebra si los gastos superaban a los ingresos). ¿Adónde nos ha arrastrado tanta bondad como derrochaban -¡odioso verbo!- gentes como Peter Bailey? ¡Solo fallé en pronosticar a tal carnaval de generosidad un miércoles que resultó viernes de ceniza! En la actual recesión aquellos buenos sentimientos señalan como lápidas el cementerio del bienestar social.

Con la excusa de que cualquier desgraciado ha de tener casa propia, esos profetas de la felicidad universal han desequilibrado el mercado y saturado las finanzas. Sin embargo, la economía ha de mantener su ritmo propio, hay que respetar el flujo de sus mareas aunque arrastren a los más incautos si no queremos provocar un maremoto como el actual. Es inviable que a todo el mundo le vaya bien sin peligro de que al final, como una balsa sobrecargada, todos nos hundamos.

En cambio, a mí nunca me ha hecho falta ningún préstamo ni mis padres me hicieron jamás regalo de cumpleaños alguno. El único don que la vida me hizo fue una polio a los cinco años que dicriminándome de superfluos juegos y amistades me hizo un niño reflexivo. A los nueve vendí mi colección de sellos y con los ocho dólares y medio que me dieron empecé a hacer pequeños préstamos a los golfillos del barrio; prestaba a alguno, por ejemplo, veinte centavos y a la semana siguiente, cuando recibía su asignación, me devolvía cincuenta. Llevaba las cuentas en los márgenes de los cuentos de Perrault; recuerdo que junto a la figura del lobo de Caperucita hice mi primer balance.

Aunque mis padres no me dejaron casi nada, con el anticipo que me dio un irlandés pagué la entrada de un piso que le había apalabrado a éste por el cuarenta por ciento más de su precio; le enseñé como propios los planos que me había dejado el venderdor de la promotora. Con el beneficio pagué otras dos entradas, y así se fue ramificando el frondoso árbol de mi prosperidad. Hubo un comprador que cuando comprendió mi jugada se arrepintió y tuve que mandarle a cierto italiano para que a martillazos le enderezara su palabra de hojalata. La buena fe es la base del comercio y hay que cumplir con los compromisos adquiridos.

Por eso mismo, las deudas son sagradas, y cuando Peter Bailey se negaba a ejecutar los embargos para no dejar a las familias al raso le advertí que tanta caridad le saldría cara. Al comprobar que su humanitarismo no era el barniz de ninguna campaña publicitaria, le perdí el respeto. ¡Y el muy cretino achacaba lo que él llamaba mi negro carácter –esto es, visión comercial- a mi déficit de afectos, a no contar con familia o amigos! ¡Como si a él unos y otros no le reportaran nada más que gastos!

Desde el principio tuve claro que hay que mantener los criterios morales tan alejados del mundo de la empresa como mi mano derecha de la izquierda. ¿Acaso no lo dice la Biblia? No puedo dejar mi dinero al capricho de la ética o el azar. Por eso volví a emplear a aquel italiano para que con unos amigos reventara la huelga de conductores de tranvía, al poco que el alcalde me ofreciera la concesión del servicio.

Para triunfar hay que ser austero y trabajador. Ahora mismo podría estar disfrutando de mis propiedades; podría atravesar todos los barrios ricos del estado hollando con las ruedas de mi silla los céspedes de todas mis propiedades, y no obstante compro y revendo las casas sin llegar a conocer sus piscinas con trampolín ni sus cuartos de baño con azulejos árabes, ocupado que estoy en amasar dinero. Solo ostento el lujo y boato útiles para conquistar la confianza de los depositarios y clientes de mis entidades financieras; los apliques de oro de mis maletines o la pajarita del mayordomo son metáforas –metonimias- de mi prosperidad.

En algunos de esos bancos solo he invertido para hacerme con el control y disolviéndolos librarme de la competencia, como voy a hacer con el negocio de Peter Bailey. Desde que se fundó, hace casi trenta años, con los mismos empleaduchos de ahora –el borracho de Billy, la telefonista solterona y el cajero de ridículos manguitos- empezó a birlarme clientes ofreciéndoles al cinco lo que yo les daba al trece. Con una política tan suicida apenas ganaba nada y a duras penas vadeaba las turbulencias de cada nueva crisis. Y su hijo George sufre la tara hereditaria del padre, la generosidad. Cuando salió del instituto se puso a trabajar en el negocio familiar. Ahora que han ahorrado lo bastante, se ha matriculado en no sé qué universidad y su hermano menor lo sustituirá en la oficina. Dentro de cinco años George regresará y entonces le llegará al menor el turno de estudiar. ¿Qué clase de banquero no puede permitirse que sus dos hijos estudien al mismo tiempo? Pues uno que admite la amistad como aval, las promesas como intereses: Peter Bailey, la vergüenza de la profesión.

Al menos tuvo la suerte de morirse y se ahorró -¡bendita palabra!- presenciar la hecatombe que las gentes como él desencadenaron en la Bolsa, las fieras que liberaron por Wall Street y devoraron primero a los mismos desprotegidos que creían proteger.

Cuando George, mientra arreglaba los asuntos de la herencia, ya empezaba a prestar dinero a los amigos sin más garantía que un apretón de manos, vi aliviado que se iba al extranjero y propuse disolver la empresa, pero los consejeros rechazaron mi moción si George ocupaba el despacho de dirección del banco, en cuyo escritorio aún quedaban briznas del tabaco de su padre. Esa noche partió el tren con un asiento libre y yo me fui a la cama sin cenar.

Y ahora, cuatro años después, se ha demostrado que todas aquellas simplezas sentimentales eran menos inocuas de lo que parecían. Justo el día en que George acaba de casarse y se escabulle hacia una luna de miel de la que no se atreverá a volver, las sirenas aúllan bajo la lluvia en el umbral del banco de los Bailey. Una multitud de pequeños accionistas se asen a los barrotes de su impotencia y de las verjas del local cerrado. Los empleados de Bailey no pueden pagarles ni un centavo por sus acciones y yo voy a ofrecerles sesenta centavos por cada dólar que inviertieron, para que luego digan que abuso. Pensándolo bien, les ofreceré cincuenta, ya es bastante. Tengo que aprovechar la ocasión como los lobos el invierno, igual que aquel lobo de Caperucita junto al que apunté mi primer balance, porque muy pronto el gobierno solucionará la crisis con la receta de siempre, subirnos los impuestos a los ricos.

Pero para entonces Bedford Falls ya será la ciudad de Harry F. Potter y mi silla de ruedas rodará al borde de las pesadillas de George Bailey.                                             
                                                                                                                                                                    

sábado, 22 de diciembre de 2012

EVA AL DESNUDO


                 


Árbitro del destino de actores y autores de teatro, mi columna es la sentencia que los condena al ostracismo o los exalta a la gloria. Es como si con el telón cayera sobre la platea una sombra de silencio a la espera de mi palmada o silbido. Mientras que los intérpretes creen alquilar sus almas a los eternos mitos (Otelo, Electra, Hamlet) y los autores se piensan dioses creando un mundo propio, una palabra dicha entre líneas de mi artículo puece reducirlos a las cenizas del olvido.

          Eva ha sido la última a quien mi pluma ha prestado las alas de la fama; desde Margo, no había coronado a nadie con unos laureles tan triunfales. De familia hacendada, nunca he vendido mi opinión por nada que no sea algún que otro favor sensual, y eso que cualquier productor de Broadway estaría dispuesto a comprarme una palabra –o mi silencio- a precio de oro. Pero por eso la gente acepta mi criterio, porque las tablas del teatro son las de mi ley; la escena es mi religión y yo soy su profeta, y por nada traicionaría lo segundo que más amo en el mundo: yo mismo.

       Y ni siquiera por Eva he sacrificado mi ética –esto es, mi estética-, puesto que fue viéndola actuar como se prendió esta llama que me derrite la máscara del escepticismo, oyéndola declamar cuando descubrí la música de las flores, apreciando sus gestos como admiré el invisible ritmo de las estatuas al crepúsculo de los jardines. Ya que en la llamada vida real ella no me había impresionado tanto, atribuí semejante conmoción al mérito artístico. Pero a partir de aquella actuación, cuando la he visto lejos de la escena ya no he podido discriminar de su figura el halo de magia que envolvía a su personaje (era la Nora de Ibsen), ni distinguir su voz de aquella otra suave, cálida y vibrante que sonaba a noches de verano iluminadas por faroles sobre el mar.

      Adicta al aplauso, novia de las bambalinas, el verdadero amor de Eva también es el teatro, por lo que nuestra afinidad no podrá sino implicarnos en un idilio, pero por si esa fierecilla no me corresponde, he contratado a un detective que me desoville su pasado para retenerla con los resultados de la investigación. No soportaría que esta llama mía se apagara porque ella me la apagara y volver a ser una estatua de hielo.

       Me hizo sospechar de ella la impostura mediante la que se deslizó en el mundo del teatro. Me han dicho que fue Karen, la esposa de Richards, el famoso autor, quien la descubrió (no profesionalmente, sino que seré yo el recordado por eso). Me refiero a que Karen reparó en aquella admiradora que cada noche aguardaba en el vestíbulo la entrada y salida de Margo Channing, hasta hace bien poco la reina de nuestras actrices. Yo no estaba entonces –nunca estoy con nadie, y todo me lo cuentan el primero-, pero parece que la ingenua Karen se apiadó de la devoción sin esperanza de aquella chica y se le ocurrió presentársela a Margo, su ídolo dorado y adorado.

          Margo empezó por negarse a recibirla y acabó contratándola de secretaria; muy típico de Margo. Eva, que no otra era la ferviente admiradora, la emocionó a ella y a sus amigos con la historia de su vida. Me parece que aquélla, y no la de la obra de Ibsen, fue la primera actuación magistral de su carrera. Puedo oír el tono frágil de Eva contándoles sobre su niñez en la granja y su primer trabajo de secretaria en aquella cervecería de San Francisco, y me imagino cómo se quebró esa cristalina voz suya en miles de silenciosos añicos al referirles la muerte de su novio en acción de guerra. Dicen que necesitó un pañuelo hasta Bill Sampson, el prestigioso director de escena y pareja de Margo. Sospecho que de aquella retahíla lo único cierto era que admiraba a Margo, o más bien que quería ser como ella –cosa que no dijo-.

       En pocos días se hizo imprescindible para ella, pues se convirtió en su confidente, apoderada, secretaria y psicóloga. Todo su círculo, hasta el cascarrabias de Max, el productor, celebraba su eficacia, lealtad y servicial modestia. Pero al mismo tiempo, a fuerza de no separarse de ella se convirtió en una sombra que eclipsaba a Margo, se inmiscuyó por las imperceptibles grietas que resquebrajaban la relación entre Margo y Bill (ocho años menor que ella), y carcomió en secreto la última resistencia que a la actriz le quedaba para  dejar de creerse joven.

          Conocí a Eva el último día que pasó con Margo, en la fúnebre fiesta de cumpleaños que ésta le ofreció a Bill. Ebria de celos y Martini, mostró en público su hostilidad hacia Eva y todos la creyeron injusta. Eva perdió a Margo, pero había alcanzado su objetivo real: romper el círculo mágico. Y así, pude oírla pidiéndole en un aparte a Karen el puesto de suplente de Margo, ya que la habitual estaba embarazada. Karen se sintió responsable del desplante de Margo y le hizo el favor. Al fin y al cabo nadie conocía el papel mejor que ella y en veinte años de primera actriz Margo nunca había faltado a una función.

          Ya he dicho que en aquel primer encuentro Eva no me llamó la atención. Sí que lo hizo cuando leyó su papel en un ensayo, desde luego que en ausencia de la primera actriz; se cuidó de hacerlo un día que yo andaba entre bastidores tras una decoradora. Y también le interesó mucho a Lloyd Richards, que como autor la consideró más dócil y maleable que Margo, una mejor médium para su personaje que aquella otra veterana capaz de readaptar la obra a su estilo y casi de reescribir el papel con su particular estilo interpretativo privándole a él de protagonismo.

Así que un fin de semana Lloyd y su esposa Karen invitaron a Margo a su cabaña, y el lunes por la tarde, a su regreso a Nueva York, procuraron quedarse sin gasolina para que Eva debutara. Un pajarito me había aconsejado asistir a la función y al día siguiente mi columna inauguró la leyenda de Eva Harrington. La gente profesa mis opiniones, y en eso estoy de acuerdo con el vulgo: no conozco nada más interesante que mis opiniones sobre teatro…

           Y el informe que acaba de rendirme ese detective confirma mis sospechas. Resulta que Eva nunca ha estado casada, no ha perdido a ningún marido en el Pacífico ni en el metro, y llegó a Nueva York con los quinientos pavos que una esposa ofendida le dio para que dejara en paz a su marido. La esposa de su jefe, ni más ni menos. Porque resulta que es verdad que trabajó en una cervecería, ¡nunca habría creído que hubiera algo cierto en lo que les contó aquella primera noche!

          Pero hizo bien engañándolos a todos: gracias a su fraude ha visto su nombre escrito en las luces. ¿De qué otro modo que no fuera halagando la vanidad de ese grupito habría sido introducida en la escena? ¿Quién le habría presentado al productor Max Fabian? ¿Interceptando por la calle al director Bill Sampson le habría convencido para que le hiciese una prueba? Sin su astucia, ¿habría alcanzado del teatro otra cosa que no fuera el resplandor de los neones o la fría amabilidad de los acomodadores? ¿Le habría prestado atención alguno de esos amigos de Margo estragados de éxito y dinero, si no los hubiera embaucado con sus propios ardides, improvisándoles en el camerino de Margo una actuación tan portentosa que ellos tomaron por historia real? Si ella no me acepta y me viera obligado a hacer pública la verdad y a contarlo todo sobre Eva, la llamarían hipócrita.

          Lo que ignoran es que en griego “hipócrita” significa “actor”.