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sábado, 19 de enero de 2019

EL ASEDIO: La persecución.



        Resultado de imagen de robert delaunay obras

Pronto empezaron en la ciudad a seguirme y perseguirme. Que yo advirtiera y recuerde empezó el cuarto día después del truncado aniversario de vida en común con Ángela. Aquella tarde me dirigía al bufete del amigo Mínguez. No dejaba de cruzarme con racimos de transeúntes en dirección contraria, a fuerza de esquivar a unos y otros sufrí un acceso de mareo que incrementó mi desajuste con el mundo. No en vano todo mi círculo se había conjurado para expulsarme de su seno. Mi desinformación de aquellos días –extendida al presente, aquí carezco de prensa, televisión y, a excepción del cibercafé, de Internet- me impidió saber si aquellos enjambres se dirigían al Palacio de Hielo con motivo de algún encuentro deportivo o concierto.
Me desconcertaban la prisa, el ajetreo y la expectación de aquella hora, quienes no aceleraban al palacio se apresuraban a casa a la salida del trabajo, abreviaban las compras o se encaminaban a las citas más tempranas. El humo del crepúsculo, el resplandor violeta, parecían ponerlos en fuga alejándolos de algún fuego.
Mis pasos oscilaban de la satisfacción de haberme deshecho  de una mujer que me oscurecía a la desesperación de haberlo perdido todo, de la desolación a la exaltación, y de la arrogancia a la desconfianza, un péndulo que desconocía la incertidumbre de la inmovilidad, me mareaba una certeza que no tardaba en columpiarse a su contraria, de modo que a un paso de contrición seguía otro de euforia, del alivio de haberme librado de quien coartaba mi talento y libertad a la pesadumbre de la incomprensión y la soledad, del arrepentimiento a la justificación, del orgullo al desaliento. Me había librado de mi propia sombra y acto seguido me alarmaba tal ligereza. A cada oscilación el péndulo de la alternancia me impactaba en la cabeza con el badajo de la campana.
Aturdido, me topé con un rapero ensimismado en sus rimas, y al salir despedido detecté a mis perseguidores. Adelantaban a una anciana cada uno por un lado. Incluso en mi estado me resultaron inconfundibles. Aparte de ser de los pocos que seguían mi dirección, ya me habían llamado la atención por la mañana, en la cola del supermercado y del estanco. En ambos establecimientos podrían haberme esperado fuera. Pertrechados con trajes de padrino de bautizo, gardenias en las solapas y cigarros puros asomando de los bolsillos, repeinados como a lametones de gato y calzados de charol, el contraste entre ambos los asemejaba a una pareja de cómicos. Mientras que uno era robusto y gigantesco, apoplético, acezante, y a sus pasos de ballet, inconcebiblemente ligeros, como un oso bailarín de claqué, se le bamboleaban las grasas, embutidas en una americana circense de costuras a punto de estallar, y con los sonrosados mofletes la papada le palpitaba constreñida por una pajarita alba de lunares azules, el otro removía su cuerpo sucinto, lacónico, perdido en un traje varias tallas superiores a la suya, con el impulso desmañado pero eficaz de dos muletas, y a cada artificial zancada la calva y linfática cabeza –enjuta como un ladrillo vertical- se le encorvaba y le aleteaba el estandarte de una corbata demasiado larga.
Imponiéndome su grotesca y rocambolesca presencia, en vez de espiarme con discreción, se dedicaban a acosarme proyectando sobre mí sus estrafalarias sombras. Más que amenazarme hacían irrisión de mí, al menos hasta entonces. Con tales enemigos mis vicisitudes se inscribían en el género del vodevil. Desde primera hora supe que eran sicarios contratados por Ángela.
Aceleré: aceleraron. Me hice el remolón en un escaparate: se detuvieron a entablar una conversación. Salí disparado sin mirar atrás. Quise desembarazarme de ellos para que Ángela ignorase que recurría a los servicios del amigo Mínguez hasta que no recibiera la acusación formal. Aunque él era amigo mío desde el colegio –di en llamarlo amigo Mínguez parafraseando al amigo Manso de Galdós por la paradójica expresión de su ingenua sabiduría y la inocencia versada que le confería su rapado-, prefería no exponerlo, más que a las tentaciones de un soborno, a las presiones de un chantaje. El amigo Mínguez es mi amistad más digna de confianza porque es el más inteligente y quien más tiene que perder, el crédito de su profesión; el resto de mis conocidos, Pedro Hierro incluido, no pasan de ser amigos de borracheras o cómplices de ligues.
Me zambullí en una aglomeración, surcada por corrientes transversales y vetas procedentes de las galerías. Para despistar a mis perseguidores me había decantado por el trayecto más transitado, una calle en la que confluyen pasadizos comerciales. Miré atrás: me espantó la contundencia con que el canijo tullido se abría paso con una muleta entre la maleza del gentío y el Golem propinaba empellones como si espantara moscas.
Desemboqué a una plaza casi desierta y por la bocacalle no tardó en proyectarse mi doble y esperpéntica sombra. Esparcidos por los bancos dos vagabundos creerían asistir a una persecución de payasos en torno a una pista de circo. La falta de resuello, a despecho de un puro encendido, no menguaba las zancadas del gigante, y el impedido se propulsaba con la pértiga de las muletas. Ausente del gimnasio aquellas atribuladas fechas, y afectado por las arritmias del estrés, fui yo quien cedió. Decidí refugiarme en la aledaña sede del amigo Mínguez. Tarde o temprano tendría que oponer a Ángela su integridad.
Salí de la plaza por una calle secundaria donde a juzgar por los impactos de la muleta y las vaharadas del habano pretendían acorralarme. Ya no se conformaban con seguirme. A los lados, en una mampostería sin resquicios, se sucedían persianas, puertas ancladas, ventanas condenadas, y tapiaban el fondo una barricada de contenedores entre un volquete de cascotes y la cúpula verde de un contenedor de vidrio. No tenía escapatoria. Con una bocanada de fritangas un extractor me envenenó el último hálito. Se me acercaba una manada de bolsas de plástico, aventadas por una mefítica corriente. Los jadeos del orondo me cosquilleaban en el cogote, me sentía al alcance de las muletas del enclenque.
Pero a juzgar por sus exclamaciones las bolsas debieron impedir su expeditivo avance y haberlos trabado entre ellos –una ciega muleta del flaco pudo zancadillear al gordo-, pues como si saltara entre dos vagones más allá del agotamiento me deslicé entre sendos contenedores, y aunque sentí que alguien intentaba retenerme atenazándome de un faldón de la americana me deshice de un tirón y los dejé atrás.
El conserje del edificio de oficinas se me quedó clisado. En el ascensor me remetí la camisa por el pantalón. Al saltar me había rasgado con algún hierro el costado de la americana. Me abrió un espigado pelirrojo de bata blanca con un fonoscopio pendiente del pecho. Salí del desconcierto para disculparme: me había confundido de planta.
En la sala de espera de Mínguez me asomé a un testero de vidrio. Y reventando en añicos mi recobrada calma me sentí caer en la calle al ver cómo desde la acera cierto escuchimizado agitaba con rabia una muleta hacia arriba. A su lado el forzado y esforzado obeso con un pañuelo tan grande como una bandera se enjugaba la sangre de un rasponazo en la sien. Lo más pavoroso era que a través del vidrio tintado me ensartaban sus cuatro ojos con brillo de cuchillo. Sabían dónde estaba.
                                                                                          
                              
                                         
                                                                                                                                                                                                                  

jueves, 17 de enero de 2019

EL ASEDIO: En la vega.




        Resultado de imagen de obras de kasimir malevich

El canto del viento entre los álamos me recuerda la voz hipnótica de las olas rompiendo a orillas de la noche. También la hierba parece surcada de olas. La vega es un lago que a resguardo de los montes copia el cielo. Cada día la paz del campo me contagia más calma. Entre los esbeltos troncos cabrillea el riachuelo. Después de más de dos semanas de estancamiento en la ciudad, desde mi venida al pueblo la corriente de la escritura ha recobrado su caudal. Es posible que antes de que me encuentren culmine la narración de los hechos y asista al momento en que el pasado encuentre el presente, el tiempo de la narración confluya con el ahora, y el río de mi historia desemboque en este valle. No será tan difícil porque aquí el tiempo discurre lenta, imperceptiblemente. Ahora, por ejemplo, tengo la sensación de que al ritmo de las hormigas que jalonan la vereda se acompasan las aspas del molino, el camino de las nubes, mi propio paso, el tractor que a través de los trigales desde aquí parece una oruga. En los diversos óleos de cada perspectiva del valle, en los inmutables paisajes, el tiempo no fluye. En el interior de la casa el tiempo deviene espacio: en el patio la hora tiene sesenta metros, el minuto sesenta centímetros.
Me suavizan el cinismo la alegría tersa de las amapolas, la seda de las violetas, el oro de las margaritas y el verdor de la yerbabuena, me amansan las hierbas y jaramagos como si los meros colores me inocularan la serenidad destilada de la infusión de sus hojas, me hipnotizan tanto la savia y la clorofila como la aguamarina del cielo entre las nubes de esmalte. Incluso el misterio de las sombras de los álamos, el enigma de la madreselva, son tranquilizadores.
El aire se irisa de pétalos rosas. Bebo la brisa sedante de los naranjos. En el zafiro de la tarde nievan cálidos copos, los vilanos, la espuma de las semillas de los álamos. Tapizado de éstas la cinta del camino se extiende hacia las pirámides azuladas de los montes, monumentales vigías que nos guardan de las tormentas del mundo exterior.
A mi llegada, después de tantas ofensas y ataques, me encontraba tan tenso y eléctrico, desbaratado y desbarajustado, el ánimo tan erizado de temores y susceptibilidades, que realmente habría necesitado un psiquiatra. Víctima de furibundos ataques de rabia, acalambrado y acalorado, medía a airadas zancadas el patio y mi razonable esquizofrenia, las manos retorcidas a la espalda y el torso inclinado hacia adelante, tal y como me veía reflejado en una de las ventanas, de vidrio agrietado, orientada al interior, escindido, encendido, cebado, encarnizado en la cíclica disputa con el fantasma de Ángela, saturado de razones y jaqueca me batía y debatía contra ella, rebatía sus réplicas factibles con mis argumentos.
Lo curioso es que en nuestra vida en común apenas discutíamos, sus compromisos acaparaban nuestro tiempo libre, solo compartíamos fiestas y recepciones, y nuestro déficit de comunicación pronto generó desconfianza, distancia, diferencias y más tarde indiferencia. Cuando Ángela empezó a hablar con elocuencia fue a partir de nuestro primer aniversario, desde que nos separamos sin palabras. Por suerte, a tres semanas de distancia, aquella sucesión de ataques y persecuciones, atentados y vejaciones, ahora me parece remota, como si datara de tres años. Sin embargo, tengo la certeza de que, igual que me alcanzará la narración de los sucesos, alguno de sus secuaces se hará presente y tarde o temprano me descubrirán aquí.
No he de confiarme. Hace apenas dos días que he escenificado mi última discusión con ella. Fue a la salida del cibercafé, después de remitir a mi propio correo el mail a Kafka. Al pasar junto a una noria en desuso me uncí a la ronda de acusaciones. Un golpe de viento me arrancó la gorra, y al perseguirla la arena me cegó tanto como la ira. Al recuperar la vista, entre unas zarzas asomó la gárgola de la cabeza de un lagarto.
Le eché a Ángela en cara su egotista afán de perfección, la insultante facilidad con que todo le sale bien y la prontitud con que el éxito le besa a la frente y en los ojos y la boca como un amante entregado, sí, el triunfo te bendice con la unción hipócrita de un atractivo sacerdote con quien me engañaras (Fermín de Pas), me debilitan tu ansia acaparadora y avidez de gloria, el egoísmo con que inhalas todo el aire disponible en la cima, a tu lado me asfixio, solo puedo respirar el anhídrido carbónico de tus suspiros de satisfacción, de tus quejidos insaciables, y no contenta con los aplausos de la escena y la audiencia en la televisión, con los focos, los flashes y la alfombra roja, ahora invades mi campo y también te dedicas a la literatura, y cuando te defiendes esgrimiendo que me has ayudado en todo y facilitado al máximo la vida, antes de que me enumeres las ventajas que me has brindado, armado de una razón invencible argumento que, incapaz de escribir nada a la altura de tu ambición, ahora quieres destruirme para apoderarte de mi obra, pretendes asesinarme para que no te discuta la autoría de El Centro del Vacío, vampirizar mi talento oscuro y digerirlo en tu organismo insaciable e implacable, el más apto para el éxito, de modo que cuando me elimines y dejes correr el rumor de que Louise Cristal es Ángela Mayo, el texto que bajo mi firma habría pasado desapercibido será famoso, la novela vanguardista se convertirá en popular, menos a mí, conviertes en oro todo lo que tocas, incluso una novela invendible; la verdad es que no hacíamos buena pareja, puede que físicamente no desentonáramos en los salones y en el imaginario, en las portadas y los estrados, pero una ganadora y un perdedor no casan, una triunfadora y un fracasado pertenecen a mundos paralelos que nunca deberían haberse acercado salvo para abrirte una puerta, servirte un café o traducirte un diálogo de Rojo y Negro, tu pareja ideal es Juan Eduardo Galán, él no está marcado por la negatividad ni tuerce su talento ni retuerce su arte contra sí mismo, todo lo contrario, ese charlatán todo lo vierte y revierte a su favor, si se lo propone puede vender una ranchera como la más sublime poesía o convertir una enchilada en alta cocina, multimillonario, tan exitoso y famoso como tú, desde que ha obtenido los honores de un cargo diplomático ya nada se opone a que ese mariachi de las letras vano y hueco, huero, ese Jorge Negrete postmoderno, ese playboy de telenovela, sea considerado el sucesor de Carlos Fuentes, pero ya basta de todo esto porque el recuerdo de mi última recaída ya me está trastornando y si prosigo el odio, que con el sol ha empezado a hormiguearme en la sangre, se me precipitará por las venas como un río salido de madre.
En la trocha más cercana de la cañada detecto unos chasquidos a mi espalda: un perro mestizo hoza entre las piedras husmeando alguna topera. Color canela y con una estrella blanca sobre los ojos, posiblemente lo haya abandonado algún cazador. Por un momento he creído que ya habían dado conmigo. Es difícil desembarazarse del miedo, debe segregar alguna hormona adictiva. Más temprano que tarde me encontrarán. Mi única opción radica en resistir hasta que se haya debilitado el ansia vengativa de mi enemiga. Resulta insoportable sentirse ofendido por quien a su vez sintiéndose ofendida desata contra mí sus fuerzas.
Siguen las pezuñas repicando atrás: guardando las distancias me sigue el chucho, cuando nuestras miradas se cruzan se pone a husmear entre la hierba. Se le ve percudido y desnutrido,  su desconfianza pugna contra el hambre y la necesidad de compañía. No me extrañaría que hubiera escapado de alguna mano cruel.
Detecto una olor a quemado, como de rastrojos, una vaharada acre y ocre, procedente del otoño. Antaño no empezaban a quemarlos hasta septiembre. Recuerdo mis últimos días aquí, a principios de un septiembre de hace veinte años, cuando acompañado por mamá el abuelo se ausentaba con frecuencia camino de la ciudad hasta que le fue diagnosticada la enfermedad. Por aquellos días me enamoré de la soledad. Fue un amor fugaz del que he de escribir a Franz.
Los rastrojos también me recuerdan a Salus, al cibercafé. Remitirme los correos a Kafka a mi propia cuenta no es un síntoma de escisión de la personalidad como Ángela sostendría, sino un medio de demostrarle lo bien que me encuentro sin ella, el escaso daño inferido por sus ataques. Por supuesto me consta que, habiendo pirateado mi correo, ella tiene acceso a mis mails. Rechinará los dientes al comprobar el estado de forma de prosa y temblará al saber que estoy trasladando a ella su crueldad, traduciendo sus desmanes a una novela.
Haber profanado mi intimidad se volverá contra ella. Tengo que revertir sus ventajas en inconvenientes, verter a mi favor todas mis desventajas y vicisitudes. Aquello que me trastornaba me está ayudando a recobrar la razón, todo lo que me descentraba y dispersaba ahora me centra y concentra. Además de modelo de mi antagonista, Ángela se ha convertido en mi musa negativa, estoy escribiendo contra ella. Quiero que sepa que me estoy alimentando de su ira, que no solo soy inmune a sus ataques sino que estoy metabolizando su toxicidad y que la alquimia de mi arte puede destilar su rencor y fermentar su veneno en pura ambrosía.
Tengo que agradecerle sus maleficios porque sin ellos esta novela no existiría. Si tengo alguna opción de existir con alguna originalidad es gracias a ti, si estuviéramos juntos no habría pasado de escribir en los ratos muertos de la oficina otra mediocridad como Vuelo en Picado, pretendiendo aniquilarme solo vas a conseguir salvarme, mi talento necesitaba toda esta presión para estallar y desatarse, tengo que esmerarme para que cada pasaje alcance su forma perfecta y no puedan denegarme la publicación de esta obra, procurar que en cada párrafo, por ejemplo éste, se retuerza todo mi sufrimiento, que cada frase refleje toda tu malignidad, de modo que cuando leas esto reconozcas en el espejo de la página tu perversidad, puede que me hayas desactivado la vida pero has activado mi escritura y gracias a ella exorcizaré mis fantasmas y…
Mi cabeza vuelve a estallar en campanadas de dolor. Me aturde la peste de la vaquería. Desequilibrado, me tuerzo el tobillo izquierdo en un socavón. La acera me devuelve el eco de mis pasos cojitrancos. Al volverme, más allá del perro una oronda sombra se escabulle tras la esquina.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                             

martes, 15 de enero de 2019

EL ASEDIO: Sobre caracoles.



        Resultado de imagen de james ensor obras

-Pues sí, para ligar, junto con el naturismo, no hay nada como las nuevas tecnologías, y no paramos de chatear, amigo Felipe… En serio, ¿quiénes son las afortunadas? O más bien el afortunado, me ha parecido. ¿Tenemos fotos?
Más que empalagosas, interrumpiendo mi mail a Kafka, las palabras de Salus en su cibercafé parecen lubricadas, lúbricas, o más bien grasientas, untadas de mantequilla ya derretida; luce el hocico salpicado de una miríada de relucientes gotas como si acabara de devorar un muslo de pollo asado o un costillar de cerdo habiéndose deleitado con un chupeteo hasta el último cartílago.
-¿Sabes, Felipe? Yo contacto con la gente de Internet con la excusa de la vida sana y tal.
-Me imagino que por aquí, en el pueblo, solo habrá gente mayor.
-Habría que explotar eso. Yo haría una compañía de promoción de turismo rural entre los gerontófilos… En serio, ese amigo que tenemos es alemán, ¿no? ¿Vive por aquí cerca?
-¿Quién?      
-Franz.
-No, es checo. Vive en Praga.
-Invítalo a venir, en el secadero tenemos sitio de sobra. Esto le encantaría. ¿Cómo lo conociste? ¿A qué se dedica? ¿Cómo es?
-La verdad es que sí que le encantan los paseos por el campo. Pero no sé… es un joven tímido y solitario. Va de la oficina a casa y de casa a la oficina. No le gusta su trabajo y está bastante amargado.
-Hay un caso más grave, tener como yo el trabajo en casa… ¿Y a qué nos dedicamos? No creo que vivamos de la pintura, ¿no? ¿Qué vamos a hacer cuando volvamos a casa? ¿O nos vamos a quedar aquí toda la vida? ¿Necesitamos ayuda? –A su siguiente paso me deslizo tan atrás que desplazando la otra silla me encuentro ante el siguiente ordenador.
-Ya veremos. Vivo al día. Ni siquiera sé lo que voy a cenar. A propósito, he visto que sirves tapas.
-Somos el único cibercafé del mundo que lo hace. ¿Nos apetecen unos caracoles?
-Gracias, no me gustan –se retira dos pasos y recobro mi puesto. Observo los percudidos intersticios entre las teclas, idénticos a dientes con sarro o retículas de uñas sucias-… Oye, ¿y el material no se mancha?
-¿Qué importa? Con la comida incorporamos el mundo  de los sentidos al espacio virtual… En serio, yo probaría los caracoles –paso adelante-, mucha gente tiene prejuicios, les da asco y tal, pero después de probar el bichito ya no quieren comer otra cosa. Y es un producto natural.
-La verdad, no vale la pena intentarlo; no necesito tirarme de un séptimo para saber que no me mola –paso atrás.
-En el prado hay mogollón de caracoles, cerca de los secaderos, ya sabes. Cualquier día me verás por allí con una bolsa.
Navego por las noticias de un periódico digital para que me permita terminar el mail a Kafka. Una noticia demuestra estadísticamente que con la crisis ha aumentado el número de mujeres que se dedica a la prostitución.
-Son hermafroditas, ¿no? ¿Podemos mirarlo en Internet?
-¿Quiénes?
-Los caracoles. Para que luego digan que el asunto no es natural.
-Oye, has contratado a un cañón para el minimercado.
-Está muy bien, para quien le guste ese tipo de belleza. Se llama Candy, aunque no hace honor a su nombre, al menos conmigo. Espero que pronto empiece a rendir a tope, que es lo que interesa.
-Dile que venga y la invito a una ración de caracoles.
-Te costaría más que eso… Quizá a cambio del número de Franz… En las vacaciones me voy a Praga.
-Imposible: Franz odia los teléfonos. No me lo imagino llevando uno por nada del mundo. Sería un regalo de su padre o de su novia. Y aunque el pobre no hace nada malo no le gusta que lo controlen.
                                                                                          
                       
                                                                                                                                                                                           
                        

domingo, 13 de enero de 2019

EL ASEDIO: Un mail a Kafka.



               Resultado de imagen de antonio saura obras

De: Felipe Leal.
Destinatario: Franz Kafka.
Asunto: La soledad.
Texto: Admirado Franz, hijo adoptivo del silencio y de la soledad, ojalá antes hubiera seguido tus prédicas. Pronto supiste que la mujer es vida y el amor la realidad más intensa, y que tú tendías a lo opuesto, a la literatura, la más acabada forma de muerte e irrealidad. La literatura es la más elegante máscara que puede adoptar la muerte, una máscara que a medianoche con el agraciado desgraciado de turno danza una polca histérica, un vals decadente, una vibrante mazurca, un sensual tango.
Tú preferías escuchar el canto de las sirenas, el silencio de las sirenas, antes de pilotar junto a una esposa la travesía de tu existencia. Por eso nunca dabas el último paso e igual que tus personajes nunca arribaban al castillo por cercano e inminente que pareciese, también tú representabas la falacia de la flecha que a través de un espacio infinitamente divisible aún no ha alcanzado el blanco, y nunca llegabas al matrimonio, por más pasos que dabas hacia él se alejaba de ti el altar, si es que hay altar en las sinagogas.
No querías que la convivencia con una compañera te dispersara. Con tu padre y tu jefe ya tenías más que suficiente. Milena o Felice, incluso la bella y desconocida joven con quien hablaste en el balneario –acaso la misma muerte-, habrían usurpado la noche y el silencio, el último reducto de tu soledad, el territorio de la libertad. O más bien la cárcel de la que no querías salir, la celda en la que se te permitía escribir. La libertad absoluta acaba reducida a servidumbre extrema. Una esclavitud en la que a diario se prueba el látigo, el látigo que Capote sabía comportaba cualquier don o talento artístico. Cada noche contigo Milena habría tenido la sensación de tenderse en el mármol de una lápida, Felice habría intentado hacer el amor con un muerto. Para desdramatizar un poco se diría que en cambio tú habrías creído que tu padre o tu jefe en camisón se metían en tu cama.
Por mi parte, después de haberme separado de Ángela he evitado volver a mi vida mujeriega y huyendo de la ciudad me he recluido en este pueblo. Al paso de los días la vieja casa se ha convertido en mucho más que un refugio de mis vicisitudes y tribulaciones devenidas de tan traumática separación. He descubierto que la suma libertad de movimientos estriba en no querer salir del mismo lugar. Un sedentario puede convertirse en el viajero más intrépido. Se puede dar al mundo alrededor de un patio. Haciendo de la necesidad virtud, he logrado que la aparente limitación se convierta en ventaja, la carencia en consumación. Sí, Franz también yo llevo camino de llegar a ser un asceta, otro artista del hambre, otro trapecista que se acostumbra a no tocar el suelo; como tú decías es posible llegar a un punto del que ya no hay retorno. En mi caso, con mi fervor por la soledad recupero un amor de adolescencia, mi primer amor…
Sobre la pantalla del cibercafé se cierne una fétida sombra, me aturde un rastro de ajos y rastrojos, y al advertir la cabeza porcina leyendo por encima del hombro, cierro la pestaña del correo electrónico. Se yergue Salus en su ovoide media estatura enguantada en un chándal vintage de paralelas rayas blancas en el lateral de las mangas y perneras azul marino, y para recobrar el mínimo espacio de separación deslizo a la izquierda las ruedecillas de la silla.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                          

viernes, 11 de enero de 2019

EL ASEDIO: En crisis.



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No recuerdo cuántas veces circundé la ciudad a lo largo de la circunvalación sin saber qué entrada tomar. Me encontraba en tierra de nadie, en un limbo de irrealidad, en una crisis de identidad. Me sentía tan ajeno a las torres como a las chabolas crecidas en las lomas del norte. Eterno defensor de la memoria, estaba amnésico. Una especie de destierro interior me alejaba tanto de la vida bohemia como de la burguesa.
Carecía de amigos y vecinos, de domicilio u oficio fijo, de país y de religión, de futuro y de pasado, por no tener no tenía ni edad; ya no era joven pero tampoco viejo. Y lo más grave: no tenía novela en curso ni ideas ni ánimos para acometer alguna. No era rico pero tampoco pobre, no estaba alegre pero tampoco triste, aunque más bien triste. Me movía a través de un figurado domingo por la tarde de sol filtrado e indeclinable en cuya luz maduraba una intemporal nostalgia, la nostalgia por lo que nunca había tenido, la consciencia de un vacío dejado por nadie.
Y esta vez aquella difusa tristeza no se resolvía con la espectral visita a alguna unifamiliar adosada con un columpio pendiente de un castaño meciéndose al viento desolado o sobre el césped pelado con un estuche de acuarelas disolviéndose bajo la lluvia. Era como si me hubiera despedido de alguien muy querido y no obstante olvidado que solo hubiera dejado la pena de su ausencia. Extranjero en mi propia ciudad –no pude sino recordar a Camus- discurría en una clandestinidad existencial. Ni siquiera podía acogerme a la única embajada de asilo seguro; mi madre no respondía al fijo y, ocupada en el dispensario, no me la pasaban en el ambulatorio y tenía el portátil desconectado. Era una especialista  en curarme todo tipo de heridas, mi única sanadora. No tenía espacio en el apartamento para recibirme, de ella solo necesitaba el consejo y el consuelo de su voz de terciopelo circulando como un suero nutriente en mi sangre.
Le disgustaría mi ruptura con Ángela. Desde que me había mudado con la mujer más célebre de la ciudad se le notaba, además de orgullosa, aliviada por mi cambio de vida y haber encontrado una sucesora en quien delegar sus preocupaciones. Además, tendría que posponer sus ilusiones de convertirse en abuela; no encontraba la manera de convencerla de que los hijos natos como yo somos padres-de-nadie. Quizá por mi carácter de hijo único y póstumo siempre fue una madre protectora. Mujer emprendedora, imaginativa, diestra, certera y acertada, cierta, de perenne iniciativa y carácter de acero, generosa y conciliadora, a sus veinte, como una dalia joven y vigorosa trasplantada del campo a un invernadero, se vino a la ciudad procedente del remoto pueblo, dos provincias al norte, a cursar enfermería.
Aún auxiliar conoció y casó con mi padre, un prodigioso neurocirujano refugiado de cierta ciudad centroeuropea que en treinta años había pertenecido a cinco países decisivos, de estirpe magiar, húngara o acaso zíngara, en definitiva un bohemio de Bohemia con afición a la música de sus compatriotas y a las bebidas espirituosas. Fulminado por un infarto masivo un mes antes de mi nacimiento, mamá tuvo que sacarme adelante con su espíritu de lucha, secundada por los abuelos y una pensión insuficiente. Me temía que cuando la pusiera al corriente de mi conflicto hiciera causa común con aquella otra mujer de hierro en aleación con talento, Ángela, de quien se declaraba admiradora. Se veía reflejada en ella, su modelo si hubiera nacido en la generación siguiente. Creo que el día que se la presenté fue el único que se sintió orgullosa de mí. Aceleré para dejar atrás tales consideraciones.
Apreté el volante, nervioso y frustrado. Todos los vericuetos de mi pensamiento fluían en una dirección única, en la embotellada autovía de mi obsesión: Ángela, la gata garduña, maléfica y peligrosa, vengativa y maliciosa. Volvían los síntomas que ahora en el pueblo me resultan tan familiares: ebullición de la temperatura corporal, tamborileo de patíbulo del corazón, el dolor retumbando en el cerebro. Tolón, tolón, me atolondraba la campana de la cabeza. Mentalmente volvía y revolvía mis recriminaciones contra Ángela con la misma insistencia con que circunvalaba la ciudad en un círculo vicioso y sin salida. Cuando me planteaba por dónde entrar me hipnotizaba el péndulo de la incertidumbre.
A veces me daba por pensar que, desterrado de la ciudad tras convertirme en uno de sus más prominentes vecinos, la rondaba buscando una entrada clandestina, otras veces sucumbía a la impresión de estar cercándola o asediándola para rendirla, reconquistarla y expoliarla. No sabía si echarla de menos o incendiarla. Hasta que acaso para volver al lugar del crimen, adopté el desvío del centro.
Con la animadversión de un infiltrado dejé atrás la catedral y el ayuntamiento. Decidí abandonar el coche en un parking cercano a la inmobiliaria de un amigo con el propósito de alquilarle algún apartamento, cuando recordé que igual que a tanta gente influyente me lo había presentado ella. De un volantazo enfilé el bulevar. No quería que ella supiese de mí. Sobre la cima de añosos plátanos, en la azotea del bloque de una perpendicular distinguí un cartel de alquiler, una especie de palomar o torreón, posiblemente el estudio de algún conserje antiguo.
Fui a almorzar con la llave y el contrato de alquiler en el bolsillo. Había logrado convencer al propietario de que no me exigiera avalista, de modo que pude evitarle a mamá desempeñar su clásico papel en mis negocios. El tipo se las había ingeniado para acondicionar como estudio abuhardillado, de diez metros cuadrados, tal excrecencia o forúnculo nacido en la joroba de aquel mazacote de edificio, especie de ballena varada a orillas del bulevar, de fachada de arenisca y sin ascensor.
Después de almorzar cabeceé una siesta en la colchoneta de faquir engendrada bajo los cojines del sofá de eskay con el forro destazado, único mobiliario junto con una mesa plegable y una silla de tijera con tela a horizontales rayas albiazules, procedentes de un equipo de camping. Arrasado de desventura, después de una mala noche me dormí hipnotizado por el péndulo del hilo de una araña en un rincón del cielorraso.
Desperté con la reparadora, redentora sensación de haber recibido un indulto o de haber lavado con el sueño mis culpas. Cambié las cándidas claves del mail, Google y Twitter por otras que según las leyes de la probabilidad un ejército de matemáticos habría tardado un milenio en descifrar.
Por el ojo de buey, sobre un fondo de seda azul topacio transitó un deshilachado dragón chino de algodón. Salí al terrado, erizado de antenas de televisión, una de telefonía, y con el suelo de pizarra. Siempre supe que la literatura me llevaría a la cima. Miré en lontananza el horizonte asperjado de cirros, hinchiendo el pecho con graves y trascendentes consideraciones respecto al futuro. Aquel sería un buen lugar para escribir, no sabía qué escribir ni ya para qué escribir o porqué escribir, pero estaba bien claro que necesitaba escribir. En aquel cubículo tan independiente podría concentrarme, aunque Kafka predicaba para el escritor e tipo opuesto de aislamiento, un habitáculo soterrado, de modo que puesto a seguirlo debería haber alquilado un trastero en un profundo sótano.
Desde allí se contemplaba una perspectiva abierta del bulevar, las dos hileras de arbustos en flor paralelas a sendas filas de autos atascados e interrumpidas por quioscos, estatuas de celebridades antiguas, zonas de juego, una glorieta y dos rotondas con surtidores. Una banda de jóvenes instrumentistas de viento metal se dirigían a ensayar en la glorieta. Tomé una fotografía con el teléfono. Hoy día es tan fácil ser fotógrafo como escritor.
Al revisar Twitter me sentí caer al bulevar por el vacío de siete plantas: aparecía colgada en mi cuenta la fotografía recién tomada. Entre los músicos, antes de subir a la glorieta, un trompetista, haciendo los cuernos con la otra mano y empinando el instrumento como si bebiera a morro, parecía ensayar una pedorreta.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                      

miércoles, 9 de enero de 2019

EL ASEDIO: En el barrio universitario.



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En la avenida podía ver por el retrovisor cómo se hundían en el pasado los edificios de acero y cristal y mi relación con Ángela. A locura me doblaba en la campana de la cabeza el badajo de una jaqueca estridente. De vuelta al barrio universitario intenté convencerme de que recobraba la juventud y que, caducado un año de domesticidad burguesa, de amaestramiento casero, el gato de angora volvía a ser un tigre en la selva de Bengala.
Pero quizá por recorrer en un Audi aquellas calles tan pateadas sentí cierto extrañamiento, no las reconocía como propias ni ellas, como viejas amigas desconfiadas y circunspectas, me recibieron en calidad del familiar que venía a renovar su viejo trato con ellas. No me aceptaban, las regaba un furgón de limpieza que parecía neutralizar el perfume de la aventura. La marquesina de bus y los bancos yacían vacíos. Como si fuera verano, no se veían estudiantes por ningún lado, los viandantes eran, en efecto, maduras estivales, cuando no otoñales, con el carrito de la compra, o invernales transeúntes de rictus adusto, los típicos propietarios descontentos con el mantenimiento de sus pisos o insomnes por la fragorosa euforia de los jóvenes.
Mientras buscaba aparcamiento comprobé que los pubs habían cambiado de nombre, las lavanderías habían cerrado, el comedor universitario estaba de reformas, y desconocidos camareros miraban cómo las palomas picoteaban migas en las terrazas desiertas. El día se había abierto, ampuloso y espléndido como un nuevo rico o un pedante intelectual en busca de animación a quien los jóvenes evitaban y dejaban solo. Tomé un desvío donde me topé con una camioneta que me hizo retroceder: dirección prohibida.
Logré estacionar en un callejón cercano a mi último alojamiento. Se ofrecía en alquiler la tienda de ropa de segunda mano regentada por uno de mis ligues. Como una perra callejera me lamía la nostalgia huera de aquellos amoríos esporádicos que, confusos, fugaces y borrosos como rastros en la arena, quizá por el alcohol se nivelaban en el recuerdo, huellas borradas por el viento. De Vicky, la tierna y tímida comerciante, recordaba poco más que su afición por la pintura o la escultura, y eso que estuvimos juntos cerca de dos semanas. Ella misma me presentó a su sucesora, una jugadora de voleibol o baloncesto, y a ésta siguió cierta holandesa o danesa, no sin volver durante un fin de semana con la de la tienda, de modo que con tal ajuste y reajuste de parejas en los mismos locales de siempre, lo que ocasionaba reencuentros vergonzosos o gloriosos, ahora los confundía y los caracterizaba erróneamente.
De los escaparates de las fotocopiadoras, comercios de comestibles y restaurantes económicos habían desaparecido las típicas ofertas de habitaciones pergeñadas a mano y con tiras de papel con el teléfono a disposición de los interesados; a aquellas alturas de curso no quedaría nada disponible. En la plaza, después de varias demoliciones recientes, los viejos edificios se alineaban como una dentadura mellada. Un año había bastado para volverme un extraño en el barrio donde había vivido treinta, los diez primeros con mi madre, que ahora compartía apartamento con una compañera del ambulatorio.
Apenas reconocía nada; el ambiente se había desajustado, los semáforos se instalaban en lugares inesperados, las calles eran más cortas, las voces sombrías, hasta la resonancia había cambiado como en un cuarto sin cortinas.
Así hasta que por fin empezaron a mariposear primaverales bellezas. Pero he aquí que embebidas en las alas de sus conversaciones o libando en otros pétalos, mi insegura sonrisa pasaba desapercibida. Me sentí invisible para sus pupilas como el reflejo de un vampiro sediento de sangre joven. Era un imán en un mundo sin hierro. Me notaba mustio, afeado, lívido: por obra de algún hechizo Ángela me había privado de mi atractivo. El fracaso me encogía y cohibía, la desgracia me demacraba, la consciencia de todo lo que había perdido en pocas horas me apagaba la mirada y me fundía la  seguridad en mí mismo. Era un forastero en aquel barrio abierto a todo el mundo. Las puertas se me cerraban, las miradas me traspasaban, y hasta la acera me hurtaba la resonancia de mis pasos. Dudé de mi consistencia física. Era un fantasma o un perro abandonado. Ni siquiera mi madre me devolvía las llamadas.
Me encaminé a mi última residencia más que nada por reencontrarme con Pedro Hierro, un colega. En un itinerario conjunto habíamos compartido, entre otros inquilinos, los tres últimos pisos. Nos habíamos acostumbrado uno a la presencia del otro al otro lado del tabique, y aunque no coincidiéramos en el salón y hubiera otros compañeros de piso, la continuidad de costumbres y ruidos familiares, nuestra solidaridad de veteranos o destronados príncipes encantados en una eterna juventud, constituía un remedo de hogar.
Un magrebí tuerto pintaba la fachada del pub de abajo, después de incontables traspasos el mismo donde a mis veinte forjara el mito de que trabajaba y estudiaba, pues allí me limitaba a explotar entre las chicas el proverbial atractivo del camarero, y a reinvertir mis honorarios en otros pubs, por lo que cada mes acababa por recurrir a la cuenta corriente de mi madre.
En el portal encontré un anuncio que demandaba un inquilino para el quinto A, el piso en cuestión, y una punzada me azuzó el corazón. No tuve que llamar al portero automático, me dio paso un joven saliente, cierto rollizo simpático de apuesta sonrisa floja, la reencarnación de Malcolm Lowry, que dejó un rastro a quemado y a alcohol en el vestíbulo. Y la visión de los nichos de lata de los buzones, el terrazo carcomido de los escalones, la medrosa luz densa de humo de tabaco y fritangas de congelados, las voces opacas que se filtraban desde arriba, me evidenciaron la fina película de aburrimiento que cubría mi existencia previa, la trama de farras y resacas entrelazadas como los dos extremos de un cordón de estranguladora seda, la tenue red de tedio apresadora de tantas horas inertes, la yerma extensión de días sin sentido, la masa de hastío que abrumaba el pensamiento, la vacuidad de una juventud agotada, estancada, estirada más allá de toda paciencia como la piel tirante y forzada por un cirujano plástico. Salió del ascensor una oxigenada quincuagenaria de minifalda rojo pasión con un maquillaje tan sólido como una máscara de porcelana. Me sonrió y ralentizó el tic tac de los tacones, cimbreándose excitante. Por fin me miraba alguna. Esperé a que se alejara para salir.
Encontré una multa en el parabrisas. Incluso aquella callejuela se había convertido en zona azul.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                 

lunes, 7 de enero de 2019

EL ASEDIO: Números rojos.



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-¿Algún problema?
-Lo siento, caballero, la cuenta carece de efectivo.
Del otro lado de la mampara la bronceada cara del cajero palideció y se ruborizó a un tiempo; un filamento de luz color kétchup mezclado con mostaza alumbró desde dentro la bombilla de su cabeza calva; desde el cénit de su frente y del asombro ante un cliente que solicitaba diez mil euros de una cuenta conjunta, los ciempiés de las cejas descendieron a la ceñuda sospecha e incomodidad de encontrarla sin fondos. No dejaba de pestañear, deslumbrado por un reflejo de mi vergonzosa situación. Rehuyéndome la mirada, la posó en la pantalla del ordenador, a la espera de mi oprobiosa retirada.
Desde la izquierda me asaeteaban los incisivos ojos de una matrona de mandíbula cuadrada y los párpados inflamados por una escandalizada curiosidad, la cliente precedente que a tientas sobre la repisa guardaba la documentación y un sobre obeso en un bolso de piel de cocodrilo; a ella nunca le sucedería nada semejante, parecía pensar.
El cajero ahora enfocó mi DNI para darme a entender que lo recobrase y me retirase; sin otro cliente en la sucursal del barrio carecía de excusa para forzar la interrupción de tan penosa escena. Para justificar mi confusión exclamé que la otra titular debió olvidar que a través de aquella cuenta pagábamos la luz. Pero no debería extrañarme después de haberme encontrado en sendos cajeros con que habían cambiado la contraseña de las dos tarjetas de crédito.
Desalentado, me dirigí a la máquina actualizadora de movimientos: aquella misma mañana Ángela había dispuesto de los veinte mil euros de efectivo. En todo caso recordé que yo no había aportado a la cuenta conjunta más que trescientos euros –los ahorros de toda una disipada vida- y que por mis propios medios podría solucionar mis problemas de solvencia.
No sin perderme un par de veces logré arribar a la oficina de correos. Desde años guardaba mil quinientos euros en un apartado de correos para casos de emergencia. Más que los consejos de mi ahorrativa madre –partidaria de la hormiguita de la fábula-, me habían inducido a tal providencia la lectura de John Le Carré y mi fugaz pertenencia en la primera juventud a una célula anarquista partidaria de la acción directa, pues si bien no pasé de repartir unos cuantos periódicos a la salida de una fábrica, para dar seriedad al caso me apresuré a ahorrar tal cantidad para contar con ella en caso de fuga. Y si hasta ahora no había dispuesto de tal suma era por no reconocer que había renunciado a mis convicciones libertarias.
Provisto de éstas y del dinero, subí al coche a buscar alojamiento. Intenté consolarme de todo lo que había perdido con la idea de que recuperaba la libertad. Volvería a la zona universitaria, a mis viajes nocturnos de bar en pub alrededor del barrio, la vuelta al mundo de siete calles en ochenta camas. No sabía lo que me esperaba.
                                                                                          
                       
                                         
                                                                                                                                                                                                  

sábado, 5 de enero de 2019

EL ASEDIO: Sin editor.



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-¿Te has enterado ya, no, Felipe? –respondió al teléfono el editor Luis Rey. No tenían muchas esperanzas de que el plagio me pasara inadvertido. Luis debió medir el hervor de mi sulfuración por el atropellamiento de mi saludo tras el frenazo de mi inicial tartamudeo y la incongruencia de mis primeras palabras. Logré dominarme:
-… Me he quedado de piedra. De la noche a la mañana todo se me ha venido encima. Todavía no sé cómo voy a digerir todo esto.
-Claro, sé cómo te sientes. Para mí ha sido especialmente duro por ser tú, sabes que te aprecio. Pero tengo que cumplir mi deber o la empresa se iría a pique, como quien dice ya estamos achicando agua –en su voz bronca y grave, seca y rasposa, vibró una nota de compasión sincopada con otra de simpatía, disuelta en la comicidad de la última frase, redundante para quien conociese su vicio de quejarse sin razón con metáforas marítimas del volumen de ventas, una comicidad por una vez cómplice y en mi honor consciente de sí misma. Dada la situación me pareció un guiño inoportuno.
-No creo que nadie te obligue a darme esta puñalada trapera, ni que forme parte de tus obligaciones. Es muy duro el tratamiento que estoy recibiendo –me enfocaron, esquinados, los ojos turbios de un cocinero de rasgos difusos, salido a fumar en aquel callejón trasero.
-Sé que estás pasando una mala racha, pero por tu bien te pido que dejes de creerte Nathan Zuckerman. Puede que a ti también te guste herirte y auto compadecerte, o que tengas el mismo éxito con las mujeres, pero no eres judío ni tu gente ha empezado a odiarte porque se reconozcan en tus novelas –se desdecirá cuando lea esto-. Ojalá hubieras vendido tanto como él. Todo iría viento en popa. Bastante he invertido en ti para que ahora te quejes.
-Nunca hubiera creído que me harías algo así. Me voy a volver loco.
-Por favor, deja de creerte en una novela de Philip Roth. Solo en ellas el odio es creativo, en la vida real te va a impedir escribir una sola línea… Quiero que lo entiendas de una vez por todas: me debo a los accionistas y la facturación es el objetivo de mi trabajo. Si no, el barco se hundiría.
-Eso es lo más increíble: la novela no tiene posibilidades comerciales.
-Bueno, me alegro de que al menos lo admitas, ya es algo. Solo queda que no sigas cayendo en la auto complacencia de hacerte la víctima.
-Toda la publicidad que inviertas en ella es dinero tirado.
-Eso mismo he pensado –un matiz de extrañeza le amargaba el alivio que sentía por cómo me tomaba ahora el asunto.
-Pero vas a perder mucho prestigio por esto, acuérdate de lo que te digo.
-Hombre, tampoco es eso, en todo caso el tiempo lo dirá… Ya veo que estás bien seguro de ti mismo.
-Cualquiera te hubiera dicho lo mismo –sin quitarme el ojo entrecerrado por la sospecha, el cocinero expelió el humo con ademán de disgusto.
-En fin, puede que le interese a tu antiguo editor. Como te he escrito en el mail, mi informe negativo se basa en que la farsa y la parodia son veneno para las ventas. Así no podemos ir a toda máquina. Los lectores prefieren los mitos a las desmitificaciones y…
Me traspasó el calambre de la revelación. Mientras que yo aludía al plagio, él se estaba refiriendo al rechazo de mi manuscrito Caso Abierto, una parodia a lo Gombrowicz del género policial, que le había remitido dos semanas atrás, y que ahora era descartado sin duda que por directriz de Ángela. Mi caída en desgracia era una caída libre. Y ahora aquel estúpido equívoco de vodevil cubría de ridículo mi tragedia. Pisando el cigarrillo a medio fumar, el cocinero me miró de arriba abajo con gesto agrio y desapareció por la puerta de emergencia.
-Bueno, Luis, no te preocupes, es normal que ahora no os interese nada mío… Pero lo que no tiene nombre es lo de El Centro del Vacío…
-Ah, eso es otra cosa, se supone que todavía no deberías haberte enterado.
-Ya supongo.                         
-Ángela manda. No quiere presentación ni promoción ni reseñas favorables. Todo lo ha levado con secreto absoluto, ya me entiendes.
-Y tanto.
-¿Eso es todo lo que tienes que decir?
-Se me ocurren varias cositas, pero no merece la pena.
-A la luz de lo que hiciste anoche, no te lo mereces –el cinismo se endureció en un desprecio áspero y filoso como el risco de un acantilado.
-En eso estamos de acuerdo: no me lo merezco.
-Estás fatal. Yo que tú iría al psiquiatra.