Suscríbete al blog por correo electrónico

lunes, 20 de mayo de 2019

En la garita (Relato)


                Resultado de imagen de jackson pollock

En la noche de guardia al soldado raso Carlos García le tocó Anselmo Grande de compañero.
                 -¿Qué hora será?
                 -… No sé, las doce pasadas –le respondió Anselmo a regañadientes.
                 -No puede ser –se iluminó el reloj con la linterna-. Las once y veinte. El tiempo no corre en las guardias.
                 El bulto de Anselmo se agitó en la penumbra. Tenían prohibido prender las luces para evitar que el enemigo o los contrabandistas los vieran desde el mar.
                 -Dios, qué pesadez. Una noche eterna –dijo Carlos mirando por la tronera. La luna abría en el mar un surco de plata. Las olas jadeaban entre el encaje fosforescente de espuma. El viento ladraba en los intervalos de silencio.
                 -Siempre me duermo en las guardias. Podríamos turnarnos para echar una cabezadita. No sé cómo te las vas a arreglar para montar cuarenta guardias seguidas. Ésta es la primera, ¿no?
                 -…
                 -Y puedes darte con un canto en los dientes de haberte librado de un consejo de guerra. Agredir a un superior no es ninguna broma… ¿Quieres café?
                 Carlos extendió el termo en la oscuridad ritmada por el oleaje y por la respiración agitada de Anselmo. La brasa encendida de su cigarrillo brillaba como una luciérnaga.
                 -¿No? Fumas demasiado. Todavía estás nervioso por lo que pasó… La vida es difícil en este puesto. Estoy deseando que me trasladen… Uf, qué frío –Carlos se arrebujó en su capote-. Esta humedad me cala los huesos… Se pasa uno el día obedeciendo órdenes y luego viene la noche de guardia. La incertidumbre sobre si alguien desembarcará. Tú por lo menos vas a tener contigo a tu mujer y a tu hijo. Qué bien, ¿no?
                 -Sí.
                 -Los echarás de menos. Es una suerte que vengan a instalarse aquí. ¿Cuándo llegan?
                 -…
                 -¿Qué te pasa? Estás muy callado esta noche. ¿Te ha comido la lengua el gato? No me extraña, este ambiente enloquece a cualquiera…
                 Carlos se desprendió de los correajes y dejó la pistola a un lado. Cerró los ojos y su respiración se ralentizó en la oscuridad. Se quedó adormilado hasta que un chasquido del movimiento de Anselmo lo espabiló.
                 -¿Adónde ibas?
                 -…
                 -Si querías ir a las letrinas me tendrías que haber avisado.
                 -No –la voz de Anselmo sonó seca, agarrotada, estrangulada, como si hablara con la boca llena.
                 -Está bien, Entiendo que te encuentres mal. Te han degradado y castigado con las guardias, pero es lo mínimo que te podía caer. ¿A quién se le ocurre atizarle al teniente Pérez? Y no es que no te entienda, en el campamento no hay ni un solo soldado que no esté a tu favor. ¿Qué te dijo para que reaccionaras así? ¿Hizo trampas al póker? Todo el mundo sabe que las hace, abusa de su estatus superior. Solo que hasta ahora nadie se había atrevido a rebelarse y cantarle las cuarenta. Supongo que te pilló en un mal momento y no pudiste soportarlo.
                 Un golpe procedente del exterior hizo que Carlos mirase por la tronera. Un pescador desembarcaba en la orilla. El temporal le impedía faenar. De la oscuridad rugiente del mar surgía la oscuridad de la noche, donde ardían estrellas heladas.
                 -El póker es el único entretenimiento que tenemos. Aquí la vida es dura. ¿Cómo entretienes el tiempo?
                 -…
                 Carlos tuvo la sensación de hablar solo. Anselmo se hallaba ausente.
                 -Se hacen difíciles incluso los permisos. El pueblo es pequeño y no ofrece diversiones. Llevo un tiempo divirtiéndome con una lugareña, es la única oportunidad de matar el tiempo. La chica va en serio, pero yo tengo novia. Cada semana tengo carta suya. ¿Qué harías tú en mi lugar? –el bulto de Anselmo se removió inquieto-. Ya sé que la fidelidad es importante para las parejas, pero…
                 La quietud ahogó las últimas palabras de Carlos, que volvió a quedarse dormido en su rincón. Soñó con una mujer que le daba un portazo que sonó como un disparo y él se quedaba afuera, desamparado. Y fue una detonación lo que le despertó. Un mal presagio le hizo abrir los ojos como platos.
                 -Anselmo, ¿dónde estás?
                 La soledad era un mal presentimiento. Se levantó y conducido por el mal pálpito salió de la garita en busca de su compañero. El olor a algas podridas intensificó su malestar. Como un fantasma apareció el pescador, que se le acercó con paso ominoso sobre la arena y le dijo:
                 -El cuerpo de su compañero está en la orilla. No lo he tocado.
            

lunes, 6 de mayo de 2019

LA MÚSICA AMBULANTE (Relato)


                Resultado de imagen de mark rothko obras

En la salita Carmen ensayaba la pieza de violín que debía aprender su hija. Se trataba de unas variaciones sobre Rule Britania. Después de varios intentos la melodía fluía clara y nítida de su arco. A las once se vistió para salir a comprar al mercado. Salió a la mañana serena y soleada y por el lado de la sombra se dirigió al centro de la ciudad. Por la acera los peatones evolucionaban alegres y elásticos. Le devolvió la sonrisa una niñera filipina, de la mano de una niña rozagante y sonrosada. El sol se ocultó tras la nave pirata de una nube. Tronó como un cañón, una marea de papelitos reptó por la calzada a silbidos del viento y olió a chamuscado. Le llamó la atención una melodía de violín procedente de un rincón. La música evocadora y nostálgica le transportó a un mundo puro y transparente. En la esquina una música callejera tañía su violín. Una boina vacía de monedas yacía en la acera. La gente pasaba de largo sin fijarse en las frases musicales tocadas por la artista. Era el tema principal del concierto de Max Bruck. Cuando Carmen le atisbó la cara, una astilla de hielo se le clavó en el corazón. Le resultaron conocidos los ojos verdes que le comían la cara, la nariz respingona, la boca jugosa y llena que temblaba con vida propia. Se reconoció a sí misma en tales rasgos, una doble perfecta tocaba el violín en la esquina, y salió despavorida de allí. Levantó la mirada y no identificó la calle tumultuosa y en cuesta donde se hallaba, había equivocado su camino al mercado. Al cruzarla provocó el pitido de un claxon. Dejó atrás a una pareja de turistas con los pantalones cortos, volvió la cabeza, y al reconocer a la artista callejera siguiéndole casi atropelló al adolescente en camiseta que le precedía. Herida de pánico echó a correr. Los latidos del corazón le ensordecían sus pasos. Estaba segura de que si la violinista, su doble, la alcanzaba, caería víctima de un infarto masivo. Sí, si su doble la atrapaba y se fundía con ella como un reflejo en el espejo, moriría. Se ahogaba. Adelantó a una pareja de ancianos y vio a su doble precipitarse tras ella calle arriba. La melodía que le había oído tocar le repercutía en el oído, en su cerebro, pertinazmente. Reconoció el portal del mercado y entró entre el gentío, esperando darle esquinazo. Por fin respiró.
                 Hizo dos colas, en la verdura y en la fruta, y otra en el pescado. Cuando salió vio a la violinista aguardándola en la otra acera y una garra de hielo le apretó el corazón. Echó a correr, con la bolsa golpeándole en las pantorrillas. Jadeante, dejaba atrás a los peatones. Un rayo iluminó las sombras de la mañana. Contra el viento, se dirigió a una cafetería que tenía salida trasera. El trueno hizo retemblar los adoquines de la calle, pero no llovía. Seca y estruendosa, la mañana ladraba como un perro sediento. Carmen llegó a la cafetería, entró, dejó atrás la concurrida barra y salió por la puerta de atrás. Sin aliento, sintiendo el corazón como un reloj dislocado, galopó por la calle. Reconoció las casitas con flores en los balcones de su barrio. Volvió la cabeza y vio a una pareja abrazada junto a una farola, la sonrisa bobalicona de un joven rollizo y el tic en la mejilla de un canoso con gafas, sin rastro de la música ambulante. Se dirigió a casa, tranquilizada y segura de haberla despistado. Alcanzó el portal sin novedad y subió a su piso. Después de embocar la cerradura con problemas, apoyó la espalda en la puerta cerrada. Respiró hondo. Se sintió a salvo.
                 Recobrada, se puso a limpiar los boquerones, los enharinó y encendió el fogón para freírlos. Sobre el chisporroteo de la sartén un timbrazo rasgó el silencio. Era la hora de la llegada de su hija. Fue abrir y en el vano de la puerta se recortó la figura no muy alta pero aguda de la violinista. El horror la dejó como una estatua, sin reaccionar. La música se llevó la mano al corazón y cayó exánime en sus brazos. Su violín cayó al suelo y el arco le acarició los pies. Ella abrazó el cuerpo y lo llevó al sofá. Estaba pálida y rígida. La tendió y no le encontró el aleteo de ningún latido en el corazón.
            Le quitó la boina y se la caló en la cabeza. Como un autómata Carmen se dirigió a la puerta y cogió el violín y el arco. Cerró y se encaminó a la calle. A paso ligero y ciego fue a la esquina de la artista callejera. Depositó la boina en el suelo y se puso a tañer el tema principal del concierto de Max Bruck. Las primeras gotas pusieron en fuga a los peatones. De su arco fluía la melodía pura e hiriente, nostálgica y maravillosa, que tanto le martilleara en la cabeza. Un hombre de mediana edad dejó una moneda en la boina. La lluvia redobló pero la música triunfaba sobre los chapoteos. Un nutrido grupo se empapaba oyendo la música viva y prodigiosa. Las monedas llenaron la boina.

lunes, 29 de abril de 2019

EL ASEDIO: Final.



                   Resultado de imagen de goya pinturas

-A partir de ahora todo irá bien. Cambiaremos, yo la primera. También fue culpa mía. He cancelado el contrato con la productora, me centraré en las series. A propósito, la próxima adaptación será Grandes Esperanzas. Y se acabaron los actos y los bolos, tendremos los fines de semana para nosotros solos.
En el ambiente puro y límpido, aséptico, en aquel selecto silencio Ángela modulaba con la claridad cristalina de sus diáfanos personajes. Sus palabras tintineaban con ecos argénteos, reverberaban como plata recién pulida, la plata de unos candelabros bruñidos sobre los que titilaran llamas puras. Me incliné a servirle el champán del cubo cromado y al reincorporarme me noté más cerca de Ángela, como si la silla hubiera querido aproximarme ahora me acogía la misma luz que a ella, el resplandor lila de aquella lámpara con una diminuta pirámide por pantalla, ya residía en la misma luz que ella, brillábamos en una onda cálida, discreta, lujosa. Nos alojaba la misma mesa de nuestro primer encuentro, espontáneo o tácito, quince meses antes. Para nosotros la cafetería del Excelsior representaba lo delirante que resulta reflejar la realidad en la ficción. Primero había sido el escenario del final de mi segunda novela; nos habíamos inspirado en esa escena para, de vuelta a la realidad, encontrarnos allí después del rodaje de Rojo y Negro; había reflejado todo eso en el espejo fiel de este mismo escrito autobiográfico; y ahora nos reconciliábamos en aquella especie de museo de nuestro amor. Como si los camareros hubieran instalado en las paredes estucadas sendos espejos paralelos, la realidad y la ficción multiplicaban nuestras imágenes al infinito. Puede que a ello se debiera la teatralidad del ambiente. La irrealidad había infectado el local. ¿Tengo o no razón en alejarme de la literatura? Y eso no era todo.
He de confesar que si intenté atribuir a la luz de aquella lámpara piramidal tanta magia, si la sublimé con tanta poesía y, como si de un efecto luminotécnico de dicha escenografía se tratara, al situarnos a ambos ardiendo a su íntimo resplandor, la constituí en metáfora de nuestro amor, fue para que nuestra reconciliación dejara de parecerme una parodia de aquel sueño en que ella y yo nos reencontrábamos en la penumbra de un afterhour. Aunque entre nosotros ha fraguado una compacta unión, he de reconocer que ésta carece de la armonía sin palabras, de la honda comprensión que en el sueño fluía entre los dos, de aquella muda y nuda emoción. Es frustrante que la cotidianidad de la vigilia palidezca ante el fulgor de una fantasmagoría, ante el fantasma de aquella serena pasión, ante una fantasía onírica. ¿Tengo o no razón en alegrarme de haber dejado de soñar?
En la cita real apenas paramos de hablar. En lo único que se pareció al sueño fue en las miradas oblicuas de los clientes y empleados, en su insistencia en observarnos de soslayo. Y sí, también parecían actores secundarios que sostenían sus presuntas conversaciones en voz baja. Por serlo, también el acompañante de la actriz famosa merecía curiosidad. Me imagino que los viandantes a través de la cristalera admirarían a aquella embelesada pareja locuaz, la reconocieran o no a ella, quedarían prendados de la complicidad de aquellos dos tan cercanos entre sí, cálidos al crepúsculo privado, particular, de la luz que irradiaba la lámpara, una luz que en gradación espectral había pasado del ambarino, como si la tonalidad del champán se hubiera trasvasado a la atmósfera, al violeta, pero basta de esto porque ya estoy volviendo a exaltarlo todo. Es difícil curarse de la exuberancia de la literatura, en el momento más inoportuno vuelve a declararse como esas recurrentes fiebres tropicales.
No puedo quejarme de la actitud de Ángela. Lúcida y generosa, alegre y brillante en su traje de noche (no puedo evitar decir que su luz propia refluía de la lámpara, retroalimentándola), en ningún momento me echó en cara el secuestro sufrido a lo largo de veinticuatro horas por mi culpa. Por lo demás, era evidente que solo había querido reconducir mi conducta y, con la colaboración de mi madre y los demás, darme una lección por mis furtivas escapadas al garito de Malatesta y mis coqueteos con el alcohol, la fortuna, y con aquellas damas cuyos acercamientos e insinuaciones, rozamientos e incitaciones, me hubieran procurado la segunda. Ángela me había descubierto; no se volatiliza fácilmente el perfume del vicio.
-Cariño, no tenía otra salida. Habrías seguido engañándome. Y todos entendieron que para ti era lo mejor. Si te abandonaba, empezarías a valorar lo que habías perdido. Tenía que hacerte recapacitar… Y yo no podía reivindicarme de otra manera… Ahora empezaremos de cero.  
De mis restantes desventuras eran culpables la cuota de esquizofrenia y paranoia connatural a todo novelista, la desmesura de mi imaginación, tan proclive a alimentar mitos negativos, a cebar bestias negras, o las perversas casualidades, como la coincidencia de que Malatesta, el rey de la prostitución y el juego, empezara al mismo tiempo a intimidarme para cobrar su deuda. También por mala suerte me topé con el Gordo la noche de botellón que para molestar a Ángela concerté una cita con aquella profesional. El esbirro de Malatesta bajaba de cobrarle el porcentaje semanal en pago de protección. Todo se ventiló en el proceso abierto contra la mafia después de las detenciones posteriores al tiroteo de la calle Olmo. También se supo que la tal Candy, la cajera del minimercado del pueblo, estaba en nómina de Malatesta. El malogrado sicario de las muletas solo aparentó perderme en mi fuga al pueblo; debió reconocerme cuando pasó de largo mientras hacía autostop y me siguió la pista. El canijo contactó con aquella provocativa rubia recién contratada por el bueno de Salus. Ni que decir tiene que los más serios ataques, los atentados contra mi integridad física, no habían sido obra de Ángela, sino de Malatesta, interesado, más que en el montante de mi deuda, en que se supiese que nadie dejaba impunemente de pagarle. Tenía demasiado dinero circulando para permitirlo.
Por lo demás, los golpes de Ángela manifestaban su fina inteligencia, eran ambivalentes, lograban aunar la afrenta con otros fines, nadie sino ella hubiera podido conjugar el agravio y el beneficio. Por ejemplo, con el bloqueo de mi receta electrónica había logrado dejar de tomar ansiolíticos y me libré de los subsiguientes efectos secundarios. Y hablando de eso, tengo que decir que a partir de entonces nuestra vida sexual ha sido plenamente satisfactoria. Habría sospechado que el ardor de Juan Eduardo Galán le hubiera derretido la frigidez de no haberse referido a él con ocasión de comentar el apoteósico éxito de El Centro del Vacío. La publicación de mi novela había sido otro ejemplo de golpe bienintencionado:
-No sabes lo que me costó convencer a Luis de que la publicara. Y ahora no para de hacerme ofertas para que lo asesore… Era mi regalo de aniversario, hasta que unos días antes empecé a sospechar de tus retrasos. Por si no estabas de acuerdo o resultaba un fracaso, se me ocurrió publicártela bajo un pseudónimo, o más bien heterónimo, Louise Cristal. Si te parece, aún tardaremos en desvelar el nombre del autor, te solicitarían cientos de entrevistas y hemos quedado en que ahora no queremos que nos molesten.
Mudo de vergüenza, patidifuso y patiabierto, mi espalda se deslizó por el respaldo de cuero y tomándolo por una incitación bajo la mesa su pie empezó a explorar la cara interior de mi muslo izquierdo.
-Hasta Juan Eduardo está envidioso de las ventas. No deja de preguntar por ti, quiere saber qué opinas de la novela, será para hacerse una idea, seguro que no ha pasado de la primera página. He coincidido un par de veces con él. Parece que lo vamos a tener de vecino, ha venido a ver varias veces el piso de abajo. Me comentó que estaba buscando algo por el barrio y le avisé que el quinto se alquila. La generala se va a una residencia. Al final se va a establecer aquí, viene su chica de México y no quiere saber nada de hoteles. Van a tener gemelos.
Apenas fuimos vecinos varias semanas. Ángela y yo nos mudamos pronto al palacete que inesperadamente se puso en venta muy cerca, en una paralela a Duende, por un derrochador heredero. Después de negociar un buen contrato por la adaptación de Grandes Esperanzas y de que yo volviera al periódico como redactor jefe, pudimos asumir el razonable precio. Es un lujo disfrutar de tanta amplitud sin renunciar al barrio. Me he aficionado a los pasteles de la repostería de Duende y cada domingo la visito… Soy consciente de lo anticlimático de este final, adelantándome en el tiempo con estas alusiones al futuro no hago más que distanciarme de nuestra reconciliación en el Excelsior. Lo único que quiero es desembarazarme cuanto antes de esta historia, aunque sea mezclando y atropellando todo. Al final de El Gatopardo también Lampedusa desmitifica a sus personajes anticipándonos el infausto destino que aguardaba a cada uno, pero la diferencia es que a Ángela y a mí nos ha ido moderadamente bien.
-Creí que Galán era soltero –logré articular, incorporándome al paso del camarero. El inquieto animalejo dejó de frotarse con mi entrepierna.
-También yo –bajó la vista-. Tal y como se comportaba en las fiestas… Hasta hace poco ella no ha venido del D.F.
Le pitó el teléfono, ese objeto crucial en esta historia, casi el tercer protagonista de la misma. Mi verdadero enemigo, y no Galán. Eso sin contarme a mí mismo, al Felipe que yo era.
-Es papá, quería pasarse a tomar algo…
Después de todo ni siquiera por curiosidad interrogué a Ángela sobre la naturaleza de sus portentosos medios de vigilancia. Solo me quedó más o menos claro que sería un sofisticado instrumento de alta tecnología, vía satélite, usado por la policía, y desde luego suministrado por su padre. Hoy día me resulta indiferente si su ojo insomne sigue enfocándome. No tengo nada que ocultarle. Me resulta incomprensible mi beligerancia de antaño, lo irritable que era mi prurito de orgullo. Ángela tampoco se ha referido al tema. Es posible que ella también me permitiera conocer el alcance de su espionaje para que cuando nos reconciliáramos, al saberme espiado, yo me abstuviera de hacer nada inconveniente, de suerte que dicho statu quo obrara como disuasión de la infidelidad. En esta coyuntura, el Felipe de antaño se hubiera apresurado a engañarla para comprobar si ella seguía espiando; por un lado sería el único modo de confirmarlo y por otro así le demostraría que el sistema contenía en sí mismo el germen de su destrucción. Sin embargo, me parece bien que me controle si así está más tranquila. Respecto a ella, nunca me ha dado motivos de celos, salvo con ese mariachi descerebrado. Su tono al referirse al matrimonio de Juan Eduardo Galán me hizo sospechar que durante mi ausencia algo debió pasar entre ellos. Así se vengaría de mis infidelidades, incluyendo la de Victoria, aquella rubia fatal con quien por supuesto no estaba conchabada.
-… dice que no va a poder, que lo disculpemos… Llevaba tiempo con ganas de que esto terminara y poder darte un buen apretón de manos. Si te parece bien voy a invitarlo el domingo a comer.
Quizá por el susto de volver a encontrarme con el quebrantahuesos me apeteció fumar. Volver a dejarlo ha sido mucho más fácil que la primera vez.
-Ah, otra que te ha echado de menos es Lía. Los primeros días los pasó maullando y se subía por las paredes.
El riguroso anciano de la mesa de al lado siguió el movimiento del pie de Ángela y tras dar un codazo a su estirada pareja ambos se despepitaron de risa.
-Pues verás… le traigo un compañero. Otro perro, lo he dejado en casa de mi madre.
-¡No me digas! A ver cómo se lo toma Lía… Espero que bien.
-¿Crees que podrán convivir?
-¿Por qué no?
-Me temo que Viento odia a los gatos.
-También él tendrá que poner de su parte, claro. ¿Por qué no lo has traído?
-Aquí no admiten perros.
-En las habitaciones sí.
Al final Viento se quedó en casa de mamá. También él ha cambiado, ya no ladra tanto. Ha engordado mucho y tiene una mirada plácida, satisfecha.
Se ha convertido en un perro faldero.


domingo, 28 de abril de 2019

EL ASEDIO: Reencuentro.



                Resultado de imagen de ingres obras

-Ojalá nada de esto hubiera sucedido.
-Si no te vas con la rubia, nada habría pasado.
-Si no me hubieras espiado nada habría pasado.
-Claro, me habrías seguido engañando como si no pasara nada.
-Estás equivocada. Sospechaba que me espiabas y me fui con ella para darte una lección. Sabía que estabas conchabada con Victoria.
-Mentiroso.
-¿No se suponía que me estabas poniendo a prueba?
-No me hacía falta probar nada. Me habías engañado con otras, tú que al principio tanto presumías de fidelidad. Con lo de Victoria solo quería que supieras que yo lo sabía. Así comprenderías el motivo de todo lo que empezó a pasarte al día siguiente.
-Has sido un poco dura.
-¿Habrías preferido que me olvidara de ti?
-Ha sido un desastre. Mi consuelo es que al menos he escrito una novela. Sin todo esto, no habría existido.
-Habrías escrito otra cosa.
-Puede. O tal vez no, tal vez habría sido feliz. Contigo.
La realidad de nuestro reencuentro divergió de lo transcrito hasta ahora. Adelantándome a los hechos, había pergeñado la escena en los últimos insomnios, cuando aún era dudoso que fuéramos a reconciliarnos o que sobreviviera al secuestro. En lo único que acertaron mis previsiones fue en la explicación del caso Victoria. Debería eliminar este pasaje como también tendría que reestructurar y corregir el material restante, pero ya he dicho que mi interés por la obra se ha volatilizado. Al final, aunque por motivos opuestos, ha resultado demasiado cierto mi propósito original de no revisar nada. Ángela me convenció de que la novela no valía la pena. Y ya he dicho que he perdido el gusto por la ficción, y aunque la novela no es tal por reproducir fidedignamente la realidad (a excepción del previo diálogo), no me apetece recordar aquella época. Quiero enterrar aquellos fatídicos meses en el olvido. Mis futuros exégetas se quebrarán la cabeza cuando encuentren estas páginas, polvorientas, amarillentas, al fondo de un cajón. No darán crédito a este final tan desaliñado. También se preguntarán por qué no he escrito más. En las nuevas ediciones de Bartleby y Compañía Vila Matas me incluirá como increíble caso de escritor grafómano que pasó a ágrafo. Pues bien, aquí consigno el motivo de no haber vuelto a escribir: soy feliz, feliz o al menos me siento satisfecho de la vida. Sí, a los más sagaces de mis críticos del futuro confirmo que mi última intervención en la conversación imaginaria es una interpolación actual, acabo de añadirla; el Felipe del presente no ha podido resistir imponerse al Felipe del pasado, aquel trasnochado nunca habría preferido ser feliz antes que escribir una buena novela. En buena parte he cimentado mi nuevo equilibrio en los consejos del Doctor García García. Al final superé mis prejuicios contra los psiquiatras. Puede que su tratamiento me ralentizara un poco el discernimiento, pero había que esterilizar toda la negatividad de mi mente, lograr que mi pensamiento fuera inocuo. Joseph Roth (el tercer Roth de los que me gustaban) presumía de ser lúcido y maligno: no quería acabar como él. Ahora, presumo de once horas diarias de sueño sin sueños y de haber encontrado el centro de mí mismo. Para escribir novelas hay que salir de sí mismo, convertirse en otros; definitivamente, la escritura es cuestión de excéntricos. Intentaré acabar estas páginas cuanto antes, garabatearé el final. Ah, también acerté el escenario del reencuentro, era fácil suponer que sería en la cafetería del Excelsior.
                       

sábado, 27 de abril de 2019

EL ASEDIO: La liberación.

   Resultado de imagen de rembrandt obras

A partir de mediodía un hematoma fue extendiéndose por el cielo. Los hados habían golpeado duro la tarde con sus guantes negros. El destino sobrevoló la ciudad en el vientre grávido de las nubes lóbregas, tumefactas, un vientre de bombarderos. A media tarde descargaron lo que resultó una rociada de amenaza, un pus estrujado de aquellos tumores cárdenos del cielo.
La calle Olmo es, o fue hasta entonces, recoleta y perezosa. Se encuentra flanqueada como viejos ujieres por olmos que custodian unifamiliares de ladrillo, enredadas en el sueño de la hiedra, y pulidos portales de edificios más recientes, ya resquebrajados de grietas. Grietas que reproducen las arrugas de sus inquilinos; el tiempo galopa allí donde nunca pasa nada. Galopa o se estanca, según el caso o la clase; también el tiempo es clasista o snob y se cuida de respetar a la nobleza. Porque las altas verjas de varias mansiones venerables parecen haberlo aprisionado tras sus filigranas de hierro colado. La farmacia de la última esquina podría elaborar recetas de inmortalidad. Las corrientes barren el presente de la calle, Olmo es un reducto de ancianos y niños, abuelos y nietos en sus paseos juguetones conjurados contra los adultos. Contraviniendo las órdenes del detective sin nombre, me presenté en la esquina de la farmacia para asistir a la liberación de Ángela. Gracias a Viento ofrecía la familiar estampa de un vecino que ha bajado a pasear el perro. Para relajarme, lo había recogido de casa de mi madre con la mala conciencia de un padre divorciado que aprovecha el horario de visita a su hijo para llevárselo un rato a la calle. En efecto, el intercambio de saludos con mamá fue tan protocolario como con la hipotética madre. Quizá el filo de su acerada mirada me imbuyó de los culposos nervios que me obligaron a acudir a Olmo. Era mía la responsabilidad de que Ángela se encontrara en aquella tesitura y hasta que no recobrase la libertad no podría respirar.
Había escampado. Lejos de lavar la calle y hacerla rebrillar con destellos de charol, aquella lluvia lo había percudido todo con la torpeza de un pintor chapucero. Una horda de vándalos parecían haber ensuciado las carrocerías y el mobiliario urbano, en los charcos temblaban ondas mercuriales, las fachadas rezumaban lágrimas negras.
A mi llegada, diez minutos antes de la hora, las ocho, el monovolumen negro ya estaba estacionado en doble fila a las puertas de El Retiro, el pub fijado. Supuse que el flaco de las muletas estaría al volante y el rocambolesco ogro detrás, vigilando a Ángela. Resollando en un chándal azulón pasó al trote una pelirroja de mediana edad, al llegar a la altura del monovolumen miró al interior y prosiguió su carrera hasta perderse entre los escasos viandantes. Me devoraban un miedo y una ansiedad insaciables. En cuclillas, acaricié el lomo del perro para tranquilizarme al tacto de su piel de terciopelo. Crispado, se puso a rugir y ladró un par de veces; fui yo quien le contagió mi tensión. No lejos, con su cepillo de cerdas rígidas un espigado barrendero reunía junto al carrito un túmulo de porquería. Me hicieron sospechar de él su impericia y el hecho de que vistiera un mono fosforito demasiado estrecho, quizá el culpable de su torpeza al incomodarle los movimientos. En todo caso me dio que pensar que no fuera su talla. Un chino alto y de cazadora negra tachonada de clavos acarreaba entre tintineos y zumbidos cajas de botellas desde una furgoneta al interior del pub. Otros dos orientales limpiaban con rodillos el escaparate. Todo hacía indicar que el local no estaba abierto a hora tan tardía. Lo cual, junto al rumor de que la mafia china colaboraba con Malatesta, me hizo sospechar que no era casual haber establecido El Retiro como lugar de la cita. En tal caso posiblemente retenían a Ángela en el interior del local.
Esporádicos vecinos arrastraban su aburrimiento como si tirasen de un perro enfermo o lo guardaban en carritos de la compra que portaban  con la actitud de indiferentes jugadores de golf. El tránsito rodado era anecdótico. Un enérgico ciego cruzó en diagonal en mi dirección, repiqueteando con un bastón eterno. A media calle reconocí su mandíbula de bulldog y la nariz aplastada. Era el padre de Ángela. Viento tensó la cadena con una batahola de ladridos. Cuando a la altura de una agencia de viajes se detuvo a valorar la amenaza de las nubes en el ceñudo cielo y después, como contrapunto, los soleados paisajes de playas tropicales inscritos en las ofertas del escaparate, los presentes, curiosamente pendientes de él, se mostraron suspicaces de aquel ciego avizorante y descuidaron, si cabe, sus labores. El barrendero dispersó por la calzada un aluvión de inmundicias. Los diminutos limpiadores guarreaban a tientas el escaparate. Una caja de botellas estalló en la acera, caída de las manos del que descargaba la furgoneta. Del interior del pub surgió una chaqueta amarillo limón ornada por series alternas de elefantes y topos pardos. Al otro lado de la calle, el inefable ogro se cogió los mazos de las manos en la espalda y empató con el falso ciego en la contemplación del cielo enmarañado. El policía intentó reparar su error despojándose de las gafas y ensayando volatines con un bastón que intentó hacer pasar por signo de distinción. Vigilaba al otro a través del escaparate. El bastón era demasiado largo para aquellos ejercicios e impactó contra el escaparate. Y en éstas, irrumpió con retraso calculado mi aliado, informe, borroso, casi algodonoso, derramado, desparramado en un traje de raya diplomática, provisto de un maletín de piel y un ramo de rosas rojas que parecía emitir una melodía de violín. El aceitado del cabello y el instantáneo bronceado confirmaban que emulando a su maestro había adoptado un disfraz, de galán potentado o yuppie enamorado. Pero su característica blandura, más que hacerlo adaptable o proteico, lo reducía a masa, mera posibilidad o potencia de convertirse en otro. Parecía imposible que su carne de plastilina, pura curva, se enderezase en ángulos o líneas. Al pasar a mi lado arrugó el rictus, a punto estuvo de patear a Viento, que le husmeó los zapatos italianos. El enfado por el desacato de sus órdenes hizo que momentáneamente sus carnes refluyeran y se contuvieran tras el dique de sus perfiles. Luego volvieron a desbordarse las aguas de su aparente abulia. Su ventaja radicaba en que parecía imposible que encauzara aquella inercia, que con un impulso pudiera canalizar sus fuerzas dispersas, su visible desgana, en una corriente de acción y voluntad que los arrastrara a todos y precipitara los acontecimientos. Pese a su aparente inocuidad, el gigante desvió su atención del policía para centrarse en él. Puso los brazos en jarra, ignoro si sospechó de él, si lo identificó como el vengativo sucesor de su víctima, el hombre de las mil caras, o como el contacto de la transacción. El maletín lo señalaba como tal. Al fin y al cabo solo me habían prohibido contactar con la policía; nada más natural que en la tesitura de liberar a Ángela hubiera yo recabado la ayuda de los detectives que aunque para otros fines ella misma se había agenciado. Lo cierto es que quizá como señal, no sé si de alarma, castañeteó los dedos. El barrendero se abrazó a la escoba como a una exhausta pareja de baile. El de las cajas se olvidó de soltar una de ellas. Los del escaparate parecieron advertir que lo estaban percudiendo. Por lo demás, el presunto galán se había detenido, como dudando cuál sería el portal de su última conquista y procurando orientarse por las terrazas y ventanas. Lo admiraba una anciana encorvada en un impermeable albo, que aguardaba a que su caniche dejara de olisquear el tronco de un olmo. Tal vez al chucho se debiera el nerviosismo de Viento, si no a la electricidad del ambiente. Sopló una corriente de silencio espeso, ondulado, polvoriento. Alguien sacudía una alfombra o una manta desde un balcón alto. Se acercaba un lento taxi cuyo paso pareció remolcar las postrimerías de la tarde, los últimos restos de la paciencia de aquellos hombres de acción. Supuse que el taxista estaría mirando los números hasta que se detuvo a una señal del falso ciego. Éste, además, hablaba por teléfono. Hubiera merecido más atención del chaquetas, obsesionado con el donjuán de pega. El cual dejó caer el ramo en una papelera –ya bastaba de paripés- para acunar el maletín significando que era mi enviado y que venía a efectuar el pago. ¿Dónde tendrían a Ángela? ¿Detrás del ventanal del pub o de las ventanas traseras del monovolumen? El mastodonte asintió y mi cómplice se acercó a él y le tendió el maletín. El recipiendario se dispuso a contar hojas de periódico. Presenciaban sus manipulaciones el descargador de cajas en un receso, los limpiadores a través del reflejo en el escaparate, y el barrendero de reojo. A todo esto, el taxista se había alejado sin llegar a un acuerdo con el ciego, y ante los apremios de su dueña el caniche se decidió a levantar la patita sobre el tronco. Devorado por la incertidumbre, clavado en la esquina como una señal de tráfico, estuve a punto de proferir un grito que desatara de una vez los acontecimientos. La pelirroja del chándal volvió a pasar, cumplida otra vuelta a su estadio imaginario; no dejaba de ser una actitud sospechosa. El falso ciego extrajo del bolsillo un pañuelo morado que flameó al viento como si fuera la señal de salida de una regata, y procedió a anudárselo al cuello.
Sobre la calle empezaron a diluviar regueros de detonaciones, desde varias ventanas de un tercero se precipitó una catarata de disparos, cayó una mortífera cortina de balas que impactaban sobre los autos, la acera y los gritos de los caídos. Salvo la petrificada anciana, todos se confundieron en un pánico de alarma y desesperación. El caniche olisqueaba el mono ensangrentado del barrendero, tendido en la acera. La pelirroja reemprendió la marcha sobre sus pasos, en sentido contrario, y también practicó el salto de longitud sobre el cuerpo de uno de los limpiadores. Se abrió la puerta del chófer del monovolumen, cayó la muleta y la siguió su dueño, el flaco, derribado como un bolo. Bajo la carrocería desaparecieron los mocasines del donjuán, mi cómplice, que reptaba para ponerse a cubierto de los impactos. Guiada por quien la descargara, el chino de la cazadora, la furgoneta maniobró hasta salir a la calzada y se detuvo unos metros más adelante. Debía estar blindada, los disparos rebotaban contra su disimulada coraza. De alguna parte surgió el segundo limpiador, que en su carrera hacia la furgoneta utilizó a la anciana de escudo, y solo entonces dejaron de acribillar la calle. Saltó al puesto de copiloto, ella cayó de bruces y partió la furgoneta bajo una renovada tormenta de balas. La siguió un buen trecho el caniche ladrando rabioso.
Antes de escabullirme vi salir del pub a tres desconocidos y a la mole de la chaqueta, todos rendidos, con los brazos en alto, y a Ángela abrazada a su padre.

viernes, 26 de abril de 2019

EL ASEDIO: El aliado.


       Resultado de imagen de delacroix obras

-Hablemos aquí adentro. Hay que impedir que la gentuza de Malatesta sepa que tienes ayuda.
Enrarecía el ambiente del portal una rancia penumbra de visillos ribeteados de encaje, cretona, gutapercha y vidrios esmerilados, como si filtrándose a través de las rendijas de cada puerta la atmósfera de los pisos se hubiera concentrado en el zaguán. Sobre estratos de calor acumulado por falta de ventilación, sustanciosos aromas de inmemoriales cocidos y rastros retestinados de tabaco barato, mi inesperado cómplice destilaba una esencia inspiradora de arrojo y excitación, un impulso indomeñable, la promesa de una intriga, el perfume de la aventura. Pero de aquella energía también trascendía el pasado. Llegué a creerme en la platea de un cine de la infancia o entre el público de un circo, para un niño de clase media –el hipotético inquilino de aquel edificio- estímulos evocadores de un mundo de acción. En todo caso, una puesta en escena más convincente que un juego, una travesura o una ensoñación basada en Salgari o Walter Scott. Ahora la penumbra desbordaba de expectación, olor de palomitas de maíz, risas nerviosas.
Estalló una luz estrepitosa cuyas esquirlas se me clavaron en los ojos. Ahora sí me cegaba el agotamiento del insomnio. Los pesados y gruesos párpados de mi interlocutor también me contagiaban somnolencia.
-Puede llamarme como quiera, total, cambio de nombre como de camisa. Que conste que voy a ayudarle por obligación y por devoción, por devoción a mi maestro. Para vengarlo. Voy a cargarme al Gordo y al Flaco, es como si ya estuvieran muertos, ellos o yo, así de fácil. La obligación consiste en liberar a mi patrona, Ángela Mayo, la que nos contrató para librarle de esos asesinos, los verdugos de mi maestro. Su nombre sí se lo voy a decir, pasará a la historia como el mejor detective de este país, el primero que incorporó las artes interpretativas al oficio: Guillermo Oliver. Olivier debería llamarse, como sir Lawrence. Para mí es un honor sucederlo como tu ángel de la guarda.
Pronto se apagaron las tres barras fluorescentes del portal. La oscuridad volvió a recordarme los viejos cines y aquel joven a representar el circo. Aunque ahora, más que la aventura o la ilusión, se me evidenciaban el aburrimiento de los taquilleros, la sorda tristeza de los payasos, el sudor trashumante de los feriantes, el cansancio de los acomodadores. La linterna de uno de éstos volvió a deslumbrarme. El discípulo del hombre de las mil caras había vuelto a encender la luz.
-Sí, su chica contrató a mi maestro para que le cuidara cuando vio que le seguían esos dos matones. Lo pasó fatal la primera vez que a través de su maquinita los vio atacarle y recurrió a él. Se llevó un buen susto, creyó presenciar su asesinato en directo, como si lo viera por la tele pero sin tiempo de hacer nada. Luego lo mandó a traerle de vuelta del pueblo. Le encontró allí por indicación de su madre, suponía que se habría escondido en la casona. Desde entonces le ha perdido la pista… ¿Cuánto le han pedido de rescate?
-Dieciocho mil. Lo mismo que les debía. La verdad es que no han aumentado con intereses ni por el secuestro en sí.
-Pues prepare el dinero. En cuanto los liquide podrá recuperarlo.
-Estoy pelado y no tengo acceso a las cuentas de ella.
-Qué pareja tan rara son. ¿Tiene el mensaje?
Esta vez encendió la luz en cuanto se apagó. Aquella luz me incomodaba, y aunque duraba poco él no paraba de prenderla. Iluminados por su potencia inusitada en una barra, los rincones del portal parecían herirme, se me clavaban sus ángulos, aristas, vértices. Mientras subíamos al rellano del primero para evitar a los vecinos que en el ascensor bajaban del cuarto, confesó sentirse aliviado por mi colaboración. Había dudado que yo quisiera salvar a Ángela. Admití que me había equivocado con ella y que era más afortunado de lo que pensaba. A continuación estableció los requisitos indispensables para nuestro éxito, contando cada condición con uno de sus largos y huesudos dedos:
-Primero: En cuanto al dinero, bastará con que envuelva un periódico en varias bolsas. Empaquételo varias veces y embróllelo bien, para que tarden lo suficiente en descubrirlo. Lo mete todo en un maletín. Segundo: no quiero que intervenga la bofia. Sería peligroso para ella e impedirían mi venganza.
-Tranquilo, de la nota no saben nada. Al principio los llamé porque estaba desesperado.
-Tercero: Me voy ahora mismo a estudiar la calle Olmo hasta el último recoveco –bajo las persianas de sus párpados las rendijas de los ojos abarcaron la nota de los secuestradores como si fuera un plano de la calle-… Paso a contarle el plan. Será un homenaje a mi maestro, lo mismo que él hubiera hecho.

jueves, 25 de abril de 2019

EL ASEDIO: Espiando a un espía.


      Resultado de imagen de john constable obras      

No tardó en descomponerse el rompecabezas. Se me deshizo ordenadamente, como quien enloquece con argumentos lógicos o dice incoherencias de un modo coherente. Con un movimiento lento y centrífugo las piezas se desajustaron pero sin mezclarse en su caos originario, se fueron separando en principio sin rotar, y a través del espacio que empezó a separarlas aún se evidenciaba la correspondencia entre concavidades y convexidades, y cómo los bordes de las piezas se adaptaban unos a otros. Pero poco después las calles empezaron a vidriarse en figuras tintadas, el vidrio ahumado del aire fue apedreado y la realidad se me descompuso en una geometría irregular, los objetos se reventaban en fragmentos asimétricos que salían despedidos con una velocidad e imprevisión solo calculables por una ecuación divina. El estrépito del tránsito oscilaba en humosas sombras dentadas. Los peatones se escindían en sombrías paranoias, se desdoblaban en reflejos febriles. La ciudad fluctuaba al ritmo de la sombra de un incendio en una pared de roca. Todo era efecto del insomnio, del insomnio aderezado de miedo y culpa. Insomne, esperaba que la luz más tenue me cegara o deslumbrara; pero resultó al revés, todo lo veía sombreado, como a través de unas gafas de sol. Tal vez fuera el modo de protegerme, de mitigar el dolor que me esperaba. Resignado y fatal, me dirigía al garito de Silvio Malatesta a confesarle mi insolvencia y rogarle clemencia, al menos que me aceptara como rehén en el puesto de Ángela. Aunque a un tiempo puede que mis propósitos no fueran tan idealistas. Confieso que acariciaba la expectativa de conmover con mi gesto a Ángela al punto de que aplacara su factible indignación por verse implicada en mis embrollos y se aviniera a pagar la deuda. Quizá porque me aguardaban horas poco halagüeñas miré atrás: no lejos identifiqué la ondulación del cuerpo fláccido que enarbolaba la cabeza reducida del nuevo espía, tan contumaz como los de su calaña. Fofo, flojo, desgalichado, su decadente juventud puntualizada por la corrupción de una sonrisa sabia, disoluta y perversa, hacían pensar en ciertos universitarios salidos de las páginas de Evelyn Waugh, E.M. Forster o Anthony Powell. Dado que no me corría prisa entregarme a la piedad de Malatesta, antes de tener los movimientos controlados, me decidí a desentrañar los propósitos de mi perseguidor.
Entré en la copistería del experto en neutralizar resacas a base de Bloody Marys, le devolví con la vista el saludo sorprendido, me dirigí a la trastienda y, eludiendo pilas de cajas, abusé de la confianza de utilizar la puerta de servicio, donde los proveedores descargaban. Salí de la perpendicular, vi cómo cerca de la entrada principal me aguardaba el joven, que no se había atrevido a entrar en el local vacío, y sin que sorprendiera mi maniobra crucé a otro bar. Desde una mesa próxima a la cristalera vi cómo esperaba con la naturalidad de quien llega el primero a una cita en cualquier esquina, mirando de tanto en tanto la hora y entreteniendo la espera con trivialidades. Disfruté espiando a mi espía. Era un maestro. Sonrió a la locuaz frutera afanada ante una nutrida cola, a la anciana de luto que desde el primero lo roció regando sus geranios, al desabrido calvo del puesto de lotería. Transcurrido un tiempo prudencial, quince o veinte minutos, sin aparente desconcierto ni siquiera molestarse en mirar el interior de la copistería, echó a andar calle abajo, las manos en los bolsillos de los pantalones bajo los faldones de la americana de alpaca, los pasos desenvueltos, aliviado de que no se hubiera presentado aquel amigo tan pesado. Salté a seguirlo a prudencial distancia.
A paso plácido se alejó del centro. Los escaparates brillaban menos, los peatones eran más desaliñados, el estuco y el cristal de los edificios se convirtieron en ladrillo visto y conglomerado. Si cabe iba más relajado, de sus hombros desapareció toda tensión, encorvó el cuello ahora tan aflojado como el resto del cuerpo y adoptó el ritmo despreocupado de quien pasea a su perro. Supuse que me seguía por cuenta propia o no le preocupaba confesar a su mandatario que me había perdido. Controlaba la situación. Cedí a la sensación de que en vez de seguirlo era él quien como de costumbre me seguía a mí. Llegué a creer que yo era su imaginario perro y que atado por una cadena invisible a su voluntad iría detrás adonde me llevara. Cuando a la vuelta de una esquina lo perdí de vista supe que no lo había engañado, que de reojo me habría visto cruzar al bar de enfrente, y que si se había dejado seguir por mí era para hacerme venir adonde había querido. A mi izquierda, procedente de un zaguán oscuro me llegó la mala imitación de un ladrido. Me detuve, tentado de entrar por la puerta de par en par. Luego siguió un maullido chapucero. El tipo se había metido allí y me daba a entender que había finalizado aquel juego del gato y el ratón con la victoria del acostumbrado. Me adentré en aquella sombra sórdida. También yo cumpliría mi propósito de saber cuál era su verdadero juego.


miércoles, 24 de abril de 2019

EL ASEDIO: Los secuestradores.



      Resultado de imagen de william turner obras

Mis primeros perseguidores, la inefable pareja más trágica que cómica, integrada por el forzudo chaquetas y el enteco de las muletas, ya conocían mi nueva dirección. Aunque no la firmaron, eran los inequívocos autores de la nota que impresa de un ordenador me pasaron por la rendija de la puerta:
“Si quieres volver a ver a tu mujer mañana a las 20.00 18000 en bolsa negra bar retiro calle olmo”
Recordé que dieciocho mil era la cantidad exacta que le debía a Silvio Malatesta, y como un rompecabezas, el rompecabezas de mi desesperación y soledad, al fin las ruinas de mi vida se recompusieron y reajustaron en una fachada perfecta, una fachada neoclásica con un resquicio, una oquedad por donde se infiltraban haces de cegadora luz, la luz de la verdad. Aquella grieta no era una falla, todo lo contrario, era como la herida de un cadáver por donde ahora empezara a regenerarse, allí por donde se le había escapado la vida se le volvía a infundir, a trasfundir con la sangre, la primera grieta que había resquebrajado el edificio ahora lo iluminaba con la verdad.
Me había precipitado en atribuir, desde primera hora, a Ángela la contratación de aquellos matones. Si me pedían un rescate por ella era porque desconocían nuestras desavenencias, porque nos creían cuerdamente enamorados.
Y creía que llevaban razón.                                                                   


martes, 23 de abril de 2019

EL ASEDIO: Indecisión.


      Resultado de imagen de corot paintings        

Me volví a interceptar a su padre con la noticia del secuestro. A los pocos pasos me decanté por telefonear anónimamente a la policía; recordé que estaba en busca y captura por culpa de quien ahora intentaba liberar. Pero también recapacité en que si se había vuelto en su contra quien había intentado asesinarme, ella más bien abogaría por mi vida y sería su padre el partidario de mi extinción. Y al mismo tiempo reconocía que carecía de razones sólidas y elementos de juicio para concluir nada. Eran mi humor, mi temperamento extremo y cambiante, los que me decantaban por una alternativa o la opuesta. Perplejo, transido de duda, daba bandazos de una determinación a otra, ebrio de indecisión, me tambaleaba en la incertidumbre. Me volví, había dejado pasar una de las pocas cabinas que quedan en el centro. Y la percepción del movimiento retráctil de un joven hosco y fofo, blando, cetrino, de jersey blanco, frenado en seco, el único inmóvil en una aglomeración, me viró otra vez de parecer y seguí adelante. La segunda vez que me volví creí ver que sobre el eje de su cuello de grulla, una cerviz de persona más bien delgada, rotaba la diminuta cabeza más allá de lo posible; recordé a Janet, la bruja del cuello torcido del cuento de Stevenson. Por un instante pensé que se trataba del hombre de las mil caras, redivivo, disfrazado de resucitado. Aturullado por los acontecimientos, suspenso en la resolución de tantas incógnitas, no sabía desde cuándo me seguía.
Ahora lo prioritario era liberar de sus propios secuaces a la desactivadora de mi vida, a la saboteadora de mi tranquilidad. Atribuir en el predicado calificativos de verdugo a quien pasaba por víctima en el sujeto de la misma frase mental tuvo consecuencias. El péndulo no se detenía. En la nebulosa de mi confusión volvió a perfilarse una Ángela desangelada, o más bien poseída por el ángel maligno, Ángela como mi bestia negra. El cuchillo de su sonrisa desalmada rasgó aquella penumbra de sentido. Volví a decantarme por abandonarla a su suerte, a su muerte. Era de justicia que pereciera a garras de aquellos que azuzara contra mí, que se volviera contra ella el refinamiento de su crueldad alambicada. Estaba bien que Lucrecia Borgia probara su propio veneno. Me centraría en eludir a mi nuevo perseguidor, cuyos patosos pero eficaces pasos, como de esquimal calzado con raquetas, pasos de palmípedo, localicé de un vistazo tras un rebaño de turistas. Debía estarles agradecido al gordo y al flaco por librarme de Ángela. Al final la infernal red que había tejido en torno a mí, la trama real con que había compensado su falta de talento literario para traducir a la vida su novela de odio, la había enredado también a ella. Me abalancé a un teléfono para salvarla.
No bien hube dado a la policía los datos del monovolumen de los secuestradores de la hija de su jefe, me alejé de la cabina a uña de caballo por si habían localizado la llamada. Me resultaba obvio que Ángela solo había querido darme un susto y el asunto se le había ido de las manos por razones que se me escapaban.
Tanto cambio de parecer me había agotado; estaba aturdido, como si cada movimiento del péndulo me hubiera golpeado en la cabeza. Y antes de volver a casa aún tenía que esquivar al del cuello torcido, al sucesor del hombre de las mil caras, para que no ubicara mi actual paradero. Ahora que mis movimientos son limitados pero seguros, y que con una existencia libre de las descarnadas ironías, y del desconcierto de tantas paradojas y sarcasmos lacerantes, me conformo con un buen pasar monocorde y sin los cambios de tono de un novelista poco avezado, no puedo sino apiadarme del Felipe de aquellos meses, inestable e imprevisible, desbordante de estrés, obligado a penar por un sinfín de desventuras y malaventuras, andanzas y malandanzas. Toda la plenitud e intensidad radican en la vida tranquila. En la vida beata. No hay más que recordar a Horacio: Beatus ille… Hay que volver al mundo clásico. Stendhal incurrió en un error cuando otorgó superioridad a Shakespeare sobre Racine. A estas alturas de mi vida, tanto tiempo después, no puedo concebir mi pretérita admiración por Kafka (he de remitirle a Salus las escrituras de la casa, se ha convertido en dueño de casi todo el pueblo). El romanticismo, la pasión, la obsesión por la libertad conducen a un infierno. El infierno de los escritores malditos, de los perseguidos como por entonces yo.
  

lunes, 22 de abril de 2019

EL ASEDIO: Duelo entre sicarios.


               Resultado de imagen de ingres

Había ella tirado el periódico abierto por la sección de sucesos, así que aunque se reducía a media columna no tardé en distinguir el artículo en cuestión, mientras seguía de lejos a Ángela y a su padre. En una concisa reseña, la noticia que nos incumbía se insertaba entre otras igualmente tremendistas y más sensacionalistas, a ella parecía conducir un rastro de sangre y ecos de escándalo, pero ésta se destacaba por un toque poético. Se daba cuenta de que los cadáveres de dos desconocidos habían “amanecido”, uno de ellos con una “segunda sonrisa abierta en el cuello”, en un callejón “siniestro y estrecho como un ataúd”, anexo a cierto garito de juego controlado por las mafias. Por razones obvias no se daba crédito a la declaración de un pordiosero alcohólico y con delirios paranoicos, que minutos después de escuchar una detonación había visto salir de aquel dédalo de callejuelas a un hombre fornido ataviado con una americana muy llamativa; tan notorio matón, según el anónimo redactor, estaba en la nómina del dueño del garito, Silvio Malatesta. Después de aquella declaración el paranoico tendría motivos para sentirse perseguido, demostrando lo fiable que en mi opinión era su testimonio. Aunque no figuraba ninguna foto de la víctima del gigante de las chaquetas, sin duda se trataba del hombre de las mil caras. Había adoptado la última de sus máscaras, el último rictus. Recordé cómo tras acertar al traidor croupier entre los ojos (aquel era el disparo oído por el mendigo), salió en busca del que resultó su asesino. Éste lo habría acechado en alguna de las infinitas esquinas de la noche, tan familiares para él. Aceleré hasta volver a ubicar las espaldas de Ángela y el Jefe de Policía.
Aunque aún desconocía sus motivos, lamenté la suerte de quien inesperadamente me salvara la vida, y al poco, cazador cazado, había pagado por ello. Supuse que por alguna causa había surgido una rivalidad a muerte entre los matones a sueldo de Ángela. Seguramente su padre le brindaría sus servicios, bien conocidos son los contactos entre la policía y el hampa, y a tal disensión entre sus hombres respondía el desconcierto y desacuerdo entre padre e hija. Y estuve a punto de toparme con el primero. De repente tuve que afrontarlo, me enfrenté con su rostro duro, como tallado a troquel o excavado en cristal de roca, cruel, un poliedro de hirientes aristas. Se posaron en los míos sus sanguinolentos ojos de bebedor, estriados por relámpagos de venillas rojas. Tras abandonar a su hija quizá en un pronto de su enfado, venía malhumorado, y puede que por eso no me reconociera, me miró sin verme, ciego de rabia, el rostro contraído. Al pasar a mi lado refunfuñó. Era evidente que no había sido solo yo el único sorprendido por el duelo entre sicarios. Preguntándome en qué estribaría el desacuerdo entre los mandatarios de aquellos criminales o más bien qué causa defendía cada uno de ellos, esto es, si el policía se quejaba a su hija de no haberme acosado hasta última sangre o por el contrario de haberse excedido en su persecución, en suma, quién de los dos se lamentaba de que el hombre de las mil caras hubiera frustrado los propósitos homicidas del enchaquetado, me dejé arrastrar por la frustración de mis esperanzas de que hubiera ella estado esperándome en la cafetería del hotel, y por una difusa solidaridad masculina –o más bien pensé que sería el policía quien la experimentara-, y oscilando de nuevo en el péndulo de mi parecer le achaqué a ella haber prescrito mi muerte como colofón a sus ataques y atentados. El hombre de las mil caras se había rebelado contra su orden y sufrido las consecuencias. Encorvado de odio me encaminé a la calle Duende. Le pediría cuentas por su comportamiento. Al menos le daría un buen susto y me desahogaría. Le escupiría a la cara lo que pensaba de ella, su crueldad y la prevaricación de sus sentimientos, la cubriría de improperios e invectivas, de maldiciones y anatemas, por primera vez directamente, sin la mediación de la palabra escrita. El resentimiento se me había coagulado en la boca del esófago, insertado en la juntura de los huesos, enquistado en los poros de la cara segregando un sudor fétido. La hostilidad me desbocaba todos los pulsos e impulsos del cuerpo. Mis glándulas deliraban. No caí en que si le daba a conocer a Ángela mi ubicación, cuando la dejara le daría ocasión de volver a enfocarme con su ojo inscrito en el triángulo del nuevo misterio trinitario, la tecnología, una nueva Argos que todo lo traspasaba con su infinita mirada. Ella sí que lo veía todo. Y de nuevo mis movimientos serían contrarrestados y mis defensas inutilizadas al instante de ser levantadas, y volvería a oprimirme la presión psicológica de verme observado allá donde fuera. 
Al doblar la esquina la vi cerca del portal, parlamentando con un gigante de americana a rombos mostaza, el pluriempleado matón según el periódico también puño de hierro de Silvio Malatesta. Las tenazas de sus dedos dejaron de herir unas palabras ya insuficientes, o más bien todo lo contrario, excesivas; sobraban. La arrinconó y de un empujón la arrojó a la parte trasera de un monovolumen negro, mi viejo conocido, y la siguió al interior. El automóvil arrancó, se caló, derrapó y tras invadir el otro lado de la calzada se alejó. El canijo de las muletas no tenía su mejor día.
El péndulo volvió a oscilar.