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lunes, 5 de febrero de 2018

UN HOMBRE PARA LA ETERNIDAD



                   Resultado de imagen de a man for all seasons                   

Como si el verdugo ya me hubiera truncado el tronco,
como si el encapuchado ya me hubiera vendado la mañana,
como si con un tajo de destellos el leñador ya me hubiera talado la copa
y mi cabeza rodase vacía de leyes y cánones, silogismos y demostraciones,
como si ya hubiera muerto o aún no nacido, póstumo,
como si los míos vinieran y por otro me tomaran a mí, Thomas Moore,
como si en esa paja bajo tanto dicterio mi criterio fuera otro piojo,
me siento ahora que el carcelero me ha incautado la pluma y el infolio:
mentira o verdad, si no se escribe nada es real,
mi ciencia es opinión y mi conciencia tirita.
En la Torre mi conciencia era una valiente doncella, desnuda e indefensa,
mi conciencia era una virgen rebelde que no temblaba al frío de la espada,
mi conciencia era una pupila traicionada pero firme, cegada pero lúcida.
                 
Y si el rey Enrique no hubiera querido dispensarse de la dispensa,
si con la excusa farisea de que era viuda de su hermano, pues ya lo sabía,
no hubiera desterrado de sus sábanas de Holanda a Catalina
para con sus canciones arrullar el placer de Ana Bolena,
la dama cuyas pupilas, ágatas de gata, brillan a la sombra de la lujuria,
y si la gárgola de Gorgona de Wolsey con su aliento de fuego
no hubiera intentado fundir mi juicio de acero,
y si con sus infinitas cabezas de Hidra y mil ojos de Argos
la Medusa de la corona y el Leviatán del estado
no hubieran devorado los tratados de criterio contrario,
y si como a un abejorro de la cara no me hubiera espantado
el beso de Judas de Richard Rich,
si no hubiera sabido qué fugaces pasan los honores de la corte,
qué falaces son las sombras en los crepúsculos de Chelsea,
que las pompas y oropeles son reflejos en las aguas del Támesis,
cómo en la corriente se irisan la plata y la seda, la fama, el nombre,
si en Londres la vergüenza no hubiera pintado de rojo todas las ventanas
y el miedo no hubiera encalado las fachadas de los hipócritas,
si en la plaza con cepo no se hubieran humillado las lealtades
y las leyes no hubieran proscrito la conversaciones privadas, las amistades,
si a mi paso como cuervos las campanadas no hubieran doblado a muerto
y los adivinos y agoreros no se hubieran negado a leerme la mano,
si la ceniza de la desgracia no hubiera enfriado mi hogar
y no me hubieran acusado de ser quien no fui, corrupto y desleal,
si en un potro no me hubieran estirado el ingenio y contorsionado el genio
y en los muelles no me hubiesen compadecido los mendigos,
si entre los amigos no hubiera resonado mi campanilla de apestado,
mi silencio no habría resonado en Europa como un grito, un no rotundo,
que desde el Támesis cruza el continente como un jinete del Apocalipsis,
y en la utopía de este mundo por un instante no habrían triunfado
no el cetro de mi orgullo ni la púrpura de mi vanidad o mi empeño,
sino la coronada doncella de mi conciencia.

Como si ya me hubieran tronchado el tallo de la voluntad
y el cáliz de mi cabeza rodara como un clavel de pétalos rojos,
como si ya me hubieran segado el tallo de la verticalidad
y mi cabeza rodara hueca de razones y recuerdos, amores y decepciones,
como si ya estuviera en la tumba o aún en la placenta, ilegítimo,
me siento ahora que el carcelero me ha requisado la pluma y el infolio,
sin utopía, sin ese mundo paralelo en que mi familia sigue conmigo,
porque si no escribo ni leo estoy muerto, no he nacido,
me siento bajo el mármol y las rosas o en el útero,
y en la Torre la doncella de mi conciencia yace exánime pero aún intacta.


  

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