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martes, 21 de mayo de 2013

JENNIE



                  


En esto consiste mi vida, y tendré que desahuciar las últimas esperanzas de que cambie, en esquivar a la patrona, recibir una negativa tras otra de los marchantes y oír los vagidos de mi estómago. Y sobre todo, en deambular entre la multitud de Nueva York seguido por el perro de dos cabezas del desánimo y de la tristeza, sin nunca encontrar lo que busco, otro artista incomprendido de los tantos que como huérfanos o borrachos o desertores vagamos por los aledaños del miedo y la locura, y de vez en cuando nos engañamos creyéndonos llamados por alguna voz oscura desde cualquier esquina, y cuando nos dirigimos allí nos encontramos el callejón vacío y sórdido, hasta la noche que allí nos aguarde una mujer esgrimiendo la belleza clemente de una sonrisa y un cuchillo.

Solo soy un pintor cuya modelo y musa es un fantasma, una joven llamada Jennie. Ella es mi única inspiración y ya que ahora, en un rapto de cordura, admito que solo es una criatura de mi imaginación, una fantasía de solitario, acaso una alucinación del hambre, un delirio o una fantasmagoría, tengo que concluir que mi inspiración tampoco existe.

Conocí a Jennie, o me la inventé, este invierno, cuando de la mano del desaliento efectuaba mi via crucis por las galerías de arte. En la última había conocido a Mrs. Pinney, una bondadosa señora que solo por compasión, y porque yo le gustaba, me compró una marina, no sin advertirme que solo abonándola con sentimientos, con amor, florecería mi técnica. Aunque a solas me reí de su cursilería, en el fondo me cuestionaba si no tendría razón. Lo peor no es ser un pintor maldito, sino seguir incomprendido para mí mismo. Al pintar buscaba a tientas en la noche, como un marinero abandonado en el mar oscuro busca desesperadamente un salvavidas, aspiraba a expresar algo inefable que veía y no veía, cierto matiz sombreado o tal vez un brillo, algo que me mantenía cuerdo pero también acabaría por volverme loco, un misterio por el que merecía la pena vivir y por el que no me habría importado morir. De hecho he sacrificado mi vida a la consecución de ese aura hasta entonces invisible para todos menos para mí, al esbozo de esa sombra de una sombra, ese reflejo de un reflejo que seguía eludiendo a mi pincel.

Gracias a la buena de Mrs. Pinney me dirigía a la pensión con un puñado de billetes que me permitirían comer el resto de la semana, cuando me fijé en una niña que moldeaba un muñeco con la nieve de la mañana. Por efecto especular de la calle nevada o del silencio transparente que ahuecaba los sonidos, todos los transeúntes me parecieron irreales menos ella. Me acerqué y nos pusimos a hablar: se llamaba Jennie. Me estuvo contando que sus padres, los Appleton, trabajaban de acróbatas en el Hammerstein Victoria, pero yo sabía que aquello era imposible, la típica fantasía de los niños, una mágica imaginación que ahora se me ocurre relacionar con la de los artistas, pues ignora por igual las coordenadas espacio temporales y solo se trasluce a la escala de la eternidad. Hacía años que el Hammerstein Victoria había sido demolido.

La fantasía irradiaba de los ojos de Jennie, enormes y oscuros como lagos al anochecer, de la melancólica alegría de su rostro, de la tristeza feliz de su sonrisa. Nunca había conocido a nadie tan simpático. Le enseñé mis bocetos y no le gustaron mucho: me aconsejó pintar personas en lugar de paisajes. Después de cantarme una enigmática canción se despidió, no sin pedirme –con el mismo tono- que la esperase hasta que creciera. Se olvidó un pañuelo de listas albiazules envuelto en un periódico y por más que la llamé su infantil silueta se esfumó como un claroscuro en la penumbra radiante del atardecer. Conforme se difuminaba dejando una estela, el mundo parecía reanimarse en torno; las voces ya retumbaban redondas y los viandantes recobraban sus sombras. Ahora era todo el mundo, menos ella, lo que me parecía real. Finalmente acabó por desvanecerse su halo de ensueño.

En cuanto llegué a casa recapacité en que de algún modo a Jennie la rodeaba eso que llevaba toda la vida buscando, algo real e irreal, material pero también espiritual, manifiesto y a la vez latente, aquello por lo que he vivido y me matará, la niebla que aureola la soledad de ciertos muchachos antes de alcanzar la pubertad, el halo empañado de los faroles en el frío, lo que a veces me atraía a las callejuelas algunas noches de primavera, el viento que ululando mi nombre parecía invocarme desde fuera y cuando me asomaba a la ventana o bajaba a la calle no me encontraba a nadie. Hasta la noche que afronte a la mujer de la sonrisa y el cuchillo resplandecientes.

Al día siguiente de conocer a Jennie me desconcertó ver que el periódico que envolvía el pañuelo era de hace veinticuatro años, de 1910, y que en efecto se anunciaba la próxima actuación de los célebres acróbatas Appleton en el Hammerstein.

Mientras cumplía mi palabra de esperar a que creciera, me apliqué intentando matizar aquella etérea sombra o halo en sucesivos retratos de Jenny. Me sentía más centrado y concentrado que nunca, más dentro pero también fuera de mí. Agotaba los días ante el caballete y muchas veces me olvidaba de comer y cuando los ojos me ardían la imagen de Jenny se enfocaba en el escenario de mi insomnio o de mi sueños. Cuando fui a la galería a mostrarle mis progresos a Mrs. Spinney, mi benefactora, una sonrisa le iluminó la cara. Me felicitó por haber al fin encontrado mi estilo.

Gracias a ella entonces descubrí que aunque aún me hallaba lejos, estaba en el camino de lograr algo. En aquellos bocetos del rostro de Jenny había en parte representado el extraño tiempo a través del que ella fluía, hasta entonces invisible para todo el mundo salvo para mí. De mis apuntes nacía un ritmo, el espectro de una especie de música que hacía que mis trazos no solo transcurrieran, como todo dibujo, en el papel, en el espacio, sino en otra dimensión, en alguna desconocida clase de tiempo.

A la salida de la galería volví a ver a Jennie. Su figura se transparentó a través de la risa del sol sobre la pista de hielo del parque. Había crecido mucho; en apenas tres semanas parecía haber cumplido seis años: seguía transitando por un tiempo distinto al de los demás. Grácil y alegre, en su rostro se habían definido las vacilantes líneas de la infancia, sus rasgos se habían afirmado y ya mostraba el nítido perfil de una joven. Se habían cumplido las promesas de su belleza, y no dejé de pensar que pronto quizá también en mi estilo se cristalizaran los avances y trémulos progresos de las semanas previas.

Patinamos, y me hallaba tan confundido que me caí varias veces. Además, detrás de sus risas ella me pareció ausente y de hecho tuve la impresión de que la gente me miraba como si estuviera solo. Ella solo era visible para mí como para el amante lo es la belleza del amado. Tomamos chocolate caliente. En la conversación perseveró en sus ambigüedades de costumbre. No quiso desvelarme dónde vivía y persistió en la historia de que sus padres trabajaban en el Hammerstein, cuando en su lugar ahora se erige un hotel, el Rialto. Prometió volver el sábado para presentarme a su familia y se despidió. Se alejó, transfundiéndose en los rayos declinantes y las sombras del ocaso, como en un bosquejo al carboncillo.

Por supuesto, el sábado no apareció. No se trataba del clásico plantón, pensé; ella me amaba, lo sabía: los solitarios somos quienes más entendemos de eso. Estos días he estado indagando sobre ella. He hablado con un ex portero del Hammerstein y la que fue encargada del guardarropa, y resulta que los Appleton murieron hace más de veinte años en un triple mortal, y nada se sabe de su hija, que de estar viva rondaría los cuarenta.

Por eso es seguro que lo he soñado todo. Jennie existe tan poco como mi inspiración, lo que busco es inalcanzable, algo irreal que está más allá del tiempo y de la razón. Mrs. Spinney sabe que nunca lo conseguiré y con sus falsos ánimos intenta consolarme, y como todo artista yo me autoengaño respecto a mi obra. Jennie es tan imposible como lo que quiero pintar en un lienzo que ya solo es la ventana por la que me arrojaré a la locura.

Pero colgado del caballete la punta de un pañuelo de listas albiazules se agita al viento.               

                                                                                                                                         

sábado, 18 de mayo de 2013

EL BESO MORTAL


                 

Me llamo Hammer, Mike Hammer y soy detective privado. Mickey Spillane me formó en las malas artes indagatorias a golpe de pluma y tinta. Cloacas, y antros de mala muerte son los hábitats por los que me muevo con desparpajo. Quizás mi nombre no irradie el misticismo de mis compañeros Sam Spade o Philip Marlowe, pero puedo asegurarles que mis métodos son mucho más expeditivos que los de estos dos aburguesados fisgones de alta sociedad. Disparo primero y pregunto después, si es que el menda que me provocó sigue vivo. He roto muchas piernas y mi atlético cuerpo tatuado de cicatrices me recuerda que cada expediente que llega a mi despacho lo he defendido a capa y espada para obtener un resultado favorable a mis intereses.

Con el asesoramiento de Robert Aldrich, un chico que promete en esto de la captación de imágenes cinematográficas, me topé con un caso muy excitante y misterioso, al cual denominé El Beso Mortal, que  me dispongo a compartir con ustedes en estas líneas que me dispongo a escribir.  Era de noche y circulaba con mi poderoso descapotable por una oscura y solitaria carretera. En el horizonte una extraña silueta parecía correr sin un rumbo fijo. Al acercarme a toda velocidad  esa insólita sombra resultó ser una mujer que corría descalza por la calzada con el único abrigo de una gabardina.

La muchacha era un poco desgarbada y fea y jadeaba bruscamente por la falta de aire que le provocaba el cansancio de su alocada carrera. Como buen caballero que soy le ofrecí subir a mi carro. La muchacha parecía desorientada y estar huyendo de algún majadero. Una vez pasado el sofoco me comentó que la dejara en la primera parada de autobús que localizara en Los Ángeles. Pasados unos kilómetros un control policial me avisó que estaban buscando a una mujer ataviada con una gabardina que se había fugado de un manicomio. No hacía falta ser muy inteligente para asociar las pesquisas policiales con mi copiloto.

La cara de miedo de mi nueva compañera me dio pena y por tanto decidí engañar al oficial del punto de inspección indicando que mi acompañante se trataba de mi cansada esposa. Pasado el control policial paramos en una gasolinera. La mujer dejó al mozo una carta para echar al buzón y partimos de nuevo rumbo a Los Ángeles. A mitad de camino un coche se cruzó en medio de la carretera obligándome a parar. Tres matones bajaron del vehículo, me pegaron una soberana paliza que me dejó KO  y mataron a la chica que había socorrido. Creyendo que los dos estábamos muertos nos trasladaron inconscientes  a mi coche para simular un accidente y acabamos lanzados por un pequeño barranco ubicado en una curva de la carretera.

Lo siguiente que recuerdo es a mi secretaria (y a veces amante) susurrando mi nombre en la cama de un hospital. Llevaba tres días inconsciente y tras tres semanas de cuidado conseguí recuperarme. Los sabuesos me frieron a preguntas, lo cual no me olía bien. ¿Por qué se interesaban las altas esferas policiales en la muerte de una chiflada que nadie había reclamado? Mis sospechas se acrecentaron cuando mi amigo Nick, dueño del taller que pone a punto mis bólidos, me informó que unos extraños individuos le habían estado bombardeando a preguntas sobre mí. El olor a putrefacción se divisaba a kilómetros por lo que decidí ponerme en acción para ser el primero en golpear.

                  

Mi secretaria me informó que un tal Ray Diker, un antiguo periodista especializado en temas científicos, quería hablar conmigo. Este extraño personaje andaba desaparecido sin dejar rastro ni motivo de su huida. La intriga y las ganas de vengar la muerte de la asustada mujer que había conocido me estaba corroyendo por dentro. Decidí acudir a mi cita con Diker encontrándome con un ser paranoico cuya cara reflejaba las marcas de una brutal y reciente paliza. Diker me reveló el nombre de la mujer asesinada, Christina Bailey indicándome la dirección de la difunta. Ya en su residencia, gracias a las indicaciones de un amable anciano,descubrí que Christina tenía una compañera de habitación con la que compartía alojamiento y que ésta se había escapado muerta de miedo dos días antes de la muerte de Christina a un lugar cuya dirección amablemente me facilitó mi simpático interlocutor. Algo muy gordo estaba a punto de explotar delante de mis narices. Mi olfato de sabueso lo intuía y mis pronósticos se cumplieron con las explicaciones de la amiga de Christina la cual me comentó que unos policías se llevaron a Christina para interrogarla desapareciendo sin rastro tras este acontecimiento.

Alguien intentó asesinarme poniendo una bomba en mi nuevo descapotable lo que significaba que mi investigación iba por buen camino. Diker me volvió a llamar para cantarme los nombres de unos tipos que podrían resultarme de interés. Mis pesquisas me llevaron a la mansión de un tal Carl Evelo, un tipo inquietante que vivía rodeado de gorilas feos y corpulentos con cara de pocos amigos. Reconozco que me lo pasé bien con su ninfómana hermanastra y machacando al matón que Carl había dispuesto para mí. El señor Evelo intentó sobornarme para que abandonase mis averiguaciones y luego quiso amadrentarme con fanfarronadas y amenazas de muerte. Este tipo no sabía con quien se enfrentaba, ¿a mí con bravuconadas?

Me crucé con un cantante de ópera  friki,  novio de un científico asesinado cruelmente cuya existencia me desveló Diker. Ciencia y muerte. Parecía que estas dos palabras tenían una simbiótica conexión en este caso. El cantante me indicó que los asesinos del científico andaban buscando un secreto que el erudito aniquilado se había encargado de esconder para que no cayera en manos peligrosas.

De regreso a casa la amiga de Christina me andaba buscando. La invité a pasar a mi casa y enseguida se lanzó a mis brazos. Mi desconfianza en su actitud me hizo aguantarme las ganas de pasar una noche movidita con mi invitada. Salí a tomar el fresco en dirección al taller de mi amigo Nick y para mi desgracia descubrí que mi fiel compañero había sido asesinado.

La tristeza y rabia que me produjo este hecho me hizo visitar a mi querida secretaria en busca de unos brazos amables que calmasen mi ira.  Mi avispada empleada me indicó que un soplón le había proporcionado información sobre la existencia de un extraño doctor que estaba intentando coleccionar un novedoso y secreto producto que podría ser la clave que me llevase a concluir con éxito mi investigación. Cansado y para tomarme un respiro decidí ir a emborracharme a mi tugurio preferido, despejándome la embriaguez la impactante noticia del aviso del secuestro de mi eficiente secretaria.

Debía resolver cuanto antes el caso. Una bombilla se iluminó en mi cabeza al acordarme de la carta que Christina había dejado al empleado de la gasolinera donde paramos a repostar, por lo que decidí acudir a la misma y preguntar al trabajador si recordaba la dirección del destinatario de la epístola. El joven me indicó que el receptor de la postal era un tal Mike. ¡La carta iba dirigida a mi despacho! Corrí como alma que persigue el diablo a revisar mi correspondencia. Abrí la carta cuyo contenido era una escueta nota que indicaba “recuérdame”. No percibí la presencia de dos de los matones que reconocí como dos de los gorilas de Carl Evelo que aprovecharon la sorpresa para golpearme y trasladarme a una casa situada en la playa donde me amordazaron a una cama.

Pronto apercibí la llegada de un tercer personaje al cual asocié inmediatamente por sus llamativos zapatos con el asesino de Christina. Por fin estaba llegando al final de mi investigación y sabría quién estaba detrás de este turbio asunto y la misteriosa mercancía que había desencadenado todos los acontecimientos. El  tenebroso personaje me inyectó suero de la verdad para intentar sonsacarme que es lo que Christina me instaba que recordase en su carta. El lúgubre sujeto respondía a la identidad de Carl Evelo, pero sus preguntas no encontraban respuestas en mí subconsciente que no sabía que es lo que Christina me quería decir con esa frase tan directa: “Recuérdame”.

Para salvar a mi secretaria de las garras de tan siniestros personajes espeté una sarta de mentiras que Evelo creyó punto por punto. Una vez liberado de las amarras que me mantenían sujeto aproveché un descuido de mis oponentes para golpearles y escapar de su cautiverio. Mi mente daba vueltas sobre qué podría significar la palabra “Recuérdame” y gracias a un chasquito de genialidad asocié la famosa palabra con la clave que iba a resolver el caso.

Un asunto turbio relacionado con un descubrimiento científico que puede hacer controlar el mundo al que lo posea fue la causa de todas las muertes que salpicaron este extraordinario caso. La resolución del mismo es un asunto que mi buen amigo Robert Aldrich se encargará de filmar de manera magistral como pocos directores han hecho en la historia del cine. Me siento muy orgulloso de haber conocido a este tipo que gracias a su maestría ha convertido mi nombre y el del caso que les he expuesto en un relato inmortal que perdurará en los anales de la historia del arte. Si desean mis servicios solo tienen que llamar a mi secretaria. Prometo discreción a cambio de dinero, alguna aventurilla con féminas ardientes y un resultado final óptimo. Me gustan las cloacas de la ciudad, sus habitantes son mi razón de ser.


Autor: Rubén Redondo.


  

EL MANDO A DISTANCIA




Ocurrió mientras comprobaba que para ser primeros de julio no había tanto trasiego en los andenes. Sentado en un banco, me sentí ridículo de haber temido que me engullera una multitud convulsa y frenética, como uno lee que se ponen las estaciones en las guerras o las revoluciones, y volví a recordar que el conflicto estaba dentro de mí y que en todo caso serían los viajeros, que pasaban balanceando con calma sus maletas, quienes me verían rebulléndome frenético y convulso en el banco.
 Y eso que después del dilatado encierro en el caserón, durante el que había perdido el sentido de la realidad y toda dimensión social, creía haber pasado desapercibido por la calle y hasta pude hablar sin llamar la atención con el vendedor de billetes y pedirle la botella de agua al camarero. Y de momento tampoco mis compañeros de viaje se espantaban del espanto que la soledad había sembrado en mis ojos, sino que parecían ocuparse de lo suyo. Los más impacientes aguardaban la apertura del maletero al costado del autobús.
 Apenas hacía una hora que me había arrancado del portón de la casa de campo, por así decir, en libertad condicional que esperaba confirmar con mi buena conducta, y, como también había perdido el sentido del tiempo, del otro lado del muro de la eternidad, ya me parecía llevar varias horas de vuelta a la cronología auténtica. Durante la reclusión, abandonado a mí mismo, había descubierto que, como en las revoluciones, un máximo de libertad es idéntico a una prisión. Pero en la realidad, en el mundo exterior, ahora todo me parecía ajeno e irreal, como aquellas dos monjas parecidas a golondrinas parlanchinas o el desnortado anciano con sahariana caqui que solo dejaba de dar tumbos aquí y allá para preguntar a todos los conductores. Incluso el señor tan normal de mediana edad, pantalones cortos y polo celeste, con una sombra canosa de barba, que se dirigió a mí:
-Perdona, joven, ¿vas a la costa, no? –señaló el autobús con el inequívoco cartel en el parabrisas tras el que se agitaba con las cuentas un chófer obeso.
-Sí –respondí con fluidez, también asintiendo con la cabeza.
-Era para ver si me hacías un favor –la esperanza se desprendió de su cara seria e ingenua-. Si pudieras dejarle esto a mi mujer en la estación…
Me mostró un mando a distancia envuelto en plástico, bastante antiguo por lo grueso, negro y de botones grises con los pequeños dígitos casi borrados por el uso.
-Es que tengo a la familia de vacaciones y se les ha roto el mando. Y los niños no pueden estar sin la tele, ya sabes, así que te lo agradecería un montón.
En efecto, aquel objeto me evocó niños corriendo por el pasillo para ver los dibujos animados, el aroma del arroz cociéndose en la cocina, la repisa con figuritas de porcelana y recuerdos de viaje en el vestíbulo. Lo que yo nunca tendría. Aunque mal afeitado y con los ojos irritados, lo rodeaba el aura de confianza y seguridad de dos pagas extras al año; mostraba un aspecto melancólico matizado de atónita disipación, la típica mezcla de descuido y abnegación de un funcionario “de rodríguez”.
-De acuerdo, no hay problema –después de volver a hablar cara a cara con alguien, me sentía ecuánime, solidario con aquel hombre; nos unía la corriente de simpatía de dos tipos que se cruzan en el desierto. Desde el banco de al lado nos miraba otro solitario maduro, muy bronceado y de bigote hacia abajo, que carraspeó forzadamente y pareció denegar con la cabeza.
-Muchas gracias. Mi mujer estará esperándote en la estación. Es una rubia con gafas, pero ella te reconocerá a ti. Voy a mandarle un mensaje.
Y entonces, sopesando ya el mando, me imaginé a aquella mujer identificándome inequívocamente entre los que bajábamos, según la denigrante –realista- descripción que de mí le hiciera su marido, cuyos ojos, enfocándome de través mientras tecleaba, ahora sí reflejaron todo lo que yo había perdido en el caserón. Tuvo un movimiento de inquietud, como previendo un arrepentimiento que para colmo él mismo acabara de provocar. Bajé la vista. En la sandalia se le agitaban los dedos mugrientos como una tarántula de cinco patas.
-Mejor mándelo por correo exprés –le devolví el mando desviando la vista. El viejo despistado impacientaba al chófer gordo golpeando la puerta del autobús.
-¿Pero por qué?
Aunque intentó que la desilusión le enturbiara la voz, con el rabillo del ojo vi que no parecía sorprendido de verdad.
-No te costaría ningún trabajo y contigo llegaría antes. Además, me cobrarían una pasta.
-No.
Se volvió y alejó sin intentarlo con nadie más. Estábamos a sábado; si era funcionario, ¿por qué no iba a pasar el fin de semana con los suyos? Como una persona casi normal que empieza sus vacaciones, me dije que no era para buscarme problemas tan rápido por lo que había roto el hechizo de mi soledad. Por un momento lamenté haber huido del caserón; ¿tenía síndrome de Estocolmo de mi auto encierro? Allí nadie me habría molestado encomendándome ningún mando. Torvo, el del banco de al lado seguía observándome, y un sentimiento de ultraje me obligó a levantarme camino del lavabo: ¿por qué de entre todos los viajeros me había elegido a mí y luego no lo había intentado con nadie más?

Ya en el autobús, antes de salir, no pude imbuirme ni de un simulacro de confianza, porque mi asiento era uno de los dos primeros tras el conductor y hube de soportar la mirada de cada pasajero encontrándome en la cara algo que no hubieran querido ver, y menos antes de emprender viaje –aunque apenas fuera de un par de horas-. Me pareció llevar a cuestas al demonio que me había acompañado todos aquellos meses de exclusión. Seguro que varios estuvieron a punto de renunciar, darse la vuelta y esperar al siguiente autobús. Por los andenes el viejo seguía molestando a todo el mundo. Recibí un mensaje de texto de mi primo: a la una estaría esperándome en la estación con su novia y aquella amiga que al parecer quería conocerme. Habían alquilado un bungalow en un pueblecito de la costa. ¿Qué le habría dicho sobre mí a la amiga? ¿Qué podría decirle yo cuando la conociera? Como si los demás no se movieran en un tiempo distinto al mío, o impunemente yo pudiera cortar la alambrada que me retenía y engañar a aquel vigía con metralleta que era idéntico a mí mismo, como si cada vez que se acercaba alguien no se me cerrara automáticamente una puerta interior cuyo mecanismo fotoeléctrico detectaba a distancia al intruso. Para empezar, ¿cómo se iban a tomar los tres aquella historia del mando a distancia, que no podría dejar de contarles para eludir el silencio? Creerían que me la había inventado y que estaba loco. El penúltimo en subir fue el mostachudo, que se me sentó al lado, como en el andén.
 El último fue el de los pantalones cortos, blandiendo el mando a distancia; ahora la rotación de las pupilas en torno a las órbitas impedía tomarlo como un convencional padre de familia. ¿Se habría decidido por mi culpa a efectuar el viaje? Me puse los auriculares, pero no pude dejar de mirarlo de reojo mientras parlamentaba con el conductor, que asido al volante empezó a denegar con la cabeza. A mi lado se removía el del bigote. Desvié la vista de las velludas piernas, como de fauno, del pseudo funcionario y de sus dedos escarabajeando en la sandalia. Ahora el anciano desorientado había interceptado a un mochilero. Como todas las emisoras emitían una especie de estrépito de catarata que me atronaba en la cabeza, me quité los cascos.
-Lo siento, caballero, ya le digo que nos lo tienen prohibido –decía el chófer-. Tenemos a su disposición nuestro servicio de mensajería.
-¿Para un mando a distancia? Mientras llega se pasarán el día entero sin la tele.
El conductor cabeceó con impaciencia. Al fondo de mi oído persistía aquella batahola desconcertante de la cascada.
-Pues yo no puedo ayudarle.
-No le estoy pidiendo la luna.
-Tengo que salir ahora mismo. Lo único que le digo es que si no quiere venir, compre un billete y ponga el mando en el asiento –mientras el tipo se lo pensaba, una oleada de inquietud agitó a los primeros pasajeros.
-¿Y si alguien me lo coge?
-¿Quién va a querer eso?
-¿Usted se hace responsable?
-Mire, si no quiere un billete, haga el favor de bajar –la papada se agitó de impaciencia..
-¿Tú tampoco? –me extendió el mando sin convicción alguna.
-No.
-Imbécil –lo dijo con la frialdad de un psiquiatra que diagnostica la deficiencia psíquica o el cretinismo de un niño. Al dirigirse al conductor sí crispó el rostro y la boca se le abrió como una fosa séptica-: ¡Y tú, cabrón, eres un gordo asqueroso! –mientras bajaba lentamente escupió un reguero de maldiciones-: ¡Ojalá os despeñéis todos por el primer barranco! ¡Os merecéis que el autobús arda en una bola de fuego! ¡Gordo, vas a salirte en una cuneta, ya verás que…!
Al fin zumbó la puerta tras él, y resoplando el chófer inició la maniobra de salida del andén.
-Lo que hay que aguantar –se quejó-. Si le parto la cara no salimos en todo el día. Me denuncia y hasta puede que me despidieran.
No me sentí tan agraviado como él, y no precisamente porque mi equilibrio mental fuera mayor. Pero no me había insultado tan gravemente y de todos modos sentía que tampoco me había tratado con demasiada injusticia.
-¿Qué llevará ese mando adentro? –preguntó la mujer, morena y arrugada como una pasa, del maduro matrimonio que ocupaba los otros dos primeros asientos.
-Quién sabe –respondió su cabezudo marido, las manos entrelazadas sobre la barriga de la placidez.
-Pues droga, seguro –respondió el conductor, aguardando a que pasara otro bus para salir del andén. Tras el matrimonio habló con tono de falsete un joven teñido de rubio platino:
-Pues yo no me hubiera quedado tranquilo si me pone eso aquí al lado.
-Tienes razón –lo apoyó la señora volviéndose a él-. Podría haber sido una bomba.
-Nos vamos –el conductor halló vía libre-. Diez minutos de retraso.
El viejo de la sahariana me sorprendió subiendo al autobús de al lado; no estaría tan demente: habría otros más locos que lo disimulaban mejor.
-Mírenlo –exclamó alguien-. Todavía anda ahí.
 Desde el andén el tipo no dejaba de agitarnos el puño con el mando a distancia, quizá pulsando los botones como si quisiera cambiarnos de cadena y que desapareciéramos de la pantalla, de la vida. Conmigo no necesitaba esforzarse tanto para mandarme a otro canal invisible, a la pura irrealidad. Sin embargo, para neutralizarlo, intenté actuar en el mismo programa que los demás, en sintonía con ellos:
-Se creería que nos chupamos el dedo –mi voz me sonó como una serie de graznidos-. ¿A qué clase de primo se le iba siquiera a pasar por la cabeza hacerle el trabajo sucio? Esperaría encontrar a un imbécil.
Tosiendo admonitorio, como hiciera en el andén, junto a mí se agitó el del bigote, al que había olvidado.
-Lo tenía bien pensado –proseguí, no podía parar-, que algún cretino corriera el riesgo y en la estación, si no había moros en la costa, la rubia de las gafitas recogería el material. Puede que vuelva a intentarlo con el próximo autobús.
Mi vecino se levantó y, recobrando su bolso de mano de la redecilla, se fue a la parte de atrás.
-¿Y usted cómo sabe que sería una rubia con gafas? –en el retrovisor el conductor me ensartó con su mirada de búho e intenté eludir la cuestión:
-Aunque lo único que querría sería ahorrarse el viaje. Con la ida y la vuelta y la espera serían más de cinco horas. Podría haberlo hecho él mismo: no vamos a pasar por ninguna aduana.
-Esa mujer será una adicta –supuso la señora-. Pero así va a tardar mucho más en recibir la cosa. Se va a subir por las paredes.
Mientras el joven aventuraba que tal vez solo fuera un loco y lo apoyaba otro por allí atrás, el chófer volvió a asestarme un vistazo antes de acelerar en la avenida. Entonces empecé a plantearme cómo le pediría que parase en un trayecto directo. Parecía un fanático del reglamento y ya íbamos con retraso. No es que temiese yo que por su falta de atención en la carretera se cumpliera la maldición del tipo del mando, sino que no podría tolerar durante dos horas la cercanía de alguien que me había descubierto. Con el agrio tufillo que emanaba de la mancha de sudor de la camisa encorvada, parecían sustanciarse sus sospechas. Miré atrás y, en lugar de ningún puesto libre, encontré la mirada fulminante del bigotudo. De un momento a otro cualquiera de los dos empezaría a burlarse de mí delante de los demás: aquel tipo tan grotesco había estado a punto de camelarme. Lo recordé intentando cambiarnos de canal, como si todos fuéramos los personajes difusos de una mala película, pero ahora me sentí solidario con él –estábamos vinculados- y me dio por pensar que, en efecto, el mundo se merecía que solo él y yo fuéramos reales.
 No parecían funcionarme aquella especie de par de ojos desorbitados del aire acondicionado instalados en el techo, pero, ya que no las de los viajeros, al menos desvié de mí sus pupilas. Por la ventanilla, a través del resplandor del sol, las calles parecían huir al pasado, hacia la primavera y el invierno de soledad en los que yo había estado encerrado, adonde ahora quería volver a toda costa. Había sido un imbécil creyendo que el verano y el mar y mi primo o su amiga serían mi salvación. En cuanto lograra bajar del autobús, cogería un taxi de vuelta al caserón. Pensé que el mejor sistema sería empezar a llamar gordo asqueroso al conductor y, crispando la cara y abriendo la boca como una fosa séptica, vaticinar que nos despeñaría por un barranco o se saldría por la primera cuneta y el motor estallaría y el autobús se convertiría en una bola de fuego.
Me imaginé lo que dirían de mí cuando reemprendieran la marcha.


viernes, 17 de mayo de 2013

LA DAMA DE TRINIDAD




                  


Todos los tipos vienen a verme bailar en la sala El Caribe, aquí en Puerto España; puedo notar cómo me reptan por la piel las larvas de sus miradas, y cuando me giro y agito la cabeza, entre la lluvia del pelo atisbo los alucinados ademanes de su deseo, los gestos soñadores de la lujuria y la expectación. Algunos hasta se atreven a abordarme en el camerino con ramos de rosas que mis negativas no tardan en marchitar. Se creen que el baile es una metáfora del sexo, y que al ejecutar con pasión cada nuevo paso, estoy insinuándome a ellos.

A eso creí que venía el maduro canoso de la otra noche, pero en vez de invitarme a cenar me comunicó que mi marido, Neal Emery, se había suicidado. Tras el biombo, me quedé helada, desnuda ante la verdad hasta que reaccioné y pude ponerme el vestido.

El visitante era Mr. Anderson, del consulado norteamericano en Trinidad, y venía acompañado del inspector Smythe. Me dijeron que Neal se había pegado un tiro. Dos pescadores habían encontrado su barca sin amarre; en efecto, el pobre había ido a la deriva desde que descubrió que no tenía talento para la pintura, como si en la vida no hubiera más realidad que su manía de buscar una manera original de reflejarla en un lienzo.

Los dos llevábamos un par de años en Trinidad cuando nos conocimos, hace poco más de uno. Yo me vine recomendada por el dueño de un local de Cleveland, un desgraciado que después de convencerse de que no lograría nada de mí, prefería dejar de verme a diario casi tanto como yo perder de vista a aquella ciudad tan gris. Neal también vino de rebote, porque cuando lo expulsaron de la Escuela de Arte de Chicago, se le ocurrió cambiar de ambiente y su hermano Steve le consiguió casi gratis un billete a Trinidad como pudo haber sido La Habana.

Neal llegó con la esperanza de que la exuberancia de las palmeras al salvaje viento del trópico, los atardeceres fulminantes como asesinos a sueldo o las lunas que bogan en las aguas nocturnas como cisnes malheridos, le inspirasen una visión propia, un estilo pictórico que lo expresase a él mismo. Me fijé en aquel joven moreno y espigado, de ojos entusiastas y pródiga sonrisa, que de mesa en mesa revoloteaba ofreciendo retratos por un dólar. Cuando me tendió el boceto de una bailarina parecida a mí, que suscitaba tal sensación de movimiento que parecía danzar en el papel como un dibujo animado, lo tomé por un genio. Mi padre había sido profesor de Bellas Artes. Empezamos a salir, comprobé que no tenía ningún talento y me enamoré de él.

A las dos semanas nos casamos en el juzgado. Neal fue feliz mientras aún se creyó en el camino de encontrar un estilo propio; a veces se pensaba a punto de lograrlo, decía que nadie habría pintado tal cosa de aquella manera y que de algún modo era necesario que él lo hubiera hecho así, y entretanto no le había importado primero mendigar y ahora que yo lo mantuviera. Pero cuando se vio incapaz de nunca pintar nada único se agrió, empezó a beber y a pensar en el dinero. Al contrario que yo, al descubrir que no tenía talento dejó de quererme. Dejó de querer al mundo entero, a sí mismo el primero, y por eso se envileció.

Averigüé que iba con otras mujeres y a partir de entonces lo único que compartimos fue esta casa, y eso las noches que él regresaba. Antes no le habían afectado los rechazos de marchantes y galeristas, pero ahora se complacía en vender por mil dólares sus cuadros a Max Fabian, el criminal internacional que de este modo le pagaba sus servicios, ya que, hambriento de dinero, Neal se había alistado en sus filas.

Así me lo comunicaron Mr. Anderson y el inspector Smithe, que desde el camerino me acompañaron a identificar el cadáver. Por su vida disipada, el suicidio no era el amigo que yo hubiera esperado de la clase de amargado que era Neal. Iba yo como una autómata, la conciencia impermeable a buena parte de lo que me decían ambos funcionarios. Curiosamente, después de todo lo que me había hecho sufrir, no podía recordar sino los raros momentos felices que había pasado con Neal. Solo reaccioné cuando el inspector insinuó que yo mantenía una relación secreta con Max Fabian. Aquí todo el mundo me toma por una diosa del amor. Es demasiado fácil pensar que me presto a realizar los sueños y las fantasías de los espectadores de El Caribe y achacar a mi cuerpo las variadas posturas y actitudes que sus sórdidas mentes haya combinado. ¿Acaso soy yo la responsable de haber generado toda la basura de sus cerebros?

Esta mañana, cuatro días después, Max Fabian me protegió en el juzgado de los periodistas. Realmente, incluso con su rígida cortesía, se le nota muy interesado en mí; al mirarme se le vuelve maleable el metal de la mirada. Volví a ser reclamada por el inspector y el cónsul. Había novedades sobre el caso. A la hora estimada de su muerte, un pescador había visto la barca de Neal en el embarcadero de Max Fabian. Y la autopsia había revelado que, en vez del disparo, le había producido la muerte una previa fractura del cráneo. Por tanto había sido asesinado, y presuntamente por Max Fabian, que había eliminado a mi marido para quedarse conmigo. Ni siquiera se molestó en indagar sobre nuestro matrimonio. El inspector me explicó que, no obstante, no había pruebas contra él. Como tampoco nunca se había podido demostrar su directa implicación en el tráfico de armas ni su concepción de variados complots criminales.

Ahora los servicios secretos lo sabían promotor en el Caribe de algún tipo de actividad antibritánica. Al parecer Fabian había espiado al mismo tiempo para bandos contrarios, urdido múltiples intrigas y sido, en fin, responsable de miles de muertes. El pobre Neal ha sido su víctima más reciente. Anderson y Smithe me pidieron que, ya que él me deseaba, de momento le diera esperanzas, me informara de sus secretos y se los transmitiera. Acepté. Aunque solo fuera en memoria de Neal.

Para que Fabian se confiara, en el juicio confirmé que mi marido tenía una personalidad autodestructiva y que varias veces habló de suicidarse. Así quedó corroborado en la sentencia: muerte por suicidio. Max me llevó a casa y acepté cenar en su mansión el domingo. Mi carrera de espía había empezado satisfactoriamente.

Al rato, alguien se perfiló en el umbral del vestíbulo y antes de que saliera de la penumbra, su pelo oscuro, los ojos furibundos y la cara ansiosa por un momento me hicieron creer que era Neal de vuelta de alguna de sus frustrantes entrevistas con algún marchante. Pero solo se trataba de Steve, su hermano. Y de hecho venía furioso de que en el juicio hubiéramos arrastrado la reputación de Neal haciéndolo quedar como un borracho, un mantenido y para colmo suicida. Hasta me acusó de haberle arruinado la vida. También yo me indigné de que volvieran a tomarme por una mujer fatal y lo dejé solo. Todo el mundo se cree que soy una devoradora de hombres y que utilizo mis encantos indiscriminadamente; incluso Smithe me ha reclutado para hacer eso mismo con Max Fabian.

Poco después Steve y yo nos hemos tranquilizado y hecho las paces. Me ha explicado que el mismo día de su muerte Neal le había escrito, con tono animoso, ofreciéndole un trabajo aquí, lo cual no es propio de alguien que está al borde del suicidio. Para mí ha sido un consuelo hablar con Steve, pero a causa de mi cometido contra Fabian no puedo contarle la verdad sobre la muerte de su hermano. En su compañía me siento como en los primeros tiempos con Neal, serena y a la vez emocionada, y hasta pierdo la noción del tiempo. Ahora que me gustaría conocerlo más, tengo que concentrarme en destruir a Max.

Físicamente Steve se parece a su hermano, pero su impulsividad está matizada por una inteligencia más diáfana, por un juicio más sensato. Lo he invitado a que pase la noche en casa y ocupe el cuarto al que eché a Neal cuando nos peleamos.

El único motivo por el que no quiero que Steve ocupe el puesto de Neal es porque éste nunca volvió a mi dormitorio.        

                                                                                                                                       

martes, 14 de mayo de 2013

CON FALDAS Y A LO LOCO



                 



Soy un tipo que lleva toda la vida huyendo. Primero de los matones del colegio, luego de mi castradora madre, después de los acreedores y hasta de un apartamento en llamas. De un lado a otro, tan lejos y rápido como he podido, y ahora, con tacones, un collar de corales falsos, postizos en los pechos y peluca, incluso tengo que hacerlo de los hombres. ¡No soy una cualquiera! Al menos mientras que para el mundo siga siendo una chica.

Todos los hombres parecen tener dedos en las pupilas, y eso que me creía poco atractiva, pese a que me haya depilado las piernas o lo bien que me he maquillado. Desde luego que entre Joe y yo el ligón era él, pero parece que como mujer soy yo el que más éxito tiene, y mi garbo va dejando por la calle una estela de suspiros y miradas arrobadas. Lo malo es que estoy constipado, y este viento del lago Michigan impulsa gélidas corrientes que que me suben por debajo de la falda, me ponen la piel de los muslos de gallina y me congelan hasta los hirsutos vellos de la entrepierna. ¡Ser mujer es mucho más arduo de lo que pensaba!

El único consuelo, hoy día de San Valentín, es que hasta ahora no nos hemos echado novio. Todo empezó anoche, en la funeraria Mozarella, que realmente lograba que cada cliente pasara bajo sus umbrales a mejor vida, ya que como genial tapadera daba acceso a un garito ilegal que con sus tragos, risas y músicas parecía el Paraíso. Parte de la música la aportábamos Joe, mi compañero de tribulaciones, y yo, respectivamente saxo y bajo, dos instrumentos que nos definían como hombres.

Por culpa de su mala cabeza en el juego y mi docilidad –sí, él es el dominante de la pareja- debíamos dos meses de alquiler, ya no nos fiaban en el colmado y hasta al mismísimo Joe las bailarinas le arrugaban la frente si lo veían acercarse a pedir un préstamo. Y para colmo, anoche, que era día de cobro, nos quedamos sin paga ni trabajo después de la redada que se llevó detenidos a la mayor parte de clientes y empleados. ¡Ojalá nos hubieran cogido también a nosotros! Pero fiel a mi sino, una vez más volví a escapar, junto con Joe. Si bien él es un donjuán que embauca a todas las chicas, a mí no me ha hecho falta vestirme de mujer para que me engañe. Accedí a empeñar mi abrigo para apostar en el canódromo y esta mañana, con un flemón y fiebre, hube de afrontar en chaqueta un viento de carámbanos afilados. Joe es lo bastante afortunado con las mujeres como para nunca acertar ningún ganador. Indignado, dejé de hablarle durante casi cinco minutos.

Famélicos y con agujeros en los bolsillos, en las suelas de los zapatos y hasta en el ánimo, al filo de la desesperación, nos llegamos a la agencia de empleo, donde una de las secretarias nos dijo que Poliakoff justamente necesitaba un saxo y un bajo para una gira por Florida. Entusiasmados por tal ajuste de la pieza del deseo en el rompecabezas de la realidad, accedimos a su despacho y no tardó el agente en darle un manotazo al puzzle: eran esos los instrumentos que necesitaban en cierta orquesta, pero tocados por sendas chicas. Todo había sido una mala broma de Nelly, la secretaria despechada por un plantón del caradura de Joe. Como me repito desde que llevo falda, una no se puede fiar del primero que llega.

Fue entonces cuando con tal de comer se me ocurrió la idea de travestirnos para que nos contratara aquella orquesta, pero Joe la descartó porque era demasiado hombre para eso. Al final Poliakoff nos encontró la ocasión de tocar en una fiesta universitaria, en Urbana, a más de cien millas de Chicago, y como no tenemos dinero ni para un autobús, Joe tuvo que camelarse a Nelly para que nos dejara las llaves de su auto. Yo habría preferido Florida por el sol, las palmeras o las chicas de la playa… Quién me iba a decir que yo sería una de ellas.

Entramos en el garaje y nos encontramos a un grupo de malencarados tipos que ya me parecieron gángsters. Mientras prolongaban su tensa partida de póker y el encargado nos llenaba el depósito a cuenta de la dueña, irrumpió otra banda que sorprendió a los primeros y los encañonaron con metralletas que brillaban mortales como tiburones a ras de agua. Para entonces Joe y yo nos habíamos ocultado tras el auto. Los del primer grupo fueron masacrados cara a la pared junto con el pobre encargado, que no había sido tan hábil como nosotros. A vista de perro, reconocí los botines del jefe de los sicarios, Colombo, que aunque intenta conservarlos impolutos, con frecuencia acaba por manchárselos, casi siempre de sangre. Precisamente era él el dueño de la funeraria-bar donde tocábamos y al parecer se vengaba así de cierta delación que había provocado la redada de la víspera. Dado que en aquel local se practicaban pocos ritos fúnebres, le sobrarían ataúdes y necesitaría cadáveres para amortizarlos.

Nos descubrieron, y aunque no querían testigos, gracias a que los distrajo el intento de telefonear que hizo uno que agonizaba, pudimos huir entre las primeras sirenas. Ya estábamos otra vez a la fuga. Momentáneamente a salvo, Joe telefoneó a Poliakoff y con voz aflautada se presentó como una chica apta para el puesto que necesitaba aquella orquesta de gira por Florida. El amor a la vida superó a sus prejuicios. En Chicago éramos hombres muertos, así que acabó por adoptar una idea que a mí ya no me parecía tan buena. Tener una fantasía no es lo mismo que deber consumarla veinticuatro horas al día. El vestuario de nuestras antiguas compañeras de trabajo hizo el resto.

En el andén de la estación, donde nos esperaba la orquesta femenina, nuestras rigideces, rectilíneas siluetas y trastabilleos contrastaron con la mullida opulencia y las curvas de la rubia Sugar Kane, una de nuestras nuevas compañeras, que se bamboleaba plena y sin embargo aérea, escorando a un lado y otro su redondeada feminidad a un ritmo que pautaba el deseo de todos los hombres presentes en la estación. Hasta el motor de la locomotora pitó, como ovacionándola con penachos de humo.

Joe y yo nos presentamos como Josephine y Dafne a la directora y al manager, que para mi sorpresa al vernos apenas abrieron los ojos un poco más de lo normal. A Joe se le ocurrió que camufláramos nuestra masculinidad con los típicos remilgos de las chicas poco agraciadas que, según él, con escrúpulos justifican su escaso éxito, y como sendos lobos con piel de oveja fuimos muy bien acogidos entre las chicas. En el aseo conocimos a Sugar, la más atractiva de un harén donde vestido de mujer me sentía como un eunuco. Supimos que bebía a escondidas, y ya que por eso estaba amenazada de expulsión, admití como mía la petaca que durante el ensayo se le cayó de la liga. No sabía yo el favor que me estaba haciendo a mí mismo.

Porque ahora que nos hemos acostado en las literas –y como un marido celoso Joe, que ocupa la de abajo, me ha retirado la escalerilla para impedirme escarceos nocturnos-, la mismísima Sugar acaba de irrumpir entre las cortinas de mi cama. Viene a agradecerme la ayuda, se me acuesta al lado y de inmediato me quema el calor de su cuerpo y se me sube a la cabeza. Me pregunta si a cambio puede hacer algo por mí y aunque me abrasa la llamarada de cierta posibilidad, solo la invito a quedarse el tiempo que quiera porque con ella me siento muy a gusto. Y como me pongo a temblar le birlo a Joe la botella de whisky y le propongo celebrar una fiesta privada que para ella tendrá una gran, monumental, sorpresa final.

Con tal de llegar a este punto, ha merecido la pena tanta huida.                     

                                                                                                                    

sábado, 11 de mayo de 2013

ÁNGELES CON LAS CARAS SUCIAS


                 


Los más jóvenes no recordaréis cómo era Nueva York durante la presidencia de Harding: el traqueteo de las carretas de lecheros y vendedores ambulantes entre el hormigueo de la gente; las voces puntiagudas de los vendedores de periódicos o de los italianos desde los puestos de fruta contrapunteando las notas eufóricas del organillo, que ascendían hacia la ropa tendida entre las escaleras de incendios; los charcos y el barro de las carreteras sin asfaltar formando surcos color chocolate entre las bostas de los caballos. Y deslizándonos entre ese bullicio, aquel magma de animación y vida, no faltábamos los rapaces de entonces, vagos golfillos sucios y desarrapados que agotábamos los días eternos en travesuras y rapiñas. Yo, Rocky Sullivan, era uno de los más osados cachorros de la avenida.

Huérfano de madre por culpa de la gripe y con papá en la cárcel, dormía en la cocina de unos vecinos y en todo el día no conocía más techo que el del cine ni otros maestros que los borrachos de los callejones; gastaba las horas rodando por el barrio como un salvaje en la selva. Mi mejor compinche era Jerry, un pillo que también tenía doce años. Nos dedicábamos a burlarnos de los polis, colarnos en los cines y a provocar a las chicas, sobre todo a Laury, mi preferida y a la que más me gustaba hacer rabiar, quizá porque aún no estábamos en edad de salir juntos.

Pero sobre todo robábamos. Lo hacíamos en el mercado y los almacenes, en los drugstores o las ropavejerías. Solo nos faltaba hurtarle la colecta al Padre Boyle. Los centavos que por todo aquello nos pagaba el buhonero los gastábamos en cigarrillos y chucherías. Un día a Jerry y a mí se nos ocurrió pasarnos por la terminal de los trenes de mercancías a ver si podíamos afanar unas bolsas de carbón, y nos encontramos con un vagón lleno de estilógráficas suizas. Fue forzar la compuerta y sorprendernos el vigilante. Llamó a un policía y nos persiguieron entre los vagones y a través de los raíles y del miedo, me torcí un tobillo y, el corazón en la boca, me atraparon al intentar saltar una valla.

Jerry sí se escabulló pero a mí me condenaron a tres años de reclusión en el reformatorio Warrington. Aunque por una vez tenía la comida asegurada, como un cachorro de león en el circo, me agobiaba no poder mezclarme en la corriente de vida de la calle, verme segregado del inagotable fluir, como un río caudaloso, de cualquiera de las avenidas donde brillaba la espuma de lo fugaz y lo imprevisible, o rompían las cataratas del peligro.

De visita, Jerry se ofreció a entregarse para que yo no cargara con toda la culpa, pero lo disuadí, no por generosidad, sino para que se cumpliera la ley de la calle. ¿Hay algún león que en la selva se entregue al cazador? Justo allí se bifurcaron el camino de Jerry y el mío, al punto de que ahora, quince años después, él es el sacerdote de la parroquia, el sucesor del Padre Boyle, y yo llevo camino de convertirme en el rey de las calles, el gángster más poderoso de Nueva York, el león de la ciudad.

Volviendo al pasado, en el reformatorio me condenaron a tres años más por romperle la pierna al director, que se empeñaba en que yo no guardaba la línea de la fila, y mi siguiente condena, de cuatro años y seis meses por contrabando de alcohol, la cumplí en San Quintín porque ya tenía edad suficiente. Entretanto, en la banda de Matteotti me respetaron la dirección del distrito norte, y a los dos años ya había desbancado yo al mismo Matteotti y organizado tres destilerías clandestinas en la ciudad. Ojalá al gobierno se le hubiera ocurrido ilegalizar también el tabaco o hasta el aire de Central Park.

Una noche granicé el ventanal del restaurante de los Baretti para confirmarles que me quedaría con la explotación de la mitad de sus calles, y aunque al día siguiente me detuvo la policía me tuvieron que soltar por falta de pruebas. Podía pagarme los mejores abogados y me asocié al que me salvó del apuro, Frazier, un ingeniero de las leyes capaz de saltárselas gracias a los provisionales puentes que tiende entre ellas, tan sutil que se desliza como una culebra entre los renglones y márgenes de las páginas del Código Penal.

Con Frazier abrí un casino y sala de fiestas que camuflando los beneficios del tráfico de alcohol los multiplicara, de modo que en pocos meses reunimos ochocientos mil dólares. Pero después de otra batalla de la infinita guerra de bandas volvieron a atraparme. Esta vez encontraron mis huellas en una ametralladora, y lo mínimo que Frazier pudo obtener del fiscal fueron tres años de condena. Frazier me pidió que los asumiera con tal de que dejaran de escarbar en los cimientos de nuestro entramado, y en la inteligencia de que él seguiría con un negocio que no ha dejado de prosperar, y que cuando me pusieran en libertad, ahora, la mitad del emporio sería mía.

Así que por fin ha dejado de girar para mí la rueda de la rutina de la cárcel: las pesadas tareas del taller, las comidas insípidas, los paseos en el patio. Lo primero que he hecho ha sido venir al barrio después de quince años de ausencia. Todo sigue igual salvo que ahora los autos han sustituido a los caballos; los relinchos ya son cláxones. Voy a entrar a la iglesia a saludar a Jerry. Aunque en todos estos años no hemos vuelto a vernos y hace mucho que dejamos de escribirnos, en seguida recobraremos la confianza; las semillas que se plantan en la infancia nunca dejan de germinar.

No paro de mirar a las chicas intentando reconocer a Laury, aquella pelirroja a la que tiraba del pelo. Por estas calles al fin vuelvo a oír mis pasos, los del pasado y los del presente; necesitaba nutrirme de las voces abigarradas de mi gente y de los colores en movimiento de mi ambiente antes de presentarme en el estirado local del maquiavélico Frazier… su local y mío, quiero decir. ¿Cómo no me va a poner objeciones en cederme la mitad si yo mismo lo considero suyo? Ningún león regala la mitad de su presa.

Por doquier veo chavales que me recuerdan al que yo fui hace quince años. Gracias a ellos puedo detectar entre la algarabía del presente el eco de mis correrías de antaño. Ahora incluso uno se topa conmigo; se me parece tanto que podría haber sido yo mismo en los viejos tiempos. En el bar me han dicho que Jerry ha creado un lugar de recreo para que los chavales no se conviertan en los golfillos que éramos y con el tiempo no lleguen a ser lo que yo. El león de las calles.

Solo que por aquí los leones no son especie protegida. Incluso me han robado la cartera: habrá sido ese chico de antes, el Rocky de los viejos tiempos, el que me también me robó la posibilidad de una vida larga, tranquila y feliz.



miércoles, 8 de mayo de 2013

GILDA



                   


Un tipo duro como yo, Johnny Farrel, que hace su propia suerte, no debería ser tan sensible a los puños duros y a las pelirrojas, no sé qué me dolerá más, lo cierto es que llevo media vida huyendo de los primeros para caer en poder de las segundas. Cualquier jugador profesional sabe que mezclar a las mujeres con el juego es tan malo como mezclar bebidas, pero tengo comprobado que apenas un destello cobrizo en la melena de alguna chica me avería la suerte.

Con veinticinco años llegué en un mercancías a Nueva York, procedente de Chicago, huyendo de los barrios más duros de por allí. En los muelles puse en práctica las enseñanzas de mi tío, ilustre timador, a la hora de trucar los dados y durante varias semanas siempre que necesitaba sendos seis apostaba el doble contra los estibadores. La racha cambió por culpa de la hija de uno de los sindicalistas del puerto, una pelirroja que conocía mis métodos y a la que el tono del pelo se le trasvasó a las mejillas cuando supo que también me gustaban las morenas, porque entonces le dijo a su padre que yo era un tramposo y de milagro escapé de las mazas de todos aquellos puños que tanto dinero me habían soltado. No hay mujeres de carácter tan furibundo como las pelirrojas, el rojo es el color de la ira.

Esta vez mis medios me permitieron tomar un pasaje de primera a Valparaíso, donde me lo robaron todo en una taberna después de que otra pelirroja me narcotizara el vino, y luego me enrolé en un carguero camino de Jamaica y en un mercante que desembarcó en La Habana. Un tipo tan duro no debería tener mi debilidad por los románticos nombres de ciudades y países que aparecen en las cajetillas de cigarrillos británicos.

Tras un par de años de aventuras que me mostraron los claroscuros del destino, los azares que como naipes reparte la suerte a los jugadores me devolvieron a Nueva York, de cuyos muelles me esfumé en seguida, no fuera a quedar algún estibador con buena memoria. No era fácil que me reconocieran, después de haber servido como fogonero en un buque. Sin embargo, reconstruí mi suerte y poco después de asearme en una boca de riego encontré trabajo en un garito clandestino de Park Avenue. Era un local de lujo en el que yo daba las cartas, pero la banca saltó por culpa de la más pelirroja de todas la pelirrojas: Gilda.

La conocí mi primera noche libre; bailaba en una sala de fiestas de Broadway. Recuerdo que cuando Gilda salió al escenario, agitó la sala el temblor y el demudado silencio de los terremotos. Cada vez que la veía actuar acontecía el mismo asombro que henchía la atmósfera del local con todo el aire que dejaban libre las respiraciones contenidas. A los primeros pasos creaba ella un espacio inédito, una especie de cima en el ambiente donde sus brazos se agitaban y desde la que todo el público y hasta la orquesta se resbalaban; su pelo se arremolinaba como una antorcha en la noche, sonreía y en torno a la provocación de sus movimientos el tiempo fluía en una dimensión distinta a la normal, raudo y luminoso como en la propagación de un incendio, más liviano y también potente que el habitual, radiante y a la vez oscuro, hasta que se detenía en un éxtasis mágico del que se quedaban colgando las desesperadas esperanzas de los presentes.

De repente uno advertía que hacía tiempo que ella se había retirado y un torbellino parecía haber arrasado la escena. Logré que me la presentaran y empezamos a salir. Entonces para mí también cambió incluso el tiempo que no pasaba con ella. Bailar con Gilda era aún más peligroso que verla hacerlo. Aunque fuera una música lenta, te acelerabas en su frenesí y como además no dejaba de hablar, yo apenas la entendía en el ombligo de aquel vértigo, sin aliento, y de nada me valía repetirle jadeando que cada cosa a su tiempo, que hablara o bailara pero que no lo hiciera a la vez porque yo solo era un hombre, y ni siquiera un tipo tan duro como siempre había creído.

Gilda estuvo a punto de convertirme en un romántico. Me obsesionó tanto que empecé a equivocar las cartas en el trabajo y, enajenándome de la confianza en mí mismo y en ella, empecé a sospechar de las sonrisas que repartía entre sus admiradores. Después de renunciar a ella, como quien recobra la vista tras mirar al sol, empecé a comprender que su profesión la obligaba a ejercer aquellas simpatías y que si había coqueteado con alguno lo había hecho para que yo la apreciase más. Hubo días que me ausenté del trabajo para espiarla y al único que sorprendí fue a mí mismo al encontrar la carta de despido del jefe.

Cocido en el infierno de los celos, cuando más me enmarañaba en los hilos de las sospechas y en las urdimbres de las conjeturas, logré rasgar aquella trama, me escabullí y subí al primer barco que encontré con destino a América del Sur. Así deserté de mí mismo, o más bien del nuevo y peligroso Johnny Farrel que Gilda había creado, un tipo que me inspiraba miedo: las pelirrojas sacan lo peor de mí mismo.

En las siguientes ciudades donde recalé –Montevideo, Río, México- no ha habido más pelirrojas y aun así me ha esquivado la suerte. Miento, sí que ha habido: miles de espectrales Gildas que no han dejado de danzar furiosas en el delirante escenario de mis insomnios y borracheras. Aunque cada vez creo menos en su perversidad han pagado por ella otras mujeres. Hasta que naufragué en el puerto de Buenos Aires, el ánimo harapiento, y con las ropas y el hambre de un mendigo. Gracias a que al menos conservaba mis infalibles dados volví a hacer mi suerte a costa de unos marines achispados.

Gané, pero detecté en la brisa nocturna la inconfundible estela de rosas de las tardes primaverales en Central Park, que me trajo el recuerdo de alguna tristeza. Creí que se trataba del perfume de Gilda, pero recordé que usaba Chanel. Cuando me encañonó un ratero dispuesto a privarme de los dólares que les había ganado a los marines, el peligro me hizo caer en que aquél era el perfume que embalsamaba los crepúsculos hacia los que Gilda y yo paseábamos del brazo por Cental Park. Me libró del ladrón la cuchilla camuflada en la contera del bastón de un caballero tan afilado, sutil y gélido como aquélla. Cínico y arrogante, parecía alguien muy poderoso; ostentaba la siniestra elegancia de ciertos asesinos; de la cicatriz de la mejilla, de su angulosa cara y solapados movimientos se desprendía un inequívoco aire de infamia. Al saber que era jugador, me dio la tarjeta del casino que regentaba, en la inteligencia de que no tardaría yo en exhibir mis facultades sobre sus tapetes de fieltro verde.

Al día siguiente lo primero que hice fue comprarme un traje barato con los beneficios y acudir a una peluquería. Por la tarde me presenté en el lujoso local. Me hice notar ganando demasiado al veintiuno, un par de matones me vapulearon –ya estaba de nuevo probando los puños, solo faltaba la pelirroja de turno- y cuando me llevaron ante el dueño, Ballin Mundson, el tipo del bastón, lo convencí de que me contratara. Después de dar tantos tumbos me apetecía disponer de un sueldo fijo.

Empecé vigilando las mesas para que no nos timase nigún tramposo como yo y a las pocas semanas ya era indispensable para Mundson. Además, me adentré en su confianza y amistad; nos unían cierta camaradería en el escepticismo, la misoginia y la dureza de nuestro concepto de la vida. Ante él sí que me sentía un tipo duro de verdad, es lo que se esperaba de mí. Hace un par de semanas, antes de salir de viaje, me nombró gerente del local con un porcentaje sobre los beneficios. Me ha gustado ser ahora quien administra las palizas.

Mundson ha regresado la noche de hoy sábado y al pasarme por su mansión para saludarlo me recibe radiante, con una sonrisa que por una vez no debe al poder o a la ganancia. Me confiesa que se ha enamorado (¡creía que odiaba a las mujeres!) y al darme paso al dormitorio para presentarme a su querida oigo una música que me conmueve, avanzo intrigado sin aún poderme creer que se trata de la canción favorita de Gilda y veo que en el tocador cae la cascada de una cabellera pelirroja que no le debería parecer tan terrorífica a un tipo duro como Jonnhy Farrel.