
-Hablemos
aquí adentro. Hay que impedir que la gentuza de Malatesta sepa que tienes
ayuda.
Enrarecía
el ambiente del portal una rancia penumbra de visillos ribeteados de encaje,
cretona, gutapercha y vidrios esmerilados, como si filtrándose a través de las
rendijas de cada puerta la atmósfera de los pisos se hubiera concentrado en el
zaguán. Sobre estratos de calor acumulado por falta de ventilación,
sustanciosos aromas de inmemoriales cocidos y rastros retestinados de tabaco
barato, mi inesperado cómplice destilaba una esencia inspiradora de arrojo y excitación,
un impulso indomeñable, la promesa de una intriga, el perfume de la aventura.
Pero de aquella energía también trascendía el pasado. Llegué a creerme en la
platea de un cine de la infancia o entre el público de un circo, para un niño
de clase media –el hipotético inquilino de aquel edificio- estímulos evocadores
de un mundo de acción. En todo caso, una puesta en escena más convincente que
un juego, una travesura o una ensoñación basada en Salgari o Walter Scott.
Ahora la penumbra desbordaba de expectación, olor de palomitas de maíz, risas
nerviosas.
Estalló
una luz estrepitosa cuyas esquirlas se me clavaron en los ojos. Ahora sí me
cegaba el agotamiento del insomnio. Los pesados y gruesos párpados de mi
interlocutor también me contagiaban somnolencia.
-Puede
llamarme como quiera, total, cambio de nombre como de camisa. Que conste que
voy a ayudarle por obligación y por devoción, por devoción a mi maestro. Para
vengarlo. Voy a cargarme al Gordo y al Flaco, es como si ya estuvieran muertos,
ellos o yo, así de fácil. La obligación consiste en liberar a mi patrona, Ángela
Mayo, la que nos contrató para librarle de esos asesinos, los verdugos de mi
maestro. Su nombre sí se lo voy a decir, pasará a la historia como el mejor
detective de este país, el primero que incorporó las artes interpretativas al
oficio: Guillermo Oliver. Olivier debería llamarse, como sir Lawrence. Para mí
es un honor sucederlo como tu ángel de la guarda.
Pronto
se apagaron las tres barras fluorescentes del portal. La oscuridad volvió a
recordarme los viejos cines y aquel joven a representar el circo. Aunque ahora,
más que la aventura o la ilusión, se me evidenciaban el aburrimiento de los
taquilleros, la sorda tristeza de los payasos, el sudor trashumante de los feriantes,
el cansancio de los acomodadores. La linterna de uno de éstos volvió a
deslumbrarme. El discípulo del hombre de las mil caras había vuelto a encender
la luz.
-Sí,
su chica contrató a mi maestro para que le cuidara cuando vio que le seguían
esos dos matones. Lo pasó fatal la primera vez que a través de su maquinita los
vio atacarle y recurrió a él. Se llevó un buen susto, creyó presenciar su
asesinato en directo, como si lo viera por la tele pero sin tiempo de hacer
nada. Luego lo mandó a traerle de vuelta del pueblo. Le encontró allí por
indicación de su madre, suponía que se habría escondido en la casona. Desde
entonces le ha perdido la pista… ¿Cuánto le han pedido de rescate?
-Dieciocho
mil. Lo mismo que les debía. La verdad es que no han aumentado con intereses ni
por el secuestro en sí.
-Pues
prepare el dinero. En cuanto los liquide podrá recuperarlo.
-Estoy
pelado y no tengo acceso a las cuentas de ella.
-Qué
pareja tan rara son. ¿Tiene el mensaje?
Esta
vez encendió la luz en cuanto se apagó. Aquella luz me incomodaba, y aunque
duraba poco él no paraba de prenderla. Iluminados por su potencia inusitada en
una barra, los rincones del portal parecían herirme, se me clavaban sus
ángulos, aristas, vértices. Mientras subíamos al rellano del primero para
evitar a los vecinos que en el ascensor bajaban del cuarto, confesó sentirse
aliviado por mi colaboración. Había dudado que yo quisiera salvar a Ángela.
Admití que me había equivocado con ella y que era más afortunado de lo que
pensaba. A continuación estableció los requisitos indispensables para nuestro
éxito, contando cada condición con uno de sus largos y huesudos dedos:
-Primero:
En cuanto al dinero, bastará con que envuelva un periódico en varias bolsas.
Empaquételo varias veces y embróllelo bien, para que tarden lo suficiente en
descubrirlo. Lo mete todo en un maletín. Segundo: no quiero que intervenga la
bofia. Sería peligroso para ella e impedirían mi venganza.
-Tranquilo,
de la nota no saben nada. Al principio los llamé porque estaba desesperado.
-Tercero:
Me voy ahora mismo a estudiar la calle Olmo hasta el último recoveco –bajo las
persianas de sus párpados las rendijas de los ojos abarcaron la nota de los
secuestradores como si fuera un plano de la calle-… Paso a contarle el plan.
Será un homenaje a mi maestro, lo mismo que él hubiera hecho.
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