
No
tardó en descomponerse el rompecabezas. Se me deshizo ordenadamente, como quien
enloquece con argumentos lógicos o dice incoherencias de un modo coherente. Con
un movimiento lento y centrífugo las piezas se desajustaron pero sin mezclarse
en su caos originario, se fueron separando en principio sin rotar, y a través
del espacio que empezó a separarlas aún se evidenciaba la correspondencia entre
concavidades y convexidades, y cómo los bordes de las piezas se adaptaban unos
a otros. Pero poco después las calles empezaron a vidriarse en figuras
tintadas, el vidrio ahumado del aire fue apedreado y la realidad se me
descompuso en una geometría irregular, los objetos se reventaban en fragmentos
asimétricos que salían despedidos con una velocidad e imprevisión solo
calculables por una ecuación divina. El estrépito del tránsito oscilaba en
humosas sombras dentadas. Los peatones se escindían en sombrías paranoias, se
desdoblaban en reflejos febriles. La ciudad fluctuaba al ritmo de la sombra de
un incendio en una pared de roca. Todo era efecto del insomnio, del insomnio
aderezado de miedo y culpa. Insomne, esperaba que la luz más tenue me cegara o
deslumbrara; pero resultó al revés, todo lo veía sombreado, como a través de
unas gafas de sol. Tal vez fuera el modo de protegerme, de mitigar el dolor que
me esperaba. Resignado y fatal, me dirigía al garito de Silvio Malatesta a confesarle
mi insolvencia y rogarle clemencia, al menos que me aceptara como rehén en el
puesto de Ángela. Aunque a un tiempo puede que mis propósitos no fueran tan
idealistas. Confieso que acariciaba la expectativa de conmover con mi gesto a Ángela
al punto de que aplacara su factible indignación por verse implicada en mis
embrollos y se aviniera a pagar la deuda. Quizá porque me aguardaban horas poco
halagüeñas miré atrás: no lejos identifiqué la ondulación del cuerpo fláccido
que enarbolaba la cabeza reducida del nuevo espía, tan contumaz como los de su calaña.
Fofo, flojo, desgalichado, su decadente juventud puntualizada por la corrupción
de una sonrisa sabia, disoluta y perversa, hacían pensar en ciertos
universitarios salidos de las páginas de Evelyn Waugh, E.M. Forster o Anthony
Powell. Dado que no me corría prisa entregarme a la piedad de Malatesta, antes
de tener los movimientos controlados, me decidí a desentrañar los propósitos de
mi perseguidor.
Entré
en la copistería del experto en neutralizar resacas a base de Bloody Marys, le
devolví con la vista el saludo sorprendido, me dirigí a la trastienda y,
eludiendo pilas de cajas, abusé de la confianza de utilizar la puerta de
servicio, donde los proveedores descargaban. Salí de la perpendicular, vi cómo
cerca de la entrada principal me aguardaba el joven, que no se había atrevido a
entrar en el local vacío, y sin que sorprendiera mi maniobra crucé a otro bar.
Desde una mesa próxima a la cristalera vi cómo esperaba con la naturalidad de
quien llega el primero a una cita en cualquier esquina, mirando de tanto en
tanto la hora y entreteniendo la espera con trivialidades. Disfruté espiando a
mi espía. Era un maestro. Sonrió a la locuaz frutera afanada ante una nutrida
cola, a la anciana de luto que desde el primero lo roció regando sus geranios,
al desabrido calvo del puesto de lotería. Transcurrido un tiempo prudencial,
quince o veinte minutos, sin aparente desconcierto ni siquiera molestarse en
mirar el interior de la copistería, echó a andar calle abajo, las manos en los
bolsillos de los pantalones bajo los faldones de la americana de alpaca, los
pasos desenvueltos, aliviado de que no se hubiera presentado aquel amigo tan pesado.
Salté a seguirlo a prudencial distancia.
A
paso plácido se alejó del centro. Los escaparates brillaban menos, los peatones
eran más desaliñados, el estuco y el cristal de los edificios se convirtieron
en ladrillo visto y conglomerado. Si cabe iba más relajado, de sus hombros
desapareció toda tensión, encorvó el cuello ahora tan aflojado como el resto
del cuerpo y adoptó el ritmo despreocupado de quien pasea a su perro. Supuse
que me seguía por cuenta propia o no le preocupaba confesar a su mandatario que
me había perdido. Controlaba la situación. Cedí a la sensación de que en vez de
seguirlo era él quien como de costumbre me seguía a mí. Llegué a creer que yo
era su imaginario perro y que atado por una cadena invisible a su voluntad iría
detrás adonde me llevara. Cuando a la vuelta de una esquina lo perdí de vista
supe que no lo había engañado, que de reojo me habría visto cruzar al bar de
enfrente, y que si se había dejado seguir por mí era para hacerme venir adonde
había querido. A mi izquierda, procedente de un zaguán oscuro me llegó la mala
imitación de un ladrido. Me detuve, tentado de entrar por la puerta de par en
par. Luego siguió un maullido chapucero. El tipo se había metido allí y me daba
a entender que había finalizado aquel juego del gato y el ratón con la victoria
del acostumbrado. Me adentré en aquella sombra sórdida. También yo cumpliría mi
propósito de saber cuál era su verdadero juego.
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