sábado, 8 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Acorralado.



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Me roen las ratas grises del frío. Hasta el clima se burla de mí. Aislado como un preso o un loco, asediado por el ansia de una mujer y por mi propia ansiedad, acechado por sus asechanzas, hoy, dos o tres de Mayo, creo que miércoles, según la altura del sol cerca de mediodía, en la casa de pueblo de mis ancestros, donde casi todos nacieron y algunos han muerto, vuelvo a escribir después de mi caída en desgracia, mi caída de ángel maldito, de valido desvalido, mi caída al otro lado del espejo, mi defenestración virtual.
Por culpa de Ángela todo lo que me era favorable ahora me es adverso. Todo lo familiar, hostil. Lo tranquilizante, inquietante. El sabor de la vida se me ha desazonado. Ni siquiera aquellas Furias griegas podrían dañar tanto como una celosa encelada en tender celadas. Al menos he convocado fuerzas para emprender un escrito rompiendo mi bloqueo mental, correlato del cerco de peligro, del círculo de fuego que me acorrala. Terribles sucesos me impedían emprender una nueva obra. Los acontecimientos me han obligado a cambiar mi portátil por esta libreta escolar de anillas, hallada en una gaveta, en la que el lápiz traza hileras de letras parecidas a las filas de hormigas pululantes en el patio. Un delirio del orgullo de Ángela me ha condenado a cambiar mi despacho en un rascacielos por este desvencijado porche de madera podrida. La capital por este pueblo fantasma. La civilización por la barbarie de la naturaleza. El bienestar por una amenaza ríspida y perenne.
Lo cierto es que nunca habría creído lo fluido que se escribe con el miedo. Crepitan las hojas de la parra y los rubíes de la glicina que coronan la tapia, y no sé si los agita el guante de un sicario o los dedos del viento, la garra de un policía o la pezuña de alguna alimaña. Pero aún no han tenido tiempo de localizarme, me he deshecho del teléfono zombi y por aquí no fluyen las tóxicas ondas de Internet. No sé si tendré tiempo de tranquilizarme, si al resignación me anestesiará antes de que me encuentren, si dejando atrás mis lamentaciones –jeremiadas- por tantas ofensas recibidas, podré alcanzar la desesperación tranquila de un Walter Herzog cobijado en la granja familiar de Conneticut, y dejar de parecer un histérico judío que salido de alguna novela de Philip (o Henry) Roth o de Malamud, fustiga con sus protestas las calles de Nueva York.
Damas y caballeros, a no ser que Ángela también haya hablado con ustedes, pensarán que soy un paranoico, un neurótico, el típico lúcido alucinado, otro creador que se ha excedido en fomentar su esquizofrenia con tal de escuchar voces interiores –narrativas- que le dicten otras tantas historias. Es lo que ella pretende, desacreditarme ante el mundo. Porque si ya les ha hablado, se burlarán de mí; no sé qué será peor. Para desmentirla escribo. El agotamiento de mi inventiva es garantía de sinceridad. No me hallo en condiciones de inventar episodios ni de estructurarlos, de cambiarlos o de combinarlos, me limitaré a narrar los hechos con verdad y naturalidad, sin artificio, tal y como han venido sucediéndome. En aras de la verosimilitud me he planteado atenuar la gravedad del caso, mitigar la lóbrega crudeza y crueldad con que he sido herido y zaherido, vapuleado y vilipendiado, hostigado y hostilizado, moderar la maldad de Ángela, mi némesis, la autora de estas maquiavélicas maquinaciones y sutiles perversidades. Pero tales desajustes condicionarían el resto del relato y so pena de incurrir en incoherencias me obligarían a remodelar la realidad, a retocar la verdad, y reincidiría en el abuso de recursos y artificios de mis anteriores novelas. Me limitaré a contarles lo ocurrido. Para mí será un experimento: el experimento de la falta de experimento.
Les diré cómo empezó todo, el día de nuestro primer aniversario. Escribir me desentumece los dedos y el espíritu. El ciruelo ha dejado de parecerme un pérfido espantapájaros que se me acerca un paso cada vez que dejo de mirarlo. Los restantes árboles han dejado de jugar a las estatuas. Ningún monstruo se agazapa al fondo del pozo. Ya hace menos frío. Pero hay algo que nunca cambiará: esa mujer y yo nos hemos convertido en las dos caras de una moneda. Y por supuesto ella es la cara.
La fuerza de la costumbre me hecho detenerme a censar y recensar los acontecimientos iniciales, y he de violentarme para ponerme a escribir sin planificar nada, y así lo hago porque además he de simular que escribo a ojos del espía apostado tras las vides. Mi precaria ventaja estriba en que siga creyendo que aún no lo he descubierto. Emprendo la narración de mi pavoroso despertar el día de nuestro aniversario, mientras otro revuelo de hojas y el beso de ventosa de la muerte en mi frente, la inequívoca caricia de una aviesa mirada, me confirma que me vigilan. Vuelve a hacer frío. Es un frío afilado, fúlgido, metálico. El frío de un arma blanca esgrimida por el enemigo. Este espionaje me recuerda al sufrido por otro escritor, John Shade, el poeta protagonista de Pálido Fuego, de Nabokov. No puedo sino mirar a los ojos de la amenaza: de la parra y las glicinas sobre la tapia asoma un gato negro. Las ágatas electrificadas de sus pupilas se encuentran con las mías: es Lía, la inconfundible gata de Ángela. A través de mi asombro y de mi espanto, de mi recuerdo de las lecturas juveniles de Poe, camina eléctrica y equilibrada sobre los hierbajos de las bardas, la cola y los bigotes luciferinos, el paso artero.
                            
                                        
                                                                  

viernes, 7 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 7 de Diciembre: Escritura de ficción.



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Estos días me he encontrado tan bien que, desbordante de ocurrencias, he vuelto a escribir ficción. Ayer estaba limpiando el apartamento al ritmo de la música electrónica de los vecinos cuando me traspasó la idea germinal de escribir sobre lo que me está ocurriendo y sintiendo un escalofrío de emoción en la espina dorsal, abandoné la fregona para anotarlo en la libreta de apuntes. Enardecido por la revelación durante la siesta hube de levantarme varias veces para anotar ideas y frases enteras del primer capítulo que me sobrevenían a la mente, y durante el paseo no dejé de detenerme aquí y allá para consignar por escrito otros tantos hallazgos.
Presentaría a un personaje asediado como yo por una mujer vengativa, pero después de haber entablado una relación con ella. Es demasiado ridículo sufrir tanto como en la realidad por una mujer que apenas conozco. He situado, pues, la acción en el futuro que me espera junto a Ángela. Con la materia prima de tantas notas hoy me ha resultado fácil escribir la primera sección de la novela. Además, me he servido de fragmentos textuales de mi diario, tal es la identificación entre la novela y la realidad de mi vida. Las frases han fluido con facilidad en mi pluma y he recobrado todo mi orgullo y dignidad de creador. He volcado sobre el texto toda la energía que antes utilizaba en lamentar la ausencia de Ángela.
No me basta con escribir en este diario lo que me está ocurriendo, necesito sublimar los hechos en un escrito de ficción. De este modo, revierto la situación a mi favor y transformo en arte tanto sufrimiento. Escribir es la mejor manera de esperar a Ángela. Escribiré cada mañana, después de trabajar en mi diario. De todas formas, la ausencia de novedades en mi vida inclina la balanza hacia la ficción. Titularé la novela El Asedio, tal y como la primera entrada del diario. La publicaré en el blog. Siempre habrá curiosos interesados en su lectura.
                            
                                                                                               

miércoles, 5 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 5 de Diciembre: Los paseantes del parque.



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He sufrido una recaída; mi ánimo se ha resentido. Mi madre se ha ido de viaje a Bélgica con mi hermano y hago en solitario los paseos de la tarde. Y no hay remedio: me he convertido en uno de ellos. Desde que no puedo leer en el parque me he hecho miembro de una especial tribu del parque García Lorca. Por supuesto, no me refiero a los voyeurs ni a los que toman el sol –los mirones y los mirados-, ni a los vagabundos ni a los turistas, ni a los paseantes de perros ni a los jubilados –con o sin júbilo-, ni a los bebedores ni a los deportistas, ni a los paseantes ni a los sedentes, ni a los enamorados ni a los abandonados, ni a los poetas ni a los fumadores de hachís, sino a una particular casta de maduros componentes del sexo masculino, cuarentones como yo y cincuentones que durante horas y horas fatigan el parque y pasean sin norte por los senderos, desesperados y solitarios de raza blanca y sin trabajo, poco agraciados y con el semblante devastado por tics, desaliñados y poco variadamente ataviados, que encuadran en la geometría regular de las avenidas y en los rectángulos de los parterres las curvas de su mente y los meandros de sus neurosis, y animan la grisura de sus existencias con el colorido de las rosas y el fulgor de las lilas. Apenas se sientan unos minutos para reemprender sin pérdida de tiempo su deriva, su marcha o derrotero que es un desfogarse, para seguir conteniendo su locura o desengaños en los paseos cuadriculados del parque.
Hasta ahora me llamaban la atención, distrayéndome brevemente de la lectura, y hasta llegué a planteármelos como protagonistas de alguno de mis escritos, pero también los observaba con incomodidad, sobre todo a uno de ellos, bigotudo como yo, como si una parte de mí atisbase mi transformación. Me admiraban su impaciencia, tan feroz que era una forma de la paciencia, y su resistencia, su orgullosa tristeza y su soledad irremisible, manifestada por el vacío de su mirada.
Dos de ellos, un barbudo enclenque y un fortachón de pantalones cortos de camuflaje, no se sientan jamás aunque siempre parecen a punto de hacerlo, pasean rumbo a algún banco pero en el último instante se desvían, cuando parece que tras horas de marcha su cuerpo al fin va a vencerse dejan atrás el banco y prosiguen su derrotero como si no pudieran parar, condenados a no detenerse en ningún sitio, errantes víctimas de la maldición del eterno movimiento. La culpa les impide un descanso o una molicie que les daría ocasión de recaer en sus pecados. A veces se detienen, sin motivo aparente, en medio del camino, los brazos en jarra o colgantes a los costados, mirando a un punto indeterminado del paisaje, quién sabe si del pasado o del futuro. Nunca hablan, ni entre ellos ni con los demás.
Empiezo a entenderlos, soy uno de ellos, tengo una fiera que me devora por dentro y solo la apaciguo agotándola con largos paseos. El del bigote permanece siempre atento a mi presencia, lo cual no deja de desasosegarme, como si ya detectara en mí las condiciones de un semejante. Tenía una enorme curiosidad por conocer su historia, qué lo había condenado al desastre, de qué o quién se escondía, qué intentaba olvidar o superar con sus incesantes paseos. Pero ahora la curiosidad ha dado paso a la solidaridad. También yo tengo un secreto vergonzoso que me magnetiza al parque. Ayer lo visité, provisto de un libro, El Asiento del Conductor, de Muriel Spark, que ni siquiera intenté abrir, y al cruzarme con el del bigote me dirigió una mirada ávida y alentadora, una mirada de reconocimiento y bienvenida, una mirada acogedora, una mirada de compañero o hermano. Estuvo a punto de dirigirme la palabra.
                            
                                        
                                               

lunes, 3 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 3 de Diciembre: Una visita al psiquiatra.



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-¿Cómo has pasado estos días, Juanjo?
-Bastante bien, el cambio de medicación ha sido un éxito.
-¿Ya no sientes que te vigilan todo el tiempo?
-Sí, pero estoy acostumbrado y no me genera ninguna tensión.
Los ojos atentos del doctor García observaron mi pierna derecha, que apoyada sobre la izquierda se movía espasmódicamente, como con vida propia.
-¿Y la obsesión?
Bastante controlada. Está ahí, sigo pensando en esa chica, pero los pensamientos se mantienen lejanos y no me afectan tanto.
-Vamos a seguir con la misma pauta de medicación –impertérrito, no había movido ni un músculo de la cara, de rasgos pétreos. Su inexpresividad de cara enjuta y mirada vacía conjugaba con la sobria y austera consulta, amplia y con un enorme ventanal que iluminaba la zona de terapia, con dos sillones de cuero beis y el escritorio donde nos encontrábamos, de caoba y vacío salvo por el ordenador que tecleaba con frialdad ascética.
-Por lo demás, ¿tienes pesadillas?
-Sí.       
-¿Sequedad de boca al despertar por la mañana?
-También.
-¿Temblores en las manos o las piernas?
-No. Sí.
-¿Estreñimiento?
-Tengo que tomar lino todos los días.
-¿Y el apetito? –se le descolocó el nudo de la corbata,  de topos azules sobre el cuello de la camisa blanca, por debajo de la bata. Una mosca se le posó en la punta de la nariz.
-Ha aumentado mucho.
-Se te ve muy delgado.
-Me cambió el metabolismo hace un par de años, al comienzo de todo esto.
-¿Y la libido?
-Por los suelos.
-¿Sufres sensación de acoso? ¿Tienes la sensación de que hay una trama en tu contra?
-Por supuesto que sí.
Frunció los labios hacia abajo. Especifiqué:
-Lo que más me agobia es que la mujer que me espía no aparezca. Usted debe saber cuándo lo hará de una vez –me constaba que Ángela se había puesto en contacto con él.
-Yo no sé nada –se recolocó el nudo de la corbata y la mosca despegó de su nariz.
-Me muero de impaciencia por que dé la cara.
-¿Y si no hubiera nadie?
-Entonces, ¿quién me hace las señales en el ordenador?
-La mente humana es capaz de construir fantasmas a partir de la nada.
Furioso, estuve a punto de aludir a que estaba faltando al juramento de Hipócrates.
-Claro, ¿y entonces quién me impidió conectarme a Internet durante una año?
-Nos vemos dentro de dos semanas. Espero que siga la mejoría. ¿Tienes recetas?
Su mirada se fijó en mi pierna derecha, que se había vuelto a disparar.
                            
                                        
                                               

sábado, 1 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 1 de Diciembre: De resaca.



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Pese a que me había acostado casi a las cuatro, despegué los párpados a la hora acostumbrada, las ocho. Me levanté turbio y resacoso, con la cabeza llena de grillos, sonámbulo de rabia, furioso por el plantón de Ángela de la víspera. El café me supo a cicuta. El cielo se desaguaba sobre la calle. Tiritando de desesperación, me arrojé al sofá de cretona y rechinando los dientes de desesperación, febril de encono, me dispuse a consumir la mañana rumiando mi desengaño.
Pero no tardé en saltar del sofá urgido por la escritura, con la inminencia de las palabras en la punta de los dedos. Tenía que describir lo que me había sucedido. Los lectores del blog estarían ansiosos de saber qué había sucedido la noche previa. Así que me recobré gracias a la necesidad de escribir este diario. La cabeza dejó de dolerme. Ya llovía menos.
Mientras escribía, volvieron las señales de Ángela al ordenador, en un momento dado el cursor trazó los pertinentes circulitos. No me agobié por ello, al menos ella seguía pendiente de mí. Ya se decidiría a aparecer. Volví a tomarme la medicación y recuperé el apetito. La Olanzapina atenuaba la obsesión, los pensamientos no me herían tanto, era como si aquello le estuviese sucediendo a otro. Después de una semana de tratamiento al fin me hacía efecto. Me preparé una gran olla de potaje de garbanzos. Recuperado, corrí la mesita de mármol a un extremo del salón, a un costado del mueble bar extendí la esterilla sobre e mármol rojo, y logré practicar yoga antes de la comida. Con la ducha desprendí de mi cuerpo los últimos rastros de la depresión. Después de la siesta repasé lo escrito por la mañana, lo encontré satisfactorio, y me dispuse a dar el paseo de cada tarde con mi madre. Después de todo estaba siendo un día como otro cualquiera. A la vuelta me dedicaría a leer durante tres horas Gente que Habla, de Eduardo Mendicutti, y después de la cena me pasaría el DVD de costumbre, en este caso La Reina Cristina de Suecia, antes de acostarme tan temprano como siempre.
-Tienes mala cara –me dijo mi madre cuando pasó a recogerme.
En la última esquina de Sócrates, mi calle, vi al barbudo, con una carpeta bajo el brazo, cruzando hacia nosotros, y le indiqué a mi madre que aquel era el tipo que no dejaba de seguirme a todas partes. Incrédula, para demostrarme que me equivocaba, me cogió del brazo y esperó a que el barbas llegara a nuestra altura. Se dirigió a él:
-¿No estará usted siguiendo a mi hijo?
-Es él quien me sigue adonde vaya –respondió con el tic nervioso convulsionándole la mejilla izquierda-. ¿Qué quieres de mí?.
                            
                                      
                            

jueves, 29 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 29 de Noviembre: ¿Eres Ángela Mayo?



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A la hora convenida, las diez, el portero automático estalló en un gemido, y bajé a encontrarme con Juan Diego. Nos dimos un cálido abrazo entre sendas carcajadas. Conservaba toda su jovialidad y su sonrisa traviesa en el rostro lampiño de rubio atractivo.
-Qué envidia. No te has dejado ni un pelo –aludió, pasándose la mano por su cabello pelado al cepillo, al afeitado de mi cabeza. Me había pasado la tarde acicalándome, sin dejar de acariciar mis expectativas por encontrarme con Ángela.
Me dejé llevar por él al primer local. Entallado en una cazadora de aviador oscilaba su cuerpecito, bajo y garboso, de un lado a otro. En el camino no tardamos en ponernos al día sobre nuestras situaciones personales. Él conservaba su cómodo trabajo en el Ayuntamiento de Motril –se había pedido el día siguiente de asuntos propios, por lo que no tendría que madrugar- y continuaba saliendo con Patricia, una profesora treintañera diez años menor que él. Ingresamos a una cervecería irlandesa de barra de nogal y suelo de parquet, vacía salvo por una morena solitaria que bebía su pinta en la esquina opuesta. Después de pedir sendas Guinness Juan Diego me propinó un codazo:
-Mira qué morena tan guapa –en la luz granulosa apenas se distinguían sus delicados rasgos y las sombras del maquillaje de los ojos-. Me voy a la calle a fumar un cigarro. En cuanto vuelva te quiero ver hablando con ella, como en los viejos tiempos.
Me contrarió aquella incitación. Si se había aliado con Ángela, ¿cómo me invitaba a ligar con otra? En cuanto me quedé solo me fijé en la bebedora y una mano de hielo me tocó el corazón: ¿Y si fuera ella? Cogí mi abrigo y mi cerveza y me acerqué a la desconocida. Desde mi nueva perspectiva me fijé en su perfil suave y en los enormes ojos que le comían la cara, que no me sacaron de dudas. Se terminó la cerveza y llamó a la camarera para abonarla. Hasta donde recordaba, su estatura mediana y prominente busto coincidían. Tenía que asegurarme, de modo que de un par de zancadas me coloqué a su altura y me dirigí a ella:
-Perdona, ¿eres Ángela Mayo?
-Eso está muy trillado.
Cogió su cambio del platillo y me dejó plantado, chasqueado. En el camino de salida se cruzó con Juan Diego, que le dedicó su típica mirada lasciva, mordiéndose el labio inferior.
-Está buenísima, qué pena que se vaya –se pasó la mano por el pelo.
-He pinchado hueso.
-Está cayendo la mundial.
Por debajo de la música rock de ambiente resonaba la lluvia a través de los ventanales. Sin paraguas, lo más inteligente era quedarse allí. Nos dedicamos a pasar revista a la situación de viejos conocidos, o más bien fue él quien me puso al día pues por mi aislamiento lo desconocía todo sobre ellos. Luego llegó la hora de recordar viejas batallitas. Hace casi veinte años que Juan Diego y yo nos conocimos en una inmobiliaria en la que ambos trabajábamos de comerciales y aquella época fue caldo de cultivo de miles de anécdotas acaecidas en nuestra labor y en las múltiples salidas nocturnas en que prolongamos nuestra relación. No obstante me sentía incómodo, mi risa sonaba como un graznido. Pedimos varias rondas más. Él también estaba nervioso. La frecuencia con que salía a fumar y la ansiedad con que manipulaba el teléfono indicaban que estaba comunicándose con Ángela y decidiendo dónde se produciría el encuentro. El local fue llenándose. Dos grupos nos flanqueaban y el rumor de conversaciones ronroneaba en la barra. Poco acostumbrado al alcohol, una bruma me empañaba los sentidos. Por los nervios, salí a fumar un cigarrillo con mi amigo. Desde la marquesina, gruesos goterones azotaban la calle.
-¿Dónde podemos ir?
-Con este panorama será mejor que nos quedemos –me respondió sin dejar de manipular su teléfono.
De vuelta a nuestro lugar en la barra me fijé en otra misteriosa morena, que me devolvió la mirada desde un corro sentado en una mesa. Pálida y bella, marcada por eróticas ojeras, podría tratarse de ella. Busqué ayuda en Juan Diego:
-¿Es ella?              
-¿Quién?
-La de la mesa de la derecha.
-Muy rica, pero no la conozco.
-Entonces, ¿no es?
-No sé a quién te refieres.
Para salir de dudas no tuve más remedio que acercarme a la mesa y acuclillarme a la altura de la candidata:
-Perdona, ¿eres Ángela Mayo?
-No, pero no me importaría serlo –me respondió con una sonrisa de acogida.
-Lo siento, perdona otra vez –le espeté retirándome y desperdiciando un ligue seguro. Si trababa relación con ella, Ángela no aparecería y me sometería a otro año de persecuciones y tortura.
-No es tu día de suerte –me dijo Juan Diego, atusándose el pelo con la mano, cuando me vio regresar frustrado.
Dos cervezas más tarde me fue ganando la impaciencia. Eran más de las dos de la mañana y Ángela seguía sin aparecer. La conversación con Juan Diego languidecía. La lluvia había remitido, pese a lo cual seguía sin proponer dirigirnos a otro local. Para provocarlo saqué a colación los escándalos y corruptelas en que durante el intervalo que no nos habíamos visto habían incidido algunos de sus ídolos, como Rodrigo Rato o Iñaki Undargarín.
-Tampoco el PSOE se ha quedado atrás con los ERES –fluyó un silencio de serpiente.
Empecé a exasperarme. Me sentí burlado y escarnecido por Ángela, había sido víctima de una broma pesada suya en connivencia con mi amigo. Solo me había hecho creer que se presentaría para mofarse de mí. Nublado por el alcohol, pedí la cuenta, furibundo de rabia. Juan Diego me miró con actitud interrogativa, tenía su pinta casi llena. Antes de dejarlo plantado le espeté:
-Tardaremos en volver a vernos.
-¿Te ha pasado algo?
-El problema está en lo que no ha pasado. Lo sabes perfectamente.
                     
                                        
                               
                   






martes, 27 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 27 de Noviembre: Un mensaje.



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El domingo recibí un SMS que podría invertir el orden del mundo. Después de mucho tiempo, Juan Diego, mi mejor amigo, me invitaba a salir el miércoles por la noche, y eso implicaba que quizá Ángela al fin haría acto de presencia en mi vida. También aliada con él, aparecería en alguno de los locales a que mi amigo me llevara, y yo tendría que dar el paso de abordarla e iniciar la relación como si de un reencuentro accidental se tratara. Respondí a Juan Diego que estaba a su disposición. Una nueva luz barnizaba los muebles con un resplandor de triunfo, la música electrónica de los vecinos que me constaba sonaba a instancias de Ángela ofrecía un tono íntimo de música de cámara, el escritorio había dejado de parecer un catafalco. Todo brillaba con un fulgor puro y prístino. Ya solo tendría que dejarme llevar por Juan Diego al local señalado para nuestro encuentro. El alborozo retozaba como un cachorro en mi interior.
Tendría que llevarme las gafas para reconocer a Ángela. Solo nos habíamos visto un par de veces y hacía casi diez años de esto, y en sus apariciones televisivas aparecía cargada de maquillaje. Hasta hacía unos meses había presentado de lunes a viernes un informativo nocturno, pero ahora estaba en el paro y podía venir a Granada en cualquier día de la semana. Eufórico, desdeñé tomar la medicación; Ángela sería mi mejor tratamiento. Me puse a limpiar el apartamento. Cambié las sábanas, limpié las ventanas y barrí la terraza. Aunque lo más factible sería que nos acostáramos en su habitación de hotel, quería estar preparado. De repente, se me escurrió el cepillo de las manos a la idea de que se tratara de una falsa alarma. Hacía casi un año que Juan Diego me había escrito que muy pronto quedaríamos para salir y el tiempo había pasado sin que cumpliera su promesa. Puede que se tratara de una burla de Ángela que pretendía ilusionarme con la inminencia de su presencia para después golpearme con un plantón, con su ausencia. Me había quedado helado y corrí a tomarme la medicación; bastaría con evitarla el miércoles para poder beber.
Las pastillas me devolvieron el optimismo. Sería demasiado cruel que un amigo como Juan Diego se prestara al juego. Del ordenador desparecieron las señales; la presencia real de Ángela vendría a sustituir a la virtual. El soñado encuentro pondría fin a este diario; por fortuna resultaría mucho más breve de lo que pensaba. Confeccioné a lápiz un listado de posibles temas de conversación con Ángela; tantos son los puntos de contacto entre nosotros que no valía la pena anotarlos. Congeniamos de tal modo que toda preparación sobraba, entre nosotros fluiría la armonía y comprensión más estrechas y naturales. En principio me centraría en su novela. Hacía dos años que había publicado una novela histórica que yo ahora me ocuparía de alabar. En su día había ella escrito un tuit diciendo que su editor tenía los mismos gustos que ella, en clara alusión a que su editorial podría publicar mis escritos. Ante Ángela haría pasar mi tratamiento psiquiátrico como resultado del desengaño y despecho por la incomprensión de mi arte, por el rechazo sistemático de mis novelas por parte de las editoriales, con lo que le daría ocasión de que me invitara a remitírselas a su editor. Una vez en contacto con Ángela mi vida cambiaría; dejaría de ser un fracasado escritor asediado por la soledad y la paranoia para convertirme en un desenvuelto autor de éxito.
La alegría me impidió concentrarme en la lectura del ensayo de García Montero Poesía, Cuartel de Invierno. Salí a proveerme de bebidas, por si culminábamos la velada en mi apartamento. En la cola del supermercado detecté, dos puestos por delante, a mi perseguidor barbudo. Como yo, depositó en la caja varias botellas de licor. Un tic nervioso le convulsionaba la mejilla izquierda. Parecía mi sombra, unas veces por delante y otras por detrás de mí. Me miró temeroso un par de veces, encogiendo como una tortuga la cabeza entre los hombros.
                     
                                        
                                               

domingo, 25 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 25 de Noviembre: Lectura frustrada.



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Un ritmo percutivo empezó a martillear del otro lado del tabique. Los vecinos, dos enojosos hermanos de Cazorla que han venido a estudiar a Granada, manifestaban de mañana su devoción por la música electrónica. Me levanté del escritorio y estampé tres veces la pantufla contra la pared, pero solo logré como respuesta otros tres impactos de vuelta, sin que la música bajara un ápice su intensidad. No podía recurrir a la policía, de modo que me conformé con ocluirme los oídos con tapones de cera, y volví a ponerme ante el ordenador.
Para colmo de males no lograba conectarme a Internet para revisar las interacciones de mi cuenta de Twitter y comprobar el número de visitas al blog. Apagué el equipo y volví a intentarlo, en vano. Desenchufé y volví a enchufar el rúter, con el mismo resultado. Era como si al navegador le faltara fuerza para captar el Wifi. Reconocí la mano de Ángela en esto. No en vano me tuvo más de un año sin poder conectarme a Internet, motivo por el que hube de abandonar el blog y mi actividad tuitera, y que pare de una vez esa maldita música que ahora que escribo mi diario vuelve a descentrarme y a desconcentrarme y desconcertarme el pensamiento.
Como la música persistía y necesitaba un cambio para desfogar mi enfado por no poder navegar, aproveché un claro en el clima lluvioso de estos días para irme al parque García Lorca a leer. Así pues introduje en una bolsa una botella de agua, las gafas y la novela Niños en el Tiempo, de Menéndez Salmón, y me lancé a la calle. Y cuál no fue mi sorpresa al ver a los primeros pasos a mi perseguidor barbudo delante de mí. Era inconfundible, con sus piernas arqueadas y sus saltitos, que le hacían oscilar los faldones de su impermeable gris. Empuñaba un paraguas a modo de bastón. Cruzó el semáforo en dirección al parque y para mi sorpresa ingresó en él. Lo seguí a través del laberinto de setos recortados y cuando salimos al paseo lateral tomó asiento en mi banco favorito, uno albergado bajo la copa de un pino, de modo que pasé de largo ante él y me dirigí a la avenida de los álamos, donde tomé asiento. Incómodo por todo lo que me estaba sucediendo intenté concentrarme en la lectura.
Abro el libro: leo la primera frase. Me invade cierta inquietud, descruzo la pierna izquierda sobre la derecha y cruzo la derecha sobre la izquierda, cambiando hacia este lado el libro y la orientación del tronco. A la segunda frase los nervios me bullen, me hieren un desconcierto y una intranquilidad que me hacen impermeable al significado de cuanto leo, me siento a la turca y vuelvo a intentar concentrarme. Pasa la sombra jadeante de un corredor. Antes de concluir la tercera frase he de volver a la postura inicial, y al acabarla una especie de resorte mental me hace saltar del banco. No puedo permanecer sentado. He perdido el don de la inmovilidad, de la calma, un desasosiego interno me obliga a cambiar de continuo de posición. Dejando el libro en el banco camino arriba y abajo, sin apenas alejarme. Estoy desolado. Me van ganando el disgusto y la frustración por no poder leer. Me obligo a sentarme de nuevo. Retomo la lectura de la tercera frase. No soy capaz de concluirla sin descruzar las piernas y cruzarlas del otro lado. Vuelve a enmarañárseme la mente, el malestar me impide la lectura del siguiente párrafo. ¿Me impedirá Ángela el acceso a Internet durante otro año? ¿Qué hace el barbudo en mi banco? El libro me tiembla, la tensión me hace cogerlo demasiado fuerte. Respiro hondo. Vuelvo a acometer el párrafo. Para concluirlo no me vale ni volver a sentarme a la turca. Arrojando el libro a un lado me propulso hacia el sendero. Estoy a punto de chocar con un corredor de camiseta negra. Vuelvo a pasear arriba y abajo, los puños apretados, sin perder de vista el banco vacío salvo por la botella de agua y el libro abandonado, abierto boca abajo como un pájaro herido con las alas desplegadas. El corazón me galopa. Bebo un trago y me obligo a sentarme de nuevo. Antes de abordar el largo párrafo me sé incapaz de aprehenderlo y tras cambiar tres veces de posición me doy por vencido.
Derrotado, me volví a casa. De todos modos unas gotas ya se filtraban entre los álamos.
En el apartamento reinaba un silencio benéfico y logré conectarme a Internet. Aliviado, publiqué la siguiente entrada a mi diario, “Una Conversación Esquizofrénica”. La media de lectores ha bajado respecto a los posts habituales del blog cinéfilo. Una vez más el cursor trazó sus burlones circulitos en la pantalla, obra de Ángela. Volvió a estallar la música electrónica en el piso de al lado.
No dejó de resonar el resto de la jornada, ni buena parte de la siguiente, hoy. De vuelta del supermercado me he cruzado en el ascensor con la joven vecina, que bajaba. En lugar de estar avergonzada me ha saludado con una sonrisa radiante que le ha encendido la cara inteligente encuadrada en tirabuzones de rubia oxigenada, y ha dejado de teclear en el teléfono para con el índice trazar en el aire circulitos idénticos a las señales de Ángela en el portátil.
                     
                                        
                               

sábado, 24 de noviembre de 2018

EL ABRAZO DE LA MUERTE



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Dónde estás, preguntaba al hierro del lago,
dónde estás, gritaba al viento blanco de Chicago,
dónde, en el frío de huesos de Chicago,
a mil noches y dos mil millas de distancia,
pensando en Los Ángeles, tú eras Los Ángeles,
Los Ángeles era una joven tan bella como tú,
dónde entre las sonrisas del sol de Los Ángeles al aire
y la espuma y la música y el delirio de los neones a orillas del alba,
en qué grieta del frenesí te habrías filtrado,
tú tejida de sombra más clara que ninguna,
en la cripta de qué soledad te habrías refugiado,
tú llena de luz más oscura que ninguna.
Pero yo sabía que no había tiempo que no te perteneciera,
que en el mundo no había espacio que no fuera tuyo.
                                  
Dónde estás, preguntaba a las palmeras de Los Ángeles,
dónde estás, de vuelta de la guerra de Chicago,
dónde a los tranvías, a las calles y garitos reencontrados,
dónde al silencio de los teléfonos y al vuelo de las gaviotas,
dónde a los mismos mendigos y vendedores de toda la vida,
ni ante mí lo reconocía pero había vuelto por ti,
tallada por un olvido más memorable que ninguna,
desvanecida en un recuerdo más punzante e inagotable,
dónde estás, le pregunté al Rodeo, nuestro templo,
el museo de nuestro amor y de nuestro odio,
con los besos e insultos del pasado acumulados en los rincones,
y cuando te vi bailando supe que estaba escrito,
escrito en los dados de los garitos y en la dirección de los tranvías,
escrito en el vuelo de las gaviotas y en las luces de los neones,
escrito en las maldiciones de los mendigos,
danzando pura y súbita como una llama
tus pasos estaban creando un nuevo y viejo Rodeo.

Dónde estás, le pregunto a la carretera, al miedo,
al furgón blindado que voy a robarme a mí mismo,
dónde al alcance de los cuchillos de Slim Dundee,
de las bofetadas de sus corbatas crema sobre camisas negras,
dónde has huido del odio de mi familia
y de la rabia ciega del teniente Pete Ramírez,
mejor no buscarte, más remota que ninguna,
mejor no perseguirte, más fría y sola y muda que ninguna,
solo podré tenerte en las formas vacías y huecas
(la traición, la huida, el robo, el asesinato)
que la desesperación, el ansia por ti,
te atribuyen, amor, bella y joven muerte.










jueves, 22 de noviembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 23 de Noviembre: Una conversación esquizofrénica.



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Escribirme en el teléfono bxyczxtlmv fue el medio por el que Ángela reivindicó el asalto de la policía de la víspera. El puesto de su padre como Comisario Jefe le vale para disponer a su antojo de las fuerzas policiales. Al final los agentes me dejaron ir, no sin amenazarme con trasladar el caso al juzgado, aunque por supuesto no encontraron pruebas que me incriminaran. Furibundo de rabia, me puse a medir arriba y abajo el apartamento a largas zancadas, desde el escritorio al fregadero de la cocina, desde el fregadero al escritorio, con el tronco inclinado adelante y las manos estrujadas a la espalda, lamentando la injusticia de que era objeto.
Me cebé contra Ángela rearmándome de argumentos, la acusé de vengativa patológica y en voz alta le achaqué la persecución de que en los últimos dos años me ha hecho objeto por el solo hecho de haberme ido a la cama con una amiga cuando aún no sabía que me vigilaba por todos los medios posibles. Me imaginaba sus réplicas, y a este paso pronto impostaré su voz tenue y aflautada, imitaré su malignidad embotada por una calma engañosa, su serenidad afilada, acusándome de mi traición. Aunque llevábamos años sin vernos y vivíamos ella en Madrid y yo en Granada, cuando la engañé con Esther ya me constaba el interés de Ángela por mí, manifestado por unas palabras de mi hermana, colega suya en el oficio de periodista y buena amiga suya.
Y así me pasé la mañana de ayer, arriba y abajo por el apartamento, dándole réplica mental y escuchando sus motivos, trabando una disputa imaginaria dentro de mi cabeza. Solo mientras me puse a leer Sol de Mayo, el extraordinario thriller de Antonio Manzini, dejaron las voces de resonar en la bóveda craneal. Pero la discusión se reanudó durante el almuerzo. Engolfado en una retahíla de recriminaciones, se me achicharró la tortilla de patatas, y también de ello la culpé. En la figura de Ángela convergen tantas fuerzas invisibles que es capaz de dominarme o al menos condicionarme el pensamiento, como un demonio grande me hace rabiar como un demonio pequeño, me atormenta tirando de hilos inaprensibles, me tuerce y retuerce contorsionando la marioneta en que me he convertido. Y yo alimento su poder magnificándola, satanizándola como ahora, y me posee como un espíritu al médium que ha tenido la imprudencia de invocarlo. Es como si también me hubiera hackeado el cerebro o instalado en los sesos un chip determinante. La obsesión me domina. ¿Cuándo considerará que he pagado por mi falta, dejará de perseguirme desde el mundo virtual y se materializará en la vida real? Se supone que cuando nos veamos simularemos que nada de esto ha sucedido. Lo cierto es que Ángela se ha convertido en mi bestia negra. Es un enemigo omnisciente, omnipotente, de poder omnímodo. Si pudiera dejar de pensar en ella podría creer que estoy remontando la partida, y ya basta de todo esto porque describiendo su poder sobre mí no hago sino confirmarlo y volveré a enzarzarme en la discusión con un fantasma.
En nuestro cotidiano paseo por el centro, puse en antecedentes a mi madre sobre mis problemas con la policía. Indignado, le planteé la posibilidad de denunciar el atropello, pero encogiéndose de hombros me aconsejó dejarlo estar. Tuve que morderme la lengua para no acusarla de estar aliada con Ángela. En los tiempos que siguieron a mis devaneos con Esther mi madre se negó a pasear conmigo con la falsa excusa de una imaginaria artritis.
Hoy he pasado la mañana recostado en el lecho. Agotada la energía del odio, la exasperación ha dejado paso al agotamiento y la medicación me ha hecho efecto. Por la tarde he reunido fuerzas para escribir un post sobre El Abrazo de la Muerte, la película que vi ayer, con lo que el blog recupera un aspecto de normalidad. Por lo demás, en estos dos días no he encontrado rastro del barbas que me espiaba.