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lunes, 29 de diciembre de 2014

ALGUIEN VOLÓ SOBRE EL NIDO DEL CUCO Y NO AMARÁS


Anteanoche volvió a fallarme otro DVD de la biblioteca pública; como mi propia vida conyugal, por culpa del desgaste y pese al mito de la durabilidad del soporte digital y del matrimonio, la imagen se trizó y, congelada como una lámina de hielo agrietada por un punzón, se fragmentó en un caos sin el calor ni el movimiento del sentido. Con los recursos ajustados y una pensión alimenticia que afrontar, no iba a permitirme el gasto de comprarlo, así que ante el espejo roto de la imagen de Jack Nicholson que se descongelaba a cámara lenta, me resigné a la idea de no escribir el post sobre Alguien Voló sobre el Nido del Cuco.

                  

Encontré algunas semejanzas entre el personaje de R.P. Murphy y yo mismo –desaforado el rostro proclive a las muecas, los ojos protuberantes, adicto al chicle, el gorro encasquetado como el mío hasta el fondo del escepticismo, 38 años (solo unos pocos menos que yo), vago, imprevisible, en el umbral de la neurosis, también yo he fantaseado con la idea de dar el siguiente paso y hacerme pasar por loco para no tener que trabajar-. Todo lo cual me hizo concluir que quizá no toda la culpa de nuestra separación cargaba sobre los hombros de mi ex.
Lo cierto es que se arruinó mi idea de relacionar la película de Milos Forman con los escritos de Michel Foucault sobre el ejercicio del poder en cárceles, escuelas y hospitales, pero haberme librado de tal empresa no dejó de aliviarme. También procedente de la biblioteca, Vigilar y Castigar: Nacimiento de una Prisión sí era legible, pero tras veinte años no recordaba lo bastante del film de Forman, y apenas había podido ver –y con interrupciones- la tercera parte del metraje. Aunque bien pudiera ayudar a la validez del post enfocar la película desde una perspectiva postmoderna, derivada de la ocultación de lo esencial o de la fragmentación de su visión, rasgos propios de tan exitosa tendencia y que gracias a la avería yo había observado a rajatabla. ¿No sería la rotura del DVD una perfecta imagen de la ruptura narrativa y haberme perdido secuencias enteras un correlato de la discontinuidad de la acción? ¿Habría algo más postmoderno que analizar la película sin haberla visto, diseccionarla de hecho mientras lamentaba no poder hacerlo, o hablando a medias de ella con la excusa de no haberla visto entera y además alardeando como ahora de ello?

                   

En fin, una pena no haber asistido hasta el final a la rebelión que contra el gobierno del sanatorio entre los narcotizados pacientes siembra Jack Nicholson, al espectáculo de cómo los va despertando de su inercia y de su aquiescencia con el poder, cómo los desyuga de la noria de horarios y rutinas, los solivianta contra la policía de médicos y enfermeros, les hace aborrecer una estupefaciente medicación, y tomar conciencia de su latente cordura y de que solo están locos en la medida en que los demás se lo han hecho creer. Más que la locura en sí misma lo pernicioso es la inducción a la misma.
No alcanzar la mitad del visionado me ha impedido concluir si la clínica no será una metáfora del control estatal y si los enajenados mentales no representarán a una población alienada también en el sentido social. Es muy significativo que todas las formas del poder tiendan a que dejemos de ser nosotros mismos. En todo caso mi identificación con el personaje de Nicholson fue creciente hasta llegar al clímax de las dos canastas que en el partido contra los enfermeros simbólicamente asistía al hasta entonces catatónico aborigen americano. Una reacción a contragolpe contra el sistema.

                                   

Sin prender la luz me puse a mirar por la ventana planteándome qué película ver y tratar en el blog en el lugar de Alguien Voló sobre el Nido del Cuco. No se me ocurría ninguna; no atravieso por buen momento. Desde la oscuridad y el frío del interior miraba sin ver el edificio de enfrente. También para ahorrar no encendí la calefacción, pero no tardé en calentarme. Enfrente se encendió la ardiente luz del dormitorio de una rubia recién llegada que no ha puesto visillos; será inglesa. A través de la angosta calle se tendieron invisibles cables de alta tensión. Tersa y translúcida en un kimono con erguidos girasoles, ella misma como un lirio o una rosa blanca, se aposentó en la cama y se puso a teclear en el teléfono: estaría tuiteando. No envidié a sus seguidores tanto como, de verme, ellos a mí. Mi aliento empañó el vidrio helado. Me acordé de Tomek, aquel otro solitario protagonista de No Amarás, de Kristov Kieslowski, que disipaba buena parte del film clisado ante la ventana de otra espectacular rubia, y opté por el film del polaco. 

                    

Me convenía su concisa duración después de haber derrochado tanto tiempo en el vano intento de ver Alguien Voló sobre el Nido del Cuco. Lamenté que en vez de ésta no hubiera sido la película frustrada La Ventana Indiscreta, pues otro fisgón hubiera dotado a este post de unidad y coherencia; tendrá que bastar con que el introvertido Tomek, igual que Nicholson, como un sonámbulo-funámbulo de la razón también transita por la cornisa de la cordura. En todo caso, retardé la busca del DVD: tenía el cine en la pantalla de la flamígera ventana.
Seguía la vecina trasteando en el teléfono y con un tirón de la otra mano se arrancó el turbante de la toalla que dejó caer una cascada en llamas. Como el voyeur, el cinéfilo es por naturaleza solitario, masturbador; desde la ventana Tomek esgrimía su fálico teleobjetivo y uno intuía que era la mirada su zona más erógena. Porque el suyo era un amor infantil, contemplativo, cristalizado en puro reflejo, espectral y especular, al que le bastaba con mirar y admirar a Magda (¿la pecadora María Magdalena?), una devoradora artista visual que en el rincón menos pensado de su apartamento sorprendía la libido de sus cambiantes invitados. Saltó de la cama la rubia de enfrente y se puso a bailar al son del silencio ámbar, su cuerpo oscilaba como uno de los girasoles del kimono al viento, por un relámpago nuestras miradas se rozaron y acaricié la esperanza de que se estuviera exhibiendo ante mí.

                   

Quizá le atrajeran los tipos estilo Nicholson; en tal caso se retrasaría el post y perdería alguno de mis trece fieles lectores. Se detuvo y temí que llamaran a su puerta. Recordé que en No Amarás el visitante más asiduo de Magda era un cenceño moreno vestido de ejecutivo, con el pelo relamido como por un gato, que Tomek detestaba. Sin embargo, ya que el apasionado espía acompasaba sus ritmos vitales a los de Magda (se levantaba a la misma hora que ella y desayunaba al mismo tiempo, la taza bajo el teleobjetivo), también se compadeció de su pesar la tarde que rompió con el ejecutivo. Los vió discutir abajo y cómo Magda subía sola atropellándose en el descansillo; furiosa y frenética, eléctrica la cabellera de leona, le costaba embocar la llave; se tambaleaba en la entrada, como si vacilara entre el rencor y la desolación, y se desplomaba en la silla de la cocina, con un gesto automático asía una botella de leche, la dejaba caer y sobre la mesa se derramaba en una densa lengua, la cara se le rompía en un rompecabezas y enterrando la cabeza en el antebrazo se le estremecían los hombros a inconsolable ritmo, y para solidarizarse en la distancia con su dolor y sufrir en paralelo con ella el bueno de Tomek con la punta de unas tijeras se hería la mano derecha.

                  

Es verdad que como saboteador (hoy día sería hacker) sentimental también le gastaba él malas pasadas: le interrumpía un coito con otro amigo enviándole a los empleados del gas, le remitía falsos avisos de transferencias de dinero para atraerla a la ventanilla de correos que él atendía, le secuestraba y profanaba la correspondencia, la despertaba como repartidor de leche con tal de respirar su olor a sueño, según recordé mientras la vecina vertiginosamente se despojaba del kimono y tras abarcarme en una radiante mirada (¡ahora estaba seguro!) y sacarme la lengua, mostraba sus instantáneas tetas y a elásticos pasos en tanga se dirigía al cuarto de baño, y me estampé la frente en el vidrio.
Y en venganza Magda no solo simulaba regalarle sobre sus sábanas de rojo satén un striptease de ventana a ventana (más pausado que el de la vecina), que para su escarnio en vez de goce degeneraba en otro coito –también frustrado- con un tercero, sino que también le demostraba con cínica crudeza la imposibilidad del amor entre una treintañera potente y un adolescente virgen, y a su provocación al sexo él respondía con la inoperancia y la desesperación de la adolescencia, con toda la tristeza e impotencia del incomprendido. Huía del apartamento de Magda hacia la noche y en los días siguientes desaparecía de su ventana, su hábitat natural. Y también a mí me provocó la de enfrente, al salir del baño en un albornoz color carne que en la miel de su piel dejaba ver las guindas de sus pezones y la pelusa de melocotón del pubis, y con el índice incitarme a cruzar la calle.

                  

Y antes de bajar se me aceleran todos los ritmos del cuerpo y cierro los ojos en un éxtasis tan puro como el de Magda cuando tras dos semanas de encontrar vacía la ventana de Tomek, desierta su ventanilla de la oficina de Correos y empujado por una chica el carrito del repartidor de leche, esto es, después de ser ahora ella quien lo esperaba y desesperaba, entra por primera vez en el cuarto-observatorio de Tomek, donde con las muñecas aún vendadas él duerme de vuelta del hospital, y se dirige a la famosa ventana, blande el teleobjetivo y adoptando el punto de vista del joven mira a su propio apartamento, y la luz arde y desdoblándose se ve a sí misma en el descansillo furiosa y frenética tras su ruptura con el ejecutivo, a duras penas emboca la llave, se trastabilla en la entrada como si accediera a la soledad más desoladora, se derrumba en la silla de la cocina, ase la botella de leche y se le derrama, y todo es lo mismo y a la vez distinto que entonces, muy parecido pero con algo nuevo, y una lengua láctea lame la mesa y hundiendo la cabeza en los brazos rompe a llorar, igual que la otra vez solo que ahora el propio Tomek entra a la cocina a consolarla, ése es el cambio, según comprueba emocionada a través de la empañada lente del teleobjetivo, él le conforta el hombro, le acaricia el pelo y para solidarizarse con su dolor ya no tiene que herirse con las tijeras sino que le ofrece su amor; pero a mí nadie me consuela cuando veo que mi rubia desde su ventana sigue con una sonrisa y las pupilas bajas los brincos de sátiro al cruzar la calle de mi vecino de la derecha, el verdadero objeto de sus insinuaciones, un treintañero con el gorro encasquetado hasta las orejas, los ojos frenéticos y los rasgos como tallados en piedra.
Y por desgracia no es que también yo me haya desdoblado, sino que él sí que se parece a Jack Nicholson. Me queda el consuelo de llamar a los empleados del gas.            

                

lunes, 22 de diciembre de 2014

LA MUJER DEL CUADRO


Anoche no me había sino puesto a revisar La Mujer del Cuadro, con Joan Bennett, para escribir un post sobre ella, cuando gimió el timbre de la puerta, me levanté maldiciendo por la interrupción, una pantufla reptó bajo el sofá, abrí y como en un cuadro el vano enmarcó a Joan Bennet. El asombro me impidió hacerle una foto para compartirla con mis amigos tuiteros; habrá que conformarse con un plano de Fritz Lang, el director con quien injustamente mi ex me acusaba de estar obsesionado.

                  
                
Era ella, es inconfundible: solo comparable a sí misma en Perversidad, morena y peligrosa, ardiente y gélida, fina y coralina, clariturbia, el pelo en eclipse, el cutis marfileño, los labios de lava, los ojos como sendas lagunas nocturnas donde alguien acabara de suicidarse por ella, bella y sinuosa en su vestido de gasa negra, salvo que traía una cafetera moka y bajo el seudónimo de Juana se presentó como la nueva vecina. Al parecer se le había agotado el butano y para terminar de hacer el café me pidió fuego. Nadie lo había hecho desde que me casé; tendré aspecto de no fumador o pareja tan fiel como Glenn Ford en Los Sobornados; debí agradecer que me lo pidiera ahora que estoy recién separado. Pero cojitranco del pie descalzo la hice pasar a la cocina no sin lanzar una nostálgica mirada a la pantalla de plasma; como el profesor Wanley (E.G. Robinson) en La Mujer del Cuadro, una vez superada la cuarentena, también yo me veía poco apto para el amor y el crimen, y como él solitario (en su caso de Rodríguez) solo aspiro a encontrar un trabajo digno y a seguir cultivando mis pasiones cinéfilas y cada semana actualizar este blog, ya más extenso que Los Nibelungos. Quizá he perdido el Espíritu de Conquista.

Como era de rigor Joan-Juana me invitó a una taza, pero no llegué a lucir mi juego de porcelana porque al no tener brandy en casa (tampoco bebo) me ofreció acompañarla a su apartamento y mezclar un carajillo. Solo entonces reparé en que la ingestión de cafeína a aquellas horas implicaba que observaba un horario más alegre que el mío. Obedecí el impulso de seguirla; la inminencia de un trago, la expectativa en una morena pueden cambiarlo todo. Y Solo Se Vive Una Vez. Para no tantear bajo el sofá me calcé los mocasines. Al pasar por el salón esta vez no lamenté dejar de revisar La Mujer del Cuadro. Puede que ya no esté para asesinar a nadie, pero sí para beberme un carajillo con la doble de Joan Bennett. Después de admirar su retrato en el escaparate de una galería, también Robinson la acompañaba a su casa para contemplar otras versiones que de su cuerpo habían ejecutado varios artistas, pero con la esperanza de apreciar el original.
Como no se me dan bien las descripciones de mobiliarios aprovecho para incrustar aquí un fotograma que ilustre el apartamento de mi vecina, ya que es tan vintage y el de Joan Bennet moderno que pese a los sesenta años que los separan ambos parecen contiguos en el tiempo. 

             
                   

Bajé el volumen de una canción de Nat King Cole (quizá la de La Gardenia Azul) para no molestar al imaginario yo que en algún mundo paralelo, Mientras La Ciudad Duerme, se hubiera quedado viendo La Mujer del Cuadro. Mezcladas las bebidas, nuestros cuerpos parecían dispuestos a hacer lo mismo, la rodillera de mis vaqueros caseros rozando el nylon de su rodilla en el sofá de satén color champán. Con el frenesí de las gallinas de Furia cotilleaba de los vecinos. Llovía, y el repiqueteo de gotas en el vidrio violeta acentuaba la intimidad del interior. Las lunas nuevas de sus pupilas succionaban la marea de mis Deseos Humanos, pero su atención tenía la frialdad de una funcionaria que sella un expediente. Mientras bromeaba sobre la manera en que la miraba el conserje, contoneó los pechos.

Más Allá de La Duda se confirmaban mis sospechas de que, igual que Joan Bennet en la película, mi vecina era una encubierta profesional del amor que vivía de Encuentros en la Noche. Por un momento volví a desear no haberle abierto y ahorrarme complicaciones. Me levanté pero ella me cortó el paso y como una estatua que me arrojaran desde arriba me sobrevinieron su cara y sus ojos y su boca. Y por segunda vez en la velada estalló un timbrazo en el lugar de mi felicidad.
En cuanto irrumpió el sanguíneo –y sanguinario- obeso atisbándome con rayos de celos entre las cejas y las rojas zarpas extendidas, que no recordaba si parecido al intruso –y víctima- en la trama del film, me dispuse con la ayuda de ella a asesinarlo en defensa propia (Los Verdugos también Mueren), y dado que la policía no nos creería, a cargar el cadáver en el Clío (yo no gasto el Cadillac de Robinson), y a deshacerme de él en una alameda, sin olvidar herirme la mano con un alambre de espino, mientras la Encubridora limpiaba la sangre, desvanecía las huellas, se deshacía de sus pertenencias y ponía a hervir las tijeras, el arma homicida. Con la manipulación que ciertos maestros del cine someten al tiempo, sus garras encarnadas se acercaban a mí, seguramente al cuello. Intenté despertarme, como Robinson al final de la película.

                   

Estiré la mano hasta apretar la zarpa extendida del que resultó amistoso visitante. Tras él, un guiño de la anfitriona me instó a la resignación. Al menos ya no éramos Prisioneros del Terror. Sería un cliente que sin poder esperar se había adelantado. Intenté irme para dejarles campo libre, pero Juana no quiso oírme y tras una somera presentación (ni siquiera entendí su nombre) se fue a disponer una ronda de whiskies con soda. Además tenía yo curiosidad por identificar al visitante; me sonaba su rubicunda cara, tal vez parecida a la del Doctor Mabuse. Precisamente me contó que venía de ver en un canal local una película policíaca (por error dijo titularse Perversidad) en la que el asesino, un respetable profesor que se dejaba arrastrar por la fatalidad, como íntimo del investigador, visitaba con él la alameda donde había sido hallado el cadáver, y el policía celebraba que su amigo conociera el camino y hasta llegaba en broma a sospechar de él. Al prorrumpir en una carcajada el tipo pareció escarnecerme, creí que se reía de mí, y me temí que en verdad se tratara del amigo que a veces sospechaba que mi ex hubiera trabado en el vecindario. Quizá no fueran después de todo mi pasión por el cine y mi falsa obsesión con Fritz Lang los motivos reales de mi divorcio. El JB de Juana me supo a Dyc. Me pregunté si llevaría algún afrodisíaco o intentaban envenenarme como a Dan Duryea, el chantajista de La Mujer del Cuadro.

                   

Con su teléfono el gordo nos hizo una foto en la que debí aparecer con los ojos tan saltones como los del Vampiro de Dusseldorf, porque sin dejar de reír, Clandestino y Caballero confesó tomarla en calidad de detective comisionado por mi ex, que después de seguirme varios días al fin obtenía para el juzgado pruebas de mi vida disoluta, y cuando despegué los párpados advertí que en realidad los había tenido cerrados y que me encontraba aposentado en mi sillón de orejas. Vi un Cadillac relumbrando como charol en la soledad húmeda de la noche. Del interior salía E. G. Robinson.

                   

Me había quedado dormido viendo la película. Me sentí aliviado, salvo por una remota decepción, la misma que en primera instancia siente el espectador al descubrir que Lang ha utilizado el recurso del sueño para lograr un artificial final feliz del que él mismo parece burlarse. También me sentí culpable de dormirme ante una obra del tuerto teutón, pero tenía la disculpa de que la víspera me había desvelado un disco de Nat King Cole de los nuevos vecinos. Con la genial incoherencia de los sueños había transferido al visitante la cara de mi ex cuñado. Llamaron a la puerta. Di marcha atrás al DVD. Volvieron a llamar dos veces más, completando las tres notas del destino, el tema favorito de Lang. Ignoré El Secreto Tras La Puerta. Se iniciaron los títulos de crédito.
Sentí un horror gélido a mis pies, como si en el suelo reptara la cobra de La Tumba India: tenía los mocasines puestos. Yo era El Hombre Atrapado.      

        

jueves, 18 de diciembre de 2014

LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO


                  

Igual que vosotros soñáis con mis aventuras
y en la pantalla proyectáis haces de ilusiones
y desplegáis abanicos y arcoíris de ensoñaciones,
desde la película también yo envidiaba la variedad de vuestras vidas
y en vuestras sombras sublimaba mis frustraciones de personaje,
de hombre de ficción condenado a fingir emociones.
Podéis encontrar mi nombre en cualquier sinopsis
de La Rosa Púrpura del Cairo:
Tom Baxter, de los Baxter de Chicago,
un personaje,                 
poeta, viajero y arqueólogo en Egipto,
el explorador de intrepidez en bombachos
e inteligencia coronada con un salacot,
que busca la eterna rosa que un faraón pintó en la tumba de su amor,
pero que en vez de en ninguna pirámide
supe que florecía en la penumbra de terciopelo de la platea,
en el cabello de pétalos de esa pelirroja
que por quinta vez venía a ver la película.

Los seres irreales somos sombras, niebla, humo,
los reales recuerdan, sufren, sueñan:
quiero ser un recuerdo, un dolor, un sueño.

Tras dos mil cinco actuaciones me cansé de la cíclica vida
que limitaba mis movimientos en una coreografía fija
y mi tiempo en una cronología de hierro,
me harté de mi vida aventurera y romántica, siempre idéntica,
de conocer  a aquellos neoyorkinos tan sofisticados
y cada noche cenar caviar en el Copacabana,
y envidié vuestros fracasos, miserias, cuchitriles,
los imprevisibles apuros y las emociones inconcebibles,
incluso las patatas fritas o las palomitas,
y cada vez que en la trama me casaba con la bellísima Kitty
miraba a aquella espectadora soñadora,
los reflejos de la proyección le peinaban el pelo púrpura,
y nuestras miradas se imantaban de la realidad a la ficción,
hasta que anoche, como un actor escapista o de un tren en marcha,
del vigésimo tercer fotograma salté a la sala
y me adentré a explorar la oscuridad de seda negra
porque la rosa púrpura no crecía en ninguna pirámide de Egipto,
sino en las butacas de aquel cine de New Jersey.

Huimos del cine hasta un parque de atracciones
que reconocí por el que con Kitty visitaba en la luna de miel,
por fin me sentí casual y no causal, en medio del azar,
lejos de la necesidad del guión,
desencadenado del fundido encadenado,
como el primer animal que respiró fuera del mar
fluía en el medio libre y radiante de la vida,
a través del invisible, imprevisible tiempo,
limitado pero profundo, infinitamente divisible,
ahora podía atropellarme un auto
pero también el amor de Cecilia, la romántica espectadora,
a quien había idealizado tanto como vosotros a los personajes,
prefería afrontar la muerte de los hombres
a la aburrida eternidad de la pantalla,
las desengaños del amor
al convencional simulacro de la película
donde el clímax de nuestra vida sexual es un beso sin lengua,
para mí la maravilla reside en lo real
porque aunque tenga espinas y caduquen sus pétalos
en la vida humana crece la rosa púrpura del Cairo.

Prefiero el mundo de verdad al de mentira
(con dinero ficticio ni pude pagar la cena),
al lado de Cecilia ni las palomitas me molestaban,
y gracias a la tercera dimensión de su cuerpo
y a la profundidad de su mente
su compañía es muy distinta a la de Kitty,
y resulta auténtico sentir su aliento,
improvisar los diálogos, conversar de verdad,
no prever sus gestos ni anticipar sus respuestas,
sorprenderse de sus actitudes y embelesarse con sus palabras
aunque no todo lo que diga sea feliz:
me ha hablado de la violencia de rata de su marido,
de los vasos que reventaba cuando si quiera era camarera,
de la ocre tristeza y cadavérica esperanza de una época de crisis,
pero creo que en esta tierra donde la gente envejece,
enferma de pena y nunca halla el amor ni la gloria,
encontraré mi Rosa Púrpura del Cairo.

Los seres irreales somos mentira, proyecciones, anhelos,
los reales odian, temen, yerran,
quiero tener un odio, un miedo, un error.

Tengo que adaptarme al mundo de Cecilia,
el único verdadero,
pues sería cobarde invitarla al virtual,
aunque sea tentador librarla de la muerte,
convertirla en un personaje,
asombrarla con nuestras pirámides de cartón piedra,
deleitarla con nuestro ocaso, químico reflejo de transparencias:
acabaría aborreciendo aquel espacio perfecto y aburrido,
opaca nebulosa en blanco y negro parecido a un recuerdo,
la trabaría la telaraña de la trama del guión
y añoraría la libertad de este mundo intenso,
la posibilidad de lo más inesperado,
como al enfrentarme a mi doble en el espejo de lo real,
un tal Gil Shephered, el actor que me dio vida
(podéis verlo en la ficha artística de La Rosa Púrpura del Cairo),
pero vida falsa, precaria, la de la pantalla,
adonde quiere deportarme para privarme de Cecilia,
de este mundo nuevo,
de la Rosa Púrpura del Cairo que no es de plástico.

  

lunes, 15 de diciembre de 2014

DEPREDADOR


                                 

Se suele afirmar que los ochenta fueron los peores años para el cine en toda su historia. Quizás dicha aseveración sea cierta, puesto que si comparamos década por década las películas edificadas a lo largo de toda la historia del cine, la era de las hombreras y el techno-pop se queda un poco coja con respecto al resto de decenios en cuanto a grandes obras imperecederas y globalmente aceptadas tanto por la crítica como por los cinéfilos que se toman más en serio este arte de hacer películas. No obstante, para la generación que nacimos en esas fechas, existen una serie de películas a las que resulta imposible no guardar un especial cariño y por consiguiente un hueco muy importante en nuestra memoria y preferencia cinematográfica. Y una de ellas seguramente sea Depredador, sin duda una de esas películas desinhibidas, entretenidas, espectaculares y porque no decirlo, con ciertos rasgos de cine de autor, que engrandecieron la mitología del cine de los ochenta. 

La premisa argumental de Depredador no podría ser más simple, a priori. Así, la cinta arranca mostrando a un equipo de mercenarios antiguos miembros de las fuerzas especiales del ejército estadounidense liderado por Dutch (Arnold Schwarzenegger), que son contratados por la CIA para adentrarse en la selva centroamericana con el objetivo de rescatar a unos ciudadanos estadounidenses, entre los que se encuentra un alto cargo del gobierno, cuyo helicóptero fue presuntamente derribado por una guerrilla local. Sin embargo, una vez dentro de la profunda selva, y tras aniquilar y masacrar a la milicia, Dutch y su equipo descubrirán que el verdadero motivo de la misión no era rescatar a los inexistentes ciudadanos americanos presuntamente retenidos en la selva, sino que el fundamento de su presencia en este frondoso espacio, se debe a la misteriosa presencia de un ente que se oculta entre las ramas de los elevados árboles que copan el lugar para aniquilar como un asesino de dientes afilados a todo ente viviente que se cruza en su camino valiéndose de la tecnología alienígena afecta a su origen extraterrestre. 

Para cualquier aficionado al cine que no posea referencias acerca de la verdadera esencia de Depredador, la simple lectura de la breve descripción de la sinopsis efectuada en el párrafo anterior, así como la presencia en el reparto de algunos de los grandes nombres del cine de testosterona y acción sin límite de los ochenta, podría hacerle pensar que se va a encontrar con la típica historia de bombas, tiroteos y misiones temerarias tan explotada en el cine desde principios de los sesenta, con el ingrediente exploitation añadido de incluir a un alienígena como enemigo a batir. Sin embargo, Depredador es algo más que una simple película de acción de escaso intelecto y nula capacidad reflexiva, convirtiéndose con el paso de los años para un servidor en una cinta clave que oculta bajo el disfraz de un producto ideado para el lucimiento de la estrella más taquillera del momento (como era Arnold a finales de los ochenta), una película de tono introspectivo y cierto mensaje de denuncia que se beneficia del gran estado de forma del por aquél entonces casi novato John McTiernan (que tras Depredador facturaría obras de la talla de La jungla de cristal o La caza del octubre rojo), un autor del cine de acción que espero pueda volver a deleitarnos con su garra y sapiencia para obtener resultados inolvidables de guiones en principio destinados a caer en el olvido, a lo que se une un plantel de actores que dieron el do de pecho a las órdenes de McTiernan (nada menos que Carl Weathers, Bill Duke, Jesse Ventura o Shane Black, entre otros, arropando a Arnold) y por último la conjunción de una serie de factores técnicos que lograron engalanar el producto final, como por ejemplo esa fascinante e inquietante banda sonora compuesta por Alan Silvestri que altera el riego sanguíneo con cada uno de sus compases y que en cierto sentido actúa como una especie de narrador omnisciente del desarrollo de la trama argumental, y la espectacular fotografía de tono claustrofóbico y asfixiante de Donald McAlpine, sin duda toda una referencia a la hora de construir un entorno enrarecido y opresivo a la vez que luminoso y exterior.

       

A pesar de los ataques lanzados contra el film por parte de la crítica más sesuda e intelectual de la época, Depredador cautivó al público desde el primer instante, alzándose como uno de los grandes éxitos taquilleros del año, dando lugar por tanto a una saga en sí misma, gracias a la producción de una secuela de resultados más desiguales proyectada unos años más tarde, así como la generación de toda una serie de merchandising asociado a la criatura protagonista del film, que daría lugar a un profundo debate entre los amantes del cine de ciencia ficción acerca de cual es la mejor figura alienígena de la historia del cine, enfrentando por ello al Depredador con el Alien por antonomasia del séptimo arte nacido para el cine unos años antes desde la nave Nostromo. 

Depredador, igualmente se caracteriza por ser una cinta inclasificable, que partiendo del cine de ciencia ficción como tótem de referencia, tocará otros géneros como el cine de misiones temerarias característico del bélico de los sesenta, el cine de terror (con ciertos ingredientes gore que siguen conservando su poder de espanto a día de hoy), el melodrama irrespirable y también el cine mudo (sobre todo en esos treinta minutos finales en los que Dutch y el ente del otro planeta luchan por sobrevivir en una encarnizada batalla en la que el hombre retornará a sus orígenes primitivos para poder subsistir), marcando un antes y un después en lo que respecta a la aceptación popular del cine de acción como espectro de arte total y sin complejos. 

La película goza de un ritmo trepidante que obliga al espectador a no apartar la mirada de la pantalla, disfrutando igualmente de una perfecta puesta en escena de pulso heterodoxo, gracias a la inteligencia desplegada por McTiernan para montar el desarrollo de la trama empleando ingredientes más reposados o picantes en función de las necesidades que la historia necesitaba para captar la atención del público. Así, la cinta arranca perfilando con una simple mirada a cada uno de los personajes principales del film: el líder Dutch, el empleado de la CIA que contrata los servicios de los mercenarios y antiguo compañero de andanzas de Dutch llamado Dillon (Carl Weathers en un personaje que desde su primer pulso a bíceps armado con Dutch mostrará una actitud un tanto intrigante y conspiradora), Mac (un poco hablador soldado interpretado por Hill Duke), Blain (un excesivo y caricaturesco militar interpretado por la antigua estrella de la lucha libre americana Jesse Ventura) o Poncho (un oficial de origen indígena-americano, gran rastreador que será el primero que sienta la presencia extraña en medio de la selva). 

                

Esta presentación dará paso casi sin respiro a la llegada del equipo en helicóptero a la selva, topándose nada más aterrizar en la espesura el helicóptero objeto de búsqueda repleto de los cadáveres desollados de los ocupantes colgados de un árbol. En estos primeros compases del film, la cinta navegará por los caminos de la adrenalina y el suspense puro, vertiendo testosterona por todos los lados, alcanzando el cenit de brío y fuerza escénica con la salvaje escena de la masacre llevada a cabo por los miembros del grupo de Dutch contra el grupo de milicianos centroamericanos en principio culpables de haber aniquilado a los ciudadanos americanos secuestrados. 

Tras esta secuencia de pura adrenalina, la película derrotará hacia un ambiente menos beligerante y más atractivo, a medida que los combatientes de Dutch sientan la amenazante estampa de un ente que les observa desde la distancia. Y es a partir de este momento, cuando la cinta transforma totalmente el tono, dando así un giro de 180 grados, para mutar de una simple película de acción a una inquietante pesadilla en la que la irrespirable atmósfera del encierro entre los interminables árboles de la selva en la que se halla atrapada la brigada de Dutch, así como la aniquilación uno por uno de los miembros del equipo por parte de una bestia salvaje de origen desconocido, darán lugar a una especie de juego del ratón y el gato en el que se destapará la traición de Dillon y la verdadera esencia de la misión, que no es otra que averiguar que se esconde detrás de los verdes ropajes de la selva centro-americana. 

Así, a medida que el depredador va aniquilando a los componentes del grupo de acción, se creará una extraña relación entre el alienígena y Dutch, de modo que finalmente se establecerá una lucha de tú a tú para dirimir quien sobrevive en medio de la nada y la soledad, en una partida de ajedrez en la que la inteligencia del hombre deberá adaptarse al entorno hostil de la jungla, para lograr escapar del asesino que acecha entre sombras, en unos últimos minutos del film, que para un servidor forman parte de la iconografía del cine de todos los tiempos. Y es que McTiernan se arriesgó a tensionar la cinta en su tramo final con una técnica arcaica, más ligada al cine silente que a la narrativa nerviosa del cine de acción de los ochenta, hecho que el autor americano encajó magistralmente con la excelente cadencia narrativa repleta de tensión, suspense y horror que ostenta el film a lo largo de su desarrollo. 

En este sentido, Depredador se destapa como una cinta imprescindible que prescinde de recargadas coreografías de tiroteos y asesinatos sin freno, dejando que sea la intriga, la construcción de una atmósfera opresora, el misterio que poco a poco va resolviéndose a medida que los integrantes de la partida militar van cayendo uno a uno sin posibilidad de defensa, así como la inclusión de un cierto mensaje crítico que lanza una mirada descorazonadora acerca del trabajo sucio llevado a cabo por la CIA en Centroamérica y sus engaños a los propios ciudadanos americanos a los que arrastra hacia una muerte segura únicamente para obtener sus espurios objetivos, la principal armadura que viste una película que ostenta por méritos propios un lugar privilegiado en la historia del cine de todos los tiempos.

Autor: Rubén Redondo.


sábado, 6 de diciembre de 2014

UNO DE LOS NUESTROS (GOODFELLAS)


                  

Mediodía y la hora me atropella como yo casi a los peatones,
las décimas devoran los segundos y los minutos las horas,
frenético el tiempo adelanta a mi prisa,
porque no es mi Cadillac el que corre por el tiempo,
sino el tiempo el que corre por el Cadillac,
a los lados fugaces formas huyen al pasado,
las doce y aún tengo que recoger a mi hermano del hospital,
venderle las armas a Jimmy,
trincar la coca del clan de Pittsburg,
rebajarla con quinina en casa de mi amiga,
salir de compras con Karen, mi esposa,
preparar con ella los macarrones de la fiesta,
y empaquetar la coca para que la niñera vuele con ella
y se la cargue a los camellos de Atlanta,
pero como un perro rabioso me muerde el tiempo
o más bien será que el tiempo alucina y hasta el espacio delira,
se acorta y adensa y me ralentiza como a un astronauta,
o se alarga y licua y sobre él me deslizo como un surfista,
primero embebe y luego crece como un rabo de lagartija,
o será que el tiempo mudó cuando empecé a esnifar
y al absorber el polvo sorbo el tiempo
como una lámpara a su genio maravilloso,
y mi taquicardia ensordece el tránsito
y el ronroneo de ese helicóptero que sobrevuela el miedo,
casi la una y aún tengo que llevarle las armas a mi niñera,
trincar la coca en el hospital,
rebajarla en mi casa de Atlanta,
empaquetarla para que Jimmy se la cargue a los camellos de Pittsburg,
preparar la coca con tomate y cenar con mi amante y mi esposa,
¡no, con mi amante esposa!,
y ya el tiempo se droga, los segundos se esnifan a los minutos,
acelero y más corre el tiempo,
y no sé en la pesadilla de quién corro.
                                  
Al final las armas no se adaptaban a los silenciadores de Jimmy
(para él el silencio es oro, lo primero)
y con mi mujer voy a esconderlas en casa de sus padres
mientras vamos de compras,
el tiempo no estaba drogado, sino que sufría abstinencia,
por eso se torcía y retorcía, volcaba y revolcaba,
ahora fluye como la autopista o un río tranquilo,
hasta que el asfalto se vierte en vorágine de cruces  
y veo que son las cuatro y vuelve a desbordarse:
aún tengo que preparar los macarrones en Pittsburg,
trincar la coca del clan de mi hermano,
rebajarla en casa de los padres de Karen,
vender en Atlanta las armas que Jimmy no ha querido,
empaquetarle los macarrones a mi amiga
para que se los cargue a los camellos del hospital,
y bajo un helicóptero que me sigue desde lo alto de la paranoya
la riada del tiempo me arrastra por la autopista
y en la corriente del presente afluyen las del pasado
y recuerdo que todo empezó en serio cuando nos cargamos a Billy
porque se burló de la época de limpiabotas de Tommy,
y nos pusimos a matar como quien fuma,
el gatillo en vez del mechero, los cadáveres como colillas,
hasta entonces solo habíamos sido traficantes del miedo,
maestros de la amenaza y protectores de mentira,
correos del dolor, de los débiles visitantes por sorpresa,
pero aún matar no se había hecho una mala costumbre
y el asesinato no era un aperitivo algo excesivo,
después sí se mataba a un abogado por no coger el teléfono,
a un corredor de apuestas que se equivocaba de caballo,
a un policía porque pedía un aumento de soborno,
y Tommy se cargó a un camarero por no servirle pronto
y nos enfadamos con él como si hubiera roto un vaso,
hasta mi mujer me apuntó cuando supo que la engañaba,
creo que el peligro era nuestra verdadera droga
y nos gustaba más dar miedo que envidia,
sí, fue al hacerme adicto al riesgo
y  matar por menudencias cuando todo empezó a ir muy rápido
como si me esnifara todo el tiempo que les robaba a las víctimas,
y por domesticar los nervios empecé con las pastillas
y al verter sangre una riada de tiempo me corría por las venas
como si tuviera prisa por seguir matando,
y ni siquiera me tranquilizó la cárcel
sino que allí contacté con el clan de Pittsburg
a quienes después de trincar la coca
de chiripa acabo de vender las armas de Jimmy,
ya solo me queda terminar de hacer la cena con la niñera,
rebajar la coca en casa de los camellos
y empaquetársela a mi amiguita
para que en helicóptero vuele a Atlanta,
y acelero porque un avión me persigue por mi esquizofrenia
y el tiempo sigue en mi sangre drogado,
ya corre adelante y también atrás
y me acuerdo de cuando Tommy, Jimmy y yo éramos un triunvirato,
los príncipes de la coca, héroes de la heroína,
y todos se disputaban el honor de hacernos un favor,
darnos fuego o una flor, una mesa o un amor,
y todo seguía muy rápido,
el tiempo aceleraba como la sangre o este Cadillac
y como ahora pensaba en ocho cosas a la vez,
y no sé cómo pero ya he rebajado la coca en casa de mi amiga
y solo me queda cenar, empaquetársela a la niñera
y llevarla al aeropuerto,
después de cada raya recobro la lucidez,
antes quería esnifarme la raya continua de la carretera,
lo que me raya es la abstinencia, el tiempo sigue con su síndrome
y recuerdo el golpe que dimos en el aeropuerto, ocho millones,
y con la excusa de la seguridad nos cargamos a la banda
para no repartir el botín, matábamos como fumábamos
y ya teníamos los pulmones como ceniceros,
daba igual que fueran de los nuestros,
solo nosotros tres éramos buenos chicos de verdad, de fiar,
y formábamos una mafia dentro de la mafia,
una sociedad anónima con afán de lucro
cuyos ejecutivos (ejecutores) padecíamos estrés,
hasta que se fumaron a Tommy como él se había fumado a tantos,
tanta matanza se le revolvió en venganza
y en vez de nombrarlo capo vengaron a Billy, que sí era capo,
y le privaron de todos los asesinatos que ya no cometería,
se le detuvo el río de la sangre, del tiempo,
que a mí se me escapa como los caballos del Cadillac,
hasta que con la niñera camino del aeropuerto
no veo en el cielo el abejorro del helicóptero
y la policía me atrapa:
el tiempo se para, a partir de ahora me sobrará,
y con síndrome de abstinencia
solo me servirá para ver mi vida en flash back.

    

sábado, 29 de noviembre de 2014

EL JINETE PÁLIDO


                  

Me mataste, Stockburn, una tarde como ésta de invierno,
marfil sobre mármol                  
lo último que vi fue una paloma agonizar en el hielo,
la luz tiritaba como hoy en el aire,
pero mientras que entonces mi sangre bautizó la nieve
y como una serpiente el viento silbó por los seis túneles
que tus ayudantes me excavaron en el torso
y me hizo lagrimear el tercer ojo que me abriste en el ceño,
hoy la tarde es turbia pero árida, menos turbulenta,
de las lagunas fosforescentes de mis ojos ves subir tu cadáver,
tu sangre se verterá en el lodo
y a ti tu tercer ojo te cegará por siempre
y después no te será como a mí dado vagar para vengarte
porque te habrá matado un hombre muerto.

La verdad, Stockburn, me mataste dos veces
ya que antes cavasteis en el cuerpo de Sally siete túneles  
por donde se evadió su vida,
siete tumbas en la tierra sagrada de su cuerpo,
los seis orificios que tus ayudantes abrieron en su carne,
por donde se le escurrió la memoria como por unas goteras,
y tu rúbrica entre sus ojos que aún guardan mi imagen petrificada:
tuvisteis que matarla ante mis manos inermes,
a la sombra del nogal que ahora la aloja,
Sally, la que como una segunda madre me dio otra vida
y un hogar, aquella granja donde descansa y nos sorprendisteis
después de que renegara de tu amistad
y de que su amor me redimiera de tu compañía,
porque hasta conocerla yo era otro amante de los caminos,
un novio de la suerte con hambre de muerte,
tu hermano en la sangre y en la sed perenne,
un asesino que contigo alquilaba mi pistola.
Desde mis verdes años fui compañero de la fortuna
y cuando te conocí nos convertimos en socios del vicio
y favoritos del crimen,
y después de que con la luna de sus palabras Sally me alumbrara
toda la cizaña que se me enredaba en las tinieblas del alma
y en ésta germinara la semilla de la esperanza  
y empezara a sembrarla en otros campos
(no solo me convertí sino que me calcé el alzacuello),
cuando te resignaste a que nunca volvería contigo,
me sustituiste con tus seis ayudantes
y para vengarte y erradicar mi testimonio
viniste a arrebatarnos las vidas y los hijos que ya no tuvimos.

Venía yo, Stockburn, desesperado y paciente,
de una especie de confuso sueño del que tú ya no despertarás,
de un mundo angosto y húmedo, mudo y frío,
pacífico y oscuro, larvado, mefítico,
donde reinan la memoria y la corrupción de la materia,
y sin fe ni nombre vagaba en tu busca,
yo era el americano errante, pistolero sin pistola,
reconciliado con el camino como con una antigua novia,
con tu fantasma en mi imaginario punto de mira,
yo mismo un fantasma en el punto de mira de nadie,
dejaba en el aire el molde de mi silueta,
sin bajar de mi espectral bayo como si cabalgara el aire
o más bien el bayo solo y cabalgado por nadie,
remontando las cimas de la furia y los valles de mi tristeza,
las montañas de la rabia y las llanuras de la paciencia,
a través de todos los climas mi sombra sin cuerpo
como una leyenda que sembrara el miedo por donde pasara,
dejando tras de mí una estela de estupefacto, frío silencio,
sin descansar, los ojos de gato alumbrándome de noche,
materializado en los tintineos de las espuelas,
en la levita de predicador y el sombrero de fieltro,
cuando por un azar necesario llegué a Carbon Canyon
y libré a Barret de la crueldad de los secuaces de LaHood,
acepté su hospitalidad y me alojé en el campamento,
conocí a Sarah (trigo maduro), a su hija Megan (semilla de centeno),
y al resto de los cazadores de oro,
como un general alineé sus voluntades contra LaHood,
que amedrentándolos pretendía expulsarlos de sus tierras
y para lograrlo alquiló tus siete pistolas, Stockburn,
ya que sus hombres me oponían resistencia de hormigas:
en mi estado soy invencible,
tan rápido como la muerte, tan certero, serio,  imbatible,
duro, implacable, doloroso e ineludible como la muerte,
y con los cazafortunas tuve que simular que comía
aunque llevo muchos años sin sentir hambre,
tuve que simular que me apetecía picar la piedra
aunque hace  mucho que mi cuerpo no requiere ejercicio,
tuve que simular que oía las ofertas de LaHood
aunque hace mucho que el oro no me tienta,
tuve que simular que me quería acostar con Sarah
aunque hace mucho que gasté todo el amor que me quedaba,
tuve que simular cariño de padre por Megan
aunque como un jugador derroché el que nunca llegué a tener;
y para mí aniquilar a tus seis ayudantes ha sido una escaramuza,
hurtándome a sus miradas y sorprendiéndoles por la espalda,
pero a ti, Stockburn, voy a matarte a la cara,
te hipnotizan mis ojos como ágatas de gato o cobra,
y me da tiempo de enfundar, acercarme, desenfundar,
cargar, amartillar, apuntar,
y después de que me reconozcas, incrédulo de terror, disparar,
y podré dejar de vagar por el mundo
para volver a aquel ámbito angosto y húmedo, mudo y frío,
pacífico y oscuro, larvado y mefítico,
donde reinan la memoria y la corrupción de la materia.