
Me
volví a interceptar a su padre con la noticia del secuestro. A los pocos pasos
me decanté por telefonear anónimamente a la policía; recordé que estaba en
busca y captura por culpa de quien ahora intentaba liberar. Pero también
recapacité en que si se había vuelto en su contra quien había intentado
asesinarme, ella más bien abogaría por mi vida y sería su padre el partidario
de mi extinción. Y al mismo tiempo reconocía que carecía de razones sólidas y
elementos de juicio para concluir nada. Eran mi humor, mi temperamento extremo
y cambiante, los que me decantaban por una alternativa o la opuesta. Perplejo,
transido de duda, daba bandazos de una determinación a otra, ebrio de
indecisión, me tambaleaba en la incertidumbre. Me volví, había dejado pasar una
de las pocas cabinas que quedan en el centro. Y la percepción del movimiento
retráctil de un joven hosco y fofo, blando, cetrino, de jersey blanco, frenado
en seco, el único inmóvil en una aglomeración, me viró otra vez de parecer y
seguí adelante. La segunda vez que me volví creí ver que sobre el eje de su
cuello de grulla, una cerviz de persona más bien delgada, rotaba la diminuta
cabeza más allá de lo posible; recordé a Janet, la bruja del cuello torcido del
cuento de Stevenson. Por un instante pensé que se trataba del hombre de las mil
caras, redivivo, disfrazado de resucitado. Aturullado por los acontecimientos,
suspenso en la resolución de tantas incógnitas, no sabía desde cuándo me
seguía.
Ahora
lo prioritario era liberar de sus propios secuaces a la desactivadora de mi
vida, a la saboteadora de mi tranquilidad. Atribuir en el predicado
calificativos de verdugo a quien pasaba por víctima en el sujeto de la misma
frase mental tuvo consecuencias. El péndulo no se detenía. En la nebulosa de mi
confusión volvió a perfilarse una Ángela desangelada, o más bien poseída por el
ángel maligno, Ángela como mi bestia negra. El cuchillo de su sonrisa desalmada
rasgó aquella penumbra de sentido. Volví a decantarme por abandonarla a su
suerte, a su muerte. Era de justicia que pereciera a garras de aquellos que
azuzara contra mí, que se volviera contra ella el refinamiento de su crueldad
alambicada. Estaba bien que Lucrecia Borgia probara su propio veneno. Me
centraría en eludir a mi nuevo perseguidor, cuyos patosos pero eficaces pasos,
como de esquimal calzado con raquetas, pasos de palmípedo, localicé de un
vistazo tras un rebaño de turistas. Debía estarles agradecido al gordo y al
flaco por librarme de Ángela. Al final la infernal red que había tejido en
torno a mí, la trama real con que
había compensado su falta de talento literario para traducir a la vida su
novela de odio, la había enredado también a ella. Me abalancé a un teléfono
para salvarla.
No
bien hube dado a la policía los datos del monovolumen de los secuestradores de
la hija de su jefe, me alejé de la cabina a uña de caballo por si habían
localizado la llamada. Me resultaba obvio que Ángela solo había querido darme
un susto y el asunto se le había ido de las manos por razones que se me
escapaban.
Tanto
cambio de parecer me había agotado; estaba aturdido, como si cada movimiento
del péndulo me hubiera golpeado en la cabeza. Y antes de volver a casa aún
tenía que esquivar al del cuello torcido, al sucesor del hombre de las mil
caras, para que no ubicara mi actual paradero. Ahora que mis movimientos son
limitados pero seguros, y que con una existencia libre de las descarnadas
ironías, y del desconcierto de tantas paradojas y sarcasmos lacerantes, me
conformo con un buen pasar monocorde y sin los cambios de tono de un novelista
poco avezado, no puedo sino apiadarme del Felipe de aquellos meses, inestable e
imprevisible, desbordante de estrés, obligado a penar por un sinfín de
desventuras y malaventuras, andanzas y malandanzas. Toda la plenitud e
intensidad radican en la vida tranquila. En la vida beata. No hay más que
recordar a Horacio: Beatus ille… Hay que volver al mundo clásico. Stendhal
incurrió en un error cuando otorgó superioridad a Shakespeare sobre Racine. A
estas alturas de mi vida, tanto tiempo después, no puedo concebir mi pretérita
admiración por Kafka (he de remitirle a Salus las escrituras de la casa, se ha
convertido en dueño de casi todo el pueblo). El romanticismo, la pasión, la
obsesión por la libertad conducen a un infierno. El infierno de los escritores
malditos, de los perseguidos como por entonces yo.
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