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lunes, 30 de abril de 2018

NEVER ON SUNDAY


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Sí, Illia, muñeca del Pireo,
la de piernas dóricas y figura de ánfora,
la de hojas de acanto en el sexo
y tímpano en el pecho,
Illia, la de corazón de paloma,
Illia, templo de oro sin techo al sol,
la única puta feliz,
tú, que pareces un mar vestido de mujer
y cuentas historias tristes a los marineros,
mujer solar,
gracia de Grecia,
la novia del amor,
sí, Illia, tú que cantas como el sol,
como las gaviotas o las estrellas de la aurora,
tan esclava como la brisa
como las golondrinas,
como ellas no tienes que aprender a cantar,
sí, rubia sin rubor y con pasiones rubíes,
el sol te abraza, la brisa te besa,
tú, inmune a los dracmas y a los dramas,
sirena de Atenas, aliada de la alegría,
cómplice del placer,
puta pura, Illia, la puta puritana,
sí, Illia, joven como el mar,
tus sentidos son cinco bellos príncipes
que te donan la gloria de la vida,
sí, Illia,
dime que sí.

  

lunes, 19 de marzo de 2018

UMBERTO D.



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Hermana Soledad,
a la fuerza me acojo a tus brazos yertos, a tu hábito áspero,
a tu seno blanco y ciego de monja con la piel de cera,
siempre tan fría desgranando el rosario de mis penas,
con la tristeza tan bien plisada en tu falda almidonada,
porque eres rigurosa con tu silencio de clausura,
solo generosa con los huérfanos y los ermitaños,
con los borrachos y los poetas, con los enamorados,
pero no te queremos los pobres y los ancianos, los desesperados.
Permíteme que me presente, por desgracia nuestro trato será frecuente:
Me llamo Umberto Domenico Ferrari, natural de Ferrara,
hijo de Exposito y María Dolorosa,
tengo sesenta y cinco años en estos tiempos tan jóvenes, tan crueles,
no debería decírtelo porque así vendrás a diario,
con tu cara demacrada, Hermana Soledad, y esa cofia sudada,
pero vivo en el trece de San Martino de la Batalla, tercero,
altura que solo asegura el éxito de la caída al paso del tranvía,
soy funcionario jubilado del Ministerio de Obras Públicas,
lo digo por si te hago falta para el papeleo,
aunque para presentarte no necesitas ningún formulario,
eres sumaria, expeditiva, a covachas y palacios tienes paso expedito,
éste es Flike, mi perro, un ratonero, tu peor enemigo,
ya se sabe que no admites perros en tu presencia, les tienes alergia
porque te ignoran y con su alegría contagiosa rompen tu cerco,
en cambio te gusta María, la muchacha de la casa,
te entiendes bien con los adolescentes y con las solteras embarazadas
y cada noche la visitas entre las sábanas, su crisálida de soñadora.
No tengo familia ni existen los amigos en el invierno,
solo ex colegas que me rehúyen: husmean la vergüenza de mi pobreza,
así que vengo a tu encuentro llamándote por tu nombre,
Hermana Soledad, mi piel vistes como la fría fiebre,
ya me conformo con tu consuelo triste y gratuito,
no puedo permitirme una compañía más cara,
con mi pensión no alcanzo ni a alimentar al perro
y con mi presupuesto me desequilibro al abismo del desahucio,
al menos si viviera en un quinto el suicidio sería seguro,
eres mi último recurso, mujer pálida y descarnada,
me recuerdas a una prostituta vieja que cojea por un parque bajo la lluvia,
tienes los ojos de polvo y los pechos manchados de mala sombra,
como pieles de lagarto tus besos cuelgan al sol nublado,
tus caricias son heridas abiertas con sal en carne viva,
pero también eres propensa a ser imaginada como no eres,
recreada, idealizada, sublimada por alguna fantasía compensatoria,
con el maquillaje lunar puedes resultar tersa, con una paz estirada,
la mujer ideal que nunca he encontrado porque solo es un fantasma,
Hermana Soledad, siempre tan paciente, tan pocas veces dulce,
avanza a tu encuentro quien todo lo pierde,
tu tristeza pulula como el camino de hormigas de la cocina,
si al menos me compraras este reloj, te lo dejo por tres mil liras,
a mí ya me sobra el tiempo, vivo de prestado, ojalá de balde,
eres la reina de la gran ciudad, cómo evitarte a mi edad,
soledad, hermana de la desolación, alcahueta de la muerte bella,
con la coartada de la meditación, de tu sicario el pensamiento,
con la excusa de hacer inventario de la vida, del recuerdo,
me infiltras en el ánimo la humedad viscosa de la pena,
por tu culpa como un grillete el hastío se apodera de mis gestos,
se me estanca con bacterias de cieno en la boca del estómago,
viaja conmigo en un vagón desvencijado por las cloacas, en el subsuelo,
y como los grumos de un charco salpica de mis pasos enfermos,
déjame ir por hoy, estás vacía y podrida por dentro, pero me pesas
como si todos mis años me colgaran de la espalda,
en tu silencio oigo rumores de los preparativos de un viaje muy largo.









lunes, 26 de febrero de 2018

MISIÓN DE AUDACES




                  Resultado de imagen de the horse soldiers

Metílico sobre etílico, alcohol sobre alcohol,
vahos sobre el espejo y las botellas del bar, suspiros en el terciopelo,
alientos en los vidrios, vapores de recuerdos volatilizados,
espectros de seres queridos invocados por los agonizantes,
porque los delirantes no están borrachos sino heridos de muerte
en este hotel de New Station acondicionado como hospital de campaña
donde vendas se han hecho las banderas y gemidos los himnos,
donde como un recepcionista la muerte a cada herido reparte su llave,
donde como un botones Caronte acepta una moneda por cada bagaje,
en el ataúd de la barra el coronel Marlowe abre el bar y bebe y bebe y bebe
whisky de metralla madura y resplandores de fuego,
de centeno abonado por el sustrato de los recuerdos de los caídos,
un whisky en el que se destila su desesperación de constructor destructivo,
en un vaso donde hierve la tormenta, envenenado de la amargura
de tener que reventar el ferrocarril confederado él, un ferroviario,
bebe un whisky en el que se diluye la sangre que no quería derramar,
que no tendría que haber vertido en el polvo brillante de estandartes,
que no tendría que haber exprimido de la rosa de tantos cadáveres
si con la suicida osadía del Sur, con su dignidad temeraria, el manco Miles
por telégrafo no hubiera llamado al matadero al rebaño de rebeldes.
Bebe y bebe Marlowe, de aventurero nombre conradiano,
ha prohibido las canciones y las risas, los vítores y las fanfarronadas:
hay victorias que salen demasiado caras
y en el ambiente pesan la culpa y el dolor del vencedor.
¿Dónde estará su esposa en la que ahora piensa?
¿Por qué la recuerda ahora que la muerte ha ganado la carrera?
No es ella esta sureña con la piel de miel y el sol en el pelo,
con lava en los labios y los ojos como lagos de hielo.
Si ella no hubiera muerto hace veinte años
habría culpado al doctor Kendall, heredero de aquellos matasanos.
En el bar recién abierto del hotel de New Station
donde como un viajante bregado la muerte se ríe de los jóvenes,
donde como un enterrador el camarero reparte gotas de consuelo,
donde como una puta la gangrena se lleva a muchos al piso de arriba,
el coronel Marlowe bebe, bebe, bebe
whisky donde se concentran los crepúsculos de estos cinco días de marcha
desde La Grange a través de quinientos kilómetros de terreno enemigo,
después de huir adelante y de avanzar retrocediendo,
bebe sin saborear un whisky macerado en tiempos de paz y contento,
pero en el que se condensan las heridas y penalidades de esta guerra,
y en las olas del vaso observa el naufragio de su amor en el tiempo,
ve cómo se aleja a la deriva hacia el cadáver tendido del horizonte,
cómo se hunde joven y valiente por siempre, por nada desmentido.
Los raíles que sus hombres destruyen, la locomotora que descarrila,
lo saludan con tracas y salvas de despedida, explotan,
un colega clavó las vías y traviesas que ahora estallan,
se siente autodestructivo como un novelista quemando su novela.
¿Dónde está su esposa en la que piensa? Ya casi podría ser su hija:
al menos no envejece cincelada en el medallón del recuerdo.
Si ella no hubiera muerto hace veinte años
habría culpado al doctor Kendall, idéntico a los cirujanos
que inconcebiblemente la abrieron y rayaron el diamante de su cuerpo
con una pinza de cangrejo en busca de un tumor invisible.
No, ella no es esta rubia en cuyo silencio se hunde la lápida de su padre,
en cuyas lágrimas también navega el recuerdo de un hombre alto,
otra sombra que como la esposa de Marlowe
surca el espejo del bar de este hotel de New Station
donde paciente como una camarera la muerte hace la cama de cada cliente,
donde como una madame la septicemia cobra cada alivio por anticipado,
no, su esposa no es ella, pero si el odio lo cegara menos,
si no llamara a los médicos tahúres, jugadores con suertes y vidas ajenas,
quizá su aura de topacio, su luz de alba de primavera,
quizá su silencio de espejo, su cansancio, le habrían recordado a ella:
una como un rizo de humo y la otra encarnada, sus dos esposas en el tiempo
callan junto a Marlowe en esta barra parecida a un catafalco.








lunes, 5 de febrero de 2018

UN HOMBRE PARA LA ETERNIDAD



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Como si el verdugo ya me hubiera truncado el tronco,
como si el encapuchado ya me hubiera vendado la mañana,
como si con un tajo de destellos el leñador ya me hubiera talado la copa
y mi cabeza rodase vacía de leyes y cánones, silogismos y demostraciones,
como si ya hubiera muerto o aún no nacido, póstumo,
como si los míos vinieran y por otro me tomaran a mí, Thomas Moore,
como si en esa paja bajo tanto dicterio mi criterio fuera otro piojo,
me siento ahora que el carcelero me ha incautado la pluma y el infolio:
mentira o verdad, si no se escribe nada es real,
mi ciencia es opinión y mi conciencia tirita.
En la Torre mi conciencia era una valiente doncella, desnuda e indefensa,
mi conciencia era una virgen rebelde que no temblaba al frío de la espada,
mi conciencia era una pupila traicionada pero firme, cegada pero lúcida.
                 
Y si el rey Enrique no hubiera querido dispensarse de la dispensa,
si con la excusa farisea de que era viuda de su hermano, pues ya lo sabía,
no hubiera desterrado de sus sábanas de Holanda a Catalina
para con sus canciones arrullar el placer de Ana Bolena,
la dama cuyas pupilas, ágatas de gata, brillan a la sombra de la lujuria,
y si la gárgola de Gorgona de Wolsey con su aliento de fuego
no hubiera intentado fundir mi juicio de acero,
y si con sus infinitas cabezas de Hidra y mil ojos de Argos
la Medusa de la corona y el Leviatán del estado
no hubieran devorado los tratados de criterio contrario,
y si como a un abejorro de la cara no me hubiera espantado
el beso de Judas de Richard Rich,
si no hubiera sabido qué fugaces pasan los honores de la corte,
qué falaces son las sombras en los crepúsculos de Chelsea,
que las pompas y oropeles son reflejos en las aguas del Támesis,
cómo en la corriente se irisan la plata y la seda, la fama, el nombre,
si en Londres la vergüenza no hubiera pintado de rojo todas las ventanas
y el miedo no hubiera encalado las fachadas de los hipócritas,
si en la plaza con cepo no se hubieran humillado las lealtades
y las leyes no hubieran proscrito la conversaciones privadas, las amistades,
si a mi paso como cuervos las campanadas no hubieran doblado a muerto
y los adivinos y agoreros no se hubieran negado a leerme la mano,
si la ceniza de la desgracia no hubiera enfriado mi hogar
y no me hubieran acusado de ser quien no fui, corrupto y desleal,
si en un potro no me hubieran estirado el ingenio y contorsionado el genio
y en los muelles no me hubiesen compadecido los mendigos,
si entre los amigos no hubiera resonado mi campanilla de apestado,
mi silencio no habría resonado en Europa como un grito, un no rotundo,
que desde el Támesis cruza el continente como un jinete del Apocalipsis,
y en la utopía de este mundo por un instante no habrían triunfado
no el cetro de mi orgullo ni la púrpura de mi vanidad o mi empeño,
sino la coronada doncella de mi conciencia.

Como si ya me hubieran tronchado el tallo de la voluntad
y el cáliz de mi cabeza rodara como un clavel de pétalos rojos,
como si ya me hubieran segado el tallo de la verticalidad
y mi cabeza rodara hueca de razones y recuerdos, amores y decepciones,
como si ya estuviera en la tumba o aún en la placenta, ilegítimo,
me siento ahora que el carcelero me ha requisado la pluma y el infolio,
sin utopía, sin ese mundo paralelo en que mi familia sigue conmigo,
porque si no escribo ni leo estoy muerto, no he nacido,
me siento bajo el mármol y las rosas o en el útero,
y en la Torre la doncella de mi conciencia yace exánime pero aún intacta.


  

lunes, 22 de enero de 2018

LA NOVIA DE FRANKENSTEIN


               

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Fruto de mi amor por la muerte, Frankenstein,
las cruzadas tibias chasqueando bajo la risa de la calavera,
hijo de mis nupcias sobre la tabla del laboratorio como una lápida,
las tibias entrechocándose a ritmo de pianola de prostíbulo,
de tambores de patíbulo,
como un padre te di mi apellido, Frankenstein,
hijo del loco dios, del amo del rayo y del trueno que fui yo,
humano monstruo, demasiado humano:
Frankenstein, enemigo del fuego, eres horrendo y portentoso,
voraz y sensible, torpe y fatal,
pero también víctima, solitario y desolado,
necesitado del calor de la amistad, temeroso del frío de la soledad,
te concebí a imagen y semejanza del hombre,
engendrado por mis amores en un catafalco con la dama pálida de luto,
padre de nadie, eres el único hombre cuya madre es la muerte,
cuando ingresaba al laboratorio alguna joven bella y morena,
mis ayudantes la recibían con risas, ella me miraba y yo la reconocía:
era la muerte,
cuando una doncella era admitida en el servicio del palacio de mi padre,
los criados la saludaban, bruna y risueña me guiñaba y yo la reconocía,
cuando una prostituta nueva llegaba en el carro engalanado,
cuando una enfermera, cuando una viajera, cuando una posadera,
la muerte era la mujer que yo encontraba en todas las mujeres,
Frankenstein, encarnado por el polvo de los muertos,
eres un ejemplo de que la muerte es vida y la vida muerte.
                   
Pero sabes que reniego de ti, ya no te reconozco,
hijo bastardo, malnacido, maldecido,
te odio como un novelista a su auto destructivo alter ego,
eres hijo de mi pecado y pareces mi hermano, mi aliado,
ser de pesadilla,
ojalá no me hubiera atrevido a profanar como una tumba
los secretos de la vida,
ojalá te hubieran linchado, obra de mi osadía,
cuando en mi noche de bodas me creyeron muerto,
en mis nupcias con Elizabeth, no con la muerte,
quisiera que no existieras,
pero ya llegas con la jauría en tus pasos de tus sentimientos heridos,
con las órdenes de Pretorius en los troncos de tus brazos sonámbulos,
con la venganza que como la sed con un tornillo te ensarta la garganta,
con el castigo en tus ojos acusándome de haberte dado herencia de despojos,
ya llegas con la amenaza batiendo en el estrépito de tu sombra,
con tu exigencia desbordante de que te componga una semejante,
una novia que sea tu hermana incestuosa, otra hija de la muerte,
una novia a la que una tormenta desencadene la vida,
una novia fecundada por un relámpago que horade el vientre de una nube,
una novia con el corazón eléctrico y el cerebro palpitante,
una novia a la que un trueno le descerraje la primera palabra articulada,
una novia con el cuerpo de una muerta y el alma de la lluvia melancólica,
una novia que demuestre que la vida es muerte y la muerte vida.





lunes, 8 de enero de 2018

LA CHAQUETA METÁLICA


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John Arnold Hartman, Sargento de Artillería.
Cuerpo de Marines.
Isla de Perns, North Carolina.

Estimado Mayor Flesh: Sinceramente agradecido por su interés, le comunico que mi moral no se ha visto afectada por las insidias y asechanzas de nuestros enemigos internos, esos asesinos pacifistas; que mi ánimo y entusiasmo siguen encendidos como esta lámpara que con su resplandor de sangre y fuego como una llamarada o una antorcha del K.K.K. me ilumina la escritura, aquí recostado en mi lecho junto a mi bello y fulgurante fusil semejante a una puta anoréxica; y que mi confianza en la victoria sobre el Vietcong se mantiene tan firme como mi fe en Cristo, valores todos que usted me inculcó en la instrucción previa a Corea y que como una llama sagrada intento transmitirles a los zotes y zopencos de mis reclutas. Sí, ganaremos. Masacraremos al enemigo. Lo devastaremos. Lo aniquilaremos. Como usted decía, si la guerra es una puta los marines somos sus chulos. Mayor, cada vez que lo recuerdo en su época de sargento denigrándonos y degradándonos en las filas del patio, una gota como de amoníaco me abrasa de emoción el borde inferior del párpado derecho. Me siento su heredero; al fin y al cabo también estos cabrones son chinos y comunistas.
Sin embargo, usted no tuvo que afrontar la vil acusación de acoso a los subordinados que esos bribones de senadores demócratas me han lanzado como un torpedo, pero que no ha hecho sino redoblar la disciplina de hierro con que forjo a mis hombres. Y además han fallado el blanco. Porque fuentes del estado mayor me han vertido que de un momento a otro tal calumnia de esos rufianes que odian la guerra va a ser archivada. Reconozco que puedo ser duro, pero justo. Incurren en un error criminal al acusarme de traumatizar a mis soldados cuando lo que pretendo es todo lo contrario, armarlos moralmente, acorazarlos contra el futuro enemigo, y adiestrarlos como a mastines que husmeen el rojo de los comunistas como si fuera un rastro de sangre. Si no fuéramos implacables con ellos, sobre el Capitolio se abrirían un millón de paracaídas vietnamitas como setas venenosas, y entonces esos politicastros sí tendrían razones para quejarse de nosotros. Pero venceremos. Avasallaremos al enemigo. Lo trituraremos. Lo arrasaremos. Sustituiremos sus raciones de arroz por otras de napalm.
La cuestión de fondo de tan inicuas quejas es de orden generacional, sociológico. A estos bisoños les hemos regalado un bienestar que, si no los curtiéramos, serían incapaces de defender. Usted y yo no conocimos la marihuana, el rock, las palomitas de maíz. Entre nosotros no había maricones ni comunistas ni aficionados al baloncesto. Estos jóvenes entran al cuartel procedentes de una cancha de juego, de alguna fiesta del instituto, del convertible de papá donde han magreado a una amiga de su hermana. Ya no se emborrachan como es debido ni se van de putas como Dios manda. Mayor, cuando ingresé en los marines a sus órdenes, yo venía de las palizas de mi padre, de los insultos de mi madre, de la violencia del Bronx. Después de eso el fuego de los coreanos sonaba de artificio.
Por eso es intolerable que pretendan inculparme cuando me he limitado a entrenar a esos vagos, a motivar a esos pichaflojas, a enmendar a esos retorcidos, a enderezar a los pervertidos. Solo intento convertir en hombres a esas nenas. Digan lo que digan no es cierto que los vitupero con insultos racistas, homófobos o machistas, aunque reconozco que si me excito puedo llegar a ser grosero. Por Cristo que nunca he insultado a esos hijos de puta. Si los corrijo a base de flexiones y marchas, ayunos y guardias, es para ponerlos firmes, en forma. Si a veces cedo a mis naturales impulsos y eventualmente los vilipendio o vapuleo es por su bien. Nunca se me ha ocurrido humillar a esas sabandijas, ni los he torturado más que psicológicamente. Me limito a inculcar a esos mequetrefes la épica de cuartel, la aséptica lírica de este mundo de literas y taquillas, órdenes y garitas. Los domingos incluso les dejo una hora libre, siempre y cuando sea para asistir a la misa del capellán. Si a veces he hecho el sacrificio de significarme como detestable a sus ojos, ha sido para enseñarles a odiar, no porque disfrute atizándoles, como difama el pliego de acusaciones. Por no hablar de aquel psiquiatra chiflado que tuvo tiempo de achacar mi rigor a un trauma de la infancia antes de que empezara a sangrarle la nariz. Nunca he pegado a nadie, a no ser un papirotazo al que olvide llamarme señor, un puñetazo al que no se arrodille a tiempo, una bofetada a quien descuide el reglamento o una patada al que no le reluzcan las hebillas. Todo por mor de convertirlos en defensores del estilo americano de vida: ver partidos de béisbol en la tele con las botas de vaquero sobre la mesa, un Marlboro después del perrito caliente con la cerveza, psicópatas que disparan desde sus inviolables propiedades, los negros puteados, la gran bomba atómica.
Por lo demás, es cierto que no llamo a los reclutas por sus apellidos, sino por motes y remoquetes cariñosos; en el fondo aprecio a esos hijos de perra. Mi propio padre, cuando se emborrachaba, era más estricto conmigo que yo con ellos. Todavía me quedan cicatrices en la espalda. Usted, Mayor, me enseñó que un marine no solo ha de tener buena puntería, sino un corazón de pedernal. Me cisco en todas las comisiones de investigación que me preparen. Y todo porque a uno de los pocos casos perdidos que ni siquiera espabilan conmigo se le ocurrió tirarse por la ventana de un hospital del ejército. Casi todos estos chicos maduran. Estos días, por ejemplo, estoy notando los beneficios de mi tratamiento en un recluta al que llamo Patoso. Se trata de un gordinflón que al principio era un perfecto inútil, un vago y un inepto, incapaz de subir hasta la mitad de una escalera. Después de unos meses se está convirtiendo en un soldado respetable y ya no da grima verlo desfilar
Tengo que dejarle, Mayor, oigo voces procedentes de los aseos y he de averiguar qué está pasando. Esos gilipollas no me dejan ni escribirle en paz.
Con mis mejores deseos de recuperación, un afectuoso saludo de su más incondicional soldado.

P.D: Hasta dentro de dos meses no podré visitarle debido al cambio de horario para las visitas que en su última carta ha adjuntado algún amable empleado del pabellón psiquiátrico.