lunes, 17 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Una pareja despareja.



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Mis amigos más cercanos –peligrosos- y sinceros –envidiosos- ya me advirtieron que como a todos los recién casados los primeros meses nos enlazarían como alianzas, pero que al cabo de un año perderían su redonda plenitud para atarnos a la rueda de una noria de rutinas. Hasta entonces mis relaciones sentimentales no habían durado más de una ola de calor o una temporada de tormentas. Me jactaba de que un soltero se lamentaba de su estado el mismo número de días al año que el casado se felicitaba por el suyo, unos diez.
Frisada la cuarentena, seguía retozando con la vida como un cachorro; mi aspecto lozano, no desmentido por la vida desordenada, y espíritu juvenil, el pelado a cepillo o el estilo de vestir me señalaban como el típico estudiante rezagado que en verdad había sido veinte años atrás. El curso escolar seguía rigiendo mi ciclo vital. Cada septiembre me mudaba en el barrio universitario. Salía muchas noches, cambiaba de jóvenes compañeras de cama, escribía y comía en los bares cuando no lograba renovar mis vales en el comedor universitario, y mi vida laboral era tan esporádica como la sexual, tan casual e informal como mi guardarropa.
Circunscrito a un reducido espacio, carecía de automóvil, no portaba cartera ni reloj, y rehuía como a una enfermedad venérea toda responsabilidad. Vivía al día, despreocupado y feliz. Solo al inicio de los puentes o de las vacaciones, cuando los estudiantes volvían a su lugar de origen y en los locales se iban apagando los ecos de las risas y las voces, me embargaba una tristeza depurativa, benéfica, inspiradora de una nueva novela. Amanecía uno de aquellos curiosos días en que me sentía nostálgico de recuerdos falsos y lamentaba la pérdida de lo que nunca había tenido. En los parques me quedaba pensativo ante los juegos de algún padre con su retoño, observaba el diálogo corporal de las parejas en la cola del cine, o me detenía ante alguna unifamiliar con su diminuto porche sombreado por algún raquítico magnolio, junto a la verja una bicicleta de ruedecitas traseras y un columpio, y un semisótano de angosta rampa. Suspiraba, me planteaba hacerme con un perro y apretaba el paso camino de una cita galante con alguna profesora que me compensara de ausencia de las alumnas. No parecía una mentalidad propensa a la estabilidad emocional y en mi fuero interno tendía a darles la razón a los malos augurios de mis amigos. En opinión de mi madre, incluso ansiosa como estaba de que me asentara y orgullosa del prestigio de mi pareja, no auguraban nada bueno el contraste de nuestras condiciones socioeconómicas.
El nombre de Ángela Mayo encabezaba los títulos de crédito de films de culto y titulares culturales, se inscribía en las invitaciones a selectos eventos y brillaba en los neones de los teatros, era elogiosamente presentado en actos mediáticos, figuraba en programas de conferencias, tarjetas identificativas de mesas redondas, y durante unos instantes al pie de la pantalla en sus intervenciones televisivas. Y por si fuera poco ahora aspiraba a que ese mismo nombre encabezara la lista de los libros de ficción más vendidos. Musa de un país, encendía las ilusiones y habitaba los sueños del imaginario cultural –pero también la imaginería fetichista- de dos generaciones. Un año menor que yo, desde los veinte se le abrían las rosas de todas las oportunidades, y ella había sabido cortarlas y prenderlas en el azabache de su cabello. Actriz vocacional, su belleza e inteligencia eran dos yeguas destacadas con las cabezas parejas en la recta final, dos gráciles veleros con las proas igualadas y las velas henchidas a favor de viento rumbo a la felicidad. Y lejos de dejarse llevar por las alas de la fama, acreditaban su talento y sensatez la licenciaturas en Letras e Informática.
En el último año inevitablemente había reflejado en mí el resplandor de su éxito. Pude abandonar mis eventuales actividades en el departamento de Románicas, las clases particulares de francés y la alimenticias traducciones comerciales. Gracias a uno de mis nuevos amigos, el editor Luis Rey, en horas perdidas de la redacción, aparte de escribir, me dedicaba a traducir a Balzac o a Perec, mis favoritos. No obstante, la reedición de mis antiguas novelas en mi flamante editorial y la publicación de la última habían pasado tan desapercibidas como en mi anterior y minoritario sello. Se me resistía el éxito como una mujer, aunque tan bella y afortunada como Ángela, ornada por todas sus gracias, aún más difícil, casi inaccesible. El mundo parecía resentido por mi suerte con Ángela, a veces creía que los camareros aprovechaban la sonrisa que le dedicaban a ella para enseñarme los dientes.
En todo caso, mi unión con Ángela me había catapultado a un status que ahora, envalentonado por el Bloody Mary y la fulminante conquista de una rubia cinematográfica, estaba seguro de conservar. Todo me lo debía a mí mismo, la ayuda de Ángela había sido circunstancial. Los transeúntes dejaban paso a mi viril determinación y seguridad en mí mismo. Solo vacilé ante la imagen, transparentada en una cristalera a través de los destellos del tránsito, de una rubia y una morena inconfundibles secreteando con las cabezas juntas y los codos apoyados en el velador de una cafetería. Me detuve atónito, y mientras me acercaba, al móvil reflejo del paso de un autobús y de las ramas de un plátano al viento, Ángela se inclinó a hacer alguna confidencia a Victoria, se interpuso momentáneamente una fila de turistas, y con el último bamboleo de regocijo de los pechos de Victoria empezó a descomponerse el espectral prisma de tal imagen, pasaron varios japoneses retrasados y cuando más próximo estaba hallé la mesita desierta, dos tazas vacías, una con la bolsita de una infusión, un platillo poblado de migas, y un pañuelo arrugado con un pétalo de carmín. Había sido otro de mis espejismos, esas cristalizaciones de mis miedos y deseos, pulsiones y obsesiones.
Como digo, confiaba en no volver a ejercer oficios como el desempeñado cuando conocí a Ángela en el rodaje de Rojo y Negro. El castellano de Laurent Pommer, el laureado cineasta de la suiza francesa, resultó lo bastante fluido para degradar mis servicios de traductor en proveedor suyo de café, coñac o tabaco. Sin dignarse a dirigirme la palabra, restallando sobre las botas el látigo de barato imitador de Cecil B. de Mille, el muy ruin me transmitía sus deseos con la mímica del pulgar, índice y medio que asían una taza, copa o cigarro imaginarios. Por suerte, a las pocas semanas, con las llaves del piso de Ángela en el bolsillo, me sentía como el Julián Sorel o el Eugene de Rastignac de mis traducciones.
Un año después, incluso tras la ruptura, seguía envanecido por la conquista de Ángela. Y ahora también me pavoneaba por la rendición de Victoria. Envié a ésta un WhatsApp para vernos cuanto antes. La música del pub, la tórrida melodía del deseo, había hecho casi ininteligibles sus palabras; creí entender que era una pediatra recién separada. Había recobrado mi libertad de pájaro, el halcón volvía a sobrevolar la ciudad avizorando presas factibles. Aunque Ángela proyectaba el resplandor de su encanto y prestigio sobre sus acompañantes –suponía que a ello se debían la ruptura con sus anteriores parejas, que no resistieron el asedio de otras mujeres, atraídas por el hechizo que había seducido a la novia del país-, yo nunca había necesitado aquella luz indirecta para subyugar a las mujeres.  
                                         
                                                              
                                                                                                               

sábado, 15 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Un Bloody Mary amargo.



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-Parece que has visto un fantasma o que te han echado de casa. No eres el único. El año que viene procuraré no estar aquí el 17 de Abril. Está claro que es una fecha nefasta para la ciudad… Creo que necesitas uno doble de vodka.
Tal fue el diagnóstico de Jaime, el probo camarero del Jim, cuya chaqueta blanca, palabra florida y redondas lentes lo confirmaban como facultativo o farmacéutico que elaboraba sus fórmulas a la vista de los pacientes, náufragos depositados por el oleaje nocturno en la resaca de la mañana. Los cuales, hurtándonos la mirada en el local aséptico y luminoso, mal encarados y miserables como los bebedores de las penumbrosas cantinas de Lowry, nos alineábamos en la barra cromada con la lúgubre resignación de paracaidistas que aguardaran la apertura de la compuerta para arrojarse a la liberación del abismo. Llegó el turno de mi vecino: la copa aterrizó ante sus fauces.
Entre tanta ofensa, señoras y señores, pasé por alto la alusión de Jaime. Por entonces ni siquiera podía plantearme que camino del plató se hubiera Ángela ocupado de encomendar al camarero clavarme tal puya, por eso ahora me dirijo a ustedes, para darles mi versión de los hechos y que no se dejen manipular por ella, la favorita del público. En todo caso, me sobraban motivos para enfurecerme.
Incrédulo de rabia, estupefacto de indignación, no sabía por qué sentirme más ofendido por Ángela. Por un lado me enervaba su escarnecedora delicadeza a la hora de expulsarme sin palabras de casa –tuve la primera intuición de que ella utilizaba contra mí sus habilidades de guionista- y dar por cancelada la relación el día de nuestro aniversario (al menos me ahorré la molestia de comprarle un regalo o de recibir a sus absurdos amigos en otra abstrusa velada). Por otro lado me dolía que creyéndome capaz de tomar represalias contra Lía la hubiera alejado de casa, como si la gata no fuera capaz de cuidarse por sí sola con sus uñas letales y maldad eléctrica.
Pero lo más intolerable era que su patológica desconfianza de celosa compulsiva la hubiera llevado no solo a hackearme –ponerme en jaque- la cuenta de Twitter y de correo electrónico, sino también que para arrojarme a la cara la superioridad de sus habilidades en el manejo de las nuevas tecnologías y la impunidad que le valía el cargo de Jefe de Policía de su padre, se permitía hacérmelo saber con un furor vindicatorio más digno de un Otelo con faldas que de su versátil inteligencia.
No conocía realmente a Ángela, hasta entonces no advertí hasta qué punto podía su sofisticada inteligencia dar cabida a los rasgos más arcaicos y telúricos, cómo podía su postmodernidad alternar con el primitivismo de la venganza. Después de una sola infidelidad en todo un año, tanta suspicacia por su parte estaba injustificada.
El primer trago de Bloody Mary, demasiado ácido –ahora me pregunto si también a instancias de Ángela-, me inspiró una idea. Dado que no me gustaba que mi inteligencia quedara por debajo de la suya, le escribí por mail que hacía tiempo que sospechaba que me espiaba, que no había amor sin confianza y que por tanto haríamos bien en separarnos. Le expliqué que con mi aparente infidelidad solo había querido confirmar su fisgoneo y demostrarle que su espionaje había sido contraproducente al provocar justo lo que quería evitar. Me impidió enviare el mail (olvidé que de todos modos era posible que lo leyera) la idea de que tal vez ella desde el principio había pretendido que yo sospechara que me espiaba con el propósito de que me abstuviera de engañarla. En tal caso su inteligencia volvería a imperar sobre la mía. Salvo, pensé al mediar con desagrado la copa, que le hiciese saber que yo sospechaba que ella sabía que yo sabía que me espiaba, y que si había subido con la rubia había sido para burlarme de ella y que no habíamos pasado del salón, y que con su mensaje directo pretendíamos mantener ante ella la ficción de la infidelidad, y la intensidad de mi pensamiento en mi estado me estrujó el cerebro y hube de asirme a la barra. Intenté recobrarme con un trago: el Bloody Mary cada vez sabía peor.
En todo caso se habría abstenido de contestar el mail, tal y como hacía con la llamada y el WhatsApp. Había querido despedirme sin explicaciones, demostrándome indirectamente su hostilidad y encono. Ángela todo lo hace con sutileza atravesada, con sobreentendidos oblicuos, con la torcida maldad de una Lucrecia Borgia que entre sonrisas te invita a una copa. Miré la mía con los ojos entrecerrados.
No ocultaré mi ridícula reacción al saberme espiado. Antes de exaltarme por el hecho de que probablemente desde el inicio de nuestra relación hubiera ella profanado mi intimidad –y pese a lo que ella les haya predicado, damas y caballeros, no puedo sino defender tal derecho incluso en la vida de pareja-, antes de indignarme por su espionaje, me avergoncé de que ella hubiera supervisado mis visitas a páginas de contenido erótico. A ello me condenaba su cicatería sexual, su inapetencia insultante, la frigidez que yo le instaba a sorprender en inesperados rincones y lechos fuera de contexto.
Recordé que antes de bajar la maleta al coche extraje mi americana de alpaca –regalo de Ángela- y como si fuera un fantasma de mí mismo la dejé tendida en el sofá. Quería estar a la altura de su escenografía y devolverle alguno de sus más significativos regalos. Cerré tras de mí la puerta como quien pasa la última página de una novela mediocre. Clausuraba una época de mi vida. A la espera del ascensor el fresco del rellano me transparentaba los pezones a través de la camisa. Volví a casa –no acababa de irme- y me impuse la americana de alpaca. No hacía día de ir en mangas de camisa.
Con la momentánea lucidez de algún desahuciado personaje de Carver recordé dejar la llave en el velador con incrustaciones de lapislázuli del vestíbulo, supe que nunca volvería y, dado que un artista maldito por sus medios nunca podría retozar en un piso tan lujoso, intenté lamentar que así fuera. Pero me dije que con Ángela siempre hubo más pena aunque con ella había esperado la gloria, sobre todo la literaria.
-Invita la casa, hoy te hace falta.
-Gracias, pero segundas partes nunca fueron buenas.
Nunca hubiera imaginado que rechazaría un Bloody Mary. Me pareció que tras la gruesa lente el ojo de Jaime me guiñaba en son de burla. Se deshizo del intacto cóctel sin remilgos, como si supiera que sabía más amargo que el primero.
                                         
                                                              
                                                                                                                   

jueves, 13 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 13 de Diciembre: Escribo El Asedio.



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Cada mañana escribo El Asedio a la exaltante luz del ventanal, encorvado sobre el portátil y con la hoja de notas a la vista, en pijama y pantuflas, exultante, sintiendo cómo las ideas se transmiten a la yema de los dedos y experimentando una sensación de triunfo sobre la depresión. La escritura es la mejor medicación, la más eficaz arma contra mis fantasmas.
Mis mañanas transcurren pletóricas con la redacción de la novela, pero por la falta de novedades estoy descuidando este diario. Espero que los lectores distingan una obra de la otra. Una cosa son las aventuras cotidianas de Juanjo Ávila consignadas en este diario y otra muy distinta los avatares de Felipe Leal en la ficción de El Asedio. En la novela he mantenido el nombre de Ángela y la he convertido en actriz, además de escritora, oficio que ejerce en la realidad compatibilizándolo con el de periodista. En la ficción yo mismo me he transformado en director de un suplemento cultural y en escritor publicado, tal y como espero una vez que trabe relación con Ángela en la realidad.
De momento sigo recibiendo sus señales a través del ordenador, pero lo cierto es que sigue sin aparecer en mi vida. Ayer hice el intento de seguir su cuenta de Twitter para remitirle un mensaje directo presentándome en el caso de que me devolviera el seguimiento, pero esperé en vano que lo hiciera. Sigue sin dar la cara. Tengo que seguir tranquilo y concienciado de que tiene derecho a aparecer cuando quiera; al menos sus señales en el portátil implican que sigue pendiente de mí. Seguiré esperándola sin trabar relación con ninguna otra mujer. Me pregunto cuándo hará acto de presencia, en qué momento quedará saldada su terrible venganza por mi desliz. ¿Me dará tiempo de concluir antes la escritura de El Asedio?
Por lo demás todo sigue igual en mi vida. La rutina se impone con el giro de una rueda de tareas cotidianas: por las mañanas escritura y yoga; por las tardes el paseo por el centro con mi retornada madre y lectura –la última ha sido la convincente Los Dioses Carnívoros, de Rafael Balanzá-, y por las noches una película antes de la temprana retirada a la cama. Anoche vi El Hombre de Laramie, otra estupenda colaboración entre Anthony Mann y James Stewart. Ningún amigo me llama para salir por las noches porque todos se han convertido en aliados de Ángela. Ella se ha posesionado de toda mi realidad.
                                         
                                                              
                                                                                            

miércoles, 12 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Una mañana nefasta.



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Por desgracia la sospecha que reptaba en mi conciencia era real, y ganaba en consistencia, coherencia y verosimilitud. ¿Por qué Ángela me había hecho la maleta? Intenté ocultar la respuesta a mis propios ojos; procuré convencerme de que el destello de aquella cola entre las hojas del cantero de mi jardín fuera un efecto óptico. Y así, diciéndome que por cuestiones de trabajo necesitaba conocer las fechas de nuestro viaje de aniversario, fui en busca de los pasajes que ella debió dejar cerca de la maleta. De hecho, podría haberse ahorrado hacérmela y limitarse a dejarme los billetes sobre la mesa de mi escritorio o en la cocina. No los encontré, lo cual alimentó la sospecha. La viborilla se convirtió en serpiente. Pero cuando terminé de afeitarme me inquietaba otra cosa.
Percibía en el piso la falta de una presencia tan enojosa como ineluctable. Y justamente era su carácter de compañía habitual, inevitable, lo que sobreponiéndose al alivio de su ausencia hacía que su defección me incomodara. Sin duda el malestar de mi resaca me embotaba la percepción. Lo cual no fue óbice para que esta última inquietud se entreverara con la otra preocupación, la sospecha previa, la cebara y se retroalimentara de ella. La serpiente ya era una boa deslizándose a la luz del sol entre las flores.
Para recuperarme decidí pasarme por el bar de Jim, dos esquinas más abajo, antes de coger el coche camino de la redacción, y probar uno de sus Bloody Marys, mágicas pócimas del día después. No iba a seguir torturándome, el escozor del corte era expiación suficiente para mi desliz, el primero de un año de vida en pareja. Y los efectos secundarios del whisky eran penitencia digna del pecador más impenitente. A cada paso creía precipitarme a través de alguna grieta abierta por el terremoto.
De nuevo ante la maleta, eje de mis descerebrados movimientos, mi desconcierto fue en aumento. Me enfundé los Levis negros y la camisa azul Massimo Dutti, desalojados de la maleta. La visión, junto a la aspidistra, del plato llano de plástico con pienso me recordó que era la gata Lía quien faltaba. Lo confirmé siguiendo por el piso el rastro dulzón y rancio, como de cadáver perfumado, y llamándola por su nombre. Me alarmaba la falta de aquel sibilino bicho de mal agüero, constituía una desgarradora paradoja –la enésima de mi vida- echar de menos a la culpable de haber dejado al cuidado de mi madre a Lion, mi cocker spaniel, noble enemigo de la perfidia felina. Después de aquello me sentí Lacoonte, maniatado por una camada de venenosas sospechas portadoras de una muerte cierta.
Tan desesperado estaba que telefoneé a Ángela. No respondió, estaría confesándose con Don Fermín de Pas. Le escribí un WhatsApp. Después de calzarme los Martinelli de lengüeta a la espera de una respuesta tranquilizadora, revisé el resto de aplicaciones. Entre varios mails sin importancia destacaba uno de Silvio Malatesta, el emperador del póker, apremiándome a abonar “las pizzas” atrasadas.
La mañana se mostraba tan huraña y hostil como la dichosa gata o la timba alcohólica de varias semanas atrás, cuando a la luz lívida del alba, sobre un tapete jalonado de ceniza y vasos con hielos derretidos, perdí doce mil euros que aún no me había atrevido a pedir a Ángela. Los zapatos me apretaban como si de noche me hubieran crecido los pies. Eché un vistazo a Twitter. Encontré dos mensajes directos. El primero, de Victoria, me convulsionó el canario del corazón espoleándolo en torno a la jaula de las costillas: “Felipe El Hermoso, quiero que esta noche vuelvas a follarme como una perra con tu polla de perro”. El posterior mensaje de Ángela me fulminó el corazón con una vaharada de grisú: “Felipe El Feo, quiero que esta noche vuelvas a invitarme a pizza con tu cara de pizza. Y no olvides pagar las que debes”.
                                         
                                                              
                                                                 

lunes, 10 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Un terremoto en mi vida.



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Despego los párpados y en espiral me precipito por el agujero de mi muerte. Me engulle el sumidero de una náusea, con giro de aspa me abalanzo por un tremor que me succiona, hélice humana, en un vértice de vértigo, en el vértice del tiempo. Mi cama es la boca giratoria de una taladradora, una tuneladora que a través de cinco plantas y los cimientos cava un túnel hacia el horror del infierno. Hasta que advierto que es todo el mundo menos yo el que se mueve y remueve. O que yo me muevo porque el mundo se remueve. La lámpara de brazos tubulares se balancea como el sahumerio de una celebración religiosa. Tabletea el cabecero de la cama como un entrechocar de dientes. Patalea el armario, epiléptico. Histérico, oscila el espejo: refleja un dormitorio desenfocado. No se trata de una borrachera ni de una pesadilla. Paralizado en el instante estupefacto, vibro con el rumor cóncavo. Ruge la tierra y se agita en el espasmódico orgasmo de algún dios telúrico. El tiempo vuelve a transcurrir y el monstruo se oculta a hibernar en su guarida del centro de la tierra.
Había tronado la tierra. Pronto se acallaron las voces de quienes bajaron a la calle por temor a una réplica. O los rumores de siempre colorearon el silencio de espanto. La ciudad se había desayunado con un traumático susto. Salí del dormitorio a conectar la radio y en el umbral tropecé con una maleta. Supuse que Ángela había preparado el equipaje para a la vuelta del rodaje coger un vuelo sin pérdida de tiempo. Su vida está jalonada de compromisos, aquellos días se encontraba adaptando La Regenta para una miniserie televisiva. La resaca me retrasó a la hora de reconocer la maleta como mía, todo lo percibía como con vía satélite, con tres segundos de retardo. De cuero marroquí me la había regalado Ángela con ocasión de nuestro primer viaje, a Suiza, aprovechando que ella debía impartir un ciclo de conferencias sobre Amiel. Mientras que ella viajaba cada semana, hasta conocerla yo ni siquiera en verano salía de la ciudad, para mí amurallada por la costumbre y la escasez de fondos.
Pero junto a la maleta había enfundado mi ordenador portátil –regalado por mi cumpleaños- en su maletín. En la primera había embutido mi guardarropa, los últimos meses tan nutrido, y hasta el neceser. De éste extraje mis útiles de afeitado. Concluí que había pensado celebrar nuestro aniversario con un viaje sorpresa. Mientras que a Ángela le encantan las sorpresas, yo las detesto. A los maníacos depresivos nos aturullan las sorpresas, nos descabalan y descalabran; si no apresamos las horas en las jaulas de la rutina, como fieras los imprevistos y la impaciencia nos devoran. De momento, no podía salir de dudas: ni Ana Ozores ni nadie de Vetusta usaba teléfono.
Trasladé la radio al cuarto de baño. Aún me asombraba el lujo de disponer para mi acicalamiento de aquella límpida y ambientada estancia tan amplia como los salones de mis residencias previas, me deleité en ser recibido por los fluidos reflejos de mármoles y azulejos.
Con tono seco el locutor minimizaba el suceso. Achacó los pocos estragos a la precariedad de las construcciones siniestradas. El movimiento sísmico había sido superficial, y aunque aún no había datos oficiales apenas había alcanzado los cuatro o cinco puntos en la escala de Richter. Su voz se afligió al recordar que precisamente aquel día se cumplía un año de la deflagración de una fábrica de explosivos que provocara una treintena de víctimas en un barrio de extrarradio. Tal vez por eso los vecinos estaban tan susceptibles y la histeria y el pánico habían corrido como dos dementes por las calles.
En el lavabo encastrado en mármol jaspeado de rosa me enjugué la cara y, antes de secarme, del lecho de las aguas del espejo ascendió el rostro descarnado de un ahogado de cuarenta y dos años. En una noche había perdido los diez años de ventaja que respecto a mi edad conservaba mi aspecto. Gotas como gruesas lágrimas rodaban por las estragadas mejillas de aquel disoluto arrepentido. Asimétricas figuras de una geometría infernal descomponían la cara yerta y yerma, lacia, embotada y entumecida como si la hubieran aporreado, cuyas únicas curvas constituían las canicas de los ojos hundidos, los cercos inflamados de las ojeras y la floja caída de una incipiente papada, descolgada durante el sueño.
La degeneración de mi semblante, en combinación con un perfume de coco matizado de ozono me recordó que había vuelto a casa dando tumbos por el alba procedente del lecho de la tal Victoria –mi derrota-, una rubia melancólica y feraz, delicada y voraz. En torno a las tetillas me florecían las amapolas de sus dentelladas y en la espalda me ardían los surcos abiertos por sus uñas. El locutor recordaba el alcance de los daños materiales provocados por la explosión y como homenaje a las víctimas con tono luctuoso procedió a recitar sus nombres.
Dejé de lavarme las manos y en la ducha no logré purificarme de la mala conciencia ni borrar las imágenes de la víspera: la celebración improvisada a la salida de la oficina de mi primer año en la dirección del suplemento cultural; la ligereza feliz, la euforia de volver a encontrarme sin pareja en un pub, que pude dilatar gracias a que Ángela volvía en el último vuelo de la grabación de una tertulia cultural; la exhibición de unos opulentos pechos, oprimidos por un escote negro de seda; el acercamiento de la potente rubia con la coartada de que me conocía de Twitter –por desgracia nadie me conoce de las novelas-; mi complacencia el devolverle el seguimiento a través del teléfono; el intercambio –peloteo- de elogios y de una conversación en la que lo que menos importaban eran las palabras; la insistencia con que me aseguré de que en el local no quedaban ninguno de mis colaboradores; el acercamiento de nuestros cuerpos; el trayecto en taxi, con haces de luces y deseo horadando el interior del auto; el paso a través del lujuriante jardín de una urbanización donde las fauces de la leona me succionaron toda la saliva y me dejaron la boca seca… Francisca Pérez Martínez, 81 años, descanse en paz; Rodolfo Leal Cifuentes, 42 años, descanse en paz… No me gustó que con la marcha fúnebre de Chopin como fondo el apellido y la edad de la última víctima coincidieran con los míos. Pero si rasurándome me corté en el pómulo fue por la insinuación de la viborilla de una sorpresa en mi laberíntico pensamiento.
Mientras trasteaba en el botiquín, junto al yacuzzi, soslayó tal inquietud la visión del dorado cuerpo de Victoria tendido en la bañera; las burbujas besaban los rosetones de sus pezones y masajeada por los dedos del agua bajo la superficie fluctuaba su piel de terciopelo; con reclamo de sirena me invitó a acompañarla. Me desinfecté la herida intentando reprimir aquella inoportuna visión; mi facilidad imaginativa con frecuencia me puebla la vigilia con espectros oníricos y fantoches de la fantasía. Resulta tan convincente la recreación mental de mis ficciones que llegan a corporeizarse de este lado de la realidad. Tiré el algodón a la papelera: el yacuzzi yacía vacío a la espera de su propietaria, mi pareja legítima.
                                         
                                        
                                                                

sábado, 8 de diciembre de 2018

EL ASEDIO: Acorralado.



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Me roen las ratas grises del frío. Hasta el clima se burla de mí. Aislado como un preso o un loco, asediado por el ansia de una mujer y por mi propia ansiedad, acechado por sus asechanzas, hoy, dos o tres de Mayo, creo que miércoles, según la altura del sol cerca de mediodía, en la casa de pueblo de mis ancestros, donde casi todos nacieron y algunos han muerto, vuelvo a escribir después de mi caída en desgracia, mi caída de ángel maldito, de valido desvalido, mi caída al otro lado del espejo, mi defenestración virtual.
Por culpa de Ángela todo lo que me era favorable ahora me es adverso. Todo lo familiar, hostil. Lo tranquilizante, inquietante. El sabor de la vida se me ha desazonado. Ni siquiera aquellas Furias griegas podrían dañar tanto como una celosa encelada en tender celadas. Al menos he convocado fuerzas para emprender un escrito rompiendo mi bloqueo mental, correlato del cerco de peligro, del círculo de fuego que me acorrala. Terribles sucesos me impedían emprender una nueva obra. Los acontecimientos me han obligado a cambiar mi portátil por esta libreta escolar de anillas, hallada en una gaveta, en la que el lápiz traza hileras de letras parecidas a las filas de hormigas pululantes en el patio. Un delirio del orgullo de Ángela me ha condenado a cambiar mi despacho en un rascacielos por este desvencijado porche de madera podrida. La capital por este pueblo fantasma. La civilización por la barbarie de la naturaleza. El bienestar por una amenaza ríspida y perenne.
Lo cierto es que nunca habría creído lo fluido que se escribe con el miedo. Crepitan las hojas de la parra y los rubíes de la glicina que coronan la tapia, y no sé si los agita el guante de un sicario o los dedos del viento, la garra de un policía o la pezuña de alguna alimaña. Pero aún no han tenido tiempo de localizarme, me he deshecho del teléfono zombi y por aquí no fluyen las tóxicas ondas de Internet. No sé si tendré tiempo de tranquilizarme, si al resignación me anestesiará antes de que me encuentren, si dejando atrás mis lamentaciones –jeremiadas- por tantas ofensas recibidas, podré alcanzar la desesperación tranquila de un Walter Herzog cobijado en la granja familiar de Conneticut, y dejar de parecer un histérico judío que salido de alguna novela de Philip (o Henry) Roth o de Malamud, fustiga con sus protestas las calles de Nueva York.
Damas y caballeros, a no ser que Ángela también haya hablado con ustedes, pensarán que soy un paranoico, un neurótico, el típico lúcido alucinado, otro creador que se ha excedido en fomentar su esquizofrenia con tal de escuchar voces interiores –narrativas- que le dicten otras tantas historias. Es lo que ella pretende, desacreditarme ante el mundo. Porque si ya les ha hablado, se burlarán de mí; no sé qué será peor. Para desmentirla escribo. El agotamiento de mi inventiva es garantía de sinceridad. No me hallo en condiciones de inventar episodios ni de estructurarlos, de cambiarlos o de combinarlos, me limitaré a narrar los hechos con verdad y naturalidad, sin artificio, tal y como han venido sucediéndome. En aras de la verosimilitud me he planteado atenuar la gravedad del caso, mitigar la lóbrega crudeza y crueldad con que he sido herido y zaherido, vapuleado y vilipendiado, hostigado y hostilizado, moderar la maldad de Ángela, mi némesis, la autora de estas maquiavélicas maquinaciones y sutiles perversidades. Pero tales desajustes condicionarían el resto del relato y so pena de incurrir en incoherencias me obligarían a remodelar la realidad, a retocar la verdad, y reincidiría en el abuso de recursos y artificios de mis anteriores novelas. Me limitaré a contarles lo ocurrido. Para mí será un experimento: el experimento de la falta de experimento.
Les diré cómo empezó todo, el día de nuestro primer aniversario. Escribir me desentumece los dedos y el espíritu. El ciruelo ha dejado de parecerme un pérfido espantapájaros que se me acerca un paso cada vez que dejo de mirarlo. Los restantes árboles han dejado de jugar a las estatuas. Ningún monstruo se agazapa al fondo del pozo. Ya hace menos frío. Pero hay algo que nunca cambiará: esa mujer y yo nos hemos convertido en las dos caras de una moneda. Y por supuesto ella es la cara.
La fuerza de la costumbre me hecho detenerme a censar y recensar los acontecimientos iniciales, y he de violentarme para ponerme a escribir sin planificar nada, y así lo hago porque además he de simular que escribo a ojos del espía apostado tras las vides. Mi precaria ventaja estriba en que siga creyendo que aún no lo he descubierto. Emprendo la narración de mi pavoroso despertar el día de nuestro aniversario, mientras otro revuelo de hojas y el beso de ventosa de la muerte en mi frente, la inequívoca caricia de una aviesa mirada, me confirma que me vigilan. Vuelve a hacer frío. Es un frío afilado, fúlgido, metálico. El frío de un arma blanca esgrimida por el enemigo. Este espionaje me recuerda al sufrido por otro escritor, John Shade, el poeta protagonista de Pálido Fuego, de Nabokov. No puedo sino mirar a los ojos de la amenaza: de la parra y las glicinas sobre la tapia asoma un gato negro. Las ágatas electrificadas de sus pupilas se encuentran con las mías: es Lía, la inconfundible gata de Ángela. A través de mi asombro y de mi espanto, de mi recuerdo de las lecturas juveniles de Poe, camina eléctrica y equilibrada sobre los hierbajos de las bardas, la cola y los bigotes luciferinos, el paso artero.
                            
                                        
                                                                  

viernes, 7 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 7 de Diciembre: Escritura de ficción.



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Estos días me he encontrado tan bien que, desbordante de ocurrencias, he vuelto a escribir ficción. Ayer estaba limpiando el apartamento al ritmo de la música electrónica de los vecinos cuando me traspasó la idea germinal de escribir sobre lo que me está ocurriendo y sintiendo un escalofrío de emoción en la espina dorsal, abandoné la fregona para anotarlo en la libreta de apuntes. Enardecido por la revelación durante la siesta hube de levantarme varias veces para anotar ideas y frases enteras del primer capítulo que me sobrevenían a la mente, y durante el paseo no dejé de detenerme aquí y allá para consignar por escrito otros tantos hallazgos.
Presentaría a un personaje asediado como yo por una mujer vengativa, pero después de haber entablado una relación con ella. Es demasiado ridículo sufrir tanto como en la realidad por una mujer que apenas conozco. He situado, pues, la acción en el futuro que me espera junto a Ángela. Con la materia prima de tantas notas hoy me ha resultado fácil escribir la primera sección de la novela. Además, me he servido de fragmentos textuales de mi diario, tal es la identificación entre la novela y la realidad de mi vida. Las frases han fluido con facilidad en mi pluma y he recobrado todo mi orgullo y dignidad de creador. He volcado sobre el texto toda la energía que antes utilizaba en lamentar la ausencia de Ángela.
No me basta con escribir en este diario lo que me está ocurriendo, necesito sublimar los hechos en un escrito de ficción. De este modo, revierto la situación a mi favor y transformo en arte tanto sufrimiento. Escribir es la mejor manera de esperar a Ángela. Escribiré cada mañana, después de trabajar en mi diario. De todas formas, la ausencia de novedades en mi vida inclina la balanza hacia la ficción. Titularé la novela El Asedio, tal y como la primera entrada del diario. La publicaré en el blog. Siempre habrá curiosos interesados en su lectura.
                            
                                                                                               

miércoles, 5 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 5 de Diciembre: Los paseantes del parque.



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He sufrido una recaída; mi ánimo se ha resentido. Mi madre se ha ido de viaje a Bélgica con mi hermano y hago en solitario los paseos de la tarde. Y no hay remedio: me he convertido en uno de ellos. Desde que no puedo leer en el parque me he hecho miembro de una especial tribu del parque García Lorca. Por supuesto, no me refiero a los voyeurs ni a los que toman el sol –los mirones y los mirados-, ni a los vagabundos ni a los turistas, ni a los paseantes de perros ni a los jubilados –con o sin júbilo-, ni a los bebedores ni a los deportistas, ni a los paseantes ni a los sedentes, ni a los enamorados ni a los abandonados, ni a los poetas ni a los fumadores de hachís, sino a una particular casta de maduros componentes del sexo masculino, cuarentones como yo y cincuentones que durante horas y horas fatigan el parque y pasean sin norte por los senderos, desesperados y solitarios de raza blanca y sin trabajo, poco agraciados y con el semblante devastado por tics, desaliñados y poco variadamente ataviados, que encuadran en la geometría regular de las avenidas y en los rectángulos de los parterres las curvas de su mente y los meandros de sus neurosis, y animan la grisura de sus existencias con el colorido de las rosas y el fulgor de las lilas. Apenas se sientan unos minutos para reemprender sin pérdida de tiempo su deriva, su marcha o derrotero que es un desfogarse, para seguir conteniendo su locura o desengaños en los paseos cuadriculados del parque.
Hasta ahora me llamaban la atención, distrayéndome brevemente de la lectura, y hasta llegué a planteármelos como protagonistas de alguno de mis escritos, pero también los observaba con incomodidad, sobre todo a uno de ellos, bigotudo como yo, como si una parte de mí atisbase mi transformación. Me admiraban su impaciencia, tan feroz que era una forma de la paciencia, y su resistencia, su orgullosa tristeza y su soledad irremisible, manifestada por el vacío de su mirada.
Dos de ellos, un barbudo enclenque y un fortachón de pantalones cortos de camuflaje, no se sientan jamás aunque siempre parecen a punto de hacerlo, pasean rumbo a algún banco pero en el último instante se desvían, cuando parece que tras horas de marcha su cuerpo al fin va a vencerse dejan atrás el banco y prosiguen su derrotero como si no pudieran parar, condenados a no detenerse en ningún sitio, errantes víctimas de la maldición del eterno movimiento. La culpa les impide un descanso o una molicie que les daría ocasión de recaer en sus pecados. A veces se detienen, sin motivo aparente, en medio del camino, los brazos en jarra o colgantes a los costados, mirando a un punto indeterminado del paisaje, quién sabe si del pasado o del futuro. Nunca hablan, ni entre ellos ni con los demás.
Empiezo a entenderlos, soy uno de ellos, tengo una fiera que me devora por dentro y solo la apaciguo agotándola con largos paseos. El del bigote permanece siempre atento a mi presencia, lo cual no deja de desasosegarme, como si ya detectara en mí las condiciones de un semejante. Tenía una enorme curiosidad por conocer su historia, qué lo había condenado al desastre, de qué o quién se escondía, qué intentaba olvidar o superar con sus incesantes paseos. Pero ahora la curiosidad ha dado paso a la solidaridad. También yo tengo un secreto vergonzoso que me magnetiza al parque. Ayer lo visité, provisto de un libro, El Asiento del Conductor, de Muriel Spark, que ni siquiera intenté abrir, y al cruzarme con el del bigote me dirigió una mirada ávida y alentadora, una mirada de reconocimiento y bienvenida, una mirada acogedora, una mirada de compañero o hermano. Estuvo a punto de dirigirme la palabra.
                            
                                        
                                               

lunes, 3 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 3 de Diciembre: Una visita al psiquiatra.



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-¿Cómo has pasado estos días, Juanjo?
-Bastante bien, el cambio de medicación ha sido un éxito.
-¿Ya no sientes que te vigilan todo el tiempo?
-Sí, pero estoy acostumbrado y no me genera ninguna tensión.
Los ojos atentos del doctor García observaron mi pierna derecha, que apoyada sobre la izquierda se movía espasmódicamente, como con vida propia.
-¿Y la obsesión?
Bastante controlada. Está ahí, sigo pensando en esa chica, pero los pensamientos se mantienen lejanos y no me afectan tanto.
-Vamos a seguir con la misma pauta de medicación –impertérrito, no había movido ni un músculo de la cara, de rasgos pétreos. Su inexpresividad de cara enjuta y mirada vacía conjugaba con la sobria y austera consulta, amplia y con un enorme ventanal que iluminaba la zona de terapia, con dos sillones de cuero beis y el escritorio donde nos encontrábamos, de caoba y vacío salvo por el ordenador que tecleaba con frialdad ascética.
-Por lo demás, ¿tienes pesadillas?
-Sí.       
-¿Sequedad de boca al despertar por la mañana?
-También.
-¿Temblores en las manos o las piernas?
-No. Sí.
-¿Estreñimiento?
-Tengo que tomar lino todos los días.
-¿Y el apetito? –se le descolocó el nudo de la corbata,  de topos azules sobre el cuello de la camisa blanca, por debajo de la bata. Una mosca se le posó en la punta de la nariz.
-Ha aumentado mucho.
-Se te ve muy delgado.
-Me cambió el metabolismo hace un par de años, al comienzo de todo esto.
-¿Y la libido?
-Por los suelos.
-¿Sufres sensación de acoso? ¿Tienes la sensación de que hay una trama en tu contra?
-Por supuesto que sí.
Frunció los labios hacia abajo. Especifiqué:
-Lo que más me agobia es que la mujer que me espía no aparezca. Usted debe saber cuándo lo hará de una vez –me constaba que Ángela se había puesto en contacto con él.
-Yo no sé nada –se recolocó el nudo de la corbata y la mosca despegó de su nariz.
-Me muero de impaciencia por que dé la cara.
-¿Y si no hubiera nadie?
-Entonces, ¿quién me hace las señales en el ordenador?
-La mente humana es capaz de construir fantasmas a partir de la nada.
Furioso, estuve a punto de aludir a que estaba faltando al juramento de Hipócrates.
-Claro, ¿y entonces quién me impidió conectarme a Internet durante una año?
-Nos vemos dentro de dos semanas. Espero que siga la mejoría. ¿Tienes recetas?
Su mirada se fijó en mi pierna derecha, que se había vuelto a disparar.
                            
                                        
                                               

sábado, 1 de diciembre de 2018

DIARIO DE UN PARANOICO, 1 de Diciembre: De resaca.



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Pese a que me había acostado casi a las cuatro, despegué los párpados a la hora acostumbrada, las ocho. Me levanté turbio y resacoso, con la cabeza llena de grillos, sonámbulo de rabia, furioso por el plantón de Ángela de la víspera. El café me supo a cicuta. El cielo se desaguaba sobre la calle. Tiritando de desesperación, me arrojé al sofá de cretona y rechinando los dientes de desesperación, febril de encono, me dispuse a consumir la mañana rumiando mi desengaño.
Pero no tardé en saltar del sofá urgido por la escritura, con la inminencia de las palabras en la punta de los dedos. Tenía que describir lo que me había sucedido. Los lectores del blog estarían ansiosos de saber qué había sucedido la noche previa. Así que me recobré gracias a la necesidad de escribir este diario. La cabeza dejó de dolerme. Ya llovía menos.
Mientras escribía, volvieron las señales de Ángela al ordenador, en un momento dado el cursor trazó los pertinentes circulitos. No me agobié por ello, al menos ella seguía pendiente de mí. Ya se decidiría a aparecer. Volví a tomarme la medicación y recuperé el apetito. La Olanzapina atenuaba la obsesión, los pensamientos no me herían tanto, era como si aquello le estuviese sucediendo a otro. Después de una semana de tratamiento al fin me hacía efecto. Me preparé una gran olla de potaje de garbanzos. Recuperado, corrí la mesita de mármol a un extremo del salón, a un costado del mueble bar extendí la esterilla sobre e mármol rojo, y logré practicar yoga antes de la comida. Con la ducha desprendí de mi cuerpo los últimos rastros de la depresión. Después de la siesta repasé lo escrito por la mañana, lo encontré satisfactorio, y me dispuse a dar el paseo de cada tarde con mi madre. Después de todo estaba siendo un día como otro cualquiera. A la vuelta me dedicaría a leer durante tres horas Gente que Habla, de Eduardo Mendicutti, y después de la cena me pasaría el DVD de costumbre, en este caso La Reina Cristina de Suecia, antes de acostarme tan temprano como siempre.
-Tienes mala cara –me dijo mi madre cuando pasó a recogerme.
En la última esquina de Sócrates, mi calle, vi al barbudo, con una carpeta bajo el brazo, cruzando hacia nosotros, y le indiqué a mi madre que aquel era el tipo que no dejaba de seguirme a todas partes. Incrédula, para demostrarme que me equivocaba, me cogió del brazo y esperó a que el barbas llegara a nuestra altura. Se dirigió a él:
-¿No estará usted siguiendo a mi hijo?
-Es él quien me sigue adonde vaya –respondió con el tic nervioso convulsionándole la mejilla izquierda-. ¿Qué quieres de mí?.