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lunes, 19 de enero de 2015

LA HIJA DE RYAN



Como besos se imprimen las huellas en la arena, la piel de la playa. Del interior el viento blanco acarrea el aroma de los pinos, de los pastos y la turba; desde el mar una brisa de raudas sombras de nubes a la deriva trae el del yodo y otro dulzón y a la vez salino, carnoso, sexual, de anémonas y algas putrefactas. No sabía que los espíritus tuvieran olfato. Lo digo porque a través de estas diáfanas panorámicas en escope sobre una playa irlandesa donde la trémula luz virginal, de nácar, de la mañana se deja penetrar por un frío punzante que la vuelve neta, nítida, concreta, con una confianza y esplendor radiantes, me parece sobrevolar sobre estos riscos y acantilados hirvientes de espuma. Sospecho que soy un espectro, tal vez el fantasma de Robert Mitchum que en algún mundo paralelo haya vuelto al rodaje de La Hija de Ryan. Quizá haya venido a tomarme venganza por haber tenido que incorporar a un personaje tan inocente y pusilánime, vacilante, casi impotente, después de haber dado vida al predicador de La Noche del Cazador o al psicópata de Cape Fear.
Lo cierto es que estas tomas en lontananza del mar turquesa jalonado de espuma, estos planos a vista de gaviota de la playa amarilla transmiten cierto pálpito de inmensidad, una intuición de eternidad, una especie de cósmico sentimiento de plenitud y libertad, un estado de contemplación e íntima comprensión del mundo, una esférica sabiduría o sentimiento de conformidad con la vida, una adecuación a la naturaleza, que por un instante me hacen creer que Dios existe y tiene un gusto exquisito, o más bien que si Dios existiera y se dedicase al cine sería el omnipotente David Lean. Un creador con todos los medios a su alcance y el talento para merecerlo. Una mirada milagrosa, alguien capaz de convertirse en un invisible ojo que todo lo ve.

                 

Pero ésa no es la cuestión, sino la metamorfosis que he sufrido para integrarme en su película y, succionado por ella como un espectador que hubiera sido abducido por la pantalla, irrumpir en el que parecía clausurado mundo de la ficción. Ya dudo de ser el fantasma de Robert Mitchum. En todo caso esta sensación de estar en La Hija de Ryan no es producto de un sueño, ni siquiera del exceso del whisky que evocan los efluvios de turba. Tampoco me ha acaparado los sentidos la realidad virtual de ningún sofisticado vídeo juego, ni me he ido de vacaciones a Irlanda. Pero aquí estoy, transparentado en los tornasoles del aire y en las irisaciones del mar, sustanciado en las ondas lumínicas, en los nimbos y en los estratos que se ondulan a través del rumor de guijarros y de las dunas que naufragan en la laguna. Descartando ya estar relacionado con un triunfador como Mitchum, encuentro una hipótesis más factible: identificado con las vicisitudes conyugales de Charles Saughnessy, su personaje, soy el fantasma de éste, dada además la inexplicable complacencia que me inunda al ver de lejos la grácil e infantil figura de mi esposa y ex alumna, Rose, en compañía del Padre Collins, el airado y generoso cura del pueblo.

                                        

Me acerco a ellos por los aires y distingo que con un guante calado la pizpireta sostiene una presumida sombrilla blanca con flecos de encaje negro sobre su sombrero ornado con flores, sobre el juego de sus guedejas rojo castaño con el viento, y la enfurruñada cara moteada de pecas y con facciones delicadas. Como una niña traviesa, ignora los consejos del sacerdote. Cuando llego a su altura ganas me dan de darle al Padre la razón en lo peligroso que es soñar y en que la desocupación es la madre de todos los vicios, ya que las románticas ensoñaciones de Rose, que pronto se casará conmigo, la llevarán a engañarme con un mayor del ejército inglés. Pero he perdido la facultad del habla y ellos me ignoran, quizás porque no debería estar aquí: aún no ha llegado el autobús que me traerá de mis vacaciones en Dublín.
Por supuesto soy transparente, invisible para Rose y el cura, que en la arena van dejando sus huellas mientras que yo levito, como si fuese un fantoche de la fantasía, tejido con la misma niebla que los fantasmas de mis celos, las figuras imaginarias que de la propia Rose y del mayor en vibrante espejismo por la playa hacia la mitad de la cinta veré levitar guapos y galantes, fluyendo en otra dimensión, las gasas de ella flotantes a los sones de la Quinta de Beethoven, como si danzaran –entonces sería la Séptima- a cámara lenta, hasta que me alcancen a orillas de la charca pero sin verme como ahora no me ven ella ni el sacerdote, y como regalo de enamorados él extraerá de la arena una caracola coralina muy parecida a la que poco después, ajustando a la realidad aquel desvarío de mis celos y confirmando mi fatal intuición, entre la ropa interior de ella hallaré oculta en el cajón intermedio de la cómoda del dormitorio.

                 

El Padre Collins y ella siguen discutiendo. Y lo más curioso es que contrapunteando las palabras del Padre y de Rose, los jadeos de las olas y el aliento del viento, percibo la música de Maurice Jarre, como mariposas de colores revuelan sus notas sobre los cabrilleos del mar. Me sorprenden la levedad con que resbala el tiempo sobre mi ausencia presente y la facilidad con que me desplazo. Sin embargo, no quiero moverme de esta idílica playa, no me apetece volver al ceñudo y arisco pueblo sin nombre –apenas dos hileras de tétricas casas jorobadas o hemipléjicas-, habitado por broncos celtas capaces de lo mejor y lo peor –pero sobre todo de lo peor-, de lo sublime y lo miserable –pero sobre todo de lo miserable-, y cuya zafia e infantil idiosincrasia y retraso ancestral son representados por Michael, el idiota del pueblo, aunque su cojera también lo identifica con los traumas bélicos del mayor británico, el que le pone los cuernos a mi versión carnal, prefiero quedarme porque además el personaje –yo mismo mientras vivía- ya llega en el autobús y como fantasma suyo, de modo opuesto al espectro de Mitchum que creía ser, me reconozco emocionado en este quincuagenario profesor recio y vulnerable, viril y sensible, especie de soltero noble e inviolable que con su maleta de cartón y desgarbado traje arrastra el abandono y la resignación de los solitarios, en calidad de fantasma suyo está mal que yo lo diga pero me admiran su cabal serenidad y la honradez sin atenuantes que se traslucen de sus rasgos como tallados en roble.

                   

A su lado Rose es la típica alumna permeable y curiosa, pero también ya prematura mujer porque lo quiere, más allá del carisma de todo maestro, lo ama, sus ojos color mar de amanecer de verano relucen con la esperanza del amor y la cristalización de su deseo como en un brillo de lágrimas. Será por eso que Lean ha arrancado la escena con otro remoto plano general de la playa que en su cósmica plenitud signifique el alcance del amor, una panorámica que en su inmensidad traduzca el ansia de libertad de Rose, lo infinito de sus ciegas esperanzas y sueños sin nombre, sus difusas aspiraciones y anhelos que ahora concentra en el amor a su maestro, un paisaje que represente tanto la perspectiva de sus ilusiones como las promesas del futuro, cuyo cumplimiento ella exigirá a la vida con el egoísmo del que se cree distinto. A ella le rueda por la arena el pretencioso sombrero y él le cuenta sobre su visita de carácter cultural a la capital. Caminan en sentido contrario a las huellas de ella -que ha ido a recibirlo a la carretera-, y en ellas se adivinan su ligereza y expectación de gacela. En la playa estallan las olas de la pasión. Después de alabarse mutuamente, Rose ha de disimular su emoción con la excusa de que la ha cegado una partícula que procede del pasado, de la estación de tren donde un jueves de treinta años atrás al comienzo de Breve Encuentro bajo la forma del carbonilla aterrizaba en el ojo de Celia Johnson. Ella llega a insinuarle sus sentimientos, pero Charles, incrédulo de su fortuna, aparenta ignorarlo y se encamina a la taberna del padre de Rose, Mr. Ryan.

                

Me niego a acompañarlo a tan umbríos umbrales, que en el futuro solo se iluminarán al relámpago de la pasión que electrizará al mayor y a Rose (en el fondo por eso detesto el local), ni deseo el trato con Ryan, porque más allá del natural aborrecimiento al suegro se trata de un personaje poco recomendable, un delator y aspirante a padre incestuoso, un tipejo de lengua solo menos larga que la mano, y vuelvo a quedarme con Rose, que ahora adapta sus delicados pies a las huellas del número 44 que su amado ha dejado en la arena. Yo sé que la marea del tiempo borrará las huellas paralelas de ambos.
En otra vertiginosa, totalizadora toma general, ahora sobre la loma de la escuela, al ocaso sangra el sol de su virginidad y vemos a Rose entrar al aula a esperar a Charles (acabo de caer en que es tocayo de otro cornudo célebre, el marido de Madame Bovary), que no tardará en llegar de la taberna de su padre, trayendo un eco de los apasionados debates sobre la guerra entre Alemania y el invasor inglés. Modesto, él cree que ha venido a ayudarlo a deshacer el equipaje, y no a declarase entre las súplicas del viento y de las gaviotas, y antes de aceptar su amor le advierte de las limitaciones de la vida que puede ofrecerle, de las cíclicas rutinas y de la ronda de tareas y el peso de tantas horas disecadas que como esposa de un maestro rural tendrá que arrostrar. Viéndola tan atractiva, reniego del pudibundo Charles y físicamente reacciono de tal modo que llego a cuestionar mi condición espectral.
Y una vez más se abre otro gran plano de pájaro sobre la playa en relación con los sueños de Rose, ya traicionados tras su matrimonio, lo cual nos retrotrae al último, desenfocado, plano general sobre el río Kwai –igualmente  a vista de pájaro-, que a otra escala también nos muestra lo precario de cualquier proyecto, el fin de pesadilla de todas las quiméricas esperanzas de los hombres, la destrucción a que están abocadas todas sus ambiciones, en este caso la ilusión del coronel Nicholson de perpetuarse en el puente. Ahora Rose se precipita por la playa encorvada contra su existencia de casada, se aleja de su hogar frustrada de aburrimiento, furiosa por la traición que han sufrido sus esperanzas de algo que ni siquiera ella sabe. Lo único que  tiene claro es que esperaba otra cosa. El Padre Collins le amonesta por haber alimentado a la insaciable bestia de los deseos. Y el cura vuelve a llevar razón, es mejor no tener la cabeza a pájaros, de modo que de la pantalla salto, en vez de a la fama como Robert Mitchum –allá se las componga Charles con sus cuernos-, al sillón donde recapacito en que atribuyo excesiva relevancia a la ficción y a la hora de escribir un post me concentro demasiado en la película y me identifico en exceso con los personajes y las situaciones. Al punto de llegar a creerme en el interior del film.
La verdad es que desde Agosto no visito la playa. Aunque entonces aún estaba casado y quizás compartiera los problemas que pesan en el pensamiento de Charles o algunas de las preocupaciones erizadas sobre su cabeza.                
                                                  
                                                

2 comentarios:

  1. Denostada por la crítica, cierta crítica,no deja de ser un Lean,quien consigue que al verla,incluso sintamos el olor del mar,el ruido de la espuma de las olas.Eso sí,no era papel para Mitchum.

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  2. A mí sí que me resulta convincente. Como dices, tiene todas las características de Leaan, incluido el gran Jarre. Mitchum era más versátil de lo que parece, era capaz de papeles frenéticos o de uno tan apocado como éste.

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