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jueves, 14 de noviembre de 2019

DIARIO DE UN LETRAHERIDO, CATORCE DE NOVIEMBRE: La Muerte.


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-Hola, soy yo. Me he quedado sola.
El lunes por la tarde Anne me llamó como de costumbre desde una cabina. Detrás de sus palabras resonaba una especie de rumor de olas, como si me hablara desde una playa.
-Perfecto. ¿Me paso por el hotel?
-Imposible, tengo la noche ocupada. He de ir a una cena al consulado ruso. Le he prometido a Elisha que iría. Tengo que tener los ojos abiertos. Ya sabes que para él es importante –el mar de fondo estallaba en un fuerte oleaje-. Al menos espero poder ir, he cogido un catarro bastante fuerte. La verdad, lo que me apetece es meterme pronto en la cama.
-Que te mejores. Bueno, entonces hasta mañana.
-Por la noche. Te espero –las olas restallaron contra un acantilado.
-Hasta luego.
-Adiós.
Pasé una noche más serena. Concilié un sueño sin sueños, reparador, de ocho horas. Cuando desperté me asomé a la mañana soleada y no hallé rastro de los gitanos. Definitivamente, la policía me los había quitado de encima. Supuse que tampoco seguirían a Pound. Aquella liberación me insufló el espíritu de renovados ánimos. La perspectiva de pasar la noche con Anne significaba una promesa de felicidad. Infundido de optimismo pensé comprarle una alianza a Anne. Sería la demostración de mi amor por ella y la materialización de mi deseo de que dejara a Pound por mí.
Miré en Internet cuál sería la joyería más cercana. En la búsqueda vi que días atrás una había sufrido un robo nocturno que la había privado de diamantes por valor de cinco millones de euros. Habían cavado un túnel desde la oficina de al lado y hecho saltar la entrada de la cámara acorazada con nitroglicerina. La policía no tenía pistas sobre ningún sospechoso de haberlo perpetrado. Salí e invertí todos mis ahorros en la compra de una alianza de oro. Me atendió una anciana mustia de mal talante. Me introduje la cajita en el bolsillo del pantalón para que no se me olvidara.
Volví a mirar en Internet por si había novedades sobre la evolución del estado del chantajista. No hallé nada. Me llamaron la atención dos noticias. En la India un tren había descarrilado y en el accidente habían fallecido cincuenta y cinco personas. Y en un mercado de Bagdad se había inmolado un terrorista con el funesto resultado de noventa y cuatro víctimas.
A media mañana me sonó el teléfono móvil. Miré el número entrante: pertenecía a un amigo.
-Hola, David.
-Qué tal, Juanjo. Llamo para darte malas noticias. Creo que no lo sabes.
-¿Qué ha pasado?
-Se nos ha ido Antonio. Lo enterramos ayer.
-Nadie me ha dicho nada. Lo siento tanto… Me hubiera gustado asistir.
-Se sabía que iba a ocurrir. Los tratamientos no surtían efecto. La enfermedad no remitía y por muchos ánimos que tuviera la suerte estaba echada.
-No somos nadie. Pobre Antonio, descanse en paz.
-Descanse en paz.
Con la noticia se me apagaron los ánimos. Al poco resonó el timbre de la puerta, seguido de unas perentorias llamadas con el puño sobre la puerta. Fui a abrir intrigado, pues no esperaba a nadie, y enfrenté a un desconocido al que tardé en identificar como Pound. Me llevé una desagradable sorpresa. Ya no podría ver a Anne a solas.
-Hola. ¿Ya has vuelto?
Como digo, me había costado trabajo reconocerlo. Envuelto en un abrigo negro que tenía una pelusa blanca en la solapa, mostraba unos ojos turbios con ojeras azuladas, un rostro lacio con una sombra de barba, el bigote mustio, y los rasgos borrosos de insomnio en el rostro empalidecido. Tiritaba.
-Acompáñame, no puedo estar solo –habló en un tono bajo y desde el estómago, sin vocalizar, de un modo casi ininteligible-. Vamos al hotel.
-¿Te encuentras bien?... Espera que coja la chaqueta –me cercioré de llevar el anillo para dárselo a Anne en un descuido.
-Ha sucedido lo peor –le castañetearon los dientes-. ¿No lo sabes, no? Ha muerto.
-Lo siento –también a mí me afectó la muerte del chantajista, significaba un peso en nuestra conciencia. No había encontrado nada en la prensa digital.
-He tenido que regresar precipitadamente.
-¿Por qué?
-He hablado con la policía.
-Ya sé que estás en libertad con cargos.
Por la acera andaba como un zombi. Chocó con un joven de atuendo vaquero que salmodiaba para sí las rimas de un rap. Lo cogí del brazo, como él acostumbraba conmigo, y pude guiarlo entre la gente. Era raro verlo tan afectado.
-Ahora todo me da igual. Estoy tan arrepentido de tantas cosas.
-Te lo advertí –me extrañó su arrepentimiento.
-Ha llegado su hora. Esto es el final.
-Antes de hacer las cosas hay que prever las consecuencias que tendrán.
-Era tan joven…
-Había otras formas de encarar el problema.
-No sé qué va a ser de mí –se enjugó con un pañuelo blanco las perlitas de sudor que le excretaba la frente.
-Ojalá la policía sea comprensiva. Tal y como presentaste las cosas, espero que salgas bien librado.
-Está de cuerpo presente… No me lo puedo creer. Todo ha terminado, parece mentira –parecía incrédulo ante las consecuencias de sus actos-. Ha sido un golpe muy duro.
Tiré de él para que no chocara con una madura pareja que venían cogidos del brazo.
-Tranquilo –lo consolé-. Ya no se puede hacer nada, todo el mal está hecho.
-No ha podido aguantar más… Una parte de mí esperaba que sucediera, la verdad –se contradijo-. No sé qué voy a hacer ahora.
-Esperar. No puedes hacer otra cosa.
-Esta muerte me va a cambiar la vida. Habrá un antes y un después. Lo juro.
-A ver si es verdad.
Llegamos al hotel. Recogió su llave en recepción y subimos al ascensor. Inserté la mano en el bolsillo del pantalón y me quedé helado al hallarlo vacío. Estaba seguro de que me había guardado allí el anillo antes de salir. Lo había extraviado en el camino. Me registré en vano los bolsillos de la americana.
-Estoy hundido –insistió-. Ha sido por mi culpa.
-Así es.
-Qué sensación de impotencia.
-Tenías que haberlo pensado antes.
Abrió la puerta de la habitación y me dio paso. El caniche aullaba en la penumbra; me heló la sangre. Había un bulto en la cama.
-Tú también la querías, ¿no? –pulsó el interruptor y la luz iluminó la verdad gélida y temible.
-¿Y Anne? –pregunté aterrado.
-En la cama, ahí la tienes. No debería haberla dejado sola, pero no podía más.
Le destapé la cabeza. Marmórea y pálida como la cera, yerta, con el antifaz puesto, yacía exánime.
-No sé cómo voy a vivir sin ella        
                        
     

martes, 12 de noviembre de 2019

DIARIO DE UN LETRAHERIDO, MARTES DOCE DE NOVIEMBRE: Más Disparos.


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Resacoso de miedo y anquilosado de horror desperté el domingo después de haber dormido apenas dos horas. Estaba famélico de espanto, abrumado de oprobio, agarrotado de odio. Había tenido una pesadilla. Soñé que Anne me convencía de asesinar a Pound. Y yo le disparaba en la suite del hotel, pero por más que le acertaba en órganos vitales él no caía, solo lloraba desengañado por mi traición. En la vigilia me sentía como un hipócrita y un miserable. Era amigo y cómplice de un asesino. Esta vez no tenía excusa, no me había tomado por sorpresa. En mi fuero interno sabía que Pound se disponía a asesinar al chantajista y no hice nada por evitarlo. Permanecí toda la mañana conmocionado por el segundo asesinato de Pound y asustado. Me moría de ganas de ver a solas a Anne, mi único consuelo. Odiaba a Pound, tenía miedo de él; estaba engañando a un asesino.
Sin poder concentrarme en la escritura ni en la lectura, pasé los dedos por los lomos de los libros y comprobé que el polvo del olvido los impregnaba sobre el escritorio; tendría que devolverlos a la biblioteca sin haberlos leído. Después de tomar el café me asomé a la cristalera. Había amanecido una mañana gris y lluviosa. La lluvia despellejaba en jirones los carteles electorales del muro de enfrente. El pájaro del miedo se me posó en los hombros cuando vi que en las dos esquinas de la calle había plantados con aire vigilante sendos gitanos. Uno era de estatura aventajada, con la melena rizada, la tez aceitunada y una cazadora de cuello subido;  y el otro robusto en su tres cuartos pardo y con un gorro calado sobre las orejas. El miedo a Pound se convirtió en furibunda furia. Al final no habíamos despistado al Chrysler y me había seguido a casa. Los gitanos ya sabían dónde vivía yo. Por culpa del magnate editorial ya tenía tras mis pasos a todo el clan Maya, ávido de venganza. Y lo peor era que no podíamos recurrir a la policía.
Me senté a revisar la prensa digital y la flor de una esperanza se me abrió en perspectiva. Otro joven del clan de los Maya había sido tiroteado en una reyerta entre bandas acaecida de nuevo en la calle Sederos, pero esta vez no estaba muerto sino malherido, aunque su estado era muy grave. Las asistencias sanitarias habían llegado a tiempo y conservaba la vida. Deseé a toda costa que el gitano sobreviviera.
Después de comer unas cuantas sobras, cogí el Clío para evitar a los gitanos y me dirigí al hotel para ver a Pound y establecer un plan de acción. ¿Cómo vivir teniendo a los gitanos pegados a los talones? También necesitaba ver a Anne, aunque estuviera acompañada. A lo largo del trayecto me siguió el Chrysler negro. Aparqué en el parking de San Agustín y corrí hacia el hotel Santa Paula. Cerca de la puerta me volví y vi que un individuo grueso cargado de medallas y cadenas apartaba a empellones a la gente para seguirme los pasos. Pound me abrió la puerta de la suite.
-Pasa, precisamente estábamos hablando de ti. Eres muy oportuno. Teniente, este es el hombre a que me refería.
Lo acompañaba un retaco, casi enano sujeto de impermeable beige y sombrero hongo en la mano, con una nariz incisiva, boca de rana y orejas de soplillo. Me mostró una placa de identificación.
-Teniente Pérez.
-Él estaba las dos veces conmigo. Podrá atestiguar que fueron casos de legítima defensa –se golpeó la palma de la mano izquierda con el puño derecho-. La primera vez nos atacaron con navajas. Era su vida o la nuestra, no tuve elección.
Resultó cierta la amenaza del chantajista. Habían delatado a Pound a la policía.
-¿Y por qué no nos informaron de nada? Huir y escurrir el bulto es mala política.
-Temíamos que no nos entendieran. Pero eran peligrosos criminales. Usted mismo ha dicho que tenían numerosos antecedentes.
-¿Pero y anoche? ¿Qué hacían en la misma calle?
-Me citaron allí para chantajearme. Y cuando vieron que no llevaba el dinero empezaron a disparar.
Tomé asiento en la butaca de cuero. Ellos dos permanecían de pie, frente a frente, en el centro de la habitación.
-¿Y por qué iban a matar a la gallina de los huevos de oro?
-Por venganza. Nos libramos de chiripa. Ya habrá visto cómo quedó el Volkswagen tras el que nos protegimos.
-¿Tiene licencia de armas?
-En América no son necesarias esas formalidades. Un hombre tiene que defenderse. En su justa medida. Ahora esos gitanos nos siguen a todas partes.
-Es verdad –tercié-, me han seguido hasta aquí. Están buscando la oportunidad de dispararnos.
-Necesitamos protección, teniente.
-Lo tendremos en cuenta.
-Esa gente está bien organizada y es muy peligrosa. Les he hecho un favor poniendo a dos fuera de combate.
-Las cosas no son tan fáciles. Pesa contra usted una acusación de homicidio y otra en grado de tentativa.
-No tuve más remedio que hacerlo, ya le digo.
-No salga de la ciudad.
-Por mi trabajo tengo que hacerlo. Salgo para Madrid esta noche.
-Bueno, al menos no salga del país.
-Tarde o temprano tendré que ir a los Estados Unidos.
-Avíseme antes de salir. Y preséntese en comisaría a la vuelta de Madrid. Creo que quedará en libertad pero con cargos.
Calándose el anticuado sombrero el teniente procedió a salir de la suite y cerró la puerta por fuera.
-Un policía nunca se despide –me dijo Pound.
-¿Por qué?
-Porque siempre espera volver a verte muy pronto después de demostrar que tus coartadas son falsas.
-Deberías haber acudido a la policía desde el principio. Así habrías tenido más credibilidad.
-Anne dice lo mismo –se desplomó en el sofá.
-¿Dónde está?
-En la cafetería. No quiero mezclarla en esto.
-Al menos no te han detenido.
-De momento. Te pongo una copa. Necesitaba verte.
Se levantó camino del minibar.
-¿Qué vamos a hacer ahora?
-Lo primero, vigilar al cónsul ruso. Tendrás que hacerlo tú, yo tengo que irme.
-¿Otra vez?
-Se ha decidido a comprar esos terrenos en Sierra Nevada. Necesitamos saber la ubicación exacta para tenerlos vigilados, y mañana por la tarde irá a verlos.
Me dio un gin tonic pero al tomarlo se me resbaló de las manos y se estrelló en el suelo. Pound llamó al servicio de habitaciones para que limpiaran el desaguisado.
-Ten en cuenta que tengo detrás a los gitanos. No podré seguirlo.
-La policía te los quitará de encima. Ya lo has oído. De todos modos solo tienes que seguir al cónsul hasta que llegue a la parcela. No te pido más.
El lunes después de comer estacioné el Clío en la calle Alhamar frente al consulado ruso. Tras mi rastro, el Chrisler aparcó varios coches detrás. El tiempo se había despejado, hacía una tarde clara y radiante, pero soplaba un viento punzante de frío, que ponía en fuga a las nubes de nácar a la carrera por el cielo azul cobalto. En el portal montaban guardia los dos protectores del cónsul. Pronto desaparecieron en el interior del edificio. No tuve que esperar demasiado. Diez minutos antes de las cuatro la puerta de la cochera dio paso al Mercedes rojo del cónsul, que seguido por el Toyota blanco de los guardaespaldas y por mí se dirigió al Camino de Ronda camino de la autovía de la Sierra. Formando una peculiar comitiva de seguimientos, el Chrysler me seguía de cerca. Así continuamos durante bastantes kilómetros. Grandes olmos y álamos flanqueaban el camino. El motor del Clío gemía cuesta arriba. Pude aguantar el ritmo del Mercedes. Un mal presentimiento me oprimía el pecho. La vegetación era cada vez más rala y la nieve empezó a colorear de blanco las laderas. Por la altitud empezaron a dolerme los oídos, sentía palpitaciones en el corazón y me ahogaba, falto de una respiración satisfactoria. Adelanté a un camión y me situé detrás del Toyota. Una cabeza y una pistola asomaron por la ventanilla, y reconocí al tipo de la cicatriz en la mejilla, que disparó contra los neumáticos. Mi coche se puso a cabecear y me hice a un lado, junto a la cuneta derecha. El Toyota también se detuvo y, parapetado tras la puerta abierta el conductor siguió haciendo fuego. Identifiqué al tipo de los dientes y los ojos protuberantes. Desde el Chrysler respondieron con su artillería a lo que tomaron como ataque contra ellos. El coche de los gitanos derrapó, frenó con un chirrido y estallaron varias detonaciones procedentes de su interior. A su vez los del Toyota reaccionaron contra sus inesperados atacantes. El cristal trasero del Toyota explotó en añicos. Me arrojé a la alfombrilla de Clío, no fuera a alcanzarme alguna bala perdida. Redoblaron los disparos de una y otra parte hasta que resonó una sirena de policía. Me asomé para ver cómo un utilitario negro al que habían instalado la sirena frenaba entre ambos oponentes, y salían dos agentes de paisano apuntando con sus pistolas alternativamente a ambos lados. El teniente Pérez había cumplido su palabra de vigilar al clan de los Maya, y, camuflado, el coche patrulla había finalizado nuestra peculiar cadena de seguimientos. Los oponentes quedaron detenidos. Vino otro coche patrulla para dar cabida a los cinco implicados en el tiroteo. Salí a cambiar la rueda. Ya había perdido al cónsul. Había fracasado la misión. Al menos volví a casa desahogado y salvo, nadie me perseguía.        
                        
     

domingo, 10 de noviembre de 2019

DIARIO DE UN LETRAHERIDO, DOMINGO DIEZ DE NOVIEMBRE: Tiroteo


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Las luces de las farolas y los neones atravesaban el interior del Clío y se proyectaban sobre el rostro aguileño de Pound, imponiéndole una máscara lívida. La noche violeta y misteriosa lamía las ventanillas. Una multitud henchía las aceras y terrazas del sábado noche pero se iban vaciando conforme nos acercábamos a nuestro destino. Pound había quedado con el chantajista en una esquina discreta, en el mismo sitio donde nuestros pasos se cruzaron por primera vez y su compañero fuera abatido por los disparos de mi amigo. Ésta llevaba a los pies una bolsa de deporte negra con lo que creía el dinero de la transacción. La cita era con nuestro enemigo solo, pues aunque pertenecía al clan de los Maya, que controlaba la mitad del tráfico de drogas en la ciudad, creíamos que actuaba por libre en nuestro negocio. Las sombras de los claroscuros entre las farolas de la calle Recogidas nos acogieron con extrañeza.
-Me he equivocado de camino.
-Sí, esto no me suena.
-Debería haber girado a la izquierda.
Bajamos hasta el Camino de Ronda y nos dirigimos hacia el río. La humedad empañaba los luminosos y aureolaba con halos las luces de las farolas. Pound rompió el silencio:
-Vamos a llegar tarde. Que espere.
Miré el bolso negro:
-¿Al final vas a pagarle?
-Voy a darle su merecido.
-No irás a matarlo también.
-Ajustaré cuentas con él. Conmigo no se juega.
A las doce llegamos a nuestro destino. Aparqué en la Ribera del Genil y nos dirigimos a la calle Sederos. Por la calle, con el frío, soplaban ráfagas de silencio. Las cuchillas del aire me sajaban las carnes. El miedo me calaba los huesos. La calle Sederos, sin portales, nos aguardaba muda y oscura. Una sola farola encendida iluminaba la esquina opuesta. Nuestros pasos resonaban en la medianoche. Al llegar a la primera bocacalle una sombra nos salió al paso y se materializó la figura rechoncha del segundo atracador. El joven traía la barba más crecida, casi le tapaba el tatuaje del cuello. Habló con voz despreciativa:
-Qué puntuales.
-Como la muerte –repuso Pound.
-Lagarto, lagarto.
-Que conste que será pago único –especificó Pound-. No quiero volver a verte la jeta.
-Te equivocas. Éste solo será el principio de una larga colaboración. La vida de mi colega vale mucho más que el pago de hoy. Nos veremos más veces.
-No estoy dispuesto a seguir pagándote el resto de mi vida.
-Pues hazte a la idea. Y por si se te ocurren malas ideas te advierto que un amigo tiene instrucciones de acudir a la policía si dentro de una hora no me presento en su casa sano y salvo… A ver qué traes en ese bolso.
-Cuéntalo.
-Dámelo tú.
Pound se agachó para abrir la cremallera de la bolsa y extrajo su pistola.
-Toma.
El disparo retumbó en la calle e impactó en el pecho del gitano derribándolo de bruces al suelo. Desde el estómago el horror me subió a borbotones garganta arriba. Respondieron al disparo sordos estampidos que vibraron en el aire junto a nuestras cabezas. Varias sombras se agitaron desde la cabeza de la calle. Pound fue el primero en reaccionar.
-¡Nos están disparando! ¡Con silenciador!
Agachando la cabeza corrió en zigzag calle abajo, encogido y cojeando. Lo seguí. Huecos zumbidos succionaban el aire. Si seguíamos a descubierto nos acertarían. Pound se atrincheró tras un Volkswagen azul. Lo imité. Me sentía ahogado de terror. Varias ventanas se iluminaron en la calle, se escuchaba el rumor inquieto de los vecinos. Siguieron abriendo fuego contra nosotros. El parabrisas del Volkswagen se granizó en un millón de añicos.
-Te cubriré. Corre al coche. Yo iré detrás de ti.
Me asomé. Al fondo de la calle confusas siluetas se movían detrás de una furgoneta. Pound disparó contra ellos y yo aproveché para correr hasta la esquina de la calle. Respiré hondo una vez la hube alcanzado. Vi que Pound renovaba el cargador de la pistola. Sin dejar de disparar se dirigió a mi esquina, pero vuelto hacia atrás se trompicó con un adoquín y cayó al suelo. Las balas silbaron por encima de su cabeza. Se levantó y alcanzó ileso mi posición. Sanos y salvos corrimos hacia el Clío. No arrancaba. Insistí con la llave de contacto y al fin el motor ronroneó. Para salir, golpeé varias veces el parachoques del Citroen aparcado delante. No sabía cómo salir de allí. Por fin maniobré correctamente y pisé el acelerador. Desde el fondo de la medianoche, reproduciendo el caos de la noche, se acercaba una sirena de policía. Pound respiraba acezante, ruidosamente. Cuando salí de la Ribera del Genil y giré hacia el Camino de Ronda, comprobé que nos seguía un Chrysler negro.
-Maldita sea, ¿por qué has tenido que matarlo?
-Ya lo oíste. Me habría estado chantajeando el resto de mi vida. No hay otro modo de tratar a los chantajistas.
Adelanté a un autobús y me salté un semáforo rojo, pero el retrovisor seguía encuadrando al Chrysler.
-¿Crees que serán ellos?
-Seguro.
Aceleré. El Chrysler aceleró. Lo teníamos pegado a nuestro rebufo. Temía que de un momento a otro abrieran fuego contra nosotros. El Clío no daba más de sí. Implacable, el Chrysler seguía nuestra estela. Adelanté a un taxi, logré separarme del Chrysler y me introduje en un parking que tenía salida trasera. A salida giré a la derecha y perdimos de vista al Chrysler. Parecía que lo habíamos perdido. Exhausto y desquiciado, puse rumbo a casa. Volví a equivocarme de camino.        
                        
     

viernes, 8 de noviembre de 2019

DIARIO DE UN LETRAHERIDO, VIERNES 8 DE NOVIEMBRE: El Regreso.


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Tironeé del edredón blanco de plumas hasta cubrirme con él y desarropar a Anne. A su vez ella lo arrastró hacia sí para arropar su cuerpo delgado y flexible.
-Confórmate con lo que tienes –repuso.
-Te quiero a tiempo completo, no solo cuando él no está.
-Me tienes ahora, es bastante. No lo puedes tener todo.
-No te tengo ni siquiera ahora. Te escurres entre los dedos como el  agua. Es imposible tenerte.
-Tienes que tener confianza en mí.
Ella permanecía silenciosa y enigmática, secreta y lejana incluso junto a ella, en la cama. Aún tenía puesto el antifaz que utilizaba para dormir. Era el jueves por la mañana y ella me había llamado desde una cabina el miércoles por la tarde. Aquella mañana Pound había salido para Madrid en un coche de alquiler; tenía miedo a los aviones. Habíamos quedado en que yo me pasara por el hotel para que ella estuviera presente por si Pound llamaba al fijo y pedía que le pasaran con su habitación. De hecho, había llamado dos veces desde mi estancia en la suite. En cuanto a las mañanas, Anne las seguía ocupando en alguna actividad misteriosa que seguía oculta tanto para Pound como para mí. Y así, despojándose del antifaz y dejándolo sobre la almohada, me dijo:
-Son las diez, tienes que irte.
-¿Qué vas a hacer?
-Tengo que salir.
-¿Y si Pound llama?
-Estaré en el móvil.
-¿Por qué tanta prisa? ¿Has terminado mi retrato? Me gustaría verlo.
-No me ha salido bien. Me resulta difícil captarte la expresión.
-Al menos pintar te relaja. ¿Cómo te encuentras?
-Lo peor es la depresión, se me viene encima como un nubarrón. Viene después de los ataques de pánico y tengo que medicarme.
-¿Y ahora?
-Estoy nerviosa. Siempre me pasa antes de salir.
-Pues no salgas, para eso te has quedado aquí. Quedémonos la mañana entera en la cama.
-Tengo que salir. He de ver a unos amigos de mi hermano.
-¿Tienes un hermano?
-Murió.
-Lo siento.
-Pedro y yo estábamos muy unidos, fue la persona más importante de mi vida. Era diez años mayor que yo. Nadie lo comprendía. Pasó largas temporadas en la cárcel, yo iba a visitarlo cada semana. Tenía una banda de atracadores aquí, en Granada. Crecimos aquí, mi padre era ingeniero y lo destinaron a las obras de la autovía a la costa.
-¿Era un delincuente entonces?
-Los delincuentes y los artistas son el último refugio de la individualidad… Sin Pedro no tengo a nadie.
-Me tienes a mí.
-¿Es verdad lo que dijo Elisha, que tú también estás solo?
-Tengo mis libros. Pero por lo demás estoy solo.
-Soy una experta en soledad. ¿A cuánta te refieres?
-A toda la que un ser humano puede soportar sin reventar.
-Todos estamos solos.
-¿Y qué haces con los amigos de tu hermano?
-Negocios. Si gano dinero me independizaría. Esto es un secreto, no se lo digas a Elisha.
-Lo dejarías entonces. Podríamos estar juntos si ganas ese dinero.
-No estoy con él solo por dinero.
-Le tienes miedo.
-Es capaz de todo. Me mataría si lo dejara. Mira lo que hizo con ese atracador. Suerte hemos tenido con que se tomara lo nuestro tan bien.
-Sabe que estamos juntos.
-No, le prometiste que no lo repetiríamos.
-A veces creo que le gusta que lo engañemos.
-Qué locura.
-No quieres dejarlo.
-Lo quiero a mi modo. Y es muy difícil llevarle la contraria cuando está presente. Te sorbe la voluntad como un vampiro.
-Es verdad, a mí me ha convertido en un espía. Con peluca y disfraces –cogiendo el antifaz me lo puse un instante sobre los ojos.
-Con lo torpe que eres.
-Al menos he logrado que sonrías un poco.
Un fuerte taconeo se acercaba por el pasillo. Una voz tonante, recia saludó a un empleado del hotel. En mi conciencia fue creciendo una atónita, atroz sospecha.
-¡Es él! –Anne gritó en silencio.
Unos golpes retumbaron en la puerta como si quisieran derrumbarla. El caniche se puso a ladrar. Salté de la cama, y cogiendo de la silla mi ropa en un amasijo, descalzo y en calzoncillos, fui a esconderme tras la cortina de raso negro. Un añico de cristal me pinchó la planta del pie derecho y ahogué un grito. Anne abrió la puerta y escuché el golpe de una maleta contra el suelo y el rumor de la succión de un beso. Esperaba que Pound no viera mis zapatillas con los calcetines enrollados al pie de la cama. Los oídos me zumbaban. Estaba helado de miedo. Me ahogaba.
-Buenos días, querida –habló Pound-. He terminado antes de lo previsto, ayer lo dejé todo firmado y decidí venirme a zanjar lo del chantajista. He salido a las cinco y media de la mañana y no he parado ni un momento, pídeme un café, anda. Voy al baño –un resquicio de esperanza se me abrió en la negrura.
Aproveché para salir y de dos zancadas recuperé las zapatillas. Anne me hizo señas para que me apresurara. Sin embargo, camino de la salida se me dobló el tobillo izquierdo, mis pies se trabaron, pisé al caniche, éste chilló, y con las manos ocupadas apenas pude apoyarme en ellas en la caída. Me quedé dolorido a cuatro patas sobre el mármol blanco. Oí el zumbido líquido de la cisterna y salí cojeando de la suite. La puerta se cerró a mis espaldas. Y me vestí y me calcé en el pasillo, ante la atónita mirada de un anciano acicalado en su traje de mil rayas y de un empleado que arrastraba el carrito de la limpieza.